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Se muestran los artículos pertenecientes al tema TEMAS SOCIALISTAS.

LA AGENDA PRIMORDIAL DE CADA REVOLUCIONARIO

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La generalidad de las veces se obvia que la demanda de los sectores populares de mayores atribuciones estatales para la solución puntual de los problemas y necesidades que los agobian es una parte consustancial al modo como se constituyó el Estado moderno y cómo ha sido entendida y practicada la cultura política de los dos últimos siglos. Nada debiera extrañar entonces que el pueblo haga exigencias constantes al estamento político gobernante, en razón que éste también alimenta sus ilusiones al hacerle creer -y casi exclusivamente- que todo dependerá de las decisiones paternales de quienes ejercen el poder; correspondiéndole al pueblo un papel pasivo, sin mucha inherencia en lo que se haga o se deje de hacer a nivel gubernamental.

 

Ello dificulta que, al proponerse echar adelante una revolución socialista (con la instauración de unos nuevos paradigmas que marquen la diferencia respecto al sistema-mundo imperante, a través del ejercicio cotidiano de una democracia consejista, directa, participativa y protagónica) ésta llegue a reflejarse plenamente en la organización, la formación teórica y la movilización revolucionaria autónoma de los sectores populares. Tal dificultad sólo podrá superarse de existir, igualmente, la intención de descolonizar y emancipar la conciencia popular, ya sea por medio de la educación o de una revolución cultural que permita revelar a todos la realidad de las diferentes condiciones de dominación que, hasta ahora, han caracterizado sus vidas, mayormente sometidas al imperio de la lógica capitalista. Esto demanda una acción decidida de quienes intentan llevar a cabo la revolución socialista. Sus parámetros, por tanto, no pueden ni deben igualarse -hasta donde sea posible, sin considerarlo nunca irrealizable- a aquellos que le han facilitado a las clases dominantes conservar y ejercer su hegemonía. Hará falta, insoslayablemente, educar al pueblo (sin pretensiones mesiánicas) de modo que él por sí mismo empiece a generar sus propias expresiones organizativas (políticas, económicas, culturales, sociales y militares), haciendo suyo, realmente, el conocido concepto de la soberanía popular, pero esta vez sin el componente demagógico de la política tradicional.

 

Ciertamente, muchos revolucionarios, también adoctrinados con la ideología de las clases dominantes, quizás adolezcan de la creatividad y de la formación teórica que exige tal tarea, pero ello no sirve de excusa alguna para que sean indolentes y no se esfuercen en tratar de lograrlo. En esto consiste la Revolución (con mayúscula), como lo definió magistralmente el Comandante Fidel Castro Ruz: “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas”. Contentarse con logros parciales, rompiendo algunas barreras que signifiquen inclusión, justicia social y equidad económica para los sectores populares antes discriminados y explotados, podrá enmarcarse en lo que son cambios revolucionarios, innegablemente, pero no es suficiente para que comprenda una revolución de estirpe verdaderamente socialista.

 

Es decir, evitar el reformismo, utilizando las mismas armas melladas del capitalismo, como lo advirtiera en su momento el Che Guevara. Se debe precisar, en consecuencia, las desventajas que supone el mantenimiento de las viejas estructuras del Estado burgués liberal para el avance y la consolidación de un proyecto revolucionario, dirigido -nominalmente- a transformar radicalmente el orden establecido. En tal sentido, la agenda primordial de cada revolucionario no debe contemplar nada más que la toma del poder constituido, conservarlo y realizar una distribución más equitativa de la riqueza social. Como efecto inmediato del conocimiento de estas desventajas, se ha de trabajar denodadamente porque los sectores populares rescindan para siempre su condición de minusvalía a que fuera acostumbrado, dejando de ser sujetos subordinados para erigirse como sujetos históricos de su propia emancipación, solventando por sí mismos los problemas y las necesidades que los aquejan; dando origen, además, a nuevas relaciones de poder, lo que estaría orientado a la construcción de un modelo civilizatorio de nuevo tipo.-    

 

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16/12/2016 11:26 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

La práctica revolucionaria no es cualquier práctica

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En correspondencia con lo escrito por Karl Marx en 1843 respecto a que «la teoría logra realizarse en un pueblo sólo en la medida en que es la realización de sus necesidades» habría que afirmar -revalidando lo señalado por Lenin en su tiempo- que la teoría revolucionaria no será posible ni verificable sin una adecuada práctica revolucionaria. Es decir, si no resulta complicado entenderlo, la práctica revolucionaria no podría circunscribirse estrictamente a lo que sería una gestión típica de gobierno y/o el reclamo constante de reivindicaciones de todo tipo (sin menoscabar su importancia), puesto que ello será actuar en el terreno movedizo del reformismo, sin proponerse mayores metas y, menos, avances que permitan hablar con propiedad de una revolución popular y socialista en marcha.

Esto es algo que comúnmente se pasa por alto a la hora de exigírseles a algunos revolucionarios destacados en el estudio, el debate, la difusión y la formación teórica que se dediquen a la práctica; desdeñándose el papel que ellos cumplen, habida cuenta de los efectos perdurables de la ideología de las clases dominantes que podrían aflorar a cada rato en la mentalidad de los sectores populares, haciendo dificultoso, por consiguiente, la construcción socialista.

Bajo este esquema, la práctica revolucionaria no es, ni podrá ser, cualquier tipo de práctica, sino aquella que, de un modo subversivo y constituyente, contribuya a demoler las viejas estructuras y subestructuras sobre las que se asienta el orden establecido. Es una práctica orientada a definir y a enriquecer las luchas tendentes a modificar radicalmente todo lo existente, no únicamente al ejercicio y fiel cumplimiento de las reglas de juego impuestas por las élites gobernantes y/o dominantes. Caer en esto autolimitaría enormemente la capacidad popular de impulsar y de protagonizar cambios revolucionarios en función de asegurar su propio destino y beneficio, como tendrá lugar en el desarrollo y la consolidación de una revolución verdadera. Al respecto, «es necesario -como lo refleja Ludovico Silva en su Teoría del Socialismo Humanista- guiarse por una teoría que sea expresión de la práctica social en la que vivimos». Este detalle es muy importante a la hora de determinar qué clase de teoría revolucionaria y qué clase de práctica revolucionaria es la que encaja con nuestro objetivo de llevar a cabo una revolución popular y socialista, diferenciándola en todos los aspectos a lo que distorsionada e históricamente se identifica como tal. Algo poco sencillo, ciertamente, pero que no se puede ni se debe eludir por razones diversas, aún las de Estado que suelen invocarse para eliminar cualquier eventual cuestionamiento a quienes conforman el estamento político gobernante. Volviendo a Ludovico Silva y su obra citada, «no se trata, digámoslo de una vez, de la idea simple de que la cátedra o el libro se conviertan en instrumentos subversivos, aunque en un momento dado pueda ser ello conveniente. Se trata, más bien, de que el hombre que enseña teorías a través de una tribuna pública, enseñe también la relación que hay entre sus teorías y la práctica social. Si se procede de acuerdo a este criterio, la enseñanza será forzosamente una actividad práctica revolucionaria, pues será la enseñanza de la verdad, y la verdad, como la belleza, es siempre revolucionaria, aunque sólo sea por el hecho de que no persigue el falseamiento ideológico, sino la denuncia científica, que es un modo de despertar a las conciencias».

Por eso, lo aseverado por Marx en relación a que «los filósofos no han hecho sino interpretar de diversas maneras el mundo, se trata ya de transformarlo» tiene que insertarse en esa búsqueda y compartir de saberes que debe propiciarse de forma constante a lo interno de las diferentes organizaciones que promueven la Revolución. Y al mencionar a los filósofos hay que entender que eso no excusa a todo aquel dotado con algún grado de conocimiento, académico o no. Pero, es pertinente aclarar, asimismo, que esta transformación del mundo no puede propiciarse bajo los mismos esquemas de desarrollo del llamado mundo moderno, dominado en gran parte por la lógica perversa del capitalismo. Esto no disminuye del todo los aportes que se pudieran extraer y utilizar del conocimiento general del cual somos todos receptores, cosa que se extiende, lógicamente, a lo propio en el campo revolucionario. La práctica revolucionaria, en tal caso, habría de comprenderse como aquella que se cuestiona, se enriquece y se revisa a la luz de los cambios revolucionarios que origina, logrando que éstos se hagan irreversibles y, por tanto, tengan repercusiones significativas en relación al modelo civilizatorio de nuevo tipo que se estaría erigiendo mediante un poder popular actuando de forma totalmente autónoma, subversiva y constituyente.-

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08/12/2016 10:58 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL CHE Y LOS BUENA GENTE “REVOLUCIONARIOS”

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Ángel Arcos Bergnes relata en el capítulo 15 del libro “Evocando al Che”, lo expresado en una reunión por el Comandante y entonces Ministro de Industrias, Ernesto Che Guevara, en relación a las cualidades a tomar en cuenta para ser militantes del Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC): “Señores, los buena gente no son buenos revolucionarios. Los buena gente, señores, son los que dejan hacer y deshacer, los que no exigen, los que no discuten los problemas, los que no controlan, los que no depuran las responsabilidades, los que les importa lo mismo cumplir como no cumplir, los que no les duelen los problemas, los que no les duele el hígado cuando algo sale mal, los que no chocan con lo mal hecho; ésos, señores, son los buena gente. Y los revolucionarios son los que al revés de los buena gente, discuten, controlan, depuran, cumplen, tienen responsabilidad, sensibilidad, les duelen todos los problemas y cuando ven algo que no está bien hecho les duele el hígado, esos, señores son los revolucionarios”. Es raro que muchos de los nuevos revolucionarios tengan presente esta realidad en su accionar cotidiano y traten de no parecerse demasiado a lo que Che llamara “buena gente”, pero más paradójico aún es que esta “buena gente” sea la encargada de representar, definir y conducir una revolución desde las instancias de gobierno que ocupa.

 

Quizás por ello las múltiples advertencias del Che mantienen una vigencia plena en el mundo contemporáneo y llamen especialmente la atención de muchos jóvenes que asumen la revolución como una vocación de vida y no como un trampolín más para encumbrarse -política, económica y socialmente- por encima del resto de la gente. A ello contribuye, por supuesto, su desprendimiento personal, a tal punto de sumarse a la lucha revolucionaria en otras latitudes sin otro propósito que el de “luchar contra el imperialismo dondequiera que esté”, reafirmando así su condición de revolucionario internacionalista, tal como lo demostrara inicialmente en Guatemala y luego en Cuba junto con Fidel Castro.

Con esto exteriorizaba una unidad de pensamiento y práctica, de experiencias y reflexiones, de un modo muy distinto, por cierto, a los “buena gente” que él criticara y que creen hacer revolución únicamente con discursos que pocas veces saben explicar y, menos, comprenden. Por eso algunos prefieren al Che icónico, al reflejado en fotos, colocando sus afiches en sitios visibles, como una muestra de su filiación socialista, sin embargo, son incapaces de acercarse a sus escritos de modo acucioso para extraer de éstos alguna reflexión que les sirva de guía en algún momento, estimulándolos a madurar y a evolucionar como revolucionarios plenos, en vez de convertirse en figuras mediáticas que compiten en iguales términos con sus pares contrarrevolucionarios.

 

La ventaja que caracteriza al Che, por ende, respecto a la de otros luchadores y teóricos de la revolución socialista, es la de ubicarse fuera de todo dogma que pretenda limitarlo. Esto le otorga también una ventaja a quienes alcanzan a comprender y aplicar sus enseñanzas, propuestas y cuestionamientos sobre la manera de lograr el socialismo revolucionario, permitiéndoles abrir nuevas posibilidades por explorar y por labrar. Nadie dudaría, por tanto, de la intención revolucionaria implícita al especificar en qué sentido los “buena gente” serían lesivos a los intereses colectivos y a la revolución, por mucho carisma que ellos puedan revelar.-             

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13/10/2016 10:34 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

DE LA CULTURA BURGUESA A UNA REVOLUCIONARIA

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Para que se produzca y se consolide una auténtica revolución política, social, económica y cultural es preciso crear y expandir -hasta en sus mínimos detalles- las condiciones objetivas y subjetivas que la harán factible. Sin embargo, todo esto no será producto del azar, de una simple evolución de los acontecimientos o de la voluntad de algún líder carismático sino de una nueva cultura que tienda a diferenciarse radicalmente de aquella que ha estado en vigencia desde muchos siglos, la cual legitima el derecho casi sagrado de las clases dominantes a detentar el poder, del que se deriva la división jerárquica entre gobernantes y gobernados, así como también entre explotados y explotadores. Gracias a tal cultura, aceptaríamos sin chistar la subordinación neocolonial de muchas naciones respecto a las potencias hegemónicas del mundo, la discriminación en todas sus expresiones y el fatalismo inculcado entre las personas que les hace ver cualquier cambio como nocivo para sus vidas, llegando incluso a combatirlo fanáticamente. 
 
Recurriendo a lo manifestado por Marta Harnecker en 2014, “se requiere de una nueva cultura de izquierda: una cultura pluralista y tolerante, que ponga por encima lo que une y deje en segundo plano lo que divide; que promueva la unidad en torno a valores como la solidaridad, el humanismo, el respeto a las diferencias, la defensa de la naturaleza, rechazando el afán de lucro y las leyes del mercado como principios rectores de la actividad humana". En consecuencia, la revolución -siendo anticapitalista, antiburguesa y antiimperialista- tendrá que ser una realidad en construcción diametralmente opuesta al orden establecido. 
 
No obstante, aún cuando muchos lo piensen y lo quieran de un modo distinto, este proceso de construcción de una cultura revolucionaria de izquierda no podrá circunscribirse únicamente al país en que ésta se geste. Debería orientarse al logro y enriquecimiento de una visión incluyente, de aceptación de otras manifestaciones de la cultura humana en un sentido general, en pie de igualdad, sin discriminación alguna, todo en función de asegurar el respeto y la comprensión que merecen todos los pueblos del planeta; lo que supondrá, por consiguiente, un cambio profundo en relación a lo que es y ha sido el derecho internacional, ahora gravemente vulnerado por las apetencias e injerencismo imperialistas de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN. 
 
Esto exigirá adelantar acciones pedagógicas puntuales que contribuyan a ver en su verdadero contexto la realidad edificada según los patrones eurocentristas y cómo se nutrió el capitalismo desarrollado por Europa y Estados Unidos gracias a la dominación colonial y neocolonial, la explotación de recursos naturales y de mano de obra barata (esclavizada y/o semi esclavizada) y la complicidad cínica de grupos minoritarios de los países periféricos. Por ello, esta cultura de izquierda tiene que trascender lo meramente reivindicativo y local, convirtiéndose en uno de los ejes de la resistencia y de la formación de una conciencia revolucionaria con que contarán nuestros pueblos para defender y preservar su identidad y su derecho a la autodeterminación. De ella deberán surgir los paradigmas nuevos que caracterizarían en lo adelante el modelo civilizatorio que propiciará la emancipación integral de las personas, sin que esto pueda descalificarse desdeñosamente como utopía, ignorando la carga subversiva que la misma implica. 
 
Por demás, sería redundante aclarar que esta cultura de la izquierda revolucionaria abarca algo más que el ámbito intelectual, privilegiándose -en muchos casos- lo que otros mal señalarían de cultura popular como expresión visible de la lucha de resistencia sostenida a través del tiempo por nuestros pueblos frente a la uniformidad implícita que trae consigo la imposición de una única forma de actuar y pensar, en función de los objetivos perseguidos por los grandes centros de poder hegemónicos.

 

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28/09/2016 11:18 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA BATALLA REVOLUCIONARIA ANTICAPITALISTA

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Respecto al capitalismo y al sistema jurídico, social y político erigido a su alrededor hay una verdad inequívoca: la generación de desigualdades de toda especie. Especialmente cuando este capitalismo es hiperconsumista, con un número creciente de consumidores altamente dependientes transformados en masas acríticas y esclavizadas que apenas se animan a conocer en profundidad la realidad que los envuelve a diario. 
 
En cierta medida, quienes controlan el capitalismo globalizado han implementado lo que podría denominarse colapso controlado, echando mano a métodos que en tiempos pasados se reducían a la opción única de la guerra. Hoy, el sistema capitalista cuenta con una industria ideológica influyente, más eficaz que en épocas anteriores, cuyas líneas maestras de manipulación son replicadas cotidianamente por los diversos medios de información a escala local e internacional, lo que sirve para implantar como cierta una realidad inexistente. 
 
Por eso, en la batalla revolucionaria contra el capitalismo no pueden obviarse los efectos causados por éste en la psiquis de una generalidad de seres humanos (incluidos aquellos que se considerarían de izquierda y/o revolucionarios), lo que dificulta enormemente una mejor comprensión de lo que debe hacerse a la hora de atacarlo, reducirlo y sustituirlo por otro más acorde con las aspiraciones y necesidades colectivas. En este caso, se tendría que revertir la convicción común respecto a que todo cambio es imposible y, de ser factible, termina por degenerarse, por lo que todo esfuerzo resultará inútil. De esta forma, el problema de la explotación capitalista y de la redistribución equitativa de la riqueza (producida entre todos, pero que favorece a una minoría) se mantiene latente; haciéndose, por tanto, necesario promover y emprender un proceso de análisis crítico de la realidad presente, aún cuando se choque con ataduras y posiciones sectarias que dificultarán su normal desarrollo, cosa que debiera plasmarse en una práctica auténticamente transformadora, protagonizada y sustentada directamente por los sectores populares, más allá de una concepción eminentemente reivindicativa y localista. 
 
Esto último -a grandes rasgos- implica la construcción colectiva de diferentes formas autónomas de democracia directa de base, a semejanza de lo preludiado, con sus diferencias, a finales del siglo XIX, por los revolucionarios y las revolucionarias de la Comuna de París; cuestión que -a la larga- de ampliarse, entrará en inevitable confrontación y contradicción con el Estado burgués liberal vigente. Así, como consecuencia de este proceso revolucionario en manos de un pueblo consciente y organizado, habría entonces el inicio de una transformación estructural extendida a todos los ámbitos del actual modelo civilizatorio, a pesar de que sus manifestaciones no tengan todavía lugar en un tiempo inmediato. 
 
Por consiguiente, la batalla revolucionaria contra el capitalismo no puede limitarse a la simple pretensión de lograr una hegemonía político-partidista (como se persigue habitualmente en las naciones de nuestra América), ya que ello provocará situaciones paradójicas contraproducentes en cuanto a lo que constituiría el cometido fundamental de todo proceso revolucionario de cambios: la construcción de un modelo civilizatorio alternativo, propiciándose las condiciones adecuadas para que esto sea posible por medio del ejercicio constituyente del poder, la auto organización, la autonomía y la autogestión económica del pueblo.-

 

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28/09/2016 11:12 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA REVOLUCIÓN FRENTE A LA ENAJENACIÓN MEDIÁTICA

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Enajenadas por la industria ideológica al servicio de los grandes intereses hegemónicos a nivel mundial, muchas personas se hacen eco -de forma no pocas veces de manera involuntaria y/o automática- de las matrices de opinión que moldean a diario sus acciones, sus palabras y sus pensamientos, creyendo que lo hacen como respuesta de su libre albedrío. De ahí que las guerras y los conflictos internos de algunas naciones sean observados y calificados en atención a tales intereses, legitimándolos aún en contra de sus creencias más arraigadas. Gracias a esta habilidad manipuladora de la realidad, tienden a reducirse los grados de antagonismo existentes entre los sectores populares y los sectores acostumbrados a subyugarlos social, económica, cultural y políticamente, en un proceso reactivo subjetivo -previamente inducido- frente a cualquiera coyuntura que se viva, como acontece con la situación crítica de desabastecimiento y de bloqueo económico presente en Venezuela desde hace tres años.

 

Gracias al acceso a Internet, da lo mismo extasiarse y compartir fotografías o grabaciones de torturas y asesinatos de infortunados a manos de militares, policías, narcotraficantes, paramilitares o hampa común, que hacer lo mismo con alguna situación cómica. Este tipo de socialización de la comunicación ha terminado por banalizar cualquier tema de interés general, aceptándose incluso cualquier rumor o mentira como una verdad inapelable, lo que para algunas personas sonará desquiciado e inaceptable, a pesar de las muchas evidencias que se le presenten. En el peor de los casos, como ocurre en Estados Unidos y parte de Europa, el precio de la libertad es la vigilancia ejercida por los diversos organismos de inteligencia del Estado, obligando a los ciudadanos a sacrificar sus derechos más elementales en función de la seguridad que éste pueda brindarle ante un enemigo potencial, interno o externo.

 

Randolph Hearst, periodista, editor, publicista, empresario, inversionista, político y magnate de la prensa estadounidense, quien descubrió la importancia de la mentira para reforzar sus dividendos y resguardar intereses políticos, jamás encubrió el menosprecio que sentía por la población que consumía sus mentiras a través de su cadena de periódicos. Su máxima era simple y clara: "Nadie ha perdido dinero invirtiendo en la poca inteligencia de los lectores". El mundo contemporáneo ve sin mucho estupor cómo esta máxima de Hearst se extiende por todas partes, a tal grado que Paul Joseph Goebbels, el ministro para la ilustración pública y propaganda de la Alemania nazi, queda plenamente reivindicado por quienes en la actualidad se encargan de mantenernos bien “informados”.

 

En contraste, «la actividad ideológica revolucionaria no puede ser esquemática o dogmática -como lo señala Fabián Escalona en La guerra sicológica y la lucha ideológica- y debe conocer cuáles son los ejes de la guerra sicológica para, en consecuencia, tenerlas en cuenta en su accionar que, por supuesto, persigue objetivos más abarcadores, en tanto expone las ideas sociales más avanzadas de nuestra era. Para ello será necesario que se apoye en nuestros medios de comunicación, las organizaciones políticas y de masas, canales insustituibles para dialogar con el pueblo, persuadir y convencer acerca de nuestras verdades y razones».

 

Persuadidos de la importancia de la comunicación a todos los niveles para impulsar y orientar la lucha popular, los movimientos revolucionarios tienen ante sí la responsabilidad inmediata de neutralizar la guerra sicológica diseñada y puesta en práctica por los centros de poder hegemónicos, ya que -de no hacerlo- se corre el riesgo de perder toda posibilidad de vencer sus pretensiones, ya sea a corto o a largo plazo.

 

En su artículo «La falsificación de El Caracazo como nuevo método golpista», Bruno Sgarzini explica que «precisamente en América Latina es donde este modelo se encuentra en plena sofisticación para intentar darle el interesado carácter popular al golpe, ya no con la variante de manitos blancas sino con movimientos como en el que Brasil irrumpió en 2013 con una supuesta protesta espontánea contra la suba de pasajes, que terminó por ser el inicio de un complejo e imbricado proceso golpista contra Dilma Rousseff».

 

Precisamente, la derecha ha entendido que puede revertir el avance revolucionario de los pueblos con una tergiversación continuada de experiencias históricas y, últimamente, de conceptos que pudieran reforzar las posiciones de las fuerzas revolucionarias. Es por eso que existe una sincronización -casi perfecta- de la derecha para mantener a flote sus matrices de opinión, contando para ello con los avances en materia comunicacional; lo que exige de una mayor creatividad y asertividad de parte de los movimientos revolucionarios para defender sus propuestas y alterar a su favor la correlación de fuerzas existente, pero sobre todo develarle al pueblo la realidad que hará totalmente posible su verdadera emancipación.-   

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07/07/2016 11:38 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

UNA REVOLUCIÓN HECHA DE MUCHAS REVOLUCIONES

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Cuando quienes nos autocalificamos de revolucionarios buscamos definir qué tipo de Revolución pretendemos, muchas veces cometemos la torpeza de hacerlo con propuestas prestadas que, a la luz de nuestras acciones (individuales y/o grupales), resultan contradictorias y, generalmente, inconsistentes, al dar por sentado que son universales y, por tanto, realizables en donde quiera que nos desenvolvamos.

Olvidamos -quizás sin tener plena conciencia de ello- cuáles son los orígenes de la situación en particular que combatimos como revolucionarios, autolimitándonos y limitando a otros en la comprensión adecuada de lo que representaría llevar a cabo una verdadera revolución en bien de todos; especialmente cuando se cuestionan simultáneamente al modelo de democracia representativa (por ser excluyente y ajena a los intereses de las mayorías excluidas) y al capitalismo como sistema económico explotador y depredador que nos sitúa a todos al borde de una destrucción general.

Los movimientos revolucionarios populares de Nuestra América se hallan actualmente frente a la necesidad impostergable de reconstruir su fuerza, en articulación con todos los sectores sociales oprimidos y explotados, tanto fuera como dentro de las fronteras nacionales, y de recuperar el ímpetu combativo que caracterizó su insurgencia contra el avance del neoliberalismo capitalista. Hará falta asimilar y desarrollar un marco teórico, programático y orgánico similar a lo planteado desde 1994 por las mujeres y los hombres de Chiapas que conforman el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), enriqueciéndolo con aportes y acciones propias que hagan de la Revolución que promovamos una experiencia colectiva única.

Esto supone, apropiándonos de lo escrito por Marta Harnecker en su libro Reconstruyendo la izquierda, "superar el antigüo y arraigado error de pretender construir fuerza política -sea por las armas o las urnas- sin construir fuerza social "; lo que debiera hacerse de un modo inseparable. Para ello es vital insertarse en una revolución cultural profunda que no evite ni tenga miedo de deslegitimar todo lo heredado del modelo civilizatorio euroestadounidense bajo el cual nos hallamos inmersos por efecto de su dominación y de su industria ideológica.

Esta no será, por supuesto, una revolución cultural que sólo estaría dedicada a rescatar y a darle preeminencia a los valores culturales que forman parte intrínseca de la historia de nuestros pueblos (entendiendo, incluso, su rica diversidad, dentro y fuera de cada una de las naciones de Nuestra América), lo que debiera expresarse en el logro de unos nuevos paradigmas, orientados al máximo nivel de emancipación que se podría alcanzar, sin afectar nuestro entorno y al resto de nuestros semejantes. Algo utopista, pero nunca imposible de realizar. En tal caso, es preciso iniciar un proceso reivindicativo de nuestra realidad común (refiriéndonos a nuestra realidad como continente dominado, primero por las potencias europeas y, luego, por el imperialismo gringo; destinado a ser fuente de recursos estratégicos en ambos casos, prácticamente sin reciprocidad alguna, a excepción de las élites gobernantes), lo que implica adoptar una concepción integracionista que vaya más allá de lo estrictamente político y/o económico.

Esto exige, al mismo tiempo, crear espacios organizativos en los cuales el debate, la democracia directa, la autonomía y el respeto a las diferencias sean unas características esenciales; garantizadas, por tanto, por todos los revolucionarios y todas las revolucionarias. Será ésta, entonces, una revolución hecha por muchas revoluciones; dando forma a un modelo de sociedad alternativo al capitalismo y al Estado burgués-liberal imperantes, al mismo tiempo que se combate su eventual reproduccion en el futuro.-

 

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26/05/2016 11:58 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA URGENCIA DE UN PRESENTE REVOLUCIONARIO CREATIVO

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Nuevos desafíos estratégicos se le imponen a las fuerzas revolucionarias ante el avance logrado por los sectores de la derecha en nuestra América. El triunfo derechista en las elecciones presidenciales y parlamentarias de Argentina y Venezuela, respectivamente, así como en el referéndum en Bolivia, tendrían que abordarse en el ámbito social, político, económico y cultural, con una participación efectiva de los sectores populares, los cuales podrían efectuar un mejor diagnóstico sobre sus verdaderas causas, sin la demagogia ni la autocomplacencia acostumbradas del reformismo.

Sin embargo, no será cosa fácil ni inmediata. Se debe considerar que desde siempre ha existido una transferencia de la ideología de los sectores dominantes, por lo que tendría que haber un desmontaje deliberado y continuado de todo aquello que legitima el orden establecido y lo hace aparecer como algo fatal e insustituible. Así, conceptos y acontecimientos enmarcados en lo que serían entonces rebelión, resistencia y revolución desde el punto de vista de los sectores populares, tendrían que manifestarse en acciones que cuestionen y tiendan a transformar radicalmente el tipo de Estado, de gobierno y de economía vigente; lo que implica hacerlo extensivo contra los diversos soportes del modelo civilizatorio actual.

