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La urgencia de los elegidos de Dios

La urgencia de los elegidos de Dios


Homar Garcés 


El acoso, la burla, la deshumanización y la constante violencia física y psicológica ejecutada en diferentes escalas, sumadas a la sobresaturación de noticias falsas divulgadas en prensa y redes sociales, han hecho del genocidio de Palestina una de las mayores atrocidades que se haya atrevido a cometer alguna vez un grupo humano. La impunidad que le rodea es muestra más que evidente de la complicidad de los distintos gobiernos y corporaciones económicas del mundo, a pesar de las fallidas resoluciones emitidas desde el seno de la Organización de las Naciones Unidas y de las exigencias populares en diversos países para que éste cese por completo y se reconozcan los derechos del pueblo palestino a existir también como nación soberana. Pero todo esto es ignorado deliberadamente desde hace más de medio siglo, aupado por intereses geopolíticos y económicos que buscan controlar y reconfigurar el amplio territorio de Asia occidental y, con éste, los grandes yacimientos petroleros que allí se hallan. De ahí que, a la par de los crímenes de lesa humanidad contra la población palestina, se producen los ataques militares contra Irán y el Líbano, conformando así una estrategia de mayores dimensiones que las admitidas mediáticamente.


La maldad organizada del Estado de Israel ha derivado en la producción de un proceso de desensibilización que se ha hecho una cuestión común alrededor del planeta, sin que exista hasta ahora una fórmula efectiva, a nivel internacional, que le impida por completo continuar devastando más vidas gazatíes. Esto se observa en una mayoría de naciones europeas y en Estados Unidos donde cualquier mención crítica o protesta pública pacífica es reprimida inmediatamente, sin miramientos, y sus promotores son encarcelados y condenados a una condición de parias, sin garantías constitucionales. El silenciamiento y la distorsión de la realidad en favor de los intereses del sionismo son abrumadores, a tales extremos que podría afirmarse que el Estado de Israel gobierna al resto de las naciones de la Tierra. Gracias a ello, Israel ha podido hacer de las suyas en Gaza, Cisjordania, Líbano y Siria, en pos de la concreción de sus aspiraciones de «revivir» las fronteras del reinado bíblico de David y de su hijo Salomón; matizado con la manipulación de las religiones cristianas, haciendo creer a muchos que sus acciones (por terribles que puedan parecer) obedecen al cumplimiento de la profecía apocalíptica del juicio final y a su condición de elegidos de Dios.


Pero hay algo más que referir: La proyectada construcción del canal Ben Gurión como alternativa al canal de Suez. Este representaría la construcción de una ruta marítima  que enlazaría el mar Mediterráneo con el golfo de Aqaba (Mar Rojo) a través del desierto del Néguev bajo el control del Estado de Israel; lo cual modificaría enormemente el comercio marítimo en la región del Asia occidental. Aunque se descarta su construcción, en vista del alto costo que el mismo supondría, Gaza seguirá siendo materia de atención para el Estado de Israel, ahora con el acompañamiento de Estados Unidos, a través de Donald Trump, quien ya anunciara no hace mucho tiempo su proyecto de convertir dicho territorio en una riviera del Asia occidental, con rascacielos y rutas turísticas, para lo cual sería indispensable desalojar por completo a la población gazatí en éste residente y crear las condiciones para una cuantiosa inversión extranjera. La urgencia de los llamados elegidos de Dios por exterminar a los palestinos tiene, por tanto, una gama de intereses geopolíticos y económicos que no ocultan del todo la macabra realidad que éstos sufren a diario, pero que podría revertirse si algún día los diferentes gobiernos del mundo así lo decidieran. A pesar de la gran influencia de los cristianos sionistas sobre Washington. 

El hiperimperialismo y el Sur Global

El hiperimperialismo y el Sur Global

 

 

Homar Garcés 

 

El entramado de plataformas digitales y militares (bases de datos, sistemas administrativos, telecomunicaciones y flujos de información, entre otras nuevas tecnologías utilizadas) explicaría cómo las tropas yanquis pudieron invadir el territorio venezolano y secuestrar al presidente Nicolás Maduro sin que hubiera una respuesta contundente, un contraataque efectivo masivo, por parte de las fuerzas armadas venezolanas (equipadas éstas con armamento moderno provisto por Rusia y China) que lo pudiera impedir, más allá de las lamentables bajas sufridas. Respecto a ello, en el caso de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana pudo haber, quizás, una subestimación del enemigo, calculando una invasión de tipo convencional y no de la manera como ocurrieron los hechos. Esto supuso una desventaja grande para Venezuela. Este episodio amargo corrobora, además, que la guerra ya no se hará del modo tradicional, como siempre se ha conocido en la historia, abarcando un escenario donde la posesión y el uso de las tecnologías más avanzadas en materia militar decidirán su curso y desenlace; sometiendo, en muchos casos, a las naciones que carezcan de éstas al dominio neocolonial del más fuerte. Según el historiador brasileño Fernando Horta, «la operación no fue ganada con misiles, helicópteros o por la cantidad de metal que EEUU pueda lanzar sobre un país. Una batalla crucial se libró y ganó en las capas invisibles del espectro electromagnético y en los flujos de datos que cruzan nuestro continente cada milisegundo. Antes de los primeros disparos, los aviones de guerra electrónica EA-18G Growler ya habían ‘borrado’ Caracas». Con esto, el imperialismo yanqui inauguraba una nueva manera de imponer su voluntad a los países disidentes y reacios a acatarla incondicionalmente, rompiendo con todos los esquemas conocidos respecto a agresiones militares e injerecismo político.

