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NUESTRA AMÉRICA

UNA COSA ES INVOCAR AL DIABLO Y OTRA VERLO EN PERSONA

UNA COSA ES INVOCAR AL DIABLO Y OTRA VERLO EN PERSONA

La crisis económica, o como algunos prefieren llamarla, guerra económica, requiere de acciones inaplazables, puntuales y contundentes que frenen la espiral especulativa que ha hecho mella profunda en la capacidad de compra de los venezolanos. Ésta es una situación urgente que exige mucha voluntad política de parte de aquellos que dirigen las diferentes instituciones públicas para emprender un combate de mayores efectos contra quienes se han dedicado a incrementar los precios de diversos productos sin considerar siquiera que están fomentando una salida extrema por parte de los sectores populares, tal como ha acontecido ya en varias partes de Venezuela.

Sin embargo, hay que acotar que es necesario igualmente que se apliquen correctivos enérgicos, quizás excepcionales, que ataquen y reduzcan considerablemente la corrupción presente en muchas instituciones, evitando que sea percibida y aceptada como un hecho normal. Sin la corrupción existente, extensiva por igual al sector estrictamente civil, no se acabará la especulación descontrolada de cualquiera de los productos que requieren todos los venezolanos, en especial los alimenticios, que es donde se manifiesta con mayor crudeza y desesperación la desvalorización del poder adquisitivo.

Ambas operaciones exigen la actuación del poder popular organizado en general. Bajo esta directriz, debieran activarse todas sus organizaciones en función de extirpar este flagelo social, puesto que sus consecuencias funestas podrían darle paso a un clima de total inestabilidad en el cual prevalecería el interés personal antes que el colectivo. Algo de lo cual no podrían sacar provecho los grupos opositores que son los más motivados en que ello ocurra para que caiga el gobierno o se concrete una intervención militar extranjera, tal como la han invocado en numerosas ocasiones.

Respecto a este posible escenario, habrá que sublevarse, independientemente de la opinión que se tenga de la dirigencia política gobernante o de la oposición de derecha, ya que de permitirse, por indolencia e irresponsabilidad nuestra, se creará un estado general de ingobernabilidad, mucho peor al que, en mayor o menor medida, criticamos en el presente. En el caso de quienes animan una intervención militar extranjera, encabezada sin duda por tropas estadounidenses, o, como lo admitió en fecha reciente el Secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, alientan a las fuerzas armadas para que den un golpe de Estado para salir del gobierno, hay que recordarles, apelando a la filosofía popular, que una cosa es invocar al Diablo y otra verlo en persona. Esta eventualidad hipotética sólo acarrearía males incalculables, incluso sin que llegara a presentarse la fatalidad de una guerra civil, como pasó en otros países del continente.-

 

LA MEJOR MEDIDA CONTRA EL ESTADO DE SITIO ECONÓMICO DE VENEZUELA

LA MEJOR MEDIDA CONTRA EL ESTADO DE SITIO ECONÓMICO DE VENEZUELA

El incremento hiperinflacionario y los niveles de desabastecimiento crónico, unidos a la ineficiencia y la corrupción institucional presentes en cuanto a lo que debiera ser la efectividad de los canales de distribución de productos, obligan a plantear como una alternativa necesaria que el pueblo organizado, ya sea a través de los consejos comunales, de las comunas o de los comités de usuarios y consumidores que se lleguen a constituir, tenga una participación real y vinculante en el control de la grave situación económica que está confrontando Venezuela.

Si nos hallamos en una guerra económica, como lo manifiestan a cada rato los personeros del gobierno, lo lógico es pensar que se tomen medidas excepcionales (entendiendo lo que es una economía de guerra) que permitan derrotar al enemigo, en este caso, a los comerciantes inescrupulosos, a los bachaqueros y a los funcionarios públicos que han hecho de la corrupción un negocio muy lucrativo, a tal punto que ninguno de ellos se queja de la crisis en que se halla la generalidad de los venezolanos. En tal caso, debiera activarse una contraloría social de forma permanente, incluso entre los mismos organismos públicos a los cuales se les encomiende esta tarea, puesto que el burocratismo es uno de los principales resguardos de la corrupción y demás delitos que se cometen, al ocultar, obviar e impedir cualquier procedimiento legal que se inicie en su contra.   

