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NUESTRA AMÉRICA

VIGENCIA BOLIVARIANA DE LA CARTA DE JAMAICA

VIGENCIA BOLIVARIANA DE LA CARTA DE JAMAICA

 

En su “Contestación de un Americano Meridional a un caballero de esta isla”, mejor conocida en la historia como la Carta de Jamaica, dirigida al súbdito británico Henry Cullen, residenciado en la costa norte de Jamaica, el Libertador Simón Bolívar traza lo que será su visión respecto a la lucha por la independencia de Venezuela y del resto del continente americano, en momentos que España aspira reconquistar sus antiguas colonias tras enfrentar -junto con las demás monarquías europeas de la época- a la maquinaria bélica de Napoleón Bonaparte, quien traicionara los ideales de la Revolución de 1789 para convertirse en el emperador de los franceses.


Como lo resaltara el historiador Peter Mendoza en un foro organizado en fecha reciente por la Asamblea Nacional de Venezuela, “la Carta de Jamaica es un documento vigente, un documento más lleno de presente y de futuro, que de pasado”.


De hecho, en ella Bolívar adelanta que “la Nueva Granada se unirá con Venezuela, si llegan a convenirse en formar una república central, cuya capital sea Maracaibo, o una nueva ciudad que, con el nombre de Las Casas, en honor de este héroe de la filantropía, se funde entre los confines de ambos países, en el soberbio puerto de Bahía-honda”. Sin embargo, él está consciente, al mismo tiempo, de lo que esto implicaría, por lo que también anticipa que “es muy posible que la Nueva Granada no convenga en el reconocimiento de un gobierno central, porque es en extremo adicta a la federación; y entonces formará, por sí sola, un Estado que, si subsiste, podrá ser muy dichoso por sus grandes recursos de todo género”.

 

Algo que se concretó con la creación y la posterior disolución de lo que hoy todos conocemos como la Gran Colombia, un brillante y ambicioso esfuerzo unificador que, salvando las distancias y los tiempos, se expresa en la actualidad en las organizaciones integracionistas de la ALBA-TCP, CELAC y UNASUR, las cuales han servido para contrarrestar la hegemonía que tradicionalmente ejerciera Estados Unidos sobre la totalidad de nuestra América, impulsada básicamente por los pueblos y gobiernos de Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Ecuador, Nicaragua y Venezuela; contribuyendo con ello a erigir un mundo multicéntrico y pluripolar, tal como lo potenciara vehementemente el Comandante Hugo Chávez, en momentos que la soberbia imperial gringa se hacía sentir impunemente en diversas latitudes del planeta con imposiciones, invasiones y saqueos.


Bolívar continúa diciendo: “Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración. Sin embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es el distintivo de las guerras civiles formadas generalmente entre dos partidos: conservadores y reformadores. Los primeros son, por lo común, más numerosos, porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las potestades establecidas; los últimos son siempre menos numerosos, aunque más vehementes e ilustrados. De este modo la masa física se equilibra con la fuerza moral, y la contienda se prolonga siendo sus resultados muy inciertos. Por fortuna, entre nosotros, la masa ha seguido a la inteligencia”.

Esto último, ciertamente, se ha visto torpeado desde distintos ángulos, tanto internos como externos, tratando de mantener intacto el viejo orden establecido, en contra de las necesidades y las aspiraciones de nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños. Algunas veces, recurriendo a fórmulas retrógradas como los golpes de Estado, paros empresariales y asesinatos políticos. Otras, mediante la alteración del orden público, las manipulaciones del tipo de cambio, las campañas mediáticas que refuercen la sensación de estar inmersos en un total estado de ingobernabilidad y el asedio económico que se expresa a través de la especulación, la desaparición artificial y el contrabando de diferentes productos de primera necesidad.

