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LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA

SE ATREVIERON... Y PERDIERON

SE ATREVIERON... Y PERDIERON

Desde el momento mismo que Hugo Chávez Frías vino a animar las esperanzas del pueblo venezolano, se activó una serie de acciones (la mayoría, teniendo a los grandes medios de comunicación como sus máximos exponentes) dirigidas a evitar el huracán revolucionario que podría desatarse con él en la Presidencia de la República. Sin embargo, la mayoría del pueblo venezolano, desasistido durante décadas por los sucesivos gobiernos reformistas de turno, optó por el Comandante militar que asumió la responsabilidad de la intentona golpista cívico-militar del 4 de febrero de 1992, sin atender a los cantos de sirena provenientes de quienes siempre les manipularon desde 1958. Se comenzó a hablar de castro-comunismo y de dictadura, conceptos desconocidos para las nuevas generaciones, pero que lograron aglutinar a sectores de la clase media, más sensibles a la posible pérdida de sus posesiones materiales que aquellos pertenecientes a las clases bajas mayoritarias.

            De entrada, los oposicionistas colmaron radio, prensa y televisión tratando de enajenar la mente de los venezolanos, haciéndole creer que Chávez estaba conectado con Al Qaeda y los grupos insurgentes de Colombia, percibidos como terroristas y bandoleros, que recibía órdenes de Fidel Castro, que regala el petróleo sin beneficio para el país y, en fin, todo aquello que pudiera inducir un cambio en la simpatía del pueblo hacia el Presidente bolivariano. Todo esto se conjugó con las inquietudes mostradas por el gobierno de Estados Unidos, sobre todo, al oponerse Chávez al ALCA y fomentar cambios en las relaciones de éstos con nuestra América. Pronto, la oposición reaccionaria contó con el aval del Departamento de Estado yanqui para desestabilizar al país, siendo sus mayores acciones en este sentido el golpe de Estado del 11 de abril de 2002 y el sabotaje a PDVSA. Ambas acciones fueron derrotadas por la reacción popular y el apoyo decidido de las Fuerzas Armadas, sin embargo, no fueron aprovechadas por Chávez y los sectores revolucionarios para avanzar de manera resuelta en la profundización del proceso revolucionario bolivariano, lo que vino a propiciar un clima de rumores y guarimbas impune, con una secuela de dirigentes campesinos asesinados por los terratenientes opuestos a la aplicación de la Ley de Tierras y Desarrollo Agrario.

            A pesar de ello, la oposición comenzó a fragmentarse entre quienes apostaban por una operación directa de Estados Unidos y quienes quisieron participar en la contienda electoral. Esto se vio claramente en la ocasión de las elecciones parlamentarias de diciembre pasado cuando la oposición decidió retirar a sus candidatos. El objetivo era demostrar que Chávez es un dictador arropado de legalidad democrática. Nuevamente los medios de comunicación arremetieron contra su gestión, destacando la ineficiencia, el nuevoriquismo y la corrupción exhibidos por sus seguidores en cargos de gobierno; preparando el terreno para que el descontento de los chavistas se tradujera en un masivo respaldo electoral a Manuel Rosales como abanderado opositor a la Presidencia. Quisieron crear una matriz de opinión respecto al fraude del cual serían víctimas el 3 de diciembre y de su derecho a exigir el poder, violencia y golpe de Estado de por medio, estimulados desde Washington, en un remedo de lo que ocurriera en Georgia y Ucrania.

            Aún así, pareciera vislumbrarse un golpe de timón en las filas oposicionistas, aceptando las reglas del juego democrático (aunque es muy prematuro para vaticinar que se mantendrán en esta línea de conducta); quizás aguardando el momento oportuno para reemprender la toma del poder, valorando que en el chavismo no todo es uniforme y, por el contrario, existe una pugna ideológica y política entre reformistas y revolucionarios que Chávez piensa conjurar con la constitución de un partido único o unitario, cuya esencia y postulados todos desconocen, sin abundar si el mismo será producto de un acuerdo entre las cúpulas partidistas o de la decisión de las bases militantes. Mientras tanto, los oposicionistas se atrevieron y, una vez más, perdieron, derrotados por el nivel de conciencia alcanzado por las masas populares y el carisma de Chávez.-

