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Se muestran los artículos pertenecientes al tema EL MUNDO DEL CAPITALISMO.

LA REBELIÓN DE LOS PUEBLOS FRENTE A LA HEGEMONÍA DEL MERCADO CAPITALISTA

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Las rebeliones populares que parecen esparcirse desde nuestra América al resto de los continentes (incluyendo a Estados Unidos) tienen sus raíces en el orden capitalista sobre el cual se estructuraron estas sociedades. Así, las exigencias legítimas de estos pueblos de una democracia, justicia e igualdad realmente efectivas, sin subordinaciones de ningún tipo a poderes extranjeros; tienen un común denominador: la economía de mercado, esto es, la maximización del lucro, la ganancia y la rentabilidad a través de la explotación de la fuerza de trabajo asalariada que impuso el neoliberalismo económico a nivel mundial durante la última década del siglo pasado.

Sin este elemento, la comprensión de estos sucesos que sacuden al mundo quedaría incompleta. Aunque los fenómenos sociales tienen su traza propia, determinada por características específicas, no menos es cierto que, en este caso, existen características comunes que podrían inducirnos a conclusiones apenas diferenciadas. Esto, no obstante, dependerá en gran medida de la capacidad política de los nuevos liderazgos que emerjan de estas manifestaciones populares, evitando las tradicionales manipulaciones de los sectores dominantes.

Lo que salta a la vista es que los pueblos ya no serán los mismos. Al miedo y a la sumisión, que tan buenos resultados les brindara a las minorías conservadoras, le han sucedido la indignación y la conciencia organizada. Los mismos han llegado a comprender que la soberanía les pertenece y pueden ejercerán directamente en las calles. Tal convicción popular, de por sí, mejora y extiende el viejo concepto de democracia formal y pone contra la pared a los gobernantes que pretenden desconocer los reclamos y expectativas colectivos en aras de los intereses de quienes dominan el mercado capitalista.

Para el gobierno estadounidense, lo mismo que para sus pares de Europa y Japón, tales rebeliones encarnan un serio revés a su política neoimperialista luego de la implosión de la URSS. Frente a ello, las tácticas del Imperio podrían sufrir algún cambio, no así su visión estratégica. Para los grupos hegemónicos de Estados Unidos es vital asegurarse el control directo de las economías nacionales, los recursos naturales y los recursos energéticos existentes a nivel planetario; para lograrlo, cuenta con un conjunto de acciones económicas, diplomáticas y militares, todas dirigidas a evitar el derrumbe de su rol hegemónico. Algo que podría agudizar la situación interna de muchas naciones, avivando, en consecuencia, una revolución popular indetenible y de signo radicalmente distinto a las anteriormente conocidas.

Esta rebelión de los pueblos frente a la hegemonía del mercado capitalista se caracteriza esencialmente por la presencia dinamizadora de sectores sociales que hasta ahora se mantenían al margen de la escena, pero que siempre desconfiaron de la honestidad y capacidad del estamento político. Esto se palpa por igual en Medio Oriente, Europa y nuestra América, por citar los casos más emblemáticos de la actualidad. En cada uno, el desprestigio y corrupción impune de quienes tradicionalmente detentaron el poder (incluso aquellos de tendencia aparentemente progresista y/o revolucionaria), sin producir mejoras significativas que repercutieran positivamente en la calidad de vida de la población, lo cual ha dado paso a la emergencia de un liderazgo nuevo en muchos aspectos, pero mejor identificado con las expectativas populares. Un hecho común simple de enormes repercusiones en lo futuro que obliga a repensar -con esquemas absolutamente nuevos- lo que será la historia de la humanidad y su emancipación integral.-   

10/06/2011 19:11 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

¿ADELANTAMOS EL APOCALIPSIS?

