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NUESTRA AMÉRICA

FRANCISCO DE MIRANDA, VIGENCIA DE UN EMPEÑO LIBERADOR

FRANCISCO DE MIRANDA, VIGENCIA DE UN EMPEÑO LIBERADOR

            Pese a la diversidad de hechos insurreccionales que se suscitaron en la América colonizada durante los trescientos años de duro dominio español, le corresponde a Francisco de Miranda idear la emancipación de nuestro continente como un todo, asignándole, incluso, un nuevo nombre: Colombia, nombre que sería reivindicado por los patriotas, tanto al norte como al sur de este amplio y variopinto territorio.

            Ciertamente, Miranda muestra un mejor nivel teórico respecto a la causa de la independencia de la América meridional, lo cual le convierte -más que en un precursor- en el protolíder, como le llamara Alfonso Rumazo González, ya que éste “no anunció a nadie; promovió y organizó una revolución americana, como creación suya auténtica, diseñada en forma magistral, haciéndose el líder de su propia forja y luego actuando dentro de ella al momento de la acción militar”. Aunado a ello, es de reconocerse en Francisco de Miranda el empeño de tantas décadas en dotar de sólidos argumentos a los americanos colonizados que anularan la ideología de la dominación, con sus prejuicios y supersticiones inculcadas, sobre todo, por la religión. Para lograrlo, apelará a la diferenciación existente (mas no constatada) entre “el ser español” y “el ser americano”, clarificando el asunto de la identidad de los pobladores de nuestro continente, en “la afirmación constante de América frente a Europa y, en particular, frente a España”, como lo resume la historiadora Carmen L. Bohórquez-Morán, quien indica adicionalmente que “esta diferenciación constituye, además, el punto de partida en la construcción de una noción de pertenencia a una entidad cuya existencia no solamente puede ser disociada de la de España, sino que, más importante aún, es anterior a la presencia española en América”.

            Miranda cuestiona los razonamientos que terminaron por legitimar el imperio de España en nuestra América, tales como el derecho que le asistía al Papa Alejandro VI de “donar” estas vastas regiones a los llamados “Reyes Católicos”, en virtud de ser él “heredero o vicario de Jesucristo en La Tierra”, y, también, el derecho de conquista de los españoles, según el cual podrían adueñarse de las mismas, ya que se hallaban despobladas o, en todo caso, pobladas por salvajes incultos e infieles que era preciso catequizar, esclavizar y, si se resistían, simplemente exterminarlos en nombre de la civilización (como ocurre en la actualidad con Estados Unidos e Israel en Oriente Medio, a la vista de todos, en contra de los musulmanes). Pero, aparte de esto, Miranda opone a la falta de libertad civil, política y económica padecida por los americanos, su necesidad vital y legítima de emanciparse e instaurar un sistema republicano distinto al experimentado en Estados Unidos y en la Francia revolucionaria; una cuestión que ha merecido poca atención de los estudiosos, limitando la trascendencia del prócer caraqueño a su relevante actuación militar en la independencia estadounidense y americana, como en la Revolución Francesa, ignorando o subestimando la reivindicación que hace de la indianidad como paradigma de la libertad.

            No obstante la incomprensión de sus contemporáneos, a Francisco de Miranda no se le puede escatimar su dedicación al proyecto de liberación de nuestra América, así como su condición incuestionable de revolucionario, al margen de las anécdotas galantes que rodean su vida. Como nadie antes, percibió y desarrolló la posibilidad que América se sacudiera exitosamente el yugo ibérico, abriéndole nuevas perspectivas a las propuestas republicanas y de regeneración humana que ya eran conocidas en su tiempo y que, a partir de entonces, animarían las luchas de los pueblos en todo el mundo por alcanzar una libertad integral.-

 

 

¡BOLÍVAR NO ESTABA MUERTO!

¡BOLÍVAR NO ESTABA MUERTO!

            Cuando las campanas piadosas de alguna iglesia anunciaron en 1830 el fallecimiento de uno de los tres majaderos más grandes del mundo, sus enemigos fraguaron la idea homicida de borrar para siempre su memoria y su legado histórico, de modo tal que los pueblos que encaminó hacia la libertad fueran presas fáciles de su rapiña insaciable. Confabulados luego con el incipiente imperialismo anglosajón, la nueva jauría de depredadores se dio a la tarea no alcanzada totalmente de utilizar la figura de aquel singular majadero como el ropaje de legitimidad que requería para el dominio eficaz y permanente de aquellos pueblos irredentos, disminuyendo así el significado fundamental y aleccionador de la gesta libertadora cumplida bajo su guía. De esta manera, al destierro que sufriera en vida, vino a agregársele el más ominoso destino al concedérsele una gloria estatuaria inocua, descontextualizada y vacía, emparentándolo -incluso- con un panamericanismo bajo la égida imperial de Washington jamás compartido por él, ya que su convocatoria a una gran reunión de plenipotenciarios en el Istmo de Panamá estaba dirigida esencialmente a las recién independizadas naciones americanas, excluyendo explícitamente a Haití y a las antiguas colonias británicas.

