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El capitalismo del siglo XXI y la nueva izquierda revolucionaria

El capitalismo del siglo XXI y la nueva izquierda revolucionaria

 

Homar Garcés

 

En su artículo «¿A dónde se fue el comunismo?», Héctor Meléndez, profesor de la Universidad de Puerto Rico, expresa: «El régimen occidental tiene más de quinientos años y posee innumerables mecanismos de reproducción. Es un amplio espacio de relaciones financieras, educativas, militares, políticas, mediáticas y comerciales. Su epicentro es el Atlántico norte, pero su influencia difícilmente se reduce a Estados Unidos y Europa. Occidente no trata sólo de billonarios y millonarios. Incluye sectores populares y clases medias que participan activamente en inversiones de dinero, cuyas ganancias –que a veces complementan el salario– y amplio consumo alimentan el consenso hacia la política imperialista. Le ayudan a legitimarse sus tradiciones de narrativa, espectáculos e idealización de la subjetividad». En atención a esta reflexión, cabe resaltar lo escrito por Rosa Luxemburgo: «El marxismo es una cosmovisión revolucionaria que constantemente tiene que luchar por nuevos conocimientos, que no hay nada que desprecie tanto como el aferrarse a formas que alguna vez fueron válidas, que conserva su fuerza vital de la mejor manera en la crítica y en el tronar de la historia». Entre ambos puntos de vista, se podrá ubicar la comprensión del capitalismo del siglo XXI y la nueva izquierda revolucionaria, lo cual requiere adquirir una nueva visión de las cosas, más apropiada a la coyuntura histórica que vive el mundo contemporáneo. En especial ahora cuando en el horizonte mundial comienza a delinearse el control de los monopolios corporativos sobre las naciones y las instituciones del Estado, con Estados Unidos sirviendo de vanguardia, con la finalidad principal de brindarle un mayor margen de acción y de ganancias exorbitantes a sus empresas, sin intervencionismo estatal que las regule.

 

Tomando eso en cuenta, el problema de la transición al socialismo revolucionario requiere establecer un debate con toda la audacia, el espíritu crítico y el rigor científico que exige el plantearse la transformación estructural del Estado, de la economía y del modelo de sociedad vigentes (incluyendo su aspecto cultural y espiritual). No puede limitarse a un simple cambio de nombres, consignas y de gobierno. Tiene que ser algo integral y constante. De lo contrario, dejará de ser revolucionario y, en consecuencia, dejará de ser una alternativa ante el orden capitalista reinante. Bajo el sistema capitalista todos los actores sociales que participan en el proceso productivo están -de cualquier modo- sujetos a la reproducción de la ganancia que corresponde a los dueños del capital y de los medios de producción (incluyendo la explotación de su fuerza de trabajo) en un ciclo que pareciera normal y eterno, sin posibilidades reales de cambio. Así, desde la época en que Karl Marx y Friedrich Engels redactaron el Manifiesto Comunista hasta la época actual, a través del socialismo revolucionario se ha planteado que tal sistema de desigualdades, injusticias y expoliación indiscriminada de las personas y de la naturaleza sea superado, dando entonces nacimiento a un nuevo tipo de civilización en el cual prevalezca siempre el desarrollo integral del individuo y de la comunidad, en igualdad de derechos, obligaciones y oportunidades, sin dominación alguna del mercado y el capital, abarcando la preservación de la naturaleza; algo que se considera utópico, es decir, inviable o difícil de realizar, pero que no deja de ser posible ni ha dejado de inspirar las luchas sociales.

 

En el mundo contemporáneo son muchas las disyuntivas que se le presentan a quienes fomentan la instauración de la Revolución Socialista en sus países, entre ellas, el cómo contener la oleada ultraderechista y autoritaria que parece extenderse sin control alguno como opción ante los diversos problemas que confrontan los sectores sociales. A imitación de la III Internacional Comunista, en la última década ha surgido una internacional reaccionaria que cuenta con el apoyo del multimillonario Elon Musk, propietario de la plataforma digital X, quien utiliza este medio para influir en las preferencias electorales en diversas naciones (tales como Estados Unidos, Inglaterra o Alemania), de modo que resulten triunfadores los candidatos de su preferencia, siendo Donald Trump el mejor ejemplo de ello. Sin más ideología que la basada en el autoritarismo y el odio hacia todo lo que represente progresismo, cambio o revolución, sus representantes quieren imponer una visión del mundo, ajustada a lo que sería la lógica del capitalismo neoliberal en su versión más extrema; para lo cual no dudan en destruir los cimientos de la democracia liberal que ha perdurado desde el estallido de la Revolución Francesa de 1789 y plantean el surgimiento de un nuevo orden mundial, reemplazando al instituido tras el final de la Segunda Guerra Mundial, con la Organización de las Naciones Unidas.

