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NUESTRA AMÉRICA

LA CELAC Y LA RUPTURA DEL MUNDO UNIPOLAR

LA CELAC Y LA RUPTURA DEL MUNDO UNIPOLAR

     La creación oficial de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) -planteada inicialmente para el 5 de julio de este año en Caracas- viene a rubricar los nuevos procesos sociales y políticos que se han originado en las naciones de nuestra América en la búsqueda de mayores niveles de democracia e independencia respecto a la hegemonía del imperialismo estadounidense. En este contexto, las experiencias previas de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) y la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), están enmarcadas en los principios de cooperación pacífica entre las naciones e impulso y consolidación de la integración latinoamericana de acuerdo con el principio de no intervención y autodeterminación de los pueblos que debe regir el Derecho internacional.

     De esta manera, el surgimiento de este nuevo bloque regional se acopla al proceso de luchas sociales, económicas y políticas libradas por nuestros pueblos desde finales del siglo pasado, las cuales han determinado, a su vez, que haya gobiernos de tendencia progresista y/o revolucionaria abocados a reivindicar la soberanía popular y demás derechos democráticos. Por ello mismo, las latinoamericanas y los latinoamericanos debemos comprender y compartir la trascendencia de este hecho indudablemente histórico, ya que nos permite ocupar un lugar propio en el amplio escenario mundial; ahora controlado por las apetencias de recursos y de territorios estratégicos por parte de Washington.

     En síntesis, la creación de la CELAC contribuye enormemente a romper con esa concepción de un mundo unipolar que ha provocado intervenciones y guerras de carácter neocolonial, ahora legitimadas por la ONU, una cuestión que han enfrentado los pueblos del mundo de una forma espontánea, pero que podrían asumir en conjunto los gobiernos de los países que se sumen a esta iniciativa integracionista, dando así un ejemplo a los demás bloques regionales existentes, dominados básicamente por intereses económicos.

     No obstante, es vital que a tal iniciativa se incorporen de manera activa y protagónica los movimientos populares, tal como lo han hecho con la ALBA-TCP, haciendo de la integración latinoamericana y caribeña un elemento fundamental de la lucha común que se libra contra la hegemonía capitalista, la explotación sin una compensación válida de trabajadores y de recursos naturales, y el ordenamiento imperialista de Estados Unidos. En la medida que esto sea posible, la integración de nuestra América podrá emprender exitosamente la consolidación de uno de sus sueños más caros y largamente postergados: su pleno desarrollo económico. Para ello requerirá de un amplio abanico de acciones e iniciativas colectivas que logre la ruptura de un mundo unipolar donde el acceso a los mercados de crédito, tecnología y comercio se halla dominado por las grandes transnacionales estadounidenses, europeas y japonesas; algo que no pueden obviar jamás los gobiernos de la región.-

LA LUCHA DEL PUEBLO MAPUCHE: IDENTIDAD Y RESISTENCIA DE SIGLOS

LA LUCHA DEL PUEBLO MAPUCHE: IDENTIDAD Y RESISTENCIA DE SIGLOS

La publicación “Mundo Indígena 2010”, informe anual auspiciado por el Grupo Internacional de Trabajo Sobre Asuntos Indígenas (conocido como IWGIA por sus siglas en inglés) da cuenta del progreso de las reivindicaciones de los pueblos indígenas a nivel mundial, en especial lo relativo al respeto de su identidad cultural y sus derechos sobre las tierras que han ocupado secularmente y que hoy son ambicionadas por las corporaciones transnacionales debido a las diversas riquezas naturales que contienen, contando para ello con la complicidad de algunos gobiernos que secundan el neoliberalismo económico. Esto hace realidad parte de lo establecido en la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas aunque se observa todavía un abismo entre las Constituciones y las leyes aprobadas y su puesta en práctica, puesto que el derecho de los pueblos indígenas es echado a un lado en función de los intereses económicos de los no indígenas, sean estos criollos o extranjeros, sobre todo cuando se requiere la aprobación indígena para explotar los ricos yacimientos existentes en su territorio.

