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La «otra» democracia y la conflictividad social que se esconde

La «otra» democracia y la conflictividad social que se esconde

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Homar Garcés


Las juventudes de Francia, España, Serbia, Portugal, México, Bharat (antigua India), Bélgica, Ecuador, Chile e Italia han sido protagonistas de una oleada de protestas ocurridas de manera simultánea y espontánea. Ellas han reflejado una serie de demandas que, desde hace décadas, fueron desatendidas por sus gobiernos y que, en la generalidad de los casos, son efectos de la implementación de medidas económicas neoliberales que responden a los intereses de las grandes corporaciones transnacionales y locales capitalistas. Todo lo cual obligó a muchos analistas sociales y políticos a plantearse, con la premura que ello amerita, si dichas protestas revelan las grietas y el final del sistema-mundo bajo el cual existimos. Como todos debiéramos saber, a lo largo de la historia contemporánea, la humanidad ha estado regida —a grandes rasgos— por un conjunto de reglas, principios y premisas comunes que se dan por sentados; es decir, que siempre están asociados a la normalidad con que se cree debe vivir toda sociedad «civilizada». Quienes no acatan este conjunto de reglas, principios y premisas son vistos y castigados en su mayoría como delincuentes; en muchos casos, condenados a purgar años de encarcelamiento en condiciones infrahumanas y sin la debida justicia. Mientras que aquellos que se atreven a ejercer el reclamo legítimo de derechos y de proponer alternativas ante el sistema político, económico y social vigente, son etiquetados como rebeldes e insurgentes, siendo reprimidos, perseguidos, encarcelados y, en situaciones extremas, asesinados por los organismos de seguridad del Estado. En ambos casos, los sectores dominantes no sólo buscan defender y conservar su hegemonía sino también enviar un mensaje atemorizante al resto de la sociedad que paralice sus intenciones de cuestionar y alterar el orden establecido. Es, en síntesis, la expresión violenta de una guerra interna, camuflada bajo la etiqueta de seguridad pública.


La ausencia de un consenso sólido sobre qué son y cómo deben abordarse la democracia y los diversos derechos que su ejercicio genera ha permitido que algunas minorías (sobre todo, económicas, es decir, las ricas) impongan a las mayorías populares sus propios criterios, por lo que estas llegan a convencerse de su propia incapacidad para autogobernarse y gestionar la solución a los diversos problemas y necesidades que estarían padeciendo. A pesar de ello, las mayorías populares intuyen que el tipo de democracia que se les presenta no es adecuada a sus intereses y, por lo tanto, debiera incorporar sus propias visiones de lo que llegaría a ser la democracia y el régimen social bajo los cuales transcurren sus existencias. Y esta percepción, junto con las demandas derivadas de ellas, hace que exista un grado de conflictividad social que, lejos de apaciguarse, tiende a hacerse permanente y, en ocasiones, a multiplicarse, creando una conflictividad y una deslegitimación que podrían desembocar en el derribo de las clases y los estamentos que gobiernan; quedando las opciones entre un golpe de Estado -en un extremo- de los sectores dominantes o -en el otro extremo- una revolución de estirpe popular.


La disgregación moral de la sociedad y, junto con ella, la desconexión emocional frente a las necesidades ajenas, son consecuencias directas de la conducta antisocial, corrupta y antidemocrática acostumbrada de las clases preponderantes y de aquellos que les ha correspondido cumplir funciones de gobierno; lo que justifica que las mayorías quieran y puedan plantearse un cambio de régimen, dada la insatisfacción y la desesperanza que estos les generan. La clase obrera, la clase baja y la clase marginada o subclase (que constituyen las mayorías populares) se ven impelidas a entablar así una lucha desigual con las fuerzas del Estado, siendo éste una maquinaria de opresión y represión hecha a la medida de la ideología y de los intereses de las minorías que manejan el poder.


