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NUESTRA AMÉRICA

BANDERA BLANCA PARA COLOMBIA

BANDERA BLANCA PARA COLOMBIA

 

 

Con unos antecedentes de lucha armada que ya suma 68 años, con secuelas de todo tipo que afecta a la mayoría de su población, especialmente rural, Colombia se apresta -después de cuatro años de conversaciones- a decidir la aprobación o no de los acuerdos de paz discutidos y suscritos por el gobierno de Juan Manuel Santos y el directorio de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional de Colombia - Ejército Popular (FARC-EP). Temas cruciales como la amnistía de los guerrilleros, su futura participación política y reincorporación a la vida civil, al igual que la violencia en campos y ciudades que ha producido miles de asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos, de desplazados, de desaparecidos, de víctimas muchas veces ajenas al conflicto armado, y la realidad macabra impuesta por el narcotráfico y el paramilitarismo amparados por las clases dominantes; fueron debatidos en La Habana a fin de cristalizar las negociaciones de paz.

 

Sin embargo, tales negociaciones no transcurrieron sin tropiezos, destacándose la hostilidad mostrada por el ex presidente Álvaro Uribe y sus partidarios, tratando de impedir que el gobierno de Santos y las FARC-EP arribaran a consensos definitivos. Para los guerrilleros de las FARC-EP habrá la oportunidad de participar civilmente en el escenario político colombiano, organizando y movilizando a los sectores populares, de manera que exista la posibilidad concreta de arrebatarles el poder político a los sectores dominantes tradicionales, con un riesgo no descartado de correr una igual suerte que sus compatriotas de la Unión Patriótica; lo que exigiría derechos y garantías efectivas de parte del Estado para que esto no ocurra. Por su parte, Santos conseguiría, con la victoria del Sí en el plebiscito convocado, legitimar políticamente los diálogos sostenidos en Cuba, logrando cimentar su imagen como mandatario y líder político, sin que ello signifique un cambio de mentalidad de su parte respecto al orden existente.

 

En su análisis “La Guerra y la Paz en Colombia”, el periodista y filósofo Eduardo Rothe indica que “el largo proceso de desmantelar la guerra civil y sus causas, es para hoy y para mañana, trabajo para las jóvenes generaciones de militares y guerrilleros, para la juventud que trabaja y estudia, que hereda una paz difícil y una reconstrucción compleja. Pero el paso principal está dado porque el fin de la guerra ya no es un sueño inalcanzable. La idea y la voluntad de una paz posible forma parte del nuevo imaginario colectivo y es, por lo tanto, una realidad política que nace con dinámica propia”. Esto, entendiéndolo en un mayor contexto, representa una seria amenaza para quienes, desde el momento inmediato a la disolución de la República de Colombia, conformada por Nueva Granada, Quito y Venezuela bajo los auspicios unionistas del Libertador Simón Bolívar, han detentado habitualmente la hegemonía política y económica en este país, sometiendo a la explotación, la pobreza y la marginación a millones de sus conciudadanos.

 

“El problema de Colombia -escribe Gabriel Ángel, escritor y analista insurgente, en artículo titulado Los silencios de los verdaderos enemigos de la paz- es que hay una casta enquistada en el poder, ligada a los más sucios negocios y la más descarada corrupción, con redes nefastas en todas las instituciones, acostumbrada a solucionar todos los problemas por medio de la violencia, la guerra y el crimen”. Resulta, por tanto, complicado anticipar un cambio inmediato en la manera como estos grupos entienden que debe ser el funcionamiento de la política y del Estado, es decir, en beneficio de los intereses de una minoría y no de una amplia mayoría, como lo demanda la población colombiana en general. En el plano regional, el final del conflicto colombiano podría derivar en un incremento de la ofensiva imperialista gringa y sus aliados contra el gobierno de Venezuela, asegurada en cierta forma la paz social del vecino país y habida cuenta que algunos grupos paramilitares serían utilizados para promover violencia, terrorismo y desestabilización de este lado de la frontera, buscando completar -obtenido el éxito de la derecha local en naciones como Argentina y Brasil- el arrinconamiento y la liquidación de los gobiernos progresistas y/o de izquierda que surgieran entre finales del siglo 20 e inicios del presente siglo, lo que representó para las elites dominantes de Estados Unidos un revés que disminuyó considerablemente su papel hegemónico en esta parte del continente americano y que ahora procura revertir de un modo definitivo.-   

