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LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA

CHAVISTAS, ANTICHAVISTAS Y LAS OTRAS OPCIONES

CHAVISTAS, ANTICHAVISTAS Y LAS OTRAS OPCIONES

Gracias, sobre todo, a la influencia de los diferentes medios de información, incluidas las llamadas redes sociales, dentro y fuera de Venezuela se tiende a percibir y a calificar la lucha por el poder entre el chavismo gobernante y la oposición de derecha como una simple confrontación de estirpe político-ideológica, obviando, como es de suponer, las características y los antecedentes históricos que hicieron posible la actual situación. Algo que, si profundizáramos sobre este tema, sabríamos que ella se remonta a los albores de la república cuando, en medio de la liberación de España, se desarrollaba -quizás con un mayor ahínco- una lucha social que igual asustaba, por sus consecuencias igualitarias, a los seguidores del antiguo régimen como a los mantuanos ahora convertidos en los nuevos gobernantes del ancho territorio venezolano. Tal simplificación cumple un claro objetivo: la polarización de las fuerzas políticas enfrentadas. De esta manera, no habría, en apariencia, ninguna otra opción, salvo las existentes, lo que, de triunfar una sobre la otra, significaría la extinción de toda expresión de disidencia y de pluralismo democrático.

 

No obstante, en medio de todo esto se observa que muchos opositores al régimen chavista no comparten las estrategias y los métodos empleados por su alta dirigencia política, la cual ha llegado al extremo de incitar a una violencia de corte racista y clasista que la iguala a la del Klu Klux Klan y los supremacistas blancos estadounidenses; pero que no condenan abierta y contundentemente, haciéndose así en cómplices implícitos de lo que aquella diga, haga y decida. Lo que se extiende al apoyo interesado de gobiernos y de sectores explícitamente derechistas, con Estados Unidos presidiéndolos, lo que desembocaría eventualmente -de acuerdo a las amenazas proferidas reiteradamente- en una invasión militar para echar del poder a la cúpula chavista.

 

Otro tanto les ocurre a quienes, sea por profundas diferencias de todo orden con la clase gobernante, desafían a su modo la hegemonía ejercida hasta ahora por el chavismo. Entre éstos se ubicarían militantes de organizaciones de la izquierda revolucionaria, participantes de las dos insurrecciones producidas en 1992 y ciudadanos que comparten los postulados de la democracia participativa y la igualdad social, pero que no gustan de las referencias a Marx o de cualquiera de sus seguidores teóricos por considerarlos ajenos a la idiosincrasia venezolana y por responsabilizarlos (sin mucho argumento) de la nefasta experiencia sufrida por algunos pueblos bajo gobiernos aparentemente comunistas. Entre los primeros, se distinguen a los que secundaron en sus aspiraciones presidenciales a Hugo Chávez como fórmula para allanar la vía de la construcción del socialismo en el país y se desplazara a los sectores políticos, económicos y sociales que surgieron al amparo del pacto de Punto Fijo. Algunos de éstos migraron de sus partidos políticos de origen, quizás con la ingenua esperanza de contribuir a darle un perfil realmente revolucionario y socialista a la nueva organización creada y liderada por Chávez.

 

Igualmente, muchos chavistas, aún adheridos al gobierno y al PSUV, pero sin ostentar cargo alguno en sus distintas estructuras, mantienen cierta beligerancia con aquellos que se hallan en las esferas del poder locales y regionales, especialmente notoria en época electoral, a los cuales cuestionan su corrupción, ineficiencia, nepotismo y demagogia, sin que ello tenga mayores repercusiones en lo que sería un cambio de percepción entre los sectores populares que obligue al chavismo gobernante a recapacitar y a producir la transformación política, económica, cultural y social esperada. Dentro de esta gama, es difícil precisar una diferencia entre unos y otros, utilizando éstos un mismo lenguaje y la misma simbología encarnada en Hugo Chávez en su propósito común de ganar y conservar la simpatía mayoritaria del pueblo.

 

Sin embargo, pese a su aparente marginalidad, existen grupos sociales y políticos con una serie de planteamientos sólidos y propios que podrían remontar la dicotomía chavismo/antichavismo. Aunque ellos se ubican en contextos de lucha que, a simple vista, son disímiles, sus objetivos primordiales son coincidentes. Varios lo hacen desde un plano abiertamente electoral mientras otros prefieren hacerlo desde la organización y el combate populares, de modo que se concrete verdaderamente la soberanía del pueblo y éste provoque el cambio estructural del Estado burgués liberal todavía vigente. Su desventaja principal consiste en la falta de una articulación efectiva con el resto de organizaciones, a veces ocasionada por la actitud personalista y sectaria de sus integrantes; en otras porque no se comprende la necesidad estratégica de dicha articulación y se contentan con el pequeño espacio que puedan ocupar.

