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TEMAS REVOLUCIONARIOS

LA LUCHA DE CLASES, REALIDAD E INFLUENCIA ACTUAL

LA LUCHA DE CLASES, REALIDAD E INFLUENCIA ACTUAL

Las luchas entre opresores y oprimidos o, mejor entendido, entre clases sociales con intereses antagónicos, han marcado -de uno u otro modo- la historia de la humanidad, muchas veces ocultada o tergiversada por quienes aspiran mantener intactas las estructuras de poder, beneficiándose a sí mismos antes que al pueblo que dicen representar. Esto último ha hecho posible que los sectores populares de épocas distintas terminen decepcionándose al observar y sentir cómo sus esperanzas de igualdad, democracia y libertad se convierten en pasto de la demagogia más desvergonzada. Así, generalmente se le atribuye a la clase dominante la responsabilidad directa del orden de desigualdad, corrupción, explotación, represión y miseria que se cuestiona y se busca remplazar por otro totalmente opuesto. En algún caso, se llega a obviar la existencia de una lucha de clases, la cual no sólo tiene lugar en una sociedad bien diferenciada como la regida por el capitalismo, sino que se manifestaría indistintamente a lo interno de cualquier proceso revolucionario al originarse disputas por mayores espacios de participación y de poder, cuestión que -por lo demás- no resulta fácil de conceptualizar, dado el discurso utilizado, el cual tiende a confundir, más que aclarar, a quienes está dirigido, si estos no tienen una formación teórica revolucionaria adecuada.

Con Karl Marx, el concepto de clases sociales se simplifica, estableciéndose su jerarquización respecto al sistema de producción existente: explotadores y explotados, burguesía y proletariado. Sin embargo, este esquema es más profundo y se ha visto afectado por la misma evolución dinámica del sistema capitalista contemporáneo, a tal punto que a tales grupos se agregan otros, como la burguesía financiera, la pequeña burguesía, la clase media, la burocracia y el lumpen proletariado; clasificación que aun podría soportar nuevas añadiduras o agrupamientos sociales. Según Marx, “los propietarios de simple fuerza de trabajo, los propietarios de capital y los propietarios de tierras, cuyas respectivas fuentes de ingresos son el salario, la ganancia y la renta del suelo, es decir, los obreros asalariados, los capitalistas y los terratenientes, forman las tres grandes clases de la sociedad moderna basada en el régimen capitalista de producción”. Tal categorización se ha modificado enormemente, no por la “ignorancia” del teórico socialista ni por lo desfasado de sus análisis, como algunos quieren hacernos creer, sino por la diversificación y expansión experimentada por las fuerzas productivas desde hace un siglo. Esto, a pesar que el autor de El Capital admitiera ya en su época, refiriéndose a la sociedad inglesa, que “existen fases intermedias y de transición que oscurecen en todas partes las líneas divisorias”, reconociendo de este modo la complejidad de la estructura de las clases sociales.

En el contexto histórico actual, sobre todo, en nuestra América, la lucha de clases exige una comprensión dialéctica de su realidad, en momentos en los cuales se cuestionan simultáneamente los órdenes económico y político tradicionales. Algo que ya no es exclusividad de este continente, sino que se ha extendido a Europa y Estados Unidos, ampliando el escenario de lucha anticapitalista a escala mundial. Lo mismo se aplica en relación a la conciencia de clase, con mayor énfasis entre quienes padecen la explotación y la exclusión del capitalismo: los trabajadores asalariados (englobando entre éstos a la clase media o profesionales, puesto que -por mucho que quieran diferenciarse del resto- son igualmente explotados por el capital). Finalmente, no es admisible el limitarse a una simple estratificación de carácter sociológico de la sociedad, como tampoco desconocer las contradicciones que puedan descubrirse en una misma clase social. De esta forma podrían establecerse nuevos parámetros definitorios de la lucha de clases en la realidad actual y en la influencia que la misma tendría en los diversos cambios que caracterizarían, a su vez, la revolución socialista por construir para bien de la humanidad entera.-

LA LIBERACIÓN FEMENINA Y LA LUCHA POR EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