 

El capitalismo en su fase actual, «ha instalado en el imaginario colectivo la falsa idea de que el éxito es un derecho individual desvinculado de cualquier compromiso social. La meritocracia es la gran ficción del capitalismo tardío, que vende como superación lo que en realidad es privilegio de cuna o azar del mercado», como bien lo dictamina Javier F. Ferrero, en «Cómo el neoliberalismo allanó el camino al fascismo en Estados Unidos». Sometidos al albur de las coyunturas del mercado y a las múltiples innovaciones que se producen en los campos científicos y tecnológicos, reflejados en el uso cada día más frecuente de la informática y maquinarias de alta tecnología por parte de las empresas, los trabajadores están llamados a adquirir un mayor grado de conciencia clasista y de organización para entender y confrontar adecuadamente los múltiples desafíos impuestos por el capitalismo neoliberal a nivel local y global. Esta comprensión es parte esencial de la acción y del programa de lucha de la nueva izquierda revolucionaria, lo que exige de ella, al mismo tiempo, una revisión exhaustiva de su forma organizativa y de sus postulados teóricos o ideológicos, sin que esto represente una claudicación frente al orden burgués liberal establecido y, menos, refutar su esencia emancipatoria.

¡¡¡Elecciones, ¿para qué?!!!

¡¡¡Elecciones, ¿para qué?!!!


Homar Garcés 


Casi inmediatamente después de la agresión militar imperialista del 3 de enero contra la soberanía venezolana, los principales voceros de la oposición extremista en el extranjero han demandado la inmediata realización de elecciones generales en el país. Se alega -sin mucha convicción- que éstas permitirían estabilizar la democracia y la paz, así como contribuirían a rescatar nuestra maltratada economía, abriendo las compuertas a inversores foráneos que tendrían despejado el panorama respecto a la seguridad jurídica de sus inversiones mediante la modificación sustancial de varias leyes orgánicas, aprobadas todas en el pasado bajo una orientación aparentemente socialista. Pero, según lo manifestado por los más altos funcionarios del gobierno, incluida la presidenta encargada Delcy Rodríguez, eso no está contemplado, por lo menos en el corto tiempo, apelando a lo contemplado en la legislación vigente. Sin embargo, la opinión y la preocupación primordial de la generalidad de la población, sin ser uniformes del todo, apuntan más bien a que se hagan todos los esfuerzos posibles para que la economía nacional salga definitivamente del marasmo en que fuera sumida en las últimas décadas, gracias, precisamente, a las acciones emprendidas por esa misma oposición que ahora quiere elecciones «libres».


En medio de tales posiciones, cada una de ellas motivada por intereses diferentes entre sí, es innegable que el tema económico es determinante. Para bien o para mal. En cuanto al mismo, son muchos los que obvian el hecho de que el sistema productivo capitalista venezolano apenas fue transformado durante lo que va de siglo, continuando aferrado al mismo esquema rentista y dependiente establecido hace ya cien años, a pesar de la entrada en vigencia de diversas leyes que permitieron anticipar la construcción de un nuevo tipo de economía con estructuras y relaciones de producción eminentemente socialistas. Por eso, la demanda de un ajuste salarial acorde con los índices inflacionarios carece, a simple vista de bases realistas, a pesar de constituir una necesidad que no puede posponerse por mucho más tiempo. En este sentido, vale exigir al gobierno nacional que le hable claro a los venezolanos, independientemente de si está tutelado o no por el gobierno de Donald Trump. También vale decir que la concertación de gobierno, empresarios y trabajadores no puede centrarse únicamente en relación con lo que están dispuestos a aportar y a apoyar los empresarios para recuperar la economía, como sería el deseo de todos.


Así que la exigencia de unas elecciones generales, en corto o mediano plazo, se fundamenta más que todo en la ambición de poder de algunos personeros de la extrema derecha que se hallan en el exterior, confiados en que, luego de la agresión estadounidense, serían los llamados a conformar el nuevo gobierno y, una vez instalados, procederían a desmantelar por completo lo hecho durante la administración de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en completa armonía con los intereses y la voluntad de Estados Unidos. Por otra parte, se encuentra un sector que reivindica al chavismo, pero que adversa al actual gobierno, que se pronuncia también a favor de una convocatoria a elecciones; lo que le pavimenta el camino al discurso de la derecha extremista más que darle la ocasión para desplazar a la dirigencia actual. Tal vez ocurra que la efervescencia electoral produzca una situación más conflictiva de la que pudiera existir actualmente, sin que se noten sus indicios. Por todo ello, el manejo del tema electoral tendrá que manejarse ponderadamente, sin caer en conclusiones ni propuestas simplistas, si es que se quiere, realmente, aprovechar la oportunidad de construir un nuevo país, sin exclusiones ni polarizaciones ni subordinaciones de cualquier forma o contenido; contando, de verdad, con la participación y el protagonismo de las bases populares.

