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TEMAS REVOLUCIONARIOS

EL PODER POPULAR Y LA RUPTURA CREADORA NECESARIA

EL PODER POPULAR Y LA RUPTURA CREADORA NECESARIA

             Si consideramos en detalle los elementos constitutivos del socialismo revolucionario, convendríamos en que el mismo supone la erradicación total del viejo sistema político, económico y social que rige nuestras vidas, con toda la carga ideológica que ello implica. Así, a diferencia del orden establecido, los revolucionarios tendrían que imponerse el logro de, por lo menos, tres grandes propósitos de carácter colectivo, como lo son: el bien común, una producción realmente socialista y el poder popular. En consecuencia, se requiere oponer a la concepción y la práctica de la democracia representativa tradicional una democracia participativa y directa que garantice a plenitud el control, los intereses y el poder decisorio de las amplias mayorías, en el entendido que la soberanía reside verdaderamente en el pueblo. En un segundo lugar, los mecanismos de explotación capitalistas tienen que dar paso a unas nuevas relaciones de producción que privilegien la condición humana de los trabajadores y la interacción armónica con la naturaleza, sin más interés que el bien común y no el de una clase social privilegiada. Y, por supuesto, en un plano mayor, tendría que existir un poder popular capaz de asumir los dos propósitos expuestos, de una manera autónoma, desarrollándose a su propio ritmo y cumpliendo funciones específicas de autogobierno. Sin embargo, es obligatorio advertir que tales propósitos revolucionarios no se obtendrán de la noche a la mañana, por decreto o de modo automático, gracias a la voluntad de una vanguardia revolucionaria esclarecida, sino por el impulso decidido y la conciencia revolucionaria de quienes constituyen los sectores populares. De otra forma, todo el empeño puesto en hacer posible la revolución socialista derivaría -inexorablemente- en simple reformismo socialdemócrata, quedando todo en un estado similar al que se pretende cambiar, sólo que ahora con otras denominaciones.

            Todo esto implica entonces el surgimiento de nuevas formas y escenarios de participación directa que, a su vez, permitan activar un proceso constituyente permanente que transformen radicalmente la sociedad, el sistema económico capitalista y el Estado burgués-liberal vigentes; teniendo presente que -como bien lo indicara Rosa Luxemburgo- “solo la experiencia está en condiciones de corregir y abrir nuevos caminos”. Haría falta propiciar espacios de encuentro y de articulación de acciones, experiencias y propuestas de individualidades y de movimientos populares revolucionarios, dispuestos a deponer actitudes sectarias y a construir una plataforma revolucionaria unitaria. De esta manera podría encauzarse consciente y organizadamente la construcción del socialismo revolucionario y, por ende, del poder popular que ha de caracterizarlo siempre.

            En coincidencia con lo que afirmara Miguel Mazzeo en su libro El sueño de una cosa, “en lo esencial, hay que apostar por la ruptura: las formas de mando deben ser legítimas (del tipo mandar-obedeciendo), subordinadas a una comunidad consensual y crítica y, además, transitorias. El mando debe concebirse fundamentalmente como dirección descentrada (múltiples mandos que pueden articularse en determinadas circunstancias), como un oficio no externo respecto del sujeto colectivo de la transformación y como una función no diferenciada y especializada destinada a ser ejercida por aquellos que detentan un supuesto saber revolucionario”. Es decir, las estructuras de poder (poder en su acepción más amplia), altamente burocratizadas, representativas y autoritarias, tendrían que desmontarse en función de un mayor protagonismo y control colectivos, despersonalizándolas y desjerarquizándolas, subordinadas (como debe ser) a la soberanía popular.-  

 

 

¿CÓMO LOGRAR UN GENUINO PODER POPULAR?

¿CÓMO LOGRAR UN GENUINO PODER POPULAR?

