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TEMAS REVOLUCIONARIOS

UNA NUEVA CONCIENCIA: ELEMENTO PRIMORDIAL PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO

UNA NUEVA CONCIENCIA: ELEMENTO PRIMORDIAL PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO

En su discurso durante el Seminario de Solidaridad Afroasiática realizado en Argel el 24 de febrero de 1965 exponía el Comandante Ernesto Che Guevara que “no puede existir socialismo si en las conciencias no se opera un cambio que provoque una nueva actitud fraternal frente a la humanidad, tanto de índole individual, en la sociedad en que se construye o está construido el socialismo como de índole mundial en relación a todos los pueblos que sufren la explotación imperialista”. En consecuencia, los cambios que deben producirse en una sociedad regimentada por el sistema capitalista para acceder a otra de signo socialista no podrían restringirse exclusivamente al ámbito político o económico si ello no va acompañado -simultáneamente- con la promoción de unos nuevos valores culturales, éticos y morales que caractericen en lo adelante esa nueva conciencia, adoptando esa “nueva actitud fraternal frente a la humanidad” que ya nos planteara el Che.

Sin embargo, aún faltará algo más qué abordar en este aspecto tan importante. Es preciso que se entienda que tales cambios deben tener una repercusión determinante en la vida cotidiana (incluyendo la familia), en las convicciones de cada quien (en especial, de los revolucionarios), en la concepción tradicionalmente aceptada de lo que es el trabajo (básicamente, en lo que respecta a las relaciones de producción existentes) y el orden cultural en general. Es decir, se impone crear una concepción desalienada de lo que es y debiera ser el sistema-mundo actualmente imperante, lo cual implica libra una batalla más ardua y a largo plazo que no se puede posponer bajo ninguna circunstancia, creyéndose en muchas ocasiones que ella es innecesaria. No hay que obviar que la sociedad de consumo vigente ha sido moldeada por quienes mejor se aprovechan de su existencia: los dueños del capital. Por consiguiente, el germen de la alienación capitalista siempre estará latente, en condiciones de resurgir y de hacer tropezar y sucumbir cualquier proceso revolucionario decidido a construir el socialismo.

Sin duda, esta es una situación exigente, no solamente para los revolucionarios como tales sino para todos los sectores populares que luchan por alcanzar su emancipación integral. De ahí que deba interpretarse la revolución socialista de un modo completo y radical, de lo contrario, todo lo hecho pudiera convertirse en simples reformas que, a la larga, restaurarían el viejo orden que se aspira erradicar, tal como ocurriera con la extinta Unión Soviética. Debe establecerse, por tanto, una interacción de la política con la ética, la economía y la educación (entendiéndola como punta de lanza de la concienciación del nuevo modelo de sociedad), de forma que cada cambio revolucionario tenga una base firme, sustentado -sobre todo- por la participación y el  protagonismo firmes y decisivos de los sectores populares revolucionarios. En este sentido, es fundamental que estos sectores populares revolucionarios se movilicen, se organicen, se radicalicen y se formen teóricamente, haciéndose entonces irreversible la construcción colectiva del socialismo.-  

  