El comunismo consejista como paradigma de la revolución socialista

El comunismo consejista como paradigma de la revolución socialista

 
Homar Garcés 


Al despotismo burocrático presente en todo Estado y en toda organización política habría que oponerle un comunismo consejista que, como efecto de sus acciones, permita a todos sus participantes desarrollar sus potencialidades revolucionarias, creadoras y democratizadoras de forma plena, en armonía con sus congéneres y la naturaleza; siendo la transformación social su principal prioridad en vez de su particular beneficio. Sería un cambio de raíz que abarcaría todas las estructuras que componen el modelo civilizatorio y daría un vuelco completo a las maneras como se conduce el poder y las relaciones habituales entre dirigentes y dirigidos, entre gobernantes y pueblo, y jerarcas y subalternos; lo que implicará, inexorablemente, un cambio de mentalidad para aceptar el nuevo paradigma que de todo esto se derivaría. Una vez vigente este comunismo consejista, los delitos de abuso de autoridad, corrupción, clientelismo, nepotismo, tráfico de influencia, extorsión, contrataciones de obras sin licitación pública y manejos indebidos de recursos del Estado, tan constantes y renombrados en toda Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, serían eficazmente contrarrestados al no estar supeditado a ninguna conveniencia partidista ni a ninguna razón de Estado o de clase que pueda reducir, hasta en su mínima expresión, la defensa de los intereses colectivos. El comunismo consejista será, entonces, la forma activa y organizativa de los sectores populares conscientes del papel histórico que les corresponde asumir, en concordancia con su autoemancipación

A pesar de ser lo más visible de las exigencias populares, no puede nada más afectar el orden político, si se aspira lograr mayores grados y espacios de libertad. La conclusión es muy sencilla: no habrá verdadera libertad si no existe al mismo tiempo una verdadera emancipación social. En este sentido, muchos hablan de libertad en forma abstracta, con énfasis especial en el aspecto económico, básicamente bajo una concepción liberal, que sería secundada por la celebración periódica de elecciones de las autoridades nacionales, regionales y locales, pero que, en sí, sólo representa la libertad de quienes se hallan en la cúspide de la pirámide social, política y económica, por encima de las grandes mayorías. Esto ha servido para justificar el aparente fracaso de las distintas opciones revolucionarias con que los pueblos han tratado de superar el estado de cosas en que les ha tocado vivir al no llevar a cabo los cambios estructurales que deben hacerse, con una visión diferente a la tradicionalmente vigente. Tomemos en cuenta, con Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, que «la opresión, por grande que sea, no siempre origina una situación revolucionaria en un país. Para que estalle la revolución no suele bastar con que los de abajo no quieran seguir viviendo como antes. Hace falta, además, que los de arriba no puedan seguir administrando y gobernando como hasta entonces. Sólo una clase revolucionaria es capaz de transformar el estado pasivo de opresión en estado activo de cólera e insurrección».

Al respecto, en el discurso pronunciado en la Asamblea General de los Trabajadores de Plantas Eléctricas, efectuada el 14 de diciembre de 1960, el Comandante y Primer Ministro Fidel Castro Ruz diría: «La clase obrera es la clase fecunda y creadora, la clase obrera es la que produce cuanta riqueza material existe en un país. Y mientras el poder no esté en sus manos, mientras la clase obrera permita que el poder esté en manos de los patronos que la explotan, en manos de los especuladores, en manos de los terratenientes, en manos de los monopolios, en manos de los intereses extranjeros o nacionales, mientras las armas estén en manos del servicio de esos intereses y no en sus propias manos, la clase obrera estará obligada a una existencia miserable por muchas que sean las migajas que les lancen esos intereses desde la mesa del festín». En resumen: todo el proceso del trabajo debe asumirse libremente y permanecer bajo el control directo de los trabajadores quienes son, al fin y al cabo, con el sudor de sus frentes, los generadores de la riqueza que con tanto gusto y ostentación usufructúan los dueños del capital, ya sean nacionales o extranjeros. Es una batalla que confronta muchos obstáculos, entre estos la falta de conciencia clasista de los mismos trabajadores (manuales e intelectuales) que les impide convencerse a sí mismos de la posibilidad de manejar de forma directa las empresas donde laboran, trastocando de raíz las relaciones de producción que caracterizan al régimen capitalista.

La idea central que debe desarrollarse en todo momento y espacio es crear un profundo efecto democratizante tanto en la acción como en el pensamiento de las personas. Para que esto se concrete es necesaria la garantía de las libertades individuales, la cogestión, la autogestión y el libre desarrollo de la tecnología, entre otros factores fundamentales, que permitan crear y recrear, principalmente, las bases culturales de la revolución en marcha; creándose en consecuencia una nueva hegemonía, esta vez de esencia popular. De «Pedagogía del oprimido», ensayo escrito por Paulo Freire, podemos compartir lo que refiere su autor respecto a la acción política: «La acción política junto a los oprimidos, en el fondo, debe ser una acción cultural para la libertad y, por ello mismo, una acción con ellos». ¿Qué implica esta acción política y, por tanto, esta acción cultural? Significa sencillamente trascender la visión individualista (inculcada principalmente por la lógica capitalista) e imponerse la transformación objetiva de la situación opresora que se combate y la tarea histórica de hacer colectivamente la revolución social. 