En este punto, son pocos los dispuestos a entender y a propiciar verdaderos cambios revolucionarios en tal dirección, condicionados como están por la ideología dominante, lo cual les hace limitarse a impulsar simples reformas que alivien momentáneamente las condiciones de vida de la mayoría popular, le faciliten a ésta un mayor acceso a la participación en el escenario político y reduzcan, hasta donde sea posible, los altos niveles de desigualdad y de explotación de la clase asalariada.

Sin embargo, porfiadamente, a contracorriente, muchos de quienes ocupan cargos gubernamentales optan por simplemente tratar de hacerlo bien (en los casos de aquellos que mantienen intacta su integridad, a pesar de las tentaciones presentadas) mientras que otros únicamente se adaptan e imitan los patrones de comportamiento de aquellos que les antecedieron, incluyendo su demagogia y corrupción. Esto -de no corregirse a tiempo, mediante una real y eficaz participación popular- provocará a la larga un debilitamiento creciente de los lazos de identificación común existentes entre gobernantes y gobernados, sobre todo cuando estos últimos detectan y se convencen que no existen planes o programas sólidos y viables que satisfagan sus múltiples problemas y demandas, como ya ocurriera en Venezuela durante el mandato binario de AD y COPEI.

Todo ello plantea la urgencia de un presente revolucionario más creativo y menos autosuficiente, menos limitado y menos sectario. De este modo, la situación creada en nuestra América por el avance obtenido por los sectores de derecha debiera estimular la conformación de un amplio movimiento revolucionario -diversificado en el plano organizativo, teórico y político, pero accionado con propósitos comunes- capaz de generar verdaderos espacios de participación y protagonismo popular, no ya con el objetivo único de acceder electoralmente al poder constituido sino con el de fomentar decididamente el rearme ideológico del pueblo y establecer en consecuencia una hegemonía popular que haga irreversible la Revolución.-        

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10/03/2016 14:31 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL PROBLEMA DE LA TRANSICIÓN AL SOCIALISMO

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No obstante seguir siendo el socialismo un viejo sueño aún por construir, el momento histórico que se vive en Venezuela y gran parte de las naciones de nuestra América nos hace creer que éste se definirá -tarde o temprano- al calor de las luchas sociales. Ello supondrá, al mismo tiempo, la tarea de resolver las contradicciones inherentes a la cultura dependiente, las relaciones de poder y las relaciones de producción que persisten en nuestros territorios; traduciéndose, por consiguiente, en un esfuerzo colectivo carente de liderazgos mesiánicos que puedan desviar y truncar sus objetivos, de modo que haya la posibilidad real de crear estructuras novedosas donde no predomine la influencia de una dirigencia y un funcionariado burocrático-cupular situados de espaldas al pueblo.

Así, la construcción socialista de una sociedad de nuevo tipo impone la necesidad de una serie de etapas transitorias previas, las cuales debieran estar impregnadas, primeramente, de las experiencias de lucha de nuestros pueblos en contra del colonialismo, la explotación capitalista y la hegemonía imperialista, dándole cabida plena al protagonismo y a la participación de las sectores populares en la toma de decisiones y el ejercicio del poder.

El problema de la transición al socialismo hace necesario, por tanto, un debate con toda la audacia, el espíritu crítico y el rigor científico que exige el plantearse la transformación estructural del Estado, de la economía y del modelo de sociedad (tanto en su aspecto cultural como espiritual). No puede limitarse a un simple cambio de nombres y de gobierno, como algunos pretenden. Tiene que ser algo integral.

Es lo que hace algún tiempo planteara Douglas Bravo en su libro “Utopía del Tercer Milenio” respecto a que un proyecto alternativo de nueva civilización “desarrollará un nuevo modo de producción, no capitalista, no industrializado, (…) no depredador. Será una manera de producir que también tiene mucho que ver con la reconstrucción de la memoria histórico-cultural que contiene las formas de alimentación, distribución y consumo que quedaron sepultadas en el proceso de occidentalización. Si la forma de producir no es alternativa al capitalismo, quedará atrapada finalmente como ocurrió con la economía del socialismo (…) Esa forma de producir caribeña reivindicará nuevamente las relaciones hombre-naturaleza en este espacio geográfico, político, social, religioso, cultural, tecnológico, económico”. En algo similar coinciden, entre otros, el General Francisco Visconti, líder de la segunda insurrección cívico-militar de 1992 en Venezuela y Álvaro García Linera, actual Vicepresidente de Bolivia, cada uno con un enfoque particular, pero animados del mismo espíritu de revolución de las ideas que debiera prevalecer en nuestra América toda para alcanzar la emancipación largamente anhelada por nuestros pueblos, prácticamente desde el momento mismo en que comenzara la lucha contra el modelo de civilización impuesto desde Europa. Más aun cuando se observa -pese a Estados Unidos y sus aliados europeos- el declive creciente y, al parecer, irreversible del sistema financiero y de la geopolítica resultante de la Segunda Guerra Mundial. La compleja situación que esto representa justifica que los nuevos desafíos a vencer no podrán acometerse con las melladas fórmulas del pasado, recurriendo al Che, lo que hará posible rearmar ideológica y políticamente a nuestro pueblo y, en general, al propio movimiento revolucionario-  

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02/03/2016 19:10 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

¿CUÁL SERÍA EL MODELO DE DEMOCRACIA A CONSTRUIR ENTRE LOS REVOLUCIONARIOS?

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La democracia que debe prevalecer entre los revolucionarios tiene que nutrirse, en todo momento y espacio, de la participación, de la influencia y del protagonismo que le corresponde al pueblo, tanto en la construcción como en la consolidación de la sociedad de nuevo tipo, no únicamente en el orden político sino en todos los demás órdenes, de manera que exista verdaderamente una revolución en lo estructural. Sin este rasgo característico, la democracia constituiría un fraude y, por consiguiente, sería completamente contraria al concepto de revolución.

"La democracia es el poder del pueblo y no el poder de un sustituto del pueblo", sentenciaba Muammar El Gadhafi en El Libro Verde. En tal caso, la democracia sería un proceso desde abajo hacia arriba, trascendiendo y haciendo obsoleto el concepto de la democracia representativa, lo mismo que sus relaciones jerárquicas de poder. Como consecuencia, la representación política tendría que ser trascendida ya que ésta siempre ha sido un medio de usurpación del poder del pueblo, a pesar de los postulados constitucionales tan comunes a nivel mundial, los cuales establecen que la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo.

Esto, por supuesto, exige de los revolucionarios redefinir de modo crítico y creativo el concepto y el ejercicio de la democracia, bajo parámetros totalmente diferentes, con toda la carga de novedad y de subversión que ello implica. De modo tal que, desde abajo, se ataque simultáneamente al régimen político representativo y al capitalismo, explicando adecuadamente las injusticias sociales que se derivan de ambos. Sin embargo, la carencia de una clara orientación socialista impide comprender las muchas contradicciones de la realidad imperante, deficiencia ésta que ha sido aprovechada por oportunistas, demagogos y reformistas de toda laya en su propio interés.

Hay que tomar en consideración que las diversas rebeldías populares ocurridas en las últimas tres décadas en nuestra América tienen como característica común la exigencia de acceso directo al poder, algo con lo que la clase dominante nunca estará de acuerdo. Por ello mismo, la construcción de un nuevo tipo de socialismo, ésta deberá enmarcarse en un proceso continuo de socialización y de renovación generacional del poder, evitándose en todo instante la imposición del verticalismo generado por las relaciones clásicas de poder. Ello implica crear espacios permanentes y suficientemente amplios, abiertos a la horizontalidad, de forma que se produzca realmente un cambio estructural, no una simple reforma, que afiancen el secular anhelo humano de justicia social, igualdad, democracia y libertad.-

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28/01/2016 13:32 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA REDEFINICIÓN DE LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA Y EL VIVIR BIEN EN NUESTRA AMÉRICA

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Para los grupos de la derecha no existen más mecanismos para resolver los problemas que aquejan a la sociedad que aquellos sugeridos y aplicados por los organismos económicos capitalistas, tales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Para ellos, cualquier medida gubernamental que atente contra la lógica capitalista debe ser satanizada y extirpada en función de los intereses de los grandes capitales; así esta medida represente alguna reivindicación favorable a los sectores populares mayoritarios.

 

Es la misma fórmula neoliberal que se aplicó a rajatabla en Argentina, Brasil, Ecuador, Perú y Chile, éste último con la dictadura fascista de Pinochet, y que quiso imponer Carlos Andrés Pérez al pueblo venezolano en 1989, cuando sucediera el Caracazo: privatizaciones de la salud, el agua, la elctricidad y la educación, entre otros, además de una congelación general de salarios, liberación de precios, divisas e intereses; elevación de los impuestos y una disminución significativa de lo que los capitalistas llaman "gastos" sociales. En el caso de Venezuela, dicha fórmula afectaría la continuidad de las distintas misiones sociales que iniciara el Comandante Chávez y que han sido sostenidas por Nicolás Maduro en beneficio de los sectores populares, a pesar de los contratiempos representados por el asedio económico orquestado desde el sector privado (buscando generar malestar entre la población afectada, culpándose al gobierno de ello) y por la disminución continuada de los precios petroleros.

 

Este panorama pareciera ganar terreno en algunas naciones de nuestra América (al menos, mediáticamente), sobre todo en aquellas donde la estrategia opositora a los gobiernos de tendencia izquierdista, populista y/o reformista se ha manifestado con mayor fuerza en el ámbito económico, dando por sentada la derrota (o el derrocamiento) de los mismos, gracias al supuesto fracaso de sus políticas económicas. Frente a ello, algunos de tales gobiernos han tratado de maniobrar, manteniendo su enfoque principal en lograr una mejor redistribución de la renta pública, pero sin plantearse ni alcanzar avances significativos en la transformación estructural del actual sistema económico (común a la generalidad de nuestros países nuestroamericanos); lo que incide, de una u otra manera, en la propagación de los problemas usuales provocados por la explotación, la corrupción y la desigualdad del capitalismo. Sin embargo, el amplio respaldo popular que aún les rodea pudiera permitirles obtener mejores y duraderos resultados, haciendo que estos tengan en el protagonismo y la participación popular como su sustento principal, de manera que se hagan totalmente irreversibles y permitan construir la transición hacia un modelo diferente al existente.

 

"Tenemos que poner en marcha un nuevo modelo civilizatorio que valore la cultura de la vida y la cultura de la paz, que es el Vivir Bien -dice la Declaración de la Conferencia Mundial de los Pueblos Sobre Cambio Climático y Defensa de la Vida, celebrada en Tiquipaya, Bolivia, del 10 al 12 de octubre de 2015-. El mundo precisa transitar hacia la visión holística del Vivir Bien, profundizando la complementariedad entre los derechos de los pueblos y los derechos de la Madre Tierra, que implica construir una relación de equilibrio entre los seres humanos con la naturaleza para restablecer la armonía con la Madre Tierra. El Vivir Bien en armonía con la Madre Tierra es el nuevo modelo de civilización para preservar la comunidad de vida, donde la Madre Tierra es un ser vivo sagrado y no un objeto para la explotación de los seres humanos".

 

Esta visión o concepción de un nuevo modelo civilizatorio precisa abolir la lógica, las clases sociales y las relaciones de producción originadas por el capitalismo. Si se preservan las viejas estructuras del capitalismo y, junto con él, las que dan forma a la democracia representativa, no podría profundizarse el ejercicio de la democracia ni la búsqueda de una mayor igualdad social, por mucho apoyo popular que exista.

 

Por tanto, la lucha por trascender el modelo civilizatorio vigente exige despojarse de los elementos práctico-teórico-filosóficos que lo legitiman, como si este fuera una fatalidad insalvable. Esto pasa por asimilar la idea revolucionaria de impulsar en todo momento una acción transformadora de la realidad del mundo que nos rodea, lo cual no será sencillo, pero que forzosamente debe nutrir ese deseo con propuestas enraizadas en la tradición de lucha e idiosincrasia de los pueblos de nuestra América, abandonando la vieja visión eurocentrista impuesta desde 1492, la cual los condenara durante siglos a la servidumbre y al desprecio de sus propios orígenes culturales. A través de ellas se podría acceder a una mejor redefinición de la revolución socialista que habría de derribar definitivamente al sistema capitalista, estableciendo un modelo civilizatorio más acorde con los anhelos de libertad, democracia y justicia social de nuestros pueblos.-

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17/11/2015 17:35 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA IMAGINACIÓN SUBVERSIVA Y EL CONSERVADURISMO “NEOLIBERAL”

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Si “el conservador rechaza toda idea de cambio por una especie de incapacidad mental para concebirla y para aceptarla”, como lo expusiera José Carlos Mariátegui en su artículo La imaginación y el progreso, escrito en 1924; en contraparte, el revolucionario tendría que diferenciarse de éste haciendo uso de su imaginación para cambiar la realidad imperfecta contra la cual le toca insurgir.

 

Es decir, mientras que los conservadores sólo están opuestos a cualquier posibilidad de cambio o revolución, por muy minúscula que esta sea, dada su limitación espiritual para imaginar algo mejor a lo ya existente y que represente, por consiguiente, un desarrollo integral de la humanidad, además de hallarse saturados de rutinas predecibles y de prejuicios heredados de todo tipo; a los revolucionarios les corresponde imaginar, promover y aceptar tal posibilidad, revolucionando, por tanto, la conciencia de sus semejantes o, como lo diría Paulo Freire, problematizando su conciencia, a riesgo de terminar adoptando las mismas posiciones reaccionarias de sus contrarios.

 

En tal caso, la imaginación sería subversiva a los ojos de un modelo de civilización, cuyos valores en decadencia pasan a ser los fundamentos sobre los que se erigirán aquellos que, tarde o temprano, acabarán por reemplazarlos.

 

Anquilosados orgullosamente en una beatitud rígida, antihistórica, sectaria y con pretensiones de superioridad racial, social, cultural y/o intelectual que, sin embargo, los equipara a quienes más odian, producto de la angustia y el terror irracionales ante la nueva realidad que se supone construirá la revolución, los sectores conservadores estarán siempre dispuestos a destruir cualquier tentativa por modificar el orden establecido, así ello suponga transgredir las mismas leyes que aducen defender; tal como ha ocurrido en gran parte de nuestra América donde sus mejores ejemplos se hallan en Bolivia, Ecuador y Venezuela, contando con el apoyo político y financiero de sus mentores de Washington.

 

Así, la negación del conservadurismo “neoliberal” en reconocer la existencia, la dignidad y los derechos de sectores populares que han comenzado a prefigurar un tipo de civilización más humanizada y realmente democrática tendría que ser contrarrestada activa y efectivamente por esa imaginación subversiva que deben exhibir los revolucionarios para generar nuevas esperanzas y crear, en consecuencia, una nueva realidad, totalmente contraria a la existente.

 

En oposición a dicho conservadurismo, se pudiera insistir -desde la ortodoxia comunista- en la constitución de un modelo civilizatorio carente de propiedad privada, con una planificación económica, donde los trabajadores, en general, sean quienes controlen, administren y socialicen la producción y la distribución de la riqueza. Sin embargo, ello no significa desconocer la idiosincrasia y los modos solidarios de nuestros pueblos, trasplantando automáticamente experiencias revolucionarias de otras latitudes. Tampoco significa que sea posible instituir, contradictoriamente, de una forma duradera y orgánica, tal como ocurriera en la extinta Unión Soviética, una sociedad en donde haya una elite dominante en la estructura económica mientras que en el plano político haya otra; incapaces ambas de trascender al régimen de dominación que se pretende reemplazar y sepultar en nombre de la revolución.

 

Por eso, hay que situar las luchas que caracterizan el momento histórico en un contexto mucho más amplio de lo que pudiera ser. Como lo refleja John K. Galbraith en su obra La sociedad opulenta, “el primer requisito para la comprensión de la vida económica y social contemporánea es lograr una visión clara de la relación existente entre los hechos y las ideas que los interpretan. Ya que cada una de éstas posee vida propia y, por muy contradictorio que pueda parecer, cada una de ellas es capaz de seguir un curso independiente durante mucho tiempo”.

 

Como es natural, algunos entenderán esto bajo un punto de vista bastante particular, sin plantearse un estudio más profundo de lo que ocurre, lo cual ayuda, precisamente, a quienes se combate, en este caso, a las llamadas burguesías “nacionales” que, apoyadas por el imperialismo gringo, sabrán aprovechar inmediatamente cualquier duda y contradicción. Otros lo harán quizás de un modo más avanzado, pero sin entender ni tener en cuenta las peculiaridades del pueblo que buscan emancipar, contribuyendo también -de manera inconsciente- a fortalecer a los enemigos ideológicos de la revolución popular. En este sentido, la imaginación subversiva de los revolucionarios tendría que extenderse a todo lo que integra y caracteriza al modelo civilizatorio vigente, de forma que sea capaz de desmantelar la ideología, los rasgos y las relaciones de poder que legitiman, o podrían legitimar, al conservadurismo, ahora “neoliberal”.-

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29/10/2015 16:42 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA NUEVA REALIDAD DEL MUNDO Y LA NECESIDAD DE NUEVOS PARADIGMAS

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La humanidad enfrenta en la actualidad retos comunes, por lo tanto, ella ha de plantearse soluciones también comunes, sin que ello represente ignorar las particularidades.

 

Teatros de operaciones paralelos, ejércitos con consolas de destrucción masiva que semejan videojuegos que despersonalizan cualquier sentimiento de culpa entre quienes pulsan sus botones y élites supranacionales que están por encima de todo rasgo de soberanía nacional que se les oponga, más la imposición de la cultura basura, específicamente gringa, entre las generaciones de menos edad. Todo eso viene a configurar una nueva realidad. Una realidad completamente ajena a los esquemas de estudio mediante los cuales se podían determinar las singularidades de cada situación presentada en el pasado.

 

En el caso de nuestra América, como lo expuso Atilio Borón al Congreso Internacional “Comunicación e Integración Latinoamericana desde y para el Sur en el Décimo Aniversario de TeleSUR”, celebrado en Quito durante los días 22 y 23 de Julio de 2015, ésta "viene protagonizando, desde finales del siglo pasado, una tremenda batalla por construir una democracia digna de ese nombre. Esto quiere decir, algo que vaya más allá de la sola alusión a la mecánica electoral y que se sintetiza en la tentativa de fundar sociedades más justas en este, el continente más desigual e injusto del planeta. En otras palabras, completar el tránsito entre una democracia eleccionaria a otra de carácter sustantiva y fundamental".

 

Esto cambió sustancialmente el panorama habitual de la lucha política en nuestra América. Grandes contingentes de personas otrora excluidos comenzaron a irrumpir con fuerza telúrica en el escenario político, utilizando los mismos mecanismos legales que le proporcionaron el control del poder constituido a las élites dominantes y, de esta forma, pasaron a ocupar espacios a los que antes no tenían acceso alguno, con gobiernos afines a sus expectativas de redención social.

 

Ahora se hace necesario establecer nuevos paradigmas que le permitan a las diferentes organizaciones y sectores sociales explicarse y enfrentar esta nueva realidad, teniendo en cuenta que su origen está en el capitalismo, sea cual sea su signo distintivo.

 

Pero ello no quiere decir que se deba abjurar a rajatabla de los aportes teóricos y de las experiencias revolucionarias originados en otros tiempos y otras latitudes, como algunos lo plantean sin detenerse a considerar con objetividad las causas que provocan la realidad a ser transformada de raíz. Esta última situación da lugar a confusiones entre los sectores populares y facilita que demagogos y oportunistas de toda laya se apropien del discurso revolucionario socialista y constituyan una corporación político-burocrática desde sus posiciones de poder, opuesta en intereses y en comportamiento a lo que espera de ellos el pueblo.

 

Por eso, los acontecimientos que tienen lugar en Venezuela, a pesar de las contradicciones detectadas a lo interno del proceso de cambios iniciado por Chávez, deben examinarse a profundidad y no verse superficialmente, respondiendo a una percepción y a unos prejuicios particulares. La misma situación creada por la acción opositora ha coadyuvado al sostenimiento de una nueva casta política que, en una apreciación general, podría calificarse de reformista, con una visión socialdemócrata difícilmente desmentible. Pero, de igual forma, en descargo de esta misma casta, es justo reconocer que pocos revolucionarios han podido desarrollar y proponer una opción revolucionaria que atraiga la atención y el entusiasmo de los sectores populares, pues toda iniciativa se dejó en manos de Hugo Chávez y ahora, ausente físicamente éste, cuando se observa que el impulso revolucionario de los años iniciales ha amainado en uno u otro modo, dejando que todo, o prácticamente todo, gire en torno de lo que haga o deje de hacer la oposición.

 

Esto podría obligar a muchos a claudicar, pensando que, posterior a Chávez, no habrá un liderazgo igual. Y en esto tienen toda la razón. No obstante, quien tenga esta sensación o estado de ánimo olvida que todo el proceso revolucionario encarnado en Chávez tuvo su génesis y enriquecimiento programático en la historia de las luchas protagonizadas por el pueblo venezolano desde hace poco más de dos siglos atrás; por lo que sería pertinente acotar que la guía para la acción revolucionaria en lo adelante se ubica en muchos de los planteamientos hechos, precisamente, por el Presidente Hugo Chávez tomando como referencia esta historia militante.-

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28/07/2015 18:13 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA REVOLUCIÓN DEL VIEJO ORDEN Y LA EXIGENCIA DE UN NUEVO MODELO DEMOCRÁTICO

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El Estado-Nación -convertido desde hace siglos en una inmensa entidad corporativa-burocrática autosostenida, con sus redes de beneficiarios, colaboradores y testaferros- es un reflejo directo de la profundización de la crisis financiera, económica, energética, alimentaria, ecológica-ambiental, ética, social, ideológica, cultural, en definitiva, política y civilizatoria que, en conjunto, determina la naturaleza heterogénea de la crisis que, desde la última década del siglo pasado, atraviesa el sistema capitalista.


Siendo entonces el capitalismo un elemento relacionado al Estado-Nación, no resulta extraño que en la actualidad éste sufra un cuestionamiento generalizado, extendido por igual a todos los continentes de la Tierra. Por ello se hace imprescindible que sea totalmente erradicado, proponiéndose en consecuencia una revolución del viejo orden establecido, pero conscientes que sin cambios profundos en las áreas de la vida social que aquellos dominan, tal revolución se hará cosa difícil de alcanzar, por no decir imposible, incrementando los niveles de ingobernabilidad que caracterizan la época actual.


Partiendo del entendimiento que toda forma de Estado es opresora, ello supone también atacar y demoler sus bases ideológicas y jurídico-legales, reemplazándolas de raíz por otras que respondan más apropiadamente a las exigencias de un nuevo modelo de democracia, esta vez más directa, que tienda en todo momento a la eliminación de las redes de sumisión y de expoliación propiciadas por el poder corporativo-burocrático capitalista mundial en su desmedido afán de asegurarse el monopolio exclusivo de la producción y el mercado. Esto, a su vez, implica adoptar un nuevo tipo de conciencia, capaz de traspasar los límites impuestos por la ideología de los sectores dominantes e imponer nuevos paradigmas.


Para evitar que esto ocurra, el capitalismo requiere incrementar los niveles de anomia o insensibilidad entre los seres humanos, lo que haría que cada quien únicamente se preocupe de defender su puesto de trabajo, pensando en sí mismo, contribuyendo así inconscientemente a elevar la productividad y, por ende, las ganancias empresariales, quedando prácticamente desprotegidos, a merced de la explotación de los dueños de los medios de producción. Tal cosa tiende a ser aún más dramática en el caso de los migrantes que arriesgan sus vidas al cruzar ilegalmente las fronteras de Europa y de Estados Unidos, siendo sometidos (sin discriminación de edad ni sexo) a un régimen de servidumbre, de semi-esclavitud e, incluso (de mayor gravedad), de total esclavitud. De ahí que se observe la necesidad revolucionaria de un cambio estructural profundo, que apunte simultáneamente al desmantelamiento del Estado-nación y el sistema económico imperantes en función de lograr una dignificación y una emancipación integral de las personas.


Por eso es fundamental que los mismos sectores populares organizados, fundamentalmente aquellos inspirados en los ideales del socialismo revolucionario, dispongan de herramientas propias de expresión y participación social, de modo que -a pesar de la resistencia que le opondrán en cualquier momento los grupos hegemónicos y burocráticos que controlan el Estado- puedan avanzar resueltamente en la construcción consciente de un nuevo modelo de civilización, armados de conceptos endógenos que se desarrollen y revisen continuamente. Bastará, igualmente, su disposición en crear circuitos económicos productivos autónomos, ajenos a la red global del capitalismo, aunque su radio de acción resulte limitado. Todo esto, expresado y concretado en una nueva práctica política que deje atrás todo aquello que represente y recuerde al Estado-nación y al sistema capitalista.-

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19/06/2015 14:33 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA Y LA REDEFINICIÓN DEL ESTADO BURGUÉS

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La estructura del Estado liberal-burgués y la lógica capitalista han logrado convencer a una gran parte de la población mundial que todos los problemas generados hasta ahora -económicos, políticos, étnicos, sociales y otros- jamás podrían resolverse fuera de los parámetros impuestos por ambos. Para los más "audaces", sólo bastaría con un cambio nominal de gobierno y, acaso, con la redacción y aprobación de algunas nuevas leyes, sin plantearse nada más allá de esto. Por tal motivo, la idea de una revolución transformadora de la realidad circundante choca inmediatamente contra quienes meramente aspiran mejorar su situación material personal, habituados como están a una vida predecible, moldeada por las formas de dominación (coercitivas y hegemónicas) de las elites gobernantes o predominantes.


Se impone así la necesidad de hacer la revolución socialista acompañada de un proceso de cambios, esencialmente culturales, que tengan una incidencia directa en el tipo de conciencia a ser asumido ahora por las personas que construyen el nuevo orden revolucionario. Lo más natural sería entonces que la revolución socialista -observando el caso venezolano y nuestroamericano- tenga raíces propias, alejadas en lo que más se pueda de los cánones impuestos por el eurocentrismo, visto y asimilado como "gesta civilizatoria", extendida a todos los continentes y expresión, por consiguiente, de la llamada "supremacía blanca".


En tal sentido, en algunas de las naciones del continente americano se han estado creando importantes escenarios políticos, sociales y culturales de resistencia ante la hegemonía capitalista que podrían estimular una redefinición bastante significativa y cercana a la idiosincrasia nuestraamericana en relación al concepto y al ejercicio pleno de la democracia, cuestión que -por ahora- se ha enmarcado en lo que debiera ser el socialismo revolucionario del siglo 21, ya no como algo abstracto, reducido a dogmas irreductibles, sino como realidad tangible e inmediata. Esto, por supuesto, exige igualmente una reconfiguración del marco jurídico-político sobre el cual descansa el Estado actual, estando más orientado a la legitimación del viejo orden establecido (dominado por las elites capitalistas y su desmedida apetencia de ganancias) que a la concreción de un verdadero ideal democrático. Esta reconfiguración es, por demás, necesaria. Tanto la estructura representativa del Estado liberal-burgués como la lógica capitalista, son opuestas a la noción de una democracia participativa y protagónica, más si se pretende avanzar hacia una democracia directa, sin que existan los tradicionales agentes intermediarios que terminan por distorsionar la voluntad y las expectativas populares.


La idea de una revolución transformadora es, además, esencialmente subversiva. De ahí que sea severamente torpedeada desde los grandes centros de poder hegemónicos del mundo, aun cuando ella esté limitada a un solo país, dado el temor justificado que su ejemplo irradie hasta otros, multiplicándose y haciendo tambalear el dominio uniformista del capitalismo global. Por ello es crucial que el avance revolucionario de nuestros pueblos esté sustentado en la preservación de su identidad cultural, en vista que la globalización capitalista tiene como uno de sus objetivos básicos -por medio de la transculturización constante- derribar las barreras que dificultan su control, primero sobre nuestros diversos recursos estratégicos y economías, para luego extenderse sobre la vigencia y el respeto de la soberanía de los mismos pueblos que aspiran dominar.-

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04/06/2015 14:15 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA REVOLUCIÓN Y LA DESCOLONIZACIÓN CULTURAL DE NUESTROS PUEBLOS

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Para la construcción definitiva de un modelo de sociedad de nuevo tipo, basado en los ideales del socialismo revolucionario, se impone revisar y transformar radicalmente la herencia histórica de nuestros pueblos, entroncada ésta con modelos de dominación provenientes de la vieja Europa e impuestos a sangre y fuego durante la época colonial, y que supone la aceptación fatalista de unas relaciones de poder que dejan al descubierto la existencia de dos clases sociales antagónicas, que se hace ineludible trascender en favor de conquistar mayores espacios de participación democrática y de justicia social por parte de las mayorías.