En la realidad actual latinoamericana resaltan las luchas y denuncias de los pueblos originarios de Chile y Venezuela, los mapuches y los yukpas, los cuales han tenido que enfrentar de forma asimétrica la institucionalidad y la legislación de sus respectivas naciones, a pesar de tener a su favor todos los derechos inherentes a un sistema democrático. A ello habría que agregarle la lucha emprendida en 1994 por los indígenas de Chiapas, en México, pertenecientes al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), al igual que la de sus hermanos de Guatemala, Ecuador y Bolivia, quienes han tenido un papel de importancia en procesos políticos que delinean -de una u otra forma- situaciones nuevas en dichos países, gracias a los cuales han alcanzado el reconocimiento de algunos de sus derechos ancestrales.

En el caso de los mapuches, el Estado chileno les ha conculcado tales derechos desde hace mucho tiempo. De ahí que ellos exijan la restitución de sus tierras, el control de las deforestaciones por parte de algunas empresas hidroeléctricas y forestales, además, de la ratificación del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Todo lo cual le da características únicas a sus luchas, tomando en cuenta que el reino de España habría reconocido el 6 de enero de 1641 la independencia del territorio conocido como Wellmapu, perteneciente al pueblo mapuche, mediante el Tratado Killin (o Quillin), siendo el río Bio-Bio la frontera natural entre ambos; sin embargo, los gobiernos republicanos han desconocido su vigencia.

Como antes frente a España, los mapuches mantienen hoy frente a las autoridades chilenas la lucha por el respeto a su identidad cultural y autodeterminación, siendo ésta una demanda histórica y permanente. Al mismo tiempo, demandan no se les aplique una ley antiterrorista legada por la dictadura pinochetista, la cual permite que se les someta simultáneamente a la justicia militar y a la civil. 

Para los mapuches ("la gente de la tierra"), al igual que para otros de los pueblos originarios de nuestra América, la tierra es la base fundamental de su cultura. Aunque una mayoría de ellos vive hoy en ciudades, empujados por las diferentes medidas gubernamentales en su contra, mantienen una resistencia tenaz contra quienes promueven su desaparición a través de la transculturización, el hostigamiento estatal y el desalojo forzoso de sus tierras.

Siendo acusados de terrorismo por actos de protesta o demanda social, los mapuches son víctimas también del uso de una violencia institucionalizada que incluye la tortura, en una abierta violación de los derechos humanos, todo lo cual constituye una absoluta injusticia contra quienes son considerados como ciudadanos de segunda clase en el seno de la sociedad chilena, tan preciada de ser democrática y moderna.-

EL TAITA BOVES Y LA IGUALACIÓN DEMOCRÁTICA DE VENEZUELA

EL TAITA BOVES Y LA IGUALACIÓN DEMOCRÁTICA DE VENEZUELA

            Para comprender el rol histórico cumplido por José Tomás Boves durante dieciocho meses en los acontecimientos que abaten la novicia República de Venezuela en 1814, habría que esculcar la vida colonial hasta entonces vigente, basada la misma en una diversidad de  prejuicios raciales, religiosos y de casta provenientes de España, los cuales marcaron diferenciaciones profundas entre sus habitantes hasta el punto que los mantuanos -quienes se estimaban a sí mismos como una nobleza criolla impoluta, heredera directa de los conquistadores- desconocieran, incluso, algunas disposiciones de la Corona en beneficio de las castas consideradas inferiores, sobre todo, pardos y canarios, ya que los indígenas apenas si eran tomados en cuenta. En este ambiente de ostentación, de censura al libre pensamiento y convencionalismos, irrumpen los ideales de la igualdad, la libertad y de la fraternidad, trayendo como consecuencia inmediata la declaratoria de independencia respecto a la metrópoli hispana y, junto con ella, el trastrocamiento de toda la estructura colonial, cosa que no fue prevista inicialmente por los mantuanos, puesto que su interés principal era el de apropiarse del mando, dejando todo intacto, en una jugada gatopardiana, según sus intereses de clase.

