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LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA

DEL NUEVO SOCIALISMO EN CONSTRUCCIÓN

DEL NUEVO SOCIALISMO EN CONSTRUCCIÓN

          Al plantearse la alternativa socialista como sostén del cambio estructural que propicia el proceso revolucionario bolivariano en Venezuela, Hugo Chávez desató no pocas especulaciones, análisis, temores y esperanzas de distintos calibres, tanto dentro como fuera del país. Algunos lo enfocan según la óptica del materialismo histórico. Otros, en cambio, pretenden hacerlo prescindiendo por completo de los cánones clásicos de la izquierda revolucionaria. Entretanto, Chávez ha expuesto -de modo sencillo- que este socialismo “se basa en la solidaridad, en la fraternidad, en el amor, en la libertad y en la igualdad”, valores universales todos que resumen un amplio proyecto de emancipación integral al cual se adhieren, mayoritariamente, los sectores populares venezolanos, con una trascendencia continental. Este nuevo socialismo estará, por consiguiente, alejado del individualismo y del egoísmo, estableciendo nuevos valores sociales y humanos que enfrentarán, por igual, a la corrupción moral y a la corrupción material.           

Aún cuando pudiera confundirse con la tesis del liberalismo comunitario enarbolada por Jhon Rawls y Charles Taylor durante los años 80 en Estados Unidos, lo cierto es que la propuesta socialista bolivariana busca tener raíces propias, sin que ello signifique negar absolutamente el aporte ideológico generado en otras latitudes y en otros tiempos. Así lo ha hecho saber el Presidente Chávez, no obstante las referencias a la Revolución Cubana, Marx, Lenin, Gramsci, el Che, entre otros, cuyos aportes son invaluables y necesarios para la comprensión y la promoción del socialismo a escala mundial. “Estamos llamando a construir el socialismo del siglo XXI -lo dijo Chávez en Londres el 15 de mayo de 2006- un socialismo fresco y nuevo, no dogmático, flexible, impulsando la democracia participativa y la democracia protagónica”. Esto obliga a muchos a tratar de fundar los paradigmas de los cuales se revestirá este socialismo en plena fase de construcción práctica, cosa que no ha resultado fácil por la diversidad de puntos de vista y, además, por la presunción de que será Chávez quien tenga la última palabra al respecto. Es un debate que apenas comienza a coger forma y que, seguro, alejará a algunos. Sin duda, es asunto de una alta responsabilidad que no puede dejarse al azar y a quienes, desde el reformismo, no entienden ni desean el socialismo en el siglo XXI.           

Sin embargo, existen algunas señales claras de qué se trata este nuevo socialismo. El Presidente Chávez las deja entrever ala firmar que “una revolución política y una revolución social deben estar acompañadas de una revolución económica, si no, estaría condenada a morir, más temprano o más tarde”. Más abundantemente lo expresó el 15 de diciembre de 2006: “…no habrá socialismo sin transformación económica, no habrá socialismo sin democracia participativa y protagónica en lo político, no habrá socialismo sin ética socialista, el amor, la solidaridad, la igualdad entre los hombres , las mujeres, entre todos, esos son los elementos fundamentales del socialismo, de nuestro socialismo en construcción”. A la par de tales elementos, habrá que añadirle el compromiso integracionista, internacionalista y antiimperialista legado por Simón Bolívar y demás libertadores latino-caribeños. Todo esto, en conjunto, requiere formularse teóricamente a fin de que, partiendo de lo particular venezolano, sirva de base dinámica al proceso revolucionario bolivariano en marcha. Esto, necesariamente, tiene que afectar y trascender las típicamente aceptadas relaciones de producción capitalista, la institucionalidad del Estado, el poder constituido, la integración cívico-militar, el andamiaje cultural, la educación, la ética, la moral, la religiosidad, incluso, y todo aquello que forma parte de la cotidianidad social presente.           