Esto -de antemano- representa un proceso de descolonización cultural que, al mismo tiempo, debiera motivar un cambio sustantivo en los modos de dirigir el Estado liberal-burgués imperante, siendo éste un reflejo del modelo de dominación que excluye a las mayorías populares, por lo que tal cambio tendría que manifestarse a nivel estructural, a fin de permitir un ejercicio pleno y directo de la democracia que se plasme en todos los aspectos de la vida en sociedad.


No cabe aceptar, por tanto, cualquier medida que esté orientada a mantener inalterable el viejo orden establecido, así la maquillen de revolucionaria o de socialista. Mucho menos ha de aceptarse la práctica clientelar y demagógica, gracias a la cual los sectores populares son convertidos en trampolines para el ascenso social y económico de aquellos que sólo se interesan en su propio bienestar. Esto hace que el avance revolucionario, en general, resulte una tarea ardua y desalentadora para muchos, en especial cuando éstos carecen del entusiasmo, la constancia, la originalidad y el compromiso suficientes o mínimos que les hagan comprender la misión de forjar realmente una conciencia revolucionaria y, junto con la misma, de las acciones que definirán el curso final de una Revolución autóctona, enlazada con la memoria histórica de nuestros pueblos.


De ahí que resulte pertinente recordar a Lenin al señalar la importancia fundamental de la teoría revolucionaria para hacer la Revolución Socialista. Sin ella, la Revolución Socialista continuará siendo, indefinidamente, una quimera, un estado ideal de humanidad extremadamente difícil de alcanzar. Por eso, la Revolución Socialista no puede afianzarse solamente a través de medidas populistas, aunque persigan mitigar y solventar las necesidades materiales inmediatas de los sectores populares mayoritarios; cuestión que podría degenerar, eventualmente, en un asistencialismo pragmático permanente que terminaría por castrar las potencialidades revolucionarias del pueblo.


Si ello está orientado por un deseo particular por obtener y conservar dividendos electorales, la Revolución Socialista tendrá unos soportes bastantes endebles que harían que esta colapsara en cualquier momento, inclinando la balanza a favor del bando de la contrarrevolución. En este sentido, habría que esperar, con los pies en la tierra, que la teoría revolucionaria (sin llegar a ser dogmática) se haga sustancia viva entre el pueblo revolucionario organizado, extraída de ese proceso de descolonización cultural que debe mantenerse a través del tiempo, de modo que este mismo pueblo ya no dependa de seudos líderes revolucionarios sino de sí mismo, nutriendo con sus experiencias diarias de empoderamiento y de autogestión lo que sería entonces la Revolución Socialista en este nuevo siglo.-

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21/05/2015 17:45 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

RENOVAR EL SOCIALISMO AL CALOR DE LA LUCHA POPULAR

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Iñaki Gil de San Vicente, en artículo publicado en www.rebelión.org, titulado "Origen y presente del socialismo", da cuenta que "el socialismo está siempre en adecuación y adaptación porque el capitalismo, su enemigo mortal, se adapta y adecúa permanentemente. La lucha de clases es movimiento continuo a partir de las contradicciones sustanciales del capitalismo, lo que hace que la teoría socialista deba (re)crearse, descubrir e integrar los brotes que emergen de las raíces y las vivifican. Por esto, está condenada al fracaso cualquier definición cerrada, fija, dogmática del socialismo. La lucha de clases es la que impulsa con sus lecciones prácticas el enriquecimiento teórico del socialismo". Esto que, a simple vista, pudiera calificarse de esencial, resulta para algunos una cuestión casi indescifrable, carente de importancia y, por consiguiente, nada atractivo, a pesar de estar -aparentemente- comprometidos en la lucha por el socialismo revolucionario y por la construcción de una sociedad (post-capitalista) de nuevo tipo.

La actual situación que se está viviendo a nivel mundial con el reposicionamiento del capitalismo neoliberal (con sus secuelas de guerras, invasiones, amenazas a la soberanía de naciones, cuyos gobiernos buscan transitar un camino propio, y el resurgimiento del fascismo como opción preferente para imponer regímenes más adecuados a sus propósitos hegemonistas y de explotación, además de los trabajadores, de recursos naturales estratégicos), requiere que la teoría del socialismo esté renovándose al calor de las diferentes luchas populares esparcidas a lo largo y ancho de nuestro planeta. No puede concebirse, por tanto, que se crea obsoleto al socialismo sin antes intentar adecuarlo debidamente a las nuevas realidades que confrontamos actualmente, dispersándonos en disgregaciones que no resultan nada prácticas, imposibilitando que los sectores populares alcancen a tener herramientas apropiadas para derrumbar el orden social vigente.

Esto nos conduce a renovar lo expuesto por José Carlos Mariátegui respecto a que el socialismo en nuestra América no debía copia ni calco, algo que también buscó lograr el Comandante Che Guevara y, en los tiempos más recientes, el Presidente Hugo Chávez, tratando de edificar un modelo endógeno, diferenciado del existente en su momento en la extinta URSS. Sin embargo, hay que mencionar que la labor intelectual de teóricos del socialismo -aunque esté más ajustada a la realidad de su época y a sus países de origen- no es del todo desdeñable, como algunos pretenden, invocando cierta autonomía, pero sin desprenderse mucho del cúmulo de conocimientos adquiridos gracias a la ideologización capitalista. Una contradicción que exige solventarse, si realmente se quiere trascender el sistema dominante del capitalismo. Por ahora, lo que queda entender es que si al socialismo revolucionario no se le inyecta la comprensión y definición de las diversas luchas sociales del presente (no sólo las protagonizadas por los trabajadores contra la hegemonía del capital), obtenida de un serio debate, actualizado de forma permanente y que no de pie a dogmas rígidos que no puedan cuestionarse bajo ningún concepto; podrían algunos llegar a pensar que éste (al igual que durante el colapso del bloque soviético) que éste ya no tendría ninguna esperanza qué ofrecerle a la humanidad entera.-

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13/05/2015 17:25 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

“LA REVOLUCIÓN NO SE LLEVA EN LOS LABIOS”

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El Che siempre resulta adecuado cuando se trata de hablar de la revolución socialista. Sus escritos son resultado de sus propias experiencias y reflexiones, sobre todo de aquellas que compartiera con Fidel y el pueblo de Cuba -en la Sierra Maestra y luego al conformarse el nuevo gobierno revolucionario que sacudió las conciencias adormecidas de nuestra América-, enfrentando al más poderoso imperio que la historia haya jamás conocido: Estados Unidos. A la par de ello, su ejemplo de combatiente guerrillero, internacionalista y antiimperialista, sigue más vigente que nunca, cuestión que no han podido minimizar ni deslucir las más enconadas campañas mediáticas orquestadas desde la contrarrevolución para hacer del Che Guevara una imagen inocua que bien puede lucirse en una camiseta sin alterar nunca el statu quo.

Pese a los años, Che enriquece esa búsqueda constante por acceder a un mejor modo de vida bajo los ideales revolucionarios del socialismo. Lo que escribiera en su época sirve de brújula para sortear algunos obstáculos que puedan presentarse en cualquier latitud del planeta durante el período de la construcción de la transición hacia el socialismo, tomando en cuenta que algunas de sus advertencias respecto al mismo (negadas desde la ortodoxia marxista-leninista) se verificaron una vez producida la implosión de la Unión Soviética y del bloque de repúblicas bajo su hegemonía política. De ahí el interés desatado por muchos revolucionarios en torno a sus observaciones críticas en relación al modelo económico implantado en la URSS y el que debía construirse en Cuba considerando sus especificidades, sin calcos automáticos que hicieran de camisas de fuerzas.  

Pero lo más relevante del Che Guevara quizás sea su posición en cuanto a la nueva moral de la cual debían ser modelos los revolucionarios. Según él, “La revolución no se lleva en los labios para vivir de ella, se lleva en el corazón para morir por ella”. Frase ésta que ha tenido una gran difusión hasta ahora en todo el mundo, sobre todo en nuestra América, sirviendo para descubrir a los oportunistas y reformistas que desnaturalizan los objetivos primordiales de la revolución a su favor, traicionando la confianza puesta en ellos por los sectores populares. Además de esto, también ha servido para concitar a muchos revolucionarios a mantenerse firmes en sus convicciones, independientemente de las circunstancias amargas que pudieran vivir en medio de la lucha revolucionaria por la conquista del poder y la emancipación integral de nuestros pueblos. Con esta ideología hecha carne y hueso en sí mismo, el Che Guevara es uno de los revolucionarios teóricos más auténticos y completos de quien pudiéramos obtener enseñanzas permanentes. Como complemento, igualmente pudiéramos citar de él: “nosotros no podemos ser hijos de la práctica absoluta, hay una teoría; que nosotros tengamos algunas fallas, algunos motivos de discusión de algunos de los aspectos de la teoría, bueno, pues, perfecto, para poder hacer eso hay que conocer aunque sea un poquito de teoría. Ahora, inventar la teoría totalmente a base de la acción, solamente eso, es un disparate, con eso no se llega a nada…”  No podría ser menos el Che: hombre de acción y de pensamiento en función de la construcción de la sociedad socialista y de la humanidad nueva.-

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08/10/2014 22:44 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL USO Y ABUSO DEL SOCIALISMO Y LA PROPAGANDA CAPITALISTA

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Sin necesidad de ser contrarrevolucionario, no sería difícil inferir que el uso y abuso del término socialismo, al igual que el de revolución, muchas veces funciona como cortina de humo para no hacer nada que trastoque (aún en lo más mínimo o básico) el sistema de democracia burguesa imperante, sirviendo de justificativo para esconder una simple ambición de poder y el deseo mezquino de conservarlo a toda costa. Esto, en momentos que los grandes centros del capitalismo mundial busca convertir al planeta entero en parte fundamental de su propiedad particular (en una combinación poco estudiada de alianzas, estrategias, tácticas y características que requeriría de un nuevo Karl Marx y un nuevo Friedrich Engels que la desentrañe con criterio científico), hace falta comprender que el tránsito al socialismo implica, incluso, su trascendencia histórica, lo cual no debe ni puede limitarse únicamente a la perspectiva electoral, haciéndole el juego, por consiguiente, a la democracia burguesa que se pretende superar y erradicar de raíz. Tal cosa ha hecho que mucha gente (incluso ilustrada) lo considere algo inútil de enfrentar, entendiéndolo como inevitable, casi que predestinado por fuerzas extrañas a la naturaleza humana. Así, en palabras de Oscar Enrique León en su libro Democracia burguesa, fascismo y revolución, “lo que el neoliberalismo hacía, y aún hace, era sustituir la idea de que el mundo mejor estaba por venir por la de que ya había llegado. Sólo que era uno un poco más estrecho de lo que todos habían supuesto, en éste no cabrían todos y no era tan mejor como lo habríamos deseado. Habría que luchar por él, claro, pero no en el terreno de la historia, sino en el de la economía y la democracia burguesa, y hacerlo como manda la naturaleza, comiéndose los unos a los otros. Con esta estética caníbal, no ya de corte darwinista, sino más bien de usurero shakesperiano, esperaba el neoliberalismo pasar por científico; trocar la noción política y moral de explotación y la injusticia en evidencia de sabiduría”.

Ciertamente, en ello ha influido bastante la maquinaria propagandística del capitalismo, la cual induce a un grueso sector de la población a aspirar, a esforzarse y a competir casi salvajemente a fin de poder gozar y merecer un modo de vida fácil, plena de abundancia y de comodidades materiales, haciéndole creer que ésa ha de ser su máxima y única meta por alcanzar, así esto signifique ser víctima de la más aberrante alienación, mercantilización y esclavitud bajo la lógica del capital. Sin embargo, hay esperanzas concretas que tienden a multiplicarse gracias, precisamente, a la avidez insaciable del capitalismo, especialmente financiero, de apoderarse de todo y colocarle un precio que a las grandes mayorías les resulta cada vez más difícil de cubrir, menos cuando se les exige despojarse de derechos sociales, políticos, económicos y culturales que tienen tras de sí una larga lucha acumulada por conquistarlos y que les garantizaba -al menos, en teoría- un nivel de existencia soportable.

Al respecto, habría que recordar también que la indignación de grandes contingentes de seres humanos en oposición a las pretensiones fascistoides de las grandes corporaciones capitalistas mundiales poco ha incidido en una toma de conciencia colectiva que deslegitime por completo, de un modo radical, las bases legales, culturales e ideológicas que sostienen todavía al capitalismo, cosa que dificulta una acción revolucionaria contundente y sostenida contra el mismo que permita pensar que algún día será posible su eliminación. Nuestra América, en este caso, ya está abriendo brechas en este sentido, lo que habla de una revuelta generalizada contra el hegemonismo capitalista que ya dura más de veinte años en nuestros países, rompiendo los moldes de lo que ha sido hasta ahora el camino de la revolución emancipatoria de la humanidad, mal que le pese a muchos de sus detractores, antiguos y recientes, quienes -quizás sin saberlo- se hallan imbuidos de una visión ahistórica, estática y, por ende, desmemoriada que posibilita combatirlos con mayor facilidad al no disponer de un proyecto histórico propio.

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06/09/2014 14:06 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA EXIGENCIA DE UNA REFLEXIÓN REVOLUCIONARIA MENOS SIMPLISTA

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El hecho que se pueda ampliar y consolidar eventualmente la participación democrática de las grandes mayorías (aquellas que invariablemente son excluidas sistemáticamente por los sectores dominantes de la sociedad) tendría que abarcar la posibilidad cierta que éstas accedan a un mayor nivel de igualdad social y de igualdad económica. Algo que, siendo utilizado como señuelo en muchos casos para atraer a las masas populares, le ha permitido -en primer lugar- a tales sectores revestirse de legitimidad, incluso con el tácito asentimiento de quienes, en algún momento, les han adversado desde un punto de vista clasista e ideológico; es decir, revolucionario. Para lograrlo, dichos sectores han contado siempre con recursos de adoctrinamiento (algunos subliminales y otros más abiertos) mediante los cuales buscan inculcar permanentemente en la gente una visión ahistórica, estática y desmemoriada. De este modo, se aseguran de sustraerle la conciencia histórica sobre lo que han sido a través del tiempo las luchas de resistencia y la conquista de sus derechos civiles y de sus más sentidas reivindicaciones. Algo que, indudablemente, exige de mayores análisis y proyecciones por parte de los sectores revolucionarios, contrariando así la idea -en algunos ingenua o indolente- en relación con la supuesta ausencia de propuestas realizables que tengan por norte la emancipación integral de la humanidad.

Más aún, ello exige descubrir y difundir todas las trampas ideológicas que encubren el mismo modelo de dominación, pero que ahora busca reajustarse bajo unos ropajes aparentemente más democráticos, incluso, revolucionarios y progresistas. A esto habría que agregar, por otra parte, la necesidad de una reflexión menos simplista respecto a lo que representa actualmente el imperialismo gringo en el mundo (ahora en su fase globalizada y más guerrerista), como asimismo la lucha de clases (minimizada y hasta ignorada adrede por aquellos que gobernarían en nombre de la revolución socialista, en lo que constituye un vacío ideológico que terminaría por favorecer, indudablemente, los intereses de quienes debieran ser completamente desplazados por las luchas populares en curso); especialmente en el contexto caribeño y latinoamericano. Es importante que se comprenda el momento histórico que nos está tocando vivir, no sólo en cuanto a lo local o nacional sino en el ámbito internacional, puesto que nuestras luchas particulares deben englobarse en una sola contra los grandes centros de poder imperialista que tratan de cercenar nuestras soberanías y derechos.

Ahora, dicha reflexión tiene que contribuir efectivamente a un rearme ideológico de nuestros pueblos en lucha, de manera que éstos dispongan de las herramientas básicas que les permitan emprender, evaluar y conquistar el destino de emancipación integral que tanto anhelan y tanto merecen. Esto pasa, ineludiblemente, por plantearse la sustitución (gradual o inmediata) de toda la armazón estructural y supra-estructural del tipo de civilización en que nos desenvolvemos en vez de creer que el mismo sólo requeriría de algunas reformas puntuales y de la buena voluntad de los sectores dominantes para hacerlo menos depredador de la naturaleza, menos excluyente y menos injusto de lo que es y ha sido éste siempre.-      

 

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06/09/2014 13:45 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

SOCIALISMO CON CARÁCTER DE URGENCIA

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A la puesta en marcha de una especie de imperialismo corporativo liderado por Estados Unidos, el cual ha impuesto -prácticamente sin mayores oposiciones- un régimen de soberanía supranacional que, por supuesto, sólo busca favorecer sus intereses en particular, los pueblos del mundo le han opuesto una resistencia expresada en la implementación de iniciativas integracionistas, como las desarrolladas en nuestra América, como ALBA, UNASUR, CELAC, entre otras, que han servido para contrarrestar el inagotable y voraz afán neocolonial gringo de las recientes décadas. Esto ha obligado a Washington a echar mano, cuando no a la amenaza y la agresión directa, a procedimientos algo más sutiles para asegurar así su hegemonía, tales como los tratados de libre comercio con los cuales ha intentado restituir su propuesta anexionista del ALCA. A dichas iniciativas se agrega la propuesta de un nuevo socialismo, extraído éste de la peculiaridad histórica de nuestros pueblos y que -como lo refiere Atilio Borón en su obra “América Latina en la geopolítica del imperialismo”-  surge “como alternativa ante un sistema cuyos daños son irreparables dentro de sus propios parámetros y cuyas contradicciones son insolubles”.

Pese a los buenos augurios respecto a las condiciones que resultan favorables para la instauración de este socialismo del siglo XXI, lo cierto es que el mismo tiene ante sí un enorme desafío histórico, puesto que de él dependerá si la humanidad podrá evitar la catástrofe a que nos conduce de modo inexorable el sistema capitalista, lo que impondría -forzosamente- la necesidad de revisar bajo qué parámetros podría elevarse este nuevo socialismo como alternativa, parámetros que han de diferenciarse radicalmente de aquellos que caracterizan al capitalismo en general. En consecuencia, tal socialismo no tendría que ser una versión amable del capitalismo sino más bien ser su definitivo sepulturero. Sin embargo, todavía pueblos y gobiernos persisten -de una manera tenazmente absurda- en mantener con vida un modelo civilizatorio que, gracias a su actividad extractiva y consumista exagerada, terminará por condenar a la extinción entera la vida en nuestro planeta.

Tal como lo expone Atilio Borón en su libro, “el capitalismo actual conforma un mundo crecientemente violento, militarizado, excluyente, polarizado, inestable, cruel y predatorio: en suma, la barbarie en toda su expresión. No hace falta demasiada imaginación para comprobar en él los rasgos definitorios de un sistema que se encamina, demencial e irresponsablemente, hacia su propia destrucción. La gran pregunta, que sólo la historia resolverá, es si la única alternativa posible, el socialismo, reúne las condiciones objetivas y subjetivas requeridas para, como decía Marx, acabar con la prehistoria de la humanidad y comenzar a escribir la historia de la emancipación humana. Por supuesto, para esta crucial interrogante no hay respuesta posible desde la teoría. La respuesta la dará la praxis histórica de los pueblos en su lucha por la autodeterminación”.  Una cuestión que está sobre el tapete y exige del campo revolucionario, con sentido de urgencia y suficiente conciencia histórica, toda la disposición para hacerlo realidad, sin que ello suponga la adopción perniciosa de nuevos dogmas que terminarían por abortar su posibilidad cierta.-     

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06/09/2014 13:40 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

NO BASTA CON EL DISCURSO PARA HACER EL SOCIALISMO

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Al proponerse la posibilidad inexorable de construir un nuevo tipo de sociedad bajo los ideales del socialismo revolucionario, capaz de trascender y de eliminar la lógica capitalista, se suele confundir que sólo bastaría con el discurso y el logro hegemónico de los diferentes niveles de gobierno, olvidándose (o ignorándose) la mayoría de las veces que a todo cambio social debe corresponder, igualmente, un cambio político de envergadura que, básicamente, se  sustente en la participación y en el protagonismo populares. De otro modo, se correría el riesgo que todo lo hecho en función de promover y de conquistar realmente espacios de participación y de protagonismo de los sectores populares que prefiguren la transformación radical de la sociedad vigente -dominada por la lógica del capital-, se perdería en manos de una dirigencia político-económica de corte corporativo, tal como sucede en Estados Unidos, amparada en la dispersión y en la carencia de un mayor nivel de conciencia revolucionaria del pueblo que gobiernan. En tal sentido, se requiere ser perspicaces y en no caer en lugares comunes que, en vez de dilucidar las cosas, producen una mayor confusión, sobre todo, cuando se apela a lo que debe ser el poder revolucionario, el Estado de carácter socialista y el sistema económico que acompañe a ambos elementos y sirva para reemplazar al capitalismo como tal.

El meollo de esta situación que, a la luz de la historia, se hace perpetua, como parte de un fatalismo difícil de superar y conjurar, decepcionando a muchos, está en la puesta en discusión de lo que esté plasmado en el programa revolucionario que se adopte y lo que se esté ejecutando para hacerlo una realidad palpable y, por supuesto, cotidiana. Eludir tal discusión no contribuirá, en modo alguno, en alejar las inconsistencias, las debilidades, las contradicciones y las amenazas que estén acechando, en cualquier momento, a toda revolución socialista en marcha. Al hacerlo de este último modo, quienes se arroguen la condición de vanguardia se ubicarían en el mismo papel que el de los sectores dominantes tradicionales, por lo cual estarían perdiendo –desde ya-  una gran cuota de legitimidad entre aquellos que dirigen, abriéndole puertas a la reacción.

A la par de semejante debate, es insoslayable que exista una pluraridad de sujetos históricos organizados que converjan en el diseño, control, ejecución y revisión de un programa revolucionario con bases en común. Como lo apuntara Miguel Mazzeo en su libro ¿Qué (no) hacer? Apuntes para una crítica de los regímenes emancipatorios, “las nuevas condiciones exigen formas originales de intervención política que den cuenta de la diversidad y del carácter plural de los nuevos sujetos (de la clase)”. Habría, por consiguiente, que estimular una vinculación dialéctica, concretando de forma simultánea tanto el cambio político revolucionario como el cambio social revolucionario; esto le daría consistencia y plena vigencia al desarrollo y la consolidación de toda revolución que se proclame socialista.

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19/07/2014 16:55 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA REVOLUCIÓN, EL PODER POPULAR Y EL DEBATE NECESARIO

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La posibilidad infinita que el poder popular se reproduzca, se amplíe, se reformule y se transforme a sí mismo en la misma proporción que confronte las nuevas realidades que vayan surgiendo gracias a su práctica revolucionaria diaria, le otorgará a éste la suficiente capacidad para asumir el reto de la transformación estructural de la sociedad. Se requiere, por ende, potenciar todas las experiencias adquiridas por las diferentes instancias del poder popular a través de formas de articulación, de cooperación y de coordinación, aun entre aquellas en que pareciera no existir puntos de coincidencia. De este modo, existirán mejores posibilidades de construir una nueva hegemonía, esta vez de estirpe popular, que sustituya de raíz la prevaleciente hasta ahora, tomando en cuenta la heterogeneidad de los grupos sociales y de los movimientos políticos que le hacen frente, desde sus trincheras particulares, al capitalismo en su fase globalizada actual.

Asimismo, afianzado este paso esencial, podría definirse con una mayor precisión y optimismo el proyecto o programa revolucionario que convocaría a todas organizaciones, definiendo (según su perspectiva propia) todas las contradicciones que pudieran separarlas. Para ello es básico evitar que éstas últimas se impongan por encima de los objetivos en común, sin que signifique eludirlas o postergarlas. De allí que resulte igualmente importante la combinación de formas de lucha por parte de estas mismas organizaciones, orientada cada una de ellas al correspondiente establecimiento de ese nuevo Estado consejista, de esa nueva sociedad y, por supuesto, de esa nueva economía que surgirían del socialismo revolucionario. Esto, precipitando las conclusiones al respecto, impone la necesidad de nuevas formas de organización y de criterios que respondan y se ajusten a las coyunturas históricas que se presenten o se vayan presentando en determinando momento.

No obstante, hay que aclarar que nada de lo anterior podrá lograrse sin que exista un debate (político, teórico y práctico) que contribuya a reorientar (si fuera preciso) el proceso de revolución en curso, de manera que se evite su unidireccionalidad y dogmatismo, lo mismo que su secuestro por una vanguardia “esclarecida” o “predestinada”, que produzca, en consecuencia, el surgimiento de resistencias innecesarias que, a la final, terminen por causar el derrumbe definitivo de dicho proceso ante la indiferencia de sus supuestos beneficiarios, los sectores populares.-

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19/07/2014 16:48 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

El SOCIALISMO Y EL PODER POPULAR

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A medida que el poder popular (entendido éste como el instrumento fundamental e insoslayable para el establecimiento del socialismo revolucionario) extienda su ámbito de acción, de manera que no sufra un inmovilismo perdurable que, a la larga, termine por limitar gran parte de su potencialidad creadora y, junto a ésta, de su potencialidad emancipatoria, en esa misma medida tendría que producirse una confrontación ideológica profunda, tanto respecto al modelo de sociedad capitalista que se aspira eliminar como también respecto a aquel que se idea construir, más allá de la simple toma del poder y de la satisfacción de las necesidades materiales de la población. A esto habrá que agregarle -citando a Aldo A. Casas en su Actualidad de la Revolución y Poder Popular- la debida comprensión de lo que sería una revolución (en nuestro caso, socialista): “la revolución de nuestro tiempo es emancipación de los oprimidos, o deja de serlo. Revolución es, por lo tanto, empeñarse en una transformación total: la creación de una nueva sociedad”. Esto supone, entonces, que se debe actuar en dos campos de lucha aparentemente desligados, pero que son muy importantes por igual: la acción revolucionaria (o praxis) en sí, dirigida a promover y sustentar los diferentes cambios (políticos, sociales, culturales y económicos), que permitan hablar apropiadamente de revolución, y la formación general e individualizada de una conciencia revolucionaria, compatible con dichos cambios.

Como lo ratificaran Marx y Engels en La Ideología Alemana: “Es necesaria una transformación en masa de los hombres, que sólo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución; y que, por consiguiente, la revolución no solo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que está hundida y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases”. Para alcanzar el socialismo, habría que emprender -primeramente- un proceso de deslegitimación del capitalismo, a fin de salvar cualquier escollo que signifique que el mismo se restablezca, dado que mucha gente lo acepta como algo natural e imposible de superar.

Bajo tal enfoque, resultaría fácil (a pesar de las contradicciones que vayan surgiendo en el camino) asimilar la trascendencia de la lucha política y de la práctica revolucionaria que les corresponde ejercer a las diversas estructuras que constituyen el poder popular como rasgo característico de la revolución socialista; sirviendo, al mismo tiempo, de obstáculo a la nada descartable posibilidad de instauración de un régimen con bases socio-económicas similares a las de aquel que se pretende reemplazar y eliminar.-

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19/07/2014 16:34 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

HACE FALTA UNA NUEVA PROPUESTA ORGANIZATIVA Y POLÍTICA REVOLUCIONARIA

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Algo que ha sacado a relucir la situación de violencia generada por la oposición fascista en Venezuela es la confianza ingenua de quienes dirigen el Estado en relación a que la misma oposición se hallaría mermada debido a los sucesivos triunfos electorales del chavismo. Cosa que ha producido, a su vez, cierto inmovilismo o inercia de las bases populares chavistas, a diferencia de años anteriores cuando sus movilizaciones masivas conjuraron las diversas amenazas en contra del Presidente Hugo Chávez.

Esta circunstancia da cuenta de la debilidad e inconsistencia formativa existente entre muchos de los cuadros dirigentes en funciones de gobierno, quienes se han limitado mayormente a administrar las instituciones del Estado del mismo modo que en el pasado, manteniendo intactas sus estructuras, olvidando que en revolución uno de los objetivos primordiales e ineludibles de los revolucionarios es la transformación radical del Estado, especialmente cuando se plantea la conformación y el accionar del poder popular. Si esto no fuera obviado recurrentemente, otra sería la realidad presente en Venezuela, con una correlación de fuerzas totalmente favorable a los sectores revolucionarios populares.

