LA LUCHA GUERRILLERA EN LA COMPRENSIÓN DE LA HISTORIA CONTEMPORÁNEA DE VENEZUELA
Homar Garcés.
A Hugo Rafael Chávez Frías se debe, fundamentalmente, que el ideario bolivariano dejara de ser una simple abstracción y pasara a convertirse en un concepto político motivador y práctico para que un vasto porcentaje de la población venezolana se animara a la acción efectiva de cambiar el mundo que le rodea. Unido a los aportes de Marx y de otros teóricos del socialismo revolucionario (rescatando la fusión del bolivarianismo con el marxismo, elaborada por Pedro Duno y Douglas Bravo en la época de las guerrillas), a través del mismo se pensó en generar un sistema de valores y de leyes justo que acabaría con la pobreza, la explotación, la discriminación, la desigualdad, el neocolonialismo, la corrupción y la ineficiencia estatales que habían mermado considerablemente la autoestima del pueblo venezolano; cuestión esta última que era reforzada por la ideología dominante, la cual -entre otras cosas- le hacía creer en su incapacidad para alcanzar los mismos niveles de desarrollo económico y de democracia logrados en otras naciones. De ahí que los grupos y las clases gobernantes se vieran a sí mismos como recompensados y destinados por la providencia para usufructuar el poder y defenderlo a toda costa de cualquier pretensión de modificar el status quo, así se hiciera en nombre de Bolívar, la Constitución, la democracia o de la soberanía nacional.
Sin embargo, la clásica embriaguez producida por el maná petrolero siguió siendo un rasgo distintivo de la nueva etapa histórica que vivió Venezuela, con el añadido que Chávez decidió que los excedentes de la renta petrolera se dedicaran a mejorar las condiciones socio-económicas de la población empobrecida a través de las diversas Misiones sociales que éste impulsara, más allá de los cánones tradicionales establecidos por el Estado. Estas sirvieron para que empezara a saldarse la deuda social que se mantenía respecto a los sectores populares, largamente excluidos, al mismo tiempo que se lograba la inserción de estos en el escenario político nacional con una presencia determinante en los momentos que los grupos y clases dominantes desplazados del control del Estado recurrieron al viejo formato golpista y al sabotaje abierto de la economía, en complicidad con el régimen imperialista estadounidense. Desde entonces se inició una ola de renovación democrática que presagiaba la factibilidad de constituir la organización de un verdadero poder popular, con la suficiente capacidad y autonomía para imponer cambios revolucionarios sustanciales en la manera de entender y de manejar el gobierno mediante la práctica de la democracia participativa y protagónica, sin la dependencia de partidos políticos ni del estamento burocrático estatal. Los Círculos Bolivarianos (a semejanza de los Soviets y de los Comités de Defensa de la Revolución, de Cuba) constituyeron una de las formas germinales de este poder popular que emergía y se proyectaba como la esencia del socialismo bolivariano del siglo XXI proclamado por Chávez Frías, coincidiendo con el auge de los movimientos sociales que tenía lugar en nuestra América y otros continentes en medio de la euforia capitalista ante el derrumbe del bloque soviético y, con él, del fin de la historia.
No obstante, se ha visto a muchos de estos nuevos dirigentes políticos convertirse en depredadores descarados de los bienes públicos; a pesar de los reiterados llamados hechos en su momento por Hugo Chávez y, ahora, por Nicolás Maduro para que el PSUV se depure de este tipo de personajes perniciosos y sean castigados con todo el rigor de las leyes. Con su comportamiento abiertamente contrarrevolucionario, esta nueva representación política del país busca promover un inmovilismo social que le permita usufructuar el poder indefinidamente sin que exista ninguna especie de contraloría social o de transformación estructural que disminuye el status alcanzado. Ella, en conjunto, es responsable de los intersticios de los que se aprovechan los grupos de la derecha pro-imperialista para desestabilizar el país e incrementar el descontento que pueda existir entre las mayorías populares. Por eso, vista y comprendida la utopía bolivariana como una herramienta de transformación radical del modelo de sociedad implantado en Venezuela, sus ideas matrices son incompatibles con el comportamiento observado entre tal «élite». Chávez mismo, en diferentes ocasiones, fustigó y puso en tela de juicio este comportamiento cuartorepublicano, instando al pueblo organizado a ejercer plenamente su soberanía y a aplicar los preceptos establecidos en la Constitución como un modo de insuflarle vitalidad permanente al proyecto revolucionario socialista bolivariano.