CHÁVEZ Y EL SENTIDO TEÓRICO-PRÁCTICO DEL SOCIALISMO

CHÁVEZ Y EL SENTIDO TEÓRICO-PRÁCTICO DEL SOCIALISMO
 
Con Hugo Chávez Frías -al margen de las consideraciones encontradas de algunos teóricos de la izquierda tradicional (venezolana, nuestramericana y mundial)- hubo una síntesis cualitativa en la lucha por la liberación nacional y el socialismo que reavivó, de una u otra forma, esas esperanzas de nuestros pueblos por acceder a un tipo de sociedad mejor que fueran largamente aletargadas y reprimidas por las clases dominantes en función de sus mezquinos intereses. Gracias a ello, los amplios sectores populares de Venezuela pudieron superar esa resistencia contumaz que, durante décadas, le fuera inducida sistemáticamente por quienes usufructuaran el poder, siguiendo los esquemas propagandísticos del imperialismo gringo, haciéndoles ver lo maligno que resultaría para sus vidas una revolución en el país, máxime si ésta adoptaba el ideario socialista o comunista. Esta situación casi permanente no fue abordada suficientemente por muchas de las organizaciones políticas de izquierda (tanto aquellas que le seguían el juego “democrático” a las clases gobernantes a través de su participación en cada elección celebrada, como de aquellas otras que aupaba la vía armada para la toma definitiva del poder); cuestión que les impidió notar los cambios que se operaban en el seno de la sociedad venezolana y determinar el modo adecuado para romper con la hegemonía de los partidos políticos conservadores que se turnaban en el gobierno.

Todo ello cambió drásticamente con la insurgencia del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200) que comandara Chávez el 4 de febrero de 1992, dando al traste con la imagen interesadamente creada por las clases dominantes que presentaba a Venezuela como beneficiaria de uno de los sistemas democráticos más estables en la parte sur del continente americano (junto con Colombia), a pesar de las agudas contradicciones padecidas por la sociedad venezolana. Es así que, tras el declive e implosión del bloque soviético, la opción representada por Chávez no sólo motivó a los sectores populares venezolanos a creer en que sus anhelos de redención social finalmente se convertirían en una realidad, sino que la misma obligó a muchos revolucionarios a redefinir y a replantearse lo que sería entonces la construcción colectiva del socialismo revolucionario, pero con la adición del pensamiento político del Libertador Simón Bolívar, el Maestro Simón Bolívar y el General del Pueblo Soberano Ezequiel Zamora, sin desconocer lo propio de otros ideólogos y luchadores revolucionarios del mundo que contribuyeron a su ampliación, difusión y enriquecimiento.

De esta manera, Chávez vino a darle al socialismo revolucionario un sentido teórico-práctico que trascendió las fronteras nacionales, convirtiéndose entonces en un importante referente para los cambios producidos en otras naciones de nuestra América; de lo cual pareciera no darse cuenta lamentablemente un gran porcentaje de la dirigencia chavista, tanto durante como después del mandato presidencial del Comandante. Que ello haya tenido sus inconsistencias y deficiencias de orden ideológico no lo desmerita, dado que el mismo Chávez fue un impulsor reiterativo de la crítica y de la autocrítica que debía ejercerse en todo momento a fin de evitar el estancamiento y desgaste progresivo que pudiera vulnerar eventualmente al proceso revolucionario socialista bolivariano, cosa que -inversamente a lo que alguna gente piensa- se convertiría en el punto de partida para profundizar en su estudio y aplicación.-     

EL PODER POPULAR Y LA RUPTURA CREADORA NECESARIA

EL PODER POPULAR Y LA RUPTURA CREADORA NECESARIA

             Si consideramos en detalle los elementos constitutivos del socialismo revolucionario, convendríamos en que el mismo supone la erradicación total del viejo sistema político, económico y social que rige nuestras vidas, con toda la carga ideológica que ello implica. Así, a diferencia del orden establecido, los revolucionarios tendrían que imponerse el logro de, por lo menos, tres grandes propósitos de carácter colectivo, como lo son: el bien común, una producción realmente socialista y el poder popular. En consecuencia, se requiere oponer a la concepción y la práctica de la democracia representativa tradicional una democracia participativa y directa que garantice a plenitud el control, los intereses y el poder decisorio de las amplias mayorías, en el entendido que la soberanía reside verdaderamente en el pueblo. En un segundo lugar, los mecanismos de explotación capitalistas tienen que dar paso a unas nuevas relaciones de producción que privilegien la condición humana de los trabajadores y la interacción armónica con la naturaleza, sin más interés que el bien común y no el de una clase social privilegiada. Y, por supuesto, en un plano mayor, tendría que existir un poder popular capaz de asumir los dos propósitos expuestos, de una manera autónoma, desarrollándose a su propio ritmo y cumpliendo funciones específicas de autogobierno. Sin embargo, es obligatorio advertir que tales propósitos revolucionarios no se obtendrán de la noche a la mañana, por decreto o de modo automático, gracias a la voluntad de una vanguardia revolucionaria esclarecida, sino por el impulso decidido y la conciencia revolucionaria de quienes constituyen los sectores populares. De otra forma, todo el empeño puesto en hacer posible la revolución socialista derivaría -inexorablemente- en simple reformismo socialdemócrata, quedando todo en un estado similar al que se pretende cambiar, sólo que ahora con otras denominaciones.

