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LA OTREDAD NUESTRAAMERICANA

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La especificidad de nuestra América, de lo que ésta es y ha sido como el amplio ámbito geográfico, cultural, sociológico, económico y político situado entre el sur del río Bravo y la Patagonia, donde se ha gestado una tradición ininterrumpida de luchas populares desde el instante que los europeos decidieron adueñarse de ella hasta la época actual, es una especificidad que ha ocupado a una gran porción de intelectuales tratando de explicarla y de darle alguna orientación que haga posible aflorar sus potencialidades como territorio de la emancipación integral humana. El Libertador Simón Bolívar al dirigirse a los diputados del Congreso de Angostura en 1819, destaca que se debe tener «presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del Norte, que más bien es un compuesto de África y de América, que una emanación de la Europa; pues que hasta la España misma deja de ser europea por su sangre africana, por sus instituciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado; el europeo se ha mezclado con el indio y con el africano. Nacidos todos del seno de una misma madre, nuestros padres, diferentes en origen y en sangre, son extranjeros, y todos difieren visiblemente en la epidermis; esta desemejanza trae un reato de la mayor trascendencia». Esta conclusión de Bolívar será compartida, de uno u otro modo, por una amplia gama de pensadores, algunos bajo la influencia ideológica del eurocentrismo y otros guiados por la dialéctica y el materialismo histórico, lo que le convierte en un tema de discusión que no cesa, a pesar de los siglos transcurridos. Ahora muy especialmente cuando, desde las más recientes décadas, muchos acogen la propuesta de emprender y asentar un proceso de descolonialidad del pensamiento; lo que implica entender y aceptar la realidad de otros universos culturales, tan válidos o más que el representado por el eurocentrismo.

 

En su ensayo «Nuestra América», el Apóstol de la independencia cubana, José Martí, recomienda que «la historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria». Tiempo antes, el Maestro revolucionario Simón Rodríguez, con su singular estilo, hizo una acotación similar al señalar: « ¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original. Original han de ser sus instituciones y su Gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otro. O inventamos o erramos». Es decir, la otredad americana es una preocupación constante entre nosotros, los hijos y las hijas de nuestra América, presente en los llamados a la unidad e integración de nuestros países, especialmente frente a lo que éstos han sido bajo la hegemonía imperialista de Estados Unidos. Pero también es la comprensión (poco compartida con las clases dominantes) de cuáles podrían ser sus potencialidades en el campo económico, de forma totalmente independiente, sin aceptar tácita y sumisamente el papel de réplicas o sucursales de las metrópolis del sistema capitalista, convertidas -desde un primer momento- en simples proveedoras de materia prima y consumidoras de lo que produzcan las grandes corporaciones transnacionales.

 

Hace falta entender, junto con Karl Marx, que «el descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de la población aborigen, la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles-negras, caracterizan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos constituyen factores fundamentales de la acumulación originaria». Gracias a ello, la Europa y los Estados Unidos alcanzaron los niveles de desarrollo que, ilusamente, algunos esperan que algunos de nuestros países puedan tener en el futuro, sin detenerse a pensar que a aquellos no les conviene que esto ocurra, por muchas reformas legislativas y económicas que se hagan, ajustándose a los esquemas neoliberales.

 

La sumisión pasiva a la ley capitalista ha representado un escollo formidable contra el cual se han estrellado muchos de los objetivos de emancipación trazados por teóricos y movimientos populares, impidiendo que pueda así concretarse una verdadera revolución democrática y soberana, conducida y sustentada en toda circunstancia por los pueblos de nuestra América. En este caso, la multiplicidad y la unicidad de nuestra América representan la fortaleza y el espíritu con que nuestros pueblos puedan romper el estado de explotación y de dependencia en que aún se les desea mantener indefinidamente. Esto entraña, por otra parte, una ruptura radical con la concepción del Estado-nación a la cual nos habituamos y defendemos desde 1810, basándose más en los valores que preservan la vida en un sentido generalizado que aquellos que privilegian, por encima de todo, el lucro y el interés privado. -

 

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22/11/2020 14:52 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

EL MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA Y LA NUEVA «NORMALIDAD» DEL MUNDO

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Es harto llamativo que la aparición de la pandemia del  Covid-19 haya coincidido con el auge de una diversidad de movilizaciones sociales como las protagonizadas por los chalecos  amarillos en Francia o aquellas que tuvieron en jaque al gobierno derechista de Chile.  El  desconcierto y el temor provocados por las cientos de muertes reportadas en todos los continentes hizo que las nuevas  formas de resistencia contra el Estado burgués liberal y el sistema capitalista se redujeran a su mínima expresión y cedieran ante el confinamiento ordenado por los gobiernos aunque tiempo después terminaran  autoconvocándose, tal como se vió en Colombia con la minga indígena dirigiéndose hacia Bogotá.

«El problema -señala Víctor M. Toledo en su análisis "Caminando hacia una nueva civilización"- es que estas protestas y resistencias se enfocan en objetivos parciales o secundarios y no llegan a detectar y reconocer las causas profundas de la crisis: la doble explotación, del trabajo de la naturaleza y del trabajo de los seres humanos, que una minoría de minorías realiza cada vez con más amplitud y encono. Se requiere entonces de una doble liberación y emancipación: ecológica y social. Deben, pues, surgir rebeliones ambientales, igualitarias, anticapitalistas, antipatriarcales y capaces de construir una sociedad sustentable y de reformular las relaciones entre los individuos, y entre éstos y la naturaleza. Estamos, por tanto, en un fin de época, en la fase terminal de la civilización moderna, pero aún sin poder visualizar la que la sustituirá». El Covid-19, en este caso, vendría a ser la comprobación de un hecho que ha estado siempre a la vista pero del cual pocos han querido percatarse: la crisis que padece cada nación en el mundo tiene su origen en el tipo de civilización existente, regida en cada uno de sus aspectos fundamentales por la lógica capitalista. La pandemia «reveló» la brecha profunda -derivada del capitalismo neoliberal- entre ricos y pobres (lo que se aplica también a países) al verse obligados estos últimos a la exposición del coronavirus mientras los primeros tendrían la opción de autoprotegerse permaneciendo en sus propiedades. Además de eso, quedó plasmado el desinterés mostrado por gobiernos afines al neoliberalismo capitalista hacia el sistema de salud pública, dando espacio a un sistema de salud privada en el cual no tienen cabida las personas pobres o con escasos recursos económicos.

La nueva «normalidad» del mundo que algunos anuncian como un hecho inminente, descartando la extensión y la posible mutación del Covid-19, así como el estado de explotación al que se halla sometido un grueso porcentaje de la población trabajadora, implicaría un cierto cambio del modo de producción  capitalista, lo que poco afectará su esencia. Sin embargo, sí se prevé que este cambio aumentaría aún más las brechas existentes desde hace ya tres décadas, siendo la mayoría trabajadora, como otras veces a través de la historia, la que sufra las peores consecuencias al verse despojada de muchos de sus derechos en aras de la preservación del mercado.