            En esta centuria, El Libertador Simón Bolívar es un pensamiento vivo, hecho carne y acción gracias a las luchas libradas por los pueblos de nuestra América, la cual ha comenzado a andar con pasos propios -para escándalo de los herederos de la doctrina Monroe-, en un camino no exento de dificultades ciertamente, pero con el ánimo y la esperanza suficientes para ocupar el digno sitial que le corresponde y le fuera arrebatado tempranamente por aquellos que siempre se han considerado a sí mismos superiores, tanto los de la vieja como de la nueva Europa. Esta feliz circunstancia histórica representa el despertar nerudiano de Bolívar, convirtiéndose así nuestra América en la vanguardia de las luchas populares a nivel mundial, cuestión que molesta y atemoriza sobremanera a los principales beneficiarios de un modelo de civilización capitalista ya agotado, aunque aún capaz de engullirnos en su loco empeño de destruir al planeta entero para satisfacer sus mezquinos intereses económicos. Por ello, el pensamiento, la acción y el ejemplo del insigne caraqueño se han convertido en un referente histórico altamente subversivo, aún para quienes le invocan, seguros de su nueva ortodoxia.

Pero, hay que resaltar que, así como las elites dominantes aspiraron inútilmente desterrarlo definitivamente de la memoria colectiva de nuestra América, Bolívar se ha hecho ícono irreemplazable en sus múltiples luchas políticas, económicas, sociales y culturales. De nada valió que se aplicara en estas naciones la doctrina de seguridad nacional concebida por el imperialismo yanqui, ni la sumisión vergonzosa de tales elites, asesinando, encarcelando, desapareciendo o exiliando a cientos de miles de mujeres y hombres de distintas edades, cuyo único pecado fue determinarse a hacer realidad los ideales de Simón Bolívar y de otros próceres latinoamericanos y caribeños de una sociedad libre y democrática. De ahí que pretendan cercenar una vez más los sueños y las luchas de los pueblos de nuestra América. Sin embargo, éstos no se detendrán. Hay un camino que comienza a despejarse y tiene en el Libertador la mejor guía para transitarlo exitosamente, sin olvidarse por ello de las acechanzas de los imperialistas del norte y de sus aliados europeos, así como de la necesidad estratégica de la integración continental bajo parámetros absolutamente distintos a los meramente económico-comerciales.

            De esta forma, Bolívar vive. ¡No estaba muerto! Su espada -como lo proclama la consigna voceada en todo el continente- recorre la América Latina en un despertar de pueblos que signará, sin duda, el siglo que recién iniciamos.-

LUCES Y VIRTUDES SOCIALES, LA EDUCACIÓN EN SIMÓN RODRÍGUEZ

LUCES Y VIRTUDES SOCIALES, LA EDUCACIÓN EN SIMÓN RODRÍGUEZ

          En su afán liberador, el Maestro Simón Rodríguez concebía la educación como el instrumento más idóneo y a la mano con el cual se aseguraría definitivamente la independencia conquistada por las armas de nuestra América, al mismo tiempo que los nuevos ciudadanos adquirirían las nociones básicas que les permitirían asumir la construcción -sin calco ni copia- de las nuevas repúblicas, estableciendo sistemas de convivencia y moralidad democrática inexistentes en Europa y Estados Unidos. Sus reflexiones en torno a la educación, lo llevaron a expresar que “adquirir luces sociales significa rectificar las ideas inculcadas o malformadas mediante el trato con la realidad, en una conjugación inseparable de pensar y de actuar, bajo el conocimiento de los principios de interdependencia y de generalización absoluta. Adquirir virtudes sociales significa moderar con el amor propio, en una conjugación inseparable de sentir y pensar, sobre el suelo moral de la máxima ` piensa en todos para que todos piensen en tí ´ que persiguen simultáneamente el beneficio de toda la sociedad y de cada individuo”. Con ello en mente, la nueva educación a impartirse en las bisoñas naciones independientes tendría como uno de sus objetivos centrales propiciar la emancipación cultural integral de sus habitantes -indiferentemente de su rango social y/o económico-, además de dotarlos de una instrucción que los hiciera útiles a la sociedad y a sí mismos, con lo cual tendrían la independencia personal para enfrentarse a cualquier pretensión de tiranía y de manipulación por parte del estamento gobernante.

