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NUESTRA AMÉRICA

LA OTREDAD NUESTRAAMERICANA

LA OTREDAD NUESTRAAMERICANA

 

La especificidad de nuestra América, de lo que ésta es y ha sido como el amplio ámbito geográfico, cultural, sociológico, económico y político situado entre el sur del río Bravo y la Patagonia, donde se ha gestado una tradición ininterrumpida de luchas populares desde el instante que los europeos decidieron adueñarse de ella hasta la época actual, es una especificidad que ha ocupado a una gran porción de intelectuales tratando de explicarla y de darle alguna orientación que haga posible aflorar sus potencialidades como territorio de la emancipación integral humana. El Libertador Simón Bolívar al dirigirse a los diputados del Congreso de Angostura en 1819, destaca que se debe tener «presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del Norte, que más bien es un compuesto de África y de América, que una emanación de la Europa; pues que hasta la España misma deja de ser europea por su sangre africana, por sus instituciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado; el europeo se ha mezclado con el indio y con el africano. Nacidos todos del seno de una misma madre, nuestros padres, diferentes en origen y en sangre, son extranjeros, y todos difieren visiblemente en la epidermis; esta desemejanza trae un reato de la mayor trascendencia». Esta conclusión de Bolívar será compartida, de uno u otro modo, por una amplia gama de pensadores, algunos bajo la influencia ideológica del eurocentrismo y otros guiados por la dialéctica y el materialismo histórico, lo que le convierte en un tema de discusión que no cesa, a pesar de los siglos transcurridos. Ahora muy especialmente cuando, desde las más recientes décadas, muchos acogen la propuesta de emprender y asentar un proceso de descolonialidad del pensamiento; lo que implica entender y aceptar la realidad de otros universos culturales, tan válidos o más que el representado por el eurocentrismo.

 

En su ensayo «Nuestra América», el Apóstol de la independencia cubana, José Martí, recomienda que «la historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria». Tiempo antes, el Maestro revolucionario Simón Rodríguez, con su singular estilo, hizo una acotación similar al señalar: « ¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original. Original han de ser sus instituciones y su Gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otro. O inventamos o erramos». Es decir, la otredad americana es una preocupación constante entre nosotros, los hijos y las hijas de nuestra América, presente en los llamados a la unidad e integración de nuestros países, especialmente frente a lo que éstos han sido bajo la hegemonía imperialista de Estados Unidos. Pero también es la comprensión (poco compartida con las clases dominantes) de cuáles podrían ser sus potencialidades en el campo económico, de forma totalmente independiente, sin aceptar tácita y sumisamente el papel de réplicas o sucursales de las metrópolis del sistema capitalista, convertidas -desde un primer momento- en simples proveedoras de materia prima y consumidoras de lo que produzcan las grandes corporaciones transnacionales.

 

Hace falta entender, junto con Karl Marx, que «el descubrimiento de las comarcas auríferas y argentíferas en América, el exterminio, esclavización y soterramiento en las minas de la población aborigen, la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la transformación de África en un coto reservado para la caza comercial de pieles-negras, caracterizan los albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos constituyen factores fundamentales de la acumulación originaria». Gracias a ello, la Europa y los Estados Unidos alcanzaron los niveles de desarrollo que, ilusamente, algunos esperan que algunos de nuestros países puedan tener en el futuro, sin detenerse a pensar que a aquellos no les conviene que esto ocurra, por muchas reformas legislativas y económicas que se hagan, ajustándose a los esquemas neoliberales.

 

La sumisión pasiva a la ley capitalista ha representado un escollo formidable contra el cual se han estrellado muchos de los objetivos de emancipación trazados por teóricos y movimientos populares, impidiendo que pueda así concretarse una verdadera revolución democrática y soberana, conducida y sustentada en toda circunstancia por los pueblos de nuestra América. En este caso, la multiplicidad y la unicidad de nuestra América representan la fortaleza y el espíritu con que nuestros pueblos puedan romper el estado de explotación y de dependencia en que aún se les desea mantener indefinidamente. Esto entraña, por otra parte, una ruptura radical con la concepción del Estado-nación a la cual nos habituamos y defendemos desde 1810, basándose más en los valores que preservan la vida en un sentido generalizado que aquellos que privilegian, por encima de todo, el lucro y el interés privado. -

 

EL EJEMPLO BOLIVIANO Y LA OPORTUNIDAD DE SEPARAR EL GRANO DE LA PAJA

EL EJEMPLO BOLIVIANO Y LA OPORTUNIDAD DE SEPARAR EL GRANO DE LA PAJA

 