 

No obstante, el mismo hecho que los sectores reaccionarios estadounidenses y sus partidarios en nuestra América y el Caribe estén fraguando estrategias comunes que eviten, en lo posible, cualquier insurgencia popular que precipite una variación profunda de la realidad vivida por nuestras naciones desde que decidieran ser independientes de la corona española. En tal sentido, la Carta de Jamaica nos da cuenta de la vigencia bolivariana sobre la necesidad histórica de abordar la defensa de la soberanía política, económica y cultural de las naciones de este continente no puede ser abordada de un modo aislado, facilitándole oportunidades a sus enemigos de truncar su camino hacia su independencia integral y definitiva, como lo ansiaron los próceres de nuestra Patria Grande.-

 



LA INDEPENDENCIA Y LA REVOLUCIÓN POPULAR DE 1814

LA INDEPENDENCIA Y LA REVOLUCIÓN POPULAR DE 1814

Para los grupos dominantes de la Colonia significó un hecho terrible y escandaloso que las clases subordinadas (pardos, blancos de orilla y negros esclavizados) ahora —luego de proclamada la independencia de Venezuela y derrotada la primera República— pudieran ejercer el poder, comportándose como sus iguales y trastocando el orden «natural» de las cosas. Algo con lo que no contaron al momento de adherirse al movimiento independentista y a los ideales de igualdad, fraternidad y libertad que copiaran de la Revolución Francesa, algunos sin mucho entusiasmo de su parte y otros con un febril fanatismo.

Esto último lo resalta Caracciolo Parra Pérez, en su obra Historia de la primera República de Venezuela, al decir: «De la casta de los criollos saldrán los aristócratas revolucionarios, pero no todas las gentes de ella (la Colonia) abrazarán las ideas nuevas, porque la dominación de los mantuanos se temía por quienes no lo eran». Esto hará que el grueso de la población de entonces, los pardos, terminen enlistándose en las tropas realistas, dando rienda suelta a sus ansias de justicia social.

Para el bando realista había llegado el momento de saldar viejas cuentas con los mantuanos, acostumbrados como estaban éstos a imponer sus prerrogativas aristocráticas, justificadas por ser descendientes directos de los primeros aventureros españoles que conquistaron a sangre y fuego el actual territorio venezolano, y a ejercer, por cierto, su dominio de un modo totalmente despótico.

Por eso sus representantes, tanto los ubicados del lado de la Revolución independentista como también aquellos que aspiraban a la restauración del régimen colonial, coinciden en el temor que les inspiran las gentes que conforman el ejército que sigue a José Tomás Boves, convertido en caudillo popular; acicateados por sus deseos de justicia y de igualación sociales, negados en la práctica, mas no en el discurso, por las nuevas autoridades republicanas que reemplazan la antigua Capitanía General de Venezuela.

Ello obliga a muchos a abandonar sus hogares en busca de salvación ante el avance implacable de quienes fueran víctimas de su explotación y odio de clase. Incluso El Libertador Simón Bolívar llega a plantearle al régimen monárquico de la Gran Bretaña el auxilio para evitar que se repitan en Venezuela, al igual que en las posesiones coloniales inglesas en el mar Caribe, los mismos sucesos que en Haití al obtener su independencia y formar el primer gobierno revolucionario con ex esclavizados. Existían, entonces, intereses comunes en contra de la rebelión popular que se había desencadenado en territorio venezolano tras los acontecimientos de 1811, la cual —finalmente— habría de acabar con las estructuras sobre las que se mantenía el sistema colonial, aunque mucho de su ideología sería perpetuado por los nuevos representantes de los sectores desplazados por la guerra.-

¿REFORMISTAS DE PRIMERA, REVOLUCIONARIOS DE SEGUNDA?

¿REFORMISTAS DE PRIMERA, REVOLUCIONARIOS DE SEGUNDA?

Ciertamente, las múltiples trabas y ataques que sufriría cualquier experiencia revolucionaria tendrían que provenir, obviamente, de parte de los sectores dominantes y conservadores desplazados del poder. Lo duro y lo decepcionante es que esto lo protagonicen aquellos que, de una u otra manera, ocupan cargos de gobierno y de dirección política cuando lo lógico es que cada uno de ellos debería contribuir efectivamente con el avance revolucionario y la construcción socialista de una nueva sociedad. De persistir tal situación, la experiencia revolucionaria correría el riesgo de ser secuestrada por el reformismo que, en este caso, es lo mismo que la contrarrevolución, suscitándose entonces la paradoja de ver reformistas reconociéndose a sí mismos como personas de primera mientras que a los revolucionarios (sobre todo, a aquellos con una formación político-ideológica forjada a través del estudio y la lucha permanentes) se les ve y confina a un segundo plano, desestimando de antemano sus posibles aportes en la misión de transformar radicalmente el modelo de sociedad y Estado actualmente imperante, diseñado éste según los intereses capitalistas.