LA LIBERACIÓN FEMENINA Y LA LUCHA POR EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO
Cuando nos referimos al “Día Internacional de la Mujer” muchas veces obviamos el carácter clasista, socialista y revolucionario que se le quiso imprimir a tal celebración por iniciativa de las mujeres socialistas (o comunistas) como Clara Zetkin. Como antecedentes hallamos que el 28 de febrero de 1909 se proclamó por primera vez el “Día de las mujeres socialistas” en Estados Unidos tras una proposición del Partido Socialista estadounidense. Luego, en agosto de 1910, la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, con más de 100 mujeres procedentes de 17 países, reunida en Copenhague, proclamó el “Día Internacional de la Mujer Trabajadora”, propuesto por la socialista alemana Luise Zietz respaldada por Clara Zetkin, el cual serviría de referencia para todos los colectivos femeninos como una jornada de lucha por los derechos de las mujeres. La proposición se aprobó unánimemente. El objetivo, desde entonces, era promover la igualdad de derechos, incluyendo el sufragio para las mujeres. Pero no se limitaba nada más que a una igualdad en un mundo-sistema dominado por los hombres, lo que puso a prueba el carácter revolucionario de muchos que aún seguían pensando y actuando como sus pares burgueses.
Lenin entendió, desde mucho antes, que “no es posible incorporar las masas a la política sin incorporar a las mujeres. Porque, bajo el capitalismo, la mitad femenina del género humano esta doblemente oprimida. La obrera y la campesina son oprimidas por el capital, y además, incluso en las repúblicas burguesas más democráticas no tienen plenitud de derechos, ya que la ley les niega la igualdad con el hombre. Esto, en primer lugar, y en segundo lugar -lo que es más importante-, permanecen en la ‘esclavitud casera’, son ‘esclavas del hogar’, viven agobiadas por la labor más mezquina, más ingrata, más dura y más embrutecedora: la de la cocina y, en general, la de la economía doméstica familiar individual”. Esto supuso cierta comprensión del estado de desigualdad y de explotación padecido desde siglos por las mujeres basado en las normas impuestas por la familia, la propiedad privada y el Estado, pero siguió siendo una concesión de parte de los hombres, a pesar que ya algunos espacios no serían en lo adelante una exclusividad de estos gracias al empeño de aquellas en situarse en pie de igualdad con sus semejantes masculinos, asumiendo conductas propiamente varoniles, sobre todo, en cargos ejecutivos o de gobierno, desvirtuando en algún grado la lucha de sus congéneres. De esta forma, la discriminación hacia la mujer tuvo que explicarse bajo otros parámetros, esta vez históricos y sociales, tal como lo hizo Federico Engels mediante su obra “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”. Esto obligó, a su vez, a los hombres revolucionarios (al igual que a las mujeres revolucionarios) interrogarse respecto a los vínculos existentes entre la lucha por la liberación de las mujeres y la lucha por el socialismo revolucionario, algo que no ha sido unánimemente respondido.
En la actualidad, la lucha por la liberación femenina se ha extendido hacia otros ámbitos, resultando ser al mismo tiempo pacifista, ecologista, antiimperialista, anticapitalista, antirracista, anticolonialista y defensora de su identidad cultural, tanto en sentido colectivo como individual, convirtiéndose, por consiguiente, en la lucha más integral que pudiera darse, puesto que no se limita nada más que a lo político o a lo económico, sino que los trasciende y transversaliza. De ahí que la liberación femenina tenga más aproximaciones ideológicas con el socialismo revolucionario que con el capitalismo depredador y explotador, cuestión que merecería una mayor extensión y profundización.-  
 

¿CÓMO TRANSFORMAR EL PROCESO PRODUCTIVO CAPITALISTA EN SOCIALISTA?

¿CÓMO TRANSFORMAR EL PROCESO PRODUCTIVO CAPITALISTA EN SOCIALISTA?