El ejemplo de lo ocurrido en Bolivia no debería ser un ejemplo escogido al azar, limitando la victoria electoral de Luis Arce a una simple reacción frente a la imposición de los grupos fascistas que derrocaran al Presidente Evo Morales con el respaldo del gobierno gringo y la Organización de Estados Americanos. Gracias a las elecciones -siempre usadas por los sectores hegemónicos como instrumentos de control y de dominación de las mayorías populares-, el pueblo boliviano pudo demostrar su apego a las reformas democráticas impulsadas por el gobierno progresista de Morales lo que, unido a la actitud retrógrada de los grupos fascistas/conservadores, hizo que superara la represión y las amenazas con que éstos quisieron devolverlo a su estado anterior de sumisión y exclusión.

La diferencia, oposición y contradicción existentes entre los grupos, capas y clases sociales en Bolivia pudieron verse, desde la época colonial, como realidades insuperables sobre las cuales no podría hacerse nada para quebrantarlas y transformarlas aunque fuera en un mínimo detalle o aspecto, gracias a la ideología de quienes ocuparon el máximo sitial en la pirámide del poder. Sin embargo, como lo aclara Jean Marc Piotte en su estudio El  pensamiento político de Gramsci, «las clases subalternas no son puros receptáculos; no se hallan enteramente condicionadas por la ideología de las clases dominantes; piensan por ellas mismas, hasta un cierto nivel». De este modo, no solo por el papel cumplido por Evo Morales, sino por el extenso y sacrificado historial de luchas reivindicativas de los movimientos populares, campesinos, obreros e indígenas, pudo lograrse en esta nación andina la experiencia de protagonizar unos momentos de transición cualitativa que anticiparon en mucho un ejercicio más pleno y directo de la democracia, más allá de sus esquemas tradicionales; definiendo así una nueva realidad y superando los límites impuestos por los sectores dominantes. 

Ahora les corresponde a los sectores populares bolivianos enfocar su atención en el decisivo problema del poder y evitar que, nuevamente, la ultraderecha use los mecanismos constitucionales en su beneficio o que todo desemboque en una situación parecida a la escenificada en Ecuador tras el período presidencial de Rafael Correa. Como lo observan los militantes de Askapena, Iñaki Etaio y René Behoteguy, «el pueblo boliviano ha dejado claro que no apoya a una persona sino un proyecto político de emancipación de las clases populares y los pueblos originarios». Una cuestión que no puede limitarse a la ocupación de todos, o la mayoría, de los cargos burocráticos del Estado, puesto que esto no es suficiente garantía para iniciar una transformación estructural de la sociedad y, sobre todo, en favor de la mayoría. Siendo ellas concomitantes, es el momento oportuno para llevar a cabo cambios en cuanto a las relaciones de poder y las relaciones de producción. Con ello, se podrá separar entonces el grano de la paja. -

 

 

NUESTRA AMÉRICA, TERRITORIO PERENNE DE LA UTOPÍA

NUESTRA AMÉRICA, TERRITORIO PERENNE DE LA UTOPÍA

Nos ha correspondido como continente (desde los albores de la invasión europea a estas tierras) el destino de ser el escenario propicio de la Utopía imaginada por el inglés Tomás Moro. Cuestión que fue recreada primeramente (con pocas variaciones) por los teóricos de la independencia de las colonias hispanoamericanas, y luego, bajo la influencia de Marx, Engels y Lenin, por quienes enarbolaran las banderas de la lucha por el socialismo revolucionario. Un elemento que ha dejado su huella en los pueblos de nuestra América, los cuales (a pesar de la gran influencia ejercida desde hace siglos por el eurocentrismo) no dejan de luchar por hacer realidad esta particular utopía. Así sea -en algunos casos- por simple instinto político, como acaeciera luego de la liberación política de la vieja España cuando un importante porcentaje de la población marginada acompañara a caudillos providenciales que prometieron cambios que sólo se plasmaron a nivel retórico.

