Blogia

Homar_mandinga

El «fracaso» del desarrollo en Nuestra América/Abya Yala/ Améfrica Ladina

El «fracaso» del desarrollo en Nuestra América/Abya Yala/ Améfrica Ladina

Homar Garcés 

Bajo las advocaciones de desarrollo económico, desarrollo social, desarrollo local, desarrollo global, desarrollo rural, desarrollo sostenible, desarrollo sustentable, ecodesarrollo, etnodesarrollo, desarrollo a escala humana, desarrollo local, desarrollo endógeno, desarrollo con equidad de género, codesarrollo y desarrollo transformador; el desarrollo ha sido como el Santo Grial al cual buscan acceder políticos y economistas de las naciones periféricas del capitalismo, en un ilusorio esfuerzo por dejar atrás las taras que lo impiden. 
Superar el subdesarrollo y generar desarrollo ha sido, quizá, el principal leit motiv de los discursos académicos y políticos que han caracterizado, desde la década de los años 50 del siglo XX hasta el tiempo presente, la historia de las naciones de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, extensiva también a otras naciones del mundo que se han fijado como meta colocarse al mismo nivel de los países desarrollados, es decir, de Europa occidental y Estados Unidos. Categorías como pobreza, desempleo, subempleo y desigualdad fueron «descubiertas» como las causas por las cuales nuestros países no accedían al desarrollo anhelado, a pesar de las diversas potencialidades y condiciones que cada uno posee para lograrlo. 

Esto hizo que algunos economistas autóctonos fijaran algunos criterios en torno a si tales categorías eran, verdaderamente, las causas de nuestro atraso, lo que hizo extender la mirada hacia otros elementos igualmente importantes, entre éstos, la dependencia respecto a los grandes centros de poder, representados, sin casualidad, por los países de Europa occidental y Estados Unidos. Ya no se trataba únicamente de disminuir y erradicar los niveles de pobreza, analfabetismo, falta de salubridad, desnutrición, desempleo, subempleo y desigualdad existentes sino también (y primordialmente) de romper los lazos de dependencia y transculturización con aquellos países. A la par de ello, surgió en nuestro continente, a finales de los 70, una corriente ecodesarrollista que se enfocó en el impacto causado por el agotamiento paulatino de recursos naturales, la pérdida de biodiversidad, los desequilibrios ecológicos locales y globales, y las alteraciones graves observadas en el clima en general.

Es bastante significativo que en 1992 se haya dado a conocer públicamente un histórico manifiesto refrendado por más de 1500 científicos –incluyendo entre éstos a cien ganadores del premio Nobel– en el cual se advertía sobre las consecuencias irreversibles del modelo actual de desarrollo. Tiempo después, la Declaración del Milenio de las Naciones Unidas (2000), señalaría que «no debemos escatimar esfuerzos para liberar a toda la humanidad, y sobre todo a nuestra descendencia, de la amenaza de vivir en un planeta irremediablemente echado a perder por las actividades humanas, y cuyos recursos ya no serán suficientes para sus necesidades». Y ésto no podría atribuirse a individuos o grupos ideológicamente identificados con la izquierda revolucionaria. No. Había una compresión de las diferentes consecuencias de la existencia y funcionamiento del sistema capitalista a nivel global, lo que se incrementó durante las décadas finales del siglo XX cuando el neoliberalismo económico comenzó su acción depredadora en la mayoría de los países del continente americano; de lo cual no escapó Venezuela, a pesar de la contundencia de la rebelión popular del 27 de febrero de 1989. 

Visto bajo un prisma más realista y objetivo, el desarrollo se convirtió en un fenómeno capaz de empobrecer a personas y a sociedades alrededor del planeta, de causarles pérdidas (de capacidades, de identidad étnica y cultural, de recursos naturales), de restringirles derechos y libertades públicas, y de generar unos nuevos desequilibrios y desigualdades que terminarán por hacer más difícil la vida material de las personas, especialmente, de aquellas que se hallan en el umbral de la pobreza o ya lo han traspasado. En definitiva, el modelo de desarrollo hasta ahora conocido y seguido representa, en gran medida, un fracaso visible. Además, a dicho modelo habrá que endilgarle también su contribución a establecer un sistema mundial basado en profundas asimetrías entre unas y otras regiones del planeta, y en un balance de poder claramente favorable a los países comúnmente denominados desarrollados. 

Respecto a esta realidad, el economista estadounidense John Kenneth Galbraith (1967) advertía sobre la evolución adoptada por el capitalismo contemporáneo, indicando que «si seguimos creyendo que los objetivos del sistema industrial –la expansión del producto, el aumento concomitante del consumo, el progreso tecnológico, las imágenes públicas que lo sostienen– coinciden con la vida misma, entonces todas nuestras vidas seguirán al servicio de esos objetivos (...) Nuestros deseos y nuestras necesidades se manipularán de acuerdo con las necesidades del sistema industrial (…). Al final se tendrá el resultado global de una benigna esclavitud… no será la esclavitud del siervo de la gleba, pero no será la libertad». Y eso sin ser de izquierda, con cuánta más razón para quienes propugnan una alternativa revolucionaria al capitalismo.