Ante este eventual panorama, una exigencia que no debería pasarse por alto es entender la realidad en la cual le ha tocado a la humanidad vivir y transformarla de un modo raizal y definitivo. No se puede aspirar a que el modo de producción capitalista cambie por sí mismo, en una operación filantrópica imposible, cuando éste ha demostrado ser opuesto a los intereses de la mayoría, tanto en lo que respecta a la explotación de los trabajadores (independientemente de cuál sea su rango) como en lo que éste representa para la conservación de la vida en general sobre la Tierra al extraerse sus recursos naturales sin ningún tipo de consideración por su agotamiento y los nocivos efectos contaminantes que ello acarrea. En consecuencia, la nueva «normalidad» tendría que ser producto de la acción consciente de los pueblos en lucha por sus derechos e intereses y no el acomodamiento de las grandes corporaciones transnacionales que solo anhelan controlar al mundo a su antojo, todo esto en función de la satisfacción de una insaciable y depredadora sed de ganancias que resulta totalmente incompatible con la autodeterminación y la democracia a que aspiran nuestros pueblos. -

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22/11/2020 13:43 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

EL HARTAZGO PANDÉMICO Y LA «NUEVA REALIDAD»

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Si hay algo que ha revelado (si es que cabe el término, dado que existe desde hace bastante tiempo) el brote y la expansión de la pandemia del Covid-19 a nivel mundial, aparte de la evidente fragilidad de la salud humana y de las deficiencias del sistema público que debiera funcionar adecuadamente en cada nación para garantizar este derecho a todos sus ciudadanos por igual, es la profunda brecha económica y social que divide a ricos y pobres. Una cuestión que es reconocida por economistas y legos en la materia, ya que la misma constituye el resultado visible e inmediato de lo que ha sido, desde finales del siglo XX hasta ahora, la imposición del capitalismo neoliberal.

Para muchos analistas, lo que mucha gente llama la nueva normalidad, en el caso que acabe la pandemia del Covid-19, no será una vuelta atrás sino el establecimiento de nuevas realidades al servicio de los grandes capitales, teniendo como fondo la supresión de los niveles de democracia existentes y, como secuela de ello, la minimización y/o eliminación del Estado de bienestar tradicional. Por lo pronto, estas nuevas realidades han hecho despuntar el trabajo online a distancia (incluyendo la educación formal), lo que se traduce en un enorme ahorro de costos laborales para las grandes empresas al liberarse de la cobertura de protección social a que tienen derecho sus trabajadores. A esto se suma la incidencia grave que produce en las nuevas generaciones las medidas adoptadas en cada nación contra la propagación del coronavirus.  

 
«Los datos -escribe el periodista uruguayo Eduardo Camin en su artículo “COVID-19, el virus del capitalismo y la explosión histórica del desempleo”- van demostrando que serán las y los jóvenes entre 15 y 24 años, quienes serán uno de los rangos etarios más golpeados por el desempleo y la precarización laboral. Ya se comienza a hablar de “generación de confinamiento”, principalmente porque son quienes han visto interrumpidos sus procesos de educación, formación y capacitación, pérdidas de empleo, reducciones de jornadas y remuneración y además tienen mayor dificultad para conseguir un nuevo empleo. Este sector además es el que ha mantenido altas tasas históricas y estructurales de desempleo, previo a la pandemia». Esto último es una cuestión que ha sido escasamente abordada, obviando los cambios que ella entraña, pero que, de una u otra manera, tendrá sus repercusiones históricas en la «nueva normalidad» de la que se habla actualmente.

Las cifras en ascenso de trabajo informal y/o empleo por cuenta propia, sin dejar de mencionar la explotación de miles de trabajadores carentes de derechos laborales en procura de mantener un mínimo de condiciones de vida junto con sus familias, condena a la mayoría de los países a mantenerse en un grado de subdesarrollo quizá mayor al experimentado en el siglo pasado; sin resultados positivos significativos en materia de crecimiento económico y menos aún en la reducción de la desigualdad social. 

Para otros, la «nueva normalidad» post pandemia podría desmontar todo el ensamble de la globalización capitalista al promoverse la tendencia -adelantada por Israel y Estados Unidos- de países amurallados, con restricciones fronterizas estrictas que dejan ver un sesgo xenófobo y racista, lo que implica que el Norte global se encerraría fronteras adentro, limitando incluso su intercambio comercial con el resto del mundo. En otra perspectiva, esta misma situación podría crear condiciones para que haya un autogobierno social, lo que equivaldría asegurar para todos la integralidad y la sostenibilidad de la vida. La presencia cada vez masiva de pueblos y nacionalidades indígenas, de movimientos feministas, de comunidades campesinas y disidentes, y de diversos movimientos populares y ecoambientales en la escena pública hace presagiar que esto último sea factible y no simple utopía. Será preciso que la organización y la autoridad  comunitaria, la reciprocidad, la ayuda mutua y el trabajo colectivo que, vistas y practicadas, son acciones colectivas que cuestionan los valores legitimadores de los sectores dominantes, se conviertan -casi nada- en los pilares de un nuevo tipo de civilización. El hartazgo pandémico de millares de personas en la actualidad sería entonces la señal del comienzo de una «nueva normalidad», no la que importa al mercado capitalista sino la que todos debiéramos anticipar y crear en nuestro común beneficio.-

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22/11/2020 13:40 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

EL EJEMPLO BOLIVIANO Y LA OPORTUNIDAD DE SEPARAR EL GRANO DE LA PAJA

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El ejemplo de lo ocurrido en Bolivia no debería ser un ejemplo escogido al azar, limitando la victoria electoral de Luis Arce a una simple reacción frente a la imposición de los grupos fascistas que derrocaran al Presidente Evo Morales con el respaldo del gobierno gringo y la Organización de Estados Americanos. Gracias a las elecciones -siempre usadas por los sectores hegemónicos como instrumentos de control y de dominación de las mayorías populares-, el pueblo boliviano pudo demostrar su apego a las reformas democráticas impulsadas por el gobierno progresista de Morales lo que, unido a la actitud retrógrada de los grupos fascistas/conservadores, hizo que superara la represión y las amenazas con que éstos quisieron devolverlo a su estado anterior de sumisión y exclusión.

La diferencia, oposición y contradicción existentes entre los grupos, capas y clases sociales en Bolivia pudieron verse, desde la época colonial, como realidades insuperables sobre las cuales no podría hacerse nada para quebrantarlas y transformarlas aunque fuera en un mínimo detalle o aspecto, gracias a la ideología de quienes ocuparon el máximo sitial en la pirámide del poder. Sin embargo, como lo aclara Jean Marc Piotte en su estudio El  pensamiento político de Gramsci, «las clases subalternas no son puros receptáculos; no se hallan enteramente condicionadas por la ideología de las clases dominantes; piensan por ellas mismas, hasta un cierto nivel». De este modo, no solo por el papel cumplido por Evo Morales, sino por el extenso y sacrificado historial de luchas reivindicativas de los movimientos populares, campesinos, obreros e indígenas, pudo lograrse en esta nación andina la experiencia de protagonizar unos momentos de transición cualitativa que anticiparon en mucho un ejercicio más pleno y directo de la democracia, más allá de sus esquemas tradicionales; definiendo así una nueva realidad y superando los límites impuestos por los sectores dominantes. 

Ahora les corresponde a los sectores populares bolivianos enfocar su atención en el decisivo problema del poder y evitar que, nuevamente, la ultraderecha use los mecanismos constitucionales en su beneficio o que todo desemboque en una situación parecida a la escenificada en Ecuador tras el período presidencial de Rafael Correa. Como lo observan los militantes de Askapena, Iñaki Etaio y René Behoteguy, «el pueblo boliviano ha dejado claro que no apoya a una persona sino un proyecto político de emancipación de las clases populares y los pueblos originarios». Una cuestión que no puede limitarse a la ocupación de todos, o la mayoría, de los cargos burocráticos del Estado, puesto que esto no es suficiente garantía para iniciar una transformación estructural de la sociedad y, sobre todo, en favor de la mayoría. Siendo ellas concomitantes, es el momento oportuno para llevar a cabo cambios en cuanto a las relaciones de poder y las relaciones de producción. Con ello, se podrá separar entonces el grano de la paja. -

 

 

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22/11/2020 13:28 Homar Garcés #RyS. NUESTRA AMÉRICA No hay comentarios. Comentar.