            Refiere Manuel Pérez Vila que los pardos y mestizos “dan rienda suelta a sus legítimas ambiciones de mejoramiento político y económico. Vehículo de ese ascenso social será el ejército, tanto el patriota como el realista, que vendrá a ser el gran crisol en el cual se funden las diferencias sociales de la Colonia”. En un primer momento, las contradicciones de casta afloran y desembocan en alzamientos de negros esclavizados y blancos de orilla que son reprimidos por los ahora representantes de la libertad, del mismo modo como lo hicieran los españoles durante siglos; evidenciándose que “el mando político -en palabras de Juan Vicente González- de los que eran sus señores naturales no era para el pueblo la libertad, sino una argolla más añadida a la cadena” que los sometía y discriminaba. Sin duda, tales contradicciones y acciones, sumadas al odio racial largamente incubado, dieron paso a una guerra cruenta y sin cuartel, confundiéndose todos en una masa armada que apenas diferenciaba entre la independencia del territorio venezolano y la subordinación a España. En tal escenario, según lo analizara Arturo Uslar Pietri, “José Tomás Boves representa en un momento lo que El Libertador ni los criollos se han atrevido a hacer, viene y promete al campesinado las tierras que sus libertadores les niegan”, lo que explica -en parte- ese ascendiente que hace de él un caudillo popular, capaz de levantar ejércitos de la nada, a pesar de las derrotas sufridas, infundiendo un gran temor entre las familias mantuanas, incluyendo a las realistas.

            Esto, aunado a su valor personal, llaneza, intrepidez, el escaso apego por la disciplina, la pompa y la adulación, el ser accesible a sus subordinados, la crueldad de la cual hacía gala y el halo de misticismo que le rodeaba, lo mismo que el ser agradecido y consecuente con sus amistades, hacen de Boves el verdadero destructor del orden colonial y, por consiguiente, el primer caudillo de la igualación democrática de Venezuela, no obstante su oscuro designio histórico, escasamente entrevisto.-  

FRANCISCO DE MIRANDA, VIGENCIA DE UN EMPEÑO LIBERADOR

FRANCISCO DE MIRANDA, VIGENCIA DE UN EMPEÑO LIBERADOR

            Pese a la diversidad de hechos insurreccionales que se suscitaron en la América colonizada durante los trescientos años de duro dominio español, le corresponde a Francisco de Miranda idear la emancipación de nuestro continente como un todo, asignándole, incluso, un nuevo nombre: Colombia, nombre que sería reivindicado por los patriotas, tanto al norte como al sur de este amplio y variopinto territorio.

            Ciertamente, Miranda muestra un mejor nivel teórico respecto a la causa de la independencia de la América meridional, lo cual le convierte -más que en un precursor- en el protolíder, como le llamara Alfonso Rumazo González, ya que éste “no anunció a nadie; promovió y organizó una revolución americana, como creación suya auténtica, diseñada en forma magistral, haciéndose el líder de su propia forja y luego actuando dentro de ella al momento de la acción militar”. Aunado a ello, es de reconocerse en Francisco de Miranda el empeño de tantas décadas en dotar de sólidos argumentos a los americanos colonizados que anularan la ideología de la dominación, con sus prejuicios y supersticiones inculcadas, sobre todo, por la religión. Para lograrlo, apelará a la diferenciación existente (mas no constatada) entre “el ser español” y “el ser americano”, clarificando el asunto de la identidad de los pobladores de nuestro continente, en “la afirmación constante de América frente a Europa y, en particular, frente a España”, como lo resume la historiadora Carmen L. Bohórquez-Morán, quien indica adicionalmente que “esta diferenciación constituye, además, el punto de partida en la construcción de una noción de pertenencia a una entidad cuya existencia no solamente puede ser disociada de la de España, sino que, más importante aún, es anterior a la presencia española en América”.

