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LA REBELIÓN QUE SE HALLA EN TODOS NOSOTROS

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Desde que la humanidad percibiera siglos atrás que el poder detentado por las minorías dominantes no emanaba de ninguna voluntad divina sino de relaciones humanas que lo legitiman y lo revisten de naturalidad, muchas personas se plantearon -desde el campo revolucionario- luchar conscientemente por la transformación estructural del modelo de sociedad vigente. No obstante, semejante tarea, a pesar de sus objetivos emancipadores, ha chocado reiteradamente con la realidad de un tipo de sociedad enajenada por el consumismo y la lógica capitalista, por lo cual ésta aun no ha logrado traspasar los límites del reformismo, sin que se alteren los fundamentos en que ella se asienta.

Para entender esta aparentemente infranqueable realidad se debe tener en cuenta que todo poder constituido tiene a autoprotegerse. Para lograrlo, éste se vale de leyes e instituciones que le otorgan la legitimidad necesaria para evitar y reducir a su mínima  expresión cualquier tipo de disidencia y cuestionamiento en su contra. Si ello no ocurre, siempre habrá a la mano el recurso del terrorismo de Estado. Desde el más sofisticado, basado en la educación y las costumbres, hasta el más salvaje, como el que se estila en las dictaduras fascistas; todo en nombre de la preservación de la libertad y la democracia. Así, se busca acallar e invisiblizar todo rasgo de rebeldía que sea considerado peligroso para la estabilidad del sistema reinante, lo cual -como es obvio- ayuda a asegurar la hegemonía de los grupos y sectores dominantes. Sin embargo, la identidad oprimida de quienes resultan segregados y reprimidos acaba por aflorar y extenderse, ejerciendo presiones sobre las minorías dominantes, a tal grado que, en ocasiones, éstas se ven obligadas a ceder a las demandas populares y, cuando ellas se radicalizan, a cesar en el ejercicio del poder.

Las diversas y recurrentes protestas populares que se producen en la mayoría de las naciones representan, en general, un rechazo al presente de explotación, desigualdades e injusticias que deshumaniza a las personas, el cual es generado a la sombra del capitalismo y del Estado burgués liberal imperantes. Esta rebelión que se halla en todos nosotros (expresada en las exigencias e iniciativas dirigidas a garantizar la libertad, la diversidad, la libre asociación, la convivencia, la comunidad y el respeto a la naturaleza) prefigura un modelo civilizatorio alternativo que todavía no ha sido del todo definido, pero que se nutre de diferentes corrientes del pensamiento revolucionario mundial, atrayendo a muchos. Dicha rebelión, no obstante, debe batallar en principio contra la colonialidad del pensamiento, íntimamente ligado al eurocentrismo, siendo el mayor obstáculo a vencer para acceder a una verdadera soberanía y, en consecuencia, a una emancipación integral. Este es un elemento importante a considerar, puesto que, en un análisis de más profundidad, explicaría el porqué del fracaso de algunas experiencias históricas que pudieron marcar el final de la sociedad capitalista existente. Por ello, el principal campo de batalla tiene que ser la conciencia de todos, fomentando, en un primer grado, una ciudadanía consciente y activa; luego, en un grado más avanzado, una sólida conciencia revolucionaria que gracias a la cual se mantenga una lucha invariable contra los rasgos distintivos del antiguo orden.

La rebelión que se halla en todos nosotros (entendida en un sentido estrictamente renovador, no conservador, como ha ocurrido últimamente en Venezuela y Bolivia, entre otras naciones de nuestra América) debe asumirse como un requisito imprescindible para consolidar los valores y los derechos ciudadanos y democráticos por ahora ausentes o disminuidos. No puede circunscribirse a las habituales reivindicaciones, atacando los efectos de una situación determinada, sino que tiene que apuntar a sus causas; planteándose como corolario una transformación estructural, creando unos nuevos paradigmas, es decir, iniciar, sustentar y definir, así, una verdadera revolución. -      

 

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14/01/2020 09:37 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

NUESTRA AMÉRICA, TERRITORIO PERENNE DE LA UTOPÍA

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Nos ha correspondido como continente (desde los albores de la invasión europea a estas tierras) el destino de ser el escenario propicio de la Utopía imaginada por el inglés Tomás Moro. Cuestión que fue recreada primeramente (con pocas variaciones) por los teóricos de la independencia de las colonias hispanoamericanas, y luego, bajo la influencia de Marx, Engels y Lenin, por quienes enarbolaran las banderas de la lucha por el socialismo revolucionario. Un elemento que ha dejado su huella en los pueblos de nuestra América, los cuales (a pesar de la gran influencia ejercida desde hace siglos por el eurocentrismo) no dejan de luchar por hacer realidad esta particular utopía. Así sea -en algunos casos- por simple instinto político, como acaeciera luego de la liberación política de la vieja España cuando un importante porcentaje de la población marginada acompañara a caudillos providenciales que prometieron cambios que sólo se plasmaron a nivel retórico.

Sin embargo, el esquematismo y el dogmatismo con que fuera abordada esta Utopía en la etapa histórica del siglo XX a través del socialismo revolucionario -siguiendo el patrón impuesto por el burocratismo soviético tras la desaparición física de Lenin- impidieron que la misma se desarrollara de una forma totalmente amplia, crítica y creadora. Las convergencias y las divergencias que esto produjera entre muchas organizaciones políticas de la izquierda no contribuyeron a disipar la desconfianza creada entre nuestros pueblos por los sectores dominantes, sobre todo cuando los debates no pasaban de ser meras adhesiones a uno u otro de los teóricos de la revolución socialista que poco tenían que ver con las necesidades y las condiciones específicas de estas naciones. La simple enunciación escolástica que se acostumbró entre varios de estos movimientos políticos (persistentes en la actualidad) entorpeció la realización práctica y coherente de un verdadero socialismo revolucionario, impulsado por una conciencia política revolucionaria que fuera capaz de superar las contradicciones socioeconómicas del orden establecido en vez de suavizarlas o de tratar de coexistir con ellas. Simultáneamente, se obstaculizó el disfrute y el acceso a los grandes y múltiples avances científicos y tecnológicos ocurridos en medio siglo, a la cultura y a los bienes materiales que podrían redundar en el desarrollo y la emancipación integral de los pueblos de nuestra América; dejando todo en manos de una minoría persistentemente insatisfecha con su avaricia.  A ello se agregó también la visión mecanicista de la historia -tan al gusto de sus representantes y apologistas-, así como la anulación de la individualidad y la disolución del individuo en la masa absorbida y alienada por el consumismo, según los patrones establecidos por el capitalismo.

En este contexto, la necesidad histórica de erigir una opción realmente revolucionaria no hace sino imponerse. La implantación del modelo económico neoliberal capitalista ayudó a crear un fermento favorable para crearla y hacerla viable. La realidad económica neoliberal de los últimos tiempos puso en evidencia la inexistencia de la mano invisible del mercado con que los economistas justificaran la usura, las desigualdades y la explotación sin cesar de los trabajadores que caracterizan al capitalismo. Hoy está más claro que esa mano invisible no es tan invisible como se pregonó desde mucho tiempo atrás. Ella pertenece a los grandes conglomerados que rigen el sistema capitalista global y a las clases gobernantes que respaldan, con sus medidas, conflictos bélicos y legislaciones, los intereses de tales conglomerados, en desmedro de los derechos y los intereses de la mayoría.  