Por otra parte, hay que advertir que la extensión del rentismo petrolero y la profundización del extractivismo, sobre todo con la explotación del Arco Minero del Orinoco y la implementación de la criptomoneda del Petro, estarían beneficiando, básicamente, al capital financiero, nacional o extranjero, lo que a la larga significaría desmantelar, de una u otra forma, lo que pudo ser la construcción de un sistema económico distinto en manos de los trabajadores y de los sectores populares, en el cual predominara el valor de uso por encima del habitual valor de cambio del capitalismo. Respecto a ello, se entiende la necesidad de obtener recursos y tratar de levantar la economía nacional, pero debe evitarse, en lo más que se pueda, recurrir a las fórmulas del neoliberalismo capitalista como única y última opción, lo que complacería grandemente a quienes, abierta y encubiertamente, desde adentro y desde afuera, se han opuesto a la alternativa democrática del poder popular soberano, esta vez con mayor empeño que cuando gobernaba Hugo Chávez.

La situación presente de Venezuela, con todo el diagnóstico negativo que se pueda hacer a diario en cualquier parte del territorio nacional, exige la construcción colectiva y democrática inmediata de nuevos espacios de participación, así como de nuevos liderazgos, sin reciclajes, que estén verdaderamente comprometidos con la ampliación y la consolidación efectiva de una democracia participativa que rebase y elimine, al mismo tiempo, los límites impuestos por la demagogia y el clientelismo político.

El bloqueo o estado de sitio económico que padece Venezuela pudiera superarse si se trabajara ciertamente por hacer realidad el poder popular soberano, con suficiente independencia económica y política, lo que podría incidir, siendo optimistas, en la generación de los cambios estructurales que fueron postergados desde los tiempos de Chávez y que ahora son harto necesarios, aún más que antes, puesto que el viejo modelo político implantado por el puntofijismo ya caducó y se requiere uno más ajustado a los nuevos tiempos que vive el país. Esto debiera bastar para unificar a todos los sectores sociales y políticos alternativos en la puesta en marcha de una amplia propuesta de transformación estructural del Estado, como lo plantea, por ejemplo, el Frente Amplio Nacional Bolivariano (FANB), de modo que exista esa posibilidad no lejana, ni quimérica, de regenerar el país con hombres y mujeres realmente patriotas, dispuestos a defender los intereses nacionales por encima de cualquier interés particular, ya sea éste partidista o económico.-  

ABYA YALA Y LA CONSPIRACIÓN PERMANENTE

ABYA YALA Y LA CONSPIRACIÓN PERMANENTE

Los pueblos de nuestra Abya Yala -desde la época colonial hasta el presente- han estado sometidos a una situación histórica concreta que se manifiesta a través de las diversas estructuras políticas, económicas, sociales y culturales que han prevalecido en medio de golpes de Estado, elecciones representativas, intervencionismo gringo, revueltas y revoluciones, acabando por institucionalizarse. Dicha situación conspira permanentemente contra la posibilidad de alcanzar nuestros pueblos una emancipación integral que les permita acceder a algo más que el mejoramiento de sus actuales condiciones materiales de vida. Trascenderla exige construir una opción auténticamente emancipadora -tanto en lo práctico como en lo teórico-, partiendo de lo existente como realidad en cada uno de ellos aunque concurran similitudes que hagan presuponer que tal opción es aplicable indiferentemente en los mismos, obviando sus peculiaridades; de modo que la estrategia a utilizar para ello cumpla sus objetivos.

 

Con el objetivo de preservar su hegemonía, los sectores (o clases) dominantes -tanto externas como internas- siempre han apelado a los recursos que generen división y confusión entre los sectores (o clases) subordinados. Cuando su eficacia disminuye, originando dudas y protestas entre estos últimos, entonces recurren a las amenazas, la represión y la guerra sucia, de modo que lleguen a aceptar la fatalidad de su destino, es decir, se resignen a no traspasar y, menos, a cambiar el marco de referencia que el que se fundan sus condiciones de vida. En contra de tal situación, quienes promuevan un verdadero cambio revolucionario del modelo civilizatorio vigente tendrán que comprender -aun cuando resulte un proceso lento y, en algunos casos, extenuante, frustrante y prolongado- que la dirección, la organización y la estrategia que apunten a crear el contexto objetivo y subjetivo de la revolución deben contener rasgos inéditos que diferencien sus postulados de todo aquello que se busca transformar.