            Miranda cuestiona los razonamientos que terminaron por legitimar el imperio de España en nuestra América, tales como el derecho que le asistía al Papa Alejandro VI de “donar” estas vastas regiones a los llamados “Reyes Católicos”, en virtud de ser él “heredero o vicario de Jesucristo en La Tierra”, y, también, el derecho de conquista de los españoles, según el cual podrían adueñarse de las mismas, ya que se hallaban despobladas o, en todo caso, pobladas por salvajes incultos e infieles que era preciso catequizar, esclavizar y, si se resistían, simplemente exterminarlos en nombre de la civilización (como ocurre en la actualidad con Estados Unidos e Israel en Oriente Medio, a la vista de todos, en contra de los musulmanes). Pero, aparte de esto, Miranda opone a la falta de libertad civil, política y económica padecida por los americanos, su necesidad vital y legítima de emanciparse e instaurar un sistema republicano distinto al experimentado en Estados Unidos y en la Francia revolucionaria; una cuestión que ha merecido poca atención de los estudiosos, limitando la trascendencia del prócer caraqueño a su relevante actuación militar en la independencia estadounidense y americana, como en la Revolución Francesa, ignorando o subestimando la reivindicación que hace de la indianidad como paradigma de la libertad.

            No obstante la incomprensión de sus contemporáneos, a Francisco de Miranda no se le puede escatimar su dedicación al proyecto de liberación de nuestra América, así como su condición incuestionable de revolucionario, al margen de las anécdotas galantes que rodean su vida. Como nadie antes, percibió y desarrolló la posibilidad que América se sacudiera exitosamente el yugo ibérico, abriéndole nuevas perspectivas a las propuestas republicanas y de regeneración humana que ya eran conocidas en su tiempo y que, a partir de entonces, animarían las luchas de los pueblos en todo el mundo por alcanzar una libertad integral.-

 

 

¡BOLÍVAR NO ESTABA MUERTO!

¡BOLÍVAR NO ESTABA MUERTO!

            Cuando las campanas piadosas de alguna iglesia anunciaron en 1830 el fallecimiento de uno de los tres majaderos más grandes del mundo, sus enemigos fraguaron la idea homicida de borrar para siempre su memoria y su legado histórico, de modo tal que los pueblos que encaminó hacia la libertad fueran presas fáciles de su rapiña insaciable. Confabulados luego con el incipiente imperialismo anglosajón, la nueva jauría de depredadores se dio a la tarea no alcanzada totalmente de utilizar la figura de aquel singular majadero como el ropaje de legitimidad que requería para el dominio eficaz y permanente de aquellos pueblos irredentos, disminuyendo así el significado fundamental y aleccionador de la gesta libertadora cumplida bajo su guía. De esta manera, al destierro que sufriera en vida, vino a agregársele el más ominoso destino al concedérsele una gloria estatuaria inocua, descontextualizada y vacía, emparentándolo -incluso- con un panamericanismo bajo la égida imperial de Washington jamás compartido por él, ya que su convocatoria a una gran reunión de plenipotenciarios en el Istmo de Panamá estaba dirigida esencialmente a las recién independizadas naciones americanas, excluyendo explícitamente a Haití y a las antiguas colonias británicas.

            En esta centuria, El Libertador Simón Bolívar es un pensamiento vivo, hecho carne y acción gracias a las luchas libradas por los pueblos de nuestra América, la cual ha comenzado a andar con pasos propios -para escándalo de los herederos de la doctrina Monroe-, en un camino no exento de dificultades ciertamente, pero con el ánimo y la esperanza suficientes para ocupar el digno sitial que le corresponde y le fuera arrebatado tempranamente por aquellos que siempre se han considerado a sí mismos superiores, tanto los de la vieja como de la nueva Europa. Esta feliz circunstancia histórica representa el despertar nerudiano de Bolívar, convirtiéndose así nuestra América en la vanguardia de las luchas populares a nivel mundial, cuestión que molesta y atemoriza sobremanera a los principales beneficiarios de un modelo de civilización capitalista ya agotado, aunque aún capaz de engullirnos en su loco empeño de destruir al planeta entero para satisfacer sus mezquinos intereses económicos. Por ello, el pensamiento, la acción y el ejemplo del insigne caraqueño se han convertido en un referente histórico altamente subversivo, aún para quienes le invocan, seguros de su nueva ortodoxia.