Como complemento del cuestionamiento del sistema capitalista globalizado, en las últimas décadas las propuestas del Buen Vivir contenidas en el concepto de los pueblos andinos de América del sur de Sumak Kawsay (en su versión quichua) o Suma Qamaña (en su versión aymara) vienen a enriquecer la búsqueda y puesta en práctica de desarrollos alternativos que se alejen y se diferencien significativamente de lo que representa la lógica del capitalismo; siendo éstas, en consecuencia, propuestas radicalizadas de transformación social, de indudable influencia en lo político, lo económico, lo social, lo cultural y lo espiritual; y, por consiguiente, son propuestas de alto calibre subversivo frente a las posiciones económicas, políticas, sociales, culturales y espirituales tradicionalmente seguidas, de acuerdo a la visión colonialista del eurocentrismo o Modernidad. 

En este punto, es preciso tener presente que el desarrollo alcanzado por los países de Europa occidental y Estados Unidos se debió, en gran parte, gracias, en primer lugar, a la condición de colonias de nuestras naciones y, en segundo lugar, luego de sus independencias formales respecto a la metrópoli española, a la condición de neocolonias, esta vez bajo la hegemonía yanqui. A esto contribuye, indudablemente, la corrupción y el comportamiento servil y antinacional de las minorías privilegiadas que nos gobiernan. Por lo mismo, es absurdo e ilusorio creer que el soñado desarrollo de los países que integran Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina se podría lograr repitiendo los mismos esquemas utilizados por aquellos países; más aún cuando éstos hacen todo lo posible para que se mantengan vigentes las asimetrías establecidas entre unos y otros.

Reciprocidad y humanismo frente a la naturaleza Homar Garcés

Reciprocidad y humanismo frente a la naturaleza  Homar Garcés

Homar Garcés 

En «Geobiohumanismo: repensar el humanismo moderno desde la perspectiva de la Complejidad», Rocío Arroyo Belmonte cree imperioso «descentrar al individuo como autoreferencia, para asumir su interconexión con el planeta (geo), reconocer la interrelación dialógica, recursiva y sistémica que mantiene con la naturaleza y otras formas de vida (bios), e integrar la multidimensionalidad de las interacciones sociales entre los individuos y las colectividades que comparten una unidad orgánica y biológica planetaria común». Si a ello agregáramos las nociones de buen vivir, de comunidad y lo común, se abre la posibilidad de establecer unas relaciones de reciprocidad dentro del modelo de sociedad actual, de un modo que éstas incidan, positivamente y en un primer momento, en cada uno de los órdenes que habitualmente se han conocido. No obstante, es obvio que bajo la lógica del capitalismo no se podrá alcanzar dicho objetivo, como lo demuestra la inutilidad de las cumbres y acuerdos internacionales para reducir las causas y las consecuencias del cambio climático, con participación de gobiernos y agrupaciones ecologistas, donde siguen prevaleciendo los intereses de las grandes empresas transnacionales de Europa, Japón y Estados Unidos, a pesar del incremento en cuanto a magnitud y frecuencia de los desastres naturales producidos últimamente en todo el planeta; lo que impone que se propicie una revolución a fondo, una transformación estructural del modelo civilizatorio actual, que reivindique la vida y los derechos de todos, tanto de los seres humanos como de la naturaleza en todas sus manifestaciones vivas.

Producto de la Modernidad instaurada por la Europa liberal, los avances tecnológicos y científicos de los últimos doscientos años han sido utilizados para la explotación del hombre y de la naturaleza -en muchos casos, de una forma totalmente indiscriminada- para cimentar la hegemonía del sistema capitalista, adquiriendo éste un carácter depredador cada día más voraz que amenaza con acabar con todo vestigio de vida sobre la Tierra. Su impacto negativo y destructivo es innegable. Una diversidad de estudios nos dan cuenta de los distintos estragos causados a nivel general, pero los gobiernos y las grandes corporaciones capitalistas continúan actuando y decidiendo a espaldas de la realidad catastrófica que se les presenta. No existe entre sus planes e intereses una reciprocidad y una visión humanista frente a la naturaleza y la misma humanidad. Todo lo que importa es generar grandes dividendos a costa de la vida, la cultura y el entorno de los pueblos, por lo que es altamente necesario que la humanidad se enfoque en comenzar a construir con sentido de urgencia alternativas viables frente al modelo de consumo, de explotación y de producción organizado y sustentado por los grandes consorcios transnacionales. Antes que el colapso se haga completo y se padezcan situaciones adversas jamás deseadas, pero que son, de algún modo, anticipadas por el genocidio de Palestina y la ingobernabilidad de Haití, quedando como opción el endurecimiento de la represión, la exclusión sistemática de los migrantes y de los pobres, y una condición legalizada de esclavitud en el área laboral. 

