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LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA

27 DE FEBRERO DE 1989: UNA MIRADA RETROSPECTIVA

27 DE FEBRERO DE 1989: UNA MIRADA RETROSPECTIVA

       Diecisiete años después de la insurgencia popular del Caracazo, la revelación más concluyente en cuanto a la nueva realidad que vive Venezuela es que aún se mantiene un auge de masas espontáneo que, sin más direccionalidad que la producida por Hugo Chávez desde la presidencia, busca expresarse de distintas maneras, pero sin apuntar, con la precisión de un francotirador, al objetivo fundamental de cualquier lucha revolucionaria: la conquista del poder y la transformación radical de la sociedad. Si unimos aquella rebelión social con lo acaecido el 13 de abril de 2002 –pasando por las del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992, protagonizadas ambas por grupos de militares y de civiles vinculados a la guerrilla izquierdista de la década de los 60 y de los 70-  se podría afirmar que la lucha del pueblo venezolano ha tenido sus manifestaciones contundentes en la escalada por la conquista de mayores espacios protagónicos, aunque carente de un contenido ideológico mejor definido; es decir, sin que se perfile una manera completamente distinta de ejercer la democracia.
        
Sin embargo, en descargo de la situación planteada, hay que reconocer que esta lucha, todavía en curso, adquiere nuevas dimensiones, nuevos contenidos y nuevos actores sociales que hacen presagiar una realidad nacional completamente diferente, plena de posibilidades democráticas, inexistentes en el pasado, las cuales apenas comienzan a aflorar con toda su carga subversiva. Algo que no ha sido fácil, a pesar de la impresión común contraria. Haberse atrevido a superar, tal vez inconsciente, pero decididamente, el país dividido entre unos pocos privilegiados que hacían gala groseramente de sus riquezas y de su poder, y el resto de la nación, ahogado en miseria y necesidades diarias que contribuían a mantener intacto el orden imperante, al no tener conciencia clara de cuáles eran sus causas; constituyó el cumplimiento de una vieja aspiración revolucionaria. Quienes quisieron lograrlo desde la “izquierda”, se enfrascaron en una pelea por disfrutar de las migajas que caían del banquete puntofijista, quizás desilusionados por la derrota de la lucha armada a manos del sistema o por la escasa receptividad de las masas a la prédica “incomprensible” de la lucha de clases. No obstante, en el ánimo de la gente y de ciertos revolucionarios (algunos, en abierta penetración y captación de las Fuerzas Armadas) existió la convicción de que algo cambiaría la situación interna del país.
         Desde el PRV-Ruptura (Partido de la Revolución Venezolana), comandado por Douglas Bravo y Francisco Prada, entre otros, se anticipó un gran malestar en el pueblo venezolano, originado por el vuelco que sufriría la economía nacional ante la imposibilidad de continuar con el despilfarro populista y la aplicación en camino de medidas neoliberales impuestas por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Esto representaría el punto crítico esperado y la oportunidad de producir  la ruptura creadora para la toma del poder. En caso de que tal oportunidad se perdiera, quedaba pendiente la opción militar, dado que se venían nucleando oficiales y suboficiales comprometidos, los cuales tendrían mando de tropas a partir de 1992 e impulsarían, entonces, la rebelión cívico-militar. Aún así, la insurgencia popular del 27 de febrero (la primera en su clase en contra de las imposiciones de la globalización económica) fue reprimida a sangre y fuego, con un saldo numeroso de civiles asesinados a mansalva, incluidos niños por las tropas y cuerpos de seguridad del régimen de turno, haciendo uso de las enseñanzas recibidas en la tenebrosa Escuela de las Américas, bajo el patrocinio del gobierno de Estados Unidos. Este aparente retroceso en el combate, le hizo comprender a los sectores populares hasta qué punto la clase gobernante estaba dispuesta a defender sus feudos particulares en nombre de la democracia, al mismo que los preparó subjetivamente para asumir el reto de transformar efectivamente al país. Por eso, el 27 de febrero es uno de los hitos más importantes de la lucha por la liberación nacional escenificados en Venezuela, ya que contribuyó a desvanecer el espejismo “democrático” en el cual permanecieron sumidos venezolanos por espacio de cuarenta años.-          