Sin embargo, el esquematismo y el dogmatismo con que fuera abordada esta Utopía en la etapa histórica del siglo XX a través del socialismo revolucionario -siguiendo el patrón impuesto por el burocratismo soviético tras la desaparición física de Lenin- impidieron que la misma se desarrollara de una forma totalmente amplia, crítica y creadora. Las convergencias y las divergencias que esto produjera entre muchas organizaciones políticas de la izquierda no contribuyeron a disipar la desconfianza creada entre nuestros pueblos por los sectores dominantes, sobre todo cuando los debates no pasaban de ser meras adhesiones a uno u otro de los teóricos de la revolución socialista que poco tenían que ver con las necesidades y las condiciones específicas de estas naciones. La simple enunciación escolástica que se acostumbró entre varios de estos movimientos políticos (persistentes en la actualidad) entorpeció la realización práctica y coherente de un verdadero socialismo revolucionario, impulsado por una conciencia política revolucionaria que fuera capaz de superar las contradicciones socioeconómicas del orden establecido en vez de suavizarlas o de tratar de coexistir con ellas. Simultáneamente, se obstaculizó el disfrute y el acceso a los grandes y múltiples avances científicos y tecnológicos ocurridos en medio siglo, a la cultura y a los bienes materiales que podrían redundar en el desarrollo y la emancipación integral de los pueblos de nuestra América; dejando todo en manos de una minoría persistentemente insatisfecha con su avaricia.  A ello se agregó también la visión mecanicista de la historia -tan al gusto de sus representantes y apologistas-, así como la anulación de la individualidad y la disolución del individuo en la masa absorbida y alienada por el consumismo, según los patrones establecidos por el capitalismo.

En este contexto, la necesidad histórica de erigir una opción realmente revolucionaria no hace sino imponerse. La implantación del modelo económico neoliberal capitalista ayudó a crear un fermento favorable para crearla y hacerla viable. La realidad económica neoliberal de los últimos tiempos puso en evidencia la inexistencia de la mano invisible del mercado con que los economistas justificaran la usura, las desigualdades y la explotación sin cesar de los trabajadores que caracterizan al capitalismo. Hoy está más claro que esa mano invisible no es tan invisible como se pregonó desde mucho tiempo atrás. Ella pertenece a los grandes conglomerados que rigen el sistema capitalista global y a las clases gobernantes que respaldan, con sus medidas, conflictos bélicos y legislaciones, los intereses de tales conglomerados, en desmedro de los derechos y los intereses de la mayoría.  

Vale concluir que “esta vez no tenemos oportunidad de volver a equivocarnos, lo que antes fue ingenuidad o desconocimiento, hoy sería mera estupidez, que la historia no va a perdonarnos”, como afirmara Celia Hart Santamaría en el prólogo de la obra de Carlos Tablada, “El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara”. Nuestra América (vistas todas sus potencialidades, en especial aquellas que se derivan de su legado multiétnico) podría, entonces, cumplir con ese destino de ser el escenario propicio de la Utopía. Sería el  territorio perenne donde (sin pecar de ilusos) todo individuo hallaría, en definitiva, su verdadera emancipación, aquella que le restituya su condición humana, en armonía con sus semejantes y la naturaleza. -   

 

NUESTRA AMÉRICA, TERRITORIO PERENNE DE LA UTOPÍA

NUESTRA AMÉRICA, TERRITORIO PERENNE DE LA UTOPÍA

 

Nos ha correspondido como continente (desde los albores de la invasión europea a estas tierras) el destino de ser el escenario propicio de la Utopía imaginada por el inglés Tomás Moro. Cuestión que fue recreada primeramente (con pocas variaciones) por los teóricos de la independencia de las colonias hispanoamericanas, y luego, bajo la influencia de Marx, Engels y Lenin, por quienes enarbolaran las banderas de la lucha por el socialismo revolucionario. Un elemento que ha dejado su huella en los pueblos de nuestra América, los cuales (a pesar de la gran influencia ejercida desde hace siglos por el eurocentrismo) no dejan de luchar por hacer realidad esta particular utopía. Así sea -en algunos casos- por simple instinto político, como acaeciera luego de la liberación política de la vieja España cuando un importante porcentaje de la población marginada acompañara a caudillos providenciales que prometieron cambios que sólo se plasmaron a nivel retórico.

Sin embargo, el esquematismo y el dogmatismo con que fuera abordada esta Utopía en la etapa histórica del siglo XX a través del socialismo revolucionario -siguiendo el patrón impuesto por el burocratismo soviético tras la desaparición física de Lenin- impidieron que la misma se desarrollara de una forma totalmente amplia, crítica y creadora. Las convergencias y las divergencias que esto produjera entre muchas organizaciones políticas de la izquierda no contribuyeron a disipar la desconfianza creada entre nuestros pueblos por los sectores dominantes, sobre todo cuando los debates no pasaban de ser meras adhesiones a uno u otro de los teóricos de la revolución socialista que poco tenían que ver con las necesidades y las condiciones específicas de estas naciones. La simple enunciación escolástica que se acostumbró entre varios de estos movimientos políticos (persistentes en la actualidad) entorpeció la realización práctica y coherente de un verdadero socialismo revolucionario, impulsado por una conciencia política revolucionaria que fuera capaz de superar las contradicciones socioeconómicas del orden establecido en vez de suavizarlas o de tratar de coexistir con ellas. Simultáneamente, se obstaculizó el disfrute y el acceso a los grandes y múltiples avances científicos y tecnológicos ocurridos en medio siglo, a la cultura y a los bienes materiales que podrían redundar en el desarrollo y la emancipación integral de los pueblos de nuestra América; dejando todo en manos de una minoría persistentemente insatisfecha con su avaricia.  A ello se agregó también la visión mecanicista de la historia -tan al gusto de sus representantes y apologistas-, así como la anulación de la individualidad y la disolución del individuo en la masa absorbida y alienada por el consumismo, según los patrones establecidos por el capitalismo.