Pero, hay que resaltar que, así como las elites dominantes aspiraron inútilmente desterrarlo definitivamente de la memoria colectiva de nuestra América, Bolívar se ha hecho ícono irreemplazable en sus múltiples luchas políticas, económicas, sociales y culturales. De nada valió que se aplicara en estas naciones la doctrina de seguridad nacional concebida por el imperialismo yanqui, ni la sumisión vergonzosa de tales elites, asesinando, encarcelando, desapareciendo o exiliando a cientos de miles de mujeres y hombres de distintas edades, cuyo único pecado fue determinarse a hacer realidad los ideales de Simón Bolívar y de otros próceres latinoamericanos y caribeños de una sociedad libre y democrática. De ahí que pretendan cercenar una vez más los sueños y las luchas de los pueblos de nuestra América. Sin embargo, éstos no se detendrán. Hay un camino que comienza a despejarse y tiene en el Libertador la mejor guía para transitarlo exitosamente, sin olvidarse por ello de las acechanzas de los imperialistas del norte y de sus aliados europeos, así como de la necesidad estratégica de la integración continental bajo parámetros absolutamente distintos a los meramente económico-comerciales.

            De esta forma, Bolívar vive. ¡No estaba muerto! Su espada -como lo proclama la consigna voceada en todo el continente- recorre la América Latina en un despertar de pueblos que signará, sin duda, el siglo que recién iniciamos.-

LUCES Y VIRTUDES SOCIALES, LA EDUCACIÓN EN SIMÓN RODRÍGUEZ

LUCES Y VIRTUDES SOCIALES, LA EDUCACIÓN EN SIMÓN RODRÍGUEZ

          En su afán liberador, el Maestro Simón Rodríguez concebía la educación como el instrumento más idóneo y a la mano con el cual se aseguraría definitivamente la independencia conquistada por las armas de nuestra América, al mismo tiempo que los nuevos ciudadanos adquirirían las nociones básicas que les permitirían asumir la construcción -sin calco ni copia- de las nuevas repúblicas, estableciendo sistemas de convivencia y moralidad democrática inexistentes en Europa y Estados Unidos. Sus reflexiones en torno a la educación, lo llevaron a expresar que “adquirir luces sociales significa rectificar las ideas inculcadas o malformadas mediante el trato con la realidad, en una conjugación inseparable de pensar y de actuar, bajo el conocimiento de los principios de interdependencia y de generalización absoluta. Adquirir virtudes sociales significa moderar con el amor propio, en una conjugación inseparable de sentir y pensar, sobre el suelo moral de la máxima ` piensa en todos para que todos piensen en tí ´ que persiguen simultáneamente el beneficio de toda la sociedad y de cada individuo”. Con ello en mente, la nueva educación a impartirse en las bisoñas naciones independientes tendría como uno de sus objetivos centrales propiciar la emancipación cultural integral de sus habitantes -indiferentemente de su rango social y/o económico-, además de dotarlos de una instrucción que los hiciera útiles a la sociedad y a sí mismos, con lo cual tendrían la independencia personal para enfrentarse a cualquier pretensión de tiranía y de manipulación por parte del estamento gobernante.