Aquellos que defienden las circunstancias creadas actuales suelen esgrimir razones inmutables, inflexibles e incuestionables que son intrísicamente hostiles al libre y abierto intercambio racional de opiniones, base de lo que tendríamos que entender como democracia. Si dichas razones se imponen, por la fuerza, por omisión o por argucias legalistas, la democracia se convierte en un remedo de libertades ciudadanas, con los rasgos autoritarios, contrarrevolucionarios y xenófobos que ya se observan en Estados Unidos y en otras naciones cuyos gobiernos los han calcado, secundando a la poderosa nación del norte en todas sus acciones, en lo que conforma una renovación de su condición de Estados vasallos al que aquella los sometiera durante todo el siglo XX. Frente a esta realidad, muchas voces de resistencia han sido acalladas, víctimas del silenciamiento digital y mediático, recurriéndose también a los viejos métodos de represión, los que incluyen la prisión y el asesinato selectivo de luchadores sociales, políticos y comunitarios que se oponen a la voracidad del capitalismo transnacional y a la perpetuación en el poder constituido de grupos y subgrupos que se atribuyen la representación popular, utilizando el voto como recurso de legitimación. Cuando esto no ocurre, algunas de estas voces, provenientes del campo revolucionario, asumen posiciones claudicantes en la lucha por construir la sociedad socialista que han pregonado; otros -por no actuar de igual manera- terminan siendo calificados, como en los tiempos oscuros de la vieja iglesia católica, de herejes o de traidores con quienes se debe rehuir cualquier tipo de trato. De este modo, la clase dirigente evita las críticas que ella considera inadmisibles, quedando todo en un revolucionarismo abstracto o retórico que tiene su efecto opiáceo sobre una gruesa capa de movimientos sociales y partidos políticos de muchas formas dependientes de gobiernos y carentes, además, de una visión y de una praxis realmente renovadoras y revolucionarias.

La clase media se extingue

La clase media se extingue

 

Homar Garcés

La globalización neoliberal capitalista, la creciente automatización del trabajo cognitivo y la concentración de los rendimientos tecnológicos en manos de una minoría cada vez más pequeña de empresarios están causando una serie de cambios que apenas se han comenzado a estudiar con la rigurosidad y la objetividad que se requieren para entender su impacto en la vida de millares de personas a nivel mundial. Aparte de la profundización de la brecha existente entre ricos y pobres, y entre naciones del Norte Global y naciones del Sur Global, la tendencia general parece configurar la disolución de la clase media como categoría social y económica. Para ella (de un modo general, para todos los trabajadores asalariados), el desmontaje de los múltiples beneficios logrados por las luchas sindicales y de los marcos legislativos que regularon el Estado de bienestar y los adelantos técnicos de las industrias que exigían el empleo masivo de mano de obra calificada (operarios, técnicos, contabilistas, administradores, supervisores) tienen una incidencia directa en su existencia, frente a lo cual no parece haber alternativa.

Hay un cambio estructural a favor de la fracción que es dueña del capital y de las diferentes plataformas digitales, cuya máxima ambición es controlar gobiernos, mercados, territorios y la tecnología más avanzada, representada por la Inteligencia artificial. Esto causa una incertidumbre en relación con la seguridad y el futuro de quienes han trabajado gran parte de sus vidas a diferencia de aquellos que tuvieron un destino similar en décadas pasadas, teniendo la oportunidad de que sus descendientes accedieran a educación, salud, viviendas, recreación, alimentación, tecnología de uso doméstico y servicios públicos indispensables. Tal cosa obliga a los integrantes de la clase media a adoptar una visión cortoplacista y a confiar en las propuestas de la derecha extremista, cuyos representantes se aprovechan de esa necesidad de seguridad y de estabilidad económica inmediata, a cambio de la derogación de sus derechos.

Yuval Noah Harari, en su libro Homo Deus, realizó un análisis que tiene rasgos de advertencia y, para algunos, de pesimismo en cuanto a qué le depara el futuro a la clase que conocemos como clase media, devenida en una económicamente irrelevante. De acuerdo a sus conclusiones, se elimina el trabajo de complejidad media mientras el de baja complejidad persiste con salarios mínimos y una élite que posee o diseña los sistemas captura el valor generado. Es, en síntesis, una polarización que empieza a hacerse visible ya en varios países, lo que varía y complejiza la lucha de clases y, por supuesto, las opciones revolucionarias derivadas de la misma. Plantea, además, el escritor israelí el fin del valor económico humano, lo que ocasionará un excedente económico que ya no requerirá de trabajadores explotados, resultando, en consecuencia, innecesarios. Una cuestión que, de algún modo, tocó el intelectual Ignacio Ramonet durante su ponencia presentada en el XXX Seminario Internacional Los partidos y la Nueva Sociedad, realizado en la Ciudad de México, el 9 de octubre de 2026.

Hay, de hecho, una separación entre una minoría que dispone de capital, capacidades adquiridas de alto nivel (gracias al tipo de educación de élite recibida) y redes de acceso político, económico y social que le garantizan surgir, consolidarse y expandirse entretanto la mayoría se mantiene abajo, sometida a una precariedad estructural que se pretende simplificar con la aplicación de medidas parciales que impliquen mayores ingresos e inversiones, pero que no terminan por solventar el problema de fondo. La complejidad que se presenta busca ser superada mediante salidas autoritarias que rozan el fascismo más puro. En su lugar, otros proponen la conformación de nuevas instituciones democráticas y una mayor distribución del poder, lo que exige la participación de un nuevo tipo de ciudadanos, dotados de una educación más acorde con el cambio estructural naciente y siendo capaces de reducir las brechas que actualmente estarían condenando a la clase media a su extinción como tal.

