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Venezuela: El cuero seco

Venezuela: El cuero seco


Homar Garcés 


«Venezuela es como un cuero seco, si lo pisas por un lado, se levanta por el otro». Con dicha frase  -generalmente atribuida a Antonio Guzmán Blanco aunque el historiador Germán Carrera Damas llegara a afirmar que la misma se halla contenida en un texto sobre la vida de Alejandro Magno escrito por el antiguo historiador griego Plutarco- se alude a la situación constante de revueltas e inestabilidad política que envolvía al país desde 1830 y mantenía en zozobra a los diferentes gobiernos de entonces. En su canción «La soga», el Cantor del Pueblo Venezolano Alí Primera también nos expresa metafóricamente: «Jala que el pueblo es cuero seco, si lo pisan por un lado, por el otro se levanta. Por algo tiene la piel florecida de esperanza». No es casual esta categorización del pueblo de Venezuela. En el transcurso de su historia colectiva, nuestro país ha vivido episodios donde todo pareciera discurrir sin sobresaltos, tranquilamente, a pesar del estado de miseria, corrupción, explotación y opresión que esté padeciendo. Así, durante la época colonial, las autoridades españolas tuvieron que enfrentar diferentes sublevaciones, unas de ellas protagonizadas inicialmente por nuestros pueblos originarios, algunas por los esclavizados secuestrados de la Madre África y otras con el claro propósito de romper con el dominio español, alcanzar la independencia absoluta y hacer realidad los lemas de soberanía popular y de igualdad y justicia sociales. 


En todos estos episodios históricos siempre se hizo presente la conciencia colectiva, muchas veces opacada por la historia oficial, lo que distorsionó la comprensión de su protagonismo, atribuyendo su insurgencia a la decisión y la actuación de líderes providenciales. Las sublevaciones de José Leonardo Chirino en la sierra de Coro, de Juan Andrés López del Rosario, Andresote, en los valles de Yaracuy, y del Negro Miguel o Miguel Guacamaya junto con los jirajaras en el valle de Nirgüa,  sumadas a la conspiración organizada por José María España y Manuel Gual en 1797 y las incursiones independentistas de Francisco de Miranda en 1806, conforman un preámbulo histórico de lo que ocurrirá luego en Venezuela entre el 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1811, definiendo la historia insurgente de Venezuela, la misma que fuera convenientemente ocultada y tergiversada durante más de cien años por las distintas clases sociales que dominaron el escenario político, social, cultural y económico del país, conformando, en muchos casos, un Estado tutelado o vasallo frente a las potencias hegemónicas.
En cada uno de tales episodios históricos se manifestó con contundencia los anhelos, la rabia y la rebeldía de los sectores populares. En algunas ocasiones, tras la figura de algún caudillo carismático que, luego de conseguir el poder, generalmente, les daba la espalda y se congraciaba con los sectores dominantes que antes atacara. Esta situación, al parecer insalvable, hizo que los sectores populares se mantuvieran alzados frente a las arbitrariedades del poder constituido, aún en pequeños gestos o expresiones; develando una total inconsistencia entre la práctica y el discurso pregonado por la clase gobernante y las expectativas y las luchas socioeconómicas del pueblo subordinado y excluido. Ello explica el estallido social del 27 de febrero de 1989 y el entusiasmo popular por las dos insurrecciones de 1992, buscando hacer realidad la aspiración colectiva plasmada en la canción siempre vigente de Alí Primera: «Basta de mentes estólidas que nos quieren mandar».


A partir del 3 de enero pasado, la condición semicolonial de facto en la cual se halla actualmente Venezuela nos obliga a todos los venezolanos patriotas a juntar esfuerzos para revertir esta penosa realidad y evitar las justificaciones absurdas con que se pretende hacernos creer que aún podremos hablar de soberanía nacional. Y eso exige el desprendimiento de posiciones que pudieran contribuir a socavar los diversos logros políticos, económicos, sociales y culturales plasmados en nuestra Constitución de 1999, siendo ella el baluarte principal del compromiso de lucha que nos puede unir a todos en una propuesta que trascienda dogmas y sectarismos de todo tipo. Pero ello exige también una comprensión objetiva de los aciertos y los errores que marcaron estas dos últimas décadas de nuestra historia, además de construir desde abajo, mediante el protagonismo y la participación efectiva de los sectores populares, una alternativa rupturista y democrática que no esté subordinada a partidos políticos; quedando éstos reducidos a su rol estrictamente electoral. Aún con una situación adversa, no podemos ser víctimas del pesimismo ni de la impotencia. Es preciso entender la necesidad de la organización y la actuación de todos los patriotas venezolanos en un frente antiimperialista con que combatir las pretensiones colonialistas del imperialismo gringo y de sus lacayos locales.

