LA LECCIÓN DE FABRICIO
Primero fue la orden “disparen y averigüen después” formulada por Rómulo Betancourt en 1961, la que inauguró la cadena de asesinatos selectivos de dirigentes populares e izquierdistas que caracterizarán por siempre al régimen puntofijista hasta 1998. En esta etapa de la vida republicana venezolana, agitada por sentimientos de liberación nacional y mayores demandas reivindicativas en favor de los sectores populares, comienza a ser parte de la realidad cotidiana la represión sistemática contra quienes se atrevieron a exigir la instauración de una sociedad realmente democrática y soberana. Para entonces, la actividad política desarrollada encubiertamente bajo la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez permitió que un grueso segmento de la población venezolana adquiriera conciencia de su papel en los hechos de trascendencia que comenzaban a tener lugar en el país. Pero, el hecho que la dirigencia de Acción Democrática (AD) y del Partido Comunista de Venezuela (PCV) que había combatido activamente en la clandestinidad a la dictadura perezjimenista, incluso armas en mano, fuera desplazada por la dirigencia política venida del exilio, más las condiciones impuestas por el Pacto de Punto Fijo; hizo que esta agitación de las masas populares tuviera un tinte claramente insurreccional, como quedó plasmado en Caracas al desconocerse los resultados electorales que dieron la Presidencia a Rómulo Betancourt y cuando grupos de estudiantes atacaron la caravana del Vice-presidente Richard Nixon.
El segundo gobierno de AD, con Raúl Leoni de Presidente (1964-1969), vino a desarrollar nuevos mecanismos de represión contra el movimiento popular. A la par de los ataques perpetrados por las bandas armadas adecas, el Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (SIFA) y la Dirección General de Policía (DIGEPOL) se encargaron de torturar, asesinar y desaparecer a una gran cantidad de personas por causas políticas, aun cuando se hablaba de la instauración de un régimen aparentemente democrático y se suscribieran tres tratados internacionales que prohíben la desaparición forzosa de personas, así como la tortura y tratos crueles e inhumanos a los prisioneros. Durante este período se hicieron públicas las primeras denuncias de desapariciones de dirigentes políticos de oposición, sin que hubiera ningún poder que diera cuenta de ello. Campesinos, estudiantes, trabajadores, amas de familia y guerrilleros fueron pasto de la doctrina de Seguridad Nacional inculcada por Estados Unidos en la Escuela de las Américas, ubicada en Panamá, a los efectivos militares y policiales venezolanos. Era la época de los Teatros de Operaciones (TO), bases militares bajo asesoramiento del Pentágono estadounidense para luchar contra las guerrillas de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), buscando impedir la reedición de una Cuba revolucionaria en nuestro Continente.
Durante las décadas siguientes, los cuerpos represivos continuarán aplicando los mismos métodos, arropados por un silencio cómplice, extensivo –incluso- a los diferentes medios de comunicación que apenas reseñaron los hechos. A los asesinatos cometidos durante la década de los sesenta, una vez finalizada la guerra de guerrillas, se sumaron las masacres de Yumare, Cantaura, El Amparo y el Caracazo. A éstas podríamos agregarles también los cometidos entre el 11 y el 13 de abril de 2002 al ocurrir el golpe de Estado contra el gobierno de Hugo Chávez, lo cual pone en evidencia una vieja práctica heredada de aquellos años. Hoy, se impone que la labor investigativa de la Comisión Especial nombrada por la Asamblea Nacional hace ya un tiempo para seguir la pista de todos estos asesinatos y desapariciones impunes arroje resultados positivos, de manera que se castigue a los culpables materiales e intelectuales de los mismos. Esto es especialmente necesario, ya que muchos de ellos siguen falseando la verdad y aparentan ser unos verdaderos demócratas y defensores de los Derechos Humanos, incluso, ubicados del lado del proceso revolucionario bolivariano, seguros de que la justicia humana no los alcanzará nunca. Sin embargo, las fuerzas revolucionarias tienen un deber ineludible que cumplir, más que nadie, en memoria de aquellos caídos de la revolución venezolana, por lo que deberían exigirles a las actuales autoridades venezolanas el total esclarecimiento de estos casos, como su debido enjuiciamiento y condena.-
Los Consejos Comunales son expresión primaria de ese nuevo socialismo que se desea fundar en Venezuela a partir de la participación y del protagonismo de las organizaciones comunitarias, grupos sociales, ciudadanas y ciudadanos, quienes –de manera autónoma y colectiva- ejercerán directamente la gestión de las políticas públicas, además de aquellos “proyectos orientados a responder a las necesidades y aspiraciones de las comunidades en la construcción de una sociedad de equidad y justicia social”, tal como lo señala el Artículo 2 de la Ley de los Consejos Comunales, recientemente sancionada. Aunque esto no es aún suficiente para acceder al cambio estructural que modificará radicalmente el orden social, económico y político venezolano, sí es importante resaltar que este paso adelante permite una mejor identificación de los sectores populares con los progresos alcanzados en este país durante los siete años de vigencia del actual proceso revolucionario bolivariano.