EL CARACAZO, LA RABIA DE UN PUEBLO ATROPELLADO

EL CARACAZO, LA RABIA DE UN PUEBLO ATROPELLADO

             Tras la coronación de Carlos Andrés Pérez como Presidente de Venezuela por segunda vez, la élite gobernante auguraba un nuevo período en el cual las cosas continuarían siendo, relativamente, las mismas; planteándose la implementación de un programa draconiano de acentuación capitalista de corte neoliberal, inspirado y supervisado por el Fondo Monetario Internacional (FMI).  Al fin y al cabo, el pueblo venezolano –salvo la época de la guerra de guerrillas protagonizada por el PCV y el MIR, con algunos elementos de las Fuerzas Armadas- había terminado por resignarse a aceptar las decisiones tomadas en su nombre por las camarillas económicas, políticas, sociales, eclesiásticas, militares y culturales que usufructuaban el poder desde 1958. De nada valía saber que, elección tras elección, los índices de abstención demostraban el divorcio existente entre gobernantes y gobernados, lo cual marcaba el grado de ilegitimidad que arropaba al régimen puntofijista. Por largos años, el pueblo de Venezuela fue acumulando rabia, frustración y desilusión frente a los discursos vacíos de quienes se atribuían representarlo en medio de un cuadro de miseria, derroche consumista, demagogia, nuevoriquismo y corrupción impune, entretanto las expectativas populares se mantenían insastifechas, a pesar de los altos y constantes ingresos petroleros.
            Toda esta situación reflejaba la existencia de dos Venezuela antagónicas y vino a quebrarse cual vitrina el 27 de febrero de 1989, el día que bajaron los cerros. Ésta fue una explosión social espontánea guiada –básicamente- por la rabia y la frustración de un pueblo que se siente siempre burlado y atropellado por sus gobernantes, sea cual sea el signo ideológico que los distinga. Todo esto, hasta cierto punto, queda plasmado en la obra de Román Chalbaud y Rodolfo Santana. Aunque las imágenes de la película dan cuenta de los abusos cometidos, no profundiza en las causas que originaron ese estallido de violencia popular. Esto hace que el Caracazo se nos antoje, por momentos, como un suceso lejano e irreal, perteneciente al realismo mágico de Gabriel García Márquez, como aquel relato suyo sobre la masacre de los obreros bananeros en huelga, cuya cifra de muertos terminó por diluirse en la leyenda, llegándose a dudar que hubiera ocurrido alguna vez. Para los venezolanos, las cifras oficiales no concuerdan con las suministradas por las familias de las víctimas, desconociéndose a ciencia cierta cuántos fueron los asesinados por las fuerzas represivas del gobierno, más aún si se considera que éstas no se limitan nada más a la ciudad de Caracas ni a los dos días iniciales de dicha explosión social.
            El Caracazo fue una guerra desproporcionada, sin duda, en la cual uno de los bandos estuvo desarmado y, por tanto, en desventaja. Ésta se hizo a causa del miedo de las clases dominantes del país que creyeron perdidos sus privilegios y su poder a manos de unas masas que siempre despreciaron y manipularon en su favor. En la película de Chalbaud destacan –en medio del caleidoscopio de personajes representativos- el burócrata, la “oposición” política, el empresario, el DISIP y el militar (éstos últimos formados bajo la doctrina de seguridad nacional elaborada por Estados Unidos para sus Estados vasallos en América Latina, identificando como enemigos potenciales de la democracia a los mismos sectores populares), quienes estarán de acuerdo en sofocar, a sangre y fuego, la rebeldía del pueblo venezolano. Semejante represión los desnudó ante el mundo entero y reveló la ficción de democracia en que estábamos sumidos los venezolanos. Pero no hay que olvidar que el régimen puntofijista ya exhibía antecedentes represivos, traducidos en desapariciones forzosas y asesinatos selectivos de dirigentes políticos y sociales cuyo máximo delito fue luchar por hacer de Venezuela una nación verdaderamente democrática y soberana. Hoy en día, parte de aquellos represores ostentan altos cargos en sus respectivas instituciones y nadie se ocupa de llevarlos ante la justicia. Ésta es la máxima deuda que tenemos con aquellos muertos y es preciso saldarla antes que el olvido los cobije definitivamente.
            El Caracazo fue una clarinada para que las fuerzas revolucionarias, aturdidas, quizás, por el chorro petrolero que amortiguó el deseo de justicia de las masas populares, se plantearan otra vez la cuestión de la toma del poder e iniciar una revolución social que acabara con todo el andamiaje de corrupción, hambre y represión levantado por las élites gobernantes de este país. Para éstas, fue el anuncio del fin de su hegemonía, aunque sus residuos buscan asirse del carro de la revolución que conduce Hugo Chávez y ya ocupan puestos de relevancia, convertidos en “revolucionarios”. Pero, más allá de ello, El Caracazo es la respuesta contundente –aunque en desventaja- de un pueblo cansad de esperar y debiera constituir, en la actualidad, motivo de reflexión para quienes usufructúan el poder y relegan a un plano secundario a ese mismo pueblo que tratan siempre de seducir con sus ofertas engañosas .-