En este contexto, la necesidad histórica de erigir una opción realmente revolucionaria no hace sino imponerse. La implantación del modelo económico neoliberal capitalista ayudó a crear un fermento favorable para crearla y hacerla viable. La realidad económica neoliberal de los últimos tiempos puso en evidencia la inexistencia de la mano invisible del mercado con que los economistas justificaran la usura, las desigualdades y la explotación sin cesar de los trabajadores que caracterizan al capitalismo. Hoy está más claro que esa mano invisible no es tan invisible como se pregonó desde mucho tiempo atrás. Ella pertenece a los grandes conglomerados que rigen el sistema capitalista global y a las clases gobernantes que respaldan, con sus medidas, conflictos bélicos y legislaciones, los intereses de tales conglomerados, en desmedro de los derechos y los intereses de la mayoría.  

Vale concluir que “esta vez no tenemos oportunidad de volver a equivocarnos, lo que antes fue ingenuidad o desconocimiento, hoy sería mera estupidez, que la historia no va a perdonarnos”, como afirmara Celia Hart Santamaría en el prólogo de la obra de Carlos Tablada, “El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara”. Nuestra América (vistas todas sus potencialidades, en especial aquellas que se derivan de su legado multiétnico) podría, entonces, cumplir con ese destino de ser el escenario propicio de la Utopía. Sería el  territorio perenne donde (sin pecar de ilusos) todo individuo hallaría, en definitiva, su verdadera emancipación, aquella que le restituya su condición humana, en armonía con sus semejantes y la naturaleza. -  

 

LA HORA OSCURA DE BOLIVIA

LA HORA OSCURA DE BOLIVIA

El odio de clases, la colonialidad del pensamiento, el racismo y la violencia extrema son los rasgos principales que marcan la acción golpista de la derecha en Bolivia. Rasgos que tienden a repetirse y ser comunes en Venezuela y otras naciones de nuestra América, según un patrón fijado por Estados Unidos, en correspondencia plena con su doctrina de dominación imperialista. Para la clase gobernante estadounidense, la hora oscura de Bolivia es la oportunidad buscada de recuperar el papel preponderante perdido al sur de sus fronteras, en momentos que el gobierno de Donald Trump mantiene su asedio contra el gobierno de Venezuela, Luiz Inácio Lula Da Silva inicia el camino de su liberación total, Mauricio Macri pierde la presidencia en Argentina y la protesta social sigue sacudiendo las calles de Chile.

No causa extrañeza, por consiguiente, que sea derrocado y se le endilgue a Evo Morales Ayma la responsabilidad de todo lo sucedido en su país. De esta forma, los diversos atropellos y violaciones de los derechos humanos perpetrados por grupos vandálicos contra una población mayoritariamente indígena cumplen la finalidad de atemorizar y segregar a quienes defienden al gobierno derrocado; imponiendo una visión sesgada de la realidad y, de este modo, lograr revertir todo aquello logrado durante el mandato presidencial de Morales.

Vistos en conjunto, semejantes rasgos dan cuenta de un perfil de la derecha boliviana abiertamente antidemocrático, en lo que coincide con sus pares de otras naciones, independientemente de cuáles sean la época, sus representantes y su ubicación geográfica. De ahí que, más que preservar derechos democráticos, la derecha protege privilegios, al estilo de los acostumbrados bajo el antiguo régimen colonial. Por eso, la inclusión social, el Estado de derecho y la democracia participativa y protagónica no tienen cabida alguna en su reducido ideario político.