Esto contribuirá, sin duda, a fortalecer el hecho revolucionario, dándole un cariz constituyente, ya que el pueblo podrá decidir el rumbo u orientación socialista que éste ha de tener. Sin embargo, dicha orientación no puede desvirtuarse bajo ningún concepto, ya que sólo el socialismo se adecua a las exigencias y aspiraciones populares más allá del simple formalismo democrático, trascendiendo el marco representativo para ser fiel manifestación de la voluntad popular colectiva.
El hecho que los Consejos Comunales sean promovidos desde el gobierno central por Hugo Chávez, obligando –prácticamente- a los gobiernos estadales y municipales a involucrarse en ello, habla de la comprensión por abrir escenarios de socialización del poder como parte de una estrategia dirigida a producir una auténtica revolución popular en Venezuela. Quienes ven en estas nuevas instancias de participación popular la oportunidad de usufructuar el poder al estilo reformista, tendrán que cederle paso a aquellos que sí están convencidos de que el objetivo es revolucionario. Es un tsunami social el que se está desatando y el mismo apunta a destruir las viejas instituciones del Estado porque resultan obsoletas frente a la nueva realidad estaría imponiendo el ejercicio democrático de los Consejos Comunales. Pero, no hay que creer que el providencialismo de Chávez es capaz de suscitar por si solo esta nueva realidad, aunque su influencia es innegable. Hay que comprender que también tiene su base en la evolución política y, hasta, ideológica, de los sectores populares que lo siguen como líder indiscutible del proceso revolucionario bolivariano, lo cual representa un aspecto positivo puesto que supone el abandono de los esquemas inducidos por el sistema bipartidista puntofijista y la adopción de los que sustentan la democracia participativa y protagónica, como antesala al socialismo en el siglo XXI.
Cabe decir que la activación de la soberanía popular enunciada en el Artículo 5 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, comienza a disponer de un espacio propio, libre de la tutela de partidos políticos y gobernantes locales. La misma tiene que concretarse, incluso, en oposición a las viejas prácticas de la democracia representativa que aún se mantienen vigentes, a pesar de que muchos de los dirigentes políticos y gobernantes locales y regionales se rasgan las vestiduras, pregonando ser tan revolucionarios como el que más, siendo connotados reformistas. Aún así, los Consejos Comunales abren la brecha para que exista, o comience a existir, una praxis social socialista, lo que podría eslabonarse con una praxis espiritual socialista, al decir del Presidente Chávez Frías. En todo caso, si las Asambleas de Ciudadanos y Ciudadanas como máxima autoridad de los Consejos Comunales, generan sin interferencia alguna el protagonismo y la participación colectiva, podrían ser la base fundamental de ese nuevo socialismo que comienza a tener un perfil particular e inédito en Venezuela. Sin embargo, habría que acompañar tal ensayo, revolucionario desde cualquier punto de vista, con una adecuada y sostenida formación ideológica revolucionaria, de modo que nunca pueda ser víctima del reformismo, de la demagogia ni del oportunismo, de manera que sean combatidos contundente y frontalmente cada vez que intenten apoderarse del mismo, desvirtuando su esencia y objetivos.-
Usualmente, la democracia representativa, como sistema político reconocido, está asociada al modelo económico del capitalismo y, mediante el mismo, a los intereses de clase de la burguesía, su principal impulsora histórica. Y esto ha sido así desde que, en el pasado, ésta se aprovechara del descontento generalizado de las masas proletarias para cuestionar la legitimidad sacrosanta del poder ostentado por las monarquías europeas, logrando desplazarlas, como sucediera en Estados Unidos, primero, y en Francia, después. Esta simbiosis se ha mantenido casi inalterable a través del tiempo, a tal punto que se acepta como algo natural y, hasta, deseable. Todo esto representa un gran reto a vencer para quienes, desde Marx y Engels, predican y defienden la alternativa revolucionaria del socialismo. Cuestión que tendió a dificultarse aún más luego de la experiencia fallida o distorsionada de la Unión Soviética.