Vale concluir que “esta vez no tenemos oportunidad de volver a equivocarnos, lo que antes fue ingenuidad o desconocimiento, hoy sería mera estupidez, que la historia no va a perdonarnos”, como afirmara Celia Hart Santamaría en el prólogo de la obra de Carlos Tablada, “El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara”. Nuestra América (vistas todas sus potencialidades, en especial aquellas que se derivan de su legado multiétnico) podría, entonces, cumplir con ese destino de ser el escenario propicio de la Utopía. Sería el  territorio perenne donde (sin pecar de ilusos) todo individuo hallaría, en definitiva, su verdadera emancipación, aquella que le restituya su condición humana, en armonía con sus semejantes y la naturaleza. -  

 

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10/01/2020 11:14 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

EL VIEJO MITO DE LA PROSPERIDAD PERMANENTE

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El pago de la deuda externa, el ajuste estructural de la economía, el control del déficit público y de la inflación, la flexibilización laboral, la privatización de las empresas y de los servicios públicos, la desestabilización financiera, la desregulación, la eventual e inminente quiebra del Estado de bienestar y del sistema de seguridad social, teniendo como subsiguiente efecto la reducción del consumo colectivo de protección social que afectará -de modo inevitable- a una considerable porción de la masa trabajadora, han sido pretextos y mecanismos utilizados para cimentar las bases del capitalismo neoliberal globalizado. Sobre todo, en lo que respecta a los países de nuestra América, dando por sentado que los mismos son inevitables y necesarios si se quiere transitar el camino de una prosperidad permanente. Al seguirse tal esquema (recomendado sin mucha variación por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional a los gobiernos que requieren su auxilio), no se hace otra cosa que reproducir y ampliar los niveles de desigualdad generados desde hace largo tiempo por el sistema capitalista. Tanto en el ámbito nacional como internacional, lo cual tiende a agudizarse cada día, con su secuela de incertidumbres e impotencia entre quienes la sufren, con poca resistencia de su parte.

En su libro «Capital e ideología», el catedrático francés Thomas Piketty, determina que «la desigualdad es ideológica y política». Refiere, además, que en ningún caso esta es una cuestión «económica o tecnológica», como muchos la hacen ver, atribuyéndole el éxito o el fracaso que algunos individuos puedan lograr en sus vidas a su empeño o a su desidia particular; lo que es extensivo, obviamente, a las naciones empobrecidas o subdesarrolladas. Concluye que dicha desigualdad no se debe a causas «naturales», como suele declararlo la derecha liberal, tan en boga en los últimos tiempos, justificando el darwinismo social que esto supondría, incluyendo una supuesta predisposición cultural, racial o étnica de parte de pueblos e individuos. Piketty describe que «cada régimen desigual reposa, en el fondo, sobre una teoría de la justicia. Las desigualdades deben estar justificadas y apoyarse sobre una visión plausible y coherente de la organización social y política ideales». En este contexto, «cada época produce así un conjunto de discursos e ideologías contradictorias que apuntan a legitimar la desigualdad».

La inserción internacional subordinada de las naciones de nuestra América al sistema capitalista internacional, desde los albores de su invasión y su conversión a colonias regentadas por España y Portugal, apenas significó un grado de superación de sus economías, reducidas al simple papel de naciones exportadoras de productos agrícolas, mineros y combustibles; cuestión que les hizo depender también de lo que decidieran las grandes potencias en materia de precios. De esta forma, éstas sufrieron un prolongado y aún no superado estancamiento estructural en relación con las industrias, los servicios y el crecimiento que debieron exhibir sus respectivas economías nacionales.

Hoy el desempleo, la informalidad laboral y la pauperización de la clase media son elementos comunes de la realidad de nuestra región, fruto de la inequidad social derivada del capitalismo. No obstante, la posibilidad de negar y de eliminar cualquier racionalidad alternativa a la existente o prevaleciente en nuestros países sigue estando ligada, de uno u otro modo, a la lógica capitalista, consintiendo el asomo de reformas que apenas minimizan su impacto negativo cuando lo que se impone es revertir el proceso de producción que domina al ser humano en general. A éste le compete ser quien controle dicho proceso, de modo que en el mismo prevalezca un nivel de conciencia totalmente diferente al que muestra en la actualidad. En tal caso, la producción estaría orientada a la satisfacción de las necesidades materiales de toda la población en lugar de satisfacer el insaciable afán de ganancias de las minorías capitalistas.

El viejo mito de la prosperidad permanente, como podrá inferirse, únicamente se ha manifestado a favor de los centros hegemónicos del capitalismo y de quienes, a lo interno de nuestros países, tratan de imitarlos y les siguen igual que corderitos al pastor que las trasquila de vez en cuando. Algo que, de darse en algún momento, representaría el fin del mundo que conocemos, al agotarse todos los recursos de la naturaleza y expandirse a un grado inimaginable la miseria en todos los continentes. En un sentido menos dramático, significaría que nuestros países continuarían accediendo a los horizontes que ahora aspiran, pero manteniendo el mismo perfil de dependencia y de atraso tecnológico, científico e industrial respecto a los países desarrollados. -          


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07/01/2020 12:41 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

EL “TERCER MUNDO” Y LAS QUEJAS EUROPEO-ESTADOUNIDENSES

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La tragedia social, económica y política de los todavía denominados países del «tercer mundo» tiene su génesis en el proceso de conquista, colonización, filibusterismo, esclavitud y explotación llevado a cabo por las potencias de Europa, escudándose en la ideología de la raza superior, lo que creó divisiones raciales o étnicas de todo calibre, azuzó persecuciones y asesinatos en nombre de un dios aparentemente amoroso. Posteriormente a la independencia política alcanzada en nuestra América, África y Asia, excitó el espíritu nacionalista entre ellos, de manera que existiera un mercado seguro para la adquisición de armas y la explotación de sus recursos estratégicos, reservándose para sí su producción y tecnologías. Así que gran parte de las quejas de Europa y Estados Unidos en relación con lo que ocurre a lo interno de nuestras naciones “tercermundistas” se debe a esta situación histórica. Sus altos niveles de vida material han sido señuelo para atraer a millares de migrantes a sus fronteras, viéndose impedidos de continuar camino ante el temor inculcado entre europeos y estadounidenses de verse desplazados de sus puestos de trabajo, de sufrir el colapso de sus servicios médicos y de perder hasta su propia identidad cultural. En ningún momento se han puesto a pensar en cuáles serían las reales causas de esta migración incesante en vez de atribuirla, simplemente, a la corrupción y a la indolencia de los gobiernos de este lado (en lo que no están muy alejados de la verdad). Nadie saca cuentas de cómo Europa y Estados Unidos pudieron lograr las enormes cotas de desarrollo que exhiben en la actualidad, lo que constituye un triunfo de su industria ideológica al suprimir de las mentes de sus ciudadanos (como en gran parte del mundo) esta importante circunstancia histórica.

Según lo explica Eric Williams en su obra Capitalismo y esclavitud, «sin las riquezas de América y sin los esclavos y el comercio africanos, el crecimiento económico, político y militar de los Estados europeos hubiese quedado limitado, sin duda, a una escala menor; quizá definitivamente menor. Con ellos, el primer capitalismo se hizo mundial y con toda razón, en Liverpool y en Bristol se decía que ‘no hay un solo ladrillo en la ciudad que no esté mezclado con la sangre de un esclavo’». Con ello queda establecido, de modo inequívoco, el origen del capitalismo o, por lo menos, su expansión indisolublemente vinculado al tráfico de esclavizados y los primeros procesos de acumulación a costa del despojo de las riquezas existentes en éste como en los demás continentes. No es como lo han divulgado los apologistas e ideólogos del sistema capitalista que es algo que surgió del simple deseo de superación de algunas cuantas personas, de su capacidad de trabajo o de su intelecto; o como se legitimó a través de la religión protestante, el calvinismo, producto de la predestinación. Desafortunadamente, la historia construida desde los grandes centros hegemónicos nos trasmite una versión edulcorada del capitalismo, unida a los grandes avances tecno-científicos que fueran largamente frenados y condenados por la tradición fanática del medioevo europeo.

