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LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA

LOS MUSIÚS NOS QUIEREN GOBERNAR

LOS MUSIÚS NOS QUIEREN GOBERNAR

 

Los dos principales factores políticos en pugna en Venezuela le han facilitado a la administración Trump concretar finalmente los viejos planes intervencionistas elaborados por los diferentes gobiernos que le antecedieron. Cada uno a su modo. 


En cuanto al chavismo, vale resaltar que, desde los tiempos iniciales de Chávez, se conoce al detalle la estrategia desarrollada por los gobiernos estadounidenses en su contra. Quizás a la minoría dominante de Estados Unidos no le llegó a molestar tanto la retórica revolucionaria del estamento gobernante venezolano si ésta no tuviera alguna repercusión importante en las naciones de nuestra América, contradiciendo lo que sería conocido posteriormente como el Nuevo Siglo Norteamericano, con un sistema capitalista neoliberal extendido a todo el planeta bajo la égida de los grandes consorcios transnacionales. Esta es una de las razones principales. Además del acercamiento con gobiernos considerados hostiles, como el de Cuba, Rusia y China, por lo que George Bush, Barack Obama y ahora Donald Trump emprendieran acciones de todo orden para doblegar al gobierno chavista y disponer -con una mayor confianza- de los yacimientos de hidrocarburos venezolanos. Cosa que ya no asombra a nadie. Especialmente al tomarse en cuenta los antecedentes de las guerras desatadas, con muy escasas variaciones, contra Irak, Libia y Siria 


Más que una violación del derecho internacional, constituye la ratificación de la antigua tradición gringa de considerar como el patio trasero de Estados Unidos a la vasta región latinoamericana y caribeña, haciendo valer su «destino manifiesto», la doctrina Monroe o el «gran garrote» esgrimido por Theodore Roosevelt. Especulando, posiblemente tal escenario no se habría presentado jamás, o al menos habría sido algo mínimo o remoto, si el conjunto general de la dirigencia chavista no se viera envuelta en evidentes delitos de corrupción administrativa, a lo que se añade su tendencia a obstaculizar y tutelar la organización autónoma de los sectores populares, en detrimento de los postulados de la democracia participativa y protagónica. Nada sorprendente, dada la singularidad que gran parte de esta dirigencia exhibe sin rubor alguno, lo que le ha conducido a lo que algunos vaticinan como una autodestrucción irreversible, con una población expuesta a una crisis económica cada día extrema, en la cual comienzan a percibirse los signos de una desilusión creciente.

 

En la acera contraria, la oposición invoca y hace suya la estrategia intervencionista de Estados Unidos como único modo de lograr su máxima meta de adueñarse del poder constituido. Para ello, cuenta con la audacia de Juan Guaidó, quien -con su autoproclamación como presidente «interino» de este país- cohesionó los factores opositores en torno suyo, instigado y respaldado abiertamente por Trump en reto a la hegemonía ejercida hasta ahora por el chavismo gobernante. Este nuevo «líder» antichavista es, así, luego de largo tiempo, el personaje político que mejor se ha ajustado a las pretensiones hegemónicas del imperialismo gringo. La vieja dirigencia partidista, al igual que aquella representada por Henrique Capriles o Leopoldo López, está siendo reemplazada por una generación de opositores derechistas con mayor vocación y disposición en llevar a cabo lo ordenado desde Washington. 


El nuevo escenario de la confrontación política venezolana trasciende de esta forma el ámbito estrictamente local para convertirse en uno de carácter geopolítico al quedar envueltos en el mismo Rusia, China y Estados Unidos, enfrentados por la hegemonía mundial, lo cual induce a muchos analistas a concluir en que se desencadenaría en territorio venezolano -de no prosperar ninguna iniciativa que haga posible un consenso entre el gobierno de Nicolás Maduro y los factores opositores- un conflicto bélico más directo entre estas tres potencias.


Para Estados Unidos y sus siervos de la región, identificados todos con una postura política que muchos califican de fascistización, es la oportunidad de oro para deshacerse de la influencia alcanzada en las dos últimas décadas por las agrupaciones de izquierda y, de paso, del integracionismo autónomo que éstas fomentaron desde sus respectivas gestiones de gobierno, el cual impide concretar la integración del mercado (tipo ALCA) bajo el control directo de las grandes empresas capitalistas transnacionales. Es, por otra parte, el momento esperado por la clase gobernante estadounidense para contar con una dirigencia política que le abra las puertas de par en par al capital transnacional neoliberal, sin rémoras nacionalistas y, menos, revolucionarias que entorpezcan su avance. En esta jugada de Trump, junto a sus lacayos locales y regionales, lo más claro es su propósito nada disimulado de imponer un nuevo gobierno en Venezuela que responda sin titubear a sus dictados imperiales. Poco faltaría para hacerlo con un ciudadano estadounidense de presidente de Venezuela (como ocurrió con Nicaragua a finales del siglo XIX), de manera que la recolonización resulte indudable. 