En nuestra América desde largo tiempo se ha reaccionado en contra del modelo civilizatorio impuesto por Europa y reforzado (para satisfacción de sus intereses) por el imperialismo gringo, lo que supuso el desarrollo de una gama de protestas e insurrecciones populares que sólo han cesado parcialmente en l actualidad gracias al surgimiento de gobiernos de inspiración izquierdista y/o centroizquierdista que buscan diferenciarse de sus antecesores conservadores y neoliberales. Esto ha llevado a plantearse seriamente la erradicación del viejo sistema político que excluyó por más de un siglo a los sectores populares y favoreció ampliamente a unas elites oligárquicas enlazadas descaradamente con los grandes centros de poder hegemónicos, especialmente de Estados Unidos, lo que convirtió a nuestras repúblicas en semicolonias de éstos, con una alta dependencia respecto a los mismos. Esta convicción comenzó a extenderse en las últimas décadas entre nuestros pueblos, a tal grado que hoy resultaría prácticamente imposible volver a las situaciones del pasado sin que esto llegue a provocar una sublevación popular incontenible. De ahí que, en correspondencia con ese estado de ánimo generalizado de nuestra América, tal como lo señala Marta Harnecker en su laureado libro Un mundo a Construir (nuevos caminos), “tenemos que crear un sistema político de representación, o delegación, pero éste debe ser muy diferente al sistema democrático burgués. Este último concibe a sus representantes como profesionales de la política y, por lo tanto, considera que deben recibir una remuneración por su desempeño y, una vez electos, su mandato es exclusivamente unipersonal, alejado de sus electores a los que sólo vuelven a contactar en un periodo electoral. El sistema de delegación o vocería que se propone como alternativa es la antítesis de estas concepciones y prácticas: las personas electas como representantes, delegados o delegados, voceros o voceras, deben mantenerse ligadas a sus bases, las que, a su vez, deben supervisar y guiar su trabajo y prevenir su burocratización. No un mandato libre por un cierto tiempo como los representantes burgueses, sino que deben guiarse por las decisiones y orientaciones de sus electores quienes deben evaluar su desempeño de acuerdo a las tareas que le van asignando. Esto es lo que los zapatistas han querido significar al plantear que hay que mandar obedeciendo”.

Por ello, al suscitarse una situación propiamente revolucionaria, con signos evidentes de querer construir realmente una nueva sociedad bajo los ideales socialistas en nuestra América, afloran en lo inmediato las contradicciones, las debilidades y las inconsistencias ideológicas, siendo todas ellas producto del tipo de cultura heredado, por lo que muchas veces el hecho revolucionario sólo se refleja en el discurso, mas no en la práctica. Indudablemente, tal circunstancia ocasiona un choque de visiones e intereses que termina por confundir a los sectores populares, dada su escasa o nula conciencia político-ideológica que los lleva a preferir a quienes le aseguren (aunque luego incumplan) la satisfacción de alguna pronta necesidad material, cuestión que acaba por brindarle oportunidades al bando contrarrevolucionario, cuando el compromiso debiera ser transcender la vieja práctica política burguesa y sus reglas de juego mediante un programa de contenido revolucionario, en articulación con los niveles de organización y de conciencia alcanzados por los sectores populares, manteniéndose en el tiempo y sirviendo de brújula para la acción revolucionaria permanente, lo que evitaría el reformismo y haría posible, en consecuencia, el surgimiento de una sociedad socialista de nuevo tipo.-

NUESTRA AMÉRICA Y LA CORRESPONSABILIDAD PLANETARIA

NUESTRA AMÉRICA Y LA CORRESPONSABILIDAD PLANETARIA

En la reciente cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) celebrada en Cuba, el Presidente de Uruguay José “Pepe” Mujica expresó de una forma sencilla y, si se quiere, filosófica, la gran preocupación que embarga en la actualidad a los pueblos de la Tierra en su conjunto ante la hegemonía militar, económica y cultural de un imperio combinado de gobiernos y corporaciones transnacionales capitalistas (con Estados Unidos a la cabeza), cuya característica principal es la de no importarle para nada la suerte (o la muerte) de aquellos que tienen la desgracia de padecer sus embestidas arbitrarias. Y no es casual que esto haya ocurrido en nuestra América, el antiguo patio trasero de Estados Unidos, un amplio territorio donde los pueblos se han pronunciado en las últimas décadas por recuperar su dignidad, su identidad cultural y su total soberanía frente al despotismo de unas minorías gobernantes que sólo usufructuaron el poder y se contentaron con seguir, de forma estricta y sumisa, todos los dictados de Washington.