El pánico rojo se extiende al mundo

El pánico rojo se extiende al mundo


Homar Garcés


A propósito de la reunión ministerial antiizquierdista realizada en Estados Unidos el 16 de julio pasado, el primer elemento que destacó Marco Rubio al mencionar la violencia extremista de la izquierda es que su «amenaza no ha desaparecido... mientras toleremos sistemas de inmigración que introducen estas amenazas directamente en nuestros países». Ésto da a entender que se aplicarán mayores restricciones a los migrantes por parte de los gobiernos convocados a esta cruzada contra la violencia extremista de la izquierda política, de una forma más tecnificada y legalizada que el tétrico Plan Cóndor implementado, bajo la dirección de Washington, por las dictaduras militares del cono sur del continente americano, lo que negará, además, el derecho al asilo de personas perseguidas por profesar sus ideales. Otro elemento es la diferenciación que dicho personaje establece entre militantes de la extrema derecha y lo que se calificará de izquierda, según sus parámetros: «Una bomba colocada por un grupo neonazi era un acto nefasto y asesino. Lo es. Pero una bomba colocada por un revolucionario marxista... bueno, eso es simplemente un trágico exceso de idealismo». Es como admitir que la acción del «revolucionario marxista» es más dañina que la acción de un grupo neonazi porque «es simplemente un trágico exceso de idealismo», acompañada de un cuestionamiento y una propuesta de cambio del sistema capitalista e imperialista establecido. Con los neonazis habría puntos en común, pero con los marxistas nunca. Asimismo, es notable cómo se refiere a que todo esto «es un mal singular y distintivo. Siempre ha estado impulsado por un odio primordial, un odio hacia la civilización misma». Es decir que solo debe reconocerse como legítima y natural la civilización conformada según los valores de Estados Unidos y sus aliados de Europa. Cualquier alusión a culturas autóctonas podrá considerarse como odio hacia la civilización anglosajona. Incluso, el uso de prendas y de toda cosa que las refleje.


De acuerdo con lo declarado por el secretario de Estado yanqui, los viejos ideales de igualdad, justicia y liberación (base de la democracia liberal burguesa) constituyen un resentimiento venenoso que busca «destruir lo que hombres superiores han construido, de arruinar lo bello y lo justo en nombre de personas llenas de fealdad que no tienen nada más que ofrecer al mundo». No es difícil descubrir en sus palabras, cómo relucen el supremacismo y el racismo con que se moldeó la dominación colonial de nuestros pueblos, haciéndolos ver como lo mejor y lo más bello que ha ocurrido y debería existir. Es la configuración de un orden civilizatorio dividido entre aquellos que deben obedecer y quienes deben gobernar, un orden divino que los pobres sometidos no debieran jamás quebrantar. De ningún modo, se cita el historial de persecuciones, violencia y genocidios cometidos por el imperialismo yanqui y las clases dominantes de Occidente y eso se explica por sí solo.


Lo risible -como lo ha sido desde hace cien años o más- es que el comunismo es un mundo sin Dios. Una cosa del Diablo. Y, por supuesto, no podría dejar de mencionar a Cuba en los mismos términos de las décadas de los 60 y los 70; justificando lo que tiene planeado hacer Estados Unidos contra la Isla, objetivo particular de Rubio. Su «argumento», al acusar al gobierno cubano de seguir «inextricablemente ligada a los grupos y movimientos de extrema izquierda dentro y fuera de Occidente», a pesar de padecer un bloqueo de más de 60 de parte de Estados Unidos que se ha recrudecido en el último año hasta producir un grave estado de penurias económicas hasta alcanzar los límites de la sobrevivencia.


Algo que dijo Stephen Miller, el subsecretario de Gabinete de la Casa Blanca y asesor de Seguridad Nacional («Nada de lo que hagamos funcionará si la amenaza de violencia y terror queda impune. Nuestros sistemas políticos no funcionan. Nuestros sistemas judiciales no funcionan.Nuestros sistemas legales no funcionan. Nuestros juicios con jurado no funcionan»), podría interpretarse como que no se aplicará ninguna ley que proteja los derechos humanos a quienes tengan la desgracia de ser acusados de terroristas de izquierda. La deshumanización con que acusa a la gente de izquierdas está demasiado cercana a la visión de nazis y sionistas, por lo que esta no debería ser tratada con compasión alguna ni remordimiento de conciencia. Y es un llamado a los demás gobiernos para que lo hagan también. Pobres de aquellos que han «marcado su cuerpo y su apariencia de diversas maneras, hasta el punto de que su aspecto exterior se convierte en una manifestación de su odio interior». Obviamente, Miller no está señalando al secretario de guerra de Trump.


Está por iniciarse, entonces, una coordinación internacional de estigmatización, persecución y aniquilamiento de todos aquellos elementos e individuos que entren en la categoría de izquierda, incluso de personas y grupos que no tienen ninguna afinidad ideológica con el marxismo, pero que se oponen a la explotación y a la hegemonía del sistema capitalista en general. Adicionalmente, habría, en consecuencia, una vigilancia y una represión selectiva sobre quienes estén en contra del orden político establecido; es decir, de todos los que parezcan políticamente peligrosos. Tras bambalinas, esta nueva lucha contra el «terrorismo de izquierda» representaría también un pingüe negocio en lo concerniente con el espionaje, la persecución y la represión de estos individuo; aparte de contribuir al aseguramiento del control de los mercados y de los recursos estratégicos indispensables para el imperialismo gringo en un amplio sentido.