 

Por tal motivo, a fin de asegurarse la ampliación del apoyo gringo, más allá de lo que es un pronunciamiento oficial agresivo de la Casa Blanca, quienes adversan al chavismo gobernante hacen a un lado todo aquello que pudiera asociarlos con la simbología nacionalista manejada por este último, como la bandera tricolor o la imagen de Simón Bolívar. Quizás aspiren, como rasgo íntimo de la colonialidad de su pensamiento, parecerse físicamente a sus patrones del norte, lo que evidenciaría que los musiús -por encima de la mayoría étnicamente entremezclada- gobiernan a Venezuela. 

RASGOS DE UNA DERECHA SIN BRÚJULA PROPIA

RASGOS DE UNA DERECHA SIN BRÚJULA PROPIA


La derecha -vale más bien decir, la oposición al gobierno de Nicolás Maduro, puesto que muchos de sus integrantes no sabrían definir tal concepto ideológico sino sólo en cuanto a lo que no aceptan de éste, lo mismo que antes de Hugo Chávez- asume el vergonzoso y servil papel que sus congéneres de otras naciones latinoamericanas y caribeñas han hecho desde algo más de cien años en reconocer tácitamente el derecho auto-atribuido de Estados Unidos de determinar (según sus particulares intereses) el destino de nuestras naciones.

Esta actitud antinacionalista recuerda mucho la disposición asumida por los grupos oligarcas de finales de 1861 de entregarle al Imperio Británico parte del territorio venezolano (en todo lo que comprendería el sur del río Orinoco y el Esequibo) a cambio de su respaldo militar para contener el avance de la lucha revolucionaria popular que amenazaba su hegemonía política y económica. Éso por una parte. Lo otro (y más resaltante) es su constante negativa en reconocer el protagonismo y la participación democrática de los sectores populares en las decisiones de Estado, con expresiones superlativas de odio y de discriminación como nunca antes, desde la era colonial, se habían hecho sentir en este país; lo que tuvo su extensión e influencia, además, en los países donde afloró la actual xenofobia homicida e injustificable contra todo venezolano que en ellos se encuentre. 

No está demás rememorar que con la importación de comandos paramilitares colombianos y el desencadenamiento de las güarimbas, la derecha mostró el carácter violento, terrorista y fascistoide de su estrategia general para adueñarse del poder político. No le importó entonces, ni ahora, que su odio ocasionara muertes en su propio bando, como ocurrió con el joven quemado vivo al confundirlo con un chavista solo por el color oscuro de su piel y tener el aspecto de gente pobre. Pero donde se ha expresado con mayor furor este odio irracional es a través de las redes sociales, a tal punto que los insultos de toda índole y las amenazas de agresión física y de muerte son cosas cotidianas ante las cuales se sacrifican sin remordimiento toda noción de sensatez, pluralismo democrático y la más elemental tolerancia que debiera demostrar cualquier ser humano respecto a sus semejantes.

Ahora, instigada por el gobierno supremacista de Estados Unidos y sus siervos del continente, esta derecha se anima a dar un paso más audaz en sus aspiraciones por eliminar al chavismo del escenario político venezolano. Esta vez, invocando sin disimulo un golpe de Estado, así como la invasión de las tropas estadounidenses. Con ello, sus dirigentes buscan precipitar una respuesta represiva a gran escala del gobierno de Maduro, lo que tendría un gran impacto en la opinión pública interna, lo que sería replicado de inmediato en las cadenas noticias internacionales, de tal manera que se justificaría toda acción para «restaurar la paz y la democracia» en Venezuela, a semejanza de Libia.

El momento no podría ser más propicio cuando las medidas implementadas por Maduro han fracasado, generando desesperanza más que todo entre la población de menores recursos económicos, la más golpeada por los precios descontrolados de alimentos y otros productos, lo mismo que por la corrupción impune y la desidia existente en todas las estructuras del Estado. 

Esto último abona el terreno para que la derecha se decida a repetir su ya conocido guión desestabilizador, esperando que algo similar suceda en el ámbito castrense; cuestión que parece cuesta arriba si se considera que dicho sector se halla minado también por este mismo flagelo, aparte de ser víctima de constantes ataques y descalificativos por parte de la oposición. Así que, hasta cierto punto, observando el presente, se podrá responsabilizar también a la misma dirigencia chavista por las circunstancias actuales de confrontación política, absorta como se halla en su zona de confort y confiando con excesiva ingenuidad en la dependencia clientelar de los sectores populares del país.