La humanidad debe emprender acciones de reciprocidad y de humanismo frente a la naturaleza. No puede ni debe verse a sí misma como ajena a la existencia y la sobrevivencia de su entorno natural, por muy lejano y ajeno que este le parezca. Esto es algo que se repite en cada escenario donde se aborda el tema del deterioro de los diversos ecosistemas existentes alrededor del planeta, con datos científicos irrefutables, pero cada día los gobiernos y las megacorporaciones capitalistas continúan negando e ignorando las advertencias dando prioridad a los intereses económicos, atropellando los derechos ancestrales de los pueblos originarios, a pesar de estar muchos de ellos contemplados en las constituciones. Hace falta, por consiguiente, una labor educativa y divulgativa que nos haga comprender a todos la urgencia de preservar y defender la naturaleza que nos nutre, todo bajo una nueva forma de humanismo y de reciprocidad, como hijos e hijas de la Tierra. Como lo afirmó el célebre explorador y oceanógrafo francés Jacques Yves Costeau, «cerrar los ojos a la naturaleza solo nos hace ciegos en un paraíso de tontos».

Cuba, a pesar del imperialismo gringo

Cuba, a pesar del imperialismo gringo

Homar Garcés 

Muchas personas, tanto en el pasado como en el presente, han manifestado con mucha convicción (y más que convicción, con furibunda pasión, o fanatismo para ser más preciso) que el sistema comunista implantado en Cuba es un absoluto fracaso. Incluso, aquellas que, por su ignorancia misma, lo repiten sin percatarse de cuál es la realidad que rodea dicho asunto y, menos, sin conocer con exactitud las circunstancias históricas que facilitaron que en la Isla se proclamara el carácter socialista de la revolución que acabara con la dictadura de Fulgencio Batista, subordinada esta de forma incondicional a los intereses del capitalismo estadounidense. Gran parte de dichas personas sólo responden (irracionalmente) al miedo anticomunista que, desde principios del siglo XX, recorrió la América entera, atribuyéndole a esta ideología revolucionaria toda especie de males, incluso llegando a formar parte de las prohibiciones constitucionales en cuanto a su estudio, divulgación y militancia en naciones como Venezuela. No es poco lo sufrido por los cubanos y las cubanas durante más de medio siglo. Año tras año, el gobierno encabezado por Fidel Castro Ruz (y actualmente por Miguel Díaz Canel) ha tenido que sortear todas las estrategias y las tácticas implementadas por el régimen de Washington para impedir la consolidación de los programas socioeconómicos, técnicos y científicos que allí se han iniciado bajo la bandera del socialismo, lo cual sería poco si a ello no se sumaran los aliados políticos y comerciales de Estados Unidos, condenando a la población cubana a un bloqueo atroz con su secuela de sufrimientos de toda índole.

Con Marco Rubio convertido en el máximo instigador del endurecimiento de las medidas coercitivas aplicadas a Cuba, el presidente Donald Trump anticipa que habrá un cambio de régimen en la Isla cuando él así lo disponga y, como fue la ambición geopolítica de sus antecesores en la Casa Blanca, también habla de ejercer un control directo sobre ésta mediante la designación de su secretario de Estado como la máxima autoridad sobre el pueblo cubano. Si esto llegara a concretarse, no sólo significaría un grave retroceso para el pueblo cubano, independientemente de las promesas o perspectivas de crecimiento económico que supondría el tutelaje -directo o indirecto- del imperialismo gringo, también lo sería para el resto de nuestro continente al extinguirse la última experiencia de revolución socialista sobreviviente que mantuvo viva la esperanza de muchos pueblos oprimidos por el sistema capitalista e imperialista estadounidense. Esto es de gran trascendencia, si le sumamos el hecho de que Washington está decidido a segregar y a eliminar todo rasgo o elemento revolucionario del planeta, sin discriminación de individuos, ni de organizaciones sociales y políticas que reclamen sus derechos legales y constitucionales. Vistas así, las circunstancias creadas por Estados Unidos para cercar y asfixiar a Cuba representan igualmente el posible futuro que les tocará sufrir a nuestros pueblos si sus gobiernos se muestran reacios a no acatar los mandamientos de la Casa Blanca y abrir sus economías a sus grandes corporaciones transnacionales.

Así, al bloqueo económico establecido por Estados Unidos en la década de los 60 fueron añadiéndose las restricciones financieras, la prohibición de comercio aplicada a las empresas estadounidenses y a sus filiales de otras partes del planeta, las reiteradas campañas de desinformación (radio Martí) y de presión internacional y los ataques armados (Playa Girón), atentados (avión de Cubana de Aviación sobre Barbados) y sabotajes en distintos niveles. Todo lo cual, en conjunto, ha hecho que la vía escogida por Cuba para obtener un mejor nivel de vida se vea obstaculizada de una manera permanente. Para el imperialismo yanqui es un asunto de honor (si cabe el término) lograr quebrar a la Revolución Cubana. Para lograr tal meta, no escatimó ningún esfuerzo, incluso diplomático cuando convenció a las naciones integrantes de la Organización de Estados Americanos de expulsar a Cuba de su seno. A pesar de las acciones desestabilizadoras del imperialismo gringo, Cuba aún resiste. En condiciones difíciles que rozan los límites de la sobrevivencia, con escasez de combustibles, con enfermos que no pueden recuperar su salud por no disponer de los tratamientos médicos adecuados, sufriendo apagones eléctricos prolongados y con una infancia expuesta a la desnutrición, si el asedio de Washington no cede ante la presión internacional de pueblos, organizaciones y gobiernos solidarios.

