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LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA

Venezuela: El cuero seco

Venezuela: El cuero seco


Homar Garcés 


«Venezuela es como un cuero seco, si lo pisas por un lado, se levanta por el otro». Con dicha frase  -generalmente atribuida a Antonio Guzmán Blanco aunque el historiador Germán Carrera Damas llegara a afirmar que la misma se halla contenida en un texto sobre la vida de Alejandro Magno escrito por el antiguo historiador griego Plutarco- se alude a la situación constante de revueltas e inestabilidad política que envolvía al país desde 1830 y mantenía en zozobra a los diferentes gobiernos de entonces. En su canción «La soga», el Cantor del Pueblo Venezolano Alí Primera también nos expresa metafóricamente: «Jala que el pueblo es cuero seco, si lo pisan por un lado, por el otro se levanta. Por algo tiene la piel florecida de esperanza». No es casual esta categorización del pueblo de Venezuela. En el transcurso de su historia colectiva, nuestro país ha vivido episodios donde todo pareciera discurrir sin sobresaltos, tranquilamente, a pesar del estado de miseria, corrupción, explotación y opresión que esté padeciendo. Así, durante la época colonial, las autoridades españolas tuvieron que enfrentar diferentes sublevaciones, unas de ellas protagonizadas inicialmente por nuestros pueblos originarios, algunas por los esclavizados secuestrados de la Madre África y otras con el claro propósito de romper con el dominio español, alcanzar la independencia absoluta y hacer realidad los lemas de soberanía popular y de igualdad y justicia sociales. 


En todos estos episodios históricos siempre se hizo presente la conciencia colectiva, muchas veces opacada por la historia oficial, lo que distorsionó la comprensión de su protagonismo, atribuyendo su insurgencia a la decisión y la actuación de líderes providenciales. Las sublevaciones de José Leonardo Chirino en la sierra de Coro, de Juan Andrés López del Rosario, Andresote, en los valles de Yaracuy, y del Negro Miguel o Miguel Guacamaya junto con los jirajaras en el valle de Nirgüa,  sumadas a la conspiración organizada por José María España y Manuel Gual en 1797 y las incursiones independentistas de Francisco de Miranda en 1806, conforman un preámbulo histórico de lo que ocurrirá luego en Venezuela entre el 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1811, definiendo la historia insurgente de Venezuela, la misma que fuera convenientemente ocultada y tergiversada durante más de cien años por las distintas clases sociales que dominaron el escenario político, social, cultural y económico del país, conformando, en muchos casos, un Estado tutelado o vasallo frente a las potencias hegemónicas.
En cada uno de tales episodios históricos se manifestó con contundencia los anhelos, la rabia y la rebeldía de los sectores populares. En algunas ocasiones, tras la figura de algún caudillo carismático que, luego de conseguir el poder, generalmente, les daba la espalda y se congraciaba con los sectores dominantes que antes atacara. Esta situación, al parecer insalvable, hizo que los sectores populares se mantuvieran alzados frente a las arbitrariedades del poder constituido, aún en pequeños gestos o expresiones; develando una total inconsistencia entre la práctica y el discurso pregonado por la clase gobernante y las expectativas y las luchas socioeconómicas del pueblo subordinado y excluido. Ello explica el estallido social del 27 de febrero de 1989 y el entusiasmo popular por las dos insurrecciones de 1992, buscando hacer realidad la aspiración colectiva plasmada en la canción siempre vigente de Alí Primera: «Basta de mentes estólidas que nos quieren mandar».


A partir del 3 de enero pasado, la condición semicolonial de facto en la cual se halla actualmente Venezuela nos obliga a todos los venezolanos patriotas a juntar esfuerzos para revertir esta penosa realidad y evitar las justificaciones absurdas con que se pretende hacernos creer que aún podremos hablar de soberanía nacional. Y eso exige el desprendimiento de posiciones que pudieran contribuir a socavar los diversos logros políticos, económicos, sociales y culturales plasmados en nuestra Constitución de 1999, siendo ella el baluarte principal del compromiso de lucha que nos puede unir a todos en una propuesta que trascienda dogmas y sectarismos de todo tipo. Pero ello exige también una comprensión objetiva de los aciertos y los errores que marcaron estas dos últimas décadas de nuestra historia, además de construir desde abajo, mediante el protagonismo y la participación efectiva de los sectores populares, una alternativa rupturista y democrática que no esté subordinada a partidos políticos; quedando éstos reducidos a su rol estrictamente electoral. Aún con una situación adversa, no podemos ser víctimas del pesimismo ni de la impotencia. Es preciso entender la necesidad de la organización y la actuación de todos los patriotas venezolanos en un frente antiimperialista con que combatir las pretensiones colonialistas del imperialismo gringo y de sus lacayos locales.