LA PRAXIS POLÍTICA DESDE ABAJO

LA PRAXIS POLÍTICA DESDE ABAJO

               Dos hechos históricos escenificados en nuestra América trastocaron los cánones revolucionarios normalmente aceptados: el primero de ellos, la insurgencia indígena-campesina de Chiapas bajo la orientación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en enero de 1994, y el segundo, la victoria electoral de Hugo Chávez en Venezuela, en 1998. Marcados por significativas diferencias, ambos acontecimientos obligaron a repensar todas las concepciones que se tenían por ciertas (y se tienen) respecto a las vías, las prácticas y los sujetos sociales que producirían la revolución. Especialmente cuando la Europa del llamado socialismo real dejara de existir y los apologistas del capitalismo neoliberal se apresuraron en anunciar el fin de la historia, con la imposición de un pensamiento único a nivel planetario, ondeado por Estados Unidos. Sin embargo, la Utopía -que se creía muerta- habría de renacer con fuerza en nuestra América, abriendo un abanico de posibilidades que aún se mantienen en expectativa y llenan de zozobra a las elites dominantes.            

             Lo relevante es que, en tales acontecimientos, los sectores sociales tradicionalmente excluidos tienen un papel activo. Más allá del proletariado, señalado siempre como el motor revolucionario por excelencia, estos sectores son los protagonistas de los cambios que sacuden la “pax americana”, formulándose -en consecuencia- una nueva praxis política desde abajo, haciendo obsoletos los paradigmas de la democracia representativa. En este caso, dicha praxis le plantea (de uno u otro modo) un conflicto al poder constituido, independientemente de si está o no ubicado del lado de las masas y de la revolución. El mismo podría definirse con el control del Estado, pero no es suficiente, dadas las características que éste posee, las cuales han sido enfrentadas por los pueblos, a través de distintas etapas de la historia, ya que limitan, subordinan y, finalmente, reprimen la exigencia de participación popular. Ello demanda crear, a su vez, una nueva cultura, esta vez revolucionaria, que le dé soporte al cambio estructural. No obstante, es de reconocerse que hasta algunos de los mismos revolucionarios en posiciones de gobierno en Venezuela (con sus debilidades ideológicas) se muestran remisos en concederle espacios propios al poder popular, actitud que recuerda mucho a la de sus antecesores reformistas, a pesar del impulso que quiere inyectarle el Presidente Chávez a los Consejos Comunales y otras expresiones organizativas populares. 

            La praxis política desde abajo, ejercitada diariamente y con nuevos objetivos por alcanzar, tendrá que desarticular, forzosamente, al Estado y sus agentes habituales. Al plantearse que el poder pasa a manos del pueblo, de entrada debe aceptarse igualmente la exigencia del cambio estructural, sin el cual todo intento revolucionario no pasaría de ser eso, sólo un intento. Tal cuestión envuelve, a su vez, el surgimiento de nuevos actores o sujetos sociales que asuman patrones de conducta solidarios, participativos y protagónicos, tornando el activismo político y comunitario en un parlamentarismo social que venza los obstáculos culturales, históricos, políticos, económicos, sociales y, hasta, militares que, secularmente, han frenado la instauración del poder popular. En este punto, Kléber Ramírez, combatiente revolucionario venezolano ya fallecido, expuso que “el nuevo Estado debe dirigir el desarrollo de la democracia de abajo hacia arriba, comenzando por hacer que todas las comunidades se hagan responsables de su propia gestión, eligiendo ellas mismas sus autoridades administrativas, elaborando y jerarquizando sus planes autogestionarios, en fin, desarrollando todo su potencial de responsabilidad”. Para ello es vital que se ejerza una contraloría social sin restricción legal alguna, de modo que le ponga cotos al burocratismo y a la ineficiencia administrativa y operacional de los gobiernos. Sólo así, esta praxis podrá trascender todo lo referente al viejo Estado, y principalmente a la democracia representativa burguesa, pero requirirá de una adecuada formación ideológica revolucionaria para sortear, con éxito, el accionar y la manera de pensar del reformismo.-  

SOCIALISMO SÍ, PERO SIN REFORMISMO

SOCIALISMO SÍ, PERO SIN REFORMISMO

               Aunque mucho se habla y se escribe respecto a lo que debiera constituir el proyecto y la experiencia del socialismo en el siglo XXI, se mantiene -con obstinada vigencia- la vieja creencia inducida por los sectores capitalistas de que las estructuras y las relaciones económicas y sus efectos perniciosos podrían aminorarse, suavizarse o, sencillamente, humanizarse con un poco de voluntad política. Esta creencia, aparentemente aceptada por todos, al mismo tiempo que está dirigida a mejorar los aspectos productivos propiamente dichos y el desarrollo económico en sí, supone saldar la prolongada deuda social adquirida con los generadores de riquezas, esto es, con la inmensa mayoría trabajadora. Obviamente, quienes son pasto de este efecto propagandístico al referirse al socialismo, tienen en cuenta las deficiencias democráticas habidas en la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), las cuales no marcharon al unísono con su alto desarrollo tecnológico, científico y militar, quedando en entredicho los logros económicos alcanzados. Esto hace que muchos oteen el horizonte con los mismos argumentos utilizados por los apologistas del capitalismo, en una especie de resignación aprendida, aun cuando dicho sistema esté dando muestras claras de estar padeciendo, esta vez de modo más marcado y, quizás, definitivo, una crisis estructural.