Los delirios del loco del Sur

Los delirios del loco del Sur

Homar Garcés 

Sin duda, Simón Bolívar, el Libertador, fue un gran visionario, capaz de liderar una magna epopeya de liberación desde Venezuela hasta adentrarse en la profundidad de los Andes, de una forma completamente distinta a las llevadas a cabo por otros jefes militares de épocas pasadas. Sus actitudes en la laguna de Casacoima y en Pativilca bastarían para comprobar ese don visionario, ya asomado en su juramento del Monte Sacro en Roma, a sus veintidós años, acompañado de su maestro Simón Rodríguez y Fernando Rodríguez del Toro, o en su discurso ante la Sociedad Patriótica en Caracas antes de la declaración de independencia. En el primero de los casos, el 4 de julio de 1817, Bolívar -en medio del cerco que le tienden las fuerzas realistas- sorprende a sus acompañantes al expresarles: «Dentro de pocos días rendiremos a Angostura y, entonces, iremos a liberar la Nueva Granada, y arrojando a los enemigos del resto de Venezuela, constituiremos a Colombia. Enarbolaremos después el pabellón tricolor sobre el Chimborazo e iremos a completar nuestra obra de liberar a la América del Sur y asegurar su independencia, llevando nuestros pendones victoriosos hasta el Perú: el Perú será libre». Los oficiales patriotas creyeron, lógicamente, que el Libertador había enloquecido, puesto que aún no se vislumbraba un cambio de circunstancias a favor de la causa patriota. Un rasgo personal que lo distinguiría por encima de las perspectivas localistas y particulares de sus subalternos civiles y militares. 

En Pativilca, Perú, protagonizó otro delirio, hallándose en su centro de operaciones provisional. Estando allí, enfermo, en correspondencia del 7 de enero de 1824 con el vicepresidente de Colombia, el general Francisco de Paula Santander, le confiesa lo siguiente: «Además, me suelen dar, de cuando en cuando, unos ataques de demencia aún cuando estoy bueno, que pierdo enteramente la razón, sin sufrir el más pequeño ataque de enfermedad y de dolor». Por aquellos días de 1824 arribó a Pativilca Joaquín Mosquera, quien era ministro plenipotenciario de Colombia ante los gobiernos del Perú, Chile y Buenos Aires. Al contemplar el penoso estado físico en que se encontraba el Libertador, sentado en una silla de vaqueta, con un pañuelo blanco envolviendo su cabeza, le preguntó: «¿Y qué piensa usted hacer ahora?» Éste le contestó, con tono decidido: «¡Vencer!» En ese entonces, la correlación de fuerzas era, al parecer, en mucho favorable al bando español. La respuesta de Bolívar anticipa la preparación de la logística con que logrará posteriormente las victorias de Junín y Ayacucho, decidiendo la independencia de la América del Sur: «Tengo dadas las ordenes para levantar una fuerte caballería en el Departamento de Trujillo; he ordenado tomar a servicio militar todos los caballos buenos del país, y embargado todos los alfalfales para mantenerlos gordos. Luego que recupere mis fuerzas me iré a Trujillo. Si los españoles bajan de la cordillera a buscarme, infaliblemente los derroto con la caballería; si no bajan, dentro de tres meses tendré una fuerza para atacar. Subiré a la cordillera y derrotaré a los españoles que están en Jauja». La resolución con que hablara Bolívar demuestra hasta qué punto estuvo convencido del éxito de su estrategia.

El 13 de octubre de 1822, tras el triunfo de Pichincha, el Libertador escribió «Mi delirio sobre el Chimborazo», pieza poética donde refleja su itinerario de lucha por la libertad continental y el diálogo que sostiene con el padre tiempo, quien objeta la trascendencia de sus acciones. Sin embargo, al responderle Bolívar, el padre de los siglos reconoce la repercusión de todo lo realizado por él y le comisiona: «dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado: di la verdad a los hombres». En esta prosa poética, Bolívar resalta al dios de Colombia frente a los dioses clásicos de la antigüedad greco-romana, en un contraste con el que hace ver la igualdad histórica de nuestro continente ante la Europa monárquica y colonialista, presentada a sí misma como la cumbre del progreso y de la civilización humana. Otro hito de la vida del Libertador Simón Bolívar que podría corresponder a uno de sus delirios es el Congreso Anfictiónico de Panamá, al cual dedicó mucho esfuerzo político y diplomático para que se concretaran los tratados de Unión, Liga y Confederación Perpetua que garantizarían la independencia absoluta de todas nuestras naciones, desde el norte de México hasta el sur de Argentina y Chile. Posiblemente el de mayores expectativas, tanto en su momento, cuando la España de Fernando VI y las demás monarquías europeas, agrupadas en la Santa Alianza, se mostraron dispuestas a someter a las nuevas repúblicas, como actualmente cuando observamos (de modo pasivo) el despliegue armado, financiero, tecnológico y político del imperialismo gringo sobre nuestro hemisferio, jactándose Donald Trump -cual jefe mafioso- de ejercer control sobre el gobierno y el petróleo venezolanos, de imponer candidatos presidenciales en donde quiera y de amenazar impúdicamente con destruir totalmente a Cuba.