MEMORIAS DEL 27 DE NOVIEMBRE DE 1992

            Desde 1990, al realizarse un encuentro clandestino en la Casa del Cursillista en Barquisimeto (Estado Lara), un grupo de civiles militantes del Movimiento Político Ruptura-PRV (Partido de la Revolución Venezolana) que dirigía el Comandante guerrillero Douglas Bravo decidió sumarse al grupo de miembros de las Fuerzas Armadas venezolanas que, desde comienzos de los años ochenta, se mostró dispuesto a protagonizar un Golpe de Estado como fórmula extrema para evitar el derrumbe moral, económico, social, cultural y político de Venezuela, lo cual se aceleró una vez que el pueblo salió a las calles de las principales ciudades a protestar el paquete de medidas económicas neoliberales que le impusiera el Fondo Monetario Internacional (FMI) al Presidente Carlos Andrés Pérez e iniciar un proceso de privatizaciones en el país. Al planificarse la segunda intentona golpista de 27 de noviembre de 1992, se había establecido que, de no controlarse el poder en el centro del país, Portuguesa se convertiría en un foco de la resistencia cívico-militar contra el gobierno corrupto de Carlos Andrés Pérez. Entonces se contaba con la adhesión de algunos oficiales medios y suboficiales del 133 Batallón de Infantería Vuelvan Caras que fueron contactados luego del primer intento del 4 de febrero. Uno de ellos fue el Teniente Chourio, ahora integrado a la Casa Militar que acompaña al Presidente de la República Hugo Chávez con el grado de Mayor. Para esa fecha se manejaba la idea de que un grupo de estudiantes de la UNELLEZ, núcleo Guanare (Estado Portuguesa), apresara al fallecido Gobernador Elías D’Onghia y, de no poder cumplir con tal objetivo, reforzar al grupo armado que operaría en Acarigua-Araure, una vez que hubiera el pronunciamiento de los batallones comprometidos y fueran tomadas las instalaciones de la radio YVKE Mundial y de la televisora Venezolana de Televisión (VTV), por considerar que ambos medios cubrían la totalidad del territorio nacional y así la población sabría lo que ocurría. Por motivos aún no explicados, este grupo de estudiantes no llevó a cabo su tarea y, al intentar reforzar al grupo organizado en Acarigua-Araure, fue apresado en la antigua alcabala de la Guardia Nacional en el sector Las Cocuizas y trasladado a la Base Aérea de Barquisimeto (Estado Lara), siendo liberado un tiempo después.
Mientras tanto, otro grupo se aprestaba a ir hasta la cárcel de Yare para proteger y liberar al Comandante Hugo Chávez y al resto de oficiales que insurgieran el 4 de febrero, lo que no se pudo hacer por estar fuertemente custodiado por efectivos de la Guardia Nacional
, dado que el gobierno nacional había conocido con anterioridad de nuestros planes subversivos al infiltrarnos.
Al no concretarse el golpe de Estado, se optó por seguir el esquema de la resistencia en Portuguesa y los estados cercanos, como Barinas o Lara, para dar tiempo a que se pronunciaran las guarniciones militares del país que se manifestaron a favor. Sólo que esto no pudo darse, ya que el grupo de oficiales del 133 Batallón de Infantería Vuelvan Caras se desarticuló en vísperas del 27-N, unos porque estaban en comisión, otro porque estaba de luna de miel y otro porque se fue a Radio Acarigua a grabar una cuña de gaitas. Total, el sector civil que podría adelantar las acciones se quedó sin apoyo de los militares. Algo que influyó también en el fracaso de este golpe es la falla en las comunicaciones. En Portuguesa existía un equipo moderno de comunicaciones que, tengo entendido, fue adquirido con un préstamo en dólares del Ejército de Liberación de Colombia (ELN), pero su operador se excusó diciendo que se durmió. Esta falla se multiplicó en casi todo el país, de modo que no sabíamos a ciencia cierta qué estaba ocurriendo a media mañana de ese día. Hubo camaradas que me exigieron salir a la calle, armas en mano, para sublevar al pueblo. Otros comprendieron que sería un sacrificio inútil, por lo que se optó por esperar a ver qué más sucedería.
Cuando aterrizó en el aeropuerto de Araure (Estado Portuguesa) el avión Hércules C-130 con el General (AV.) Francisco Visconti y otros oficiales de la Fuerza Aérea, no hubo manera de que el grupo de civiles se conectara con éste a fin de cuadrar algunas acciones conjuntas. Lo único que consiguió el General Visconti fue que el segundo Comandante de la Guarnición Militar
de Portuguesa –el primer Comandante era el actual Presidente de Corpozulia, el General Martínez Mendoza- le permitiera abastecerse de combustible y proseguir su viaje a Iquitos, Perú, donde el Presidente Alberto Fujimori les concedió el asilo político. Sin embargo, los planes golpistas no se abandonaron inmediatamente aunque los mismos mermaron a mediados del año siguiente cuando los diferentes grupos se dispersaron por diferencias ideológicas y de otro tipo, al no compartirse las mismas visiones de los militares presos. Esto se acentuó al proponerse en 1997  la fundación del Movimiento V República (MVR) como partido político en sustitución del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), cuestión en la que, particularmente, no quisimos participar por la desconfianza hacia los partidos políticos tradicionales.
Viendo las cosas que han sucedido en todo este tiempo, especialmente desde 1999, con un pueblo que muestra altos grados de madurez y participación políticas, dispuesto a inmolarse en defensa de lo que considera suyo como lo demostró el 12 y 13 de abril de 2002, creo que el sacrificio nuestro valió la pena y eso nos estimula a proseguir en el camino revolucionario que siempre hemos transitado. De igual modo, esta certeza nos obliga a enfrentar a quienes, aprovechándose de aquella pequeña gesta patriótica y de la figura carismática del Presidente Chávez han distorsionado el propósito original del proyecto revolucionario que quisimos instaurar, tanto el 4 de febrero como el 27 de noviembre de 1992.-    