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Los últimos desastres naturales ocurridos a nivel mundial han hecho reflexionar a mucha gente sobre sus causas, llegando a concluir que el estilo de vida adoptado bajo los parámetros del capitalismo sería una de las principales, dado que su afán depredador de ganancias inmediatas y fáciles no repara en los daños que pudiera ocasionar al ambiente en cualquiera de nuestras naciones. Sin embargo, aún existen posiciones interesadas que pretenden reducir el impacto de estas afirmaciones, incluso apelando a elementos de carácter religioso, que son difundidas sin ahondar. 

Así, la contaminación del aire, del agua y de los suelos, el saqueo de los recursos naturales, la deforestación incontrolada y los problemas de acceso a los recursos vitales para la subsistencia y el mejoramiento de la calidad de vida de muchos pueblos ubicados en Asia, África y nuestra América tienen su origen -indudablemente- en la persistencia de un modelo económico voraz e incontenible. En este aspecto, cabe citar lo expuesto por Carlos Marx al referirse a la gran industria y la agricultura en el tomo I de El Capital: “Al igual que en la industria urbana, en la moderna agricultura la intensificación de la fuerza productiva y la más rápida movilización del trabajo se consiguen a costa de devastar y agotar la fuerza de trabajo del obrero. cada progreso de la agricultura capitalista es un progreso no solamente en el arte de explotar al trabajador [para mejorar la productividad], sino también en el arte de desvalijar al suelo; cada progreso en el arte de acrecentar su fertilidad por un tiempo, es la ruina de sus recursos duraderos de fertilidad. La producción capitalista no desarrollará la técnica y la combinación del proceso de producción social más que minando al mismo tiempo las dos fuentes de donde surge toda riqueza: la tierra y el trabajador”. Tales palabras tienen una plena vigencia en este siglo cuando se mantiene una constante lucha contra la explotación y los estragos originados por el sistema capitalista a escala mundial, lo cual ha hecho que se retome al socialismo como la alternativa revolucionaria a dicho sistema, ahora dotado de una visión más integral de lo que ello debiera ser, con elementos que anteriormente fueron obviados o desestimados.

De ahí que ya se hable sin sorpresa de un adelantamiento del apocalipsis bíblico, incluso adosándole la teoría de un conspiración perpetuada desde los grandes centros de poder mundial que estaría dirigida a provocar un caos generalizado en aquellos países con suficientes recursos estratégicos que les sería necesario controlar de forma directa, estableciendo un nuevo orden internacional. Los más conscientes de ello -aún sin racionalizarlo del mismo modo que éste y otros análisis similares- son las comunidades empobrecidas de nuestros países al enlazar sus luchas sociales con la defensa del uso de los recursos naturales al margen de la lógica del mercado capitalista actual (o fuera de la administración estatal), lo que representa una imagen contrapuesta a la que se ha querido imponer respecto a que la pobreza es la causa fundamental de la degradación ambiental.

Ahora, teniendo presente la tragedia que padece Japón, al igual que lo sucedido en Chernóbil, en Ucrania, durante el siglo pasado, muchas personas han tomado conciencia de las graves consecuencias del avanzado cambio climático que sufre nuestro planeta, derivadas del desarrollo económico capitalista, planteándose nuevos enfoques sobre su relación con la naturaleza. Esto pudiera suscitar -de algún modo- una nueva percepción respecto a los hábitos consumistas que afectan directa e indirectamente a nuestro medio ambiente, modificándolo de modo irreversible. Sin embargo, en los grandes centros de poder mundial esto no parece tener demasiada importancia. Así, su irracionalidad nos expone a todos los seres vivos de La Tierra (sin que sea simple exageración) a una situación bastante cercana a la extinción total, lo cual amerita mayores acciones de manera colectiva que la reduzcan y eliminen, en beneficio de la vida.-

26/05/2011 15:24 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.
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LA INSURGENCIA SOCIAL Y EL QUEBRANTAMIENTO DEL MODELO DE ESTADO VIGENTE

