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TEMAS REVOLUCIONARIOS

REVOLUCIÓN Y EVOLUCIÓN EN FUNCIÓN DE UNA NUEVA CONCIENCIA INDIVIDUAL Y COLECTIVA

REVOLUCIÓN Y EVOLUCIÓN EN FUNCIÓN DE UNA NUEVA CONCIENCIA INDIVIDUAL Y COLECTIVA

La posibilidad de estatuir un orden social más justo que el vigente, siempre ha sido una aspiración común y constante de los pueblos del mundo, aun de aquellos regimentados por castas o estratificaciones de diverso origen. Ello ha marcado, indudablemente, la marcha de la historia a través del tiempo, sacudida muchas veces por saltos cualitativos que encajan en lo que conocemos comúnmente como revolución, dada la contundencia y la irreversibilidad de sus acciones, imponiendo nuevas realidades por vivir. De este modo, la historia evoluciona. Cada época viene a ser sustituida -en uno u otro sentido- por otra de nuevo tipo, exigiéndose la necesidad de unos paradigmas más acordes con los imperativos del momento. No obstante, esta (r)evolución, al partir de una realidad concreta, arrastra consigo viejos paradigmas que generarán, tarde o temprano, contradicciones y algunos retrocesos que causarán la impresión que no se ha hecho nada y todo sigue igual que antes. Frente a ello, pocos advierten que se requiere actuar con la predisposición de generar cambios sustantivos en la estructura social, económica y política de la sociedad que, a su vez, estén sustentados por acciones de carácter pedagógico que se traduzcan en la adopción de una nueva conciencia, emancipada de los tabúes y prejuicios del pasado, tanto en lo individual como en lo colectivo. Esto último -es de reconocerse- no constituye una tarea nada fácil, lograble a corto plazo, puesto que ella choca contra la cotidianidad que envuelve a la generalidad de las personas, cosificadas por el sistema hegemónico del capitalismo y acostumbradas como están a existir (no vivir) sin una conciencia propia que les permita indagar realmente sobre las causas que las condenan a unas condiciones de sobrevivencia, miseria y explotación sin aparente final, resignándose cada una, a su manera, a alcanzar un paraíso prometido tras la muerte, adoctrinadas por muchas religiones que le hacen el juego a los sectores dominantes.

Por ello, al plantearse una revolución de contenido popular y socialista, se debe reafirmar la necesidad de cambios que motivara la insurgencia (pacífica o violenta) de los sectores populares contra el orden establecido, sobre todo en lo que respecta al funcionamiento y las estructuras del Estado, concebido éste para servir de muro de contención, de coacción y de legitimación de las minorías gobernantes, por lo que no se puede excusar la misión de transformarlo radicalmente en función de los intereses y la soberanía de las mayorías. Esto implica echar mano a herramientas legales y extralegales que propicien la organización, la participación, la formación teórica y el protagonismo del poder popular, de manera que éste adquiera una autonomía funcional frente al Estado mismo, así como de sus intermediarios tradicionales, es decir, los partidos políticos. Es preciso, por tanto, producir un estado de efervescencia social que impulse cambios constantemente en lo político, lo social y lo económico (extendiéndose a lo cultural e, incluso, a lo espiritual) con la finalidad de construir una realidad absolutamente diferente y revolucionaria. Sin embargo, hay que advertir igualmente que esto -sin una efectiva y consciente participación del pueblo, obligado a un acompañamiento puramente pasivo o electoralista sin mayor trascendencia- podría convertirse en una aspiración más, frustrándose su concreción.

Hará falta, entonces, que los grupos revolucionarios se profesionalicen de alguna forma, dedicados a hacer la revolución socialista en todos los ámbitos de la vida social, al mismo tiempo que dan nacimiento a las tesis que recopilarán y definirán las diversas experiencias revolucionarias populares que tendrán lugar, en un proceso continuo de debates y propuestas que sirvan de referencia -sin ortodoxia alguna- a aquellas que puedan surgir en otras latitudes. Se debe confrontar el dominio ideológico-cultural del sistema capitalista, desmenuzando sus soportes (presentes en la educación, la religión, la cultura, los medios de información masivos y, en la cresta de la ola, el consumismo que nos induce a mantener un estilo de “vida” poco diferenciado al uniformarnos y condicionarnos en cuanto a gustos, comportamientos, valores y usos), que enclavan las relaciones de dominio y de explotación en la conciencia de cada uno. En la medida que ello se vaya acentuando y extendiendo entre los sectores populares, tendrá cabida la posibilidad de estatuir siempre un orden social más justo que el vigente.-

