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NUESTRA AMÉRICA

EL IMPENITENTE FABRICANTE DE VELAS, ANUNCIADOR DE UTOPÍAS

EL IMPENITENTE FABRICANTE DE VELAS, ANUNCIADOR DE UTOPÍAS  

            Inabarcable en su proyección de redención social, inagotable en su devenir andariego, insoportable a la tradición castradora, interesante al afán civilizatorio y libertario, insobornable frente a la mediocridad de las castas ufanas de privilegios e instituciones antisociales e iconoclasta ante la verdad metafísica que niega el imperio de la razón; Simón Rodríguez, el impenitente de nuestra historia Latinoamérica, intransigente e irreductible en sus convicciones propias, es la influencia más cercana a nuestros pueblos irredentos en su secular anhelo por disfrutar de un orden republicano menos restringido y más abierto a todos. No es menos casual, por tanto, que aún represente la vigencia de un pensamiento por consolidar, el cual le permita a nuestra América transitar un camino propio, con una identidad propia extraída de sus raíces ancestrales, y proyectada al futuro como un crisol de justicia y emancipación en el cual puedan reflejarse todos los pueblos de La Tierra.

             De tal pensamiento, podríamos extraer tres grandes rasgos singulares, alimentados por las vivencias, las observaciones y las preocupaciones que el inefable Simón Rodríguez, trocado en Samuel Robinson, supo darle a lo largo de toda su vida de andariego caballero de la educación republicana: 1) la ruptura creadora del discurso colonial tradicionalmente aceptado en nuestras repúblicas acabadas de nacer; 29 la imposición de la búsqueda de lo original (“O inventamos o erramos”); y 3) la formación político-ideológica del ciudadano republicano. Sobre estas bases fundamentales descansa la prédica robinsoniana de construir la América antes española, sin imitar servilmente a la vieja Europa o a Estados Unidos. En síntesis, toda la obra y el accionar sin pausa de Simón Rodríguez apunta a crear las condiciones necesarias y urgentes para que nuestra América irrumpiera con una conciencia republicana y libre, inédita en sus formas y prácticas, pero no por ello imposible de lograr, de manera que a la par de la independencia política, primero, y la independencia económica, después, se plasmara también una independencia del pensamiento americano, vivo y múltiple, que caracterizara el momento histórico de entonces y de ahora.

            Como lo resalta Juan Calzadilla Arreaza, Simón Rodríguez “considera que el sujeto humano –no sólo sujeto psicológico y jurídico sino sujeto de la acción social en general- se conforma y se constituye política e históricamente”. Sin duda, subversivo, ya que se asienta en la convicción de disponer de herramientas nuevas que modifiquen radicalmente el tipo de conciencia que heredaron los individuos del antiguo régimen de dominación, de forma que el nuevo edificio social tenga como bases firmes los valores inherentes a la libertad y a la democracia, sin que ello signifique inmovilidad alguna sino constante movimiento creativo. Con ello, el irreverente Samuel Robinson buscó romper los paradigmas imperantes, haciendo posible una subjetividad nueva que reemplace por completo la alienación en que se mantienen algunos individuos, sin que puedan explicarse racionalmente las causas y las condiciones que hacen de ellos unos seres humanos dominados, a pesar de la aparente libertad en que viven y mueren.-   

           

