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NUESTRA AMÉRICA

DUQUE Y LA OTRA HISTORIA DE LA INDEPENDENCIA COLOMBIANA

DUQUE Y LA OTRA HISTORIA DE LA INDEPENDENCIA COLOMBIANA

Según lo expresado por el presidente Iván Duque al Secretario de Estado del gobierno de Donald Trump, Mike Pompeo, Colombia cumplirá el 200° aniversario de haber sido liberada de España por los padres fundadores de Estados Unidos y no gracias al esfuerzo conjunto de venezolanos y neogranadinos bajo la conducción del Libertador Simón Bolívar.

 

A este paso, poco faltará para que renueve el decreto de proscripción emanado en 1830 contra Bolívar, de modo que las nuevas generaciones colombianas desconozcan su historia y griten loas al Tío Sam, como lo hace extasiada la clase gobernante pitiyanqui, demostrando así el servilismo y la colonialidad de pensamiento que la caracteriza desde hace largo tiempo. Una cuestión muy a propósito de los intereses de quienes pretenden imponer una hegemonía capitalista planetaria, sin que se los impida cualquier tipo de expresión de soberanía, de identidad étnica o cultural, y, menos, de memoria histórica; lo que resulta, además de inconveniente, algo sumamente subversivo.

 

Para la clase gobernante estadounidense es fundamental exacerbar y mantener vivo el fraccionalismo nacionalista entre los países de nuestra América, tanto o más cuando Bolívar ideó una anfictionía que sirviera de contrapeso a la Santa Alianza conformada por las monarquías europeas y al poder emergente del nuevo coloso del norte. No es casual, por ende, que los nuevos regímenes instaurados en época reciente en Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador y Perú se muestren harto dispuestos a secundar los planes injerencistas y hegemónicos del viejo imperialismo gringo; aun cuando sus decisiones supongan una merma de la soberanía de sus naciones y el desencadenamiento de enfrentamiento con sus respectivos pueblos.

 

Volviendo a la afirmación de Duque, éste elimina de un plumazo la historia de indiferencia y «neutralidad» mostrada por Estados Unidos ante las solicitudes de respaldo y reconocimiento enviadas a Washington por los diferentes gobiernos constituidos en esta amplia región, luego de su proclamación de independencia en 1810. Es significativo que el entonces Secretario de Estado, James Monroe -el mismo de la doctrina que lleva su nombre- enunciara en 1812 que «los Estados Unidos se encuentran en paz con España y no pueden, con ocasión de la lucha que ésta mantiene con sus diferentes posesiones, dar ningún paso que comprometa su neutralidad». Actitud totalmente opuesta al internacionalismo mostrado por Bolívar en todo momento, incluso cuando ideó la ocupación de la isla Amelia y la instauración de la República de la Florida en 1817 (aún bajo la jurisdicción de México), tentativa que fue frustrada por la intervención armada de los estadounidenses (como será típico de ellos en épocas posteriores), acusando a los patriotas allí establecidos de ser contrabandistas, aventureros y saqueadores; al igual que cuando el Libertador planeara libertar a los últimos reductos coloniales hispanos en el continente, Cuba y Puerto Rico, una vez obtenida la victoria en la batalla de Ayacucho.  

 

Esta no será la única ocasión en que se pondrían en evidencia los intereses contrapuestos de Bolívar y Estados Unidos. En 1818, al ordenar la confiscación de goletas pertenecientes a contrabandistas estadounidenses y recibir amenazas de parte del agente diplomático J. B. Irvine, le replica: «protesto a usted que no permitiré que se ultraje ni desprecie el gobierno y los derechos de Venezuela. Defendiéndolos contra la España ha desaparecido una gran parte de nuestra población y el resto que queda ansía por merecer igual suerte. Lo mismo es para Venezuela combatir contra España que contra el mundo entero, si todo el mundo la ofende».

 

En conclusión, la desvalorización del sentimiento y la conciencia de pertenencia a una misma patria es uno de los tantos objetivos trazados por las clases dominantes para conseguir que los sectores subalternos o populares se vean a sí mismos convertidos en simples espectadores de un tipo de historia (heredera del eurocentrismo) que los margina y que solamente podría ser protagonizada por aquellos que los explotan y oprimen, conformando éstos una aristocracia del dinero y la política, apoyada en una burocracia antinacional y antidemocrática. Esto no ocurrirá mientras el pueblo mantenga viva su memoria histórica, lo que es parte vital de sus luchas por asumir el papel que le corresponde en la construcción de una democracia más avanzada y un mejor modelo civilizatorio, por el bien de todos. -

COLONIALISMO Y COLONIALIDAD DE NUESTRA AMÉRICA

COLONIALISMO Y COLONIALIDAD DE NUESTRA AMÉRICA

 

 

Desde hace ya largo tiempo, en el ámbito sociológico de Nuestra América diversas voces han contribuido a la gestación de una racionalidad no-eurocéntrica, especialmente centrada en lo que ha sido la realidad dependiente y colonizada de nuestros países (sin dejar de extender sus miradas al conjunto general que conformamos como territorio frente al mundo). No escasean quienes, antes y luego de la lucha inicial por la independencia, plantearon la necesidad de alcanzar plenamente la independencia intelectual de las naciones de nuestra América. Pensadores de índole diversa, como Simón Rodríguez, José Martí o José Carlos Mariátegui, cada uno en su momento y desde perspectivas particulares, juzgaron harto necesaria esta otra independencia, especialmente cuando en el horizonte comenzó a perfilarse un nuevo tipo de dominación imperial, distinto en métodos y doctrina, pero igual en intereses al de España.

