Venezuela: El cuero seco
Homar Garcés
«Venezuela es como un cuero seco, si lo pisas por un lado, se levanta por el otro». Con dicha frase -generalmente atribuida a Antonio Guzmán Blanco aunque el historiador Germán Carrera Damas llegara a afirmar que la misma se halla contenida en un texto sobre la vida de Alejandro Magno escrito por el antiguo historiador griego Plutarco- se alude a la situación constante de revueltas e inestabilidad política que envolvía al país desde 1830 y mantenía en zozobra a los diferentes gobiernos de entonces. En su canción «La soga», el Cantor del Pueblo Venezolano Alí Primera también nos expresa metafóricamente: «Jala que el pueblo es cuero seco, si lo pisan por un lado, por el otro se levanta. Por algo tiene la piel florecida de esperanza». No es casual esta categorización del pueblo de Venezuela. En el transcurso de su historia colectiva, nuestro país ha vivido episodios donde todo pareciera discurrir sin sobresaltos, tranquilamente, a pesar del estado de miseria, corrupción, explotación y opresión que esté padeciendo. Así, durante la época colonial, las autoridades españolas tuvieron que enfrentar diferentes sublevaciones, unas de ellas protagonizadas inicialmente por nuestros pueblos originarios, algunas por los esclavizados secuestrados de la Madre África y otras con el claro propósito de romper con el dominio español, alcanzar la independencia absoluta y hacer realidad los lemas de soberanía popular y de igualdad y justicia sociales.
En todos estos episodios históricos siempre se hizo presente la conciencia colectiva, muchas veces opacada por la historia oficial, lo que distorsionó la comprensión de su protagonismo, atribuyendo su insurgencia a la decisión y la actuación de líderes providenciales. Las sublevaciones de José Leonardo Chirino en la sierra de Coro, de Juan Andrés López del Rosario, Andresote, en los valles de Yaracuy, y del Negro Miguel o Miguel Guacamaya junto con los jirajaras en el valle de Nirgüa, sumadas a la conspiración organizada por José María España y Manuel Gual en 1797 y las incursiones independentistas de Francisco de Miranda en 1806, conforman un preámbulo histórico de lo que ocurrirá luego en Venezuela entre el 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1811, definiendo la historia insurgente de Venezuela, la misma que fuera convenientemente ocultada y tergiversada durante más de cien años por las distintas clases sociales que dominaron el escenario político, social, cultural y económico del país, conformando, en muchos casos, un Estado tutelado o vasallo frente a las potencias hegemónicas.
En cada uno de tales episodios históricos se manifestó con contundencia los anhelos, la rabia y la rebeldía de los sectores populares. En algunas ocasiones, tras la figura de algún caudillo carismático que, luego de conseguir el poder, generalmente, les daba la espalda y se congraciaba con los sectores dominantes que antes atacara. Esta situación, al parecer insalvable, hizo que los sectores populares se mantuvieran alzados frente a las arbitrariedades del poder constituido, aún en pequeños gestos o expresiones; develando una total inconsistencia entre la práctica y el discurso pregonado por la clase gobernante y las expectativas y las luchas socioeconómicas del pueblo subordinado y excluido. Ello explica el estallido social del 27 de febrero de 1989 y el entusiasmo popular por las dos insurrecciones de 1992, buscando hacer realidad la aspiración colectiva plasmada en la canción siempre vigente de Alí Primera: «Basta de mentes estólidas que nos quieren mandar».
A partir del 3 de enero pasado, la condición semicolonial de facto en la cual se halla actualmente Venezuela nos obliga a todos los venezolanos patriotas a juntar esfuerzos para revertir esta penosa realidad y evitar las justificaciones absurdas con que se pretende hacernos creer que aún podremos hablar de soberanía nacional. Y eso exige el desprendimiento de posiciones que pudieran contribuir a socavar los diversos logros políticos, económicos, sociales y culturales plasmados en nuestra Constitución de 1999, siendo ella el baluarte principal del compromiso de lucha que nos puede unir a todos en una propuesta que trascienda dogmas y sectarismos de todo tipo. Pero ello exige también una comprensión objetiva de los aciertos y los errores que marcaron estas dos últimas décadas de nuestra historia, además de construir desde abajo, mediante el protagonismo y la participación efectiva de los sectores populares, una alternativa rupturista y democrática que no esté subordinada a partidos políticos; quedando éstos reducidos a su rol estrictamente electoral. Aún con una situación adversa, no podemos ser víctimas del pesimismo ni de la impotencia. Es preciso entender la necesidad de la organización y la actuación de todos los patriotas venezolanos en un frente antiimperialista con que combatir las pretensiones colonialistas del imperialismo gringo y de sus lacayos locales.