   

ERRORES REVOLUCIONARIOS, GANANCIA DERECHISTA

ERRORES REVOLUCIONARIOS, GANANCIA DERECHISTA

     Al analizar Álvaro García Linera, Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, en un reciente foro internacional las causas que le facilitaron a la derecha recuperar fuerzas, derrotar y poner en jaque a los distintos gobiernos progresistas y/o izquierdistas surgidos durante las dos últimas décadas en Nuestra América, admitió: "Nuestro error fue que enfrentamos la redistribución de la riqueza sin politización social". Es decir, se hizo una gestión de justicia social hacia los sectores populares largamente postergados de la inclusión en términos sociales, políticos y económicos, pero se obvió la necesidad de conducirlos a un nivel de comprensión de la realidad para trascenderla y reemplazarla radicalmente, además de ayudarlos a convertirse en sujetos históricos de su propia emancipación.

 

     Aunque algo a destiempo, pero no innecesario, esta autocrítica no deja de ser bastante interesante. Máxime al saber que quien la emite es uno de los sociólogos que ha estudiado de cerca la actualidad de nuestro continente, comprometiéndose con su vida a gestar el cambio estructural en su nación, al lado del Presidente Evo Morales y los movimientos campesinos y aborígenes que insurgieran contra los remanentes del colonialismo hispano y el imperialismo gringo. Ella es, además, la aceptación de un error muy común entre quienes asumen la revolución -en especial, la socialista- como un proceso de transformaciones que, como se está desarrollando, o trata de desarrollarse, en el marco legal vigente, será íntegramente respetado por las clases sociales y sectores políticos despojados del control del poder estatal y económico; olvidándose de la ingrata experiencia padecida por el Presidente Salvador Allende y el pueblo de Chile.

 

     Hubo entre éstos, por decirlo de algún modo, cierta ingenuidad de su parte, quizás por no entender cabalmente que toda revolución verdadera apunta a una transformación estructural permanente que debe ser protagonizada, en un primer nivel, por un pueblo realmente consciente y organizado. Sin embargo, no sería algo del todo exacto. Muchos de éstos, posiblemente de buena fe, estaban convencidos de que lo que hacían desde el gobierno y partidos políticos era parte determinante de la acción revolucionaria, bastando nada más con seguir asegurándose el voto de las mayorías para disponer del poder y satisfacer cada cierto tiempo las demandas que éstas les presentaran; repitiéndose un ciclo que ya se había vivido bajo los gobiernos reformistas tradicionales (salvo durante la etapa dictatorial, auspiciada por Washington).

 

     De esta forma se podría explicar, someramente, cómo teniendo un amplio respaldo popular ahora estén tales gobiernos sometidos a los embates de la derecha, sin hallar una fórmula efectiva que pueda contenerlos exitosamente, si no es alguna apegada a las establecidas por las leyes y la Constitución; lo que aumenta las posibilidades de la derecha de lograr su único y mayor objetivo: el poder constituido. Esto reduce enormemente el grado de maniobrabilidad de cada gobierno izquierdista y/o progresista mientras sus enemigos hacen acopio de todos los recursos disponibles para hostigarlos y vencerlos, así ello implique colocarse al margen de la democracia y de las leyes, como se evidencia a diario en Venezuela, secundados por una campaña mediática abiertamente injerencista, cuyos núcleos se ubican en Bogotá, Madrid y Miami, distorsionando desvergonzadamente la realidad de cada una de nuestras naciones.

 

     De ahí que sea imperativo que la dirigencia de estos procesos de cambios revolucionarios sepa entender e implementar a tiempo las medidas que se requieren para conjurar las amenazas crecientes y nada disimuladas de la derecha fascistoide y, por supuesto, del imperialismo gringo, ansioso por ejercer un control exclusivo y directo de los diversos recursos estratégicos que se hallan en Nuestra América; medidas que únicamente resultarán eficaces si los sectores populares se organizan, actúan y crean sus propios espacios autogestionarios, dando nacimiento a unas nuevas relaciones de poder y, en consecuencia, a un modelo civilizatorio de nuevo tipo (aunque suene utopista).