 

Al referirse a las diferentes acciones de Estados Unidos en contra de Irán y Venezuela, en su artículo «La guerra que no se declara», Javier F. Ferrero explica lo siguiente: «En Venezuela, la presión no comenzó ayer ni con Trump. Décadas de sanciones han estrangulado el corazón económico del país, atacando directamente su capacidad de sostener servicios públicos, salarios y estabilidad social. El objetivo nunca fue “restaurar la democracia”, sino hacer inviable cualquier proyecto político que no se alinee con los intereses estratégicos de Estados Unidos. El deterioro social no es un daño colateral. Es el mensaje. Cuando la vida cotidiana se vuelve insoportable, cualquier alternativa parece aceptable, incluso aquellas tuteladas desde el exterior. Irán lleva años siendo laboratorio de esa misma lógica. Sanciones acumulativas, sabotajes industriales, ciberataques, asesinatos selectivos, aislamiento financiero y una presión constante para provocar fracturas internas. Cada protesta es amplificada cuando conviene, silenciada cuando no. Cada gesto de distensión es respondido con nuevas exigencias imposibles de cumplir. La paz que se ofrece nunca es real: es condicional, reversible y diseñada para fracasar. No busca acuerdos, busca rendiciones». Todo eso, en conjunto, genera poder, control y desorientación masiva que, al final, termina por beneficiar a la clase capitalista transnacional que dirige el gobierno imperialista de Estados Unidos. Son los rasgos más distintivos del actual aparato industrial-militar-digital del hiperimperialismo 3.0, cuya ambición no se limita a mantener una hegemonía basada en el control del dólar sino que se extiende a una recolonización de territorios, como se pretende hacer con Gaza, Venezuela, Groenlandia, Cuba y todo el continente americano.

 

Mediante dicho hiperimperialismo, el plan del magnate Trump es simple, nocivo y obvio: Se trata de gobernar desde el caos, teniendo, adicionalmente, la crueldad como atributo político como se deja entrever con la situación de exterminio a que son sometidos los palestinos y la amenaza de cerco total contra Cuba. En lugar de consensos, Trump se ha trazado gobernar al mundo desde el miedo. Para lograrlo, requiere crear una situación de conflicto internacional que justifique el despliegue militar, como en los casos de Venezuela e Irán, la aplicación de sanciones unilateralmente y la criminalización y satanización de los gobiernos y países que no se sometan a la voluntad imperial de Estados Unidos. No es una anomalía del sistema, como algunos suponen. Ni algo circunstancial, debido al capricho narcisista de Trump. Como lo señala un análisis publicado por la revista Foreign Affairs, «Al prescindir de cualquier pretensión de legalidad, Trump envía la señal de que EEUU ya no se considera vinculado por normas o tratados globales». Y ello es sumamente peligroso para el mantenimiento de la paz a nivel global. Así , los compromisos formales de no agresión, autodeterminación, obligaciones multilaterales y protección de los derechos humanos representados por la Organización de las Naciones Unidas, han sido, más que ignorados, violentados deliberadamente por el ocupante de la Casa Blanca ante la impavidez y la pasividad de dicho organismo multilateral y de la mayoría de los diferentes gobiernos del mundo.

 

Como lo señala Silvia Ribeiro, «el tema de la soberanía digital en América Latina es tan urgente como inexistente. No se trata solamente de no permitir ciertas empresas, algo en lo que la mayoría de los gobiernos latinoamericanos van en sentido opuesto. Tenemos que entender y cuestionar todas las aristas del uso de estas tecnologías y redes en las que diariamente personas, instituciones y gobiernos vertemos innumerable información sobre lo que hacemos, consumimos, pensamos, con quién y dónde». Se impone la necesidad, entonces, de articular conciencia y organización, pensamiento crítico y acción colectiva, ética, moral y política, con la finalidad de poder enfrentar exitosamente los nuevos mecanismos hegemónicos con que Estados Unidos y sus aliados quieren dominar al mundo. Esto, a grandes rasgos, exige disponer de una claridad crítica y de una voluntad organizada que nos permita contrarrestar los efectos perversos de la utilización de la tecnología digital y, por supuesto, la estrategia de dominación que estaría desarrollando el imperialismo gringo (sionizado) en contra de la soberanía y de la autodeterminación de nuestras naciones.

El peso de las sanciones y la nueva realidad venezolana

El peso de las sanciones y la nueva realidad venezolana

Homar Garcés 

 

A partir del 3 de enero de 2026 Venezuela comenzó a experimentar en su historia como país soberano una situación difícil y contradictoria: el control de sus recursos energéticos por parte de Estados Unidos. Sean cuales sean las razones que facilitaron dicha situación, lo cierto del caso es que Estados Unidos está extrayendo del país millones de barriles de petróleo, con lo que busca compensar las restricciones y las pérdidas que le puede ocasionar la guerra emprendida contra Irán, cuestión que el presidente estadounidense y altos personeros del gobierno venezolano han resaltado como algo positivo, indiferentemente del hecho que se haya violado militarmente la soberanía nacional, se haya secuestrado al presidente Nicolás Maduro, se establezca un protectorado de facto y se mantengan vigentes, en esencia, el cúmulo de sanciones que han afectado, de una u otra forma, el funcionamiento normal de la economía local.