 

Este ha sido un proceso no carente de ciertas dificultades, sobre todo si se considera la fuerte influencia ejercida por el eurocentrismo sobre el mundo académico y las relaciones de poder derivadas del modelo de Estado burgués liberal vigente.

 

Al respecto, vale aclarar, de acuerdo a lo escrito en «Colonialidad del Poder y Clasificación Social» por Aníbal Quijano, que el eurocentrismo «no es la perspectiva cognitiva de los europeos exclusivamente, o sólo de los dominantes del capitalismo mundial, sino del conjunto de los educados bajo su hegemonía. Y aunque implica un componente etnocéntrico, éste no lo explica, ni es su fuente principal de sentido. Se trata de la perspectiva cognitiva producida en el largo tiempo del conjunto del mundo eurocentrado del capitalismo colonial/moderno, y que naturaliza la experiencia de las gentes  en este patrón de poder. Esto es, la hace percibir como  natural, en consecuencia, como dada, no susceptible de ser cuestionada. Desde  el siglo XVIII, sobre todo con  el Iluminismo, en el  eurocentrismo se fue  afirmando la mitológica idea  de que Europa era preexistente a ese patrón de poder; que ya era antes un centro mundial del capitalismo que colonizó al resto del mundo y elaboró por su cuenta y desde dentro la modernidad y la racionalidad. En este orden de ideas, Europa y los europeos eran el momento y el nivel más avanzados en el camino lineal, unidireccional y continuo de la especie. Se consolidó así, junto con esa idea, otro de los núcleos principales de la colonialidad/modernidad eurocéntrica: una concepción de humanidad, según la cual la población del mundo se diferencia en inferiores y superiores, irracionales y racionales, primitivos y civilizados, tradicionales  y modernos».

 

Gracias a la influencia ideológica-cultural de la Ilustración, en nuestra América se dio por sentado que la historia y el progreso humanos seguían un curso ineludible, una línea recta, que desembocaría en el establecimiento de un modelo de sociedad universal que estaría, por supuesto, bajo la sacra tutela civilizatoria de Europa, al que era preciso incorporar (de ser preciso, a la fuerza) al resto de los continentes que se hallaban, según la óptica eurocentrista, en estado salvaje. Así, América vino a ser descubierta y «sumada» a la historia, a pesar de los miles de años transcurridos del poblamiento de su ancho territorio. No se hizo lo mismo con África y Asia, dados los antecedentes de contactos -en uno u otro sentido- con sus habitantes, especialmente de índole comercial.

 

Abya Yala (nuestra América) vendría a conjugar la fantasía y el afán de riquezas de los aventureros europeos, a tal grado que su búsqueda incesante de la ciudad de El Dorado marcaría el objetivo de sus incursiones en el territorio desconocido que reclamaron como propio, en nombre de su monarca. Desde entonces, el suelo de nuestra América se convirtió en escenario propicio para hacer realidad las fantasías del Paraíso en la Tierra. Tomás Moro habría de hablar respecto a Utopía, un lugar sin ubicación precisa donde sus moradores vivían según el ideal cristiano, aún sin tener conocimiento alguno de la doctrina religiosa que tiene como su base las enseñanzas de un humilde carpintero de Galilea.

 

Esta marca de nacimiento del colonialismo y la colonialidad de Nuestra América (lo cual podría aplicarse igualmente al conjunto de África y Asia, sin mucha complicación) explica en gran parte -si no todo- la serie de conflictos suscitados en relación con los derechos democráticos y humanos reclamados por los sectores populares y la renuencia y represión mostradas, al mismo tiempo, por los sectores oligárquicos dominantes; en una lucha que muchas veces no se puede circunscribir meramente a una lucha de clases sino que la trasciende y abarca un mayor nivel.

 

Se podría responder que «no es simplemente un conocimiento nuevo lo que  necesitamos; necesitamos un nuevo modo de  producción de conocimiento. No necesitamos  alternativas, necesitamos un pensamiento  alternativo», tal como lo expone Boaventura de Sousa Santos en su libro «Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social (encuentros en Buenos Aires)», hablando de la necesidad revolucionaria que tienen los pueblos de los países periféricos del sistema capitalista global de emprender nuevos caminos hacia su emancipación integral, prescindiendo en la medida de lo posible del cúmulo filosófico heredado del eurocentrismo, habida cuenta de lo que éste ha representado en la historia de represiones, explotación y fascismo social que los mismos tienen en común a manos del Estado burgués liberal. Esto nos lleva a citar del mismo autor lo que él denomina monocultura del tiempo lineal, esto es, «la idea de que la historia tiene un sentido, una  dirección, y de que los países desarrollados van  adelante. Y como van adelante, todo lo que existe en los países desarrollados es, por definición, más progresista que lo que existe en los  países subdesarrollados: sus instituciones, sus formas de sociabilidad, sus maneras de estar en el  mundo. Este concepto de monocultura del tiempo  lineal incluye el concepto de progreso, modernización, desarrollo, y, ahora, globalización. Son términos que dan idea de un tiempo lineal,  donde los más avanzados siempre van adelante, y todos los países que son asimétricos con la realidad de los países más desarrollados son considerados retrasados o residuales».