Su concepción del Estado conforma un sistema de creencias y actitudes explícitamente excluyente e, indudablemente, racista donde la democracia es concebida como una democracia de espectadores pasivos, carentes de conciencia social y de iniciativas autogestionarias, sólo convocados al realizarse elecciones cada cierto tiempo, ajustadas a sus propias reglas, propicias siempre a la preservación de su hegemonía. Esto les induce a ver en el resto de la población a una masa ignorante e incapaz de asumir una conducta ciudadana y democrática, lo que les obliga a tratarla con un desprecio poco disimulado, justificando su miseria, marginación y explotación como algo intrínseco a su idiosincrasia; lo que les hace compartir, sin pudor, iguales criterios con quienes dirigen la maquinaria imperialista gringa.                   

 Aunque se niegue, distorsione o invisibilice, en Bolivia existe desde hace largo tiempo una confrontación de clases (de forma similar al resto del continente), puesta de relieve dramáticamente una vez fuera electo Evo Morales presidente, y azuzada desde Washington, contando para ello con un ingente arsenal mediático que cubrió todos los frentes posibles, promoviendo un clima de intolerancia política, con su saldo de destrucción, asesinatos y agresiones físicas contra dirigentes políticos y sociales indígenas; sin merecer una condena categórica de gobiernos y organismos internacionales.    

La reiterada cita de Simón Bolívar respecto a que “los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar de hambre y miseria a los pueblos de América en nombre de la libertad” tiene en la actualidad una evocación de profecía cumplida. Lo ocurrido en Bolivia, al igual que en Honduras, Paraguay y Venezuela, en el pasado reciente, confirma cuánta razón tuvo El Libertador en advertirlo, ya que -a pesar de su negación- el principal beneficiario de este golpe de Estado (lo mismo que cualquiera de los propiciados en toda la historia común de nuestra América) es el imperialismo gringo. Sus grandes compañías transnacionales estarán prestas, como lo aspiraban, a participar en la rebatiña de los recursos naturales, las empresas y los servicios públicos de la nación andina, subordinando la soberanía boliviana a los intereses geopolíticos y capitalistas estadounidenses. Sin embargo, continuará latente la utopía del pueblo boliviano por hacer realidad su completo reconocimiento, su concepción comunitaria de democracia, la redistribución equitativa de la riqueza y su derecho a la paz; en condiciones de verdadera igualdad y soberanía, como le corresponde a todo pueblo realmente libre. -             

 

LA DOLARIZACIÓN DE FACTO DE VENEZUELA

LA DOLARIZACIÓN DE FACTO DE VENEZUELA

La dolarización de la economía venezolana -pese a los esfuerzos del gobierno nacional para impedirla, antes y ahora- se inició prácticamente con la campaña orquestada desde los diferentes medios de comunicación de los sectores de la ultraderecha, implantando un clima ficticio de inestabilidad económica apoyado por páginas como DolarToday, que permitió incrustar un dólar paralelo a su total conveniencia. Simultáneamente, se desarrolló una espiral descontrolada de acaparamiento, especulación y contrabando de productos de primera necesidad que han afectado, principalmente, a la población de menor poder adquisitivo, una porción de la cual se ha visto obligada a emigrar a otras naciones donde el trato recibido no es el mejor de todos, dada la xenofobia desatada en su contra, incluso desde instancias oficiales.

 

Como parte de su estrategia, la derecha local (estimulada y asesorada desde el exterior) inventó un culpable. Inmediatamente, la burguesía parasitaria señaló al gobierno como único responsable de la crisis que ella misma ideara y aupara. Sus más conspicuos representantes se dieron a la tarea de contactar a gobiernos (liderados por Estados Unidos) que incrementaran la presión sobre Venezuela, de modo que Nicolás Maduro se viera obligado a dimitir como única alternativa para sacar al país de los graves aprietos en que éste se halla. Esta degradación sistemática de la gobernabilidad y de la economía venezolanas -causada, como ya se sabe, por los enemigos del chavismo, pero también, no hay que dudarlo, ni porqué negarlo, por la codicia, la ineficiencia y la falta de visión política de muchos de sus principales actores- ha permitido que la dolarización sea un asunto cotidiano entre venezolanas y venezolanos, en tiempos pasados ajena al vaivén de los tipos de cambio de divisas extranjeras y, ahora, víctima de la especulación diaria de empresarios, con base en lo que el dólar sería respecto al bolívar; cuestión ésta que no se corresponde con la realidad, ya que la hiperinflación tiende a incrementarse más por razones particulares que por efecto del alza del dólar. Ahora esta misma oposición, estrechamente ligada a los factores de poder hegemónico estadounidense, se presenta ante el país como la única capaz de solucionar la crisis que ha tratado de agudizar por todos los medios, lo que, según sus propósitos, forzaría a los sectores populares a alzarse contra el chavismo, consintiendo revertir totalmente la situación creada por este durante estos últimos veinte años.

 

Refiriéndose a este tema, Pascualina Curcio, en su artículo “Nuevo orden económico mundial”, describe que “la hegemonía del dólar es un arma poderosa no solo por el dominio que puede ejercer Estados Unidos al tener el control del suministro de la moneda a nivel mundial y las transacciones financiera que con ésta se realicen, sino que, además, basar el sistema monetario en la ‘la confianza’ y no en activos reales y palpables, le ha permitido al país norteamericano accionar otra de las armas imperiales más poderosas: el ataque a las monedas de los países que no se alinean a sus intereses. Manipular los tipos de cambio resulta más sencillo cuando el precio depende de una variable tan etérea como es la fiducia”. Siguiendo el curso de esta aseveración, tendría que aceptarse que, pese al modelo económico fomentado por el chavismo, nominalmente socialista, la economía venezolana no alcanzó independizarse de esta hegemonía del dólar; al contrario, se estimuló la inversión de empresas transnacionales, sobre todo petroleras, con sede en Estados Unidos. A la par de ello, muchos gobernantes chavistas fundaron empresas bajo el esquema capitalista y, por ende, sometidas a las fluctuaciones de la moneda gringa, creando un escenario enteramente contrario a sus discursos. No es extraño, entonces, que la dolarización pregonada por varios dirigentes opositores tuviera alguna posibilidad de concretarse, llevando al país a lo que sería un inevitable callejón sin salida. No obstante, en medio de esta realidad, todavía cabe pensar en la perspectiva (nada ilusoria) de una democracia económica, incluso sin renegar del todo del capitalismo (para escándalo de algunos), en lo que sería la promoción de las economías productivas en sus niveles regionales y locales, con pequeños y medianos empresarios, además de emprendedores populares, más que basar cualquier medida en la flexibilización laboral y el apoyo financiero brindados a las grandes empresas, nacionales o extranjeras.

 

Esto exige que el liderazgo político del país (chavista y opositor) entienda como mínimo que la salida de la crisis creada impone la adopción de medidas orientadas a la producción interna, en especial de insumos agrícolas, medicinas y alimentos, evitando la libre importación de rubros que se elaborarían en Venezuela. Es decir, comprender la importancia de la producción social, lo que tendría un peso significativo en la economía venezolana si no se coarta su autonomía y no se le somete al absolutismo de engorrosos procedimientos administrativos que rezagan y frustran su pleno funcionamiento. Otro tanto debiera hacerse en lo que respecta a las diversas empresas en manos del Estado, poniendo al frente de las mismas a personas idóneas para su manejo en vez de activistas o simpatizantes del gobierno que solo se contentan con asumir el cargo, careciendo del perfil requerido y de la conciencia revolucionaria para medianamente entender el gran compromiso a asumir para hacerlas realmente productivas y sacarlas adelante, en bien de todos los venezolanos. -                

 

EN POS DEL PENSAMIENTO DESCOLONIZADO DE NUESTRA AMÉRICA

EN POS DEL PENSAMIENTO DESCOLONIZADO DE NUESTRA AMÉRICA

 

Transcurridas las primeras décadas del presente siglo, se puede repetir con igual intención lo que el Apóstol de la independencia cubana, José Martí, dijera sobre los gobernantes yanquis: “Creen en la necesidad, en el derecho bárbaro, como único derecho: ‘esto será nuestro, porque lo necesitamos’. Creen en la superioridad incontrastable de la ‘raza anglosajona contra la raza latina’. Creen en la bajeza de la raza negra, que esclavizaron ayer y vejan hoy, y de la india, que exterminan. Creen que los pueblos de Hispanoamérica están formados, principalmente, de indios y de negros”. En razón de semejante derecho, los imperialistas gringos enarbolan la doctrina Monroe y su “destino manifiesto” para usufructuar a su libre antojo las riquezas naturales y mantener una hegemonía indisputable sobre los mercados existentes al sur del río Bravo. Con la finalidad de asegurar tal cometido, se procede a la negación de lo autóctono, de las raíces históricas de nuestros pueblos mestizos -en complicidad con las clases dominantes endógenas- lo que significa negarles el derecho de reconocerse en su propia historia, y aceptándose fatalmente, en consecuencia, como válida la estrategia de occidentalización de nuestra América, la cual -entre otras cosas- apenas permite visibilizar algunas manifestaciones artístico-culturales bajo la clasificación genérica de tradiciones y folklore. Esto se acentuó con la implantación del modelo capitalista neoliberal, haciéndose creer que es imprescindible (e ineludible) desprenderse de cualquier tipo de identidad localista o nacionalista para acceder, por la puerta grande, al ansiado mundo desarrollado del capitalismo contemporáneo.