El efecto Netanyahu

El efecto Netanyahu

 

Homar Garcés 

No sería preciso describir los horrores desatados sobre la población de Palestina por el régimen sionista de Israel sino fuera por las enormes repercusiones que su conducta genocida produce en las demás naciones del mundo. Bastaría simplemente dar un repaso a las distintas informaciones difundidas por algunos medios, a pesar de la censura y de la autocensura existentes, donde se retrata la crueldad con que actúan soldados y colonos en los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania sin hacer ninguna clase de diferencia entre niños, jóvenes, hombres, mujeres o adultos mayores, gran parte de los cuales son físicamente atropellados, encarcelados arbitrariamente, sin leyes que los puedan amparar y, en el peor de los casos, ametrallados o bombardeados sin misericordia alguna, a la vista de todos, como si se tratara de un espectáculo cinematográfico más. Cuando estas acciones genocidas rebasan la sensibilidad de mucha gente en diferentes países, solidarizándose en las calles con el pueblo de Palestina, ocurre que sus gobiernos desatan la represión, golpeando y apresando a sus propios ciudadanos y comportándose como una fuerza de choque de un poder extranjero, en este caso, de Israel. Todo esto en nombre de la democracia y de la tolerancia, salvo que esto último sólo es aplicable respecto a los grupos xenófobos y racistas que apoyan a Israel y acosan a ciudadanos de origen árabe, africano o sudamericano, alimentando una cultura de odio que es estimulada desde los grandes monopolios mediáticos, partidos políticos y esferas gubernamentales de la derecha autoritaria o extremista.

Lo que se deriva, entonces, de estos acontecimientos -hasta cierto punto, normalizados sin mucho escándalo- es el deterioro creciente de las libertades públicas y el ensañamiento desbordado de los funcionarios policiales contra todos aquellos que osaron manifestar su solidaridad con la causa palestina y su repudio al gobierno sionista de Benjamín Netanyahu. Lo peor es que, lejos de hacer valer sus tradiciones de defensa de la democracia y los derechos humanos -como siempre pretendieron presentarse ante la faz de la Tierra-, dichos gobiernos respaldan sin miramientos el genocidio palestino, obviando tercamente los llamados de atención hechos por la Organización de las Naciones Unidas y de otros organismos multilaterales; convirtiéndose Israel en un Estado que viola reiteradamente el derecho internacional y ataca impunemente a sus vecinos regionales, sin sufrir sanción alguna. La parálisis ética que todo esto en conjunto ha ocasionado le ha servido de fundamento al régimen sionista para continuar con su expansión colonialista y despojo territorial a costa de las poblaciones del Líbano y de Palestina, en un alarde de supremacismo y limpieza étnica que ya ni sus representantes se esfuerzan nada por ocultar, proclamándolo abiertamente en todo medio existente.

Ahora, en lo que comprende Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, varios presidentes se han inclinado a respaldar ampliamente al régimen de Tel Aviv, procediendo a reprimir cualquier asomo de protesta contra el genocidio que este lleva a cabo en las tierras ocupadas de Gaza y Cisjordania, cuestión que incide en el socavamiento de la soberanía nacional de estas naciones, así como del respeto consagrado a las libertades públicas y, especialmente, de la Declaración universal de los derechos humanos. Podría afirmarse, por consiguiente, que el espectro político de dominación que se posiciona sobre nuestro continente estaría regido por la dupla coimperial yanqui-sionista, cuyo objetivo es -sin mucha duda- mantener fragmentada la posibilidad de unidad geopolítica, económica y social de nuestros pueblos. La presencia del sionismo en naciones del subcontinente americano podría consolidarse a través de la concesión de tierras que pueda explotar o colonizar de forma exclusiva, sin habitantes nativos a la vista ni legislación alguna que limite sus acciones, en algo que recuerda mucho a lo hecho en Palestina al acabar la Segunda Guerra Mundial, comprometiendo, por tanto, la vigencia de la soberanía de las naciones en que éste podría plantearse. 

Nuestra América: Entre el declive imperialista y el neocolonialismo

Nuestra América: Entre el declive imperialista y el neocolonialismo

Homar Garcés 

La erosión de la supremacía de Estados Unidos a nivel global ha obligado a sus conductores a asegurarse y a poner en un primer plano su dominio absoluto sobre los países al sur de su frontera. Con la formulación de la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN), que orienta su gestión, Donald Trump le ha asignado a nuestras naciones un papel de mayor subordinación y dependencia del que pudo antes tener. Ya no hay valores compartidos, ni cooperación ni soberanía formal que deban ser reconocidos. La Casa Blanca ha determinado que sólo su voluntad y los intereses geopolíticos y económicos estadounidenses son los que prevalecerán de ahora en adelante en su relación con los países al sur del río Bravo, dotados por la naturaleza de recursos de valor estratégico, contando con las vías navegables del río Paraná, las tierras raras de los Andes, el cobre de Panamá, la riqueza petrolera de Venezuela y el litio que se encuentra en el subsuelo de Argentina, Bolivia y Chile. 