 

Entretanto, gobierno y oposición se aprovechan de estas circunstancias; haciéndoles ver a venezolanas y venezolanos que, fuera de ellos, no existirían terceras opciones, portadoras de propuestas válidas que trasciendan sus ofertas conocidas. Su mayor ventaja estriba en que han acaparado a lo largo de casi veinte años todos los medios de información disponibles, incrementada, además, por las cadenas noticiosas internacionales, empeñadas en influir en la opinión pública (interna y externa), en favor o en contra de la posición ideológica que cada una defiende. Frente a este escenario, los grupos disidentes del chavismo y de la oposición derechista tendrían que hacer acopio de esfuerzos, sintetizar sus objetivos en una misma plataforma de lucha y proponerse -con la seriedad que esto amerita- la conformación de un amplio frente de ciudadanos, capaces de asumir el reto que supone una radical transformación democrática del país. -

 

 

EL DISCURSO OFICIAL Y LA PRAXIS SOCIALISTA CHAVISTA

EL DISCURSO OFICIAL Y LA PRAXIS SOCIALISTA CHAVISTA

La liturgia, la jerga y los rituales utilizados regularmente por el chavismo gobernante y que rememoran -en mayor o menor medida, según como sean éstos observados- la ortodoxia de la vieja izquierda marxista-leninista son, contrariamente a lo pensado y buscado por sus promotores y principales beneficiarios, elementos que sirven para cuestionar y poner al descubierto su propia praxis al mando del Estado. 

 

El cuerpo doctrinario del chavismo, al emparentarse prácticamente sin discriminación alguna con todos los ismos derivados de la teoría de la historia iniciada por Karl Marx y Friedrich Engels, vuelta ahora en teoría política (o teoría social crítica) se muestra muy al gusto de intelectuales y militantes de las organizaciones (en especial, extranjeros) que se identifican con estos postulados, dando por sentado que bastará con su sola enunciación para transformar, por ejemplo, a un empresario y a sus trabajadores -de los cuales, valga aclarar, extrae la plusvalía que lo enriquece- en émulos consumados del socialismo revolucionario, lo que se extiende a burócratas y militares que estarían (según la nomenclatura oficial) subordinados al poder popular revolucionario debidamente organizado. 
 

 

Si a ello se le agrega el hecho cierto del culto a la personalidad de Hugo Chávez y, ahora, de Nicolás Maduro, bien se podrá concluir, sin pecar de exageración, que existe una perversa apología de la revolución, semejante a lo hecho en la extinta Unión Soviética, con las consabidas consecuencias que ello tuvo para el futuro de la revolución socialista en este extenso conjunto de naciones, lo mismo que a escala mundial. Todo esto aceptado acríticamente, incluso por quienes disponen de un mayor bagaje ideológico e intelectual (como los exmilitantes del Partido Comunista y de la Liga Socialista, por ejemplo) respecto al conocimiento teórico del socialismo. Lo que debiera ser y consolidarse como una amplia alianza de fracciones de clase, orientada a la conquista definitiva del poder y a la constitución de una nueva hegemonía (de extracción popular, claro está) sólo sirve para asegurar y multiplicar los votos requeridos por la dirigencia chavista en cada elección nacional, regional y municipal.
 

 

Además, se debe decir que entre las filas del chavismo se obvia que la eficacia de la maquinaria estatal tiene que estar orientada a producir una finalidad dinámica y, como tal, ajustada a los requerimientos de la amplia población sobre la cual éste actúa.

 

En este caso, la finalidad sería la solución de los problemas públicos. En un primer plano. Luego, adicionalmente, una vez reemplazados los viejos patrones burgueses liberales que obstaculizan la práctica cotidiana de una verdadera democracia participativa o directa, contribuir a la protección y a la consolidación de espacios autonómicos, conformados por ciudadanos conscientes, responsables, productivos y emancipados, es decir, capaces de asumir por sí mismos el destino del entorno en que residen, desde la escala local hasta su escala nacional. Ciudadanos que, asimismo, deben estar dotados de una visión más amplia de la vida social que la simple visión de una convivencia interna, armoniosa y satisfecha de sí misma; volcada exclusivamente hacia el grupo o comunidad a que pertenecen o están integrados. Inspirados todos, sería lo ideal, por una voluntad (individual y colectiva, sin que alguna margine o subordine a la otra) de hacer algo en común que trascienda lo existente hasta ahora. -