LA INSURRECCIÓN DE LA TIERRA

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El avance y la consolidación del tipo de sociedad burguesa vinieron a significar la limitación y eliminación de la propiedad colectiva de la tierra entre los pueblos ancestrales u originarios, si es entendible este concepto de la propiedad (tal como lo entendemos) de los continentes subyugados y colonizados por las principales potencias europeas. Con esto se inició una historia de confrontaciones entre quienes defienden sus derechos tradicionales y aquellos que, al amparo de las leyes y de su poder económico, procuran desalojarlos en nombre del progreso. Confrontaciones que han tenido como saldo el atropello, el asesinato y la desaparición de miles de dirigentes campesinos e indígenas a lo largo y ancho de nuestra América, con un bajo desempeño de las autoridades por investigar, frenar y castigar esta violación de los derechos humanos.

Las expectativas de desarrollo de la civilización -difundidas a partir del afianzamiento de la visión eurocentrista con el estallido de la Revolución Francesa de 1789- establecieron una imagen lineal del desarrollo histórico de los modos de producción, lo que, de alguna manera, reforzaran Carlos Marx y Federico Engels en el Manifiesto Comunista al decretar que las diferentes luchas de clases del pasado (incluyendo las de su época) desembocarían "en una transformación revolucionaria de la sociedad entera o en la destrucción común de las clases en lucha". Esta concepción legalizó, por una parte, la explotación indiscriminada de los recursos naturales, sin importar sus consecuencias en cuanto al futuro común de la humanidad, y, por otra parte, la explotación y esclavización de aquellos pueblos considerados salvajes, incultos o inferiores; lo que sirvió para que el capitalismo se asentara como el sistema económico hegemónico que es actualmente y fuera reverenciado desde entonces como el único sistema posible mediante el cual se podrá alcanzar el bienestar material humano.                 

Con este trasfondo, y gracias al empuje de las luchas populares escenificadas al través del tiempo, surgió una generalidad de derechos garantizados por la Constitución y el Estado pero que -en un sentido pragmático y reiterado- se convirtieron en privilegios de las minorías dominantes. De este modo, los pueblos originarios y campesinos son víctimas constantes de desplazamientos inducidos y planificados por terratenientes y grupos corporativos, teniendo en mira sus territorios, ricos en biodiversidad y en recursos de alto valor estratégico.

En el caso de las grandes corporaciones transnacionales, éstas han impuesto zonas económicas especiales en diversas latitudes que constituyen enclaves productivos de exportación (provistos de una excepcionalidad jurídica y arancelaria, en lo que serían, sin exageración, enclaves neocoloniales, por lo que requieren que ningún derecho de propiedad comunal de la tierra impere sobre el derecho de propiedad privada. Oponerse a todo ello es algo subversivo y necesario. Exige, además, darle forma a las opciones con que pueda combatirse con éxito la dictadura mercantilista del modelo actual yanqui-eurocentrista y su falta de ética social. Una de las cosas que deben incluir estas opciones es la soberanía alimentaria, lo que no contemplan las políticas neoliberales, centradas en la obtención de ganancias y no en la satisfacción de las necesidades básicas colectivas y, menos, en el respeto de la naturaleza. Por consiguiente, se puede afirmar que la solución definitiva a las crisis migratoria, energética, alimenticia, climática, sanitaria, hídrica y financiera que recorren el mundo no podrá obtenerse, de manera eficaz, desde la perspectiva del capitalismo, siendo éste -como lo es- el factor determinante de las mismas.

En su lugar, desde los diversos movimientos populares que representan la insurrección de la tierra, ubicados incluso en las ciudades, tendría que gestarse “una nueva concepción filosófica que supere a la Modernidad, al positivismo, al marxismo y la post-modernidad para conseguir la verdadera emancipación integral del hombre y la mujer en una sociedad convivencial entre el ser humano, la naturaleza y los instrumentos de producción, es decir, la sociedad convivencial ecológica”, como lo plantea Douglas Bravo. Con ello se asegura también la multiplicidad y pluralidad étnico-culturales, no como diversificación de la dependencia frente a lo que se ha dado en designar unilateralismo y pensamiento único, promocionado, fundamentalmente, por la clase imperialista de Estados Unidos en un proceso marcadamente neocolonial que tiene como instrumentos primordiales a sus fuerzas militares y los capitales de sus grandes corporaciones transnacionales. La insurrección de la tierra abarca, por tanto, algo más que la simple defensa de los territorios antiguamente ocupados por los pueblos originarios y campesinos. Ella debiera verse, por ende, como la respuesta/propuesta de contenido anticapitalista que, sustentada en los valores populares, crearía las condiciones para que exista realmente una nueva civilización, de rasgos humanistas, ecologistas y, sobre, democráticos, diferente en todo a la existente. -                   

 

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22/11/2020 13:18 Homar Garcés #RyS. ECOLOGÍA No hay comentarios. Comentar.

EL APREMIO DE UNA DEMOCRACIA REAL Y DE UNA NUEVA CIVILIZACIÓN

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Cuando se trata de analizar lo que ocurre en muchos países frente a la vigencia (para algunos, moribunda) del sistema capitalista se debe tener presente que este genera a lo interno de cada país una multiplicidad de resistencias populares que no encajan (ni debieran encajar, como generalmente se acostumbra) en una clasificación única o universal. Esta heterogeneidad de resistencias, vale afirmar, se ajusta a la realidad creada bajo el influjo del capitalismo neoliberal durante las últimas tres décadas, una realidad que, por otra parte, ha influido notablemente en el desplazamiento masivo de migrantes hacia las naciones más desarrolladas en búsqueda de oportunidades de una vida mejor, sin obviar el agotamiento acelerado de recursos naturales y el estallido de frecuentes protestas callejeras en muchos países frente a la sumisión y la complicidad mostrada por sus gobiernos respecto a los grupos hegemónicos capitalistas.

Esto ha desembocado en la generación y debate de diversas propuestas con que se pudieran resolver los problemas que agobian a un grueso porcentaje de la población mundial. Así, en la perspectiva de Noam Chomsky, «la única esperanza del ser humano de escapar de su extinción es a través de la construcción de una democracia real, en la que una ciudadanía bien informada participe plenamente en el debate del rumbo que han de mantener las políticas que se apliquen, y la acción directa». Este apremio comienza a ser entendido por los sectores populares, algunas veces sin disponer de una base teórica única y detallada con qué crear un nuevo modelo de lo que debiera ser la sociedad. No obstante, sus reclamos y sus iniciativas organizativas, tanto en lo económico como en lo social, definen su objetivo de cambiar de una manera radical el orden vigente, asumiendo al mismo tiempo una posición de mayor beligerancia en el ámbito político tradicional, como ocurre en varias partes de nuestra América desde algún tiempo atrás.