Como expresión y experiencia de la conciencia revolucionaria de los sectores, la utopía bolivariana, convertida en método, es acción colectiva liberadora. Lo que Paulo Freire llamó praxis auténtica. Esta acción se manifestaría en un entorno cohesionado por la unidad de criterios compartidos, de manera que exista la certeza de que ella no sólo es factible, o deseable, sino que es la piedra fundacional de la organización social futura, suprimidos los elementos negativos del presente; todo gracias a la puesta en marcha de un proceso dialógico, reflexivo, organizacional y participativo, nutrido y llevado a cabo de manera independiente por las diferentes organizaciones revolucionarias populares. Ésto exigía un replanteamiento profundo de la manera de ser de los activistas político-partidistas que accedieran a los diversos cargos de representación popular, sin quedarse en un mero cambio de nombres.
El proyecto nacional popular revolucionario bolivariano (entendido también como proceso), a la luz de los diferentes acontecimientos que, de una u otra manera, han marcado la historia reciente de Venezuela, requiere que se propicie un proceso de evaluación crítica, democrática y genuinamente socialista, que le permita a los sectores populares su reapropiación y relanzamiento de modo que se asiente la transformación estructural que el mismo contempla. Esto incluye acentuar la importancia de la teorización sobre la doctrina revolucionaria bolivariana como su puntal principal, sin el cual no habría un elemento convergente que pueda convocar a los sectores populares del país; comprendiendo y dándole espacio a sus distintas motivaciones e intereses, de modo que se elabore (o reelabore) entre todos un proyecto factible de país. Las herramientas están a la orden del día, como se dice popularmente. Falta generar una mayor voluntad colectiva para emprender los cambios políticos, económicos, sociales y culturales que allí están plasmados. Malamente, todavía estamos acostumbrados a la vieja forma de entender y de hacer política, lo que incide en que haya una dependencia de partidos políticos y del Estado, a pesar del cuestionamiento diario que se hace de ellos, la que resulta nociva (así se afirme lo contrario) para el funcionamiento y la organización de un poder auténticamente popular y revolucionario.
Tal cual se ha considerado al leninismo como el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria, el chavismo podría presentarse como la postura bolivariana del período histórico correspondiente a la lucha por obtener y completar la absoluta descolonización de Venezuela, esta vez en un amplio sentido cultural y económico, así como de emancipación política frente a la hegemonía imperialista de Estados Unidos (ejercida sin mucha oposición a lo largo de la geografía nuestraamericana) y de la construcción y práctica de una nueva clase de democracia, la democracia participativa y protagónica. Estos rasgos serían suficientes para anexarle al chavismo la categoría de ideología (como algunos ya lo reconocen), a pesar de estar compuesto por diferentes aportaciones revolucionarias extraídas de experiencias y teóricos de otras épocas y latitudes; lo cual -visto con objetividad- no hace mella en su singularidad.
Para los puristas (especialmente quienes siguen el ideario bolivariano), el chavismo sería una aberración al unir los ideales encarnados por Simón Bolívar con aquellos representados por Marx, Engels y Lenin, aduciendo que entre los mismos existiría una incompatibilidad insuperable. Igual ocurre con las referencias al Evangelio, al ubicar a Jesús de Nazaret como el precursor del socialismo revolucionario, lo que le produce urticaria a la jerarquía eclesiástica, habituada a condenar -junto con las clases dominantes- cualquier tentativa por hacer posibles sus postulados fundamentales, explotando, al mismo tiempo, el anticlericalismo de muchos marxistas. Otro tanto sucede entre aquellos que profesan el marxismo leninismo, el trotskismo y el anarquismo, al cuestionar el militarismo presente en un gran porcentaje de cargos de gobierno, compartidos con ex militantes de los principales partidos políticos tradicionales (AD y COPEI), así como el reformismo, traducido en la falta de medidas realmente anticapitalistas y el fortalecimiento del viejo Estado burgués liberal.