Lecciones no aprendidas del terremoto del 24 de junio

Lecciones no aprendidas del terremoto del 24 de junio

Homar Garcés 

 

Si hay alguna lección que se puede extraer de la desgracia que envolvió a numerosas familias venezolanas el 24 de junio es que toda vida importa y, sobre todo, la solidaridad que se manifestó espontáneamente en todo el territorio nacional, movilizando a personas sin ninguna preparación técnica para atender este tipo de emergencias junto con bomberos, Protección Civil, cuerpos de rescate, policías y militares; unos, quizá, más eficientes que otros, pero todos guiados por la voluntad de ayudar a sus semejantes, atrapados bajo los escombros; lográndose salvar a personas de diferentes edades como también a mascotas, recibiendo todas la atención médica y social adecuada. Sus acciones son las que deben enaltecerse, al margen de los tropiezos, incomprensiones y conductas condenables de algunos funcionarios del Estado que no supieron estar a la altura de las exigencias del momento y que han servido, lamentablemente, para alimentar el odio de aquellos que aún no quieren entender el daño terrible que le causan al pueblo que dicen defender, al considerar que cualquier cosa relacionada con el gobierno tiene que ser inmediatamente descalificada, por muy nimia que sea.

 

Estados Unidos, por su parte, una vez más, demuestra que su interés en Venezuela no es estrictamente humanitario. En lugar de derogar por completo el conjunto de medidas coercitivas adoptadas contra este país, su presidente solo se limita a emitir una declaración en la que promete ayudar al gobierno nacional y a las víctimas, aún cuando conoce la situación crítica de los recursos económicos de los cuales se dispone para afrontar la problemática general que se padece, agravada por el doblete sísmico. Igual actitud muestra la extrema derecha en el extranjero, entusiasmada por lo que cree que será el fin del régimen. Nada de coadyuvar a aliviar dicha situación, nada de liberar los activos venezolanos que se apropiaron ilegalmente y nada de ofrecer ayuda, pensando en que los méritos se los llevará Delcy Rodríguez. Tampoco nada de reconocer la enorme responsabilidad de sus actos en cuanto a los distintos sabotajes a la economía nacional, exigiendo sanciones, bloqueo e invasión militar de parte de Estados Unidos, lo que se refleja, justamente, en su campaña mediática para desprestigiar al gobierno venezolano.

 

Aunque la movilización popular fue casi instantánea, se debe considerar que pudo ser mejor organizada, tomando en cuenta la formación de distintas organizaciones de base que habrían asumido la primera línea de acción para actuar, posteriormente, en coordinación con los organismos de seguridad nacionales y los equipos rescatistas extranjeros. Esto habría contrarrestado la campaña de desinformación orquestada desde dentro y fuera del país. En todo caso, le corresponderá a dichas organizaciones contribuir eficazmente a rediseñar el nuevo escenario en que vive Venezuela, convertida por obra y gracia de Donald Trump en protectorado del imperialismo yanqui.

 

¿Deschavización o punto de quiebre?

¿Deschavización o punto de quiebre?

 

Homar Garcés 

 

Luego de los graves sucesos producidos el 3 de enero que vulneraron la soberanía de Venezuela, son variados los señalamientos en contra de quienes le dieron continuidad al gobierno de Nicolás Maduro, acusándolos de sumisión, complicidad y traición. En algunos casos, producto del despecho y de la impotencia. En otros (generalmente desde el bando antichavista, aunque los hay también provenientes de quienes se identifican todavía como chavistas, pero no de acuerdo con el gobierno de Nicolás Maduro) se llega a asegurar la muerte del chavismo como propuesta política de transformación. Para los primeros, es algo inexplicable y criticable la armonización del gobierno de Delcy Rodríguez con el gobierno de Donald Trump, lo que se percibe como un sometimiento neocolonial de Venezuela a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos, contradiciendo por completo la posición antiimperialista que antes se exhibía con cierto orgullo revolucionario. Esto ha hecho que algunas figuras destacadas del chavismo (y otras no tan destacadas) vean con escándalo lo que viene ocurriendo, a pesar de las explicaciones que se han vertido para legitimar las decisiones tomadas, citando, incluso, la posición de Wladimir Lenin frente a la Alemania imperial durante la Primera Guerra Mundial como estrategia para preservar la Revolución Bolchevique.