LA HORA CERO DE LA ECONOMÍA VENEZOLANA

LA HORA CERO DE LA ECONOMÍA VENEZOLANA

Sin pecar de ilusos ni fanáticos, se ha de reconocer que el 20 de agosto de 2018 marca un hito trascendental en la historia económica de Venezuela. Así haya opiniones contrarias, algunas válidas y otras sencillamente carentes de sentido común. La implementación y objetivos de las medidas acordadas por el gobierno de Nicolás Maduro en materia económica -todas enmarcadas en lo que es, básicamente, la realidad capitalista que envuelve al país y al mundo, no obstante, el discurso oficial aún emparentado con el izquierdismo tradicional- será determinante en cuanto a la estabilidad política y social de esta nación.

 

Sin embargo, en medio del optimismo que busca transmitir el estamento político gobernante, se debe advertir que, para concretar la recuperación económica en general, es imprescindible que todas las instituciones públicas dejen de represar y cooptar las diferentes expresiones organizativas de Soberanía Popular, condenándolas a un papel inocuo, accesorio y sin influencia alguna.

 

Cada representante del Estado -indistintamente de cuál sea su rango- tiene que respaldar activamente, en todo momento, sin titubeos ni complicidades, cada acción emprendida por el Pueblo organizado para acabar con la corrupción, la especulación y el desabastecimiento de productos; ya que dicha acción es un elemento clave para la estabilidad democrática, social y económica del país, incluso, excediendo lo establecido en la Carta Magna y demás leyes vigentes. Todo esto, a sabiendas del alto nivel de corrupción existente en todos los niveles de la administración pública, la cual se incrementó sin control, contribuyendo, a su vez, al desencadenamiento de la crisis generalizada que padece Venezuela.

 

De nada valdrá que se decreten regularmente aumentos salariales, si estos se descapitalizan casi instantáneamente ante la inflación inducida por empresarios inescrupulosos que sólo piensan en su tasa de ganancias y sobre los cuales no parece existir castigo alguno. Por ello mismo, es vital que haya un control estricto y directo de parte de las diversas organizaciones del poder popular, obligando a las estructuras del Estado a cumplir puntualmente con sus funciones; en bien del pueblo y no de minorías antisociales.

 

En este sentido, insistimos, el acompañamiento popular, más allá de una militancia partidista determinada, es un factor decisivo en esta hora cero de la economía venezolana, entendiéndose ésta como una oportunidad para producir los cambios estructurales que, desde hace décadas, deben propiciarse en el ámbito económico, sin «burguesías» parasitarias (sea cual sea su color «ideológico») que recurran a la renta petrolera para su sostenimiento.

 

No es la suerte de Nicolás Maduro ni de la dirigencia del PSUV ni de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana la que está en juego en estos momentos. Es el destino y la independencia de todo un país lo que se arriesga si este 20 de agosto no marca definitivamente la diferencia con el pasado y nos permite a todos los venezolanos recuperar la confianza en el futuro y en nuestras propias potencialidades (tanto individuales como colectivas), sin darle chance a los sectarismos -de parte y parte- que nos impiden vernos como un solo Pueblo. -

¿QUEDA AÚN ALGO POR HACERSE EN NOMBRE DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA?

¿QUEDA AÚN ALGO POR HACERSE EN NOMBRE DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA?

¿Queda algo todavía por hacerse en nombre de la Revolución Bolivariana frente al empobrecimiento (forzado, inducido y/o permitido) de la esperanza popular? En el caso de una mayoría del pueblo venezolano, sí. Y mucho. En cambio, para aquellos desencantados de la vieja izquierda revolucionaria, muchos pasados ahora a las filas de la oposición, los tiempos se agotaron por completo, quedando todo en mero discurso. Para quienes sólo aspiraron ascender política y económicamente, éste es el momento más oportuno de alcanzar estas metas personales, así aún se hable de revolución y de socialismo desde los púlpitos del gobierno y del PSUV. No obstante, hay también revolucionarios de convicción que aún luchan y mantienen en alto, pese a estas y otras circunstancias adversas que conspiran en su contra, la vigencia del proyecto histórico de la Revolución Bolivariana; poniendo de relieve la experiencia histórica y cultural de las prácticas democráticas del pueblo, a fin de alcanzar los más altos niveles de coherencia ante un presente caótico que hace conjeturar un futuro incierto.

