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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2020.

EL EUROCENTRISMO, EL COMIENZO DE LA EXCLUSIÓN

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En su libro “La invención de la exclusión”, José Romero Lossaco destaca que “la negación de la condición humana de unos, en cuanto producto de la afirmación de la condición humana de otros, dio origen a proyectos de salvación/colonización de aquellos que fueron definidos como no-humanos. Así, desde finales del siglo xv hasta nuestro siglo XXI el planeta ha sido testigo del despliegue de estrategias de humanización promovidas por la impronta moral de quienes han tenido el poder de definición sobre lo humano. Se cuentan, entre dichas estrategias, la evangelización-cristianización, la civilización-modernización, el desarrollismo y la democratización. En todos los casos encontramos detrás una definición de humanidad que limita la misma a las formas religiosas y/o seculares del mundo euro- norteamericano. La retórica moderna de salvación va acompañada de la lógica sacrificial de la Colonialidad: sacrificar el cuerpo para salvar el alma, desprenderse de la ‘tradición’ mediante ajustes dolorosos que saquen del pasado a las sociedades atrasadas, encaminarlas por la senda del desarrollo, son las formas perversas de este discurso de salvación/sacrificio. En cada uno de los casos, a lo largo de los últimos cinco siglos, la expansión de la Modernidad ha implicado la inclusión del resto dentro del marco de los ‘beneficios’ que esta trae consigo. Sin embargo, la retórica de salvación que ha dado forma al discurso de la inclusión ha sido ciega ante la lógica de la Colonialidad e incluso ha contribuido a hacerla invisible”.

Ello tuvo un cruento precedente en el caso de los antiguos pobladores de nuestra América, a quienes los invasores españoles catalogaron como seres sin historia ni religión, negándoseles así la condición humana por el simple hecho de pertenecer a culturas, con cosmogonías propias, completamente distintas a las existentes entonces en Europa. Siglos después las circunstancias apenas han cambiado. Lo mismo vale para el eurocentrismo llevar a cabo una agresión colonialista e imperialista, como aconteciera contra Argelia o Vietnam, que imponer un sistema segregacionista, tipo Sudáfrica o Israel.  A cada momento y en diversas naciones de nuestro continente, por ejemplo, hay grupos que revalidan con orgullo irracional la ideología eurocentrista, a tal extremo que la vida de las demás personas tiene escasamente algún valor ante sus ojos. Tanto en el ámbito social y político como en el religioso/espiritual.  

Sobre este último elemento, se observa cómo las denominaciones religiosas cristiano-evangélicas (dotadas de una presencia parlamentaria y gubernamental en varias naciones del continente y de una considerable red de radios, canales de televisión y redes sociales que difunden su mensaje a diario) comienzan a ejercer una influencia importante en el electorado latinoamericano. Como se evidenció en el proceso plebiscitario sobre los acuerdos de paz en Colombia, al igual que en Costa Rica durante el veredicto de la Corte Interamericana de Derechos Humanos respecto a la legalidad del matrimonio igualitario y en Brasil con la victoria obtenida por Jair Bolsonaro. Algunos analistas lo definen como evangelismo político mientras otros lo catalogan como teología de la prosperidad, la cual comprende, según sus predicadores, una guerra espiritual contra el mal y quienes estén involucrados en ella (de parte de su dios único, obviamente) podrán ser bendecidos con la salvación de sus almas, la bonanza económica y la salud de sus cuerpos.

No es casual que ello ocurra, tomando en cuenta que el catolicismo estigmatizó a aquellos que, de alguna forma, se oponían a sus designios u objetaban sus reglas y enseñanzas. Una cuestión que tendría también su extensión a lo político, en la actuación y fisonomía del Estado, o en lo que conocemos como relaciones de poder. De este modo, la misión redentora y civilizadora de la civilización europea (traspasada luego a Estados Unidos) tuvo un basamento incuestionable. Europa sería desde entonces el epítome del conocimiento y del progreso humano, por lo que todos los pueblos del mundo estarían obligados a supeditarse a ella a fin de trascender su condición salvaje o aculturada, además de su subdesarrollo tecno-científico y económico.