 

El factor clave en toda esta batalla de diferentes frentes es la coherencia entre pensamiento y práctica de la dirigencia política. Si ésta se encuentra satisfecha meramente con el usufructo del poder, se estará contribuyendo a socavar las bases que hacen posible la continuidad y la expansión de la democracia, como fuera ésta promovida por Chávez, comenzando por la anulación de la participación, la organización autónoma y el protagonismo sin cooptación del pueblo. Otro paso decisivo tendría que ver con las relaciones de producción (aún siendo capitalistas), las que deberían asegurar el delicado equilibrio de la naturaleza y estar orientadas al beneficio colectivo en vez de al beneficio individual, como ha sido siempre; evitándose la conformación de nuevos círculos económicos, excluyentes, corruptos y explotadores como los actuales, ahora asociados al capital transnacional. De ahí que estén en juego ciertos elementos que podrían apuntar a una deschavización del gobierno y de todo aquello que lo sostiene o, simplemente, a un punto de quiebre en la realidad venezolana, marcando con ello la necesidad de trascender los límites políticos, económicos, sociales y culturales que se han impuesto en las últimas décadas y, al mismo tiempo, reconfigurar todo aquello que se había entendido como Revolución Bolivariana.

 

Ramón Grosfoguel, sociólogo portorriqueño, durante su participación en la octava edición de la Escuela de Pensamiento Crítico Descolonial Juan José Bautista en la sede del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe Rómulo Gallegos, en Caracas, resaltó que el gobierno venezolano tendrá que actuar con flexibilidad táctica, pero sin ingenuidad estratégica; recordando lo que ocurrió con Muamar el Gadafi, el líder de Libia, quien creyó que cediendo a las apetencias petroleras de las potencias occidentales nada malo habría de pasarle ni a él ni a su país. Esta advertencia no está de más, tomando en cuenta que el presidente estadounidense no ha dejado de destacar que mantiene relaciones excelentes con la presidenta encargada venezolana (hasta el colmo de anunciar públicamente su intención de declarar a Venezuela como el estado 51 de la unión estadounidense), lo que supone una velada amenaza si se sale del carril por donde debe transitar diligentemente el gobierno venezolano. Algunos rememoran la última proclama de Hugo Chávez como el paradigma que debe motivar la adhesión de los chavistas al actual gobierno. Otros mantienen un silencio expectante ante lo que no saben interpretar o justificar. En medio de todo esto, no deja de ser pertinente interrogarse si se está presente frente a una táctica para ganar tiempo y recomponer fuerzas para enfrentar, en condiciones ideales, como algunos llegan a afirmarlo con la fe de un creyente, al imperialismo gringo o, en su defecto, las acciones del gobierno no serán más bien un «acomodamiento» hacia la «normalización» dentro del sistema capitalista global; lo que no debiera ser motivo para emprender una persecución y un ostracismo contra quien así lo llegue a expresar. A todo lo anterior, se agrega la difícil situación creada por los terremotos del 24 de junio, la cual agravará el complicado proceso de recuperación económica al tener que recurrir el gobierno al endeudamiento externo para solventar los distintos problemas causados por esta catástrofe.

¿Qué queda por hacer luego del 3 de enero?

¿Qué queda por hacer luego del 3 de enero?

Homar Garcés 

Quienes ven en los hechos del 3 de enero pasado una catástrofe previamente anunciada y poco tomada en cuenta por el presidente Nicolás Maduro y su gabinete ejecutivo (quizá confiando demasiado en el respaldo públicamente manifestado por los gobiernos de Rusia y China, entre otros), dejando abierta la puerta a la especulación sobre una traición interna por parte de quienes ahora dirigen el gobierno nacional, concluirían en que el proyecto político del comandante Hugo Chávez tocó a su fin. Es lo que se podría aducir al observar el gran contento mostrado por el loco Donald Trump cuando se refiere a la presidenta encargada Delcy Eloina Rodríguez Gómez, al ingreso autorizado de militares yanquis en el territorio nacional y al control del negocio petrolero por su gobierno. Ésto sería el lado negativo de la situación presente y, pese a las exiguas explicaciones que han dado voceros del chavismo, éstas no acaban de convencer del todo a la mayoría de la población, independientemente de si es o no partidaria del chavismo. Tal cosa debería ser motivo de un debate serio entre los chavistas, puesto que de la debida comprensión de lo que realmente pasa en esta extraña relación transaccional, de amistad y de colaboración con el imperialismo yanqui dependerá en mucho el futuro del proceso de cambios revolucionarios, así como de la vigencia de los postulados de la Constitución de 1999 y de las diversas leyes de carácter socioeconómico que han beneficiado al pueblo. No es posible aceptar que tal debate sea una cuestión perjudicial, salvo si se está de acuerdo en convertir a Venezuela en un protectorado o una neocolonia gringa, como lo insinúa burlonamente el inquilino de la Casa Blanca. No obstante, habrá que dilucidar aún hasta qué punto las decisiones pragmáticas estarán por encima de los postulados teóricos/ideológicos que marcaron la marcha del proyecto revolucionario bolivariano, considerando, ciertamente, el interés en preservar la soberanía nacional, reactivar la economía y darle continuidad institucional al gobierno y al Estado. O, si en algún momento, llegaría a conformarse un poder alternativo, con un programa y un horizonte propios.