Como corolario, al carecer la derecha de una brújula propia (influenciada en gran parte por una propaganda anticomunista remozada y descontextualizada de la era de la Guerra Fría) no contribuye en nada al logro de un consenso mínimo que sea plenamente respetado por todos los factores en conflicto, en función de la democracia y la soberanía del país. Su principal ventaja estriba en la corrupción, las contradicciones, los errores y la ineficiencia del chavismo gobernante mientras que su mayor desventaja se encuentra en su total falta de sintonía con los intereses de los sectores populares, los que no se arriesgarán a padecer las mismas circunstancias que tienen lugar en Argentina, Brasil o Colombia sólo para complacer las apetencias de poder de una minoría que siempre los desprecia. 

CHAVISTAS, ANTICHAVISTAS Y LAS OTRAS OPCIONES

CHAVISTAS, ANTICHAVISTAS Y LAS OTRAS OPCIONES

Gracias, sobre todo, a la influencia de los diferentes medios de información, incluidas las llamadas redes sociales, dentro y fuera de Venezuela se tiende a percibir y a calificar la lucha por el poder entre el chavismo gobernante y la oposición de derecha como una simple confrontación de estirpe político-ideológica, obviando, como es de suponer, las características y los antecedentes históricos que hicieron posible la actual situación. Algo que, si profundizáramos sobre este tema, sabríamos que ella se remonta a los albores de la república cuando, en medio de la liberación de España, se desarrollaba -quizás con un mayor ahínco- una lucha social que igual asustaba, por sus consecuencias igualitarias, a los seguidores del antiguo régimen como a los mantuanos ahora convertidos en los nuevos gobernantes del ancho territorio venezolano. Tal simplificación cumple un claro objetivo: la polarización de las fuerzas políticas enfrentadas. De esta manera, no habría, en apariencia, ninguna otra opción, salvo las existentes, lo que, de triunfar una sobre la otra, significaría la extinción de toda expresión de disidencia y de pluralismo democrático.

 

No obstante, en medio de todo esto se observa que muchos opositores al régimen chavista no comparten las estrategias y los métodos empleados por su alta dirigencia política, la cual ha llegado al extremo de incitar a una violencia de corte racista y clasista que la iguala a la del Klu Klux Klan y los supremacistas blancos estadounidenses; pero que no condenan abierta y contundentemente, haciéndose así en cómplices implícitos de lo que aquella diga, haga y decida. Lo que se extiende al apoyo interesado de gobiernos y de sectores explícitamente derechistas, con Estados Unidos presidiéndolos, lo que desembocaría eventualmente -de acuerdo a las amenazas proferidas reiteradamente- en una invasión militar para echar del poder a la cúpula chavista.

 

Otro tanto les ocurre a quienes, sea por profundas diferencias de todo orden con la clase gobernante, desafían a su modo la hegemonía ejercida hasta ahora por el chavismo. Entre éstos se ubicarían militantes de organizaciones de la izquierda revolucionaria, participantes de las dos insurrecciones producidas en 1992 y ciudadanos que comparten los postulados de la democracia participativa y la igualdad social, pero que no gustan de las referencias a Marx o de cualquiera de sus seguidores teóricos por considerarlos ajenos a la idiosincrasia venezolana y por responsabilizarlos (sin mucho argumento) de la nefasta experiencia sufrida por algunos pueblos bajo gobiernos aparentemente comunistas. Entre los primeros, se distinguen a los que secundaron en sus aspiraciones presidenciales a Hugo Chávez como fórmula para allanar la vía de la construcción del socialismo en el país y se desplazara a los sectores políticos, económicos y sociales que surgieron al amparo del pacto de Punto Fijo. Algunos de éstos migraron de sus partidos políticos de origen, quizás con la ingenua esperanza de contribuir a darle un perfil realmente revolucionario y socialista a la nueva organización creada y liderada por Chávez.

 

Igualmente, muchos chavistas, aún adheridos al gobierno y al PSUV, pero sin ostentar cargo alguno en sus distintas estructuras, mantienen cierta beligerancia con aquellos que se hallan en las esferas del poder locales y regionales, especialmente notoria en época electoral, a los cuales cuestionan su corrupción, ineficiencia, nepotismo y demagogia, sin que ello tenga mayores repercusiones en lo que sería un cambio de percepción entre los sectores populares que obligue al chavismo gobernante a recapacitar y a producir la transformación política, económica, cultural y social esperada. Dentro de esta gama, es difícil precisar una diferencia entre unos y otros, utilizando éstos un mismo lenguaje y la misma simbología encarnada en Hugo Chávez en su propósito común de ganar y conservar la simpatía mayoritaria del pueblo.

