Blogia
Homar_mandinga

NUESTRA AMÉRICA

NUESTRA AMÉRICA: REVOLUCIÓN DESDE EL SUBSUELO DE LA HISTORIA

NUESTRA AMÉRICA: REVOLUCIÓN DESDE EL SUBSUELO DE LA HISTORIA

      

Hija del buen salvaje, esposa del buen revolucionario y madre predestinada de la nueva humanidad, nuestra América vive en el presente siglo uno de los momentos más estelares de su historia común al irse concatenando acontecimientos que, al originarse, parecieron marchar de forma aislada, pero que -a medida que pasa el tiempo y se van extendiendo- han venido a conformar un vasto proyecto de liberación continental, aún por definirse y concretarse. Esto ha supuesto -con escasas variaciones en cada país- una rebelión popular generalizada que inquieta y atemoriza, no sólo a los grupos oligárquicos nacionales, sino también (y muy especialmente) al sempiterno imperialismo yanqui, puesto que ello significa el fin de su dominio secular y de la dependencia neocolonial de nuestras naciones subdesarrolladas, aunque es de reconocerse que esto mismo no se ha traducido en un antiimperialismo firme, militante y contundente, tanto de parte de los gobiernos de tendencia progresista y/o izquierdista como de los mismos pueblos que ahora se levantan, no obstante la retórica revolucionaria utilizada.

            Asimismo, todas estas experiencias de cambios enfrentan el mismo dilema representado por la legalidad del orden establecido, siendo un factor determinante la movilización espontánea de las masas, como ocurriera en Argentina, Ecuador, Bolivia y Venezuela, donde éstas decidieron sin armas la suerte de algunos gobiernos, incluyendo al gobierno de facto instaurado en 2002 en el caso venezolano. Todos estos hechos -desde las rebeliones populares producidas en plena efervescencia de la onda neoliberal capitalista que arropara a la totalidad de nuestra América (a excepción de Cuba), producto de la carga de la deuda externa y de la complicidad cipaya de los gobiernos latinoamericanos de turno, hasta las insurgencias armadas de civiles y militares en Venezuela, en 1992, y de los indígenas y campesinos del Ejército Zapatista de liberación Nacional (EZLN) en Chiapas, México, el 1º de enero de 1994- representan una situación histórica que podría influir significativamente en el resto de la humanidad, haciendo factible, al mismo tiempo, fundar un nuevo tipo de sociedad bajo el socialismo, inédita en muchos aspectos y capaz de trascender los moldes del llamado socialismo real que rigiera a la URSS y demás naciones del Este europeo, cuestión que reivindica aún más la vigencia de la teoría revolucionaria que ayudaran a articular Marx, Engels, Lenin, el Che Guevara y muchos otros revolucionarios, sin excluir a los libertarios como Proudhom, Bakunin y Malatesta.

            Así, lejos de ser el escenario del fin de la historia proclamado bajo la “era” reaganiana, a nuestra América le ha correspondido el privilegio, digámoslo así, de abrir el telón para que el socialismo tenga su mejor expresión creadora, en momentos en los cuales las secuelas de una crisis global del capitalismo mantiene en ascuas a las grandes potencias del mundo, buscando en conjunto una solución inmediata que minimice y supere los embates de la misma, pidiendo socializar las pérdidas ocasionadas por la ambición irresponsable y sin límites de una minoría.

            En conjunto, esta revolución desde el subsuelo de la historia latinoamericana y caribeña  nos otorga la oportunidad de contribuir efectivamente a la autodeterminación de los pueblos, a lograr un mundo multipolar sin hegemonías imperialistas y neocolonialistas, lo mismo que un mejor sistema de integración a todos los niveles, no únicamente económico, capaz de romper las ataduras que le impiden a nuestra América equipararse con los países del “Primer Mundo”, pero todo ello manteniendo una cosmovisión completamente diferente, extraída de nuestras raíces históricas, y preparada para abrir los espacios autónomos, participativos y protagónicos que ocuparán los sectores sociales hasta ahora excluidos.