Bajo el sistema capitalista todos los actores sociales que participan en el proceso productivo están -en uno u otro sentido- subordinados a la reproducción de la ganancia que corresponde a los dueños del capital y de los medios de producción (incluyendo la explotación de su fuerza de trabajo) en un ciclo que pareciera normal y eterno, sin posibilidades reales de cambio. Así, desde Karl Marx y Friedrich Engels hasta la época actual, a través del socialismo revolucionario se ha planteado que tal sistema de desigualdades, injusticias y expoliación indiscriminada de la naturaleza sea superado, dando entonces nacimiento a un nuevo tipo de civilización en el cual prevalezca siempre el desarrollo integral del individuo y de la comunidad, en igualdad de derechos, obligaciones y oportunidades, sin dominación alguna del mercado y el capital, algo que se considera utópico, pero que no deja de ser posible.

Sin embargo, mucho de lo hecho para trascender al capitalismo ha significado apenas un deseo de hacerlo menos terrible de lo que es, hablando de un capitalismo con rostro humano o de una tercer vía, como la intentada en Yugoslavia bajo Tito, pero sin afectar en el fondo la división del trabajo, la alienación del trabajador y las relaciones de producción; obviando, además, lo relativo a la ley del valor. En todo caso, las medidas adoptadas -aun las más radicales- han derivado en un capitalismo de Estado, o simple reformismo, dejando puertas abiertas (como ocurrió en la extinta Unión Soviética y ocurre en China y Cuba) para su restauración, no obstante socializar la propiedad de los medios de producción y orientarse su actividad productiva a la satisfacción de las necesidades básicas y espirituales del pueblo. Esto impone, sin duda, pautas que tiendan a diferenciarse cada día de lo que es la sociedad capitalista, promoviendo y fortaleciendo la capacidad de gestión de las comunidades organizadas, de forma que la participación y la actividad de las mismas tengan como resultado palpable e inmediato un modelo económico socialista, con esquemas verticales y horizontales entrelazados en todo lo que comprende, entonces, la producción, la distribución, el intercambio y el consumo, al igual que los criterios para conformarlo.

Como lo expresara Erich Fromm en su obra Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, “el hombre tiene que ser establecido en su lugar supremo en la sociedad, no siendo nunca un medio, no siendo nunca una cosa para ser usada por los otros o por él mismo. Debe de terminar el uso del hombre por el hombre, y la economía tienen que convertirse en la servidora del desenvolvimiento del hombre”. Todo lo anterior nos remite, en consecuencia, a reorientar el sentido o concepto de la propiedad, estableciendo nuevos tipos, inspirados en las nuevas formas de organización socio-productivas. Esto, a su vez, debiera generar en el ámbito político el fomento y la consolidación de la organización popular en todas sus expresiones posibles, como asimismo un desarrollo endógeno que reduzca drásticamente los índices de desempleo y subempleo existentes, rompiendo las cadenas especulativas que condenan al hambre a vastos sectores de la población. Tales elementos podrían conducirnos a la emancipación del trabajo, “ubicando a la fuerza de trabajo o trabajo vivo -según lo manifiesta Carlos Lanz en uno de sus artículos- como la fuente real de la creación de nuevo valor”. Tal objetivo podría obtenerse de existir una planificación democrática, un presupuesto participativo, un control obrero y una humanización de las condiciones y medio ambiente de trabajo que sean capaces de estimular la inserción socioproductiva como mecanismo fundamental del desarrollo social integral de las personas y la colectividad, con criterios de eficiencia-eficacia que faciliten, a su vez, la sostenibilidad y la factibilidad de los diversos procesos que, en tal sentido, estén realizándose. Al lograrlo, podríamos afirmar que el proceso productivo capitalista comienza a transformarse en socialista, sin conceptuar al recurso humano como un componente más de los costos de producción de las empresas y teniendo en la participación y protagonismo del pueblo su manifestación constante y característica.-