El lado positivo es que los hechos del pasado 3 de enero han permitido a mucha gente abrir los ojos ante la creencia inducida de que el imperialismo yanqui era una cosa del pasado y, por lo tanto, inexistente e incapaz de hacer lo que hizo con la soberanía venezolana. Con ello se hizo trizas el convencimiento de haberse concretado el socialismo revolucionario mediante elecciones ganadas en todos los niveles y de forma consecutiva, colmando todos los espacios sociales, políticos, económicos y culturales con chavistas leales, fieles cumplidores de tareas sin saldos organizativos que ayudaran realmente a definir y a lograr el surgimiento del socialismo bolivariano, con un poder popular autónomo, autosustentable y creativo, capaz de construir un nuevo modelo de Estado que fuera totalmente distinto a los existentes a nivel mundial. En tal sentido, es fundamental comprender, como lo describe René Ramírez Gallegos en Redistribuir sin transformar. Crisis civilizatoria y límites del progresismo, «la convergencia de luchas -feministas, ecologistas, indígenas, laborales- requiere un punto de articulación que permita reconstruir un horizonte común. Ese núcleo sigue siendo la lucha de clases, siempre que no se la reduzca al salario: en ella se inscriben también la opresión de género, la racialización del poder y la persistencia de la extracción colonial».

¿Qué queda por hacer, entonces? En primer lugar, realizar una revisión objetiva y crítica de la actuación del chavismo en todos los ámbitos durante estos 25 o 27 años desde el momento en que Hugo Rafael Chávez Frías comenzó a dirigir los destinos del país. En esta revisión, por supuesto, no se puede obviar el nefasto papel cumplido por aquellos que han ocupado posiciones de dirección al frente de las diferentes instituciones del Estado, generando un estancamiento y una distorsión de lo que debería ser el poder popular organizado, sin tutelas de ningún tipo. De igual manera, tendría que verse hasta qué punto las fuerzas armadas están comprometidas con la construcción socialista de una nueva sociedad y de qué modo entienden y practican la doctrina militar bolivariana que es su base fundamental para la defensa de la soberanía y la integridad territorial de Venezuela. Un elemento insoslayable es el tipo de moral que caracteriza al pensamiento y a la conducta de los y las chavistas en cargos de dirección. Sobre los fundamentos heredados de Chávez podrá iniciarse y afianzarse una lucha de resistencia no armada frente a las pretensiones de dominio absoluto del imperialismo gringo, comenzando por el reforzamiento de la cultura y la memoria histórica de las luchas libradas por los sectores populares, incluyendo en ésta las etapas de la conquista y de la independencia hasta nuestros días. No contentarse con la versión oficial ni la simple propaganda. Es preciso indagar en las causas y las consecuencias de cada hecho de la historia venezolana, con un criterio insurgente y no colonizado.

Lo más saludable es que sea algo que surja de un cruce de opiniones en un debate abierto y sincero que contribuya a la organización de una lucha antiimperialista, revolucionaria y nacionalista. De este modo, el chavismo de abajo sabrá superar las contraindicaciones y la subordinación en relación con el chavismo de arriba, aquel que se beneficia con sus posiciones de poder. ¿Ocurrirá una rebelión de las bases populares, proclamando la Revolución Socialista Bolivariana en un contexto abiertamente antiimperialista, sumada a la reacción anticapitalista y antiautoritaria de los pueblos hermanos de nuestro continente? Eso lo determinará el tiempo.

¡¡¡Elecciones, ¿para qué?!!!

¡¡¡Elecciones, ¿para qué?!!!


Homar Garcés 


Casi inmediatamente después de la agresión militar imperialista del 3 de enero contra la soberanía venezolana, los principales voceros de la oposición extremista en el extranjero han demandado la inmediata realización de elecciones generales en el país. Se alega -sin mucha convicción- que éstas permitirían estabilizar la democracia y la paz, así como contribuirían a rescatar nuestra maltratada economía, abriendo las compuertas a inversores foráneos que tendrían despejado el panorama respecto a la seguridad jurídica de sus inversiones mediante la modificación sustancial de varias leyes orgánicas, aprobadas todas en el pasado bajo una orientación aparentemente socialista. Pero, según lo manifestado por los más altos funcionarios del gobierno, incluida la presidenta encargada Delcy Rodríguez, eso no está contemplado, por lo menos en el corto tiempo, apelando a lo contemplado en la legislación vigente. Sin embargo, la opinión y la preocupación primordial de la generalidad de la población, sin ser uniformes del todo, apuntan más bien a que se hagan todos los esfuerzos posibles para que la economía nacional salga definitivamente del marasmo en que fuera sumida en las últimas décadas, gracias, precisamente, a las acciones emprendidas por esa misma oposición que ahora quiere elecciones «libres».