 

Sin embargo, pese a su aparente marginalidad, existen grupos sociales y políticos con una serie de planteamientos sólidos y propios que podrían remontar la dicotomía chavismo/antichavismo. Aunque ellos se ubican en contextos de lucha que, a simple vista, son disímiles, sus objetivos primordiales son coincidentes. Varios lo hacen desde un plano abiertamente electoral mientras otros prefieren hacerlo desde la organización y el combate populares, de modo que se concrete verdaderamente la soberanía del pueblo y éste provoque el cambio estructural del Estado burgués liberal todavía vigente. Su desventaja principal consiste en la falta de una articulación efectiva con el resto de organizaciones, a veces ocasionada por la actitud personalista y sectaria de sus integrantes; en otras porque no se comprende la necesidad estratégica de dicha articulación y se contentan con el pequeño espacio que puedan ocupar.

 

Entretanto, gobierno y oposición se aprovechan de estas circunstancias; haciéndoles ver a venezolanas y venezolanos que, fuera de ellos, no existirían terceras opciones, portadoras de propuestas válidas que trasciendan sus ofertas conocidas. Su mayor ventaja estriba en que han acaparado a lo largo de casi veinte años todos los medios de información disponibles, incrementada, además, por las cadenas noticiosas internacionales, empeñadas en influir en la opinión pública (interna y externa), en favor o en contra de la posición ideológica que cada una defiende. Frente a este escenario, los grupos disidentes del chavismo y de la oposición derechista tendrían que hacer acopio de esfuerzos, sintetizar sus objetivos en una misma plataforma de lucha y proponerse -con la seriedad que esto amerita- la conformación de un amplio frente de ciudadanos, capaces de asumir el reto que supone una radical transformación democrática del país. -

 

 

EL DISCURSO OFICIAL Y LA PRAXIS SOCIALISTA CHAVISTA

EL DISCURSO OFICIAL Y LA PRAXIS SOCIALISTA CHAVISTA

La liturgia, la jerga y los rituales utilizados regularmente por el chavismo gobernante y que rememoran -en mayor o menor medida, según como sean éstos observados- la ortodoxia de la vieja izquierda marxista-leninista son, contrariamente a lo pensado y buscado por sus promotores y principales beneficiarios, elementos que sirven para cuestionar y poner al descubierto su propia praxis al mando del Estado. 

 

El cuerpo doctrinario del chavismo, al emparentarse prácticamente sin discriminación alguna con todos los ismos derivados de la teoría de la historia iniciada por Karl Marx y Friedrich Engels, vuelta ahora en teoría política (o teoría social crítica) se muestra muy al gusto de intelectuales y militantes de las organizaciones (en especial, extranjeros) que se identifican con estos postulados, dando por sentado que bastará con su sola enunciación para transformar, por ejemplo, a un empresario y a sus trabajadores -de los cuales, valga aclarar, extrae la plusvalía que lo enriquece- en émulos consumados del socialismo revolucionario, lo que se extiende a burócratas y militares que estarían (según la nomenclatura oficial) subordinados al poder popular revolucionario debidamente organizado. 
 

 

Si a ello se le agrega el hecho cierto del culto a la personalidad de Hugo Chávez y, ahora, de Nicolás Maduro, bien se podrá concluir, sin pecar de exageración, que existe una perversa apología de la revolución, semejante a lo hecho en la extinta Unión Soviética, con las consabidas consecuencias que ello tuvo para el futuro de la revolución socialista en este extenso conjunto de naciones, lo mismo que a escala mundial. Todo esto aceptado acríticamente, incluso por quienes disponen de un mayor bagaje ideológico e intelectual (como los exmilitantes del Partido Comunista y de la Liga Socialista, por ejemplo) respecto al conocimiento teórico del socialismo. Lo que debiera ser y consolidarse como una amplia alianza de fracciones de clase, orientada a la conquista definitiva del poder y a la constitución de una nueva hegemonía (de extracción popular, claro está) sólo sirve para asegurar y multiplicar los votos requeridos por la dirigencia chavista en cada elección nacional, regional y municipal.
 

 

Además, se debe decir que entre las filas del chavismo se obvia que la eficacia de la maquinaria estatal tiene que estar orientada a producir una finalidad dinámica y, como tal, ajustada a los requerimientos de la amplia población sobre la cual éste actúa.