BOLIVARIANISMO CONTRA IMPERIALISMO

BOLIVARIANISMO CONTRA IMPERIALISMO         Al mismo tiempo que su magna figura y su magna obra fueran revitalizadas formidablemente a nivel nacional, continental y mundial por el proceso revolucionario que tiene por escenario a Venezuela, Simón Bolívar ha devenido en una suerte de muro de contención moral e histórico harto significativo frente a las apetencias imperialistas y neocolonialistas mostradas por el gobierno de Washington. Esta trascendente revitalización de El Libertador ha logrado que una inmensa porción de personas en nuestra América avizoren en el espíritu del Congreso Anfictiónico de Panamá la opción más cercana, posible y valedera que se tiene para resaltar el respeto a la soberanía y a la autodeterminación de los pueblos americanos en abierta oposición al imperialismo yanqui. Como Bolívar en su tiempo, la América toda, unida por una historia y unas necesidades comunes de desarrollo, no tiene por qué prolongar el proceso de su absoluta independencia, manteniendo una oposición de nacionalidades que sólo contribuyen a su debilitamiento y a la dependencia ante las metrópolis capitalistas industrializadas. Esto es preciso destacarlo porque, hoy más que nunca, cobra vigencia la tesis integracionista y antiimperialista de Simón Bolívar, ya que representa el bastión desde el cual la dignidad y la libertad de los pueblos americanos puede hacerle contrapeso al ansia de dominación territorial, política, militar, tecnológica y económica que impulsa la política exterior estadounidense en las últimas décadas. Vale recordar que Bolívar, ya en correspondencia dirigida desde Guayaquil al Encargado de negocios de Inglaterra en Bogotá, Patrick Campbell, el 5 de agosto de 1829, advirtió que “los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar a la América de miserias a nombre de la libertad”. Sin ser profeta, El Libertador intuía, desde la proclamación unilateral hecha en 1823 por el Presidente James Monroe advirtiendo a las potencias europeas que “América es para los americanos”, las graves amenazas que pendían sobre nuestro Continente, provenientes de los americanos del Norte. Desde entonces, el bolivarianismo está en lucha contra el imperialismo. Y eso no hay que negarlo.