A grandes rasgos, el socialismo en el siglo XXI representa una luz de esperanza para los pueblos del mundo, amenazados con ser engullidos por una globalización neoliberal militarizada atroz, racista y despótica que, ante la inminencia de su desplome definitivo, no vacila en fomentar el caos y la violencia internos. En este marco de circunstancias, el socialismo en construcción en Venezuela enfrenta el reto de estimular la liberación definitiva de nuestros pueblos y la edificación de una sociedad democrática de nuevo tipo, promovido y sostenido desde abajo, dotado de una clara orientación revolucionaria, a pesar de lo complejo que pueda resultar en su etapa inicial.-             

EL NUEVO HITO DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA

EL NUEVO HITO DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA
Refiriéndose a la peculiaridad de la revolución cubana, el Che Guevara escribió: “Es esta una revolución singular que algunos han creído que no se ajusta a una de las premisas de lo más ortodoxo del movimiento revolucionario, expresada por Lenin así: “sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario”. Convendría decir que la teoría revolucionaria, como expresión de una verdad social, está por encima de cualquier enunciado; es decir, que la revolución puede hacerse si se interpreta correctamente la realidad histórica y se utilizan correctamente las fuerzas que intervienen en ella, aun sin conocer las teorías. Es claro que el conocimiento adecuado de ésta simplifica la tarea e impide caer en peligrosos errores, siempre que esa teoría enunciada corresponda a la verdad. Además, hablando concretamente de esta revolución, debe recalcarse que sus actores principales no eran exactamente teóricos, pero tampoco ignorantes de los grandes fenómenos sociales y los enunciados de las leyes que los rigen. Esto hizo que, sobre la base de algunos conocimientos teóricos y el profundo conocimiento de la realidad, se pudiera ir creando una teoría revolucionaria”. (Notas para el estudio de la ideología de la Revolución Cubana, octubre de 1960). Aplicando, con sus naturales diferencias, lo afirmado por el Comandante Guevara a la situación actual del proceso revolucionario bolivariano en Venezuela, podría coincidirse en que ello está ocurriendo casi de la misma manera a como se originó la segunda etapa de la revolución en Cuba, a partir de la toma del poder en 1959.
            En el caso específico de Venezuela, si bien es cierto que las asonadas cívico-militares de 1992, simbolizadas en la figura del Teniente Coronel Hugo Chávez, se plantearon deponer al régimen de corrupción e impunidades de los partidos tradicionales de AD y COPEI, aun era prematuro para hablar de revolución. Sin embargo, al arribar Chávez a la Presidencia de la República las cosas empezaron a tomar otro tinte. Se comenzó a hablar de revolución abiertamente, lo que activó las alarmas de las clases dominantes conservadoras y de Estados Unidos; más aún, al apreciarse el acercamiento con Cuba. Al poco tiempo, las masas populares se identificaron plenamente con esta idea, a pesar que no se tenía precisión alguna respecto al rumbo a seguir. No obstante, el camino electoral transitado por Chávez, sumado a la convocatoria de una Asamblea Constituyente respaldada masivamente por el pueblo venezolano y el rescate todavía en proceso de la memoria histórica y de la identidad nacional, facilitaron en gran parte la germinación de una nueva mentalidad entre los venezolanos. En este sentido, la labor del Presidente superó grandemente a la de sus seguidores en posiciones de gobierno y militantes de una diversidad exagerada de partidos políticos que lo apoyan. En todo este tiempo, el proceso bolivariano ha estado huérfano de una teoría revolucionaria que lo sustente y explique, aunque para el pueblo sencillo esto no es lo principal, por eso acatan las líneas estratégicas de Chávez como su único líder y tratan de profundizarlas, incluso en contra de los cientos de gobernantes chavistas que, de modo opuesto, reafirman la vigencia de las viejas estructuras del Estado reformista.
            Por ello, la idea de Chávez de fundar un Partido Socialista Unificado representa un hito importante en las etapas simultáneas que le ha correspondido transitar al proceso revolucionario venezolano. Así, la posición expuesta por Chávez de que sean las mismas bases populares que lo hagan, escogiendo a los mejores cuadros revolucionarios, imponiendo que cada uno de ellos tenga un perfil moral y ético revolucionario y socialista comprobado, y, además, ejerciendo directamente la promoción y construcción del cambio estructural; enlaza por completo con la declaración del Che en cuanto a la revolución cubana. Es algo que enriquecerá, sin duda, la concepción que se tiene de la revolución a nivel mundial. Habrá errores y aciertos, como en todo lo humano, pero lo que sobresale de ello es que el pueblo tendrá, finalmente, una oportunidad de hacer valer su derecho a la participación y al protagonismo que le garantiza la Constitución. Para los revolucionarios verdaderos será una prueba de fuego, tocándole manifestarse en total sintonía con la nueva fase que se inicia dentro del proceso revolucionario bolivariano. Incluso, estos últimos, tendrán que demostrar en la práctica si sus ideales de edificar una sociedad justa, democrática y libre son auténticos, o si los impulsa, simplemente, un afán de poder.-  