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La tarea de definir (y de establecer) el poder en función de los intereses colectivos de un pueblo y, aun, de un grupo social determinado, marginado, explotado u oprimido siempre ha tropezado -de uno u otro modo- con la concepción que se tiene de éste como dominación o hegemonía de una minoría que asume para sí la representación de todos. No obstante, entre finales del siglo pasado y comienzos del presente siglo han surgido corrientes de pensamiento que buscan modificar radicalmente tal concepción, convirtiéndola en una noción positiva, diferente en todos sus aspectos a lo que ha sido tradición inalterable entre la humanidad. Como evidencia palpable de este hecho está el reclamo generalizado de la gente en diferentes naciones del mundo en relación a la existencia e influencia de un Estado omnipresente, pero que es incapaz de darle satisfacción plena a sus necesidades y expectativas, aún cuando sea su obligación constitucionalmente establecida.

Esto supone -en consecuencia- una abierta confrontación con los valores que sustentan al Estado como “la matriz de la regulación de toda la conducta humana”, en palabras de Michel Foucault, lo que implicaría, a su vez, un cuestionamiento de aquellos valores que han perdurado a través del tiempo, caracterizando la sociedad actual. Así, el poder -como regla y prohibición- está siendo quebrantado de manera cada vez más constante por los ciudadanos, tanto en nuestra América como en Europa y el resto del planeta, puesto que ya han comprobado que el mismo se ejerce en función de los intereses capitalistas de unos cuantos, afectando inmisericordemente al conjunto social, sin que haya retribución alguna. De este modo, muchos ciudadanos han terminado por manifestar en las calles su malestar y enojo ante lo que consideran (no sin cierta razón legítima) un atropello a sus vidas de parte de quienes manejan el Estado. En tal sentido, si coincidimos con Jean Jacques Rousseau, según el cual  “cada uno de nosotros pone en común su persona y su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general”, no podría afianzarse, ni reconocerse -en consecuencia- ningún poder extraño a esa voluntad general, así éste obre aparentemente bajo tal premisa; justamente lo que ha estado ocurriendo al originarse una insurgencia social en variadas direcciones, pero con un común denominador: la acción del Estado.

Si ampliamos esto en el campo político, tendríamos que admitir que el viejo modelo de Estado imperante en nuestras naciones requiere de su eliminación y sustitución, provocando una revolución en todo el sentido de la palabra, capaz de transformar las relaciones de poder existentes. Aun cuando éste se renueve, prolongando su vigencia, es inevitable su total agotamiento, especialmente cuando el mismo responde a patrones originados por el capital para su propia sobrevivencia. La revolución, en este caso, estaría dirigida a dos focos fundamentales de la desigualdad, la opresión y la injusticia: el Estado y el capital. Ambos imbricados de tal forma que muchos dan por sentado que ninguno puede existir independientemente del otro. Obviamente, algunos creerán que sólo basta con proporcionarles “un rostro humanizado” para revertir sus efectos nocivos sobre la sociedad, cuestión que se demuestra imposible de alcanzar en vista de su naturaleza jerárquica, perniciosa y totalitaria. 

Como lo asegurara Joseph R. Strayer, autor de Los orígenes medievales del Estado, “la sociedad sin Estado, sin poder político o dominación, es una forma nueva a conquistar. Ella está en el futuro”. Esta posibilidad nada utopista ha logrado conglomerar a los diferentes grupos hegemónicos a nivel mundial en el aseguramiento del control desplegado sobre el Estado, en una especie de imperio corporativo, lo que explica las coincidencias observadas en las protestas populares en uno y otro continente tras cada medida antipopular y antidemocrática adoptada por dichos grupos. Aunque esta es una realidad que apenas se está abriendo pasos entre algunos que la perciben y la entienden, otros en cambio optan por ignorarla. Sin embargo, ella marca el contexto en que se desarrolla esta singular confrontación entre los ciudadanos (mediante una insurgencia social sin disiparse y con un marco teórico parcialmente definido) y un viejo modelo de Estado que remienda sus costuras (con cierto éxito relativo). Todo ello exigirá, en algún momento, re-concebir las instituciones públicas al nivel de todo el Estado (nacionales, estatales y municipales), de manera que se generen unas nuevas relaciones de poder bajo los ideales de una democracia efectivamente participativa, en una primera fase, para acceder finalmente a un nuevo modelo civilizatorio, totalmente diferenciado del existente.-