En abierto contraste con esta realidad recurrente de nuestra América (víctima, primero, del colonialismo y la expoliación de España y, luego, del neocolonialismo y la expoliación de Estados Unidos) se impone, como ya lo determinaran algunos estudiosos de tal realidad, la búsqueda incesante y diversificada de un pensamiento autónomo que, sin dejar de estar enlazado con el pasado de luchas de los sectores populares marginados, sea también cosmopolita. Ahondando algo en este punto, a la globalización neoliberal habría que oponérsele una globalización emancipatoria contrahegemónica, entendida como una globalización plural y pluralista, contraria al pensamiento único que acompaña a aquella, por lo que se requiere una alta dosis de creatividad, innovación, herejía y subversión. Esto pasa, igualmente, por el reconocimiento entre los diversos movimientos que la integren de nexos afines, sin perder por ello su autonomía.

¿Contra qué podría rebelarse este pensamiento autónomo y, por tanto, descolonizado de nuestra América? En primera instancia, contra la alienación y la cosificación de las cuales son objeto sus pobladores bajo el régimen capitalista, en lo que representa -por sus muchas implicaciones- un formidable desafío en el orden teórico. Luego, quizás de una manera más inmediata, se haría lo propio respecto al ejercicio de la democracia, partiendo del cuestionamiento reiterado de sus deficiencias y formalidades. En esta reflexión, podría recurrirse a lo producido intelectualmente desde nuestra América, incluyendo, entre otros aportes producidos en esta vasta región, lo relacionado con la teoría de la dependencia,  liberación, la teología de la liberación y la filosofía de la liberación, en lo que conformaría un conjunto de búsquedas de cambios dirigidos a una emancipación más plena e integral.

Como parte de este proceso en pos del pensamiento descolonizado de nuestra América, habría que entender y afianzar la política bajo una nueva concepción, esto es, hacer de ésta un proyecto ético, en vez de la práctica tradicional de control de la ciudadanía o como escenario de lucha de intereses encontrados. Lo mismo habrá que entender respecto a lo social como práctica política. De acuerdo con Leonardo Boff, habrá que forjar una ciudadanía activa que se exprese creadoramente en una serie de dimensiones que permitan concretar un modelo civilizatorio verdaderamente humanizado: 1) Político-participativa, 2) económico-productiva, 3) popular-incluyente, 4) con-ciudadana, 5) ecológica y 6) terrenal. Es, en resumidas cuentas, una subversión generalizada en abierta oposición a la hegemonía del capital y su garante, el Estado burgués-liberal, en todas sus formas. Esto impulsaría una radicalización profunda de la práctica y el concepto de la democracia desde el punto de vista de lo social, en lo que sería más bien una teorización ecologista, pragmática además, ajena a las diversas estructuras de poder vigentes; lo que implica poner en marcha un serio cuestionamiento de las mismas y la búsqueda de opciones válidas que contribuyan efectivamente al logro de la descolonización cultural-ideológica y, por ende, a una liberación menos retórica (y más real) de los pueblos de nuestra América. - 

 


LA REBELDÍA POPULAR COMO ANTESALA DE UN NUEVO MODELO CIVILIZATORIO

LA REBELDÍA POPULAR COMO ANTESALA DE UN NUEVO MODELO CIVILIZATORIO

Es harto significativo que en el relato inicial de la Biblia la primera reseña sobre la rebeldía humana se asocie a la adquisición de conocimiento. Queda así registrado que la inquietud y la búsqueda del conocimiento del bien y del mal provino, primeramente, de Eva, lo cual es doblemente un elemento relevante por las consecuencias derivadas de su acción, lo que acarreó no únicamente sus dolores de parto sino su subordinación como cónyuge de Adán, sentándose el precedente sagrado y, por consiguiente, totalmente "incuestionable" respecto al rol que les correspondería asumir, desde entonces hasta nuestros días, a las mujeres en la sociedad patriarcal.

En el mismo relato queda en evidencia, por otra parte, que “el Dios de la cristiandad -como lo enuncia José Romero Lossaco en La invención de la exclusión- no dialoga con nadie, no necesita el acuerdo creador, él es uno, es la verdad y la verdad no dialoga, es única”; un rasgo que se extenderá a la colonialidad, desde el arribo de Colón y sus huestes a lo que sería América hasta el siglo presente, conformando un modelo civilizatorio basado en el racismo y el eurocentrismo, lo que, redundando, hará ver como inferior ante Europa la cultura de los demás pueblos del mundo. 