 

            Así, en la concepción rodrigueana de la educación para nuestra América, resaltan tres grandes rasgos particulares, nutridas por las experiencias, preocupaciones y reflexiones del rebelde maestro: 1) la ruptura creadora del discurso colonial que reafirmaba una visión del mundo obsoleta y conformista, ajena al nuevo mundo por engendrar bajo los auspicios de la libertad, la justicia y la igualdad; 2) la necesaria formación política e ideológica de los nuevos ciudadanos, de modo que el simple hecho de nacer bajo un sistema republicano fuera complementado por una vocación conscientemente adquirida que les facilitara consolidar y ampliar los valores y los principios republicanos, resultando -en consecuencia- verdaderos ciudadanos, sin los prejuicios, vicios y conveniencias de los grupos gobernantes; y 3) la búsqueda inacabada de lo siempre original, traducida en su celebérrima frase “O inventamos o erramos”, extrapolada de sus vivencias en Estados Unidos y Europa donde mucho de lo moderno estaba cobijado por lo viejo, manteniendo un hilo entre el pasado y el presente, sobre todo, en lo que respecta a las condiciones sociales y económicas y su manera de concebir el poder, reservado a una elite. Son estas, digamos, las líneas maestras de la educación, según el impenitente Samuel Robinson que fue Simón Rodríguez. Difundirlas y hacerlas comprender por los nuevos usufructuarios del poder le llevó gran parte de sus años finales de vida, enfrentando los prejuicios coloniales de las clases dominantes, más interesadas en la apariencia y en incrementar sus arcas que en brindarle al pueblo la oportunidad de una vida digna y libre, convertido en sujeto social activo de las transformaciones que, en general, deben acompañar la realidad de una Patria democrática y soberana.

 

            Hoy se impone retomar en nuestra América ese apostolado incesante e irreverente iniciado por Simón Rodríguez, en un momento histórico común que -con pocas variantes- es similar al de hace doscientos años, cuando nuestros pueblos allanaban su propio camino y tenían sobre sus cabezas (como ahora) la amenaza imperialista de Estados Unidos. El mismo nos debe motivar a utilizar la educación como esa herramienta esencial y única que le dará la ocasión a nuestros pueblos de adentrarse en el ejercicio cotidiano de la participación democrática, de un modo más amplio y profundo. Como bien lo expresara, “en el sistema republicano, las costumbres que forman una educación social producen una autoridad pública, no una autoridad personal; una autoridad sostenida por la voluntad de todos, no una voluntad de uno solo, convertida en autoridad… La fuerza de la autoridad republicana es puramente moral”, contrapuesta a lo que ha sido habitual mediante el uso de las fuerzas represivas. En este punto radica la diferencia fundamental de la educación propuesta por Rodríguez: una educación para la libertad y la democracia, sin exclusiones, ni privilegios antisociales, una educación, en fin, que eleve el nivel intelectual, moral y político de todos.-           

 

 

LA LUCHA DE CLASES EN EL CONTEXTO LATINOAMERICANO ACTUAL

LA LUCHA DE CLASES EN EL CONTEXTO LATINOAMERICANO ACTUAL

            A la luz de los diversos acontecimientos históricos suscitados en nuestra América desde las últimas dos décadas del siglo XX, planteándose una toma de conciencia generalizada que da cuenta inmediata de un profundo anhelo de liberación que se hace colectivo en todas nuestras naciones y presagia cambios radicales aún por definirse y por concretarse; es pertinente afirmar que la lucha de clases -como parte intrínseca del materialismo histórico- adquiere unos rasgos y unas connotaciones que no fueron anticipados por sus grandes teóricos (salvo el episodio de José Carlos Mariátegui y, más tarde, del Che Guevara), víctimas del eurocentrismo que impregnó sobremanera a la intelectualidad de antes y de ahora, el cual reservara a los países periféricos de África, Asia y América el simple rol de proveedores de materias primas, sin incidencia aparente en el desarrollo histórico de la humanidad, al mismo tiempo que de su emancipación futura y definitiva. Hoy, somos partícipes y testigos de fenómenos históricos que apuntalan el deseo de espacios de autonomía comunal, de independencia política y de afirmación y reproducción cultural de los pueblos, en un largo y accidentado proceso de luchas que incluye guerrillas (de viejo y nuevo formato, como las protagonizadas por las FARC y el ELN en Colombia, por un aparte, y el EZLN al sur de México, por la otra), elecciones (recordemos a Salvador Allende en Chile) e intentos de golpes de Estado, fuera del fascismo clásico, como los escenificados en Venezuela el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992. Todos, dirigidos a causar un cambio sustancial en las relaciones de dominación y de producción que privilegie y reivindique a las clases populares en medio de la vorágine del capitalismo neoliberal y el despliegue del poderío militar del imperialismo gringo y la aplicación de su doctrina de guerra preventiva.