  

13/12/2010 13:01 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

LA DESHUMANIZACIÓN Y LA DEGRADACIÓN DE LOS INMIGRANTES

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            Luego de sembrarles durante decenios la ilusión de una vida de bienestar material bajo el capitalismo, ahora los países capitalistas industrializados se muestran reacios a admitir en su seno a millares de personas del aún mal llamado Tercer Mundo, alegando para ello una diversidad de argumentos legales y extralegales, pero que, en el fondo, se resume a una palabra: xenofobia.

            Ciertamente, tal xenofobia no es algo inusitado ni nuevo en Europa y en Estados Unidos, sólo que se ha manifestado con una virulencia nada disimulada en los últimos tiempos, coincidiendo con el hecho que el capitalismo padece una de sus crisis cíclicas más profundas y prolongadas, siendo algo compartido en ambos lados del Atlántico norte. Esto ha convertido a los inmigrantes en parias sin derecho alguno, como ocurre en la frontera sur de Estados Unidos al pretender éstos ingresar desde el territorio mexicano, arriesgando sus vidas o ser asesinados impunemente durante la travesía.

            Otro tanto ocurre con las legislaciones promovidas en los países industrializados, entre éstas la Directiva Retorno de la Unión Europea, en la cual se incluye detener, deportar y hasta encarcelar por un periodo máximo de dieciocho meses a los inmigrantes considerados ilegales, ignorando y violando las disposiciones contempladas en el Convenio Europeo de Derechos Humanos y en la Carta de los Derechos Fundamentales de la misma Unión Europea, además de aquellas que han sido consagradas por el Derecho internacional y las Naciones Unidas. En Estados Unidos se procede de igual manera, si no, recordemos la ley SB 1070 en Arizona y otras de similares intenciones en Alabama, Arkansas, Carolina del Sur, Colorado, Florida, Idaho, Indiana, Maryland, Michigan, Minnesota, Missouri, Nebraska, Nevada, Nueva Jersey, Ohio, Oklahoma, Pennsylvania, Rhode Island, Tennessee, Texas y Utah; medidas jurídicas y administrativas que representan la deshumanización y la degradación de los inmigrantes, lo que equivale a una criminalización de la pobreza que éstos arrastran desde sus países de origen.

            Como lo reclamara el Presidente de Ecuador, Rafael Correa, “¿con qué calidad moral se puede sostener una globalización que cada vez busca más la libre movilidad de mercancías, la inmediata movilidad de capitales, pero criminaliza la movilidad de seres humanos?”. Habría que recordarles entonces a europeos y estadounidenses la historia de explotación colonial, semicolonial y capitalista a que han sometido a las naciones asiáticas, africanas y americanas por igual, lo que potenció enormemente su actual nivel de riquezas al costo del genocidio de millones de seres humanos. De ahí que la emigración ilegal sea consecuencia de la asimetría económica que prevalece entre las naciones industrializadas y aquellas dependientes, reservándoseles la función de proveedoras de materias primas. Por ello mismo no es extraño que europeos y estadounidenses hayan terminado por adoptar la misma mentalidad xenófoba de sus antepasados durante su Edad Media, erigiendo los llamados muros de la vergüenza entre uno y otro mundo.-

14/09/2010 11:07 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

EL COLAPSO CAPITALISTA Y LAS NUEVAS REALIDADES

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             La más reciente crisis del mundo capitalista -con Estados Unidos a la cabeza- augura un panorama mundial sombrío en el cual serán rasgos constantes los aumentos de inflación, las salidas de capital, la caída del crecimiento y la elevación del índice de desempleo en muchas de las naciones afectadas por dicha crisis. Algunos estudiosos se animan a afirmar que el capitalismo financiero, tal como fuera conocido desde los años 70 del siglo pasado, ha culminado estrepitosamente, a pesar de los recursos que desea inyectarle el gobierno de Bush en su pretensión de hacer menos traumática la situación creada por la ambición y la irresponsabilidad de entidades bancarias que no midieron el desenlace de sus acciones.