A pesar de ello, las experiencias democratizadoras del socialismo en la Europa del este sirven de faro para detectar las deficiencias y los errores en que se pudiera incurrir en la construcción de una sociedad socialista, bien diferenciada de aquel modelo. Esto debe hacerse sin caer en las trampas fáciles de la propaganda anticomunista montadas por la reacción a nivel mundial y a través de todos los medios disponibles, ya que sus efectos perduran en las mentes de muchas personas (hasta aquellas que dicen ser revolucionarias), dando por sentado que solo la democracia burguesa es susceptible de producir libertad, igualdad y felicidad a todos los seres humanos en un contexto donde prevalezcan, sin interferencias, la propiedad privada y la libre empresa. Ello les permitió a los apologistas de la democracia representativa y del capitalismo proclamar el fin de la historia, sin caer en cuenta las enormes contradicciones contenidas en su propósito unipolar. Contra semejante legado tiene que bregarse en la actualidad cuando se busca levantar las banderas de un socialismo para el siglo XXI, considerando la opción representada por el proceso revolucionario bolivariano en Venezuela, lo cual no resulta fácil, pero tampoco imposible.
Sin embargo, el hecho que se hable de socialismo, de un modo abierto y, aparentemente, sin consecuencias negativas –transcurridos los años y en un escenario escasamente calculado- le otorga visos de fortaleza y de vigencia a esta ideología revolucionaria, quizás mayores a los que tuvo en el pasado. A pocos sorprende que sea en nuestra América donde el ideal socialista comience a adquirir cuerpo y justificación histórica, dadas las conocidas condiciones de dependencia y de explotación económica, de corrupción política y de injusticias sociales seculares que han marcado la historia republicana de nuestros países. Esto ocurre superando con creces las expectativas languidecidas y, muchas veces, desfasadas de una mayoría de partidos políticos que se proclamaron siempre de izquierda; algunos, avalando al orden imperante y, otros, desapareciendo de la escena política con más penas que gloria. Aún así, la malicia inducida durante décadas por la propaganda anticomunista de Estados Unidos y sus aliados capitalistas sigue haciendo estragos, lo cual exige que los teóricos de la izquierda latinoamericana se deshagan de las visiones prestadas y sin sustento en la realidad que se pretende transformar de raíz, ya que carecen de la profundización necesaria para explicar tal realidad y todo lo que respecta al modelo capitalista implantado en estas tierras. Esto no significa respaldar las posiciones simplistas de algunos neosocialistas en desconocer los aportes teóricos hechos por Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Mao o el Che, incluidos Bakunin y Proudhom, quienes prefiguraron la futura sociedad socialista.