 

         No obstante, hay que acusar la ausencia política de los trabajadores, lo cual tiende a imponer un tipo de democracia sin contenido clasista, confundiendo la lucha anticapitalista con un simple mejoramiento de las condiciones laborales y dándole un “rostro humano” al capitalismo, algo que causa el desarme político y moral de las conciencias revolucionarias de las masas explotadas cuando debieran adentrarse en su comprensión para trascenderlo mediante el socialismo. En tal dirección, como lo expresa Cristina Camusso, “la propuesta de humanizar el capitalismo y el intento de avanzar al socialismo por medio de reformas, desemboca, como lo ha demostrado la historia, en fracaso y abriendo la compuerta a la derecha. Distante de la postura que reafirma la idea de que es posible alcanzar un nuevo nivel de vida de la población, desarrollo y crecimiento en el marco del capitalismo, es el proceso complejo y caótico de la transición, que implica el combate entre la permanencia de mecanismos capitalistas, con la perspectiva de la socialización de los medios de producción, la cultura y la política”. Bajo esta perspectiva, la lucha de clases adquiere un sentido más amplio y no solamente economicista, algo que le otorga una mayor trascendencia a la alternativa del socialismo, como lo demuestra el auge de masas heterogéneo que tiene por escenario a nuestra América donde movimientos indígenas, campesinos, urbanos, ecologistas, feministas, culturales y estudiantiles, entre otros, se han encargado de remozar y de mantener viva su llama.

 

         Aún así, la lucha de clases provoca escozor y temor entre no pocos. Algunos, porque comprenden que ello atenta contra el sistema de dominación que -desde siempre- les ha favorecido pródigamente. Otros, por simple reflejo condicionado, obedeciendo a la ideología de ese mismo sistema, avalando los valores que lo sostienen. Lo que se requiere, entonces, es llevar la lucha de clases al plano ideológico y cultural, lo cual ha de conducir a una transformación de las conciencias (incluyendo lo espiritual) que haga posible -en algún momento- el surgimiento de nuevos actores sociales y políticos revolucionarios que, combinando sus acciones en pie de igualdad, le disputen la hegemonía a quienes usufructúan el poder, ocasionando, en consecuencia, una sacudida a la pirámide social. De este modo, la lucha de clases definirá los alcances, dimensiones y repercusiones del socialismo, más profundamente de lo que pudo pensarse en el pasado.- 

 

12 DE OCTUBRE, ¿DÍA DE LA RESISTENCIA INDÍGENA?

12 DE OCTUBRE, ¿DÍA DE LA RESISTENCIA INDÍGENA?

            Convertido por “obra y gracia” del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías, en Día de la Resistencia Indígena, el 12 de octubre parte de un equívoco que pocos se han atrevido a refutar, aún a sabiendas que ese día de 1492 no se produjo -al menos, así lo registra la historia legada, precisamente, por los primeros “visitantes” europeos que arribaron a estas tierras hasta entonces desconocidas para ellos, no así para sus pobladores originarios- un enfrentamiento de civilizaciones o, en el caso que nos motiva, una resistencia indígena a la llegada de Cristóbal Colón y su avanzada mercantilista y conquistadora a la isla caribeña de Guanahaní.

 

         Inicialmente se puede creer que este primer encuentro entre los pobladores de la vieja Europa y los pobladores de Abya Yala, nuestra América, produjo un asombro mutuo ante gentes de habla, fisonomía y costumbres diametralmente diferentes. Aunque esto pase desapercibido para algunas personas de buena fe que desean reivindicar románticamente la existencia, la dignidad y las culturas de los pueblos precolombinos y de aquellos que han sobrevivido a la vorágine capitalista, pasada y presente; es necesario puntualizar que la resistencia indígena ante la invasión y el saqueo de los primeros europeos no pudo producirse en tal fecha, sino posteriormente, siendo el primer combate contra la guarnición dejada por el Almirante en la isla de Guanahaní, como lo señaló alguna vez el historiador venezolano Wladimir Acosta, sin que ello minimice la intención de revisar, en su verdadero contexto, lo ocurrido en este continente a partir de ese momento.