De entrada hay que advertir (cuestión que ha de saber todo revolucionario que se aprecie como tal) que el verticalismo y la representatividad que caracterizan al Estado vigente, en sus distintos niveles, resultan inadecuados y opuestos a la existencia y accionar del poder popular, salvo que se entienda que éste deba ser un apéndice inerte, sin poder decisorio alguno, que se asiente en la vieja práctica del clientelismo político. Si es esto último lo que algunos denominan interesadamente poder popular, entonces el mismo ni es poder ni es popular, ya que sólo sirve para distorsionar el ejercicio de la democracia en su concepto más profundo y pleno; contribuyendo a consolidar la hegemonía de la clase dominante por medio de la satisfacción parcial de necesidades, bienes y servicios a cambio de votos, sin alterar en esencia el orden establecido.

Para que exista, por consiguiente, un poder popular genuino, éste ha de desarrollar primeramente unas nuevas formas organizativas y expresivas que correspondan a la idiosincrasia, las experiencias de lucha, la cultura y los intereses generales (sin obviar los particulares) de los sectores populares, de un modo pluralista y en contra de todo aquello que originó su insurgencia. Sin esta comprensión del porqué del poder popular no habrá avances significativos en lo que sería entonces la edificación de un nuevo modelo de sociedad basado en la toma de decisiones, la participación y el protagonismo directos del pueblo conscientemente organizado.

Desde luego, no es algo ilusorio plantearse –de manera audaz, desde abajo y al margen de las relaciones de poder tradicionalmente aceptadas hasta ahora por la humanidad en general- el forjamiento de una fuerza social y política genuinamente emancipadora, capaz de producir una ruptura creadora que contribuya a crear las bases objetivas y subjetivas de una sociedad de nuevo tipo, una nueva economía y un nuevo Estado, en los cuales se manifiesten en todo momento la horizontalidad y el interés colectivo, con sus dosis de inclusión y equidad social. Ciertamente, su forjamiento luce complicado y enfrenta diversidad de obstáculos aparentemente insalvables que, en algunos casos, desaniman a muchos que no poseen una conciencia revolucionaria fortalecida, habituados a responder de manera casi automática a los dogmas del poder tradicional en los mismos términos y prácticas que le dan vida. Para ello es preciso desprenderse de los patrones de comportamiento que nos inducen a aceptar como válidos, naturales e inevitables la hegemonía y privilegios que detentan las clases dominantes, tanto internas como externas, en un proceso de cuestionamiento continuo y profundo que facilite desentrañar cuáles son las razones objetivas que causan los males de la sociedad presente, como la pobreza, el desempleo, la explotación capitalista de los trabajadores, la contaminación ambiental, la dependencia económica y científico-tecnológica, las injusticias sociales y un largo etcétera que es necesario resolver por nuestro bien y de las generaciones futuras.

Cabe afirmar entonces que el poder popular tiene que hallar sus propios cauces de organización, de expresión y de legitimación. No puede vincularse a una directriz clientelar de una clase o casta gobernante, ni de un partido político determinado, que ven en él su tabla de salvación, haciéndole algunas concesiones simbólicas que no amenacen el poder que tienen en sus manos. Como alguna vez lo escribiera Roland Denis; “el papel de un gobierno es de posibilitar el protagonismo de las masas sin imponerle una dirección”. Esto supone, en consecuencia, que la espontaneidad del poder popular lo es respecto al Estado y las diferentes instancias que lo justifican, no así en relación con un proyecto de emancipación integral que debería estructurarse conscientemente, de manera que el mismo se concrete en un plazo razonable, sin que ello signifique convertirlo en una utopía permanente, difícilmente realizable.-