            Aunque tal revolución no se desarrolla bajo los mismos parámetros, teniendo que sortear los múltiples obstáculos y ataques de los grupos reaccionarios internos y externos y, muchas veces, la escasez de criterios y formulaciones teóricas que ayuden a darle un mejor puntal ideológico y práctico al socialismo que se anuncia (lo que incide en el comportamiento reformista de muchos gobernantes y dirigentes de partidos políticos), es evidente que ella marcha de manera inexorable e irreversible. Quizás resulte muy temprano el vaticinio, pero la historia de luchas populares reprimidas en el pasado a sangre y fuego, le imprime el aliento suficiente para que no desmaye en su marcha.-           

FRANCISCO DE MIRANDA, UN QUIJOTE SIN LOCURA

FRANCISCO DE MIRANDA, UN QUIJOTE SIN LOCURA

A Francisco de Miranda se le reconoce  el mérito de haber participado -armas en mano- en las tres grandes convulsiones revolucionarias ocurridas entre finales del siglo XVIII e inicios del XIX, a saber, la independencia de las Trece Colonias inglesas que dieron origen a Estados Unidos, la Revolución Francesa y la gesta independentista de la América del Sur. Sin embargo, esta particularidad heroica no es suficiente para que se conozca en profundidad su pensamiento político y su resolución inquebrantable de luchar por la libertad, impregnados de un espíritu republicano y de una cultura universal sin iguales, lo cual le mereciera el reconocimiento -entre burlón y sincero- de Napoleón Bonaparte al decir de él que era “un Quijote que no está loco”. Semejante desconocimiento apenas se resarce al atribuirle la condición honrosa de Precursor de la Independencia sudamericana y la creación del estandarte tricolor que identifica a Venezuela como nación soberana, cuestión que no contribuye mucho para comprender quien fue Francisco de Miranda, la dimensión de su obra y pensamiento y, en especial, el contexto contradictorio de la época que le tocó en suerte vivir y padecer.           

Su proyecto emancipador, por ejemplo, producto de años de lecturas de filósofos de la Ilustración, de sus observaciones personales, hechas en cada uno de sus viajes (seguido de cerca por la red de espionaje de la corona española, considerándolo un hombre peligroso en extremo para sus intereses de ultramar); además de las contactos directos y epistolares con algunos de los personajes de importancia de entonces, no es conocido en su justa dimensión, a pesar de abarcar la totalidad geográfica del imperio español en suelo americano. En lugar de ello, se ha impuesto el anecdotario de sus múltiples aventuras amorosas y su vinculación (puesta en duda) con la francmasonería, aparte de la designación un tanto afortunada de nuestra América como Colombia, antorcha que recogiera posteriormente Simón Bolívar al plantearse el proyecto de integración de las antiguas colonias españolas. Quizás en todo ello influyera el hecho de haber sido execrado, junto con su familia, de la excluyente sociedad de castas imperante en su Caracas natal y los cuarenta años de ausencia física a que se vio obligado debido, principalmente, a sus convicciones revolucionarias, cuestiones que pesarán mucho a la hora de iniciar el camino de la independencia venezolana y su defensa mediante las armas. En este sentido, Miranda ha sido víctima de cierta incomprensión histórica, cosa  que todavía se mantiene latente. Como lo refiere Carmen Bohórquez Morán, en su obra Francisco de Miranda, Precursor de las Independencias de la América Latina: “El drama de un precursor es el de ser un incomprendido: sus contemporáneos no entienden su mensaje. En cuanto a sus lejanos descendientes, estos terminan por olvidar al hombre cuyas ideas forman ya parte del patrimonio común”. Como Juan, el Bautista, eclipsado por el mensaje y la personalidad de Jesús, el Mesías, Miranda lo será en su momento por Bolívar, resultando que al primero se le cuentan sus fracasos mientras que al segundo sus victorias y, aún, sus sueños, heredados fundamentalmente del Precursor.

            Aún cuando se magnifique su figura como el primer criollo de dimensión histórica mundial, la valoración de su contribución al proceso de constitución de una identidad americana propiamente dicha ha sido soslayada en algunos casos. Siendo un ferviente y activo promotor de la unidad hispanoamericana, inspiró a no pocos prohombres del Continente a dar los pasos decisivos para producir la ruptura con el yugo ibérico. Para él, la emancipación de la América subyugada debía asumirse como una empresa común, sin los fraccionamientos regionalistas originados e impuestos por la administración colonial. Al  plantearse que Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos ayudaran con esta magna tarea lo hace sólo a cambio de algunas ventajas comerciales, pero nunca a cambio de un tutelaje imperial más moderno que el impuesto a la fuerza por los españoles. Por ello se ocupó por años a la elaboración de esbozos constitucionales para la extensa república continental que ya proyectaba, al igual que las estrategias militares que se implementarían en caso de agresión. Puede aseverarse que nadie antes que Miranda reconoció la necesidad de la independencia absoluta de estas tierras, sin localismos y con plena conciencia del motivo que asumió y marcó su existencia. Es el primero cuyo fundamento político está íntimamente relacionado con una identidad integracionista a nivel continental. Su vida y su plan general están inscritos en ello de un modo persistente, lo cual explica su participación en la Francia revolucionaria, antes del golpe de Estado de Napoleón, convencido de que allí hallaría la ayuda requerida, al igual que lo supuso de parte de la Zarina Catalina de Rusia y del Primer Ministro inglés Pitt.