 

         Por lo tanto, no podemos caer en el simplismo que a veces marcan las fechas, sin profundizar realmente en la compresión y análisis desprejuiciados de los acontecimientos históricos desarrollados en ellas y creyendo en una linealidad que nos induce a creer en la fatalidad inexorable del destino. Ocurriría entonces que, vengadores de nuestros ancestros aborígenes, pretendamos ignorar y deslegitimar la herencia común de la cual hacemos gala cotidianamente y que tiene su origen en la vieja Europa: idioma, religión, leyes, nombres y apellidos, estructuras de poder, economía y política, entre otros ingredientes o rasgos de la civilización Europa que nos distancia, pese al sentimiento que nos embargue, de nuestros congéneres indígenas, manteniendo viva una polémica histórica y hasta racista que no nos ayuda a explicarnos como continente. Esto ha hecho de Colón una figura odiada en muchos casos y, en otras, justificada, quizás ateniéndose a su error al juzgar que había llegado a las tierras y riquezas descritas por Marco Polo. Sin embargo, no hay que desconocer lo que describe Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, su libro más emblemático: “Tres años después del descubrimiento, Cristóbal Colón dirigió en persona la campaña militar contra los indios de la Dominicana. Un puñado de caballeros, doscientos infantes y unos cuantos perros especialmente adiestrados para el ataque diezmaron a los indios. Más de quinientos, enviados a España, fueron vendidos como esclavos en Sevilla y murieron miserablemente. Pero algunos teólogos protestaron y la esclavización de los indios fue formalmente prohibida al nacer el siglo XVI. En realidad, no fue prohibida sino bendita: antes de cada entrada militar, los capitanes de conquista debían leer a los indios, ante escribano público, un extenso y retórico Requerimiento que los exhortaba a convertirse a la santa fe católica”. Ante su negativa, se le autorizaba al invasor a hacerles todo tipo de “males y daños que pudiere”.

 

         De este modo, la Corona española le dio potestad a los conquistadores, mediante Real Cédula emitida el 23 de agosto de 1503, para esclavizar a los indígenas caribes bajo el pretexto de ser caníbales. Cosa semejante ocurre con el acto dictado por el Juez de Vara y Justicia Mayor de la isla La Española, del 5 de noviembre de 1510, que declara a la provincia de Uriapari (la Guayana) región de caribes, autorizando a sus huestes a cazarlos y venderlos como esclavos. Bastaba entonces acusar a cualquier indígena rebelde de ser caribe para aplicarle esta norma y, en caso de persistir en su rebeldía, matarlo impunemente, dado que no era considerado persona al carecer de alma, según lo dictaminara la arrogancia católica europea, cosa que posteriormente fuera enmendada. A partir de esta realidad salvaje es cuando podemos hablar propiamente de resistencia indígena al afán depredador del incipiente capitalismo europeo en nuestra América, Abya Yala, y no como se ha querido ver en el momento que tropiezan las tres naos capitaneadas por Colón con estas tierras ya descubiertas por sus habitantes originarios.-         

NUESTRA AMÉRICA: REVOLUCIÓN DESDE EL SUBSUELO DE LA HISTORIA

NUESTRA AMÉRICA: REVOLUCIÓN DESDE EL SUBSUELO DE LA HISTORIA

      

Hija del buen salvaje, esposa del buen revolucionario y madre predestinada de la nueva humanidad, nuestra América vive en el presente siglo uno de los momentos más estelares de su historia común al irse concatenando acontecimientos que, al originarse, parecieron marchar de forma aislada, pero que -a medida que pasa el tiempo y se van extendiendo- han venido a conformar un vasto proyecto de liberación continental, aún por definirse y concretarse. Esto ha supuesto -con escasas variaciones en cada país- una rebelión popular generalizada que inquieta y atemoriza, no sólo a los grupos oligárquicos nacionales, sino también (y muy especialmente) al sempiterno imperialismo yanqui, puesto que ello significa el fin de su dominio secular y de la dependencia neocolonial de nuestras naciones subdesarrolladas, aunque es de reconocerse que esto mismo no se ha traducido en un antiimperialismo firme, militante y contundente, tanto de parte de los gobiernos de tendencia progresista y/o izquierdista como de los mismos pueblos que ahora se levantan, no obstante la retórica revolucionaria utilizada.