Maquiavelo en el siglo XXI

Maquiavelo en el siglo XXI


Homar Garcés 


A Nicolás Maquiavelo se le atribuye, sin mucho o ningún conocimiento de su vida y de su pensamiento, toda maldad que pueda desatar y protagonizar cualquier político en las alturas del poder, como algunos acostumbran decir, ya sea que encabecen un régimen abiertamente dictatorial y fascista o uno de apariencia moderada y democrática, como se pudiera ejemplificar al estudiar concienzudamente la historia particular de cada una de las naciones que conforman Nuestra América-Abya Yala-Améfrica Ladina (lo mismo valdrá para los demás continentes) y que, a lo largo de la presente década, pareciera excederse, teniendo como su principal referente lo que sucede en Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump. Adentrándonos en pleno siglo XXI, observamos con cierto aire de naturalidad cómo el capitalismo ha adoptado unas nuevas formas de explotación, de manipulación ideológica, de destrucción y de muerte que han erosionado enormemente los valores que cimentaron durante más de cien años el concepto de la democracia. Este momento histórico -pese a las particularidades de época, costumbres y sociedad- pareciera revitalizar lo expuesto por Nicolás de Maquiavelo en su obra cumbre, «El Príncipe», aunque lo hecho por las nuevas clases políticas, tecnócratas y financieras del mundo para ampliar y consolidar su hegemonía difiera algo en métodos, no así en cuanto a objetivos, con lo descrito por el político y filósofo florentino en su controvertido libro. Como muchos especialistas agudos de la vida y obras de Maquiavelo lo han determinado, leer a Maquiavelo genera una confrontación entre lo que es la política real y las ficciones normativas acostumbradas desde siempre.


Víctima del manido adagio de «el fin justifica los medios», Nicolás de Maquiavelo en sí no hizo más que develar el arte de lo eficaz dentro de lo que cabe denominar política y Estado; resaltando un pragmatismo que se ubica por encima de la moralidad y del idealismo divulgados, respectivamente, por el cristianismo (incluido el protestantismo) y los filósofos clásicos de la antigüedad greco-romana. Que esto sea calificado de moral, inmoral o amoral sólo dependerá de nuestra propia convicción ética y moral (muchas veces oculta, disfrazada, a los ojos de los demás). Siendo así, la disyuntiva que se nos presenta la abordaríamos según la escala de valores que definiría nuestras personalidades. Sin embargo, sí es preciso extraer de su teoría política aquellos elementos que nos podrían servir para comprender apropiadamente la lucha por el poder y las consecuencias que esta tiene en nuestra vida individual y colectiva, aún cuando queramos mantenernos al margen de ella. Por eso, al participar en el análisis de lo que son los regímenes instaurados en una gran parte de la Tierra no se pueden contemplar nada más sus rasgos y discursos absolutamente reaccionarios, limitándolos a una simple comparación con el nazismo y el fascismo europeos de hace una centuria atrás; lo que deja en evidencia cierta pobreza (y hasta pereza) intelectual al respecto. Esto exige, según lo han determinado de forma unánime muchos analistas, historiadores y teóricos revolucionarios de izquierda, discernir que los fundamentos del ejercicio del poder apenas poseen alguna diferenciación entre sí, salvo la retórica propagandística utilizada por cada régimen, indistintamente de su origen, lo que haría necesaria y comprensible su completa sustitución por un régimen en el cual prevalecerían la soberanía, la participación, la organización, los intereses y el protagonismo de las mayorías populares.
Según Antonio Gramsci, de la lectura de El Príncipe se desprendería la tarea histórica de la construcción de una nueva hegemonía (de raigambre popular, no oligárquica o burguesa) y de un bloque histórico con que se alcance una radical transformación social. El Príncipe, por tanto, no estaría dirigido a la instrucción de gobernantes inescrupulosos y ambiciosos sino al fragmentado pueblo italiano de aquel entonces, desperdigado en diferentes dominios eclesiásticos e imperialistas, lo cual requería la acción de un príncipe (para Gramsci, un partido político revolucionario) que lo uniera en una sola nación, una sola voluntad y un mismo proyecto político. No se trataría de una mera abstracción ideal, alejada de la realidad, sino de una praxis revolucionaria orientada a resultados concretos. En el tiempo presente no tendría nada de raro que los aportes maquiavelianos y gramscianos puedan conjugarse en el logro de tan importante tarea histórica, al margen de las victorias que podrían exhibir en la actualidad los grupos hegemónicos del mundo junto con sus subordinados locales (sin exclusión de aquellos que los adversan, siendo también gobiernos), acallando y persiguiendo disidentes, sin que existan mediaciones de ninguna clase.


