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DISCURSOS CRUZADOS: DERECHA E IZQUIERDA

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Derecha e izquierda han sido, desde los tiempos de la Revolución Francesa, términos políticos antagónicos que identificarían a quienes, por un lado, defienden el orden establecido, siendo conservadores, y, por el otro, a quienes cuestionan y aspiran abolir dicho orden, llamándose revolucionarios. Hasta ahí todo sería sencillo de observar y explicar. Sin embargo, desde la última década del siglo pasado hasta el presente tales rasgos apenas representan una división ideológica escasamente diferenciada en sus discursos y prácticas. En el caso de la derecha radicalizada (habitualmente identificada con el fascismo), esta se presenta como promotora de los cambios que exige la ciudadanía para vivir mejor y como la única capaz de llevar a cabo los ideales de la democracia. En contraste, lo que se podría designar como izquierda, a pesar de su discurso, repite patrones normalmente atribuidos a los sectores capitalistas, en la búsqueda de un desarrollo económico más equitativo con reformas de contenido social y político que contribuyan a expandir el ejercicio de la misma democracia.

Citando a John Holloway, debemos considerar el hecho que “vivimos en una sociedad antagónica y estos antagonismos nos atraviesan a nosotros. Nos declaramos anticapitalistas, pero tenemos la cabeza llena de ideas generadas por el capitalismo. Nos declaramos procapitalistas, pero en la práctica cotidiana luchamos de mil maneras contra la agresión del dinero y por hacer las cosas de otra forma. Nuestra existencia es una existencia contradictoria y en la lucha contra el capitalismo tenemos que reconocer y manejar estas contradicciones, no buscar una pureza revolucionaria que no puede existir. La búsqueda de la pureza nos lleva muy fácilmente a descalificar a todos los que no comparten nuestra perspectiva precisa. El reto revolucionario es más bien promover la confluencia de las rebeldías que existen dentro de todos nosotros”. Generalmente ocurren rebeliones individuales y colectivas que se enmarcan en una reacción contra alguna acción del Estado o del sistema capitalista que afectan los derechos constitucionalmente establecidos. Según algunos analistas, éstas representan el preámbulo de una revolución social, política y económica que excede el control del Estado y anticipa la extinción del capitalismo como sistema económico preponderante. Así, bajo este punto de vista, las protestas del movimiento de los chalecos amarillos en Francia, de los estudiantes en Chile y, más recientemente, en Estados Unidos a propósito del asesinato de George Floyd serían hitos de tal revolución. Lo que podría ser. No obstante, la dinámica de las mismas se expresa en los efectos y no en las causas; es decir, es poco lo que se ha teorizado al respecto, apelándose a las conclusiones binarias a que estaríamos largamente habituados.

Esta perspectiva, sin embargo, tiende a expandirse cuando, a raíz de la pandemia del Covid 19, la mayoría de las naciones se han visto obligadas a implementar cuarentenas y restringir sus actividades económicas, contrayéndose, en consecuencia, los mercados y elevándose las cifras de desempleo. Esto podría ser un elemento más para plantearse seriamente cambiar las reglas de juego que, hasta ahora, han sido provechosas para los intereses corporativos de los sectores dominantes. Ello obligaría a los sectores populares excluidos a explorar y a consolidar una visión propia del mundo que habitan mediante un programa político extraído de su memoria histórica de luchas, el cual servirá de pilar fundamental para el logro de las transformaciones estructurales que deben emprenderse, con criterio de urgencia, para acceder a un nuevo tipo de civilización, más centrado en el ser humano y en la relación armoniosa de éste con la naturaleza, entendido en un sentido general.

Esto último exige la combinación de una diversidad de expresiones del poder popular organizado con iniciativas realmente revolucionarias. Tanto ancestrales como modernas. Desde la base local o comunal hasta abarcar lo que sería un proyecto mayor a escala nacional y global. Sería, por consiguiente, algo totalmente distinto a lo que son hoy en día los discursos cruzados de la derecha y la izquierda, a sabiendas que ambas partes son herederas del pensamiento eurocentrista, lo que explica, de un modo simple, el porqué de su idiosincrasia excluyente y, en los últimos tiempos, coincidente. Habrá que profundizar lo que representa verdaderamente cada discurso y contrastarlo frente a la realidad creada por sus acciones. En el caso de nuestra América esta posibilidad es aún mayor, dada la historia de resistencia protagonizada por nuestros sectores desde los albores de la independencia respecto al dominio colonial español. Ello supone un re-planteamiento cultural, en un incesante proceso de intercambio de saberes que coadyuve a la autodeterminación económica y política de nuestros pueblos, sin exceptuar los aspectos positivos que puedan mantenerse y desarrollarse del actual modelo de civilización.   

 

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