 

 

Hará falta entonces emprender una sostenida ruptura teórica, política, cultural y académica contra toda forma de poder que tenga por base la colonialidad. Esto implica la reelaboración de experiencias compartidas y protagonizadas desde abajo por los sectores populares, lo cual se convierte en un elemento clave para lograr una emancipación realmente integral de pueblos y personas; al mismo tiempo que se confronta la coyuntura política generada por los intereses de las grandes corporaciones transnacionales, a nivel de nuestra América y el resto del mundo. -

 

DEMOCRACIA DIRECTA, EN FAVOR DE LA VIDA

DEMOCRACIA DIRECTA, EN FAVOR DE LA VIDA

 

La factibilidad de la democracia directa es obstruida, principalmente, por la tradición y el principio de representación, entendida ésta como la máxima norma del hecho democrático al cual se pudiera aspirar y concretar. Éste -como se puede verificar a través de la historia- da paso a una «tecnocratización de la política», donde sólo un conglomerado de políticos profesionales puede asumir la administración del Estado en nombre de la mayoría; siendo ésta relegada a la condición general de gobernados.

 

Contrariamente a lo que ocurre de manera habitual bajo un régimen representativo, en una democracia directa todo ciudadano tendría que participar, aunque sea de un modo indirecto e inconstante (según sea su capacidad y su disposición para ocuparse de ello), en un ámbito comunitario compartido organizado, sólo por el hecho de residir en la misma área que sus vecinos, lo cual le obliga -así se niegue en aceptarlo de forma consciente- a asumir cierto grado de responsabilidad respecto al devenir, la convivencia y las necesidades colectivas.

 

Por consiguiente, la participación política amplia, general y continua de los ciudadanos -en oposición a los rasgos representativos, burocráticos, elitescos, paternalistas y coercitivos que, desde siempre, han caracterizado al Estado, sea cual la denominación con que se conozca- tiene que ser un elemento clave a la hora de definir un proyecto de transformación político, social, cultural y económico totalmente distinto a lo existente.

 

Para que tal cosa llegue a ocurrir, haciéndose entre todos una práctica permanente, es vital impulsar la autovalorización de los sectores populares. Con ella se hará factible el surgimiento de múltiples espacios autogestionarios, los cuales, no está demás repetirlo, deben ser altamente diferenciados de lo que es y ha sido la configuración representativa del Estado. Espacios que sean capaces de asegurar en el tiempo, desde su embrión comunitario, la autonomía social que se requiere para alcanzar una completa emancipación de pueblos e individuos por igual. La democracia directa, en este caso, tiende al logro de una reciprocidad entre iguales, (donde resalte el apoyo mutuo de todos sus participantes) y a un proyecto común que no pueda ser expropiado por la influencia e intereses particulares de una minoría gobernante y/o dominante.

 

Citando a Boaventura de Sousa Santos («Conocer desde el Sur. Para una cultura política emancipatoria») hay que asimilar la idea de que «no existe un principio único de transformación social; incluso aquellos que continúan creyendo en un futuro socialista lo conciben como un futuro posible que compite con otro tipo de alternativas futuras». Lo mismo cabe decir en referencia a la determinación de los factores de dominación y de opresión contra los cuales se enfrenta una multiplicidad de grupos, sectores y movimientos de resistencia en diferentes regiones del planeta que, pese a sus demandas, sus visiones y sus métodos específicos de lucha, son coincidentes en cuanto al cuestionamiento al modelo de sociedad imperante. Ello permitiría el principio de una nueva cultura política emancipatoria, cimentada en un tipo de democracia más avanzada, (o «democracia de alta intensidad», como la llama Sousa Santos), es decir, directa. En favor de la libertad y los demás derechos democráticos de todos, así como de la vida en general, en este mundo.

 

LA HUMANIDAD DE ABAJO Y LA RECIPROCIDAD DE LOS IGUALES

LA HUMANIDAD DE ABAJO Y LA RECIPROCIDAD DE LOS IGUALES

 

 

La más simple posibilidad de una existencia social distinta (o alternativa, como algunos prefieren) para la humanidad de abajo -aquella que es constantemente excluida, discriminada, manipulada, reprimida y explotada, la que no cuenta a la hora de la distribución de los dividendos de la riqueza que ella produce, sobre todo en nuestra América- es motivo de recelo para quienes controlan el poder constituido y para quienes conforman el selecto grupo de propietarios del capital. Para estos últimos, ésta sería una existencia social inaceptable que conspira abiertamente contra su estilo de vida, así como contra las diferencias e identidades establecidas según el patrón de poder extraído del capitalismo.