            Todo esto implica entonces el surgimiento de nuevas formas y escenarios de participación directa que, a su vez, permitan activar un proceso constituyente permanente que transformen radicalmente la sociedad, el sistema económico capitalista y el Estado burgués-liberal vigentes; teniendo presente que -como bien lo indicara Rosa Luxemburgo- “solo la experiencia está en condiciones de corregir y abrir nuevos caminos”. Haría falta propiciar espacios de encuentro y de articulación de acciones, experiencias y propuestas de individualidades y de movimientos populares revolucionarios, dispuestos a deponer actitudes sectarias y a construir una plataforma revolucionaria unitaria. De esta manera podría encauzarse consciente y organizadamente la construcción del socialismo revolucionario y, por ende, del poder popular que ha de caracterizarlo siempre.

            En coincidencia con lo que afirmara Miguel Mazzeo en su libro El sueño de una cosa, “en lo esencial, hay que apostar por la ruptura: las formas de mando deben ser legítimas (del tipo mandar-obedeciendo), subordinadas a una comunidad consensual y crítica y, además, transitorias. El mando debe concebirse fundamentalmente como dirección descentrada (múltiples mandos que pueden articularse en determinadas circunstancias), como un oficio no externo respecto del sujeto colectivo de la transformación y como una función no diferenciada y especializada destinada a ser ejercida por aquellos que detentan un supuesto saber revolucionario”. Es decir, las estructuras de poder (poder en su acepción más amplia), altamente burocratizadas, representativas y autoritarias, tendrían que desmontarse en función de un mayor protagonismo y control colectivos, despersonalizándolas y desjerarquizándolas, subordinadas (como debe ser) a la soberanía popular.-  

 

 

¿CÓMO LOGRAR UN GENUINO PODER POPULAR?

¿CÓMO LOGRAR UN GENUINO PODER POPULAR?

De entrada hay que advertir (cuestión que ha de saber todo revolucionario que se aprecie como tal) que el verticalismo y la representatividad que caracterizan al Estado vigente, en sus distintos niveles, resultan inadecuados y opuestos a la existencia y accionar del poder popular, salvo que se entienda que éste deba ser un apéndice inerte, sin poder decisorio alguno, que se asiente en la vieja práctica del clientelismo político. Si es esto último lo que algunos denominan interesadamente poder popular, entonces el mismo ni es poder ni es popular, ya que sólo sirve para distorsionar el ejercicio de la democracia en su concepto más profundo y pleno; contribuyendo a consolidar la hegemonía de la clase dominante por medio de la satisfacción parcial de necesidades, bienes y servicios a cambio de votos, sin alterar en esencia el orden establecido.

Para que exista, por consiguiente, un poder popular genuino, éste ha de desarrollar primeramente unas nuevas formas organizativas y expresivas que correspondan a la idiosincrasia, las experiencias de lucha, la cultura y los intereses generales (sin obviar los particulares) de los sectores populares, de un modo pluralista y en contra de todo aquello que originó su insurgencia. Sin esta comprensión del porqué del poder popular no habrá avances significativos en lo que sería entonces la edificación de un nuevo modelo de sociedad basado en la toma de decisiones, la participación y el protagonismo directos del pueblo conscientemente organizado.