        

            Para este Quijote sin locura, la independencia y la integración americana era una exigencia histórica a la cual debían sumarse entusiastas todos los americanos. Por ello su legado es interesante conocerlo de manera cabal, sobre todo en el presente cuando se asoman en el horizonte de nuestra América algunas realidades indefectiblemente ligados a su obra y esfuerzos libertadores.-  

EN NUESTRA AMÉRICA, LA LUCHA ES UNA SOLA

EN NUESTRA AMÉRICA, LA LUCHA ES UNA SOLA

 Sólo una práctica revolucionaria determina una conducta revolucionaria y ésta se deriva, básicamente, de los valores y de los conocimientos que delinean una conciencia social distinta a aquella que es aceptada tradicionalmente como normal en la sociedad, pero que responde a unos patrones de dominación imperceptibles. Nada diferente a ello podrá dar cuenta de la condición revolucionaria que exhiba alguna gente, aún la mejor intencionada,  creyendo que es suficiente afirmarlo, adoptando incluso cierta simbología, sin tocar fondo. Si no existe esta convicción, acrisolada en la lucha diaria por lograr una emancipación superior al logro de algunas conquistas parciales, será difícil que haya algo cercano a la revolución.

Esta es, justamente, la realidad que ha arropado y caracterizado comúnmente la historia latinoamericana y caribeña desde las gestas independentistas, signada principalmente por el reformismo, aunque algunos hechos acaben revestidos de revolución (sin serlo) gracias a los historiadores, manteniéndose las mismas estructuras de dominación y de dependencia coloniales, ahora con ribetes nuevos. Todo esto ha representado un flujo y reflujo en las luchas sostenidas por los pueblos de nuestra América por una democracia más real y menos discursiva, con sus momentos estelares y sus momentos de agonía, pero de modo decidido y tenaz, a tal grado que las mismas capas dominantes de la sociedad tienen que ceder para conservar sus privilegios mientras logran la reconquista del poder, mimetizando las victorias populares. Tal realidad ocurre, en parte, por la misma tradición histórica de las luchas populares de nuestra América al depender demasiado de líderes carismáticos, sin alcanzar un grado óptimo de organización y menos de madurez política e ideológica, con los cuales crear una situación revolucionaria única, autogestionaria y de auténtico contenido popular. En la actualidad, se ha extendido por todo el Continente una corriente común de luchas sociales, germinada a través del tiempo, que presagia un cambio radical en los órdenes político, económico y social, con masas movilizadas en demanda de sus más sentidas reivindicaciones, pero con los elementos adicionales del antiimperialismo, la antiglobalización y la defensa de los recursos naturales de cada nación, evidenciando con ello una postura diferente a la observada en décadas pasadas.

Frente a tal corriente, el imperialismo yanqui y sus asociados latinoamericanos se hallan desarmados. Ya no pueden recurrir a las mismas fórmulas represivas, intervencionistas y golpistas del pasado de manera descarada e impune, sin levantar un revuelo mundial contraproducente. Quizás la experiencia más resaltante en este sentido sea la de Venezuela, donde se han estrellado las distintas variaciones desestabilizadoras del intervencionismo gringo frente a la voluntad soberana de todo un pueblo, cosa que angustia y desespera a la clase gobernante neoconservadora de Estados Unidos, ya que intuyen su declive hegemónico, de persistir el “mal ejemplo” de los venezolanos. Por eso reviven los viejos recursos mediáticos propagandísticos, inoculándole el miedo al comunismo a los sectores conservadores de la misma forma como se hiciera durante la Guerra Fría, explotando a su favor el “fracaso soviético” y escondiendo la verdad de los hechos. Ahora más cuando se dan cuenta que el fenómeno tiende a masificarse, a internacionalizarse y a diversificarse, sin tener que depender exclusivamente de sus dirigentes actuales, planteándose entonces mayores avances. De ahí que no descarten el fascismo como instrumento extremo para impedir ese auge prerrevolucionario que se palpa indeclinable en cada una de las naciones de nuestra América, comenzando por Venezuela, tal como se quiso con el golpe de Estado de 2002, en especial por los estrechos vínculos existentes con Cuba, una dupla incómoda para Washington.