“Hay una corresponsabilidad planetaria, - expuso el primer mandatario uruguayo a sus pares de nuestra América y del Caribe- y esta es la batalla más dura, más larga; porque si no hay cambios culturales, no existe la fortaleza para la semejante tarea que tenemos por delante. Creo que el Hombre tiene que luchar por la felicidad concreta, y eso es tener tiempo para vivir. Para ser libre hay que tener tiempo, un poco de tiempo para vivir, para poder cultivar las 3, 4, 5 cosas inapelables, fundamentales, unidas a la vida; y después de eso, lo demás es bulla y lamento. Pero, para que las masas puedan tener ese tiempo hay que cuidar los recursos, y hay que cuidar la política, la imagen de la política. Nuestra vida, nuestra conducta, nuestra vidriera, precisamente, son las formas más directas de comunicación con nuestros pueblos. Y si perdemos la confianza de nuestros pueblos, si nuestros pueblos no entienden, y no entienden por nuestras gestualidades, a veces inútiles, porque también nosotros pertenecemos a una cultura invasora, agresiva”. Con ello compendió lo que le correspondería asumir a los diversos regímenes progresistas y revolucionarios, además de los distintos movimientos populares, que han emergido en este continente, ya que el colapso del sistema capitalista mundial, unido a la emergencia que padece el planeta entero debido a los cambios climáticos que nos afectan a todos, ha logrado que las luchas y los planteamientos revolucionarios de nuestros países sean hoy una referencia para el resto del mundo; cuestión que exige mucha claridad y mucha madurez político-ideológica de nuestra parte, sobre todo cuando se le ha dado nuevos ímpetus y una nueva interpretación a los ideales del socialismo revolucionario.

Así, nuestra América -con ese ejemplo integracionista dado en La Habana, a pesar de las evidentes disparidades existentes entre sus pueblos y sus gobiernos- podría adjudicarse un papel fundamental en la construcción de un nuevo orden social, político y cultural que sea reflejo de las aspiraciones y de las potencialidades creadoras de toda la Humanidad. Con todo, hay que estar conscientes que, como lo dijo el Presidente Mujica, “esta es la batalla más dura, más larga; porque si no hay cambios culturales, no existe la fortaleza para la semejante tarea que tenemos por delante”. Tales cambios son importantes y necesarios. Sin ellos cualquier tentativa por transformar las estructuras que sostienen el orden establecido sería inútil y nos conduciría a nuevos y trágicos callejones sin salida que sabrían aprovechar el imperio capitalista mundial y sus colaboradores de siempre, imponiéndonos un yugo mayor y más difícil de arrojar.- 

¡BOLÍVAR VIVE, NUESTRA LUCHA SIGUE!

¡BOLÍVAR VIVE, NUESTRA LUCHA SIGUE!

Para asegurar la independencia de medio continente, Simón Bolívar no escatimó esfuerzo alguno. A su innegable condición de conductor y estratega militar exitoso, se unían una férrea voluntad y una personalidad política fraguadas a través de su formación ideológica autodidacta, sus lecturas selectas, su reflexión acertada y su contacto directo con personas que pudieran ampliar y enriquecer su visión del mundo, incluyendo a aquellas que fueran sistemáticamente segregadas por el injusto sistema de castas impuesto por el régimen colonial español, cuyos brazos y corazones ansiosos de libertad hicieron posible la Patria nueva de América. En este esfuerzo interminable por construir un modelo de sociedad republicana que sirviera de luz a los pueblos de la Tierra, El Libertador visualizó que ello sería posible librando más batallas contra el colonialismo heredado, implementando una nueva concepción educativa, cuyos fundamentos básicos exaltaran los valores que constituirían siempre la conciencia republicana y/o ciudadana de todos y todas, de modo que ya no existiera ninguna desigualdad ni privilegios basados en el color de la piel, la condición económica ni el lugar de origen.

 Todo esto, a la larga, tendría que materializarse en la conformación de una gran nación que -a diferencia de las ex colonias británicas al norte de nuestro continente, lo mismo que de Europa, pese a lo iniciado por los franceses en 1789- se destacara más por sus virtudes cívicas y demócratas que por la extensión de su territorio y sus grandes riquezas materiales, en donde cualquier hombre y mujer vivieran realmente en libertad, “buscando sólo el mérito”, según lo expresara el mismo Libertador. En tal sentido, a esto último habría que agregar lo que afirmara el Maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa de este insigne caraqueño respecto a que éste “pensó en un hombre moral, capaz de hacer justicia y de pedirla para los otros, soldado de la libertad, respetuoso de la ley y amante de la Patria, es decir, el ciudadano completo”. Con ello siempre en mente, Bolívar veía en una educación popular ampliamente extendida y sustentada en la idiosincrasia del pueblo la vía más que adecuada para alcanzar realmente la independencia integral de nuestra América.

 Por eso mismo, “ese Bolívar ilustrado, librepensador, activo, fecundo, curioso, insatisfecho, inagotable -al decir del poeta Gustavo Pereira en su obra “Simón Bolívar, escritos anticolonialistas”- no había asumido la lucha emancipadora suramericana cual simple y pura rebelión para cambiar las formas. A diferencia de los aristócratas mantuanos a los que por orígenes pertenecía, su compromiso es de transformación total, no sólo de la realidad política. Su postura ante el mundo es la de quien se sabe instrumento no de un deber -deber, más que mandato expreso de las masas populares desposeídas, incorporadas en gran medida durante los primeros años de la guerra a los ejércitos realistas- sino de acendrados ideales de ruptura de un orden, de sed de gloria justiciera, de aquel fuego sagrado que impulsaba su voluntad a contrapelo de decepciones y descalabros”. En esto radica su vigencia y su grandeza, por lo que Bolívar, el hombre diáfano y de las dificultades a quien tanto temen las oligarquías internas y externas de siempre, seguirá viviendo en nuestras luchas y nuestras esperanzas revolucionarias de construir un mundo cada vez mejor que el actualmente existente.-  

ALLENDE Y LA VÍA CHILENA AL SOCIALISMO

ALLENDE Y LA VÍA CHILENA AL SOCIALISMO

Treinta y nueve años luego de acaecido el sangriento golpe de Estado perpetrado en Chile por las fuerzas armadas capitaneadas por el General Augusto Pinochet, aún se discute si el gobierno del Presidente Salvador Allende habría derivado o no hacia un gobierno eminentemente popular y radical que facilitara la construcción del socialismo revolucionario en dicho país. En tal sentido, mucho se ha afirmado -a veces sin una base argumental sólida- que todo ello fue causado por las pugnas y los fraccionalismos de los diversos factores políticos de izquierda que conformaran la Unidad Popular mediante la cual ganara Allende la presidencia de la república, aparte de las intrigas y el intervencionismo del imperialismo yanqui, como se comprobara después.

Sin embrago, frente a esta opinión generalizada, se levanta otra que establece que una gran cuota de responsabilidad recae en el martirizado Allende y su gobierno al intentar una vía al socialismo utilizando las herramientas de la democracia representativa, buscando apoyarse en una alianza con sectores de la burguesía chilena, obviando lo que la historia siempre ha puesto al descubierto: la imposibilidad de contar con la burguesía para hacer una revolución socialista que termine afectando sus privilegios e intereses capitalistas, en una hibridación ilusoria que nada más ha favorecido a los sectores burgueses desde que éstos empezaran a dominar la escena política al producirse la Revolución Francesa en 1789 y, mucho antes, cuando Oliver Cromwell hiciera lo propio en Inglaterra.

Desde entonces -y a la luz de lo que tiene lugar actualmente en naciones como Ecuador, Bolivia o Venezuela- se ha planteado y creído que la vía chilena al socialismo sería algo posible y permanente si se conquistan los mismos mecanismos legalizados utilizados por los sectores dominantes, esperando que algún día se concreten las condiciones subjetivas y objetivas que hagan del proletariado -en términos clásicos- el sujeto histórico de la revolución socialista. Esto ha supuesto diferentes modos de entender la realidad nacional en cada país, con el error común de quererlos aplicar como ley universal, sin atender a las peculiaridades de cada uno. Así, se recurre a formulaciones automáticas de aportes teóricos que pudieron servir coyunturalmente de guía de acción revolucionaria en algún tiempo y latitud, pero que hoy requieren redefinirse sin que se interprete como una negación -también automática- de su posible vigencia.

