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LA MUJER Y LA LUCHA POR SU AUTODETERMINACIÓN INTEGRAL

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Un rasgo (o conclusión) constante respecto al tema de la liberación de las mujeres es la convicción que esta no resulta suficiente con la obtención de algunos planos de igualdad -en lo laboral, lo académico, lo político y lo jurídico, entre otros también importantes- frente a su contraparte masculina. Esto podrá ampliarse aún más si consideramos que muchas veces esta lucha por la liberación de las mujeres no cuestiona en profundidad los fundamentos mismos del sistema que las oprime, no simplemente el machismo o patriarcado, lo que en las naciones periféricas del capitalismo se plasma en un contexto de miseria, de explotación laboral y de desigualdad social donde éstas llevan la peor parte, habitualmente convertidas -por diversidad de circunstancias- en sostenes de sus familias.

 

Dentro de esta perspectiva, durante los debates del Tercer Congreso de la Internacional Comunista, Lenin expone que “el derecho electoral no suprime la causa primordial de la servidumbre de la mujer en la familia y en la sociedad y no soluciona el problema de las relaciones entre ambos sexos. La igualdad no formal sino real de la mujer solo es posible bajo un régimen donde la mujer de la clase obrera sea la poseedora de sus instrumentos de producción y distribución, participe en su administración y tenga la obligación de trabajar en las mismas condiciones que todos los miembros de la sociedad trabajadora. En otros términos, esta igualdad sólo es realizable luego de la derrota del sistema capitalista y su reemplazo por las formas comunistas”. Algo que se concretará sin que surjan en el camino distintas dificultades y prejuicios, dada la enorme carga ideológica (reforzada en mayor o menor medida por los preceptos religiosos usuales) que dan cuenta de la minoridad de la mujer, situándola en un plano de subordinación e inferioridad respecto al hombre.

 

La lucha por la autodeterminación integral femenina adquiere de esta forma una perspectiva de clase, transformándose en parte esencial e insoslayable de la revolución socialista (o postcapitalista), apuntando a una ruptura con todos los paradigmas, usos y costumbres que sustentan el estado de sumisión al cual se ha condenado a la mujer a través de los siglos, incluso el comportamiento al que se han visto obligadas, de una u otra manera, a asumir en funciones que antes eran exclusividad de los hombres.

 

Ello pasa -y así habrá que entenderlo, sobre todo bajo la inspiración de los ideales revolucionarios socialistas- por cambiar el modo de pensar, lo mismo que la división de roles de acuerdo al sexo de cada quien, puesto que todo esto no es otra cosa que la reproducción inducida de las relaciones de poder existentes en el orden social burgués establecido, algo que muchas veces se obvia, pensando que todo dependerá automáticamente del mejoramiento de las condiciones materiales en que se viva.-  

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