En medio de tales posiciones, cada una de ellas motivada por intereses diferentes entre sí, es innegable que el tema económico es determinante. Para bien o para mal. En cuanto al mismo, son muchos los que obvian el hecho de que el sistema productivo capitalista venezolano apenas fue transformado durante lo que va de siglo, continuando aferrado al mismo esquema rentista y dependiente establecido hace ya cien años, a pesar de la entrada en vigencia de diversas leyes que permitieron anticipar la construcción de un nuevo tipo de economía con estructuras y relaciones de producción eminentemente socialistas. Por eso, la demanda de un ajuste salarial acorde con los índices inflacionarios carece, a simple vista de bases realistas, a pesar de constituir una necesidad que no puede posponerse por mucho más tiempo. En este sentido, vale exigir al gobierno nacional que le hable claro a los venezolanos, independientemente de si está tutelado o no por el gobierno de Donald Trump. También vale decir que la concertación de gobierno, empresarios y trabajadores no puede centrarse únicamente en relación con lo que están dispuestos a aportar y a apoyar los empresarios para recuperar la economía, como sería el deseo de todos.


Así que la exigencia de unas elecciones generales, en corto o mediano plazo, se fundamenta más que todo en la ambición de poder de algunos personeros de la extrema derecha que se hallan en el exterior, confiados en que, luego de la agresión estadounidense, serían los llamados a conformar el nuevo gobierno y, una vez instalados, procederían a desmantelar por completo lo hecho durante la administración de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en completa armonía con los intereses y la voluntad de Estados Unidos. Por otra parte, se encuentra un sector que reivindica al chavismo, pero que adversa al actual gobierno, que se pronuncia también a favor de una convocatoria a elecciones; lo que le pavimenta el camino al discurso de la derecha extremista más que darle la ocasión para desplazar a la dirigencia actual. Tal vez ocurra que la efervescencia electoral produzca una situación más conflictiva de la que pudiera existir actualmente, sin que se noten sus indicios. Por todo ello, el manejo del tema electoral tendrá que manejarse ponderadamente, sin caer en conclusiones ni propuestas simplistas, si es que se quiere, realmente, aprovechar la oportunidad de construir un nuevo país, sin exclusiones ni polarizaciones ni subordinaciones de cualquier forma o contenido; contando, de verdad, con la participación y el protagonismo de las bases populares.

El peso de las sanciones y la nueva realidad venezolana

El peso de las sanciones y la nueva realidad venezolana

Homar Garcés 

 

A partir del 3 de enero de 2026 Venezuela comenzó a experimentar en su historia como país soberano una situación difícil y contradictoria: el control de sus recursos energéticos por parte de Estados Unidos. Sean cuales sean las razones que facilitaron dicha situación, lo cierto del caso es que Estados Unidos está extrayendo del país millones de barriles de petróleo, con lo que busca compensar las restricciones y las pérdidas que le puede ocasionar la guerra emprendida contra Irán, cuestión que el presidente estadounidense y altos personeros del gobierno venezolano han resaltado como algo positivo, indiferentemente del hecho que se haya violado militarmente la soberanía nacional, se haya secuestrado al presidente Nicolás Maduro, se establezca un protectorado de facto y se mantengan vigentes, en esencia, el cúmulo de sanciones que han afectado, de una u otra forma, el funcionamiento normal de la economía local.

 

Ahora que el gobierno venezolano transita una vía de entendimiento con el gobierno yanqui, logrando paulatinamente una serie de concesiones negadas bajo las presidencias de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, muchas personas que se mostraron incrédulas ante el discurso oficial que denunciaba la gravedad del impacto de las sanciones unilaterales impuestas por los sucesivos ocupantes de la Casa Blanca han terminado por entender, a medias, la realidad de lo que antes negaban aunque otros todavía se empeñan en mantener intactos sus discursos de odio y sus intenciones desestabilizadoras, confiando en que les corresponde el turno de asumir la conducción del Estado. El reconocimiento público hecho por la presidenta encargada Delcy Rodríguez respecto a las deficiencias productivas y la situación de crisis que agobia la economía nacional ha determinado el agotamiento de un modelo que fue necesario impulsar en su momento, pero que, al tocar techo y repetir en gran parte el comportamiento de los viejos gobernantes del pacto de Punto Fijo, a lo que se agregara la acción bloqueadora e injerencista del imperialismo gringo, tenía que ser trascendido mediante la participación, el protagonismo y la conciencia clasista y patriótica de los trabajadores y las trabajadoras del país, reemplazando mucho de lo que ha sido el típico capitalismo rentista y dependiente venezolano.

