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EE.UU. Y LA NECESIDAD DE NUEVOS POLÍGONOS DE PODER

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            El gobierno tras bastidores de Estados Unidos (aquel que algunos suponen que su sede se halla en el extranjero) está más que decidido a instaurar una dictadura consensuada a nivel planetario junto con sus socios de Europa y Japón, a los cuales podrían unirse eventualmente Rusia y China, explotando a su favor el estado caótico padecido en la mayoría de las naciones -gracias a la crisis estructural del sistema capitalista que estos mismos han propiciado desde el FMI y el Banco Mundial- y la necesidad de sus ciudadanos de disfrutar de cierto clima de gobernabilidad y de seguridad personal, sin importarles que esto pueda significar para ellos mismos una restricción y un cercenamiento de los derechos civiles, como ya ocurre desde hace algunos años en el propio territorio estadounidense, a partir del gobierno neoconservador de George W. Bush.

            Esta situación -que para muchos resulta irreal y paranoica- ya tiene sus antecedentes en varias latitudes de la Tierra, excusándose Estados Unidos tras una inacabable lucha contra el narcotráfico y el terrorismo internacionales, sirviendo de referencia para esta afirmación lo acontecido en Afganistán, Iraq, Libia y Siria, y, más cercanamente, en México y Colombia. En el caso de estos dos últimos países, sin conseguir resultados efectivos, a pesar de la existencia de planes militares de vieja data suscritos con la gran potencia imperial para cumplir con dicho objetivo y del uso de una alta tecnología de vigilancia desde sus respectivas fronteras. Toda esta realidad en su conjunto (sin excluir lo propio de la crisis económica que roe a todo el sistema capitalista neoliberal mundial) le serviría a Estados Unidos para justificar la imposición de un régimen supranacional que, por supuesto, estaría bajo su guía directa, reconfigurando entonces el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial y ajustándose a sus propios intereses. Algo que los grandes jerarcas político-militares-empresariales gringos ya delinearan previamente en lo que se dio a conocer como el Nuevo Siglo norteamericano, buscando subordinar todos los pueblos y todos los poderes existentes mediante la eliminación preventiva de hipotéticas amenazas a su seguridad nacional, tal como lo exponen abiertamente Barack Obama y su equipo de gobierno en algunas de sus intervenciones públicas.

            Esto cobra ahora mayor sentido de urgencia para quienes aspiran el control total de la economía, el poder político incondicional y los recursos naturales estratégicos de nuestro planeta cuando los mismos han visto surgir ante sus ojos a una heterogeneidad de movimientos sociales, políticos y culturales contestatarios que desafían la continuidad de un orden unipolar y plantean en su lugar el surgimiento de nuevos polígonos de poder. Un claro ejemplo de esta nueva realidad lo tenemos en nuestra América con la aparición de gobiernos progresistas, populares y/o revolucionarios que se oponen a la sempiterna hegemonía imperial yanqui, lo que ha supuesto la implementación de nuevos planes injerencistas que incluyen la utilización de artimañas legalistas y la vieja fórmula del golpe de Estado para derrocar a aquellos gobiernos que no acaten sus directrices, valiéndose para ello de la complicidad disciplinada de grupos antinacionales y abiertamente pro-fascistas; lo que exigiría de los sectores revolucionarios, populares y progresistas disponer de una claridad ideológica y política para comprender adecuadamente lo que se halla en juego actualmente en cuanto a la autodeterminación de los pueblos y la preservación misma de la vida sobre la Tierra que permita contrarrestar las intenciones imperiales estadounidenses, de un modo realmente efectivo y permanente.-

 

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