 

Ahora que el gobierno venezolano transita una vía de entendimiento con el gobierno yanqui, logrando paulatinamente una serie de concesiones negadas bajo las presidencias de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, muchas personas que se mostraron incrédulas ante el discurso oficial que denunciaba la gravedad del impacto de las sanciones unilaterales impuestas por los sucesivos ocupantes de la Casa Blanca han terminado por entender, a medias, la realidad de lo que antes negaban aunque otros todavía se empeñan en mantener intactos sus discursos de odio y sus intenciones desestabilizadoras, confiando en que les corresponde el turno de asumir la conducción del Estado. El reconocimiento público hecho por la presidenta encargada Delcy Rodríguez respecto a las deficiencias productivas y la situación de crisis que agobia la economía nacional ha determinado el agotamiento de un modelo que fue necesario impulsar en su momento, pero que, al tocar techo y repetir en gran parte el comportamiento de los viejos gobernantes del pacto de Punto Fijo, a lo que se agregara la acción bloqueadora e injerencista del imperialismo gringo, tenía que ser trascendido mediante la participación, el protagonismo y la conciencia clasista y patriótica de los trabajadores y las trabajadoras del país, reemplazando mucho de lo que ha sido el típico capitalismo rentista y dependiente venezolano.

 

Extraer riquezas, controlar mercados y obtener grandes ganancias son características típicas del capitalismo desde el momento en que este surgiera algo más de quinientos años, con la explotación inmisericorde de los pueblos nuestroamericanos y africanos. Para ello, el capitalismo internacional (con Estados Unidos a la cabeza) implementó mecanismos económicos y financieros de control sobre las economías del resto del mundo, en especial de los denominados países en desarrollo o subdesarrollados a los cuales, general y sistemáticamente, envolvieron en endeudamientos impagables, tratados comerciales desventajosos y libre acceso de sus grupos empresariales transnacionales a los mercados locales y a sus recursos estratégicos; lo que hizo más dependientes y atrasadas sus economías, a tal punto que una parte significativa de sus poblaciones se vio obligada a migrar a Europa y Estados Unidos para sobrevivir, sufriendo discriminaciones, persecuciones y deportaciones en gran escala. Esto es algo que no escapa a la realidad de Venezuela y así deberían comprenderlo sus habitantes, estén o no de acuerdo con el gobierno actual. La complejidad del momento histórico que se precipitó con los sucesos del pasado 3 de enero no se solventará nada más con la realización de unas elecciones generales, con un proceso profundo de privatización de las principales empresas en manos del Estado o la expectación pasiva de la población. Requiere aportes, creatividad, emprendimiento y conciencia colectiva; no exigencias que rebasen la realidad ni una conflictividad que nos conduzca a una ingobernabilidad total para la cual no estaríamos nada preparados ni sabríamos soportar, dada nuestra consuetudinaria supeditación de papá Estado.

¿Será aún posible lograr una sociedad ecológicamente estable?

¿Será aún posible lograr una sociedad ecológicamente estable?

Homar Garcés 


De algún modo, la idea de progreso material ha estado asociada a todo lo peor que pudiera sucederle al ser humano en general. Por ejemplo, desde que se diera a conocer al público la novela gótica de Mary Shelly, «Frankenstein o el moderno Prometeo», cualquier asomo de inteligencia y de superación de los distintos elementos que conforman el modelo de sociedad actual (sociales, económicos, culturales, científicos y tecnológicos) acaba por convertirse en sinónimo de destrucción y extinción, con pocas probabilidades de sobrevivir en un escenario apocalíptico como suele predecirse, más allá de cualquier consideración metafísica o religiosa. A muchos les envuelve una sensación de desconcierto, desamparo y confusión ante tal perspectiva, pero no toman en cuenta que, producto de la Modernidad instaurada por la Europa liberal, los avances tecnológicos y científicos de los últimos doscientos años han sido utilizados para la explotación del hombre y de la naturaleza para cimentar la hegemonía del sistema capitalista, adquiriendo éste un carácter depredador voraz que amenaza con acabar con todo vestigio de vida sobre la Tierra. De esta manera, la idea de progreso mantiene la creencia en la existencia de recursos naturales inagotables e infinitos sobre los que es lícito, además, ejercer la propiedad privada por encima de la propiedad comunal y del interés colectivo.