Ciertamente, como lo registrara Adam Smith, el descubrimiento de América y la ruta por el Cabo de Buena Esperanza hacia la India «son los dos acontecimientos más grandes y más importantes registrados en la historia de la humanidad», puesto que ellos facilitaron, no sólo nuevas rutas para la expansión capitalista, sino también la oportunidad de obtener los recursos y los mercados que asegurarían su auge durante los próximos siglos. El comercio triangular establecido así entre Europa, África y América, teniendo a la esclavitud como su principal pivote, dio paso al establecimiento de la división internacional del trabajo, con naciones periféricas, dependientes de los centros hegemónicos, encargadas del suministro de materias primas, mientras que, desde éstos, se importaban productos terminados y se fijaban las normas que regirían durante los últimos cuatros siglos, de forma general, al sistema capitalista mundial. En la actualidad, con una exigencia mayor de soluciones puntuales ante los problemas y las necesidades creados bajo la hegemonía capitalista, Estados Unidos y Europa lucen impotentes ante la oleada de inmigrantes y las protestas sociales generadas en muchas naciones; materia que los ha llevado a revelar los rasgos oscuros de una ideología supuestamente democrática y respetuosa de los derechos humanos. A fin de impedir el colapso del sistema/mundo que, en conjunto, erigieran en su beneficio, sus gobiernos no han dudado en asumir discursos y posiciones que se creían exclusivos de la rancia ideología nazi-fascista; sumiendo a nuestros países en un estado de ingobernabilidad, represión y zozobra. -                    

05/12/2019 10:17 Homar Garcés #RyS. TEMAS ANTIIMPERIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

NUESTRAS VIDAS Y EL INSUSTENTABLE FUTURO CAPITALISTA

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El derretimiento acelerado de los glaciares como consecuencia de la actividad humana destructiva sobre la naturaleza hace prever a científicos y grupos ambientalistas una catástrofe de proporciones globales irreversibles. A esto se une lo que viene ocurriendo desde hace décadas en el vasto territorio de la Amazonía, víctima constante de la voracidad de hacendados y mineros que ven en su ocupación y explotación indiscriminada la manera segura de enriquecerse; contando para ello con la desidia y el beneplácito de algunos gobiernos de la región. Ambos hechos han condenado a la extinción a una infinidad de especies animales y vegetales, lo que escasamente ha merecido la atención de los medios de información más influyentes existentes, como de los gobiernos, de las principales naciones capitalistas desarrolladas. Una situación que se repite sin alteración (salvo cuando esta es extrema) desde que en la década de los 80 se puso de manifiesto la gravedad representada por los niveles crecientes de polución y de reducción de la capa de ozono.

 

En el caso concreto de la Amazonía, según datos aportados por algunas entidades públicas y privadas -estudiosas de los graves efectos de los incendios, las talas, el extractivismo y las labores agropecuarias que allí tienen lugar- estos adquieren un mayor impacto en aquellos espacios protegidos donde habitan pueblos originarios, muchos de las cuales son ordinariamente acosados y desalojados a la fuerza. Otro tanto puede afirmarse respecto a Centroamérica, México, Colombia o Filipinas donde ecologistas y dirigentes campesinos son asesinados, sin una acción efectiva del Estado para evitar y castigar tales delitos. En cualquier caso, el afán desmedido de ganancias que impulsa al sistema capitalista en general ha conducido a la humanidad entera a una situación difícil de sobrevivencia.

 

Durante la última Cumbre de Acción Climática realizada se puso de relieve -quizá con más apremio que antes- la comprensión de la unidad existente entre los derechos humanos y la crisis ambiental. Esto, como bien lo señalan muchos analistas sobre este tema, impone una acción global urgente que, en un primer momento, disminuya el incremento de la contaminación ambiental, lo cual, a su vez, exige la implementación de medidas continuas que coadyuven al establecimiento de nuevas relaciones de producción; lo que debiera conducir a largo plazo al reemplazo del capitalismo como sistema económico hegemónico por uno más racional y equitativo.

 

En afirmación de István Meszáros en su libro El desafío y la carga del tiempo histórico. El socialismo en el siglo XXI, “lo que resulta sistemáticamente ignorado -y que, dados los inalterables imperativos fetichistas e intereses creados del capitalismo mismo, tiene que ser ignorado- es el hecho de que, inexorablemente, vivimos en un mundo finito, con sus límites objetivos literalmente vitales. Durante largo tiempo en la historia humana, incluidos varios siglos de desarrollos capitalistas, fue posible ignorar -como en verdad ocurrió- esos límites con relativa seguridad. Sin embargo, una vez que ellos se hacen firmes, como categóricamente tienen que hacerlo en nuestra irreversible época histórica, no existe sistema productivo irracional y despilfarrador, sin importar cuán dinámico sea (de hecho, mientras más dinámico peor), que pueda escapar de las consecuencias. Tan sólo podría ignorarlos por algún tiempo, mediante una reorientación hacia la despiadada justificación del imperativo más o menos abiertamente destructivo de la autopreservación del sistema a toda costa: predicando la conseja de ‘no hay ninguna alternativa’, y, ya en ese espíritu, dejando a un lado o, cuando no haya necesidad, eliminando brutalmente incluso las señales de alarma más obvias que presagian el insustentable futuro”.

 

Ello supone acceder a una visión de la sociedad radicalmente distinta. No únicamente a la que debiera existir bajo el imperio del mercado y la expansión desarrollista del capitalismo. Frente a semejante realidad, se hace imperiosa la instauración de un modelo económico social, autónomo y solidario, en armonía con la madre naturaleza y con la existencia humana, con patrones diferentes de progreso y, por ende, de consumo; todo ello como la última (si no, la única) opción de la humanidad para continuar morando en toda la faz de la Tierra. 

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28/11/2019 09:11 Homar Garcés #RyS. ECOLOGÍA No hay comentarios. Comentar.

SIN ÉTICA REVOLUCIONARIA NINGUNA REVOLUCIÓN FLORECE

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Comúnmente, se define a la ética como la rama de la filosofía que estudia los contenidos de la moral. Bajo esta orientación, bien se puede compartir lo concluido por el Colectivo Gramsci, Pensamiento y Acción, respecto a que ésta “nace del impulso creador interno, que proviene de la formación moral del sujeto que decide regir su vida por principios, actuar correctamente, basado en un código de valores que se resume en la honestidad. La ética nace de la moral -que es interna- y se realiza en las relaciones del sujeto con su mundo circundante, en el que lo interno coincide con lo general y lo abstracto”. Configura, por tanto, un proceso de retroalimentación que va de lo particular (o individual) a lo general (o colectivo) y viceversa, por lo que tratar de limitarlo o de impedirlo en atención a la preservación de los paradigmas existentes hará de ésta una cuestión accesoria, solo convenientemente citada cuando las circunstancias exijan algún tipo de control y/o censura social.

Aplicada al ámbito político (y muy especialmente a lo que debiera representar y accionar una revolución que se imponga como meta estratégica la transformación integral del modelo civilizatorio en que comienza a desarrollarse), la ética tendría que manifestarse -aunque no se quiera- a favor del bien colectivo, haciendo caso omiso del interés personal y de la solidaridad partidista que suele emerger, por ejemplo, cuando se conocen delitos de corrupción, aun el más difuso de todos. Pero ello no se obtendrá simplemente con el cumplimiento de las leyes vigentes. Ni con una postura retórica. Hará falta ocuparse en la construcción sincronizada de conciencias y de amplios espacios de solidaridad y de compromiso social, lo que hará imprescindible activar mecanismos colectivos suficientemente democráticos, de manera que ésta se haga algo natural y permanente; en especial cuando se trate de satisfacer las justas reivindicaciones de los marginados, oprimidos y explotados.

Como quiera que se vea, sin ética ninguna revolución florecerá. Al plantearse la necesidad de cimentarla, no cabe suponer que la misma contenga los mismos paradigmas de intolerancia del modelo de sociedad a transformar, repitiendo, de alguna forma, algunas experiencias del pasado. La comprensión de tal necesidad debe incluir el hecho de vivir en un tipo de civilización que le concede una excesiva importancia a las riquezas y al estatus social, cuestión que, muchas veces, marca el comportamiento de no pocas personas; haciendo difícil, por ende, concretar los cambios revolucionarios enunciados. Citando a John Holloway, “vivimos en una sociedad antagónica y estos antagonismos nos atraviesan a nosotros. Nos declaramos anticapitalistas, pero tenemos la cabeza llena de ideas generadas por el capitalismo. Nos declaramos procapitalistas, pero en la práctica cotidiana luchamos de mil maneras contra la agresión del dinero y por hacer las cosas de otra forma. Nuestra existencia es una existencia contradictoria y en la lucha contra el capitalismo tenemos que reconocer y manejar estas contradicciones, no buscar una pureza revolucionaria que no puede existir. La búsqueda de la pureza nos lleva muy fácilmente a descalificar a todos los que no comparten nuestra perspectiva precisa. El reto revolucionario es más bien promover la confluencia de las rebeldías que existen dentro de todos nosotros”.