Esta cualidad visionaria y tenaz de nuestro Libertador no pasó inadvertida para sus enemigos. El Teniente General Pablo Morillo reconoció que Bolívar era más peligroso vencido que vencedor. Él mismo llegó, por su parte, a definirse ante el Mariscal Antonio José de Sucre como el hombre de las dificultades. Los venezolanos y las venezolanas, vinculados por nacimiento y por convicción patriótica/nacionalista, estamos llamados ahora a reivindicar ese legado de delirios que marcaron la obra emprendida por Bolívar en su tiempo, pero que no pierde su vigencia. Es hora, por lo tanto, de revivir su ideario emancipatorio, de acuerdo a lo escrito por José Martí, más allá de las loas conmemorativas que poco le dicen a los pueblos que él liberara, en contraste abierto y permanente frente a aquellos que patrocinan la condición neocolonizada de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina en su conjunto.

Lecciones no aprendidas del terremoto del 24 de junio

Lecciones no aprendidas del terremoto del 24 de junio

Homar Garcés 

 

Si hay alguna lección que se puede extraer de la desgracia que envolvió a numerosas familias venezolanas el 24 de junio es que toda vida importa y, sobre todo, la solidaridad que se manifestó espontáneamente en todo el territorio nacional, movilizando a personas sin ninguna preparación técnica para atender este tipo de emergencias junto con bomberos, Protección Civil, cuerpos de rescate, policías y militares; unos, quizá, más eficientes que otros, pero todos guiados por la voluntad de ayudar a sus semejantes, atrapados bajo los escombros; lográndose salvar a personas de diferentes edades como también a mascotas, recibiendo todas la atención médica y social adecuada. Sus acciones son las que deben enaltecerse, al margen de los tropiezos, incomprensiones y conductas condenables de algunos funcionarios del Estado que no supieron estar a la altura de las exigencias del momento y que han servido, lamentablemente, para alimentar el odio de aquellos que aún no quieren entender el daño terrible que le causan al pueblo que dicen defender, al considerar que cualquier cosa relacionada con el gobierno tiene que ser inmediatamente descalificada, por muy nimia que sea.

 

Estados Unidos, por su parte, una vez más, demuestra que su interés en Venezuela no es estrictamente humanitario. En lugar de derogar por completo el conjunto de medidas coercitivas adoptadas contra este país, su presidente solo se limita a emitir una declaración en la que promete ayudar al gobierno nacional y a las víctimas, aún cuando conoce la situación crítica de los recursos económicos de los cuales se dispone para afrontar la problemática general que se padece, agravada por el doblete sísmico. Igual actitud muestra la extrema derecha en el extranjero, entusiasmada por lo que cree que será el fin del régimen. Nada de coadyuvar a aliviar dicha situación, nada de liberar los activos venezolanos que se apropiaron ilegalmente y nada de ofrecer ayuda, pensando en que los méritos se los llevará Delcy Rodríguez. Tampoco nada de reconocer la enorme responsabilidad de sus actos en cuanto a los distintos sabotajes a la economía nacional, exigiendo sanciones, bloqueo e invasión militar de parte de Estados Unidos, lo que se refleja, justamente, en su campaña mediática para desprestigiar al gobierno venezolano.

 

Aunque la movilización popular fue casi instantánea, se debe considerar que pudo ser mejor organizada, tomando en cuenta la formación de distintas organizaciones de base que habrían asumido la primera línea de acción para actuar, posteriormente, en coordinación con los organismos de seguridad nacionales y los equipos rescatistas extranjeros. Esto habría contrarrestado la campaña de desinformación orquestada desde dentro y fuera del país. En todo caso, le corresponderá a dichas organizaciones contribuir eficazmente a rediseñar el nuevo escenario en que vive Venezuela, convertida por obra y gracia de Donald Trump en protectorado del imperialismo yanqui.

 

¿Deschavización o punto de quiebre?

¿Deschavización o punto de quiebre?

 

Homar Garcés 

 

Luego de los graves sucesos producidos el 3 de enero que vulneraron la soberanía de Venezuela, son variados los señalamientos en contra de quienes le dieron continuidad al gobierno de Nicolás Maduro, acusándolos de sumisión, complicidad y traición. En algunos casos, producto del despecho y de la impotencia. En otros (generalmente desde el bando antichavista, aunque los hay también provenientes de quienes se identifican todavía como chavistas, pero no de acuerdo con el gobierno de Nicolás Maduro) se llega a asegurar la muerte del chavismo como propuesta política de transformación. Para los primeros, es algo inexplicable y criticable la armonización del gobierno de Delcy Rodríguez con el gobierno de Donald Trump, lo que se percibe como un sometimiento neocolonial de Venezuela a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos, contradiciendo por completo la posición antiimperialista que antes se exhibía con cierto orgullo revolucionario. Esto ha hecho que algunas figuras destacadas del chavismo (y otras no tan destacadas) vean con escándalo lo que viene ocurriendo, a pesar de las explicaciones que se han vertido para legitimar las decisiones tomadas, citando, incluso, la posición de Wladimir Lenin frente a la Alemania imperial durante la Primera Guerra Mundial como estrategia para preservar la Revolución Bolchevique.