 

En este caso, siendo la labor de los revolucionarios una labor primordialmente subversiva, orientada a demoler y a sustituir las viejas estructuras del orden establecido, ella debiera ayudar a conseguir que exista una unidad concreta de los diferentes movimientos que los aglutinan -sin perder ninguno de ellos su autonomía, pero todos guiados por planes comunes-, derivada de la claridad teórica y política que tengan sus militantes y/o integrantes para explicarse y explicar el momento histórico que se vive. Con ello, dicha unidad contribuirá a elevar la conciencia y el nivel organizativo de lucha de los sectores populares, pasando a una etapa más avanzada respecto a sus esperanzas y reivindicaciones, plateándose, en consecuencia, la toma del poder.     

 

En palabras de Juan Carlos Scannone, en Filosofía de la Liberación y Sabiduría Popular, «en América Latina son los pobres y empobrecidos -exteriores al sistema de dominación- quienes condensan mejor (junto a quienes, sin ser pobres, optan por los pobres) el éthos cultural, la memoria, la conciencia y el proyecto históricos latinoamericanos, centrados en la solidaridad y la justicia» Algo que supera la voluntad de poder que ha caracterizado (y caracteriza) generalmente el activismo político -sea éste tradicional o insurgente- en nuestra Abya Yala. De ello habrá que extraerse las nociones básicas -sin exclusión ortodoxa de aportes provenientes de luchadores y pensadores de otros lares y tiempos- que le darán forma y contenido a esta opción emancipadora nacida en nuestro continente, venciendo la conspiración permanente del imperialismo gringo, las grandes corporaciones transnacionales y las clases dominantes.-

OTAN-COLOMBIA, ¿UN PELIGRO INMINENTE?

OTAN-COLOMBIA, ¿UN PELIGRO INMINENTE?

No resulta ninguna novedad el anuncio hecho por el presidente José Manuel Santos respecto al acercamiento o acuerdo que adelantaría oficialmente su gobierno con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), ya que tal cosa él lo había dado a conocer tiempo atrás. Según lo afirmado por el ministro de defensa, Colombia no pretendería formar parte de la OTAN, pero sí lograr que sus Fuerzas Armadas sean más modernas, transparentes y entrenadas en tecnologías, en «lucha contra el crimen organizado y acceso a la información». Este es el argumento que se esgrime.

 

Pero, para algunos gobiernos de la región, esta decisión del presidente Santos representa una seria amenaza a la paz continental, a la que se agrega el hecho que las fuerzas armadas de Estados Unidos se hallan presentes -con inmunidad incluida- en territorio colombiano. Al respecto, se debe advertir que la OTAN -como ha sido evidente en los últimos tiempos- tiene como puntos elementales de su agenda de seguridad la lucha contra el terrorismo internacional, la proliferación de armas de destrucción masiva, la piratería y la ciberdefensa; algo que amplía enormemente su teatro de operaciones, más allá de lo que sería, estrictamente, el océano Atlántico norte, abarcando la totalidad del planeta.

 

Como se sabe, ahora el papel de la OTAN se orienta a obviar las diferencias regionales y a establecer vínculos y/o mecanismos de consulta y operaciones combinadas con gobiernos con los que compartan intereses comunes. En el caso del convenio militar suscrito entre Estados Unidos y Colombia muchos analistas anticipan la posibilidad que el Comando Sur de EE.UU. (SOUTHCOM) decida utilizar, por ejemplo, Palanquero –una base colombiana a la que tienen acceso las tropas gringas– como un corredor aéreo de la OTAN para su desplazamiento desde América del Sur a África, considerando que las estructuras militares de un Estado miembro y las de la OTAN estarán siempre interrelacionadas, por lo que una base de EE.UU. en cualquier país del mundo también lo sería de la OTAN.