SE ATREVIERON... Y PERDIERON

SE ATREVIERON... Y PERDIERON

Desde el momento mismo que Hugo Chávez Frías vino a animar las esperanzas del pueblo venezolano, se activó una serie de acciones (la mayoría, teniendo a los grandes medios de comunicación como sus máximos exponentes) dirigidas a evitar el huracán revolucionario que podría desatarse con él en la Presidencia de la República. Sin embargo, la mayoría del pueblo venezolano, desasistido durante décadas por los sucesivos gobiernos reformistas de turno, optó por el Comandante militar que asumió la responsabilidad de la intentona golpista cívico-militar del 4 de febrero de 1992, sin atender a los cantos de sirena provenientes de quienes siempre les manipularon desde 1958. Se comenzó a hablar de castro-comunismo y de dictadura, conceptos desconocidos para las nuevas generaciones, pero que lograron aglutinar a sectores de la clase media, más sensibles a la posible pérdida de sus posesiones materiales que aquellos pertenecientes a las clases bajas mayoritarias.

            De entrada, los oposicionistas colmaron radio, prensa y televisión tratando de enajenar la mente de los venezolanos, haciéndole creer que Chávez estaba conectado con Al Qaeda y los grupos insurgentes de Colombia, percibidos como terroristas y bandoleros, que recibía órdenes de Fidel Castro, que regala el petróleo sin beneficio para el país y, en fin, todo aquello que pudiera inducir un cambio en la simpatía del pueblo hacia el Presidente bolivariano. Todo esto se conjugó con las inquietudes mostradas por el gobierno de Estados Unidos, sobre todo, al oponerse Chávez al ALCA y fomentar cambios en las relaciones de éstos con nuestra América. Pronto, la oposición reaccionaria contó con el aval del Departamento de Estado yanqui para desestabilizar al país, siendo sus mayores acciones en este sentido el golpe de Estado del 11 de abril de 2002 y el sabotaje a PDVSA. Ambas acciones fueron derrotadas por la reacción popular y el apoyo decidido de las Fuerzas Armadas, sin embargo, no fueron aprovechadas por Chávez y los sectores revolucionarios para avanzar de manera resuelta en la profundización del proceso revolucionario bolivariano, lo que vino a propiciar un clima de rumores y guarimbas impune, con una secuela de dirigentes campesinos asesinados por los terratenientes opuestos a la aplicación de la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario.

            A pesar de ello, la oposición comenzó a fragmentarse entre quienes apostaban por una operación directa de Estados Unidos y quienes quisieron participar en la contienda electoral. Esto se vio claramente en la ocasión de las elecciones parlamentarias de diciembre pasado cuando la oposición decidió retirar a sus candidatos. El objetivo era demostrar que Chávez es un dictador arropado de legalidad democrática. Nuevamente los medios de comunicación arremetieron contra su gestión, destacando la ineficiencia, el nuevoriquismo y la corrupción exhibidos por sus seguidores en cargos de gobierno; preparando el terreno para que el descontento de los chavistas se tradujera en un masivo respaldo electoral a Manuel Rosales como abanderado opositor a la Presidencia. Quisieron crear una matriz de opinión respecto al fraude del cual serían víctimas el 3 de diciembre y de su derecho a exigir el poder, violencia y golpe de Estado de por medio, estimulados desde Washington, en un remedo de lo que ocurriera en Georgia y Ucrania.