El surgimiento casi simultáneo de un Yo autoritario y colectivo en una serie de naciones -superando los cánones tradicionalmente atribuidos al nazi-fascismo, pero que son partes intrínsecas de la Modernidad, que es decir del pensamiento eurocéntrico, representa un serio desafío para quien se pronuncie a favor de una revolución de nuevo tipo, o socialista. No bastará la simple denuncia ni el etiquetamiento de las clases dominantes (tradicionales o, en apariencia, progresistas y revolucionarias), al modo de décadas pasadas. Al respecto, hoy vemos -hasta cierto punto, impávidos- cómo todos los logros obtenidos por la individualidad y la razón desde finales de la Edad Media en suelo europeo y luego extendidos al resto de los continentes durante los siglos XIX y XX, son ofrecidos en holocausto, de una manera irracional, ante los pies de barro de los ídolos nuevos de la política, sin ningún remilgo frente a lo que representan su conducta, su moral, sus verdaderos intereses de clase y sus medidas autoritarias y represivas. Los radicalismos de derecha no son fenómenos casuales ni la consecuencia de los temores ante la factibilidad triunfadora del comunismo o socialismo revolucionario. Ellos son manifestaciones de la naturaleza de lo que llamamos comúnmente poder. Esto lo comprendió Nicolás de Maquiavelo en su tiempo, de una forma descarnada y fría, con un estilo, si cabe, impersonal, sin que ello significara abandonar sus propias convicciones republicanas. Es, sin querer ser trágicos ni pesimistas, un destino inevitable, enraizado a la visión del eurocentrismo que muchos comparten, sin mucha conciencia del mismo, lo cual explica las expresiones de supremacismo, racismo, xenofobia, aporofobia, homofobia y misoginia afloradas por la extrema derecha en estos últimos años. No es cuestión forzada equiparar entonces cada ejemplo señalado en El Príncipe con Donald Trump, Benjamin Netanyahu, Javier Milei, Nayib Bukele o Daniel Noboa (lo mismo se aplicaría en relación con aquellos que, ideológicamente, serían sus contrarios); lo que contribuiría a resaltar la vigencia de los aportes maquiavelianos a la teoría política en un sentido amplio y realista.

La urgencia de los elegidos de Dios

La urgencia de los elegidos de Dios


Homar Garcés 


El acoso, la burla, la deshumanización y la constante violencia física y psicológica ejecutada en diferentes escalas, sumadas a la sobresaturación de noticias falsas divulgadas en prensa y redes sociales, han hecho del genocidio de Palestina una de las mayores atrocidades que se haya atrevido a cometer alguna vez un grupo humano. La impunidad que le rodea es muestra más que evidente de la complicidad de los distintos gobiernos y corporaciones económicas del mundo, a pesar de las fallidas resoluciones emitidas desde el seno de la Organización de las Naciones Unidas y de las exigencias populares en diversos países para que éste cese por completo y se reconozcan los derechos del pueblo palestino a existir también como nación soberana. Pero todo esto es ignorado deliberadamente desde hace más de medio siglo, aupado por intereses geopolíticos y económicos que buscan controlar y reconfigurar el amplio territorio de Asia occidental y, con éste, los grandes yacimientos petroleros que allí se hallan. De ahí que, a la par de los crímenes de lesa humanidad contra la población palestina, se producen los ataques militares contra Irán y el Líbano, conformando así una estrategia de mayores dimensiones que las admitidas mediáticamente.


La maldad organizada del Estado de Israel ha derivado en la producción de un proceso de desensibilización que se ha hecho una cuestión común alrededor del planeta, sin que exista hasta ahora una fórmula efectiva, a nivel internacional, que le impida por completo continuar devastando más vidas gazatíes. Esto se observa en una mayoría de naciones europeas y en Estados Unidos donde cualquier mención crítica o protesta pública pacífica es reprimida inmediatamente, sin miramientos, y sus promotores son encarcelados y condenados a una condición de parias, sin garantías constitucionales. El silenciamiento y la distorsión de la realidad en favor de los intereses del sionismo son abrumadores, a tales extremos que podría afirmarse que el Estado de Israel gobierna al resto de las naciones de la Tierra. Gracias a ello, Israel ha podido hacer de las suyas en Gaza, Cisjordania, Líbano y Siria, en pos de la concreción de sus aspiraciones de «revivir» las fronteras del reinado bíblico de David y de su hijo Salomón; matizado con la manipulación de las religiones cristianas, haciendo creer a muchos que sus acciones (por terribles que puedan parecer) obedecen al cumplimiento de la profecía apocalíptica del juicio final y a su condición de elegidos de Dios.


