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EL GUAIDONISMO, ELEMENTOS DE UNA «DOCTRINA» SERVIL

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Sea o no un producto de las escuelas o agencias de adoctrinamiento proimperialista (tipo USAID o NED), el autoproclamado presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó, inició lo que sería en lo adelante un elemento importante de las estrategias injerencistas diseñadas por el imperialismo gringo para preservar su hegemonía en la amplia región de nuestra América; mostrando así, sin ningún disimulo, el alto grado de servilismo, dependencia y/o identidad ideológica de la derecha local con respecto a la clase dominante de Estados Unidos.

En consecuencia, la "doctrina" guaidonista está orientada, fundamentalmente, en reivindicar la política permanente de agresión y de tutelaje del imperialismo gringo en cuanto al derecho a la autodeterminación de nuestros pueblos, sintetizada en el monroísmo y el corolario Roosevelt. Gracias a ello, el gobierno de Donald Trump ha podido mantener y extender los planes de desestabilización contra el gobierno de Venezuela, contando esta vez con la incondicionalidad de los sectores derechistas internos, así como con la complicidad de los gobiernos de naciones vecinas, interesados como están en destruir cualquier referencia de origen izquierdista que pueda afectar el curso de sus respectivas gestiones. Además, esta parcialidad de los grupos opositores puso sobre el tapete su falta de conciencia patriótica y/o nacionalista y su completa disposición en ejercer el poder en Venezuela de una manera excluyente y totalmente subordinada a los dictados y a los intereses geopolíticos y económicos estadounidenses, como nunca se mostraran antes las clases dominantes de este país. 

El "guaidonismo" vendría a ser, por consiguiente, una negación abierta a todo lo que es el bolivarianismo, aún más que el rechazo visceral a lo simbolizado por el chavismo. De ser lo contrario, sus principales personeros no habrían concordado, de ningún modo, en avalar, al precio que fuera, las intenciones belicistas del inquilino de la Casa Blanca, dadas las graves repercusiones que éstas tendrían para la población venezolana como también para la paz del  hemisferio. En lugar de ello, habrían hecho valer en todo momento el Estado de derecho y de justicia social contemplado en la Constitución venezolana, pero prefirieron -como siempre lo han hecho, desde 1999, incluyendo la ejecución de un golpe de Estado mediático de escasa duración- saltarse los mecanismos tradicionales de la democracia e interpretar a su modo aquellos que puedan servirles para derrocar al gobierno de Nicolás Maduro.

Otros de sus elementos característicos son la constante negación de la democracia ejercida por los sectores populares y la justificación de la violencia como herramienta política. Según sus representantes, la división y la violencia sociales provendrían de quienes respaldan a Maduro (como antes con Hugo Chávez), por lo que las acciones terroristas emprendidas por los grupos extremistas opositores serían una respuesta lógica (y hasta plausible) ante un régimen dictatorial que no tiene contemplaciones a la hora de impedir cualquier asomo de disidencia y de reclamo de los derechos constitucionales vigentes. Una tramoya que tiene su base de sustentación en la generación y repetición de noticias falsas a través de redes sociales y medios informativos de toda índole, nacionales e internacionales, que superan lo logrado hace casi un siglo atrás por el ministro de propaganda del régimen nazi de Alemania. Su continuidad y sistematización, sin embargo, no han logrado convencer a la mayoría de la población sobre la bondad de sus acciones, pese a las quejas legítimas que ella expresa ante los innegables niveles de corrupción y de desabastecimiento existentes en el país; cuestión que Guaidó y su gente buscan precipitar valiéndose de las amenazas de intervención militar proferidas de manera reiterada por la administración Trump. 

Como un común denominador, entre los guaidonistas existe la convicción que la situación de crisis económica en que se encuentra Venezuela (causada, precisamente, por los sectores de la derecha que decretaron el sabotaje de PDVSA y el paro empresarial contra Chávez, entre otras iniciativas de igual propósito) se podrá superar mediante la aplicación de las medidas económicas recomendadas, tan a su gusto, por el capitalismo neoliberal globalizado. Su efecto propagandístico ha permeado con más eficacia la mentalidad de las capas medias, las cuales, por cierto, reproducen sin mucho empacho el discurso racista y anticomunista de quienes secundan el intervencionismo imperialista en este país. Su apuesta al capitalismo neoliberal es, por demás, notoria, negando de plano las diversas medidas de inclusión y justicia social, de redistribución de la renta petrolera a favor de los sectores sociales más necesitados, de soberanía nacional y de transformación del aparato productivo, entre otros elementos que contradicen la política de ajustes auspiciada por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, de acuerdo a los parámetros neoliberales. Quizás éste sea el elemento aglutinador de mayor relevancia del guaidonismo: la ilusión de vivir el "american way life" en suelo venezolano, así ello signifique eliminar la democracia y la soberanía del país en beneficio del mercado, como lo dejan entrever la dirigencia opositora y sus patrocinadores extranjeros en sus declaraciones a los diferentes medios de información. -

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15/03/2019 08:44 Homar Garcés #RyS. LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA No hay comentarios. Comentar.

EL CAPITALISMO NEOLIBERAL Y EL SUJETO DE RENDIMIENTO

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El antiguo concepto que catalogó por mucho tiempo a la economía como la ciencia encargada  del estudio de la producción de los medios de vida para satisfacer las necesidades de toda la sociedad pasó a ser, bajo la influencia del neoliberalismo capitalista, en la ciencia dedicada al estudiode los mercados y de la minimización de costos y maximización de ganancias; lo cual se traduce en la imposición de un individualismo economicista que descarta cualquier medida favorable a la mayoría de los seres humanos que no sea vista como una inversión redituable. Esto influye en el surgimiento de una progresiva eliminación de la empatía que debiera existir entre las personas (incluso a nivel familiar), lo que dificulta la factibilidad de algún tipo de lucha mínima para la satisfacción de objetivos y necesidades comunes.

Así, sin echar mano a un análisis demasiado complicado, se observa cómo la humanidad se halla subordinada, de un modo u otro, directa e indirectamente, a la lógica de la acumulación y reproducción de capitales manejados (sin control efectivo de muchos gobiernos) por las grandes corporaciones transnacionales, principalmente aquellas de origen estadounidense. Esto hace que mucha gente alrededor del planeta estime que, fuera del sistema capitalista, no existe opción alguna, por lo que cualquier esfuerzo debe orientarse a la regulación de su funcionamiento, con mejoras o reformas que le den un cariz más humano y equitativo, de manera que faciliten reducir los escandalosos abismos existentes entre ricos y pobres; cuestión ésta que ha resultado infructuosa en cada nación donde se pretendió hacerse, como ocurriera en Chile en el siglo pasado bajo la presidencia de Salvador Allende o en la actualidad con Venezuela. Gran parte de quienes comparten esta visión del capitalismo con "rostro humano" olvidan que «las relaciones socialistas capitalistas no son precisamente -como lo afirma Miguel Mazzeo en su libro “¿Qué (no) hacer?”- las más adecuadas para el desarrollo espontáneo de la horizontalidad y la autonomía»; es decir, el fomento y la práctica de la democracia (o soberanía popular) no encajan en lo que es el sistema capitalista, sobre todo neoliberal, por lo que generalmente éste actúa en su contra si percibe que puedan afectar gravemente sus intereses.

Para alcanzar sus propósitos, el capitalismo neoliberal requiere de una nueva clase de sujetos que se adapten sin coacción de por medio al mundo modelado a su gusto. En «Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder», el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han los llama sujetos de rendimiento y explica que «el neoliberalismo, como una forma de mutación del capitalismo, convierte al trabajador en empresario. El neoliberalismo, y no la revolución comunista, elimina la clase trabajadora sometida a la explotación ajena. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se transforma en una lucha interna consigo mismo». Esto ocasiona que «el sujeto neoliberal como empresario de sí mismo no es capaz de establecer con los otros relaciones que sean libres de cualquier finalidad. Entre empresarios no surge una amistad sin fin alguno»; de ahí que no muestre mucho interés en sumarse a iniciativas de lucha que promuevan la profundización de la democracia (expresada en la vigencia del Estado de Bienestar con que se buscó disminuir la atracción por el comunismo entre los trabajadores y cuyo desmantelamiento operativo, además de su total control, es un requisito indispensable para la consolidación del capitalismo neoliberal), así ello signifique disminuir, sacrificar o perder todos los derechos sociales y políticos hasta ahora consagrados por vía constitucional.

A pesar de la existencia de este sujeto de rendimiento del capitalismo neoliberal, han surgido en el horizonte unos nuevos paradigmas y unas nuevas relaciones sociales, así como la necesidad de reorientar la producción hacia el bien común. Estos son los elementos distintivos de la diversidad de grupos y movimientos que se han organizado de forma autónoma frente a la hegemonía neoliberal, mostrándose capaces de prefigurar un orden social hasta ahora diferente y, por consiguiente, inaudito. Entre sus características más resaltantes se encuentran la cooperación, la complementariedad, la utilidad social y la reciprocidad que, de llevarse a una expresión de alto grado, le otorgará a la democracia un mejor sentido del que posee en la actualidad, al hacer realidad la participación y el protagonismo de los sectores populares sin que exista algún factor de poder que pueda coartarlos bajo ningún concepto o excusa.