La diferencia colonial y, junto con ella, de la colonialidad del poder, hizo posible el surgimiento y la consolidación del circuito económico-comercial del Atlántico a manos de las grandes potencias europeas, cuyo desarrollo se debe en gran parte a la extracción y a la explotación de recursos de los territorios americanos, africanos y asiáticos que éstas dominaron por largo tiempo. Ello marcó el abismo existente entre éstas (incluyendo a Estados Unidos) y el resto del mundo. En contraste con tal realidad se impone la búsqueda y el logro de un pensamiento realmente autónomo, oponiendo a la hegemonía eurocentrista una globalización emancipatoria contrahegemónica, plural y pluralista, contraria al pensamiento único que éste representa; lo cual exigirá una alta dosis de creatividad, de innovación, de herejía y de subversión de parte de nuestros pueblos subordinados. -

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17/03/2020 11:33 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

DEMOCRACIA DE BAJA INTENSIDAD

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En uno de sus libros, “Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social" Boaventura de Sousa Santos nos advierte sobre la existencia de un tipo de democracia de baja intensidad en sintonía con el afán de dominación característico del capitalismo neoliberal globalizado; muy distante, por cierto, de la que se aspira de una manera ideal: «estamos entrando en un proceso donde solamente tiene valor lo que tiene precio y, por lo tanto, el mercado económico y el mercado político se confunden. Con eso se naturaliza la corrupción, que es fundamental para mantener esta democracia de baja intensidad, porque naturaliza la distancia de los ciudadanos a la política: ‘todos son corruptos’, ‘los políticos son todos iguales’, etc., lo cual es funcional al sistema para mantener a los ciudadanos apartados. Por ello la naturalización de la corrupción es un aspecto fundamental de este proceso». Uno y otro son aspectos que, aun cuando se quisiera, no podrían obviarse, estando ambos tan estrechamente entrelazados. Esto nos obliga a concluir que una democracia simplemente formal no es suficiente para que ella -la democracia- exista realmente.

En correspondencia con dicho planteamiento, se podría citar también lo afirmado por el historiador, ideólogo y activista ecologista estadounidense Murray Bookchin, en cuanto a que «un pueblo cuya única función política es elegir delegados no es para nada un pueblo, sino una masa, una aglomeración de mónadas. La política, a diferencia de lo social y estatal, implica la recorporalización de las masas en asambleas generosamente articuladas, para formar un cuerpo político reunido en un foro, de racionalidad compartida, de libre expresión y de formas de toma de decisiones radicalmente democráticas». Sin un pueblo capaz de trascender el marco electoral acostumbrado, la democracia decae y termina por ser (igual que la soberanía popular) una mera referencia retórica que favorecerá, en un primer plano, a los políticos profesionales mientras el común de la gente sigue a la espera del cumplimiento de sus promesas electorales. Aparte de esto, se debe considerar también que, henchido con unas herencias ideológicas que adquieren formas y contenidos a través del comportamiento y los procedimientos administrativos habituales de quienes controlan el poder, el Estado, en un amplio sentido, escasamente ha servido para hacer realidad la democracia. Para lograr que ella sea algo menos nebuloso y más concreto, los sectores populares han tenido que enfrentar -muchísimas veces en las calles, con saldos trágicos, como antes en los campos de batalla- a las clases y estamentos que ejercen (en su propio beneficio) el poder constituido; cuestión que se mantiene latente en diversidad de países, en una confrontación de clases que se busca disminuir mediáticamente, presentándola como una elemental lucha reivindicativa y no como una rebelión cuestionadora del orden imperante.

En la actualidad, esta democracia de baja intensidad se manifiesta en la nulidad y/o la escasa influencia y poder de decisión de un verdadero Estado de derecho en favor de la ciudadanía. Quien carezca de suficientes recursos económicos y de relevantes contactos políticos con los cuales sortear algún trámite engorroso, queda a merced de los caprichos y del despotismo de la burocracia que integra dicho Estado, la que sólo se activará si hay una “ayuda” de por medio. Asimismo, cuando el predominio partidista se hace excesivo y abarca todo nivel organizativo de la población, impidiendo en su seno la pluralismo y la autonomía que debieran caracterizarlo; lo que origina el clientelismo político y, en consecuencia, la falta de una práctica extendida de la democracia. Ahora es cosa común que se busque infundir entre los sectores populares la noción respecto a que únicamente bajo los cánones del neoliberalismo económico sería posible vivir en democracia, por lo que las decisiones fundamentales de la sociedad debieran yacer en manos de sus representantes, a pesar de la explotación, la desigualdad y la injusticia que todo ello significa; además de un creciente menoscabo de la libertad y de los derechos ciudadanos. No obstante, también se aprecia en muchas naciones cómo una gran proporción de movimientos populares se opone activamente en las calles a esta especie de fundamentalismo político-económico que, desde hace décadas, pretende arropar y dominar nuestro mundo; despojándolo al mismo tiempo de su vasta diversidad étnico-cultural e imponiéndole un mismo estilo de vida. Gracias a las luchas y a los reclamos que estos protagonizan, todavía es viable lograr que exista una democracia de mayor profundidad, ejercicio y contenido, con paradigmas distintos a los vigentes, en vez de resignarse a una democracia de baja intensidad que nos escarnece en nuestra doble condición de ciudadanos y seres humanos; lo que nos exigirá crear una ética y una moral que estén en plena combinación con esta perspectiva. -            