Por tal motivo, la gran industria ideológica al servicio de los intereses capitalistas se encarga de estimular la disgregación y el comportamiento individualistas entre los sectores populares, Como contrapartida a ello, se impone la mutualidad entre grupos y/o individuos socialmente iguales, tanto en la organización del trabajo y en la repartición de los productos; la redistribución igualitaria de los recursos y productos (materiales e inmateriales) del planeta entre todo el conjunto de la humanidad; y el ejercicio autónomo de una autoridad colectiva que tienda, en todo momento, a erradicar las jerarquías de poder tradicionales.


El nuevo período histórico que vive la especie humana, en un amplio sentido -cuya profundidad, magnitud e implicaciones siguen desarrollándose de modos similares en diversas latitudes del planeta- podría contribuir a despejar coyunturas en favor de las tendencias emancipatorias que han brotado al calor de las luchas populares. Y nos halla, en palabras de Aníbal Quijano, «inmersos en un proceso de completa reconfiguración de la Colonialidad Global del Poder, del patrón de poder hegemónico en el planeta. Se trata, en primer término, de la aceleración y profundización de una tendencia de re-concentración del control del poder».


Frente a dicho proceso, se impone la necesidad de construir otra perspectiva de la historia. Una que le dé sentido histórico a los millones de seres humanos que moran, de una manera marginal y desigual, en las distintas naciones de nuestra América. Una con la cual se pueda enfrentar la distorsión de valores que supone la adopción del patrón rentista, mercantilista y egoísta del capitalismo.


No se debe olvidar, como lo determinó Frantz Fanon en Los condenados de la tierra, que «la lucha contra la burguesía de los países subdesarrollados está lejos de ser una posición teórica. No se trata de descifrar la condenación pronunciada contra ella por el juicio de la historia. No hay que combatir a la burguesía nacional en los países subdesarrollados porque amenaza frenar el desarrollo global y armónico de la nación. Hay que oponerse resueltamente a ella porque literalmente no sirve para nada. Esa burguesía, mediocre en sus ganancias, en sus realizaciones, en su pensamiento, trata de disfrazar esa mediocridad mediante construcciones prestigiosas en el plano individual, por los cromados de los automóviles norteamericanos, vacaciones en la Riviera, fines de semana en los centros nocturnos alumbrados con luz neón». Ni se debe facilitar la expansión capitalista, como lo hace la mayoría de los gobiernos a nivel mundial, ni administrarlo, como lo entienden algunos pseudo revolucionarios. En vez de eso, se deben fomentar relaciones sociales que se caractericen por su carácter más humano, democrático y cooperativo. De lograrse este importante cometido, se anularía el conformismo moral (que es también cotidianidad desmovilizada) propiciado por los sectores dominantes en su beneficio. Quizás entonces puedan disolverse (esperemos que para siempre) las contradicciones, las pugnas y las divisiones existentes entre ricos y pobres, en un nuevo modelo civilizatorio (sin ser un ideal irrealizable) donde prevalezca la libertad y una auténtica reciprocidad de iguales. -

 

LA ECONOMÍA, EL ESTADO Y LA ACTIVIDAD PÚBLICA

LA ECONOMÍA, EL ESTADO Y LA ACTIVIDAD PÚBLICA


 

En un amplio párrafo de “La democracia socialista del siglo XXI”, Claudio Katz afirma que “una democracia sustancial sólo puede construirse erradicando la dominación capitalista, eliminando la desigualdad y dotando a los ciudadanos de poder efectivo en todas las áreas de la vida social”. Seguidamente, pasa a explicar que “este proyecto exige gestar otra democracia y no radicalizar la existente. Requiere partir de caracterizaciones de clase para comprender el constitucionalismo contemporáneo e introducir transformaciones radicales, que no se reducen a expandir un imaginario de igualdad. También presupone retomar la tradición que opuso a las revoluciones democráticas con las revoluciones burguesas. La regulación de los mercados, el ensanchamiento del espacio público y la acción municipal son temas de controversia con la democracia participativa. En ausencia de perspectivas socialistas, las iniciativas democratizadoras en estos campos no modifican el orden vigente”.  

Tomando en cuenta tal afirmación, es lógico concluir que, a medida que dicho proceso vaya acompañado de un mayor nivel de movilización, participación y de protagonismo populares, la socialización consecutiva del proceso productivo tendrá que manifestarse -indefectiblemente- en cada una de las estructuras de la vida social (incluso en aspectos aparentemente inocuos, como el religioso-espiritual). En resumen, se estaría construyendo una cultura de lo distinto, cuyo eje central sería la emancipación integral de todas las personas.