Por ello, no es casual que, al proclamar Hugo Chávez que el proceso revolucionario venezolano tiene en Bolívar a una de sus raíces fundamentales, resulte inevitable el enfrentamiento ideológico inmediato con el imperialismo yanqui. Así lo comprendieron, desde un primer momento, los jerarcas del Pentágono, Wall Street y el Departamento de Estado norteamericano. El americanismo y la absoluta independencia de nuestras naciones, plasmadas en la obra y pensamiento de Bolívar, chocan abiertamente con la concepción imperialista y neocolonialismo que han manifestado todos los gobiernos de Estados Unidos. Tanto así que, de haber logrado Bolívar que el pacto de defensa y seguridad política propuesto en Panamá fuera una realidad permanente, habría sido difícil que se produjeran la serie de invasiones militares, golpes de Estado, magnicidios, sabotajes, bloqueos económicos y guerrillas contrarrevolucionarias, auspiciadas por Estados Unidos, todo con el objetivo de resguardar sus intereses geopolíticos; centrados, básicamente, en el mantenimiento del orden económico manejado y controlado por las grandes corporaciones transnacionales norteamericanas, apoyadas por las elites dominantes.

De ahí que sea sumamente paradójica la posibilidad de que nuestros países (excluyendo a Cuba, por supuesto, por razones históricas y políticas que irritan a la Casa Blanca) se unan en pie de igualdad con el coloso estadounidense, tal como lo dejan entrever los auspiciadores de una mayor cercanía con éste, anhelando una inundación ilusoria de dólares en éstos, a través del ALCA y otros mecanismos que, a la final, le darían a éste una preponderancia aún mayor y, también, el derecho unilateral de intervenir en nuestros asuntos internos, toda vez que considere vulnerados o amenazados sus intereses. Para conseguirlo, Washington dispone ya de una serie de planes, esencialmente militares, que le otorguen la facultad de hacerlo libremente, sin mediar para nada el respeto al Derecho internacional ni la jurisdicción de cualquier tribunal que pretenda juzgar, en algún momento, a sus sacrosantos efectivos militares. Cuestión que contradice y combate el aspecto medular que compone el bolivarianismo: el respeto a la soberanía y al derecho de las naciones a existir en igualdad de derechos en el concierto internacional.-

 

 

LOS ENEMIGOS INVISIBLES DE LA REVOLUCIÓN

Con una oposición reducida a su mínima expresión –aunque con un gran poder económico y una influencia mediática que no pueden desdeñarse aún- ahora le toca al proceso bolivariano librar una importante como ineludible batalla contra quienes, desde el plano interno y seguros de sus posiciones actuales, dificultan el camino a la revolución, imponiendo un pragmatismo electoralista que –si bien se traduce en la conquista de espacios de poder y control del Estado- no hace posible la democracia participativa en manos del pueblo.

El reformismo dominante impide que se le imprima al proyecto revolucionario bolivariano el carácter popular y democrático que éste debiera poseer. En su lugar, se privilegia la toma de decisiones por parte de una minoría, lo cual –a la larga- podría revertirse en contra del mismo procesa que comanda Hugo Chávez. De esta forma, se observa cómo una dirigencia de derecha ocupa el lugar de la vanguardia del proceso bolivariano, obstaculizando que haya un debate serio, responsable y profundo de lo que debería ser el Estado revolucionario, la democracia participativa y protagónica, la fase antiimperialista de la revolución, el nuevo orden social y económico, y el socialismo del siglo XXI, entre otros temas de interés. Asimismo, el reformismo se ha dado a la tarea de desplazar y descalificar a quienes siempre han mantenido en alto las banderas de la revolución. Para ello se vale del ventajismo que le otorga el ejercicio del poder institucional.
Para muchos, el desencanto que esto les produce, los induce a adoptar posiciones de completo aislamiento o de radicalismo extremo, a veces, sin base, lo que no es compartido por las mismas bases populares. Algunos se plantean la conformación de grupos guerrilleros, lo cual confunde a la opinión pública y refuerza los argumentos de la reacción, tanto interna como externa. Tales posiciones benefician ampliamente al reformismo contrarrevolucionario porque uno y otra obvian la participación, organización y formación del pueblo, de modo que pueda convertirse en sujeto social del cambio estructural que contiene el proyecto bolivariano. Así, se le brinda un amplio espectro de posibilidades al ala reformista de la revolución bolivariana para ir trepando todas y cada una de las instancias que integran el Estado al no activarse los diferentes mecanismos legales de control popular existentes, los cuales prefiguran, en cierto modo, ese poder popular del cual tanto se habla, esperando que una providencia del Presidente Chávez cambie el panorama; además de no trabajar por erradicar esa perniciosa dependencia económica de los sectores populares en relación a la dirigencia reformista, lo que le da continuidad a la demagogia y al clientelismo que caracterizaron la era puntofijista.
A todo ello se aúna la dispersión, la desorganización y el parcelamiento que evidencian los sectores revolucionarios populares, lo cual incide en una falta de unidad programática e ideológica de dichos sectores y retarda aún más el avance revolucionario y la toma del poder. En cierta forma, actúan como los verdaderos enemigos de la revolución, cegados por sus propias ilusiones y medias verdades, haciendo que se mantengan incólumes los esquemas de subordinación inculcados por la derecha por más de cuarenta años. Se requiere, por consiguiente, un examen objetivo y exhaustivo de tal realidad, lográndose que los revolucionarios auténticos precisen la estrategia y las tácticas a seguir, de manera que los reformistas sean vencidos y desplazados mediante propuestas viables y realmente revolucionarias. La tarea es ardua y urgente. Mientras la reacción sufre de desorientación y carece de fuerza e iniciativas que hagan tambalear al gobierno chapista, los enemigos invisibles de la revolución prosiguen su labor de zapa. Una vez que sientan amenazados sus intereses y privilegios no dudarán en desconocer el liderazgo y legitimidad del Presidente Chávez, convencidos del poder que detentan; a menos que los revolucionarios auténticos asuman la conducción del proceso bolivariano y lo encaminen a buen puerto.-