            Aún así, pareciera vislumbrarse un golpe de timón en las filas oposicionistas, aceptando las reglas del juego democrático (aunque es muy prematuro para vaticinar que se mantendrán en esta línea de conducta); quizás aguardando el momento oportuno para reemprender la toma del poder, valorando que en el chavismo no todo es uniforme y, por el contrario, existe una pugna ideológica y política entre reformistas y revolucionarios que Chávez piensa conjurar con la constitución de un partido único o unitario, cuya esencia y postulados todos desconocen, sin abundar si el mismo será producto de un acuerdo entre las cúpulas partidistas o de la decisión de las bases militantes. Mientras tanto, los oposicionistas se atrevieron y, una vez más, perdieron, derrotados por el nivel de conciencia alcanzado por las masas populares y el carisma de Chávez.-

LA PRAXIS POLÍTICA DESDE ABAJO

LA PRAXIS POLÍTICA DESDE ABAJO

               Dos hechos históricos escenificados en nuestra América trastocaron los cánones revolucionarios normalmente aceptados: el primero de ellos, la insurgencia indígena-campesina de Chiapas bajo la orientación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en enero de 1994, y el segundo, la victoria electoral de Hugo Chávez en Venezuela, en 1998. Marcados por significativas diferencias, ambos acontecimientos obligaron a repensar todas las concepciones que se tenían por ciertas (y se tienen) respecto a las vías, las prácticas y los sujetos sociales que producirían la revolución. Especialmente cuando la Europa del llamado socialismo real dejara de existir y los apologistas del capitalismo neoliberal se apresuraron en anunciar el fin de la historia, con la imposición de un pensamiento único a nivel planetario, ondeado por Estados Unidos. Sin embargo, la Utopía -que se creía muerta- habría de renacer con fuerza en nuestra América, abriendo un abanico de posibilidades que aún se mantienen en expectativa y llenan de zozobra a las elites dominantes.            

             Lo relevante es que, en tales acontecimientos, los sectores sociales tradicionalmente excluidos tienen un papel activo. Más allá del proletariado, señalado siempre como el motor revolucionario por excelencia, estos sectores son los protagonistas de los cambios que sacuden la “pax americana”, formulándose -en consecuencia- una nueva praxis política desde abajo, haciendo obsoletos los paradigmas de la democracia representativa. En este caso, dicha praxis le plantea (de uno u otro modo) un conflicto al poder constituido, independientemente de si está o no ubicado del lado de las masas y de la revolución. El mismo podría definirse con el control del Estado, pero no es suficiente, dadas las características que éste posee, las cuales han sido enfrentadas por los pueblos, a través de distintas etapas de la historia, ya que limitan, subordinan y, finalmente, reprimen la exigencia de participación popular. Ello demanda crear, a su vez, una nueva cultura, esta vez revolucionaria, que le dé soporte al cambio estructural. No obstante, es de reconocerse que hasta algunos de los mismos revolucionarios en posiciones de gobierno en Venezuela (con sus debilidades ideológicas) se muestran remisos en concederle espacios propios al poder popular, actitud que recuerda mucho a la de sus antecesores reformistas, a pesar del impulso que quiere inyectarle el Presidente Chávez a los Consejos Comunales y otras expresiones organizativas populares. 

            La praxis política desde abajo, ejercitada diariamente y con nuevos objetivos por alcanzar, tendrá que desarticular, forzosamente, al Estado y sus agentes habituales. Al plantearse que el poder pasa a manos del pueblo, de entrada debe aceptarse igualmente la exigencia del cambio estructural, sin el cual todo intento revolucionario no pasaría de ser eso, sólo un intento. Tal cuestión envuelve, a su vez, el surgimiento de nuevos actores o sujetos sociales que asuman patrones de conducta solidarios, participativos y protagónicos, tornando el activismo político y comunitario en un parlamentarismo social que venza los obstáculos culturales, históricos, políticos, económicos, sociales y, hasta, militares que, secularmente, han frenado la instauración del poder popular. En este punto, Kléber Ramírez, combatiente revolucionario venezolano ya fallecido, expuso que “el nuevo Estado debe dirigir el desarrollo de la democracia de abajo hacia arriba, comenzando por hacer que todas las comunidades se hagan responsables de su propia gestión, eligiendo ellas mismas sus autoridades administrativas, elaborando y jerarquizando sus planes autogestionarios, en fin, desarrollando todo su potencial de responsabilidad”. Para ello es vital que se ejerza una contraloría social sin restricción legal alguna, de modo que le ponga cotos al burocratismo y a la ineficiencia administrativa y operacional de los gobiernos. Sólo así, esta praxis podrá trascender todo lo referente al viejo Estado, y principalmente a la democracia representativa burguesa, pero requirirá de una adecuada formación ideológica revolucionaria para sortear, con éxito, el accionar y la manera de pensar del reformismo.-  

