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LAS OLIGARQUÍAS “OPRIMIDAS” Y SU DERECHO A “VIVIR” EN PAZ

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La diversidad étnico-cultural, tal como se ha evidenciado en diferentes regiones de la Tierra desde mucho tiempo atrás, no es funcional a la ideología, al Estado y al  patrón capitalistas que, determinan la civilización moderna, en tanto dicha diversidad busque defender y mantener intactos sus valores esenciales de identidad; así como el derecho invocado y defendido por las mayorías de acceder a un nivel más amplio de participación y de protagonismo democrático, lo cual suele ser visto como una herejía intolerable por parte de aquellos que ocupan el pináculo de la escala social, política y económica.    

Esta situación ha sobrepasado en la actualidad el respeto a las normas formales de la democracia y de la convivencia humana, elevándose a un grado tal de violencia y de intolerancia que los nazi-fascistas de antaño no podrían haberlo hecho en su momento sin escándalo ni repudio de las gentes consideradas civilizadas o conscientes. Ahora -como viene ocurriendo desde hace tiempo en Venezuela, Nicaragua y Bolivia- sectores de la ultraderecha se han dado a la tarea de reclamar el poder para sí, de causar disturbios y de agredir, con pretensiones ostensiblemente homicidas, a quienes disientan de su reducido “ideario” político; todo ello con la bendición, los recursos económicos y la asesoría de la clase gobernante de Estados Unidos, la cual, por su parte, recurre a los atávicos prejuicios esgrimidos por sus antecesores en su enfrentamiento global contra el comunismo y la Unión Soviética. En medio de todo ello, surge un nuevo elemento, apenas analizado, que tiende a reforzar la influencia de la derecha en el escenario político continental: el fundamentalismo religioso representado por denominaciones eclesiásticas enlazadas con aquellas existentes en territorio estadounidense, asumiendo un papel de sectarismo extremista como jamás se observó en nuestra América, bajo la tutela de la iglesia católica, desde los tiempos del coloniaje español.

En el mismo contexto, la irrupción de una fuerza popular espontánea en algunas de estas naciones puso en jaque la hegemonía de los sectores dominantes. En estas, a fuerza de una coerción apenas disimulada, reforzada además a través de la ideología y algunas leyes que le sirven para preservar la estabilidad del orden establecido, el estamento gobernante siempre impuso un consenso entre las clases subordinadas en beneficio de sus exclusivos intereses políticos y económicos, haciéndoseles creer a estas que dichos intereses son comunes para todos, en la misma proporción y disfrute, a los cuales, por lo menos, accederían si solo aceptan las reglas del juego.

Como lo refiriera Paulo Freire, “en la experiencia de los opresores, todo lo que no sea su derecho antiguo de oprimir, significa la opresión. Se sentirán en la nueva situación como oprimidos, ya que si antes podían comer, vestirse, calzarse, educarse, pasear, escuchar a Beethoven, mientras millones no comían, no se calzaban, no se vestían, no estudiaban, ni tampoco paseaban, y mucho menos podían escuchar a Beethoven, cualquier restricción a todo esto, en nombre del derecho de todos, les parece una profunda violencia a su derecho de vivir. Derecho que, en la situación anterior, no respetaban en los millones de personas que sufrían y morían de hambre, de dolor, de tristeza, de desesperanza. Es que para los opresores, la persona humana son sólo ellos. Los otros son ‘objetos’, ‘cosas’. Para ellos, solamente hay un derecho, su derecho a vivir en paz, frente al derecho de sobrevivir que tal vez ni siquiera reconocen, sino solamente admiten a los oprimidos”. De ahí que en el radio de acción de la democracia (de “su” democracia) no quepan los de abajo, en lo que coinciden con los racistas y los supremacistas blancos gringos; pues en el imaginario, la autodescripción o la autoimagen (ideológica y hegemónica) de los sectores oligárquicos de esta porción del planeta es muy común que los mismos calquen todo aquello que muestran sus pares de Europa y Estados Unidos; lo que se revela en su actitud violenta y racista en relación con los sectores populares. En oposición a todo esto, como afirma John Holloway, “el reto revolucionario es más bien promover la confluencia de las rebeldías que existen dentro de todos nosotros”. Un paso previo para ello es saber y tomar conciencia que la realidad de las oligarquías “oprimidas” y su derecho a “vivir” en paz es aquella que, justamente, le es negada a los sectores populares que se rebelan, de un modo u otro, contra el sistema que los veja. -           

 

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