 

 

EL DILEMA BOLIVARIANO, ¿ESTADO BURGUÉS O ESTADO REVOLUCIONARIO?

        En palabras de Mabel Thwaites Rey, en Autogestión social y nuevas formas de lucha, los revolucionarios “debemos caminar permanentemente en esa tortuosa contradicción de luchar contra el Estado para eliminarlo como instancia de desigualdad y opresión, a la vez, luchamos para ganar territorios en el Estado, que sirvan para avanzar en nuestros conquistas”. Desde muchísimo tiempo se reconoció que el Estado es algo ajeno o alejado de la sociedad, la cual es sometida a su control y omnipotencia. De hecho, quienes justifican su vigencia, aduciendo que él sirve para armonizar las relaciones sociales desiguales, olvidan que éste siempre tiende a mantener incólumes las estructuras de la sociedad, evitando o reprimiendo cualquier asomo de subversión que ponga en peligro el orden establecido. Además de ello, la estructura de clase que integra la burocracia estatal hace que sus decisiones tengan visos nada democráticos, lo que compromete más sus actuaciones a favor de una clase social determinada: la burguesía. En este caso, el Estado no es neutral, es una máquina de dominación impersonal que responde perfectamente a los intereses de la clase burguesa dominante.
           
            Según Federico Engels, “siendo el Estado una institución meramente transitoria, que se utiliza en la lucha, en la revolución, para someter por la violencia a los adversarios, es un puro absurdo hablar de un Estado `popular y libre´. Mientras el proletariado necesite del Estado, no lo necesitará en interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios, y tan pronto como pueda hablarse de libertad, el Estado, como tal, dejará de existir”. No obstante, conocemos cómo los diversos procesos revolucionarios habidos en la historia humana sucumbieron víctimas del burocratismo y los intereses de Estado, al no desarrollarse en su seno formas organizativas democratizadoras en manos del pueblo que pudieran contrarrestar la excesiva influencia de ambos. Se presenta así el dilema que ha de enfrentar toda revolución, si es verdadera: producir realmente el cambio estructural, de modo que se modifiquen radicalmente las relaciones sociales y se invierta la forma piramidal del poder; o nada más se limita a cambios cosméticos que suavicen o amortigüen el antagonismo de clases, con lo que dejaría de ser una revolución para convertirse en simple reforma. Esto supone adoptar una posición bastante clara respecto a las líneas de acción que guiarán a los revolucionarios para conseguir distinguirse cabalmente de los reformistas, atacando frontalmente los viejos vicios del Estado en la etapa de transición y ensayando nuevas expresiones de poder, protagonizadas, sobre todo, por las masas populares. “No se trata de cambiar –en afirmación de Aram Aharonian, director de Question latinoamericana- para seguir siendo o haciendo lo mismo. El cambio debe ser cultural y los principales actores de ese cambio debieran ser los dirigentes, muchos de ellos olvidados de la necesidad de crear, de inventar esta revolución, y mucho más propensos a `comprar´ proyectos e ideas al mejor estilo del ta`barato”. Es imperativo, entonces, desenmascarar la ficción del Estado en tanto estructura con intereses definidos en beneficio de la clase dominante y en oposición a la amplia mayoría dominada, la cual tiene que recurrir, las más de las veces, a las protestas y a las exigencias violentas para que sean satisfechas sus reivindicaciones más sentidas.