PARA LLEGAR AL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO SE DEBEN TRASCENDER LOS LÍMITES DE LA DEMOCRACIA RESTRINGIDA

PARA LLEGAR AL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO SE DEBEN TRASCENDER LOS LÍMITES DE LA DEMOCRACIA RESTRINGIDA

Los fundamentos de una nueva estructura económica postcapitalista y de una nueva organización política de la sociedad a través del socialismo revolucionario requieren de una nueva orientación teórica y cultural, lo que debiera redundar -sin duda- en el desarrollo integral de los sectores populares, concibiéndose al mundo de una manera radicalmente distinta. Sería, además, poner en movimiento la adopción de una nueva clase de ciudadanía, activa y no contemplativa, cuyos valores éticos y morales conviertan a cada persona en generadora de los cambios políticos, sociales, económicos, militares y culturales que definirán la transición definitiva hacia el socialismo, haciendo posible la combinación de teoría y acción política, como también la superación de las contradicciones, las inconsistencias y las desviaciones a las cuales estuviere propenso el proceso revolucionario en cualquier momento. Ello exigiría trascender los límites de la democracia restringida, tan del uso en la mayoría de los países, incluidos aquellos donde tienen lugar cambios bajo la advocación del socialismo. Esto contrastará enormemente con lo afirmado por Samuel Huntington en el Informe sobre la gobernabilidad de las democracias para la Comisión Trilateral, publicado en 1975, en el sentido que “la operación efectiva del sistema político democrático usualmente requiere mayor medida de apatía y no participación de parte de algunos individuos y grupos. En el pasado, toda sociedad democrática ha tenido una población marginal, de mayor o menor tamaño, que no ha participado activamente en la política. En sí misma, esta marginalidad de parte de algunos grupos es inherentemente no democrática, pero es también uno de los factores que ha permitido a la democracia funcionar efectivamente”. En la actualidad, la globalización económica neoliberal busca mantener inalterable esta realidad, resistiéndose a las demandas de los sectores populares de una mayor participación política y de una efectiva redistribución de la riqueza, por lo que sus auspiciadores y beneficiarios directos no escatiman ningún método, sutil o violento, para lograrlo.

De ahí que, siendo el socialismo la antípoda política, social y económica del sistema capitalista, debe desprenderse de los esquemas que caracterizan a este último, facilitando el escenario para que se pongan en funcionamiento mecanismos de participación y de protagonismo popular, capaces de producir acuerdos -en medio de la diversidad de intereses e ideas de sus integrantes- que reflejen la unidad de acción y de pensamiento respecto al tipo de socialismo revolucionario que se espera construir, sin que prevalezca la tutela del Estado. Esto pasa por incluir también la definición de las formas de propiedad de los medios y de organización de la producción, además de las relaciones que existirían entre el poder político y la democracia socialista, entendiendo ésta como un ejercicio cotidiano y vinculante por parte de los sectores populares que no podrá ser obviado por el estamento gobernante, invocando para ello razones de Estado, como es habitual en los regímenes de la democracia representativa.

Es preciso, por tanto, asegurar las condiciones objetivas y subjetivas que permitan una retroalimentación de la revolución socialista, de modo que haya una continuidad y una profundización de la misma que la haga totalmente irreversible, sin el titubeo ni la manipulación demagógica característicos de quienes nada más aspiran a una mera reforma cosmética del orden vigente en su propio beneficio. Para alcanzar dichos objetivos es vital inculcar entre los sectores populares la necesidad de la formación teórica y del debate crítico y propositivo, algo que impone el activismo de una dirigencia política compenetrada con los ideales del socialismo revolucionario que, más que representante, sea vocera de los intereses colectivos; de tal forma que no exista posibilidad alguna de una restauración de la sociedad capitalista que se pretende reemplazar por otra de nuevo tipo, es decir, por una definitivamente socialista.-        