LA TAREA PRINCIPAL DE TODA REVOLUCIÓN SOCIALISTA

LA TAREA PRINCIPAL DE TODA REVOLUCIÓN SOCIALISTA

El poder popular -por su misma esencia múltiple, conformado por diversidad de formas orgánicas y ámbitos de acción- no puede someterse al rigor estricto de las leyes, puesto que ello significa coartar el ejercicio pleno de la soberanía del pueblo. Ninguno de los poderes constituidos tendría la facultad de restringirlo y, por tanto, desconocerlo y subordinarlo a sus intereses particulares. Si ello ocurre, no se podría hablar -en consecuencia- de revolución y, menos, de socialismo, ya que la participación y el protagonismo de los sectores populares tendrían que ser las características diarias de todo proceso revolucionario. No siendo así, se correría el riesgo no descartable de sufrir un retroceso histórico o la restauración del viejo orden que se pretende abolir. En este caso, el decreto de algunas leyes puntuales y la actuación realmente revolucionaria de los organismos públicos pudieran contribuir positivamente a elevar la capacidad de lucha, organización y movilización de parte de los movimientos populares; sin embargo, esto no es suficiente. Es vital para todo proceso revolucionario que la participación y el protagonismo populares no estén concertados por las formalidades impuestas por el Estado burgués-liberal, logrando conquistar espacios propios, llegándose a constituir entonces como poder y estableciendo una dualidad de poderes que, a la larga, debe orientarse a la instauración de un verdadero poder popular.

Esto no significa que tal poder popular deba repetir los cánones establecidos por la democracia representativa. Sus voceros deben combatir a diario por evitar que los mismos trunquen el ejercicio de su soberanía, lo cual exige una predisposición para cambiar las relaciones de poder existentes entre gobernantes y gobernados, aplicando lo que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) ha dado a conocer como “mandar obedeciendo”, una concepción política revolucionaria que muchas veces se cita, pero que pocos están dispuestos a cumplir cabalmente, aun en los niveles inferiores o sencillos de las estructuras del Estado. Así, quienes ostenten cargos de dirección y/o de gobierno debieran estar subordinados a las decisiones de las asambleas populares, permitiendo que éstas sean escenarios de la práctica de la democracia directa y, por tanto, impulsoras del cambio estructural del Estado tradicional, modificando sustancialmente el orden de cosas existente.

El poder popular requiere deslastrarse de los usos y costumbres del pasado. Como lo define Roland Denis, “dentro del poder popular debe operar una ‘dictadura del sueño igualitario’, no un falso debate y ‘encuentro’ pacífico entre la reafirmación y la negación del sistema colonial y capitalista”. Ello exige un cuestionamiento serio y permanente de lo actualmente existente, sin justificaciones originadas por la necesidad extrema de subsanar el conjunto de problemas, desigualdades e injusticias que agobia a los sectores populares, olvidando la tarea principal de toda revolución socialista: darle todo el poder al pueblo. Sin embargo, hay que acotar que dicha tarea no podrá concretarse jamás sin disponer de una teoría revolucionaria que la sustente, dando lugar a nuevos paradigmas que definan un nuevo tipo de civilización, diferente en mucho a la regida por el capitalismo y la democracia representativa.-

LA LUCHA DE CLASES NO ES ALGO AJENO A LA LUCHA POR EL SOCIALISMO

LA LUCHA DE CLASES NO ES ALGO AJENO A LA LUCHA POR EL SOCIALISMO

La lucha de clases no es algo que deba entenderse de modo abstracto y ajeno respecto a la lucha por el socialismo revolucionario, tal como lo asumieron los partidos revisionistas en Italia, Portugal y España, dando paso a lo que llamaron eurocomunismo. Aunque se presenten argumentos a su favor, es absurdo concluir en que el mismo resulte posible sin definirse dicha lucha. Ciertamente, un punto en beneficio de tales argumentos es el hecho innegable de los cambios sufridos por el capitalismo durante el siglo pasado y las primeras décadas del presente, sin embargo, sus rasgos esenciales, generadores de explotación, depredación ambiental y desigualdades sociales, siguen intactos, lo cual nos impone replantearnos los conceptos de la lucha socialista de un modo que nos permita una mejor comprensión del momento histórico actual, tanto en términos nacionales como internacionales.