En palabras de Alberto Acosta, en su prólogo al libro «Desarrollo, Postcrecimiento y Buen Vivir: Debates e interrogantes» de Koldo Unceta: «El desarrollo, en tanto propuesta global y unificadora, desconoce de manera implacable los sueños y luchas de los otros pueblos. Esta negación violenta de lo propio fue muchas veces producto de la acción directa o indirecta de las naciones consideradas como desarrolladas; recordemos, a modo de ejemplo, la acción destructora de la colonización o de las mismas políticas fondomonetaristas. Además, ahora sabemos que el desarrollo, en tanto reedición de los estilos de vida de los países centrales, resulta irrepetible a nivel global. Dicho estilo de vida consumista y depredador está poniendo en riesgo el equilibrio ecológico global, y margina cada vez más masas de seres humanos de las (supuestas) ventajas del ansiado desarrollo. Inclusive en los países considerados como desarrollados, el crecimiento económico logrado se sigue concentrando aceleradamente en pocas manos y tampoco se traduce en una mejoría del bienestar de la gente». Con la glorificación y puesta en marcha de los postulados del capitalismo neoliberal se acentuó la negación del pluralismo y del derecho a existir del otro (incluyendo a países enteros), lo que se extendió a la naturaleza, sin considerar su fragilidad y la importancia que su preservación reviste para toda la existencia humana.

Por eso, cuando se dejan oír voces de advertencia respecto a la crisis climática que cada día se está incrementando, es necesario recapitular en torno a las diferentes propuestas que se han presentado desde hace mucho tiempo atrás para evitar sus efectos irreversibles. Esto pasa por crear un nuevo tipo de conciencia ecológica que genere acciones y leyes que contribuyan a que las personas asuman el compromiso de construir un modelo de sociedad distinto -en todas sus partes- al existente. Pero, para que pueda constituirse un tipo de sociedad ecológicamente estable, será necesario el establecimiento consensuado de restricciones al consumo energético y material de la sociedad; algo impensable, combatido y, hasta, ridiculizado, por aquellos que tienen el control de mercados y capitales a nivel mundial. Un asunto que comenzó a planteársele a los gobiernos desde la década de los 70 del siglo anterior, una vez que se corroborara que, bajo el patrón de crecimiento económico, universalizado a través de la hegemonía detentada por las grandes corporaciones transnacionales capitalistas, se han propiciado un incremento de las desigualdades sociales y una incapacidad para impedir que se extienda la pobreza en muchas regiones de nuestro planeta.

ENTRE APETITOS DE MANDO Y GUBERNAMENTALIDADES AUTÓNOMAS

ENTRE APETITOS DE MANDO Y GUBERNAMENTALIDADES AUTÓNOMAS

 

Homar Garcés 

 

La Revolución socialista, entendida en su mayor expresión y en sus mejores aspiraciones como contraposición al orden establecido bajo el liberalismo y el capitalismo, debe ser producto de una concepción pluralista y de la autoorganización colectiva y la acción consultiva y directa de quienes la promuevan y la sustenten. Los valores de autonomía, igualdad y solidaridad serían, en consecuencia, valores esenciales en toda propuesta revolucionaria que se identifique como anticapitalista, socialista o comunista. No obstante, la realidad imperante en el mundo contemporáneo obliga a replantearse cómo podrían tener plena vigencia gran parte de los postulados teóricos sobre los que se construyó la alternativa revolucionaria del socialismo, sin que ello signifique renegar de los aportes hechos por Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo, José Carlos Mariátegui, Antonio Gramsci, Mao Zedong, Ernesto Che Guevara y Fidel Castro, por citar los más renombrados. Para complementar, vale decir que hay que ampliar los análisis y las opciones que se presentan como fórmula para lograr la transformación estructural del sistema capitalista y de todo el modelo civilizatorio que se deriva del mismo. Como lo expone Adela Cortina en su libro «Democracia radical y éticas aplicadas», «la división de clases no da cuenta de los distintos grupos de interés; la abolición de la propiedad privada no es condición suficiente ni necesaria de una sociedad más justa; el paro estructural obliga a revisar la concepción del hombre como trabajador productivo; a la promesa de una sociedad de la abundancia, nacida del progreso técnico,acompaña la amenaza de la destrucción total; las ideas no dirigen la historia, pero tampoco la estructura económica (...); la moral no es el motor único del socialismo, pero sin ella no hay motivos para pretender una sociedad más justa».

 

Con ello presente, la lógica burguesa (volcada hacia la satisfacción del propio interés) sigue dominando los modos de pensar y de proceder de la gran mayoría de las personas alrededor del mundo, incluso entre aquellos que, por su discurso, se hallarían más dispuestos a confrontarla y a erradicarla. Todo esfuerzo revolucionario debiera, en consecuencia, orientarse a crear las condiciones objetivas y subjetivas que permitan el surgimiento, con una perspectiva definidamente revolucionaria, de una voluntad de emancipación real y un pensamiento nuevo de la historia. La coherencia que pueda lograrse en este sentido hará de la democracia una innovación permanente, teniendo en cuenta que el pueblo es principio, sujeto y fin de la democracia, nada ajeno a ella, en oposición al Estado, como organizador, defensor y rector de un modelo de sociedad que niega o limita la soberanía ejercida por el pueblo, siendo dicho Estado representación de una relación de dominación respecto a los individuos y el conjunto social.