Aun así, existe la posibilidad de crear y/o de rescatar una propuesta organizativa y política que impida -de una u otra forma- la degradación progresiva a que estaría expuesto, eventualmente, el proceso revolucionario bolivariano socialista, de modo que se replanteen algunas cuestiones y acciones ya previamente ensayadas, pero que, al carecer de un adecuado acompañamiento político e ideológico que contribuya a fortalecer y a ampliar el nivel de conciencia revolucionaria de los sectores populares, no se han profundizado de un modo efectivo. De ahí que resulte necesario que los diversos movimientos o colectivos revolucionarios comprendan que sin una constante y efectiva participación y protagonismo del pueblo organizado y consciente será difícil echar adelante una revolución socialista en el país. Tal cosa podría materializarse respetando la autonomía de cada uno de estos movimientos o colectivos revolucionarios, pero todos ellos sincronizados y vinculados a una misma plataforma política revolucionaria en la cual se exprese como base fundamental y permanente la unidad en la diversidad, sin que en la misma hayan resabios de la vieja democracia representativa, con su secuela de burocratismo, de clientelismo político y de corrupción administrativa, frustrándose entonces (como otras veces en el pasado) las expectativas populares.-  

01/04/2014 10:38 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA Y LA DOMINACIÓN CULTURAL CAPITALISTA

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10/02/2014 18:33 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LOS REVOLUCIONARIOS Y EL ERROR DE LA INOCENCIA

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Quienes hacen una revolución de orientación socialista generalmente se hallan ante la disyuntiva de acabar de una vez por todas con el viejo orden establecido u optar por una alternativa gradual que permita ir desconstruyendo dicho orden mediante la puesta en vigencia de algunas reformas de leyes y medidas gubernamentales que contribuyan a ello. De ahí que las diversas experiencias revolucionarias (aun las más radicales) estén expuestas a equivocar el rumbo y terminen por mantener inalteradas las relaciones de poder y, por ende, las estructuras del viejo Estado que se pretendía transformar y erradicar.  Esto último llegó a suceder en el caso fallido de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que, al no cambiar dichas relaciones, se produjo la entronización de una nueva casta dirigente que -excusándose en razones de Estado, en algún momento válidas- impidió y limitó la participación popular, lo que terminaría posteriormente en la restauración del capitalismo, tal como lo advirtieran tempranamente León Trotsky y el Che Guevara al estudiar su realidad política y económica.

En tal caso, lo que se requeriría es disponer de una voluntad política suficiente y de un sentido de la trascendencia histórica (tanto particular como colectiva) para asumir y llevar a cabo una revolución verdaderamente socialista, sobre todo si ésta se impone superar y extirpar las desigualdades derivadas del sistema capitalista. Tal cosa -debemos estar conscientes de ello- no es una tarea demasiado fácil de cumplir, especialmente con hombres y mujeres quienes han sido objeto desde su infancia de un proceso constante de alienación que legitima la lógica del capital, sin que unos y otras estén plenamente conscientes de esto, a pesar de evidenciarse también lo contrario. Pero, ¿será, acaso, imposible de lograr una revolución de signo socialista en medio de la realidad creada a imagen y semejanza del capitalismo? Nos respondemos que no. Lo que debe establecerse es una comprensión permanente de los múltiples obstáculos a vencer en el camino de la construcción colectiva del socialismo revolucionario y no creer jamás en que esto será producto de la visión, del ánimo y de las acciones decididas de un líder carismático que, al decir de muchas personas, sólo aparecería cada cien años. Mientras se piense en las limitaciones y desánimos particulares, el avance revolucionario se hará lento y, en muchas ocasiones, sufrirá un estancamiento definitivo que, a la larga, sabrían aprovecharlo sus enemigos históricos.

A pesar de todo ello, la fórmula pareciera bastante simple: no caer en el error de ser inocentes al creer que sólo basta expresar unas buenas intenciones, al modo de la prédica de un nuevo evangelio que redimirá a la humanidad actualmente explotada y oprimida. Este error de la inocencia, incluso, hace que muchos revolucionarios lleguen a esperar confiados en que sus opositores serán alcanzados, en algún instante de sus existencias, por la revelación de la verdad revolucionaria, olvidando que ellos nunca estarían dispuestos a aceptar un cambio tan radical que afecte sus mezquinos intereses de clase.-

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19/11/2013 13:18 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL PODER QUE HACE HISTORIA

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La expresión puede sonar demasiado simplista, utopista y, hasta, demagógica para muchas personas, pero ella contiene en sí misma una -si ahondamos sin prejuicio alguno en su significado menos evidente- una enorme carga subversiva, de ser aplicada de un modo suficientemente audaz, sistemático y permanente. Es decir, el pueblo consciente de sí mismo como actor o sujeto político de la transformación radical de su propia realidad (tanto colectiva como individual) se convierte, por obra y gracia de su voluntad creadora y re-creadora, en el poder que hace historia (copiando a Enrique Dussel), en abierta oposición a la a-historia representada por la hegemonía largamente ejercida por las minorías que lo explotan, excluyen y oprimen. Y, repitiendo el alegato de Fidel Castro al enjuiciársele por el asalto al cuartel Moncada en 1953, “Cuando hablamos de pueblo no entendemos por tal a los sectores acomodados y conservadores de la nación, a los que viene bien cualquier régimen de opresión, cualquier dictadura, cualquier despotismo, postrándose ante el amo de turno hasta romperse la frente contra el suelo. Entendemos por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa irredenta, a la que todos ofrecen y a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria mejor y más digna y más justa; la que está movida por ansias ancestrales de justicia por haber padecido la injusticia y la burla generación tras generación, la que ansía grandes y sabias transformaciones en todos los órdenes y está dispuesta a dar para lograrlo, cuando crea en algo o en alguien, sobre todo cuando crea suficientemente en sí misma, hasta la última gota de sangre”.

            No podrá negarse que, de hacerse cotidianidad creadora esta invocación subversiva, habría que modificarse sustancialmente todo lo relacionado al presente modelo de sociedad, produciéndose entonces un profundo cambio cualitativo en las maneras de concebir al mundo, de un modo que se beneficie a las amplias mayorías populares. Como resultado de ello, el orden de cosas que hasta ahora conoció la humanidad quedaría seriamente cuestionado y eventualmente abolido, imponiéndose el surgimiento de unos nuevos paradigmas y unas nuevas definiciones, con una inter-subjetividad anti-jerárquica que se exprese en el establecimiento de un poder abajo y no únicamente desde abajo, como suele citarse; creándose en consecuencia una nueva cultura política revolucionaria. Por supuesto, todavía habría que vencer muchas resistencias, en tanto todo esto sea algo posible e inmediato, resistencias que opondrán obviamente quienes usufructúan el poder en representación del pueblo, pero que también podrían provenir de ciertos sectores populares, de no existir entre estos últimos suficiente claridad política e ideológica para entender la coyuntura histórica que se vive, terminando por hacerle el juego a sus enemigos de clase.

            Esto plantea el establecimiento de novedosas estructuras de participación popular que sirvan, incluso, para fiscalizar la gestión del poder delegado, siendo dotadas de una total autonomía y autoridad respecto a éste. Aunque en muchos aspectos les caracterice algunos rasgos de dependencia en relación al estamento político e instituciones del Estado, éstas podrían acceder a mayores estadios de organización y participación democrática de mantenerse las mismas en un nivel de rebelión permanente contra todo aquello que trate de coaccionarlas y subyugarlas, destruyendo así su independencia revolucionaria. Cuando ello resulte así, entonces podríamos hablar de un poder que hace realmente historia: el poder de un pueblo revolucionario, consciente y organizado.-

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19/11/2013 13:14 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

ENTRE LA LÓGICA CAPITALISTA Y LA TRANSICIÓN AL SOCIALISMO

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En Venezuela se están padeciendo las consecuencias y las contradicciones derivadas de un modelo de desarrollo altamente desigual y dependiente que, por muchas décadas consecutivas, creó la ilusión en mucha gente de igualarse con los moradores de las naciones capitalistas más desarrolladas del planeta, sin considerar previamente que mucho de los niveles materiales de vida que estos últimos disfrutan se lo deben a la explotación indiscriminada de los recursos naturales y del trabajo de los pueblos avasallados de Asia, África y nuestra América. Tal ilusión aún se mantiene y ella explicaría, en parte, los frenos experimentados desde hace algún tiempo por el proceso revolucionario bolivariano socialista, incluyendo los estragos de una corrupción político-económica que extiende sus tentáculos, sin existir una ruptura definitiva con la lógica capitalista y, por ende, con los hábitos de alienación que la misma ha moldeado, expresados incluso en esa convicción fatalista de algunas personas que ven en el socialismo revolucionario algo muy lejano y muy difícil de alcanzar a corto y mediano plazo.

Esta situación tiende a reforzarse desde las mismas instancias del poder constituido, separadas éstas en segmentos que -en vez de articular programas y acciones tendentes a profundizar los logros revolucionarios- continúan aferrados a las viejas prácticas burocráticas del Estado liberal-burgués cuando lo que se impone es su total pulverización a manos de las diferentes organizaciones del poder popular, creándose en consecuencia una hegemonía revolucionaria en todos los espacios públicos que termine por definir la transición hacia el socialismo. Hay, por tanto, una obvia contradicción entre lo que se aspira hacer mediante el socialismo revolucionario bolivariano y lo que ocurre, por ejemplo, en diversas áreas de la economía venezolana, a pesar del salto cualitativo producido al potenciarse las condiciones materiales de vida de la población (incluyendo a quienes han sostenido una posición claramente contraria, primero, a Hugo Chávez y, ahora, a Nicolás Maduro). Esto se produce, indudablemente, al dejarse de lado todo lo referente a la elevación necesaria del nivel de conciencia (en lo político y en lo teórico) de las bases populares, siendo considerado muchas veces como algo optativo, intrascendente y circunstancial, sin plantearse su sistematización y su permanencia.

Otro tanto acontece con la organización revolucionaria de los sectores y/o frentes populares, muchos de los cuales solamente se ocupan de luchar por sus más sentidas reivindicaciones, sin optar por alcanzar algo más allá de las mismas que sirva de base para impulsar la construcción de modelos sociales, políticos, culturales y económicos realmente alternativos bajo el socialismo. En lugar de seguirle dando vida a las obsoletas fórmulas de la representatividad de la democracia burguesa (reproduciendo sus relaciones de poder en que unos pocos gobiernan y una mayoría que es gobernada, sin disponer de mayores facultades para decidir sobre los asuntos públicos que les afectan, estando limitadas a la emisión de un voto cada vez que se le convoca a una elección determinada), lo mismo que las relaciones de producción en las cuales los patronos obtienen grandes ganancias a expensas de los trabajadores, lo que debe promoverse y mantenerse es un combate infatigable para que sean relevadas por aquellas que prefiguren la nueva sociedad socialista. Y todo esto tiene que ver -ineludiblemente- con la nueva subjetividad y/o conciencia que ha de caracterizar en lo adelante a aquellos que anhelan convertirse en revolucionarios, de modo que comiencen a erradicarse los individualismos, las competencias, los sectarismos y los chovinismos que sustentan la ideología burguesa dominante.-

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LA PRAXIS REVOLUCIONARIA DE LA DEMOCRACIA DIRECTA

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En la praxis revolucionaria de la democracia directa resaltan, en lo inmediato, tres elementos fundamentales, a saber: 1.- la soberanía de las asambleas de ciudadanas y ciudadanos, 2.- la horizontalidad en las relaciones y estructuras organizativas y/o de poder, y 3.- la transformación radical del Estado vigente. En síntesis, se trata de acceder a un mayor nivel de participación y de protagonismo de las amplias mayorías populares, generalmente excluidas, de manera que todo ello se concrete en la construcción colectiva de una sociedad de nuevo tipo (mejor entendida como comunidad) que, por lo pronto, llamaríamos socialista al contraponerse al orden social, cultural, político, militar y económico que ha moldeado desde hace cientos de años a nivel mundial el sistema capitalista.

Tales elementos, por consiguiente, habrían de influir decisivamente en la configuración de unas nuevas relaciones sociales, económicas y de poder que tengan por centro primordial a las personas, de manera que ellas mismas hagan posible su propia emancipación, en un ejercicio dialéctico permanente de su plena soberanía. Es por eso que la democracia directa trasciende el marco de la representatividad tradicionalmente aceptada y convierte en voceras y en voceros a quienes son elegidos para asumir responsabilidades ejecutivas o de dirección, quedando sujetadas y sujetados a la voluntad expresada y aprobada por las asambleas. Esto implica, por supuesto, un cambio de paradigmas -tanto en lo individual como en lo colectivo- que requiere de una nueva mentalidad y de unas nuevas prácticas revolucionarias; ajenas al adoctrinamiento y a la lógica capitalistas que realzan el individualismo, la competencia y el consumismo irracional. En vez de esto último, los grupos y los individuos que propugnan la democracia directa buscan poner punto final a las consecuencias nefastas y universales del modelo de sociedad vigente, esto es, a la pobreza, la opresión, el patriarcado, la alienación, la violencia institucionalizada, la explotación del proletariado, el deterioro acelerado de la naturaleza y la injerencia imperialista y neocolonialista de las grandes potencias capitalistas industrializadas en los asuntos internos del resto del planeta; por lo que la democracia directa adquiere también una condición abiertamente antiimperialista.

En consecuencia, la democracia directa tiene planteada ante sí la transformación objetiva y subjetiva de la realidad imperante a través de la construcción de un amplio movimiento popular de concertación revolucionaria, sin que ello represente una uniformización forzada de las tácticas y de las estrategias a utilizar, cuya finalidad última ha de ser la toma del poder y la instauración de una hegemonía de carácter popular y socialista en oposición a la hegemonía de elites. Este es un requisito inexcusable, lo cual -de antemano- constituirá un gran desafío a las maneras como se conciben el mundo y la sociedad, todas ellas originadas desde una cosmovisión (o universo) eurocéntrico que excluye todo aquello que le es ajeno. Cabe decir entonces que la democracia directa (a riesgo de los comunes señalamientos en su contra) es una utopía posible y necesaria. La misma realidad de los sucesos mundiales actuales -con invasiones imperialistas y neocolonialistas encabezadas por Estados Unidos, cuyo propósito nada negado es controlar los territorios ricos en petróleo, gas, biodiversidad y agua dulce; la crisis económica generalizada; la destrucción de un medio ambiente altamente contaminado y sobreexplotado; y la existencia e influencia de instituciones públicas y privadas que mantienen y defienden sus intereses corporativos por encima de los intereses de las mayorías sociales- le hacen ser un mecanismo idóneo para cambiar las cosas que nos afectan a todos, sin menoscabo de otras fórmulas y vías que ayuden efectivamente a superarlas, en función del bien común y de la emancipación integral de las personas.-    

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04/11/2013 16:04 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

UNA NUEVA CONCIENCIA: ELEMENTO PRIMORDIAL PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO

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En su discurso durante el Seminario de Solidaridad Afroasiática realizado en Argel el 24 de febrero de 1965 exponía el Comandante Ernesto Che Guevara que “no puede existir socialismo si en las conciencias no se opera un cambio que provoque una nueva actitud fraternal frente a la humanidad, tanto de índole individual, en la sociedad en que se construye o está construido el socialismo como de índole mundial en relación a todos los pueblos que sufren la explotación imperialista”. En consecuencia, los cambios que deben producirse en una sociedad regimentada por el sistema capitalista para acceder a otra de signo socialista no podrían restringirse exclusivamente al ámbito político o económico si ello no va acompañado -simultáneamente- con la promoción de unos nuevos valores culturales, éticos y morales que caractericen en lo adelante esa nueva conciencia, adoptando esa “nueva actitud fraternal frente a la humanidad” que ya nos planteara el Che.

Sin embargo, aún faltará algo más qué abordar en este aspecto tan importante. Es preciso que se entienda que tales cambios deben tener una repercusión determinante en la vida cotidiana (incluyendo la familia), en las convicciones de cada quien (en especial, de los revolucionarios), en la concepción tradicionalmente aceptada de lo que es el trabajo (básicamente, en lo que respecta a las relaciones de producción existentes) y el orden cultural en general. Es decir, se impone crear una concepción desalienada de lo que es y debiera ser el sistema-mundo actualmente imperante, lo cual implica libra una batalla más ardua y a largo plazo que no se puede posponer bajo ninguna circunstancia, creyéndose en muchas ocasiones que ella es innecesaria. No hay que obviar que la sociedad de consumo vigente ha sido moldeada por quienes mejor se aprovechan de su existencia: los dueños del capital. Por consiguiente, el germen de la alienación capitalista siempre estará latente, en condiciones de resurgir y de hacer tropezar y sucumbir cualquier proceso revolucionario decidido a construir el socialismo.

Sin duda, esta es una situación exigente, no solamente para los revolucionarios como tales sino para todos los sectores populares que luchan por alcanzar su emancipación integral. De ahí que deba interpretarse la revolución socialista de un modo completo y radical, de lo contrario, todo lo hecho pudiera convertirse en simples reformas que, a la larga, restaurarían el viejo orden que se aspira erradicar, tal como ocurriera con la extinta Unión Soviética. Debe establecerse, por tanto, una interacción de la política con la ética, la economía y la educación (entendiéndola como punta de lanza de la concienciación del nuevo modelo de sociedad), de forma que cada cambio revolucionario tenga una base firme, sustentado -sobre todo- por la participación y el  protagonismo firmes y decisivos de los sectores populares revolucionarios. En este sentido, es fundamental que estos sectores populares revolucionarios se movilicen, se organicen, se radicalicen y se formen teóricamente, haciéndose entonces irreversible la construcción colectiva del socialismo.-  

  

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25/10/2013 20:01 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

CHÁVEZ Y EL SENTIDO TEÓRICO-PRÁCTICO DEL SOCIALISMO

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Con Hugo Chávez Frías -al margen de las consideraciones encontradas de algunos teóricos de la izquierda tradicional (venezolana, nuestramericana y mundial)- hubo una síntesis cualitativa en la lucha por la liberación nacional y el socialismo que reavivó, de una u otra forma, esas esperanzas de nuestros pueblos por acceder a un tipo de sociedad mejor que fueran largamente aletargadas y reprimidas por las clases dominantes en función de sus mezquinos intereses. Gracias a ello, los amplios sectores populares de Venezuela pudieron superar esa resistencia contumaz que, durante décadas, le fuera inducida sistemáticamente por quienes usufructuaran el poder, siguiendo los esquemas propagandísticos del imperialismo gringo, haciéndoles ver lo maligno que resultaría para sus vidas una revolución en el país, máxime si ésta adoptaba el ideario socialista o comunista. Esta situación casi permanente no fue abordada suficientemente por muchas de las organizaciones políticas de izquierda (tanto aquellas que le seguían el juego “democrático” a las clases gobernantes a través de su participación en cada elección celebrada, como de aquellas otras que aupaba la vía armada para la toma definitiva del poder); cuestión que les impidió notar los cambios que se operaban en el seno de la sociedad venezolana y determinar el modo adecuado para romper con la hegemonía de los partidos políticos conservadores que se turnaban en el gobierno.

Todo ello cambió drásticamente con la insurgencia del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200) que comandara Chávez el 4 de febrero de 1992, dando al traste con la imagen interesadamente creada por las clases dominantes que presentaba a Venezuela como beneficiaria de uno de los sistemas democráticos más estables en la parte sur del continente americano (junto con Colombia), a pesar de las agudas contradicciones padecidas por la sociedad venezolana. Es así que, tras el declive e implosión del bloque soviético, la opción representada por Chávez no sólo motivó a los sectores populares venezolanos a creer en que sus anhelos de redención social finalmente se convertirían en una realidad, sino que la misma obligó a muchos revolucionarios a redefinir y a replantearse lo que sería entonces la construcción colectiva del socialismo revolucionario, pero con la adición del pensamiento político del Libertador Simón Bolívar, el Maestro Simón Bolívar y el General del Pueblo Soberano Ezequiel Zamora, sin desconocer lo propio de otros ideólogos y luchadores revolucionarios del mundo que contribuyeron a su ampliación, difusión y enriquecimiento.

De esta manera, Chávez vino a darle al socialismo revolucionario un sentido teórico-práctico que trascendió las fronteras nacionales, convirtiéndose entonces en un importante referente para los cambios producidos en otras naciones de nuestra América; de lo cual pareciera no darse cuenta lamentablemente un gran porcentaje de la dirigencia chavista, tanto durante como después del mandato presidencial del Comandante. Que ello haya tenido sus inconsistencias y deficiencias de orden ideológico no lo desmerita, dado que el mismo Chávez fue un impulsor reiterativo de la crítica y de la autocrítica que debía ejercerse en todo momento a fin de evitar el estancamiento y desgaste progresivo que pudiera vulnerar eventualmente al proceso revolucionario socialista bolivariano, cosa que -inversamente a lo que alguna gente piensa- se convertiría en el punto de partida para profundizar en su estudio y aplicación.-     

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18/08/2013 17:57 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL PODER POPULAR Y LA RUPTURA CREADORA NECESARIA

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             Si consideramos en detalle los elementos constitutivos del socialismo revolucionario, convendríamos en que el mismo supone la erradicación total del viejo sistema político, económico y social que rige nuestras vidas, con toda la carga ideológica que ello implica. Así, a diferencia del orden establecido, los revolucionarios tendrían que imponerse el logro de, por lo menos, tres grandes propósitos de carácter colectivo, como lo son: el bien común, una producción realmente socialista y el poder popular. En consecuencia, se requiere oponer a la concepción y la práctica de la democracia representativa tradicional una democracia participativa y directa que garantice a plenitud el control, los intereses y el poder decisorio de las amplias mayorías, en el entendido que la soberanía reside verdaderamente en el pueblo. En un segundo lugar, los mecanismos de explotación capitalistas tienen que dar paso a unas nuevas relaciones de producción que privilegien la condición humana de los trabajadores y la interacción armónica con la naturaleza, sin más interés que el bien común y no el de una clase social privilegiada. Y, por supuesto, en un plano mayor, tendría que existir un poder popular capaz de asumir los dos propósitos expuestos, de una manera autónoma, desarrollándose a su propio ritmo y cumpliendo funciones específicas de autogobierno. Sin embargo, es obligatorio advertir que tales propósitos revolucionarios no se obtendrán de la noche a la mañana, por decreto o de modo automático, gracias a la voluntad de una vanguardia revolucionaria esclarecida, sino por el impulso decidido y la conciencia revolucionaria de quienes constituyen los sectores populares. De otra forma, todo el empeño puesto en hacer posible la revolución socialista derivaría -inexorablemente- en simple reformismo socialdemócrata, quedando todo en un estado similar al que se pretende cambiar, sólo que ahora con otras denominaciones.

            Todo esto implica entonces el surgimiento de nuevas formas y escenarios de participación directa que, a su vez, permitan activar un proceso constituyente permanente que transformen radicalmente la sociedad, el sistema económico capitalista y el Estado burgués-liberal vigentes; teniendo presente que -como bien lo indicara Rosa Luxemburgo- “solo la experiencia está en condiciones de corregir y abrir nuevos caminos”. Haría falta propiciar espacios de encuentro y de articulación de acciones, experiencias y propuestas de individualidades y de movimientos populares revolucionarios, dispuestos a deponer actitudes sectarias y a construir una plataforma revolucionaria unitaria. De esta manera podría encauzarse consciente y organizadamente la construcción del socialismo revolucionario y, por ende, del poder popular que ha de caracterizarlo siempre.

            En coincidencia con lo que afirmara Miguel Mazzeo en su libro El sueño de una cosa, “en lo esencial, hay que apostar por la ruptura: las formas de mando deben ser legítimas (del tipo mandar-obedeciendo), subordinadas a una comunidad consensual y crítica y, además, transitorias. El mando debe concebirse fundamentalmente como dirección descentrada (múltiples mandos que pueden articularse en determinadas circunstancias), como un oficio no externo respecto del sujeto colectivo de la transformación y como una función no diferenciada y especializada destinada a ser ejercida por aquellos que detentan un supuesto saber revolucionario”. Es decir, las estructuras de poder (poder en su acepción más amplia), altamente burocratizadas, representativas y autoritarias, tendrían que desmontarse en función de un mayor protagonismo y control colectivos, despersonalizándolas y desjerarquizándolas, subordinadas (como debe ser) a la soberanía popular.-  

 

 

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29/07/2013 14:22 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

¿CÓMO LOGRAR UN GENUINO PODER POPULAR?

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De entrada hay que advertir (cuestión que ha de saber todo revolucionario que se aprecie como tal) que el verticalismo y la representatividad que caracterizan al Estado vigente, en sus distintos niveles, resultan inadecuados y opuestos a la existencia y accionar del poder popular, salvo que se entienda que éste deba ser un apéndice inerte, sin poder decisorio alguno, que se asiente en la vieja práctica del clientelismo político. Si es esto último lo que algunos denominan interesadamente poder popular, entonces el mismo ni es poder ni es popular, ya que sólo sirve para distorsionar el ejercicio de la democracia en su concepto más profundo y pleno; contribuyendo a consolidar la hegemonía de la clase dominante por medio de la satisfacción parcial de necesidades, bienes y servicios a cambio de votos, sin alterar en esencia el orden establecido.

Para que exista, por consiguiente, un poder popular genuino, éste ha de desarrollar primeramente unas nuevas formas organizativas y expresivas que correspondan a la idiosincrasia, las experiencias de lucha, la cultura y los intereses generales (sin obviar los particulares) de los sectores populares, de un modo pluralista y en contra de todo aquello que originó su insurgencia. Sin esta comprensión del porqué del poder popular no habrá avances significativos en lo que sería entonces la edificación de un nuevo modelo de sociedad basado en la toma de decisiones, la participación y el protagonismo directos del pueblo conscientemente organizado.

Desde luego, no es algo ilusorio plantearse –de manera audaz, desde abajo y al margen de las relaciones de poder tradicionalmente aceptadas hasta ahora por la humanidad en general- el forjamiento de una fuerza social y política genuinamente emancipadora, capaz de producir una ruptura creadora que contribuya a crear las bases objetivas y subjetivas de una sociedad de nuevo tipo, una nueva economía y un nuevo Estado, en los cuales se manifiesten en todo momento la horizontalidad y el interés colectivo, con sus dosis de inclusión y equidad social. Ciertamente, su forjamiento luce complicado y enfrenta diversidad de obstáculos aparentemente insalvables que, en algunos casos, desaniman a muchos que no poseen una conciencia revolucionaria fortalecida, habituados a responder de manera casi automática a los dogmas del poder tradicional en los mismos términos y prácticas que le dan vida. Para ello es preciso desprenderse de los patrones de comportamiento que nos inducen a aceptar como válidos, naturales e inevitables la hegemonía y privilegios que detentan las clases dominantes, tanto internas como externas, en un proceso de cuestionamiento continuo y profundo que facilite desentrañar cuáles son las razones objetivas que causan los males de la sociedad presente, como la pobreza, el desempleo, la explotación capitalista de los trabajadores, la contaminación ambiental, la dependencia económica y científico-tecnológica, las injusticias sociales y un largo etcétera que es necesario resolver por nuestro bien y de las generaciones futuras.