            Si hablamos de una transformación del Estado actual en un Estado revolucionario o popular, tendríamos que modificar o eliminar, desde la raíz misma, el orden económico y el social, dado que las bases sobre las cuales se asienta pertenecen a la sociedad burguesa, aun cuando sus matices nos hagan creer en una “profunda” vocación democrática, con inclusión de los sectores populares. Es imposible concebir un Estado revolucionario o popular con las mismas características y funciones que el viejo Estado a derribar. En lugar de ello tiene que advertirse que, en todo caso, su existencia será transitoria, una vez que el antiguo régimen ya esté totalmente desaparecido al ejercer las masas directamente el poder. Sería una completa incongruencia magnificar el papel del Estado en un proceso revolucionario que apunte a darle todo el poder al pueblo, como rezaba la antigüa consigna de los soviets en 1917. Y lo es más cuando éste se enmarca en la democracia participativa y protagónica, de forma que sea definitivamente superada la democracia representativa y, con ella, la obsoleta forma de Estado.-      

¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL AL GATO? UNA REVOLUCIÓN EN MANOS DE REFORMISTAS

Desde hace algún tiempo la singular confrontación que se viene adelantando entre reformistas y revolucionarios en el seno del proceso bolivariano venezolano ha tenido poca repercusión en las bases populares, huérfanas de una orientación ideológica que les permita comprender con certeza el por qué de dicha confrontación. Esto ocurre en cada estado y municipio de Venezuela, en todas las organizaciones partidistas y sociales que se manifiestan bolivarianas, chavistas o revolucionarias. Por doquier, se observa una pugna tenaz que se pretende silenciar bajo el pueril argumento que la misma perjudica grandemente la marcha del proceso bolivariano y, aún más, desacata las líneas estratégicas emitidas por el Presidente Hugo Chávez. Todo esto, lamentablemente, carece –hasta ahora- de un componente ideológico preciso que ayude a deslindar ambos sectores, de modo que no exista ya más esa rara mezcolanza de gente proveniente de la derecha (con una formación ideológica socialdemócrata o socialcristiana, pero, en todo caso, de derecha) y otra proveniente de las filas de la izquierda o de la ultraizquierda (con una formación marxista-leninista definitoria de su condición revolucionaria), la cual hace que la transición entre el viejo sistema representativo y el nuevo sistema participativo coexistan, sin que se propicie un salto adelante que la trascienda definitivamente. Ello contribuye a que las masas populares se mantengan aferradas todavía a los viejos esquemas restrictivos y el paternalismo que les impusiera el Pacto de Punto Fijo, logrando que las mismas fueran meras espectadoras de las acciones y decisiones que tomaban las cúpulas adeco-copeyanas en su nombre. Hoy se requiere que haya audacia suficiente para enfrentar a las nuevas cúpulas partidistas que le cierran oportunidades de expresión, formación y organización al pueblo. Para tal cometido, todos los individuos y todos los grupos o movimientos medianamente identificados con la propuesta del socialismo del siglo XXI tendrían que tender puentes de comunicación que vayan minando el sectarismo que pudiera caracterizarlos a todos y convencerlos de la necesidad de construir la unidad popular. Mientras no se comprenda que esto es un imperativo histórico que no podrá eludirse si se quiere instaurar la revolución en Venezuela, las cúpulas reformistas seguirán detentando el poder y obstruirán toda iniciativa que socave tal poder, así tengan que enfrentarse a Chávez. Pero, si los individuos y grupos o movimientos insertos en los ideales de la revolución socialista se mantienen al margen de la escena política, pretendiendo tomar el cielo por asalto, sin considerar siquiera el decisivo papel a cumplir por las masas populares, nada extraño tiene que este novedoso proceso revolucionario bolivariano termine fulminado por las apetencias antisociales y contrarrevolucionarias de los reformistas. En este sentido, las experiencias del pasado (llámese la URSS, la Nicaragua sandinista, el Chile bajo Allende y otros procesos revolucionarios que se plantearon la senda socialista) podrían ayudar a superar los errores cometidos y trazarse como meta el acoplamiento de un amplio movimiento revolucionario, sea nacional, regional o local, que –del lado del pueblo, sin subordinarlo- comience a hacer la revolución, confrontando sin temor al reformismo presente en las principales estructuras partidistas del chavismo y en las diferentes instancias de poder. Pero, esto exigirá, a su vez, declinar (de antemano) cualquier postura excluyente y autosuficiente porque, de lo que se trata, es de armar ideológicamente al pueblo, de manera que sea él, y no ningún providencialismo, quien le dé la direccionalidad necesaria al proceso revolucionario bolivariano, incluso, más allá de donde lo ha conducido Chávez.-