            Asimismo, todas estas experiencias de cambios enfrentan el mismo dilema representado por la legalidad del orden establecido, siendo un factor determinante la movilización espontánea de las masas, como ocurriera en Argentina, Ecuador, Bolivia y Venezuela, donde éstas decidieron sin armas la suerte de algunos gobiernos, incluyendo al gobierno de facto instaurado en 2002 en el caso venezolano. Todos estos hechos -desde las rebeliones populares producidas en plena efervescencia de la onda neoliberal capitalista que arropara a la totalidad de nuestra América (a excepción de Cuba), producto de la carga de la deuda externa y de la complicidad cipaya de los gobiernos latinoamericanos de turno, hasta las insurgencias armadas de civiles y militares en Venezuela, en 1992, y de los indígenas y campesinos del Ejército Zapatista de liberación Nacional (EZLN) en Chiapas, México, el 1º de enero de 1994- representan una situación histórica que podría influir significativamente en el resto de la humanidad, haciendo factible, al mismo tiempo, fundar un nuevo tipo de sociedad bajo el socialismo, inédita en muchos aspectos y capaz de trascender los moldes del llamado socialismo real que rigiera a la URSS y demás naciones del Este europeo, cuestión que reivindica aún más la vigencia de la teoría revolucionaria que ayudaran a articular Marx, Engels, Lenin, el Che Guevara y muchos otros revolucionarios, sin excluir a los libertarios como Proudhom, Bakunin y Malatesta.

            Así, lejos de ser el escenario del fin de la historia proclamado bajo la “era” reaganiana, a nuestra América le ha correspondido el privilegio, digámoslo así, de abrir el telón para que el socialismo tenga su mejor expresión creadora, en momentos en los cuales las secuelas de una crisis global del capitalismo mantiene en ascuas a las grandes potencias del mundo, buscando en conjunto una solución inmediata que minimice y supere los embates de la misma, pidiendo socializar las pérdidas ocasionadas por la ambición irresponsable y sin límites de una minoría.

            En conjunto, esta revolución desde el subsuelo de la historia latinoamericana y caribeña  nos otorga la oportunidad de contribuir efectivamente a la autodeterminación de los pueblos, a lograr un mundo multipolar sin hegemonías imperialistas y neocolonialistas, lo mismo que un mejor sistema de integración a todos los niveles, no únicamente económico, capaz de romper las ataduras que le impiden a nuestra América equipararse con los países del “Primer Mundo”, pero todo ello manteniendo una cosmovisión completamente diferente, extraída de nuestras raíces históricas, y preparada para abrir los espacios autónomos, participativos y protagónicos que ocuparán los sectores sociales hasta ahora excluidos.

            Aunque tal revolución no se desarrolla bajo los mismos parámetros, teniendo que sortear los múltiples obstáculos y ataques de los grupos reaccionarios internos y externos y, muchas veces, la escasez de criterios y formulaciones teóricas que ayuden a darle un mejor puntal ideológico y práctico al socialismo que se anuncia (lo que incide en el comportamiento reformista de muchos gobernantes y dirigentes de partidos políticos), es evidente que ella marcha de manera inexorable e irreversible. Quizás resulte muy temprano el vaticinio, pero la historia de luchas populares reprimidas en el pasado a sangre y fuego, le imprime el aliento suficiente para que no desmaye en su marcha.-           

FRANCISCO DE MIRANDA, UN QUIJOTE SIN LOCURA

FRANCISCO DE MIRANDA, UN QUIJOTE SIN LOCURA

A Francisco de Miranda se le reconoce  el mérito de haber participado -armas en mano- en las tres grandes convulsiones revolucionarias ocurridas entre finales del siglo XVIII e inicios del XIX, a saber, la independencia de las Trece Colonias inglesas que dieron origen a Estados Unidos, la Revolución Francesa y la gesta independentista de la América del Sur. Sin embargo, esta particularidad heroica no es suficiente para que se conozca en profundidad su pensamiento político y su resolución inquebrantable de luchar por la libertad, impregnados de un espíritu republicano y de una cultura universal sin iguales, lo cual le mereciera el reconocimiento -entre burlón y sincero- de Napoleón Bonaparte al decir de él que era “un Quijote que no está loco”. Semejante desconocimiento apenas se resarce al atribuirle la condición honrosa de Precursor de la Independencia sudamericana y la creación del estandarte tricolor que identifica a Venezuela como nación soberana, cuestión que no contribuye mucho para comprender quien fue Francisco de Miranda, la dimensión de su obra y pensamiento y, en especial, el contexto contradictorio de la época que le tocó en suerte vivir y padecer.           