 

El factor clave en toda esta batalla de diferentes frentes es la coherencia entre pensamiento y práctica de la dirigencia política. Si ésta se encuentra satisfecha meramente con el usufructo del poder, se estará contribuyendo a socavar las bases que hacen posible la continuidad y la expansión de la democracia, como fuera ésta promovida por Chávez, comenzando por la anulación de la participación, la organización autónoma y el protagonismo sin cooptación del pueblo. Otro paso decisivo tendría que ver con las relaciones de producción (aún siendo capitalistas), las que deberían asegurar el delicado equilibrio de la naturaleza y estar orientadas al beneficio colectivo en vez de al beneficio individual, como ha sido siempre; evitándose la conformación de nuevos círculos económicos, excluyentes, corruptos y explotadores como los actuales, ahora asociados al capital transnacional. De ahí que estén en juego ciertos elementos que podrían apuntar a una deschavización del gobierno y de todo aquello que lo sostiene o, simplemente, a un punto de quiebre en la realidad venezolana, marcando con ello la necesidad de trascender los límites políticos, económicos, sociales y culturales que se han impuesto en las últimas décadas y, al mismo tiempo, reconfigurar todo aquello que se había entendido como Revolución Bolivariana.

 

Ramón Grosfoguel, sociólogo portorriqueño, durante su participación en la octava edición de la Escuela de Pensamiento Crítico Descolonial Juan José Bautista en la sede del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe Rómulo Gallegos, en Caracas, resaltó que el gobierno venezolano tendrá que actuar con flexibilidad táctica, pero sin ingenuidad estratégica; recordando lo que ocurrió con Muamar el Gadafi, el líder de Libia, quien creyó que cediendo a las apetencias petroleras de las potencias occidentales nada malo habría de pasarle ni a él ni a su país. Esta advertencia no está de más, tomando en cuenta que el presidente estadounidense no ha dejado de destacar que mantiene relaciones excelentes con la presidenta encargada venezolana (hasta el colmo de anunciar públicamente su intención de declarar a Venezuela como el estado 51 de la unión estadounidense), lo que supone una velada amenaza si se sale del carril por donde debe transitar diligentemente el gobierno venezolano. Algunos rememoran la última proclama de Hugo Chávez como el paradigma que debe motivar la adhesión de los chavistas al actual gobierno. Otros mantienen un silencio expectante ante lo que no saben interpretar o justificar. En medio de todo esto, no deja de ser pertinente interrogarse si se está presente frente a una táctica para ganar tiempo y recomponer fuerzas para enfrentar, en condiciones ideales, como algunos llegan a afirmarlo con la fe de un creyente, al imperialismo gringo o, en su defecto, las acciones del gobierno no serán más bien un «acomodamiento» hacia la «normalización» dentro del sistema capitalista global; lo que no debiera ser motivo para emprender una persecución y un ostracismo contra quien así lo llegue a expresar. A todo lo anterior, se agrega la difícil situación creada por los terremotos del 24 de junio, la cual agravará el complicado proceso de recuperación económica al tener que recurrir el gobierno al endeudamiento externo para solventar los distintos problemas causados por esta catástrofe.

Equivocarse con precisión. Cuando la izquierda no sabe qué más hacer

Equivocarse con precisión. Cuando la izquierda no sabe qué más hacer

Homar Garcés 

Hay que reconocer que los fundamentos de la democracia -tal como hasta ahora se ha conocido- tuvieron su origen en el seno de las comunidades y en las distintas luchas sociales que caracterizan la historia de nuestros pueblos, no en castillos ni en parlamentos burgueses, beneficiarios directos de la explotación y de la dominación de aquellos. Tomando en cuenta este precedente histórico, se deben construir nuevos referentes éticos, morales y políticos que hagan frente a la lógica del sistema capitalista y no simplemente contentarse con lograr reformas parciales que no terminan por eliminar las causas de los diversos problemas socioeconómicos que agobian diariamente a los pueblos. Se requiere cambiar la realidad en vez de maquillarla. Por eso es pertinente -a propósito de los tiempos que se viven actualmente- la reflexión hecha en su artículo «Luchar en tiempo de imperios, guerras y cacerías medievales» por Llanisca Lugo González cuando señala que «la expansión imperialista se realiza en el territorio que deja una izquierda que intentó gobernar para todos, que creyó en el consenso entre clases, que pretendió ser nacionalista sin enfrentar al imperio. Esa izquierda abandonó el campo de la disputa ideológica, sólo en tácticas mostró diferencias con sus enemigos, se atemorizó con la tarea de dirigir la sociedad, rechazó la posibilidad de superar el capitalismo, y tuvo miedo al pueblo organizado. Huyó del conflicto, redujo las maniobras del Estado y con ello redujo su sujeto y diluyó su proyecto». Y esto nos obliga a construir sin miedos, ni limitaciones de cualquier tipo, una capacidad crítica entre los sectores populares para que una práctica teórica y política realmente revolucionaria, alejada de la tradición electoralista y eurocentrista, tenga asideros reales y no simplemente idealistas.

Luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, el planeta se vio envuelto en una sublevación masiva que transformó estructuralmente, aunque de distintos modos, a las sociedades históricas de los cinco continentes que habían sido -hasta ese entonces- colonias europeas. Sin embargo, pronto también se materializará la negación del derecho a la autodeterminación de los pueblos por parte de las potencias occidentales, destacando entre ellas, Estados Unidos, haciéndose sentir en Guatemala, Cuba, República Dominicana, Vietnam y la mayoría del territorio del sudeste asiático, mientras sus pares de Europa actuaban con modalidades semejantes en casi toda África. A partir de la firma del Tratado de Westfalia en el siglo XVII, Europa rediseñó las fronteras del planeta de acuerdo con sus intereses particulares, lo que hizo de los antiguos territorios de América, África, Asia y Oceanía cotos coloniales que perduraron -oficialmente- hasta mediados del siglo pasado, pero que parecieran renovarse en el presente bajo una nueva modalidad de colonialismo; cuestión que incidió en la adopción casi automáticamente de sus prácticas culturales y de su visión del Estado como ente regulador de la vida en sociedad. En tal contexto, la izquierda, pretendiendo ser revolucionaria, adoptó los mismos principios que guiaron la revolución francesa burguesa de 1789 (libertad, igualdad y fraternidad), renovados y transformados teóricamente por Karl Marx y Friedrich Engels, hasta que José Carlos Mariátegui, Ernesto Che Guevara y otros ideólogos de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina se atrevieron a plantear una concepción remozada de la izquierda revolucionaria desde la perspectiva de las luchas de nuestros pueblos.

Muy contrariamente a lo planteado por los apologistas de la derecha, en la obra «La derecha vasalla», su autor, Esteban Torres, expone que «la derecha latinoamericana no es ni se propone ser un gran poder mundial. Más bien se ocupa de combatir a las fuerzas políticas regionales que propician la democratización mundial siguiendo los planes diseñados en un campo de poder comandado por la supraélite», financiera, tecnológica y política estadounidense y europea. Ya no es suficiente con etiquetar de fascistas y neofascistas a aquellos que -como Javier Milei, Nayib Bukele, Daniel Noboa, José Antonio Kast, María Corina Machado o Abelardo de la Espriella, entre otros más- están dispuestos a acatar incondicionalmente los dictados de Washington y a lacerar los derechos de sus conciudadanos sólo para beneficiar los intereses de los grupos capitalistas internos y foráneos. 

«La agenda fue, en lo fundamental, -nos dice René Ramírez Gallegos en "Redistribuir sin transformar: Crisis civilizatoria y límites del progresismo"- una agenda de redistribución secundaria: transferencias monetarias, salarios, consumo. Se discutió cuánto y a quién, pero no qué se entiende por riqueza. Se disputó la distribución del ingreso, pero no la estructura que define qué cuenta como valor». Frente a esta realidad, a veces obviada por la incapacidad de no saber cómo lograr trascenderla, por no querer hacerlo o por no disponer de las herramientas adecuadas, habrá que elaborar una alternativa rupturista de la sociedad de consumo, como un primer paso para lograr la transformación estructural de la sociedad vigente. No se puede ignorar en este sentido que las sociedades de consumo capitalista han persistido a través del tiempo justamente porque se crea la ilusión entre los estratos sociales inferiores de poder alcanzar, algún día, el mismo estatus de quienes conforman las clases sociales dominantes y de eso no han escapado aquellos que, proclamándose revolucionarios, comunistas o socialistas, pretenden impulsar dicha transformación estructural simplemente con fórmulas legales que no profundizan en las causas de los diversos problemas a atacar, dejando, en consecuencia, el camino abierto a la demagogia ultraderechista; como ha estado ocurriendo en la última década en nuestro continente.

¿Qué queda por hacer luego del 3 de enero?

¿Qué queda por hacer luego del 3 de enero?

Homar Garcés 

Quienes ven en los hechos del 3 de enero pasado una catástrofe previamente anunciada y poco tomada en cuenta por el presidente Nicolás Maduro y su gabinete ejecutivo (quizá confiando demasiado en el respaldo públicamente manifestado por los gobiernos de Rusia y China, entre otros), dejando abierta la puerta a la especulación sobre una traición interna por parte de quienes ahora dirigen el gobierno nacional, concluirían en que el proyecto político del comandante Hugo Chávez tocó a su fin. Es lo que se podría aducir al observar el gran contento mostrado por el loco Donald Trump cuando se refiere a la presidenta encargada Delcy Eloina Rodríguez Gómez, al ingreso autorizado de militares yanquis en el territorio nacional y al control del negocio petrolero por su gobierno. Ésto sería el lado negativo de la situación presente y, pese a las exiguas explicaciones que han dado voceros del chavismo, éstas no acaban de convencer del todo a la mayoría de la población, independientemente de si es o no partidaria del chavismo. Tal cosa debería ser motivo de un debate serio entre los chavistas, puesto que de la debida comprensión de lo que realmente pasa en esta extraña relación transaccional, de amistad y de colaboración con el imperialismo yanqui dependerá en mucho el futuro del proceso de cambios revolucionarios, así como de la vigencia de los postulados de la Constitución de 1999 y de las diversas leyes de carácter socioeconómico que han beneficiado al pueblo. No es posible aceptar que tal debate sea una cuestión perjudicial, salvo si se está de acuerdo en convertir a Venezuela en un protectorado o una neocolonia gringa, como lo insinúa burlonamente el inquilino de la Casa Blanca. No obstante, habrá que dilucidar aún hasta qué punto las decisiones pragmáticas estarán por encima de los postulados teóricos/ideológicos que marcaron la marcha del proyecto revolucionario bolivariano, considerando, ciertamente, el interés en preservar la soberanía nacional, reactivar la economía y darle continuidad institucional al gobierno y al Estado. O, si en algún momento, llegaría a conformarse un poder alternativo, con un programa y un horizonte propios.