 

Javier Biardeau R., en su artículo Las cenizas del “nuevo socialismo bolivariano del siglo XXI”, resume lo “que el propio Chávez en vida logró afrontar en diversas coyunturas: a) eficacia política, b) responsabilidad social, c) ética del bien común, d) capacidad tecno-política y e) claro liderazgo situacional”. Cuestiones estas que los sectores populares demandan del estamento burocrático-militar gobernante, pero que éste no ha sabido canalizar o articular oportuna y debidamente. En especial, cuando la crisis económica del país (y la corrupción que ella ha institucionalizado o legalizado, a los ojos de todos) oprime a los sectores populares, máximamente a los de mayor vulnerabilidad, y no se vislumbra siquiera una salida a corto o mediano plazo -si no es acogiéndose a las fórmulas neoliberales en boga- que acabe con la misma. Una situación que otros analistas y políticos de la talla de Luis Britto García, el ex Fiscal General de Venezuela Isaías Rodríguez y el excomandante guerrillero Julio Escalona han expuesto de una u otra forma, alarmando al estamento gobernante     

 

Esta realidad exige replantearse de un modo objetivo, sin sectarismo, el proyecto histórico de la Revolución Bolivariana, a la luz de los acontecimientos de estos últimos años. No es, por tanto, una cosa imposible plantearse recuperar y reorientar la propuesta bolivariana de instituir un modelo social, político, cultural y económico distinto al existente; moldeado asimismo por la práctica cotidiana de una democracia participativa y protagónica que supere los límites legales y extralegales de la representatividad para acceder a un mayor estadio de democracia, en este caso, el de una democracia directa e incluyente. Como tampoco lo es plantearse (dentro de este mismo proyecto histórico) el manejo práctico del excedente productivo-económico por parte del pueblo y con prioridad a la inversión y al gasto social, todo lo cual supondría un avance importante orientado al logro de un mayor grado de ciudadanía activa y de convivencia con alto sentido de comunidad.

 

Esto exige entender, de igual modo, que la lucha por lograr estos propósitos emancipatorios no es un asunto meramente nacional. Es una lucha de alcance mundial, aunque, de momento, localizada en un escenario local. Supone también enfrentar y eliminar la ideología dominante que legitima la existencia y las relaciones sociales derivadas del sistema capitalista global y su expresión política, el Estado burgués liberal. En esto habrá coincidencias, sin duda, totales o parciales, con otros movimientos políticos, gremiales y/o sociales, con los que habrá que articular -indefectiblemente- acciones orientadas a conseguir, en una primera instancia, las reivindicaciones enarboladas por cada uno de ellos, pero sin dejar de perseguir como un objetivo fundamental, en una instancia posterior y permanente, la toma total del poder. Para escándalo de algunos, la Revolución Bolivariana mantendría así su vigencia intacta como proyecto y como realización. -

¿REVOLUCIÓN? ¡CUALQUIER COSA, MENOS REVOLUCIÓN!

¿REVOLUCIÓN? ¡CUALQUIER COSA, MENOS REVOLUCIÓN!

Si hay algo que pueda (y merezca) reconocérsele a la derecha en Venezuela es su perseverancia en cuanto a la aplicación religiosa de los distintos esquemas desestabilizadores diseñados por la clase gobernante de Estados Unidos y sus acólitos internacionales en contra de los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Este hecho la identifica y ubica dentro de los parámetros de la ideología de la dependencia, ya no únicamente en el aspecto económico, sino político, al emparejar sus intereses con los intereses del imperialismo gringo, lo que echa por tierra cualquier rasgo de soberanía que esté dispuesta a exhibir. Con ello, sus dirigentes se proponen «convencer», en un juego macabro que combina las ofertas demagógicas acostumbradas con las amenazas y la violencia terroristas, al resto de la ciudadanía sobre las ventajas de acogerse a la «protección» estadounidense a fin de garantizar un progreso económico sin incertidumbre y el ejercicio de una democracia real en el país. Lo que no se atreve a admitir sin mucho disimulo dicha dirigencia (aunque lo deja ver entre líneas) es que, igual a lo implementado en 1989 por el gobierno de entonces y, en la actualidad, en naciones como Argentina y Brasil, de tomar el poder procederá a aplicar ortodoxamente un paquete de medidas económicas de inspiración neoliberal similar, con privatizaciones de todo tipo, completa apertura del mercado nacional al capitalismo global y flexibilidad laboral al máximo, entre otras, con lo cual los venezolanos arribarían finalmente al «paraíso» capitalista en vez de continuar -ojo, según la matriz de opinión conservadora- padeciendo el «fracaso del régimen chavista-comunista».