 

            Semejante visión reformista pasa por alto lo que es intrínsecamente inherente al capitalismo, esto es, la división y la lucha de clases existente durante siglos en la sociedad regida por dicho sistema. De ahí que cualquier noción de socialismo revolucionario tiene que enfrentar, forzosamente, este conflicto. Esto obliga a plantearse, desde todos los ángulos posibles, una producción teórica que dé cuenta de lo que es el capitalismo en el presente siglo para programarse, en primer lugar, su deslegitimación y, posteriormente, su total extinción. Para ello se precisa de unas herramientas similares a las utilizadas por los ideólogos revolucionarios socialistas del pasado, cuyos aportes sustentan parte de la propuesta actual del socialismo en el siglo XXI, el cual no puede soslayar (así se hable de cristianismo, de bolivarianismo o nada más de humanismo para diferenciarlo del llamado socialismo real implantado en la URSS) este legado y esta realidad contradictoria, por mucho que se quiera negarla. Mientras no sea aceptado como algo necesario, nunca podrá edificarse con solidez y posibilidades tal propuesta. 

 

            Por lo tanto, cualquier hibridación capitalista-socialista que se esboce, hasta la mejor intencionada, engendrará en su seno agudas contradicciones que la harán improbable, haciendo de ella un mero maquillaje del capitalismo. No obstante lo hecho a su favor en China y, ahora, en Vietnam, no existe todavía, de modo satisfactorio y contundente, una producción capitalista y una distribución socialista ejemplares. Según lo expresado por Agustín Calzadilla, sin “una verdadera revolución cultural y la subversión ideológica del sistema de valores capitalistas no podremos conquistar el socialismo, permaneceremos en el estrecho marco reformista, subordinados al capital”. Es requisito indispensable, por tanto, una ruptura radical con el modo de ser capitalista. No es, como algunos lo siguen creyendo (y algunos temiendo), decretar la estatificación de la economía, ni la justa distribución del producto social, al estilo populista. Se trata de crear un nuevo orden social, político y económico de signo distinto, orientado por los ideales de solidaridad, bien común, democracia consejista, igualdad, libertad, justicia y moral republicano, escenarios o conceptos prácticamente inexistentes en la sociedad actual.

               “En la medida en que el proletariado acoja en su seno -al decir de Engels, en su obra Situación de la Clase Obrera en Inglaterra (1844)- elementos socialistas y comunistas, justamente en esa medida, la revolución ahorrará sangre, venganza y furor”. Esto es perfectamente aplicable a la presente situación mundial cuando los pueblos han comprendido que el capitalismo les roba su dignidad, su paz y sus libertades democráticas, lo cual podría ser la primera avanzadilla de ese nuevo socialismo revolucionario que se busca construir, pero sin una visión reformista que lo haga inviable y lo despoje de verdadero contenido revolucionario y popular.- 

NECESIDAD DE UNA CONSTITUYENTE POPULAR EN VENEZUELA

NECESIDAD DE UNA CONSTITUYENTE POPULAR EN VENEZUELA

            Ahora que Hugo Chávez puso a correr a todos sus partidarios incrustados en las diferentes cúpulas partidistas (muchos de ellos afanados por posicionarse como garantes idóneos de esa transición al socialismo que aún no termina de cuajar) se impone una remezón histórica que sacuda todas las estructuras sobre las cuales se asienta la sociedad venezolana y se geste, en consecuencia, un poder constituyente popular totalmente inédito.            

           Aun cuando la propuesta de Chávez trata de unificar disímiles componentes y fuerzas ideológicas heterogéneas y, hasta, antagónicas, lo cierto es que la misma tiene que enraizarse, primero, en las conciencias de los millones de venezolanos que apoyamos el proceso revolucionario bolivariano. No es simplemente decretar una unidad que, al fin de un tiempo, se manifieste ficticia por ser producto de los intereses y de la conveniencia de unos cogollos que han violentado la voluntad popular al desconocer el ejercicio cotidiano de la democracia participativa y dificultar su avance, su organización autónoma y su nivel de conciencia revolucionaria. Por lo tanto, pareciera que los primeros interesados en abortar dicha propuesta son los mismos que hoy usufructúan el poder, situándose en el bando reformista.           