 

En este caso, la finalidad sería la solución de los problemas públicos. En un primer plano. Luego, adicionalmente, una vez reemplazados los viejos patrones burgueses liberales que obstaculizan la práctica cotidiana de una verdadera democracia participativa o directa, contribuir a la protección y a la consolidación de espacios autonómicos, conformados por ciudadanos conscientes, responsables, productivos y emancipados, es decir, capaces de asumir por sí mismos el destino del entorno en que residen, desde la escala local hasta su escala nacional. Ciudadanos que, asimismo, deben estar dotados de una visión más amplia de la vida social que la simple visión de una convivencia interna, armoniosa y satisfecha de sí misma; volcada exclusivamente hacia el grupo o comunidad a que pertenecen o están integrados. Inspirados todos, sería lo ideal, por una voluntad (individual y colectiva, sin que alguna margine o subordine a la otra) de hacer algo en común que trascienda lo existente hasta ahora. -

LA HORA CERO DE LA ECONOMÍA VENEZOLANA

LA HORA CERO DE LA ECONOMÍA VENEZOLANA

Sin pecar de ilusos ni fanáticos, se ha de reconocer que el 20 de agosto de 2018 marca un hito trascendental en la historia económica de Venezuela. Así haya opiniones contrarias, algunas válidas y otras sencillamente carentes de sentido común. La implementación y objetivos de las medidas acordadas por el gobierno de Nicolás Maduro en materia económica -todas enmarcadas en lo que es, básicamente, la realidad capitalista que envuelve al país y al mundo, no obstante, el discurso oficial aún emparentado con el izquierdismo tradicional- será determinante en cuanto a la estabilidad política y social de esta nación.

 

Sin embargo, en medio del optimismo que busca transmitir el estamento político gobernante, se debe advertir que, para concretar la recuperación económica en general, es imprescindible que todas las instituciones públicas dejen de represar y cooptar las diferentes expresiones organizativas de Soberanía Popular, condenándolas a un papel inocuo, accesorio y sin influencia alguna.

 

Cada representante del Estado -indistintamente de cuál sea su rango- tiene que respaldar activamente, en todo momento, sin titubeos ni complicidades, cada acción emprendida por el Pueblo organizado para acabar con la corrupción, la especulación y el desabastecimiento de productos; ya que dicha acción es un elemento clave para la estabilidad democrática, social y económica del país, incluso, excediendo lo establecido en la Carta Magna y demás leyes vigentes. Todo esto, a sabiendas del alto nivel de corrupción existente en todos los niveles de la administración pública, la cual se incrementó sin control, contribuyendo, a su vez, al desencadenamiento de la crisis generalizada que padece Venezuela.

 

De nada valdrá que se decreten regularmente aumentos salariales, si estos se descapitalizan casi instantáneamente ante la inflación inducida por empresarios inescrupulosos que sólo piensan en su tasa de ganancias y sobre los cuales no parece existir castigo alguno. Por ello mismo, es vital que haya un control estricto y directo de parte de las diversas organizaciones del poder popular, obligando a las estructuras del Estado a cumplir puntualmente con sus funciones; en bien del pueblo y no de minorías antisociales.

 

En este sentido, insistimos, el acompañamiento popular, más allá de una militancia partidista determinada, es un factor decisivo en esta hora cero de la economía venezolana, entendiéndose ésta como una oportunidad para producir los cambios estructurales que, desde hace décadas, deben propiciarse en el ámbito económico, sin «burguesías» parasitarias (sea cual sea su color «ideológico») que recurran a la renta petrolera para su sostenimiento.

 

No es la suerte de Nicolás Maduro ni de la dirigencia del PSUV ni de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana la que está en juego en estos momentos. Es el destino y la independencia de todo un país lo que se arriesga si este 20 de agosto no marca definitivamente la diferencia con el pasado y nos permite a todos los venezolanos recuperar la confianza en el futuro y en nuestras propias potencialidades (tanto individuales como colectivas), sin darle chance a los sectarismos -de parte y parte- que nos impiden vernos como un solo Pueblo. -

¿QUEDA AÚN ALGO POR HACERSE EN NOMBRE DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA?

¿QUEDA AÚN ALGO POR HACERSE EN NOMBRE DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA?