Con esto presente, no se puede ignorar, como bien lo apunta Aram Aharonian en su artículo «El presente no da lugar al futuro en América Latina», que «la crisis actual de América Latina es similar a las de los años 1930, con síntomas que se repiten: disputa hegemónica, ascenso de derechas autoritarias proestadounidenses, fragilidad institucional, guerras latentes. No se trata de una crisis económica ni política: es una crisis civilizatoria. No está en juego únicamente la reproducción del capital, sino la reproducción de la vida. Y también están en juego los recursos minerales, energéticos, el agua, que significan el presente y el futuro de las sociedades». Desde este punto de vista, la integración regional y la cooperación entre gobiernos y pueblos son elementos determinantes para confrontar con éxito las arremetidas y proyectos neocolonialistas del imperialismo gringo y de sus socios sionistas y europeos; lo que es torpedeado constantemente por Washington y sus asociados de la extrema derecha en nuestra región, valiéndose, principalmente, de la dependencia del dólar de nuestras economías subdesarrolladas. No obstante, el problema a resolver, a grandes rasgos y de manera seria, es evitar la reproducción del capitalismo neoliberal y la dependencia de la visión jerárquica y eurocentrista de lo que es la política y el ejercicio del poder. Hay que construir un modelo alternativo al capitalismo y descolonizar, al mismo tiempo, nuestro pensamiento y nuestra praxis diaria, de manera que podamos asumir realmente la construcción de una alternativa rupturista y revolucionaria, sin caer en un revolucionarismo propagandístico y caudillesco, como se acostumbró en la mayoría de los países latinoamericanos. La integración regional y la cooperación entre gobiernos y pueblos son ejes determinantes para confrontar con éxito las arremetidas neocolonialistas del imperialismo gringo y de sus socios sionistas y europeos.

La condición semicolonial de facto en la cual se halla actualmente Venezuela y la amenaza estadounidense contra Cuba obligan a plantearse más de una interrogación en torno al futuro colectivo de las soberanías de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina y de los diferentes movimientos, grupos y partidos políticos que propulsan un cambio estructural en cada uno de nuestros países ante un imperialismo gringo que no respeta ninguna norma internacional establecida y está empeñado en asegurar, cueste lo que cueste, su hegemonía sobre esta porción del planeta. Las consecuencias destructivas que apenas aparecen esbozadas en el horizonte -tomando en cuenta el reciclaje de la propaganda anticomunista de la época de la llamada Guerra Fría, orquestado por Trump y replicado sin alteración por los representantes de la ultraderecha vasalla y el giro dado hacia candidaturas derechistas en los últimos procesos electorales realizados en países como Honduras, Chile, Costa Rica, Colombia y Perú- hacen vaticinar que la hegemonía imperialista y del capitalismo tendría una fase de un mayor control político, económico y cultural de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina; quizás más profundo y prolongado que en su época inicial durante el siglo XX. Ante semejante perspectiva, los sectores populares, patriotas y revolucionarios no se pueden quedar de brazos cruzados y, menos todavía, colaborar con el nuevo régimen que se nos impondría porque eso sería condenar a nuestros pueblos a la condición de colonias o protectorados del imperialismo gringo, perdiendo por completo sus soberanías.

Venezuela: El cuero seco

Venezuela: El cuero seco


Homar Garcés 


«Venezuela es como un cuero seco, si lo pisas por un lado, se levanta por el otro». Con dicha frase  -generalmente atribuida a Antonio Guzmán Blanco aunque el historiador Germán Carrera Damas llegara a afirmar que la misma se halla contenida en un texto sobre la vida de Alejandro Magno escrito por el antiguo historiador griego Plutarco- se alude a la situación constante de revueltas e inestabilidad política que envolvía al país desde 1830 y mantenía en zozobra a los diferentes gobiernos de entonces. En su canción «La soga», el Cantor del Pueblo Venezolano Alí Primera también nos expresa metafóricamente: «Jala que el pueblo es cuero seco, si lo pisan por un lado, por el otro se levanta. Por algo tiene la piel florecida de esperanza». No es casual esta categorización del pueblo de Venezuela. En el transcurso de su historia colectiva, nuestro país ha vivido episodios donde todo pareciera discurrir sin sobresaltos, tranquilamente, a pesar del estado de miseria, corrupción, explotación y opresión que esté padeciendo. Así, durante la época colonial, las autoridades españolas tuvieron que enfrentar diferentes sublevaciones, unas de ellas protagonizadas inicialmente por nuestros pueblos originarios, algunas por los esclavizados secuestrados de la Madre África y otras con el claro propósito de romper con el dominio español, alcanzar la independencia absoluta y hacer realidad los lemas de soberanía popular y de igualdad y justicia sociales. 