No se puede, ni se debe, por consiguiente, desconocer la influencia o el papel preponderante que la ética y la moral cumplen en lo que debiera ser una verdadera revolución. Basarla única o casi exclusivamente en logros de inclusión social, cultural, política y económica no será suficiente si las estructuras que los impedían se mantienen intactos, ya que -al no profundizarse, ni consolidarse, basados en una nueva ideología y conciencia social- podrían anularse a través del tiempo. La revolución sería, en ese caso, una pretensión fantasiosa y no la utopía de lo posible.            

 

 

 

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21/11/2019 10:42 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA HORA OSCURA DE BOLIVIA

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El odio de clases, la colonialidad del pensamiento, el racismo y la violencia extrema son los rasgos principales que marcan la acción golpista de la derecha en Bolivia. Rasgos que tienden a repetirse y ser comunes en Venezuela y otras naciones de nuestra América, según un patrón fijado por Estados Unidos, en correspondencia plena con su doctrina de dominación imperialista. Para la clase gobernante estadounidense, la hora oscura de Bolivia es la oportunidad buscada de recuperar el papel preponderante perdido al sur de sus fronteras, en momentos que el gobierno de Donald Trump mantiene su asedio contra el gobierno de Venezuela, Luiz Inácio Lula Da Silva inicia el camino de su liberación total, Mauricio Macri pierde la presidencia en Argentina y la protesta social sigue sacudiendo las calles de Chile.

No causa extrañeza, por consiguiente, que sea derrocado y se le endilgue a Evo Morales Ayma la responsabilidad de todo lo sucedido en su país. De esta forma, los diversos atropellos y violaciones de los derechos humanos perpetrados por grupos vandálicos contra una población mayoritariamente indígena cumplen la finalidad de atemorizar y segregar a quienes defienden al gobierno derrocado; imponiendo una visión sesgada de la realidad y, de este modo, lograr revertir todo aquello logrado durante el mandato presidencial de Morales.

Vistos en conjunto, semejantes rasgos dan cuenta de un perfil de la derecha boliviana abiertamente antidemocrático, en lo que coincide con sus pares de otras naciones, independientemente de cuáles sean la época, sus representantes y su ubicación geográfica. De ahí que, más que preservar derechos democráticos, la derecha protege privilegios, al estilo de los acostumbrados bajo el antiguo régimen colonial. Por eso, la inclusión social, el Estado de derecho y la democracia participativa y protagónica no tienen cabida alguna en su reducido ideario político.

Su concepción del Estado conforma un sistema de creencias y actitudes explícitamente excluyente e, indudablemente, racista donde la democracia es concebida como una democracia de espectadores pasivos, carentes de conciencia social y de iniciativas autogestionarias, sólo convocados al realizarse elecciones cada cierto tiempo, ajustadas a sus propias reglas, propicias siempre a la preservación de su hegemonía. Esto les induce a ver en el resto de la población a una masa ignorante e incapaz de asumir una conducta ciudadana y democrática, lo que les obliga a tratarla con un desprecio poco disimulado, justificando su miseria, marginación y explotación como algo intrínseco a su idiosincrasia; lo que les hace compartir, sin pudor, iguales criterios con quienes dirigen la maquinaria imperialista gringa.                   

 Aunque se niegue, distorsione o invisibilice, en Bolivia existe desde hace largo tiempo una confrontación de clases (de forma similar al resto del continente), puesta de relieve dramáticamente una vez fuera electo Evo Morales presidente, y azuzada desde Washington, contando para ello con un ingente arsenal mediático que cubrió todos los frentes posibles, promoviendo un clima de intolerancia política, con su saldo de destrucción, asesinatos y agresiones físicas contra dirigentes políticos y sociales indígenas; sin merecer una condena categórica de gobiernos y organismos internacionales.    

La reiterada cita de Simón Bolívar respecto a que “los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar de hambre y miseria a los pueblos de América en nombre de la libertad” tiene en la actualidad una evocación de profecía cumplida. Lo ocurrido en Bolivia, al igual que en Honduras, Paraguay y Venezuela, en el pasado reciente, confirma cuánta razón tuvo El Libertador en advertirlo, ya que -a pesar de su negación- el principal beneficiario de este golpe de Estado (lo mismo que cualquiera de los propiciados en toda la historia común de nuestra América) es el imperialismo gringo. Sus grandes compañías transnacionales estarán prestas, como lo aspiraban, a participar en la rebatiña de los recursos naturales, las empresas y los servicios públicos de la nación andina, subordinando la soberanía boliviana a los intereses geopolíticos y capitalistas estadounidenses. Sin embargo, continuará latente la utopía del pueblo boliviano por hacer realidad su completo reconocimiento, su concepción comunitaria de democracia, la redistribución equitativa de la riqueza y su derecho a la paz; en condiciones de verdadera igualdad y soberanía, como le corresponde a todo pueblo realmente libre. -             

 

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14/11/2019 09:45 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

LA DESIGUALDAD SOCIAL Y LA EXIGENCIA DE UN HUMANISMO COMPROMETIDO

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La pretendida igualdad de los individuos se esfuma y dificulta toda vez que ésta es puesta a prueba cuando se interpone el interés monetario. Se establecen así categorías políticas y sociales que hacen ilusoria y clasista esta aspiración democrática en todo el orbe conocido. Como efecto, la disputa legítima que éstos pudieran entablar ante tal hecho no suele trascender el ámbito estrictamente particular, aceptándose que el mismo es causado por decisiones aisladas y no por las determinaciones estructurales que definen al Estado burgués liberal como guardián y asegurador que es de un orden indesafiable al servicio de una minoría privilegiada. Esto obliga a comprender que “la marginación de grandes sectores de la población implicó -como lo patentiza Iraida Vargas Arenas en su estudio Exclusión social y protagonismo femenino en la historia venezolana, hablando, precisamente, de este tema en lo que concierne a Venezuela, pero de forma muy similar a la realidad del resto de naciones de nuestra América- una creciente acumulación de poder por parte de minorías, quienes manipularon los contextos sociales en los cuales operaban; existieron disparidades en el acceso a recursos naturales, tecnologías, conocimientos e información, todos ellos empleados como medios de control para poder disfrutar de beneficios y gratificaciones. Pero así como surgió la exclusión, también lo hizo la resistencia, la lucha contra las imposiciones, la búsqueda de la liberación del oprobio y la desvalorización”.


Desde que Adam Smith considerara al capitalismo “el sistema natural de perfecta libertad y justicia”, sus defensores lograron inculcarle a una significativa mayoría de personas -pese a las contradicciones evidentes que ello supone- la noción que la democracia no podría existir ni sostenerse sin la existencia y la garantía de la propiedad privada de los grandes medios de producción, centrando la atención en este último elemento más que en la posibilidad de consolidar las libertades ciudadanas. La igualdad jurídica y civil, por tanto, no representa -aunque los postulados constitucionales afirmen todo lo contrario- unas condiciones reales de igualdad, lo que, de ocurrir efectivamente, produciría una socialización del poder, elevándose el concepto y la práctica de la democracia a un mejor nivel. La igualdad, vista en su conjunto, desde un punto de vista biológico, es decir, humano, sin responder a prejuicios de índole religiosa, racista o etnocentrista que justifiquen la opresión de unos individuos o pueblos por otros que se atribuyen el derecho de hacerlo, choca muchas veces con el orden social. Esto se refleja, por igual, en la manera cómo los gobernantes se relacionan con sus gobernados, manteniendo un comportamiento que, en todo caso, resulta despótico y completamente ajeno a la democracia. Lo mismo puede observarse en cuanto a género, sexo, edad y trabajo, por sólo mencionar los más resaltantes. A pesar que pocos lo aprecien bajo tal matiz, gran parte de las conmociones sociales, políticas e internacionales de la actualidad tienen su origen en esta falta de igualdad.