LA PUNTA DE LANZA DE LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

LA PUNTA DE LANZA DE LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

Desde un primer momento, el poder popular -como punta de lanza de la construcción del socialismo revolucionario- tendría que consagrar sus esfuerzos en hacer posible un gobierno y unas instituciones públicas alternativas, lograr unas nuevas relaciones de producción a través de la autogestión económica, impulsar un desarrollo endógeno sustentable y una educación popular emancipadora, con valores realmente socialistas, entre otros cambios harto necesarios, que permitan superar la hegemonía y los antivalores del capitalismo. En efecto, de lo que se trata es de trascender el viejo modelo de sociedad y las relaciones de poder engendradas bajo la lógica capitalista, ya que es totalmente ilusorio creer que sólo bastan la buena voluntad y unas cuantas reformas legislativas puntuales para acabar con los múltiples problemas, las necesidades, las injusticias e, incluso, las guerras que ha generado el capitalismo a nivel mundial. Sin embargo, cuando se ha intentado, esto último no ha resultado suficiente como tampoco lo es copar todas las estructuras del poder constituido, si ello no está acompañado por una transformación a fondo del orden social y económico que pueda -y deba- repercutir en un cambio de conciencia de la ciudadanía, con paradigmas que coadyuven a la edificación de una sociedad de otro tipo que resalten la solidaridad, el amor, la justicia social, la igualdad, el respeto a la madre naturaleza, el interés colectivo, la soberanía y el protagonismo democrático del pueblo.

No podría ser de otra forma. Como lo demuestra la historia, el fracaso de muchas experiencias revolucionarias del pasado se debió, a grandes rasgos, al hecho de haber obviado sus dirigentes la necesidad irrenunciable de establecer el poder popular como una prioridad elemental del nuevo Estado por construirse, otorgándosele -en consecuencia- la suficiente o la total autonomía para promocionar y consolidar sus propios espacios de participación y protagonismo, ejerciendo la democracia directa.

En tal sentido, como bien lo expone Miguel Mazzeo en su libro El sueño de una cosa (Introducción al Poder Popular), “para evitar que un proceso de autoinstitución popular sea confiscado y profanado por una elite política, como para permitir que un gobierno popular se deslice por la senda de la radicalización y no impida el despliegue de la sociedad nueva que late en la vieja, se deben borrar las diferencias entre las funciones políticas y las administrativas. Esto significa que el poder popular, en su semántica más fuerte, implica el ejercicio de funciones políticas”. Todo lo cual constituye, hoy por hoy, más que un programa de acción política revolucionaria una alternativa de extrema necesidad colectiva frente a las crisis y los embates del capitalismo en su actual fase neoliberal, la cual ha producido mayores índices de pobreza, de desempleo y de deterioro creciente del medio ambiente a escala planetaria.

Lo que se impone entonces es que el poder popular -frente al poder constituido- se plantee a sí mismo impulsar un proceso constituyente permanente, generando en su seno iniciativas y nuevas formas organizativas revolucionarias que desarrollen un espíritu anticapitalista, evitando de este modo reproducir la representatividad y el burocratismo que son inherentes del viejo Estado burgués-liberal que se busca erradicar. Al alcanzarse este propósito revolucionario, se podría iniciar la transición definitiva hacia el socialismo y se modificaría sustancialmente la realidad actual del mundo.-       

EL PODER POPULAR: CONSTITUYENTE, SUBVERSIVO, EMANCIPADOR E INDEPENDIENTE

EL PODER POPULAR: CONSTITUYENTE, SUBVERSIVO, EMANCIPADOR E INDEPENDIENTE

El poder popular debe ser, de modo inmutable, un poder constituyente, subversivo, emancipador e independiente de toda tutela gubernamental. Sin esta peculiaridad primordial, el poder popular resultaría en algo que, contrariamente, en vez de impulsar la transformación radical de la sociedad y de las históricas relaciones de poder instauradas por el sistema capitalista y la democracia representativa, contribuiría a un reforzamiento de estas, ahora con un discurso y una práctica aparentemente revolucionarias que son aceptados por los sectores populares. En tal sentido, el poder popular tendría que orientarse a la conquista legal y extralegal de aquellos espacios que -desde siempre- ha ocupado la clase dominante a través de las instituciones del Estado, alcanzando su legitimación mediante el moldeamiento metódico de la conciencia subordinada de quienes dirigen. De ahí que, al proyectarse la transformación y posterior abolición del sistema de cosas imperante, el poder popular tiene que asumir -indefectiblemente- la construcción de unas nuevas relaciones sociales, políticas y económicas que terminen por desplazar a las que hoy por hoy marcan el destino de nuestros pueblos, impidiéndoles alcanzar un desarrollo integral, en correspondencia con sus aspiraciones seculares y los ideales de la democracia participativa y protagónica.