Quienes se encuadran con la propuesta de un nuevo socialismo, ignorando su historia de luchas, entran en abierta negación de lo que debe ser, especialmente al pretender conservar (y desear) las estructuras económicas del capitalismo, produciendo una especie de híbrido antihistórico, por no decir, antinatural, dado que ambas concepciones se excluyen y son antagónicas. Lo que se impone, por consiguiente, es la superación teórica y práctica de las contradicciones y deficiencias inherentes al binomio democracia-capitalismo, al mismo tiempo que las ya observadas en el caso del socialismo real. Lo mejor será hablar de un socialismo participativo, ya que el mismo entraña abandonar los antiguos paradigmas de la democracia representativa y retomar la raíz originaria del socialismo, con una percepción y un manejo distintos de lo que es el poder por parte del pueblo; evitándose de esta manera su tergiversación y usurpación a manos de cualquier camarilla gobernante, hasta la mejor intencionada.-
La carencia notoria, peligrosa y suficientemente advertida por el Presidente Chávez de una adecuada y precisa formación revolucionaria y socialista por parte de cierto sector de la dirigencia del actual proceso revolucionario bolivariano en Venezuela es la causa directa de que existan algunas contradicciones y se mantenga incólume el viejo Estado reformista. A pesar del verbo aparentemente revolucionario utilizado por los mismos. Esta carencia se manifiesta en diferentes y múltiples niveles. Ella da cuenta del por qué se siguen observando las mismas actitudes y procedimientos administrativos que caracterizaron el régimen puntofijista. Asimismo, esta enorme deficiencia e inconsistencia ideológica impide que el proceso bolivariano tenga una mejor conceptualización frente a sus enemigos, lo cual hace que alguna gente chavista acepte como válidos los argumentos y descalificaciones que éstos le presentan diariamente a través de la prensa, la televisión y la radio comerciales del país.
Otro tanto se observa al nivel de las distintas Misiones educativas implementadas por el gobierno de Chávez, las cuales se hallan coordinadas –en algunos casos, con honradas excepciones- por personas ajenas al objetivo primordial de formar a los nuevos republicanos y se atienen a reeditar esquemas de la educación “bancaria” descrita por Paulo Freire y totalmente contraria al despertar de los poderes creadores del pueblo que exaltara el poeta Aquiles Nazoa. Y si esto lo extendemos al movimiento sindical y campesino se percibirá una experiencia frustrante similar, dado que se cree (al igual que en los principales partidos políticos “chavistas”) que solo basta el calificativo de bolivariano, o la simple sustitución de nombres en todas las estructuras organizativas, para adquirir la condición sobrehumana de revolucionarios. Así, el Estado está copado por activistas políticos afectos al Presidente, pero son incapaces de generar el cambio estructural esperado. Y lo son porque, sencillamente, mantienen en sus mentes el reflejo condicionado del reformismo. Y ello ocurre, no obstante las orientaciones del Presidente.No debe obviarse, por tanto, que esta diferenciación ideológica (llevada igualmente al plano económico, social, cultural y militar) es sumamente imprescindible para contener y repeler el poder de la reacción y para crear una situación en la cual prevalezca la voluntad soberana de las mayorías. Esto coadyuvará a revolucionar a la sociedad entera y a demoler las obsoletas estructuras del Estado representativo. Como bien lo afirmara Antonio Gramsci, “la preparación ideológica de la masa es, por consiguiente, una necesidad de la lucha revolucionaria, es una de las condiciones indispensables para la victoria”. Aquí cabe evocar la fórmula leninista, inapelable e históricamente comprobada, de agitar, propagar y organizar, la cual debe desarrollarse constantemente entre las masas, de modo que ellas asuman su rol protagónico y un grado de verdadera conciencia revolucionaria que las ayude a abandonar la cultura de alineación, clientelismo y dependencia en que pudieran encontrarse. Es preciso, entonces, subsanar cuanto antes tal necesidad emancipatoria, de forma que comience a delinearse, con rasgos propios e inéditos, la ideología socialista que sustentará la revolución bolivariana; lo cual debe cumplirse al mismo que se le defiende del imperialismo yanqui.
Con Marx y Engels en La Ideología Alemana (1846), podemos afirmar que “las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, y al propio tiempo, hablando en términos generales, las ideas de quienes carecen de los medios para producir espiritualmente están sujetas a ellas”. En oposición, debe insurgir una teoría revolucionaria capaz de orientar correctamente a las masas en su lucha por expandir y consolidar la revolución; sin ella –como lo advirtiera acertadamente Lenin en su tiempo- ésta se haría imposible.-
La democracia que debe prevalecer entre los revolucionarios tiene que nutrirse, en todo momento y espacio, de la participación y del protagonismo que le corresponde al pueblo en la construcción y consolidación de la nueva sociedad. Sin este rasgo característico, tal democracia es un fraude y, por consiguiente, completamente contraria al concepto de revolución.