La lucha contra la exclusión derivada de esta falta de igualdad -manifestada en lo económico, lo social, lo cultural y lo político- supone darle forma y contenido a un humanismo comprometido con quienes la padecen dentro y fuera de cada nación; de manera que adquieran una vigencia relevante la proxemia, la alteridad, la reciprocidad, la intersubjetividad y la simetría en relación con la vida, el pensamiento, la dignidad, la libertad y las necesidades y/o intereses de las personas antes que la hegemonía de una maquinaria o entidad corporativa (estatal o privada) dedicada al usufructo de plusvalía y de recursos naturales sin medida. Como efecto ideal del mismo, habría una universalidad en un amplio sentido cualitativo, vista, construida y vivida desde abajo; una universalidad con la cual asumir la construcción de un mundo, como lo definen los zapatistas, donde quepan muchos mundos. La igualdad sería entonces una realidad permanente y no simple aspiración insatisfecha de aquellos que son excluidos, marginados y despreciados por el orden vigente. -     

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29/10/2019 10:16 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

DEMOCRACIA: SIN INJUSTICIAS NI CLASES DOMINANTES

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La democracia representativa burguesa (y su expresión más pura, el fascismo) siempre ha utilizado el aparato político y estatal a su disposición para mantener a raya las aspiraciones igualitarias, emancipatorias y de justicia social de los sectores populares. Al contrario de lo que sus mentores y propagandistas (asidos, de una u otra manera, a la icónica consigna heredada de la Revolución Francesa de libertad, igualdad y fraternidad), la democracia burguesa responde, de forma especial, a los intereses de las clases económicamente dominantes, por lo que uno de sus objetivos primordiales será lograr la vigencia inalterada de un orden de cosas “consensuado”, vigilado, controlado y garantizado por la violencia institucionalizada, diligentemente ejecutada por las fuerzas represivas. Para esto se sirve de herramientas ideológicas esenciales, algunas más sutiles que otras, tales como la educación, la religión y las cadenas de medios de comunicación. Todas orientadas a su legitimación incuestionable y permanente.

En medio de este orden de cosas pueden apreciarse cinco formas de dominación: 1) la explotación económica y la exclusión social de un porcentaje mayoritario de la población subordinada; 2) la opresión política, ejercida desde las instancias de poder en contra de una verdadera soberanía popular; 3) la discriminación socio-cultural (étnica, racial, etaria, sexual, de género y por diferencias regionales); 4) la enajenación mediático-cultural, la cual contribuye a ver en minusvalía los valores propios o nacionales; y 5) la depredación ecológica, evidenciada a grandes rasgos en la aniquilación de especies animales, la deforestación de grandes extensiones boscosas y la continua contaminación del aire, las aguas y los suelos, lo que ha tenido como consecuencia gravísima la crisis climática que padece, de modo general, nuestro planeta. Como derivación de esta realidad innegable, todos somos afectados por una conciencia opresora, definida por Paulo Freire como “una conciencia fuertemente posesiva” que “tiende a transformar en objeto de su dominio todo aquello que le es cercano: la tierra, los bienes, la producción, la creación de los hombres, los hombres mismos, el tiempo en que se encuentran los hombres”; reducidos al poder de compra. Todos estos elementos dan forma, en conjunto, a una crisis estructural que tiende a profundizarse, obligando a los sectores dominantes a adoptar medidas que remocen e impidan el colapso total del sistema imperante, producto del empuje creciente de personas que lo cuestionan y demandan del mismo un mayor nivel de justicia social.  

En razón de esto último, se requiere el surgimiento de movimientos populares que sean la expresión de la diversidad ideológica que conforma la contestación anticapitalista y ecologista del presente siglo. Como uno de sus rasgos distintivos, éstos deben abrir y sostener espacios auto-organizativos, de discusión y de convergencia político-ideológicas. Con ello se impedirá a todo trance la imposición de cualquier tipo de exclusión y de dogmatismo contrarios al principio universalista de la libre determinación de los pueblos y, como una derivación de éste, de la distribución democrática de la autoridad, extendida también al ámbito económico-productivo; transformando radicalmente las estructuras políticas, sociales, económicas y culturales que distinguen al modelo societario actual. Es una ardua tarea histórica aun por cumplirse, vista a largo plazo, pero ineluctable. Para superar el caos en aumento fomentado por quienes dirigen el Estado burgués liberal y el sistema capitalista global se necesitan, por tanto, nuevas bases teóricas, nuevas normas, nuevas prácticas sociales y un nuevo discurso ético-político; todos adecuados -obviamente- al nuevo tipo de civilización por erigirse (opuesto en todo sentido al modelo cincelado según la lógica capitalista). De otro modo, su institucionalización y, eventualmente, su estancamiento se convertirán en una nueva camisa de fuerza para los sectores populares que será legítimo cuestionar, romper y subvertir para que la práctica de la democracia siga manteniendo su atractivo entre los mismos y marque cada día el camino a seguir hacia la emancipación de todos (individual y colectivamente), sin injusticias sociales, sin clases dominantes y sin explotadores que combatir. -           

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23/10/2019 08:51 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

LA DOLARIZACIÓN DE FACTO DE VENEZUELA

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La dolarización de la economía venezolana -pese a los esfuerzos del gobierno nacional para impedirla, antes y ahora- se inició prácticamente con la campaña orquestada desde los diferentes medios de comunicación de los sectores de la ultraderecha, implantando un clima ficticio de inestabilidad económica apoyado por páginas como DolarToday, que permitió incrustar un dólar paralelo a su total conveniencia. Simultáneamente, se desarrolló una espiral descontrolada de acaparamiento, especulación y contrabando de productos de primera necesidad que han afectado, principalmente, a la población de menor poder adquisitivo, una porción de la cual se ha visto obligada a emigrar a otras naciones donde el trato recibido no es el mejor de todos, dada la xenofobia desatada en su contra, incluso desde instancias oficiales.

 

Como parte de su estrategia, la derecha local (estimulada y asesorada desde el exterior) inventó un culpable. Inmediatamente, la burguesía parasitaria señaló al gobierno como único responsable de la crisis que ella misma ideara y aupara. Sus más conspicuos representantes se dieron a la tarea de contactar a gobiernos (liderados por Estados Unidos) que incrementaran la presión sobre Venezuela, de modo que Nicolás Maduro se viera obligado a dimitir como única alternativa para sacar al país de los graves aprietos en que éste se halla. Esta degradación sistemática de la gobernabilidad y de la economía venezolanas -causada, como ya se sabe, por los enemigos del chavismo, pero también, no hay que dudarlo, ni porqué negarlo, por la codicia, la ineficiencia y la falta de visión política de muchos de sus principales actores- ha permitido que la dolarización sea un asunto cotidiano entre venezolanas y venezolanos, en tiempos pasados ajena al vaivén de los tipos de cambio de divisas extranjeras y, ahora, víctima de la especulación diaria de empresarios, con base en lo que el dólar sería respecto al bolívar; cuestión ésta que no se corresponde con la realidad, ya que la hiperinflación tiende a incrementarse más por razones particulares que por efecto del alza del dólar. Ahora esta misma oposición, estrechamente ligada a los factores de poder hegemónico estadounidense, se presenta ante el país como la única capaz de solucionar la crisis que ha tratado de agudizar por todos los medios, lo que, según sus propósitos, forzaría a los sectores populares a alzarse contra el chavismo, consintiendo revertir totalmente la situación creada por este durante estos últimos veinte años.

 

Refiriéndose a este tema, Pascualina Curcio, en su artículo “Nuevo orden económico mundial”, describe que “la hegemonía del dólar es un arma poderosa no solo por el dominio que puede ejercer Estados Unidos al tener el control del suministro de la moneda a nivel mundial y las transacciones financiera que con ésta se realicen, sino que, además, basar el sistema monetario en la ‘la confianza’ y no en activos reales y palpables, le ha permitido al país norteamericano accionar otra de las armas imperiales más poderosas: el ataque a las monedas de los países que no se alinean a sus intereses. Manipular los tipos de cambio resulta más sencillo cuando el precio depende de una variable tan etérea como es la fiducia”. Siguiendo el curso de esta aseveración, tendría que aceptarse que, pese al modelo económico fomentado por el chavismo, nominalmente socialista, la economía venezolana no alcanzó independizarse de esta hegemonía del dólar; al contrario, se estimuló la inversión de empresas transnacionales, sobre todo petroleras, con sede en Estados Unidos. A la par de ello, muchos gobernantes chavistas fundaron empresas bajo el esquema capitalista y, por ende, sometidas a las fluctuaciones de la moneda gringa, creando un escenario enteramente contrario a sus discursos. No es extraño, entonces, que la dolarización pregonada por varios dirigentes opositores tuviera alguna posibilidad de concretarse, llevando al país a lo que sería un inevitable callejón sin salida. No obstante, en medio de esta realidad, todavía cabe pensar en la perspectiva (nada ilusoria) de una democracia económica, incluso sin renegar del todo del capitalismo (para escándalo de algunos), en lo que sería la promoción de las economías productivas en sus niveles regionales y locales, con pequeños y medianos empresarios, además de emprendedores populares, más que basar cualquier medida en la flexibilización laboral y el apoyo financiero brindados a las grandes empresas, nacionales o extranjeras.