           Esta idea no es nada incompatible con la del partido único, o unitario, lanzada por Chávez. Al contrario, ella viene a complementar, desde abajo, y con una visión raigalmente transformadora, capaz de generar el cambio estructural requerido, la propuesta de una sola organización política que agrupe y adoctrine a todos los hombres y a todas las mujeres que deseen hacer la revolución en Venezuela. Esto implica no sólo estar de acuerdo en que ello ocurra así. Implica trabajar a tiempo completo para que el pueblo adopte como propia esa necesidad de organizarse para hacer avanzar el proceso bolivariano y dotarlo de las herramientas ideológicas que le permitan consolidarse, superando el Estado y la cultura reformista, heredados de adecos y copeyanos. Para lograrlo, hace falta que los sectores populares echen mano de los instrumentos jurídicos que les enuncian y les garantizan su papel soberano, participativo y protagónico, de modo que puedan prefigurar, incluso, la instauración de un tipo diferente de Estado, controlado por el pueblo, que solde la esfera política y la esfera económica, eliminando, así, la dicotomía impuesta por el capitalismo.           

            Se requiere, por tanto, capear las deficiencias de iniciativas y responsabilidad en las bases, ya que éstas diluyen en la nada el concepto y la vigencia de la democracia participativa y protagónica proyectada en la Constitución venezolana. Asimismo, esta constituyente popular demanda, de quienes deseen participar en ella, de una clara formación ideológica revolucionaria, centrada en lo que ha de ser el socialismo en el siglo XXI, y de un compromiso revolucionario no reñido con la ética, la humildad y la búsqueda del bien común. Esto exige una orientación dirigida, por supuesto, a construir el cambio estructural y a redefinir la realidad política, social y económica de la Venezuela del futuro.           

               La democracia de consejos y asambleas populares implícita en esta Constituyente Popular se inscribe en la necesidad de conjugar ampliamente las libertades civiles y la pluralidad en el pensamiento, con la suficiente independencia de la organización popular y las múltiples modalidades de acción las masas. Esta democracia, repitiendo lo dicho por Rosa Luxemburgo, resultaría “ser la base indispensable de la organización socialista”. Este sería el primer objetivo de esta Constituyente Popular: hacer posible la horizontalización del poder. En cuanto al partido único sugerido por Chávez, garantizaría evitar la entronización de una dictadura burocrática expropiadora del poder popular. Ambos asuntos tendrían que propiciarse simultáneamente, sin exclusión de uno o de otro, si se quiere realmente afianzar el proceso revolucionario bolivariano y adentrarlo en una nueva fase de definiciones.  Es imprescindible, entonces, abrir un debate democrático generalizado, que comprometa a todo el conglomerado social, sin temor a abarcar abiertamente aquellos temas que nos permitan construir una conciencia socialista, capaz de incentivar en todos la capacidad efectiva de decisión, de manera colectiva y desde abajo, que hagan insustancial cualquier delegación de poder en las instituciones políticas hasta ahora conocidas y, más bien al contrario, abran espacios a una renovación continua del ejercicio democrático a manos del pueblo.-

           