 

 

 

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17/03/2020 11:53 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.


NUESTRA AMÉRICA, TERRITORIO PERENNE DE LA UTOPÍA

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Nos ha correspondido como continente (desde los albores de la invasión europea a estas tierras) el destino de ser el escenario propicio de la Utopía imaginada por el inglés Tomás Moro. Cuestión que fue recreada primeramente (con pocas variaciones) por los teóricos de la independencia de las colonias hispanoamericanas, y luego, bajo la influencia de Marx, Engels y Lenin, por quienes enarbolaran las banderas de la lucha por el socialismo revolucionario. Un elemento que ha dejado su huella en los pueblos de nuestra América, los cuales (a pesar de la gran influencia ejercida desde hace siglos por el eurocentrismo) no dejan de luchar por hacer realidad esta particular utopía. Así sea -en algunos casos- por simple instinto político, como acaeciera luego de la liberación política de la vieja España cuando un importante porcentaje de la población marginada acompañara a caudillos providenciales que prometieron cambios que sólo se plasmaron a nivel retórico.

Sin embargo, el esquematismo y el dogmatismo con que fuera abordada esta Utopía en la etapa histórica del siglo XX a través del socialismo revolucionario -siguiendo el patrón impuesto por el burocratismo soviético tras la desaparición física de Lenin- impidieron que la misma se desarrollara de una forma totalmente amplia, crítica y creadora. Las convergencias y las divergencias que esto produjera entre muchas organizaciones políticas de la izquierda no contribuyeron a disipar la desconfianza creada entre nuestros pueblos por los sectores dominantes, sobre todo cuando los debates no pasaban de ser meras adhesiones a uno u otro de los teóricos de la revolución socialista que poco tenían que ver con las necesidades y las condiciones específicas de estas naciones. La simple enunciación escolástica que se acostumbró entre varios de estos movimientos políticos (persistentes en la actualidad) entorpeció la realización práctica y coherente de un verdadero socialismo revolucionario, impulsado por una conciencia política revolucionaria que fuera capaz de superar las contradicciones socioeconómicas del orden establecido en vez de suavizarlas o de tratar de coexistir con ellas. Simultáneamente, se obstaculizó el disfrute y el acceso a los grandes y múltiples avances científicos y tecnológicos ocurridos en medio siglo, a la cultura y a los bienes materiales que podrían redundar en el desarrollo y la emancipación integral de los pueblos de nuestra América; dejando todo en manos de una minoría persistentemente insatisfecha con su avaricia.  A ello se agregó también la visión mecanicista de la historia -tan al gusto de sus representantes y apologistas-, así como la anulación de la individualidad y la disolución del individuo en la masa absorbida y alienada por el consumismo, según los patrones establecidos por el capitalismo.

En este contexto, la necesidad histórica de erigir una opción realmente revolucionaria no hace sino imponerse. La implantación del modelo económico neoliberal capitalista ayudó a crear un fermento favorable para crearla y hacerla viable. La realidad económica neoliberal de los últimos tiempos puso en evidencia la inexistencia de la mano invisible del mercado con que los economistas justificaran la usura, las desigualdades y la explotación sin cesar de los trabajadores que caracterizan al capitalismo. Hoy está más claro que esa mano invisible no es tan invisible como se pregonó desde mucho tiempo atrás. Ella pertenece a los grandes conglomerados que rigen el sistema capitalista global y a las clases gobernantes que respaldan, con sus medidas, conflictos bélicos y legislaciones, los intereses de tales conglomerados, en desmedro de los derechos y los intereses de la mayoría.  