Esta herejía, interiorizada por los sectores subordinados, rompe -si no de una manera absoluta, como se quisiera, sí en alguna proporción significativa- con la lógica impuesta por los sectores dominantes. A diferencia del sujeto de rendimiento, tan acorde con el capitalismo neoliberal, quienes participan en este proceso de organización, sobrevivencia y resistencia colectiva comparten la necesidad de avanzar hacia nuevos derroteros de desarrollo integral de todo el conglomerado social (no simplemente de una minoría) y se convierten -de modo consciente o no- en los precursores del establecimiento de un modelo civilizatorio que bien podríamos llamar postcapitalista, con gobiernos de bienes comunes, que respondan al interés general (incluido en éste la naturaleza) y no en beneficio exclusivo (como viene ocurriendo) de las grandes corporaciones monopólicas capitalistas. - 

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04/03/2019 14:41 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

MÁS QUE UNA BURGUESÍA “REVOLUCIONARIA” O UNA BURGUESÍA PARAESTATAL

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Más que una "burguesía revolucionaria" (al decir de Wilmar Castro Soteldo) lo que existe en u sería una "burguesía paraestatal (al decir de Douglas Bravo), no como una clase social propietaria, pero sí usufructuaria de los beneficios de la renta petrolera e incapaz de toda inversión independiente, sin contar con el amparo y las divisas que pueda obtener del Estado.

Dado que ambas posiciones parecieran partir de una misma realidad, sería necesario precisar que ésta responde, sencillamente, a la preservación de sus propios intereses en lugar de contribuir, de buena gana, con una redistribución social de la riqueza nacional como bien común, lo que le permitiría a la mayoría de la población nacional disfutar de unas mejores condiciones materiales de vida. En consecuencia, aun cuando en algún momento los intereses burgueses lleguen a coincidir en algún grado con los intereses populares (como ocurriera al estallar la Revolución Francesa de 1789 o el 23 de enero de 1958 al derrocarse al gobierno de facto del general Marcos Pérez Jiménez) sería ingenuo pensar que aquellos terminen por supeditarse a estos últimos; reduciéndose o eliminándose en alguna medida la lógica capitalista. Posiblemente se esté pensando en China y su alto desarrollo económico, lo cual no podría explicarse bajo la óptica eurocentrista u obviando su historia milenaria, dada su singularidad.

No obstante, podría afirmarse que la originalidad china (al reivindicar de manera oficial el legado teórico de Marx en el terreno político y la aplicación de las fórmulas capitalistas en el terreno econḿico) no es una cuestión que se pueda imitar mecánicamente, como lo pretenden y dejan entrever algunos personeros gubernamentales. Habría que propiciar una revolución cultural radical que revierta de manera profunda la tendencia general -inculcada desde hace casi cien años por los partidos políticos tradicionales- de esperar casi todo del gobierno, al igual que las relaciones de poder generadas por el modelo de Estado vigente; algo que se percibe lejano y, más todavía, ausente en la agenda de quienes gobiernan y de aquellos que aspiran sustituirlos, tal vez al intuir que su puesta en práctica significará sufrir un completo desplazamiento del escenario político.     

En su libro El laberinto de los tres minotauros, José Manuel Briceño Guerrero caracteriza a quienes "no habiendo gobernado antes, entienden más de los privilegios que de la responsabilidad; no habiendo interiorizado el bien común, se interesan sobre todo por las ventajas personales y clánicas, por el tener y el disfrutar, por el derecho al desmán y al desplante". Un mal de familia, diría alguien, tomando en cuenta que tal comportamiento se repite en cada generación que accede al poder, desde mucho antes, incluso, de lograrse la independencia en los campos de batalla, pues su génesis se produjo en la vieja España y, por extensión, en la vieja Europa, al constituirse los Estados-nación y la concepción "universalista" del eurocentrismo.

Esto hace dificultoso que se conforme una burguesía "revolucionaria", como lo enunciara en su momento Castro Soteldo, por mucho bagaje socialista que ella exhiba, cosa de la que está consciente el pueblo al percibir las enormes contradicciones que esto implica. Aquellos que lo creen posible olvidan y/o desestiman la advertencia de su principal mentor, Hugo Chávez, en referencia a que "no se es socialista por decreto", como tampoco por citar una amplia biblioteca de los teóricos del socialismo revolucionario mundial. En dicho caso, lo más honesto y recomendable que éstos debieran hacer -desde el máximo hasta el mínimo nivel- es dejar de proclamar una revolución y un socialismo que sólo comparten los sectores populares, suponiendo que dichos conceptos tengan un propósito positivo de transformación de la realidad contemporánea venezolana.

Volviendo al señalamiento de Douglas Bravo, éste resulta más acertado, ya que define a quienes ascendieron a un nivel económico que, de seguir una vía distinta y honesta, se les habría antojado imposible de alcanzar; lo cual les ubica en el mismo rango de aquellos que integraron la burguesía parasitaria al amparo del pacto de Punto Fijo.

En consecuencia, lo que debiera propiciarse es la autonomía de los sectores populares más que la imposición y consolidación de cualquier denominación de burguesía ("revolucionaria", paraestatal y/o parasitaria), ya que esto tiende a acentuar y a ampliar las jerarquías establecidas en lugar de abolirlas, de acuerdo a lo que sería un verdadero ejercicio de la democracia participativa y protagónica. Ella tendría como consecuencia la necesidad de una racionalidad práctica que haga realmente factible la vida en comunidad, el forjamiento de un mismo bien común y el desarrollo de capacidades propias en función de las necesidades colectivas; todo lo cual escapa a las intenciones de cualquier burguesía que exista o se presente. Sea acá o en otra nación del planeta. Esto, además, dotaría a los sectores populares de una perspectiva diferente a la derivada del capitalismo, que es donde debe (sin ortodoxia alguna) iniciarse y basarse todo proyecto transformador de la realidad vigente. -   

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04/03/2019 14:30 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL COMUNISMO Y EL MIEDO A LA DEMOCRACIA DE LAS MINORÍAS

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Quienes se han afanado inútilmente en anatemizar desde siempre los ideales revolucionarios del socialismo (vale decir, del comunismo) parten de un razonamiento (si cabe aceptar que cualquier razonamiento de los sectores reaccionarios o conservadores sea, de alguna manera, un producto realmente racional) absolutamente equivocado y, por añadidura, forjado. Acusan al comunismo (para efectos prácticos y entendibles, el socialismo revolucionario) de ser una ideología fracasada a nivel mundial. Olvidan adrede que nada de lo previsto por los teóricos comunistas -con Marx y Engels en primera fila- pudo concretarse debido a una multiplicidad de causas, pero preeminentemente por la alienación y la fetichización del poder de las cuales ha sido víctima, desde hace siglos, la humanidad. Sobre todo, luego de producirse la Revolución Francesa de 1789 cuando, a partir de este trascendental hecho histórico, la burguesía se convierte en la clase social dominante.
 
Este detalle es muy importante destacarlo, ya que el poder de la burguesía no se basaría -como lo hicieran reyes, papas y "nobles"- en la sacra voluntad de un dios sino a través del capital acumulado y las relaciones sociales y productivas que de éste se derivan. A fin de asegurar esta posición privilegiada en la cúspide de la pirámide social, la burguesía le inculcó a los sectores populares subordinados la ilusión de armonía de una democracia que garantiza a todos una igualdad de derechos y oportunidades. Sin embargo, la irrupción del ideario comunista develó la verdadera realidad de las cosas, atizando el miedo a la democracia de las minorías gobernantes; convirtiéndose en la opción revolucionaria frente al capitalismo, de un modo similar a como éste lo fuera frente al feudalismo europeo.
 
Con esta carga histórica a cuestas, los regímenes que adoptaron esta opción revolucionaria confrontaron de inmediato las arremetidas de los dueños del capital, lo que se expresó en guerras intestinas y en agresiones externas de todo tipo. Un ejemplo de ello fue la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y, más cercanamente en el tiempo, la República de Cuba; evitándose que estas naciones llegaran a desarrollar el socialismo (vale repetir, el comunismo) como lo anticiparan sus teóricos originales y quienes continuaron la tarea de definir lo que este resultaría. Otro factor que contribuyó con su aparente fracaso fue el no eliminar del todo las viejas estructuras del Estado burgués liberal, así como las relaciones de reproducción del sistema capitalista, además, de la propaganda largamente extendida y difundida en relación con las grandes bondades del capitalismo (resaltando el éxito como un asunto estrictamente personal al cual debe aspirar toda persona a fin de sentirse plenamente realizada, ahora con un mayor énfasis bajo el capitalismo neoliberal); cosa que, a pesar de las medidas adoptadas para garantizar la inclusión y la propiedad social de los medios de producción, ocasionó que mucha gente percibiera al capitalismo como el sistema ideal para alcanzar un mejor bienestar material y se pasaran por alto sus bases y origen. Como efecto de las acciones de la burguesía (local y extranjera) en su contra, las experiencias germinales del socialismo en diferentes latitudes del planeta se vieron seriamente afectadas y truncadas; lo que sirvió para acentuar la propaganda respecto a su presunto fracaso.

Por otra parte, el verticalismo, el dogmatismo y el burocratismo -generados a partir de las relaciones de poder por el Estado burgués liberal- hicieron de la revolución socialista una realidad estancada y despojada de la influencia y del ímpetu de los sectores populares como agentes sociales de primera línea de la transformación estructural anhelada. Sumado a estos factores, la represión de la disidencia ayudó a la industria ideológica capitalista a aumentar los temores de muchas personas en cuanto a lo que sería el socialismo revolucionario, sin indagar mucho en su verdadera esencia, conocimiento y propósito.
 
"Se mire como se mire, -escriben Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero en su libro ’Comprender Venezuela, pensar la democracia’, refiriéndose a la compatibilidad entre socialismo y democracia- lo que la historia del siglo XX demostró con contundencia no fue, como tantas veces se repitió y se sigue repitiendo, que el comunismo se copertenecía naturalmente con formas políticas dictatoriales: lo que más bien quedó demostrado es que el mundo capitalista no podía permitirse ni una sola vez el mal ejemplo de un comunismo compatible con la democracia, el parlamentarismo o el Estado de Derecho. Mientras se clamaba contra las dictaduras comunistas, supuestamente porque eran dictaduras, se justificaban, alentaban, financiaban, entrenaban e imponían las dictaduras más sanguinarias contra las posibilidades democráticas del comunismo (...) Un comunismo democrático habría sido un ejemplo demasiado peligroso para el mundo". 
En el presente, el fracaso y la maldad implícita que se le atribuye a la teoría-matríz del socialismo revolucionario tiene sus ecos en las redes sociales y demás medios de información a nivel mundial. Sin embargo, la aparente victoria de los sectores reaccionarios resulta insuficiente para ocultar -pese al manejo de un vasto imperio mediático a su servicio- la cruda realidad de desigualdad, discriminación e injusticia del modelo civilizatorio que éstos defienden. La variedad y simultaneidad de movimientos opuestos a la hegemonía capitalista neoliberal dan cuenta de qué es lo que ha fracasado realmente respecto a la factibilidad de vivir en un mundo regido con justicia, libertad y democracia, lo que sería la aspiración común de una gran mayoría por ahora doblegada. No ha sido precisamente el comunismo y/o socialismo revolucionario el modelo fracasado aunque sus detractores continúen diciendo todo lo contrario . - 

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27/02/2019 10:04 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA LUCHA DE CLASES DE LA DERECHA

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El miedo de los grupos oligárquicos venezolanos al comunismo -extendido a quienes aspiran ingresar a sus círculos de exclusividad, como lo serían los integrantes de la llamada clase media- se ha manifestado, a pesar de la vehemencia y seriedad con que lo hacen y lo asumen, en situaciones rayanas con una irracionalidad y una ridiculez de alto calibre. Demostrada la falacia de sus argumentos, nunca se han preocupado en rectificar sus acciones y, mucho menos, en demostrar la validez de su "propuesta". Ahora, con la autoproclamación del presidente de la Asamblea Nacional como presidente interino (o paralelo) de Venezuela, acogiéndose a la Constitución que niegan y por recomendación expresa del gobierno de Donald Trump, estos sectores muestran su osada decisión de quemar las naves y de negarse rotundamente en alcanzar algún posible consenso con sus enemigos políticos.
 
En medio de todo esto, algunas voces sonaron algo más inteligentes que la mayoría de la oposición. Sin embargo, éstas resultaron silenciadas, impidiéndoseles un mayor acceso a los diferentes medios de información que contribuyen a mantener viva la llama desestabilizadora de la oposición, lo que podría calificarse de contrasentido cuando se acusa al gobierno chavista de coartar la libertad de expresión y la libertad de prensa, siendo como es, según su tajante y reiterada acusación, una dictadura. Al respecto, cabe señalar que durante todos estos años de hostilidad hacia el gobierno chavista, la única verdad aceptada y aceptable para el antichavismo, la única que ha de divulgarse extensamente en cada una de las cadenas noticiosas del planeta, es la suya. Con ello, la dirigencia de la derecha local impide que haya algún asomo de sensatez y disidencia que divida sus filas. Más en este tiempo al resurgir las movilizaciones en diversas regiones de Venezuela, lo que les anima a plantearse escenarios más radicales. 

Como lo ha constatado el pueblo en varias ocasiones, la oposición derechista -contrariamente a lo expresado en su discurso- hace un uso sesgado de lo que le permitiría hacer el marco constitucional vigente, mismo que rechazara públicamente en 1999 y aboliera arbitrariamente, sin más consideraciones que las suyas, mientras detentó el poder por escasas 43 horas al derrocar a Hugo Chávez en 2002. Esta posición unilateral de los sectores opositores niega porfiadamente la realidad de un pueblo que comenzó a transitar la vía constitucional para acceder a unas mejores condiciones materiales de vida, siguiendo, incluso, los patrones de consumo impuestos por el imperio ideológico del capitalismo. Así, descalificaron la autoridad y la imparcialidad correspondientes al Consejo Nacional Electoral cuando los comicios resultaron favorables a Chávez, Nicolás Maduro y todos los demás candidatos del chavismo; sin embargo, otra fue su actitud al conseguir algunas alcaldías, gobernaciones y la mayoría de curules de la Asamblea Nacional.
 
Visto su fracaso continuo para convencer electoralmente a la mayoría de los venezolanos sobre su idoneidad y buenas intenciones para regir los destinos del país, supuestamente en beneficio de toda la población, la derecha se ha inclinado por alternativas extremas (como las güarimbas y atentados terroristas) que precipiten la caída del gobierno, a tal punto que la invocación abierta de una agresión militar por parte de Estados Unidos y sus aliados de la región le parece algo de lo más normal, sin estimar el alto costo que ello significaría en vidas humanas y destrucción de la infraestructura, en especial de aquella que pueda brindar algún tipo de beneficios, justamente, al pueblo que asegura tanto defender. No se trata, como lo han hecho ver, de una maniobra de desconocimiento de la legitimidad del gobierno nacional, teniendo como soporte lo establecido en el artículo 350 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Se trata de la ejecución de una estrategia del caos, cuya meta inmediata es causar pánico entre venezolanas y venezolanos, vistos los antecedentes de Iraq, Libia y Siria, siendo su común denominador el control del petróleo. Con esta medida, los sectores derechistas optan por violar sin disimulo el Estado de Derecho y cualquier expresión de respeto y de garantía del pluralismo democrático que ha de imperar en toda sociedad. Le imponen a sus seguidores, además, un atajo anticonstitucional que rompe con toda legitimidad de las instituciones públicas existentes (a excepción, claro está, de aquellas que controla, gracias, paradójicamente, a elecciones organizadas y supervisadas por el Consejo Nacional Electoral, al cual cuestiona constantemente por supuestos fraudes cometidos a favor de las candidaturas chavistas), lo que es exacerbado por su ala más extremista o neofascista, precisamente aquella cuya voz es más atentamente escuchada en los recintos de la Casa Blanca.

Lo anterior refleja, de uno u otro modo, cuáles son los valores reales que animan la conducta de quienes anhelan desalojar del poder al chavismo. Para nadie es una sorpresa descubrir que estos valores son, básicamente, una réplica de los observados en la sociedad estadounidense, con su dosis de racismo y de desprecio a los pobres; lo que es mucho decir respecto al tipo de ideología que les guía. De hecho, sus mensajes en inglés y la utilización recurrente de símbolos vinculados a la cultura consumista estadounidense dan cuenta del nivel de alienación y de transculturización bajo el cual se han "educado" los representantes de la derecha local, lo que explica en gran parte su falta de sentido de pertenencia hacia Venezuela y el por qué muestran tanta sumisión a Washington (aparte de su devoción mercantilista por los dólares). Sin embargo, esta caracterización resultaría demasiado simplista si se ignora que estos rasgos ideológicos mantienen una conexión con el eurocentrismo y el régimen de castas de la época colonial; de ahí que muchos de los considerados burgueses sientan y piensen que son superiores al resto de la población nacional, al cual sólo se le reconoce su carácter utilitario y/o accesorio, pero jamás su capacidad para gobernar y, menos, para autogobernarse, como ésta lo ha pretendido durante las dos últimas décadas. 

Como se podrá inferir, la derecha y/o burguesía ha entablado con el pueblo (más que con Chávez o Maduro) una lucha de clases que está, en apariencia, dispuesta a ganar -con tropas, asesoría, apoyo oficial y financiamiento del imperialismo gringo- cueste lo que cueste. Al contrario de lo aseverado por sus representantes, es la derecha y/o burguesía quien pretende conducir al caos total a Venezuela a fin de satisfacer su revanchismo y ansias de poder. Los sectores populares sólo quieren una redistribución más equitativa de la riqueza nacional, además de su pleno reconocimiento como seres humanos. Una cuestión de siglos. Éste es un detalle que busca oscurecerse, utilizando para ello la misma retórica gubernamental, enlazada ésta con la tradición socialista/comunista, lo que le ha servido a la derecha y al imperialismo gringo para reavivar los miedos de mucha gente de perder sus propiedades, condición social y privilegios. -

 

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25/02/2019 10:28 Homar Garcés #RyS. LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA No hay comentarios. Comentar.

LA VERDADERA «PREOCUPACIÓN» DEL IMPERIALISMO GRINGO POR VENEZUELA

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En el presente, Brasil y Colombia juegan, por razones geopolíticas similares (serían una especie de sub imperialismos regionales) y, en una menor medida, por razones político-ideológicas, un rol relevante en la estrategia prevista por Estados Unidos de una guerra por delegación contra Venezuela. Para alcanzar este propósito, los falsos positivos (o noticias falsas) que se crearían en la frontera común de estas naciones servirán de excusa apropiada para iniciar un conflicto armado al cual se unirán, posiblemente, -en una fuerza multinacional, avalada o no por la Organización de Estados Americanos- tropas latinoamericanas, instigadas y dirigidas por Washington. En ésta no se descarta la posibilidad que participen también fuerzas pertenecientes a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, dada la predisposición notoria de algunos regímenes europeos en hostilizar y pretender el derrocamiento de Nicolás Maduro.

En este contexto, de concretarse tal cometido, la fuente del derecho internacional ya no estará sustentado en lo que dictamine la Organización de las Naciones Unidas, ni otra semejante, sino -como se vió en años anteriores- en lo que convenga Estados Unidos. Ello supone una etapa de gran envergadura en los asuntos internos del resto de países en nombre de la libertad y de la democracia.