 

En el amplio espacio geográfico de nuestra América Latina/Abya Yala/Améfrica Ladina, la opción de superar la oposición entre la democracia (entendida como autoinstitución democrática de lo social) y el Estado político (o formalismo del Estado moderno) se ha visto alterada con la irrupción de nuevos actores políticos de tendencias autoritarias, neoliberales y proimperialistas que obligan a escudriñar con más ahínco y objetividad las causas de tal irrupción y, como derivadas de ello, las contrapropuestas que deben conocer los sectores populares, reiventándolas según sus intereses y sus patrones de organización colectiva. Las nociones de buen vivir, de comunidad y lo común (extraídas de nuestros pueblos ancestrales) abren la posibilidad de establecer relaciones de reciprocidad dentro del modelo de sociedad actual, de un modo que éstas incidan, positivamente, en cada uno de los órdenes que habitualmente hemos conocido. Todo lo cual renueva y reimpulsa la concepción de las gubernamentalidades autónomas a que darían origen, chocando frontalmente contra el pensamiento eurocentrista dominante; de una manera semejante a la planteada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional de México o el pueblo aymara en Bolivia.

 

Hay, sin embargo, apetitos de mando que conspiran contra su realización. De manera constante y de signos distintos. En su libro «La traición de los mejores», publicado en 1953, el escritor e historiador trujillano Mario Briceño Iragorry hizo una síntesis de lo que ha sido la historia social y política de Venezuela, luego de alcanzar su independencia del régimen colonial español en los campos de batalla, al exponer: «Lejos de haber trabajado aunadamente por una Venezuela que garantice a todos el cumplimiento de su humano destino de plenitud y de libertad, cada quien se hizo una Venezuela quebradiza en lo moral y úberrima en la ventaja del hartazgo individual». Una cuestión que, a pesar del tiempo transcurrido y los distintos cambios revolucionarios producidos en este país, sigue vigente, siendo éste el primer elemento a combatir, sin descuidar lo propio respecto al imperialismo gringo y sus acólitos de la derecha radical. Para quien comparte esta visión de la política, la mejor opción para sacar partido de todo es mantenerse al margen de las consideraciones teóricas o ideológicas que puedan surgir al momento de llevar a cabo una revisión o un debate verdaderamente serios y objetivos de lo que representa el socialismo bolivariano; lo cual les ayuda a preservar el estatus alcanzado, ya sea partidista o gubernamental. Aún con ello, la amplia gama de movimientos sociales y de organizaciones populares continúa pugnando por ensanchar el papel protagónico y participativo que le ha correspondido ejercer; lo cual, tarde o temprano, facilitaría la instauración de gubernamentalidades autónomas, siendo su mejor logrado objetivo de transformación.

ODIÓCRATAS, PSICÓPATAS Y MALANDROS FASCISTOIDES

ODIÓCRATAS, PSICÓPATAS Y MALANDROS FASCISTOIDES

 

Homar Garcés 

 

En Venezuela se ha cumplido una nueva fase desestabilizadora e injerencista tras las elecciones del pasado 28 de julio. Esta vez fue la activación de una operación manipuladora política y psicológica sin precedentes -salvo aquellas que se ven en las producciones cinematográficas hollywoodenses-, dirigida a cambiar por la fuerza y el odio al sistema político venezolano, a pesar de que la voluntad popular se expresó electoralmente en su contra. Una operación complementada por una desinformación sistemática llevada a cabo por las grandes empresas de noticias que minimizan, otra vez en su historia, la violencia y la destrucción protagonizadas por los grupos de odiócratas, psicópatas y malandros fascistoides que siguen a María Corina Machado y, quizá sin saberlo, a sus patrocinadores de Estados Unidos. Todo inspirado en la Revolución de Colores o la Primavera Árabe con que se derrocaron algunos gobiernos que no respondieron a los intereses económicos y geopolíticos estadounidenses.

 

Así, en un mundo copado por los avances de la tecnología de las comunicaciones y la informática, la manipulación de las redes sociales resalta como un elemento fundamental de la estrategia de la derecha fascistoide, cuestión que se vió reforzada por el apoyo brindado por el dueño de la plataforma X. Nada novedoso. En este sentido, Hammond-Errey, director del Programa de Tecnologías Emergentes en el Centro de Estudios de Estados Unidos de la Universidad de Sydney en 2023, escribió: «Pocos actos recientes han contribuido más a convertir una red social en una plataforma segura de desinformación, extremismo y propaganda a favor de un régimen autoritario que los cambios introducidos en Twitter desde que lo compró Elon Musk en 2022». Todo lo cual expone el alcance del interés puesto por la ultraderecha internacional en los asuntos internos venezolanos, a tal punto que no se reconoce la victoria de Nicolás Maduro y se le endilga la presidencia a Edmundo González Urrutia como si sólo a los jerarcas del imperialismo yanqui les corresponde decidir, de un modo arrogante y único, quién debe gobernar este país, usurpando la soberanía del pueblo. Mediante la propagación continuada de narrativas tóxicas a través de estas redes sociales, la derecha fascistoide creó para sus adeptos, dentro y fuera de Venezuela, una plataforma de desintoxicación efectiva contra el cúmulo de hechos y pruebas presentadas por el Poder Ejecutivo y el Fiscal General de la República que, incluso, afectó, hasta cierto punto, la misma percepción de algunas personas afectas al chavismo, las cuales dejaron notar su resentimiento hacia la actitud y la gestión cumplida de unos cuantos gobernantes regionales y municipales. En esta situación, el dominio cibernético por parte de los grandes centros de poder se hizo sentir también en el hackeo perpetrado contra el Consejo Nacional Electoral, causando retrasos en la emisión del boletín oficial de votos, lo que ayudó a la dirigencia derechista a imponer la matriz del fraude; cosa que, hasta el momento, todavía no logra demostrar.