Por eso, visto el neoliberalismo económico como modo de poder, de dominación y desposesión se hace necesario oponer la conformación de redes económicas informales que, de algún modo, siendo gestadas desde abajo por los productores y consumidores, sean ajenas a la lógica y a las relaciones de producción capitalistas. Éstas suponen dar un paso importante en la dirección de acabar con la depredación de la naturaleza (vista equivocadamente como una fuente inagotable de recursos) y la explotación de quienes solo cuentan con su fuerza de trabajo para vivir, habitualmente sumidos en condiciones de sobrevivencia, sin los elementos materiales básicos que requieren; además de permitir crear espacios organizativos populares en los cuales prevalezca la práctica de una democracia participativa, protagónica y directa. Con esto último se impone la transformación estructural del Estado, orientada a lograr una mayor soberanía del pueblo en lugar de privilegiar los intereses de una minoría dominante, cuestión que sólo se plantea, superficialmente, para garantizar las inversiones e intereses de las grandes corporaciones transnacionales y de sus asociados locales.

Aunque no se crea posible, la humanidad estará obligada a construir alternativas que profundicen la práctica democrática. Junto con esta, es imperativo transformar de raíz las relaciones de producción, manteniendo el cuidado de no repetir la historia de explotación que hasta ahora ha caracterizado al sistema capitalista. La meta principal de todas estas alternativas no podría ser otro que la emancipación integral de todos. - 

 

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24/10/2020 16:48 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

EL "SACROSANTO" DERECHO DE PROPIEDAD PRIVADA

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Es harto revelador que el nombre de Caín, cuya acción más recordada, según lo recoge la Biblia, haya sido asesinar a su hermano Abel, esté asociado a los términos adquisición o posesión, en lo que éste sería el primer propietario conocido sobre la faz de la Tierra. En esta línea, la propiedad privada tendría un trasfondo delictuoso, con lo que quedaría corroborada la clásica afirmación de Pierre Joseph Proudhom respecto a que “la propiedad es un robo”. De esta forma, tanto el sistema jurídico como los valores que lo avalan terminan por darle al sistema de propiedad privada visos de legalidad y de moral en lo que constituiría un delito contra la sociedad.

En la actualidad, el sacrosanto derecho de la propiedad privada que sustenta al sistema capitalista (ahora neoliberal) se ha convertido -gracias a la complicidad de gobiernos solícitos y motivados, aparentemente, por el común deseo de conseguir el progreso material de sus respectivas naciones- en una privatización masiva de recursos colectivos, independientemente del derecho consuetudinario que podrían invocar pueblos y comunidades, principalmente indígenas y campesinos. Vista la historia de nuestro continente, la expropiación de la tierra a los pueblos originarios colonizados sirvió para enriquecer a la metrópoli española. Desde entonces, la lucha por la tierra ha seguido un curso invariable, apenas disminuido por el asesinato sistemático de sus dirigentes más emblemáticos o combativos.

Karl Marx condensó las lecciones de los pueblos sobre el problema de la tierra al escribir: “Al igual que en la industria urbana, en la moderna agricultura la intensificación de la fuerza productiva y la más rápida movilización del trabajo se consiguen a costa de devastar y agotar la fuerza de trabajo del obrero. Además, todo progreso, realizado en la agricultura capitalista, no es solamente un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar la tierra, y cada paso que se da en la intensificación de su fertilidad dentro de un período de tiempo determinado, es a la vez un paso dado en el agotamiento de las fuentes perennes que alimentan dicha fertilidad. Este proceso de aniquilación es tanto más rápido cuanto más se apoya en un país, como ocurre por ejemplo con los Estados Unidos de América, sobre la gran industria, como base de su desarrollo. Por tanto, la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre”.

La predisposición al control total de las principales esferas de la coexistencia social -expresada, por ejemplo, en el manejo autocrático del Estado mediante el fascismo- no es un asunto extraño al darwinismo social que muchos promulgan como solución única a los diferentes problemas existentes en sus países, obstaculizando así cualquier espacio a la pluralidad democrática, a la tolerancia y a la interculturalidad que debiera definir al mundo contemporáneo. Ella ha llevado a los sectores dominantes conservadores a imponer entre personas de disímiles condiciones sociales y económicas una visión sumamente personalista y sesgada del mundo, gracias a la hegemonía ideológica ejercida desde sus grandes emporios de información y de entretenimiento; asegurando de esta manera la estabilidad del espacio privilegiado que ocupan en la pirámide de la sociedad. A pesar de esta circunstancia, no puede pasarse por alto la crisis de hegemonía que corroe al Estado burgués liberal desde hace largo tiempo, gracias, en gran medida, a las luchas protagonizadas por una amplia gama de grupos que cuestionan sus estructuras, lo mismo que al capitalismo global, responsabilizándolos a ambos de las desigualdades, de las injusticias y del cambio climático sufridos por la mayoría de la humanidad. 

Esto último conforma la simiente necesaria de nuevos horizontes históricos que podrían contribuir a la desacralización del poder (el mismo que consagra el derecho de dominio que tendrían unos individuos sobre sus semejantes; generalmente vistos como seres inferiores) y la desacralización de las relaciones mercantiles (el cual consagra el derecho de explotación de unos sobre otros; legitimándolo como algo natural e inalterable), lo que ya sería el preludio de un nuevo tipo de civilización, esta vez marcado por verdaderos valores humanos que incluyan el respeto a la naturaleza que nos sustenta a todos. -

 

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24/10/2020 16:44 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

REPLANTEAR EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO FRENTE AL CAOS CAPITALISTA

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Las posibilidades de construcción de una sociedad socialista como alternativa revolucionaria a la hegemonía del capitalismo siempre han sido combatidas acérrimamente por los sectores conservadores dominantes. Sin importar los costos que ello signifique en vidas humanas ni los medios legales e ilegales utilizados para lograr su supresión definitiva. Como ya aconteciera en Chile (con Salvador Allende), Nicaragua (al triunfo de la Revolución Sandinista) y Bolivia (con Evo Morales), manteniéndose un paréntesis aún abierto en los casos de Cuba y Venezuela, gracias al comportamiento obtuso de la clase gobernante gringa de querer cumplir -por encima de la lógica- con su auto atribuido- «destino manifiesto». Sin olvidar que en el cono sur de nuestra América se produjo una cadena de golpes de Estado que precipitaron persecuciones, encarcelamientos, torturas, ejecuciones y desapariciones forzosas de militantes de izquierda, en un proceso sistemático de exterminio total que, adicionalmente, contó con el beneplácito, el apoyo económico y la asesoría de los distintos gobiernos de Estados Unidos.
Esto no se diferencia mucho de lo ocurrido en Europa -consolidada la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas- cuando los sectores conservadores se ampararon bajo el nazismo y el fascismo como fórmulas de contención frente al auge de masas obreras y campesinas que, inspiradas en los ideales marxistas leninistas, esperaban darle un vuelco completo a las condiciones de explotación, de desigualdad y de miseria en que se hallaban sumidas. Todo este historial de crímenes de lesa humanidad no le ha servido a los sectores conservadores para alcanzar todavía la meta anhelada desde hace siglos. Como tampoco el vasto y continuo proceso de ideologización que, a través de la religión, la educación, la industria del entretenimiento, la moda y los medios de información masivos, entre otros elementos no menos importantes, contribuye a que gran parte de la gente perciba con sentido de fatalidad y de autoconvencimiento que el orden establecido es el mejor posible, por lo que cualquier intento por transformarlo radicalmente les resulta antihistórico y, por consiguiente, algo que redundará en mayores perjuicios que beneficios para la población en general.
Ahora que los avances tecnológicos en materia de comunicaciones le permiten a la humanidad enterarse de lo que ocurre en cualquier latitud de la Tierra de un modo directo e instantáneo, la lucha en contra de las propuestas socialistas revolucionarias abarca la difusión e imposición de falsas noticias, así como el régimen de George W. Bush hizo creer a muchos que el régimen de Iraq poseía armas de destrucción masiva, algunas de las cuales habrían sido utilizadas para masacrar a la población iraquí, por lo que se justificaba desatar una guerra que acabara con la situación allí creada. Esto mismo pero con herramientas de mayor sofisticación, tiende a ser parte esencial de la estrategia de desestabilización aplicada por Washington para garantizar su hegemonía unipolar, lo que crea dudas en cuanto a la veracidad de las noticias divulgadas a través de sus medios aunque algunos lleguen a aceptarlas como verdades inapelables, generándose así todo tipo de opiniones intolerantes que, en algunos casos, causarán hechos de violencia y muertes. Tal estrategia ayuda a que el caos y la posibilidad que éste pueda incrementarse en algún grado sirvan para que los ciudadanos opten por políticos que ofrezcan mayores controles y seguridad en vez de arriesgarse a revolucionar lo existente, llegando a sacrificar sus derechos a cambio de unas ofertas electorales abiertamente reaccionarias.
Aún con un enorme historial propagandístico en su contra, las múltiples condiciones contradictorias que abruman al mundo contemporáneo imponen la necesidad de reemplazar el modelo civilizatorio existente, lo que replantea echar mano a lo que, de una manera general, se deriva de los ideales socialistas revolucionarios; ahora con una visión más amplia y menos eurocentrista de lo que fue desde sus inicios al nutrirse en la actualidad de elementos pertenecientes a otros pueblos, culturas y grupos sociales. Más todavía cuando estos mismos pueblos, culturas y grupos sociales mantienen una lucha de resistencia prolongada en contra de la exclusión, la explotación, la desigualdad y la miseria a que han sido condenados desde siempre por el sistema capitalista, no importa cual sea el rostro con que éste pretenda presentarse. 