UNA REVOLUCIÓN DE CORTO ALIENTO

Si se recapitularan todos los episodios que han comprendido, desde sus comienzos, el proceso revolucionario liderado por Hugo Chávez, podría concluirse llanamente en que l mismo tiende a estancarse en la no consecución de su principal objetivo: el cambio estructural. Al cabo de siete años consecutivos de gobierno y de control del Estado, dicho cambio apenas se manifiesta en el desplazamiento de las cúpulas que por espacio de cuatro décadas usufructuaron el poder de la mano de los partidos conservadores, AD y COPEI. Hoy, siendo cierta la apreciación generalizada de que éstas no volverán a dominar al país, se presentan en el horizonte unas nuevas cúpulas (sociales, políticas y económicas) que, aún utilizando un discurso de contenido revolucionario y totalmente diferente al de las anteriores, están perpetuando el viejo régimen representativo, con unas prácticas antisociales y antidemocráticas que harían sonrojar –si tuvieran vergüenza- a los antiguos dueños del poder en Venezuela. Para la gente común (sobre todo, la identificada con Chávez) existe una tremenda disparidad entre lo que exhorta a hacer el Presidente y máximo líder del proyecto bolivariano revolucionario y lo que hacen sus seguidores en las instancias de gobierno y en los principales partidos políticos que lo apoyan.
         Llevado todo esto al extremo y considerando que las expectativas populares no han sido satisfechas del todo, por una parte, debido a la negligencia burocrática y, por la otra, por la falta de compromiso revolucionario de quienes representan al Estado; podríamos prever una situación de estallido social, el cual pudiera focalizarse en regiones con una alta deuda social aún pendiente o generalizarse por toda la nación. Pero, si procuramos verle el lado positivo, esta manifestación de rebeldía popular bien pudiera acelerar la profundización de los logros revolucionarios alcanzados y poner en manos de una nueva cohorte o vanguardia realmente revolucionaria la conducción del proceso bolivariano, algo que pudo ocurrir tempranamente durante el golpe de Estado de 2001 y la posterior restitución del Presidente Chávez por parte del pueblo y sectores progresistas y patrióticos de las Fuerzas Armadas. Una ocasión que habría justificado ante el mundo entero la toma del poder revolucionario por las masas populares, iniciándose –a partir de este momento- la transformación definitiva de la sociedad venezolana y el desplazamiento del bando moderado y reformista del proyecto bolivariano por uno más abiertamente revolucionario y decidido.
         Mientras tanto, a pesar de su fervor e identificación con el Presidente Chávez, el pueblo en su mayoría se halla desorganizado e ideológicamente desprovisto de herramientas que lo impulsen resueltamente a asumir el protagonismo que le corresponde y a proponerse a ejercer el poder directamente. Una porción importante de la población venezolana sabe, intuye o entiende que el esfuerzo titánico de Hugo Chávez por cambiar radicalmente el orden establecido no es acompañado desinteresadamente por muchos de los gobernantes regionales y municipales, diputados y concejales, jueces y ministros, y partidos políticos y movimientos sociales; todos habituados a percibir y en hacer las cosas al modo del extinto Pacto de Punto Fijo, sin democracia directa, ejercida por el pueblo sin chantaje ni coacción alguna.
         Queda esperar que el nivel de conciencia política e ideológica del pueblo comience a expresarse con mayor fuerza cada día, de manera autónoma y consecuente, evitando que la revolución bolivariana sea una revolución de corto aliento, con muchísimo por hacer, pero que, al cabo, sucumbió víctima del reformismo contrarrevolucionario infiltrado en sus filas, como acaeciera con otros proceso en la amplia geografía mundial que no pudieron prosperar y definirse porque se le impidió al pueblo –al cual se dirigía, aparentemente, todo el accionar revolucionario- ejercer su principal derecho ciudadano: su soberanía. Aunque haya optimista al respecto, incluido el Presidente, no es descartable la posibilidad de que el proceso revolucionario venezolano viva una nueva encrucijada, quizás la más incierta y peligrosa de todas las confrontadas hasta ahora: o la rescatan los revolucionarios auténticos de las garras de los reformistas, o éstos terminan pervirtiéndola y desviándola de sus propósitos originales. Así de simple.-