Esto modificaría sustancialmente la concepción que se tiene respecto al poder y las relaciones por éste generadas. Todos somos testigos de que quienes controlan el poder del Estado generalmente operan al margen de la opinión de la gente, es decir, sin su consenso y sin tomar en cuenta sus decisiones y sus posibles deliberaciones, a la cual asigna un papel siempre secundario y accesorio, sólo útil a la hora de requerir su legitimación a través del voto. La soberanía popular así “delegada” se convierte en un arma a esgrimir en contra de su depositario originario, no importa cuánto se afirme en constituciones y leyes, y cuán grande resulte la reacción negativa de los ciudadanos ante lo que estiman injusto o, en su defecto, necesario. Esto tiende a agudizarse y a generar mayores contradicciones, a medida que la lógica capitalista supera toda expectativa democrática de los sectores subalternos o subordinados.

En este caso, los gobiernos -como elementos visibles de los Estados- terminan adoptando como suyos los intereses y los lineamientos de las corporaciones capitalistas, sobre todo, transnacionales, gran parte de las cuales se han apoderado de territorios ricos en agua, minerales y biodiversidad, sin atender los reclamos legítimos de los pueblos originarios y campesinos que los habitan desde largo tiempo.

La vigencia perpetua y estática de burócratas y de dirigentes políticos en todas las escalas existentes del poder constituido, así como su liderazgo e influencia clientelares ejercidos sobre las masas, representa uno de los obstáculos principales que impiden la organización de ciudadanos autónomos que hagan realidad la democracia participativa y protagónica, sin depender de la acción y las decisiones del Estado. Esta particularidad atenta contra cualquier tipo de iniciativa e intervención populares que en tal sentido se promueva, ya que coarta y castra las transformaciones estructurales que debe protagonizar el pueblo en los ámbitos económico, político, social y cultural, de manera que las diferentes relaciones sociales de producción, de poder y de convivencia ciudadana tengan como objetivo fundamental la emancipación integral de cada persona, en vez de servir de soporte al dominio egoísta de unos pocos.

De no lograrse este último cometido, los valores democráticos liberales que conocemos -extraídos de la Revolución Francesa y amplificados por el socialismo revolucionario y las diversas luchas populares libradas en gran parte del planeta- podrían verse seriamente afectados ante la necesidad de hallar y consolidar fórmulas que le permitan a la gente sortear las dificultades sufridas. Esto tiende a reforzarse aún más ante el engranaje de la violencia y las complicidades que ella causa, lo que se refleja en la impunidad con que actúa la delincuencia organizada, contando con la desidia de las instituciones en cuanto a atacarla y reducirla eficazmente, en beneficio de la ciudadanía desprotegida.

La volátil y compleja realidad del mundo contemporáneo impone como novedades ideológicas discursos y actitudes abiertamente intolerantes, autoritarios e inmorales. Como si ya no importaran el espíritu de convivencia, la ética ciudadana y el respeto a la pluralidad del pensamiento. Esto, por supuesto, no es una simple casualidad. Responde a planes previamente trazados y llevados a cabo sin desmayo por aquellos que dominan el sistema capitalista neoliberal; provocando situaciones que mermen las esperanzas populares y la soberanía de las naciones, de modo que no existan más alternativas que las ya impuestas en Argentina, Brasil o Estados Unidos.       

En “La disputa ideológica por la hegemonía global”, Ricardo Orozco describe que, “en tanto hecho histórico, el mercado se reproduce a partir de los sistemas de normas, los conjuntos de leyes y los conglomerados de instituciones que garantizan, entre otras cosas, los derechos de propiedad, los contratos, las patentes, el cumplimiento de las deudas, la circulación monetaria, las directrices laborales, las facilidades de producción, el abaratamiento de costos, etcétera”. La actividad pública queda así caracterizada como algo intrínseco o inherente al ámbito estricto del mercado capitalista, por lo que su función -bajo cualquier nomenclatura- estará chocando constantemente con las aspiraciones democráticas de las mayorías, lo que ha sido una cuestión constante en el devenir humano desde la institución generalizada del Estado-nación.

Todo esto, en conjunto, de comprenderse a cabalidad, podría servir de base para emprender realmente un amplio proyecto de transformación estructural del actual modelo civilizatorio. Ello exige un proceso de descolonización del pensamiento y una revalorización seria del legado cultural de nuestros pueblos y de sus luchas por lograr su genuina emancipación. -  

 

 

SIN EL ESTADO, CONTRA EL ESTADO Y DESDE EL ESTADO

SIN EL ESTADO, CONTRA EL ESTADO Y DESDE EL ESTADO

En el primer escenario (sin el Estado), los sectores populares logran su autonomía y autogestión; esta última generando una fuerza productiva autosuficiente y enmarcada en el respeto y la preservación de la naturaleza, que le permitirá satisfacer sus necesidades, pero sin que prevalezcan los intereses y la lógica capitalistas. Algo que, sin duda, suena ilusorio, mas no imposible de alcanzar. En el segundo (contra el Estado), los ciudadanos confrontan la represión y las razones del Estado que coartan sus derechos y reivindicaciones; especialmente cuando tales razones responden a los intereses supuestamente superiores del capitalismo, local y global. Mientras en el último de estos escenarios (desde el Estado), el Estado es objeto del control popular, lo cual podrá concretarse mediante la conquista de los espacios institucionales, nacionales o locales (haciendo uso, inclusive, de las reglas de juego que han servido para legitimar la hegemonía de las élites dominantes), instaurando, en consecuencia, unas nuevas relaciones sociales de poder, alcanzadas a través del ejercicio de una democracia directa.