Por ello, la experiencia impulsada por Salvador Allende no puede simplificarse así nomás y terminar en el terreno común de señalar que la misma sólo hubiera sido consolidada mediante las armas, negando con esto las perspectivas que crearía un mejor nivel de organización, de movilización y de formación revolucionaria de los sectores populares, liderados por una vanguardia revolucionaria debidamente formada y consciente de la necesidad histórica de demoler radicalmente las estructuras políticas, sociales, culturales y económicas que han legitimado la explotación, las injusticias y la hegemonía capitalistas.

Basta ver cómo la correlación de fuerzas favorece en la actualidad a los sectores populares de nuestra América, conformando un abanico de opciones que, aun siendo diferentes en su concepción e intereses, coinciden en la necesidad urgente de trascender al capitalismo y de remover desde sus cimientos las relaciones perniciosas que éste ha generado para reproducirse en contra de los valores esenciales de la humanidad; todo lo cual podría concretarse de tomarse en cuenta los pormenores de la experiencia transformadora de Allende en Chile, de manera que esto sirva para cuidarse de los errores entonces cometidos.-        

VENEZUELA Y CUBA, EJEMPLO DE SOLIDARIDAD EN EL MUNDO

VENEZUELA Y CUBA, EJEMPLO DE SOLIDARIDAD EN EL MUNDO

Al hablar de los vínculos de solidaridad que unen a Cuba y a Venezuela en el presente siglo estamos obligados a hablar también de aquellos vínculos que hermanan a cubanos y venezolanos desde el momento de nuestra independencia cuando el abogado Francisco Javier Yánez, nacido en Camagüey, firma como diputado de la provincia de Araure el Acta mediante el cual Venezuela proclamó al mundo su voluntad irrevocable de ser libre. Desde aquel entonces han sido múltiples los lazos existentes entre Cuba y Venezuela. Acá tuvo un refugio José Martí cuando su empeño por ver independizada su Cuba natal se le hizo un peregrinaje y un objetivo fundamental en su vida, siguiendo la senda del Libertador Simón Bolívar, el cual -en su momento- también ideó enviar a la isla antillana (lo mismo que a Puerto Rico) una flota que comandaría el General en Jefe José Antonio Páez con el objetivo revolucionario de luchar por la libertad del pueblo cubano.

Estos antecedentes debemos tenerlos siempre presentes porque ellos nos señalan que no existen nacionalidades que dividan a los revolucionarios cuando los ideales por un mundo mejor son comunes y guían nuestros pasos, especialmente cuando los mismos se basan en el socialismo, siendo el internacionalismo y la solidaridad dos de sus elementos primordiales. Por ello, al ser Cuba un bastión de la construcción del socialismo revolucionario en nuestro América ha hecho gala de estos dos elementos en cualquier parte del mundo donde se necesite esa ayuda que no está apuntalada por el afán de ganancias económicas, como sucede en la sociedad capitalista, sino que está guiada por grandes sentimientos de amor a la humanidad, evocando lo dicho por el Che en algún instante de su vida.

Es así que hoy en Venezuela, bajo la iniciativa conjunta de Fidel Castro y Hugo Chávez, se han visto en marcha diversidad de misiones de contenido social que buscan promover una emancipación integral de la población, sobre todo de aquella que por muchísimas décadas fue marginada social y económicamente, a pesar de hablarse de igualdad, libertad y democracia durante los gobiernos del pasado. Esto ha sido un modo de saldar la deuda social acumulada por más de medio siglo y cuenta con la participación de cubanas y cubanos que vinieron a suelo venezolano con ese compromiso internacionalista que siempre ha caracterizado a Cuba. Esto causó, indudablemente, un gran impacto en las comunidades de Venezuela, dándosele una acogida entusiasta, al mismo tiempo que los grupos opuestos a la política socialista del Presidente Chávez comenzaron a satanizar la presencia de nuestros hermanos cubanos a través de todos los medios de información, echando mano a los argumentos trasnochados de quienes siempre adversaron la revolución cubana, hasta el punto de intentar saquear y destruir la embajada cubana durante el golpe de Estado del 11 de abril de 2002.

De ahí que nos quepa decir igualmente que cuando defendemos a Cuba, defendemos las Misiones sociales y al proceso de cambios en Venezuela, puesto que ambas naciones enfrentan a un enemigo común y peligroso, capaz de cometer cualquier tipo de atropello y de violaciones con tal de imponer su dominio a todo el planeta: el imperialismo yanqui. El mismo que hoy, violentando toda normativa legal y sin evidencias contundentes, condenó injustamente a prisión a cinco ciudadanos cubanos, simplemente por prevenir atentados que iban a cometerse contra su pueblo y su gobierno.