BOLÍVAR, MARX Y LOS MARXISTAS LATINOAMERICANOS

BOLÍVAR, MARX Y LOS MARXISTAS LATINOAMERICANOS

Al escribir Carlos Marx su polémico ensayo biográfico sobre Simón Bolívar para la New American Cyclopaedia, aparecida en 1858, volcó una visión que contradice todo lo que se conoce del Libertador, sus campañas militares y sus verdaderos propósitos políticos, una vez que se lograse la completa emancipación del territorio americano respecto al decadente imperio español. Un mes después de publicada esta enciclopedia, Marx le confesaría a su camarada Federico Engels que “en lo que toca al estilo prejuiciado, ciertamente me he salido algo del tono enciclopédico, pero hubiera sido pasarse de la raya querer presentar como Napoleón I al canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque” (dictador haitiano que cometió desmanes en contra de su propio pueblo). Según tal apreciación, Bolívar resultaría ser un dictadorzuelo oportunista y demagogo que tuvo algunos golpes de suerte en medio del escenario de ignorancias, miseria y rivalidades durante la guerra independentista que lo erigieron en lo que conocemos de él hoy en día. Tanto así que Marx llega a calificarlo de “Napoleón de las retiradas” y recuerda el capítulo oscuro de la detención del Generalísimo Francisco de Miranda por parte del Libertador y otros oficiales patriotas, lo que hizo del Precursor un prisionero de por vida en manos de España. 

Semejantes comentarios representaron un trago amargo y difícil de explicar para los marxistas latinoamericanos y, peor todavía, para los marxistas venezolanos. Según lo reseña Inés Quintero en su ensayo “Bolívar de izquierda. Bolívar de derecha”, esto “les dificultaba apropiarse limpiamente de un personaje sobre el cual su principal ideólogo había hecho juicios tan severos y contundentes, enajenándoles cualquier posibilidad de incorporarlo al panteón de verdaderos revolucionarios. Incluso, para complicar aún más el asunto, había algunos latinoamericanos marxistas que secundaban fielmente las opiniones de Marx”. Quienes reivindicaban a Bolívar, argumentaron que el camarada Marx simplemente se había equivocado, sobre todo, al confiar en lo escrito por enemigos declarados del Libertador, como el alemán Ducoudray Holstein, quien escribiera en 1829 un libro sobre su participación en la gesta independentista. 

Gilberto Viera, Secretario General del Partido Comunista de Colombia, a finales de los años 30 del siglo pasado, publicó un tratado en el cual ubicó a Simón Bolívar en su condición de revolucionario al llevar adelante la Independencia y destruir los cimientos coloniales en nuestra América. En igual dirección se pronunciaría Carlos Irazábal con su obra “Hacia la democracia”, el primer análisis marxista de la historia venezolana, resaltando el apego bolivariano por la democracia sin eludir su propuesta de disponer de un Poder Ejecutivo fuerte, centralista y vitalicio, dadas las circunstancias difíciles que rodearon el nacimiento de las nuevas repúblicas. En esa onda reivindicadora se anotaron el cubano Julio Antonio Mella, en 1923, y el peruano José Carlos Mariátegui. Otro tanto haría la guerrilla venezolana de las décadas de los 60 y de los 70 al plantearse, con Douglas Bravo y Pedro Duno, la tesis de un marxismo-leninismo-bolivarianismo, con lo que Bolívar pasaba a tutelar la lucha por la liberación nacional y el socialismo en Venezuela, lo que, posteriormente, serviría de base para las insurgencias cívico-militares de 1992. Asimismo, Francisco Pividal, autor de “Bolívar: Pensamiento precursor del antiimperialismo”, determina con Bolívar el inicio de la lucha latinoamericana y caribeña contra el imperialismo yanqui. 

Con todos estos esfuerzos valorativos de la personalidad y legado bolivarianos quedaba superado el equívoco ensayístico de Carlos Marx. Aunque éste se dejara llevar por su animadversión hacia El Libertador, producto de su radicalismo revolucionario respecto a la lucha de clases, viendo en Bolívar a un aristócrata ávido de fama y de poder, lo cierto es que esto no disminuye su estatura intelectual a favor de la humanidad oprimida. No obstante el criterio sesgado de Marx es indudable que Simón Bolívar simboliza –en la opinión y el sentimiento integracionista de una inmensa legión de luchadores revolucionarios, incluidos, por supuesto, los marxistas, que lo rescataran de las garras de la derecha conservadora- la manifestación más relevante de las luchas populares continentales, con sus errores y sus aciertos, tomando en cuenta, fundamentalmente, la creatividad con que supo enfrentar su circunstancia histórica, cuestión que Carlos Marx, a pesar de su sapiencia, no supo asimilar en su momento.-