LA REVOLUCIÓN NO ES UN IMPOSIBLE

LA REVOLUCIÓN NO ES UN IMPOSIBLE
Ya Hugo Chávez tuvo ocasión de advertirlo el 19 de septiembre de 2005: “No habrá jamás socialismo verdadero si no tenemos moral socialista (…), hay que cambiar la mente, hacer el trabajo ideológico. A mí me ha pasado, de repente, creo que alguien es revolucionario de los más embraguetados y uno lo coloca en un cargo y, de repente, se vuelve loco, como se dice vulgarmente, no aguanta dos pedidas para embolsillarse unos millones y cambiar de estilo de vida”. Esta realidad innegable hace que alguna gente, consciente o no, sienta que la revolución es algo imposible de lograr en Venezuela, a pesar de los signos que evidencian que la misma tiende a afianzarse cada día más. Son pocos los chavistas (o chavecistas) que llegan a comprender que, si no se procede en lo inmediato a forjar una convicción revolucionaria acérrima, capaz de enfrentar y superar con éxito cualquier desviación ideológica reformista y cualquier tentación monetaria, de modo que se evite que la revolución bolivariana sea simple caricatura de revolución. Para hacerla posible, es necesario trascender el marco electoralista a que se nos está acostumbrando, repitiendo las mismas prácticas representativas y clientelares que caracterizaron y sustentaron a los partidos tradicionales de AD y COPEI.
Se requiere, por tanto, darle al proceso revolucionario bolivariano una debida orientación de carácter verdaderamente revolucionario, fomentando la formación ideológica, la movilización y la organización de las fuerzas populares, de manera que la democracia revolucionaria germine y se concrete, dándosele un sentido más práctico y menos discursivo. Es primordial que se entienda que el proceso revolucionario en Venezuela corre el riesgo de degenerar y revertirse, al igual que otros procesos que tuvieron lugar en el pasado en otras regiones del planeta, al dejarse a un lado la formación de una conciencia social y revolucionaria. A esta deficiencia crucial, contribuye enormemente el hecho de que algunas de las principales organizaciones partidistas que apoyan al Presidente Chávez repiten el sectarismo y la prepotencia de sus viejos antecesores en el poder, aparte de la exclusión sistemática practicada de sus bases militantes en la toma de decisiones, imposibilitando el aprendizaje y el ejercicio de la democracia participativa y protagónica entre las mismas. Con ello se ha perpetuado una cogollocracia que, finalmente, reaccionará contra el mismo Chávez y el proceso revolucionario que dicen defender, una vez que sientan peligrar sus nuevos privilegios cuando las masas populares exijan el espacio que les corresponde ocupar por mandato constitucional. En este caso, coincidiendo con Eduardo Galeano, vale decir que “el ejercicio democrático ha estado muy limitado a las ceremonias formales de la democracia. Cuesta mucho identificarse con esto, entender que el voto implica algo más que el momento en el que se deposita un papelito en una urna, entender que ésta no es una misa sin Dios, que la democracia tiene un contenido. Y ese contenido se lo da la gente, se lo da el pueblo que participa. Y si el pueblo no está, no hay democracia. Y ése es un proceso difícil, complejo”.
Así, se termina por usurpar la soberanía popular y, aunque se hable de revolución, se cae en el reformismo que es la negación de toda revolución, puesto que desconoce el papel fundamental a cumplir por las masas populares y el cambio estructural, profundo y definitivo, que debe producirse. Esto facilita, por otra parte, que haya una proliferación exagerada de organizaciones nominalmente revolucionarias enfrentadas entre sí por una cuota de poder, pero casi ninguna ocupada en constituir una vanguardia efectivamente popular y revolucionaria, lo cual representa, a la larga, un obstáculo, ya que impone el sectarismo y reduce una visión unitaria del proceso bolivariano. Aún así, la revolución no es una cuestión imposible de hacer. El hecho mismo que, desde el 27 de febrero de 1989, por citar una fecha específica, el pueblo de Venezuela se mantenga en lucha ascendente, queriendo construir su propio porvenir, en una acumulación de fuerzas similar, pero con mayor determinación, a la vivida durante los años sesenta y parte de los setenta en el siglo pasado; es prueba irrefutable de que ello es así. La presente coyuntura electoral presidencial puede representar la oportunidad de oro para que se desaten esos poderes creadores del pueblo de los que hablara el poeta Aquiles Nazoa, los cuales, en conjunción con la visión estratégica manejada por Chávez, harán irreversible la revolución venezolana, propiciándose, al mismo tiempo, las condiciones ideales para que la propuesta del socialismo en el siglo XXI sea una alternativa revolucionaria viable frente al capitalismo enajenante y depredador.-

REVOLUCIÓN Y REVOLUCIONARISMO

             En términos generales, existe en Venezuela la presunción –legítima, por demás- que el proceso revolucionario bolivariano es una realidad consolidada. Su origen parte de la idea, común en muchos, que sólo basta con que Hugo Chávez siga ejerciendo la Presidencia de la República y se aumenten los diversos beneficios socio-económicos patrocinados por su gobierno en pro de los sectores populares secularmente excluidos. Esto facilita que se presenten algunas grietas en el ánimo de algunas personas que bien pudieran ser aprovechados por los grupos minoritarios oposicionistas en su empeño permanente por acabar con el proceso bolivariano. En esta dirección, mucha gente (habituada a recoger los frutos del clientelismo político practicado durante las cuatro décadas de hegemonismo adeco-copeyano) se ve frustrada y resentida porque los nuevos jerifaltes políticos siguen utilizándola en época electoral y, más tarde, los relegan, dejándolos a la intemperie.   