Como bien lo expone en su ensayo “Poder popular, Estado y Revolución”, Guillermo M. Caviasca, “el poder popular es tal si se expresa a través de construcciones propias de las clases oprimidas que trasciendan la existencia de una organización revolucionaria (aunque esta haya ayudado a generarlo). Es decir, la organización popular no solo como retaguardia de la organización política sino como sujeto y estructura contrahegemónica más allá de la organización. Lo mismo puede decirse para el caso de un nuevo Estado: las organizaciones populares deberían tener una existencia propia y legitimante del nuevo orden de cosas, constituir las defensas profundas de la nueva sociedad más allá del Estado propiamente dicho”. Ello supone subordinar las viejas estructuras del Estado al poder popular, de forma que este último vaya prefigurando el nuevo Estado que ha de surgir como característica fundamental del socialismo revolucionario en construcción, sin que se le limite a un ámbito estrictamente institucional.

Por lo tanto, se hace requisito necesario el cuestionamiento subversivo de todo el orden establecido, con unos niveles de organización, de concienciación y de movilización de los sectores populares que permitan que tal cuestionamiento pueda encarnar propuestas y experiencias válidas y exitosas en la construcción de ese poder popular que dará forma y sustento al socialismo revolucionario. Ello representa, además, iniciar y afirmar un proceso permanente de auto-recreación que no puede, ni debe, condicionarse mediante leyes o razones de Estado que inutilizan sus potencialidades emancipatorias y el rol protagónico que le corresponde asumir en la construcción definitiva de la sociedad socialista.- 

LOS TRABAJADORES REVOLUCIONARIOS Y LA NUEVA SOCIEDAD SOCIALISTA

LOS TRABAJADORES REVOLUCIONARIOS Y LA NUEVA SOCIEDAD SOCIALISTA

          En una sociedad de nuevo tipo que busque sustituir a la sociedad capitalista imperante según los esquemas básicos del socialismo, no bastará con que la propiedad capitalista sea expropiada por el Estado para que se hable propiamente de una sociedad y una economía realmente de transición al socialismo. Ello debe acompañarse de otra condición que trascienda lo meramente económico y/o reivindicativo: la construcción de un Estado primordialmente popular y participativo, en el cual se haga efectiva la soberanía del pueblo y, por supuesto, de todos los trabajadores. De esta forma podrá perfilarse la edificación y permanencia de una sociedad postcapitalista, con los trabajadores controlando directamente los medios de producción que ahora se hallan en manos de una minoría; al mismo tiempo que se procede a la eliminación de todo rasgo de explotación, imposición o desigualdad que han sido generados por el sistema capitalista. Pero esto no debe confundirse -como ya ocurriera en la extinta Unión Soviética y las naciones bajo su influencia- con la existencia de una propiedad estatizada, dirigida y “apropiada” por una burocracia gubernamental que, a la final, produjo entre los trabajadores que éstos no se sintieran identificados de ningún modo con la llamada dictadura del proletariado y permitieran se restaurara el capitalismo en sus respectivos países, contribuyendo así a reforzar la imagen negativa que previamente habían elaborado del socialismo sus enemigos históricos.

            Igualmente, como lo define Rodolfo Sanz, “si los medios de producción son una función del Estado, es decisivo quién, qué clase o capa social detenta realmente el poder y maneja el plusproducto (o plusvalía estatizada). El problema radica en que si el poder no está en manos de la clase obrera, si es la burocracia la que se encarama en él, será esta burocracia la que tenga al Estado -y, por ende, a los medios de producción- como su `propiedad’ y maneje el trabajo excedente”. Por lo tanto, es preciso que las medidas iniciales de expropiación de estos medios de producción incluyan no sólo la definición jurídica de propiedad de los mismos, sino también su posesión efectiva por parte de los trabajadores como productores de plusvalía; haciéndose realidad entonces la socialización de la producción, además de la superación de la tradicionalmente aceptada división social del trabajo. De ahí que se necesite que la propiedad y la posesión efectiva de los medios de producción, el poder político y la capacidad de planificación estén en manos de los trabajadores, de manera que la transición al socialismo revolucionario sea consecuencia del ejercicio constante y amplio de una democracia más directa, participativa y protagónica, en beneficio de la totalidad de la nueva sociedad que se erige.

