Blogia
Homar_mandinga

EL MUNDO DEL CAPITALISMO

La «otra» democracia y la conflictividad social que se esconde

La «otra» democracia y la conflictividad social que se esconde

.
Homar Garcés


Las juventudes de Francia, España, Serbia, Portugal, México, Bharat (antigua India), Bélgica, Ecuador, Chile e Italia han sido protagonistas de una oleada de protestas ocurridas de manera simultánea y espontánea. Ellas han reflejado una serie de demandas que, desde hace décadas, fueron desatendidas por sus gobiernos y que, en la generalidad de los casos, son efectos de la implementación de medidas económicas neoliberales que responden a los intereses de las grandes corporaciones transnacionales y locales capitalistas. Todo lo cual obligó a muchos analistas sociales y políticos a plantearse, con la premura que ello amerita, si dichas protestas revelan las grietas y el final del sistema-mundo bajo el cual existimos. Como todos debiéramos saber, a lo largo de la historia contemporánea, la humanidad ha estado regida —a grandes rasgos— por un conjunto de reglas, principios y premisas comunes que se dan por sentados; es decir, que siempre están asociados a la normalidad con que se cree debe vivir toda sociedad «civilizada». Quienes no acatan este conjunto de reglas, principios y premisas son vistos y castigados en su mayoría como delincuentes; en muchos casos, condenados a purgar años de encarcelamiento en condiciones infrahumanas y sin la debida justicia. Mientras que aquellos que se atreven a ejercer el reclamo legítimo de derechos y de proponer alternativas ante el sistema político, económico y social vigente, son etiquetados como rebeldes e insurgentes, siendo reprimidos, perseguidos, encarcelados y, en situaciones extremas, asesinados por los organismos de seguridad del Estado. En ambos casos, los sectores dominantes no sólo buscan defender y conservar su hegemonía sino también enviar un mensaje atemorizante al resto de la sociedad que paralice sus intenciones de cuestionar y alterar el orden establecido. Es, en síntesis, la expresión violenta de una guerra interna, camuflada bajo la etiqueta de seguridad pública.


La ausencia de un consenso sólido sobre qué son y cómo deben abordarse la democracia y los diversos derechos que su ejercicio genera ha permitido que algunas minorías (sobre todo, económicas, es decir, las ricas) impongan a las mayorías populares sus propios criterios, por lo que estas llegan a convencerse de su propia incapacidad para autogobernarse y gestionar la solución a los diversos problemas y necesidades que estarían padeciendo. A pesar de ello, las mayorías populares intuyen que el tipo de democracia que se les presenta no es adecuada a sus intereses y, por lo tanto, debiera incorporar sus propias visiones de lo que llegaría a ser la democracia y el régimen social bajo los cuales transcurren sus existencias. Y esta percepción, junto con las demandas derivadas de ellas, hace que exista un grado de conflictividad social que, lejos de apaciguarse, tiende a hacerse permanente y, en ocasiones, a multiplicarse, creando una conflictividad y una deslegitimación que podrían desembocar en el derribo de las clases y los estamentos que gobiernan; quedando las opciones entre un golpe de Estado -en un extremo- de los sectores dominantes o -en el otro extremo- una revolución de estirpe popular.


La disgregación moral de la sociedad y, junto con ella, la desconexión emocional frente a las necesidades ajenas, son consecuencias directas de la conducta antisocial, corrupta y antidemocrática acostumbrada de las clases preponderantes y de aquellos que les ha correspondido cumplir funciones de gobierno; lo que justifica que las mayorías quieran y puedan plantearse un cambio de régimen, dada la insatisfacción y la desesperanza que estos les generan. La clase obrera, la clase baja y la clase marginada o subclase (que constituyen las mayorías populares) se ven impelidas a entablar así una lucha desigual con las fuerzas del Estado, siendo éste una maquinaria de opresión y represión hecha a la medida de la ideología y de los intereses de las minorías que manejan el poder.