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24/10/2020 16:37 Homar Garcés #RyS. TEMAS REVOLUCIONARIOS No hay comentarios. Comentar.

LOS POBRES NO SON POBRES PORQUE QUIEREN

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Básicamente, la falta de oportunidades sería la causa principal de la pobreza en cualquier latitud del mundo. Sin embargo, suele pasarse por alto la existencia de las grandes disparidades económicas, culturales, sociales y, hasta, políticas que separan a ricos y pobres, lo que tiende a crear el mito que le atribuye a estos últimos la responsabilidad total de su vida menesterosa o, cuando menos, a un designio inapelable de la Providencia, salvando así cualquier cuestionamiento que pudiera hacerse en contra del orden establecido.

Aferradas a esta convicción, muchas personas -sin admitirlo abiertamente- justifican el hecho que haya  una división de clases en nuestro modelo de sociedad. Como mantra, repiten que la igualdad de oportunidades nos permite a todos, si trabajamos con ahínco, escalar hasta la cúspide mientras los fracasados (empobrecidos) sólo son víctimas de su propia incapacidad y flojera. Olvidan el detalle de que los exitosos económicamente alcanzan este nivel gracias a la plusvalía obtenida de la explotación de quienes trabajan a diario para ellos, incluso indirectamente, obteniendo a cambio una remuneración que apenas cubre sus necesidades básicas para vivir junto con sus familias. Bajo la óptica del capitalismo, los pobres encarnan, por otra parte, a los enemigos de la población -considerándoseles, incluso, simples delincuentes contra quienes no resultaría suficiente la aplicación rigurosa de las leyes- por lo que debieran excluirse del radar de atención moral del Estado y, en consecuencia, de toda la sociedad, en lo que sería una práctica de darwinismo social convertida, ahora, en una doctrina económica en beneficio de la preservación del mercado. A los pobres se les acusa de ser pobres porque quieren y de no pensar en el futuro, de solo buscar satisfacciones lúdicas diarias e inmediatas, lo que traba el normal desenvolvimiento y la consolidación del progreso económico de las naciones en que residen. Este aspecto criticable entre los pobres es, sin embargo, destacado y reforzado entre aquellos que mejor se adaptan a la lógica capitalista, preocupándose por vivir, también, el presente y por convertirse en herramientas eficaces de su propia esclavitud al procurar ser unos emprendedores altamente competitivos y productivos.

Como parte de una estrategia que pueda contribuir efectivamente a la reducción y la erradicación de la pobreza, algunos estudiosos de esta realidad social proponen que debe estimularse entre la gente pobre, o empobrecida, la convicción de la autosuficiencia, lo que equivale a emprender la eliminación de los hábitos de dependencia que les impiden darse cuenta de cuáles son sus potencialidades. Equivale igualmente a desprenderse de los viejos prejuicios existentes en torno suyo. En la situación específica de Venezuela estos han sido creados y reforzados ideológicamente por los sectores dominantes, imponiendo lo que Franco Vielma llama una “cultura de elite extrapolada a la sociedad en su conjunto, que da cuenta de nuestras relaciones culturales parasitarias y dependientes de la renta petrolera. Es la explicación de la inconformidad venezolana que empuja a los pobres a aspirar a ser clase media y los clases medias a aspirar a ser ricos de manera fácil y rápida”. Esta es, dicho sea de paso, una cultura heredada de cuando la España monárquica dominaba este ancho territorio, que, en muchos aspectos, sobrevivió a la era republicana y terminó por expandirse hasta el sol de hoy, gracias, precisamente, a los ingentes dividendos obtenidos desde hace cien años del extractivismo petrolero. La fatalidad que ella transmite no estaría representada, no tanto en la falta de disciplina para el trabajo (algo que muchos vienen haciendo desde su más temprana edad y en condiciones inhumanas de explotación) o de aspiraciones personales sino en los antivalores de dicha cultura, los que les facilitan a unos cuantos disfrutar, al margen de cualquier miramiento legal y moral, del bienestar derivado del capitalismo.  Por ello, la opción es obvia: la construcción necesaria de una identidad sociocultural propia que estimule la autoestima y la autogestión entre quienes se hallan en el rango oprobioso de la pobreza. Ella representa, asimismo, la ruptura de la dependencia en relación con quienes controlan el poder y, de profundizarse, la constitución de un nuevo orden civilizatorio, más justo, democrático y emancipatorio. -   

 

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24/10/2020 16:32 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

EMANCIPACIÓN SOCIAL, SOBERANÍA POPULAR Y TRANSFORMACIÓN DEL ESTADO

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Todo proyecto revolucionario que procure el logro de unos mayores niveles de democracia real y unos derechos más efectivos en beneficio del bienestar e intereses de las mayorías populares tendrá que contemplar entre sus proposiciones cardinales la emancipación social, la soberanía popular y la transformación estructural del Estado. De esta manera, la democracia podrá ser realmente integral, efectiva e invariable. Esto haría de la democracia el peldaño insoslayable que hará posible (sin ser una fantasía) el autogobierno de quienes son productores y consumidores, desmantelando el marco capitalista contemporáneo y, simultáneamente, lo que es y representa el Estado burgués liberal.

 

Siendo ello así, la autogestión e independencia de los sectores populares, tendría que basarse en una nueva concepción del mundo, diferente a la habitual, lo que exige una desideologización profunda, o cambio de conciencia, de parte de estos. Para lograrlo, es necesario que los mismos cotejen sus necesidades, formas organizativas e intereses con aquellos que constituyen las bases de legitimación de los sectores dominantes, lo que les permitirá acceder a un nuevo tipo de sociedad. Sin embargo, hay que acotar que no basta con realizar una simple permuta del discurso político si no se crean efectivamente las condiciones subjetivas y objetivas para que se produzca, ciertamente, una amplia revolución de carácter popular, por lo que no se puede descuidar, en tal sentido, la transformación de los medios y de las relaciones de producción.          

