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EL PUEBLO PARECE ESTAR MEJOR DEFINIDO

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Si se pudiera extraer algo relativamente positivo de la posición sostenida durante década y media por la gente que desea destruir los avances sociales, políticos, culturales y económicos que prefigurarían la realización plena de la Revolución Bolivariana Socialista en Venezuela, sin duda alguna, ésta se comprendería y se incorporaría como un elemento más a esta lucha transformadora. Sin embargo, hasta ahora lo que ha dejado traslucir la oposición es una irracionalidad extrema que apenas permite plantearse el asumir como propia alguna de sus «propuestas democráticas».

Al contrario de lo que pudiera ser «su» proyecto de país, la oposición sólo ha mostrado un odio de clase, racista y fascista en muchos casos, que poco tendría que envidiarle al existente en Estados Unidos y Europa; siendo en consecuencia una mácula que pareciera más bien traspasarse de generación en generación desde los tiempos de la colonia española, a pesar de las consecuencias igualitarias de la guerra de independencia y de las guerras civiles que acá ocurrieron durante gran parte del siglo XIX e inicios del siglo XX. Una realidad que resulta completamente distinta entre los sectores populares, quizás debido a la persistencia de la ideología de los sectores hegemónicos que les hizo no tener conciencia de clase o, sencillamente, al hecho de no albergar en su ser íntimo resentimiento alguno, a pesar de la explotación, la opresión y la discriminación de las cuales fueran víctimas por largo tiempo.

Tal cosa no ocurre con el programa de cambio presentado originalmente por Hugo Chávez a los venezolanos, donde la creación y existencia del poder popular constituye un elemento medular y, por tanto, difícil de extirpar. Recogiendo, consolidando y, por supuesto, ampliando lo que allí propone Chávez, se podrían recuperar el estímulo y los compromisos que requiere el pueblo para avanzar decididamente en la construcción socialista de un nuevo orden social, político y económico en Venezuela basado en una nueva concepción del socialismo revolucionario; evitándose así la eventualidad nada improbable que todo colapse y sea restituido el viejo orden puntofijista, con predominio de una élite burocrático-capitalista eminentemente neoliberal, vinculada a los intereses de las grandes corporaciones transnacionales que rigen el sistema capitalista global.

Así, entre quienes ejercen el poder en nombre del chavismo y aquellos que representan a las cúpulas tradicionales, muy escasamente se ha hecho para romper la polarización que podrían éstos representar mediante una alternativa política válida que contribuya a dinamizar -sin demagogia- el avance revolucionario popular. En cuanto a ello, alguien podría oponer el argumento que existe una diversidad de organizaciones partidistas en lo que se considera el chavismo, pero ello no es suficiente, dada la hegemonía ejercida sin resistencia por el Psuv; cuestión que se observa en cada proceso electoral y que escasamente permite afrontar los desafíos de la oposición de una manera contundente.

En medio de ambos extremos, los sectores populares parecen estar mejor definidos en cuanto a mantener el rumbo trazado desde 1999 por Hugo Chávez. Esto confunde a propios y extraños, cayendo en una lectura demasiado simple de la realidad venezolana; lo que obligaría a adoptar entre los estudiosos de este tema una nueva forma de abordarlo, hurgando en su historia profunda, aquella que está enlazada, de una forma u otra, con las luchas que tempranamente se desarrollaron en el territorio nacional contra los primeros invasores europeos y que se extienden hasta nuestros días.-

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