Desde luego, no es algo ilusorio plantearse –de manera audaz, desde abajo y al margen de las relaciones de poder tradicionalmente aceptadas hasta ahora por la humanidad en general- el forjamiento de una fuerza social y política genuinamente emancipadora, capaz de producir una ruptura creadora que contribuya a crear las bases objetivas y subjetivas de una sociedad de nuevo tipo, una nueva economía y un nuevo Estado, en los cuales se manifiesten en todo momento la horizontalidad y el interés colectivo, con sus dosis de inclusión y equidad social. Ciertamente, su forjamiento luce complicado y enfrenta diversidad de obstáculos aparentemente insalvables que, en algunos casos, desaniman a muchos que no poseen una conciencia revolucionaria fortalecida, habituados a responder de manera casi automática a los dogmas del poder tradicional en los mismos términos y prácticas que le dan vida. Para ello es preciso desprenderse de los patrones de comportamiento que nos inducen a aceptar como válidos, naturales e inevitables la hegemonía y privilegios que detentan las clases dominantes, tanto internas como externas, en un proceso de cuestionamiento continuo y profundo que facilite desentrañar cuáles son las razones objetivas que causan los males de la sociedad presente, como la pobreza, el desempleo, la explotación capitalista de los trabajadores, la contaminación ambiental, la dependencia económica y científico-tecnológica, las injusticias sociales y un largo etcétera que es necesario resolver por nuestro bien y de las generaciones futuras.

Cabe afirmar entonces que el poder popular tiene que hallar sus propios cauces de organización, de expresión y de legitimación. No puede vincularse a una directriz clientelar de una clase o casta gobernante, ni de un partido político determinado, que ven en él su tabla de salvación, haciéndole algunas concesiones simbólicas que no amenacen el poder que tienen en sus manos. Como alguna vez lo escribiera Roland Denis; “el papel de un gobierno es de posibilitar el protagonismo de las masas sin imponerle una dirección”. Esto supone, en consecuencia, que la espontaneidad del poder popular lo es respecto al Estado y las diferentes instancias que lo justifican, no así en relación con un proyecto de emancipación integral que debería estructurarse conscientemente, de manera que el mismo se concrete en un plazo razonable, sin que ello signifique convertirlo en una utopía permanente, difícilmente realizable.-

LA PUNTA DE LANZA DE LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

LA PUNTA DE LANZA DE LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

Desde un primer momento, el poder popular -como punta de lanza de la construcción del socialismo revolucionario- tendría que consagrar sus esfuerzos en hacer posible un gobierno y unas instituciones públicas alternativas, lograr unas nuevas relaciones de producción a través de la autogestión económica, impulsar un desarrollo endógeno sustentable y una educación popular emancipadora, con valores realmente socialistas, entre otros cambios harto necesarios, que permitan superar la hegemonía y los antivalores del capitalismo. En efecto, de lo que se trata es de trascender el viejo modelo de sociedad y las relaciones de poder engendradas bajo la lógica capitalista, ya que es totalmente ilusorio creer que sólo bastan la buena voluntad y unas cuantas reformas legislativas puntuales para acabar con los múltiples problemas, las necesidades, las injusticias e, incluso, las guerras que ha generado el capitalismo a nivel mundial. Sin embargo, cuando se ha intentado, esto último no ha resultado suficiente como tampoco lo es copar todas las estructuras del poder constituido, si ello no está acompañado por una transformación a fondo del orden social y económico que pueda -y deba- repercutir en un cambio de conciencia de la ciudadanía, con paradigmas que coadyuven a la edificación de una sociedad de otro tipo que resalten la solidaridad, el amor, la justicia social, la igualdad, el respeto a la madre naturaleza, el interés colectivo, la soberanía y el protagonismo democrático del pueblo.

No podría ser de otra forma. Como lo demuestra la historia, el fracaso de muchas experiencias revolucionarias del pasado se debió, a grandes rasgos, al hecho de haber obviado sus dirigentes la necesidad irrenunciable de establecer el poder popular como una prioridad elemental del nuevo Estado por construirse, otorgándosele -en consecuencia- la suficiente o la total autonomía para promocionar y consolidar sus propios espacios de participación y protagonismo, ejerciendo la democracia directa.