 

            Así, en la concepción rodrigueana de la educación para nuestra América, resaltan tres grandes rasgos particulares, nutridas por las experiencias, preocupaciones y reflexiones del rebelde maestro: 1) la ruptura creadora del discurso colonial que reafirmaba una visión del mundo obsoleta y conformista, ajena al nuevo mundo por engendrar bajo los auspicios de la libertad, la justicia y la igualdad; 2) la necesaria formación política e ideológica de los nuevos ciudadanos, de modo que el simple hecho de nacer bajo un sistema republicano fuera complementado por una vocación conscientemente adquirida que les facilitara consolidar y ampliar los valores y los principios republicanos, resultando -en consecuencia- verdaderos ciudadanos, sin los prejuicios, vicios y conveniencias de los grupos gobernantes; y 3) la búsqueda inacabada de lo siempre original, traducida en su celebérrima frase “O inventamos o erramos”, extrapolada de sus vivencias en Estados Unidos y Europa donde mucho de lo moderno estaba cobijado por lo viejo, manteniendo un hilo entre el pasado y el presente, sobre todo, en lo que respecta a las condiciones sociales y económicas y su manera de concebir el poder, reservado a una elite. Son estas, digamos, las líneas maestras de la educación, según el impenitente Samuel Robinson que fue Simón Rodríguez. Difundirlas y hacerlas comprender por los nuevos usufructuarios del poder le llevó gran parte de sus años finales de vida, enfrentando los prejuicios coloniales de las clases dominantes, más interesadas en la apariencia y en incrementar sus arcas que en brindarle al pueblo la oportunidad de una vida digna y libre, convertido en sujeto social activo de las transformaciones que, en general, deben acompañar la realidad de una Patria democrática y soberana.

 

            Hoy se impone retomar en nuestra América ese apostolado incesante e irreverente iniciado por Simón Rodríguez, en un momento histórico común que -con pocas variantes- es similar al de hace doscientos años, cuando nuestros pueblos allanaban su propio camino y tenían sobre sus cabezas (como ahora) la amenaza imperialista de Estados Unidos. El mismo nos debe motivar a utilizar la educación como esa herramienta esencial y única que le dará la ocasión a nuestros pueblos de adentrarse en el ejercicio cotidiano de la participación democrática, de un modo más amplio y profundo. Como bien lo expresara, “en el sistema republicano, las costumbres que forman una educación social producen una autoridad pública, no una autoridad personal; una autoridad sostenida por la voluntad de todos, no una voluntad de uno solo, convertida en autoridad… La fuerza de la autoridad republicana es puramente moral”, contrapuesta a lo que ha sido habitual mediante el uso de las fuerzas represivas. En este punto radica la diferencia fundamental de la educación propuesta por Rodríguez: una educación para la libertad y la democracia, sin exclusiones, ni privilegios antisociales, una educación, en fin, que eleve el nivel intelectual, moral y político de todos.-           

 

 

LA LUCHA DE CLASES EN EL CONTEXTO LATINOAMERICANO ACTUAL

LA LUCHA DE CLASES EN EL CONTEXTO LATINOAMERICANO ACTUAL

            A la luz de los diversos acontecimientos históricos suscitados en nuestra América desde las últimas dos décadas del siglo XX, planteándose una toma de conciencia generalizada que da cuenta inmediata de un profundo anhelo de liberación que se hace colectivo en todas nuestras naciones y presagia cambios radicales aún por definirse y por concretarse; es pertinente afirmar que la lucha de clases -como parte intrínseca del materialismo histórico- adquiere unos rasgos y unas connotaciones que no fueron anticipados por sus grandes teóricos (salvo el episodio de José Carlos Mariátegui y, más tarde, del Che Guevara), víctimas del eurocentrismo que impregnó sobremanera a la intelectualidad de antes y de ahora, el cual reservara a los países periféricos de África, Asia y América el simple rol de proveedores de materias primas, sin incidencia aparente en el desarrollo histórico de la humanidad, al mismo tiempo que de su emancipación futura y definitiva. Hoy, somos partícipes y testigos de fenómenos históricos que apuntalan el deseo de espacios de autonomía comunal, de independencia política y de afirmación y reproducción cultural de los pueblos, en un largo y accidentado proceso de luchas que incluye guerrillas (de viejo y nuevo formato, como las protagonizadas por las FARC y el ELN en Colombia, por un aparte, y el EZLN al sur de México, por la otra), elecciones (recordemos a Salvador Allende en Chile) e intentos de golpes de Estado, fuera del fascismo clásico, como los escenificados en Venezuela el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992. Todos, dirigidos a causar un cambio sustancial en las relaciones de dominación y de producción que privilegie y reivindique a las clases populares en medio de la vorágine del capitalismo neoliberal y el despliegue del poderío militar del imperialismo gringo y la aplicación de su doctrina de guerra preventiva.