¿Queda algo todavía por hacerse en nombre de la Revolución Bolivariana frente al empobrecimiento (forzado, inducido y/o permitido) de la esperanza popular? En el caso de una mayoría del pueblo venezolano, sí. Y mucho. En cambio, para aquellos desencantados de la vieja izquierda revolucionaria, muchos pasados ahora a las filas de la oposición, los tiempos se agotaron por completo, quedando todo en mero discurso. Para quienes sólo aspiraron ascender política y económicamente, éste es el momento más oportuno de alcanzar estas metas personales, así aún se hable de revolución y de socialismo desde los púlpitos del gobierno y del PSUV. No obstante, hay también revolucionarios de convicción que aún luchan y mantienen en alto, pese a estas y otras circunstancias adversas que conspiran en su contra, la vigencia del proyecto histórico de la Revolución Bolivariana; poniendo de relieve la experiencia histórica y cultural de las prácticas democráticas del pueblo, a fin de alcanzar los más altos niveles de coherencia ante un presente caótico que hace conjeturar un futuro incierto.

 

Javier Biardeau R., en su artículo Las cenizas del “nuevo socialismo bolivariano del siglo XXI”, resume lo “que el propio Chávez en vida logró afrontar en diversas coyunturas: a) eficacia política, b) responsabilidad social, c) ética del bien común, d) capacidad tecno-política y e) claro liderazgo situacional”. Cuestiones estas que los sectores populares demandan del estamento burocrático-militar gobernante, pero que éste no ha sabido canalizar o articular oportuna y debidamente. En especial, cuando la crisis económica del país (y la corrupción que ella ha institucionalizado o legalizado, a los ojos de todos) oprime a los sectores populares, máximamente a los de mayor vulnerabilidad, y no se vislumbra siquiera una salida a corto o mediano plazo -si no es acogiéndose a las fórmulas neoliberales en boga- que acabe con la misma. Una situación que otros analistas y políticos de la talla de Luis Britto García, el ex Fiscal General de Venezuela Isaías Rodríguez y el excomandante guerrillero Julio Escalona han expuesto de una u otra forma, alarmando al estamento gobernante     

 

Esta realidad exige replantearse de un modo objetivo, sin sectarismo, el proyecto histórico de la Revolución Bolivariana, a la luz de los acontecimientos de estos últimos años. No es, por tanto, una cosa imposible plantearse recuperar y reorientar la propuesta bolivariana de instituir un modelo social, político, cultural y económico distinto al existente; moldeado asimismo por la práctica cotidiana de una democracia participativa y protagónica que supere los límites legales y extralegales de la representatividad para acceder a un mayor estadio de democracia, en este caso, el de una democracia directa e incluyente. Como tampoco lo es plantearse (dentro de este mismo proyecto histórico) el manejo práctico del excedente productivo-económico por parte del pueblo y con prioridad a la inversión y al gasto social, todo lo cual supondría un avance importante orientado al logro de un mayor grado de ciudadanía activa y de convivencia con alto sentido de comunidad.

 

Esto exige entender, de igual modo, que la lucha por lograr estos propósitos emancipatorios no es un asunto meramente nacional. Es una lucha de alcance mundial, aunque, de momento, localizada en un escenario local. Supone también enfrentar y eliminar la ideología dominante que legitima la existencia y las relaciones sociales derivadas del sistema capitalista global y su expresión política, el Estado burgués liberal. En esto habrá coincidencias, sin duda, totales o parciales, con otros movimientos políticos, gremiales y/o sociales, con los que habrá que articular -indefectiblemente- acciones orientadas a conseguir, en una primera instancia, las reivindicaciones enarboladas por cada uno de ellos, pero sin dejar de perseguir como un objetivo fundamental, en una instancia posterior y permanente, la toma total del poder. Para escándalo de algunos, la Revolución Bolivariana mantendría así su vigencia intacta como proyecto y como realización. -

¿REVOLUCIÓN? ¡CUALQUIER COSA, MENOS REVOLUCIÓN!

¿REVOLUCIÓN? ¡CUALQUIER COSA, MENOS REVOLUCIÓN!