Claro que sí hay lucha de clases en el siglo XXI

Claro que sí hay lucha de clases en el siglo XXI


Homar Garcés


Siempre se nos ha hecho creer que el camino idóneo de nuestras realizaciones (particulares y colectivas) es el capitalismo, pero éste nos rodea de violencia estructural, exclusión social, crisis, guerras, corrupción, precarización y controles de todo tipo. Esto sin incluir los desastres irreversibles que el mismo produce en materia ambiental, lo que nos podría condenar a una extinción segura junto con diversas especies animales y vegetales, como bien lo han anticipado, con toda la seriedad que este asunto amerita, muchos científicos desde hace largo tiempo. ¿Sigue siendo éste, en consecuencia, el único camino a seguir? Por supuesto que no. Ya en su época, Karl Marx y Friederich Engels, lo mismo que Mijaíl Bakunin y Pierre Joseph Proudhom, y antes de todos ellos, los utopistas socialistas, habían adelantado lo que alternativas revolucionarias con qué erradicar las injusticias sociales, las asimetrías económicas, los abusos de poder y los conflictos geopolíticos que han agobiado a una gran mayoría de la población mundial.

Cuando el cyberfascismo (que algunos denominan también tecnofascismo o tecnofeudalismo) comienza a influir crecientemente en la economía, la sociedad y la política, y, simultáneamente con ello, la ola de intolerancia, racismo, misoginia, belicismo y autoritarismo que comienza a cubrir el mundo, no se puede obviar la lucha que se debe aún intentar y sostener para librar a la humanidad de todos los efectos negativos de esta nueva realidad. Es preciso, por tanto, disputar la agenda mediática impuesta por los factores reaccionarios internacionales y nacionales, no con simple propaganda sino con acciones organizativas que contribuyan a recuperar la capacidad crítica de nuestros pueblos al mismo tiempo que faciliten la elaboración y la puesta en práctica de propuestas viables, destinadas a preservar y a ampliar las diversas conquistas políticas, económicas, sociales y culturales -además de la soberanía nacional-  que ahora son amenazadas y lesionadas por el imperialismo gringo y sus vasallos del continente.


A pesar de lo dicho y proclamado por alguna gente que se considera de izquierdas en cuanto a suavizar o negar la lucha de clases en sus naciones y el mundo como concepto y motor de la realidad que experimenta la humanidad en su cotidianidad y expectativas de vida materiales, no se puede negar, a rajatabla, su persistencia histórica. De otro modo, al imperialismo gringo no le preocuparía en absoluto. Todo lo contrario, sino cómo explicar lo que motivó a convocar a los representantes de gobiernos y grupos de extrema derecha, reconociendo la grave amenaza representada por militantes de izquierdas, ambientalistas, feministas y una diversidad de grupos anticapitalistas. Tal evento es un reconocimiento de la desigual lucha sostenida desde mucho tiempo atrás por estas y otras agrupaciones contra las derivaciones nefastas del sistema capitalista globalizado en cada nación, en la que observan avances significativos de lo que aglutinan como izquierdas radicales que harían colapsar, eventualmente, el orden capitalista establecido. Es, por tanto, un reconocimiento tácito de la existencia de la lucha de clases, derivada, precisamente, de la existencia del capitalismo.


Con Iñaki Gil de San Vicente (Lucha de clases en el capitalismo en crisis), recordamos: «Si hay algo silenciado por la historia oficial, la escrita por las clases dominantes, es la lucha de clases, y más cuando el capitalismo se encuentra en la peor crisis de su historia. La burguesía necesita ahora mismo tres cosas fundamentales: explotar lo más posible a la clase obrera; reforzar la militarización para abrir nuevos frentes de guerra, y disciplinar a las burguesías y sectores sociales que dudan si sumarse o no a la guerra. En los tres casos, es una prioridad negar la existencia de la lucha de clases». Para la burguesía transnacional, desde las últimas décadas del siglo XX hasta ahora, se han hecho innegociables la disciplina o flexibilización laboral y la reducción de salarios y de derechos sindicales como elementos puestos sobre la mesa para invertir y obtener grandes dividendos en cualquier país que responda a sus intereses y condiciones, con lo que quedan gravemente reducidos los derechos democráticos de las mayorías. Y este es el recetario que tienen a la mano. Como síntesis, podrá afirmarse una vez más que sí hay lucha de clases (aunque con algunas nuevas características), como también que sin los pobres no hay ganancias tangibles para los dueños del capital.