Al decir de Muammar El Gadhafi en El Libro Verde, “la democracia es el poder del pueblo y no el poder de un sustituto del pueblo”. En tal caso, la democracia tendría que ser revolucionaria, en un proceso que parta o se establezca desde abajo hacia arriba, trascendiendo y haciendo obsoleto el concepto de la democracia representativa, ya que ésta –valga la redundancia- no representa realmente al pueblo, cuya soberanía (en palabras de Jean Jacques Rousseau) no puede ser representada”. En vista de ello, hay que considerar, en opinión de Real Vela y Omaira Zabib, que “teóricamente, según reafirma en todas las Constituciones conocidas desde el siglo XIX hasta la actualidad, representan a los ciudadanos ante el Estado y al Estado ante los ciudadanos. Pero esta situación, la de ser representante del pueblo ante el Estado y del Estado ante el pueblo, es lo que permite a una exigua minoría confiscar, mediante el voto, el poder político a las grandes mayorías. En consecuencia, la representación política no es más que un medio de usurpación del poder del pueblo”.
Esto obliga a los revolucionarios a redefinir la democracia, pero con parámetros completamente diferentes, incluidos los que dominan el ámbito económico, lo que nos conduce necesariamente al socialismo participativo, con toda su carga de novedad y de subversión en lo que se refiere al orden establecido. De ahí que resulte interesante que las rebeldías populares habidas en nuestra América tengan características que las acercan a la revolución, puesto que sus demandas no se limitan a un simple cambio de personeros en el gobierno sino que implican tener acceso directo al poder y vinculación con las decisiones que se tomen, además de exigir una distribución equitativa de la riqueza generada entre todos. De modo tal que se ataca simultáneamente al régimen político representativo y al capitalismo, sin dejar de lado las injusticias sociales que ambos ocasionan. Sin embargo, la carencia de una clara orientación socialista impide que nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños tengan una mayor comprensión de la realidad que hostigan y se planteen abiertamente la toma del poder, con lo cual podrían concretar una verdadera revolución social, deficiencia que ha sido aprovechada por oportunistas, demagogos y reformistas de toda laya.
La democracia entre los revolucionarios, no cabe duda, tiene que convertirse en un socialismo participativo, de modo que no deje dudas respecto a sus objetivos centrales. Pero, sin que se tienda a confundirlo con el socialismo real o autoritario impuesto por Joseph Stalin en la URSS a la muerte de Lenin y que fuera adoptado automáticamente por los Partidos Comunistas a nivel mundial, sin indagar si éste satisfacía o no a las masas y, menos, sin preocuparse en ensanchar y actualizar el conocimiento marxista-leninista, soslayando cuestiones esenciales para su continuidad y desarrollo. Por ello mismo, al sugerirse la posibilidad de construir un nuevo socialismo, ésta deberá enmarcarse en un proceso continuo de socialización del poder, evitándose su verticalismo clásico. Ello implica cederle un espacio permanente y suficientemente amplio a la horizontalidad, de forma que se produzca un cambio estructural, no una reforma, que vaya en beneficio del pueblo y haga posible el surgimiento de nuevos paradigmas sociales, políticos, económicos y culturales que afiancen el secular anhelo humano de justicia social, igualdad y libertad.-
Paraguaná fue el primer escenario de sus correrías y la primera inspiración de sus muchas canciones. Efectivamente, Paraguaná, azotada por el hambre y la pobreza, a pesar de las riquezas generadas por las compañías petroleras allí instaladas, devino en una fuente inagotable de temas que, relacionados con su vida misma, nos hablan de lo que ha sido la historia de nuestra Venezuela.
Proveniente de un humilde hogar, en el que la ausencia temprana del padre muerto obligara a los hijos mayores a buscar el sustento familiar a edad muy prematura, Alí Primera retrató como ningún otro cantor popular y revolucionario las muchas ilusiones, luchas y desesperanzas del pueblo venezolano y, aun, de toda Iberoamérica. “Allí crecí –afirmaría en algún programa de Radio Fe y Alegría- allí aprendí el amor que hoy siento por los hombres y algo que es muy importante: la fortaleza que tiene la esperanza del campesino cuando siembra en agosto pensando que lloverá en octubre”.