 

Visto en un amplio espectro de eventuales escenarios, la decisión colombiana le abriría las puertas a una injerencia militar imperialista en cualquier parte de nuestra Abya Yala, convirtiendo el Atlántico Sur en una nueva zona de guerra, en defensa de los intereses capitalistas y geopolíticos de los poderes hegemónicos que integran su comando, tal como ocurrió con la disputa entre Inglaterra y Argentina por la soberanía de las islas Malvinas durante la cual el gobierno gringo desconoció la aplicación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), parcializándose con su par inglés. Lo cierto es que la dupla Colombia-OTAN no deja de ser una realidad, justamente en un momento histórico donde los pueblos de nuestra Abya Yala luchan por acceder a niveles democráticos, sociales y económicos que les faciliten vivir de mejor manera.

 

Un momento histórico que también se caracteriza por la reacción victoriosa de la derecha en varias naciones, recuperando el poder constituido. Además, queda pendiente lo que será el nuevo gobierno de Estados Unidos presidido por Donald Trump, sin que se descarte la posibilidad que éste continúe la política injerencista de sus antecesores en la Casa Blanca.

 

Ante ello, los movimientos populares y revolucionarios de nuestro continente tendrán que articular acciones en defensa de la soberanía de cada una de nuestras naciones; incluso, independientemente del signo ideológico de sus gobiernos. Esto abarcaría, necesariamente, la constitución de redes informativas alternativas e independientes que revelen la verdadera realidad de los diversos acontecimientos que ocurren en toda la extensión de nuestra Abya Yala, de modo que nuestros pueblos lleguen a entender sus causas y sus consecuencias, creando sus propios discursos y realidades, desechando todo lo impuesto durante siglos por las élites dominantes. Quizás entonces situaciones como la creada por la intención del gobierno colombiano de establecer vínculos con la OTAN dejen de ser decisiones de gobiernos dedicados a preservar los intereses de las clases dominantes y sea posible la realidad de un continente libre de guerra y de hegemonía imperialista.-

UNA DE DOS: O CAPITULAMOS O RECAPITULAMOS

UNA DE DOS: O CAPITULAMOS O RECAPITULAMOS

Es necesario que los revolucionarios de nuestra Abya Yala sean capaces de luchar por crear un mundo posible donde quepan muchos otros mundos (al decir de los zapatistas y de otros demandantes de la alteridad) no puramente el que ahora habitamos, donde sólo es permitido y estimulado el ‘american way life’ como muestra avanzada de civilización y de modernidad. Uno de los objetivos que debiera imponerse, por tanto, cualquier proyecto de emancipación revolucionaria es refutar y derrotar la hegemonía euro-yanqui que ha pretendido, desde hace cinco siglos, representar a todo el mundo mediante una universalidad y una modernidad que sólo se ajustan a los patrones emanados de Europa y Estados Unidos, gracias a los cuales a estos les correspondería la misión de civilizar al mundo bárbaro que no conoce lo que es la libertad, la libre economía y la democracia, permitiéndose reconfigurar, incluso, sus fronteras nacionales en función de optimizar sus supremos intereses geopolíticos y económicos. De allí que sea inaplazable fraguar -hasta donde ello sea factible, siendo conscientes, por supuesto, de las múltiples dificultades y de las limitaciones que la misma implicaría- la construcción de una fundamentación teórica de una nueva lógica (anticapitalista y antipatriarcal), de unos nuevos paradigmas y, en general, de una nueva cultura social, económica y política; extraídos de la realidad específica de las naciones nuestraamericanas, pero que no por eso suprimiría completamente la realidad experimentada en común con los demás pueblos periféricos del planeta.    