Sin embargo, a pesar de los rasgos comunes que caracterizan las luchas populares latinoamericanas, cada una responde a la especificidad e idiosincrasia de sus países. Esto ha permitido -gracias a los encuentros internacionales celebrados desde hace algún tiempo- un enriquecimiento de sus posiciones particulares, llegándose a entender que la lucha es una sola y tiene un enemigo de clase común: el capitalismo. La comprensión de ello revivió la propuesta socialista, desmintiendo de esta manera la proclamada victoria del liberalismo y el fin de la historia, dándole en nuestro hemisferio una connotación diferente o aparentemente novedosa, más cercana a los contextos de nuestros pueblos y a las ideas expuestas por Simón Rodríguez, Mariátegui y el Che Guevara. De todos modos, esto no significa que el socialismo que se está enarbolando en este siglo XXI tenga una definición única y exacta, siendo  ésta -quizás- su mejor fortaleza, entendiéndolo sin dogmatismo alguno como lo hicieran en su momento Carlos Marx y todos los luchadores socialistas auténticos del mundo. Todavía falta un largo trecho por andar para que haya conclusiones más acertadas al respecto. Lo trascendente es que vivimos una era de grandes transformaciones donde los pueblos son los protagonistas, como siempre se quiso a través de toda la historia.-                

EL IMPENITENTE FABRICANTE DE VELAS, ANUNCIADOR DE UTOPÍAS

EL IMPENITENTE FABRICANTE DE VELAS, ANUNCIADOR DE UTOPÍAS  

            Inabarcable en su proyección de redención social, inagotable en su devenir andariego, insoportable a la tradición castradora, interesante al afán civilizatorio y libertario, insobornable frente a la mediocridad de las castas ufanas de privilegios e instituciones antisociales e iconoclasta ante la verdad metafísica que niega el imperio de la razón; Simón Rodríguez, el impenitente de nuestra historia Latinoamérica, intransigente e irreductible en sus convicciones propias, es la influencia más cercana a nuestros pueblos irredentos en su secular anhelo por disfrutar de un orden republicano menos restringido y más abierto a todos. No es menos casual, por tanto, que aún represente la vigencia de un pensamiento por consolidar, el cual le permita a nuestra América transitar un camino propio, con una identidad propia extraída de sus raíces ancestrales, y proyectada al futuro como un crisol de justicia y emancipación en el cual puedan reflejarse todos los pueblos de La Tierra.

             De tal pensamiento, podríamos extraer tres grandes rasgos singulares, alimentados por las vivencias, las observaciones y las preocupaciones que el inefable Simón Rodríguez, trocado en Samuel Robinson, supo darle a lo largo de toda su vida de andariego caballero de la educación republicana: 1) la ruptura creadora del discurso colonial tradicionalmente aceptado en nuestras repúblicas acabadas de nacer; 29 la imposición de la búsqueda de lo original (“O inventamos o erramos”); y 3) la formación político-ideológica del ciudadano republicano. Sobre estas bases fundamentales descansa la prédica robinsoniana de construir la América antes española, sin imitar servilmente a la vieja Europa o a Estados Unidos. En síntesis, toda la obra y el accionar sin pausa de Simón Rodríguez apunta a crear las condiciones necesarias y urgentes para que nuestra América irrumpiera con una conciencia republicana y libre, inédita en sus formas y prácticas, pero no por ello imposible de lograr, de manera que a la par de la independencia política, primero, y la independencia económica, después, se plasmara también una independencia del pensamiento americano, vivo y múltiple, que caracterizara el momento histórico de entonces y de ahora.

            Como lo resalta Juan Calzadilla Arreaza, Simón Rodríguez “considera que el sujeto humano –no sólo sujeto psicológico y jurídico sino sujeto de la acción social en general- se conforma y se constituye política e históricamente”. Sin duda, subversivo, ya que se asienta en la convicción de disponer de herramientas nuevas que modifiquen radicalmente el tipo de conciencia que heredaron los individuos del antiguo régimen de dominación, de forma que el nuevo edificio social tenga como bases firmes los valores inherentes a la libertad y a la democracia, sin que ello signifique inmovilidad alguna sino constante movimiento creativo. Con ello, el irreverente Samuel Robinson buscó romper los paradigmas imperantes, haciendo posible una subjetividad nueva que reemplace por completo la alienación en que se mantienen algunos individuos, sin que puedan explicarse racionalmente las causas y las condiciones que hacen de ellos unos seres humanos dominados, a pesar de la aparente libertad en que viven y mueren.-   

           