La experiencia unitaria de la lucha contra la dictadura perezjimenista marcó el inicio político revolucionario de Alí Primera, lo mismo que el triunfo del ejército guerrillero de Fidel Castro en Cuba y, muy especialmente, la personalidad del Comandante Ernesto Che Guevara y su visión respecto a la condición humana del ser revolucionario.
Convencido de la inutilidad de la división electoral de la izquierda tradicional venezolana, Alí promovió en 1978 la constitución de los Comités por la Unidad del Pueblo (CUP) en colaboración con algunos independientes y la Liga Socialista (LS). Su objetivo: “ir conformando una plataforma de lucha que abra un camino cierto a la toma del poder político por todo el pueblo con el proletariado cumpliendo su papel de vanguardia”.
Según lo reseñara Graciela Beltrán Carías en el diario El Nacional, el 17 de febrero de 1985, en ocasión de la muerte de Alí, “en el plano artístico Alí jamás llevó sus ideas revolucionarias al terreno de la canción de los otros artistas. Eso lo dejaba para él. Para su música, sus canciones y sus composiciones. Por esa razón, jamás habló mal de cantantes que no coincidieran con sus posiciones políticas. Al contrario, respetaba a los intérpretes de otros géneros musicales”.
En sus canciones, sin embargo, dejaba aflorar su firme defensa de la lucha revolucionaria, la unidad, la solidaridad, la naturaleza, la verdad, la paz, la poesía, la religiosidad popular, los derechos humanos, el amor, la igualdad, el pueblo y la Patria; para ello se valió de toda una gama de personajes que simbolizaran tales valores, comenzando por Simón Bolívar y sin excluir otros pueblos del mundo que luchaban por su emancipación.
Con todo, nunca aceptó se etiquetara su arte como canción protesta, “porque no protesto –como lo aseverara- yo no canto por protestar, yo canto por convocar, por ser parte de una consciencia que se deba con la canción (...) Canto y milito con la canción, con la canción como arma, como ayuda y como apoyo”.
Alí prefirió siempre llamar a su canción la canción necesaria, canción solidaria o canción de todos, situándola igualmente en el contexto de la cultura popular, entendida como la manifestación de la resistencia ideológica y el factor unificador por excelencia de la resistencia de las masas oprimidas. Para él, “la canción necesaria, tal vez no llegue a dirigir los batallones, pero ayudará a formarlos”. Por ello mismo, nunca se preocupó por que sus canciones lograran el primer lugar: “La tarea principal del cantor no es depender de la radio, sino preocuparse por realizar un trabajo coherente, por poner la canción en contacto con el pueblo que la inspira”. No le interesaba, por tanto, comercializarse, desvirtuando su canción.
Perseguido y hostigado por los cuerpos represivos del Estado, los cuales le decomisaban y destruían sus discos, Alí Primera nunca vaciló en poner su canto al servicio de las causas redentoras de los pueblos. Esto lo convirtió, primeramente, en el juglar de la izquierda y, más tarde, con toda justicia, en el Cantor del Pueblo Venezolano, reconocimiento unánime e indiscutible que se extendió, igualmente, fuera de las fronteras nacionales. Hoy, sus canciones alegran y estimulan la marcha inexorable de la Revolución Bolivariana en Venezuela.-
Algunos destacados “revolucionarios” venezolanos de la nueva ola, ven en la propuesta del Presidente Hugo Chávez del socialismo en el siglo XXI la mampara para esconder sus propias ambiciones personales y no la idea de hacer asequible el poder al pueblo esperanzado. De este modo, se ve cómo antiguos enemigos de los ideales izquierdistas se abrazan, sin ruborizarse siquiera, a esta bandera, conscientes de que los revolucionarios (como en el pasado) se hayan dispersos y enfrascados, muchas veces, en discusiones bizantinas que no contribuyen en mucho con la verdadera conducción que debiera tener el proceso revolucionario bolivariano.