En todos estos episodios históricos siempre se hizo presente la conciencia colectiva, muchas veces opacada por la historia oficial, lo que distorsionó la comprensión de su protagonismo, atribuyendo su insurgencia a la decisión y la actuación de líderes providenciales. Las sublevaciones de José Leonardo Chirino en la sierra de Coro, de Juan Andrés López del Rosario, Andresote, en los valles de Yaracuy, y del Negro Miguel o Miguel Guacamaya junto con los jirajaras en el valle de Nirgüa,  sumadas a la conspiración organizada por José María España y Manuel Gual en 1797 y las incursiones independentistas de Francisco de Miranda en 1806, conforman un preámbulo histórico de lo que ocurrirá luego en Venezuela entre el 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1811, definiendo la historia insurgente de Venezuela, la misma que fuera convenientemente ocultada y tergiversada durante más de cien años por las distintas clases sociales que dominaron el escenario político, social, cultural y económico del país, conformando, en muchos casos, un Estado tutelado o vasallo frente a las potencias hegemónicas.
En cada uno de tales episodios históricos se manifestó con contundencia los anhelos, la rabia y la rebeldía de los sectores populares. En algunas ocasiones, tras la figura de algún caudillo carismático que, luego de conseguir el poder, generalmente, les daba la espalda y se congraciaba con los sectores dominantes que antes atacara. Esta situación, al parecer insalvable, hizo que los sectores populares se mantuvieran alzados frente a las arbitrariedades del poder constituido, aún en pequeños gestos o expresiones; develando una total inconsistencia entre la práctica y el discurso pregonado por la clase gobernante y las expectativas y las luchas socioeconómicas del pueblo subordinado y excluido. Ello explica el estallido social del 27 de febrero de 1989 y el entusiasmo popular por las dos insurrecciones de 1992, buscando hacer realidad la aspiración colectiva plasmada en la canción siempre vigente de Alí Primera: «Basta de mentes estólidas que nos quieren mandar».


A partir del 3 de enero pasado, la condición semicolonial de facto en la cual se halla actualmente Venezuela nos obliga a todos los venezolanos patriotas a juntar esfuerzos para revertir esta penosa realidad y evitar las justificaciones absurdas con que se pretende hacernos creer que aún podremos hablar de soberanía nacional. Y eso exige el desprendimiento de posiciones que pudieran contribuir a socavar los diversos logros políticos, económicos, sociales y culturales plasmados en nuestra Constitución de 1999, siendo ella el baluarte principal del compromiso de lucha que nos puede unir a todos en una propuesta que trascienda dogmas y sectarismos de todo tipo. Pero ello exige también una comprensión objetiva de los aciertos y los errores que marcaron estas dos últimas décadas de nuestra historia, además de construir desde abajo, mediante el protagonismo y la participación efectiva de los sectores populares, una alternativa rupturista y democrática que no esté subordinada a partidos políticos; quedando éstos reducidos a su rol estrictamente electoral. Aún con una situación adversa, no podemos ser víctimas del pesimismo ni de la impotencia. Es preciso entender la necesidad de la organización y la actuación de todos los patriotas venezolanos en un frente antiimperialista con que combatir las pretensiones colonialistas del imperialismo gringo y de sus lacayos locales.

El pánico rojo se extiende al mundo

El pánico rojo se extiende al mundo


Homar Garcés


A propósito de la reunión ministerial antiizquierdista realizada en Estados Unidos el 16 de julio pasado, el primer elemento que destacó Marco Rubio al mencionar la violencia extremista de la izquierda es que su «amenaza no ha desaparecido... mientras toleremos sistemas de inmigración que introducen estas amenazas directamente en nuestros países». Ésto da a entender que se aplicarán mayores restricciones a los migrantes por parte de los gobiernos convocados a esta cruzada contra la violencia extremista de la izquierda política, de una forma más tecnificada y legalizada que el tétrico Plan Cóndor implementado, bajo la dirección de Washington, por las dictaduras militares del cono sur del continente americano, lo que negará, además, el derecho al asilo de personas perseguidas por profesar sus ideales. Otro elemento es la diferenciación que dicho personaje establece entre militantes de la extrema derecha y lo que se calificará de izquierda, según sus parámetros: «Una bomba colocada por un grupo neonazi era un acto nefasto y asesino. Lo es. Pero una bomba colocada por un revolucionario marxista... bueno, eso es simplemente un trágico exceso de idealismo». Es como admitir que la acción del «revolucionario marxista» es más dañina que la acción de un grupo neonazi porque «es simplemente un trágico exceso de idealismo», acompañada de un cuestionamiento y una propuesta de cambio del sistema capitalista e imperialista establecido. Con los neonazis habría puntos en común, pero con los marxistas nunca. Asimismo, es notable cómo se refiere a que todo esto «es un mal singular y distintivo. Siempre ha estado impulsado por un odio primordial, un odio hacia la civilización misma». Es decir que solo debe reconocerse como legítima y natural la civilización conformada según los valores de Estados Unidos y sus aliados de Europa. Cualquier alusión a culturas autóctonas podrá considerarse como odio hacia la civilización anglosajona. Incluso, el uso de prendas y de toda cosa que las refleje.