 

Como se sabe, la «libertad de comercio» y la acumulación originaria del capital fueron los principales elementos de destrucción de las redes comunales y del derecho consuetudinario que caracterizaron durante bastantes siglos a los pueblos originarios de cada continente, avasallados desde entonces por las potencias colonialistas e imperialistas europeas. Para el capitalismo, la existencia de la pequeña agricultura, de la industria doméstica y de la propiedad comunal representa un obstáculo a su expansión e intereses, por lo que -en la medida que las condiciones internas lo permitan- no escatima esfuerzos ni recursos para liquidar moral y físicamente a quienes lideran las luchas populares (como ocurre en México, Colombia y gran parte de nuestra América), buscando consolidar su hegemonía, implantando los postulados económicos neoliberales.

 

De ahí que también vea con poca simpatía el surgimiento y la vigencia de organizaciones populares de base que luchen contra la explotación, la injusticia y la desigualdad que el mismo genera y simboliza, entre las cuales se incluyen las cooperativas, las cajas de ahorros, los consejos comunales, las ligas campesinas, los consejos de trabajadores y los sindicatos, cada uno de ellos apuntando al derecho de autodeterminación de los trabajadores y, de manera general, de los sectores populares. Por consiguiente, su masificación e influencia atentarían contra el predominio del sistema capitalista como nervio rector que es del modelo de civilización vigente. La suma de tales organizaciones constituiría, sin duda, la conformación de un amplio movimiento de transformación, lo que sería el punto de partida de una revolución en todos los órdenes en la cual, alegamos, una vez más, sean sus bases fundamentales la emancipación social, la soberanía popular y la transformación estructural del Estado. -

 

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20/09/2020 13:09 Homar Garcés #RyS. TEMAS REVOLUCIONARIOS No hay comentarios. Comentar.

EL PAPEL DE JOB NO CUADRA CON EL DE UN REVOLUCIONARIO

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Entre los dogmas revolucionarios heredados del pensamiento eurocentrista se halla el creer, casi como un acto ciego de fe, que la historia fluye de un modo determinado y, además, autónomo de la voluntad de las personas. Esto hizo que muchos cuestionaran las iniciativas y los aportes teóricos de quienes, como José Carlos Mariátegui, Antonio Gramsci o Ernesto Che Guevara, se apartaran de la ortodoxia soviética y renovaran (o recuperaran) los conceptos primordiales expuestos por Carlos Marx y Federico Engels; consiguiendo una fisonomía propia, en algunos casos, como ocurriera en el amplio territorio de nuestra América, con el añadido de elementos provenientes de la historia de luchas y de la cosmogonía ancestral de nuestros pueblos mestizos. Gracias a ello, la noción de revolución adquirió de este lado del Atlántico una cualidad más integral que aquella gestada o percibida en Europa; sin negar la variedad característica de los movimientos populares (o sociales) adheridos a ella, con el protagonismo de un sujeto histórico diversificado, más complejo y distinto al postulado desde siempre por los marxistas-leninistas.  

Como bien lo señalara la Segunda Declaración de La Habana, en febrero de 1962: "El deber de todo revolucionario es hacer la Revolución. Se sabe que en América y en el mundo la revolución vencerá, pero no es de revolucionarios sentarse a la puerta de su casa para ver pasar el cadáver del imperialismo. El papel de Job no cuadra con el de un revolucionario". Basados en esta categórica afirmación, no cabría imaginar que un revolucionario sencillamente se pondría a esperar a que las condiciones subjetivas y objetivas maduraran en un cien por ciento para producir, en consecuencia, la revolución política, social, cultural y económica que se requiere para transformar radicalmente el actual modelo de sociedad regido por la lógica capitalista. Tampoco sería admisible que, en nombre de tal revolución, quienes accedan al poder constituido se limiten a autocomplacerse con los privilegios que éste les otorga mientras la población espera compartir un destino mejor que el del presente, sin contribuir efectivamente al logro de los cambios estructurales prometidos.              

Para muchos, todavía es una fantasía suponer que bajo el socialismo revolucionario pueda producirse, eventualmente, la desaparición de las relaciones de poder, de las relaciones mercantiles y, principalmente, del dinero. Sobre todo, a la luz de lo acontecido en las últimas décadas en lo que fuera la Unión Soviética, así como en China y Vietnam. Esto refuerza, de una forma u otra, la sempiterna tesis capitalista que postula el derecho a la propiedad privada de los grandes medios de producción como intrínseco al sostenimiento de la democracia y, subsiguientemente, como única garantía de su vigencia.  Bajo su influjo, no pocos de los autodenominados revolucionarios de la actualidad proclaman la necesidad de concederle vida al capitalismo, recurriendo a las viejas fórmulas reformistas de una redistribución algo más equilibrada de las riquezas generadas entre todos (empresarios, trabajadores y consumidores), pero sin mucho ánimo para emprender su total transformación, lo que equivaldría a desprenderse definitivamente del estatus de vida disfrutado.

Lo que comúnmente se pasa por alto es el hecho que una revolución -si busca o pretende ser radical y verdadera- puede perderse y negarse a sí misma a través del ejercicio del poder; fundamentalmente, al excluirse la participación y el protagonismo de los sectores populares revolucionarios organizados. “Una revolución en marcha -como lo determinara Rodolfo González Pacheco a mediados del siglo pasado- no puede ser juzgada desde la inmovilidad de una teoría política”. Bajo esta premisa, habría que tomar en cuenta que la reacción de los sectores populares en contra de una realidad considerada injusta, no responde, generalmente, a un programa revolucionario preestablecido. Son las circunstancias las que marcan la necesidad de definir y explicar lo que está aconteciendo y hacia dónde podría encauzarse finalmente, a fin de consolidar y desarrollar la revolución; lo que no significa que a ésta se le coloque una camisa de fuerza, forzándola a marchar del mismo modo que lo escrito por los ideólogos. En el caso de nuestra América, esta situación se repite constantemente desde 1810 cuando las antiguas colonias españolas proclamaran su independencia política, envolviéndose en debates y guerras civiles muchas veces estériles que dejaban al margen las aspiraciones primordiales del pueblo y se concentraban en la satisfacción de los intereses de las clases dominantes. Esto no impide que los revolucionarios deban esperar pacientemente que todo les caiga del cielo y no se afanen por crear las condiciones objetivas y subjetivas que abran paso, definitivamente, a la revolución que impulsan, ejerciendo constantemente la crítica y la autocrítica, de modo que el pluralismo sea uno de sus elementos constitutivos. - 

 

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20/09/2020 13:05 Homar Garcés #RyS. TEMAS REVOLUCIONARIOS No hay comentarios. Comentar.