EL ESTADO COMUNAL Y LA ECONOMÍA AUTOGESTIONARIA COMO EJES DE LA CONSTRUCCIÓN SOCIALISTA

EL ESTADO COMUNAL Y LA ECONOMÍA AUTOGESTIONARIA COMO EJES DE LA CONSTRUCCIÓN SOCIALISTA

       ¿En qué medida podrá construirse el socialismo revolucionario y cuáles serían los mecanismos que lo harán posible algún día? Esta es una interrogante que pocos revolucionarios se plantean, enfrascados como están muchos de ellos en una mera lucha político-electoral que apenas traspasa el umbral de los logros parciales permitidos por los sectores dominantes dentro de su concepción de poder. Aun así, no escasean los aportes de otros que tratan de establecer el modo de abordar la transformación socialista de la sociedad, algo que se intenta tomando en cuenta las particularidades de cada nación, rompiendo con el dogmatismo heredado de los academicistas soviéticos que convirtieron en ley lo que se hizo excepcional durante la revolución bolchevique y el surgimiento de la URSS. A lo que habría que agregar también el hecho que muchos de los promotores de la revolución socialista no supieron asimilar la eclosión de la URSS, cuestión que hizo pensar en el fracaso de las ideas de Marx, Engels y Lenin, extendiéndose la impresión entonces que el sistema capitalista es algo natural de la sociedad humana, inquebrantable e ineludible. Sin embargo, las luchas populares emprendidas en distintas latitudes del planeta comenzaron pronto a desmentir tal derrota. En nuestra América, sobre todo en Venezuela, comenzaron a resurgir con fuerza telúrica los ideales socialistas tras décadas de sistemática represión, reafirmando su vigencia en medio de las crisis y contradicciones capitalistas.

        Todo ello supone que el actual Estado burgués-representativo -al servicio de las grandes corporaciones económicas y de las minorías dominantes- tenga que convertirse en un Estado comunal, orientado por el ejercicio pleno de la soberanía popular, lo cual plantea la necesidad insoslayable de cambiar las relaciones de poder, estableciéndose la condición de gobernar-obedeciendo por parte de quienes accedan a los diferentes cargos de elección y/o de gobierno. Pero esto no será todavía suficiente si no se respalda con una solida formación teórica que potencie la capacidad revolucionaria de nuestros pueblos, de manera que se impida el enquistamiento de un nuevo estamento político parasitario, envuelto en la defensa de sus propios intereses en vez de consolidar las condiciones objetivas que hagan realidad la revolución socialista. Este Estado comunal, por supuesto, no puede ni debe repetir los mismos esquemas administrativos del Estado burgués-liberal que pretende sustituir y eliminar, por cuanto sería un serio revés para la práctica de la democracia participativa y protagónica como elemento fundamental de la construcción socialista, quedando el pueblo tutelado, en consecuencia, por una burocracia político-partidista, siendo ello una abierta negación del socialismo revolucionario, tal como ocurriera en la URSS y otros países bajo su órbita. En este caso, hay que fomentar la constitución de diversidad de estructuras organizacionales del poder popular, de forma que la revolución socialista sea internalizada, desarrollada y protagonizada por todos los sectores sociales, no obstante que se piense que es una utopía, impracticable e imposible de lograr en este tiempo que vivimos.

          De igual manera debe pensarse respecto a las actuales relaciones de producción capitalista, las cuales requieren ser modificadas sustancialmente durante la etapa de transición hacia el socialismo en lugar de adoptarlas y reforzarlas, disfrazándolas de socialismo. Hace falta, por tanto, impulsar  el control obrero y la economía autogestionaria como factores de transformación socialista del sistema capitalista, además de una socialización de la tenencia de la tierra que tenga por objetivo primordial la satisfacción de las necesidades alimenticias de las personas sin que ello afecte el delicado equilibrio del medio ambiente que nos da vida. Esto nos llevaría a plantearnos un cambio igualmente importante del sistema educativo vigente, por cuanto éste tiene mucha incidencia en la preparación y el sistema de valores de los contingentes de profesionales y obreros que sostienen el capitalismo.