VISIÓN Y ÉTICA REPUBLICANA DE SIMÓN BOLÍVAR

VISIÓN Y ÉTICA REPUBLICANA DE SIMÓN BOLÍVAR

          En Simón Bolívar, El Libertador de medio continente americano, el factor ético de la lucha revolucionaria por la Independencia de nuestros pueblos se expresa en la intransigencia patriótica, la condena al despotismo colonial, el odio a quienes oprimen a la nación americana, la valentía política y la honradez a toda prueba; lo que servirá de estímulo para que exista y perdure, además, una conciencia nacional sólida. Esta posición ética se ha de asumir en la lucha por la liberación nacional, en especial, en lo relativo al sacrificio personal, la satisfacción por el deber cumplido (aunque no sea reconocido), el anteponer a los intereses particulares los intereses del pueblo y trabajar activamente cada día por consolidar la democracia y la independencia nacional.        

En todo ello juega un papel trascendental la educación, una educación dirigida a la emancipación de los ciudadanos y a su formación como republicanos honestos, responsables y productivos; ciudadanos que pudieren acometer la importante tarea de construir una sociedad republicana y democrática, sirviendo de modelo al resto de las naciones. Por eso, llega a asegurar que “la educación e instrucción pública son el principio más seguro de la felicidad general y la más sólida base de la libertad de los pueblos”. Ello es requisito insoslayable para que las virtudes republicanas dominen todos los aspectos de la vida en sociedad, permitiendo que cada persona sea capaz de ejercer el gobierno de la República o, al menos, saber escoger a los mejores para dicha función, sin ser víctima de la demagogia acostumbrada. Esto haría que todos los ciudadanos participaran, en pie de igualdad, en el desarrollo de las instituciones democráticas, de modo que las leyes fueran accesorias.        

Sin embargo, Bolívar era consciente de la necesidad de la disciplina revolucionaria a fin de evitar las desviaciones del proceso emancipador. “Es preciso –afirmaría en uno de sus escritos- el último rigor con los malvados, sean godos o sean patriotas, porque la república tanto gana con la destrucción de un buen realista como de un mal ciudadano. El crimen en todos los partidos es igualmente odioso y condenable: hagamos triunfar la justicia y triunfará la libertad”. A estos efectos, impuso la condena a muerte, de modo sumario, de todos aquellos funcionarios de gobierno que, abusando de la confianza general depositada en ellos, se roban los dineros públicos; igual pena sufrirían los jueces que, conociendo las denuncias en contra de aquellos, no las procesaran y, en consecuencia, no castigaban a los culpables de dichos delitos.        

En el campo político, El Libertador se encamina hacia la autonomía, en lo jurídico hacia la unidad latinoamericana, en lo económico hacia la justicia agraria y en lo social hacia la igualdad. Para Bolívar, la liberación de nuestra América no es un fenómeno político aislado, es justicia económica, autonomía política, unidad latinoamericana, libertad de espíritu, igualdad social, perfección ética, y progreso cultural y educativo. Todo ello en constante construcción hasta dar nacimiento a sucesivas generaciones de líderes republicanos que se encargarían de enrumbar debidamente a las nuevas naciones americanas, generaciones capaces de inmolarse por defender a su Patria de las acechanzas de cualquier poder extranjero. En esto, salvando las distancias y el contexto en que cada uno vivió, Bolívar se adelanta a la propuesta del hombre nuevo que formulara el Che Guevara y que coincide plenamente con la que elabora, a su vez, su Maestro Simón Rodríguez, el inquieto e irreverente Samuel Robinson.        