Al producirse una crisis global del sistema capitalista que sacude por igual a naciones ricas como pobres, con medidas de ajuste económico y protestas populares que apenas se diferencian entre sí y que han merecido una represión similar de parte de los organismos de seguridad del Estado, hace falta una aproximación dialéctica mediante la cual determinemos los acontecimientos del presente con la objetividad requerida, especialmente si hay la disposición revolucionaria de construir el socialismo. Esto, por supuesto, no debe llevarnos a generalizaciones que se conviertan en dogmas que obvien las peculiaridades específicas de cada situación analizada, puesto que ello no contribuye al avance revolucionario, estancándolo muchas veces. Así, en el caso de la lucha por el socialismo revolucionario, algunos olvidan las contradicciones presentes en la sociedad regida por el capitalismo, degradando la calidad revolucionaria de las luchas emprendidas por los sectores populares y, otras veces, llevándolas a un nivel revolucionario del cual carecen absolutamente.

Por ello, al plantearse la lucha por el socialismo revolucionario no puede eludirse lo inherente a la lucha de clases, desconociéndose al mismo tiempo el carácter de la turbulencia social, política y económica causada por el capitalismo a nivel mundial, en una confrontación generalizada de trabajadores de todo nivel y corporaciones transnacionales, cuyos intereses han hecho de la soberanía nacional un asunto hipotecable y descartable, como puede rastrearse a través de las guerras de intervención imperialistas y la imposición de recetarios neoliberales bajo la batuta del Fondo Monetario Internacional. De hacerse así, sería más que difícil la posibilidad real de una revolución socialista, logrando en su lugar una mera reforma, sin cambios sustanciales que transformen la realidad existente.

Como bien lo refleja Alan Woods, “es imposible consolidar las conquistas de la revolución dentro de los límites del sistema capitalista. Tarde o temprano, habrá que elegir: o la revolución liquida el poder económico de la oligarquía, expropia a los banqueros y a los capitalistas y emprende la dirección al socialismo, o la oligarquía y el imperialismo liquidarán la revolución”. Esta es una conclusión que paulatinamente se está haciendo presente en las actuales luchas sociales, no obstante que sus dirigentes estén dominados aún por un espíritu reivindicativo, sin trazarse ir más allá de ello; representando una prueba de fuego para los revolucionarios socialistas, venciendo las resistencias ideológicas, políticas, legales y extralegales montadas por quienes piden cautela cuando un grueso porcentaje de los sectores populares exigen acciones más radicales. En tal momento, la lucha de clases definirá el perfil de la revolución socialista que se estaría impulsando, sin caer en medias tintas.-

PARA CONSTRUIR EFECTIVAMENTE EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

PARA CONSTRUIR EFECTIVAMENTE EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

“Los que hacen las revoluciones a medias no hacen más que cavar sus propias tumbas”. Consigna del Mayo Francés, 1968. 

La disyuntiva del socialismo revolucionario siempre ha oscilado entre la continuidad del orden establecido y la irrupción de uno que lo reemplace mediante el establecimiento de unos nuevos valores y unas nuevas relaciones políticas y económicas que se diferencien de forma substancial de los tradicionalmente aceptados.  

En efecto, para construir efectivamente el socialismo revolucionario es fundamental armonizar los deseos de las mayorías de disfrutar mayores niveles de justicia social en combinación con mayores niveles de protagonismo político, además de aquellos que permitan una equidad económica que tienda a disminuir y a eliminar la explotación de los trabajadores, lo que se traduciría en la autogestión y el control ejercido por éstos en la producción, transformándose -en consecuencia- lo que entendemos por propiedad privada de los medios de producción.    

Una cuestión que debe manifestarse en el ejercicio efectivo del poder por parte de los sectores populares aunque se convenga en que ello sería algo difícil de lograr, dadas las ancestrales relaciones de poder existentes entre gobernados y gobernantes. Sin embargo, en descargo de ello, es lícito afirmar que tales relaciones bajo el socialismo revolucionario tienen que modificarse de una forma radical, invirtiendo la pirámide social y política actual por un sistema que privilegie la organización, el protagonismo y la participación del pueblo. En tal caso, habría que dilucidar el dilema entre mandar obedeciendo, conforme a la democracia participativa y protagónica, o mandar sometiendo, propio de la democracia representativa, todo lo cual exige cuestionar y replantearse los esquemas políticos, sociales, económicos y culturales imperantes, produciendo una nueva teoría y un nuevo conocimiento basados en el socialismo revolucionario y en correspondencia con la realidad específica de cada país donde tenga lugar.