Cabe afirmar entonces que el poder popular tiene que hallar sus propios cauces de organización, de expresión y de legitimación. No puede vincularse a una directriz clientelar de una clase o casta gobernante, ni de un partido político determinado, que ven en él su tabla de salvación, haciéndole algunas concesiones simbólicas que no amenacen el poder que tienen en sus manos. Como alguna vez lo escribiera Roland Denis; “el papel de un gobierno es de posibilitar el protagonismo de las masas sin imponerle una dirección”. Esto supone, en consecuencia, que la espontaneidad del poder popular lo es respecto al Estado y las diferentes instancias que lo justifican, no así en relación con un proyecto de emancipación integral que debería estructurarse conscientemente, de manera que el mismo se concrete en un plazo razonable, sin que ello signifique convertirlo en una utopía permanente, difícilmente realizable.-

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27/07/2013 17:20 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA PUNTA DE LANZA DE LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

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Desde un primer momento, el poder popular -como punta de lanza de la construcción del socialismo revolucionario- tendría que consagrar sus esfuerzos en hacer posible un gobierno y unas instituciones públicas alternativas, lograr unas nuevas relaciones de producción a través de la autogestión económica, impulsar un desarrollo endógeno sustentable y una educación popular emancipadora, con valores realmente socialistas, entre otros cambios harto necesarios, que permitan superar la hegemonía y los antivalores del capitalismo. En efecto, de lo que se trata es de trascender el viejo modelo de sociedad y las relaciones de poder engendradas bajo la lógica capitalista, ya que es totalmente ilusorio creer que sólo bastan la buena voluntad y unas cuantas reformas legislativas puntuales para acabar con los múltiples problemas, las necesidades, las injusticias e, incluso, las guerras que ha generado el capitalismo a nivel mundial. Sin embargo, cuando se ha intentado, esto último no ha resultado suficiente como tampoco lo es copar todas las estructuras del poder constituido, si ello no está acompañado por una transformación a fondo del orden social y económico que pueda -y deba- repercutir en un cambio de conciencia de la ciudadanía, con paradigmas que coadyuven a la edificación de una sociedad de otro tipo que resalten la solidaridad, el amor, la justicia social, la igualdad, el respeto a la madre naturaleza, el interés colectivo, la soberanía y el protagonismo democrático del pueblo.

No podría ser de otra forma. Como lo demuestra la historia, el fracaso de muchas experiencias revolucionarias del pasado se debió, a grandes rasgos, al hecho de haber obviado sus dirigentes la necesidad irrenunciable de establecer el poder popular como una prioridad elemental del nuevo Estado por construirse, otorgándosele -en consecuencia- la suficiente o la total autonomía para promocionar y consolidar sus propios espacios de participación y protagonismo, ejerciendo la democracia directa.

En tal sentido, como bien lo expone Miguel Mazzeo en su libro El sueño de una cosa (Introducción al Poder Popular), “para evitar que un proceso de autoinstitución popular sea confiscado y profanado por una elite política, como para permitir que un gobierno popular se deslice por la senda de la radicalización y no impida el despliegue de la sociedad nueva que late en la vieja, se deben borrar las diferencias entre las funciones políticas y las administrativas. Esto significa que el poder popular, en su semántica más fuerte, implica el ejercicio de funciones políticas”. Todo lo cual constituye, hoy por hoy, más que un programa de acción política revolucionaria una alternativa de extrema necesidad colectiva frente a las crisis y los embates del capitalismo en su actual fase neoliberal, la cual ha producido mayores índices de pobreza, de desempleo y de deterioro creciente del medio ambiente a escala planetaria.

Lo que se impone entonces es que el poder popular -frente al poder constituido- se plantee a sí mismo impulsar un proceso constituyente permanente, generando en su seno iniciativas y nuevas formas organizativas revolucionarias que desarrollen un espíritu anticapitalista, evitando de este modo reproducir la representatividad y el burocratismo que son inherentes del viejo Estado burgués-liberal que se busca erradicar. Al alcanzarse este propósito revolucionario, se podría iniciar la transición definitiva hacia el socialismo y se modificaría sustancialmente la realidad actual del mundo.-       

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05/06/2013 14:39 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL PODER POPULAR: CONSTITUYENTE, SUBVERSIVO, EMANCIPADOR E INDEPENDIENTE

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El poder popular debe ser, de modo inmutable, un poder constituyente, subversivo, emancipador e independiente de toda tutela gubernamental. Sin esta peculiaridad primordial, el poder popular resultaría en algo que, contrariamente, en vez de impulsar la transformación radical de la sociedad y de las históricas relaciones de poder instauradas por el sistema capitalista y la democracia representativa, contribuiría a un reforzamiento de estas, ahora con un discurso y una práctica aparentemente revolucionarias que son aceptados por los sectores populares. En tal sentido, el poder popular tendría que orientarse a la conquista legal y extralegal de aquellos espacios que -desde siempre- ha ocupado la clase dominante a través de las instituciones del Estado, alcanzando su legitimación mediante el moldeamiento metódico de la conciencia subordinada de quienes dirigen. De ahí que, al proyectarse la transformación y posterior abolición del sistema de cosas imperante, el poder popular tiene que asumir -indefectiblemente- la construcción de unas nuevas relaciones sociales, políticas y económicas que terminen por desplazar a las que hoy por hoy marcan el destino de nuestros pueblos, impidiéndoles alcanzar un desarrollo integral, en correspondencia con sus aspiraciones seculares y los ideales de la democracia participativa y protagónica.

Como bien lo expone en su ensayo “Poder popular, Estado y Revolución”, Guillermo M. Caviasca, “el poder popular es tal si se expresa a través de construcciones propias de las clases oprimidas que trasciendan la existencia de una organización revolucionaria (aunque esta haya ayudado a generarlo). Es decir, la organización popular no solo como retaguardia de la organización política sino como sujeto y estructura contrahegemónica más allá de la organización. Lo mismo puede decirse para el caso de un nuevo Estado: las organizaciones populares deberían tener una existencia propia y legitimante del nuevo orden de cosas, constituir las defensas profundas de la nueva sociedad más allá del Estado propiamente dicho”. Ello supone subordinar las viejas estructuras del Estado al poder popular, de forma que este último vaya prefigurando el nuevo Estado que ha de surgir como característica fundamental del socialismo revolucionario en construcción, sin que se le limite a un ámbito estrictamente institucional.

Por lo tanto, se hace requisito necesario el cuestionamiento subversivo de todo el orden establecido, con unos niveles de organización, de concienciación y de movilización de los sectores populares que permitan que tal cuestionamiento pueda encarnar propuestas y experiencias válidas y exitosas en la construcción de ese poder popular que dará forma y sustento al socialismo revolucionario. Ello representa, además, iniciar y afirmar un proceso permanente de auto-recreación que no puede, ni debe, condicionarse mediante leyes o razones de Estado que inutilizan sus potencialidades emancipatorias y el rol protagónico que le corresponde asumir en la construcción definitiva de la sociedad socialista.- 

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05/06/2013 14:01 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LOS TRABAJADORES REVOLUCIONARIOS Y LA NUEVA SOCIEDAD SOCIALISTA

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          En una sociedad de nuevo tipo que busque sustituir a la sociedad capitalista imperante según los esquemas básicos del socialismo, no bastará con que la propiedad capitalista sea expropiada por el Estado para que se hable propiamente de una sociedad y una economía realmente de transición al socialismo. Ello debe acompañarse de otra condición que trascienda lo meramente económico y/o reivindicativo: la construcción de un Estado primordialmente popular y participativo, en el cual se haga efectiva la soberanía del pueblo y, por supuesto, de todos los trabajadores. De esta forma podrá perfilarse la edificación y permanencia de una sociedad postcapitalista, con los trabajadores controlando directamente los medios de producción que ahora se hallan en manos de una minoría; al mismo tiempo que se procede a la eliminación de todo rasgo de explotación, imposición o desigualdad que han sido generados por el sistema capitalista. Pero esto no debe confundirse -como ya ocurriera en la extinta Unión Soviética y las naciones bajo su influencia- con la existencia de una propiedad estatizada, dirigida y “apropiada” por una burocracia gubernamental que, a la final, produjo entre los trabajadores que éstos no se sintieran identificados de ningún modo con la llamada dictadura del proletariado y permitieran se restaurara el capitalismo en sus respectivos países, contribuyendo así a reforzar la imagen negativa que previamente habían elaborado del socialismo sus enemigos históricos.

            Igualmente, como lo define Rodolfo Sanz, “si los medios de producción son una función del Estado, es decisivo quién, qué clase o capa social detenta realmente el poder y maneja el plusproducto (o plusvalía estatizada). El problema radica en que si el poder no está en manos de la clase obrera, si es la burocracia la que se encarama en él, será esta burocracia la que tenga al Estado -y, por ende, a los medios de producción- como su `propiedad’ y maneje el trabajo excedente”. Por lo tanto, es preciso que las medidas iniciales de expropiación de estos medios de producción incluyan no sólo la definición jurídica de propiedad de los mismos, sino también su posesión efectiva por parte de los trabajadores como productores de plusvalía; haciéndose realidad entonces la socialización de la producción, además de la superación de la tradicionalmente aceptada división social del trabajo. De ahí que se necesite que la propiedad y la posesión efectiva de los medios de producción, el poder político y la capacidad de planificación estén en manos de los trabajadores, de manera que la transición al socialismo revolucionario sea consecuencia del ejercicio constante y amplio de una democracia más directa, participativa y protagónica, en beneficio de la totalidad de la nueva sociedad que se erige.

            Por otra parte, debe tomarse en cuenta que esta nueva sociedad socialista requiere, asimismo, de una nueva conciencia individual y colectiva que encaje lo más perfectamente posible en su práctica cotidiana. Al respecto, lo dicho por el Che Guevara en su oportunidad tiene una vigencia ajustable en la construcción de tal sociedad: "El estímulo moral, la creación de una nueva conciencia socialista, es el punto en que debemos apoyarnos y hacia donde debemos ir, y hacer énfasis en él. El estímulo material es el rezago del pasado, es aquello con lo que hay que contar, pero a lo que hay que ir quitándole preponderancia en la conciencia de la gente a medida que avance el proceso. Uno está en decidido proceso de ascenso; el otro debe estar en decidido proceso de extinción. El estímulo material no participará en la nueva sociedad que se crea, se extinguirá en el camino y hay que preparar las condiciones para que el tipo de movilización que hoy es efectiva, vaya perdiendo cada vez más su importancia y la vaya ocupando el estímulo moral, el sentido del deber, la nueva conciencia revolucionaria." Para lograrlo, es ineludible la formación teórica de los trabajadores, de modo que haya una plena correspondencia entre el discurso y la práctica, en constante revisión y avance, en función de garantizar la irreversibilidad de la revolución socialista en curso.-

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24/01/2013 09:57 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA REVOLUCIÓN Y LA EXIGENCIA DE UNA CONCIENCIA REVOLUCIONARIA

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Habitualmente, las revoluciones han tenido como rasgos distintivos el descontento y la violencia de los sectores populares excluidos en contra de los sectores dominantes, lo cual ha hecho que -en muchos de estos casos- los representantes de estos últimos fueran pasados por las armas, como ocurriera durante la Revolución Francesa y la Revolución Bolchevique, marcando así una ruptura radical con el orden establecido; o, sencillamente, terminaran disfrutando de un exilio dorado en Estados Unidos o en algún país europeo. Esto, sin embargo, ha cambiado sobremanera en las dos últimas décadas, especialmente en nuestra América, produciéndose situaciones en las que la hegemonía de las elites ha sido cuestionada, combatida y revertida, haciendo uso de los mismos mecanismos que las legitimaron, como las elecciones y la conquista de los diferentes espacios del poder constituido. De esta forma, en naciones como Bolivia, Ecuador y Venezuela (por citar las más emblemáticas) los sectores populares adelantan cambios de características indudablemente revolucionarias que, más tarde o más temprano, configurarán una revolución de signo socialista que se manifestará en una nueva estructura orgánica de poder, matizada por la toma de decisiones y la participación efectiva de las bases populares, lo que implicaría entonces el establecimiento de unas nuevas relaciones de poder.

Esto ha obligado a los movimientos revolucionarios a rediseñar sus visiones y estrategias, tratando de ajustarse al momento histórico, ya que las previsiones hechas respecto al sujeto histórico que conduciría la revolución socialista no se han concretado totalmente, haciéndose difícil aceptar que algunos aportes teóricos del pasado tengan alguna pertinencia en la actualidad. No obstante, ha habido avances, buscando orientar las nuevas realidades suscitadas bajo lo que se ha terminado por designar el socialismo del siglo XX, estableciendo una diferenciación con lo hecho en la extinta URSS y otras naciones de regímenes similares. Ello ha permitido incorporar elementos que anteriormente no se tomaron en cuenta o fueron minimizados, entre ellos la emancipación femenina, la agro-ecología, la lucha por la tenencia de la tierra, la autonomía de los pueblos indígenas, la preservación de la identidad nacional y la seguridad agroalimenticia, entre otros, que le han imprimido a la propuesta socialista peculiaridades más cercanas a la idiosincrasia de nuestros pueblos.

Tal cosa exige, al mismo tiempo, una conciencia revolucionaria, transformando los patrones de conducta que nos han hecho asumir como cosa natural la existencia del capitalismo y, con él, de las estructuras sobre las cuales han basado su dominio las cúpulas, tanto a nivel nacional como a nivel internacional. Asimismo, ello exige agotar todas las vías posibles que faciliten el protagonismo y la participación de los sectores populares en la toma de decisiones trascendentales. Para lograrlo, es imprescindible la formación teórica revolucionaria permanente de los sectores populares. Sin esto último, la transición hacia el socialismo revolucionario seguirá retrasándose, dándosele cabida -en consecuencia- al oportunismo y al reformismo, sin afectar las estructuras del orden vigente.-    

25/11/2012 07:47 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

SIN CAMBIO ESTRUCTURAL, LA REVOLUCIÓN NAUFRAGA

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Entretanto la acción revolucionaria esté circunscrita a lo meramente electoral -siguiendo las reglas impuestas por los sectores dominantes- y no esté orientada al cuestionamiento, la supresión y el reemplazo de las diversas estructuras que legitiman y naturalizan el orden social establecido, los ideales de la revolución socialista naufragarán y se diluirán en medidas y leyes de corte reformista que, a largo plazo, no tendrán un efecto duradero que realmente contribuya en hacer posible la emancipación popular. La cabal comprensión de esta situación implicaría asumir un compromiso revolucionario a tiempo completo, por encima de dudas y temores, incluso, que trascienda el marco de referencia personal o existencial de cada revolucionario, en un proceso continuo de desalienación que le dé una fundamentación segura -tanto en lo práctico como en lo teórico- a la revolución que se pretende construir según el ideario socialista. Aun así, cabe admitir que habrá mucho trecho aún por recorrer, entendiendo que las revoluciones -a pesar de ser lideradas por personajes considerados providenciales- son sostenidas, básicamente, por los sectores populares. Bajo este entendimiento, será elemento primordial e imprescindible la formación teórica revolucionaria, a nivel individual y colectivo; cuestión ésta que pudiera incrementarse si la gestión gubernamental en nombre del socialismo revolucionario se hace efectivamente transparente, participativa, oportuna y satisfactoria, de modo que exista un contraste positivo respecto a lo que hace cualquier gobierno representativo, esté o no inspirado por un deseo sincero de cumplir con las aspiraciones del pueblo.

Es fundamental, por tanto, que los revolucionarios lleguen a comprender que, sin un cambio estructural del Estado imperante, la participación y el protagonismo populares sólo cumplirán un papel simbólico, dejando en manos de burócratas la toma de decisiones, la planificación, el control y la ejecución de los diversos programas que involucran al pueblo, conservándose intacta la representatividad. Esto amerita promover iniciativas organizativas en las cuales los trabajadores y sectores populares desarrollen formas de autogobierno y de transformación de las relaciones de producción capitalista, de manera que las mismas tengan una incidencia significativa sobre las tradicionales relaciones de poder establecidas y se alcance finalmente la transición hacia el socialismo revolucionario. En este caso, no es admisible la reproducción del viejo modelo de Estado burocrático y representativo existente sino la constitución de un nuevo modelo en el cual sea elemento cardinal en todo momento la democracia participativa y protagónica.

Este objetivo revolucionario no debería distraerse jamás en aras de intereses particulares y/o partidistas, ya que el mismo tiene que catapultarse a través de la diversidad de organizaciones de base popular que, atendiendo a la búsqueda de beneficios comunes, pero sin olvidar el conjunto de la sociedad, le darán sustentabilidad al socialismo. Por ello es necesario que los revolucionarios estén en capacidad de enfrentar los síntomas de la corrupción del poder, tanto del ya constituido como del que emerja bajo la sociedad de nuevo tipo que se erija, ejerciendo la crítica y la autocrítica como antídotos poderosos para evitar que esto ocurra, a pesar de la resistencia que opondrán -sin duda- quienes lo ejercen, utilizando todos los recursos a su disposición.-  

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07/11/2012 07:28 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

PRAXIS Y TEORÍA REVOLUCIONARIA, ¿PARA QUÉ?

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Desde el momento que Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, diera a conocer su célebre frase “No hay teoría revolucionaria sin práctica revolucionaria y viceversa”, es mucho lo que se ha dicho y hecho al respecto. En algunas situaciones, la teoría revolucionaria ha prefigurado la práctica revolucionaria mientras que en otras ésta ha antecedido a la teoría, llegándose a cumplir lo que afirmara Salvador Allende respecto a que “la revolución no pasa por la universidad, y esto hay que entenderlo, la revolución pasa por las grandes masas, la revolución la hacen los pueblos, la revolución la hacen, esencialmente, los trabajadores”. No obstante, en ambos casos es innegable la importancia de cada uno de estos elementos, sin los cuales sería difícil definir cualquier proceso revolucionario en el mundo. A pesar de ello, existen los pragmáticos que niegan el valor de la teoría revolucionaria, esgrimiendo como argumento que ella no es necesaria si todo se cumple o se hace con eficiencia. En el lado opuesto, existen los teóricos que no dan su brazo a torcer, desconociendo muchas veces las condiciones específicas que presenta la lucha revolucionaria en determinada coyuntura histórica, lo cual ha traído como consecuencia que se pierdan oportunidades para garantizar y acelerar el avance revolucionario de los sectores populares. Todavía hoy se discute para qué sirven la praxis y la teoría revolucionarias, haciéndose inexcusable la formación de una conciencia revolucionaria que facilite no sólo su comprensión sino las condiciones favorables para que ambas se desarrollen a plenitud.

Por ello mismo, la praxis y la teoría revolucionarias deben marchar a la par, por lo que una no puede excluirse sin perjuicio de la otra. De ahí que sea necesario entre los revolucionarios impulsar la revisión, la rectificación y el reimpulso de ambas, a medida que los objetivos revolucionarios se vayan alcanzando, permitiendo que el pueblo asuma su participación y protagonismo en la orientación y profundización de la revolución socialista. Además de ello, es preciso que los revolucionarios comprendan que tales objetivos pueden obtenerse desde diversas trincheras de lucha, incluso a través de diferentes partidos políticos que, sin anular sus diferencias doctrinales, podrían complementarse, conservando cada quien su autonomía, pero todos concentrados en conquistar definitivamente el camino del socialismo revolucionario. Para ello es imprescindible también despojarse de cualquier actitud sectaria o personalista que entorpezca la construcción de una efectiva unidad revolucionaria, probada en la práctica y en el debate constante que debe existir entre las diversas fuerzas revolucionarias, buscando crear las condiciones subjetivas y objetivas que hagan posible tal unidad. No se trata, por lo tanto, de imponer criterios en base al poder detentado y al hecho de contar con un mayor número de militantes, silenciando cualquier opción contraria, a pesar de ser la más idónea y la mejor sustentada.

Demás está resaltar que la praxis y la teoría revolucionarias contribuyen a evitar el enquistamiento de cualquier proceso revolucionario socialista, preservándolo de lo que llamaríamos inercia histórica al agotarse la acción revolucionaria en la cotidianidad, sobre todo si se está ya ejerciendo el poder, sin trascenderla ni apuntar a metas de largo plazo que impliquen el ejercicio pleno de la soberanía popular y, por supuesto, el cuestionamiento radical del orden establecido. Sólo quienes resulten ser ideológicamente contrarrevolucionarios (pese a autoproclamarse revolucionarios) podrían negarse a admitir lo acertado de la frase antes citada de Lenin. En contrapartida, los verdaderos revolucionarios siempre estarán dispuestos a demostrar cada día, al lado del pueblo, la veracidad de la misma.-   

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01/11/2012 03:22 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

REVOLUCIÓN Y EVOLUCIÓN EN FUNCIÓN DE UNA NUEVA CONCIENCIA INDIVIDUAL Y COLECTIVA

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La posibilidad de estatuir un orden social más justo que el vigente, siempre ha sido una aspiración común y constante de los pueblos del mundo, aun de aquellos regimentados por castas o estratificaciones de diverso origen. Ello ha marcado, indudablemente, la marcha de la historia a través del tiempo, sacudida muchas veces por saltos cualitativos que encajan en lo que conocemos comúnmente como revolución, dada la contundencia y la irreversibilidad de sus acciones, imponiendo nuevas realidades por vivir. De este modo, la historia evoluciona. Cada época viene a ser sustituida -en uno u otro sentido- por otra de nuevo tipo, exigiéndose la necesidad de unos paradigmas más acordes con los imperativos del momento. No obstante, esta (r)evolución, al partir de una realidad concreta, arrastra consigo viejos paradigmas que generarán, tarde o temprano, contradicciones y algunos retrocesos que causarán la impresión que no se ha hecho nada y todo sigue igual que antes. Frente a ello, pocos advierten que se requiere actuar con la predisposición de generar cambios sustantivos en la estructura social, económica y política de la sociedad que, a su vez, estén sustentados por acciones de carácter pedagógico que se traduzcan en la adopción de una nueva conciencia, emancipada de los tabúes y prejuicios del pasado, tanto en lo individual como en lo colectivo. Esto último -es de reconocerse- no constituye una tarea nada fácil, lograble a corto plazo, puesto que ella choca contra la cotidianidad que envuelve a la generalidad de las personas, cosificadas por el sistema hegemónico del capitalismo y acostumbradas como están a existir (no vivir) sin una conciencia propia que les permita indagar realmente sobre las causas que las condenan a unas condiciones de sobrevivencia, miseria y explotación sin aparente final, resignándose cada una, a su manera, a alcanzar un paraíso prometido tras la muerte, adoctrinadas por muchas religiones que le hacen el juego a los sectores dominantes.

Por ello, al plantearse una revolución de contenido popular y socialista, se debe reafirmar la necesidad de cambios que motivara la insurgencia (pacífica o violenta) de los sectores populares contra el orden establecido, sobre todo en lo que respecta al funcionamiento y las estructuras del Estado, concebido éste para servir de muro de contención, de coacción y de legitimación de las minorías gobernantes, por lo que no se puede excusar la misión de transformarlo radicalmente en función de los intereses y la soberanía de las mayorías. Esto implica echar mano a herramientas legales y extralegales que propicien la organización, la participación, la formación teórica y el protagonismo del poder popular, de manera que éste adquiera una autonomía funcional frente al Estado mismo, así como de sus intermediarios tradicionales, es decir, los partidos políticos. Es preciso, por tanto, producir un estado de efervescencia social que impulse cambios constantemente en lo político, lo social y lo económico (extendiéndose a lo cultural e, incluso, a lo espiritual) con la finalidad de construir una realidad absolutamente diferente y revolucionaria. Sin embargo, hay que advertir igualmente que esto -sin una efectiva y consciente participación del pueblo, obligado a un acompañamiento puramente pasivo o electoralista sin mayor trascendencia- podría convertirse en una aspiración más, frustrándose su concreción.

Hará falta, entonces, que los grupos revolucionarios se profesionalicen de alguna forma, dedicados a hacer la revolución socialista en todos los ámbitos de la vida social, al mismo tiempo que dan nacimiento a las tesis que recopilarán y definirán las diversas experiencias revolucionarias populares que tendrán lugar, en un proceso continuo de debates y propuestas que sirvan de referencia -sin ortodoxia alguna- a aquellas que puedan surgir en otras latitudes. Se debe confrontar el dominio ideológico-cultural del sistema capitalista, desmenuzando sus soportes (presentes en la educación, la religión, la cultura, los medios de información masivos y, en la cresta de la ola, el consumismo que nos induce a mantener un estilo de “vida” poco diferenciado al uniformarnos y condicionarnos en cuanto a gustos, comportamientos, valores y usos), que enclavan las relaciones de dominio y de explotación en la conciencia de cada uno. En la medida que ello se vaya acentuando y extendiendo entre los sectores populares, tendrá cabida la posibilidad de estatuir siempre un orden social más justo que el vigente.-

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14/10/2012 08:14 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

PARA LLEGAR AL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO SE DEBEN TRASCENDER LOS LÍMITES DE LA DEMOCRACIA RESTRINGIDA

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Los fundamentos de una nueva estructura económica postcapitalista y de una nueva organización política de la sociedad a través del socialismo revolucionario requieren de una nueva orientación teórica y cultural, lo que debiera redundar -sin duda- en el desarrollo integral de los sectores populares, concibiéndose al mundo de una manera radicalmente distinta. Sería, además, poner en movimiento la adopción de una nueva clase de ciudadanía, activa y no contemplativa, cuyos valores éticos y morales conviertan a cada persona en generadora de los cambios políticos, sociales, económicos, militares y culturales que definirán la transición definitiva hacia el socialismo, haciendo posible la combinación de teoría y acción política, como también la superación de las contradicciones, las inconsistencias y las desviaciones a las cuales estuviere propenso el proceso revolucionario en cualquier momento. Ello exigiría trascender los límites de la democracia restringida, tan del uso en la mayoría de los países, incluidos aquellos donde tienen lugar cambios bajo la advocación del socialismo. Esto contrastará enormemente con lo afirmado por Samuel Huntington en el Informe sobre la gobernabilidad de las democracias para la Comisión Trilateral, publicado en 1975, en el sentido que “la operación efectiva del sistema político democrático usualmente requiere mayor medida de apatía y no participación de parte de algunos individuos y grupos. En el pasado, toda sociedad democrática ha tenido una población marginal, de mayor o menor tamaño, que no ha participado activamente en la política. En sí misma, esta marginalidad de parte de algunos grupos es inherentemente no democrática, pero es también uno de los factores que ha permitido a la democracia funcionar efectivamente”. En la actualidad, la globalización económica neoliberal busca mantener inalterable esta realidad, resistiéndose a las demandas de los sectores populares de una mayor participación política y de una efectiva redistribución de la riqueza, por lo que sus auspiciadores y beneficiarios directos no escatiman ningún método, sutil o violento, para lograrlo.

De ahí que, siendo el socialismo la antípoda política, social y económica del sistema capitalista, debe desprenderse de los esquemas que caracterizan a este último, facilitando el escenario para que se pongan en funcionamiento mecanismos de participación y de protagonismo popular, capaces de producir acuerdos -en medio de la diversidad de intereses e ideas de sus integrantes- que reflejen la unidad de acción y de pensamiento respecto al tipo de socialismo revolucionario que se espera construir, sin que prevalezca la tutela del Estado. Esto pasa por incluir también la definición de las formas de propiedad de los medios y de organización de la producción, además de las relaciones que existirían entre el poder político y la democracia socialista, entendiendo ésta como un ejercicio cotidiano y vinculante por parte de los sectores populares que no podrá ser obviado por el estamento gobernante, invocando para ello razones de Estado, como es habitual en los regímenes de la democracia representativa.

Es preciso, por tanto, asegurar las condiciones objetivas y subjetivas que permitan una retroalimentación de la revolución socialista, de modo que haya una continuidad y una profundización de la misma que la haga totalmente irreversible, sin el titubeo ni la manipulación demagógica característicos de quienes nada más aspiran a una mera reforma cosmética del orden vigente en su propio beneficio. Para alcanzar dichos objetivos es vital inculcar entre los sectores populares la necesidad de la formación teórica y del debate crítico y propositivo, algo que impone el activismo de una dirigencia política compenetrada con los ideales del socialismo revolucionario que, más que representante, sea vocera de los intereses colectivos; de tal forma que no exista posibilidad alguna de una restauración de la sociedad capitalista que se pretende reemplazar por otra de nuevo tipo, es decir, por una definitivamente socialista.-        

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EL ESTADO COMUNAL Y LA ECONOMÍA AUTOGESTIONARIA COMO EJES DE LA CONSTRUCCIÓN SOCIALISTA

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       ¿En qué medida podrá construirse el socialismo revolucionario y cuáles serían los mecanismos que lo harán posible algún día? Esta es una interrogante que pocos revolucionarios se plantean, enfrascados como están muchos de ellos en una mera lucha político-electoral que apenas traspasa el umbral de los logros parciales permitidos por los sectores dominantes dentro de su concepción de poder. Aun así, no escasean los aportes de otros que tratan de establecer el modo de abordar la transformación socialista de la sociedad, algo que se intenta tomando en cuenta las particularidades de cada nación, rompiendo con el dogmatismo heredado de los academicistas soviéticos que convirtieron en ley lo que se hizo excepcional durante la revolución bolchevique y el surgimiento de la URSS. A lo que habría que agregar también el hecho que muchos de los promotores de la revolución socialista no supieron asimilar la eclosión de la URSS, cuestión que hizo pensar en el fracaso de las ideas de Marx, Engels y Lenin, extendiéndose la impresión entonces que el sistema capitalista es algo natural de la sociedad humana, inquebrantable e ineludible. Sin embargo, las luchas populares emprendidas en distintas latitudes del planeta comenzaron pronto a desmentir tal derrota. En nuestra América, sobre todo en Venezuela, comenzaron a resurgir con fuerza telúrica los ideales socialistas tras décadas de sistemática represión, reafirmando su vigencia en medio de las crisis y contradicciones capitalistas.