Esto ha obstaculizado seriamente que el proceso revolucionario se alimente de una verdadera teoría revolucionaria socialista como alternativa al capitalismo, ya que no se abre campo al debate de las ideas y, mucho menos, se apoya decididamente la formación de los cuadros revolucionarios que tendrían en sus manos la definición del rumbo futuro de la transformación radical de la sociedad venezolana. En tal sentido, faltan muchas cosas por hacer, puesto que no puede confiarse todo a la buena voluntad de Chávez, esperando que él, y únicamente él, determine cuál será el siguiente paso a dar.
Sería una tremenda contradicción, fatal si se quiere, dado que se le niega protagonismo y participación a las masas populares, quienes están llamadas a ejercer en todo momento la democracia revolucionaria que se busca impulsar en el país, pero que, desgraciadamente, chocan con la dirigencia cupular reformista que se halla al frente de las instituciones públicas, siendo entonces necesario el rearme ideológico de dichas masas para que produzcan sus propios espacios y organizaciones de lucha.
En consecuencia, hay que fustigar con fiereza a quienes entraban, por simple mezquindad y personalismo, la consolidación y avance del proceso bolivariano a manos del pueblo. Esto tiene que hacerse a diario, desde todas las trincheras, ya que personajes de la derecha se posesionaron, a pesar del Presidente, de la dirección de este proceso y echan mano a todo lo que está a su alcance para impedir que los sectores populares tomen la rienda del mismo y le den forma y contenido verdaderamente revolucionario. Por ello es un imperativo contribuir a la apertura de espacios de gestión pública directamente controlados por organizaciones comunitarias, de modo que se restrinja y se trascienda el reformismo representado por algunos dirigentes partidistas y gobernantes municipales y estadales “chavistas”, quienes intuyen que un ensayo democrático de este calibre, de abajo hacia arriba, cambiaría por completo la fisonomía y las estructuras del viejo Estado burgués, modelado, primeramente, por el General Juan Vicente Gómez y consolidado, posteriormente, por los partidos políticos del Pacto de Punto Fijo.
En beneficio de la consolidación y de la caracterización del actual proceso revolucionario, todos los revolucionarios conscientes debieran actuar conjuntamente y, así, desarrollar la teoría revolucionaria del socialismo en el siglo XXI, evitando cualquier desviación respecto a sus objetivos primordiales. De ahí que resulte pertinente que se favorezca la elevación del nivel de conciencia del pueblo y del poder que ostenta sin saberlo, sin subordinaciones de ningún tipo, aunque ello suponga ser objeto de enfrentamientos y descalificaciones de parte de la dirigencia reformista, pero lo cual, a la larga, ayudará a depurar el proceso bolivariano y lo enrumbará por el camino correcto, es decir, aquel que democratice finalmente a la sociedad en general.
Esto tiene que tomarse en cuenta ahora que se espera captar la cifra de diez millones de votos para reelegir al Presidente Chávez. Es imprescindible que todas las fuerzas políticas y sociales, revolucionarias y progresistas, inicien una crítica constructiva, endógena, y dirigida hacia sí mismas, de modo que sean intérpretes fieles de la realidad nacional y se inserten, sin pretensiones manipuladoras, en las luchas cotidianas del pueblo. No confiarse nada más que en las estadísticas electorales del pasado o en la figura presidencial. Hace falta potenciar el liderazgo revolucionario en todos los sectores sociales identificados con el proyecto de revolución bolivariana, bien cimentado y dotado de las herramientas ideológicas que eliminarán o disminuirán esa excesiva dependencia emocional y clientelar respecto a los partidos políticos y a los gobiernos locales y regionales.
De ahí que la defensa a ultranza de la revolución requiera que la propuesta presidencial del socialismo en el siglo XXI tenga que construirse, tomando en consideración los aportes teóricos de Marx y otros ideólogos izquierdistas del pasado, como del presente, sin descartar aquellos que pudieran surgir de las luchas populares actuales. Esto evitaría el desgaste y extrañamiento sufridos por el Pacto de Punto Fijo y apuntalaría definitivamente el rumbo socialista que debiera tomar el proceso bolivariano.