         Como conclusión, los revolucionarios debemos comprender que sin un Estado comunal y una economía autogestionaria, producto de la participación efectiva y del control directo del pueblo y de los trabajadores, el socialismo revolucionario estará incompleto, quedando la perspectiva de ser restituidos el capitalismo y la democracia representativa como fatalidades que no se supo afrontar debidamente.-

 

DEMOCRACIA PARTICIPATIVA, PODER POPULAR Y EMANCIPACIÓN INTEGRAL

DEMOCRACIA PARTICIPATIVA, PODER POPULAR Y EMANCIPACIÓN INTEGRAL

El verticalismo burocrático y la exhortación de una disciplina que no deja espacio alguno a la disidencia -así esté ella justificada por razones inapelables- deben verse y combatirse como elementos altamente nocivos para la construcción colectiva del ideario socialista, al ser ambos totalmente contrarios al espíritu y a la práctica revolucionaria de la democracia participativa y protagónica, la cual -a la larga- debiera configurar la activación de un poder popular, revolucionario en toda su potencialidad, creador y re-creador de una sociedad de nuevo tipo. Tales formas tradicionales de entender y de hacer política no se compaginan con la participación pluralista de los sectores populares en el debate, la concepción y la puesta en marcha de aquellas propuestas teóricas y organizativas que tengan por finalidad fundamental la generación de un cambio estructural definitivo que haga de la alternativa revolucionaria del socialismo una realidad tangible frente al capitalismo; máxime cuando éste padece una crisis prolongada, agónica, sin mayores perspectivas de recuperación a corto plazo.     

Se hace preciso, por tanto, que los participantes sociales y políticos en este proceso de cambios revolucionarios estén de acuerdo, primero, en cuestionar radicalmente las estructuras diversas que sostienen el orden imperante, desentrañando sus características, lógica y esencia, para luego abordar conscientemente su desarme, de manera que surjan y se impongan nuevas formas organizacionales y nuevas relaciones de poder, centradas ellas en el ejercicio pleno de la democracia participativa; impidiendo así la reproducción de dicho orden, producto de la plusvalía ideológica de la cual somos piezas inconscientes y que, a su vez, nos hace reproducir modos de vida alienantes. El poder popular tendría entonces ámbitos de actuación e influencia mayores de aquellos que son concebibles o permitidos bajo un régimen representativo. Su desarrollo implicaría la posibilidad nada imposible de una emancipación integral de los seres humanos que abarque, incluso, lo espiritual, al no estar estos forzados a existir bajo condiciones que degradan su dignidad y sus aspiraciones individuales y colectivas de un mejor nivel de vida. En este caso, la orientación del poder popular tendría que englobar algo más que la satisfacción de las necesidades materiales de una comunidad determinada, puesto que esto lo limitaría grandemente, cumpliendo sólo una función gestora de reivindicaciones ante las instituciones del Estado que poco contribuirá a darle ese perfil revolucionario que se requiere del mismo.

En resumen, la práctica revolucionaria de la democracia participativa y protagónica no debe sujetarse a lo estrictamente político. Su consecuencia inmediata debiera ser la organización de un poder popular, armado de un arsenal teórico que lo haga capaz de trascender los marcos de referencia de la sociedad actual, de manera que se concrete la emancipación integral de las personas bajo el socialismo revolucionario. De esta forma, el socialismo revolucionario dejaría de ser una utopía, convirtiéndose en la herramienta más adecuada para reducir y eliminar definitivamente los indicadores de desempleo, pobreza, desigualdad y exclusión social que caracterizan al mundo capitalista.-     

 

 

LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA TAMBIÉN ES CULTURAL

LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA TAMBIÉN ES CULTURAL

Frente al pensamiento unidimensional que han tratado de imponerle al mundo el imperialismo yanqui y sus socios de la OTAN desde que se autoproclamaran vencedores de la Guerra Fría con la implosión de la URSS, se hace inexcusable la defensa y la preservación de la diversidad cultural de nuestros pueblos, sin que ello pueda descalificarse, aduciendo que es algo anacrónico y contrario al espíritu cosmopolita que debiera prevalecer en la humanidad del siglo XXI, dado el auge creciente de las telecomunicaciones y de la informática que nos haría ser una aldea global, según el pronóstico del filósofo canadiense Marshall McLuhan. Gracias a ello, las clases dominantes han “descubierto” una nueva estratagema para conservar y asegurar así su poder frente a las mayorías populares, haciéndoles creer a éstas que la formula mágica para salir de los muchos apuros económicos que padecen en la actualidad se resolverán mediante la aplicación del recetario neoliberal, enganchando las economías nacionales al carro de la globalización controlado por las grandes corporaciones transnacionales. Por eso, el planteamiento fundamental del socialismo revolucionario de transformar las relaciones de poder y de dependencia que caracterizan a las naciones “tercermundistas” de Asia, de África y de nuestra América tiene que fundamentarse también en la cultura de cada una de ellas, asegurando su continuidad, enaltecimiento y difusión; en consonancia con lo afirmado por Antonio Gramsci respecto a que "no hay revolución sin revolución cultural". En ello residirá una de las mayores fortalezas con que pueda contar cualquier revolución socialista ante las pretensiones “universalistas” de quienes han asumido el rol de máximos jerarcas del planeta, pisoteando la soberanía, los derechos humanos y las culturas autóctonas de nuestros pueblos con la finalidad de imponernos una cultura consumista, según los intereses mercantiles de las grandes empresas capitalistas de Estados Unidos, Europa y Japón, en una combinación altamente letal de Estados y capital privado que amenaza, incluso, con acabar toda la vida existente en La Tierra.

De ahí que, teniendo en cuenta que la revolución brota como un salto violento en el seno de una acompasada y contínua marcha de la sociedad hacia niveles superiores de vida, libertades y convivencia, cabe aseverar que dicha marcha sólo será posible si oponemos los valores culturales de nuestros pueblos al afán arrollador y destructivo del imperialismo binario representado por Estados Unidos y sus socios de la OTAN, colocando dichos valores como barrera infranqueable que garantice nuestra completa independencia. Más aun cuando la construcción del socialismo revolucionario requiere de una nueva hegemonía (de índole popular, no populista) y de nuevos paradigmas que erradiquen para siempre los antivalores generados por el sistema imperante, en un proceso permanente de descolonización del pensamiento que nos permita situarnos con propiedad en el contexto internacional actual, sin subordinaciones de ningún tipo.

La revolución socialista tiene ante sí, por tanto, el reto histórico de no simplemente sacudir y destruir las estructuras económicas capitalistas sino también de descubrir, sacudir y destruir los antivalores que las legitiman mediante una acción cultural consecutiva y re-creadora de los valores que nos identifican como pueblos. Sin tal acción, cualquier proceso revolucionario socialista tendrá dificultades para desarrollarse y asentarse, cayendo, irremediablemente, en las aguas del más rancio reformismo socialdemócrata, frustrándose las aspiraciones populares al obviarse tan importante medio para afrontar eficazmente la voracidad del imperialismo yanqui y de quienes lo secundan en todas sus operaciones económico-militares.-

TEORÍA Y PRÁCTICA REVOLUCIONARIAS COMO VÍAS PARA EMANCIPAR LA CONCIENCIA SUBORDINADA

TEORÍA Y PRÁCTICA REVOLUCIONARIAS COMO VÍAS PARA EMANCIPAR LA CONCIENCIA SUBORDINADA

Teoría y práctica han sido un reclamo permanente de la revolución socialista. De este modo se ha percibido que la misma se hará realidad mediante la acción y el cuestionamiento constante del orden establecido, concretándose entonces la necesidad de construir una sociedad de nuevo tipo, una estructura económica ajena a la lógica y a las relaciones de producción capitalistas, una nueva organización política y, también, una nueva orientación teórica y cultural que les permita a las personas (y a la sociedad entera) adoptar paradigmas éticos y morales en sintonía con los ideales del socialismo. De lo que se trata, entonces, es que la teoría y la práctica revolucionarias estén estrechamente enlazadas, produciendo en cada revolucionario un cambio real de conciencia, capaz de inspirarlo a entender el mundo de una manera inédita -diferente en todo a aquella impuesta desde siempre por las clases dominantes- como condición ineludible para hacer y consolidar la revolución. Sin esto en mente, cualquier proceso revolucionario degeneraría en simple reformismo o socialdemocracia, dejando intactas las estructuras de explotación, marginalidad, injusticia, desigualdad y corrupción que dieron lugar a dicho proceso, por lo cual se hace indispensable que los revolucionarios y gente progresista comprendan la revolución socialista no sólo en términos meramente políticos o economicistas sino también en términos morales, culturales e ideológicos.  