         Tal situación hace que, tanto el concepto como la práctica revolucionaria, permanezcan en un prolongado estado larvario, apenas boceteados. Muy pocos alcanzan a comprender, al decir de Kléber Ramírez en su libro Venezuela: La IV República, que “no se trata de tomar el poder, se trata de hacer poder desde ya, ahora, contrahegemónicamente como estrategia y ello es una estrategia práctica política nueva, diversa, creadora y activadora”. Para una porción de los muchísimos seguidores de Chávez esto es algo muy complicado y, hasta, estéril, con escasos resultados, aunque admiten que podrá lograrse en un tiempo futuro, no inmediato, lo cual es un contrasentido si hablamos de revolución. En su lugar, ganados por el pragmatismo reformista, trabajan por mejoras parciales, pero sin que ello signifique cercanamente una revolución popular y, menos, una revolución socialista, ya que su interés primordial descansa en satisfacer las demandas populares largamente postergadas. Es lo que podríamos catalogar de revolucionarismo: revolucionarios en el discurso, conservadores en la acción. Esto, más que el imperialismo gringo y las manipulaciones mediáticas de los grupos reaccionarios internos, representa una verdadera amenaza para el proceso revolucionario, ya que es producto o manifestación de la vieja conciencia política desideologizada inducida e impuesta por los sectores dominantes del pasado puntofijista, y que no deja de aflorar en las diferentes instancias gubernamentales así se llamen bolivarianas o revolucionarias, haciendo más difícil (por no decir que imposible) el tránsito a la sociedad de nuevo tipo que se pretende erigir en Venezuela.     

       Al mismo tiempo, se observa que otros se afanan (aunque sea en tertulias que no tienen su contrapartida práctica) en que el proceso revolucionario venezolano sea paradigma de la revolución mundial. Cuestionan que éste viva una particularidad inédita y esté caracterizado por una heterogeneidad ideológica perjudicial, que no ayuda a definirlo conceptualmente. “Aquellos que esperan ver una revolución social “pura” –diría Lenin- nunca vivirán para verla. Esas personas prestan un flaco servicio a la Revolución al no comprender qué es una revolución”. A pesar de ello, otros se preocupan de tratar de cimentar lo alcanzado hasta ahora, seguros de la inevitabilidad de la revolución en Venezuela, no obstante hallarse en desventaja respecto a quienes ocupan puestos de dirección y a quienes les disputan tales puestos, sin que ello sea indicio alguno de tratar de trascender el marco reformista en que se halla el proceso bolivariano. Su desventaja se produce, entre tantas otras causas, gracias a la dispersión y a la falta de organización de muchos de los revolucionarios, al no saber ocupar los espacios que aquellos han descuidado por su interés en usufructuar, nada más, el poder y en no elaborar una teoría revolucionaria sustentable que le dé vida a sus planteamientos entre las masas populares. Si se consiguiera disminuir esta desventaja cada día, es inevitable que el revolucionarismo ahora dominante termine por ser desplazado, definitivamente, por la Revolución.-                 