 

Puede ocurrir que los tres escenarios tengan lugar simultáneamente, solo que con niveles de intensidad distintos y de maneras que pocos logran determinar con claros detalles, lo que -al carecer de objetivos precisos y concebidos a mediano o largo plazo- hace que en la mayoría de las circunstancias suscitadas se vuelva al punto de partida, sin mucha trascendencia, haciendo que los sectores populares se convenzan amargamente de una fatalidad aparentemente insuperable que, a pesar de todo, se yergue siempre sobre sus luchas.

 

No obstante, en medio de todo esto, hay que considerar que el sistema económico imperante, en su variante de capitalismo neoliberal, se ha apropiado abiertamente de espacios políticos importantes que dificultan la influencia, el protagonismo y la participación de los sectores populares. Al respecto, Roberto Regalado nos ilustra que «el neoliberalismo es una doctrina concebida para imponer y legitimar la desigualdad social extrema. En los años setenta, ochenta y noventa del siglo XX, los ideólogos neoliberales decían públicamente lo que pensaban, entre otras cosas, que la desigualdad social, llevada a sus extremos más atroces, era buena y necesaria y, por tanto, debía ser fomentada por el Estado. Así repetían lo que habían aprendido de su maestro: en el pequeño libro considerado como obra fundacional del neoliberalismo, Camino de Servidumbre, impreso en 1944, el padre de esa doctrina, Friedrich Hayek, afirmaba: «toda política directamente dirigida a un ideal sustantivo de justicia distributiva tiene que conducir a la destrucción del Estado de Derecho». Repárese en que Hayek planteaba que la justa distribución de la riqueza conduce a la destrucción del Estado de Derecho, es decir, que la justicia social es incompatible con la democracia liberal burguesa o, dicho a la inversa, que la democracia liberal burguesa es incompatible con la justicia social».

 

No está demás aseverar, por tanto, que el patrón de producción y reproducción social presente en la mayoría de los países existe y subsiste gracias al modelo de Estado moderno. Por ello mismo, el Estado no puede ser un elemento ajeno al debate teórico y a las luchas populares relacionadas con la construcción de un nuevo modelo civilizatorio que erradique la tradicional división de clases y sea alternativo al impuesto por la lógica del capitalismo. Algo en lo que, durante el largo transcurso de la historia, se enfrascara una diversidad de luchadores y de teóricos revolucionarios del socialismo/comunismo sin obtener resultados concretos que hicieran de ello una realidad posible.

Como colofón, habría que decir que sólo a través de un continuo y radical proceso de descolonización política y cultural podrá iniciarse y asegurarse, a su vez, un proceso de descolonización económica y material de la ciudadanía; lo que, a largo plazo, tendrá que plasmarse en la construcción colectiva de un nuevo modelo civilizatorio. Esto, de uno u otro modo, afectará la concepción, las estructuras y el funcionamiento del Estado tal como se conoce actualmente.  

 

 

¿CUÁNTO ACERTÓ MARX RESPECTO AL OPIO DEL PUEBLO?

¿CUÁNTO ACERTÓ MARX RESPECTO AL OPIO DEL PUEBLO?

Hasta qué punto puede admitirse como cierta la sentencia de Steven Weinberg, galardonado en 1979 con el premio Nobel de física, al aseverar que «la religión es un insulto para la dignidad humana. Con o sin ella, habría buena gente haciendo cosas buenas, y gente malvada haciendo cosas malas, pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta religión». Dependerá básicamente de la visión particular de cada persona y lo que ésta representa en su vida (sea cual su denominación y su dios particular); lo que determina su actitud ante el resto de sus semejantes, tanto en su forma individual como en su forma colectiva (social, cultural y/o étnica). Una posición que podría estar hincada en el prejuicio, el estereotipo y la ignorancia. O, contrariamente, fruto de un libre raciocinio y de una convicción propia de la necesidad de un respeto mutuo sincero que nos haga ver a todos los seres humanos dotados con los mismos derechos.

 

Quizás lo más difícil y más terrible que puede hacer cualquier ser humano en este mundo es defender y hacer valer su derecho a creer o no en una deidad determinada. Desde los tiempos más antiguos de la historia de la humanidad, la intolerancia religiosa ha sido uno de los detonantes principales de persecuciones, agresiones y muchos conflictos bélicos. Incluso entre personas y naciones que profesan la misma fe. Unos quinientos años atrás, el fanatismo religioso sirvió de motor para impulsar la invasión, el saqueo y el sometimiento colonial a manos de las monarquías cristianas europeas mediante las cruzadas sobre «Tierra Santa». A fin de propiciarlas con éxito, la iglesia católica difundió la promesa que sus participantes serían redimidos de sus pecados y, de este modo, contribuirían a la recuperación de Jerusalén del dominio de los infieles, esto es, de los pueblos musulmanes que aún pueblan este amplio territorio, devastado y sacudido por la guerra. Fue el antecedente histórico de la beligerancia cotidiana que ahora tiene lugar en todo el Oriente Medio, lo que se pretende encubrir nuevamente con el ropaje religioso, magnificando un presunto enfrentamiento entre el Islam y el Cristianismo (entre Oriente y Occidente, como algunos gustan presentarlo) que sólo sirve para satisfacer los intereses de las grandes corporaciones transnacionales capitalistas que obtienen de la guerra, justamente, sus mayores dividendos.