El preámbulo de las luchas populares

El preámbulo de las luchas populares

Homar Garcés

El Día de la Resistencia Indígena, conmemorado en Venezuela cada 12 de octubre, a partir del decreto con fecha de 10 de octubre de 2000, por disposición del presidente Hugo Chávez Frías, parte de un equívoco que pocos se han atrevido a refutar, aún a sabiendas que ese día de 1492 no se produjo inmediatamente -según lo registra la historia, legada, precisamente, por los primeros “visitantes” europeos que arribaron a estas tierras- un enfrentamiento de civilizaciones o, en el caso que nos motiva, una resistencia indígena a la llegada a la isla caribeña de Guanahaní de Cristóbal Colón y su avanzada mercantilista, conquistadora, racista y esclavista. Sin embargo, ha servido como un punto de partida de la comprensión de lo que hoy conocemos como Venezuela y, por extensión, de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, en el contexto de la historia insurgente, lo que ha implicado conocer con mayores detalles y más objetividad los diversos acontecimientos que tuvieron lugar luego de aquel «primer» año. Sería, entonces, el preámbulo de las luchas populares, tomando en cuenta, en un primer lugar, la lucha contra la opresión de grupos humanos por parte de una minoría explotadora; en un segundo lugar, la defensa del territorio ancestralmente ocupado ante el despojo y el saqueo de recursos naturales a manos de esta misma minoría; y, en un tercer lugar, la preservación de la identidad cultural frente a la transculturación y la imposición de creencias y valores extranjeros. Tres de los elementos que transversalizarán dichas luchas, estando presentes en cada una de las etapas que caracterizan la historia de todos nuestros países.

Para algunas personas -como Arturo Uslar Pietri y otros letrados de estirpe eurocentrista- aquel tropiezo de Colón fue un encuentro de dos mundos, tratando así de minimizar todo lo malo que tal acontecimiento tuvo para la vida de millones de habitantes de nuestro continente. Otros desean reivindicar románticamente la existencia, la dignidad y las culturas de los pueblos precolombinos y de aquellos que han sobrevivido a la vorágine capitalista (pasada y presente), pero sin indagar demasiado en torno a sus culturas y su legado. Lo cierto es que la resistencia indígena no pudo producirse en tal fecha, sino posteriormente, siendo el primer combate contra la guarnición dejada por el Almirante en la isla de Guanahaní, como lo señaló alguna vez el historiador venezolano Wladimir Acosta, sin que ello minimice la intención de revisar, en su verdadero contexto, lo ocurrido en este continente a partir de ese momento. Hay que recalcar, además, que hasta entonces Europa no tenía conocimiento certificado de la existencia de estas tierras, no así para sus pobladores originarios, por lo que desde hace ya algún tiempo fuera eliminada la denominación del día del descubrimiento; aunque en España y otros lugares algunos trasnochados de la historia quieran insistir actualmente en ello.

Esto exige profundizar realmente la comprensión y el análisis desprejuiciados de los acontecimientos históricos, sin caer en una linealidad -siguiendo el esquema eurocentrista del cual debemos desprendernos- que nos induce a creer en la fatalidad inexorable del destino. Ocurriría entonces que, vengadores de nuestros ancestros aborígenes, pretendamos ignorar y deslegitimar la herencia común de la cual hacemos gala cotidianamente y que tiene su origen en la vieja Europa: idioma, religión, leyes, pensamiento, nombres y apellidos, estructuras de poder, arte, economía y política, entre otros ingredientes o rasgos de la civilización europea que nos distancia, pese al sentimiento que nos embargue, de los pobladores originarios de estas tierras (lo mismo que de la diáspora afrodescendiente), avivando una polémica histórica y racista que no contribuye a explicarnos como nación, pueblo y continente. 

Hay que rememorar, finalmente, que la Corona española, mediante Real Cédula del 23 de agosto de 1503, le dio potestad a los conquistadores para esclavizar a los indígenas caribes bajo el pretexto de ser caníbales. Posteriormente, el acto que fue dictado por el Juez de Vara y Justicia Mayor de la isla La Española, el 5 de noviembre de 1510, declara a la provincia de Uriapari (la Guayana) región de caribes, autorizando a las huestes españolas a cazarlos y a venderlos como esclavos. Cualquier indígena rebelde estaba condenado al martirio en nombre de la civilización cristiana y europea. Según el dictamen de algunos eruditos de la época, nuestros antepasados aborígenes eran seres irracionales, carentes de alma, por lo tanto, condenados a servir como esclavos. A partir de esta realidad salvaje -impuesta por quienes se creían una raza superior- es cuando efectivamente podemos hablar de una resistencia indígena frente al afán depredador del incipiente capitalismo europeo en nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina. Por último, no estaría demás citar la frase acuñada originalmente por Dionisio Yupanqui (Diputado del Virreinato del Perú en las Cortes Generales Ordinarias y Extraordinarias de Cádiz, España, de 1812), pero divulgada por Carlos Marx, aplicable a la situación que viven actualmente los pueblos originarios en las naciones de nuestro continente (recordemos a los mapuches en Chile, a los mayas-quichés en México y a los wayú en Venezuela): «Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre».