 

En tal sentido, es fundamental entender que “en América latina nos encontramos -tal como lo describe Juan José Bautista Segalés en su obra ¿Qué significa pensar desde América Latina? Hacia una racionalidad transmoderna y postoccidental- en una coyuntura histórica sin igual en la cual estamos empezando a producir no sólo otra idea de economía, política y sociedad, sino también el conocimiento con el que esta otra idea de vida, distinta de la forma de vida que los modernos nos han impuesto durante 500 años, sea posible. Ya no basta con producir los conceptos y categorías con los cuales hacer inteligible, pensable y posible este otro proyecto. El problema no está en cuestionar solamente el capitalismo, el modelo neoliberal o, si se quiere, el socialismo real del siglo XX, sino en problematizar y criticar la racionalidad que los presupone y les da sentido, para no recaer en lo que siempre criticamos y que queremos superar”.

 

Tal cuestión impone no escasos desafíos conceptuales, además de prácticas que evidencien la posibilidad real de concretarlos. Es importante comprender, además, que una revolución que se plantee reemplazar el sistema capitalista por uno más enfocado hacia los seres humanos y la naturaleza, estableciendo una simbiosis beneficiosa para ambos, lo cual no podría lograrse si aún se apela a la racionalidad que lo engendró y justifica, aun cuando se diga que es parte del cambio sugerido y anhelado por muchos a nivel mundial. Ante tamaño reto no sería extraño que algunos claudicaran mientras otros, quizás, sencillamente recapitulen y retomen la lucha bajo unos nuevos parámetros, esta vez mejor compenetrados con la realidad particular de cada pueblo y/o nación. Ello resulta más urgente cuando se observa la arremetida de los grupos y gobiernos conservadores de derecha, incluyendo triunfos electorales y los denominados golpes blandos -en lo que se considera el final del denominado ciclo progresista, tomando en cuenta lo ocurrido en Argentina y Brasil, buscando extenderse a Bolivia, Ecuador y Venezuela- en contra de las reivindicaciones de los sectores populares, restaurando y reelaborando el esquema neoliberal capitalista que tutelaba, hace tres décadas atrás, la economía mundial, sobre todo en los países de nuestra Abya Yala.

 

Este último escenario (que algunos perciben irreversible) obliga a los revolucionarios a definir posiciones. Una de dos: o capitulamos o recapitulamos. No podría confiarse en algo intermedio al respecto, si no existen criterios precisos que permitan ahondar y darle continuidad a un proyecto de transformación estructural que abarque la totalidad del modelo civilizatorio vigente. Tal cosa exige, obviamente, determinar los cambios que se harán en el campo político y su reflejo inmediato en lo económico, de manera que exista una compatibilidad entre ambos, trascendiendo el marco reformista tradicional. Pero ello requiere en todo momento que los sectores populares adquieran plena conciencia del rol histórico que les tocará cumplir para alcanzar sus aspiraciones de emancipación integral, organizándose de forma independiente en relación al Estado, con sus propias normativas y liderazgos, sin que esto signifique caer en un idealismo que, luego, al no producir resultados tangibles, haga que muchos se decepcionen y abandonen la lucha, reflejándose en la desmovilización social y el abstencionismo electoral que asegurarían -eventualmente- la restauración de las clases oligárquicas y proimperialistas.-      

BANDERA BLANCA PARA COLOMBIA

BANDERA BLANCA PARA COLOMBIA

 

 

Con unos antecedentes de lucha armada que ya suma 68 años, con secuelas de todo tipo que afecta a la mayoría de su población, especialmente rural, Colombia se apresta -después de cuatro años de conversaciones- a decidir la aprobación o no de los acuerdos de paz discutidos y suscritos por el gobierno de Juan Manuel Santos y el directorio de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional de Colombia - Ejército Popular (FARC-EP). Temas cruciales como la amnistía de los guerrilleros, su futura participación política y reincorporación a la vida civil, al igual que la violencia en campos y ciudades que ha producido miles de asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos, de desplazados, de desaparecidos, de víctimas muchas veces ajenas al conflicto armado, y la realidad macabra impuesta por el narcotráfico y el paramilitarismo amparados por las clases dominantes; fueron debatidos en La Habana a fin de cristalizar las negociaciones de paz.