EL ESCLAVISMO, PRIMER PELDAÑO DEL CAPITALISMO

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Según lo explica Eric Williams en su obra Capitalismo y esclavitud, «sin las riquezas de América y sin los esclavos y el comercio africanos, el crecimiento económico, político y militar de los Estados europeos hubiese quedado limitado, sin duda, a una escala menor; quizá definitivamente menor. Con ellos, el primer capitalismo se hizo mundial y con toda razón, en Liverpool y en Bristol se decía que ‘no hay un solo ladrillo en la ciudad que no esté mezclado con la sangre de un esclavo’». Con ello queda establecido, de modo inequívoco, el origen del capitalismo o, por lo menos, su expansión inicial, a costa del despojo de las riquezas existentes en el amplio territorio americano que conquistara y colonizara España, junto con el tráfico inhumano de africanos esclavizados. No es como lo han divulgado los apologistas e ideólogos del sistema capitalista algo que surgió del simple deseo de superación de algunas cuantas personas, de su capacidad de trabajo o de su intelecto; o como se legitimó a través de la religión protestante, el calvinismo, producto de la predestinación. Desafortunadamente, la historia construida desde los grandes centros hegemónicos nos trasmite una versión edulcorada del capitalismo, la que sería unida al patrocinio de grandes avances técnicos y científicos que fueran largamente frenados y condenados por la tradición fanática del medioevo europeo como una prueba irrefutable de su carácter manumisor.


La tragedia social, económica y política de lo que por mucho tiempo se llegó a conocer como el «tercer mundo» tiene así su génesis en el proceso de conquista, colonización, filibusterismo, esclavitud y explotación llevado a cabo por las potencias de Europa, escudándose en la ideología de la raza superior que creó divisiones raciales o étnicas de todo calibre, azuzó persecuciones y asesinatos en nombre de su credo, y que, posteriormente a la independencia política alcanzada en nuestra América, África y Asia, excitó el espíritu nacionalista entre ellos, de manera que existiera un mercado seguro para la adquisición de armas, reservándose para sí su producción y tecnologías. Así que gran parte de las quejas de Europa y Estados Unidos en relación con lo que ocurre a lo interno de nuestras naciones “tercermundistas” se debe en gran parte a esta situación histórica. Los altos niveles de vida material de Europa y Estados Unidos han sido señuelo para atraer a millares de migrantes a sus fronteras, impidiéndoseles continuar su camino ante el temor inculcado entre europeos y estadounidenses de ser desplazados de sus puestos de trabajo, de sufrir el colapso de sus servicios médicos y/o de perder hasta su propia identidad cultural. En ningún momento se han puesto a pensar en cuáles serían las reales causas de esta migración incesante. En vez de ello, atribuyen todo, simplemente, a la corrupción y la indolencia de los gobiernos de este lado (en lo que no estarían alejados de parte de la verdad). Nadie saca cuentas de cómo fue que Europa y Estados Unidos pudieron lograr las enormes cotas de desarrollo que exhiben en la actualidad, lo que constituye un triunfo de su industria ideológica al suprimir de las mentes de sus ciudadanos (como en gran parte del mundo) esta importante circunstancia histórica.


Ciertamente, como lo registrara Adam Smith, el descubrimiento de América y la ruta por el Cabo de Buena Esperanza hacia la India «son los dos acontecimientos más grandes y más importantes registrados en la historia de la humanidad», puesto que ellos facilitaron, no sólo nuevas rutas para la expansión capitalista, sino también la oportunidad de obtener los recursos y los mercados que asegurarían su auge durante los próximos siglos. El comercio triangular establecido así entre Europa, África y América, teniendo a la esclavitud como su principal pivote, dio paso al establecimiento de la división internacional del trabajo, con naciones periféricas, dependientes de los centros hegemónicos, encargadas del suministro de materias primas, mientras que, desde éstos, se importaban productos terminados y se fijaban las normas que regirían durante los últimos cuatros siglos y de forma general al sistema capitalista mundial.


La utopía alternativa que supone erigir un nuevo orden civilizatorio que reemplace el actualmente dominado por el sistema capitalista debe ser producto de una lucha de resistencia integral de los pueblos. Ella incluye, entre otras cosas, conocer sus orígenes históricos y reivindicar y darle su justo valor al tipo de socialismo comunal que los mismos venían practicando desde tiempos ancestrales, el cual sobrevive hasta el presente, expresado en variadas modalidades; de tal modo que haya la suficiente subjetividad subversiva para iniciar, nutrir y consolidar esta utopía alternativa. -    

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19/09/2020 05:25 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

EN HONOR A LA MEDIA Y LA FALSA VERDAD

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La situación creada con el encarcelamiento en Inglaterra de Julian Assange a pedido de Estados Unidos -acusado de cometer presuntamente 18 delitos estipulados en una ley de dicho país contra el espionaje que data de 1917- pone en la palestra lo que hoy en día representa la vigencia de la libertad de expresión frente a los crímenes de guerra perpetrados por las grandes potencias hegemónicas y sus aliados regionales a nivel mundial. Como es de todos conocido, el fundador de Wikileaks reveló al mundo la existencia de programas destinados a conseguir y analizar información suministrada gratuitamente por los usuarios de internet, a través de Google, Facebook o Apple, en lo que constituye un amplio imperio de vigilancia que haría empalidecer al Big Brother descrito en “1984" por George Orwell. Esto hizo que Estados Unidos y algunos gobiernos europeos emprendieran acciones en su contra al exponer a la opinión pública el carácter inmoral e inhumano de sus guerras humanitarias, lo que ha traído como consecuencia para Assange, en el peor escenario imaginable, el sometimiento a torturas sicológicas y aislamiento total, lo que ha hecho temer a muchos por su vida.

 

Este amplio imperio de vigilancia denunciado por Assange no es otra cosa que la mundialización del miedo y la sumisión, ya anticipado en décadas pasadas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, de México, cuyo objetivo prioritario es asentar, propagar y defender la ideología y los intereses de los sectores dominantes yanqui-europeos en detrimento de la soberanía, la cultura, la biodiversidad y los intereses de los demás pueblos de la Tierra. En términos simples, esto es la construcción de un poder corporativo global, cuyos intereses y decisiones afectan la vida de millones de seres humanos sin saberse a ciencia cierta quiénes lo constituyen aunque sí a quienes beneficia.

 

En palabras de Juan Pérez Ventura (al referirse al Club Bilderberg), “la idea de un gobierno mundial controlado por una pequeña élite financiera y económica es cada vez más aceptada por la sociedad. Con la última crisis económica se ha puesto en evidencia que no son los gobiernos los que controlan los países, sino organismos de rango superior a los propios ministros y presidentes. Las decisiones que se toman en cualquier país parecen estar continuamente influenciadas (directa o indirectamente) por entidades como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de Comercio, etc. Entidades cuyos líderes no han sido elegidos por la ciudadanía y, por lo tanto, están tomando decisiones decisivas sin legitimidad democrática".

 

A Assange se agregan los nombres de Chelsea Manning y Edward Snowden, acusados por el gobierno estadounidense de delitos similares, lo cual evidencia hasta qué punto el poder oscuro que rige a la nación norteña es capaz de manejar a su antojo el sistema judicial para evitar la erosión de su hegemonía. Mediante su manipulación, la clase hegemónica gringa se ha encargado de silenciar las voces que estima peligrosas, acusándolas de amenazar la seguridad de la nación, lo que se complementa con la acción racista de sus órganos policiales, generalmente dirigida contra la población negra e inmigrante de habla hispana. Para ello, suele recurrir a la difusión de medias y falsas verdades, tanto en lo que respecta al orden interno como también en lo que constituye su política exterior imperialista y neocolonialista cuando se pretende subordinar a sus particulares intereses la soberanía de otros países. -

 

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09/09/2020 08:43 Homar Garcés #RyS. TEMAS ANTIIMPERIALISTAS No hay comentarios. Comentar.