 

Esto exige que el liderazgo político del país (chavista y opositor) entienda como mínimo que la salida de la crisis creada impone la adopción de medidas orientadas a la producción interna, en especial de insumos agrícolas, medicinas y alimentos, evitando la libre importación de rubros que se elaborarían en Venezuela. Es decir, comprender la importancia de la producción social, lo que tendría un peso significativo en la economía venezolana si no se coarta su autonomía y no se le somete al absolutismo de engorrosos procedimientos administrativos que rezagan y frustran su pleno funcionamiento. Otro tanto debiera hacerse en lo que respecta a las diversas empresas en manos del Estado, poniendo al frente de las mismas a personas idóneas para su manejo en vez de activistas o simpatizantes del gobierno que solo se contentan con asumir el cargo, careciendo del perfil requerido y de la conciencia revolucionaria para medianamente entender el gran compromiso a asumir para hacerlas realmente productivas y sacarlas adelante, en bien de todos los venezolanos. -                

 

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01/10/2019 09:46 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

¿CONCIENCIA SOCIAL-ECOLOGISTA O IRRACIONALIDAD CAPITALISTA?

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Con un liberalismo pragmático individualista, cuya manifestación mejor acabada es Estados Unidos (superando en muchos aspectos al originado en Europa siglos atrás), resultaría difícil lograr -a corto plazo- que las fuerzas productivas y las relaciones de producción sirvan de catapultas para la emancipación integral de las personas y no continuar siendo, como hasta ahora, los factores que hacen posible su dominación y enajenación. Esto -a grandes rasgos- impondría la obligación de poner en práctica una conciencia social, humanista y nada centrada en un interés egoísta y mercantilista sino impulsado por una sana aspiración de justicia e igualdad sociales, intrínseca de toda lucha popular. Esto, a su vez, convertiría al pueblo en arquitecto de su propio destino, construyendo, en consecuencia, su propia historia, de manera consciente, sin las ataduras creadas por el capitalismo y el Estado burgués vigentes.

 

Dicha conciencia social y humanista, por otra parte, debe ser producto de una autotransformación humana constante, de modo que ella revolucione la realidad circundante, pero bajo parámetros novedosos que no entren en contradicción con el objetivo primordial de erigir un modelo civilizatorio de nuevo tipo; lo que implica trascender el marco limitado de los reformismos económicos y/o políticos con que se prolonga la existencia del viejo orden establecido. Así, las relaciones capitalistas de producción y de explotación del hombre por el hombre tenderían a eliminarse, en un periodo de tiempo que no puede fijarse de antemano, si no hay de por medio una acción revolucionaria coherente por parte de sus víctimas principales: los sectores populares. En este caso, se debe comprender que no podría proyectarse, perseguirse y alcanzarse un desarrollo multilateral, integral y emancipatorio, en beneficio de la sociedad y de cada individuo, manteniendo intactas las estructuras y valores que le dan vida al sistema capitalista. De ello da cuenta la historia de la extinta Unión Soviética, lo que debiera ser materia de estudio de todo aquel que pretenda llevar a cabo una revolución anticapitalista, democrática y profundamente humanista, a fin de no repetir (de forma inconsciente) sus mismos errores, omisiones y desviaciones.

 

Lejos de disminuir, esta resistencia global  tiende a multiplicarse, ahora con más fuerza al corroborarse las consecuencias apocalípticas de la continua acción depredadora del capitalismo sobre todos los recursos naturales existentes en nuestro planeta. Pese a la represión, la intimidación y el asesinato de dirigentes sociales y políticos comprometidos con dicha resistencia, esto último constituye el fundamento principal que anima la misma, cuestión que ha sumado a más personas, especialmente jóvenes, en una cruzada que une, o vincula, la defensa de los derechos humanos con la preservación apremiante de la naturaleza. Frente a ella, el capitalismo es el máximo responsable. En consecuencia, aun aquellas personas que en nada quieren identificarse con alguna tendencia político-ideológica, han terminado por entender que éste debe ser transformado antes que su voracidad cause un mayor desastre ecológico al causado durante más de un siglo. Esta toma de conciencia, llevada a una escala superior, motivaría la puesta en marcha de una cooperación global como jamás se vio en toda la historia de la humanidad. Con pueblos y gobiernos unidos en una misma causa. Gracias a ello, quizá, puedan cambiarse de raíz algunos paradigmas del modelo actual de sociedad, lo que valdría llamar una verdadera revolución, gestada entre todos, pero principalmente por quienes han sido víctimas reiteradas de la irracionalidad capitalista. -   

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24/09/2019 12:41 Homar Garcés #RyS. ECOLOGÍA No hay comentarios. Comentar.

LA REBELIÓN PLEBEYA ANTE EL CAPITALISMO GLOBAL

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El orden de dominación (el régimen hegemónico del capital, para una mayor precisión) confronta sin un éxito total el desorden causado por la rebelión plebeya (protagonizada por los excluidos, política, económica, social y culturalmente) alrededor del planeta. Esta -a pesar de la dispersión de las luchas- es una amenaza que frecuentemente le impone reacomodos a las clases dominantes con que conjurarla, producto, entre otras cosas, de las crisis cíclicas que sufre el capitalismo, las cuales suelen arrastrar consigo a los países periféricos y dependientes, cargando éstos con el mayor peso de tales crisis. Sobre esta base, el profesor Diego Guerrero, al prologar el libro “Valor, mercado mundial y globalización” de Rolando Astarita, opina que “los problemas que tiene la humanidad no derivan de la violencia y el poder políticos, sino de su base económica: el capitalismo”. Una certeza que, poco a poco, se ha extendido a un contingente creciente de personas ante el carácter excluyente y destructivo de semejante sistema.   

Lejos de manifestarse en beneficio de la satisfacción de las necesidades colectivas, el crecimiento capitalista global se orientó al enriquecimiento superlativo de unos pocos, a tal grado que sus fortunas particulares superan en mucho los presupuestos juntos de varias naciones. La expansión ilimitada del capital -en su acepción y praxis neoliberales- ha marcado también una profunda diferenciación en relación con la soberanía de muchos países, especialmente los ubicados en el rango de países subdesarrollados y dependientes, que se ven obligados a acatar las “recomendaciones” del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, las cuales, generalmente, obedecen a los intereses de las grandes corporaciones transnacionales antes que a un deseo humanitario por solventar las crisis económicas por las que éstos atraviesan; lo que -al final de cuentas- contribuye a una mayor dominación monopólica de economías, recursos naturales, bienes y servicios contra la que, dicho sea de paso, poco o nada lograrían hacer, de manera aislada, dichos países al estar obligados a minimizar sus problemas de producción, de miseria y de desempleo.

De todos es conocido que la vacua esperanza sembrada hace más de tres décadas atrás por los apologistas del capitalismo neoliberal supuso la posibilidad, en un corto plazo y a manos llenas, de alcanzar el mismo grado de desarrollo de Europa occidental, Japón, Canadá y Estados Unidos. Nada de esto ocurrió. La pobreza, el desempleo, la carencia y el encarecimiento de servicios públicos (en manos del sector privado) y, por añadidura, la incapacidad del Estado para resolver la acuciante problemática social fueron el resultado de la implementación de este capitalismo neoliberal. Entonces, como ahora, se obvió que la reproducción de tal capitalismo es factible mediante la explotación indiscriminada de la plusvalía producida por trabajadoras y trabajadores, además de los recursos naturales, sin que en ello medie un atisbo de moralidad, ni la pretensión real de una distribución más equitativa. De esta forma, el capital pasó a tener una preponderancia aún mayor que en el pasado respecto a lo que representan la naturaleza y los seres humanos. Sin embargo, muchos lo consideran un mal necesario e insalvable, sin el cual el desarrollo anhelado seguirá siendo una quimera. A estos se agregan quienes, aparentemente, desde la acera de enfrente, comparten los ideales socialistas, dispuestos a secundar, bajo control estatal, toda media en esta dirección, cuestión que sólo ha servido para ensanchar también las brechas socio-económicas existentes.