De crearse las condiciones apropiadas para su logro, la nueva realidad que surja de estos cambios revolucionarios tendrá que arropar ineludiblemente al Estado, en tanto estructura que rige a la sociedad, sometiéndolo a un cambio estructural que sea expresión del carácter participativo y protagónico del nuevo modelo de democracia, siendo el poder popular su elemento más distintivo y decisivo. Así, en oposición a ese Estado de minorías privilegiadas, subordinado a las decisiones e intereses de quienes hegemonizan el sistema capitalista, es obligatorio constituir otro de nuevo tipo, uno mediante el cual se beneficie realmente a las mayorías, pero sin disminución ni irrespeto de los derechos de sus opuestos. De esta forma, el socialismo revolucionario pudiera vivir una transición efectiva, profunda e indetenible que facilite luego la autogestión comunal, sin interferencia alguna del Estado, lo que sentaría las bases para un nuevo orden social, político y económico -emancipatorio, humanista, justo, solidario, igualitario y respetuoso de la vida en todas sus manifestaciones- que represente una verdadera alternativa a seguir por los pueblos del mundo.-

LA TAREA DE REDEFINIR EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

LA TAREA DE REDEFINIR EL SOCIALISMO REVOLUCIONARIO

            Al adoptarse el mismo patrón de consumo generado por el sistema capitalista a nivel mundial, la precarización estructural del trabajo y la destrucción creciente del medio ambiente resultan una cuestión inevitable. Más aún cuando el afán de lucro es el fundamento principal, privilegiándosele por encima de cualquier otra consideración, incluso de la vida de los demás seres humanos; todo lo cual debiera estimular en gobiernos y en ciudadanos la demolición del sistema de dominación social ejercido por el capital, permitiéndose así explorar unos nuevos modos de producción que se afirmen en valores ajenos al capitalismo, socialmente útiles y necesarios.

 

Esto último representa, indudablemente, un escollo aparentemente insalvable para muchos, sin excluir de ello a quienes propugnan un modelo socialista que se diferencie en esencia del capitalista. Según algunos, para lograr tal cosa tan solo se requiere disponer de buena voluntad, de reformas y de transparencia en la orientación, manejo y procedimientos del Estado vigente. En este sentido, se cree que basta otorgarle mayores derechos y beneficios a los sectores populares explotados y excluidos, sin profundizar mucho en las contradicciones que enfrentan al capital y al trabajo asalariado, además de los diversos problemas que se derivan de éstas. Olvidan que el trabajo asalariado es una nueva forma moderna y legalizada de esclavitud, recordando al respecto lo afirmado por Maximilien Rubel: “el salario es una esclavitud, y todo aumento autoritario del salario no será más que una mejor remuneración de los esclavos”. Otros, sin embargo, hallarán en esto algo más de lo mismo, sin una mayor trascendencia, enmarcado como está en la propuesta de darle un rostro humano al capitalismo. Para éstos, al igual que para István Mészaros, “esperar una solución feliz a esos problemas a partir de las operaciones de rescate del Estado capitalista sería una gran ilusión”.

 

            Por ello, plantearse el socialismo como alternativa revolucionaria frente al capitalismo implica cuestionarlo a profundidad, resaltando la necesidad de eliminar las contradicciones existentes entre el capital y el trabajo asalariado, en un ejercicio de imaginación utopista y de rigor científico que muchos revolucionarios esquivan neciamente, pero que es altamente imprescindible. En consecuencia, hará falta labrar la propuesta de un sistema social alternativo, en el cual el desarrollo de la civilización postcapitalista no signifique la devastación entera de la naturaleza ni la opresión de pueblos ni de individuos por cualquier forma de Estado. Esto supone, entonces, desprenderse de las prácticas y conceptos que le dieron vigencia al capitalismo durante siglos, dándoseles cabida a otros que pudieran servir de punto de partida para la construcción de un nuevo modelo de civilización y de relaciones de reciprocidad entre la humanidad y el medio ambiente que le sirve, al mismo tiempo, de sustento y de hogar. Sin tal cosa, hablar de un socialismo para el siglo XXI carecería de bases posibles o reales, lo cual pudiera enriquecerse con diferentes aportes y experiencias, incluyendo aquellos provenientes de nuestros pueblos ancestrales. Sería una mejor manera de redefinir la utopía del socialismo revolucionario. Aunque suene difícil, tal tarea jamás debiera resultar imposible para los revolucionarios.-

