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LA REVOLUCIÓN DEL VIEJO ORDEN Y LA EXIGENCIA DE UN NUEVO MODELO DEMOCRÁTICO

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El Estado-Nación -convertido desde hace siglos en una inmensa entidad corporativa-burocrática autosostenida, con sus redes de beneficiarios, colaboradores y testaferros- es un reflejo directo de la profundización de la crisis financiera, económica, energética, alimentaria, ecológica-ambiental, ética, social, ideológica, cultural, en definitiva, política y civilizatoria que, en conjunto, determina la naturaleza heterogénea de la crisis que, desde la última década del siglo pasado, atraviesa el sistema capitalista.


Siendo entonces el capitalismo un elemento relacionado al Estado-Nación, no resulta extraño que en la actualidad éste sufra un cuestionamiento generalizado, extendido por igual a todos los continentes de la Tierra. Por ello se hace imprescindible que sea totalmente erradicado, proponiéndose en consecuencia una revolución del viejo orden establecido, pero conscientes que sin cambios profundos en las áreas de la vida social que aquellos dominan, tal revolución se hará cosa difícil de alcanzar, por no decir imposible, incrementando los niveles de ingobernabilidad que caracterizan la época actual.


Partiendo del entendimiento que toda forma de Estado es opresora, ello supone también atacar y demoler sus bases ideológicas y jurídico-legales, reemplazándolas de raíz por otras que respondan más apropiadamente a las exigencias de un nuevo modelo de democracia, esta vez más directa, que tienda en todo momento a la eliminación de las redes de sumisión y de expoliación propiciadas por el poder corporativo-burocrático capitalista mundial en su desmedido afán de asegurarse el monopolio exclusivo de la producción y el mercado. Esto, a su vez, implica adoptar un nuevo tipo de conciencia, capaz de traspasar los límites impuestos por la ideología de los sectores dominantes e imponer nuevos paradigmas.


Para evitar que esto ocurra, el capitalismo requiere incrementar los niveles de anomia o insensibilidad entre los seres humanos, lo que haría que cada quien únicamente se preocupe de defender su puesto de trabajo, pensando en sí mismo, contribuyendo así inconscientemente a elevar la productividad y, por ende, las ganancias empresariales, quedando prácticamente desprotegidos, a merced de la explotación de los dueños de los medios de producción. Tal cosa tiende a ser aún más dramática en el caso de los migrantes que arriesgan sus vidas al cruzar ilegalmente las fronteras de Europa y de Estados Unidos, siendo sometidos (sin discriminación de edad ni sexo) a un régimen de servidumbre, de semi-esclavitud e, incluso (de mayor gravedad), de total esclavitud. De ahí que se observe la necesidad revolucionaria de un cambio estructural profundo, que apunte simultáneamente al desmantelamiento del Estado-nación y el sistema económico imperantes en función de lograr una dignificación y una emancipación integral de las personas.


Por eso es fundamental que los mismos sectores populares organizados, fundamentalmente aquellos inspirados en los ideales del socialismo revolucionario, dispongan de herramientas propias de expresión y participación social, de modo que -a pesar de la resistencia que le opondrán en cualquier momento los grupos hegemónicos y burocráticos que controlan el Estado- puedan avanzar resueltamente en la construcción consciente de un nuevo modelo de civilización, armados de conceptos endógenos que se desarrollen y revisen continuamente. Bastará, igualmente, su disposición en crear circuitos económicos productivos autónomos, ajenos a la red global del capitalismo, aunque su radio de acción resulte limitado. Todo esto, expresado y concretado en una nueva práctica política que deje atrás todo aquello que represente y recuerde al Estado-nación y al sistema capitalista.-

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