            Por otra parte, debe tomarse en cuenta que esta nueva sociedad socialista requiere, asimismo, de una nueva conciencia individual y colectiva que encaje lo más perfectamente posible en su práctica cotidiana. Al respecto, lo dicho por el Che Guevara en su oportunidad tiene una vigencia ajustable en la construcción de tal sociedad: "El estímulo moral, la creación de una nueva conciencia socialista, es el punto en que debemos apoyarnos y hacia donde debemos ir, y hacer énfasis en él. El estímulo material es el rezago del pasado, es aquello con lo que hay que contar, pero a lo que hay que ir quitándole preponderancia en la conciencia de la gente a medida que avance el proceso. Uno está en decidido proceso de ascenso; el otro debe estar en decidido proceso de extinción. El estímulo material no participará en la nueva sociedad que se crea, se extinguirá en el camino y hay que preparar las condiciones para que el tipo de movilización que hoy es efectiva, vaya perdiendo cada vez más su importancia y la vaya ocupando el estímulo moral, el sentido del deber, la nueva conciencia revolucionaria." Para lograrlo, es ineludible la formación teórica de los trabajadores, de modo que haya una plena correspondencia entre el discurso y la práctica, en constante revisión y avance, en función de garantizar la irreversibilidad de la revolución socialista en curso.-

LA REVOLUCIÓN Y LA EXIGENCIA DE UNA CONCIENCIA REVOLUCIONARIA

LA REVOLUCIÓN Y LA EXIGENCIA DE UNA CONCIENCIA REVOLUCIONARIA

Habitualmente, las revoluciones han tenido como rasgos distintivos el descontento y la violencia de los sectores populares excluidos en contra de los sectores dominantes, lo cual ha hecho que -en muchos de estos casos- los representantes de estos últimos fueran pasados por las armas, como ocurriera durante la Revolución Francesa y la Revolución Bolchevique, marcando así una ruptura radical con el orden establecido; o, sencillamente, terminaran disfrutando de un exilio dorado en Estados Unidos o en algún país europeo. Esto, sin embargo, ha cambiado sobremanera en las dos últimas décadas, especialmente en nuestra América, produciéndose situaciones en las que la hegemonía de las elites ha sido cuestionada, combatida y revertida, haciendo uso de los mismos mecanismos que las legitimaron, como las elecciones y la conquista de los diferentes espacios del poder constituido. De esta forma, en naciones como Bolivia, Ecuador y Venezuela (por citar las más emblemáticas) los sectores populares adelantan cambios de características indudablemente revolucionarias que, más tarde o más temprano, configurarán una revolución de signo socialista que se manifestará en una nueva estructura orgánica de poder, matizada por la toma de decisiones y la participación efectiva de las bases populares, lo que implicaría entonces el establecimiento de unas nuevas relaciones de poder.

Esto ha obligado a los movimientos revolucionarios a rediseñar sus visiones y estrategias, tratando de ajustarse al momento histórico, ya que las previsiones hechas respecto al sujeto histórico que conduciría la revolución socialista no se han concretado totalmente, haciéndose difícil aceptar que algunos aportes teóricos del pasado tengan alguna pertinencia en la actualidad. No obstante, ha habido avances, buscando orientar las nuevas realidades suscitadas bajo lo que se ha terminado por designar el socialismo del siglo XX, estableciendo una diferenciación con lo hecho en la extinta URSS y otras naciones de regímenes similares. Ello ha permitido incorporar elementos que anteriormente no se tomaron en cuenta o fueron minimizados, entre ellos la emancipación femenina, la agro-ecología, la lucha por la tenencia de la tierra, la autonomía de los pueblos indígenas, la preservación de la identidad nacional y la seguridad agroalimenticia, entre otros, que le han imprimido a la propuesta socialista peculiaridades más cercanas a la idiosincrasia de nuestros pueblos.