Es bien conocido que la guerra es el negocio más rentable del complejo industrial-militar que domina Estados Unidos. La guerra y el caos generados en contra de naciones y gobiernos «hostiles» a los intereses y la seguridad estadounidenses apuntalan, por tanto, una nueva concepción, adecuación y/o redefinición imperialista. No es casual, en consecuencia, que el actual inquilino de la Casa Blanca exhiba impúdicamente un comportamiento disparatado y al margen de todo respeto por el derecho internacional y por la autodeterminación de los pueblos, decretando sanciones a diestra y siniestra, y profiriendo amenazas explícitas de agresión militar. Todo ello, conduciendo al planeta a un estado generalizado de guerra.

No se puede pasar por alto que, independientemente de la sumisión e incondicionalidad obtenidas de los regímenes que estarían dentro del círculo de su dominación imperial, a la clase gobernante gringa le importa sobremanera asegurarse disuadir y extinguir todo movimiento político y social que represente (o pueda representar) potencialmente un obstáculo inconveniente para el logro total de sus metas; especialmente si éste es inspirado por ideales de raigambre cultural, patriótica y/o nacionalista. Como lo enunciara el General James T. Hill, jefe del Comando Sur, en 2004 ante el Congreso de su país, estos movimientos y gobiernos son considerados populismos radicales. Una «amenaza emergente», según lo sentenció este centurión yanqui, enmarcada en lo que Estados Unidos concibe como su particular lucha antiterrorista; de una forma más amplia y prolongada que la lucha anticomunista llevada a cabo en suelo latinoamericano tras el triunfo de la Revolución Cubana. A fin de disipar dicha «amenaza», el imperialismo gringo dispone de un ejército de medios de información y operadores políticos encargado de convencer a nuestros pueblos de lo desastroso que sería confiar en las acciones y gestos de buena voluntad de estos populismos radicales.

La política imperialista de Donald Trump no es un hecho circunstancial y únicamente enfocado en el caso de Venezuela. Desde la década de los 80 del siglo pasado hasta el presente, los sucesivos gobiernos estadounidenses fueron diseñando y rediseñando su doctrina expansionista, dándole solidez a lo que John O’Sullivan proclamaba en 1845 respecto a que «la nación americana ha recibido de la Providencia divina el destino manifiesto de apoderarse de todo el continente americano a fin de iniciar y desarrollar la libertad y la democracia. Luego, debe llevar la luz del progreso al resto del mundo y garantizar su liderazgo, dado que es la única nación libre de la Tierra». Dicha tendencia está marcada ahora por la necesidad de desnacionalizar las economías de nuestra América en su beneficio (lo que ya se trató de hacer con la iniciativa del ALCA). Estados Unidos requiere de los mercados y de los recursos naturales estratégicos del continente, de modo que pueda asegurarse su recomposición económica en un mundo capitalista que tiende a orbitar cada día alrededor de la economía de China. Con la finalidad de concretar este asunto de vida o muerte para su economía interna, Estados Unidos debe entroncar a las burguesías locales al sistema capitalista global bajo su control directo. Acá radica la razón principal de la agresión yanqui contra el gobierno de Maduro. La alusión a la crisis humanitaria y a la defensa de los derechos democráticos nada más sirven para ocultar la verdadera «preocupación» del imperialismo gringo por Venezuela. -

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13/02/2019 05:49 Homar Garcés #RyS. TEMAS ANTIIMPERIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LOS MUSIÚS NOS QUIEREN GOBERNAR

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Los dos principales factores políticos en pugna en Venezuela le han facilitado a la administración Trump concretar finalmente los viejos planes intervencionistas elaborados por los diferentes gobiernos que le antecedieron. Cada uno a su modo. 


En cuanto al chavismo, vale resaltar que, desde los tiempos iniciales de Chávez, se conoce al detalle la estrategia desarrollada por los gobiernos estadounidenses en su contra. Quizás a la minoría dominante de Estados Unidos no le llegó a molestar tanto la retórica revolucionaria del estamento gobernante venezolano si ésta no tuviera alguna repercusión importante en las naciones de nuestra América, contradiciendo lo que sería conocido posteriormente como el Nuevo Siglo Norteamericano, con un sistema capitalista neoliberal extendido a todo el planeta bajo la égida de los grandes consorcios transnacionales. Esta es una de las razones principales. Además del acercamiento con gobiernos considerados hostiles, como el de Cuba, Rusia y China, por lo que George Bush, Barack Obama y ahora Donald Trump emprendieran acciones de todo orden para doblegar al gobierno chavista y disponer -con una mayor confianza- de los yacimientos de hidrocarburos venezolanos. Cosa que ya no asombra a nadie. Especialmente al tomarse en cuenta los antecedentes de las guerras desatadas, con muy escasas variaciones, contra Irak, Libia y Siria 


Más que una violación del derecho internacional, constituye la ratificación de la antigua tradición gringa de considerar como el patio trasero de Estados Unidos a la vasta región latinoamericana y caribeña, haciendo valer su «destino manifiesto», la doctrina Monroe o el «gran garrote» esgrimido por Theodore Roosevelt. Especulando, posiblemente tal escenario no se habría presentado jamás, o al menos habría sido algo mínimo o remoto, si el conjunto general de la dirigencia chavista no se viera envuelta en evidentes delitos de corrupción administrativa, a lo que se añade su tendencia a obstaculizar y tutelar la organización autónoma de los sectores populares, en detrimento de los postulados de la democracia participativa y protagónica. Nada sorprendente, dada la singularidad que gran parte de esta dirigencia exhibe sin rubor alguno, lo que le ha conducido a lo que algunos vaticinan como una autodestrucción irreversible, con una población expuesta a una crisis económica cada día extrema, en la cual comienzan a percibirse los signos de una desilusión creciente.

 

En la acera contraria, la oposición invoca y hace suya la estrategia intervencionista de Estados Unidos como único modo de lograr su máxima meta de adueñarse del poder constituido. Para ello, cuenta con la audacia de Juan Guaidó, quien -con su autoproclamación como presidente «interino» de este país- cohesionó los factores opositores en torno suyo, instigado y respaldado abiertamente por Trump en reto a la hegemonía ejercida hasta ahora por el chavismo gobernante. Este nuevo «líder» antichavista es, así, luego de largo tiempo, el personaje político que mejor se ha ajustado a las pretensiones hegemónicas del imperialismo gringo. La vieja dirigencia partidista, al igual que aquella representada por Henrique Capriles o Leopoldo López, está siendo reemplazada por una generación de opositores derechistas con mayor vocación y disposición en llevar a cabo lo ordenado desde Washington. 


El nuevo escenario de la confrontación política venezolana trasciende de esta forma el ámbito estrictamente local para convertirse en uno de carácter geopolítico al quedar envueltos en el mismo Rusia, China y Estados Unidos, enfrentados por la hegemonía mundial, lo cual induce a muchos analistas a concluir en que se desencadenaría en territorio venezolano -de no prosperar ninguna iniciativa que haga posible un consenso entre el gobierno de Nicolás Maduro y los factores opositores- un conflicto bélico más directo entre estas tres potencias.


Para Estados Unidos y sus siervos de la región, identificados todos con una postura política que muchos califican de fascistización, es la oportunidad de oro para deshacerse de la influencia alcanzada en las dos últimas décadas por las agrupaciones de izquierda y, de paso, del integracionismo autónomo que éstas fomentaron desde sus respectivas gestiones de gobierno, el cual impide concretar la integración del mercado (tipo ALCA) bajo el control directo de las grandes empresas capitalistas transnacionales. Es, por otra parte, el momento esperado por la clase gobernante estadounidense para contar con una dirigencia política que le abra las puertas de par en par al capital transnacional neoliberal, sin rémoras nacionalistas y, menos, revolucionarias que entorpezcan su avance. En esta jugada de Trump, junto a sus lacayos locales y regionales, lo más claro es su propósito nada disimulado de imponer un nuevo gobierno en Venezuela que responda sin titubear a sus dictados imperiales. Poco faltaría para hacerlo con un ciudadano estadounidense de presidente de Venezuela (como ocurrió con Nicaragua a finales del siglo XIX), de manera que la recolonización resulte indudable. 

 

Por tal motivo, a fin de asegurarse la ampliación del apoyo gringo, más allá de lo que es un pronunciamiento oficial agresivo de la Casa Blanca, quienes adversan al chavismo gobernante hacen a un lado todo aquello que pudiera asociarlos con la simbología nacionalista manejada por este último, como la bandera tricolor o la imagen de Simón Bolívar. Quizás aspiren, como rasgo íntimo de la colonialidad de su pensamiento, parecerse físicamente a sus patrones del norte, lo que evidenciaría que los musiús -por encima de la mayoría étnicamente entremezclada- gobiernan a Venezuela. 

05/02/2019 12:46 Homar Garcés #RyS. LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA No hay comentarios. Comentar.

RASGOS DE UNA DERECHA SIN BRÚJULA PROPIA

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La derecha -vale más bien decir, la oposición al gobierno de Nicolás Maduro, puesto que muchos de sus integrantes no sabrían definir tal concepto ideológico sino sólo en cuanto a lo que no aceptan de éste, lo mismo que antes de Hugo Chávez- asume el vergonzoso y servil papel que sus congéneres de otras naciones latinoamericanas y caribeñas han hecho desde algo más de cien años en reconocer tácitamente el derecho auto-atribuido de Estados Unidos de determinar (según sus particulares intereses) el destino de nuestras naciones.