 

Extraer riquezas, controlar mercados y obtener grandes ganancias son características típicas del capitalismo desde el momento en que este surgiera algo más de quinientos años, con la explotación inmisericorde de los pueblos nuestroamericanos y africanos. Para ello, el capitalismo internacional (con Estados Unidos a la cabeza) implementó mecanismos económicos y financieros de control sobre las economías del resto del mundo, en especial de los denominados países en desarrollo o subdesarrollados a los cuales, general y sistemáticamente, envolvieron en endeudamientos impagables, tratados comerciales desventajosos y libre acceso de sus grupos empresariales transnacionales a los mercados locales y a sus recursos estratégicos; lo que hizo más dependientes y atrasadas sus economías, a tal punto que una parte significativa de sus poblaciones se vio obligada a migrar a Europa y Estados Unidos para sobrevivir, sufriendo discriminaciones, persecuciones y deportaciones en gran escala. Esto es algo que no escapa a la realidad de Venezuela y así deberían comprenderlo sus habitantes, estén o no de acuerdo con el gobierno actual. La complejidad del momento histórico que se precipitó con los sucesos del pasado 3 de enero no se solventará nada más con la realización de unas elecciones generales, con un proceso profundo de privatización de las principales empresas en manos del Estado o la expectación pasiva de la población. Requiere aportes, creatividad, emprendimiento y conciencia colectiva; no exigencias que rebasen la realidad ni una conflictividad que nos conduzca a una ingobernabilidad total para la cual no estaríamos nada preparados ni sabríamos soportar, dada nuestra consuetudinaria supeditación de papá Estado.

ODIÓCRATAS, PSICÓPATAS Y MALANDROS FASCISTOIDES

ODIÓCRATAS, PSICÓPATAS Y MALANDROS FASCISTOIDES

 

Homar Garcés 

 

En Venezuela se ha cumplido una nueva fase desestabilizadora e injerencista tras las elecciones del pasado 28 de julio. Esta vez fue la activación de una operación manipuladora política y psicológica sin precedentes -salvo aquellas que se ven en las producciones cinematográficas hollywoodenses-, dirigida a cambiar por la fuerza y el odio al sistema político venezolano, a pesar de que la voluntad popular se expresó electoralmente en su contra. Una operación complementada por una desinformación sistemática llevada a cabo por las grandes empresas de noticias que minimizan, otra vez en su historia, la violencia y la destrucción protagonizadas por los grupos de odiócratas, psicópatas y malandros fascistoides que siguen a María Corina Machado y, quizá sin saberlo, a sus patrocinadores de Estados Unidos. Todo inspirado en la Revolución de Colores o la Primavera Árabe con que se derrocaron algunos gobiernos que no respondieron a los intereses económicos y geopolíticos estadounidenses.

 

Así, en un mundo copado por los avances de la tecnología de las comunicaciones y la informática, la manipulación de las redes sociales resalta como un elemento fundamental de la estrategia de la derecha fascistoide, cuestión que se vió reforzada por el apoyo brindado por el dueño de la plataforma X. Nada novedoso. En este sentido, Hammond-Errey, director del Programa de Tecnologías Emergentes en el Centro de Estudios de Estados Unidos de la Universidad de Sydney en 2023, escribió: «Pocos actos recientes han contribuido más a convertir una red social en una plataforma segura de desinformación, extremismo y propaganda a favor de un régimen autoritario que los cambios introducidos en Twitter desde que lo compró Elon Musk en 2022». Todo lo cual expone el alcance del interés puesto por la ultraderecha internacional en los asuntos internos venezolanos, a tal punto que no se reconoce la victoria de Nicolás Maduro y se le endilga la presidencia a Edmundo González Urrutia como si sólo a los jerarcas del imperialismo yanqui les corresponde decidir, de un modo arrogante y único, quién debe gobernar este país, usurpando la soberanía del pueblo. Mediante la propagación continuada de narrativas tóxicas a través de estas redes sociales, la derecha fascistoide creó para sus adeptos, dentro y fuera de Venezuela, una plataforma de desintoxicación efectiva contra el cúmulo de hechos y pruebas presentadas por el Poder Ejecutivo y el Fiscal General de la República que, incluso, afectó, hasta cierto punto, la misma percepción de algunas personas afectas al chavismo, las cuales dejaron notar su resentimiento hacia la actitud y la gestión cumplida de unos cuantos gobernantes regionales y municipales. En esta situación, el dominio cibernético por parte de los grandes centros de poder se hizo sentir también en el hackeo perpetrado contra el Consejo Nacional Electoral, causando retrasos en la emisión del boletín oficial de votos, lo que ayudó a la dirigencia derechista a imponer la matriz del fraude; cosa que, hasta el momento, todavía no logra demostrar.