 

Sin embargo, tales negociaciones no transcurrieron sin tropiezos, destacándose la hostilidad mostrada por el ex presidente Álvaro Uribe y sus partidarios, tratando de impedir que el gobierno de Santos y las FARC-EP arribaran a consensos definitivos. Para los guerrilleros de las FARC-EP habrá la oportunidad de participar civilmente en el escenario político colombiano, organizando y movilizando a los sectores populares, de manera que exista la posibilidad concreta de arrebatarles el poder político a los sectores dominantes tradicionales, con un riesgo no descartado de correr una igual suerte que sus compatriotas de la Unión Patriótica; lo que exigiría derechos y garantías efectivas de parte del Estado para que esto no ocurra. Por su parte, Santos conseguiría, con la victoria del Sí en el plebiscito convocado, legitimar políticamente los diálogos sostenidos en Cuba, logrando cimentar su imagen como mandatario y líder político, sin que ello signifique un cambio de mentalidad de su parte respecto al orden existente.

 

En su análisis “La Guerra y la Paz en Colombia”, el periodista y filósofo Eduardo Rothe indica que “el largo proceso de desmantelar la guerra civil y sus causas, es para hoy y para mañana, trabajo para las jóvenes generaciones de militares y guerrilleros, para la juventud que trabaja y estudia, que hereda una paz difícil y una reconstrucción compleja. Pero el paso principal está dado porque el fin de la guerra ya no es un sueño inalcanzable. La idea y la voluntad de una paz posible forma parte del nuevo imaginario colectivo y es, por lo tanto, una realidad política que nace con dinámica propia”. Esto, entendiéndolo en un mayor contexto, representa una seria amenaza para quienes, desde el momento inmediato a la disolución de la República de Colombia, conformada por Nueva Granada, Quito y Venezuela bajo los auspicios unionistas del Libertador Simón Bolívar, han detentado habitualmente la hegemonía política y económica en este país, sometiendo a la explotación, la pobreza y la marginación a millones de sus conciudadanos.

 

“El problema de Colombia -escribe Gabriel Ángel, escritor y analista insurgente, en artículo titulado Los silencios de los verdaderos enemigos de la paz- es que hay una casta enquistada en el poder, ligada a los más sucios negocios y la más descarada corrupción, con redes nefastas en todas las instituciones, acostumbrada a solucionar todos los problemas por medio de la violencia, la guerra y el crimen”. Resulta, por tanto, complicado anticipar un cambio inmediato en la manera como estos grupos entienden que debe ser el funcionamiento de la política y del Estado, es decir, en beneficio de los intereses de una minoría y no de una amplia mayoría, como lo demanda la población colombiana en general. En el plano regional, el final del conflicto colombiano podría derivar en un incremento de la ofensiva imperialista gringa y sus aliados contra el gobierno de Venezuela, asegurada en cierta forma la paz social del vecino país y habida cuenta que algunos grupos paramilitares serían utilizados para promover violencia, terrorismo y desestabilización de este lado de la frontera, buscando completar -obtenido el éxito de la derecha local en naciones como Argentina y Brasil- el arrinconamiento y la liquidación de los gobiernos progresistas y/o de izquierda que surgieran entre finales del siglo 20 e inicios del presente siglo, lo que representó para las elites dominantes de Estados Unidos un revés que disminuyó considerablemente su papel hegemónico en esta parte del continente americano y que ahora procura revertir de un modo definitivo.-   

   

ERRORES REVOLUCIONARIOS, GANANCIA DERECHISTA

ERRORES REVOLUCIONARIOS, GANANCIA DERECHISTA

     Al analizar Álvaro García Linera, Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, en un reciente foro internacional las causas que le facilitaron a la derecha recuperar fuerzas, derrotar y poner en jaque a los distintos gobiernos progresistas y/o izquierdistas surgidos durante las dos últimas décadas en Nuestra América, admitió: "Nuestro error fue que enfrentamos la redistribución de la riqueza sin politización social". Es decir, se hizo una gestión de justicia social hacia los sectores populares largamente postergados de la inclusión en términos sociales, políticos y económicos, pero se obvió la necesidad de conducirlos a un nivel de comprensión de la realidad para trascenderla y reemplazarla radicalmente, además de ayudarlos a convertirse en sujetos históricos de su propia emancipación.