En tal sentido, como bien lo expone Miguel Mazzeo en su libro El sueño de una cosa (Introducción al Poder Popular), “para evitar que un proceso de autoinstitución popular sea confiscado y profanado por una elite política, como para permitir que un gobierno popular se deslice por la senda de la radicalización y no impida el despliegue de la sociedad nueva que late en la vieja, se deben borrar las diferencias entre las funciones políticas y las administrativas. Esto significa que el poder popular, en su semántica más fuerte, implica el ejercicio de funciones políticas”. Todo lo cual constituye, hoy por hoy, más que un programa de acción política revolucionaria una alternativa de extrema necesidad colectiva frente a las crisis y los embates del capitalismo en su actual fase neoliberal, la cual ha producido mayores índices de pobreza, de desempleo y de deterioro creciente del medio ambiente a escala planetaria.

Lo que se impone entonces es que el poder popular -frente al poder constituido- se plantee a sí mismo impulsar un proceso constituyente permanente, generando en su seno iniciativas y nuevas formas organizativas revolucionarias que desarrollen un espíritu anticapitalista, evitando de este modo reproducir la representatividad y el burocratismo que son inherentes del viejo Estado burgués-liberal que se busca erradicar. Al alcanzarse este propósito revolucionario, se podría iniciar la transición definitiva hacia el socialismo y se modificaría sustancialmente la realidad actual del mundo.-       

EL PODER POPULAR: CONSTITUYENTE, SUBVERSIVO, EMANCIPADOR E INDEPENDIENTE

EL PODER POPULAR: CONSTITUYENTE, SUBVERSIVO, EMANCIPADOR E INDEPENDIENTE

El poder popular debe ser, de modo inmutable, un poder constituyente, subversivo, emancipador e independiente de toda tutela gubernamental. Sin esta peculiaridad primordial, el poder popular resultaría en algo que, contrariamente, en vez de impulsar la transformación radical de la sociedad y de las históricas relaciones de poder instauradas por el sistema capitalista y la democracia representativa, contribuiría a un reforzamiento de estas, ahora con un discurso y una práctica aparentemente revolucionarias que son aceptados por los sectores populares. En tal sentido, el poder popular tendría que orientarse a la conquista legal y extralegal de aquellos espacios que -desde siempre- ha ocupado la clase dominante a través de las instituciones del Estado, alcanzando su legitimación mediante el moldeamiento metódico de la conciencia subordinada de quienes dirigen. De ahí que, al proyectarse la transformación y posterior abolición del sistema de cosas imperante, el poder popular tiene que asumir -indefectiblemente- la construcción de unas nuevas relaciones sociales, políticas y económicas que terminen por desplazar a las que hoy por hoy marcan el destino de nuestros pueblos, impidiéndoles alcanzar un desarrollo integral, en correspondencia con sus aspiraciones seculares y los ideales de la democracia participativa y protagónica.

Como bien lo expone en su ensayo “Poder popular, Estado y Revolución”, Guillermo M. Caviasca, “el poder popular es tal si se expresa a través de construcciones propias de las clases oprimidas que trasciendan la existencia de una organización revolucionaria (aunque esta haya ayudado a generarlo). Es decir, la organización popular no solo como retaguardia de la organización política sino como sujeto y estructura contrahegemónica más allá de la organización. Lo mismo puede decirse para el caso de un nuevo Estado: las organizaciones populares deberían tener una existencia propia y legitimante del nuevo orden de cosas, constituir las defensas profundas de la nueva sociedad más allá del Estado propiamente dicho”. Ello supone subordinar las viejas estructuras del Estado al poder popular, de forma que este último vaya prefigurando el nuevo Estado que ha de surgir como característica fundamental del socialismo revolucionario en construcción, sin que se le limite a un ámbito estrictamente institucional.