 

Frente a los disturbios promovidos por María Corina Machado, vale rememorar lo escrito por el pastor luterano alemán Martin Niemöller (aunque generalmente se le ha atribuido al dramaturgo comunista Bertolt Brecht), describiendo la verdadera esencia del fascismo: «Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada, porque yo no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada, porque yo no era judío. Luego vinieron por mí, y no quedó nadie para hablar por mí». Y es valedero hacerlo puesto que alguna gente supone que, de llegar a obtener su objetivo, estos grupos de odiócratas, psicópatas y malandros fascistoides sólo se concentrarán en perseguir, golpear y matar chavistas para luego dedicarse a conformar una democracia más amplia y tolerante que la existente. Una Venezuela de ensoñación y dólares por doquier. Ello no es más que la demostración de la falta de argumentos sólidos y razonables por parte de aquellos que avalan este tipo de acciones al margen de la ley; confirmando, una vez más, que los seguidores de la extrema derecha nunca han tenido inclinación alguna por el debate democrático, lo cual les obligaría a aplicar la razón y no la emoción como lo han hecho hasta ahora.

 

Hace casi un siglo atrás, Clara Zetkin afirmó: «Debemos entender que el fascismo es un movimiento de los decepcionados y de aquellos cuya existencia está arruinada. Por lo tanto, debemos esforzarnos para conquistar o neutralizar a aquellas masas que ahora están en el campo fascista. Deseo enfatizar la importancia de que entendamos que debemos luchar ideológicamente por los corazones y mentes de esas masas. […] No nos debemos de limitar a continuar luchando por nuestro programa político y económico. Debemos al mismo tiempo, familiarizar a las masas con los ideales del comunismo como filosofía. […] Debemos adaptar nuestros métodos de trabajo a las nuevas tareas, precisamos hablar con las masas en un lenguaje en el que ellas nos puedan entender, sin perjudicar nuestras ideas». Siguiendo el hilo de sus palabras, muy pocas veces se ha reconocido la importancia del inconsciente colectivo y de las necesidades afectivas socialmente reprimidas en el desencadenamiento de acontecimientos políticos y sociales que muchos catalogan de excepcionales y sorpresivos. Esto, por ejemplo, explicaría la violencia social iniciada el 27 de febrero de 1989 en Guarenas y que se identifica hoy en día como el Caracazo, una reacción en cadena que selló el fin de la hegemonía adeco-copeyana. Por eso, «el objetivo de las guarimbas -destaca el psicólogo y cantor revolucionario José Garcés en su artículo “La balada del absurdo”- no es protestar por un supuesto fraude, es entronizar una visión distorsionada, psicótica y arbitraria de la realidad, para imponer SU realidad, por incoherente que sea». En ello ha influido, aunque se niegue, la falta de profundización en la formación política revolucionaria de quienes están al frente del chavismo, gran parte de los cuales solo se contenta con monopolizar todos los niveles del poder constituido, sin preocuparse por crear las condiciones apropiadas para que se instituya un poder popular realmente revolucionario y democrático. Sería éste, entonces, el talón de Aquiles del cual se han aprovechado los odiócratas, psicópatas y malandros fascistoides que auspician María Corina Machado y sus mentores gringos que, si no se adoptan las medidas oportunas y necesarias, volverán a intentar aterrorizar al pueblo venezolano y a plantearse la caída del gobierno de Nicolás Maduro y, subsecuentemente, la extirpación del chavismo como opción revoluci

onaria.

 

ENTONCES, ¡NOS VEMOS EL 28!

ENTONCES, ¡NOS VEMOS EL 28!

 


Homar Garcés 

 