Consciente de la trascendental empresa de producir una revolución original, sin ser copia burda de otras en el pasado, Bolívar es un convencido de que ello será realidad si se atiende a la formación de los nuevos republicanos, despojándolos de las viejas costumbres heredadas del pasado colonial, cuestión que debe acompañarse de una ética y de una moral plenamente blindadas para que nunca sucumban a las tentaciones generadas en torno al ejercicio del poder, desde los niveles más humildes hasta los más encumbrados.-       

EL RENACIMIENTO DE LA UTOPÍA

EL RENACIMIENTO DE LA UTOPÍA

           Para algunas personas, el siglo XXI, lejos de presentarse como la época de las realizaciones utopistas previstas en algunos libros, ensayos y películas de anticipación que auguraban paz, realización personal y bienestar material para todo el mundo, ha devenido en una época de guerras imperialistas, insurrecciones populares, conquistas neocolonialistas y resistencia de toda índole que pareciera, más bien, ser el preludio de una hecatombe mucho mayor de las que hubo en el pasado.
           
Todo este sombrío panorama, sin embargo, no ha impedido que se produzca un despertar globalizado de la conciencia de mucha gente en todo el orbe, animándola a emprender una lucha, heterogénea y un tanto desigual, pero urgente, contra los grandes centros de poder mundial porque en ella está implícito el futuro de la humanidad misma. Este despertar preocupa enormemente a estos grandes centros de poder mundial y les obliga a trazarse estrategias que resguarden sus intereses, incluyendo la opción militar, tal como fuera puesta en práctica en Afganistán, Irak o Haití.
           
En el caso del hemisferio latinoamericano, esta lucha heterogénea se manifiesta contraria al imperialista yanqui, según lo define James Petras, “por los efectos que este tiene sobre nuestra vida aquí, nuestro empleo, nuestra salud, nuestra educación y directamente vinculado con las exportaciones de capital y las subvenciones militares que hace el gobierno y esta forma de desarrollo, buscando una combinación de grandes movilizaciones con las luchas de los precarios, los desocupados y los maltratados en los hospitales”. Para el Presidente Hugo Chávez, “este siglo es el de la verdad para nosotros, en este siglo tendremos patria y la patria es la América Latino-caribeña; nuestra América. Es tiempo de pensar y de hacer, la batalla es hoy y no mañana, no perdamos tiempo, aprovechemos el tiempo. Nosotros estamos llamados a inventarla, a crearla libre, a liberarla definitivamente para bien de nuestros pueblos”. Bajo estas premisas, numerosos grupos y movimientos de todas las categorías se han dado a la tarea de emprender un debate de altura en torno a cuáles son las perspectivas reales que tienen nuestros pueblos para deslastrarse del proceso de dominación neocolonialista incluido en la globalización capitalista.
           