Pero hay algo más que referir: La proyectada construcción del canal Ben Gurión como alternativa al canal de Suez. Este representaría la construcción de una ruta marítima  que enlazaría el mar Mediterráneo con el golfo de Aqaba (Mar Rojo) a través del desierto del Néguev bajo el control del Estado de Israel; lo cual modificaría enormemente el comercio marítimo en la región del Asia occidental. Aunque se descarta su construcción, en vista del alto costo que el mismo supondría, Gaza seguirá siendo materia de atención para el Estado de Israel, ahora con el acompañamiento de Estados Unidos, a través de Donald Trump, quien ya anunciara no hace mucho tiempo su proyecto de convertir dicho territorio en una riviera del Asia occidental, con rascacielos y rutas turísticas, para lo cual sería indispensable desalojar por completo a la población gazatí en éste residente y crear las condiciones para una cuantiosa inversión extranjera. La urgencia de los llamados elegidos de Dios por exterminar a los palestinos tiene, por tanto, una gama de intereses geopolíticos y económicos que no ocultan del todo la macabra realidad que éstos sufren a diario, pero que podría revertirse si algún día los diferentes gobiernos del mundo así lo decidieran. A pesar de la gran influencia de los cristianos sionistas sobre Washington. 

El hiperimperialismo y el Sur Global

El hiperimperialismo y el Sur Global

 

 

Homar Garcés 

 

El entramado de plataformas digitales y militares (bases de datos, sistemas administrativos, telecomunicaciones y flujos de información, entre otras nuevas tecnologías utilizadas) explicaría cómo las tropas yanquis pudieron invadir el territorio venezolano y secuestrar al presidente Nicolás Maduro sin que hubiera una respuesta contundente, un contraataque efectivo masivo, por parte de las fuerzas armadas venezolanas (equipadas éstas con armamento moderno provisto por Rusia y China) que lo pudiera impedir, más allá de las lamentables bajas sufridas. Respecto a ello, en el caso de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana pudo haber, quizás, una subestimación del enemigo, calculando una invasión de tipo convencional y no de la manera como ocurrieron los hechos. Esto supuso una desventaja grande para Venezuela. Este episodio amargo corrobora, además, que la guerra ya no se hará del modo tradicional, como siempre se ha conocido en la historia, abarcando un escenario donde la posesión y el uso de las tecnologías más avanzadas en materia militar decidirán su curso y desenlace; sometiendo, en muchos casos, a las naciones que carezcan de éstas al dominio neocolonial del más fuerte. Según el historiador brasileño Fernando Horta, «la operación no fue ganada con misiles, helicópteros o por la cantidad de metal que EEUU pueda lanzar sobre un país. Una batalla crucial se libró y ganó en las capas invisibles del espectro electromagnético y en los flujos de datos que cruzan nuestro continente cada milisegundo. Antes de los primeros disparos, los aviones de guerra electrónica EA-18G Growler ya habían ‘borrado’ Caracas». Con esto, el imperialismo yanqui inauguraba una nueva manera de imponer su voluntad a los países disidentes y reacios a acatarla incondicionalmente, rompiendo con todos los esquemas conocidos respecto a agresiones militares e injerecismo político.

 

Al referirse a las diferentes acciones de Estados Unidos en contra de Irán y Venezuela, en su artículo «La guerra que no se declara», Javier F. Ferrero explica lo siguiente: «En Venezuela, la presión no comenzó ayer ni con Trump. Décadas de sanciones han estrangulado el corazón económico del país, atacando directamente su capacidad de sostener servicios públicos, salarios y estabilidad social. El objetivo nunca fue “restaurar la democracia”, sino hacer inviable cualquier proyecto político que no se alinee con los intereses estratégicos de Estados Unidos. El deterioro social no es un daño colateral. Es el mensaje. Cuando la vida cotidiana se vuelve insoportable, cualquier alternativa parece aceptable, incluso aquellas tuteladas desde el exterior. Irán lleva años siendo laboratorio de esa misma lógica. Sanciones acumulativas, sabotajes industriales, ciberataques, asesinatos selectivos, aislamiento financiero y una presión constante para provocar fracturas internas. Cada protesta es amplificada cuando conviene, silenciada cuando no. Cada gesto de distensión es respondido con nuevas exigencias imposibles de cumplir. La paz que se ofrece nunca es real: es condicional, reversible y diseñada para fracasar. No busca acuerdos, busca rendiciones». Todo eso, en conjunto, genera poder, control y desorientación masiva que, al final, termina por beneficiar a la clase capitalista transnacional que dirige el gobierno imperialista de Estados Unidos. Son los rasgos más distintivos del actual aparato industrial-militar-digital del hiperimperialismo 3.0, cuya ambición no se limita a mantener una hegemonía basada en el control del dólar sino que se extiende a una recolonización de territorios, como se pretende hacer con Gaza, Venezuela, Groenlandia, Cuba y todo el continente americano.