 

También vale afirmar que ello es producto de la herencia cultural, eurocentrista en este caso, marcada -como se puede rastrear fácilmente en el resto del planeta- por una concepción racista que le hace creer a sus partidarios que están predestinados por la Providencia a doblegar a los pueblos considerados salvajes, incultos y supersticiosos con el sublime propósito de “civilizarlos”. En ello se debe incluir lo relativo al irrespeto, incluso las agresiones irracionales de todo tipo, que sufren quienes tienen la «osadía» de manifestarse ateos o, simplemente, que no comulgan con religión alguna, sea cual sea el territorio en que moren; dándose por sentado la existencia de un solo dios y, por tanto, la obligatoriedad de una adoración común para todos los seres humanos.

 

En «Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel», Karl Marx consideró la religión como una expresión alienada de la humanidad y dijo de ella que era «el opio del pueblo». Así, él escribió: «la miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella. La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo. La eliminación de la religión como ilusoria felicidad del pueblo, es la condición para su felicidad real. El estímulo para disipar las ilusiones de la propia condición es el impulso que ha de eliminar un estado que tiene necesidad de las ilusiones. La crítica de la religión, por lo tanto, significa en germen, la crítica del valle de lágrimas del cual la religión es el reflejo sagrado».

 

Pero no ésta no sería su única alusión a tan controversial tema. Para el autor de El Capital, la crítica de la religión no era un fin en sí misma: «La crítica del cielo se convierte así en una crítica de la tierra; la crítica de la religión, en la crítica de la ley; la crítica de la teología, en la crítica de la política». En otra de sus obras, "Sobre la cuestión judía», atacada a veces, injustamente, de antisemitismo, enunció por primera vez la idea de que la emancipación humana estaba ligada al fin del capitalismo. En ella, establece que «la dignidad humana carece de ideologías y credos religiosos específicos. No es exclusividad de un grupo étnico o de una clase social. Ni está determinada por la subordinación o por la preeminencia de los otros valores que puedan regir los destinos y la vida en sociedad». No obstante, la historia nos revela que una gran parte de los conflictos humanos ha tenido su detonante en estas ideologías y credos, dando lugar a conclusiones sesgadas respecto al carácter belicoso que incubaría cada persona, independientemente de su extracción social y étnica; cuestión que es alimentada de forma interesada por los sectores dominantes, induciendo a las clases subordinadas a aceptarla como una fatalidad infranqueable.

 

En la actualidad, los fundamentalismos religiosos se han hecho notorios en la actividad política de una gran parte de nuestra América. Su influencia en ascenso (junto a la onda expansiva del fascismo que comienza a percibirse, sobre todo, en el escenario electoral brasileño) es, sin duda, una amenaza cierta para todas las libertades democráticas de nuestros pueblos; encubierta por aparentes llamados al rescate de sus valores tradicionales, del sagrado ámbito familiar y de la moral frente a la decadencia encarnada por los librepensantes, los diferentes defensores de los derechos humanos, los pobres que luchan por mayores condiciones de igualdad social y la comunidad LGTB (ésta última, blanco preferido de sus ataques). Sus acciones apuntan a la eliminación del libre albedrío como rasgo común de la gente; explotando atavismos que parecían superados y ya olvidados, pero que ahora han aflorado y dan forma a una estrategia de miedo, rechazo y desprecio que hace ver al otro, al diferente, como un elemento prescindible al cual no le asiste ninguna clase de derechos.

Este opio «renovado» no difiere en mucho de la conclusión expuesta hace miles de años por el filósofo romano Séneca: «la religión es verdad para la gente común, falsa para los sabios y útil para los poderosos». Por ello, la comunión entre política y religión es, sin duda, liberticida. La división que ella fomenta en el seno de las clases populares es ganancia para los sectores dominantes (locales o no). Esta ha permitido, además, que el número cuantioso de víctimas causadas por las guerras imperialistas de las últimas décadas no cause demasiada indignación entre mucha gente; en especial si éstas son palestinos, africanos, asiáticos o latinoamericanos considerados inferiores, lo cual conduciría a la “normalización” de unas relaciones sociales marcadas por una violencia “justificada”. Todo esto no hace más que reforzar lo ya expresado hace más de un siglo por Karl Marx. -   

LOS CONSEJOS DE UN MAESTRO MAL PAGADO Y TRANSGRESIVO

LOS CONSEJOS DE UN MAESTRO MAL PAGADO Y TRANSGRESIVO

 

Ahora, cuando se impone la necesidad de elaborar y de poner en práctica proyectos descoloniales y pluriversales concretos en nuestra América (sin que éstos desmerezcan calificarse simplemente como “utópicos”, obviando y relegando así su carga subversiva), los cuales coadyuven a desbloquear la tendencia general a considerar cualquier asomo emancipatorio como una infracción imperdonable del orden establecido, más aún frente a la crisis civilizatoria que envuelve por entero a la humanidad, el pensamiento del Maestro Simón Rodríguez no deja de presentarse como una opción válida a la cual recurrir en todo momento.