            Se requiere, por consiguiente, dar nacimiento a una conciencia crítica que produzca la deslegitimación total del orden imperante y, con ello, de la ideología de las clases dominantes reproducida, a través de una diversidad de mecanismos, por las clases subalternas; creando así las condiciones subjetivas y objetivas que harán posible, finalmente, la revolución socialista y modificando radicalmente el modo de sentir y de actuar tradicional de los sectores populares. En tal caso, los revolucionarios socialistas deben subrayar y combatir las contradicciones existentes en la sociedad en que les ha tocado nacer y vivir, no limitarse al logro parcial de ciertas reivindicaciones, ya que éstas no merman sustancialmente su existencia y sólo sirven para apaciguar la conciencia subordinada de los sectores populares cuando lo que se debe hacer es subvertirla, lo cual impone -inexcusablemente- ciclos de formación ideológica profunda.

            Ambas cosas -teoría y práctica- representan vías idóneas para emancipar la conciencia subordinada y tienen que confrontarse a medida que se avance en la consolidación del proceso revolucionario, haciéndolo una realidad dinámica y no estática gracias a la participación y protagonismo consciente del pueblo. Al cumplir con dicho propósito, la conciencia subordinada estará en capacidad plena de romper con los paradigmas que la obligan a aceptar como algo natural e irremediable la hegemonía de las clases dominantes y de permitirse asumir, en consecuencia, el compromiso histórico de hacer la revolución socialista.-

¿POR QUÉ HABLAR DE SOCIALISMO HOY?

¿POR QUÉ HABLAR DE SOCIALISMO HOY?

Autogobierno local, autogestión obrera de la producción, movimientos cooperativos y comuna son indicadores que prefiguran la sociedad de nuevo tipo y deben fomentarse, de manera que sea realidad el socialismo revolucionario que los sustenta. Esto será posible en la misma medida que la participación y el protagonismo popular vayan sustituyendo los patrones de conducta que prevalecen en las relaciones de producción y de poder, alcanzando niveles de socialización necesarios que derriben esa “veneración supersticiosa del Estado” presente en cada sociedad, incrementando los derechos del pueblo y no la hegemonía de una minoría dirigente o gobernante. En tal sentido, tienen que crearse las condiciones objetivas y subjetivas que permitan ensayar nuevas formas organizativas que privilegien el poder popular en lugar de las razones de Estado, ya que generalmente éstas sólo están destinadas a fortalecer el poder de las clases dominantes. Esta realidad es la que marcará -de uno u otro modo- el futuro del socialismo como alternativa revolucionaria al capitalismo, lo que obliga a impulsar un debate constante de su significado y características, dinamizando -en definitiva- su construcción a través de la participación efectiva de los sectores populares.

            Es importante entender que la crisis que azota actualmente al mundo capitalista, incluyendo a Estados Unidos, convierte al socialismo en la opción más inmediata que tienen los pueblos a la mano para superar y erradicar las injusticias y desigualdades legitimadas por el sistema capitalista. Esta opción, sin embargo, no puede restringirse a un solo aspecto de la vida en sociedad sino que debe concebirse de forma integral, creyendo que basta con una reforma legislativa para que éstas desaparezcan, dejando intactas las diversas estructuras sobre las cuales se sostiene. No se trata, por consiguiente, de un simple “cambio”, al modo tradicional. Tampoco puede catalogarse de coincidencia que se apele al socialismo cuando la mayoría de la gente sabe que la lógica capitalista arrastra al planeta a una hecatombe sin precedentes, siendo sus primeros síntomas la desaparición de glaciares y de múltiples ecosistemas, las sequías, las inundaciones, la lluvia ácida y la disminución de la capa de ozono, entre otras graves consecuencias de la acción irracional y depredadora de las grandes corporaciones transnacionales que dominan la economía global actual. A ello se agrega el hecho que muchos pueblos ven pisoteada y amenazada su soberanía, víctimas de la prepotencia imperialista de Estados Unidos y de sus socios de la OTAN, por lo cual es vital derrotar colectivamente esa concepción de supremacía basado en la exclusión de los derechos colectivos de los pueblos imponiendo en su lugar el multilateralismo que surgiría de la práctica socialista.