 

Mediante dicho hiperimperialismo, el plan del magnate Trump es simple, nocivo y obvio: Se trata de gobernar desde el caos, teniendo, adicionalmente, la crueldad como atributo político como se deja entrever con la situación de exterminio a que son sometidos los palestinos y la amenaza de cerco total contra Cuba. En lugar de consensos, Trump se ha trazado gobernar al mundo desde el miedo. Para lograrlo, requiere crear una situación de conflicto internacional que justifique el despliegue militar, como en los casos de Venezuela e Irán, la aplicación de sanciones unilateralmente y la criminalización y satanización de los gobiernos y países que no se sometan a la voluntad imperial de Estados Unidos. No es una anomalía del sistema, como algunos suponen. Ni algo circunstancial, debido al capricho narcisista de Trump. Como lo señala un análisis publicado por la revista Foreign Affairs, «Al prescindir de cualquier pretensión de legalidad, Trump envía la señal de que EEUU ya no se considera vinculado por normas o tratados globales». Y ello es sumamente peligroso para el mantenimiento de la paz a nivel global. Así , los compromisos formales de no agresión, autodeterminación, obligaciones multilaterales y protección de los derechos humanos representados por la Organización de las Naciones Unidas, han sido, más que ignorados, violentados deliberadamente por el ocupante de la Casa Blanca ante la impavidez y la pasividad de dicho organismo multilateral y de la mayoría de los diferentes gobiernos del mundo.

 

Como lo señala Silvia Ribeiro, «el tema de la soberanía digital en América Latina es tan urgente como inexistente. No se trata solamente de no permitir ciertas empresas, algo en lo que la mayoría de los gobiernos latinoamericanos van en sentido opuesto. Tenemos que entender y cuestionar todas las aristas del uso de estas tecnologías y redes en las que diariamente personas, instituciones y gobiernos vertemos innumerable información sobre lo que hacemos, consumimos, pensamos, con quién y dónde». Se impone la necesidad, entonces, de articular conciencia y organización, pensamiento crítico y acción colectiva, ética, moral y política, con la finalidad de poder enfrentar exitosamente los nuevos mecanismos hegemónicos con que Estados Unidos y sus aliados quieren dominar al mundo. Esto, a grandes rasgos, exige disponer de una claridad crítica y de una voluntad organizada que nos permita contrarrestar los efectos perversos de la utilización de la tecnología digital y, por supuesto, la estrategia de dominación que estaría desarrollando el imperialismo gringo (sionizado) en contra de la soberanía y de la autodeterminación de nuestras naciones.

El peso de las sanciones y la nueva realidad venezolana

El peso de las sanciones y la nueva realidad venezolana

Homar Garcés 

 

A partir del 3 de enero de 2026 Venezuela comenzó a experimentar en su historia como país soberano una situación difícil y contradictoria: el control de sus recursos energéticos por parte de Estados Unidos. Sean cuales sean las razones que facilitaron dicha situación, lo cierto del caso es que Estados Unidos está extrayendo del país millones de barriles de petróleo, con lo que busca compensar las restricciones y las pérdidas que le puede ocasionar la guerra emprendida contra Irán, cuestión que el presidente estadounidense y altos personeros del gobierno venezolano han resaltado como algo positivo, indiferentemente del hecho que se haya violado militarmente la soberanía nacional, se haya secuestrado al presidente Nicolás Maduro, se establezca un protectorado de facto y se mantengan vigentes, en esencia, el cúmulo de sanciones que han afectado, de una u otra forma, el funcionamiento normal de la economía local.

 

Ahora que el gobierno venezolano transita una vía de entendimiento con el gobierno yanqui, logrando paulatinamente una serie de concesiones negadas bajo las presidencias de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, muchas personas que se mostraron incrédulas ante el discurso oficial que denunciaba la gravedad del impacto de las sanciones unilaterales impuestas por los sucesivos ocupantes de la Casa Blanca han terminado por entender, a medias, la realidad de lo que antes negaban aunque otros todavía se empeñan en mantener intactos sus discursos de odio y sus intenciones desestabilizadoras, confiando en que les corresponde el turno de asumir la conducción del Estado. El reconocimiento público hecho por la presidenta encargada Delcy Rodríguez respecto a las deficiencias productivas y la situación de crisis que agobia la economía nacional ha determinado el agotamiento de un modelo que fue necesario impulsar en su momento, pero que, al tocar techo y repetir en gran parte el comportamiento de los viejos gobernantes del pacto de Punto Fijo, a lo que se agregara la acción bloqueadora e injerencista del imperialismo gringo, tenía que ser trascendido mediante la participación, el protagonismo y la conciencia clasista y patriótica de los trabajadores y las trabajadoras del país, reemplazando mucho de lo que ha sido el típico capitalismo rentista y dependiente venezolano.