Si bien es cierto y notorio que la oposición simpsonizada exhibe menos moral y menos luces que Homero Simpson para regir el país, lo que la hace extraña al sentir de la mayoría venezolana, entre las filas del chavismo se obvia que la eficacia de la maquinaria estatal tiene que estar orientada a producir una finalidad dinámica y, como tal, ajustada a los requerimientos de la amplia población sobre la cual actúa. En este caso, la finalidad sería la solución de los problemas públicos, o colectivos. En un primer plano. Luego, adicionalmente, una vez reemplazados los viejos patrones burgueses liberales que obstaculizan la práctica cotidiana de una verdadera democracia participativa y/o, eventualmente, directa, contribuir a la protección y la consolidación de espacios autonómicos, conformados por ciudadanos conscientes, responsables, productivos y emancipados, es decir, capaces de asumir por sí mismos el destino del entorno en que residen, desde la escala local hasta su escala nacional. Ciudadanos que, asimismo, estén dotados de una visión más amplia de la vida social que la simple visión de una convivencia interna, volcada exclusivamente hacia el grupo o comunidad a que pertenecen o están integrados. Inspirados todos, sería lo ideal, por una voluntad (social e individual, sin que una margine o subordine a la otra) de hacer algo en común que trascienda lo existente hasta ahora.

En su obra «La autodeterminación de las masas», René Zavaleta explica que «la democracia burguesa es un factor favorable a la clase obrera, pero sigue siendo, por supuesto, la democracia de otra clase social y no la democracia proletaria. Pero la organización de la propia clase es, de hecho, la desorganización política de su contrario y, como la burguesía, por ser una clase minoritaria en su carácter, no puede sustentar su poder sino en la mediación-consenso o hegemonía-legitimación sobre los sectores intermedios y la clase obrera de conciencia no proletaria, la ruptura de esa alianza se vuelve una necesidad esencial para el proletariado. Un importante ascenso obrero que, de hecho, a cada momento, está proponiendo formas espontáneas o conscientes de poder, no puede ocurrir sin causar un gran desasosiego (su mera existencia es la prueba de que la burguesía no es más la clave universal) entre los sectores que, bajo el impacto de la ideología estatal burguesa, piensan en el orden de la burguesía como el único orden concebible, en la ley burguesa como la única ley. Ahora bien ¿a quién impacta primero dicho aparato ideológico? Al que no tiene condiciones objetivas para elaborar una contraideología, o sea, en lo típico, a la pequeña burguesía». Esto -trasladado al caso de Venezuela- constituye la piedra angular de la resistencia a los cambios planteados que todavía muestran algunos segmentos conservadores de la población venezolana, como también de aquellos que (diciéndose revolucionarios) debieran auparlos desde sus distintos cargos de gobierno.  

Por ello no es nada extraño que muchas personas expresen ásperamente: “¿Revolución? ¡Cualquier cosa, menos revolución!”. Esta conclusión amarga debiera motivar a recomenzar la lucha revolucionaria, pero con una meta bien específica: subvertir el orden establecido para producir la revolución. Ése es el compromiso mayor de todo revolucionario en el momento actual en Venezuela. No hay otro. -

 

VENEZUELA Y EL EMPOBRECIMIENTO DE LA ESPERANZA

VENEZUELA Y EL EMPOBRECIMIENTO DE LA ESPERANZA

Afirmaba el reconocido autor francés Julio Verne que “mientras hay vida, hay esperanza”. Según la moraleja extraída del antiguo mito griego de la caja de Pandora, “la esperanza es lo último que se pierde”. Ambas frases podrían aplicarse correctamente en el caso de Venezuela, a pesar del hecho cierto que miles de personas expresan amargamente a diario su impotencia y su ira ante lo que ocurre, especialmente en el ámbito económico, sufriendo penurias de todo tipo, sin que hasta ahora se perciba una solución a corto o mediano plazo.

 

En medio de este escenario, el gobierno apela a fórmulas transitorias que se hacen permanentes, prolongando arriesgadamente la coyuntura del momento histórico que se vive, sin profundizar (por una diversidad de motivos, muchos de ellos injustificables) sobre el verdadero fondo de la cuestión padecida, lo que hace predecir a muchos analistas la agudización de una crisis múltiple, todavía más prolongada y profunda. Sobre todo, al considerar que el aparato productivo del país adolece de una insuficiencia (real o creada, el efecto es el mismo) de insumos necesarios, en su mayoría, importados, y se mantiene en manos del sector privado, básicamente identificado con los factores de la oposición, interesados en obtener la caída del chavismo gobernante. Dicha situación, por otra parte, ha redundado en un empobrecimiento de un gran porcentaje de la población venezolana, pese a los sueldos devengados, obligada a sobrevivir a costa de lo que sea; incluso echando mano a la corrupción que se creía circunscrita al espacio político.