La noción de rebeldía sería entonces algo condenable, si atendemos a tal relato, al igual que el mito griego referido al titán Prometeo, especialmente por lo que ella representa -no sólo en el plano estrictamente teológico- también para las clases gobernantes y el orden establecido. Sean cuales sean las épocas y el espacio geográfico donde ésta se haga sentir y adquiera fisonomía.

El cuestionamiento resultante es reprimido, generalmente de un modo cruento y, en otras ocasiones, de un modo sutil, apenas percibido por la mayoría de las personas. En todo caso, desde las alturas del poder se pretende que los rebeldes reparen y se convenzan por sí mismos de la inutilidad de su esfuerzo por transformar lo existente. De no prosperar tal propósito, se le somete a la misma suerte padecida por Eva y Adán al expulsárseles del Paraíso, sólo que en los tiempos modernos esta medida puede entrañar la persecución y el encarcelamiento de los involucrados (con su respectiva dosis de aislamiento y torturas) y, en situaciones extremas, asesinatos y desapariciones; como acaece de manera cotidiana en nuestra América; sin mucho escándalo de la gente de "bien". Además de tales medidas, las clases dominantes han conseguido que los mismos sectores populares (a favor de los cuales está dirigida la acción liberadora de quienes encarnan la rebeldía, sobre todo, de carácter político) se hagan eco de la condena en contra de todo aquel que intente deslegitimar su régimen de dominación; aún en las circunstancias más inocuas.

Por eso la rebeldía (con causa, dirán algunos) debe entenderse en un plano que supere la mera reivindicación de lo individual. Ella está llamada a generar una reacción general que permita cambiar no sólo el factor que la desencadena sino todo el sistema vigente. Al plantearse tal situación, hay que reflexionar (sin ser cosa nada novedosa) que toda rebeldía tiene un punto de partida. Cada gesto, cada acción y cada pensamiento. No es casual, por tanto, que ésta se manifieste contraria a un orden injusto, ya sea político, económico, social, cultural o religioso; extendiéndose tanto en el ámbito familiar como al resto de los ámbitos en que se desenvuelve cada ser humano. Pero, esta rebeldía carecerá de una base de sustentación sólida si no desentraña a profundidad el dónde, cuándo, cómo, porqué y para qué de todo aquello que llegue a cuestionar.

Ello facilitaría que mucha de esta rebeldía se canalice apropiadamente -sin consentir en la coptación de los poderes fácticos, como ocurre en muchas ocasiones, de forma que su accionar contribuya al logro de una verdadera emancipación social de la humanidad.No fueron los conformistas quienes abrieron, por cierto, los caminos de la evolución social. Tampoco las minorías dominantes (al menos, no de una manera del todo desinteresada). Fueron los rebeldes. Cada uno de un modo distinto, pero efectivo; a pesar del tiempo que pudo mediar entre su momento inicial y el resultado final, como ocurriera con Mahatma Gandhi, Martin Luther King o Nelson Mandela, aplicando métodos de lucha similares.

De igual forma, podrán citarse como ejemplos aquellos que recurrieron al uso de las armas o a quienes -desde el campo científico, artístico e intelectual- contribuyeron a modelar, de uno u otro modo, la sociedad presente. La rebeldía, por tanto, no se limita a un orden, una edad, una nacionalidad, una religión o un grupo social específicos. En la era de la globalización y de la utilización de las tecnologías de la información -con un sujeto de rendimiento, ajustado a los esquemas de explotación favorables al capitalismo neoliberal- es necesario que este tipo de rebeldía se interconecte con otras expresiones válidas de rebeldía, ya no por lo que tienen en común (enfrentando cada una a su modo y según sus visiones particulares las estrategias de dominación que atentan contra la autodeterminación, la paz y la libertad de los pueblos en todo el orbe) sino porque, juntas, harán más factible el logro de sus propias metas.

No obstante la diversidad de hechos y luchas distantes y distintas, se puede concluir que éstas apuntan al desmontaje y/o la reestructuración de todo el modelo civilizatorio contemporáneo, marcado y sustentado de una forma general por la lógica capitalista. Una muestra de ello es la rebeldía popular protagonizada, desde finales de 2018, por los chalecos amarillos en Francia. Una rebeldía generalizada que derrumbaría, de proponérselo, toda la armazón del orden vigente de la nación francesa, el cual -básicamente, como pasa en casi la totalidad de la geografía terrestre- impide el reconocimiento del "otro" como ser humano que es, al que le es lícito, además, reconocerle sus aspiraciones de vivir en unas condiciones plenamente garantizadas de igualdad, fraternidad y libertad. -