 

Extraer riquezas, controlar mercados y obtener grandes ganancias son características típicas del capitalismo desde el momento en que este surgiera algo más de quinientos años, con la explotación inmisericorde de los pueblos nuestroamericanos y africanos. Para ello, el capitalismo internacional (con Estados Unidos a la cabeza) implementó mecanismos económicos y financieros de control sobre las economías del resto del mundo, en especial de los denominados países en desarrollo o subdesarrollados a los cuales, general y sistemáticamente, envolvieron en endeudamientos impagables, tratados comerciales desventajosos y libre acceso de sus grupos empresariales transnacionales a los mercados locales y a sus recursos estratégicos; lo que hizo más dependientes y atrasadas sus economías, a tal punto que una parte significativa de sus poblaciones se vio obligada a migrar a Europa y Estados Unidos para sobrevivir, sufriendo discriminaciones, persecuciones y deportaciones en gran escala. Esto es algo que no escapa a la realidad de Venezuela y así deberían comprenderlo sus habitantes, estén o no de acuerdo con el gobierno actual. La complejidad del momento histórico que se precipitó con los sucesos del pasado 3 de enero no se solventará nada más con la realización de unas elecciones generales, con un proceso profundo de privatización de las principales empresas en manos del Estado o la expectación pasiva de la población. Requiere aportes, creatividad, emprendimiento y conciencia colectiva; no exigencias que rebasen la realidad ni una conflictividad que nos conduzca a una ingobernabilidad total para la cual no estaríamos nada preparados ni sabríamos soportar, dada nuestra consuetudinaria supeditación de papá Estado.

¿Será aún posible lograr una sociedad ecológicamente estable?

¿Será aún posible lograr una sociedad ecológicamente estable?

Homar Garcés 


De algún modo, la idea de progreso material ha estado asociada a todo lo peor que pudiera sucederle al ser humano en general. Por ejemplo, desde que se diera a conocer al público la novela gótica de Mary Shelly, «Frankenstein o el moderno Prometeo», cualquier asomo de inteligencia y de superación de los distintos elementos que conforman el modelo de sociedad actual (sociales, económicos, culturales, científicos y tecnológicos) acaba por convertirse en sinónimo de destrucción y extinción, con pocas probabilidades de sobrevivir en un escenario apocalíptico como suele predecirse, más allá de cualquier consideración metafísica o religiosa. A muchos les envuelve una sensación de desconcierto, desamparo y confusión ante tal perspectiva, pero no toman en cuenta que, producto de la Modernidad instaurada por la Europa liberal, los avances tecnológicos y científicos de los últimos doscientos años han sido utilizados para la explotación del hombre y de la naturaleza para cimentar la hegemonía del sistema capitalista, adquiriendo éste un carácter depredador voraz que amenaza con acabar con todo vestigio de vida sobre la Tierra. De esta manera, la idea de progreso mantiene la creencia en la existencia de recursos naturales inagotables e infinitos sobre los que es lícito, además, ejercer la propiedad privada por encima de la propiedad comunal y del interés colectivo.

En palabras de Alberto Acosta, en su prólogo al libro «Desarrollo, Postcrecimiento y Buen Vivir: Debates e interrogantes» de Koldo Unceta: «El desarrollo, en tanto propuesta global y unificadora, desconoce de manera implacable los sueños y luchas de los otros pueblos. Esta negación violenta de lo propio fue muchas veces producto de la acción directa o indirecta de las naciones consideradas como desarrolladas; recordemos, a modo de ejemplo, la acción destructora de la colonización o de las mismas políticas fondomonetaristas. Además, ahora sabemos que el desarrollo, en tanto reedición de los estilos de vida de los países centrales, resulta irrepetible a nivel global. Dicho estilo de vida consumista y depredador está poniendo en riesgo el equilibrio ecológico global, y margina cada vez más masas de seres humanos de las (supuestas) ventajas del ansiado desarrollo. Inclusive en los países considerados como desarrollados, el crecimiento económico logrado se sigue concentrando aceleradamente en pocas manos y tampoco se traduce en una mejoría del bienestar de la gente». Con la glorificación y puesta en marcha de los postulados del capitalismo neoliberal se acentuó la negación del pluralismo y del derecho a existir del otro (incluyendo a países enteros), lo que se extendió a la naturaleza, sin considerar su fragilidad y la importancia que su preservación reviste para toda la existencia humana.

Por eso, cuando se dejan oír voces de advertencia respecto a la crisis climática que cada día se está incrementando, es necesario recapitular en torno a las diferentes propuestas que se han presentado desde hace mucho tiempo atrás para evitar sus efectos irreversibles. Esto pasa por crear un nuevo tipo de conciencia ecológica que genere acciones y leyes que contribuyan a que las personas asuman el compromiso de construir un modelo de sociedad distinto -en todas sus partes- al existente. Pero, para que pueda constituirse un tipo de sociedad ecológicamente estable, será necesario el establecimiento consensuado de restricciones al consumo energético y material de la sociedad; algo impensable, combatido y, hasta, ridiculizado, por aquellos que tienen el control de mercados y capitales a nivel mundial. Un asunto que comenzó a planteársele a los gobiernos desde la década de los 70 del siglo anterior, una vez que se corroborara que, bajo el patrón de crecimiento económico, universalizado a través de la hegemonía detentada por las grandes corporaciones transnacionales capitalistas, se han propiciado un incremento de las desigualdades sociales y una incapacidad para impedir que se extienda la pobreza en muchas regiones de nuestro planeta.