Esta actitud antinacionalista recuerda mucho la disposición asumida por los grupos oligarcas de finales de 1861 de entregarle al Imperio Británico parte del territorio venezolano (en todo lo que comprendería el sur del río Orinoco y el Esequibo) a cambio de su respaldo militar para contener el avance de la lucha revolucionaria popular que amenazaba su hegemonía política y económica. Éso por una parte. Lo otro (y más resaltante) es su constante negativa en reconocer el protagonismo y la participación democrática de los sectores populares en las decisiones de Estado, con expresiones superlativas de odio y de discriminación como nunca antes, desde la era colonial, se habían hecho sentir en este país; lo que tuvo su extensión e influencia, además, en los países donde afloró la actual xenofobia homicida e injustificable contra todo venezolano que en ellos se encuentre. 

No está demás rememorar que con la importación de comandos paramilitares colombianos y el desencadenamiento de las güarimbas, la derecha mostró el carácter violento, terrorista y fascistoide de su estrategia general para adueñarse del poder político. No le importó entonces, ni ahora, que su odio ocasionara muertes en su propio bando, como ocurrió con el joven quemado vivo al confundirlo con un chavista solo por el color oscuro de su piel y tener el aspecto de gente pobre. Pero donde se ha expresado con mayor furor este odio irracional es a través de las redes sociales, a tal punto que los insultos de toda índole y las amenazas de agresión física y de muerte son cosas cotidianas ante las cuales se sacrifican sin remordimiento toda noción de sensatez, pluralismo democrático y la más elemental tolerancia que debiera demostrar cualquier ser humano respecto a sus semejantes.

Ahora, instigada por el gobierno supremacista de Estados Unidos y sus siervos del continente, esta derecha se anima a dar un paso más audaz en sus aspiraciones por eliminar al chavismo del escenario político venezolano. Esta vez, invocando sin disimulo un golpe de Estado, así como la invasión de las tropas estadounidenses. Con ello, sus dirigentes buscan precipitar una respuesta represiva a gran escala del gobierno de Maduro, lo que tendría un gran impacto en la opinión pública interna, lo que sería replicado de inmediato en las cadenas noticias internacionales, de tal manera que se justificaría toda acción para «restaurar la paz y la democracia» en Venezuela, a semejanza de Libia.

El momento no podría ser más propicio cuando las medidas implementadas por Maduro han fracasado, generando desesperanza más que todo entre la población de menores recursos económicos, la más golpeada por los precios descontrolados de alimentos y otros productos, lo mismo que por la corrupción impune y la desidia existente en todas las estructuras del Estado. 

Esto último abona el terreno para que la derecha se decida a repetir su ya conocido guión desestabilizador, esperando que algo similar suceda en el ámbito castrense; cuestión que parece cuesta arriba si se considera que dicho sector se halla minado también por este mismo flagelo, aparte de ser víctima de constantes ataques y descalificativos por parte de la oposición. Así que, hasta cierto punto, observando el presente, se podrá responsabilizar también a la misma dirigencia chavista por las circunstancias actuales de confrontación política, absorta como se halla en su zona de confort y confiando con excesiva ingenuidad en la dependencia clientelar de los sectores populares del país.

Como corolario, al carecer la derecha de una brújula propia (influenciada en gran parte por una propaganda anticomunista remozada y descontextualizada de la era de la Guerra Fría) no contribuye en nada al logro de un consenso mínimo que sea plenamente respetado por todos los factores en conflicto, en función de la democracia y la soberanía del país. Su principal ventaja estriba en la corrupción, las contradicciones, los errores y la ineficiencia del chavismo gobernante mientras que su mayor desventaja se encuentra en su total falta de sintonía con los intereses de los sectores populares, los que no se arriesgarán a padecer las mismas circunstancias que tienen lugar en Argentina, Brasil o Colombia sólo para complacer las apetencias de poder de una minoría que siempre los desprecia. 

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04/02/2019 08:07 Homar Garcés #RyS. LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA No hay comentarios. Comentar.

CHAVISTAS, ANTICHAVISTAS Y LAS OTRAS OPCIONES

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Gracias, sobre todo, a la influencia de los diferentes medios de información, incluidas las llamadas redes sociales, dentro y fuera de Venezuela se tiende a percibir y a calificar la lucha por el poder entre el chavismo gobernante y la oposición de derecha como una simple confrontación de estirpe político-ideológica, obviando, como es de suponer, las características y los antecedentes históricos que hicieron posible la actual situación. Algo que, si profundizáramos sobre este tema, sabríamos que ella se remonta a los albores de la república cuando, en medio de la liberación de España, se desarrollaba -quizás con un mayor ahínco- una lucha social que igual asustaba, por sus consecuencias igualitarias, a los seguidores del antiguo régimen como a los mantuanos ahora convertidos en los nuevos gobernantes del ancho territorio venezolano. Tal simplificación cumple un claro objetivo: la polarización de las fuerzas políticas enfrentadas. De esta manera, no habría, en apariencia, ninguna otra opción, salvo las existentes, lo que, de triunfar una sobre la otra, significaría la extinción de toda expresión de disidencia y de pluralismo democrático.

 

No obstante, en medio de todo esto se observa que muchos opositores al régimen chavista no comparten las estrategias y los métodos empleados por su alta dirigencia política, la cual ha llegado al extremo de incitar a una violencia de corte racista y clasista que la iguala a la del Klu Klux Klan y los supremacistas blancos estadounidenses; pero que no condenan abierta y contundentemente, haciéndose así en cómplices implícitos de lo que aquella diga, haga y decida. Lo que se extiende al apoyo interesado de gobiernos y de sectores explícitamente derechistas, con Estados Unidos presidiéndolos, lo que desembocaría eventualmente -de acuerdo a las amenazas proferidas reiteradamente- en una invasión militar para echar del poder a la cúpula chavista.

 

Otro tanto les ocurre a quienes, sea por profundas diferencias de todo orden con la clase gobernante, desafían a su modo la hegemonía ejercida hasta ahora por el chavismo. Entre éstos se ubicarían militantes de organizaciones de la izquierda revolucionaria, participantes de las dos insurrecciones producidas en 1992 y ciudadanos que comparten los postulados de la democracia participativa y la igualdad social, pero que no gustan de las referencias a Marx o de cualquiera de sus seguidores teóricos por considerarlos ajenos a la idiosincrasia venezolana y por responsabilizarlos (sin mucho argumento) de la nefasta experiencia sufrida por algunos pueblos bajo gobiernos aparentemente comunistas. Entre los primeros, se distinguen a los que secundaron en sus aspiraciones presidenciales a Hugo Chávez como fórmula para allanar la vía de la construcción del socialismo en el país y se desplazara a los sectores políticos, económicos y sociales que surgieron al amparo del pacto de Punto Fijo. Algunos de éstos migraron de sus partidos políticos de origen, quizás con la ingenua esperanza de contribuir a darle un perfil realmente revolucionario y socialista a la nueva organización creada y liderada por Chávez.

 

Igualmente, muchos chavistas, aún adheridos al gobierno y al PSUV, pero sin ostentar cargo alguno en sus distintas estructuras, mantienen cierta beligerancia con aquellos que se hallan en las esferas del poder locales y regionales, especialmente notoria en época electoral, a los cuales cuestionan su corrupción, ineficiencia, nepotismo y demagogia, sin que ello tenga mayores repercusiones en lo que sería un cambio de percepción entre los sectores populares que obligue al chavismo gobernante a recapacitar y a producir la transformación política, económica, cultural y social esperada. Dentro de esta gama, es difícil precisar una diferencia entre unos y otros, utilizando éstos un mismo lenguaje y la misma simbología encarnada en Hugo Chávez en su propósito común de ganar y conservar la simpatía mayoritaria del pueblo.

 

Sin embargo, pese a su aparente marginalidad, existen grupos sociales y políticos con una serie de planteamientos sólidos y propios que podrían remontar la dicotomía chavismo/antichavismo. Aunque ellos se ubican en contextos de lucha que, a simple vista, son disímiles, sus objetivos primordiales son coincidentes. Varios lo hacen desde un plano abiertamente electoral mientras otros prefieren hacerlo desde la organización y el combate populares, de modo que se concrete verdaderamente la soberanía del pueblo y éste provoque el cambio estructural del Estado burgués liberal todavía vigente. Su desventaja principal consiste en la falta de una articulación efectiva con el resto de organizaciones, a veces ocasionada por la actitud personalista y sectaria de sus integrantes; en otras porque no se comprende la necesidad estratégica de dicha articulación y se contentan con el pequeño espacio que puedan ocupar.

 

Entretanto, gobierno y oposición se aprovechan de estas circunstancias; haciéndoles ver a venezolanas y venezolanos que, fuera de ellos, no existirían terceras opciones, portadoras de propuestas válidas que trasciendan sus ofertas conocidas. Su mayor ventaja estriba en que han acaparado a lo largo de casi veinte años todos los medios de información disponibles, incrementada, además, por las cadenas noticiosas internacionales, empeñadas en influir en la opinión pública (interna y externa), en favor o en contra de la posición ideológica que cada una defiende. Frente a este escenario, los grupos disidentes del chavismo y de la oposición derechista tendrían que hacer acopio de esfuerzos, sintetizar sus objetivos en una misma plataforma de lucha y proponerse -con la seriedad que esto amerita- la conformación de un amplio frente de ciudadanos, capaces de asumir el reto que supone una radical transformación democrática del país. -

 

 

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15/01/2019 09:46 Homar Garcés #RyS. LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA No hay comentarios. Comentar.