LA LECCIÓN DE FABRICIO

LA LECCIÓN DE FABRICIO
Maestro, periodista y guerrillero, Fabricio Ojeda representa uno de los mayores iconos de la lucha revolucionaria venezolana. Su asesinato (presentado como suicidio por el gobierno de AD) en los calabozos del Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA) el 21 de junio de 1966, evidencia el desprecio a la vida y a la pluralidad democrática que caracterizó a quienes ejercían el poder entonces. Presidente de la Junta Patriótica, ente integrador, por encima de intereses particulares e ideológicos, de las diversas fuerzas opositoras al régimen del General Marcos Pérez Jiménez, y electo Diputado al Congreso Nacional, representando a la Unión Republicana Democrática (URD); decide emprender la lucha guerrillera, siendo uno de los fundadores de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), constituidas formalmente el 1º de enero de 1963 (al agruparse el “Frente José Leonardo Chirinos” –con Douglas Bravo y Elías Manuitt Camero–, el “Movimiento 2 de Junio” –con el Comandante Manuel Ponte Rodríguez y el Capitán Pedro Medina Silva–, la “Unión Cívico Militar” –con el Teniente Coronel Juan de Dios Moncada Vidal y el Comandante Manuel Azuaje–, el “Movimiento 4 de Mayo” –con el Capitán Jesús Teodoro Molina y el Comandante Pedro Vargas Castellón– y el “Comando Nacional de Guerrilla”). En las guerrillas alcanza el grado de Comandante y preside el Frente de Liberación Nacional (FLN) en el “distrito Argimiro Gabaldón”. Como justificación, escribe en su carta de renuncia al Congreso del 30 de junio de 1962: “Nuestra decisión de incorporarnos a los estudiantes, obreros y campesinos que hacen la guerra de guerrillas en Falcón, Portuguesa, Mérida, Zulia, Yaracuy, obligados por la brutal represión del gobierno que amenaza con la muerte, la tortura y la cárcel a quienes se oponen a sus designios, obedece a la firme convicción de que la política de las camarillas que ejercen hoy el Poder no muestran ningún ánimo para dar soluciones a la crisis política venezolana a través del dialogo y la senda electoral”. Dejaba a un lado la vida de comodidades y de complicidades que le brindaba ser uno de los personajes de relevancia política del país para asumir la azarosa vida del guerrillero. Algo que pocos harían en la vida, a excepción del Che Guevara y otros de no menor importancia.
Estaba en plena vigencia el Pacto de Punto Fijo, suscrito inicialmente en Nueva York el 20 de enero de 1958 (en presencia de Maurice Bergbaum, Jefe de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado de los Estados Unidos) por Rómulo Betancourt (AD), Rafael Caldera (COPEI) y Jóvito Villalba (URD), mediante el cual estos tres partidos sellaban su solidaridad frente a la dictadura, pero excluyendo, de paso, al Partido Comunista de Venezuela que también la combatiera activamente; este pacto fue reafirmado el 31 de octubre de 1958 en la residencia de Rafael Caldera (llamada Punto Fijo), comprometiéndose todos a respetar el resultado electoral y a establecer un gobierno de unidad nacional. Con tales antecedentes, se implanta en Venezuela un sistema en el que las mayorías populares son sometidas sistemáticamente a condiciones de dependencia, pobreza y represión, siendo usurpados sus derechos democráticos, en connivencia con el imperialismo yanqui, quien les ayudaría solícitamente a perfeccionar los métodos represivos y de desaparición de dirigentes populares considerados inconvenientes o, simplemente, enemigos del sistema democrático. En este marco, Fabricio Ojeda es cuando presenta su renuncia a la curul ocupada en el Congreso. “Estoy consciente –expresa- de lo que esta decisión implica, de los riesgos, peligros y sacrificios que ella conlleva; pero no otro puede ser el camino de un revolucionario verdadero. (…) Si muero no importa, otros vendrán detrás que recogerán nuestro fusil y nuestra bandera para continuar con dignidad lo que es ideal y saber de nuestro pueblo. ¡Abajo las cadenas! ¡Muera la opresión! ¡Por la Patria y por el Pueblo! ¡Viva la Revolución!”. 
Fabricio Ojeda no eludió nunca su responsabilidad combatiente. Para él,  revolucionario comprometido, “Cada combatiente de la Guerra del Pueblo debe estar imbuido de esta idea: sólo la lucha diaria, constante y sistemática en todos los terrenos, podrá conducir a la victoria." Su vida constituye parte de una lección por aprender para quienes luchan por hacer la revolución en Venezuela y en cualquier otro país del mundo, sin pretender mayor reconocimiento que el del deber histórico cumplido.-
De su autoria, extraemos de "La revolución verdadera, la violencia y el fatalismo geo-político, 1966: “El combate revolucionario no puede llevarse a cabo sin pleno dominio de la teoría revolucionaria, de sus métodos, de su organización, de su ética. Hay necesidad, en todo momento, de profundas batallas ideológicas que permitan ganar gradualmente las masas para la lucha. Se requiere usar de gran iniciativa para ahondar la conciencia revolucionaria del pueblo y las clases progresistas. La propaganda y la agitación constante, por diferentes medios, son armas indispensables. Para que su utilización sea provechosa y efectiva, los revolucionarios de vanguardia deben estar lo suficientemente preparado en lo físico y mental. La Guerra del Pueblo y la incorporación a ella no significa la actividad puramente militar o el abandono de los campos específicos de trabajo para dedicarse en forma exclusiva, a un solo medio de lucha. Ella es una unidad político-militar que va desde la más elemental protesta, el mitin relámpago o la huelga, hasta el sabotaje, la captura de armas, el hostigamiento o aniquilamiento de una fuerza enemiga, la toma de una plaza militar y la conquista del gobierno. Nada que incida en la precipitación de las contradicciones en el campo adverso, que contribuya a minar la moral y reducir la capacidad de combate del enemigo, puede ser desestimado; no debe ser eludida ninguna tarea que permita ganar todo lo ganable y neutralizar todo lo neutralizable”.