 

     En resumen, entretanto se mantenga sin afectación alguna el viejo régimen burgués liberal -no obstante la existencia de leyes que harían factible su transformación de raíz mediante la activación contínua del poder popular constituyente- jamás se podrá consolidar ninguna revolución (sobre todo, de carácter socialista) en Nuestra América. Es aún necesario, como lo reconoce García Linera, que al gobierno con pretensiones revolucionarias lo acompañe un vasto movimiento social organizado, sin cooptación o dependencia de por medio que invalide su accionar revolucionario y constituyente; lo que permitiría vencer efectivamente (ojalá para siempre) los planes desestabilizadores y neocolonialistas del imperialismo yanqui y de sus acólitos locales.-

TODO POR TEMERLE AL PUEBLO

TODO POR TEMERLE AL PUEBLO

Con Atilio Borón, de su obra escrita «Aristóteles en Macondo: notas sobre el fetichismo democrático en América Latina», decimos que «la cuestión que se plantea con más y más frecuencia en Latinoamérica es: ¿hasta qué punto es posible hablar de soberanía popular -esencial para una democracia- sin soberanía nacional? ¿Soberanía popular para qué? ¿Puede un pueblo sometido al dominio imperialista llegar a tener ciudadanos autónomos que decidan sobre su propio destino?» A la luz de los diversos acontecimientos que han marcado la historia reciente de los pueblos de Nuestra América -sacudidos por la intervención militar del imperialismo gringo, abierta en algunos casos y, en otros, arropada por una supuesta lucha antiterrorista y antidrogas; la destitución anticonstitucional de presidentes progresistas y/o progresistas, inaceptables para la Casa Blanca y sus camarillas de súbditos neocoloniales; bloqueos y sabotajes económicos; asesinatos de líderes políticos y populares destacados; amenazas a la estabilidad democrática de la región, y repunte de los sectores de la derecha internacional, «renovada» en algunos aspectos- es previsible concluir que las respuestas a tales interrogantes tendrían que plasmarse (gústenos o no) en un cambio estructural generalizado; es decir, en una revolución de nuevo tipo que abarque al mismo tiempo lo político, lo económico, lo social y lo cultural, de un modo permanente y creativo.

Nunca podrá emprenderse una revolución con estas características mientras subsistan -sin una modificación profunda que corresponda al espíritu de la revolución que se pretende impulsar- las mismas leyes, los mismos procedimientos administrativos, la misma burocracia y las mismas instituciones del Estado burgués liberal que son, a grandes rasgos, opuestos a la existencia y a la organización del poder popular mediante el ejercicio de la democracia participativa o directa. Ello explica por qué, a pesar del amplio respaldo brindado por los sectores populares a los gobiernos de Brasil y de Venezuela (al igual que otros similares) éstos siguen siendo víctimas del acoso ordenado desde Estados Unidos, sin impedirse de forma definitiva las acciones abiertamente desestabilizadoras de los grupos de la derecha.

Esto también nos remite a la vieja enseñanza leninista respecto a que sólo los revolucionarios hacen las revoluciones, algo que se ha obviado tercamente; en algunas situaciones, invocando que todo debe hacerse sin precipitaciones, paulatinamente. Quienes así lo piensan olvidan que, eventualmente, si la correlación de fuerzas amenaza su hegemonía, los sectores dominantes podrán hacer algunas concesiones que recreen la ilusión de armonía entre éstos y los sectores populares, incluso aceptando la elección de un presidente «revolucionario» o renovador, pero que estarán siempre dispuestos a obstaculizar y a combatir todo intento de modificar el orden establecido, así esto represente abandonar su aparente talante democrático y apoyar la imposición de una dictadura fascistoide, violatoria de todo derecho humano, contando con el beneplácito (como sucede desde principios del siglo pasado) del régimen imperialista de Washington. No basta con vocear y exigir el respeto a la legalidad y las reglas del juego a sectores que, de antemano, jamás aceptarán la idea de perder privilegios prácticamente heredados de generación en generación desde la época colonial y que han conservado a través del tiempo gracias a la corrupción y la complicidad de gobernantes inescrupulosos, arrodillados ante el poder económico y militar estadounidense.