Por lo tanto, se hace requisito necesario el cuestionamiento subversivo de todo el orden establecido, con unos niveles de organización, de concienciación y de movilización de los sectores populares que permitan que tal cuestionamiento pueda encarnar propuestas y experiencias válidas y exitosas en la construcción de ese poder popular que dará forma y sustento al socialismo revolucionario. Ello representa, además, iniciar y afirmar un proceso permanente de auto-recreación que no puede, ni debe, condicionarse mediante leyes o razones de Estado que inutilizan sus potencialidades emancipatorias y el rol protagónico que le corresponde asumir en la construcción definitiva de la sociedad socialista.- 

LOS TRABAJADORES REVOLUCIONARIOS Y LA NUEVA SOCIEDAD SOCIALISTA

LOS TRABAJADORES REVOLUCIONARIOS Y LA NUEVA SOCIEDAD SOCIALISTA

          En una sociedad de nuevo tipo que busque sustituir a la sociedad capitalista imperante según los esquemas básicos del socialismo, no bastará con que la propiedad capitalista sea expropiada por el Estado para que se hable propiamente de una sociedad y una economía realmente de transición al socialismo. Ello debe acompañarse de otra condición que trascienda lo meramente económico y/o reivindicativo: la construcción de un Estado primordialmente popular y participativo, en el cual se haga efectiva la soberanía del pueblo y, por supuesto, de todos los trabajadores. De esta forma podrá perfilarse la edificación y permanencia de una sociedad postcapitalista, con los trabajadores controlando directamente los medios de producción que ahora se hallan en manos de una minoría; al mismo tiempo que se procede a la eliminación de todo rasgo de explotación, imposición o desigualdad que han sido generados por el sistema capitalista. Pero esto no debe confundirse -como ya ocurriera en la extinta Unión Soviética y las naciones bajo su influencia- con la existencia de una propiedad estatizada, dirigida y “apropiada” por una burocracia gubernamental que, a la final, produjo entre los trabajadores que éstos no se sintieran identificados de ningún modo con la llamada dictadura del proletariado y permitieran se restaurara el capitalismo en sus respectivos países, contribuyendo así a reforzar la imagen negativa que previamente habían elaborado del socialismo sus enemigos históricos.

            Igualmente, como lo define Rodolfo Sanz, “si los medios de producción son una función del Estado, es decisivo quién, qué clase o capa social detenta realmente el poder y maneja el plusproducto (o plusvalía estatizada). El problema radica en que si el poder no está en manos de la clase obrera, si es la burocracia la que se encarama en él, será esta burocracia la que tenga al Estado -y, por ende, a los medios de producción- como su `propiedad’ y maneje el trabajo excedente”. Por lo tanto, es preciso que las medidas iniciales de expropiación de estos medios de producción incluyan no sólo la definición jurídica de propiedad de los mismos, sino también su posesión efectiva por parte de los trabajadores como productores de plusvalía; haciéndose realidad entonces la socialización de la producción, además de la superación de la tradicionalmente aceptada división social del trabajo. De ahí que se necesite que la propiedad y la posesión efectiva de los medios de producción, el poder político y la capacidad de planificación estén en manos de los trabajadores, de manera que la transición al socialismo revolucionario sea consecuencia del ejercicio constante y amplio de una democracia más directa, participativa y protagónica, en beneficio de la totalidad de la nueva sociedad que se erige.