Aquellos que defienden las circunstancias creadas actuales suelen esgrimir razones inmutables, inflexibles e incuestionables que son intrísicamente hostiles al libre y abierto intercambio racional de opiniones, base de lo que tendríamos que entender como democracia. Si dichas razones se imponen, por la fuerza, por omisión o por argucias legalistas, la democracia se convierte en un remedo de libertades ciudadanas, con los rasgos autoritarios, contrarrevolucionarios y xenófobos que ya se observan en Estados Unidos y en otras naciones cuyos gobiernos los han calcado, secundando a la poderosa nación del norte en todas sus acciones, en lo que conforma una renovación de su condición de Estados vasallos al que aquella los sometiera durante todo el siglo XX. Frente a esta realidad, muchas voces de resistencia han sido acalladas, víctimas del silenciamiento digital y mediático, recurriéndose también a los viejos métodos de represión, los que incluyen la prisión y el asesinato selectivo de luchadores sociales, políticos y comunitarios que se oponen a la voracidad del capitalismo transnacional y a la perpetuación en el poder constituido de grupos y subgrupos que se atribuyen la representación popular, utilizando el voto como recurso de legitimación. Cuando esto no ocurre, algunas de estas voces, provenientes del campo revolucionario, asumen posiciones claudicantes en la lucha por construir la sociedad socialista que han pregonado; otros -por no actuar de igual manera- terminan siendo calificados, como en los tiempos oscuros de la vieja iglesia católica, de herejes o de traidores con quienes se debe rehuir cualquier tipo de trato. De este modo, la clase dirigente evita las críticas que ella considera inadmisibles, quedando todo en un revolucionarismo abstracto o retórico que tiene su efecto opiáceo sobre una gruesa capa de movimientos sociales y partidos políticos de muchas formas dependientes de gobiernos y carentes, además, de una visión y de una praxis realmente renovadoras y revolucionarias.

La clase media se extingue

La clase media se extingue

 

Homar Garcés

La globalización neoliberal capitalista, la creciente automatización del trabajo cognitivo y la concentración de los rendimientos tecnológicos en manos de una minoría cada vez más pequeña de empresarios están causando una serie de cambios que apenas se han comenzado a estudiar con la rigurosidad y la objetividad que se requieren para entender su impacto en la vida de millares de personas a nivel mundial. Aparte de la profundización de la brecha existente entre ricos y pobres, y entre naciones del Norte Global y naciones del Sur Global, la tendencia general parece configurar la disolución de la clase media como categoría social y económica. Para ella (de un modo general, para todos los trabajadores asalariados), el desmontaje de los múltiples beneficios logrados por las luchas sindicales y de los marcos legislativos que regularon el Estado de bienestar y los adelantos técnicos de las industrias que exigían el empleo masivo de mano de obra calificada (operarios, técnicos, contabilistas, administradores, supervisores) tienen una incidencia directa en su existencia, frente a lo cual no parece haber alternativa.

Hay un cambio estructural a favor de la fracción que es dueña del capital y de las diferentes plataformas digitales, cuya máxima ambición es controlar gobiernos, mercados, territorios y la tecnología más avanzada, representada por la Inteligencia artificial. Esto causa una incertidumbre en relación con la seguridad y el futuro de quienes han trabajado gran parte de sus vidas a diferencia de aquellos que tuvieron un destino similar en décadas pasadas, teniendo la oportunidad de que sus descendientes accedieran a educación, salud, viviendas, recreación, alimentación, tecnología de uso doméstico y servicios públicos indispensables. Tal cosa obliga a los integrantes de la clase media a adoptar una visión cortoplacista y a confiar en las propuestas de la derecha extremista, cuyos representantes se aprovechan de esa necesidad de seguridad y de estabilidad económica inmediata, a cambio de la derogación de sus derechos.