Contrariamente a esa posición, si se quiere estúpida e ingenua, se impone realizar un reforzamiento del carácter rebelde de los pueblos de Nuestra América, puesta manifiesto en toda su historia y la cual les hizo elegir presidentes, cuyos programas políticos incluirían parte de sus aspiraciones. Sin embargo, hará falta confiar en la capacidad de estos mismos pueblos para crear mejores niveles de participación política y de toma de decisiones que impliquen transformar las diferentes estructuras que caracterizan al actual modelo civilizatorio. Si los nuevos gobernantes surgidos de estas rebeliones populares no hacen un mínimo esfuerzo por lograr esta última meta y sencillamente se limitan a confiar en el establecimiento de pactos que garanticen la gobernabilidad y que nada podrá ocurrir fuera del marco legal que les afecte, estarán dando ánimos a los sectores de la derecha para que actúen y alcancen su objetivo: la recuperación del poder perdido. Todo por temerle a la revolución popular.-

 

LOS VOTOS NO SON SUFICIENTES

LOS VOTOS NO SON SUFICIENTES

Conocida la situación creada en contra de la Presidenta Dilma Roussef y lo ocurrido electoralmente en menos de un año en Argentina, Venezuela y Bolivia, podría afirmarse que el aparente avance derechista en éstos y otros países de nuestra América tiene su principal punto de apoyo en la aceptación de las reglas de juego burguesas y el descuido respecto a la constitución e independencia de un verdadero poder popular; además del mantenimiento de las estructuras y del marco legal del antigüo régimen. 

Frente a esta realidad incómoda, se debe entender que mientras subsista el antigüo régimen -a través de la representatividad, la verticalidad jerárquica, el burocratismo y los procedimientos administrativos que lo legitiman- ningún esfuerzo hará posible la Revolución. Las estructuras del viejo Estado burgués-liberal acaban por convertirse en una gran camisa de fuerza que limita y ahoga toda aspiración revolucionaria de los sectores populares, dado que ellas están diseñadas básicamente para responder a los intereses de las clases dominantes y escasamente a favor de las mayorías.

En el caso reciente de Brasil, la primera lección que se puede extraer es que por muchos votos que se obtengan en cada proceso electoral victorioso, éstos no resultarán suficientes para lograr y consolidar una revolución de cualquier tipo, si éstos no se acompañan con la conformación y la movilización de un poder popular autónomo que oriente sus acciones fundamentales a la transformación estructural efectiva del Estado y del sistema económico capitalista, extendiéndose a todo el conjunto de la sociedad.  Más aún si se tiene pleno conocimiento respecto a las pretensiones nunca negadas o encubiertas de los grupos contrarrevolucionarios de adueñarse del poder a cualquier precio y sin importar cuáles serían los medios violentos y/o "pacíficos" a emplearse para alcanzarlo; contando siempre con el respaldo "desinteresado" del imperialismo gringo. 

Los reveses sufridos por los gobiernos izquierdistas y/o progresistas de la región, gran parte de los cuales han contado con un importante caudal de votos desde un primer momento, se explican así a la luz de su comportamiento frente a la vigencia del Estado burgués-liberal, apenas afectado por sus planteamientos de cambio; dedicándose, la mayoría de las veces, sencillamente a conservar sus cuotas de poder, apelando, incluso, al clientelismo político practicado en el pasado por los partidos políticos tradicionales. Ciertamente, mucho de lo hecho por cada uno de estos permitió saldar la deuda social acumulada durante más de medio siglo, mejorando enormemente las condiciones materiales de vida de los sectores populares pobres o empobrecidos, lo que es sólo negado a ultranza por quienes están interesados en su eventual derrocamiento, pero se obvió que ello se estaba llevando a cabo en el marco de actuación de un Estado adaptado a los requerimientos de una democracia representativa, no participativa ni protagónica y, por consiguiente, sin espacios abiertos a la influencia y las acciones de un poder popular  organizado. Éste último, condiciones apropiadas, habría servido para contrarrestar el activismo opositor y la injerencia poco disimulada del imperialismo gringo, sirviendo de freno al mismo tiempo a cualquier intención anticonstitucional y antidemocrática que osare mostrar el sector militar.

Ahora quedará esperar que las movilizaciones populares impidan que sigan suscitándose mayores arremetidas del imperialismo yanqui y de los grupos conservadores que acatan sus directrices incondicionalmente. Sin embargo, los distintos gobiernos a ser defendidos por medio de estas masivas movilizaciones populares tendrían que recapacitar seriamente sobre sus procederes y replantearse los objetivos revolucionarios que facilitaron su ascensión al poder; actuando en consecuencia para que la soberanía popular sea una realidad efectiva y no simplemente retórica para captar votos.

