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EL GÓLEM CAPITALISTA Y LA HEREJÍA DE LOS PUEBLOS

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Como una especie de dios engendrado y reverenciado por los seres humanos, el capital acaba por subyugar la voluntad de éstos, independizándose cual Gólem de su control. Es un fetiche que “ha cobrado vida y alma, se crea, alimenta y crece a partir de sí mismo de manera completamente autosuficiente, transformándose en causa y consecuencia, supuesto y producto, premisa y resultado de sí mismo, aparentemente sin ninguna mediación intermedia y ninguna molesta dependencia del trabajo humano vivo”, en consideración de Néstor Kohan en su libro “Nuestro Marx”, al referirse a la génesis del capital dinero explicada por Karl Marx. En la continuación de tal explicación, según este último, “de esta manera se convierte por completo en atributo del dinero el de crear valor, de arrojar interés, tal como el atributo de un peral es el de producir peras. Y el prestamista del dinero vende su dinero en su carácter de semejante cosa que devenga interés (…) Aquí queda consumada la figura fetichista del capital y la idea del fetiche capital”.


Esto, a pesar de los muchos estudios que demuestran su incongruencia, es comúnmente asumido como algo normal e inevitable. Así, con una poderosa y omnímoda industria ideológica que ha moldeado la opinión pública a su gusto, los dueños del capital deforman la realidad objetiva del mundo, por lo cual muchas personas -en contra de lo que debiera ser la defensa de sus propios derechos e intereses- acaban convenciéndose de que resulta inútil cualquier cambio significativo en sus vidas, especialmente si éstos entran en confrontación abierta con las normas impuestas; lo que tiene, indudablemente, un impacto negativo respecto al ser social y a la conciencia social de cada una de tales personas. La subjetividad alienada y domesticada de muchas de ellas responderá, parcial o totalmente, de una manera automática a los estímulos que accionen las clases dominantes, reflejándose ella en prejuicios y convicciones de carácter político, social, económico, cultural, nacionalista y religioso; entrecruzándose hasta formar un todo autodefensivo frente a cualquier asomo posible de herejía popular.


En su perenne propósito de maximizar ganancias, quienes rigen el sistema capitalista global han conseguido imponer un modelo de desarrollo basado en el extractivismo (lo que repercute de manera negativa en la conservación de la naturaleza), la flexibilidad laboral, la privatización de empresas y servicios públicos, la apertura incondicional de fronteras y mercados a productos y capitales transnacionales, la reducción de salarios, y el aumento de la deuda externa; conformando, en la práctica, una corporocracia, un gobierno supranacional, que desdibuja e irrespeta toda noción de soberanía y leyes. Con esto, se trata de convencer al resto de los seres humanos de las bondades de tales medidas. Sin embargo, los resultados están a la vista y desmienten contundentemente las ilusiones forjadas por el capitalismo, especialmente el de los últimos tiempos, el capitalismo neoliberal. Como se sabe, la materialización del capitalismo neoliberal coincidió con el desplome algo inesperado del Muro de Berlín y, junto con él, del hasta entonces denominado bloque soviético, lo que pudo permitir alcanzar -para todos en la Tierra- el estado de progreso, democracia y bienestar material que estuvieron vaticinando sus apologistas durante el apogeo de la Guerra Fría.


Adentrado el siglo 21, el estatismo autoritario y corporativo, cuyos rasgos rememoran la ideología nazi-fascista, representa la alineación y consolidación de un tipo de régimen malévolo y pernicioso que amenaza seriamente la posibilidad de una verdadera democracia participativa y protagónica, ejercida directa y permanentemente por el pueblo. Pese a ello, las múltiples organizaciones populares que se mantienen en lucha por sus derechos y la instauración de un mundo mejor develan que sus objetivos no tienen conexión con la vida colectiva como sí lo están con las ambiciones de las grandes corporaciones transnacionales; reflejando sus grandes contradicciones. En contraste con el nihilismo caotizante derivado de esta nueva realidad (en muchos casos, promovido deliberadamente por sus mayores beneficiarios políticos y económicos, hermanados en un solo propósito de dominación), estos movimientos populares apuntan al establecimiento de un nuevo patrón de civilización. Gracias a sus herejías emancipatorias, quedan al desnudo el falso dios del capital y el culto ciego a las bondades del mercado, al mismo tiempo que contribuyen a recuperar la tradición de luchas que dieran origen a la democracia y a todo lo que ella entraña para concretar una verdadera emancipación integral de todas las personas. -        

 

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