LA LIBERTAD PARADÓJICA Y EL DECHADO DE LA AUTOEXPLOTACIÓN

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La concepción de hombres-cosa-mercancía impuesta por el sistema capitalista fue algo que supo vislumbrar Carlos Marx en su obra maestra El Capital. La conquista, anexión y colonización de la vida por parte de los mercados, parafraseando al sociólogo, filósofo y ensayista polaco Zygmunt Bauman, es un hecho tan cierto y tan cotidiano como la luz del sol. Cuestión que no sorprende al común de la gente; sin que esta misma gente, además, sepa explicarse a cabalidad el cómo y el por qué ocurren las diferentes circunstancias que le afectan a diario.

 

En una sociedad que tiende cada día a ser más fragmentada y dispersa, en lo que configura un desarrollo social absolutamente negativo bajo el imperio de la lógica capitalista, esta concepción de hombres-cosa-mercancía (lo que incluye, obviamente, a las mujeres) consigue que la heterogeneidad cultural ceda paso, sin mucha resistencia, a una uniformidad inspirada en los rasgos que caracterizan a la sociedad de consumo estadounidense; lo cual, además, refuerza la concepción eurocentrista, gracias a la cual el mundo se divide entre pueblos salvajes y pueblos civilizados. De este modo, en un mundo subordinado a la lógica preeminente del capitalismo neoliberal, toda ética y toda moral opuesta a la explotación, la desigualdad y la discriminación de las personas estará sobrando, por lo que se procura exaltar la individualización de las mismas en vez de exaltar todo aquello que enaltezca el sentido de justicia social, de solidaridad, de apoyo mutuo y de comunidad. 

 

Esta situación ha creado, en consecuencia, un nuevo tipo de sujeto. Uno que se adapta, a expensas de sí mismo, a las exigencias de rendimiento máximo del mercado capitalista; volviéndose prácticamente un esclavizado voluntario, a fin de encajar en el mundo competitivo de hoy. En su obra «La sociedad del cansancio», el profesor de estudios de filosofía y estudios culturales en la Universidad de las Artes de Berlín, Byung-Chul Han, revela que «el sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse”. En muchas personas insertas en este nuevo paradigma, afirma Byung-Chul Han, «la preocupación por la buena vida, que implica también una convivencia exitosa, cede progresivamente a una preocupación por la supervivencia».

 

La imposición de esta nueva realidad (absolutamente contrapuesta a los ideales democráticos que enarbolaran pueblos e individuos a lo largo de la historia) ha sido astutamente perfilada desde mediados del siglo pasado, sobre todo durante las dos últimas décadas del presente. Así, la socialización creada por el capitalismo neoliberal, gracias a las tecnologías que han «democratizado» la información y la comunicación en todo el orbe, tiene matices impersonales que tienden a expresarse y a multiplicarse en los demás ámbitos de la existencia humana. De este modo, se contribuye a fragmentar el espíritu gregario de personas y comunidades en función de la satisfacción egoísta de deseos y necesidades particulares. Esto, además, tiende a ampliarse a medida que mucha gente se convence a sí misma de hacer lo correcto, en un nuevo tipo de sociedad que Byung-Chul Han define como la sociedad neoliberal del rendimiento.

 

En ésta, como lo establece Han, «el imperativo neoliberal de la optimización personal sirve únicamente para el funcionamiento perfecto dentro del sistema. Bloqueos, debilidades y errores tienen que ser eliminados terapéuticamente con el fin de incrementar la eficiencia y el rendimiento. Todo se hace comparable y mensurable, y se somete a la lógica del mercado. En ningún caso, el cuidado de la vida buena impulsa a la optimización personal. Su necesidad es sólo el resultado de coacciones sistémicas, de la lógica del cuantificable éxito mercantil». Dicho en breves palabras: la autoexplotación total. Con ello, el régimen capitalista neoliberal se asegura de generar un mayor rendimiento de forma incesante de cada persona subordinada a su lógica, instalada «en un campo de trabajo en el que es al mismo tiempo víctima y verdugo. En cuanto sujeto que se ilumina y vigila a sí mismo, está aislado en un panóptico en el que es simultáneamente recluso y guardián. El sujeto en red, digitalizado, es un panóptico de sí mismo. Así, pues, se delega a cada uno la vigilancia».

 

Aparte de lo ya anteriormente referido, el mundo contempla actualmente sin mucho aspaviento cómo las minorías hegemónicas hacen gala de sus artilugios de manipulación masiva en función de sus propios intereses, tanto dentro como fuera de sus fronteras, haciéndole ver a muchos que todo ello se hace para lograr un bienestar colectivo seguro y sin complicaciones. Gracias a tales artilugios, pocas personas se conmueven ante la represión sufrida por algún sector social o pueblo a manos de policías o militares, evadiéndose de tal asunto con sólo admitir que nada de lo sucedido les afecta directamente o, sencillamente, que nada pasaría si todos nos comportáramos del modo «correcto», es decir, sin ir en contra del orden establecido. El error está en que semejantes personas no quieren (o no saben) advertir, precisamente, que su conducta responde al interés fundamental de estas minorías de perpetuar su hegemonía y, en consecuencia, alcanzar mejores resultados que sus antecesores de siglos anteriores: una libertad paradójica (prefigurada por Mussolini, Hitler y Stalin) y un dechado de autoexplotación, del cual no tengan conciencia y se sientan orgullosos quienes resulten ser sus víctimas, sean pueblos o individuos. -

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08/01/2019 11:45 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

DUQUE Y LA OTRA HISTORIA DE LA INDEPENDENCIA COLOMBIANA

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Según lo expresado por el presidente Iván Duque al Secretario de Estado del gobierno de Donald Trump, Mike Pompeo, Colombia cumplirá el 200° aniversario de haber sido liberada de España por los padres fundadores de Estados Unidos y no gracias al esfuerzo conjunto de venezolanos y neogranadinos bajo la conducción del Libertador Simón Bolívar.

 

A este paso, poco faltará para que renueve el decreto de proscripción emanado en 1830 contra Bolívar, de modo que las nuevas generaciones colombianas desconozcan su historia y griten loas al Tío Sam, como lo hace extasiada la clase gobernante pitiyanqui, demostrando así el servilismo y la colonialidad de pensamiento que la caracteriza desde hace largo tiempo. Una cuestión muy a propósito de los intereses de quienes pretenden imponer una hegemonía capitalista planetaria, sin que se los impida cualquier tipo de expresión de soberanía, de identidad étnica o cultural, y, menos, de memoria histórica; lo que resulta, además de inconveniente, algo sumamente subversivo.

 

Para la clase gobernante estadounidense es fundamental exacerbar y mantener vivo el fraccionalismo nacionalista entre los países de nuestra América, tanto o más cuando Bolívar ideó una anfictionía que sirviera de contrapeso a la Santa Alianza conformada por las monarquías europeas y al poder emergente del nuevo coloso del norte. No es casual, por ende, que los nuevos regímenes instaurados en época reciente en Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador y Perú se muestren harto dispuestos a secundar los planes injerencistas y hegemónicos del viejo imperialismo gringo; aun cuando sus decisiones supongan una merma de la soberanía de sus naciones y el desencadenamiento de enfrentamiento con sus respectivos pueblos.

 

Volviendo a la afirmación de Duque, éste elimina de un plumazo la historia de indiferencia y «neutralidad» mostrada por Estados Unidos ante las solicitudes de respaldo y reconocimiento enviadas a Washington por los diferentes gobiernos constituidos en esta amplia región, luego de su proclamación de independencia en 1810. Es significativo que el entonces Secretario de Estado, James Monroe -el mismo de la doctrina que lleva su nombre- enunciara en 1812 que «los Estados Unidos se encuentran en paz con España y no pueden, con ocasión de la lucha que ésta mantiene con sus diferentes posesiones, dar ningún paso que comprometa su neutralidad». Actitud totalmente opuesta al internacionalismo mostrado por Bolívar en todo momento, incluso cuando ideó la ocupación de la isla Amelia y la instauración de la República de la Florida en 1817 (aún bajo la jurisdicción de México), tentativa que fue frustrada por la intervención armada de los estadounidenses (como será típico de ellos en épocas posteriores), acusando a los patriotas allí establecidos de ser contrabandistas, aventureros y saqueadores; al igual que cuando el Libertador planeara libertar a los últimos reductos coloniales hispanos en el continente, Cuba y Puerto Rico, una vez obtenida la victoria en la batalla de Ayacucho.  

 

Esta no será la única ocasión en que se pondrían en evidencia los intereses contrapuestos de Bolívar y Estados Unidos. En 1818, al ordenar la confiscación de goletas pertenecientes a contrabandistas estadounidenses y recibir amenazas de parte del agente diplomático J. B. Irvine, le replica: «protesto a usted que no permitiré que se ultraje ni desprecie el gobierno y los derechos de Venezuela. Defendiéndolos contra la España ha desaparecido una gran parte de nuestra población y el resto que queda ansía por merecer igual suerte. Lo mismo es para Venezuela combatir contra España que contra el mundo entero, si todo el mundo la ofende».

