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El comunismo consejista como paradigma de la revolución socialista

El comunismo consejista como paradigma de la revolución socialista

 
Homar Garcés 


Al despotismo burocrático presente en todo Estado y en toda organización política habría que oponerle un comunismo consejista que, como efecto de sus acciones, permita a todos sus participantes desarrollar sus potencialidades revolucionarias, creadoras y democratizadoras de forma plena, en armonía con sus congéneres y la naturaleza; siendo la transformación social su principal prioridad en vez de su particular beneficio. Sería un cambio de raíz que abarcaría todas las estructuras que componen el modelo civilizatorio y daría un vuelco completo a las maneras como se conduce el poder y las relaciones habituales entre dirigentes y dirigidos, entre gobernantes y pueblo, y jerarcas y subalternos; lo que implicará, inexorablemente, un cambio de mentalidad para aceptar el nuevo paradigma que de todo esto se derivaría. Una vez vigente este comunismo consejista, los delitos de abuso de autoridad, corrupción, clientelismo, nepotismo, tráfico de influencia, extorsión, contrataciones de obras sin licitación pública y manejos indebidos de recursos del Estado, tan constantes y renombrados en toda Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, serían eficazmente contrarrestados al no estar supeditado a ninguna conveniencia partidista ni a ninguna razón de Estado o de clase que pueda reducir, hasta en su mínima expresión, la defensa de los intereses colectivos. El comunismo consejista será, entonces, la forma activa y organizativa de los sectores populares conscientes del papel histórico que les corresponde asumir, en concordancia con su autoemancipación

A pesar de ser lo más visible de las exigencias populares, no puede nada más afectar el orden político, si se aspira lograr mayores grados y espacios de libertad. La conclusión es muy sencilla: no habrá verdadera libertad si no existe al mismo tiempo una verdadera emancipación social. En este sentido, muchos hablan de libertad en forma abstracta, con énfasis especial en el aspecto económico, básicamente bajo una concepción liberal, que sería secundada por la celebración periódica de elecciones de las autoridades nacionales, regionales y locales, pero que, en sí, sólo representa la libertad de quienes se hallan en la cúspide de la pirámide social, política y económica, por encima de las grandes mayorías. Esto ha servido para justificar el aparente fracaso de las distintas opciones revolucionarias con que los pueblos han tratado de superar el estado de cosas en que les ha tocado vivir al no llevar a cabo los cambios estructurales que deben hacerse, con una visión diferente a la tradicionalmente vigente. Tomemos en cuenta, con Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, que «la opresión, por grande que sea, no siempre origina una situación revolucionaria en un país. Para que estalle la revolución no suele bastar con que los de abajo no quieran seguir viviendo como antes. Hace falta, además, que los de arriba no puedan seguir administrando y gobernando como hasta entonces. Sólo una clase revolucionaria es capaz de transformar el estado pasivo de opresión en estado activo de cólera e insurrección».

Al respecto, en el discurso pronunciado en la Asamblea General de los Trabajadores de Plantas Eléctricas, efectuada el 14 de diciembre de 1960, el Comandante y Primer Ministro Fidel Castro Ruz diría: «La clase obrera es la clase fecunda y creadora, la clase obrera es la que produce cuanta riqueza material existe en un país. Y mientras el poder no esté en sus manos, mientras la clase obrera permita que el poder esté en manos de los patronos que la explotan, en manos de los especuladores, en manos de los terratenientes, en manos de los monopolios, en manos de los intereses extranjeros o nacionales, mientras las armas estén en manos del servicio de esos intereses y no en sus propias manos, la clase obrera estará obligada a una existencia miserable por muchas que sean las migajas que les lancen esos intereses desde la mesa del festín». En resumen: todo el proceso del trabajo debe asumirse libremente y permanecer bajo el control directo de los trabajadores quienes son, al fin y al cabo, con el sudor de sus frentes, los generadores de la riqueza que con tanto gusto y ostentación usufructúan los dueños del capital, ya sean nacionales o extranjeros. Es una batalla que confronta muchos obstáculos, entre estos la falta de conciencia clasista de los mismos trabajadores (manuales e intelectuales) que les impide convencerse a sí mismos de la posibilidad de manejar de forma directa las empresas donde laboran, trastocando de raíz las relaciones de producción que caracterizan al régimen capitalista.

La idea central que debe desarrollarse en todo momento y espacio es crear un profundo efecto democratizante tanto en la acción como en el pensamiento de las personas. Para que esto se concrete es necesaria la garantía de las libertades individuales, la cogestión, la autogestión y el libre desarrollo de la tecnología, entre otros factores fundamentales, que permitan crear y recrear, principalmente, las bases culturales de la revolución en marcha; creándose en consecuencia una nueva hegemonía, esta vez de esencia popular. De «Pedagogía del oprimido», ensayo escrito por Paulo Freire, podemos compartir lo que refiere su autor respecto a la acción política: «La acción política junto a los oprimidos, en el fondo, debe ser una acción cultural para la libertad y, por ello mismo, una acción con ellos». ¿Qué implica esta acción política y, por tanto, esta acción cultural? Significa sencillamente trascender la visión individualista (inculcada principalmente por la lógica capitalista) e imponerse la transformación objetiva de la situación opresora que se combate y la tarea histórica de hacer colectivamente la revolución social. 

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