        Todo ello supone que el actual Estado burgués-representativo -al servicio de las grandes corporaciones económicas y de las minorías dominantes- tenga que convertirse en un Estado comunal, orientado por el ejercicio pleno de la soberanía popular, lo cual plantea la necesidad insoslayable de cambiar las relaciones de poder, estableciéndose la condición de gobernar-obedeciendo por parte de quienes accedan a los diferentes cargos de elección y/o de gobierno. Pero esto no será todavía suficiente si no se respalda con una solida formación teórica que potencie la capacidad revolucionaria de nuestros pueblos, de manera que se impida el enquistamiento de un nuevo estamento político parasitario, envuelto en la defensa de sus propios intereses en vez de consolidar las condiciones objetivas que hagan realidad la revolución socialista. Este Estado comunal, por supuesto, no puede ni debe repetir los mismos esquemas administrativos del Estado burgués-liberal que pretende sustituir y eliminar, por cuanto sería un serio revés para la práctica de la democracia participativa y protagónica como elemento fundamental de la construcción socialista, quedando el pueblo tutelado, en consecuencia, por una burocracia político-partidista, siendo ello una abierta negación del socialismo revolucionario, tal como ocurriera en la URSS y otros países bajo su órbita. En este caso, hay que fomentar la constitución de diversidad de estructuras organizacionales del poder popular, de forma que la revolución socialista sea internalizada, desarrollada y protagonizada por todos los sectores sociales, no obstante que se piense que es una utopía, impracticable e imposible de lograr en este tiempo que vivimos.

          De igual manera debe pensarse respecto a las actuales relaciones de producción capitalista, las cuales requieren ser modificadas sustancialmente durante la etapa de transición hacia el socialismo en lugar de adoptarlas y reforzarlas, disfrazándolas de socialismo. Hace falta, por tanto, impulsar  el control obrero y la economía autogestionaria como factores de transformación socialista del sistema capitalista, además de una socialización de la tenencia de la tierra que tenga por objetivo primordial la satisfacción de las necesidades alimenticias de las personas sin que ello afecte el delicado equilibrio del medio ambiente que nos da vida. Esto nos llevaría a plantearnos un cambio igualmente importante del sistema educativo vigente, por cuanto éste tiene mucha incidencia en la preparación y el sistema de valores de los contingentes de profesionales y obreros que sostienen el capitalismo.

         Como conclusión, los revolucionarios debemos comprender que sin un Estado comunal y una economía autogestionaria, producto de la participación efectiva y del control directo del pueblo y de los trabajadores, el socialismo revolucionario estará incompleto, quedando la perspectiva de ser restituidos el capitalismo y la democracia representativa como fatalidades que no se supo afrontar debidamente.-

 

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DEMOCRACIA PARTICIPATIVA, PODER POPULAR Y EMANCIPACIÓN INTEGRAL

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El verticalismo burocrático y la exhortación de una disciplina que no deja espacio alguno a la disidencia -así esté ella justificada por razones inapelables- deben verse y combatirse como elementos altamente nocivos para la construcción colectiva del ideario socialista, al ser ambos totalmente contrarios al espíritu y a la práctica revolucionaria de la democracia participativa y protagónica, la cual -a la larga- debiera configurar la activación de un poder popular, revolucionario en toda su potencialidad, creador y re-creador de una sociedad de nuevo tipo. Tales formas tradicionales de entender y de hacer política no se compaginan con la participación pluralista de los sectores populares en el debate, la concepción y la puesta en marcha de aquellas propuestas teóricas y organizativas que tengan por finalidad fundamental la generación de un cambio estructural definitivo que haga de la alternativa revolucionaria del socialismo una realidad tangible frente al capitalismo; máxime cuando éste padece una crisis prolongada, agónica, sin mayores perspectivas de recuperación a corto plazo.     

Se hace preciso, por tanto, que los participantes sociales y políticos en este proceso de cambios revolucionarios estén de acuerdo, primero, en cuestionar radicalmente las estructuras diversas que sostienen el orden imperante, desentrañando sus características, lógica y esencia, para luego abordar conscientemente su desarme, de manera que surjan y se impongan nuevas formas organizacionales y nuevas relaciones de poder, centradas ellas en el ejercicio pleno de la democracia participativa; impidiendo así la reproducción de dicho orden, producto de la plusvalía ideológica de la cual somos piezas inconscientes y que, a su vez, nos hace reproducir modos de vida alienantes. El poder popular tendría entonces ámbitos de actuación e influencia mayores de aquellos que son concebibles o permitidos bajo un régimen representativo. Su desarrollo implicaría la posibilidad nada imposible de una emancipación integral de los seres humanos que abarque, incluso, lo espiritual, al no estar estos forzados a existir bajo condiciones que degradan su dignidad y sus aspiraciones individuales y colectivas de un mejor nivel de vida. En este caso, la orientación del poder popular tendría que englobar algo más que la satisfacción de las necesidades materiales de una comunidad determinada, puesto que esto lo limitaría grandemente, cumpliendo sólo una función gestora de reivindicaciones ante las instituciones del Estado que poco contribuirá a darle ese perfil revolucionario que se requiere del mismo.

En resumen, la práctica revolucionaria de la democracia participativa y protagónica no debe sujetarse a lo estrictamente político. Su consecuencia inmediata debiera ser la organización de un poder popular, armado de un arsenal teórico que lo haga capaz de trascender los marcos de referencia de la sociedad actual, de manera que se concrete la emancipación integral de las personas bajo el socialismo revolucionario. De esta forma, el socialismo revolucionario dejaría de ser una utopía, convirtiéndose en la herramienta más adecuada para reducir y eliminar definitivamente los indicadores de desempleo, pobreza, desigualdad y exclusión social que caracterizan al mundo capitalista.-     

 

 

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11/08/2012 06:21 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA TAMBIÉN ES CULTURAL

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Frente al pensamiento unidimensional que han tratado de imponerle al mundo el imperialismo yanqui y sus socios de la OTAN desde que se autoproclamaran vencedores de la Guerra Fría con la implosión de la URSS, se hace inexcusable la defensa y la preservación de la diversidad cultural de nuestros pueblos, sin que ello pueda descalificarse, aduciendo que es algo anacrónico y contrario al espíritu cosmopolita que debiera prevalecer en la humanidad del siglo XXI, dado el auge creciente de las telecomunicaciones y de la informática que nos haría ser una aldea global, según el pronóstico del filósofo canadiense Marshall McLuhan. Gracias a ello, las clases dominantes han “descubierto” una nueva estratagema para conservar y asegurar así su poder frente a las mayorías populares, haciéndoles creer a éstas que la formula mágica para salir de los muchos apuros económicos que padecen en la actualidad se resolverán mediante la aplicación del recetario neoliberal, enganchando las economías nacionales al carro de la globalización controlado por las grandes corporaciones transnacionales. Por eso, el planteamiento fundamental del socialismo revolucionario de transformar las relaciones de poder y de dependencia que caracterizan a las naciones “tercermundistas” de Asia, de África y de nuestra América tiene que fundamentarse también en la cultura de cada una de ellas, asegurando su continuidad, enaltecimiento y difusión; en consonancia con lo afirmado por Antonio Gramsci respecto a que "no hay revolución sin revolución cultural". En ello residirá una de las mayores fortalezas con que pueda contar cualquier revolución socialista ante las pretensiones “universalistas” de quienes han asumido el rol de máximos jerarcas del planeta, pisoteando la soberanía, los derechos humanos y las culturas autóctonas de nuestros pueblos con la finalidad de imponernos una cultura consumista, según los intereses mercantiles de las grandes empresas capitalistas de Estados Unidos, Europa y Japón, en una combinación altamente letal de Estados y capital privado que amenaza, incluso, con acabar toda la vida existente en La Tierra.

De ahí que, teniendo en cuenta que la revolución brota como un salto violento en el seno de una acompasada y contínua marcha de la sociedad hacia niveles superiores de vida, libertades y convivencia, cabe aseverar que dicha marcha sólo será posible si oponemos los valores culturales de nuestros pueblos al afán arrollador y destructivo del imperialismo binario representado por Estados Unidos y sus socios de la OTAN, colocando dichos valores como barrera infranqueable que garantice nuestra completa independencia. Más aun cuando la construcción del socialismo revolucionario requiere de una nueva hegemonía (de índole popular, no populista) y de nuevos paradigmas que erradiquen para siempre los antivalores generados por el sistema imperante, en un proceso permanente de descolonización del pensamiento que nos permita situarnos con propiedad en el contexto internacional actual, sin subordinaciones de ningún tipo.

La revolución socialista tiene ante sí, por tanto, el reto histórico de no simplemente sacudir y destruir las estructuras económicas capitalistas sino también de descubrir, sacudir y destruir los antivalores que las legitiman mediante una acción cultural consecutiva y re-creadora de los valores que nos identifican como pueblos. Sin tal acción, cualquier proceso revolucionario socialista tendrá dificultades para desarrollarse y asentarse, cayendo, irremediablemente, en las aguas del más rancio reformismo socialdemócrata, frustrándose las aspiraciones populares al obviarse tan importante medio para afrontar eficazmente la voracidad del imperialismo yanqui y de quienes lo secundan en todas sus operaciones económico-militares.-

12/07/2012 11:04 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

TEORÍA Y PRÁCTICA REVOLUCIONARIAS COMO VÍAS PARA EMANCIPAR LA CONCIENCIA SUBORDINADA

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Teoría y práctica han sido un reclamo permanente de la revolución socialista. De este modo se ha percibido que la misma se hará realidad mediante la acción y el cuestionamiento constante del orden establecido, concretándose entonces la necesidad de construir una sociedad de nuevo tipo, una estructura económica ajena a la lógica y a las relaciones de producción capitalistas, una nueva organización política y, también, una nueva orientación teórica y cultural que les permita a las personas (y a la sociedad entera) adoptar paradigmas éticos y morales en sintonía con los ideales del socialismo. De lo que se trata, entonces, es que la teoría y la práctica revolucionarias estén estrechamente enlazadas, produciendo en cada revolucionario un cambio real de conciencia, capaz de inspirarlo a entender el mundo de una manera inédita -diferente en todo a aquella impuesta desde siempre por las clases dominantes- como condición ineludible para hacer y consolidar la revolución. Sin esto en mente, cualquier proceso revolucionario degeneraría en simple reformismo o socialdemocracia, dejando intactas las estructuras de explotación, marginalidad, injusticia, desigualdad y corrupción que dieron lugar a dicho proceso, por lo cual se hace indispensable que los revolucionarios y gente progresista comprendan la revolución socialista no sólo en términos meramente políticos o economicistas sino también en términos morales, culturales e ideológicos.  

            Se requiere, por consiguiente, dar nacimiento a una conciencia crítica que produzca la deslegitimación total del orden imperante y, con ello, de la ideología de las clases dominantes reproducida, a través de una diversidad de mecanismos, por las clases subalternas; creando así las condiciones subjetivas y objetivas que harán posible, finalmente, la revolución socialista y modificando radicalmente el modo de sentir y de actuar tradicional de los sectores populares. En tal caso, los revolucionarios socialistas deben subrayar y combatir las contradicciones existentes en la sociedad en que les ha tocado nacer y vivir, no limitarse al logro parcial de ciertas reivindicaciones, ya que éstas no merman sustancialmente su existencia y sólo sirven para apaciguar la conciencia subordinada de los sectores populares cuando lo que se debe hacer es subvertirla, lo cual impone -inexcusablemente- ciclos de formación ideológica profunda.

            Ambas cosas -teoría y práctica- representan vías idóneas para emancipar la conciencia subordinada y tienen que confrontarse a medida que se avance en la consolidación del proceso revolucionario, haciéndolo una realidad dinámica y no estática gracias a la participación y protagonismo consciente del pueblo. Al cumplir con dicho propósito, la conciencia subordinada estará en capacidad plena de romper con los paradigmas que la obligan a aceptar como algo natural e irremediable la hegemonía de las clases dominantes y de permitirse asumir, en consecuencia, el compromiso histórico de hacer la revolución socialista.-

23/06/2012 17:04 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

¿POR QUÉ HABLAR DE SOCIALISMO HOY?

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Autogobierno local, autogestión obrera de la producción, movimientos cooperativos y comuna son indicadores que prefiguran la sociedad de nuevo tipo y deben fomentarse, de manera que sea realidad el socialismo revolucionario que los sustenta. Esto será posible en la misma medida que la participación y el protagonismo popular vayan sustituyendo los patrones de conducta que prevalecen en las relaciones de producción y de poder, alcanzando niveles de socialización necesarios que derriben esa “veneración supersticiosa del Estado” presente en cada sociedad, incrementando los derechos del pueblo y no la hegemonía de una minoría dirigente o gobernante. En tal sentido, tienen que crearse las condiciones objetivas y subjetivas que permitan ensayar nuevas formas organizativas que privilegien el poder popular en lugar de las razones de Estado, ya que generalmente éstas sólo están destinadas a fortalecer el poder de las clases dominantes. Esta realidad es la que marcará -de uno u otro modo- el futuro del socialismo como alternativa revolucionaria al capitalismo, lo que obliga a impulsar un debate constante de su significado y características, dinamizando -en definitiva- su construcción a través de la participación efectiva de los sectores populares.

            Es importante entender que la crisis que azota actualmente al mundo capitalista, incluyendo a Estados Unidos, convierte al socialismo en la opción más inmediata que tienen los pueblos a la mano para superar y erradicar las injusticias y desigualdades legitimadas por el sistema capitalista. Esta opción, sin embargo, no puede restringirse a un solo aspecto de la vida en sociedad sino que debe concebirse de forma integral, creyendo que basta con una reforma legislativa para que éstas desaparezcan, dejando intactas las diversas estructuras sobre las cuales se sostiene. No se trata, por consiguiente, de un simple “cambio”, al modo tradicional. Tampoco puede catalogarse de coincidencia que se apele al socialismo cuando la mayoría de la gente sabe que la lógica capitalista arrastra al planeta a una hecatombe sin precedentes, siendo sus primeros síntomas la desaparición de glaciares y de múltiples ecosistemas, las sequías, las inundaciones, la lluvia ácida y la disminución de la capa de ozono, entre otras graves consecuencias de la acción irracional y depredadora de las grandes corporaciones transnacionales que dominan la economía global actual. A ello se agrega el hecho que muchos pueblos ven pisoteada y amenazada su soberanía, víctimas de la prepotencia imperialista de Estados Unidos y de sus socios de la OTAN, por lo cual es vital derrotar colectivamente esa concepción de supremacía basado en la exclusión de los derechos colectivos de los pueblos imponiendo en su lugar el multilateralismo que surgiría de la práctica socialista.

            Así, en medio de esta realidad es lícito hablar de socialismo hoy, entendiéndolo como un sistema conceptual y como programa político que le permitiría alcanzar a la humanidad su emancipación integral, contradiciendo la propaganda de los apologistas del capitalismo, cuyo objetivo es convencernos a todos de lo natural e inevitable que resultaría la apropiación privada de las riquezas de la tierra. En función de esa emancipación integral de la humanidad, el socialismo revolucionario debe revitalizarse cada día con todos los aportes teóricos revolucionarios y las experiencias de lucha de los pueblos, de forma que el mismo sirva para transformar la historia y el orden establecido, haciendo realidad un mundo más justo, democrático e igualitario para todos.-

05/06/2012 10:36 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL MULTILATERALISMO APLICADO A LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA

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El multilateralismo o lo que siempre se ha difundido como la unidad en la diversidad es un elemento primordial para el avance, la consolidación y la profundización de la revolución socialista, puesto que lo contrario sería destruir su esencia creadora y su desarrollo integral, limitándola a unos logros parciales que poco afectarían las estructuras y subestructuras políticas, sociales y económicas vigentes. Es así que -contrario a la mal entendida hegemonía que busca agrupar y restringir el libre albedrío de las personas- este multilateralismo aplicado a la revolución socialista amplía todavía más sus posibilidades, generando entonces variadas situaciones que afinarán, sin duda, la praxis y los ideales del socialismo en cualquier nación en que éste se propicie.

De hecho, el poder popular -entendido como la manifestación más distintiva de una sociedad socialista- no puede ni debe confinarse a espacios reducidos y estrechos de soberanía simbólica que, a la larga, sean manipulados por la jerarquía gobernante en su provecho, desarticulando así su capacidad política para alterar sustancialmente las situaciones originadas por ésta, dada la gran concentración de dominio económico y político que ella tiene en sus manos. Por ello, se impone la necesidad de generar condiciones que eliminen los lazos de dependencia y sumisión en las relaciones de poder, diferenciándolas de las presentes bajo cualquier régimen democrático representativo. En el fondo, de lo que se trata es de forjar (como lo plantearía Paulo Freire) una práctica de auto-emancipación a través de una política crítico-dialógica, la cual tendría que consolidarse desde abajo hasta alcanzar los grados superiores de la gestión pública. En tal sentido, los sectores populares no serán más objeto de los subsidios y las indulgencias del sector público, sino sujeto histórico de las verdaderas transformaciones que deben causarse en lo económico, lo político, lo social y lo cultural para hablar apropiadamente de revolución y de socialismo. Sin estos rasgos fundamentales, cualquier proceso político que busque definirse como socialista estará condenado a repetir los mismos esquemas tradicionales, tornado en simple reformismo. La relación entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos, tendería -por tanto- a modificarse radicalmente, correspondiéndoles a los primeros el rol de voceros mientras las decisiones y la soberanía le corresponderán siempre al pueblo. En este caso, se manda obedeciendo, sin la reproducción automática o programada de los instrumentos ni las estructuras de la dominación representativa-capitalista.

Por consiguiente, el multilateralismo -o la unidad en la diversidad- que debe favorecerse dentro de la revolución socialista no puede concebirse bajo la óptica de la dominación, la cual hace de los sectores populares simples activistas a quienes se les niega alguna teorización sobre su propia acción revolucionaria. Acción ésta que debe enmarcarse en la consecución de una sociedad de nuevo tipo, completamente diferente a la vigente. De ahí que en la misma no tenga cabida el mesianismo, ni el discurso vertical ni la consigna burocrática, ya que estos impiden el diálogo crítico que debiera impulsarse y resaltarse en todo momento, aun cuando la revolución esté sometida a ataques y amenazas en determinados momentos. Como lo resumiera Javier Biardeau R. en uno de sus artículos recientes, “la dirección política en la democracia socialista del siglo XXI, no puede confundirse con estilos burocráticos o militaristas, debe ser fundamentalmente una acción pedagógica y cultural liberadora”.

Lograr la síntesis de múltiples determinaciones por parte de los diversos sectores populares podría concretar la posibilidad de construir realmente el socialismo revolucionario. Este nuevo objetivo revolucionario por alcanzar haría de la participación social su primera trinchera de lucha, evitando -en consecuencia- la burocratización y el oportunismo que socavarían las bases de la revolución.-

20/04/2012 12:23 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA LUCHA DE CLASES, REALIDAD E INFLUENCIA ACTUAL

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Las luchas entre opresores y oprimidos o, mejor entendido, entre clases sociales con intereses antagónicos, han marcado -de uno u otro modo- la historia de la humanidad, muchas veces ocultada o tergiversada por quienes aspiran mantener intactas las estructuras de poder, beneficiándose a sí mismos antes que al pueblo que dicen representar. Esto último ha hecho posible que los sectores populares de épocas distintas terminen decepcionándose al observar y sentir cómo sus esperanzas de igualdad, democracia y libertad se convierten en pasto de la demagogia más desvergonzada. Así, generalmente se le atribuye a la clase dominante la responsabilidad directa del orden de desigualdad, corrupción, explotación, represión y miseria que se cuestiona y se busca remplazar por otro totalmente opuesto. En algún caso, se llega a obviar la existencia de una lucha de clases, la cual no sólo tiene lugar en una sociedad bien diferenciada como la regida por el capitalismo, sino que se manifestaría indistintamente a lo interno de cualquier proceso revolucionario al originarse disputas por mayores espacios de participación y de poder, cuestión que -por lo demás- no resulta fácil de conceptualizar, dado el discurso utilizado, el cual tiende a confundir, más que aclarar, a quienes está dirigido, si estos no tienen una formación teórica revolucionaria adecuada.

Con Karl Marx, el concepto de clases sociales se simplifica, estableciéndose su jerarquización respecto al sistema de producción existente: explotadores y explotados, burguesía y proletariado. Sin embargo, este esquema es más profundo y se ha visto afectado por la misma evolución dinámica del sistema capitalista contemporáneo, a tal punto que a tales grupos se agregan otros, como la burguesía financiera, la pequeña burguesía, la clase media, la burocracia y el lumpen proletariado; clasificación que aun podría soportar nuevas añadiduras o agrupamientos sociales. Según Marx, “los propietarios de simple fuerza de trabajo, los propietarios de capital y los propietarios de tierras, cuyas respectivas fuentes de ingresos son el salario, la ganancia y la renta del suelo, es decir, los obreros asalariados, los capitalistas y los terratenientes, forman las tres grandes clases de la sociedad moderna basada en el régimen capitalista de producción”. Tal categorización se ha modificado enormemente, no por la “ignorancia” del teórico socialista ni por lo desfasado de sus análisis, como algunos quieren hacernos creer, sino por la diversificación y expansión experimentada por las fuerzas productivas desde hace un siglo. Esto, a pesar que el autor de El Capital admitiera ya en su época, refiriéndose a la sociedad inglesa, que “existen fases intermedias y de transición que oscurecen en todas partes las líneas divisorias”, reconociendo de este modo la complejidad de la estructura de las clases sociales.

En el contexto histórico actual, sobre todo, en nuestra América, la lucha de clases exige una comprensión dialéctica de su realidad, en momentos en los cuales se cuestionan simultáneamente los órdenes económico y político tradicionales. Algo que ya no es exclusividad de este continente, sino que se ha extendido a Europa y Estados Unidos, ampliando el escenario de lucha anticapitalista a escala mundial. Lo mismo se aplica en relación a la conciencia de clase, con mayor énfasis entre quienes padecen la explotación y la exclusión del capitalismo: los trabajadores asalariados (englobando entre éstos a la clase media o profesionales, puesto que -por mucho que quieran diferenciarse del resto- son igualmente explotados por el capital). Finalmente, no es admisible el limitarse a una simple estratificación de carácter sociológico de la sociedad, como tampoco desconocer las contradicciones que puedan descubrirse en una misma clase social. De esta forma podrían establecerse nuevos parámetros definitorios de la lucha de clases en la realidad actual y en la influencia que la misma tendría en los diversos cambios que caracterizarían, a su vez, la revolución socialista por construir para bien de la humanidad entera.-

12/04/2012 07:02 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA LIBERACIÓN FEMENINA Y LA LUCHA POR EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

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Cuando nos referimos al “Día Internacional de la Mujer” muchas veces obviamos el carácter clasista, socialista y revolucionario que se le quiso imprimir a tal celebración por iniciativa de las mujeres socialistas (o comunistas) como Clara Zetkin. Como antecedentes hallamos que el 28 de febrero de 1909 se proclamó por primera vez el “Día de las mujeres socialistas” en Estados Unidos tras una proposición del Partido Socialista estadounidense. Luego, en agosto de 1910, la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, con más de 100 mujeres procedentes de 17 países, reunida en Copenhague, proclamó el “Día Internacional de la Mujer Trabajadora”, propuesto por la socialista alemana Luise Zietz respaldada por Clara Zetkin, el cual serviría de referencia para todos los colectivos femeninos como una jornada de lucha por los derechos de las mujeres. La proposición se aprobó unánimemente. El objetivo, desde entonces, era promover la igualdad de derechos, incluyendo el sufragio para las mujeres. Pero no se limitaba nada más que a una igualdad en un mundo-sistema dominado por los hombres, lo que puso a prueba el carácter revolucionario de muchos que aún seguían pensando y actuando como sus pares burgueses.
Lenin entendió, desde mucho antes, que “no es posible incorporar las masas a la política sin incorporar a las mujeres. Porque, bajo el capitalismo, la mitad femenina del género humano esta doblemente oprimida. La obrera y la campesina son oprimidas por el capital, y además, incluso en las repúblicas burguesas más democráticas no tienen plenitud de derechos, ya que la ley les niega la igualdad con el hombre. Esto, en primer lugar, y en segundo lugar -lo que es más importante-, permanecen en la ‘esclavitud casera’, son ‘esclavas del hogar’, viven agobiadas por la labor más mezquina, más ingrata, más dura y más embrutecedora: la de la cocina y, en general, la de la economía doméstica familiar individual”. Esto supuso cierta comprensión del estado de desigualdad y de explotación padecido desde siglos por las mujeres basado en las normas impuestas por la familia, la propiedad privada y el Estado, pero siguió siendo una concesión de parte de los hombres, a pesar que ya algunos espacios no serían en lo adelante una exclusividad de estos gracias al empeño de aquellas en situarse en pie de igualdad con sus semejantes masculinos, asumiendo conductas propiamente varoniles, sobre todo, en cargos ejecutivos o de gobierno, desvirtuando en algún grado la lucha de sus congéneres. De esta forma, la discriminación hacia la mujer tuvo que explicarse bajo otros parámetros, esta vez históricos y sociales, tal como lo hizo Federico Engels mediante su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”. Esto obligó, a su vez, a los hombres revolucionarios (al igual que a las mujeres revolucionarios) interrogarse respecto a los vínculos existentes entre la lucha por la liberación de las mujeres y la lucha por el socialismo revolucionario, algo que no ha sido unánimemente respondido.
En la actualidad, la lucha por la liberación femenina se ha extendido hacia otros ámbitos, resultando ser al mismo tiempo pacifista, ecologista, antiimperialista, anticapitalista, antirracista, anticolonialista y defensora de su identidad cultural, tanto en sentido colectivo como individual, convirtiéndose, por consiguiente, en la lucha más integral que pudiera darse, puesto que no se limita nada más que a lo político o a lo económico, sino que los trasciende y transversaliza. De ahí que la liberación femenina tenga más aproximaciones ideológicas con el socialismo revolucionario que con el capitalismo depredador y explotador, cuestión que merecería una mayor extensión y profundización.-  
 
08/03/2012 22:56 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

¿CÓMO TRANSFORMAR EL PROCESO PRODUCTIVO CAPITALISTA EN SOCIALISTA?

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Bajo el sistema capitalista todos los actores sociales que participan en el proceso productivo están -en uno u otro sentido- subordinados a la reproducción de la ganancia que corresponde a los dueños del capital y de los medios de producción (incluyendo la explotación de su fuerza de trabajo) en un ciclo que pareciera normal y eterno, sin posibilidades reales de cambio. Así, desde Karl Marx y Friedrich Engels hasta la época actual, a través del socialismo revolucionario se ha planteado que tal sistema de desigualdades, injusticias y expoliación indiscriminada de la naturaleza sea superado, dando entonces nacimiento a un nuevo tipo de civilización en el cual prevalezca siempre el desarrollo integral del individuo y de la comunidad, en igualdad de derechos, obligaciones y oportunidades, sin dominación alguna del mercado y el capital, algo que se considera utópico, pero que no deja de ser posible.

Sin embargo, mucho de lo hecho para trascender al capitalismo ha significado apenas un deseo de hacerlo menos terrible de lo que es, hablando de un capitalismo con rostro humano o de una tercer vía, como la intentada en Yugoslavia bajo Tito, pero sin afectar en el fondo la división del trabajo, la alienación del trabajador y las relaciones de producción; obviando, además, lo relativo a la ley del valor. En todo caso, las medidas adoptadas -aun las más radicales- han derivado en un capitalismo de Estado, o simple reformismo, dejando puertas abiertas (como ocurrió en la extinta Unión Soviética y ocurre en China y Cuba) para su restauración, no obstante socializar la propiedad de los medios de producción y orientarse su actividad productiva a la satisfacción de las necesidades básicas y espirituales del pueblo. Esto impone, sin duda, pautas que tiendan a diferenciarse cada día de lo que es la sociedad capitalista, promoviendo y fortaleciendo la capacidad de gestión de las comunidades organizadas, de forma que la participación y la actividad de las mismas tengan como resultado palpable e inmediato un modelo económico socialista, con esquemas verticales y horizontales entrelazados en todo lo que comprende, entonces, la producción, la distribución, el intercambio y el consumo, al igual que los criterios para conformarlo.