 

         No obstante, hay que acusar la ausencia política de los trabajadores, lo cual tiende a imponer un tipo de democracia sin contenido clasista, confundiendo la lucha anticapitalista con un simple mejoramiento de las condiciones laborales y dándole un “rostro humano” al capitalismo, algo que causa el desarme político y moral de las conciencias revolucionarias de las masas explotadas cuando debieran adentrarse en su comprensión para trascenderlo mediante el socialismo. En tal dirección, como lo expresa Cristina Camusso, “la propuesta de humanizar el capitalismo y el intento de avanzar al socialismo por medio de reformas, desemboca, como lo ha demostrado la historia, en fracaso y abriendo la compuerta a la derecha. Distante de la postura que reafirma la idea de que es posible alcanzar un nuevo nivel de vida de la población, desarrollo y crecimiento en el marco del capitalismo, es el proceso complejo y caótico de la transición, que implica el combate entre la permanencia de mecanismos capitalistas, con la perspectiva de la socialización de los medios de producción, la cultura y la política”. Bajo esta perspectiva, la lucha de clases adquiere un sentido más amplio y no solamente economicista, algo que le otorga una mayor trascendencia a la alternativa del socialismo, como lo demuestra el auge de masas heterogéneo que tiene por escenario a nuestra América donde movimientos indígenas, campesinos, urbanos, ecologistas, feministas, culturales y estudiantiles, entre otros, se han encargado de remozar y de mantener viva su llama.

 

         Aún así, la lucha de clases provoca escozor y temor entre no pocos. Algunos, porque comprenden que ello atenta contra el sistema de dominación que -desde siempre- les ha favorecido pródigamente. Otros, por simple reflejo condicionado, obedeciendo a la ideología de ese mismo sistema, avalando los valores que lo sostienen. Lo que se requiere, entonces, es llevar la lucha de clases al plano ideológico y cultural, lo cual ha de conducir a una transformación de las conciencias (incluyendo lo espiritual) que haga posible -en algún momento- el surgimiento de nuevos actores sociales y políticos revolucionarios que, combinando sus acciones en pie de igualdad, le disputen la hegemonía a quienes usufructúan el poder, ocasionando, en consecuencia, una sacudida a la pirámide social. De este modo, la lucha de clases definirá los alcances, dimensiones y repercusiones del socialismo, más profundamente de lo que pudo pensarse en el pasado.- 

 

12 DE OCTUBRE, ¿DÍA DE LA RESISTENCIA INDÍGENA?

12 DE OCTUBRE, ¿DÍA DE LA RESISTENCIA INDÍGENA?

            Convertido por “obra y gracia” del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías, en Día de la Resistencia Indígena, el 12 de octubre parte de un equívoco que pocos se han atrevido a refutar, aún a sabiendas que ese día de 1492 no se produjo -al menos, así lo registra la historia legada, precisamente, por los primeros “visitantes” europeos que arribaron a estas tierras hasta entonces desconocidas para ellos, no así para sus pobladores originarios- un enfrentamiento de civilizaciones o, en el caso que nos motiva, una resistencia indígena a la llegada de Cristóbal Colón y su avanzada mercantilista y conquistadora a la isla caribeña de Guanahaní.