La batalla decisiva de la guerra total

La batalla decisiva de la guerra total

Homar Garcés 

La inesperada resistencia y contraataque de la República Islámica de Irán, así como el hostigamiento del gobierno popular en Yemen, contra la agresión militar iniciada por la dupla yanqui-sionista contra dicha nación, comienza a tener repercusiones más allá del ámbito comercial petrolero para manifestarse como lucha de resistencia en una guerra imperialista de alcance global que tuvo sus inicios prácticamente al día siguiente de la implosión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, o simplemente Unión Soviética, y que se reveló al mundo con la guerra «antiterrorista» emprendida contra Afganistán e Irak por el presidente George W. Bush. Lo que los jerarcas políticos y militares gringos no calcularon, llevados por su arrogancia supremacista, era la reacción del gobierno y del pueblo iraníes ante la agresión sufrida y las cuantiosas pérdidas económicas que la misma ha supuesto en infraestructura y recursos militares destruidos sistemáticamente por las fuerzas armadas persis, por lo que, extrapolando sus circunstancias y resultados, equivale a una batalla decisiva en lo que respecta a la guerra total que estaría dispuesto Estados Unidos a librar para conservar su estatus de única y gran potencia mundial. En este caso, más allá de los prejuicios políticos y religiosos que cada quien albergue, Irán (junto con los hutíes de Yemen) está frenando la expansión estadounidense sobre una región altamente estratégica, con abundancia de recursos energéticos y rutas comerciales vitales para los mercados de Europa y Asia. Y eso es algo muy importante para la preservación de la soberanía del resto de naciones de la Tierra.

En este cuadro de cosas, la ultraderechización de Europa y Latinoamérica es una pieza más del proceso de hegemonización absoluta iniciado desde la Casa Blanca, contando adicionalmente con el respaldo entusiasta del conglomerado industrial-militar tradicional y de las grandes corporaciones transnacionales que controlan la industria digital, en un cruce de intereses que amenaza la libertad humana y el mermado equilibrio ecológico del planeta. No es, por tanto, una cuestión espontánea ni tampoco reciente. Es una amplia reingeniería social en progreso que, entre sus metas, pretende suprimir cualquier vestigio de resistencia democrática y de pluralismo ideológico y cultural que se oponga a los designios de las nuevas minorías capitalistas dominantes, lo que supondrá el auge de la represión social, como ya comienza a verse a propósito de las marchas de protesta que denuncian el genocidio continuo del pueblo palestino. 

La gran pregunta que debería hacerse todo el mundo es, de acuerdo con Andrés Piqueras en su análisis Para entender el desarrollo de la guerra global en curso, «¿cómo es posible que EEUU y su ente sionista no reciban ninguna sanción ni se les excluya de ningún ámbito de participación o foro mundial? En la pregunta va implícita la propia respuesta: porque esas instituciones que "regulan" el orden mundial están controladas por EEUU y forman parte de su poder blando -o no tan blando- mundial. Esto es, son elementos del orden mundial estadounidense, el mismo que hoy ha comenzado a carcomerse (igual que esas instituciones, que cada vez evidencian más lo que son y para qué son)». El contraataque iraní significa un serio revés para la Geoestrategia del Caos que Washington ha implementado para asegurar su presencia e influencia sobre el continente asiático y esto semeja en algo la traumática derrota sufrida por las fuerzas estadounidenses en Vietnam. Como se comprenderá, no se trata de acabar con la guerra sino mantenerla como una situación constante y lucrativa. Quienes obtienen dividendos de la muerte no son monstruos de fantasía.