Yuval Noah Harari, en su libro Homo Deus, realizó un análisis que tiene rasgos de advertencia y, para algunos, de pesimismo en cuanto a qué le depara el futuro a la clase que conocemos como clase media, devenida en una económicamente irrelevante. De acuerdo a sus conclusiones, se elimina el trabajo de complejidad media mientras el de baja complejidad persiste con salarios mínimos y una élite que posee o diseña los sistemas captura el valor generado. Es, en síntesis, una polarización que empieza a hacerse visible ya en varios países, lo que varía y complejiza la lucha de clases y, por supuesto, las opciones revolucionarias derivadas de la misma. Plantea, además, el escritor israelí el fin del valor económico humano, lo que ocasionará un excedente económico que ya no requerirá de trabajadores explotados, resultando, en consecuencia, innecesarios. Una cuestión que, de algún modo, tocó el intelectual Ignacio Ramonet durante su ponencia presentada en el XXX Seminario Internacional Los partidos y la Nueva Sociedad, realizado en la Ciudad de México, el 9 de octubre de 2026.

Hay, de hecho, una separación entre una minoría que dispone de capital, capacidades adquiridas de alto nivel (gracias al tipo de educación de élite recibida) y redes de acceso político, económico y social que le garantizan surgir, consolidarse y expandirse entretanto la mayoría se mantiene abajo, sometida a una precariedad estructural que se pretende simplificar con la aplicación de medidas parciales que impliquen mayores ingresos e inversiones, pero que no terminan por solventar el problema de fondo. La complejidad que se presenta busca ser superada mediante salidas autoritarias que rozan el fascismo más puro. En su lugar, otros proponen la conformación de nuevas instituciones democráticas y una mayor distribución del poder, lo que exige la participación de un nuevo tipo de ciudadanos, dotados de una educación más acorde con el cambio estructural naciente y siendo capaces de reducir las brechas que actualmente estarían condenando a la clase media a su extinción como tal.

La inesperada enemiga de la humanidad

La inesperada enemiga de la humanidad

Homar Garcés 

El Alto Comisionado de la Organización de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, advirtió en fecha reciente que el desarrollo de modelos acelerados de inteligencia artificial pone en riesgo la vida de millares de personas, así como todos los derechos humanos en lo que respecta a la privacidad, la salud, la alimentación y la seguridad. En igual sentido, se pronunciaron Jacob Coxon (ex empleado de Anthropic), Geoffrey Hinton (conocido como el padrino de la Inteligencia Artificial y ex empleado de Google). El debate sobre la regulación de la inteligencia artificial en sí no es de reciente data, sin embargo, el interés puesto en el mismo da cuenta de la inquietud que abruma a mucha gente sobre sus alcances y consecuencias sin control humano. Todos ellos alertaron públicamente que los modelos de IA en desarrollo estarían ya en capacidad de actuar de forma autónoma, cuestión que podría afectar el funcionamiento de servicios esenciales, de líneas de comunicaciones, infraestructuras críticas e, incluso instituciones democráticas, especialmente en manos inescrupulosas que llegarían a controlar, de forma peligrosa, la normalidad cotidiana de cualquier país que no responda a sus intereses, como podría suceder con los magnates de las principales plataformas de telecomunicaciones e internet, algunos de los cuales han expuesto de manera abierta en foros y entrevistas el modo en que conciben el futuro de la democracia y el manejo de los Estados, excluyendo a las mayorías populares. Además de esto, no se descarta la activación de armas que funcionan automáticamente, lo que incrementa la posibilidad de una destrucción masiva de centros poblados alrededor del planeta, en un estado de guerra total solo concebible en muchas películas de ciencia ficción. 