            Así, en medio de esta realidad es lícito hablar de socialismo hoy, entendiéndolo como un sistema conceptual y como programa político que le permitiría alcanzar a la humanidad su emancipación integral, contradiciendo la propaganda de los apologistas del capitalismo, cuyo objetivo es convencernos a todos de lo natural e inevitable que resultaría la apropiación privada de las riquezas de la tierra. En función de esa emancipación integral de la humanidad, el socialismo revolucionario debe revitalizarse cada día con todos los aportes teóricos revolucionarios y las experiencias de lucha de los pueblos, de forma que el mismo sirva para transformar la historia y el orden establecido, haciendo realidad un mundo más justo, democrático e igualitario para todos.-

EL MULTILATERALISMO APLICADO A LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA

EL MULTILATERALISMO APLICADO A LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA

El multilateralismo o lo que siempre se ha difundido como la unidad en la diversidad es un elemento primordial para el avance, la consolidación y la profundización de la revolución socialista, puesto que lo contrario sería destruir su esencia creadora y su desarrollo integral, limitándola a unos logros parciales que poco afectarían las estructuras y subestructuras políticas, sociales y económicas vigentes. Es así que -contrario a la mal entendida hegemonía que busca agrupar y restringir el libre albedrío de las personas- este multilateralismo aplicado a la revolución socialista amplía todavía más sus posibilidades, generando entonces variadas situaciones que afinarán, sin duda, la praxis y los ideales del socialismo en cualquier nación en que éste se propicie.

De hecho, el poder popular -entendido como la manifestación más distintiva de una sociedad socialista- no puede ni debe confinarse a espacios reducidos y estrechos de soberanía simbólica que, a la larga, sean manipulados por la jerarquía gobernante en su provecho, desarticulando así su capacidad política para alterar sustancialmente las situaciones originadas por ésta, dada la gran concentración de dominio económico y político que ella tiene en sus manos. Por ello, se impone la necesidad de generar condiciones que eliminen los lazos de dependencia y sumisión en las relaciones de poder, diferenciándolas de las presentes bajo cualquier régimen democrático representativo. En el fondo, de lo que se trata es de forjar (como lo plantearía Paulo Freire) una práctica de auto-emancipación a través de una política crítico-dialógica, la cual tendría que consolidarse desde abajo hasta alcanzar los grados superiores de la gestión pública. En tal sentido, los sectores populares no serán más objeto de los subsidios y las indulgencias del sector público, sino sujeto histórico de las verdaderas transformaciones que deben causarse en lo económico, lo político, lo social y lo cultural para hablar apropiadamente de revolución y de socialismo. Sin estos rasgos fundamentales, cualquier proceso político que busque definirse como socialista estará condenado a repetir los mismos esquemas tradicionales, tornado en simple reformismo. La relación entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos, tendería -por tanto- a modificarse radicalmente, correspondiéndoles a los primeros el rol de voceros mientras las decisiones y la soberanía le corresponderán siempre al pueblo. En este caso, se manda obedeciendo, sin la reproducción automática o programada de los instrumentos ni las estructuras de la dominación representativa-capitalista.

Por consiguiente, el multilateralismo -o la unidad en la diversidad- que debe favorecerse dentro de la revolución socialista no puede concebirse bajo la óptica de la dominación, la cual hace de los sectores populares simples activistas a quienes se les niega alguna teorización sobre su propia acción revolucionaria. Acción ésta que debe enmarcarse en la consecución de una sociedad de nuevo tipo, completamente diferente a la vigente. De ahí que en la misma no tenga cabida el mesianismo, ni el discurso vertical ni la consigna burocrática, ya que estos impiden el diálogo crítico que debiera impulsarse y resaltarse en todo momento, aun cuando la revolución esté sometida a ataques y amenazas en determinados momentos. Como lo resumiera Javier Biardeau R. en uno de sus artículos recientes, “la dirección política en la democracia socialista del siglo XXI, no puede confundirse con estilos burocráticos o militaristas, debe ser fundamentalmente una acción pedagógica y cultural liberadora”.

Lograr la síntesis de múltiples determinaciones por parte de los diversos sectores populares podría concretar la posibilidad de construir realmente el socialismo revolucionario. Este nuevo objetivo revolucionario por alcanzar haría de la participación social su primera trinchera de lucha, evitando -en consecuencia- la burocratización y el oportunismo que socavarían las bases de la revolución.-