SOCIALISMO SÍ, PERO SIN REFORMISMO

SOCIALISMO SÍ, PERO SIN REFORMISMO

               Aunque mucho se habla y se escribe respecto a lo que debiera constituir el proyecto y la experiencia del socialismo en el siglo XXI, se mantiene -con obstinada vigencia- la vieja creencia inducida por los sectores capitalistas de que las estructuras y las relaciones económicas y sus efectos perniciosos podrían aminorarse, suavizarse o, sencillamente, humanizarse con un poco de voluntad política. Esta creencia, aparentemente aceptada por todos, al mismo tiempo que está dirigida a mejorar los aspectos productivos propiamente dichos y el desarrollo económico en sí, supone saldar la prolongada deuda social adquirida con los generadores de riquezas, esto es, con la inmensa mayoría trabajadora. Obviamente, quienes son pasto de este efecto propagandístico al referirse al socialismo, tienen en cuenta las deficiencias democráticas habidas en la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), las cuales no marcharon al unísono con su alto desarrollo tecnológico, científico y militar, quedando en entredicho los logros económicos alcanzados. Esto hace que muchos oteen el horizonte con los mismos argumentos utilizados por los apologistas del capitalismo, en una especie de resignación aprendida, aun cuando dicho sistema esté dando muestras claras de estar padeciendo, esta vez de modo más marcado y, quizás, definitivo, una crisis estructural.

 

            Semejante visión reformista pasa por alto lo que es intrínsecamente inherente al capitalismo, esto es, la división y la lucha de clases existente durante siglos en la sociedad regida por dicho sistema. De ahí que cualquier noción de socialismo revolucionario tiene que enfrentar, forzosamente, este conflicto. Esto obliga a plantearse, desde todos los ángulos posibles, una producción teórica que dé cuenta de lo que es el capitalismo en el presente siglo para programarse, en primer lugar, su deslegitimación y, posteriormente, su total extinción. Para ello se precisa de unas herramientas similares a las utilizadas por los ideólogos revolucionarios socialistas del pasado, cuyos aportes sustentan parte de la propuesta actual del socialismo en el siglo XXI, el cual no puede soslayar (así se hable de cristianismo, de bolivarianismo o nada más de humanismo para diferenciarlo del llamado socialismo real implantado en la URSS) este legado y esta realidad contradictoria, por mucho que se quiera negarla. Mientras no sea aceptado como algo necesario, nunca podrá edificarse con solidez y posibilidades tal propuesta. 

 

            Por lo tanto, cualquier hibridación capitalista-socialista que se esboce, hasta la mejor intencionada, engendrará en su seno agudas contradicciones que la harán improbable, haciendo de ella un mero maquillaje del capitalismo. No obstante lo hecho a su favor en China y, ahora, en Vietnam, no existe todavía, de modo satisfactorio y contundente, una producción capitalista y una distribución socialista ejemplares. Según lo expresado por Agustín Calzadilla, sin “una verdadera revolución cultural y la subversión ideológica del sistema de valores capitalistas no podremos conquistar el socialismo, permaneceremos en el estrecho marco reformista, subordinados al capital”. Es requisito indispensable, por tanto, una ruptura radical con el modo de ser capitalista. No es, como algunos lo siguen creyendo (y algunos temiendo), decretar la estatificación de la economía, ni la justa distribución del producto social, al estilo populista. Se trata de crear un nuevo orden social, político y económico de signo distinto, orientado por los ideales de solidaridad, bien común, democracia consejista, igualdad, libertad, justicia y moral republicano, escenarios o conceptos prácticamente inexistentes en la sociedad actual.

               “En la medida en que el proletariado acoja en su seno -al decir de Engels, en su obra Situación de la Clase Obrera en Inglaterra (1844)- elementos socialistas y comunistas, justamente en esa medida, la revolución ahorrará sangre, venganza y furor”. Esto es perfectamente aplicable a la presente situación mundial cuando los pueblos han comprendido que el capitalismo les roba su dignidad, su paz y sus libertades democráticas, lo cual podría ser la primera avanzadilla de ese nuevo socialismo revolucionario que se busca construir, pero sin una visión reformista que lo haga inviable y lo despoje de verdadero contenido revolucionario y popular.- 

NECESIDAD DE UNA CONSTITUYENTE POPULAR EN VENEZUELA

NECESIDAD DE UNA CONSTITUYENTE POPULAR EN VENEZUELA

            Ahora que Hugo Chávez puso a correr a todos sus partidarios incrustados en las diferentes cúpulas partidistas (muchos de ellos afanados por posicionarse como garantes idóneos de esa transición al socialismo que aún no termina de cuajar) se impone una remezón histórica que sacuda todas las estructuras sobre las cuales se asienta la sociedad venezolana y se geste, en consecuencia, un poder constituyente popular totalmente inédito.            