Frente a la posibilidad de pérdida de control sobre la Inteligencia Artificial algunos expertos aconsejan retardar o moderar el lanzamiento comercial de nuevos modelos y establecer protocolos y auditorías cruzadas de seguridad. Lo significativo es que Elon Musk (X, Tesla y SpaceX), Dario Amodei (Anthropic), Sam Altman (OpenAI) y Demis Hassabis (Google DeepMind), coinciden en esta propuesta. Como se desprende de un artículo publicado por el canal de televisión Telesur (Desarrolladores y la ONU alertan por riesgos de agentes autónomos de IA), «expertos del sector que la transición de la IA generativa (orientada a crear contenidos) hacia la IA agéntica (diseñada para ejecutar tareas complejas de manera autónoma) incrementa la imprevistibilidad de los sistemas en infraestructuras clave como energía, finanzas y transporte». Para algunos analistas algo de esto ya estaría ocurriendo y citan el crimen de guerra perpetrado contra la escuela de niñas de la ciudad de Minab en Irán, además de lo aplicado con drones contra los palestinos en Gaza con el sistema de Inteligencia Lavender. Pero, en medio de lo difundido aparece la investigadora y especialista en ética tecnológica Timnit Gebru, quien declaró que las narrativas sobre la extinción humana a causa de la inteligencia artificial son una distracción deliberada. Afirmó que esto manipula la atención pública en relación con los impactos negativos del uso de esta tecnología, con lo que conseguirían atraer mayores inversiones. 

Aparte de lo anteriormente señalado, está el tema del uso de la IA y el enorme consumo de agua que esta requiere para que sus servidores automáticos funcionen y se mantengan a una temperatura adecuada. Según algunas estadísticas, «los centros de datos consumieron 222.000 millones de litros de agua para refrigeración en 2025 y, sin medidas para reducir su uso, la cifra podría acercarse a los 644.000 millones en 2030» (Héctor Sosa, editor de Motor Económeico); sin mencionar lo mismo en cuanto al consumo excesivo de electricidad. Esto representa un grave daño ecológico que, adicionalmente, terminará por perjudicar a las poblaciones aledañas, aumentando la problemática social, económica y política existente, pero que es eludido bajo la excusa de las grandes inversiones que se harán para su pleno funcionamiento, como pasa con OpenAI y Sur Energy en la región de Patagonia, Argentina.

Una consecuencia visible más es el reemplazo de los seres humanos en muchas empresas por robots coordinados por la Inteligencia Artificial, condenando a millares a la condición de desempleados. De igual forma, es bastante probable que ocurra la sustitución, digámoslo así, de la capacidad intelectual y crítica de las personas para la comprensión de los acontecimientos que tienen lugar en el mundo, así como para la elaboración de literatura, artes visuales y afines, cosa que es reforzada por la adicción a las plataformas de internet. Las corporaciones de los datos tienen entre manos, evidentemente, planes que no comparten la solución definitiva e inmediata de los muchos problemas que confronta actualmente la humanidad. Su alineación con posiciones ideológicas autoritarias y fascistas es prueba de ello, por lo que suponer que el uso y desarrollo de la Inteligencia Artificial estarían encuadrados con esto no es nada descabellado. Según el punto de vista compartido de Tica Moreno y Luiz Zarref (autores del artículo Multimillonarios de la tecnología se unen contra la soberanía digital del Sur Global. La pelea contra la “amenaza” china), «el punto determinante para las fuerzas revolucionarias está, por lo tanto, en entender cómo surge una nueva burguesía al controlar estos nuevos medios de producción, y cuál es la visión del mundo que esta nueva burguesía buscará imponer para seguir acumulando a partir del saqueo de la naturaleza y de la explotación de la capacidad productiva y reproductiva de las masas explotadas». Con esto presente, no será difícil calificar la amenaza que pende sobre el destino humano y entender por qué la Inteligencia Artificial podría convertirse en su inesperada enemiga.