 

     Aunque algo a destiempo, pero no innecesario, esta autocrítica no deja de ser bastante interesante. Máxime al saber que quien la emite es uno de los sociólogos que ha estudiado de cerca la actualidad de nuestro continente, comprometiéndose con su vida a gestar el cambio estructural en su nación, al lado del Presidente Evo Morales y los movimientos campesinos y aborígenes que insurgieran contra los remanentes del colonialismo hispano y el imperialismo gringo. Ella es, además, la aceptación de un error muy común entre quienes asumen la revolución -en especial, la socialista- como un proceso de transformaciones que, como se está desarrollando, o trata de desarrollarse, en el marco legal vigente, será íntegramente respetado por las clases sociales y sectores políticos despojados del control del poder estatal y económico; olvidándose de la ingrata experiencia padecida por el Presidente Salvador Allende y el pueblo de Chile.

 

     Hubo entre éstos, por decirlo de algún modo, cierta ingenuidad de su parte, quizás por no entender cabalmente que toda revolución verdadera apunta a una transformación estructural permanente que debe ser protagonizada, en un primer nivel, por un pueblo realmente consciente y organizado. Sin embargo, no sería algo del todo exacto. Muchos de éstos, posiblemente de buena fe, estaban convencidos de que lo que hacían desde el gobierno y partidos políticos era parte determinante de la acción revolucionaria, bastando nada más con seguir asegurándose el voto de las mayorías para disponer del poder y satisfacer cada cierto tiempo las demandas que éstas les presentaran; repitiéndose un ciclo que ya se había vivido bajo los gobiernos reformistas tradicionales (salvo durante la etapa dictatorial, auspiciada por Washington).

 

     De esta forma se podría explicar, someramente, cómo teniendo un amplio respaldo popular ahora estén tales gobiernos sometidos a los embates de la derecha, sin hallar una fórmula efectiva que pueda contenerlos exitosamente, si no es alguna apegada a las establecidas por las leyes y la Constitución; lo que aumenta las posibilidades de la derecha de lograr su único y mayor objetivo: el poder constituido. Esto reduce enormemente el grado de maniobrabilidad de cada gobierno izquierdista y/o progresista mientras sus enemigos hacen acopio de todos los recursos disponibles para hostigarlos y vencerlos, así ello implique colocarse al margen de la democracia y de las leyes, como se evidencia a diario en Venezuela, secundados por una campaña mediática abiertamente injerencista, cuyos núcleos se ubican en Bogotá, Madrid y Miami, distorsionando desvergonzadamente la realidad de cada una de nuestras naciones.

 

     De ahí que sea imperativo que la dirigencia de estos procesos de cambios revolucionarios sepa entender e implementar a tiempo las medidas que se requieren para conjurar las amenazas crecientes y nada disimuladas de la derecha fascistoide y, por supuesto, del imperialismo gringo, ansioso por ejercer un control exclusivo y directo de los diversos recursos estratégicos que se hallan en Nuestra América; medidas que únicamente resultarán eficaces si los sectores populares se organizan, actúan y crean sus propios espacios autogestionarios, dando nacimiento a unas nuevas relaciones de poder y, en consecuencia, a un modelo civilizatorio de nuevo tipo (aunque suene utopista).

 

     En resumen, entretanto se mantenga sin afectación alguna el viejo régimen burgués liberal -no obstante la existencia de leyes que harían factible su transformación de raíz mediante la activación contínua del poder popular constituyente- jamás se podrá consolidar ninguna revolución (sobre todo, de carácter socialista) en Nuestra América. Es aún necesario, como lo reconoce García Linera, que al gobierno con pretensiones revolucionarias lo acompañe un vasto movimiento social organizado, sin cooptación o dependencia de por medio que invalide su accionar revolucionario y constituyente; lo que permitiría vencer efectivamente (ojalá para siempre) los planes desestabilizadores y neocolonialistas del imperialismo yanqui y de sus acólitos locales.-