Si hay algo que pueda (y merezca) reconocérsele a la derecha en Venezuela es su perseverancia en cuanto a la aplicación religiosa de los distintos esquemas desestabilizadores diseñados por la clase gobernante de Estados Unidos y sus acólitos internacionales en contra de los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Este hecho la identifica y ubica dentro de los parámetros de la ideología de la dependencia, ya no únicamente en el aspecto económico, sino político, al emparejar sus intereses con los intereses del imperialismo gringo, lo que echa por tierra cualquier rasgo de soberanía que esté dispuesta a exhibir. Con ello, sus dirigentes se proponen «convencer», en un juego macabro que combina las ofertas demagógicas acostumbradas con las amenazas y la violencia terroristas, al resto de la ciudadanía sobre las ventajas de acogerse a la «protección» estadounidense a fin de garantizar un progreso económico sin incertidumbre y el ejercicio de una democracia real en el país. Lo que no se atreve a admitir sin mucho disimulo dicha dirigencia (aunque lo deja ver entre líneas) es que, igual a lo implementado en 1989 por el gobierno de entonces y, en la actualidad, en naciones como Argentina y Brasil, de tomar el poder procederá a aplicar ortodoxamente un paquete de medidas económicas de inspiración neoliberal similar, con privatizaciones de todo tipo, completa apertura del mercado nacional al capitalismo global y flexibilidad laboral al máximo, entre otras, con lo cual los venezolanos arribarían finalmente al «paraíso» capitalista en vez de continuar -ojo, según la matriz de opinión conservadora- padeciendo el «fracaso del régimen chavista-comunista».

Si bien es cierto y notorio que la oposición simpsonizada exhibe menos moral y menos luces que Homero Simpson para regir el país, lo que la hace extraña al sentir de la mayoría venezolana, entre las filas del chavismo se obvia que la eficacia de la maquinaria estatal tiene que estar orientada a producir una finalidad dinámica y, como tal, ajustada a los requerimientos de la amplia población sobre la cual actúa. En este caso, la finalidad sería la solución de los problemas públicos, o colectivos. En un primer plano. Luego, adicionalmente, una vez reemplazados los viejos patrones burgueses liberales que obstaculizan la práctica cotidiana de una verdadera democracia participativa y/o, eventualmente, directa, contribuir a la protección y la consolidación de espacios autonómicos, conformados por ciudadanos conscientes, responsables, productivos y emancipados, es decir, capaces de asumir por sí mismos el destino del entorno en que residen, desde la escala local hasta su escala nacional. Ciudadanos que, asimismo, estén dotados de una visión más amplia de la vida social que la simple visión de una convivencia interna, volcada exclusivamente hacia el grupo o comunidad a que pertenecen o están integrados. Inspirados todos, sería lo ideal, por una voluntad (social e individual, sin que una margine o subordine a la otra) de hacer algo en común que trascienda lo existente hasta ahora.

En su obra «La autodeterminación de las masas», René Zavaleta explica que «la democracia burguesa es un factor favorable a la clase obrera, pero sigue siendo, por supuesto, la democracia de otra clase social y no la democracia proletaria. Pero la organización de la propia clase es, de hecho, la desorganización política de su contrario y, como la burguesía, por ser una clase minoritaria en su carácter, no puede sustentar su poder sino en la mediación-consenso o hegemonía-legitimación sobre los sectores intermedios y la clase obrera de conciencia no proletaria, la ruptura de esa alianza se vuelve una necesidad esencial para el proletariado. Un importante ascenso obrero que, de hecho, a cada momento, está proponiendo formas espontáneas o conscientes de poder, no puede ocurrir sin causar un gran desasosiego (su mera existencia es la prueba de que la burguesía no es más la clave universal) entre los sectores que, bajo el impacto de la ideología estatal burguesa, piensan en el orden de la burguesía como el único orden concebible, en la ley burguesa como la única ley. Ahora bien ¿a quién impacta primero dicho aparato ideológico? Al que no tiene condiciones objetivas para elaborar una contraideología, o sea, en lo típico, a la pequeña burguesía». Esto -trasladado al caso de Venezuela- constituye la piedra angular de la resistencia a los cambios planteados que todavía muestran algunos segmentos conservadores de la población venezolana, como también de aquellos que (diciéndose revolucionarios) debieran auparlos desde sus distintos cargos de gobierno.  

Por ello no es nada extraño que muchas personas expresen ásperamente: “¿Revolución? ¡Cualquier cosa, menos revolución!”. Esta conclusión amarga debiera motivar a recomenzar la lucha revolucionaria, pero con una meta bien específica: subvertir el orden establecido para producir la revolución. Ése es el compromiso mayor de todo revolucionario en el momento actual en Venezuela. No hay otro. -

 

VENEZUELA Y EL EMPOBRECIMIENTO DE LA ESPERANZA

VENEZUELA Y EL EMPOBRECIMIENTO DE LA ESPERANZA

Afirmaba el reconocido autor francés Julio Verne que “mientras hay vida, hay esperanza”. Según la moraleja extraída del antiguo mito griego de la caja de Pandora, “la esperanza es lo último que se pierde”. Ambas frases podrían aplicarse correctamente en el caso de Venezuela, a pesar del hecho cierto que miles de personas expresan amargamente a diario su impotencia y su ira ante lo que ocurre, especialmente en el ámbito económico, sufriendo penurias de todo tipo, sin que hasta ahora se perciba una solución a corto o mediano plazo.