BOLÍVAR, MARX Y LOS MARXISTAS LATINOAMERICANOS

BOLÍVAR, MARX Y LOS MARXISTAS LATINOAMERICANOS

Al escribir Carlos Marx su polémico ensayo biográfico sobre Simón Bolívar para la New American Cyclopaedia, aparecida en 1858, volcó una visión que contradice todo lo que se conoce del Libertador, sus campañas militares y sus verdaderos propósitos políticos, una vez que se lograse la completa emancipación del territorio americano respecto al decadente imperio español. Un mes después de publicada esta enciclopedia, Marx le confesaría a su camarada Federico Engels que “en lo que toca al estilo prejuiciado, ciertamente me he salido algo del tono enciclopédico, pero hubiera sido pasarse de la raya querer presentar como Napoleón I al canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque” (dictador haitiano que cometió desmanes en contra de su propio pueblo). Según tal apreciación, Bolívar resultaría ser un dictadorzuelo oportunista y demagogo que tuvo algunos golpes de suerte en medio del escenario de ignorancias, miseria y rivalidades durante la guerra independentista que lo erigieron en lo que conocemos de él hoy en día. Tanto así que Marx llega a calificarlo de “Napoleón de las retiradas” y recuerda el capítulo oscuro de la detención del Generalísimo Francisco de Miranda por parte del Libertador y otros oficiales patriotas, lo que hizo del Precursor un prisionero de por vida en manos de España. 

Semejantes comentarios representaron un trago amargo y difícil de explicar para los marxistas latinoamericanos y, peor todavía, para los marxistas venezolanos. Según lo reseña Inés Quintero en su ensayo “Bolívar de izquierda. Bolívar de derecha”, esto “les dificultaba apropiarse limpiamente de un personaje sobre el cual su principal ideólogo había hecho juicios tan severos y contundentes, enajenándoles cualquier posibilidad de incorporarlo al panteón de verdaderos revolucionarios. Incluso, para complicar aún más el asunto, había algunos latinoamericanos marxistas que secundaban fielmente las opiniones de Marx”. Quienes reivindicaban a Bolívar, argumentaron que el camarada Marx simplemente se había equivocado, sobre todo, al confiar en lo escrito por enemigos declarados del Libertador, como el alemán Ducoudray Holstein, quien escribiera en 1829 un libro sobre su participación en la gesta independentista. 

Gilberto Viera, Secretario General del Partido Comunista de Colombia, a finales de los años 30 del siglo pasado, publicó un tratado en el cual ubicó a Simón Bolívar en su condición de revolucionario al llevar adelante la Independencia y destruir los cimientos coloniales en nuestra América. En igual dirección se pronunciaría Carlos Irazábal con su obra “Hacia la democracia”, el primer análisis marxista de la historia venezolana, resaltando el apego bolivariano por la democracia sin eludir su propuesta de disponer de un Poder Ejecutivo fuerte, centralista y vitalicio, dadas las circunstancias difíciles que rodearon el nacimiento de las nuevas repúblicas. En esa onda reivindicadora se anotaron el cubano Julio Antonio Mella, en 1923, y el peruano José Carlos Mariátegui. Otro tanto haría la guerrilla venezolana de las décadas de los 60 y de los 70 al plantearse, con Douglas Bravo y Pedro Duno, la tesis de un marxismo-leninismo-bolivarianismo, con lo que Bolívar pasaba a tutelar la lucha por la liberación nacional y el socialismo en Venezuela, lo que, posteriormente, serviría de base para las insurgencias cívico-militares de 1992. Asimismo, Francisco Pividal, autor de “Bolívar: Pensamiento precursor del antiimperialismo”, determina con Bolívar el inicio de la lucha latinoamericana y caribeña contra el imperialismo yanqui. 

Con todos estos esfuerzos valorativos de la personalidad y legado bolivarianos quedaba superado el equívoco ensayístico de Carlos Marx. Aunque éste se dejara llevar por su animadversión hacia El Libertador, producto de su radicalismo revolucionario respecto a la lucha de clases, viendo en Bolívar a un aristócrata ávido de fama y de poder, lo cierto es que esto no disminuye su estatura intelectual a favor de la humanidad oprimida. No obstante el criterio sesgado de Marx es indudable que Simón Bolívar simboliza –en la opinión y el sentimiento integracionista de una inmensa legión de luchadores revolucionarios, incluidos, por supuesto, los marxistas, que lo rescataran de las garras de la derecha conservadora- la manifestación más relevante de las luchas populares continentales, con sus errores y sus aciertos, tomando en cuenta, fundamentalmente, la creatividad con que supo enfrentar su circunstancia histórica, cuestión que Carlos Marx, a pesar de su sapiencia, no supo asimilar en su momento.-

VISIÓN Y ÉTICA REPUBLICANA DE SIMÓN BOLÍVAR

VISIÓN Y ÉTICA REPUBLICANA DE SIMÓN BOLÍVAR

          En Simón Bolívar, El Libertador de medio continente americano, el factor ético de la lucha revolucionaria por la Independencia de nuestros pueblos se expresa en la intransigencia patriótica, la condena al despotismo colonial, el odio a quienes oprimen a la nación americana, la valentía política y la honradez a toda prueba; lo que servirá de estímulo para que exista y perdure, además, una conciencia nacional sólida. Esta posición ética se ha de asumir en la lucha por la liberación nacional, en especial, en lo relativo al sacrificio personal, la satisfacción por el deber cumplido (aunque no sea reconocido), el anteponer a los intereses particulares los intereses del pueblo y trabajar activamente cada día por consolidar la democracia y la independencia nacional.        