Su clara, muy citada, escasamente entendida y nada aplicada advertencia a las jóvenes repúblicas de nuestro continente, «La América no debe imitar servilmente, sino ser original», adquiere rasgos ciertamente subversivos. Lo que es una cuestión imprescindible, si aún se aspira a concretar una verdadera revolución emancipatoria en estas latitudes, capaz de trascender el proceso inducido de transculturación y el papel subalterno de economías dependientes y proveedoras de materia prima del capital global asignado a nuestras naciones.

Las palabras del Robinson de nuestra historia irrealizada señalan la forzosa tarea de producir una completa e irreversible ruptura creadora respecto a los paradigmas de la colonialidad, originados en Europa y continuados por Estados Unidos. Nuestra América habrá de irrumpir de esta forma en el escenario planetario mediante una praxis y una teoría sociales harto diferentes a las habituales o conocidas. De ahí que, en una de sus pocas obras publicadas en vida, “Sociedades Americanas”, llegue a concluir tempranamente, no por simple prejuicio, que «la sabiduría de la Europa y la prosperidad de los Estados Unidos son, en América, dos enemigos de la libertad de pensar. Nada quieren las nuevas repúblicas admitir que no traiga el pase».   

Por ello, ante la crisis generalizada provocada por el sistema neoliberal globalizado en diversidad de naciones, bien cabría citar también su certero consejo respecto al tipo de revolución que éstas requieren para el logro de su total soberanía: “Una revolución política pide una revolución económica. Si los americanos quieren que la revolución política que el curso de las cosas ha hecho, y que las circunstancias han protegido, les traiga verdaderas bienes, hagan una revolución económica y empiecen por los campos -de ellos pasarán a los talleres de las pocas artes que tienen- y diariamente notarán mejoras, que nunca habrían conseguido empezando por las ciudades”. 

Para su logro, será necesario un modelo educativo, cuyas bases estén en plena correspondencia con ambas fases de revolución. En su afán liberador, Rodríguez concebía la educación como el instrumento más conveniente con el cual se aseguraría definitivamente la independencia lograda mediante las armas. Los ciudadanos de las recién nacidas repúblicas de nuestra América tendrían el reto de formarse adecuadamente y de establecer sistemas de convivencia y moralidad democráticos, inexistentes por demás en Europa y Estados Unidos; siendo útiles a la comunidad y a sí mismos . De ahí que concluyera que “adquirir luces sociales significa rectificar las ideas inculcadas o malformadas mediante el trato con la realidad, en una conjugación insuperable de pensar y de actuar, bajo el conocimiento de los principios de interdependencia y de generalización absoluta. Adquirir virtudes sociales significa moderar con el amor propio, en una inseparable de sentir y pensar, sobre el suelo moral de la máxima ‘piensa en todos para que todos piensen en ti’ que persiguen simultáneamente el beneficio de toda la sociedad y de cada individuo”.    

Con ello en mente, uno de los principales objetivos a alcanzarse a través de esta nueva educación es la emancipación cultural de nuestros países, indiferentemente del rango social, económico y político de sus habitantes. En ésta resaltan tres rasgos particulares: 1.- La ruptura creadora respecto al discurso colonial, el cual reafirma una concepción del mundo dominadora, racista, discriminadora, obsoleta y conservadora, contrapuesta por completo a los ideales de la emancipación, la justicia social y la igualdad de las personas; 2.- la necesaria formación política e ideológica republicana de cada ciudadano, complementada por una vocación conscientemente fomentada de servicio en relación con la nación y sus semejantes, sin los prejuicios, los vicios y los convencionalismos que caracterizan a los grupos gobernantes tradicionales; y 3.- la búsqueda inacabada de lo siempre original, evitándose que lo moderno esté contaminado de lo antiguo, especialmente en lo concerniente a las fuerzas productivas, las relaciones sociales y las relaciones de poder.

Los consejos transgresores, irreverentes, incesantes y liberadores del Maestro Simón Rodríguez se enmarcan, así, en un período de nuestra historia común de naciones que exigía fórmulas de convivencia y de creación democráticas a fin de asegurar la autodeterminación frente a las apetencias neocolonialistas de las potencias que apetecían despojar de este amplio territorio a la corona española. Lo mismo que ahora. Esta vez con un propósito más inmediato: hacerle frente a quienes, desde adentro y desde afuera, quieren establecer el dominio total de una minoría sobre los sectores populares mayoritarios de todas las naciones de nuestra América. -