La inesperada enemiga de la humanidad

La inesperada enemiga de la humanidad

Homar Garcés 

El Alto Comisionado de la Organización de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, advirtió en fecha reciente que el desarrollo de modelos acelerados de inteligencia artificial pone en riesgo la vida de millares de personas, así como todos los derechos humanos en lo que respecta a la privacidad, la salud, la alimentación y la seguridad. En igual sentido, se pronunciaron Jacob Coxon (ex empleado de Anthropic), Geoffrey Hinton (conocido como el padrino de la Inteligencia Artificial y ex empleado de Google). El debate sobre la regulación de la inteligencia artificial en sí no es de reciente data, sin embargo, el interés puesto en el mismo da cuenta de la inquietud que abruma a mucha gente sobre sus alcances y consecuencias sin control humano. Todos ellos alertaron públicamente que los modelos de IA en desarrollo estarían ya en capacidad de actuar de forma autónoma, cuestión que podría afectar el funcionamiento de servicios esenciales, de líneas de comunicaciones, infraestructuras críticas e, incluso instituciones democráticas, especialmente en manos inescrupulosas que llegarían a controlar, de forma peligrosa, la normalidad cotidiana de cualquier país que no responda a sus intereses, como podría suceder con los magnates de las principales plataformas de telecomunicaciones e internet, algunos de los cuales han expuesto de manera abierta en foros y entrevistas el modo en que conciben el futuro de la democracia y el manejo de los Estados, excluyendo a las mayorías populares. Además de esto, no se descarta la activación de armas que funcionan automáticamente, lo que incrementa la posibilidad de una destrucción masiva de centros poblados alrededor del planeta, en un estado de guerra total solo concebible en muchas películas de ciencia ficción. 

Frente a la posibilidad de pérdida de control sobre la Inteligencia Artificial algunos expertos aconsejan retardar o moderar el lanzamiento comercial de nuevos modelos y establecer protocolos y auditorías cruzadas de seguridad. Lo significativo es que Elon Musk (X, Tesla y SpaceX), Dario Amodei (Anthropic), Sam Altman (OpenAI) y Demis Hassabis (Google DeepMind), coinciden en esta propuesta. Como se desprende de un artículo publicado por el canal de televisión Telesur (Desarrolladores y la ONU alertan por riesgos de agentes autónomos de IA), «expertos del sector que la transición de la IA generativa (orientada a crear contenidos) hacia la IA agéntica (diseñada para ejecutar tareas complejas de manera autónoma) incrementa la imprevistibilidad de los sistemas en infraestructuras clave como energía, finanzas y transporte». Para algunos analistas algo de esto ya estaría ocurriendo y citan el crimen de guerra perpetrado contra la escuela de niñas de la ciudad de Minab en Irán, además de lo aplicado con drones contra los palestinos en Gaza con el sistema de Inteligencia Lavender. Pero, en medio de lo difundido aparece la investigadora y especialista en ética tecnológica Timnit Gebru, quien declaró que las narrativas sobre la extinción humana a causa de la inteligencia artificial son una distracción deliberada. Afirmó que esto manipula la atención pública en relación con los impactos negativos del uso de esta tecnología, con lo que conseguirían atraer mayores inversiones. 

Aparte de lo anteriormente señalado, está el tema del uso de la IA y el enorme consumo de agua que esta requiere para que sus servidores automáticos funcionen y se mantengan a una temperatura adecuada. Según algunas estadísticas, «los centros de datos consumieron 222.000 millones de litros de agua para refrigeración en 2025 y, sin medidas para reducir su uso, la cifra podría acercarse a los 644.000 millones en 2030» (Héctor Sosa, editor de Motor Económeico); sin mencionar lo mismo en cuanto al consumo excesivo de electricidad. Esto representa un grave daño ecológico que, adicionalmente, terminará por perjudicar a las poblaciones aledañas, aumentando la problemática social, económica y política existente, pero que es eludido bajo la excusa de las grandes inversiones que se harán para su pleno funcionamiento, como pasa con OpenAI y Sur Energy en la región de Patagonia, Argentina.

Una consecuencia visible más es el reemplazo de los seres humanos en muchas empresas por robots coordinados por la Inteligencia Artificial, condenando a millares a la condición de desempleados. De igual forma, es bastante probable que ocurra la sustitución, digámoslo así, de la capacidad intelectual y crítica de las personas para la comprensión de los acontecimientos que tienen lugar en el mundo, así como para la elaboración de literatura, artes visuales y afines, cosa que es reforzada por la adicción a las plataformas de internet. Las corporaciones de los datos tienen entre manos, evidentemente, planes que no comparten la solución definitiva e inmediata de los muchos problemas que confronta actualmente la humanidad. Su alineación con posiciones ideológicas autoritarias y fascistas es prueba de ello, por lo que suponer que el uso y desarrollo de la Inteligencia Artificial estarían encuadrados con esto no es nada descabellado. Según el punto de vista compartido de Tica Moreno y Luiz Zarref (autores del artículo Multimillonarios de la tecnología se unen contra la soberanía digital del Sur Global. La pelea contra la “amenaza” china), «el punto determinante para las fuerzas revolucionarias está, por lo tanto, en entender cómo surge una nueva burguesía al controlar estos nuevos medios de producción, y cuál es la visión del mundo que esta nueva burguesía buscará imponer para seguir acumulando a partir del saqueo de la naturaleza y de la explotación de la capacidad productiva y reproductiva de las masas explotadas». Con esto presente, no será difícil calificar la amenaza que pende sobre el destino humano y entender por qué la Inteligencia Artificial podría convertirse en su inesperada enemiga.