LA SOBERANÍA POPULAR FRENTE A LA CORRUPCIÓN E INEFICIENCIA DEL ESTADO

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La separación del Estado de los sectores populares es un hecho que se evidencia y se repite, independientemente de su designación, a escala planetaria. Entre ambos elementos existe una tirantez constante que, de incrementarse, podría producir una crisis de ingobernabilidad y desembocar en un golpe de Estado o en algo de mayor impacto como lo sería una rebelión popular generalizada. Esto obliga a repensar lo que es y debería ser el Estado liberal burgués a la luz de los diversos eventos suscitados desde finales del siglo pasado hasta el presente en demanda de mayores niveles de participación democrática, lo que ha llevado a hablar, en la mayoría de los casos, de una democracia participativa y protagónica en la cual se manifieste a plenitud y de manera primordial el espíritu emancipatorio de los pueblos. Esta nueva visión y/o concepción de la democracia contrasta, ciertamente, con el modelo de sociedad vigente, siendo éste un sistema generador de desigualdades de toda especie, derivado y legitimador de la lógica capitalista predominante.

Así, se observa que las características, la esencia, el control y la direccionalidad del Estado tradicional -diseñados desde hace siglos en función de la ideología, los privilegios y los intereses de las minorías dominantes- resultan completamente incompatibles con las aspiraciones de emancipación integral que animan las luchas populares. Una cuestión que, de alguna u otra forma, repercute en la vigencia de lo  que habitualmente identificamos como el ineficiente funcionamiento burocrático del Estado -del cual es víctima sempiterna la generalidad de los ciudadanos-, a lo que se suma la corrupción existente en sus diferentes niveles y modalidades (desde aquella que se busca justificar de acuerdo a la necesidad material de quienes se corrompen hasta la que es legitimada producto de una tradición de siglos que se estima ineludible y, por tanto, se acepta como algo normal o corriente), lo que tendrá siempre sus consecuencias en la actitud que asuman estos mismos ciudadanos en lo que respecta a la percepción de sí mismos, de sus semejantes y del país en que residen.

Por ello, quienes controlan el poder del Estado buscan estimular y reforzar el establecimiento de un poder político caracterizado por un ejercicio arbitrario y personalista que poco o nada tiene que ver con el interés y los derechos colectivos; haciéndole ver a las personas que no hay otras alternativas con qué sustituirlo. Evidentemente, su objetivo es generar un comportamiento pasivo común entre sus subordinados, similar al de abejas y hormigas laboriosas, dedicados exclusivamente a satisfacer los gustos, los placeres y las emociones egoístas de quienes se hallan en el vértice de la pirámide social, para lo cual requieren que existan relaciones sociales, educativas y laborales donde predominen actitudes mezquinas, competitivas, represoras y autoritarias; lo que hará más sencillo que éstos se adapten al rol que se les asigna.

La soberanía popular, por tanto, es un serio obstáculo para que persista la corrupción y la ineficiencia del Estado tradicional. En un primer lugar, porque sus acciones se opondrían a la toma de decisiones unilaterales del cuerpo de burócratas y gobernantes, lo que afectaría seriamente su poder y existencia. Luego esto tendrá efectos también en el área económica al impulsar la autogestión de los sectores populares, lo que les hará menos dependientes de la demagogia de políticos, burócratas y gobernantes que requieren sus votos y aprobación para mantenerse en el poder. Por consiguiente, al confrontar la corrupción e ineficiencia del Estado, la soberanía popular debe apuntar simultáneamente a objetivos políticos y económicos, sin obviar la necesidad de manifestarse al cien por ciento en la transformación estructural del tipo de sociedad existente, ya que la sobrevivencia de cualquiera de los elementos que componen el Estado implicaría la deformación y la cooptación de dicha soberanía, desviándose y desvaneciéndose las opciones de crear y de consolidar una nueva concepción social, económica y política centrada en el beneficio -no solo material sino también cultural y espiritual- de todos los ciudadanos, indistintamente de su sexo y de sus credos particulares. -        

 

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26/08/2020 08:29 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.

EL MUNDO CONTEMPORÁNEO Y LO POLÍTICAMENTE «CORRECTO»

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La indiferencia absoluta ante el dolor ajeno ha reemplazado -sin mucho escándalo y/o vergüenza entre aquellos que lo presencian, aun en medio de la pandemia del Covid 19- la solidaridad o la empatía que debiera generarse entre la humanidad, ya sea que ésta se origine por causa de las distintas religiones que se profesen (caracterizadas e inspiradas, en apariencia, por el amor al prójimo), o por el tipo de educación recibida (donde destacarían la importancia y la necesidad de los valores éticos y morales). Esto se pone de manifiesto mayormente en el área económica, con un capitalismo neoliberal autocomplaciente, en búsqueda constante de mayores ganancias, cuyos apologistas consideran que la asistencia social prestada por el Estado es una traba dispendiosa que hace insostenible cualquier grado de crecimiento económico que se plantee.

A grandes rasgos, el mundo contemporáneo se encuentra saturado de opciones individualistas y/o individualizadas que merman la posibilidad real de alcanzar el bien común. Zigmunt Bauman en “Trabajo, consumismo y nuevos pobres” sentencia: “En otras épocas, la apología del trabajo como el más elevado de los deberes -condición ineludible para una vida honesta, garantía de la ley y el orden y solución al flagelo de la pobreza- coincidía con las necesidades de la industria, que buscaba el aumento de la mano de obra para incrementar su producción. Pero la industria de hoy, racionalizada, reducida, con mayores capitales y un conocimiento profundo de su negocio, considera que el aumento de la mano de obra limita la productividad. En abierto desafío a las ayer indiscutibles teorías del valor -enunciadas por Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx-, el exceso de personal es visto como una maldición, y cualquier intento racionalizador (esto es, cualquier búsqueda de mayores ganancias con el capital invertido) se dirige, en primer lugar, hacia nuevos recortes en el número de empleados”. Tal situación convierte a los mercados en objeto prioritario de los gobiernos, indiferentemente de cuál sea su orientación político-ideológica, relegando el bienestar colectivo a un segundo plano, sometido en todo caso a los dividendos que obtendrían los dueños del capital (sea exógeno o endógeno).

Bajo tal perspectiva, no extrañaría que la conducta social e individual carezca de una moral de responsabilidad pública. Tal como se evidencia con el manejo imprudente del coronavirus que diezma millones de almas en todos los continentes, los desastres ecológicos, la niñez abandonada y esclavizada o la corrupción política, entre otros flagelos de los cuales todos tienen una opinión negativa pero que no los motiva suficientemente para generar una voluntad de acción conjunta en pro de su erradicación. Algo que se refleja en la industria del entretenimiento, la cual -aparte de traer ingentes cantidades de dinero a sus promotores- produce una transferencia ideológica a quienes está orientada, induciendo en éstos una sumisión dirigida que les hace resignarse ante las decisiones e intereses de las clases dominantes y el orden establecido y a desconfiar de sus propias potencialidades. Esto obliga a los seres humanos a proponerse una redefinición de los valores imperantes y la conjugación de iniciativas populares que propicien en todo momento el bienestar colectivo, la emancipación integral de cada uno (sin menoscabo de sus prójimos y de la naturaleza) y la instauración de un orden social, político y económico más justo. Sería una revolución de otro tipo, una más profunda y más humana en franca oposición a lo que habitualmente se concibe como lo políticamente “correcto”. -                

 

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26/08/2020 08:16 Homar Garcés #RyS. EL MUNDO DEL CAPITALISMO No hay comentarios. Comentar.


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