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LA DESIGUALDAD SOCIAL Y LA EXIGENCIA DE UN HUMANISMO COMPROMETIDO

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La pretendida igualdad de los individuos se esfuma y dificulta toda vez que ésta es puesta a prueba cuando se interpone el interés monetario. Se establecen así categorías políticas y sociales que hacen ilusoria y clasista esta aspiración democrática en todo el orbe conocido. Como efecto, la disputa legítima que éstos pudieran entablar ante tal hecho no suele trascender el ámbito estrictamente particular, aceptándose que el mismo es causado por decisiones aisladas y no por las determinaciones estructurales que definen al Estado burgués liberal como guardián y asegurador que es de un orden indesafiable al servicio de una minoría privilegiada. Esto obliga a comprender que “la marginación de grandes sectores de la población implicó -como lo patentiza Iraida Vargas Arenas en su estudio Exclusión social y protagonismo femenino en la historia venezolana, hablando, precisamente, de este tema en lo que concierne a Venezuela, pero de forma muy similar a la realidad del resto de naciones de nuestra América- una creciente acumulación de poder por parte de minorías, quienes manipularon los contextos sociales en los cuales operaban; existieron disparidades en el acceso a recursos naturales, tecnologías, conocimientos e información, todos ellos empleados como medios de control para poder disfrutar de beneficios y gratificaciones. Pero así como surgió la exclusión, también lo hizo la resistencia, la lucha contra las imposiciones, la búsqueda de la liberación del oprobio y la desvalorización”.


Desde que Adam Smith considerara al capitalismo “el sistema natural de perfecta libertad y justicia”, sus defensores lograron inculcarle a una significativa mayoría de personas -pese a las contradicciones evidentes que ello supone- la noción que la democracia no podría existir ni sostenerse sin la existencia y la garantía de la propiedad privada de los grandes medios de producción, centrando la atención en este último elemento más que en la posibilidad de consolidar las libertades ciudadanas. La igualdad jurídica y civil, por tanto, no representa -aunque los postulados constitucionales afirmen todo lo contrario- unas condiciones reales de igualdad, lo que, de ocurrir efectivamente, produciría una socialización del poder, elevándose el concepto y la práctica de la democracia a un mejor nivel. La igualdad, vista en su conjunto, desde un punto de vista biológico, es decir, humano, sin responder a prejuicios de índole religiosa, racista o etnocentrista que justifiquen la opresión de unos individuos o pueblos por otros que se atribuyen el derecho de hacerlo, choca muchas veces con el orden social. Esto se refleja, por igual, en la manera cómo los gobernantes se relacionan con sus gobernados, manteniendo un comportamiento que, en todo caso, resulta despótico y completamente ajeno a la democracia. Lo mismo puede observarse en cuanto a género, sexo, edad y trabajo, por sólo mencionar los más resaltantes. A pesar que pocos lo aprecien bajo tal matiz, gran parte de las conmociones sociales, políticas e internacionales de la actualidad tienen su origen en esta falta de igualdad.


La lucha contra la exclusión derivada de esta falta de igualdad -manifestada en lo económico, lo social, lo cultural y lo político- supone darle forma y contenido a un humanismo comprometido con quienes la padecen dentro y fuera de cada nación; de manera que adquieran una vigencia relevante la proxemia, la alteridad, la reciprocidad, la intersubjetividad y la simetría en relación con la vida, el pensamiento, la dignidad, la libertad y las necesidades y/o intereses de las personas antes que la hegemonía de una maquinaria o entidad corporativa (estatal o privada) dedicada al usufructo de plusvalía y de recursos naturales sin medida. Como efecto ideal del mismo, habría una universalidad en un amplio sentido cualitativo, vista, construida y vivida desde abajo; una universalidad con la cual asumir la construcción de un mundo, como lo definen los zapatistas, donde quepan muchos mundos. La igualdad sería entonces una realidad permanente y no simple aspiración insatisfecha de aquellos que son excluidos, marginados y despreciados por el orden vigente. -     

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