CHE, MÁS ALLÁ DEL MITO

CHE, MÁS ALLÁ DEL MITO

 

 

 

El 11 de octubre de 1967, Walt Rostow, asesor del presidente estadounidense Lyndon Johnson, le envía a éste un memorando donde analiza las implicaciones del ajusticiamiento de Ernesto Che Guevara: "Su muerte marca la desaparición de otro de los agresivos revolucionarios románticos... En el contexto latinoamericano, tendrá un gran impacto en descorazonar futuros guerrilleros”. A pesar de la sensación de triunfo que embargó a los sectores dominantes estadounidenses y latino-caribeños del momento, la desaparición física del Comandante Guevara no impidió que se mantuviera latente la lucha de resistencia de los pueblos de nuestra América por su liberación nacional.

 

Médico de profesión, pero revolucionario internacionalista de convicción, más allá del mito, el Che representa un ejemplo permanente de pensamiento y de acción en pos de la construcción de un modelo de civilización de nuevo tipo, como lo demostrara en diversos momentos de su vida, reivindicando una tradición de lucha revolucionaria que diera comienzo con el proceso independentista de las naciones de nuestro continente. En él no tenían cabida los prejuicios chovinistas exhibidos por algunos seudo revolucionarios para quienes la revolución es un proceso a desarrollarse fronteras adentro de sus países, sin llegar a comprender a cabalidad la dimensión de la lucha anticapitalista y antiimperialista al lado de todos los demás pueblos del planeta.

 

Esa visión internacionalista de la revolución le llevó a dejar Cuba, donde fácilmente pudo quedarse con su familia y ejercer funciones importantes de gobierno. Sin embargo, en vez de ello decidió incorporarse a las guerrillas que combatían el colonialismo belga en África. Incluso, tuvo la idea de unirse a la lucha guerrillera en Venezuela, pero por diferencias con quienes estaban al frente de la misma no pudo concretarse, teniendo que esperar su momento para ir a Bolivia y, desde allí, crear las condiciones necesarias para que la América nuestra insurgiera en masa contra el imperialismo gringo y sus lacayos tradicionales. Todo esto en un contexto generalizado de lucha antiimperialista, cuyos símbolos más resaltantes entonces eran Vietnam y Cuba, enfrentados en una guerra asimétrica contra el poderío militar y económico de Washington.

 

Pero, al margen de sus experiencias militares conocidas, el Che demostró sus dotes como teórico original del socialismo revolucionario, de modo que se pudiera contar con las herramientas ideológicas adecuadas a la realidad cubana, en un primer lugar, y que éstas, en un segundo plano, sirvieran para orientar lo propio en otras latitudes a fin de destruir el orden imperante de explotación y alienación creado por el sistema capitalista hegemónico. Esto lo condujo a teorizar sobre el hombre y la mujer nuevos, dejando a la posteridad un conjunto de reflexiones fundamentales para emprender la transición hacia el socialismo.

 

Como lo recordara el Comandante Fidel Castro el 15 de octubre de 1967 durante la velada en su memoria, el Che “no es que reuniera esa doble característica de ser hombre de ideas, y de ideas profundas, la de ser hombre de acción sino que Che reunía como revolucionario las virtudes de un revolucionario: hombre íntegro a carta cabal, hombre de honradez suprema, de sinceridad absoluta, hombre de vida estoica y espartana, hombre a quien prácticamente en su conducta no se le puede encontrar una sola mancha. Constituyó, por sus virtudes, lo que puede llamarse un verdadero modelo de revolucionario”.

 

Para el Che Guevara, la conciencia revolucionaria mediante el trabajo voluntario, sin percibir remuneración material alguna, como es habitual bajo la lógica del capitalismo, era un modo apropiado de formar y elevar la conciencia socialista de los revolucionarios y convertirla en fuerza vital para alcanzar los cambios estructurales que debiera impulsar y consolidar la Revolución en todo momento. Por ello, no elude la polémica (todavía vigente) frente al dogmatismo soviético, el cual contradecía los postulados ideológicos del materialismo científico y que, décadas después, confirmaría lo que ya anticipaba el Che respecto al verdadero carácter contrarrevolucionario y reformista del Estado y de la burocracia imperantes en la extinta Unión Soviética.