EL MEDIO AMBIENTE Y LA ELECCIÓN CONSCIENTE DEL SOCIALISMO

EL MEDIO AMBIENTE Y LA ELECCIÓN CONSCIENTE DEL SOCIALISMO

           Desde el momento en que comenzara a imponerse el sistema económico del capitalismo a todas las naciones de este planeta se modificó sustancialmente la relación de armonía y de dependencia existente entre los seres humanos y el medio ambiente, lo cual se agudizó más en aquellas naciones que le han servido de soporte al desarrollo económico Europa, Estados Unidos y Japón mediante la explotación indiscriminada de sus recursos naturales, sin que haya una retribución efectiva que minimice, por ejemplo, sus niveles de pobreza.

Tal situación ha implantado un desdén suicida en la conciencia de las personas por la preservación de todo lo que integra un ecosistema, a tal punto que muchas empresas buscan paliar los efectos destructivos y contaminadores de sus actividades a través de fondos de ayuda, pero sin invertir un céntimo para hallar alternativas a corto o mediano plazo que den cuenta de sus esfuerzos por sanear los suelos, el aire y las aguas, otorgándonos a todos una oportunidad de vivir sin la zozobra del cambio climático que nos afecta mundialmente.

De ahí que el socialismo viene a ser una elección consciente que debemos asumir frente al capitalismo depredador, ya que el mismo no está orientado por un afán desmedido de obtener ganancias fáciles sino, más bien, por una visión ecologista de la vida. Sin embargo, hay que acotar que algunas personas convencidas de su necesidad histórica siguen aferradas a los esquemas desarrollistas del capitalismo como fórmulas efectivas para sacar a sus países del nivel de atraso y dependencia en que se encuentran, con lo cual estarían contribuyendo también a que la situación de deterioro acelerado de nuestro medio ambiente continúe, sin que se vislumbre una solución factible e inmediata al enorme problema creado por dicho sistema económico. Ello es parte de la contradicción que debe enmendarse en beneficio de todos los seres vivos de este planeta, por lo cual les corresponde a los revolucionarios socialistas definir un modelo económico completamente distinto al capitalismo, sin que sobrevivan resabios de éste en el nuevo modelo económico socialista por instaurarse.

Esto nos impone un debate político serio que deben emprender por igual todos los ciudadanos en cada uno de sus países, no solamente por los ecologistas, convirtiendo así el tema ambiental en una materia de primer orden que active un cambio sustantivo e integral en la manera de hacer la política. Hay que revisar, en consecuencia, los modos de producción vigentes, dado que el capitalismo industrializado mantiene un régimen consumista voraz, basado en un presupuesto errado de la profusión de los recursos naturales, como asimismo la administración de los mismos por parte de algunas naciones en proceso de crecimiento económico. En la República Bolivariana de Venezuela, por ejemplo, tenemos que, por mandato constitucional, se establece el derecho y el deber de cada generación de proteger y mantener el ambiente en beneficio de sí misma y del mundo futuro, no obstante, su producción de hidrocarburos contribuye a elevar los niveles de deterioro de nuestra capa de ozono al ser consumida tanto en los países desarrollados como en los menos desarrollados; una cuestión que, al examinarla objetivamente, resulta discordante, por mucho que se alegue en contrario, pero que no se ha abordado abiertamente todavía.

Semejante realidad nos obliga a trascenderla mediante la construcción decidida del socialismo -pero sin las aristas del capitalismo-, sobre todo, cuando la crisis capitalista nos ubica ante la perspectiva nada descartable de nuevas guerras imperialistas que, inevitablemente, aumentarían aún más las cifras extremas de escaseces, hambre y miseria existentes en la Tierra, además del control directo de las fuentes energéticas y otros recursos naturales estratégicos de parte del imperialismo yanqui-sionista y sus socios europeos. Ello constituye, sin duda, una tarea histórica inaplazable a cumplir por los revolucionarios.-