Esta situación común de confrontación con el principal enemigo de la libertad de nuestros pueblos nos obliga a compartir espacios y a asumir el compromiso de extenderlos a otras naciones de nuestro continente, con la misma visión estratégica de la integración promovida hace ya doscientos años por Bolívar y secundada luego por José Martí, teniendo ella una mayor vigencia que antes. Este ejemplo de solidaridad, por supuesto, incomoda grandemente a las cúpulas de poder mundial, fundamentalmente de Estados Unidos, dado que el mismo se propicia bajo una concepción integracionista y sin los compromisos abusivos de los tratados comerciales habituales. Con ello estamos definiendo nuestras potencialidades, actuando colectivamente como pueblo en la defensa permanente de nuestra independencia, compensando, además, la grandeza, el esfuerzo y el sacrificio de nuestros antepasados por hacerla posible.-

A LA CARRERA, ACABARON CON LUGO Y CON LA VOLUNTAD POPULAR PARAGUAYA

A LA CARRERA, ACABARON CON LUGO Y CON LA VOLUNTAD POPULAR PARAGUAYA

Ningún revolucionario -o quien pretenda serlo- puede confiar ciegamente en las estructuras verticalistas y burocratizadas del Estado, las cuales han sido moldeadas -desde siempre- por los designios de las clases dominantes, aun cuando éstas se guíen  por principios y procedimientos aparentemente democráticos. En este sentido, Marx y Engels expresaron: “Hoy, el poder público viene a ser, pura y simplemente, el consejo de administración que rige los intereses de la clase burguesa”. Por ello no debe asombrar a nadie lo acontecido en Paraguay con la destitución del presidente Fernando Lugo por parte de sus opositores en el Parlamento. Los contrarrevolucionarios ya lo hicieron antes con el Presidente Salvador Allende en Chile, torpedeando su gestión de gobierno desde el poder legislativo hasta consumar el golpe de Estado en su contra y, más cercanamente en el tiempo, con el Presidente Manuel Zelaya en Honduras, aplicándole una formula leguleya similar a la sufrida por Lugo; sin dejar de mencionar la exoneración por parte del Tribunal Superior de Justicia de los responsables del derrocamiento militar del Presidente Hugo Chávez y las muertes causadas el 11 de abril de 2002 al dictaminar que hubo un “vacío de poder”, un absurdo jurídico jamás visto en el mundo entero.

Por eso no resultará suficiente que cualquier gobierno tildado de revolucionario o de progresista muestre un apego estricto y notorio a la institucionalidad ni haga concesiones permanentes u ocasionales a la contrarrevolución, creyendo que así podrá ganarse su buena voluntad y cumplir con su plan de gestión en favor de los sectores populares. Nada más alejado de la realidad. Es lo que acaeció en Paraguay y, así, a la carrera, los grupos conservadores acabaron con Lugo y con la voluntad popular paraguaya. Otra hubiera sido la conducta del Presidente, pero no supo o no quiso responder a las expectativas puestas en su mandato. La derecha sí supo y sí quiso responder a sus propios intereses. Como bien lo apuntara Atilio Borón, este acontecimiento es “una lección para el pueblo paraguayo y para todos los pueblos de América Latina y el Caribe: sólo la movilización y organización popular sostiene gobiernos que quieran impulsar un proyecto de transformación social, por más moderado que sea, como ha sido el caso de Lugo”. Algo que se ha evidenciado en los casos de Ecuador, Bolivia y Venezuela, por citar los países más emblemáticos de nuestra América donde los grupos derechistas -pese a su poder económico y al respaldo indiscutible de Washington- han fracasado en sus planes de desestabilización.

Sin embargo, es necesario aclarar que hace falta llevar a mayores niveles dicha movilización y organización popular mediante la formación crítica y permanente de una conciencia indudablemente revolucionaria, capaz de impulsar los diferentes cambios que se requieren en los campos político, económico, social, militar y cultural para consolidar la revolución, más aun si ésta se define como socialista. Esto es algo que no debe obviar jamás ningún revolucionario, a menos que esté dispuesto a claudicar ante la clase dominante y defraudar la voluntad popular, olvidando así su compromiso histórico de hacer la revolución.-