 

Se admita o no, todo esto es consecuencia directa del viejo reformismo que permeó todo el entramado de poder del chavismo. Desde el período en que gobernara Hugo Chávez. Admitámoslo. En concordancia con esta aseveración, podría suscribirse el análisis de Edgardo Lander, «La implosión de la Venezuela rentista», donde señala que «el gobierno del Presidente Chávez, lejos de asumir que una alternativa al capitalismo tenía necesariamente que ser una alternativa al modelo depredador del desarrollo, del crecimiento sin fin, lejos de cuestionar el modelo petrolero rentista, lo que hizo fue radicalizarlo a niveles históricamente desconocidos en el país. En los 17 años del proceso bolivariano la economía se fue haciendo sistemáticamente más dependiente del ingreso petrolero, ingresos sin los cuales no es posible importar los bienes requeridos para satisfacer las necesidades básicas de la población, incluyendo una amplia gama de rubros que antes se producían en el país. Se priorizó durante estos años la política asistencialista sobre la transformación del modelo económico, se redujo la pobreza de ingreso, sin alterar las condiciones estructurales de la exclusión. Identificando socialismo con estatismo, mediante sucesivas nacionalizaciones, el gobierno bolivariano expandió la esfera estatal mucho más allá de su capacidad de gestión. En consecuencia, el Estado es hoy más grande, pero a la vez más débil y más ineficaz, menos transparente, más corrupto. La extendida presencia militar en la gestión de organismos estatales ha contribuido en forma importante a estos resultados. La mayor parte de las empresas que fueron estatizadas, en los casos en que siguieran operando, lo hicieron gracias al subsidio de la renta petrolera. Tanto las políticas sociales, que mejoraron significativamente las condiciones de vida de la población, como las múltiples iniciativas solidarias e integracionistas en el ámbito latinoamericano, fueron posibles gracias a los elevados precios del petróleo. Ignorando la experiencia histórica con relación al carácter cíclico de los precios de los commodities, el gobierno operó como si los precios del petróleo se fuesen a mantener indefinidamente sobre los cien dólares por barril. Dado que el petróleo pasó a constituir el 96% del valor total de las exportaciones, prácticamente la totalidad de las divisas que han ingresado al país en estos años lo han hecho por la vía del Estado. A través de una política de control de cambios, se acentuó una paridad insostenible de la moneda, lo que significó un subsidio al conjunto de la economía».

 

Al tratar de resumir todo lo anteriormente expuesto, es difícil sustraerse a la conclusión respecto a que no hubo durante este periodo -en apariencia, o despreocupadamente- ninguna visión del gobierno sobre la posibilidad cierta que la economía nacional desembocara en una burbuja económica que de un momento a otro explotaría, creando dificultades que no se subsanarían fácilmente, sin recurrir a las soluciones clásicas del capitalismo. Algo que, de manera tangencial y obligado por las circunstancias críticas en que se ha visto sumida Venezuela, tuvo que admitir forzosamente el gobierno de Nicolás Maduro, pero todavía sosteniendo, a grandes rasgos, la misma política económica rentista de hace más cien años, contando con los ingentes dividendos que generarían a futuro las transacciones del Petro y la explotación del Arco Minero y de la Franja Petrolífera del Orinoco, como asimismo con un eventual (y próximo) incremento de los precios internacionales del petróleo. Vista esta situación general podrá afirmarse que el país marcha a una total restauración capitalista, sólo que con nuevos actores y dejando a la revolución como una ilusión que fue, por momentos, posible. -

HERMANADOS POR UN MISMO CREDO

HERMANADOS POR UN MISMO CREDO

El clima ficticio de inestabilidad económica, coreado y auspiciado reiteradamente por representantes de la derecha opositora y respaldado, además, por páginas tipo DolarToday (estableciendo caprichosamente la referencia de un dólar “paralelo”, sin base alguna que lo justifique) creó las condiciones para que se desatara en Venezuela una ola inmoral de acaparamiento, especulación y contrabando de productos de primera necesidad, sin que ésta fuera frenada mediante la aplicación oportuna de controles y sanciones eficaces; lo que colocó al gobierno de Nicolás Maduro en una situación aparentemente sin salida. 