No obstante, en medio de todo, el chavismo representa para los sectores populares una opción válida, la cual -entre otras cosas positivas- les permitió visibilizarse e intervenir de manera decisiva en los asuntos del Estado, asumiendo una posición protagónica que siempre les fue negada por los regímenes anteriores, a pesar de los discursos rimbombantes que, en toda fecha patria, ensalzaran su soberanía. Pero no es esta la única circunstancia que le dio base popular al chavismo. Chávez entendió la importancia de saldar la enorme deuda social acumulada durante más de cuarenta años con el pueblo venezolano, lo que comenzó a hacer mediante la implementación de las diferentes Misiones de inclusión social, aprovechando los cuantiosos dividendos generados por la renta petrolera. Si bien es cierto que los cambios cuantitativos producidos a partir de estas Misiones se palpan en un mejoramiento sustancial de las condiciones materiales de vida de la gran mayoría excluida (cuestión negada reiteradamente por los grupos de la oposición), sería necio admitir que algo similar se logró también en materia económica, implantando el socialismo revolucionario en las instituciones y empresas pertenecientes al Estado como en aquellas que se expropiaron y crearon bajo la figura de propiedad social y comunal. Es decir, en un plano político-ideológico pudo avanzarse en la idea de construir lo que Hugo Chávez denominó el socialismo del siglo 21, pero poco (o nada) se concretó bajo tal orientación en el orden económico; convirtiéndose esto último en el talón de Aquiles del chavismo, sobre todo en lo que respecta a la socialización, diversificación e intensificación de la actividad productiva nacional.
Como explicación de esta realidad contradictoria, en «Razones de una revolución», Mario Sanoja e Iraida Vargas Arenas concluyen que «la casualidad de nuestro atraso y de nuestra crisis social es de carácter estructural e histórico: sus raíces se afincan en la condición colonial que nos fue impuesta en el siglo XVI y en la condición semicolonial y dependiente en la cual vivimos desde 1810». Por tanto, le toca al chavismo (entendido desde abajo) librar una crucial batalla de índole cultural e ideológica para extirpar esta rémora histórica, la cual -ahondando en sus repercusiones a través del tiempo- se mantiene viva en el comportamiento dual, despótico y servil, de dirigentes, funcionarios y gobernantes. Circunstancia que conspira permanentemente contra la posibilidad real de alcanzar una democracia participativa y protagónica, al modo de la consagrada en la Constitución de 1999, obligando al pueblo a trazarse metas que la superen definitivamente, incluyendo la estigmatización excluyente y racista de que ha sido víctima por parte de los sectores dominantes y de sus ideólogos orgánicos. En este punto, la descolonialidad del pensamiento es una tarea impostergable del chavismo, sin excluir la visión emancipatoria del socialismo, si se detecta en él elementos que definen al eurocentrismo; una cuestión que pocos se atreven a abordar con la seriedad y la objetividad que merece, contentándose con sólo hacer alardes de un conocimiento escolástico y una retórica vacua, sin asidero alguno con la realidad a transformar.
Aún con sus muchas debilidades a cuestas, no se puede desmeritar del todo al chavismo. Tiene a su favor la virtud de haber motivado y movilizado a un amplio segmento de la población tras un proyecto de redención social y de soberanía nacional que no pudieron articular los grupos de la izquierda tradicional, independientemente de su constancia, sacrificios y heroísmo, plasmados, básicamente, en la época de la lucha guerrillera. Gran parte de sus postulados recogen las aspiraciones y experiencias heterogéneas de movimientos sociales y políticos de una diversidad de países, lo que atrae la atención a nivel mundial, suponiendo que estos orientan la transición a una sociedad de tipo socialista y, por ende, anticapitalista. Sin menoscabo de lo hecho y pregonado por veinte años consecutivos, es factible que el chavismo (entendido y erigido desde abajo) pueda percibirse y admitirse como una construcción ideológica de nueva generación. O, por lo menos, servir de inspiración y de base para que surja y se consolide un amplio movimiento popular pluralista que, quizá, lo trascienda. En lo que ha sido y tendría que ser. -
El antichavismo -tanto el profesado dentro como el profesado fuera de Venezuela- parte de una convicción que se pretende universal, única y, por ende, verdadera. Dicha convicción, como lo muestra la historia reciente del país, se sustenta en los prejuicios inculcados, legitimados y divulgados por los sectores dominantes de la sociedad venezolana, los cuales apenas han sido matizados por el tiempo; todos centrados en negar la condición humana y el acceso amplio a la democracia de los sectores populares.