En el caso estadounidense, las repercusiones de tamaña crisis tocan los cimientos de una sociedad que se sintió segura, producto de la explotación y la dependencia de los países del Tercer Mundo, pero que -ahora- es víctima de la incertidumbre. Sus ciudadanos saben que esta crisis capitalista no se limita nada más al mercado hipotecario sino que se extiende también a todas las formas de crédito al consumo, las tarjetas de crédito, los créditos a las empresas, el mercado de acciones y su financiamiento y, en un nivel superior, la financiación de la compra, liquidación y reestructuración de muchas corporaciones. Esto los hace mostrarse renuentes a aceptar el plan de rescate o de salvataje presentado por la administración Bush, ya que la consideran una privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas derivadas de esa crisis, o lo que es lo mismo, un rescate de los banqueros ricos y no de los deudores pobres. En esencia, algunos economistas estadounidenses se oponen al concepto del rescate bancario porque el plan es un subsidio a los inversionistas al costo de los contribuyentes.

De todo esto, se concluye en que el neoliberalismo económico ha quedado al descubierto, resultando ser una gran falacia para el progreso. Al mismo tiempo, las secuelas negativas del libre mercado echan por tierra la presunta eficacia de las recetas del llamado Consenso de Washington, diseñado y puesto en marcha a principios de los años 90 del siglo pasado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Con esta iniciativa neoliberal se pretendía alcanzar el crecimiento de los países en desarrollo, recomendándoles, entre otras cosas, la flexibilización laboral y la privatización de las empresas del Estado y de los servicios públicos, incluida la educación y la salud. Ahora el Presidente Bush y sus asesores económicos piden intervenir el mercado, contrariamente a las recomendaciones hechas a los países víctimas de la debacle de sus economías dependientes, lo cual confirma la tesis esgrimida por algunos gobernantes de tendencias izquierdistas y progresistas de controlar el aparato económico y sus fluctuaciones.

Asimismo, está demostrado que el viejo Estado burgués sólo responde a intereses de la clase capitalista, por lo que será necesario sustituirlo por completo por uno que sí responda a la gran mayoría de los ciudadanos. Tal como lo indica Jorge Altamira en uno de sus análisis, “bancos, mercados de capitales y sistemas monetarios han servido para separar hasta proporciones o niveles desconocidos, el valor de cambio de las mercancías producidas (y de toda actividad social en general) de su valor de uso social; al capital del trabajo; a la producción de la acumulación, para darle en definitiva esta dimensión colosal a la crisis. El Estado no es la solución del problema sino parte de él, y es por eso que el derrumbe actual es, ya mismo, potencialmente revolucionario”. Esto último pudiera promover conflictos a escala interna y, posiblemente, mundial porque sería preciso tratar de represar la alta conflictividad social que impondría el surgimiento de nuevas realidades, entre las de mayor peso, el derrumbe del capitalismo, cuestión que -a pesar de lucir remota- cambiaría radicalmente la sociedad que conocemos.-