En todo ello juega un papel trascendental la educación, una educación dirigida a la emancipación de los ciudadanos y a su formación como republicanos honestos, responsables y productivos; ciudadanos que pudieren acometer la importante tarea de construir una sociedad republicana y democrática, sirviendo de modelo al resto de las naciones. Por eso, llega a asegurar que “la educación e instrucción pública son el principio más seguro de la felicidad general y la más sólida base de la libertad de los pueblos”. Ello es requisito insoslayable para que las virtudes republicanas dominen todos los aspectos de la vida en sociedad, permitiendo que cada persona sea capaz de ejercer el gobierno de la República o, al menos, saber escoger a los mejores para dicha función, sin ser víctima de la demagogia acostumbrada. Esto haría que todos los ciudadanos participaran, en pie de igualdad, en el desarrollo de las instituciones democráticas, de modo que las leyes fueran accesorias.        

Sin embargo, Bolívar era consciente de la necesidad de la disciplina revolucionaria a fin de evitar las desviaciones del proceso emancipador. “Es preciso –afirmaría en uno de sus escritos- el último rigor con los malvados, sean godos o sean patriotas, porque la república tanto gana con la destrucción de un buen realista como de un mal ciudadano. El crimen en todos los partidos es igualmente odioso y condenable: hagamos triunfar la justicia y triunfará la libertad”. A estos efectos, impuso la condena a muerte, de modo sumario, de todos aquellos funcionarios de gobierno que, abusando de la confianza general depositada en ellos, se roban los dineros públicos; igual pena sufrirían los jueces que, conociendo las denuncias en contra de aquellos, no las procesaran y, en consecuencia, no castigaban a los culpables de dichos delitos.        

En el campo político, El Libertador se encamina hacia la autonomía, en lo jurídico hacia la unidad latinoamericana, en lo económico hacia la justicia agraria y en lo social hacia la igualdad. Para Bolívar, la liberación de nuestra América no es un fenómeno político aislado, es justicia económica, autonomía política, unidad latinoamericana, libertad de espíritu, igualdad social, perfección ética, y progreso cultural y educativo. Todo ello en constante construcción hasta dar nacimiento a sucesivas generaciones de líderes republicanos que se encargarían de enrumbar debidamente a las nuevas naciones americanas, generaciones capaces de inmolarse por defender a su Patria de las acechanzas de cualquier poder extranjero. En esto, salvando las distancias y el contexto en que cada uno vivió, Bolívar se adelanta a la propuesta del hombre nuevo que formulara el Che Guevara y que coincide plenamente con la que elabora, a su vez, su Maestro Simón Rodríguez, el inquieto e irreverente Samuel Robinson.        

Consciente de la trascendental empresa de producir una revolución original, sin ser copia burda de otras en el pasado, Bolívar es un convencido de que ello será realidad si se atiende a la formación de los nuevos republicanos, despojándolos de las viejas costumbres heredadas del pasado colonial, cuestión que debe acompañarse de una ética y de una moral plenamente blindadas para que nunca sucumban a las tentaciones generadas en torno al ejercicio del poder, desde los niveles más humildes hasta los más encumbrados.-       

EL RENACIMIENTO DE LA UTOPÍA

EL RENACIMIENTO DE LA UTOPÍA

           Para algunas personas, el siglo XXI, lejos de presentarse como la época de las realizaciones utopistas previstas en algunos libros, ensayos y películas de anticipación que auguraban paz, realización personal y bienestar material para todo el mundo, ha devenido en una época de guerras imperialistas, insurrecciones populares, conquistas neocolonialistas y resistencia de toda índole que pareciera, más bien, ser el preludio de una hecatombe mucho mayor de las que hubo en el pasado.
           
Todo este sombrío panorama, sin embargo, no ha impedido que se produzca un despertar globalizado de la conciencia de mucha gente en todo el orbe, animándola a emprender una lucha, heterogénea y un tanto desigual, pero urgente, contra los grandes centros de poder mundial porque en ella está implícito el futuro de la humanidad misma. Este despertar preocupa enormemente a estos grandes centros de poder mundial y les obliga a trazarse estrategias que resguarden sus intereses, incluyendo la opción militar, tal como fuera puesta en práctica en Afganistán, Irak o Haití.
           