Como lo expresara Erich Fromm en su obra Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, “el hombre tiene que ser establecido en su lugar supremo en la sociedad, no siendo nunca un medio, no siendo nunca una cosa para ser usada por los otros o por él mismo. Debe de terminar el uso del hombre por el hombre, y la economía tienen que convertirse en la servidora del desenvolvimiento del hombre”. Todo lo anterior nos remite, en consecuencia, a reorientar el sentido o concepto de la propiedad, estableciendo nuevos tipos, inspirados en las nuevas formas de organización socio-productivas. Esto, a su vez, debiera generar en el ámbito político el fomento y la consolidación de la organización popular en todas sus expresiones posibles, como asimismo un desarrollo endógeno que reduzca drásticamente los índices de desempleo y subempleo existentes, rompiendo las cadenas especulativas que condenan al hambre a vastos sectores de la población. Tales elementos podrían conducirnos a la emancipación del trabajo, “ubicando a la fuerza de trabajo o trabajo vivo -según lo manifiesta Carlos Lanz en uno de sus artículos- como la fuente real de la creación de nuevo valor”. Tal objetivo podría obtenerse de existir una planificación democrática, un presupuesto participativo, un control obrero y una humanización de las condiciones y medio ambiente de trabajo que sean capaces de estimular la inserción socioproductiva como mecanismo fundamental del desarrollo social integral de las personas y la colectividad, con criterios de eficiencia-eficacia que faciliten, a su vez, la sostenibilidad y la factibilidad de los diversos procesos que, en tal sentido, estén realizándose. Al lograrlo, podríamos afirmar que el proceso productivo capitalista comienza a transformarse en socialista, sin conceptuar al recurso humano como un componente más de los costos de producción de las empresas y teniendo en la participación y protagonismo del pueblo su manifestación constante y característica.-

29/12/2011 14:45 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA TAREA PRINCIPAL DE TODA REVOLUCIÓN SOCIALISTA

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El poder popular -por su misma esencia múltiple, conformado por diversidad de formas orgánicas y ámbitos de acción- no puede someterse al rigor estricto de las leyes, puesto que ello significa coartar el ejercicio pleno de la soberanía del pueblo. Ninguno de los poderes constituidos tendría la facultad de restringirlo y, por tanto, desconocerlo y subordinarlo a sus intereses particulares. Si ello ocurre, no se podría hablar -en consecuencia- de revolución y, menos, de socialismo, ya que la participación y el protagonismo de los sectores populares tendrían que ser las características diarias de todo proceso revolucionario. No siendo así, se correría el riesgo no descartable de sufrir un retroceso histórico o la restauración del viejo orden que se pretende abolir. En este caso, el decreto de algunas leyes puntuales y la actuación realmente revolucionaria de los organismos públicos pudieran contribuir positivamente a elevar la capacidad de lucha, organización y movilización de parte de los movimientos populares; sin embargo, esto no es suficiente. Es vital para todo proceso revolucionario que la participación y el protagonismo populares no estén concertados por las formalidades impuestas por el Estado burgués-liberal, logrando conquistar espacios propios, llegándose a constituir entonces como poder y estableciendo una dualidad de poderes que, a la larga, debe orientarse a la instauración de un verdadero poder popular.

Esto no significa que tal poder popular deba repetir los cánones establecidos por la democracia representativa. Sus voceros deben combatir a diario por evitar que los mismos trunquen el ejercicio de su soberanía, lo cual exige una predisposición para cambiar las relaciones de poder existentes entre gobernantes y gobernados, aplicando lo que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) ha dado a conocer como “mandar obedeciendo”, una concepción política revolucionaria que muchas veces se cita, pero que pocos están dispuestos a cumplir cabalmente, aun en los niveles inferiores o sencillos de las estructuras del Estado. Así, quienes ostenten cargos de dirección y/o de gobierno debieran estar subordinados a las decisiones de las asambleas populares, permitiendo que éstas sean escenarios de la práctica de la democracia directa y, por tanto, impulsoras del cambio estructural del Estado tradicional, modificando sustancialmente el orden de cosas existente.

El poder popular requiere deslastrarse de los usos y costumbres del pasado. Como lo define Roland Denis, “dentro del poder popular debe operar una ‘dictadura del sueño igualitario’, no un falso debate y ‘encuentro’ pacífico entre la reafirmación y la negación del sistema colonial y capitalista”. Ello exige un cuestionamiento serio y permanente de lo actualmente existente, sin justificaciones originadas por la necesidad extrema de subsanar el conjunto de problemas, desigualdades e injusticias que agobia a los sectores populares, olvidando la tarea principal de toda revolución socialista: darle todo el poder al pueblo. Sin embargo, hay que acotar que dicha tarea no podrá concretarse jamás sin disponer de una teoría revolucionaria que la sustente, dando lugar a nuevos paradigmas que definan un nuevo tipo de civilización, diferente en mucho a la regida por el capitalismo y la democracia representativa.-

29/12/2011 14:25 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA LUCHA DE CLASES NO ES ALGO AJENO A LA LUCHA POR EL SOCIALISMO

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La lucha de clases no es algo que deba entenderse de modo abstracto y ajeno respecto a la lucha por el socialismo revolucionario, tal como lo asumieron los partidos revisionistas en Italia, Portugal y España, dando paso a lo que llamaron eurocomunismo. Aunque se presenten argumentos a su favor, es absurdo concluir en que el mismo resulte posible sin definirse dicha lucha. Ciertamente, un punto en beneficio de tales argumentos es el hecho innegable de los cambios sufridos por el capitalismo durante el siglo pasado y las primeras décadas del presente, sin embargo, sus rasgos esenciales, generadores de explotación, depredación ambiental y desigualdades sociales, siguen intactos, lo cual nos impone replantearnos los conceptos de la lucha socialista de un modo que nos permita una mejor comprensión del momento histórico actual, tanto en términos nacionales como internacionales.

Al producirse una crisis global del sistema capitalista que sacude por igual a naciones ricas como pobres, con medidas de ajuste económico y protestas populares que apenas se diferencian entre sí y que han merecido una represión similar de parte de los organismos de seguridad del Estado, hace falta una aproximación dialéctica mediante la cual determinemos los acontecimientos del presente con la objetividad requerida, especialmente si hay la disposición revolucionaria de construir el socialismo. Esto, por supuesto, no debe llevarnos a generalizaciones que se conviertan en dogmas que obvien las peculiaridades específicas de cada situación analizada, puesto que ello no contribuye al avance revolucionario, estancándolo muchas veces. Así, en el caso de la lucha por el socialismo revolucionario, algunos olvidan las contradicciones presentes en la sociedad regida por el capitalismo, degradando la calidad revolucionaria de las luchas emprendidas por los sectores populares y, otras veces, llevándolas a un nivel revolucionario del cual carecen absolutamente.

Por ello, al plantearse la lucha por el socialismo revolucionario no puede eludirse lo inherente a la lucha de clases, desconociéndose al mismo tiempo el carácter de la turbulencia social, política y económica causada por el capitalismo a nivel mundial, en una confrontación generalizada de trabajadores de todo nivel y corporaciones transnacionales, cuyos intereses han hecho de la soberanía nacional un asunto hipotecable y descartable, como puede rastrearse a través de las guerras de intervención imperialistas y la imposición de recetarios neoliberales bajo la batuta del Fondo Monetario Internacional. De hacerse así, sería más que difícil la posibilidad real de una revolución socialista, logrando en su lugar una mera reforma, sin cambios sustanciales que transformen la realidad existente.

Como bien lo refleja Alan Woods, “es imposible consolidar las conquistas de la revolución dentro de los límites del sistema capitalista. Tarde o temprano, habrá que elegir: o la revolución liquida el poder económico de la oligarquía, expropia a los banqueros y a los capitalistas y emprende la dirección al socialismo, o la oligarquía y el imperialismo liquidarán la revolución”. Esta es una conclusión que paulatinamente se está haciendo presente en las actuales luchas sociales, no obstante que sus dirigentes estén dominados aún por un espíritu reivindicativo, sin trazarse ir más allá de ello; representando una prueba de fuego para los revolucionarios socialistas, venciendo las resistencias ideológicas, políticas, legales y extralegales montadas por quienes piden cautela cuando un grueso porcentaje de los sectores populares exigen acciones más radicales. En tal momento, la lucha de clases definirá el perfil de la revolución socialista que se estaría impulsando, sin caer en medias tintas.-

09/09/2011 15:29 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

PARA CONSTRUIR EFECTIVAMENTE EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

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“Los que hacen las revoluciones a medias no hacen más que cavar sus propias tumbas”. Consigna del Mayo Francés, 1968. 

La disyuntiva del socialismo revolucionario siempre ha oscilado entre la continuidad del orden establecido y la irrupción de uno que lo reemplace mediante el establecimiento de unos nuevos valores y unas nuevas relaciones políticas y económicas que se diferencien de forma substancial de los tradicionalmente aceptados.  

En efecto, para construir efectivamente el socialismo revolucionario es fundamental armonizar los deseos de las mayorías de disfrutar mayores niveles de justicia social en combinación con mayores niveles de protagonismo político, además de aquellos que permitan una equidad económica que tienda a disminuir y a eliminar la explotación de los trabajadores, lo que se traduciría en la autogestión y el control ejercido por éstos en la producción, transformándose -en consecuencia- lo que entendemos por propiedad privada de los medios de producción.    

Una cuestión que debe manifestarse en el ejercicio efectivo del poder por parte de los sectores populares aunque se convenga en que ello sería algo difícil de lograr, dadas las ancestrales relaciones de poder existentes entre gobernados y gobernantes. Sin embargo, en descargo de ello, es lícito afirmar que tales relaciones bajo el socialismo revolucionario tienen que modificarse de una forma radical, invirtiendo la pirámide social y política actual por un sistema que privilegie la organización, el protagonismo y la participación del pueblo. En tal caso, habría que dilucidar el dilema entre mandar obedeciendo, conforme a la democracia participativa y protagónica, o mandar sometiendo, propio de la democracia representativa, todo lo cual exige cuestionar y replantearse los esquemas políticos, sociales, económicos y culturales imperantes, produciendo una nueva teoría y un nuevo conocimiento basados en el socialismo revolucionario y en correspondencia con la realidad específica de cada país donde tenga lugar.

De crearse las condiciones apropiadas para su logro, la nueva realidad que surja de estos cambios revolucionarios tendrá que arropar ineludiblemente al Estado, en tanto estructura que rige a la sociedad, sometiéndolo a un cambio estructural que sea expresión del carácter participativo y protagónico del nuevo modelo de democracia, siendo el poder popular su elemento más distintivo y decisivo. Así, en oposición a ese Estado de minorías privilegiadas, subordinado a las decisiones e intereses de quienes hegemonizan el sistema capitalista, es obligatorio constituir otro de nuevo tipo, uno mediante el cual se beneficie realmente a las mayorías, pero sin disminución ni irrespeto de los derechos de sus opuestos. De esta forma, el socialismo revolucionario pudiera vivir una transición efectiva, profunda e indetenible que facilite luego la autogestión comunal, sin interferencia alguna del Estado, lo que sentaría las bases para un nuevo orden social, político y económico -emancipatorio, humanista, justo, solidario, igualitario y respetuoso de la vida en todas sus manifestaciones- que represente una verdadera alternativa a seguir por los pueblos del mundo.-

05/08/2011 22:13 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA TAREA DE REDEFINIR EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

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            Al adoptarse el mismo patrón de consumo generado por el sistema capitalista a nivel mundial, la precarización estructural del trabajo y la destrucción creciente del medio ambiente resultan una cuestión inevitable. Más aún cuando el afán de lucro es el fundamento principal, privilegiándosele por encima de cualquier otra consideración, incluso de la vida de los demás seres humanos; todo lo cual debiera estimular en gobiernos y en ciudadanos la demolición del sistema de dominación social ejercido por el capital, permitiéndose así explorar unos nuevos modos de producción que se afirmen en valores ajenos al capitalismo, socialmente útiles y necesarios.

 

Esto último representa, indudablemente, un escollo aparentemente insalvable para muchos, sin excluir de ello a quienes propugnan un modelo socialista que se diferencie en esencia del capitalista. Según algunos, para lograr tal cosa tan solo se requiere disponer de buena voluntad, de reformas y de transparencia en la orientación, manejo y procedimientos del Estado vigente. En este sentido, se cree que basta otorgarle mayores derechos y beneficios a los sectores populares explotados y excluidos, sin profundizar mucho en las contradicciones que enfrentan al capital y al trabajo asalariado, además de los diversos problemas que se derivan de éstas. Olvidan que el trabajo asalariado es una nueva forma moderna y legalizada de esclavitud, recordando al respecto lo afirmado por Maximilien Rubel: “el salario es una esclavitud, y todo aumento autoritario del salario no será más que una mejor remuneración de los esclavos”. Otros, sin embargo, hallarán en esto algo más de lo mismo, sin una mayor trascendencia, enmarcado como está en la propuesta de darle un rostro humano al capitalismo. Para éstos, al igual que para István Mészaros, “esperar una solución feliz a esos problemas a partir de las operaciones de rescate del Estado capitalista sería una gran ilusión”.

 

            Por ello, plantearse el socialismo como alternativa revolucionaria frente al capitalismo implica cuestionarlo a profundidad, resaltando la necesidad de eliminar las contradicciones existentes entre el capital y el trabajo asalariado, en un ejercicio de imaginación utopista y de rigor científico que muchos revolucionarios esquivan neciamente, pero que es altamente imprescindible. En consecuencia, hará falta labrar la propuesta de un sistema social alternativo, en el cual el desarrollo de la civilización postcapitalista no signifique la devastación entera de la naturaleza ni la opresión de pueblos ni de individuos por cualquier forma de Estado. Esto supone, entonces, desprenderse de las prácticas y conceptos que le dieron vigencia al capitalismo durante siglos, dándoseles cabida a otros que pudieran servir de punto de partida para la construcción de un nuevo modelo de civilización y de relaciones de reciprocidad entre la humanidad y el medio ambiente que le sirve, al mismo tiempo, de sustento y de hogar. Sin tal cosa, hablar de un socialismo para el siglo XXI carecería de bases posibles o reales, lo cual pudiera enriquecerse con diferentes aportes y experiencias, incluyendo aquellos provenientes de nuestros pueblos ancestrales. Sería una mejor manera de redefinir la utopía del socialismo revolucionario. Aunque suene difícil, tal tarea jamás debiera resultar imposible para los revolucionarios.-

09/12/2010 11:43 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL MEDIO AMBIENTE Y LA ELECCIÓN CONSCIENTE DEL SOCIALISMO

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           Desde el momento en que comenzara a imponerse el sistema económico del capitalismo a todas las naciones de este planeta se modificó sustancialmente la relación de armonía y de dependencia existente entre los seres humanos y el medio ambiente, lo cual se agudizó más en aquellas naciones que le han servido de soporte al desarrollo económico Europa, Estados Unidos y Japón mediante la explotación indiscriminada de sus recursos naturales, sin que haya una retribución efectiva que minimice, por ejemplo, sus niveles de pobreza.

Tal situación ha implantado un desdén suicida en la conciencia de las personas por la preservación de todo lo que integra un ecosistema, a tal punto que muchas empresas buscan paliar los efectos destructivos y contaminadores de sus actividades a través de fondos de ayuda, pero sin invertir un céntimo para hallar alternativas a corto o mediano plazo que den cuenta de sus esfuerzos por sanear los suelos, el aire y las aguas, otorgándonos a todos una oportunidad de vivir sin la zozobra del cambio climático que nos afecta mundialmente.

De ahí que el socialismo viene a ser una elección consciente que debemos asumir frente al capitalismo depredador, ya que el mismo no está orientado por un afán desmedido de obtener ganancias fáciles sino, más bien, por una visión ecologista de la vida. Sin embargo, hay que acotar que algunas personas convencidas de su necesidad histórica siguen aferradas a los esquemas desarrollistas del capitalismo como fórmulas efectivas para sacar a sus países del nivel de atraso y dependencia en que se encuentran, con lo cual estarían contribuyendo también a que la situación de deterioro acelerado de nuestro medio ambiente continúe, sin que se vislumbre una solución factible e inmediata al enorme problema creado por dicho sistema económico. Ello es parte de la contradicción que debe enmendarse en beneficio de todos los seres vivos de este planeta, por lo cual les corresponde a los revolucionarios socialistas definir un modelo económico completamente distinto al capitalismo, sin que sobrevivan resabios de éste en el nuevo modelo económico socialista por instaurarse.

Esto nos impone un debate político serio que deben emprender por igual todos los ciudadanos en cada uno de sus países, no solamente por los ecologistas, convirtiendo así el tema ambiental en una materia de primer orden que active un cambio sustantivo e integral en la manera de hacer la política. Hay que revisar, en consecuencia, los modos de producción vigentes, dado que el capitalismo industrializado mantiene un régimen consumista voraz, basado en un presupuesto errado de la profusión de los recursos naturales, como asimismo la administración de los mismos por parte de algunas naciones en proceso de crecimiento económico. En la República Bolivariana de Venezuela, por ejemplo, tenemos que, por mandato constitucional, se establece el derecho y el deber de cada generación de proteger y mantener el ambiente en beneficio de sí misma y del mundo futuro, no obstante, su producción de hidrocarburos contribuye a elevar los niveles de deterioro de nuestra capa de ozono al ser consumida tanto en los países desarrollados como en los menos desarrollados; una cuestión que, al examinarla objetivamente, resulta discordante, por mucho que se alegue en contrario, pero que no se ha abordado abiertamente todavía.

Semejante realidad nos obliga a trascenderla mediante la construcción decidida del socialismo -pero sin las aristas del capitalismo-, sobre todo, cuando la crisis capitalista nos ubica ante la perspectiva nada descartable de nuevas guerras imperialistas que, inevitablemente, aumentarían aún más las cifras extremas de escaseces, hambre y miseria existentes en la Tierra, además del control directo de las fuentes energéticas y otros recursos naturales estratégicos de parte del imperialismo yanqui-sionista y sus socios europeos. Ello constituye, sin duda, una tarea histórica inaplazable a cumplir por los revolucionarios.-          

02/06/2010 15:38 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL SOCIALISMO COMO PROGRAMA HISTÓRICO DE LA LUCHA POPULAR

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El socialismo debiera ser entendido, antes que nada, no como modelo de Estado y gobierno sino como un programa histórico construido y postulado por las diferentes corrientes de la lucha popular. Bajo tal premisa se podrían evitar, quizás, algunos de los equívocos habituales al momento de planteárselo como alternativa revolucionaria frente al capitalismo; evitándose también los procedimientos que, a la larga,  reproducirán la vieja estructura política y social que se pretende erradicar, como ocurriera en la extinta Unión Soviética, siendo ella el modelo más a la mano para entender que no basta con estatizar los grandes medios de producción y creando algunas nuevas formas de propiedad social, si se carece del dinamismo impuesto por la lucha de clases y la participación popular en la definición de las nuevas políticas públicas.

Se tendría, entonces, que evitar, mediante la lucha organizada de las masas por conseguir y consolidar definitivamente los cambios revolucionarios, que el mando político corporativo y burocrático establecido en todas las estructuras del viejo modelo de Estado (incluidos los partidos políticos, sindicatos y otras formas organizativas clásicas) bloqueé la perspectiva que tales cambios causen el cambio estructural que debe sufrir dicho Estado, de manera que se trascienda el marco de la victoria meramente político-electoral y se construya, en consecuencia, un nuevo referente político donde el protagonismo popular sea un elemento primordial.

Es necesario, por ende, acelerar las condiciones que permitan el desarrollo de un sujeto popular que garantice el dominio político del proceso revolucionario bajo las banderas del socialismo, sin lo cual cualquier tentativa distinta por producirlo podría desviarlo y hacerlo fracasar, ocasionando un grave retroceso en la lucha popular que fortalecería la posición hegemónica de los grupos dominantes.

En consecuencia, la hegemonía de la cual disfrutan las instituciones asociadas a la representación en la actualidad tiene que ser combatida, necesariamente, por las fuerzas populares en el mismo plano que éstas lo han hecho para legitimar su poder, pero simultáneamente en todos los escenarios posibles, tanto en lo que tiene que ver con el ejercicio de su soberanía como en todo aquello que permita organizar un poder (o contrapoder) popular que tense las relaciones habitualmente aceptadas con el Estado, de modo que pueda plantearse su sustitución y erradicación por uno completamente diferente y revolucionario. Para lograrlo es preciso promover desde abajo una sociedad sin clases, con instituciones y modos de vida encauzadas por costumbres y valores democráticos impulsados por el pueblo que respondan a sus necesidades y expectativas largamente postergadas, de forma que las viejas instituciones del Estado burgués y las relaciones de producción capitalista den paso a otras de carácter eminentemente popular y socialista.

Se hace preciso entonces fundar una democracia comunitaria o consejista, arraigada en las mejores tradiciones sociales y de camaradería de nuestros pueblos ancestrales (tanto americanos como africanos, sin excluir lo que pudiera valorarse igualmente de Europa en este sentido), la cual tendría que restringir y supeditar la jerarquización verticalista del Estado porque entonces carecería de sentido y mecanismos que la hagan una realidad consolidada, entendida ésta como una voluntad de revolucionar cultural y políticamente a la sociedad imperante, generándose así unos nuevos modos de vivir que hagan posible el socialismo revolucionario como un programa histórico centrado en la realidad presente de nuestros pueblos,  elaborado y fundamentado por los diversos movimientos de la lucha popular.-

 

02/06/2010 15:30 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA PREFIGURACIÓN DEL NUEVO ESTADO, O TODO EL PODER PARA EL PUEBLO

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El cambio estructural que plantea (o se deriva de) la revolución socialista obligan a reflexionar y a trabajar dinámicamente en la constitución de un Estado que sustituya sustancialmente -en todas sus expresiones, niveles, procedimientos y componentes- al viejo Estado representativo, institucionalizado por la burguesía desde hace siglos en defensa de sus intereses de clase. Para ello es imprescindible su completo y constante cuestionamiento deslegitimador, de manera que su conquista signifique cumplir con la antigua, pero acertada, consigna bolchevique de darle todo el poder al pueblo, haciéndose realidad el empeño ancestral de todo revolucionario de construir una sociedad de nuevo tipo.

Como lo refiere Wladimir Ruiz Tirado, “la prefiguración de un nuevo Estado, ampliamente democrático, participativo y protagónico, está en relación directa con la herramienta de dirección a construir, pero, a la vez, con la calidad y la eficacia de la gestión gubernamental”.  Se impone, entonces, que a esta tarea revolucionaria se sumen todos los sectores populares y revolucionarios quienes le darían a la nueva institucionalidad por crearse el carácter democrático, pluralista, diversificado y popular que el mismo debe revestir, sin obviar el internacionalismo y el apoyo decidido a otros pueblos que, igualmente, se hallan en lucha por su liberación nacional. No basta, por consiguiente, que los revolucionarios crean de buena fe que las desigualdades e injusticias sociales, económicas, jurídicas, culturales y políticas podrán subsanarse con algunas soluciones parciales (efectivas en un primer momento, pues responden a hechos coyunturales) que no afectarán en lo medular el estado de cosas vigente, cayendo en el terreno del reformismo tradicional.

Se requiere que estos mismos sectores pugnen por la conquista de espacios propios en los cuales su participación y protagonismo sean una realidad en permanente avance, de forma tal que ella incida en la estructuración de dicha institucionalidad, eliminando la relación tradicionalmente aceptada entre gobernantes y gobernados, e invirtiendo la pirámide social; lo que constituirá, sin dudas, un nuevo modelo de civilización y de entender y de hacer la política.

Quien se atreva a oponerse a este escenario, invocando una falsa concepción gradualista o evolucionista de la revolución socialista, estará manifestando una desconfianza respecto a la capacidad política del pueblo, producto de la ideología dominante que aún arrastra, ya que propone conducir los cambios revolucionarios a un paso que no violente el orden reinante, ubicándose en contra de la revolución socialista y, por añadidura, en el bando de la contrarrevolución, al negarle a la misma su naturaleza subversiva.

Todas las experiencias revolucionarias del pasado acabaron por perfeccionar la maquinaria del Estado sin darle cabida a la democracia de las masas cuando lo que hacía falta era romperla y destruirla para así instaurar otro en su lugar, el cual tendría por misión histórica principal posibilitar el poder popular; generando su autodestrucción, sin buscar su continuidad y mejoramiento.

En la actualidad, diversas experiencias políticas en nuestra América podrían calificarse de revolucionarias (aunque otras no dejan de ser simplemente progresistas y algunos quizás no estén de acuerdo con tal apreciación), pero éstas tendrían que dar el salto cualitativo respecto a la existencia del aparato estatal, ya que en ello está incluida la liberación de las grandes mayorías excluidas, explotadas y oprimidas. La comprensión de esta realidad por parte de los revolucionarios dará la medida del socialismo revolucionario que se ansía implantar, sin las relaciones ni las estructuras capitalistas que, desde mucho tiempo atrás, han reglamentado nuestras existencias en beneficio de las clases dominantes.-  

18/04/2010 14:00 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL ESTADO, LA PARTICIPACIÓN POPULAR Y LA RENOVACIÓN DE LA POLÍTICA

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            En tiempos en los cuales han sido afectados -de una u otra manera- los paradigmas dominantes de la sociedad contemporánea, todos los acontecimientos suscitados en el mundo durante las dos últimas décadas tienen un común denominador en la acción y la vigencia del Estado. Aún de un modo imperceptible y apolítico, las masas populares lo enfrentan y cuestionan, exigiendo cambios y participación en la toma de decisiones que les afectan como entidad colectiva, lo cual ha originado la caída de algunos gobiernos, gracias a su acción decidida, sin armas y sólo esgrimiendo su soberanía como derecho inalienable que les asiste por encima de cualquier conveniencia jurídica o política. Esta simultaneidad escasamente diferenciada de cuestionamiento e ilegitimidad del Estado coincide con la crisis generalizada que padece el sistema capitalista, cosa que atenta gravemente contra el mismo, en vista de su incapacidad para responder oportuna y satisfactoriamente a las demandas crecientes de la población o, en el caso contrario, para reprimirlas abiertamente, como se acostumbraba antes, alegando combatir al comunismo internacional.

Ello explicaría, aunque no de forma suficiente, el resurgimiento de la alternativa socialista -con sus variaciones y matices particulares, sin que la arrope la uniformidad que prevaleciera en el siglo XX, cuestión que la hace más interesante- frente a los diferentes problemas estructurales y coyunturales que nos envuelven en el presente. Esto ha obligado a replantearse (de modo extremo, a veces, y otras, un tanto sutil) el cambio estructural del Estado, ya que su misma concepción y funciones responden habitualmente a los intereses y al orden deseado por las elites dominantes; de ahí que apenas se permita algunos resquicios de participación popular, pero sin mayores concesiones (ganados en la calle, con sus secuelas de represión, asesinatos, encarcelamientos y exilios de aquellos dirigentes populares, considerados como una amenaza para el Estado).

Sin embargo, la transformación efectiva del viejo Estado burgués-liberal en una entidad entendida, sustentada y desarrollada -tanto cualitativa como cuantitativamente- mediante la participación ciudadana en todos sus niveles supone trascender diversos obstáculos hasta ahora considerados insalvables, entre ellos, la resistencia al cambio que manifiestan no únicamente las elites dominantes sino también las mentalidades jerarquizadas de algunos sectores populares, lo que exigiría el desmontaje continuo de los esquemas culturales preponderantes, a través de una práctica insurgente cotidiana de los nuevos valores y principios que los sustituirán y que regirán en lo adelante a la nueva sociedad por construirse bajo el socialismo. Así, la democracia participativa y protagónica -en contraposición a la antigua democracia representativa-cupular- supone el ejercicio creador, amplio y soberano del poder constituyente del pueblo, preestableciendo su total autonomía frente a los entes diversos del Estado, evitando su cooptación y el riesgo siempre latente de desvirtuarse en función de los intereses mezquinos de la casta gobernante, aún cuando ésta exista a nombre del socialismo y la revolución popular.