Se pueden destacar tres cosas mínimas esenciales que se deben hacer durante la presente campaña electoral presidencial, considerando que, luego de casi tres décadas enfrentando todo tipo de situaciones creadas adversas, ésta sería la etapa más peligrosa que atravesaría el chavismo; no sería, por tanto, nada más que la Presidencia de la República. Está en juego la unidad y la continuidad del proyecto revolucionario iniciado por Hugo Chávez. En este caso, del lado del Partido Socialista Unido de Venezuela y sus socios electorales, tendrá que asumir la tarea -con la seriedad que ello merece- de recordarle al pueblo chavista todo lo que hizo Chávez por dignificar su vida, las Misiones sociales, la nueva doctrina militar bolivariana, la nueva Constitución, los nuevos espacios organizativos populares y sociales; además de la necesidad histórica de llevar todo esto a un nivel más elevado, procurando alcanzar la hegemonía de la cual hablara el intelectual comunista italiano Antonio Gramsci. Lo segundo es saber comunicarse con las bases chavistas al explicarles lo que implica toda la estrategia desestabilizadora e injerencista de Estados Unidos y no quedarse en la simple repetición (vacua, por demás) de lo que diga Diosdado Cabello, Nicolás Maduro y todos los demás altos dirigentes nacionales, regionales y locales del Psuv; nuestras realidades personales y familiares son muy diferentes. Ver la pinta y la contextura física de éstos chocan con las de quienes oyen sus discursos. En tercer lugar, más que Maduro, la campaña deben asumirla los movimientos sociales revolucionarios en todos sus espacios, que serían los más interesados en frenar, definitivamente, las apetencias de poder y el servilismo pitiyanqui de la derecha, tanto la electoral como la fascistoide.
En la acera opuesta, es innegable que las aspiraciones presidenciales de María Corina Machado están identificadas y ampliamente respaldadas por los sectores dirigentes imperialistas de Estados Unidos. A esto se agrega el apoyo brindado por los medios de comunicación corporativos que han opacado con la cobertura de sus actos al resto de los dirigentes opositores, en especial a quienes se postularon como candidatos a la presidencia de la república; haciendo ver a la opinión pública que no existe otra opción que la representada por ella, incluso por encima del candidato que está aupando, en lo que es una incongruencia y algo desacostumbrado en el espectro político venezolano, si exceptuamos la tradición seguida por los autócratas del siglo XIX de designar a dedo a aquellos de sus acólitos que le sucederían en el mando. La intromisión descarada de los gobiernos estadounidenses en los asuntos internos de Venezuela es estimulada explícitamente por Machado, sin importarle en absoluto las graves consecuencias que ello ha tenido sobre la vida de la mayoría de los venezolanos, afectados económicamente, muchos de ellos viéndose obligados a migrar a otras naciones en búsqueda de mejores condiciones de vida. Su interés central es acabar de raíz con el proyecto político del chavismo y adherirse incondicionalmente a la ola derechista y la globalización neoliberal que ha tenido cierto auge a nivel continental y mundial; coincidiendo, como ha dejado ver en más de una ocasión, con los intereses encarnados por la Casa Blanca.
Contrariamente a la estrategia que supondría hablar en nombre de Edmundo González Urrutia, el candidato oficial de un sector de la derecha fascistoide, la campaña unipersonal de Machado apunta a su consolidación y visibilidad como la dirigente suprema del antichavismo, lo que trata de reforzar con sus alusiones de llegar "hasta el final", en lo que muchos anticipan un estado de conflictividad mayor al ocasionado por las güarimbas. Mediante esto, busca atraer a los grupos reaccionarios más radicalizados, dispuestos a secundar cualquier acción proveniente de Washington, incluso militar, si ésta sirve para derrocar a Nicolás Maduro; cuestión que anticipa el desconocimiento (como otras veces en el pasado) de los resultados que anuncie el Consejo Nacional Electoral a favor del presidente, dando pie a que su gobierno sea deslegitimado por Estados Unidos y compañía. Esto sería una repetición del esquema adoptado desde hace largo tiempo por los sectores antichavistas, por lo que no sorprende que lo hagan. Con ello refuerzan la percepción y la convicción de quienes apoyan a Maduro de ser víctimas a futuro de persecución y exclusiones en el caso hipotético que Machado y su combo alcanzaran el poder; lo que termina por favorecer al presidente.
Un "detalle" que se procura mantener al margen del discurso electoral de María Corina Machado es el referente al ajuste neoliberal implícito en su plan "Tierra de Gracia", en mucho parecido al enarbolado y aplicado por Javier Milei en Argentina, a pesar del masivo rechazo de los sectores populares que se han visto despojados de varios planes sociales gubernamentales con que paliaban sus limitaciones económicas, luego de culminado el periodo presidencial de Cristina Kirchner. No sería extraño ni exagerado suponer que tal plan contenga una serie de medidas que erradicarían bonos y programas sociales, aplicación a rajatabla del recetario neoliberal del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial a fin de obtener financiamiento externo, lo que se traduce en la hipoteca de la política financiera del país y, de forma preponderante, la privatización de PDVSA y demás empresas y activos públicos; beneficiando con ellas al sector privado de la economía interna y a las grandes corporaciones transnacionales, dando continuidad al saqueo y la explotación de los recursos estratégicos nacionales, de un modo más intenso al seguido durante el siglo anterior. Así que, con todos estos elementos en consideración, no cabe más que esperar los resultados del próximo 28 de julio para despejar la incógnita de los grupos de la derecha fascistoide. Entonces, ¡nos vemos el 28!