Vale concluir que “esta vez no tenemos oportunidad de volver a equivocarnos, lo que antes fue ingenuidad o desconocimiento, hoy sería mera estupidez, que la historia no va a perdonarnos”, como afirmara Celia Hart Santamaría en el prólogo de la obra de Carlos Tablada, “El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara”. Nuestra América (vistas todas sus potencialidades, en especial aquellas que se derivan de su legado multiétnico) podría, entonces, cumplir con ese destino de ser el escenario propicio de la Utopía. Sería el  territorio perenne donde (sin pecar de ilusos) todo individuo hallaría, en definitiva, su verdadera emancipación, aquella que le restituya su condición humana, en armonía con sus semejantes y la naturaleza. -   

 

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17/03/2020 12:39 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

LA IRRACIONALIDAD LUCIFERINA DEL CAPITALISMO

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El capitalismo neoliberal niega la posibilidad de alternativas. Esta es una verdad de Perogrullo. La experiencia vivida en una gran parte de las naciones de nuestra América (muchas de ellas convulsionadas por protestas populares) demuestra que su aplicación está dirigida a fortalecer los grandes capitales, especialmente foráneos, frente a lo cual no sólo quedan desguarnecidos los intereses colectivos sino también los capitales nacionales, en el caso que no se subordinen a aquellos. Dentro de este orden de ideas, se observa el surgimiento de un nuevo eje de desigualdad, con un proletariado nómada expuesto a todo tipo de explotación y penurias, cuya situación se agrava, principalmente, a las puertas de Europa y Estados Unidos, impidiéndoseles sistemáticamente su ingreso; sin excluir lo que viene ocurriendo en el sur de nuestra América con una migración venezolana constantemente acosada por sectores chovinistas que la inculpan de los males sociales y económicos presentes, desde hace mucho tiempo, en sus respectivos países. A toda esta realidad se agrega el alto grado de extractivismo y de contaminación sufrido por la naturaleza en diferentes latitudes, con exiguas e ineficaces medidas aplicadas para reducirlo en función de la preservación de todo género de vida existente en la Tierra; cosa que ha provocado el asesinato de dirigentes campesinos, indígenas y ecologistas que luchan por proteger el entorno natural de la voracidad de terratenientes y empresarios, afanados en solo incrementar sus grandes capitales.      

Dicho de otro modo, como lo señalara Karl Marx, «el capitalismo tiende a destruir sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y los seres humanos». En consecuencia, la irracionalidad luciferina del capitalismo ha conducido a la raza humana -si no se resuelve en un corto tiempo con suficiente sentido de prioridad- a un progresivo estado de destrucción, cuya causa y sintomatología comienzan a ser percibidos a nivel mundial. Esto les ha permitido comprender a numerosas personas, por ejemplo, que la crisis financiera y la crisis migratoria que agitan al mundo contemporáneo se hallan intrínsecamente relacionadas. No son hechos aislados. Esta percepción les incita a organizarse de manera alternativa y a buscar nuevos modos de entender la política y la economía, lo que es visto -como es habitual- como una seria amenaza por los sectores dominantes tradicionales, enlazados en una inseparable red de poder político y de poder económico que se extiende por encima de cualquier precepto preexistente de respeto a la vida, a la democracia y a la soberanía nacional, en una especie de dictadura supranacional o imperio del capital, cuyas decisiones e intereses nos afectan a todos.

Sobre esa base, no se puede soslayar que la realidad económica neoliberal de los últimos tiempos puso en evidencia la inexistencia de la mano invisible del mercado con que los economistas justificaran la usura, las desigualdades y la explotación sin cesar de los trabajadores que caracterizan al capitalismo. Hoy está más claro que nunca que tal mano invisible no es tan invisible como se pregonó desde hace muchos siglos atrás. Ella pertenece (sin disimulo alguno) a los grandes conglomerados que rigen el sistema capitalista global y a las clases gobernantes que lo respaldan, con sus medidas, conflictos bélicos y legislaciones, en desmedro de los derechos y de los intereses de la mayoría. Por ello, no deben causar extrañeza alguna las convulsiones sociales que tienen lugar en disímiles países. Como tampoco las guerras que desangran pueblos enteros en diferentes latitudes del planeta; impulsadas, en su mayor parte, por Estados Unidos y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, a lo que se agregan las políticas de ajuste estructural impuestas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Todo ello forma una contrarrevolución programada, cuya resultado visible es una pauperización masiva de la humanidad, obligando a quienes la integran a adoptar un enfoque esencialista que les hace prescindir de todo sentido de solidaridad al mismo tiempo que son sobreexplotados (sin derechos) por los propietarios de los grandes capitales. -        

 

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17/03/2020 12:43 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.


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