 
Este escenario fue agravado, además, por una variada red de corrupción institucionalizada (de la cual siempre se sospechó su existencia) que se ha visto legitimada, acomodada y ensanchada al amparo de la autoridad ejercida, en distintos niveles, por civiles y militares, sus principales beneficiarios, directos e indirectos, quienes actúan impunemente, sin un atisbo mínimo de vergüenza ni temor a ser castigados.
 
Todo esto, en conjunto, representa un desafío extremo para la mayoría de la población, viéndose ella obligada a sobrevivir de cualquier manera en tanto espera que la situación nacional cambie de un momento a otro, haciendo caso omiso a los cantos de sirena de aquellos que creen necesaria e inminente la caída de Nicolás Maduro; así como al discurso dicotómico del chavismo gobernante. 
 
Dicho de otro modo, la crisis venezolana posee diversas aristas. La burguesía parasitaria responsabiliza al Gobierno chavista de la crisis económica, de modo que esta matriz de opinión repercuta en el ánimo popular y produjera, en consecuencia, un amplio respaldo a la opción opositora, indiferentemente si ésta fuera electoral o abiertamente golpista. Ahora sus representantes parecen olvidarse de las promesas hechas durante los últimos comicios parlamentarios que, entre cosas, contemplaban acabar con el desabastecimiento de productos. Lo mismo valdría decir respecto a la agenda en igual dirección de la Asamblea Nacional Constituyente, la cual sólo se ha dedicado, básicamente (y no es una acusación banal o gratuita), a un ejercicio retórico diario de autocomplacencia mientras la crisis tiende cada día a agudizarse, obligando a un creciente número de venezolanos a emigrar a otras naciones en búsqueda de un mejor porvenir, algo prácticamente ajeno a la idiosincrasia de este país. Otro tanto habría que achacarle a una parte nada desdeñable de venezolanos que se ha visto arropada por un afán mercantilista desmedido, incrementando irracionalmente los niveles de carestía y de especulación existentes. Tales elementos, en bloque, han precipitado una espiral inflacionaria que desvaloriza vertiginosamente el poder adquisitivo de la clase trabajadora, sin darle chance de sobrellevar con algo de dignidad y de esperanza esta dura y caótica coyuntura; lo que hace suponer a muchos analistas que su solución no es a mediano sino a largo plazo.
 
Esto da pie a discurrir que, desde unos distintos puntos de vista, coincidentes en algunos casos con los dados a conocer por estudiosos del tema, dentro y fuera del país, como ya lo hemos expuesto en otras ocasiones, el marco político, social y económico que rige a Venezuela resulta sumamente contradictorio. Tanto en los discursos pronunciados como en los métodos aplicados. Ello porque los mismos parten -en su conjunto- de diagnósticos que omiten, a su modo, las características que le son substancialmente particulares a la realidad venezolana, desde el período de resistencia armada de los pueblos originarios frente a la irrupción violenta y etnocida de los invasores españoles hasta instaurarse la república. 
 
Esto último -que ha sido escasamente divulgado, profundizado y estudiado, por lo que una mayoría de la población venezolana propende a pasarlo por alto, inconscientemente- debiera constituir el puntal principal para el comienzo de cualquier programa revolucionario que se fije como principal meta estratégica la transformación estructural del modelo de sociedad, del modelo económico y del modelo político reinantes en nuestra nación bolivariana. Ya no serían la visión y las aspiraciones de las élites, las oligarquías o las «vanguardias esclarecidas» sino aquellas que sean propias de los sectores populares largamente invisibilizados, excluidos y explotados. 
 
Lo que supone, indudablemente, el rescate de la memoria histórica de las luchas libradas por éstos a través del tiempo en la reivindicación (muchas veces reprimida y traicionada) de sus derechos democráticos.
 
A este respecto, el desencanto, la impotencia y la desesperanza que tienden a generalizarse de una manera exponencial y hasta delicada entre un gran porcentaje de venezolanos y venezolanas debieran propiciar el debate, la construcción y la difusión de nuevas opciones de carácter colectivo que contribuyan efectivamente a superar el contexto de incertidumbre creado por la crisis económica (inducida o no, pero en todo caso producto de las mismas estructuras políticas, sociales, culturales y económicas existentes desde hace más de medio siglo).
 