El lado positivo es que los hechos del pasado 3 de enero han permitido a mucha gente abrir los ojos ante la creencia inducida de que el imperialismo yanqui era una cosa del pasado y, por lo tanto, inexistente e incapaz de hacer lo que hizo con la soberanía venezolana. Con ello se hizo trizas el convencimiento de haberse concretado el socialismo revolucionario mediante elecciones ganadas en todos los niveles y de forma consecutiva, colmando todos los espacios sociales, políticos, económicos y culturales con chavistas leales, fieles cumplidores de tareas sin saldos organizativos que ayudaran realmente a definir y a lograr el surgimiento del socialismo bolivariano, con un poder popular autónomo, autosustentable y creativo, capaz de construir un nuevo modelo de Estado que fuera totalmente distinto a los existentes a nivel mundial. En tal sentido, es fundamental comprender, como lo describe René Ramírez Gallegos en Redistribuir sin transformar. Crisis civilizatoria y límites del progresismo, «la convergencia de luchas -feministas, ecologistas, indígenas, laborales- requiere un punto de articulación que permita reconstruir un horizonte común. Ese núcleo sigue siendo la lucha de clases, siempre que no se la reduzca al salario: en ella se inscriben también la opresión de género, la racialización del poder y la persistencia de la extracción colonial».

¿Qué queda por hacer, entonces? En primer lugar, realizar una revisión objetiva y crítica de la actuación del chavismo en todos los ámbitos durante estos 25 o 27 años desde el momento en que Hugo Rafael Chávez Frías comenzó a dirigir los destinos del país. En esta revisión, por supuesto, no se puede obviar el nefasto papel cumplido por aquellos que han ocupado posiciones de dirección al frente de las diferentes instituciones del Estado, generando un estancamiento y una distorsión de lo que debería ser el poder popular organizado, sin tutelas de ningún tipo. De igual manera, tendría que verse hasta qué punto las fuerzas armadas están comprometidas con la construcción socialista de una nueva sociedad y de qué modo entienden y practican la doctrina militar bolivariana que es su base fundamental para la defensa de la soberanía y la integridad territorial de Venezuela. Un elemento insoslayable es el tipo de moral que caracteriza al pensamiento y a la conducta de los y las chavistas en cargos de dirección. Sobre los fundamentos heredados de Chávez podrá iniciarse y afianzarse una lucha de resistencia no armada frente a las pretensiones de dominio absoluto del imperialismo gringo, comenzando por el reforzamiento de la cultura y la memoria histórica de las luchas libradas por los sectores populares, incluyendo en ésta las etapas de la conquista y de la independencia hasta nuestros días. No contentarse con la versión oficial ni la simple propaganda. Es preciso indagar en las causas y las consecuencias de cada hecho de la historia venezolana, con un criterio insurgente y no colonizado.

Lo más saludable es que sea algo que surja de un cruce de opiniones en un debate abierto y sincero que contribuya a la organización de una lucha antiimperialista, revolucionaria y nacionalista. De este modo, el chavismo de abajo sabrá superar las contraindicaciones y la subordinación en relación con el chavismo de arriba, aquel que se beneficia con sus posiciones de poder. ¿Ocurrirá una rebelión de las bases populares, proclamando la Revolución Socialista Bolivariana en un contexto abiertamente antiimperialista, sumada a la reacción anticapitalista y antiautoritaria de los pueblos hermanos de nuestro continente? Eso lo determinará el tiempo.

Páez, el incómodo caudillo

Páez, el incómodo caudillo

Homar Garcés

José Antonio Páez ha sido calificado, de un modo u otro, como el caudillo fundador de una forma de ejercicio del poder basado en el personalismo, el control del poder y la repetición de viejas mañas políticas. El Motín de Arichuna, ocurrido el 16 de septiembre de 1816, es una demostración del liderazgo ejercido por José Antonio Páez, un evento clave donde las tropas llaneras lideradas por el Taita se negaron a aceptar a Francisco de Paula Santander como su nuevo comandante y deja entrever cuál sería su conducta durante los años de guerra por la independencia venezolana y una vez constituida la República. Sin embargo, no se podrá negar el gran apoyo brindado al Libertador Simón Bolívar en los momentos en que se hacía dificultoso el triunfo de las armas patriotas hasta culminar en la Batalla de Carabobo y la toma de Puerto Cabello con lo que el dominio español quedaba eliminado en territorio venezolano. Ese mérito es innegable. La situación cambia y produce polémicas al referirse al modo como se desenvolverá en la escena política a partir de 1826, convirtiéndose en el eje principal del llamado movimiento de la Cosiata.