02/10/2008 23:11 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

EL CAMINO HACIA LA ECONOMÍA SOCIALISTA

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Hasta ahora, la propuesta venezolana del socialismo en el siglo XXI se basa –fundamentalmente- en la consecución de tres ejes o elementos básicos: el Bien Común, la producción social y el poder popular. En torno de los mismos orbitan el cambio estructural del Estado y de la sociedad misma, la solidaridad, la igualdad, el respeto a la soberanía, la inclusión social, la pluripolaridad internacional, el antiimperialismo, la integración latino-caribeña y el desarrollo endógeno, entre otros aspectos o condiciones no menos importantes que, en conjunto y de manera óptima, preludian la conformación de un nuevo orden social, económico y político, asentado principalmente en la toma de decisiones por parte de las amplias mayorías populares. Éste es el norte al cual conduce este nuevo socialismo, puesto que la incorporación protagónica y decisiva del pueblo hace que el mismo se diferencie en mucho a los modelos elaborados en, por ejemplo, Europa del Esta, incluso, en Cuba; no obstante las posibles referencias y experiencias coincidentes con aquellos. Aún así, es preciso adelantar que el rasgo anticapitalista atribuido a este socialismo en el siglo XXI impone que se comience por deslegitimar al capitalismo como sistema económico regente, ya que en el plano político la democracia representativa que lo acompaña y lo cobija está en franco retroceso frente a la desconfianza de los sectores populares y sus exigencias de participación y de protagonismo en los asuntos públicos. Esto requiere, necesariamente, una revisión profunda y objetiva de los aportes del materialismo histórico y de las experiencias que, en su nombre, se trataron de concretar en el pasado, a fin de evitar sus mismas desviaciones y desconstruir, realmente, las relaciones de producción capitalista y, con ellas, la alienación y la explotación de los trabajadores.           

Resultaría contradictorio que, al igual como sucede con la democracia y el capitalismo que –llevados a su máxima expresión- se negarían, se hable de socialismo y se mantengan inalterables las estructuras capitalistas, ya que éstas son excluyentes y privilegian la ganancia por encima de la condición humana. Por supuesto, hará falta que la producción social tienda a diferenciarse de aquello que sólo beneficia a un pequeño grupo de privilegiados y guiarse por la obtención del Bien Común, lo que implica adquirir un nuevo tipo de conciencia, más solidaria, equitativa y humanista, en resumidas cuentas, una nueva espiritualidad que sirva de soporte a la ética y a la moral socialista. Quizás, en lo inmediato, haya que seguir la recomendación hecha por Heinz Dieterich de “construir un circuito económico productivo y de circulación paralelo al de la economía de mercado capitalista. La economía de las entidades estatales y sociales puede desplazarse paso a paso hacia la economía de valor y ganándole terreno al circuito de reproducción capitalista, hasta desplazarlo en el futuro. Dado que las escalas de valorización por precios, valores y, también, volúmenes son conmensurables, no hay rupturas en los intercambios económicos que podrían causarle un problema político al gobierno”.

No obstante, tal economía socialista tiene sus escollos en la forma como la conciben muchos de los profesionales en funciones de gobierno, lo mismo que en la gente sencilla que se organizó en cooperativas o participa en la cogestión de empresas recuperadas por el Estado venezolano. No hay, por consiguiente, un recetario sencillo que facilite la implementación de tal economía porque mucho de lo que se prefigura (y se teme, sin sentido) tiene su origen en las experiencias del extinto socialismo real europeo, el cual no pudo o no supo desarrollar un modelo verdaderamente alternativo al capitalismo.Se impone, entonces, superar los antagonismos existentes entre el capital y el trabajo,  el valor de cambio frente al valor de uso, la apropiación privada capitalista frente a la alienación de los trabajadores, de tal forma que se pueda hablar propiamente de socialismo. Si ello no es posible, en vista de lo arraigado del capitalismo en nuestras sociedades y mentes, es mejor que no se hable de socialismo y se acepte abiertamente al capitalismo, ya que el socialismo no podría existir de otra manera si nada más se atiende el eliminar o disminuir la propiedad privada de los medios de producción, olvidando las perniciosas relaciones de producción que alienan y cosifican a los trabajadores, lo mismo que aquellas derivadas del poder económico y político.