 

En conclusión, la desvalorización del sentimiento y la conciencia de pertenencia a una misma patria es uno de los tantos objetivos trazados por las clases dominantes para conseguir que los sectores subalternos o populares se vean a sí mismos convertidos en simples espectadores de un tipo de historia (heredera del eurocentrismo) que los margina y que solamente podría ser protagonizada por aquellos que los explotan y oprimen, conformando éstos una aristocracia del dinero y la política, apoyada en una burocracia antinacional y antidemocrática. Esto no ocurrirá mientras el pueblo mantenga viva su memoria histórica, lo que es parte vital de sus luchas por asumir el papel que le corresponde en la construcción de una democracia más avanzada y un mejor modelo civilizatorio, por el bien de todos. -

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08/01/2019 11:38 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

LA NUEVA FÓRMULA HITLER-MUSSOLINI PARA EL SIGLO XXI

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El fundador de WikiLeaks, Julian Assange (asilado desde 2012 en la embajada de Ecuador en Londres) afirmó en fecha reciente que la generación que nacería sería la última libre a nivel mundial. Para una mayoría de personas, una afirmación de este calibre quizá no llame para nada su atención, envueltas como se hallan en la cotidianidad de su mera existencia. A otras, tal vez les alarme tal posibilidad; especialmente, si avizoran un mundo donde el libre conocimiento alcanzado en los últimos doscientos años termine subordinado al dogma de aquellos que aspiran mantener a la humanidad en un estado permanente de minoridad, domesticándola y haciéndola, en consecuencia, menos rebelde de lo habitualmente permitido. Una situación similar que ya fuera expuesta, en uno u otro sentido, por una extensa lista de escritores -en distintas épocas, como Franz Kafka (El proceso), Aldous Husley (Un mundo feliz), George Orwell (1984), Ray Bradbury (Fahrenheit 451) y Phillip K. Dick (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?)- que da cuenta de las acciones absurdas y extremas de poderes absolutos, muchas veces invisibles y de larga data, cuyo objetivo central es la erradicación de todo rasgo de individualidad y de raciocinio propio de los seres humanos sometidos.

 

En el mundo contemporáneo, no son pocos los analistas que advierten que se está viviendo el advenimiento de una nueva época oscurantista e inquisitorial que tiende a uniformar la opinión pública y a borrar las opciones opuestas a los intereses de los factores de poder, aglutinados, en primera instancia, en las grandes corporaciones transnacionales que controlan la economía global. Algunos de ellos, al revisar los acontecimientos políticos suscitados, principalmente, en Estados Unidos, Brasil y Argentina, hablan de fascismo, aunque diferenciándolo del implantado en Italia, Alemania y España hace casi un siglo atrás.

 

Todos conocemos la fórmula con que Benito Mussolini cimentó las bases de su régimen fascista en Italia, «Todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado», cuyos rasgos esenciales (nacionalismo, militarismo, corporativismo y totalitarismo) fusionaron orgánicamente Estado y partido, de una manera omnímoda que muchos ciudadanos evitaron enfrentar por temor a sufrir desenlaces negativos para sí y sus familias. Igual senda seguiría Adolf Hitler en Alemania, impidiendo toda manifestación de disidencia.

 

Esto también corresponde a lo seguido, con escasas o nulas excepciones, por los distintos regímenes existentes en todo el planeta, apenas diferenciados en cuanto a discursos, símbolos, nomenclaturas y modalidades, pero demasiado semejantes en cuanto a procedimientos y justificaciones; ahora en función de la preservación de los «sagrados» intereses del mercado global. Dicha fórmula, como se puede intuir, no requiere la existencia o vigencia de derechos colectivos e individuales que puedan eventualmente oponérsele, así que -simplemente- se desechan. Es lo que ha comenzado a hacer el capitalismo neoliberal global. A la vista de todos y a pesar de todos, supeditando así la vida social en general a la lógica e intereses capitalistas; tal como ocurre en la actualidad en nuestra América, más específicamente en Argentina y Brasil.

 

En esta categoría, el neoliberalismo capitalista requiere crear las condiciones adecuadas que le permitan imponer su fundamentalismo (anti)ideológico y su totalitarismo de mercado en la totalidad de los países; incluso recurriendo al uso de los ejércitos a su disposición y las amenazas de guerra.

 

Así, las diversas expresiones chauvinistas, xenófobas y reaccionarias que ahora conforman el discurso de odio de muchos dirigentes políticos, sobre todo, ultraderechistas -ampliamente divulgadas, además, a través de redes sociales y distintos medios de información- han ocasionado una depreciación creciente de los valores de la convivencia.

 

El elitismo económico dominante -delineado a partir de la década de los 80 de la mano del binomio derechista representado por Margareth Thatcher y Ronald Reagan, imponiéndose en algunos casos a sangre y fuego- creó en muchas personas la ilusión de un mundo próspero en constante expansión, al cual, luego de atravesar la senda de unos sacrificios individuales y colectivos -vistos y entendidos como algo forzosamente necesario e inevitable- se podría acceder finalmente en igualdad de oportunidades. Sin embargo, la realidad resultaría ser otra tras el colapso producido por el sector financiero internacional, lo que indujo a varios gobiernos -mayormente en las naciones al sur de nuestra Abya Yala, algunos considerados como progresistas y/o izquierdistas- a adoptar medidas que contrariaban en casi todo las recomendaciones ortodoxas del Fondo Monetario Internacional; permitiendo reenrumbar las economías hacia un horizonte un poco más diversificado y menos dependiente que el tradicional. Esto se plasmó, a contracorriente, en mayores posibilidades de mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores populares, resaltando en ello, inicialmente, Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador y Venezuela, cuestión que permitió también que sus respectivos gobiernos consiguieran, a lo interno, un amplio respaldo popular.

 

La construcción de una sociedad postcapitalista y, en todos los aspectos, una que esté especialmente caracterizada por la hegemonía y la cotidianidad democrática de parte de los sectores populares (al mismo tiempo que ellas sirvan para reafirmar su soberanía por encima de cualquier razón de Estado u oligarquía gobernante) siempre ha sido una aspiración revolucionaria postergada. Por diversos motivos. Básicamente por la realidad histórica -común en diversas regiones del planeta- de unas relaciones de poder, engendradas (o derivadas) del modelo de Estado burgués liberal vigente y de los valores excluyentes heredados de la cultura eurocentrista. Esto podría cambiar y acelerarse, a medida que el capitalismo neoliberal confíe en que logrará, sin resistencia alguna, la sumisión total de los pueblos. - 

 

 

 

 

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20/12/2018 12:59 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

COLONIALISMO Y COLONIALIDAD DE NUESTRA AMÉRICA

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Desde hace ya largo tiempo, en el ámbito sociológico de Nuestra América diversas voces han contribuido a la gestación de una racionalidad no-eurocéntrica, especialmente centrada en lo que ha sido la realidad dependiente y colonizada de nuestros países (sin dejar de extender sus miradas al conjunto general que conformamos como territorio frente al mundo). No escasean quienes, antes y luego de la lucha inicial por la independencia, plantearon la necesidad de alcanzar plenamente la independencia intelectual de las naciones de nuestra América. Pensadores de índole diversa, como Simón Rodríguez, José Martí o José Carlos Mariátegui, cada uno en su momento y desde perspectivas particulares, juzgaron harto necesaria esta otra independencia, especialmente cuando en el horizonte comenzó a perfilarse un nuevo tipo de dominación imperial, distinto en métodos y doctrina, pero igual en intereses al de España.

 

Este ha sido un proceso no carente de ciertas dificultades, sobre todo si se considera la fuerte influencia ejercida por el eurocentrismo sobre el mundo académico y las relaciones de poder derivadas del modelo de Estado burgués liberal vigente.

 

Al respecto, vale aclarar, de acuerdo a lo escrito en «Colonialidad del Poder y Clasificación Social» por Aníbal Quijano, que el eurocentrismo «no es la perspectiva cognitiva de los europeos exclusivamente, o sólo de los dominantes del capitalismo mundial, sino del conjunto de los educados bajo su hegemonía. Y aunque implica un componente etnocéntrico, éste no lo explica, ni es su fuente principal de sentido. Se trata de la perspectiva cognitiva producida en el largo tiempo del conjunto del mundo eurocentrado del capitalismo colonial/moderno, y que naturaliza la experiencia de las gentes  en este patrón de poder. Esto es, la hace percibir como  natural, en consecuencia, como dada, no susceptible de ser cuestionada. Desde  el siglo XVIII, sobre todo con  el Iluminismo, en el  eurocentrismo se fue  afirmando la mitológica idea  de que Europa era preexistente a ese patrón de poder; que ya era antes un centro mundial del capitalismo que colonizó al resto del mundo y elaboró por su cuenta y desde dentro la modernidad y la racionalidad. En este orden de ideas, Europa y los europeos eran el momento y el nivel más avanzados en el camino lineal, unidireccional y continuo de la especie. Se consolidó así, junto con esa idea, otro de los núcleos principales de la colonialidad/modernidad eurocéntrica: una concepción de humanidad, según la cual la población del mundo se diferencia en inferiores y superiores, irracionales y racionales, primitivos y civilizados, tradicionales  y modernos».

 

Gracias a la influencia ideológica-cultural de la Ilustración, en nuestra América se dio por sentado que la historia y el progreso humanos seguían un curso ineludible, una línea recta, que desembocaría en el establecimiento de un modelo de sociedad universal que estaría, por supuesto, bajo la sacra tutela civilizatoria de Europa, al que era preciso incorporar (de ser preciso, a la fuerza) al resto de los continentes que se hallaban, según la óptica eurocentrista, en estado salvaje. Así, América vino a ser descubierta y «sumada» a la historia, a pesar de los miles de años transcurridos del poblamiento de su ancho territorio. No se hizo lo mismo con África y Asia, dados los antecedentes de contactos -en uno u otro sentido- con sus habitantes, especialmente de índole comercial.

 

Abya Yala (nuestra América) vendría a conjugar la fantasía y el afán de riquezas de los aventureros europeos, a tal grado que su búsqueda incesante de la ciudad de El Dorado marcaría el objetivo de sus incursiones en el territorio desconocido que reclamaron como propio, en nombre de su monarca. Desde entonces, el suelo de nuestra América se convirtió en escenario propicio para hacer realidad las fantasías del Paraíso en la Tierra. Tomás Moro habría de hablar respecto a Utopía, un lugar sin ubicación precisa donde sus moradores vivían según el ideal cristiano, aún sin tener conocimiento alguno de la doctrina religiosa que tiene como su base las enseñanzas de un humilde carpintero de Galilea.