En el caso del hemisferio latinoamericano, esta lucha heterogénea se manifiesta contraria al imperialista yanqui, según lo define James Petras, “por los efectos que este tiene sobre nuestra vida aquí, nuestro empleo, nuestra salud, nuestra educación y directamente vinculado con las exportaciones de capital y las subvenciones militares que hace el gobierno y esta forma de desarrollo, buscando una combinación de grandes movilizaciones con las luchas de los precarios, los desocupados y los maltratados en los hospitales”. Para el Presidente Hugo Chávez, “este siglo es el de la verdad para nosotros, en este siglo tendremos patria y la patria es la América Latino-caribeña; nuestra América. Es tiempo de pensar y de hacer, la batalla es hoy y no mañana, no perdamos tiempo, aprovechemos el tiempo. Nosotros estamos llamados a inventarla, a crearla libre, a liberarla definitivamente para bien de nuestros pueblos”. Bajo estas premisas, numerosos grupos y movimientos de todas las categorías se han dado a la tarea de emprender un debate de altura en torno a cuáles son las perspectivas reales que tienen nuestros pueblos para deslastrarse del proceso de dominación neocolonialista incluido en la globalización capitalista.
           
Todo esto entraña enfrentar al imperialismo yanqui, punta de lanza visible de ese proceso de dominación neocolonialista que tiene su epicentro en la imposición del modelo capitalista neoliberal, desde una óptica totalmente novedosa, sin acudir a los viejos clichés de la izquierda tradicional que, si bien es cierto, integran un aporte importante, no son determinantes a la hora de confrontar el momento crucial; lo que nos lleva a plantear su superación, algo que nos entronca con aquella exigencia de “inventamos o erramos” del Maestro Simón Rodríguez. Esto nos impele a comprender, por ejemplo, que la desigualdad en todo nuestro Continente aborda dimensiones sociales, políticas, históricas, culturales y éticas, que van más allá del enfoque tradicional y entender que esta desigualdad se originó en el largo plazo a través de identidades y categorías tales como raza, género, región y clase. Los que nos plantea una revisión exhaustiva de lo que ha sido la historia de las luchas populares en toda América Latina y nos conduce a echar mano a la utopía como una manera de reinventar la realidad en que nos desenvolvemos cotidianamente y que es necesario transformar, si se quiere acceder a un estadio superior de organización. Es así que la posibilidad de la utopía, como nunca antes en la historia, se muestra tan cercana y conlleva a asumir un reto de imaginación y sustitución de valores, tanto en la forma de pensar como de actuar de nuestros pueblos, lo que supondrá su emancipación definitiva.
            Nuestra América siempre ha sido destinada desde hace siglos a ser escenario del cumplimiento de la Utopía imaginada por Tomás Moro, pero también de aquella que, enraizada en la idiosincrasia latinoamericana, busca establecer las bases de una sociedad verdaderamente democrática, en la cual tenga nacimiento ese hombre nuevo del que hablara el Che Guevara, capaz de asumir a plenitud y con toda conciencia la construcción de un mundo en el cual impere efectivamente la justicia, la libertad y la igualdad. Esa Utopía imaginada es la que está naciendo actualmente en las conciencias de muchos de nuestros pueblos, protagonistas postergados de un sueño interrumpido por las apetencias de poder de minorías apátridas, entregadas a satisfacer los intereses transnacionales, especialmente de Washington. Afortunadamente, esa misma Utopía, enriquecida con las luchas emprendidas casi simultáneamente por los pueblos de nuestra América, rememorando hasta cierto punto lo hecho durante la gesta continental independentista, es la que hoy en día le da una identidad propia al destino americano. Por primera vez en mucho tiempo, se ha desatado entre nuestros pueblos una pasión por ser protagonistas de un cambio realmente democrático y soberano. Esto, indudablemente, implica una confrontación con las diferentes cúpulas que rigieron durante tanto tiempo tales países, lo que redundará en situaciones novedosas en todas las estructuras que los componen.
           
Sin embargo, hay que acotar que este renacimiento utópico requiere de una mayor compenetración con lo que es la historia común de nuestros pueblos; de ahí que se requiera de una producción intelectual e ideológica que la reafirme y sustente. En esta orientación existen algunos ensayos, dados a conocer en encuentros internacionales; por ejemplo, en Venezuela y Brasil. Cada uno según la óptica particular de sus países de origen. Esto, lejos de ser un impedimento, contribuye a elevar la comprensión de lo que hemos sido, somos y queremos ser. Todo, visto de una manera global, entendiendo que la Utopía americana, tal como lo advirtieron nuestros Libertadores, sólo se hará factible a medida que logremos la integración no sólo política, sino también cultural, política, jurídica, militar y social.-    
              
           
               

EL SOCIALISMO SEGÚN EL CHE GUEVARA

EL SOCIALISMO SEGÚN EL CHE GUEVARA

“Yo no soy un libertador, los libertadores no existen. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos”. Ernesto Che Guevara.