           Aun cuando la propuesta de Chávez trata de unificar disímiles componentes y fuerzas ideológicas heterogéneas y, hasta, antagónicas, lo cierto es que la misma tiene que enraizarse, primero, en las conciencias de los millones de venezolanos que apoyamos el proceso revolucionario bolivariano. No es simplemente decretar una unidad que, al fin de un tiempo, se manifieste ficticia por ser producto de los intereses y de la conveniencia de unos cogollos que han violentado la voluntad popular al desconocer el ejercicio cotidiano de la democracia participativa y dificultar su avance, su organización autónoma y su nivel de conciencia revolucionaria. Por lo tanto, pareciera que los primeros interesados en abortar dicha propuesta son los mismos que hoy usufructúan el poder, situándose en el bando reformista.           

           Esta idea no es nada incompatible con la del partido único, o unitario, lanzada por Chávez. Al contrario, ella viene a complementar, desde abajo, y con una visión raigalmente transformadora, capaz de generar el cambio estructural requerido, la propuesta de una sola organización política que agrupe y adoctrine a todos los hombres y a todas las mujeres que deseen hacer la revolución en Venezuela. Esto implica no sólo estar de acuerdo en que ello ocurra así. Implica trabajar a tiempo completo para que el pueblo adopte como propia esa necesidad de organizarse para hacer avanzar el proceso bolivariano y dotarlo de las herramientas ideológicas que le permitan consolidarse, superando el Estado y la cultura reformista, heredados de adecos y copeyanos. Para lograrlo, hace falta que los sectores populares echen mano de los instrumentos jurídicos que les enuncian y les garantizan su papel soberano, participativo y protagónico, de modo que puedan prefigurar, incluso, la instauración de un tipo diferente de Estado, controlado por el pueblo, que solde la esfera política y la esfera económica, eliminando, así, la dicotomía impuesta por el capitalismo.           

            Se requiere, por tanto, capear las deficiencias de iniciativas y responsabilidad en las bases, ya que éstas diluyen en la nada el concepto y la vigencia de la democracia participativa y protagónica proyectada en la Constitución venezolana. Asimismo, esta constituyente popular demanda, de quienes deseen participar en ella, de una clara formación ideológica revolucionaria, centrada en lo que ha de ser el socialismo en el siglo XXI, y de un compromiso revolucionario no reñido con la ética, la humildad y la búsqueda del bien común. Esto exige una orientación dirigida, por supuesto, a construir el cambio estructural y a redefinir la realidad política, social y económica de la Venezuela del futuro.           

               La democracia de consejos y asambleas populares implícita en esta Constituyente Popular se inscribe en la necesidad de conjugar ampliamente las libertades civiles y la pluralidad en el pensamiento, con la suficiente independencia de la organización popular y las múltiples modalidades de acción las masas. Esta democracia, repitiendo lo dicho por Rosa Luxemburgo, resultaría “ser la base indispensable de la organización socialista”. Este sería el primer objetivo de esta Constituyente Popular: hacer posible la horizontalización del poder. En cuanto al partido único sugerido por Chávez, garantizaría evitar la entronización de una dictadura burocrática expropiadora del poder popular. Ambos asuntos tendrían que propiciarse simultáneamente, sin exclusión de uno o de otro, si se quiere realmente afianzar el proceso revolucionario bolivariano y adentrarlo en una nueva fase de definiciones.  Es imprescindible, entonces, abrir un debate democrático generalizado, que comprometa a todo el conglomerado social, sin temor a abarcar abiertamente aquellos temas que nos permitan construir una conciencia socialista, capaz de incentivar en todos la capacidad efectiva de decisión, de manera colectiva y desde abajo, que hagan insustancial cualquier delegación de poder en las instituciones políticas hasta ahora conocidas y, más bien al contrario, abran espacios a una renovación continua del ejercicio democrático a manos del pueblo.-

           