Todo esto entraña enfrentar al imperialismo yanqui, punta de lanza visible de ese proceso de dominación neocolonialista que tiene su epicentro en la imposición del modelo capitalista neoliberal, desde una óptica totalmente novedosa, sin acudir a los viejos clichés de la izquierda tradicional que, si bien es cierto, integran un aporte importante, no son determinantes a la hora de confrontar el momento crucial; lo que nos lleva a plantear su superación, algo que nos entronca con aquella exigencia de “inventamos o erramos” del Maestro Simón Rodríguez. Esto nos impele a comprender, por ejemplo, que la desigualdad en todo nuestro Continente aborda dimensiones sociales, políticas, históricas, culturales y éticas, que van más allá del enfoque tradicional y entender que esta desigualdad se originó en el largo plazo a través de identidades y categorías tales como raza, género, región y clase. Los que nos plantea una revisión exhaustiva de lo que ha sido la historia de las luchas populares en toda América Latina y nos conduce a echar mano a la utopía como una manera de reinventar la realidad en que nos desenvolvemos cotidianamente y que es necesario transformar, si se quiere acceder a un estadio superior de organización. Es así que la posibilidad de la utopía, como nunca antes en la historia, se muestra tan cercana y conlleva a asumir un reto de imaginación y sustitución de valores, tanto en la forma de pensar como de actuar de nuestros pueblos, lo que supondrá su emancipación definitiva.
            Nuestra América siempre ha sido destinada desde hace siglos a ser escenario del cumplimiento de la Utopía imaginada por Tomás Moro, pero también de aquella que, enraizada en la idiosincrasia latinoamericana, busca establecer las bases de una sociedad verdaderamente democrática, en la cual tenga nacimiento ese hombre nuevo del que hablara el Che Guevara, capaz de asumir a plenitud y con toda conciencia la construcción de un mundo en el cual impere efectivamente la justicia, la libertad y la igualdad. Esa Utopía imaginada es la que está naciendo actualmente en las conciencias de muchos de nuestros pueblos, protagonistas postergados de un sueño interrumpido por las apetencias de poder de minorías apátridas, entregadas a satisfacer los intereses transnacionales, especialmente de Washington. Afortunadamente, esa misma Utopía, enriquecida con las luchas emprendidas casi simultáneamente por los pueblos de nuestra América, rememorando hasta cierto punto lo hecho durante la gesta continental independentista, es la que hoy en día le da una identidad propia al destino americano. Por primera vez en mucho tiempo, se ha desatado entre nuestros pueblos una pasión por ser protagonistas de un cambio realmente democrático y soberano. Esto, indudablemente, implica una confrontación con las diferentes cúpulas que rigieron durante tanto tiempo tales países, lo que redundará en situaciones novedosas en todas las estructuras que los componen.
           
Sin embargo, hay que acotar que este renacimiento utópico requiere de una mayor compenetración con lo que es la historia común de nuestros pueblos; de ahí que se requiera de una producción intelectual e ideológica que la reafirme y sustente. En esta orientación existen algunos ensayos, dados a conocer en encuentros internacionales; por ejemplo, en Venezuela y Brasil. Cada uno según la óptica particular de sus países de origen. Esto, lejos de ser un impedimento, contribuye a elevar la comprensión de lo que hemos sido, somos y queremos ser. Todo, visto de una manera global, entendiendo que la Utopía americana, tal como lo advirtieron nuestros Libertadores, sólo se hará factible a medida que logremos la integración no sólo política, sino también cultural, política, jurídica, militar y social.-    
              
           
               

EL SOCIALISMO SEGÚN EL CHE GUEVARA

EL SOCIALISMO SEGÚN EL CHE GUEVARA

“Yo no soy un libertador, los libertadores no existen. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos”. Ernesto Che Guevara.

 

            Icono de la revolución mundial y hombre de acción y de palabra, el Che Guevara conjugó en sí mismo las cualidades éticas y morales que debe resaltar en todo revolucionario verdadero, siempre en función de la emancipación integral de la humanidad oprimida. Esto lo impulsó, en todo momento, a no contentarse con hacer posible la revolución en un solo país, Cuba, ocupando diversos cargos de responsabilidad en el gobierno revolucionario sino que amplió sus horizontes, asumiendo la importante tarea de estudiar y difundir la teoría revolucionaria del socialismo, sin que ello significara una aceptación tácita, carente de alguna crítica objetiva, de lo que observara –por ejemplo- en su periplo por los países bajo la órbita de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
            En texto dirigido a Carlos Quijano, del semanario Marcha, de Montevideo, en 1965, Guevara destaca la importancia del individuo, en su doble condición de ser único y miembro de la comunidad, en la construcción del socialismo, reconociendo –de paso- la existencia de las taras del pasado, lo cual hace que la nueva sociedad en formación tenga que competir con éste de modo fuerte y constante. “Esto –dice el Che- se hace sentir no sólo en la conciencia individual, en la que pesan los residuos de una educación sistemáticamente orientada al aislamiento del individuo, sino también por el carácter mismo de este período de transición con persistencia de las relaciones mercantiles”. Más adelante, afirmará: “Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etcétera), se puede llegar a un callejón sin salida”. De ahí que sea imperativo el nacimiento del hombre nuevo, siendo necesario, a su vez, “el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas. La sociedad, en su conjunto, debe convertirse en una gigantesca escuela”. Sobre este punto, el Che insistirá una y otra vez, siendo él mismo ejemplo de sus ideas al instaurar el trabajo voluntario sin más remuneración que la del deber cumplido.
            Para el Che, la revolución (y, con ella, el socialismo) es algo que debe sentirse y vivirse a plenitud, superando cada estadio alcanzado, en un proceso inacabado hasta arribar a una sociedad de nuevo tipo, la comunista, en la cual desaparezcan para siempre las desigualdades económicas y sociales, lo mismo que el viejo Estado, y se establezca un poder eminentemente popular. Aún así, el Che estaba consciente de los difíciles escollos que se le presentarían a la revolución cubana. En la misma misiva a Quijano, Che acepta que “se han hecho algunas experiencias dedicadas a crear paulatinamente la institucionalización de la Revolución, pero sin demasiada prisa. El freno mayor que hemos tenido ha sido el miedo a que cualquier aspecto formal nos separe de las masas y del individuo, nos haga perder de vista la última y más importante ambición revolucionaria, que es ver al hombre liberado de su enajenación”.