 

            Icono de la revolución mundial y hombre de acción y de palabra, el Che Guevara conjugó en sí mismo las cualidades éticas y morales que debe resaltar en todo revolucionario verdadero, siempre en función de la emancipación integral de la humanidad oprimida. Esto lo impulsó, en todo momento, a no contentarse con hacer posible la revolución en un solo país, Cuba, ocupando diversos cargos de responsabilidad en el gobierno revolucionario sino que amplió sus horizontes, asumiendo la importante tarea de estudiar y difundir la teoría revolucionaria del socialismo, sin que ello significara una aceptación tácita, carente de alguna crítica objetiva, de lo que observara –por ejemplo- en su periplo por los países bajo la órbita de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
            En texto dirigido a Carlos Quijano, del semanario Marcha, de Montevideo, en 1965, Guevara destaca la importancia del individuo, en su doble condición de ser único y miembro de la comunidad, en la construcción del socialismo, reconociendo –de paso- la existencia de las taras del pasado, lo cual hace que la nueva sociedad en formación tenga que competir con éste de modo fuerte y constante. “Esto –dice el Che- se hace sentir no sólo en la conciencia individual, en la que pesan los residuos de una educación sistemáticamente orientada al aislamiento del individuo, sino también por el carácter mismo de este período de transición con persistencia de las relaciones mercantiles”. Más adelante, afirmará: “Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etcétera), se puede llegar a un callejón sin salida”. De ahí que sea imperativo el nacimiento del hombre nuevo, siendo necesario, a su vez, “el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas. La sociedad, en su conjunto, debe convertirse en una gigantesca escuela”. Sobre este punto, el Che insistirá una y otra vez, siendo él mismo ejemplo de sus ideas al instaurar el trabajo voluntario sin más remuneración que la del deber cumplido.
            Para el Che, la revolución (y, con ella, el socialismo) es algo que debe sentirse y vivirse a plenitud, superando cada estadio alcanzado, en un proceso inacabado hasta arribar a una sociedad de nuevo tipo, la comunista, en la cual desaparezcan para siempre las desigualdades económicas y sociales, lo mismo que el viejo Estado, y se establezca un poder eminentemente popular. Aún así, el Che estaba consciente de los difíciles escollos que se le presentarían a la revolución cubana. En la misma misiva a Quijano, Che acepta que “se han hecho algunas experiencias dedicadas a crear paulatinamente la institucionalización de la Revolución, pero sin demasiada prisa. El freno mayor que hemos tenido ha sido el miedo a que cualquier aspecto formal nos separe de las masas y del individuo, nos haga perder de vista la última y más importante ambición revolucionaria, que es ver al hombre liberado de su enajenación”.

            Consciente de los baches que presentaban las experiencias socialistas en boga entonces, Che denuncia “el escolasticismo que ha frenado el desarrollo de la filosofía marxista e impedido el tratamiento sistemático del período (de transición), cuya economía política no se ha desarrollado, debemos convenir en que todavía estamos en pañales y es preciso dedicarse a investigar todas las características primordiales del mismo antes de elaborar una teoría económica y política de mayor alcance”. Por ello, trata de trascender el estrecho marco en que se hallaba la teoría socialista, enfocando su análisis sobre las particularidades específicas de la revolución cubana y de cómo ésta había desembocado en el socialismo, sin ser –por ello- imitación mecánica de otros procesos revolucionarios. A fin de evitar una dependencia del proceso revolucionario cubano en relación a sus aliados soviéticos (cuestión que se hizo evidente durante la crisis de los misiles en octubre de 1962), Che se planteó luchar contra el imperialismo yanqui en otras latitudes, de modo que la solidaridad internacionalista se basara en parámetros distintos a la subordinación a un nuevo imperialismo y las relaciones económicas socialistas dejaran a un lado, a su vez, los parámetros del capitalismo, en un intercambio de igualdad y de complementación tecno-científica, industrial y de materias primas.

            Che nunca eludió la crítica ni la autocrítica. Su praxis siempre se enlazó con sus ideales socialistas. Para él, la condición de revolucionario representa el máximo escalón al cual podría aspirar cualquier ser humano. Ése era parte de su credo revolucionario y socialista y, por ello mismo, mantiene plena su vigencia como el revolucionario que siempre fue.-