Esto ocurrirá en la medida que el pueblo adquiera plena conciencia de su rol histórico. Por ello, la transformación del Estado elitesco actual por uno realmente popular y revolucionario pasa por la renovación constante de la política. Ésta tiene que gestarse al calor de la participación popular, cosa que requerirá de las organizaciones partidistas una adecuación inevitable, dada su práctica coyuntural y meramente electoral que las hace extrañas a las expectativas y luchas del pueblo; quedando fuera de todo ello las elites políticas, económicas, sindicales, eclesiásticas, intelectuales y militares tradicionales. De manera tal que todo parece centrarse (sin resultar algo único) en la representatividad o delegación del poder popular, ya que es uno de los elementos claves del deterioro irreversible de la confianza de lo político y, por extensión, del Estado en sentido general, aunque su superación no determine un rumbo que nos conduzca la conquista de la Utopía, podría acercarnos a una comprensión más profunda de su necesidad histórica.           

09/10/2009 12:28 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

UNA REVOLUCIÓN EN LA REVOLUCIÓN PARA LLEGAR AL SOCIALISMO

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            “…los procesos de unidad más genuinos responden siempre a las iniciativas de las bases y no de las superestructuras”. Miguel Mazzeo, El sueño de una cosa (Introducción al Poder Popular).

 

            Una preocupación constante de los revolucionarios a escala mundial es hallar la manera de enrumbar al pueblo hacia cambios radicales que impliquen el abandono definitivo de los patrones de conducta que rigieron su vida hasta entonces, máxime si tales cambios suponen la puesta en práctica del socialismo, por lo que comúnmente ocurre que, ante las necesidades materiales inmediatas de este mismo pueblo, se adopten medidas que prolongarán la vigencia del viejo Estado y las relaciones de producción capitalistas que debieran abolirse en un tiempo perentorio. Aún admitiendo esta última realidad, es preciso que la dirigencia revolucionaria -convertida en vanguardia legitimada por los sectores populares- más que quienes detenten los diferentes cargos de gobierno, articulen esfuerzos dirigidos a impulsar y a fortalecer las instancias organizativas del poder popular, de modo que éste pase a asumir -sin ningún tipo de dependencia estatal- funciones de autogobierno, con lo cual el desmontaje y la deslegitimación de las estructuras seculares del capitalismo y de su sistema político representativo sean una situación sin vuelta atrás, generándose nuevas relaciones sociales y un modelo civilizatorio de otro tipo.

            Es de comprenderse que, bajo el ordenamiento jurídico burgués actual, cualquier gobierno progresista o decididamente revolucionario estará siempre cercado por un cúmulo de amenazas de desestabilización (externas e internas) y de limitaciones que sólo la movilización, la organización y la toma de conciencia por parte del pueblo, hechas permanentes en un proceso inacabable de aprendizaje y desaprendizaje, podrá romper; facilitando así la transición que se desea, es decir, el socialismo, aunque se recurra todavía a los mecanismos permitidos por el antiguo régimen. Lo importante es evitar esa tendencia, digamos, tradicional que hace pensar a mucha gente de inclinaciones revolucionarias que sólo basta copar todas las instancias gubernamentales para hablar de revolución, olvidando que -al mantenerse intacto el viejo Estado burgués-liberal, aún en sus expresiones más “inocentes”- esto no será posible, teniendo en cuenta que la participación popular es marginalizada por el mismo, a pesar de la nueva nomenclatura aparentemente socialista. En este caso, esta participación popular tiene que resultar vinculante, ubicada por encima del mismo poder constituido e influyendo decisivamente en cada cambio promovido. Como lo refiere Miguel Mazzeo, “para evitar que un proceso de autoinstitución popular sea confiscado y profanado por una elite política, como para permitir que un gobierno popular se deslice por la senda de la radicalización y no impida el despliegue de la sociedad nueva que late en la vieja, se deben borrar las diferencias entre las funciones políticas y las administrativas. Esto significa que el poder popular, en su semántica más fuerte, implica el ejercicio de funciones políticas”.

            De esta manera, el poder popular podrá ir derribando las fronteras existentes entre el Estado y la sociedad, evidenciándose su esencia popular y llegándose a comprender cabalmente que el socialismo no es nada más que una concepción revolucionaria, teniendo que replantearse de una forma diferente el problema del poder, así como la vigencia y pertinencia de los partidos políticos, en razón que sería el pueblo -mediante el aseguramiento de sus formas organizativas autónomas- quien lo ejerza, pero ya no en un sentido tradicional, sino construyendo uno radicalmente nuevo, producto de la interacción y de la toma de decisiones de las amplias mayorías, profundamente democrático, pluralista y popular, por supuesto. Sería algo similar a lo planteado por los zapatistas respecto a la concepción del propio término revolución, haciendo posible la revolución, lo que equivaldría a una revolución en la revolución para llegar al socialismo.-     

02/09/2009 18:05 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

MUJER Y SOCIALISMO

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            La inserción de la mujer en los diferentes campos de la vida social contemporánea a escala planetaria ya no sorprende, prácticamente, a nadie, aunque -producto de esa visión etnocéntrica inculcada durante siglos por la llamada civilización cristiana y occidental- todavía se vea relegada y discriminada en muchos de los países asiáticos y africanos, sin excluir algunos pertenecientes a nuestra América. Sin embargo, los avances en este sentido no han sido producto del azar ni menos de la indulgencia o comprensión de los hombres, sino el resultado de una larga lucha emprendida por las mujeres; unas, en el ámbito laboral; otras, en lo político y en lo social. Todas enlazadas en la lucha común contra lo que podríamos denominar machismo de Estado, respaldado por las jerarquizaciones establecidas, la supremacía económica, el miedo religioso, el autoritarismo, el sexismo, el racismo y la simple negación de la libertad que han padecido -de una u otra forma- las mujeres a través del tiempo.

 

            De la preponderancia femenina absoluta (ginecocracia), expresada en las múltiples imágenes de diosas (Venus) se llegó a una de carácter masculino (patriarcado) generalizado, llegándose al colmo de negarle cualquier derecho a la mujer, incluso el de ser portadora de conocimientos, acusándosele de bruja y sometiéndosele a la hoguera, cuestión que cumplió diligentemente la Iglesia católica. Aún así hubo valiosos intentos por revertir esta situación, como cuando ocurrió la Revolución Francesa, siendo Olympe de Gouge quien escribiera la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana en 1791. El alemán August Bebel, un destacado propagandista y teórico del marxismo, fijaría a finales del siglo XIX  la consigna básica del feminismo socialista: "no puede haber ninguna liberación de la humanidad sin la independencia social y equiparación de los sexos". Para Marx y Engels, la igualdad política entre la mujer y el hombre era una condición necesaria para la plena emancipación de la sociedad. Además, los fundadores del socialismo científico entendían que la base fundamental de la emancipación femenina era su independencia económica frente al hombre. No obstante, muchos socialistas hombres no compartían en la práctica lo sustentado en la teoría, de ahí que mujeres como Louise Michel, Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo se vieran obligadas a rebatir y a combatir las posiciones machistas de sus camaradas. Todo esto ayudó a darle fisonomía propia al feminismo y a las luchas de las mujeres en procura de sus derechos plenos.                                               

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   

            El socialismo revolucionario, sustentado en las tesis teóricas de Marx y Engels, puso al descubierto las raíces del avasallamiento de la mujer, así como su relación con un sistema de producción basado en la propiedad privada y con una sociedad dividida entre una clase rica, poseedora de riquezas, y otra pobre, productora de riquezas. Más que eso: explicó igualmente cómo la abolición de la propiedad privada suministraría las bases materiales para traspasar a la sociedad todas las responsabilidades sociales que hoy recaen sobre la familia individual, como el cuidado de los niños, de los ancianos, de los enfermos; la alimentación, el vestuario y la educación. De este modo, las mujeres romperían con la servidumbre doméstica y cultivarían colmadamente sus potencialidades como integrantes creativos y productivos de la sociedad, y no sólo destinados a la reproducción humana. Las relaciones humanas, en consecuencia, se transformarían en relaciones libres de personas libres, en estado de igualdad. Esto comenzó a ser posible en la Unión Soviética, establecida en 1917, la cual legisló a favor de la mujer en relación al salario (equiparado al del hombre), al divorcio, a los hijos naturales y a la pensión alimenticia, también fueron suprimidos todos las prerrogativas ligadas a la propiedad que se mantenían en provecho del hombre en el derecho familiar.

 

            Ahora que se habla de socialismo, especialmente en nuestra América, es importante acotar que aún se requiere de una crítica al sistema de explotación económica y ambiental que supone el capitalismo, incluyendo las expresiones del feminismo indígena, afrolatinoamericano, lésbico y analítico. Hoy los derechos de la mujer se extienden a su derecho a no sufrir violencia doméstica (de cualquier nivel) ni a ser objeto de juicios morales y religiosos excluyentes por exigir la legalización del aborto, el reconocimiento de las disidencias sexuales y el prevención de métodos anticonceptivos. Sin embargo, no se limitan a éstos nada más, sino que abarcan, incluso, una propuesta política de la autonomía femenina que comienza a generarse en medio de la lucha multitudinaria de nuestros pueblos.-   

       

13/06/2009 17:02 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL SOCIALISMO EN LA AGENDA DEL SIGLO XXI

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             La ausencia de organización y de dirección genuina desde una perspectiva revolucionaria, así como de un proceso de movilización popular, de desburocratiozación efectiva de las funciones de la administración pública y de participación plena y vinculante de los sectores populares frente a la gobernabilidad burguesa vigente, representan gran parte de los escollos que han de atacarse y conquistarse para hacer posible la revolución socialista. Todo ello, sustentado en una confrontación de ideas permanente que permita armar una teoría revolucionaria verdaderamente socialista y popular, gestada desde abajo y concebida de acuerdo a las realidades y a las necesidades particulares de nuestros pueblos. Eso sería reinventar el socialismo (al uso del momento histórico actual), dándosele la connotación original que tuvo desde sus pasos iniciales, a la par del fortalecimiento y expansión del capitalismo como sistema económico dominante. Pero, al mismo tiempo, sería incluir en él los aportes derivados de las múltiples experiencias de luchas populares habidas en los últimos años, resultando el socialismo en algo más que en un cambio meramente político.

 

            “No basta -como lo afirmara Aurelio Alonso, director de la Casa de las Américas- que el proletariado tome el poder ni que la burguesía sea expropiada ni que se derogue la legalidad del ancien régime  ni que se barra con sus instituciones y se desechen sus fundamentos ideológicos. El dato clave es, a nuestro juicio, que reinventar el socialismo supone parejamente reinventar la democracia, y viceversa, y éste es un paquete completo en la agenda del siglo XXI”.  En el marco del sistema burgués-liberal imperante, ésta es una cuestión que no puede circunscribirse únicamente al acto de votar como una concesión benévola de las clases dominantes, sino que debe orientarse a generar instancias de confluencias de los diversos grupos y movimientos sociales, cuya meta sea la conquista del poder popular como expresión definitoria del socialismo.

 

            No hay que creer que la revolución sea una fuerza marginal y simbólica, sin trascender el dilema de la lucha de clases y todo aquello que caracteriza la civilización reinante en un sentido general, en medio de una debacle económica mundial y de fenómenos climáticos devastadores que amenazan la vida de toda la humanidad. Al contrario de ello, resulta insoslayable cuestionar el socialismo light que algunos promueven y desean, simplemente porque les otorga la oportunidad de mejorar considerablemente sus condiciones de vida, especialmente en lo que tiene que ver con sus ingresos económicos, hablando de una igualdad, de una democracia participativa y de una justicia para todos, pero que no afecte el orden establecido. Esto nos conduce, forzosamente, al reformismo, nunca al socialismo, por muchos argumentos que se presenten, resultando el más irrelevante el de estarse construyendo un nuevo socialismo, algo que no pocos estudiosos serios del tema han hecho, principalmente cuando resaltan los contribuciones teóricas de muchos socialistas, con Marx a la cabeza.

 

            Valdría la pena responder las interrogantes formuladas por David Laibman en su “Siete tesis para un socialismo pujante en el siglo XXI” para comprender cabalmente la necesidad histórica del socialismo: “¿Qué cosa que no sea la participación democrática, guiada por principios, de millones de personas cultas, altamente individualizadas, ofrece siquiera la posibilidad de solución a las crisis que enfrentamos? ¿Cómo se puede lograr esa participación sin una igualdad básica, de un tipo y un grado nuevos? ¿Podemos siquiera concebir esa igualdad sin la derrota definitiva del poder y el privilegio de una clase dominante asentada sobre una riqueza privada, valorizada? ¿Cómo puede hacerse realidad las potencialidades de la tecnología moderna sin la democracia social y económica? No le deis más vueltas: ¡llamadlo socialismo! Cuando lo hagamos, y además nos sumemos a todas las luchas actuales en pro de la defensa de nuestros derechos y de las reformas que ansiamos, le estaremos dando un nuevo prestigio a la idea socialista. Pero también le estaremos brindando un nuevo apoyo a los movimientos militantes del presente al esgrimir la promesa de una visión alternativa que evoluciona y se enriquece sin cesar”. Quizás así se podría guiar el esfuerzo incesante en la construcción del socialismo como alternativa revolucionaria real al capitalismo, alcanzándose la emancipación anhelada de la humanidad.-    

 

13/06/2009 17:01 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

EL PODER POPULAR, LA UNIDAD REVOLUCIONARIA Y LA INSURGENCIA NECESARIA

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           La revolución bolivariana requiere con sentido de urgencia de una diversidad integrada que contribuya a definir y a poner en el centro del combate diario la propuesta del poder popular, tanto en el plano teórico como en el práctico, de manera que se construya junto con el pueblo las condiciones que harán posible el socialismo. Sin esa visión compartida y esa voluntad política sincera de los revolucionarios resultará muy difícil allanar los caminos de la unidad revolucionaria (una unidad que trascienda lo meramente electoral, por supuesto), permitiéndose que praxis y teoría se confronten y sirvan para ir consolidando de modo irreversible y profundo las diferentes conquistas populares.

 

            Es así que la idea de conformar amplios frente de lucha revolucionaria se convierte en la orden del día para todos aquellos grupos, sectores, movimientos y/o partidos políticos identificados con la revolución popular, la liberación nacional y el socialismo, los cuales están llamados a coordinar y a articular esfuerzos en función del poder popular, abandonando de paso ese accionar electoralista y sectario que tan bien caracteriza a los partidos políticos tradicionales, contribuyendo de esta forma a superar las diferencias que los separan. Este es un planteamiento a ser tomado en cuenta también por quienes ejercen cargos de elección popular, puesto que toda su gestión gubernamental debe orientarse a producir el cambio estructural y, por ende, a establecer instituciones públicas realmente participativas, populares y socialistas, con lo cual comenzarían a eliminarse las obsoletas estructuras burocrático-representativas que han subyugado a nuestros pueblos. Esto, no obstante, exige confiar absolutamente en la madurez política y en la capacidad creadora del pueblo para asumir de forma protagónica los cambios que propicien en lo político, lo cultural, lo económico y lo social, sin descuidar ningún aspecto de la vida diaria (incluso, la estructura, la doctrina y la misión de las Fuerzas Armadas Nacionales, entendidas como parte fundamental del Estado burgués). Para alcanzar dicho estadio, es necesario comprender que no puede -ni debe- darse una coexistencia medianamente prolongada con los paradigmas del viejo régimen burgués, aún aquellos percibidos como inevitables o normales, ya que resultaría algo paradójico y conspiraría abiertamente contra nuestro deseo de levantar en su lugar otros, adecuados a esa nueva civilización, emancipada y emancipatoria, alejada en todo al sistema de dominación y de explotación del capitalismo.

 

            Es un enorme reto, sin duda, pero es ineludible y, por supuesto, harto necesario. La correlación de fuerzas en el transcurso de la lucha librada contra los sectores conservadores dominadores aún no se ha decidido entera y definitivamente favorable a los sectores populares y, menos, ha facilitado la creación y funcionamiento a plenitud de órganos de poder popular que reviertan la situación actual, pasando a una fase de ofensiva popular con una alta incidencia en las decisiones de gobierno, cualquiera sea su instancia. Con ello se avanzaría más firmemente hacia la consolidación de ese poder popular surgido desde abajo, con características propias, inéditas, autónomas y diversificadas, evitando que haya alguna desviación del proceso revolucionario de parte de elementos de derecha, o reformistas, instalados en las butacas del poder, sin la suficiente convicción, el sentimiento y la conducta derivadas de un conocimiento profundo de lo que significa el socialismo y el momento histórico que vivimos. Hacia esto es que deben enfocar su mirada y sus luchas los revolucionarios de izquierda y no esperar a que el socialismo caiga del cielo, prefabricado, o suponer que, sin un cargo de gobierno en mano, es inútil adentrarse en esta magnífica aventura. El dilema siempre lo constituirá si todo lo que se realice servirá de algo en la construcción segura del socialismo y habría que responderse afirmativamente, en el caso de hacerlo sin ningún tipo de intereses subalternos y quebrantando los patrones de conducta habitualmente aceptados por todos, como una manera de insurgir permanentemente contra el injusto modelo de sociedad imperante. Ella sería una insurgencia necesaria para que el poder popular sea sustento real y auténtico del socialismo y de la revolución que se anhela.-     

08/06/2009 15:23 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LOS DESAFÍOS HISTÓRICOS DEL NUEVO SOCIALISMO

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Uno de los tantos desafíos históricos que debe enfrentar el socialismo en este siglo es el relacionado con el ejercicio del poder, la cuestión nacional y la eliminación radical de las relaciones de producción y de aquellas que, a su vez, se derivan de ellas en lo social. Estos son elementos primordiales que, al resolverse, le darían consistencia sólida a los ideales socialistas, pero que -si se mantienen bajo cualquier argumento- los negaría por completo, siendo simple reformismo populista, a pesar de la retórica y de la propaganda revolucionaria.

 

Muchos todavía se aferran a la común idea de que el nuevo socialismo debe alejarse de las fuentes que lo han nutrido justificado en el tiempo, como Carlos Marx, de quien dicen hay que trascenderlo, pero utilizando la mayoría los mismos alegatos prejuiciados esgrimidos siempre por los sectores de la derecha; de ahí que consideren su invaluable contribución a la comprensión de esta alternativa revolucionaria al capitalismo como algo desdeñable y poco menos que intrascendente. Para respaldar esto último, exhiben lo hecho por China, Vietnam y, en una menor medida, por Cuba en materia económica, sin mayores pretensiones de producir un debate serio sobre tan importante tema.

 

Así, el socialismo requiere, hoy más que nunca, de definiciones más cercanas a las realidades que confrontan los pueblos del mundo, abarcando con mayores detalles los aspectos que fueran inicialmente abordados, estudiados y adelantados por Marx y Engels, sin menospreciar lo propio de Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Gramsci, el Che Guevara y otros no menos importantes luchadores socialistas, incluyendo a los ácratas; pues, este socialismo que se pretende nuevo no tiene una sola vía posible, sino varias, como lo demostrara en su momento la Revolución Cubana. Tal legado, en su conjunto, representa un punto de partida para la construcción del socialismo, más aún cuando presenciamos la catastrófica crisis global padecida por el capitalismo, la cual -por cierto- se antoja profunda y duradera, a pesar de las iniciativas multilaterales adoptadas por los gobernantes de las grandes potencias industrializadas. A ello habría que agregarle los estudios recientes realizados por una gama de teóricos socialistas a la luz de los múltiples acontecimientos que sacuden al mundo desde finales del siglo pasado, especialmente a nuestra América, que bien podrían ampliar los horizontes abiertos por el socialismo, dado que es harto necesario que se entienda, al menos, que éste -muy contrariamente a la imposición de un pensamiento único por parte del capitalismo- tiende más a la preservación de la diversidad en todas sus manifestaciones, cosa que olvidaron muchos durante las diferentes experiencias revolucionarias del pasado, obligados por los avatares de la Guerra Fría , siendo un elemento manipulado hasta la saciedad por los sectores contrarrevolucionarios a nivel planetario para infundirles terror y desconfianza a los pueblos que anhelan su liberación.

 

Esto no es, ni debe serlo jamás, obstáculo que impida cubrir la necesidad urgente de una teoría y de una praxis genuinamente humanistas, emancipatorias y pluralistas que plasmen y profundicen el socialismo (sin más etiquetas), teniendo en los sectores populares su principal base de sustentación, sin cúpulas “iluminadas” ni líderes “carismáticos” que secuestren y usurpen la voluntad general, tal como sucede tradicionalmente bajo el sistema representativo que tanto gusta a Estados Unidos. Sin embargo, todavía los revolucionarios habrán de enfrentar las acciones y las voces de quienes, desde sus trincheras de autoridad partidista y/o gubernamental, aspiran acallar y segregar el espíritu rebelde y subversivo de la revolución socialista. En esta lucha constante, se deben promover, acompañar y precisar los objetivos revolucionarios del pueblo, haciendo posible -en consecuencia- el verdadero socialismo.-   

16/05/2009 18:28 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

SOCIALISMO Y PRÁCTICA REVOLUCIONARIA

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Siempre se ha afirmado que sin teoría revolucionaria no habrá jamás revolución socialista. Muchos lo dicen y repiten en diversas ocasiones, sin profundizar mucho en su verdadero sentido, haciendo del socialismo un cúmulo de citas de autores o teóricos socialistas sin conexión alguna con la realidad que se busca transformar. Por ello, el socialismo vive una carencia de debates en torno a lo que representa en la actualidad y a la necesidad de llevarlo a la práctica, despojándonos del viejo recetario político que heredamos, el cual nos impide construir el cambio estructural de un modo audaz, innovador y realmente revolucionario, de tal forma que -al mismo tiempo- se destruya el antiguo orden y se construya el nuevo, con participación del pueblo.  

Cuando la revolución rusa del 7 de noviembre de 1917 hizo realidad la consigna “Todo el poder a los Soviets”, proclamada por Lenin y sus compañeros bolcheviques, se pensó que la teoría socialista al fin comenzaba a concretarse en hechos reales, sin el idealismo del cual fuera revestido en algún tiempo. Sin embargo, la titánica tarea enfrentó diversas dificultades, entre ellas la guerra interna que desataron sus enemigos, sumada a la agresión imperialista de las potencias de entonces, cuestiones que terminaron por frenar la experiencia democratizadora iniciada por los obreros, campesinos y soldados de la naciente Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), con la consabida usurpación de la voluntad popular por parte de una burocracia partidista que, a la final, revirtió toda la situación revolucionaria que se había creado inicialmente. A dicha experiencia, se le agregarían las vividas en China, Cuba, Yugoeslavia, Vietnam y Europa del Este, cada una a su manera, adaptándose a las condiciones reales de cada país y buscando un camino propio hacia el socialismo. No obstante, la práctica revolucionaria que supone la implementación del socialismo aún quedaba pendiente, una cuestión que podría interpretarse exitosamente en nuestra América, si los revolucionarios empiezan a despojarse de los paradigmas dominantes y comienzan a construir otros en su lugar. Habría que repetir (sin dogmatismo) lo que ya declararan Marx y Engels en “La ideología alemana”, en el sentido de que “es necesaria una transformación en masa de los hombres que sólo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución; y que, por consiguiente, la revolución no solo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del fango en que está hundida y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases”.

En consecuencia, “debemos aprender a construir poder popular (u obrero-popular) para poder hacer la revolución”, como lo sentencia Aldo A. Casas en “Actualidad de la Revolución y Poder Popular”. No hay otra fórmula diferente. Ambas cosas tienen que producirse simultáneamente, sin descuido de ninguna en función de la otra y en abierta contradicción con el Estado del capital, sin maquillajes que conviertan a la revolución socialista en simple expresión del reformismo. Los sectores populares tendrían que crear sus espacios, de manera autogestionaria, soberana y revolucionaria, sin esperar a que todo esté plenamente considerado en las leyes, sino ejerciendo la democracia directa mediante un impulso emancipador que termine por abarcar todas las áreas de la vida en sociedad. Tal cosa no puede represarse invocando razones de Estado y, menos, la falta de madurez política del pueblo, como acostumbran algunos “revolucionarios”. Es preciso que el socialismo sea producto de una práctica revolucionaria constante, autogenerada, capaz de asegurar la continuidad, solidez y profundización de la revolución, sin perder nunca -también- la capacidad de revisarse, en función de la realidad creada por nuestros pueblos cada día.-   

 

19/03/2009 19:14 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

¿HACIA DÓNDE ORIENTAR EL DEBATE SOBRE EL SOCIALISMO?

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           Con un vasto y diversificado movimiento de masas a nivel continental y mundial favorable al socialismo, se hace importante y necesario orientar el debate sobre su definición y su puesta en práctica, de modo que el mismo sirva de marco y de sustento ideológico a las diferentes luchas populares por una sociedad y un mundo mejores. Esto implicaría adoptar criterios de amplitud, a fin de evitar el dogmatismo izquierdista del pasado que, de paso, impidió que se caracterizara correctamente la revolución socialista que, en algún momento, tendría lugar en los países de Nuestra América. Con ello, se haría del socialismo una verdadera alternativa revolucionaria no solo vigente o actualizada sino también válida y factible en un mundo dominado por la globalización económica capitalista.

 

            Sin embargo, es preciso “delimitar ideológicamente el campo revolucionario de diversos reformismos, algunos antiguos y otros de reciente formulación”, como lo indica Norberto Bacher, “en tanto se unifique la unidad política de las fuerzas revolucionarias para que el rumbo hacia el socialismo planteado como horizonte cercano de nuestra revolución no se quede en una simple retórica ni se transforme en factor de confusión, desmovilización y, en última instancia, de división para las grandes masas”. Tal delimitación se hace imperativa por cuanto se ha erigido cierta tendencia generalizada –tanto en Venezuela como en otras naciones de nuestro continente- que niega y soslaya las experiencias y los aportes teóricos del socialismo revolucionario en el pasado, alegando que el socialismo debe resultar nuevo y, por lo tanto, se permite obviar algunos aspectos medulares del mismo, como la lucha de clases, planteándose en consecuencia una posición revisionista un tanto ingenua que pretende convivir con el capitalismo, tratando de darle un rostro más humano.

             Como lo refiriera Rosa Luxemburgo en Reforma o revolución, “quien se pronuncia por el camino reformista en lugar de y en oposición a la conquista del poder político y a la revolución social no elige en realidad un camino más tranquilo, seguro y lento hacia el mismo objetivo, sino un objetivo diferente: en lugar de la implantación de una nueva sociedad, elige unas modificaciones insustanciales de la antigua. De este modo, siguiendo las concepciones políticas del revisionismo se llega a la misma conclusión que estudiando sus teorías económicas: no busca la realización del socialismo, sino la reforma del capitalismo, no busca la supresión del sistema de trabajo asalariado, sino la disminución de la explotación. En resumen, no busca la supresión del capitalismo, sino la atenuación de sus abusos. ¿Cabe pensar que lo dicho anteriormente sobre la función de la reforma o de la revolución sólo sea aplicable a la lucha de clases del pasado? ¿Es posible que de ahora en adelante, gracias al perfeccionamiento del sistema jurídico burgués, las reformas legislativas sean la vía para que la sociedad pase de una fase histórica a otra y que, por tanto, la conquista del poder del Estado por parte del proletariado se haya convertido en "una frase sin sentido”…? De este modo, las vías económicas, políticas, sociales y culturales que podrían determinar la construcción socialista de la nueva sociedad acaban secuestradas y distorsionadas al interpretarse que solo basta con intentar reducir la brecha existente entre ricos y pobres, impulsando el desarrollo capitalista de cada país.

 

            El debate, por consiguiente, tiene que orientarse hacia formulaciones vinculadas con la historia, las luchas y la idiosincrasia de nuestros pueblos, sin negar su carácter universal e histórico. Esta es una cuestión fundamental para que el socialismo revolucionario pueda tener esa vigencia que los nuevos tiempos le han renovado al calor de las luchas políticas y sociales emprendidas por nuestros pueblos en contra de los abusos, la explotación y la depredación continua del capitalismo a escala mundial. De esta forma, el socialismo será definitivamente una realidad y no simple ilusión.-

 

04/03/2009 19:28 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.


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