            Consciente de los baches que presentaban las experiencias socialistas en boga entonces, Che denuncia “el escolasticismo que ha frenado el desarrollo de la filosofía marxista e impedido el tratamiento sistemático del período (de transición), cuya economía política no se ha desarrollado, debemos convenir en que todavía estamos en pañales y es preciso dedicarse a investigar todas las características primordiales del mismo antes de elaborar una teoría económica y política de mayor alcance”. Por ello, trata de trascender el estrecho marco en que se hallaba la teoría socialista, enfocando su análisis sobre las particularidades específicas de la revolución cubana y de cómo ésta había desembocado en el socialismo, sin ser –por ello- imitación mecánica de otros procesos revolucionarios. A fin de evitar una dependencia del proceso revolucionario cubano en relación a sus aliados soviéticos (cuestión que se hizo evidente durante la crisis de los misiles en octubre de 1962), Che se planteó luchar contra el imperialismo yanqui en otras latitudes, de modo que la solidaridad internacionalista se basara en parámetros distintos a la subordinación a un nuevo imperialismo y las relaciones económicas socialistas dejaran a un lado, a su vez, los parámetros del capitalismo, en un intercambio de igualdad y de complementación tecno-científica, industrial y de materias primas.

            Che nunca eludió la crítica ni la autocrítica. Su praxis siempre se enlazó con sus ideales socialistas. Para él, la condición de revolucionario representa el máximo escalón al cual podría aspirar cualquier ser humano. Ése era parte de su credo revolucionario y socialista y, por ello mismo, mantiene plena su vigencia como el revolucionario que siempre fue.-   
                 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONVIDADOS AL BANQUETE PARA SER COMIDOS. LA LUCHA DE NUESTRA AMÉRICA CONTRA LA VORÁGINE NEOLIBERAL

CONVIDADOS AL BANQUETE PARA SER COMIDOS. LA LUCHA DE NUESTRA AMÉRICA CONTRA LA VORÁGINE NEOLIBERAL “Bombas contra la gente, bombas contra la naturaleza, ¿y las bombas de dinero? ¿Qué sería de este modelo de mundo enemigo del mundo sin sus guerras financieras? Eduardo Galeano.