 

Frente a los disturbios promovidos por María Corina Machado, vale rememorar lo escrito por el pastor luterano alemán Martin Niemöller (aunque generalmente se le ha atribuido al dramaturgo comunista Bertolt Brecht), describiendo la verdadera esencia del fascismo: «Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada, porque yo no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada, porque yo no era judío. Luego vinieron por mí, y no quedó nadie para hablar por mí». Y es valedero hacerlo puesto que alguna gente supone que, de llegar a obtener su objetivo, estos grupos de odiócratas, psicópatas y malandros fascistoides sólo se concentrarán en perseguir, golpear y matar chavistas para luego dedicarse a conformar una democracia más amplia y tolerante que la existente. Una Venezuela de ensoñación y dólares por doquier. Ello no es más que la demostración de la falta de argumentos sólidos y razonables por parte de aquellos que avalan este tipo de acciones al margen de la ley; confirmando, una vez más, que los seguidores de la extrema derecha nunca han tenido inclinación alguna por el debate democrático, lo cual les obligaría a aplicar la razón y no la emoción como lo han hecho hasta ahora.

 

Hace casi un siglo atrás, Clara Zetkin afirmó: «Debemos entender que el fascismo es un movimiento de los decepcionados y de aquellos cuya existencia está arruinada. Por lo tanto, debemos esforzarnos para conquistar o neutralizar a aquellas masas que ahora están en el campo fascista. Deseo enfatizar la importancia de que entendamos que debemos luchar ideológicamente por los corazones y mentes de esas masas. […] No nos debemos de limitar a continuar luchando por nuestro programa político y económico. Debemos al mismo tiempo, familiarizar a las masas con los ideales del comunismo como filosofía. […] Debemos adaptar nuestros métodos de trabajo a las nuevas tareas, precisamos hablar con las masas en un lenguaje en el que ellas nos puedan entender, sin perjudicar nuestras ideas». Siguiendo el hilo de sus palabras, muy pocas veces se ha reconocido la importancia del inconsciente colectivo y de las necesidades afectivas socialmente reprimidas en el desencadenamiento de acontecimientos políticos y sociales que muchos catalogan de excepcionales y sorpresivos. Esto, por ejemplo, explicaría la violencia social iniciada el 27 de febrero de 1989 en Guarenas y que se identifica hoy en día como el Caracazo, una reacción en cadena que selló el fin de la hegemonía adeco-copeyana. Por eso, «el objetivo de las guarimbas -destaca el psicólogo y cantor revolucionario José Garcés en su artículo “La balada del absurdo”- no es protestar por un supuesto fraude, es entronizar una visión distorsionada, psicótica y arbitraria de la realidad, para imponer SU realidad, por incoherente que sea». En ello ha influido, aunque se niegue, la falta de profundización en la formación política revolucionaria de quienes están al frente del chavismo, gran parte de los cuales solo se contenta con monopolizar todos los niveles del poder constituido, sin preocuparse por crear las condiciones apropiadas para que se instituya un poder popular realmente revolucionario y democrático. Sería éste, entonces, el talón de Aquiles del cual se han aprovechado los odiócratas, psicópatas y malandros fascistoides que auspician María Corina Machado y sus mentores gringos que, si no se adoptan las medidas oportunas y necesarias, volverán a intentar aterrorizar al pueblo venezolano y a plantearse la caída del gobierno de Nicolás Maduro y, subsecuentemente, la extirpación del chavismo como opción revoluci

onaria.

 

ENTONCES, ¡NOS VEMOS EL 28!

ENTONCES, ¡NOS VEMOS EL 28!

 


Homar Garcés 

 

