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DUQUE Y LA OTRA HISTORIA DE LA INDEPENDENCIA COLOMBIANA

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Según lo expresado por el presidente Iván Duque al Secretario de Estado del gobierno de Donald Trump, Mike Pompeo, Colombia cumplirá el 200° aniversario de haber sido liberada de España por los padres fundadores de Estados Unidos y no gracias al esfuerzo conjunto de venezolanos y neogranadinos bajo la conducción del Libertador Simón Bolívar.

 

A este paso, poco faltará para que renueve el decreto de proscripción emanado en 1830 contra Bolívar, de modo que las nuevas generaciones colombianas desconozcan su historia y griten loas al Tío Sam, como lo hace extasiada la clase gobernante pitiyanqui, demostrando así el servilismo y la colonialidad de pensamiento que la caracteriza desde hace largo tiempo. Una cuestión muy a propósito de los intereses de quienes pretenden imponer una hegemonía capitalista planetaria, sin que se los impida cualquier tipo de expresión de soberanía, de identidad étnica o cultural, y, menos, de memoria histórica; lo que resulta, además de inconveniente, algo sumamente subversivo.

 

Para la clase gobernante estadounidense es fundamental exacerbar y mantener vivo el fraccionalismo nacionalista entre los países de nuestra América, tanto o más cuando Bolívar ideó una anfictionía que sirviera de contrapeso a la Santa Alianza conformada por las monarquías europeas y al poder emergente del nuevo coloso del norte. No es casual, por ende, que los nuevos regímenes instaurados en época reciente en Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador y Perú se muestren harto dispuestos a secundar los planes injerencistas y hegemónicos del viejo imperialismo gringo; aun cuando sus decisiones supongan una merma de la soberanía de sus naciones y el desencadenamiento de enfrentamiento con sus respectivos pueblos.

 

Volviendo a la afirmación de Duque, éste elimina de un plumazo la historia de indiferencia y «neutralidad» mostrada por Estados Unidos ante las solicitudes de respaldo y reconocimiento enviadas a Washington por los diferentes gobiernos constituidos en esta amplia región, luego de su proclamación de independencia en 1810. Es significativo que el entonces Secretario de Estado, James Monroe -el mismo de la doctrina que lleva su nombre- enunciara en 1812 que «los Estados Unidos se encuentran en paz con España y no pueden, con ocasión de la lucha que ésta mantiene con sus diferentes posesiones, dar ningún paso que comprometa su neutralidad». Actitud totalmente opuesta al internacionalismo mostrado por Bolívar en todo momento, incluso cuando ideó la ocupación de la isla Amelia y la instauración de la República de la Florida en 1817 (aún bajo la jurisdicción de México), tentativa que fue frustrada por la intervención armada de los estadounidenses (como será típico de ellos en épocas posteriores), acusando a los patriotas allí establecidos de ser contrabandistas, aventureros y saqueadores; al igual que cuando el Libertador planeara libertar a los últimos reductos coloniales hispanos en el continente, Cuba y Puerto Rico, una vez obtenida la victoria en la batalla de Ayacucho.  

 

Esta no será la única ocasión en que se pondrían en evidencia los intereses contrapuestos de Bolívar y Estados Unidos. En 1818, al ordenar la confiscación de goletas pertenecientes a contrabandistas estadounidenses y recibir amenazas de parte del agente diplomático J. B. Irvine, le replica: «protesto a usted que no permitiré que se ultraje ni desprecie el gobierno y los derechos de Venezuela. Defendiéndolos contra la España ha desaparecido una gran parte de nuestra población y el resto que queda ansía por merecer igual suerte. Lo mismo es para Venezuela combatir contra España que contra el mundo entero, si todo el mundo la ofende».

 

En conclusión, la desvalorización del sentimiento y la conciencia de pertenencia a una misma patria es uno de los tantos objetivos trazados por las clases dominantes para conseguir que los sectores subalternos o populares se vean a sí mismos convertidos en simples espectadores de un tipo de historia (heredera del eurocentrismo) que los margina y que solamente podría ser protagonizada por aquellos que los explotan y oprimen, conformando éstos una aristocracia del dinero y la política, apoyada en una burocracia antinacional y antidemocrática. Esto no ocurrirá mientras el pueblo mantenga viva su memoria histórica, lo que es parte vital de sus luchas por asumir el papel que le corresponde en la construcción de una democracia más avanzada y un mejor modelo civilizatorio, por el bien de todos. -

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