Tal cosa exige, al mismo tiempo, una conciencia revolucionaria, transformando los patrones de conducta que nos han hecho asumir como cosa natural la existencia del capitalismo y, con él, de las estructuras sobre las cuales han basado su dominio las cúpulas, tanto a nivel nacional como a nivel internacional. Asimismo, ello exige agotar todas las vías posibles que faciliten el protagonismo y la participación de los sectores populares en la toma de decisiones trascendentales. Para lograrlo, es imprescindible la formación teórica revolucionaria permanente de los sectores populares. Sin esto último, la transición hacia el socialismo revolucionario seguirá retrasándose, dándosele cabida -en consecuencia- al oportunismo y al reformismo, sin afectar las estructuras del orden vigente.-    

SIN CAMBIO ESTRUCTURAL, LA REVOLUCIÓN NAUFRAGA

SIN CAMBIO ESTRUCTURAL, LA REVOLUCIÓN NAUFRAGA

Entretanto la acción revolucionaria esté circunscrita a lo meramente electoral -siguiendo las reglas impuestas por los sectores dominantes- y no esté orientada al cuestionamiento, la supresión y el reemplazo de las diversas estructuras que legitiman y naturalizan el orden social establecido, los ideales de la revolución socialista naufragarán y se diluirán en medidas y leyes de corte reformista que, a largo plazo, no tendrán un efecto duradero que realmente contribuya en hacer posible la emancipación popular. La cabal comprensión de esta situación implicaría asumir un compromiso revolucionario a tiempo completo, por encima de dudas y temores, incluso, que trascienda el marco de referencia personal o existencial de cada revolucionario, en un proceso continuo de desalienación que le dé una fundamentación segura -tanto en lo práctico como en lo teórico- a la revolución que se pretende construir según el ideario socialista. Aun así, cabe admitir que habrá mucho trecho aún por recorrer, entendiendo que las revoluciones -a pesar de ser lideradas por personajes considerados providenciales- son sostenidas, básicamente, por los sectores populares. Bajo este entendimiento, será elemento primordial e imprescindible la formación teórica revolucionaria, a nivel individual y colectivo; cuestión ésta que pudiera incrementarse si la gestión gubernamental en nombre del socialismo revolucionario se hace efectivamente transparente, participativa, oportuna y satisfactoria, de modo que exista un contraste positivo respecto a lo que hace cualquier gobierno representativo, esté o no inspirado por un deseo sincero de cumplir con las aspiraciones del pueblo.

Es fundamental, por tanto, que los revolucionarios lleguen a comprender que, sin un cambio estructural del Estado imperante, la participación y el protagonismo populares sólo cumplirán un papel simbólico, dejando en manos de burócratas la toma de decisiones, la planificación, el control y la ejecución de los diversos programas que involucran al pueblo, conservándose intacta la representatividad. Esto amerita promover iniciativas organizativas en las cuales los trabajadores y sectores populares desarrollen formas de autogobierno y de transformación de las relaciones de producción capitalista, de manera que las mismas tengan una incidencia significativa sobre las tradicionales relaciones de poder establecidas y se alcance finalmente la transición hacia el socialismo revolucionario. En este caso, no es admisible la reproducción del viejo modelo de Estado burocrático y representativo existente sino la constitución de un nuevo modelo en el cual sea elemento cardinal en todo momento la democracia participativa y protagónica.

Este objetivo revolucionario no debería distraerse jamás en aras de intereses particulares y/o partidistas, ya que el mismo tiene que catapultarse a través de la diversidad de organizaciones de base popular que, atendiendo a la búsqueda de beneficios comunes, pero sin olvidar el conjunto de la sociedad, le darán sustentabilidad al socialismo. Por ello es necesario que los revolucionarios estén en capacidad de enfrentar los síntomas de la corrupción del poder, tanto del ya constituido como del que emerja bajo la sociedad de nuevo tipo que se erija, ejerciendo la crítica y la autocrítica como antídotos poderosos para evitar que esto ocurra, a pesar de la resistencia que opondrán -sin duda- quienes lo ejercen, utilizando todos los recursos a su disposición.-  

PRAXIS Y TEORÍA REVOLUCIONARIA, ¿PARA QUÉ?