Algo que suele pasarse por alto es el hecho que el interés que mueve al capital es su propia expansión. En palabras del filósofo italiano Giordano Amgaben, “la separación entre lo humano y lo político que estamos viviendo en la actualidad es la fase extrema de la escisión entre los derechos del hombre y los derechos del ciudadano”, que se expresa en que todo lo colectivo tenga que claudicar ante el interés individual del capital, imponiéndose, en consecuencia, que una minoría decida por su cuenta, prácticamente, el destino de la humanidad entera. A la falta de un modelo económico coherente que permita superar las crisis recurrentes del sistema capitalista y resarcir las necesidades y las dificultades sufridas por los sectores populares, se impone que éstos tiendan a su autogestión, a través de formas organizativas propias y articuladas entre sí, cuyas relaciones -obviamente- se diferencien de las relaciones sociales de producción y de las estructuras de poder y de explotación generadas por dicho sistema. En otras palabras: definición y construcción de un verdadero poder popular. -        

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18/09/2019 13:13 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

EN POS DEL PENSAMIENTO DESCOLONIZADO DE NUESTRA AMÉRICA

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Transcurridas las primeras décadas del presente siglo, se puede repetir con igual intención lo que el Apóstol de la independencia cubana, José Martí, dijera sobre los gobernantes yanquis: “Creen en la necesidad, en el derecho bárbaro, como único derecho: ‘esto será nuestro, porque lo necesitamos’. Creen en la superioridad incontrastable de la ‘raza anglosajona contra la raza latina’. Creen en la bajeza de la raza negra, que esclavizaron ayer y vejan hoy, y de la india, que exterminan. Creen que los pueblos de Hispanoamérica están formados, principalmente, de indios y de negros”. En razón de semejante derecho, los imperialistas gringos enarbolan la doctrina Monroe y su “destino manifiesto” para usufructuar a su libre antojo las riquezas naturales y mantener una hegemonía indisputable sobre los mercados existentes al sur del río Bravo. Con la finalidad de asegurar tal cometido, se procede a la negación de lo autóctono, de las raíces históricas de nuestros pueblos mestizos -en complicidad con las clases dominantes endógenas- lo que significa negarles el derecho de reconocerse en su propia historia, y aceptándose fatalmente, en consecuencia, como válida la estrategia de occidentalización de nuestra América, la cual -entre otras cosas- apenas permite visibilizar algunas manifestaciones artístico-culturales bajo la clasificación genérica de tradiciones y folklore. Esto se acentuó con la implantación del modelo capitalista neoliberal, haciéndose creer que es imprescindible (e ineludible) desprenderse de cualquier tipo de identidad localista o nacionalista para acceder, por la puerta grande, al ansiado mundo desarrollado del capitalismo contemporáneo.

En abierto contraste con esta realidad recurrente de nuestra América (víctima, primero, del colonialismo y la expoliación de España y, luego, del neocolonialismo y la expoliación de Estados Unidos) se impone, como ya lo determinaran algunos estudiosos de tal realidad, la búsqueda incesante y diversificada de un pensamiento autónomo que, sin dejar de estar enlazado con el pasado de luchas de los sectores populares marginados, sea también cosmopolita. Ahondando algo en este punto, a la globalización neoliberal habría que oponérsele una globalización emancipatoria contrahegemónica, entendida como una globalización plural y pluralista, contraria al pensamiento único que acompaña a aquella, por lo que se requiere una alta dosis de creatividad, innovación, herejía y subversión. Esto pasa, igualmente, por el reconocimiento entre los diversos movimientos que la integren de nexos afines, sin perder por ello su autonomía.

¿Contra qué podría rebelarse este pensamiento autónomo y, por tanto, descolonizado de nuestra América? En primera instancia, contra la alienación y la cosificación de las cuales son objeto sus pobladores bajo el régimen capitalista, en lo que representa -por sus muchas implicaciones- un formidable desafío en el orden teórico. Luego, quizás de una manera más inmediata, se haría lo propio respecto al ejercicio de la democracia, partiendo del cuestionamiento reiterado de sus deficiencias y formalidades. En esta reflexión, podría recurrirse a lo producido intelectualmente desde nuestra América, incluyendo, entre otros aportes producidos en esta vasta región, lo relacionado con la teoría de la dependencia,  liberación, la teología de la liberación y la filosofía de la liberación, en lo que conformaría un conjunto de búsquedas de cambios dirigidos a una emancipación más plena e integral.

Como parte de este proceso en pos del pensamiento descolonizado de nuestra América, habría que entender y afianzar la política bajo una nueva concepción, esto es, hacer de ésta un proyecto ético, en vez de la práctica tradicional de control de la ciudadanía o como escenario de lucha de intereses encontrados. Lo mismo habrá que entender respecto a lo social como práctica política. De acuerdo con Leonardo Boff, habrá que forjar una ciudadanía activa que se exprese creadoramente en una serie de dimensiones que permitan concretar un modelo civilizatorio verdaderamente humanizado: 1) Político-participativa, 2) económico-productiva, 3) popular-incluyente, 4) con-ciudadana, 5) ecológica y 6) terrenal. Es, en resumidas cuentas, una subversión generalizada en abierta oposición a la hegemonía del capital y su garante, el Estado burgués-liberal, en todas sus formas. Esto impulsaría una radicalización profunda de la práctica y el concepto de la democracia desde el punto de vista de lo social, en lo que sería más bien una teorización ecologista, pragmática además, ajena a las diversas estructuras de poder vigentes; lo que implica poner en marcha un serio cuestionamiento de las mismas y la búsqueda de opciones válidas que contribuyan efectivamente al logro de la descolonización cultural-ideológica y, por ende, a una liberación menos retórica (y más real) de los pueblos de nuestra América. - 

 


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03/09/2019 12:14 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

EL CHAVISMO COMO CONSTRUCCIÓN IDEOLÓGICA DE NUEVA GENERACIÓN

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Tal cual se ha considerado al leninismo como el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria, el chavismo podría presentarse como la postura bolivariana del período histórico correspondiente a la lucha por obtener y completar la absoluta descolonización de Venezuela, esta vez en un amplio sentido cultural y económico, así como de emancipación política frente a la hegemonía imperialista de Estados Unidos (ejercida sin mucha oposición a lo largo de la geografía nuestraamericana) y de la construcción y práctica de una nueva clase de democracia, la democracia participativa y protagónica. Estos rasgos serían suficientes para anexarle al chavismo la categoría de ideología (como algunos ya lo reconocen), a pesar de estar compuesto por diferentes aportaciones revolucionarias extraídas de experiencias y teóricos de otras épocas y latitudes; lo cual -visto con objetividad- no hace mella en su singularidad.

 

Para los puristas (especialmente quienes siguen el ideario bolivariano), el chavismo sería una aberración al unir los ideales encarnados por Simón Bolívar con aquellos representados por Marx, Engels y Lenin, aduciendo que entre los mismos existiría una incompatibilidad insuperable. Igual ocurre con las referencias al Evangelio, al ubicar a Jesús de Nazaret como el precursor del socialismo revolucionario, lo que le produce urticaria a la jerarquía eclesiástica, habituada a condenar -junto con las clases dominantes- cualquier tentativa por hacer posibles sus postulados fundamentales, explotando, al mismo tiempo, el anticlericalismo de muchos marxistas. Otro tanto sucede entre aquellos que profesan el marxismo leninismo, el trotskismo y el anarquismo, al cuestionar el militarismo presente en un gran porcentaje de cargos de gobierno, compartidos con ex militantes de los principales partidos políticos tradicionales (AD y COPEI), así como el reformismo, traducido en la falta de medidas realmente anticapitalistas y el fortalecimiento del viejo Estado burgués liberal.