 

En medio de este escenario, el gobierno apela a fórmulas transitorias que se hacen permanentes, prolongando arriesgadamente la coyuntura del momento histórico que se vive, sin profundizar (por una diversidad de motivos, muchos de ellos injustificables) sobre el verdadero fondo de la cuestión padecida, lo que hace predecir a muchos analistas la agudización de una crisis múltiple, todavía más prolongada y profunda. Sobre todo, al considerar que el aparato productivo del país adolece de una insuficiencia (real o creada, el efecto es el mismo) de insumos necesarios, en su mayoría, importados, y se mantiene en manos del sector privado, básicamente identificado con los factores de la oposición, interesados en obtener la caída del chavismo gobernante. Dicha situación, por otra parte, ha redundado en un empobrecimiento de un gran porcentaje de la población venezolana, pese a los sueldos devengados, obligada a sobrevivir a costa de lo que sea; incluso echando mano a la corrupción que se creía circunscrita al espacio político.

 

Se admita o no, todo esto es consecuencia directa del viejo reformismo que permeó todo el entramado de poder del chavismo. Desde el período en que gobernara Hugo Chávez. Admitámoslo. En concordancia con esta aseveración, podría suscribirse el análisis de Edgardo Lander, «La implosión de la Venezuela rentista», donde señala que «el gobierno del Presidente Chávez, lejos de asumir que una alternativa al capitalismo tenía necesariamente que ser una alternativa al modelo depredador del desarrollo, del crecimiento sin fin, lejos de cuestionar el modelo petrolero rentista, lo que hizo fue radicalizarlo a niveles históricamente desconocidos en el país. En los 17 años del proceso bolivariano la economía se fue haciendo sistemáticamente más dependiente del ingreso petrolero, ingresos sin los cuales no es posible importar los bienes requeridos para satisfacer las necesidades básicas de la población, incluyendo una amplia gama de rubros que antes se producían en el país. Se priorizó durante estos años la política asistencialista sobre la transformación del modelo económico, se redujo la pobreza de ingreso, sin alterar las condiciones estructurales de la exclusión. Identificando socialismo con estatismo, mediante sucesivas nacionalizaciones, el gobierno bolivariano expandió la esfera estatal mucho más allá de su capacidad de gestión. En consecuencia, el Estado es hoy más grande, pero a la vez más débil y más ineficaz, menos transparente, más corrupto. La extendida presencia militar en la gestión de organismos estatales ha contribuido en forma importante a estos resultados. La mayor parte de las empresas que fueron estatizadas, en los casos en que siguieran operando, lo hicieron gracias al subsidio de la renta petrolera. Tanto las políticas sociales, que mejoraron significativamente las condiciones de vida de la población, como las múltiples iniciativas solidarias e integracionistas en el ámbito latinoamericano, fueron posibles gracias a los elevados precios del petróleo. Ignorando la experiencia histórica con relación al carácter cíclico de los precios de los commodities, el gobierno operó como si los precios del petróleo se fuesen a mantener indefinidamente sobre los cien dólares por barril. Dado que el petróleo pasó a constituir el 96% del valor total de las exportaciones, prácticamente la totalidad de las divisas que han ingresado al país en estos años lo han hecho por la vía del Estado. A través de una política de control de cambios, se acentuó una paridad insostenible de la moneda, lo que significó un subsidio al conjunto de la economía».

 

Al tratar de resumir todo lo anteriormente expuesto, es difícil sustraerse a la conclusión respecto a que no hubo durante este periodo -en apariencia, o despreocupadamente- ninguna visión del gobierno sobre la posibilidad cierta que la economía nacional desembocara en una burbuja económica que de un momento a otro explotaría, creando dificultades que no se subsanarían fácilmente, sin recurrir a las soluciones clásicas del capitalismo. Algo que, de manera tangencial y obligado por las circunstancias críticas en que se ha visto sumida Venezuela, tuvo que admitir forzosamente el gobierno de Nicolás Maduro, pero todavía sosteniendo, a grandes rasgos, la misma política económica rentista de hace más cien años, contando con los ingentes dividendos que generarían a futuro las transacciones del Petro y la explotación del Arco Minero y de la Franja Petrolífera del Orinoco, como asimismo con un eventual (y próximo) incremento de los precios internacionales del petróleo. Vista esta situación general podrá afirmarse que el país marcha a una total restauración capitalista, sólo que con nuevos actores y dejando a la revolución como una ilusión que fue, por momentos, posible. -