Siendo ello cierto, a los grupos antichavistas les anima un espíritu revanchista, deseosos de revertir, por cualquier vía a su alcance, la realidad trastocada bajo el influjo del presidente Hugo Chávez que le da al pueblo la posibilidad de ser el sujeto histórico de su emancipación integral en vez de resignarse a la soberanía retórica a la que se le acostumbrara durante la hegemonía bipartidista del pacto de Punto Fijo.
De esta forma, la oposición ha echado mano de los terrores atávicos que fueran alimentados y difundidos por medio de la gran industria ideológica de Estados Unidos para contener el avance del comunismo, en muchos casos con la abierta complicidad militante de la alta jerarquía católica (como se constató en pleno apogeo de las dictaduras del cono sur de nuestra América), lo que convirtió cualquiera referencia a la revolución bolivariana o al socialismo en blanco de anatemas, rechazos y odios, a pesar de contemplar el bienestar general de las venezolanas y los venezolanos. Esto se exacerbó más cuando la clase gobernante estadounidense percibió que sus intereses peligraban en la amplia región sudamericana de expandirse la influencia de los cambios revolucionarios suscitados en Venezuela, por lo que propició el golpe de Estado de 2002, así como el sabotaje petrolero, con la intención nada disimulada de acabar con esta experiencia.
Desde entonces hasta ahora, la derecha local (orientada y respaldada por sus mentores del exterior) se ha empeñado reiteradamente en convencer la opinión pública que sus propios intereses están asociados a los del pueblo venezolano, así como al altruista deseo de recuperar la economía, la democracia y la independencia del país, de lo cual acusan a una supuesta dictadura que le permite maniobrar sin muchas limitaciones, pese a los flagrantes delitos cometidos, conformando éstos, en muchos casos, delitos de lesa humanidad y de traición a la Patria. Los hechos ocurridos en esta última década desmienten totalmente este supuesto deseo. En medio de ello, la oposición diseñó a su medida una realidad ficticia donde sus representantes son los máximos héroes mientras que los chavistas representan todo lo malo que pudiera existir sobre la faz de la Tierra, tan al gusto de los imperialistas gringos al auto atribuirse la condición de defensores de la libertad y endilgarle a sus rivales la odiosa tendencia de causar pobreza, represión y destrucción a granel. Visto tal escenario, la derecha estaría exenta de responsabilidad de todo bloqueo económico, de toda amenaza de invasión militar gringa, de toda intolerancia política y de toda la violencia y las muertes causadas en estos últimos años, pues su simple intención de sacar del poder al chavismo justificaría cualquier acción que se ejecute por lograrla.
Esta realidad ficticia, afincada mayormente en las razones especialmente particulares de quienes la crean y la creen, choca, sin embargo, con la realidad real del país, con un pueblo que ha soportado estoicamente, aparentemente sin mucho razonamiento ideológico de su parte, las estocadas mortales de la dirigencia opositora. Esta realidad -grandemente ininteligible para los enemigos del gobierno- conforma una enorme barrera ante la realidad irracional que éstos aspiran instituir en Venezuela, con lo que tendrían que admitir, como cosa mínima, que les tocaría en suerte coexistir con ella y asumir, de verdad, un mejor papel del hasta ahora representado, en sintonía con los intereses compartidos de la mayoría de las venezolanas y los venezolanos.
Sea o no un producto de las escuelas o agencias de adoctrinamiento proimperialista (tipo USAID o NED), el autoproclamado presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó, inició lo que sería en lo adelante un elemento importante de las estrategias injerencistas diseñadas por el imperialismo gringo para preservar su hegemonía en la amplia región de nuestra América; mostrando así, sin ningún disimulo, el alto grado de servilismo, dependencia y/o identidad ideológica de la derecha local con respecto a la clase dominante de Estados Unidos.