De acuerdo con lo declarado por el secretario de Estado yanqui, los viejos ideales de igualdad, justicia y liberación (base de la democracia liberal burguesa) constituyen un resentimiento venenoso que busca «destruir lo que hombres superiores han construido, de arruinar lo bello y lo justo en nombre de personas llenas de fealdad que no tienen nada más que ofrecer al mundo». No es difícil descubrir en sus palabras, cómo relucen el supremacismo y el racismo con que se moldeó la dominación colonial de nuestros pueblos, haciéndolos ver como lo mejor y lo más bello que ha ocurrido y debería existir. Es la configuración de un orden civilizatorio dividido entre aquellos que deben obedecer y quienes deben gobernar, un orden divino que los pobres sometidos no debieran jamás quebrantar. De ningún modo, se cita el historial de persecuciones, violencia y genocidios cometidos por el imperialismo yanqui y las clases dominantes de Occidente y eso se explica por sí solo.


Lo risible -como lo ha sido desde hace cien años o más- es que el comunismo es un mundo sin Dios. Una cosa del Diablo. Y, por supuesto, no podría dejar de mencionar a Cuba en los mismos términos de las décadas de los 60 y los 70; justificando lo que tiene planeado hacer Estados Unidos contra la Isla, objetivo particular de Rubio. Su «argumento», al acusar al gobierno cubano de seguir «inextricablemente ligada a los grupos y movimientos de extrema izquierda dentro y fuera de Occidente», a pesar de padecer un bloqueo de más de 60 de parte de Estados Unidos que se ha recrudecido en el último año hasta producir un grave estado de penurias económicas hasta alcanzar los límites de la sobrevivencia.


Algo que dijo Stephen Miller, el subsecretario de Gabinete de la Casa Blanca y asesor de Seguridad Nacional («Nada de lo que hagamos funcionará si la amenaza de violencia y terror queda impune. Nuestros sistemas políticos no funcionan. Nuestros sistemas judiciales no funcionan.Nuestros sistemas legales no funcionan. Nuestros juicios con jurado no funcionan»), podría interpretarse como que no se aplicará ninguna ley que proteja los derechos humanos a quienes tengan la desgracia de ser acusados de terroristas de izquierda. La deshumanización con que acusa a la gente de izquierdas está demasiado cercana a la visión de nazis y sionistas, por lo que esta no debería ser tratada con compasión alguna ni remordimiento de conciencia. Y es un llamado a los demás gobiernos para que lo hagan también. Pobres de aquellos que han «marcado su cuerpo y su apariencia de diversas maneras, hasta el punto de que su aspecto exterior se convierte en una manifestación de su odio interior». Obviamente, Miller no está señalando al secretario de guerra de Trump.


Está por iniciarse, entonces, una coordinación internacional de estigmatización, persecución y aniquilamiento de todos aquellos elementos e individuos que entren en la categoría de izquierda, incluso de personas y grupos que no tienen ninguna afinidad ideológica con el marxismo, pero que se oponen a la explotación y a la hegemonía del sistema capitalista en general. Adicionalmente, habría, en consecuencia, una vigilancia y una represión selectiva sobre quienes estén en contra del orden político establecido; es decir, de todos los que parezcan políticamente peligrosos. Tras bambalinas, esta nueva lucha contra el «terrorismo de izquierda» representaría también un pingüe negocio en lo concerniente con el espionaje, la persecución y la represión de estos individuo; aparte de contribuir al aseguramiento del control de los mercados y de los recursos estratégicos indispensables para el imperialismo gringo en un amplio sentido.

Los delirios del loco del Sur

Los delirios del loco del Sur

Homar Garcés 

Sin duda, Simón Bolívar, el Libertador, fue un gran visionario, capaz de liderar una magna epopeya de liberación desde Venezuela hasta adentrarse en la profundidad de los Andes, de una forma completamente distinta a las llevadas a cabo por otros jefes militares de épocas pasadas. Sus actitudes en la laguna de Casacoima y en Pativilca bastarían para comprobar ese don visionario, ya asomado en su juramento del Monte Sacro en Roma, a sus veintidós años, acompañado de su maestro Simón Rodríguez y Fernando Rodríguez del Toro, o en su discurso ante la Sociedad Patriótica en Caracas antes de la declaración de independencia. En el primero de los casos, el 4 de julio de 1817, Bolívar -en medio del cerco que le tienden las fuerzas realistas- sorprende a sus acompañantes al expresarles: «Dentro de pocos días rendiremos a Angostura y, entonces, iremos a liberar la Nueva Granada, y arrojando a los enemigos del resto de Venezuela, constituiremos a Colombia. Enarbolaremos después el pabellón tricolor sobre el Chimborazo e iremos a completar nuestra obra de liberar a la América del Sur y asegurar su independencia, llevando nuestros pendones victoriosos hasta el Perú: el Perú será libre». Los oficiales patriotas creyeron, lógicamente, que el Libertador había enloquecido, puesto que aún no se vislumbraba un cambio de circunstancias a favor de la causa patriota. Un rasgo personal que lo distinguiría por encima de las perspectivas localistas y particulares de sus subalternos civiles y militares. 