PRAXIS Y TEORÍA REVOLUCIONARIA, ¿PARA QUÉ?

Desde el momento que Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, diera a conocer su célebre frase “No hay teoría revolucionaria sin práctica revolucionaria y viceversa”, es mucho lo que se ha dicho y hecho al respecto. En algunas situaciones, la teoría revolucionaria ha prefigurado la práctica revolucionaria mientras que en otras ésta ha antecedido a la teoría, llegándose a cumplir lo que afirmara Salvador Allende respecto a que “la revolución no pasa por la universidad, y esto hay que entenderlo, la revolución pasa por las grandes masas, la revolución la hacen los pueblos, la revolución la hacen, esencialmente, los trabajadores”. No obstante, en ambos casos es innegable la importancia de cada uno de estos elementos, sin los cuales sería difícil definir cualquier proceso revolucionario en el mundo. A pesar de ello, existen los pragmáticos que niegan el valor de la teoría revolucionaria, esgrimiendo como argumento que ella no es necesaria si todo se cumple o se hace con eficiencia. En el lado opuesto, existen los teóricos que no dan su brazo a torcer, desconociendo muchas veces las condiciones específicas que presenta la lucha revolucionaria en determinada coyuntura histórica, lo cual ha traído como consecuencia que se pierdan oportunidades para garantizar y acelerar el avance revolucionario de los sectores populares. Todavía hoy se discute para qué sirven la praxis y la teoría revolucionarias, haciéndose inexcusable la formación de una conciencia revolucionaria que facilite no sólo su comprensión sino las condiciones favorables para que ambas se desarrollen a plenitud.

Por ello mismo, la praxis y la teoría revolucionarias deben marchar a la par, por lo que una no puede excluirse sin perjuicio de la otra. De ahí que sea necesario entre los revolucionarios impulsar la revisión, la rectificación y el reimpulso de ambas, a medida que los objetivos revolucionarios se vayan alcanzando, permitiendo que el pueblo asuma su participación y protagonismo en la orientación y profundización de la revolución socialista. Además de ello, es preciso que los revolucionarios comprendan que tales objetivos pueden obtenerse desde diversas trincheras de lucha, incluso a través de diferentes partidos políticos que, sin anular sus diferencias doctrinales, podrían complementarse, conservando cada quien su autonomía, pero todos concentrados en conquistar definitivamente el camino del socialismo revolucionario. Para ello es imprescindible también despojarse de cualquier actitud sectaria o personalista que entorpezca la construcción de una efectiva unidad revolucionaria, probada en la práctica y en el debate constante que debe existir entre las diversas fuerzas revolucionarias, buscando crear las condiciones subjetivas y objetivas que hagan posible tal unidad. No se trata, por lo tanto, de imponer criterios en base al poder detentado y al hecho de contar con un mayor número de militantes, silenciando cualquier opción contraria, a pesar de ser la más idónea y la mejor sustentada.

Demás está resaltar que la praxis y la teoría revolucionarias contribuyen a evitar el enquistamiento de cualquier proceso revolucionario socialista, preservándolo de lo que llamaríamos inercia histórica al agotarse la acción revolucionaria en la cotidianidad, sobre todo si se está ya ejerciendo el poder, sin trascenderla ni apuntar a metas de largo plazo que impliquen el ejercicio pleno de la soberanía popular y, por supuesto, el cuestionamiento radical del orden establecido. Sólo quienes resulten ser ideológicamente contrarrevolucionarios (pese a autoproclamarse revolucionarios) podrían negarse a admitir lo acertado de la frase antes citada de Lenin. En contrapartida, los verdaderos revolucionarios siempre estarán dispuestos a demostrar cada día, al lado del pueblo, la veracidad de la misma.-