            Por otra parte, debe tomarse en cuenta que esta nueva sociedad socialista requiere, asimismo, de una nueva conciencia individual y colectiva que encaje lo más perfectamente posible en su práctica cotidiana. Al respecto, lo dicho por el Che Guevara en su oportunidad tiene una vigencia ajustable en la construcción de tal sociedad: "El estímulo moral, la creación de una nueva conciencia socialista, es el punto en que debemos apoyarnos y hacia donde debemos ir, y hacer énfasis en él. El estímulo material es el rezago del pasado, es aquello con lo que hay que contar, pero a lo que hay que ir quitándole preponderancia en la conciencia de la gente a medida que avance el proceso. Uno está en decidido proceso de ascenso; el otro debe estar en decidido proceso de extinción. El estímulo material no participará en la nueva sociedad que se crea, se extinguirá en el camino y hay que preparar las condiciones para que el tipo de movilización que hoy es efectiva, vaya perdiendo cada vez más su importancia y la vaya ocupando el estímulo moral, el sentido del deber, la nueva conciencia revolucionaria." Para lograrlo, es ineludible la formación teórica de los trabajadores, de modo que haya una plena correspondencia entre el discurso y la práctica, en constante revisión y avance, en función de garantizar la irreversibilidad de la revolución socialista en curso.-

LA REVOLUCIÓN Y LA EXIGENCIA DE UNA CONCIENCIA REVOLUCIONARIA

LA REVOLUCIÓN Y LA EXIGENCIA DE UNA CONCIENCIA REVOLUCIONARIA

Habitualmente, las revoluciones han tenido como rasgos distintivos el descontento y la violencia de los sectores populares excluidos en contra de los sectores dominantes, lo cual ha hecho que -en muchos de estos casos- los representantes de estos últimos fueran pasados por las armas, como ocurriera durante la Revolución Francesa y la Revolución Bolchevique, marcando así una ruptura radical con el orden establecido; o, sencillamente, terminaran disfrutando de un exilio dorado en Estados Unidos o en algún país europeo. Esto, sin embargo, ha cambiado sobremanera en las dos últimas décadas, especialmente en nuestra América, produciéndose situaciones en las que la hegemonía de las elites ha sido cuestionada, combatida y revertida, haciendo uso de los mismos mecanismos que las legitimaron, como las elecciones y la conquista de los diferentes espacios del poder constituido. De esta forma, en naciones como Bolivia, Ecuador y Venezuela (por citar las más emblemáticas) los sectores populares adelantan cambios de características indudablemente revolucionarias que, más tarde o más temprano, configurarán una revolución de signo socialista que se manifestará en una nueva estructura orgánica de poder, matizada por la toma de decisiones y la participación efectiva de las bases populares, lo que implicaría entonces el establecimiento de unas nuevas relaciones de poder.

Esto ha obligado a los movimientos revolucionarios a rediseñar sus visiones y estrategias, tratando de ajustarse al momento histórico, ya que las previsiones hechas respecto al sujeto histórico que conduciría la revolución socialista no se han concretado totalmente, haciéndose difícil aceptar que algunos aportes teóricos del pasado tengan alguna pertinencia en la actualidad. No obstante, ha habido avances, buscando orientar las nuevas realidades suscitadas bajo lo que se ha terminado por designar el socialismo del siglo XX, estableciendo una diferenciación con lo hecho en la extinta URSS y otras naciones de regímenes similares. Ello ha permitido incorporar elementos que anteriormente no se tomaron en cuenta o fueron minimizados, entre ellos la emancipación femenina, la agro-ecología, la lucha por la tenencia de la tierra, la autonomía de los pueblos indígenas, la preservación de la identidad nacional y la seguridad agroalimenticia, entre otros, que le han imprimido a la propuesta socialista peculiaridades más cercanas a la idiosincrasia de nuestros pueblos.

Tal cosa exige, al mismo tiempo, una conciencia revolucionaria, transformando los patrones de conducta que nos han hecho asumir como cosa natural la existencia del capitalismo y, con él, de las estructuras sobre las cuales han basado su dominio las cúpulas, tanto a nivel nacional como a nivel internacional. Asimismo, ello exige agotar todas las vías posibles que faciliten el protagonismo y la participación de los sectores populares en la toma de decisiones trascendentales. Para lograrlo, es imprescindible la formación teórica revolucionaria permanente de los sectores populares. Sin esto último, la transición hacia el socialismo revolucionario seguirá retrasándose, dándosele cabida -en consecuencia- al oportunismo y al reformismo, sin afectar las estructuras del orden vigente.-