Cyberfascismo y alienación digital

Cyberfascismo y alienación digital

Homar Garcés 

En un artículo, El poder de hackear las mentes, escrito por Sally Burch éste señala: «vale recordar que, a fines de los años ‘80, el Consejo para la Seguridad Interamericana adoptó el Informe Santa Fe II titulado: “Una estrategia para América Latina en los 90”, que, con miras a contrarrestar lo que llamaba el “estatismo”, establece como necesario combatir a aquellas agrupaciones e iniciativas que promueven la concientización, con un sentido solidario y crítico a los poderes establecidos (hacen referencia al Gramsci-comunismo, a la Teología de la Liberación, incluso a la educación y comunicación popular). Para ello, plantea una política de conflictos de baja intensidad (CBI), cuyo componente básico es una estrategia militar que –más allá del aniquilamiento físico– busca doblegar al enemigo ganándose la “mente y los corazones” de la población; y cuando ello no es posible, quebrándole lo último que le puede quedar: la esperanza. Una fórmula que apunta a conjugar la fuerza y el consenso para dominar, con las consecuencias nefastas que hemos vivido». En muchos aspectos, para asegurar esta situación (que se ha perpetuado a través del tiempo con pocas variaciones) son indispensables el control económico continuo, la división interna de los pueblos y la colonización de sus mentes; en este último caso, a través de la desinformación que llevan a cabo granjas de troles, bots y cuentas automatizadas que saturan el debate público desde distintos puntos, al mismo tiempo. Se quiera creer o no, esta es la realidad que se está haciendo cada vez más evidente en cada uno de nuestros países, dominados en la distancia por grandes corporaciones capitalistas, asentadas principalmente en Estados Unidos, en un proceso acelerado de neocolonización y de extractivismo digital.

Para conseguir este propósito, explota lo que puede retener la atención de las personas que acceden, de una u otra forma, a las distintas redes de internet existentes, ocasionando que muchas de estas personas canalicen sus rabias, sus impotencias, sus vacíos existenciales y sus frustraciones contra determinados individuos o grupos sociales, políticos y étnicos; lo mismo que en sentido contrario, con sus ídolos y tendencias de moda. Para el sistema capitalista, caracterizado, en líneas generales, por relaciones de dominio y de explotación, es vital moldear la conciencia, el lenguaje, el conocimiento y la conducta de los individuos, convirtiéndolos en seguros consumidores y haciendo que su subjetividad esté centrada en sí mismos, con poco o ningún apego a cualquier rasgo o sentido de humanidad, de solidaridad y/o de comunidad; justamente el tipo de individuo que requiere el neoliberalismo capitalista para su reproducción y vigencia. En este sentido, dichas corporaciones se hallan enlazadas con los centros de poder hegemónicos y participan en el diseño de sus estrategias de guerra y dominio, como lo admitió públicamente la empresa de software y análisis de datos Palantir Technologies, declarando la muerte de la democracia liberal y el auge del tecnofascismo como nuevo orden mundial, proponiendo para ello la «República Tecnológica», todo con el objetivo de mantener y ampliar el poderío global del imperialismo yanqui, resaltando a Estados Unidos como el único promotor de valores progresistas, suprimiendo u ocultando su largo historial de violencia, discriminación, asesinatos selectivos, guerras y millares de víctimas alrededor del planeta. Tal como se pretende lograr con la imagen del Estado sionista de Israel, el cual ha desarrollado un programa cibernético que identifica blancos potenciales entre la población palestina y los ejecuta automáticamente.

El cyberfascismo (que algunos denominan también tecnofascismo) es la más pura manifestación del capitalismo. Fusiona peligrosamente el poder tecnológico-corporativo con el poder estatal (como ocurre en Estados Unidos). Esto podría tener consecuencias nefastas para que siga funcionando debidamente la democracia, imponiéndose un control y una violencia extremados, invocando asuntos de seguridad nacionales. Así, no es nada descartable que la arquitectura de toma de decisiones e infraestructura digital, acabe por automatizar la represión; lo que podría hacerse de una manera individual o colectiva, dada la enorme cantidad de datos suministrados gratuita e ingenuamente por los millones de usuarios de internet, lo que facilita conocer la ubicación y el perfil psicológico de aquellos que serían perseguidos de manifestar algún tipo de descontento con el sistema imperante. Nos encontramos, en consecuencia, en una fase histórica donde el consumo y la distracción tecnológica son las principales herramientas de la infraestructura digital con que el capital se ha dado a la tarea de recolonizar la conciencia humana, amenazando la libertad de todos.