28/06/2007 22:28 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

EL DESPLOME CAPITALISTA Y EL NUEVO ESCENARIO CONTINENTAL

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       En la sociedad capitalista -además de caracterizarse por garantizar la propiedad privada de los medios de producción- la distribución y el intercambio se disciplinan mediante mercados competitivos y un sistema regulador aceptado por todo, correspondiéndole al Estado “la noble y oportuna tarea de contribuir a superar el comportamiento irregular y las crisis recurrentes del capitalismo. Todo en función de la preservación de los intereses de una minoría y en desmedro de una amplia mayoría. Cuestión que se acentuó aún más en las últimas décadas, siendo un hecho común que los gobernantes son, al mismo tiempo, socios o representantes de grandes corporaciones nacionales y trasnacionales, por lo que se vieron obligados a tratar de conservar, a toda costa, el control del poder constituido, creando ilusiones de prosperidad compartida entre sus gobernados que -al cabo- resultaron un fiasco. Ello, no obstante, logró que las amplias mayorías populares expresasen su descontento, su apatía y, en algunos casos, su voluntad de cambiar; oscilando entre la revolución violenta y la revolución pacífica, ésta última a través del voto. Éste es el signo común que se manifiesta en los pueblos de nuestra América, acontecimiento que no es simple casualidad, sino que es prueba irrefutable de que el capitalismo (aún con su portentoso despliegue bélico en muchas partes del mundo) comienza a ser visto como un elemento extraño en nuestras latitudes que ya precisa ser superado y eliminado.           

       Sin embargo, el proceso no resulta fácil. El principal mentor del capitalismo en nuestra América, el gobierno de Estados Unidos, se mantiene prevenido frente a la ola de deslegitimación que éste sufre, sobre todo, al iniciarse el siglo XXI con la elección de Presidentes de orientación progresista e izquierdista. Y más aún cuando, desde Venezuela, de la mano del Presidente Hugo Chávez, se apunta de modo decidido a la construcción de una sociedad socialista totalmente diferente e inédita. Esto nos obliga a ver en las convulsiones generalizadas en nuestro Continente, una reacción en cadena anticapitalista y en contra de las medidas extremas recomendadas del Fondo Monetario Internacional y adoptadas sumisamente por los gobiernos nacionales para paliar la agobiante carga de la deuda externa. Si a ello le agregamos el alto grado de exclusión social generado y el envilecimiento de la democracia representativa, se podrá concluir en que todo lo que ocurre en la actualidad es el desplome de un modelo económico, social y político que, difícilmente, podrá revertirse. Al menos, por las buenas.           

       Semejante situación tiene contra las cuerdas a los sectores y grupos dominantes conservadores. Como se palpa en Venezuela. Su única esperanza la depositan en la desestabilización interna, el intervencionismo del imperialismo yanqui y la manipulación mediática de las masas populares, cuyos votos y movilizaciones son determinantes a la hora de inclinar la balanza a uno u otro lado. Aparte de ello, la cultura arraigada del reformismo representa un aliado importante de las oligarquías desplazadas al no propiciar el cambio estructural y no afectar, radicalmente, la manera tradicional de ejercer el poder. Cuestión que pudiera inducir a las masas a creer que todo pasado fue mejor y a no arriesgarse a confiar en cambios que sólo generen incertidumbre. La reacción se aprovechará de ello para jugar al desgaste, logrando que las fuerzas revolucionarias se distraigan de su objetivo fundamental y pierdan terreno al pactar con ella. Lo ideal es que las fuerzas revolucionarias no frenen su primer impulso, pero ello requiere de mucha audacia, de mucha voluntad política para desmantelar el viejo Estado y de mucha confianza en la capacidad creadora del pueblo para establecer nuevas relaciones de poder.

            Aún así, hay una cosa innegable: el capitalismo no ha muerto, lo mismo que el socialismo, a pesar de las enormes contradicciones en su seno, contradicciones de las cuales se han percatado bien las masas populares. Sin embargo, su resistencia agónica se afinca en el hecho cierto de no haber -todavía, con pie firme- una alternativa que lo trascienda de modo definitivo, como se plantea con el nuevo socialismo en construcción en Venezuela. En algunos casos, resurgirá, como en el pasado, tras una de sus crisis cíclicas. Pero, en otros, su condena histórica y desaparición será absoluta.-