LA REVOLUCIÓN NO ES UN IMPOSIBLE

LA REVOLUCIÓN NO ES UN IMPOSIBLE
Ya Hugo Chávez tuvo ocasión de advertirlo el 19 de septiembre de 2005: “No habrá jamás socialismo verdadero si no tenemos moral socialista (…), hay que cambiar la mente, hacer el trabajo ideológico. A mí me ha pasado, de repente, creo que alguien es revolucionario de los más embraguetados y uno lo coloca en un cargo y, de repente, se vuelve loco, como se dice vulgarmente, no aguanta dos pedidas para embolsillarse unos millones y cambiar de estilo de vida”. Esta realidad innegable hace que alguna gente, consciente o no, sienta que la revolución es algo imposible de lograr en Venezuela, a pesar de los signos que evidencian que la misma tiende a afianzarse cada día más. Son pocos los chavistas (o chavecistas) que llegan a comprender que, si no se procede en lo inmediato a forjar una convicción revolucionaria acérrima, capaz de enfrentar y superar con éxito cualquier desviación ideológica reformista y cualquier tentación monetaria, de modo que se evite que la revolución bolivariana sea simple caricatura de revolución. Para hacerla posible, es necesario trascender el marco electoralista a que se nos está acostumbrando, repitiendo las mismas prácticas representativas y clientelares que caracterizaron y sustentaron a los partidos tradicionales de AD y COPEI.
Se requiere, por tanto, darle al proceso revolucionario bolivariano una debida orientación de carácter verdaderamente revolucionario, fomentando la formación ideológica, la movilización y la organización de las fuerzas populares, de manera que la democracia revolucionaria germine y se concrete, dándosele un sentido más práctico y menos discursivo. Es primordial que se entienda que el proceso revolucionario en Venezuela corre el riesgo de degenerar y revertirse, al igual que otros procesos que tuvieron lugar en el pasado en otras regiones del planeta, al dejarse a un lado la formación de una conciencia social y revolucionaria. A esta deficiencia crucial, contribuye enormemente el hecho de que algunas de las principales organizaciones partidistas que apoyan al Presidente Chávez repiten el sectarismo y la prepotencia de sus viejos antecesores en el poder, aparte de la exclusión sistemática practicada de sus bases militantes en la toma de decisiones, imposibilitando el aprendizaje y el ejercicio de la democracia participativa y protagónica entre las mismas. Con ello se ha perpetuado una cogollocracia que, finalmente, reaccionará contra el mismo Chávez y el proceso revolucionario que dicen defender, una vez que sientan peligrar sus nuevos privilegios cuando las masas populares exijan el espacio que les corresponde ocupar por mandato constitucional. En este caso, coincidiendo con Eduardo Galeano, vale decir que “el ejercicio democrático ha estado muy limitado a las ceremonias formales de la democracia. Cuesta mucho identificarse con esto, entender que el voto implica algo más que el momento en el que se deposita un papelito en una urna, entender que ésta no es una misa sin Dios, que la democracia tiene un contenido. Y ese contenido se lo da la gente, se lo da el pueblo que participa. Y si el pueblo no está, no hay democracia. Y ése es un proceso difícil, complejo”.
Así, se termina por usurpar la soberanía popular y, aunque se hable de revolución, se cae en el reformismo que es la negación de toda revolución, puesto que desconoce el papel fundamental a cumplir por las masas populares y el cambio estructural, profundo y definitivo, que debe producirse. Esto facilita, por otra parte, que haya una proliferación exagerada de organizaciones nominalmente revolucionarias enfrentadas entre sí por una cuota de poder, pero casi ninguna ocupada en constituir una vanguardia efectivamente popular y revolucionaria, lo cual representa, a la larga, un obstáculo, ya que impone el sectarismo y reduce una visión unitaria del proceso bolivariano. Aún así, la revolución no es una cuestión imposible de hacer. El hecho mismo que, desde el 27 de febrero de 1989, por citar una fecha específica, el pueblo de Venezuela se mantenga en lucha ascendente, queriendo construir su propio porvenir, en una acumulación de fuerzas similar, pero con mayor determinación, a la vivida durante los años sesenta y parte de los setenta en el siglo pasado; es prueba irrefutable de que ello es así. La presente coyuntura electoral presidencial puede representar la oportunidad de oro para que se desaten esos poderes creadores del pueblo de los que hablara el poeta Aquiles Nazoa, los cuales, en conjunción con la visión estratégica manejada por Chávez, harán irreversible la revolución venezolana, propiciándose, al mismo tiempo, las condiciones ideales para que la propuesta del socialismo en el siglo XXI sea una alternativa revolucionaria viable frente al capitalismo enajenante y depredador.-