Se pueden destacar tres cosas mínimas esenciales que se deben hacer durante la presente campaña electoral presidencial, considerando que, luego de casi tres décadas enfrentando todo tipo de situaciones creadas adversas, ésta sería la etapa más peligrosa que atravesaría el chavismo; no sería, por tanto, nada más que la Presidencia de la República. Está en juego la unidad y la continuidad del proyecto revolucionario iniciado por Hugo Chávez. En este caso, del lado del Partido Socialista Unido de Venezuela y sus socios electorales, tendrá que asumir la tarea -con la seriedad que ello merece- de recordarle al pueblo chavista todo lo que hizo Chávez por dignificar su vida, las Misiones sociales, la nueva doctrina militar bolivariana, la nueva Constitución, los nuevos espacios organizativos populares y sociales; además de la necesidad histórica de llevar todo esto a un nivel más elevado, procurando alcanzar la hegemonía de la cual hablara el intelectual comunista italiano Antonio Gramsci. Lo segundo es saber comunicarse con las bases chavistas al explicarles lo que implica toda la estrategia desestabilizadora e injerencista de Estados Unidos y no quedarse en la simple repetición (vacua, por demás) de lo que diga Diosdado Cabello, Nicolás Maduro y todos los demás altos dirigentes nacionales, regionales y locales del Psuv; nuestras realidades personales y familiares son muy diferentes. Ver la pinta y la contextura física de éstos chocan con las de quienes oyen sus discursos. En tercer lugar, más que Maduro, la campaña deben asumirla los movimientos sociales revolucionarios en todos sus espacios, que serían los más interesados en frenar, definitivamente, las apetencias de poder y el servilismo pitiyanqui de la derecha, tanto la electoral como la fascistoide.
En la acera opuesta, es innegable que las aspiraciones presidenciales de María Corina Machado están identificadas y ampliamente respaldadas por los sectores dirigentes imperialistas de Estados Unidos. A esto se agrega el apoyo brindado por los medios de comunicación corporativos que han opacado con la cobertura de sus actos al resto de los dirigentes opositores, en especial a quienes se postularon como candidatos a la presidencia de la república; haciendo ver a la opinión pública que no existe otra opción que la representada por ella, incluso por encima del candidato que está aupando, en lo que es una incongruencia y algo desacostumbrado en el espectro político venezolano, si exceptuamos la tradición seguida por los autócratas del siglo XIX de designar a dedo a aquellos de sus acólitos que le sucederían en el mando. La intromisión descarada de los gobiernos estadounidenses en los asuntos internos de Venezuela es estimulada explícitamente por Machado, sin importarle en absoluto las graves consecuencias que ello ha tenido sobre la vida de la mayoría de los venezolanos, afectados económicamente, muchos de ellos viéndose obligados a migrar a otras naciones en búsqueda de mejores condiciones de vida. Su interés central es acabar de raíz con el proyecto político del chavismo y adherirse incondicionalmente a la ola derechista y la globalización neoliberal que ha tenido cierto auge a nivel continental y mundial; coincidiendo, como ha dejado ver en más de una ocasión, con los intereses encarnados por la Casa Blanca.
Contrariamente a la estrategia que supondría hablar en nombre de Edmundo González Urrutia, el candidato oficial de un sector de la derecha fascistoide, la campaña unipersonal de Machado apunta a su consolidación y visibilidad como la dirigente suprema del antichavismo, lo que trata de reforzar con sus alusiones de llegar "hasta el final", en lo que muchos anticipan un estado de conflictividad mayor al ocasionado por las güarimbas. Mediante esto, busca atraer a los grupos reaccionarios más radicalizados, dispuestos a secundar cualquier acción proveniente de Washington, incluso militar, si ésta sirve para derrocar a Nicolás Maduro; cuestión que anticipa el desconocimiento (como otras veces en el pasado) de los resultados que anuncie el Consejo Nacional Electoral a favor del presidente, dando pie a que su gobierno sea deslegitimado por Estados Unidos y compañía. Esto sería una repetición del esquema adoptado desde hace largo tiempo por los sectores antichavistas, por lo que no sorprende que lo hagan. Con ello refuerzan la percepción y la convicción de quienes apoyan a Maduro de ser víctimas a futuro de persecución y exclusiones en el caso hipotético que Machado y su combo alcanzaran el poder; lo que termina por favorecer al presidente.
Un "detalle" que se procura mantener al margen del discurso electoral de María Corina Machado es el referente al ajuste neoliberal implícito en su plan "Tierra de Gracia", en mucho parecido al enarbolado y aplicado por Javier Milei en Argentina, a pesar del masivo rechazo de los sectores populares que se han visto despojados de varios planes sociales gubernamentales con que paliaban sus limitaciones económicas, luego de culminado el periodo presidencial de Cristina Kirchner. No sería extraño ni exagerado suponer que tal plan contenga una serie de medidas que erradicarían bonos y programas sociales, aplicación a rajatabla del recetario neoliberal del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial a fin de obtener financiamiento externo, lo que se traduce en la hipoteca de la política financiera del país y, de forma preponderante, la privatización de PDVSA y demás empresas y activos públicos; beneficiando con ellas al sector privado de la economía interna y a las grandes corporaciones transnacionales, dando continuidad al saqueo y la explotación de los recursos estratégicos nacionales, de un modo más intenso al seguido durante el siglo anterior. Así que, con todos estos elementos en consideración, no cabe más que esperar los resultados del próximo 28 de julio para despejar la incógnita de los grupos de la derecha fascistoide. Entonces, ¡nos vemos el 28! 

TODA LUCHA DE CLASES ES UNA LUCHA POLÍTICA.

TODA LUCHA DE CLASES ES UNA LUCHA POLÍTICA.

Homar Garcés 

 

A diferencia de lo que se enseña habitualmente en los distintos centros de estudios, la historia humana (y, con ella, del capitalismo, sea cual sea la denominación que se le quiera dar actualmente para diferenciarlo en algo de lo que éste ha sido en siglos pasados) no tiene un desarrollo homogéneo, lineal y evolutivo, sino que fue algo que adquiriría fisonomía propia y centrado inicialmente en la Europa medieval occidental, potenciado por la Revolución Industrial originada en Inglaterra y, luego, expandido por Estados Unidos; ramificándose, posteriormente, al resto del planeta gracias a la acción depredadora, colonialista e imperialista que cada una de estas potencias llevó a cabo en los territorios usurpados de África, Asia y nuestra América. Al escudriñar la historia, podremos apreciar que, desde sus primeros años de formación bajo la sociedad capitalista, al ser humano se le inculca que el principal objetivo en la vida es ganar mucho dinero (con todos los privilegios y disfrutes que esto entraña), alcanzar un cierto reconocimiento social y, de ser factible, ocupar un alto cargo de gobierno, sin bastar un límite moral y ético que lo impida. En su «Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política», Karl Marx escribe que «el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia»; de lo que se deriva que cada persona (incluyendo a quienes promueven un cambio revolucionario de la sociedad en que viven) está expuesta a reproducir la ideología de la clase dominante, lo que hará difícil emprender, con éxito temprano y permanente, cualquier acción o medida dirigida al logro de la Revolución o cambio radical, independientemente del discurso utilizado. Esto último se incrementa en tanto la formación teórica (o ideológica) no esté acompañada por el desmantelamiento del viejo Estado burgués liberal y se concreten realmente unas nuevas relaciones de producción autosustentable, una nueva cultura política y una práctica consciente y organizada de la democracia.