05/01/2007 20:16 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

LA PESADILLA DEL PRIMER MUNDO

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            Primero fue Francia y, ahora, Estados Unidos. En ambos casos, los ilusionados del Tercer Mundo, los que sucumbieron a la tentación de una vida de oportunidades materiales en el Primer Mundo, están reclamando con voces cada vez más fuertes su cuota en el disfrute de las maravillas capitalistas que han ayudado a construir. La pesadilla por tanto tiempo temida por las elites dominantes de los países industrializados ha comenzado y amenaza con trastocar todo el orden establecido. Miles y miles de inmigrantes indocumentados, lo mismo que sus hijos, exigen que se les reconozca como seres humanos y como trabajadores que son. Al fin y al cabo, ellos han sido quienes se ocupan de los oficios menos deseados por los ciudadanos legales de estos países, la mayoría de las veces, con una remuneración muy por debajo de lo normal y bajo constante amenaza de ser deportados a sus naciones de origen.

 

            En Francia, las protestas fueron incendiarias y se prolongaron por varios días, destapando una realidad que no se quería admitir, pero que sufre por igual cualquier inmigrante en cualquier latitud del mundo: la de no existir oficialmente, careciendo de todo derecho mínimo. En Estados Unidos, la cosa es diferente, pero igualmente impactante: los inmigrantes ilegales perdieron el miedo y se atreven a demandar acciones que los ubiquen en carne y hueso en su sociedad. Ambas situaciones sirven para ilustrar el drama de quienes, a riesgo de sus vidas, abandonan el estado de miseria y limitaciones en que se hallaban, sobreviviendo apenas, y anhelan alcanzar el estado de bienestar existente en el Primer Mundo industrializado.
            Más de un millón de inmigrantes –gran parte de ellos, de ascendencia latinoamericana- se hicieron sentir en las calles estadounidenses, al igual que Martin Luther King y el movimiento por los derechos civiles de los negros durante la década de los sesenta, en procura de un status que les reconozca sus derechos humanos y laborales, en momentos en que un proyecto de ley, aprobado por la Cámara de Representantes en diciembre de 2005, los convierte en criminales, así como a quienes les faciliten cualquier tipo de ayuda. Esto ha logrado que el resto de inmigrantes, ya convertidos en ciudadanos estadounidenses, se sensibilicen con la suerte de sus compatriotas y muestren su solidaridad, como ha ocurrido con los locutores de radio. Según Miguel Tinker Salas, profesor de la Universidad de Pomona, en California, “la ausencia de líderes comunitarios ha sido llenada por los medios en español, sirven de enlace y eco de sus preocupaciones y han dado fuerza a esos indocumentados que ahora están protestando en público, en plena calle”. Esta avalancha humana hace temblar las carnes de los grupos neoconservadores que dominan la política y las finanzas de Estados Unidos, a tal grado que no desisten (a semejanza de sus aliados sionistas en Palestina) de su intención demencial de erigir una cerca en su frontera con México y evitar que los “espaldas mojadas” y demás inmigrantes puedan organizarse e influir en el escenario político interno. Al parecer, las reglas del juego de exclusión, explotación y discriminación comienzan a ser cambiadas en un país que le debe muchísimo a la inmigración, construido por inmigrantes, desde los tiempos del May Flower.
            Lo peor es que Estados Unidos (al igual que el resto de las naciones industrializadas de Europa) no puede prescindir de estos extranjeros no autorizados. Al decir de Luís Navarro Hernández, “en la metrópoli, los brazos y la fuerza de esos millones de hombres y mujeres son necesarios de manera permanente y no un recurso temporal. Puesto que existe una profunda identificación entre trabajo precario y trabajo migrante, la labor de los indocumentados no es la excepción, sino la norma. Satisfacen la escasez de mano de obra. Aceptan salarios baratos y duras condiciones laborales. Están dispuestos a laborar horas extras y cubrir los turnos de noche”. Pero no pueden acceder a los derechos de un ciudadano común y corriente, por lo que no son tratados siquiera como humanos, siempre acosados. Sin embargo, se han levantado y esto representa el comienzo de una amarga pesadilla para Estados Unidos: quienes creyeron el “american way life” están a las puertas y no piensan claudicar.-         
18/04/2006 00:32 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.


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