 

Esta marca de nacimiento del colonialismo y la colonialidad de Nuestra América (lo cual podría aplicarse igualmente al conjunto de África y Asia, sin mucha complicación) explica en gran parte -si no todo- la serie de conflictos suscitados en relación con los derechos democráticos y humanos reclamados por los sectores populares y la renuencia y represión mostradas, al mismo tiempo, por los sectores oligárquicos dominantes; en una lucha que muchas veces no se puede circunscribir meramente a una lucha de clases sino que la trasciende y abarca un mayor nivel.

 

Se podría responder que «no es simplemente un conocimiento nuevo lo que  necesitamos; necesitamos un nuevo modo de  producción de conocimiento. No necesitamos  alternativas, necesitamos un pensamiento  alternativo», tal como lo expone Boaventura de Sousa Santos en su libro «Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social (encuentros en Buenos Aires)», hablando de la necesidad revolucionaria que tienen los pueblos de los países periféricos del sistema capitalista global de emprender nuevos caminos hacia su emancipación integral, prescindiendo en la medida de lo posible del cúmulo filosófico heredado del eurocentrismo, habida cuenta de lo que éste ha representado en la historia de represiones, explotación y fascismo social que los mismos tienen en común a manos del Estado burgués liberal. Esto nos lleva a citar del mismo autor lo que él denomina monocultura del tiempo lineal, esto es, «la idea de que la historia tiene un sentido, una  dirección, y de que los países desarrollados van  adelante. Y como van adelante, todo lo que existe en los países desarrollados es, por definición, más progresista que lo que existe en los  países subdesarrollados: sus instituciones, sus formas de sociabilidad, sus maneras de estar en el  mundo. Este concepto de monocultura del tiempo  lineal incluye el concepto de progreso, modernización, desarrollo, y, ahora, globalización. Son términos que dan idea de un tiempo lineal,  donde los más avanzados siempre van adelante, y todos los países que son asimétricos con la realidad de los países más desarrollados son considerados retrasados o residuales».

 

 

Hará falta entonces emprender una sostenida ruptura teórica, política, cultural y académica contra toda forma de poder que tenga por base la colonialidad. Esto implica la reelaboración de experiencias compartidas y protagonizadas desde abajo por los sectores populares, lo cual se convierte en un elemento clave para lograr una emancipación realmente integral de pueblos y personas; al mismo tiempo que se confronta la coyuntura política generada por los intereses de las grandes corporaciones transnacionales, a nivel de nuestra América y el resto del mundo. -

 

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18/12/2018 11:15 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

DEMOCRACIA DIRECTA, EN FAVOR DE LA VIDA

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La factibilidad de la democracia directa es obstruida, principalmente, por la tradición y el principio de representación, entendida ésta como la máxima norma del hecho democrático al cual se pudiera aspirar y concretar. Éste -como se puede verificar a través de la historia- da paso a una «tecnocratización de la política», donde sólo un conglomerado de políticos profesionales puede asumir la administración del Estado en nombre de la mayoría; siendo ésta relegada a la condición general de gobernados.

 

Contrariamente a lo que ocurre de manera habitual bajo un régimen representativo, en una democracia directa todo ciudadano tendría que participar, aunque sea de un modo indirecto e inconstante (según sea su capacidad y su disposición para ocuparse de ello), en un ámbito comunitario compartido organizado, sólo por el hecho de residir en la misma área que sus vecinos, lo cual le obliga -así se niegue en aceptarlo de forma consciente- a asumir cierto grado de responsabilidad respecto al devenir, la convivencia y las necesidades colectivas.

 

Por consiguiente, la participación política amplia, general y continua de los ciudadanos -en oposición a los rasgos representativos, burocráticos, elitescos, paternalistas y coercitivos que, desde siempre, han caracterizado al Estado, sea cual la denominación con que se conozca- tiene que ser un elemento clave a la hora de definir un proyecto de transformación político, social, cultural y económico totalmente distinto a lo existente.

 

Para que tal cosa llegue a ocurrir, haciéndose entre todos una práctica permanente, es vital impulsar la autovalorización de los sectores populares. Con ella se hará factible el surgimiento de múltiples espacios autogestionarios, los cuales, no está demás repetirlo, deben ser altamente diferenciados de lo que es y ha sido la configuración representativa del Estado. Espacios que sean capaces de asegurar en el tiempo, desde su embrión comunitario, la autonomía social que se requiere para alcanzar una completa emancipación de pueblos e individuos por igual. La democracia directa, en este caso, tiende al logro de una reciprocidad entre iguales, (donde resalte el apoyo mutuo de todos sus participantes) y a un proyecto común que no pueda ser expropiado por la influencia e intereses particulares de una minoría gobernante y/o dominante.

 

Citando a Boaventura de Sousa Santos («Conocer desde el Sur. Para una cultura política emancipatoria») hay que asimilar la idea de que «no existe un principio único de transformación social; incluso aquellos que continúan creyendo en un futuro socialista lo conciben como un futuro posible que compite con otro tipo de alternativas futuras». Lo mismo cabe decir en referencia a la determinación de los factores de dominación y de opresión contra los cuales se enfrenta una multiplicidad de grupos, sectores y movimientos de resistencia en diferentes regiones del planeta que, pese a sus demandas, sus visiones y sus métodos específicos de lucha, son coincidentes en cuanto al cuestionamiento al modelo de sociedad imperante. Ello permitiría el principio de una nueva cultura política emancipatoria, cimentada en un tipo de democracia más avanzada, (o «democracia de alta intensidad», como la llama Sousa Santos), es decir, directa. En favor de la libertad y los demás derechos democráticos de todos, así como de la vida en general, en este mundo.

 

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11/12/2018 12:23 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

LA HUMANIDAD DE ABAJO Y LA RECIPROCIDAD DE LOS IGUALES

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La más simple posibilidad de una existencia social distinta (o alternativa, como algunos prefieren) para la humanidad de abajo -aquella que es constantemente excluida, discriminada, manipulada, reprimida y explotada, la que no cuenta a la hora de la distribución de los dividendos de la riqueza que ella produce, sobre todo en nuestra América- es motivo de recelo para quienes controlan el poder constituido y para quienes conforman el selecto grupo de propietarios del capital. Para estos últimos, ésta sería una existencia social inaceptable que conspira abiertamente contra su estilo de vida, así como contra las diferencias e identidades establecidas según el patrón de poder extraído del capitalismo.


Por tal motivo, la gran industria ideológica al servicio de los intereses capitalistas se encarga de estimular la disgregación y el comportamiento individualistas entre los sectores populares, Como contrapartida a ello, se impone la mutualidad entre grupos y/o individuos socialmente iguales, tanto en la organización del trabajo y en la repartición de los productos; la redistribución igualitaria de los recursos y productos (materiales e inmateriales) del planeta entre todo el conjunto de la humanidad; y el ejercicio autónomo de una autoridad colectiva que tienda, en todo momento, a erradicar las jerarquías de poder tradicionales.


El nuevo período histórico que vive la especie humana, en un amplio sentido -cuya profundidad, magnitud e implicaciones siguen desarrollándose de modos similares en diversas latitudes del planeta- podría contribuir a despejar coyunturas en favor de las tendencias emancipatorias que han brotado al calor de las luchas populares. Y nos halla, en palabras de Aníbal Quijano, «inmersos en un proceso de completa reconfiguración de la Colonialidad Global del Poder, del patrón de poder hegemónico en el planeta. Se trata, en primer término, de la aceleración y profundización de una tendencia de re-concentración del control del poder».


Frente a dicho proceso, se impone la necesidad de construir otra perspectiva de la historia. Una que le dé sentido histórico a los millones de seres humanos que moran, de una manera marginal y desigual, en las distintas naciones de nuestra América. Una con la cual se pueda enfrentar la distorsión de valores que supone la adopción del patrón rentista, mercantilista y egoísta del capitalismo.


No se debe olvidar, como lo determinó Frantz Fanon en Los condenados de la tierra, que «la lucha contra la burguesía de los países subdesarrollados está lejos de ser una posición teórica. No se trata de descifrar la condenación pronunciada contra ella por el juicio de la historia. No hay que combatir a la burguesía nacional en los países subdesarrollados porque amenaza frenar el desarrollo global y armónico de la nación. Hay que oponerse resueltamente a ella porque literalmente no sirve para nada. Esa burguesía, mediocre en sus ganancias, en sus realizaciones, en su pensamiento, trata de disfrazar esa mediocridad mediante construcciones prestigiosas en el plano individual, por los cromados de los automóviles norteamericanos, vacaciones en la Riviera, fines de semana en los centros nocturnos alumbrados con luz neón». Ni se debe facilitar la expansión capitalista, como lo hace la mayoría de los gobiernos a nivel mundial, ni administrarlo, como lo entienden algunos pseudo revolucionarios. En vez de eso, se deben fomentar relaciones sociales que se caractericen por su carácter más humano, democrático y cooperativo. De lograrse este importante cometido, se anularía el conformismo moral (que es también cotidianidad desmovilizada) propiciado por los sectores dominantes en su beneficio. Quizás entonces puedan disolverse (esperemos que para siempre) las contradicciones, las pugnas y las divisiones existentes entre ricos y pobres, en un nuevo modelo civilizatorio (sin ser un ideal irrealizable) donde prevalezca la libertad y una auténtica reciprocidad de iguales. -

 

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30/11/2018 12:53 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.


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