El preámbulo de las luchas populares
Homar Garcés
El Día de la Resistencia Indígena, conmemorado en Venezuela cada 12 de octubre, a partir del decreto con fecha de 10 de octubre de 2000, por disposición del presidente Hugo Chávez Frías, parte de un equívoco que pocos se han atrevido a refutar, aún a sabiendas que ese día de 1492 no se produjo inmediatamente -según lo registra la historia, legada, precisamente, por los primeros “visitantes” europeos que arribaron a estas tierras- un enfrentamiento de civilizaciones o, en el caso que nos motiva, una resistencia indígena a la llegada a la isla caribeña de Guanahaní de Cristóbal Colón y su avanzada mercantilista, conquistadora, racista y esclavista. Sin embargo, ha servido como un punto de partida de la comprensión de lo que hoy conocemos como Venezuela y, por extensión, de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, en el contexto de la historia insurgente, lo que ha implicado conocer con mayores detalles y más objetividad los diversos acontecimientos que tuvieron lugar luego de aquel «primer» año. Sería, entonces, el preámbulo de las luchas populares, tomando en cuenta, en un primer lugar, la lucha contra la opresión de grupos humanos por parte de una minoría explotadora; en un segundo lugar, la defensa del territorio ancestralmente ocupado ante el despojo y el saqueo de recursos naturales a manos de esta misma minoría; y, en un tercer lugar, la preservación de la identidad cultural frente a la transculturación y la imposición de creencias y valores extranjeros. Tres de los elementos que transversalizarán dichas luchas, estando presentes en cada una de las etapas que caracterizan la historia de todos nuestros países.
Para algunas personas -como Arturo Uslar Pietri y otros letrados de estirpe eurocentrista- aquel tropiezo de Colón fue un encuentro de dos mundos, tratando así de minimizar todo lo malo que tal acontecimiento tuvo para la vida de millones de habitantes de nuestro continente. Otros desean reivindicar románticamente la existencia, la dignidad y las culturas de los pueblos precolombinos y de aquellos que han sobrevivido a la vorágine capitalista (pasada y presente), pero sin indagar demasiado en torno a sus culturas y su legado. Lo cierto es que la resistencia indígena no pudo producirse en tal fecha, sino posteriormente, siendo el primer combate contra la guarnición dejada por el Almirante en la isla de Guanahaní, como lo señaló alguna vez el historiador venezolano Wladimir Acosta, sin que ello minimice la intención de revisar, en su verdadero contexto, lo ocurrido en este continente a partir de ese momento. Hay que recalcar, además, que hasta entonces Europa no tenía conocimiento certificado de la existencia de estas tierras, no así para sus pobladores originarios, por lo que desde hace ya algún tiempo fuera eliminada la denominación del día del descubrimiento; aunque en España y otros lugares algunos trasnochados de la historia quieran insistir actualmente en ello.
Esto exige profundizar realmente la comprensión y el análisis desprejuiciados de los acontecimientos históricos, sin caer en una linealidad -siguiendo el esquema eurocentrista del cual debemos desprendernos- que nos induce a creer en la fatalidad inexorable del destino. Ocurriría entonces que, vengadores de nuestros ancestros aborígenes, pretendamos ignorar y deslegitimar la herencia común de la cual hacemos gala cotidianamente y que tiene su origen en la vieja Europa: idioma, religión, leyes, pensamiento, nombres y apellidos, estructuras de poder, arte, economía y política, entre otros ingredientes o rasgos de la civilización europea que nos distancia, pese al sentimiento que nos embargue, de los pobladores originarios de estas tierras (lo mismo que de la diáspora afrodescendiente), avivando una polémica histórica y racista que no contribuye a explicarnos como nación, pueblo y continente.
Hay que rememorar, finalmente, que la Corona española, mediante Real Cédula del 23 de agosto de 1503, le dio potestad a los conquistadores para esclavizar a los indígenas caribes bajo el pretexto de ser caníbales. Posteriormente, el acto que fue dictado por el Juez de Vara y Justicia Mayor de la isla La Española, el 5 de noviembre de 1510, declara a la provincia de Uriapari (la Guayana) región de caribes, autorizando a las huestes españolas a cazarlos y a venderlos como esclavos. Cualquier indígena rebelde estaba condenado al martirio en nombre de la civilización cristiana y europea. Según el dictamen de algunos eruditos de la época, nuestros antepasados aborígenes eran seres irracionales, carentes de alma, por lo tanto, condenados a servir como esclavos. A partir de esta realidad salvaje -impuesta por quienes se creían una raza superior- es cuando efectivamente podemos hablar de una resistencia indígena frente al afán depredador del incipiente capitalismo europeo en nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina. Por último, no estaría demás citar la frase acuñada originalmente por Dionisio Yupanqui (Diputado del Virreinato del Perú en las Cortes Generales Ordinarias y Extraordinarias de Cádiz, España, de 1812), pero divulgada por Carlos Marx, aplicable a la situación que viven actualmente los pueblos originarios en las naciones de nuestro continente (recordemos a los mapuches en Chile, a los mayas-quichés en México y a los wayú en Venezuela): «Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre».