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LA LUCHA DE CLASES DE LA DERECHA

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El miedo de los grupos oligárquicos venezolanos al comunismo -extendido a quienes aspiran ingresar a sus círculos de exclusividad, como lo serían los integrantes de la llamada clase media- se ha manifestado, a pesar de la vehemencia y seriedad con que lo hacen y lo asumen, en situaciones rayanas con una irracionalidad y una ridiculez de alto calibre. Demostrada la falacia de sus argumentos, nunca se han preocupado en rectificar sus acciones y, mucho menos, en demostrar la validez de su "propuesta". Ahora, con la autoproclamación del presidente de la Asamblea Nacional como presidente interino (o paralelo) de Venezuela, acogiéndose a la Constitución que niegan y por recomendación expresa del gobierno de Donald Trump, estos sectores muestran su osada decisión de quemar las naves y de negarse rotundamente en alcanzar algún posible consenso con sus enemigos políticos.
 
En medio de todo esto, algunas voces sonaron algo más inteligentes que la mayoría de la oposición. Sin embargo, éstas resultaron silenciadas, impidiéndoseles un mayor acceso a los diferentes medios de información que contribuyen a mantener viva la llama desestabilizadora de la oposición, lo que podría calificarse de contrasentido cuando se acusa al gobierno chavista de coartar la libertad de expresión y la libertad de prensa, siendo como es, según su tajante y reiterada acusación, una dictadura. Al respecto, cabe señalar que durante todos estos años de hostilidad hacia el gobierno chavista, la única verdad aceptada y aceptable para el antichavismo, la única que ha de divulgarse extensamente en cada una de las cadenas noticiosas del planeta, es la suya. Con ello, la dirigencia de la derecha local impide que haya algún asomo de sensatez y disidencia que divida sus filas. Más en este tiempo al resurgir las movilizaciones en diversas regiones de Venezuela, lo que les anima a plantearse escenarios más radicales. 

Como lo ha constatado el pueblo en varias ocasiones, la oposición derechista -contrariamente a lo expresado en su discurso- hace un uso sesgado de lo que le permitiría hacer el marco constitucional vigente, mismo que rechazara públicamente en 1999 y aboliera arbitrariamente, sin más consideraciones que las suyas, mientras detentó el poder por escasas 43 horas al derrocar a Hugo Chávez en 2002. Esta posición unilateral de los sectores opositores niega porfiadamente la realidad de un pueblo que comenzó a transitar la vía constitucional para acceder a unas mejores condiciones materiales de vida, siguiendo, incluso, los patrones de consumo impuestos por el imperio ideológico del capitalismo. Así, descalificaron la autoridad y la imparcialidad correspondientes al Consejo Nacional Electoral cuando los comicios resultaron favorables a Chávez, Nicolás Maduro y todos los demás candidatos del chavismo; sin embargo, otra fue su actitud al conseguir algunas alcaldías, gobernaciones y la mayoría de curules de la Asamblea Nacional.
 
Visto su fracaso continuo para convencer electoralmente a la mayoría de los venezolanos sobre su idoneidad y buenas intenciones para regir los destinos del país, supuestamente en beneficio de toda la población, la derecha se ha inclinado por alternativas extremas (como las güarimbas y atentados terroristas) que precipiten la caída del gobierno, a tal punto que la invocación abierta de una agresión militar por parte de Estados Unidos y sus aliados de la región le parece algo de lo más normal, sin estimar el alto costo que ello significaría en vidas humanas y destrucción de la infraestructura, en especial de aquella que pueda brindar algún tipo de beneficios, justamente, al pueblo que asegura tanto defender. No se trata, como lo han hecho ver, de una maniobra de desconocimiento de la legitimidad del gobierno nacional, teniendo como soporte lo establecido en el artículo 350 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Se trata de la ejecución de una estrategia del caos, cuya meta inmediata es causar pánico entre venezolanas y venezolanos, vistos los antecedentes de Iraq, Libia y Siria, siendo su común denominador el control del petróleo. Con esta medida, los sectores derechistas optan por violar sin disimulo el Estado de Derecho y cualquier expresión de respeto y de garantía del pluralismo democrático que ha de imperar en toda sociedad. Le imponen a sus seguidores, además, un atajo anticonstitucional que rompe con toda legitimidad de las instituciones públicas existentes (a excepción, claro está, de aquellas que controla, gracias, paradójicamente, a elecciones organizadas y supervisadas por el Consejo Nacional Electoral, al cual cuestiona constantemente por supuestos fraudes cometidos a favor de las candidaturas chavistas), lo que es exacerbado por su ala más extremista o neofascista, precisamente aquella cuya voz es más atentamente escuchada en los recintos de la Casa Blanca.

Lo anterior refleja, de uno u otro modo, cuáles son los valores reales que animan la conducta de quienes anhelan desalojar del poder al chavismo. Para nadie es una sorpresa descubrir que estos valores son, básicamente, una réplica de los observados en la sociedad estadounidense, con su dosis de racismo y de desprecio a los pobres; lo que es mucho decir respecto al tipo de ideología que les guía. De hecho, sus mensajes en inglés y la utilización recurrente de símbolos vinculados a la cultura consumista estadounidense dan cuenta del nivel de alienación y de transculturización bajo el cual se han "educado" los representantes de la derecha local, lo que explica en gran parte su falta de sentido de pertenencia hacia Venezuela y el por qué muestran tanta sumisión a Washington (aparte de su devoción mercantilista por los dólares). Sin embargo, esta caracterización resultaría demasiado simplista si se ignora que estos rasgos ideológicos mantienen una conexión con el eurocentrismo y el régimen de castas de la época colonial; de ahí que muchos de los considerados burgueses sientan y piensen que son superiores al resto de la población nacional, al cual sólo se le reconoce su carácter utilitario y/o accesorio, pero jamás su capacidad para gobernar y, menos, para autogobernarse, como ésta lo ha pretendido durante las dos últimas décadas. 

Como se podrá inferir, la derecha y/o burguesía ha entablado con el pueblo (más que con Chávez o Maduro) una lucha de clases que está, en apariencia, dispuesta a ganar -con tropas, asesoría, apoyo oficial y financiamiento del imperialismo gringo- cueste lo que cueste. Al contrario de lo aseverado por sus representantes, es la derecha y/o burguesía quien pretende conducir al caos total a Venezuela a fin de satisfacer su revanchismo y ansias de poder. Los sectores populares sólo quieren una redistribución más equitativa de la riqueza nacional, además de su pleno reconocimiento como seres humanos. Una cuestión de siglos. Éste es un detalle que busca oscurecerse, utilizando para ello la misma retórica gubernamental, enlazada ésta con la tradición socialista/comunista, lo que le ha servido a la derecha y al imperialismo gringo para reavivar los miedos de mucha gente de perder sus propiedades, condición social y privilegios. -

 

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