 

Del mismo modo que el Che lo alertara en su Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, en abril de 1967, “todo parece indicar que la paz, esa paz precaria a la que se ha dado tal nombre, sólo porque no se ha producido ninguna conflagración de carácter mundial, está otra vez en peligro de romperse ante cualquier paso irreversible e inaceptable, dado por los norteamericanos. Y, a nosotros, explotados del mundo, ¿cuál es el papel que nos corresponde? Los pueblos de tres continentes observan y aprenden su lección en Vietnam. Ya que, con la amenaza de guerra, los imperialistas ejercen su chantaje sobre la humanidad, no temer la guerra es la respuesta justa. Atacar dura e ininterrumpidamente en cada punto de confrontación, debe ser la táctica general de los pueblos. Pero, en los lugares en que esta mísera paz que sufrimos no ha sido rota, ¿cuál será nuestra tarea? Liberarnos a cualquier precio”. En la actualidad, su legado revolucionario conserva toda una vigencia plena, fuera de todo dogma que pretenda limitarlo y siempre abierto a las nuevas generaciones de revolucionarios a profundizar en sus enseñanzas para la construcción definitiva y verdadera de la revolución socialista.-

VIGENCIA BOLIVARIANA DE LA CARTA DE JAMAICA

VIGENCIA BOLIVARIANA DE LA CARTA DE JAMAICA

 

En su “Contestación de un Americano Meridional a un caballero de esta isla”, mejor conocida en la historia como la Carta de Jamaica, dirigida al súbdito británico Henry Cullen, residenciado en la costa norte de Jamaica, el Libertador Simón Bolívar traza lo que será su visión respecto a la lucha por la independencia de Venezuela y del resto del continente americano, en momentos que España aspira reconquistar sus antiguas colonias tras enfrentar -junto con las demás monarquías europeas de la época- a la maquinaria bélica de Napoleón Bonaparte, quien traicionara los ideales de la Revolución de 1789 para convertirse en el emperador de los franceses.


Como lo resaltara el historiador Peter Mendoza en un foro organizado en fecha reciente por la Asamblea Nacional de Venezuela, “la Carta de Jamaica es un documento vigente, un documento más lleno de presente y de futuro, que de pasado”.


De hecho, en ella Bolívar adelanta que “la Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una república central, cuya capital sea Maracaibo, o una nueva ciudad que, con el nombre de Las Casas, en honor de este héroe de la filantropía, se funde entre los confines de ambos países, en el soberbio puerto de Bahía-honda”. Sin embargo, él está consciente, al mismo tiempo, de lo que esto implicaría, por lo que también anticipa que “es muy posible que la Nueva Granada no convenga en el reconocimiento de un gobierno central, porque es en extremo adicta a la federación; y entonces formará, por sí sola, un Estado que, si subsiste, podrá ser muy dichoso por sus grandes recursos de todo género”.

 

Algo que se concretó con la creación y la posterior disolución de lo que hoy todos conocemos como la Gran Colombia, un brillante y ambicioso esfuerzo unificador que, salvando las distancias y los tiempos, se expresa en la actualidad en las organizaciones integracionistas de la ALBA-TCP, CELAC y UNASUR, las cuales han servido para contrarrestar la hegemonía que tradicionalmente ejerciera Estados Unidos sobre la totalidad de nuestra América, impulsada básicamente por los pueblos y gobiernos de Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Ecuador, Nicaragua y Venezuela; contribuyendo con ello a erigir un mundo multicéntrico y pluripolar, tal como lo potenciara vehementemente el Comandante Hugo Chávez, en momentos que la soberbia imperial gringa se hacía sentir impunemente en diversas latitudes del planeta con imposiciones, invasiones y saqueos.


Bolívar continúa diciendo: “Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración. Sin embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es el distintivo de las guerras civiles formadas generalmente entre dos partidos: conservadores y reformadores. Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las potestades establecidas; los últimos son siempre menos numerosos, aunque más vehementes e ilustrados. De este modo la masa física se equilibra con la fuerza moral, y la contienda se prolonga siendo sus resultados muy inciertos. Por fortuna, entre nosotros, la masa ha seguido a la inteligencia”.