TODO POR TEMERLE AL PUEBLO

TODO POR TEMERLE AL PUEBLO

Con Atilio Borón, de su obra escrita «Aristóteles en Macondo: notas sobre el fetichismo democrático en América Latina», decimos que «la cuestión que se plantea con más y más frecuencia en Latinoamérica es: ¿hasta qué punto es posible hablar de soberanía popular -esencial para una democracia- sin soberanía nacional? ¿Soberanía popular para qué? ¿Puede un pueblo sometido al dominio imperialista llegar a tener ciudadanos autónomos que decidan sobre su propio destino?» A la luz de los diversos acontecimientos que han marcado la historia reciente de los pueblos de Nuestra América -sacudidos por la intervención militar del imperialismo gringo, abierta en algunos casos y, en otros, arropada por una supuesta lucha antiterrorista y antidrogas; la destitución anticonstitucional de presidentes progresistas y/o progresistas, inaceptables para la Casa Blanca y sus camarillas de súbditos neocoloniales; bloqueos y sabotajes económicos; asesinatos de líderes políticos y populares destacados; amenazas a la estabilidad democrática de la región, y repunte de los sectores de la derecha internacional, «renovada» en algunos aspectos- es previsible concluir que las respuestas a tales interrogantes tendrían que plasmarse (gústenos o no) en un cambio estructural generalizado; es decir, en una revolución de nuevo tipo que abarque al mismo tiempo lo político, lo económico, lo social y lo cultural, de un modo permanente y creativo.

Nunca podrá emprenderse una revolución con estas características mientras subsistan -sin una modificación profunda que corresponda al espíritu de la revolución que se pretende impulsar- las mismas leyes, los mismos procedimientos administrativos, la misma burocracia y las mismas instituciones del Estado burgués liberal que son, a grandes rasgos, opuestos a la existencia y a la organización del poder popular mediante el ejercicio de la democracia participativa o directa. Ello explica por qué, a pesar del amplio respaldo brindado por los sectores populares a los gobiernos de Brasil y de Venezuela (al igual que otros similares) éstos siguen siendo víctimas del acoso ordenado desde Estados Unidos, sin impedirse de forma definitiva las acciones abiertamente desestabilizadoras de los grupos de la derecha.

Esto también nos remite a la vieja enseñanza leninista respecto a que sólo los revolucionarios hacen las revoluciones, algo que se ha obviado tercamente; en algunas situaciones, invocando que todo debe hacerse sin precipitaciones, paulatinamente. Quienes así lo piensan olvidan que, eventualmente, si la correlación de fuerzas amenaza su hegemonía, los sectores dominantes podrán hacer algunas concesiones que recreen la ilusión de armonía entre éstos y los sectores populares, incluso aceptando la elección de un presidente «revolucionario» o renovador, pero que estarán siempre dispuestos a obstaculizar y a combatir todo intento de modificar el orden establecido, así esto represente abandonar su aparente talante democrático y apoyar la imposición de una dictadura fascistoide, violatoria de todo derecho humano, contando con el beneplácito (como sucede desde principios del siglo pasado) del régimen imperialista de Washington. No basta con vocear y exigir el respeto a la legalidad y las reglas del juego a sectores que, de antemano, jamás aceptarán la idea de perder privilegios prácticamente heredados de generación en generación desde la época colonial y que han conservado a través del tiempo gracias a la corrupción y la complicidad de gobernantes inescrupulosos, arrodillados ante el poder económico y militar estadounidense.

Contrariamente a esa posición, si se quiere estúpida e ingenua, se impone realizar un reforzamiento del carácter rebelde de los pueblos de Nuestra América, puesta manifiesto en toda su historia y la cual les hizo elegir presidentes, cuyos programas políticos incluirían parte de sus aspiraciones. Sin embargo, hará falta confiar en la capacidad de estos mismos pueblos para crear mejores niveles de participación política y de toma de decisiones que impliquen transformar las diferentes estructuras que caracterizan al actual modelo civilizatorio. Si los nuevos gobernantes surgidos de estas rebeliones populares no hacen un mínimo esfuerzo por lograr esta última meta y sencillamente se limitan a confiar en el establecimiento de pactos que garanticen la gobernabilidad y que nada podrá ocurrir fuera del marco legal que les afecte, estarán dando ánimos a los sectores de la derecha para que actúen y alcancen su objetivo: la recuperación del poder perdido. Todo por temerle a la revolución popular.-