¿Por qué no creerle al gobierno?

¿Por qué no creerle al gobierno?

Homar Garcés 

Para los sectores de la derecha extremista resulta más cómodo explotar la rabia, la desesperanza y el malestar de la población que presentar un argumento lógico con que enfrentar al chavismo en cargos de gobierno. Así ha sido siempre. Desde la primera presidencia de Hugo Chávez Frías hasta el presente. Una y otra vez la ultraderecha vasalla repite las mismas narrativas, tratando de obtener el poder por cualquier medio violento a su alcance. Ahora que sus principales figuras han sido ignoradas por el presidente Donald Trump -a quien alabaron irrestrictamente y solicitaron una acción armada contra el país que dicen defender y amar- y, en su lugar, éste ha preferido entenderse y negociar con la presidenta encargada Delcy Eloina Rodríguez Gómez, están recurriendo a las mismas tácticas mediáticas de violencia callejera que utilizaron cada año, buscando sembrar caos y generar un estado de ánimo de igual tenor entre los chavistas que no comparten la situación que vive Venezuela desde el 3 de enero pasado. Ésta podrá ser la síntesis de la acción y el pensamiento de la extrema derecha, la misma que «huyó» del país, aduciendo sufrir una persecución inmisericorde de parte del gobierno, pero que todos veían como un show más, dirigido principalmente hacia afuera, para convencer a sus pares internacionales sobre los estragos causados por una dictadura de estirpe comunista que tiene secuestrada y aterrorizada a la población venezolana.

Para conseguir sus propósitos, esta extrema derecha no dudó en utilizar la mentira como detonante de los sucesos que derivaron en el golpe de Estado del 11 de abril de 2002. Esto no se puede obviar bajo ninguna circunstancia, ni siquiera en aras de la reconciliación política en la que se halla embarcada la gestión de la presidenta encargada porque este hecho pone al descubierto el verdadero talante antidemocrático y antipopular de aquellos que ansían obsesivamente con alcanzar el poder y usufructuarlo. Todo lo que hiciera previa y posteriormente a este hecho gira alrededor de sus ambiciones particulares. Sería necio creer que su comportamiento general se basa en un ideal de democracia más profundo e inclusivo. Y eso se mantiene latente gracias al aporte de los medios de información tradicionales que actúan con un perfil político bien definido y orientado a no permitir la confianza que se pueda tener en relación con la gestión gubernamental, no obstante su empeño en denunciar que en Venezuela existe censura y falta de libertad de prensa. Ahora su efecto se multiplica a través de las redes sociales, lo que se vió durante la cobertura del desastre del doblete sísmico en La Guaira y otras entidades, buscando intensificar la zozobra emocional del pueblo y preparar el terreno para derrocar al chavismo, de un modo similar a lo logrado en Haití luego del terremoto del 12 de enero de 2010 cuando cerca de 16 mil efectivos militares de Estados Unidos se hicieron presentes en una supuesta operación humanitaria.

Como corolario del ataque a la soberanía territorial de Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores, los seguidores de la dirigente apátrida María Corina Machado han intentado vanamente calentar. Primero, con la exigencia de unas elecciones presidenciales inmediatas, en un segundo lugar, al procurar encabezar los justos reclamos de la clase trabajadora y jubilados por un ingreso estable y adecuado, al mismo tiempo que pretende incendiar el país con el asunto de la deficiencia y el racionamiento del sistema eléctrico nacional. Todo ello sin asumir responsabilidad alguna en cuanto a las causas de la problemática que envuelve a los venezolanos y las venezolanas cuando sabotearon dicho sistema e invocaron la imposición de sanciones económicas extranjeras más duras, de modo que colapsara totalmente la economía y eventualmente cayera el régimen, como gusta llamarlo la dirección opositora y se repite mediáticamente. Este «pequeño olvido» hace que los principales cabecillas de la oposición ultraderechista se comporten como los únicos, bienintencionados y más preparados para salvar la Patria de los estropicios causados, precisamente, por ellos mismos, sin que la acción de la justicia les afectara mayormente.