Esto último, ciertamente, se ha visto torpeado desde distintos ángulos, tanto internos como externos, tratando de mantener intacto el viejo orden establecido, en contra de las necesidades y las aspiraciones de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños. Algunas veces, recurriendo a fórmulas retrógradas como los golpes de Estado, paros empresariales y asesinatos políticos. Otras, mediante la alteración del orden público, las manipulaciones del tipo de cambio, las campañas mediáticas que refuercen la sensación de estar inmersos en un total estado de ingobernabilidad y el asedio económico que se expresa a través de la especulación, la desaparición artificial y el contrabando de diferentes productos de primera necesidad.

 

No obstante, el mismo hecho que los sectores reaccionarios estadounidenses y sus partidarios en nuestra América y el Caribe estén fraguando estrategias comunes que eviten, en lo posible, cualquier insurgencia popular que precipite una variación profunda de la realidad vivida por nuestras naciones desde que decidieran ser independientes de la corona española. En tal sentido, la Carta de Jamaica nos da cuenta de la vigencia bolivariana sobre la necesidad histórica de abordar la defensa de la soberanía política, económica y cultural de las naciones de este continente no puede ser abordada de un modo aislado, facilitándole oportunidades a sus enemigos de truncar su camino hacia su independencia integral y definitiva, como lo ansiaron los próceres de nuestra Patria Grande.-

 



LA INDEPENDENCIA Y LA REVOLUCIÓN POPULAR DE 1814

LA INDEPENDENCIA Y LA REVOLUCIÓN POPULAR DE 1814

Para los grupos dominantes de la Colonia significó un hecho terrible y escandaloso que las clases subordinadas (pardos, blancos de orilla y negros esclavizados) ahora —luego de proclamada la independencia de Venezuela y derrotada la primera República— pudieran ejercer el poder, comportándose como sus iguales y trastocando el orden «natural» de las cosas. Algo con lo que no contaron al momento de adherirse al movimiento independentista y a los ideales de igualdad, fraternidad y libertad que copiaran de la Revolución Francesa, algunos sin mucho entusiasmo de su parte y otros con un febril fanatismo.

Esto último lo resalta Caracciolo Parra Pérez, en su obra Historia de la primera República de Venezuela, al decir: «De la casta de los criollos saldrán los aristócratas revolucionarios, pero no todas las gentes de ella (la Colonia) abrazarán las ideas nuevas, porque la dominación de los mantuanos se temía por quienes no lo eran». Esto hará que el grueso de la población de entonces, los pardos, terminen enlistándose en las tropas realistas, dando rienda suelta a sus ansias de justicia social.

Para el bando realista había llegado el momento de saldar viejas cuentas con los mantuanos, acostumbrados como estaban éstos a imponer sus prerrogativas aristocráticas, justificadas por ser descendientes directos de los primeros aventureros españoles que conquistaron a sangre y fuego el actual territorio venezolano, y a ejercer, por cierto, su dominio de un modo totalmente despótico.

Por eso sus representantes, tanto los ubicados del lado de la Revolución independentista como también aquellos que aspiraban a la restauración del régimen colonial, coinciden en el temor que les inspiran las gentes que conforman el ejército que sigue a José Tomás Boves, convertido en caudillo popular; acicateados por sus deseos de justicia y de igualación sociales, negados en la práctica, mas no en el discurso, por las nuevas autoridades republicanas que reemplazan la antigua Capitanía General de Venezuela.

Ello obliga a muchos a abandonar sus hogares en busca de salvación ante el avance implacable de quienes fueran víctimas de su explotación y odio de clase. Incluso El Libertador Simón Bolívar llega a plantearle al régimen monárquico de la Gran Bretaña el auxilio para evitar que se repitan en Venezuela, al igual que en las posesiones coloniales inglesas en el mar Caribe, los mismos sucesos que en Haití al obtener su independencia y formar el primer gobierno revolucionario con ex esclavizados. Existían, entonces, intereses comunes en contra de la rebelión popular que se había desencadenado en territorio venezolano tras los acontecimientos de 1811, la cual —finalmente— habría de acabar con las estructuras sobre las que se mantenía el sistema colonial, aunque mucho de su ideología sería perpetuado por los nuevos representantes de los sectores desplazados por la guerra.-

¿REFORMISTAS DE PRIMERA, REVOLUCIONARIOS DE SEGUNDA?

¿REFORMISTAS DE PRIMERA, REVOLUCIONARIOS DE SEGUNDA?