 

DESAPARECIDOS EN VENEZUELA: EL LEGADO IMPUNE DE LA CUARTA REPÚBLICA

DESAPARECIDOS EN VENEZUELA: EL LEGADO IMPUNE DE LA CUARTA REPÚBLICA

            Primero fue la orden “disparen y averigüen después” formulada por Rómulo Betancourt en 1961, la que inauguró la cadena de asesinatos selectivos de dirigentes populares e izquierdistas que caracterizarán por siempre al régimen puntofijista hasta 1998. En esta etapa de la vida republicana venezolana, agitada por sentimientos de liberación nacional y mayores demandas reivindicativas en favor de los sectores populares, comienza a ser parte de la realidad cotidiana la represión sistemática contra quienes se atrevieron a exigir la instauración de una sociedad realmente democrática y soberana. Para entonces, la actividad política desarrollada encubiertamente bajo la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez permitió que un grueso segmento de la población venezolana adquiriera conciencia de su papel en los hechos de trascendencia que comenzaban a tener lugar en el país. Pero, el hecho que la dirigencia de Acción Democrática (AD) y del Partido Comunista de Venezuela (PCV) que había combatido activamente en la clandestinidad a la dictadura perezjimenista, incluso armas en mano, fuera desplazada por la dirigencia política venida del exilio, más las condiciones impuestas por el Pacto de Punto Fijo; hizo que esta agitación de las masas populares tuviera un tinte claramente insurreccional, como quedó plasmado en Caracas al desconocerse los resultados electorales que dieron la Presidencia a Rómulo Betancourt y cuando grupos de estudiantes atacaron la caravana del Vice-presidente Richard Nixon.            

El segundo gobierno de AD, con Raúl Leoni de Presidente (1964-1969), vino a desarrollar nuevos mecanismos de represión contra el movimiento popular. A la par de los ataques perpetrados por las bandas armadas adecas, el Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA) y la Dirección General de Policía (DIGEPOL) se encargaron de torturar, asesinar y desaparecer a una gran cantidad de personas por causas políticas, aun cuando se hablaba de la instauración de un régimen aparentemente democrático y se suscribieran tres tratados internacionales que prohíben la desaparición forzosa de personas, así como la tortura y tratos crueles e inhumanos a los prisioneros. Durante este período se hicieron públicas las primeras denuncias de desapariciones de dirigentes políticos de oposición, sin que hubiera ningún poder que diera cuenta de ello. Campesinos, estudiantes, trabajadores, amas de familia y guerrilleros fueron pasto de la doctrina de Seguridad Nacional inculcada por Estados Unidos en la Escuela de las Américas, ubicada en Panamá, a los efectivos militares y policiales venezolanos. Era la época de los Teatros de Operaciones (TO), bases militares bajo asesoramiento del Pentágono estadounidense para luchar contra las guerrillas de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), buscando impedir la reedición de una Cuba revolucionaria en nuestro Continente.

Durante las décadas siguientes, los cuerpos represivos continuarán aplicando los mismos métodos, arropados por un silencio cómplice, extensivo –incluso- a los diferentes medios de comunicación que apenas reseñaron los hechos. A los asesinatos cometidos durante la década de los sesenta, una vez finalizada la guerra de guerrillas, se sumaron las masacres de Yumare, Cantaura, El Amparo y el Caracazo. A éstas podríamos agregarles también los cometidos entre el 11 y el 13 de abril de 2002 al ocurrir el golpe de Estado contra el gobierno de Hugo Chávez, lo cual pone en evidencia una vieja práctica heredada de aquellos años. Hoy, se impone que la labor investigativa de la Comisión Especial nombrada por la Asamblea Nacional hace ya un tiempo para seguir la pista de todos estos asesinatos y desapariciones impunes arroje resultados positivos, de manera que se castigue a los culpables materiales e intelectuales de los mismos. Esto es especialmente necesario, ya que muchos de ellos siguen falseando la verdad y aparentan ser unos verdaderos demócratas y defensores de los Derechos Humanos, incluso, ubicados del lado del proceso revolucionario bolivariano, seguros de que la justicia humana no los alcanzará nunca. Sin embargo, las fuerzas revolucionarias tienen un deber ineludible que cumplir, más que nadie, en memoria de aquellos caídos de la revolución venezolana, por lo que deberían exigirles a las actuales autoridades venezolanas el total esclarecimiento de estos casos, como su debido enjuiciamiento y condena.-