REVOLUCIÓN Y REVOLUCIONARISMO

             En términos generales, existe en Venezuela la presunción –legítima, por demás- que el proceso revolucionario bolivariano es una realidad consolidada. Su origen parte de la idea, común en muchos, que sólo basta con que Hugo Chávez siga ejerciendo la Presidencia de la República y se aumenten los diversos beneficios socio-económicos patrocinados por su gobierno en pro de los sectores populares secularmente excluidos. Esto facilita que se presenten algunas grietas en el ánimo de algunas personas que bien pudieran ser aprovechados por los grupos minoritarios oposicionistas en su empeño permanente por acabar con el proceso bolivariano. En esta dirección, mucha gente (habituada a recoger los frutos del clientelismo político practicado durante las cuatro décadas de hegemonismo adeco-copeyano) se ve frustrada y resentida porque los nuevos jerifaltes políticos siguen utilizándola en época electoral y, más tarde, los relegan, dejándolos a la intemperie.   

         Tal situación hace que, tanto el concepto como la práctica revolucionaria, permanezcan en un prolongado estado larvario, apenas boceteados. Muy pocos alcanzan a comprender, al decir de Kléber Ramírez en su libro Venezuela: La IV República, que “no se trata de tomar el poder, se trata de hacer poder desde ya, ahora, contrahegemónicamente como estrategia y ello es una estrategia práctica política nueva, diversa, creadora y activadora”. Para una porción de los muchísimos seguidores de Chávez esto es algo muy complicado y, hasta, estéril, con escasos resultados, aunque admiten que podrá lograrse en un tiempo futuro, no inmediato, lo cual es un contrasentido si hablamos de revolución. En su lugar, ganados por el pragmatismo reformista, trabajan por mejoras parciales, pero sin que ello signifique cercanamente una revolución popular y, menos, una revolución socialista, ya que su interés primordial descansa en satisfacer las demandas populares largamente postergadas. Es lo que podríamos catalogar de revolucionarismo: revolucionarios en el discurso, conservadores en la acción. Esto, más que el imperialismo gringo y las manipulaciones mediáticas de los grupos reaccionarios internos, representa una verdadera amenaza para el proceso revolucionario, ya que es producto o manifestación de la vieja conciencia política desideologizada inducida e impuesta por los sectores dominantes del pasado puntofijista, y que no deja de aflorar en las diferentes instancias gubernamentales así se llamen bolivarianas o revolucionarias, haciendo más difícil (por no decir que imposible) el tránsito a la sociedad de nuevo tipo que se pretende erigir en Venezuela.     

       Al mismo tiempo, se observa que otros se afanan (aunque sea en tertulias que no tienen su contrapartida práctica) en que el proceso revolucionario venezolano sea paradigma de la revolución mundial. Cuestionan que éste viva una particularidad inédita y esté caracterizado por una heterogeneidad ideológica perjudicial, que no ayuda a definirlo conceptualmente. “Aquellos que esperan ver una revolución social “pura” –diría Lenin- nunca vivirán para verla. Esas personas prestan un flaco servicio a la Revolución al no comprender qué es una revolución”. A pesar de ello, otros se preocupan de tratar de cimentar lo alcanzado hasta ahora, seguros de la inevitabilidad de la revolución en Venezuela, no obstante hallarse en desventaja respecto a quienes ocupan puestos de dirección y a quienes les disputan tales puestos, sin que ello sea indicio alguno de tratar de trascender el marco reformista en que se halla el proceso bolivariano. Su desventaja se produce, entre tantas otras causas, gracias a la dispersión y a la falta de organización de muchos de los revolucionarios, al no saber ocupar los espacios que aquellos han descuidado por su interés en usufructuar, nada más, el poder y en no elaborar una teoría revolucionaria sustentable que le dé vida a sus planteamientos entre las masas populares. Si se consiguiera disminuir esta desventaja cada día, es inevitable que el revolucionarismo ahora dominante termine por ser desplazado, definitivamente, por la Revolución.-