El capitalismo del siglo XXI y la nueva izquierda revolucionaria

El capitalismo del siglo XXI y la nueva izquierda revolucionaria

 

Homar Garcés

 

En su artículo «¿A dónde se fue el comunismo?», Héctor Meléndez, profesor de la Universidad de Puerto Rico, expresa: «El régimen occidental tiene más de quinientos años y posee innumerables mecanismos de reproducción. Es un amplio espacio de relaciones financieras, educativas, militares, políticas, mediáticas y comerciales. Su epicentro es el Atlántico norte, pero su influencia difícilmente se reduce a Estados Unidos y Europa. Occidente no trata sólo de billonarios y millonarios. Incluye sectores populares y clases medias que participan activamente en inversiones de dinero, cuyas ganancias –que a veces complementan el salario– y amplio consumo alimentan el consenso hacia la política imperialista. Le ayudan a legitimarse sus tradiciones de narrativa, espectáculos e idealización de la subjetividad». En atención a esta reflexión, cabe resaltar lo escrito por Rosa Luxemburgo: «El marxismo es una cosmovisión revolucionaria que constantemente tiene que luchar por nuevos conocimientos, que no hay nada que desprecie tanto como el aferrarse a formas que alguna vez fueron válidas, que conserva su fuerza vital de la mejor manera en la crítica y en el tronar de la historia». Entre ambos puntos de vista, se podrá ubicar la comprensión del capitalismo del siglo XXI y la nueva izquierda revolucionaria, lo cual requiere adquirir una nueva visión de las cosas, más apropiada a la coyuntura histórica que vive el mundo contemporáneo. En especial ahora cuando en el horizonte mundial comienza a delinearse el control de los monopolios corporativos sobre las naciones y las instituciones del Estado, con Estados Unidos sirviendo de vanguardia, con la finalidad principal de brindarle un mayor margen de acción y de ganancias exorbitantes a sus empresas, sin intervencionismo estatal que las regule.

 

Tomando eso en cuenta, el problema de la transición al socialismo revolucionario requiere establecer un debate con toda la audacia, el espíritu crítico y el rigor científico que exige el plantearse la transformación estructural del Estado, de la economía y del modelo de sociedad vigentes (incluyendo su aspecto cultural y espiritual). No puede limitarse a un simple cambio de nombres, consignas y de gobierno. Tiene que ser algo integral y constante. De lo contrario, dejará de ser revolucionario y, en consecuencia, dejará de ser una alternativa ante el orden capitalista reinante. Bajo el sistema capitalista todos los actores sociales que participan en el proceso productivo están -de cualquier modo- sujetos a la reproducción de la ganancia que corresponde a los dueños del capital y de los medios de producción (incluyendo la explotación de su fuerza de trabajo) en un ciclo que pareciera normal y eterno, sin posibilidades reales de cambio. Así, desde la época en que Karl Marx y Friedrich Engels redactaron el Manifiesto Comunista hasta la época actual, a través del socialismo revolucionario se ha planteado que tal sistema de desigualdades, injusticias y expoliación indiscriminada de las personas y de la naturaleza sea superado, dando entonces nacimiento a un nuevo tipo de civilización en el cual prevalezca siempre el desarrollo integral del individuo y de la comunidad, en igualdad de derechos, obligaciones y oportunidades, sin dominación alguna del mercado y el capital, abarcando la preservación de la naturaleza; algo que se considera utópico, es decir, inviable o difícil de realizar, pero que no deja de ser posible ni ha dejado de inspirar las luchas sociales.

 