 

En cuanto a la concepción del socialismo como fin último de la lucha proletaria en contra de las múltiples injusticias derivadas de la existencia del sistema capitalista, ésta ha sido, de una u otra manera, estigmatizada sin mucha base, pero con mucho odio, por quienes se muestran contrarios a su posible implementación. Así, la autodeterminación y la autoactividad de la clase trabajadora, vista y comprendida como la autoorganización «desde abajo» de las clases subalternas, siempre fue combatida a sangre y fuego por las clases dominantes, más aún cuando éstas apuntaban a una transformación estructural de la sociedad. Ahora, con la expansión del capital financiero y de los grandes monopolios transnacionales que dominan, sin soberanía nacional ni regla alguna que los limite, el sistema capitalista en general, se impone que esta autodeterminación y esta autoactividad de la clase trabajadora se ajusten a esa realidad, disputándole espacios e influencias a quienes se apropian de recursos, mercados y de la plusvalía generada por ella. La producción, la distribución, el intercambio y el consumo tendrían, por tanto, que verse bajo otros parámetros, en contraposición a los imperantes, lo que supone generar una revolución de tipo estructural, basada en el bien común y en la preservación de la naturaleza como soporte de vida principal del género humano.

 

Frente a la realidad contemporánea, cada trabajador tendría que convertirse, simultáneamente, en un pensador y en un declarado militante anticapitalista, haciendo realidad la relación siempre citada entre «teoría y práctica». Quizás esto no origine el establecimiento de una república de consejos obreros, como lo pensaron los bolcheviques en Rusia en un primer momento, pero sí haría posible el reemplazo del sistema capitalista por algo totalmente distinto a él, no simplemente metaforseándolo, literalmente; lográndose en algún momento de la historia la emancipación anhelada por todos. Esto les facilitará no solo denunciar los niveles de pobreza existentes en cada país, la falta de empleo, la ausencia de servicios públicos adecuados de salud y educación, sino también desentrañar cómo las industrias comunicacionales controladas por las clases dominantes inducen el contenido mediático, de modo que se complique conocer cuáles son sus causas reales. Además de determinar que el neoliberalismo no es la «única» concepción social posible, ni es algo «inevitable» para toda la humanidad, con lo que se ha querido establecer, desde el último tercio del siglo pasado, que llegamos al «fin de la historia», al «fin de las utopías» o al "fin de las ideologías», una vez acabada la Unión Soviética. 

 

Mientras esto sucede, «las políticas de redistribución de ingreso -en afirmación hecha por Guillermo Wierzba en su artículo "Liberalismo y democracia son términos contradictorios. Transformaciones e instituciones"- requieren poner un límite a los derechos de propiedad e implican construir un poder político que sea capaz de subir los salarios por encima de los precios, de recomponer el nivel real de las jubilaciones y otras asignaciones sociales». Será interesante que las organizaciones sindicales y movimientos sociales revolucionarios fueran capaces de manifestar y de exigir unas condiciones similares a sus gobiernos, de manera que no se atiendan únicamente los intereses de la clase empresarial como si los pertenecientes a la clase asalariada no tuvieran la misma importancia que tienen los de aquella. 

 

La afirmación respecto a que «Toda lucha de clases es una lucha política», al igual que «La lucha de clases hace a la historia», no nace de un capricho de carácter intelectual o revolucionario. Ella es parte de una comprensión crítica y objetiva de lo que ha vivido la humanidad a lo largo de los tiempos. Vida, democracia, libertad y justicia social siguen siendo valores y objetivos enfrentados en la actualidad a lo que constituye una dictadura del capital globalizado, teniendo como sus soportes principales, en unas proporciones casi equilibradas, a las grandes empresas trasnacionales y al crimen organizado, mientras el Estado limita su actuación al de mero intermediario (o capataz), encargado de mantener bajo control a las grandes masas que se oponen, en desventaja, a su imposición, lo mismo al colapso ecológico y a la deshumanización que se derivan de ella. Cabe entender, como mínimo, que los sectores hegemónicos del mundo se han sumado a una tácita declaración de guerra contra la existencia de la pluralidad de culturas, opiniones y creencias que representan un obstáculo en sus propósitos de imponer un pensamiento único que garantice la inalterabilidad de esa hegemonía que ahora detentan y que coarta la vida, la democracia, la libertad y la justicia social a que aspiran millones de seres humanos alrededor de todoe el planeta.