En consecuencia, la "doctrina" guaidonista está orientada, fundamentalmente, en reivindicar la política permanente de agresión y de tutelaje del imperialismo gringo en cuanto al derecho a la autodeterminación de nuestros pueblos, sintetizada en el monroísmo y el corolario Roosevelt. Gracias a ello, el gobierno de Donald Trump ha podido mantener y extender los planes de desestabilización contra el gobierno de Venezuela, contando esta vez con la incondicionalidad de los sectores derechistas internos, así como con la complicidad de los gobiernos de naciones vecinas, interesados como están en destruir cualquier referencia de origen izquierdista que pueda afectar el curso de sus respectivas gestiones. Además, esta parcialidad de los grupos opositores puso sobre el tapete su falta de conciencia patriótica y/o nacionalista y su completa disposición en ejercer el poder en Venezuela de una manera excluyente y totalmente subordinada a los dictados y a los intereses geopolíticos y económicos estadounidenses, como nunca se mostraran antes las clases dominantes de este país.
El "guaidonismo" vendría a ser, por consiguiente, una negación abierta a todo lo que es el bolivarianismo, aún más que el rechazo visceral a lo simbolizado por el chavismo. De ser lo contrario, sus principales personeros no habrían concordado, de ningún modo, en avalar, al precio que fuera, las intenciones belicistas del inquilino de la Casa Blanca, dadas las graves repercusiones que éstas tendrían para la población venezolana como también para la paz del hemisferio. En lugar de ello, habrían hecho valer en todo momento el Estado de derecho y de justicia social contemplado en la Constitución venezolana, pero prefirieron -como siempre lo han hecho, desde 1999, incluyendo la ejecución de un golpe de Estado mediático de escasa duración- saltarse los mecanismos tradicionales de la democracia e interpretar a su modo aquellos que puedan servirles para derrocar al gobierno de Nicolás Maduro.
Otros de sus elementos característicos son la constante negación de la democracia ejercida por los sectores populares y la justificación de la violencia como herramienta política. Según sus representantes, la división y la violencia sociales provendrían de quienes respaldan a Maduro (como antes con Hugo Chávez), por lo que las acciones terroristas emprendidas por los grupos extremistas opositores serían una respuesta lógica (y hasta plausible) ante un régimen dictatorial que no tiene contemplaciones a la hora de impedir cualquier asomo de disidencia y de reclamo de los derechos constitucionales vigentes. Una tramoya que tiene su base de sustentación en la generación y repetición de noticias falsas a través de redes sociales y medios informativos de toda índole, nacionales e internacionales, que superan lo logrado hace casi un siglo atrás por el ministro de propaganda del régimen nazi de Alemania. Su continuidad y sistematización, sin embargo, no han logrado convencer a la mayoría de la población sobre la bondad de sus acciones, pese a las quejas legítimas que ella expresa ante los innegables niveles de corrupción y de desabastecimiento existentes en el país; cuestión que Guaidó y su gente buscan precipitar valiéndose de las amenazas de intervención militar proferidas de manera reiterada por la administración Trump.
Como un común denominador, entre los guaidonistas existe la convicción que la situación de crisis económica en que se encuentra Venezuela (causada, precisamente, por los sectores de la derecha que decretaron el sabotaje de PDVSA y el paro empresarial contra Chávez, entre otras iniciativas de igual propósito) se podrá superar mediante la aplicación de las medidas económicas recomendadas, tan a su gusto, por el capitalismo neoliberal globalizado. Su efecto propagandístico ha permeado con más eficacia la mentalidad de las capas medias, las cuales, por cierto, reproducen sin mucho empacho el discurso racista y anticomunista de quienes secundan el intervencionismo imperialista en este país. Su apuesta al capitalismo neoliberal es, por demás, notoria, negando de plano las diversas medidas de inclusión y justicia social, de redistribución de la renta petrolera a favor de los sectores sociales más necesitados, de soberanía nacional y de transformación del aparato productivo, entre otros elementos que contradicen la política de ajustes auspiciada por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, de acuerdo a los parámetros neoliberales. Quizás éste sea el elemento aglutinador de mayor relevancia del guaidonismo: la ilusión de vivir el "american way life" en suelo venezolano, así ello signifique eliminar la democracia y la soberanía del país en beneficio del mercado, como lo dejan entrever la dirigencia opositora y sus patrocinadores extranjeros en sus declaraciones a los diferentes medios de información. -