En el mundo contemporáneo son muchas las disyuntivas que se le presentan a quienes fomentan la instauración de la Revolución Socialista en sus países, entre ellas, el cómo contener la oleada ultraderechista y autoritaria que parece extenderse sin control alguno como opción ante los diversos problemas que confrontan los sectores sociales. A imitación de la III Internacional Comunista, en la última década ha surgido una internacional reaccionaria que cuenta con el apoyo del multimillonario Elon Musk, propietario de la plataforma digital X, quien utiliza este medio para influir en las preferencias electorales en diversas naciones (tales como Estados Unidos, Inglaterra o Alemania), de modo que resulten triunfadores los candidatos de su preferencia, siendo Donald Trump el mejor ejemplo de ello. Sin más ideología que la basada en el autoritarismo y el odio hacia todo lo que represente progresismo, cambio o revolución, sus representantes quieren imponer una visión del mundo, ajustada a lo que sería la lógica del capitalismo neoliberal en su versión más extrema; para lo cual no dudan en destruir los cimientos de la democracia liberal que ha perdurado desde el estallido de la Revolución Francesa de 1789 y plantean el surgimiento de un nuevo orden mundial, reemplazando al instituido tras el final de la Segunda Guerra Mundial, con la Organización de las Naciones Unidas.

 

El capitalismo en su fase actual, «ha instalado en el imaginario colectivo la falsa idea de que el éxito es un derecho individual desvinculado de cualquier compromiso social. La meritocracia es la gran ficción del capitalismo tardío, que vende como superación lo que en realidad es privilegio de cuna o azar del mercado», como bien lo dictamina Javier F. Ferrero, en «Cómo el neoliberalismo allanó el camino al fascismo en Estados Unidos». Sometidos al albur de las coyunturas del mercado y a las múltiples innovaciones que se producen en los campos científicos y tecnológicos, reflejados en el uso cada día más frecuente de la informática y maquinarias de alta tecnología por parte de las empresas, los trabajadores están llamados a adquirir un mayor grado de conciencia clasista y de organización para entender y confrontar adecuadamente los múltiples desafíos impuestos por el capitalismo neoliberal a nivel local y global. Esta comprensión es parte esencial de la acción y del programa de lucha de la nueva izquierda revolucionaria, lo que exige de ella, al mismo tiempo, una revisión exhaustiva de su forma organizativa y de sus postulados teóricos o ideológicos, sin que esto represente una claudicación frente al orden burgués liberal establecido y, menos, refutar su esencia emancipatoria.

Maquiavelo en el siglo XXI

Maquiavelo en el siglo XXI


Homar Garcés 


A Nicolás Maquiavelo se le atribuye, sin mucho o ningún conocimiento de su vida y de su pensamiento, toda maldad que pueda desatar y protagonizar cualquier político en las alturas del poder, como algunos acostumbran decir, ya sea que encabecen un régimen abiertamente dictatorial y fascista o uno de apariencia moderada y democrática, como se pudiera ejemplificar al estudiar concienzudamente la historia particular de cada una de las naciones que conforman Nuestra América-Abya Yala-Améfrica Ladina (lo mismo valdrá para los demás continentes) y que, a lo largo de la presente década, pareciera excederse, teniendo como su principal referente lo que sucede en Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump. Adentrándonos en pleno siglo XXI, observamos con cierto aire de naturalidad cómo el capitalismo ha adoptado unas nuevas formas de explotación, de manipulación ideológica, de destrucción y de muerte que han erosionado enormemente los valores que cimentaron durante más de cien años el concepto de la democracia. Este momento histórico -pese a las particularidades de época, costumbres y sociedad- pareciera revitalizar lo expuesto por Nicolás de Maquiavelo en su obra cumbre, «El Príncipe», aunque lo hecho por las nuevas clases políticas, tecnócratas y financieras del mundo para ampliar y consolidar su hegemonía difiera algo en métodos, no así en cuanto a objetivos, con lo descrito por el político y filósofo florentino en su controvertido libro. Como muchos especialistas agudos de la vida y obras de Maquiavelo lo han determinado, leer a Maquiavelo genera una confrontación entre lo que es la política real y las ficciones normativas acostumbradas desde siempre.