En Pativilca, Perú, protagonizó otro delirio, hallándose en su centro de operaciones provisional. Estando allí, enfermo, en correspondencia del 7 de enero de 1824 con el vicepresidente de Colombia, el general Francisco de Paula Santander, le confiesa lo siguiente: «Además, me suelen dar, de cuando en cuando, unos ataques de demencia aún cuando estoy bueno, que pierdo enteramente la razón, sin sufrir el más pequeño ataque de enfermedad y de dolor». Por aquellos días de 1824 arribó a Pativilca Joaquín Mosquera, quien era ministro plenipotenciario de Colombia ante los gobiernos del Perú, Chile y Buenos Aires. Al contemplar el penoso estado físico en que se encontraba el Libertador, sentado en una silla de vaqueta, con un pañuelo blanco envolviendo su cabeza, le preguntó: «¿Y qué piensa usted hacer ahora?» Éste le contestó, con tono decidido: «¡Vencer!» En ese entonces, la correlación de fuerzas era, al parecer, en mucho favorable al bando español. La respuesta de Bolívar anticipa la preparación de la logística con que logrará posteriormente las victorias de Junín y Ayacucho, decidiendo la independencia de la América del Sur: «Tengo dadas las ordenes para levantar una fuerte caballería en el Departamento de Trujillo; he ordenado tomar a servicio militar todos los caballos buenos del país, y embargado todos los alfalfales para mantenerlos gordos. Luego que recupere mis fuerzas me iré a Trujillo. Si los españoles bajan de la cordillera a buscarme, infaliblemente los derroto con la caballería; si no bajan, dentro de tres meses tendré una fuerza para atacar. Subiré a la cordillera y derrotaré a los españoles que están en Jauja». La resolución con que hablara Bolívar demuestra hasta qué punto estuvo convencido del éxito de su estrategia.

El 13 de octubre de 1822, tras el triunfo de Pichincha, el Libertador escribió «Mi delirio sobre el Chimborazo», pieza poética donde refleja su itinerario de lucha por la libertad continental y el diálogo que sostiene con el padre tiempo, quien objeta la trascendencia de sus acciones. Sin embargo, al responderle Bolívar, el padre de los siglos reconoce la repercusión de todo lo realizado por él y le comisiona: «dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado: di la verdad a los hombres». En esta prosa poética, Bolívar resalta al dios de Colombia frente a los dioses clásicos de la antigüedad greco-romana, en un contraste con el que hace ver la igualdad histórica de nuestro continente ante la Europa monárquica y colonialista, presentada a sí misma como la cumbre del progreso y de la civilización humana. Otro hito de la vida del Libertador Simón Bolívar que podría corresponder a uno de sus delirios es el Congreso Anfictiónico de Panamá, al cual dedicó mucho esfuerzo político y diplomático para que se concretaran los tratados de Unión, Liga y Confederación Perpetua que garantizarían la independencia absoluta de todas nuestras naciones, desde el norte de México hasta el sur de Argentina y Chile. Posiblemente el de mayores expectativas, tanto en su momento, cuando la España de Fernando VI y las demás monarquías europeas, agrupadas en la Santa Alianza, se mostraron dispuestas a someter a las nuevas repúblicas, como actualmente cuando observamos (de modo pasivo) el despliegue armado, financiero, tecnológico y político del imperialismo gringo sobre nuestro hemisferio, jactándose Donald Trump -cual jefe mafioso- de ejercer control sobre el gobierno y el petróleo venezolanos, de imponer candidatos presidenciales en donde quiera y de amenazar impúdicamente con destruir totalmente a Cuba.

Esta cualidad visionaria y tenaz de nuestro Libertador no pasó inadvertida para sus enemigos. El Teniente General Pablo Morillo reconoció que Bolívar era más peligroso vencido que vencedor. Él mismo llegó, por su parte, a definirse ante el Mariscal Antonio José de Sucre como el hombre de las dificultades. Los venezolanos y las venezolanas, vinculados por nacimiento y por convicción patriótica/nacionalista, estamos llamados ahora a reivindicar ese legado de delirios que marcaron la obra emprendida por Bolívar en su tiempo, pero que no pierde su vigencia. Es hora, por lo tanto, de revivir su ideario emancipatorio, de acuerdo a lo escrito por José Martí, más allá de las loas conmemorativas que poco le dicen a los pueblos que él liberara, en contraste abierto y permanente frente a aquellos que patrocinan la condición neocolonizada de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina en su conjunto.