En relación con este movimiento, refiere el mismo Páez en su Autobiografía: «Nada tienen de común la teoría de las revoluciones y la delicada ciencia de la política con las sencillas ocupaciones del pastor”. También escribe una suerte de justificación sobre la decisión asumida: «En hora menguada para mí, reasumí el mando de que se me había suspendido tan injustamente y, ya dado el primer paso, era necesario ser consecuente con el error cometido». Adicionalmente, expresó: «El mando me lo habían arrancado mis enemigos individuales y hombres que nada han sacrificado por la patria». No obstante, en opinión de algunos historiadores, la Cosiata fue un motín descabellado, presidido por un militar inconsciente, ciego instrumento de apasionados manipuladores de la época, enfrentados a la burocracia de Bogotá. Y ése sería entonces el mayor pecado cometido por el general llanero, pero pocos hacen alusión al contexto en que se formó el futuro caudillo de Venezuela donde se tenía que domar, prácticamente, la vida en el llano y donde las formas republicanas no existían y había muy poco apego por las leyes coloniales. Ello, de algún modo, pervivió en Páez y caracterizó su actitud en dicho momento.

En torno a este tema, Eloy González, en 1907, escribió que «el General se dirigía... a los habitantes de Venezuela, titulándose Jefe Civil y Militar, denominación que se dio él mismo, porque la proclama es del 3 de mayo y la municipalidad de Valencia -pobre fuente de esa autoridad dictatorial,- no se la concedió sino el once del mismo mes». El 30 de abril de 1826, la municipalidad de Valencia desconoce el mandato de Bogotá y proclama a Páez como jefe supremo del departamento de Venezuela, a lo que se sumarán las demás municipalidades el 29 de junio del mismo año. Ante los hechos suscitados, Simón Bolívar no sólo cede ante el general Páez para evitar mayores males, sino que se empeña en hacerlo árbitro de Venezuela y llega hasta escribirle a su sobrino político el General Briceño Méndez: “Más vale estar con él que conmigo, porque yo tengo enemigos y Páez goza de opinión popular”, consejo que repite a muchos otros bajo formas análogas.

Para el vicepresidente de Colombia, el general Francisco de Paula Santander (a quien también se le responsabiliza por la desintegración de Colombia), en correspondencia a Bolívar del 9 de junio de 1826, la tensa situación con Páez se explica por el hecho de que «el doctor (Miguel) Peña y los antiguos facciosos de Caracas son los motores de este movimiento, en que Páez y Mariño hacen el papel de instrumento”. Por su parte, el general Rafael Urdaneta le hace a Páez un llamamiento a la sensatez y al honor: «¿Cómo sufre Ud., compañero, que hombres criminales llamados ante la ley. . . se asocien a Ud., para guiarle en una empresa cuyo mal resultado Ud. debió prever... ¿Cómo puede Ud. concebir que el pueblo de Venezuela se sacrifique, corra a las armas y se maten unos con otros para que el doctor Peña no satisfaga 25.000 pesos que defraudó al Estado...?». Y esto último era cierto. Desde Chuquisaca, el 12 de agosto de 1826, el Gran Mariscal Antonio José de Sucre le escribió al Libertador: «Yo no tengo suficientes datos para juzgar quién tenga verdaderamente la razón; pero veo que el general Páez ha procedido violentamente en el modo con que se ha conducido en el alboroto de Valencia. Si él tenía quejas del congreso, no debía tomar un partido para vengarse que dañaba el cré­dito y aun la existencia de la nación... Aun suponiendo que él haya querido aprovechar esta ocasión para descubrir y plantificar sus ideas de que se proclame un Imperio en Colombia, es peor todavía haber aceptado ninguna investidura de la municipalidad de Valencia. ¿Qué es la municipalidad de un cantón para conferir a nadie una autoridad, y menos una autoridad militar?...». De igual parecer son los generales José Tadeo Monagas, José Laurencio Silva y José Francisco Bermúdez.

En todo esto cabe incluir lo que Páez opinaba respecto de sí mismo y de la gente armada que comandó: «No tenía mucha fe en el patriotismo de aquellos hombres que sólo me acompañaban y habían tomado servicio por simpatías hacia mí». Es entendible que se creyera merecedor de ejercer el poder, idea que compartían otros militares surgidos del fragor de las batallas frente al ala civil que controlaba el gobierno desde Bogotá y que tendrá un episodio decisivo con la revolución de las reformas, al derrocarse al presidente José María Vargas, donde tendrá un papel protagónico el general José Antonio Páez. Así, a la ambición de poder y a la concepción regionalista de Páez se deben sumar y tomar en cuenta los diversos factores y personajes que le envolvieron para convertirlo en uno de los artífices principales del final de la República de Colombia, la grande, y el incómodo caudillo de la historia de la segunda mitad del siglo XIX venezolano.