Ciertamente, las múltiples trabas y ataques que sufriría cualquier experiencia revolucionaria tendrían que provenir, obviamente, de parte de los sectores dominantes y conservadores desplazados del poder. Lo duro y lo decepcionante es que esto lo protagonicen aquellos que, de una u otra manera, ocupan cargos de gobierno y de dirección política cuando lo lógico es que cada uno de ellos debería contribuir efectivamente con el avance revolucionario y la construcción socialista de una nueva sociedad. De persistir tal situación, la experiencia revolucionaria correría el riesgo de ser secuestrada por el reformismo que, en este caso, es lo mismo que la contrarrevolución, suscitándose entonces la paradoja de ver reformistas reconociéndose a sí mismos como personas de primera mientras que a los revolucionarios (sobre todo, a aquellos con una formación político-ideológica forjada a través del estudio y la lucha permanentes) se les ve y confina a un segundo plano, desestimando de antemano sus posibles aportes en la misión de transformar radicalmente el modelo de sociedad y Estado actualmente imperante, diseñado éste según los intereses capitalistas.

En nuestra América desde largo tiempo se ha reaccionado en contra del modelo civilizatorio impuesto por Europa y reforzado (para satisfacción de sus intereses) por el imperialismo gringo, lo que supuso el desarrollo de una gama de protestas e insurrecciones populares que sólo han cesado parcialmente en l actualidad gracias al surgimiento de gobiernos de inspiración izquierdista y/o centroizquierdista que buscan diferenciarse de sus antecesores conservadores y neoliberales. Esto ha llevado a plantearse seriamente la erradicación del viejo sistema político que excluyó por más de un siglo a los sectores populares y favoreció ampliamente a unas elites oligárquicas enlazadas descaradamente con los grandes centros de poder hegemónicos, especialmente de Estados Unidos, lo que convirtió a nuestras repúblicas en semicolonias de éstos, con una alta dependencia respecto a los mismos. Esta convicción comenzó a extenderse en las últimas décadas entre nuestros pueblos, a tal grado que hoy resultaría prácticamente imposible volver a las situaciones del pasado sin que esto llegue a provocar una sublevación popular incontenible. De ahí que, en correspondencia con ese estado de ánimo generalizado de nuestra América, tal como lo señala Marta Harnecker en su laureado libro Un mundo a Construir (nuevos caminos), “tenemos que crear un sistema político de representación, o delegación, pero éste debe ser muy diferente al sistema democrático burgués. Este último concibe a sus representantes como profesionales de la política y, por lo tanto, considera que deben recibir una remuneración por su desempeño y, una vez electos, su mandato es exclusivamente unipersonal, alejado de sus electores a los que sólo vuelven a contactar en un periodo electoral. El sistema de delegación o vocería que se propone como alternativa es la antítesis de estas concepciones y prácticas: las personas electas como representantes, delegados o delegados, voceros o voceras, deben mantenerse ligadas a sus bases, las que, a su vez, deben supervisar y guiar su trabajo y prevenir su burocratización. No un mandato libre por un cierto tiempo como los representantes burgueses, sino que deben guiarse por las decisiones y orientaciones de sus electores quienes deben evaluar su desempeño de acuerdo a las tareas que le van asignando. Esto es lo que los zapatistas han querido significar al plantear que hay que mandar obedeciendo”.

Por ello, al suscitarse una situación propiamente revolucionaria, con signos evidentes de querer construir realmente una nueva sociedad bajo los ideales socialistas en nuestra América, afloran en lo inmediato las contradicciones, las debilidades y las inconsistencias ideológicas, siendo todas ellas producto del tipo de cultura heredado, por lo que muchas veces el hecho revolucionario sólo se refleja en el discurso, mas no en la práctica. Indudablemente, tal circunstancia ocasiona un choque de visiones e intereses que termina por confundir a los sectores populares, dada su escasa o nula conciencia político-ideológica que los lleva a preferir a quienes le aseguren (aunque luego incumplan) la satisfacción de alguna pronta necesidad material, cuestión que acaba por brindarle oportunidades al bando contrarrevolucionario, cuando el compromiso debiera ser transcender la vieja práctica política burguesa y sus reglas de juego mediante un programa de contenido revolucionario, en articulación con los niveles de organización y de conciencia alcanzados por los sectores populares, manteniéndose en el tiempo y sirviendo de brújula para la acción revolucionaria permanente, lo que evitaría el reformismo y haría posible, en consecuencia, el surgimiento de una sociedad socialista de nuevo tipo.-