Su proyecto emancipador, por ejemplo, producto de años de lecturas de filósofos de la Ilustración, de sus observaciones personales, hechas en cada uno de sus viajes (seguido de cerca por la red de espionaje de la corona española, considerándolo un hombre peligroso en extremo para sus intereses de ultramar); además de las contactos directos y epistolares con algunos de los personajes de importancia de entonces, no es conocido en su justa dimensión, a pesar de abarcar la totalidad geográfica del imperio español en suelo americano. En lugar de ello, se ha impuesto el anecdotario de sus múltiples aventuras amorosas y su vinculación (puesta en duda) con la francmasonería, aparte de la designación un tanto afortunada de nuestra América como Colombia, antorcha que recogiera posteriormente Simón Bolívar al plantearse el proyecto de integración de las antiguas colonias españolas. Quizás en todo ello influyera el hecho de haber sido execrado, junto con su familia, de la excluyente sociedad de castas imperante en su Caracas natal y los cuarenta años de ausencia física a que se vio obligado debido, principalmente, a sus convicciones revolucionarias, cuestiones que pesarán mucho a la hora de iniciar el camino de la independencia venezolana y su defensa mediante las armas. En este sentido, Miranda ha sido víctima de cierta incomprensión histórica, cosa  que todavía se mantiene latente. Como lo refiere Carmen Bohórquez Morán, en su obra Francisco de Miranda, Precursor de las Independencias de la América Latina: “El drama de un precursor es el de ser un incomprendido: sus contemporáneos no entienden su mensaje. En cuanto a sus lejanos descendientes, estos terminan por olvidar al hombre cuyas ideas forman ya parte del patrimonio común”. Como Juan, el Bautista, eclipsado por el mensaje y la personalidad de Jesús, el Mesías, Miranda lo será en su momento por Bolívar, resultando que al primero se le cuentan sus fracasos mientras que al segundo sus victorias y, aún, sus sueños, heredados fundamentalmente del Precursor.

            Aún cuando se magnifique su figura como el primer criollo de dimensión histórica mundial, la valoración de su contribución al proceso de constitución de una identidad americana propiamente dicha ha sido soslayada en algunos casos. Siendo un ferviente y activo promotor de la unidad hispanoamericana, inspiró a no pocos prohombres del Continente a dar los pasos decisivos para producir la ruptura con el yugo ibérico. Para él, la emancipación de la América subyugada debía asumirse como una empresa común, sin los fraccionamientos regionalistas originados e impuestos por la administración colonial. Al  plantearse que Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos ayudaran con esta magna tarea lo hace sólo a cambio de algunas ventajas comerciales, pero nunca a cambio de un tutelaje imperial más moderno que el impuesto a la fuerza por los españoles. Por ello se ocupó por años a la elaboración de esbozos constitucionales para la extensa república continental que ya proyectaba, al igual que las estrategias militares que se implementarían en caso de agresión. Puede aseverarse que nadie antes que Miranda reconoció la necesidad de la independencia absoluta de estas tierras, sin localismos y con plena conciencia del motivo que asumió y marcó su existencia. Es el primero cuyo fundamento político está íntimamente relacionado con una identidad integracionista a nivel continental. Su vida y su plan general están inscritos en ello de un modo persistente, lo cual explica su participación en la Francia revolucionaria, antes del golpe de Estado de Napoleón, convencido de que allí hallaría la ayuda requerida, al igual que lo supuso de parte de la Zarina Catalina de Rusia y del Primer Ministro inglés Pitt.

        

            Para este Quijote sin locura, la independencia y la integración americana era una exigencia histórica a la cual debían sumarse entusiastas todos los americanos. Por ello su legado es interesante conocerlo de manera cabal, sobre todo en el presente cuando se asoman en el horizonte de nuestra América algunas realidades indefectiblemente ligados a su obra y esfuerzos libertadores.-  

EN NUESTRA AMÉRICA, LA LUCHA ES UNA SOLA

EN NUESTRA AMÉRICA, LA LUCHA ES UNA SOLA

 Sólo una práctica revolucionaria determina una conducta revolucionaria y ésta se deriva, básicamente, de los valores y de los conocimientos que delinean una conciencia social distinta a aquella que es aceptada tradicionalmente como normal en la sociedad, pero que responde a unos patrones de dominación imperceptibles. Nada diferente a ello podrá dar cuenta de la condición revolucionaria que exhiba alguna gente, aún la mejor intencionada,  creyendo que es suficiente afirmarlo, adoptando incluso cierta simbología, sin tocar fondo. Si no existe esta convicción, acrisolada en la lucha diaria por lograr una emancipación superior al logro de algunas conquistas parciales, será difícil que haya algo cercano a la revolución.