La desventaja del chavismo en este sentido tiende a incrementarse casi de modo exponencial con la proliferación indiscriminada de noticias falsas de todo tipo. No importa que sean inverosímiles. Al chavismo le ha correspondido un papel reactivo, desmintiendo y desmontando las matrices de opinión que se quieren instalar en el imaginario popular, redobladas desde el imperialismo yanqui y de sus vasallos de Europa y de nuestro continente, igual que pasa con Cuba a la cual se somete a un genocidio que, salvo la destrucción y muertes por las bombas, tiene las mismas malas intenciones y consecuencias que en Gaza. Tal cosa quebranta, de un modo u otro, a los chavistas de base que se ven obligados a defender a quienes los dirigen desde posiciones partidistas y gubernamentales siendo sus conductas opuestas a la esencia del proyecto de cambios revolucionarios que promovió el Comandante presidente Hugo Chávez. Aún con este elemento negativo, la oposición extremista no cuaja en su estrategia y tácticas, ahora menos cuando sus mentores del Norte prefieren entenderse y negociar con Delcy Eloina Rodríguez Gómez y garantizarle cierta estabilidad al frente del Estado venezolano que contribuir a una situación de enfrentamiento, revanchismo y caos que originaría, sin duda, si María Corina Machado y su combo llegan a ocupar el palacio de Miraflores.

¿Imperialismo u otra cosa todavía peor?

¿Imperialismo u otra cosa todavía peor?

Homar Garcés 


Es hartamente contradictorio que una civilización -como Occidente-  se jacte de ser moderna y civilizada (valga la redundancia) al mismo tiempo que exhibe de una manera impúdica e impune niveles extremos de barbarie, intolerancia, estupidez y violencia frente a aquellos grupos sociales y naciones que fueron víctimas de su racismo y de su rapiña colonial en el pasado. El persistente anacronismo de la negación de la existencia de una multiplicidad de culturas se ha expresado, principalmente, en contra de personas y religiones provenientes de África y de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, las cuales son vistas como inferiores y, en consecuencia, rechazadas en su intención de integrarse a las sociedades europeas y estadounidense; convirtiéndolas en parte del discurso y la práctica de muchos políticos, llegando al colmo de plantear públicamente la reposición del colonialismo y de la esclavitud que sufriera África a manos de las principales potencias del viejo continente, como lo manifestado por el pastor cristiano de Estados Unidos Dale Partridge. Con ello no hacen más que ratificar el carácter segregacionista con que surgiera la llamada Modernidad, a pesar de los paradigmas que contemplaban una nueva visión racional de la vida sobre el dogma religioso y el respeto a la individualidad. Pero esto no es aún suficiente.

En el mundo contemporáneo se está imponiendo la ideología de los algoritmos, la cual se basa en los intereses económicos y políticos de quienes son propietarios de las grandes corporaciones de la tecnología digital, por lo que nadie debería creer, ingenuamente, que éstos sean, de alguna manera, neutrales y no dirigidos a conformar un bloque de poder excluyente y, por tanto, antidemocrático; como lo han expresado públicamente Alex Karp y Peter Thiel, propietarios principales de la empresa de tecnología digital Palantir. Por eso, para este tipo de corporaciones capitalistas es fundamental inculcar la adicción y la alienación absoluta de sus usuarios, despojándolos de los atributos de conectividad, empatía y solidaridad respecto a sus semejantes, de modo que no existan entre ellos más puntos en común que el uso frecuente de las redes sociales. Mediante la repetición de eslóganes y de retórica se ha entablado una batalla cultural en contra de la diversidad de culturas y pensamientos, enfocándose en tradiciones conservadoras, en rechazo a la existencia de todo lo que es diferente; cuestión que ha derivado en el desencadenamiento de atrocidades, como el genocidio permanente de Palestina, la vulneración de la soberanía nacional de Venezuela y el bloqueo criminal contra Cuba.
El debate en relación con esta nueva realidad podría centrarse en lo que siempre se ha definido como imperialismo, en este caso, el imperialismo yanqui. Algunos estudiosos proponen una definición más allá de la conocida, siendo la más difundida la del tecnofascismo, también identificado como cyberfascismo; lo cual no se presenta como algo bueno, sino peor, similar a las distopías reflejadas en algunos libros y películas de ambientación apocalíptica. En muchos aspectos, se estaría plantando un sistema de mayores controles, de aplicación de una renovada concepción de la seguridad nacional y de cercenamiento de los derechos humanos y de las libertades democráticas. 

Bajo este esquema, la respuesta por parte de quienes controlarán el poder no será el debate sino la coerción. De este modo, se asegurarán de contener y de disipar cualquier tipo de disidencia política que consideren una amenaza al régimen que dirigen, aún cuando ésta surja al amparo de la Constitución establecida y de sus propios discursos. Como ya empezó a observarse en algunas naciones, se ha hecho coincidir los controles sociales con los intereses y las preferencias de muchas personas, haciéndoles creer que responden a una elección propia y una manera de reafirmar su libertad individual. No es difícil imaginar entonces que el mundo capitalista está creando las condiciones para lograr en cada individuo los efectos de una cognición sin acción y una subjetivación sin cuerpo que haga más manipulable su vida.