 

         Inicialmente se puede creer que este primer encuentro entre los pobladores de la vieja Europa y los pobladores de Abya Yala, nuestra América, produjo un asombro mutuo ante gentes de habla, fisonomía y costumbres diametralmente diferentes. Aunque esto pase desapercibido para algunas personas de buena fe que desean reivindicar románticamente la existencia, la dignidad y las culturas de los pueblos precolombinos y de aquellos que han sobrevivido a la vorágine capitalista, pasada y presente; es necesario puntualizar que la resistencia indígena ante la invasión y el saqueo de los primeros europeos no pudo producirse en tal fecha, sino posteriormente, siendo el primer combate contra la guarnición dejada por el Almirante en la isla de Guanahaní, como lo señaló alguna vez el historiador venezolano Wladimir Acosta, sin que ello minimice la intención de revisar, en su verdadero contexto, lo ocurrido en este continente a partir de ese momento.

 

         Por lo tanto, no podemos caer en el simplismo que a veces marcan las fechas, sin profundizar realmente en la compresión y análisis desprejuiciados de los acontecimientos históricos desarrollados en ellas y creyendo en una linealidad que nos induce a creer en la fatalidad inexorable del destino. Ocurriría entonces que, vengadores de nuestros ancestros aborígenes, pretendamos ignorar y deslegitimar la herencia común de la cual hacemos gala cotidianamente y que tiene su origen en la vieja Europa: idioma, religión, leyes, nombres y apellidos, estructuras de poder, economía y política, entre otros ingredientes o rasgos de la civilización Europa que nos distancia, pese al sentimiento que nos embargue, de nuestros congéneres indígenas, manteniendo viva una polémica histórica y hasta racista que no nos ayuda a explicarnos como continente. Esto ha hecho de Colón una figura odiada en muchos casos y, en otras, justificada, quizás ateniéndose a su error al juzgar que había llegado a las tierras y riquezas descritas por Marco Polo. Sin embargo, no hay que desconocer lo que describe Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, su libro más emblemático: “Tres años después del descubrimiento, Cristóbal Colón dirigió en persona la campaña militar contra los indios de la Dominicana. Un puñado de caballeros, doscientos infantes y unos cuantos perros especialmente adiestrados para el ataque diezmaron a los indios. Más de quinientos, enviados a España, fueron vendidos como esclavos en Sevilla y murieron miserablemente. Pero algunos teólogos protestaron y la esclavización de los indios fue formalmente prohibida al nacer el siglo XVI. En realidad, no fue prohibida sino bendita: antes de cada entrada militar, los capitanes de conquista debían leer a los indios, ante escribano público, un extenso y retórico Requerimiento que los exhortaba a convertirse a la santa fe católica”. Ante su negativa, se le autorizaba al invasor a hacerles todo tipo de “males y daños que pudiere”.

 

         De este modo, la Corona española le dio potestad a los conquistadores, mediante Real Cédula emitida el 23 de agosto de 1503, para esclavizar a los indígenas caribes bajo el pretexto de ser caníbales. Cosa semejante ocurre con el acto dictado por el Juez de Vara y Justicia Mayor de la isla La Española, del 5 de noviembre de 1510, que declara a la provincia de Uriapari (la Guayana) región de caribes, autorizando a sus huestes a cazarlos y venderlos como esclavos. Bastaba entonces acusar a cualquier indígena rebelde de ser caribe para aplicarle esta norma y, en caso de persistir en su rebeldía, matarlo impunemente, dado que no era considerado persona al carecer de alma, según lo dictaminara la arrogancia católica europea, cosa que posteriormente fuera enmendada. A partir de esta realidad salvaje es cuando podemos hablar propiamente de resistencia indígena al afán depredador del incipiente capitalismo europeo en nuestra América, Abya Yala, y no como se ha querido ver en el momento que tropiezan las tres naos capitaneadas por Colón con estas tierras ya descubiertas por sus habitantes originarios.-