Las últimas protestas originadas en las calles de varias ciudades de Ecuador en contra del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos dan cuenta de la enorme separación existente entre la clase gobernante y las clases populares en esta nación y, por extensión, en toda nuestra América, al interpretar como nacionales sus propios intereses y aceptar, además, como inevitable y necesario el tutelaje yanqui. Lo significativo del caso es que estos Tratados bilaterales –en sustitución del fracasado ALCA que se suponía entrara en vigencia a nivel continental en 2005- no han podido imponerse sin que haya una matriz de opinión totalmente desfavorable y opositora de parte de los pueblos latinoamericanos. Esto hace que los gobiernos seducidos por los cantos de sirena de la globalización económica neoliberal tengan que recurrir a los viejos métodos de represión para acallar las voces de descontento de las masas populares, las cuales han comprendido que tales tratados sólo traerán más miseria, explotación y dominación neocolonial mientras las clases dominantes, junto a las grandes corporaciones transnacionales, verán incrementadas aún más sus cuentas bancarias.


Según Diego Delgado Jara, ecuatoriano, “se busca retacear nuestros países para brindar bocados más digeribles a las grandes multinacionales empeñadas en depredar más todavía nuestros recursos naturales, de tal modo que castas dominantes provinciales, departamentales o regionales, en forma directa, entreguen esos recursos, cerrando el paso a eventuales decisiones positivas de gobiernos soberanos futuros, que representen los intereses del conjunto de los sectores sociales más pobres y excluidos de todo un país”. En este caso, el neoliberalismo económico no es la alternativa más idónea para que los sectores populares empobrecidos logren superar su condición de exclusión social, como tampoco lo es para mantener la integridad territorial ni la soberanía de nuestros países. Uno de los casos más emblemáticos es México, cuya clase política celebró con bombos y platillos el Tratado de Libre Comercio suscrito con Canadá y Estados Unidos en términos de igualdad, esperando alcanzar los mismos niveles de desarrollo de sus socios norteamericanos; sin embargo, desde que entrara en vigencia en 1994, dicho tratado ha significado todo, menos el esperado beneficio para México, traduciéndose en un mayor éxodo de inmigrantes ilegales hacia Estados Unidos y el empobrecimiento acelerado y continuo de los campesinos mexicanos ante la introducción de productos agrícolas subsidiados de su vecino del norte.


No obstante, a pesar de esta realidad evidente las clases dominantes porfían en aferrarse a la ilusión que les brinda Estados Unidos de disfrutar de los beneficios del libre mercado, ignorando a propósito que su desarrollo capitalista tiene sus fundamentos en la expoliación sostenida de los inmensos recursos naturales de nuestro Continente, la cual se iniciara con el arribo de los primeros europeos a estas tierras, en plena expansión del capitalismo mundial. Por lo que es admisible afirmar que este desarrollo capitalista pretendido por nuestras clases gobernantes y empresariales sólo ensanchará aún más la profunda brecha que divide a los pobres de los ricos, tanto en el orden nacional como en el internacional, siendo características del capitalismo la explotación sistemática de los trabajadores y la desigual distribución de la riqueza, justamente lo que genera el descontento de las mayorías. Para quienes rigen la política y la economía, al interior de nuestras naciones, es una alternativa recurrente y secular que, desde la segunda mitad del siglo pasado, impuso la tesis desarrollista y la sustitución de importaciones, pero manteniendo intactas la dependencia respecto al capitalismo internacional y la condición de naciones monoproductoras en lo que se llamó la división internacional del trabajo, sin trascender ni someramente dicha situación debido a la seducción de su “inevitabilidad histórica”.


Para el capitalismo globalizado es una cuestión de vida o muerte que las economías de nuestros países sigan girando –como hasta ahora- a su alrededor, imponiendo un pensamiento único y un nuevo orden mundial, dominado por las transnacionales, que ejerza dominio directo de territorios y de recursos naturales estratégicos, entretanto se logra un reacomodo menos traumático y más permanente, a pesar de la crisis que pudiera causar un conflicto mayor entre Irán y el binomio imperialista Estados Unidos/Gran Bretaña. Para nuestros pueblos de América, África y Asia también es una cuestión de vida o muerte, ya que significa evitar ser comidos en un banquete servido por lobos disfrazados de ovejas.-