Tal objetivo, no obstante, apenas es parte de la agenda de grupos o movimientos sociales y políticos autodenominados revolucionarios, incluso de aquellos que se muestran contrarios a la manera como se conduce la clase gobernante (agregada a ésta la derecha agrupada en la MUD). En el fondo, muchos de ellos, sean de izquierda o de derecha, están hermanados por los mismos credos políticos e ideológicos. Aunque ello parezca mentira, escandaloso e inadmisible.-

 

EL CASO VENEZUELA Y EL OBJETIVO DEL PODER POPULAR SOBERANO

EL CASO VENEZUELA Y EL OBJETIVO DEL PODER POPULAR SOBERANO

En el mes de febrero de 1922, Alexandra Kollontai, se planteó la siguiente interrogante: “¿Es posible realizar, construir la economía comunista a través de personas que pertenecen a una clase extraña, impregnados por la rutina del pasado? Si razonamos como marxistas y como científicos, contestaremos categóricamente que no, que no es posible. Imaginarse que unos «especialistas», unos técnicos, unos expertos de organización de la industria capitalista, serán capaces de liberarse de golpe de sus métodos y sus puntos de vista, estando aún imbuidos por las ideas recibidas en su educación, adaptadas al sistema capitalista cuando ellos lo servían, y de contribuir a levantar el nuevo aparato económico comunista -porque realmente de lo que se trata es de descubrir esas nuevas formas de producción y de organización del trabajo, esos nuevos estímulos al trabajo-, pensar así significa olvidarse de la verdad, confirmada por la experiencia mundial, de que un sistema económico no puede ser cambiado por unos individuos determinados, sino por las necesidades profundas de toda una clase".

 

Para muchos economistas (instruidos en las diversas universidades y centros académicos existentes, como es notorio, según los intereses y la lógica capitalistas) nada que esté fuera de los cánones o dogmas del capitalismo tiene perspectivas racionales de eficiencia y funcionamiento, por lo que cabría esperar como un acontecimiento inevitable (y hasta preferiblemente) que la economía de los países del mundo se transnacionalice, insertándola en el sistema capitalista global, con todo lo que ello implicaría de negativo en materia de soberanía e inclusión social. Cuestión que, de concretarse, supondrá la instalación de una estructura económico-social carente de derechos democráticos extensivos a todo el conjunto de la población, siendo éstos reservados para goce exclusivo de las minorías dominantes. Ello será factible, además, si ocurre inevitablemente la derrota de los sectores populares en su lucha por lograr una autodeterminación que se exprese, en un primer plano, en lo político y, en otro, en lo económico.

 

En el caso particular de Venezuela, el endeudamiento creciente del gobierno, los compromisos de la deuda externa (incluyendo la correspondiente a PDVSA), la fuga cotidiana de capitales y los exiguos resultados obtenidos con el control de cambios -a todo lo cual habrá que agregar la caída y la lenta recuperación de los precios del petróleo y el paquete de medidas sancionatorias decretadas por el gobierno de Donald Trump, con el deliberado propósito de quebrar la economía nacional- sitúan a Venezuela ante la exigencia y la pertinencia de un programa económico coherente.

 

Desde diversos puntos de vista, el marco político y económico que rige a Venezuela resulta contradictorio. Tanto en los métodos como en el discurso aplicados. Ambos son resultado de concepciones prácticamente deterministas que parten de diagnósticos que esquivan, la mayoría de las veces, las características que le son especialmente particulares a la realidad venezolana.

 

Esto ha impulsado a varios expertos, incluidos los del gobierno, a recomendar la adopción de medidas que reproducen la lógica del capitalismo, como fórmula para afrontar y derrotar el sabotaje económico del cual es víctima, ya no -como algunos piensan- Nicolás Maduro y la cúpula gobernante, sino la población venezolana en general. Frente a ello, sin embargo, habrá que oponer la opción de un poder popular soberano, orientado básicamente a la conformación real de un autogobierno, pero éste no surgirá (como muchos todavía lo creen) de un triunfo electoral.

 

El mismo tiene que auto-organizarse desde abajo como expresión genuina de la democracia participativa y protagónica. No se trataría, por consiguiente, trazarse como máxima meta la sustitución simple de un gobierno por otro. Bajo este parámetro -como lo señala el filósofo y psicoanalista greco-francés Cornelius Castoriadis- la democracia sería “el autogobierno, la autoinstitución, es decir, el hecho de que la sociedad se autoorganiza para cambiar sus instituciones cuando lo juzga necesario, sin tener necesidad de pasar cada vez por revoluciones. En una verdadera democracia, el trabajo legislativo y el gubernamental pertenecen realmente a la gente implicada, a la gente que le concierne, que lo afecta. Lo que implica, desde este punto de vista, no la supresión del poder, sino la supresión del Estado como aparato burocrático separado de la sociedad”. Éste es, realmente, un objetivo fundamental para que exista un poder popular soberano y se logre una emancipación integral del pueblo, creando nuevos paradigmas sociales, políticos, económicos, culturales y, por qué no, también espirituales.-