Esta es, justamente, la realidad que ha arropado y caracterizado comúnmente la historia latinoamericana y caribeña desde las gestas independentistas, signada principalmente por el reformismo, aunque algunos hechos acaben revestidos de revolución (sin serlo) gracias a los historiadores, manteniéndose las mismas estructuras de dominación y de dependencia coloniales, ahora con ribetes nuevos. Todo esto ha representado un flujo y reflujo en las luchas sostenidas por los pueblos de nuestra América por una democracia más real y menos discursiva, con sus momentos estelares y sus momentos de agonía, pero de modo decidido y tenaz, a tal grado que las mismas capas dominantes de la sociedad tienen que ceder para conservar sus privilegios mientras logran la reconquista del poder, mimetizando las victorias populares. Tal realidad ocurre, en parte, por la misma tradición histórica de las luchas populares de nuestra América al depender demasiado de líderes carismáticos, sin alcanzar un grado óptimo de organización y menos de madurez política e ideológica, con los cuales crear una situación revolucionaria única, autogestionaria y de auténtico contenido popular. En la actualidad, se ha extendido por todo el Continente una corriente común de luchas sociales, germinada a través del tiempo, que presagia un cambio radical en los órdenes político, económico y social, con masas movilizadas en demanda de sus más sentidas reivindicaciones, pero con los elementos adicionales del antiimperialismo, la antiglobalización y la defensa de los recursos naturales de cada nación, evidenciando con ello una postura diferente a la observada en décadas pasadas.

Frente a tal corriente, el imperialismo yanqui y sus asociados latinoamericanos se hallan desarmados. Ya no pueden recurrir a las mismas fórmulas represivas, intervencionistas y golpistas del pasado de manera descarada e impune, sin levantar un revuelo mundial contraproducente. Quizás la experiencia más resaltante en este sentido sea la de Venezuela, donde se han estrellado las distintas variaciones desestabilizadoras del intervencionismo gringo frente a la voluntad soberana de todo un pueblo, cosa que angustia y desespera a la clase gobernante neoconservadora de Estados Unidos, ya que intuyen su declive hegemónico, de persistir el “mal ejemplo” de los venezolanos. Por eso reviven los viejos recursos mediáticos propagandísticos, inoculándole el miedo al comunismo a los sectores conservadores de la misma forma como se hiciera durante la Guerra Fría, explotando a su favor el “fracaso soviético” y escondiendo la verdad de los hechos. Ahora más cuando se dan cuenta que el fenómeno tiende a masificarse, a internacionalizarse y a diversificarse, sin tener que depender exclusivamente de sus dirigentes actuales, planteándose entonces mayores avances. De ahí que no descarten el fascismo como instrumento extremo para impedir ese auge prerrevolucionario que se palpa indeclinable en cada una de las naciones de nuestra América, comenzando por Venezuela, tal como se quiso con el golpe de Estado de 2002, en especial por los estrechos vínculos existentes con Cuba, una dupla incómoda para Washington.

Sin embargo, a pesar de los rasgos comunes que caracterizan las luchas populares latinoamericanas, cada una responde a la especificidad e idiosincrasia de sus países. Esto ha permitido -gracias a los encuentros internacionales celebrados desde hace algún tiempo- un enriquecimiento de sus posiciones particulares, llegándose a entender que la lucha es una sola y tiene un enemigo de clase común: el capitalismo. La comprensión de ello revivió la propuesta socialista, desmintiendo de esta manera la proclamada victoria del liberalismo y el fin de la historia, dándole en nuestro hemisferio una connotación diferente o aparentemente novedosa, más cercana a los contextos de nuestros pueblos y a las ideas expuestas por Simón Rodríguez, Mariátegui y el Che Guevara. De todos modos, esto no significa que el socialismo que se está enarbolando en este siglo XXI tenga una definición única y exacta, siendo  ésta -quizás- su mejor fortaleza, entendiéndolo sin dogmatismo alguno como lo hicieran en su momento Carlos Marx y todos los luchadores socialistas auténticos del mundo. Todavía falta un largo trecho por andar para que haya conclusiones más acertadas al respecto. Lo trascendente es que vivimos una era de grandes transformaciones donde los pueblos son los protagonistas, como siempre se quiso a través de toda la historia.-