 

No obstante, en medio de todo, el chavismo representa para los sectores populares una opción válida, la cual -entre otras cosas positivas- les permitió visibilizarse e intervenir de manera decisiva en los asuntos del Estado, asumiendo una posición protagónica que siempre les fue negada por los regímenes anteriores, a pesar de los discursos rimbombantes que, en toda fecha patria, ensalzaran su soberanía. Pero no es esta la única circunstancia que le dio base popular al chavismo. Chávez entendió la importancia de saldar la enorme deuda social acumulada durante más de cuarenta años con el pueblo venezolano, lo que comenzó a hacer mediante la implementación de las diferentes Misiones de inclusión social, aprovechando los cuantiosos dividendos generados por la renta petrolera. Si bien es cierto que los cambios cuantitativos producidos a partir de estas Misiones se palpan en un mejoramiento sustancial de las condiciones materiales de vida de la gran mayoría excluida (cuestión negada reiteradamente por los grupos de la oposición), sería necio admitir que algo similar se logró también en materia económica, implantando el socialismo revolucionario en las instituciones y empresas pertenecientes al Estado como en aquellas que se expropiaron y crearon bajo la figura de propiedad social y comunal. Es decir, en un plano político-ideológico pudo avanzarse en la idea de construir lo que Hugo Chávez denominó el socialismo del siglo 21, pero poco (o nada) se concretó bajo tal orientación en el orden económico; convirtiéndose esto último en el talón de Aquiles del chavismo, sobre todo en lo que respecta a la socialización, diversificación e intensificación de la actividad productiva nacional.

 

Como explicación de esta realidad contradictoria, en «Razones de una revolución», Mario Sanoja e Iraida Vargas Arenas concluyen que «la casualidad de nuestro atraso y de nuestra crisis social es de carácter estructural e histórico: sus raíces se afincan en la condición colonial que nos fue impuesta en el siglo XVI y en la condición semicolonial y dependiente en la cual vivimos desde 1810». Por tanto, le toca al chavismo (entendido desde abajo) librar una crucial batalla de índole cultural e ideológica para extirpar esta rémora histórica, la cual -ahondando en sus repercusiones a través del tiempo- se mantiene viva en el comportamiento dual, despótico y servil, de dirigentes, funcionarios y gobernantes. Circunstancia que conspira permanentemente contra la posibilidad real de alcanzar una democracia participativa y protagónica, al modo de la consagrada en la Constitución de 1999, obligando al pueblo a trazarse metas que la superen definitivamente, incluyendo la estigmatización excluyente y racista de que ha sido víctima por parte de los sectores dominantes y de sus ideólogos orgánicos. En este punto, la descolonialidad del pensamiento es una tarea impostergable del chavismo, sin excluir la visión emancipatoria del socialismo, si se detecta en él elementos que definen al eurocentrismo; una cuestión que pocos se atreven a abordar con la seriedad y la objetividad que merece, contentándose con sólo hacer alardes de un conocimiento escolástico y una retórica vacua, sin asidero alguno con la realidad a transformar.

 

Aún con sus muchas debilidades a cuestas, no se puede desmeritar del todo al chavismo. Tiene a su favor la virtud de haber motivado y movilizado a un amplio segmento de la población tras un proyecto de redención social y de soberanía nacional que no pudieron articular los grupos de la izquierda tradicional, independientemente de su constancia, sacrificios y heroísmo, plasmados, básicamente, en la época de la lucha guerrillera. Gran parte de sus postulados recogen las aspiraciones y experiencias heterogéneas de movimientos sociales y políticos de una diversidad de países, lo que atrae la atención a nivel mundial, suponiendo que estos orientan la transición a una sociedad de tipo socialista y, por ende, anticapitalista. Sin menoscabo de lo hecho y pregonado por veinte años consecutivos, es factible que el chavismo (entendido y erigido desde abajo) pueda percibirse y admitirse como una construcción ideológica de nueva generación. O, por lo menos, servir de inspiración y de base para que surja y se consolide un amplio movimiento popular pluralista que, quizá, lo trascienda. En lo que ha sido y tendría que ser. -

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02/09/2019 12:37 Homar Garcés #RyS. LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA No hay comentarios. Comentar.

LOS BURÓCRATAS ESTÁN SIEMPRE DEMASIADO OCUPADOS

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Las fallas, las omisiones y las negligencias del Estado (sea cual sea su denominación) les son atribuidas comúnmente al burocratismo presente en cada una de sus estructuras. En esencia, de una forma generalizada, puede determinarse que la subjetividad y la rutina diaria (cumplida sin mucha alteración durante tantos años de permanencia en el cargo) hacen de los burócratas, incluso aquellos que, en apariencia, no lo harían de una manera consciente, unos elementos perniciosos que conspiran constantemente contra el ejercicio democrático del pueblo, contra la transparencia administrativa que debiera caracterizar al Estado en todo momento y contra la posibilidad real de concretar cualquier experiencia revolucionaria orientada a su logro pleno. A ello se une la centralización operativa que, en la mayoría de las ocasiones, retrasa la iniciativa que pudiera tomarse con la finalidad de solventar cualquier problema o necesidad existente. Muchas veces por motivos futiles a los cuales se les otorga una importancia cardinal, justificados en procedimientos administrativos demasiado engorrosos y lentos. Esto, con el tiempo, produce cierto conformismo entre la gente que acude a los organismos públicos al percatarse que estos procedimientos seguramente no servirán de nada para encarar satisfactoriamente una situación determinada.


Según lo notara Ernesto Che Guevara, «el burocratismo es la cadena del tipo de funcionario que quiere resolver de cualquier manera sus problemas, chocando una y otra vez contra el orden establecido, sin dar con la solución. Es frecuente observar cómo la única salida encontrada por un buen número de funcionarios es el solicitar más personal para realizar una tarea, cuya fácil solución sólo exige un poco de lógica, creando nuevas causas para el papeleo innecesario». También existe la duplicación de funciones, lo que surge de la falta de normas de organización precisas entre las diferentes instituciones públicas, replicándose en cuanto a los mismos objetivos. En este sentido, los sectores populares debieran comprender que si existiera verdaderamente una burocracia funcional y eficaz, se harían expeditos los diferentes procesos o trámites que ha de cumplir el Estado. Además, a fin de disminuir y erradicar la mala influencia del burocratismo, el pueblo está llamado a gestar sus propios espacios de organización soberanos. Así evitaría que sus derechos sean conculcados por una minoría bajo la excusa de estarse velando sus intereses colectivos; lo que ha servido para el fomento y el ocultamiento de complicidades, incompetencias y corrupciones institucionalizadas de toda clase. Es decir, se requiere estimular la capacidad instituyente y autónoma de los sectores populares para crear mecanismos de control democráticos que le permitan a toda la población ser protagonista consciente y activo de su propio destino. Sin embargo, hay que acotar que esto será una tarea difícil, de larga duración, mientras existan el Estado y el modelo de sociedad vigentes, ambos erigidos según la lógica capitalista. Es algo que no se podrá obviar.


Para quienes lo ignoran (o no desean saberlo y, menos aún, comprenderlo), citando al compañero Antonio Gramsci: “La burocracia es la fuerza conservadora más peligrosa”. Si ella, como secularmente sucede, se independiza de los sectores populares y se arroga un papel preponderante en la administración y el funcionamiento estatales, termina por generar más problemas que soluciones. Una cuestión que se repite en todo el mundo. Y esto se palpa a diario, incluso, mediante la actitud despótica y displicente que suelen adoptar secretarios y ayudantes personales (entre los cuales cabe incluir a los guardias de seguridad) de quienes ejercen los cargos de representación popular; los cuales establecen una especie de estratificación en cada antesala, en donde algunas personas (estimadas social, económica y políticamente inferiores) deben esperar mientras que otras (vistas como superiores) tienen libre acceso. De igual modo, cuando los burócratas alegan estar siempre ocupados, pero «extrañamente» aligeran los trámites de amigos, colaboradores y gente de «mayor rango».

Por todos estos rasgos visibles, el burocratismo debe calificarse como antidemocrático y contrarrevolucionario. Sabiéndolo, muchos movimientos sociales y políticos luchan por trascenderlo, poniendo en práctica estrategias y concepciones distintas a las establecidas que amplíen positivamente todo lo referente a la vigencia de la democracia y el papel a cumplir por la ciudadanía, lo que sería una conquista saludable para todos, independientemente de cuáles sean nuestras convicciones personales. -

22/08/2019 09:04 Homar Garcés #RyS. TEMAS SOCIALISTAS No hay comentarios. Comentar.


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