Víctima del manido adagio de «el fin justifica los medios», Nicolás de Maquiavelo en sí no hizo más que develar el arte de lo eficaz dentro de lo que cabe denominar política y Estado; resaltando un pragmatismo que se ubica por encima de la moralidad y del idealismo divulgados, respectivamente, por el cristianismo (incluido el protestantismo) y los filósofos clásicos de la antigüedad greco-romana. Que esto sea calificado de moral, inmoral o amoral sólo dependerá de nuestra propia convicción ética y moral (muchas veces oculta, disfrazada, a los ojos de los demás). Siendo así, la disyuntiva que se nos presenta la abordaríamos según la escala de valores que definiría nuestras personalidades. Sin embargo, sí es preciso extraer de su teoría política aquellos elementos que nos podrían servir para comprender apropiadamente la lucha por el poder y las consecuencias que esta tiene en nuestra vida individual y colectiva, aún cuando queramos mantenernos al margen de ella. Por eso, al participar en el análisis de lo que son los regímenes instaurados en una gran parte de la Tierra no se pueden contemplar nada más sus rasgos y discursos absolutamente reaccionarios, limitándolos a una simple comparación con el nazismo y el fascismo europeos de hace una centuria atrás; lo que deja en evidencia cierta pobreza (y hasta pereza) intelectual al respecto. Esto exige, según lo han determinado de forma unánime muchos analistas, historiadores y teóricos revolucionarios de izquierda, discernir que los fundamentos del ejercicio del poder apenas poseen alguna diferenciación entre sí, salvo la retórica propagandística utilizada por cada régimen, indistintamente de su origen, lo que haría necesaria y comprensible su completa sustitución por un régimen en el cual prevalecerían la soberanía, la participación, la organización, los intereses y el protagonismo de las mayorías populares.
Según Antonio Gramsci, de la lectura de El Príncipe se desprendería la tarea histórica de la construcción de una nueva hegemonía (de raigambre popular, no oligárquica o burguesa) y de un bloque histórico con que se alcance una radical transformación social. El Príncipe, por tanto, no estaría dirigido a la instrucción de gobernantes inescrupulosos y ambiciosos sino al fragmentado pueblo italiano de aquel entonces, desperdigado en diferentes dominios eclesiásticos e imperialistas, lo cual requería la acción de un príncipe (para Gramsci, un partido político revolucionario) que lo uniera en una sola nación, una sola voluntad y un mismo proyecto político. No se trataría de una mera abstracción ideal, alejada de la realidad, sino de una praxis revolucionaria orientada a resultados concretos. En el tiempo presente no tendría nada de raro que los aportes maquiavelianos y gramscianos puedan conjugarse en el logro de tan importante tarea histórica, al margen de las victorias que podrían exhibir en la actualidad los grupos hegemónicos del mundo junto con sus subordinados locales (sin exclusión de aquellos que los adversan, siendo también gobiernos), acallando y persiguiendo disidentes, sin que existan mediaciones de ninguna clase.


El surgimiento casi simultáneo de un Yo autoritario y colectivo en una serie de naciones -superando los cánones tradicionalmente atribuidos al nazi-fascismo, pero que son partes intrínsecas de la Modernidad, que es decir del pensamiento eurocéntrico, representa un serio desafío para quien se pronuncie a favor de una revolución de nuevo tipo, o socialista. No bastará la simple denuncia ni el etiquetamiento de las clases dominantes (tradicionales o, en apariencia, progresistas y revolucionarias), al modo de décadas pasadas. Al respecto, hoy vemos -hasta cierto punto, impávidos- cómo todos los logros obtenidos por la individualidad y la razón desde finales de la Edad Media en suelo europeo y luego extendidos al resto de los continentes durante los siglos XIX y XX, son ofrecidos en holocausto, de una manera irracional, ante los pies de barro de los ídolos nuevos de la política, sin ningún remilgo frente a lo que representan su conducta, su moral, sus verdaderos intereses de clase y sus medidas autoritarias y represivas. Los radicalismos de derecha no son fenómenos casuales ni la consecuencia de los temores ante la factibilidad triunfadora del comunismo o socialismo revolucionario. Ellos son manifestaciones de la naturaleza de lo que llamamos comúnmente poder. Esto lo comprendió Nicolás de Maquiavelo en su tiempo, de una forma descarnada y fría, con un estilo, si cabe, impersonal, sin que ello significara abandonar sus propias convicciones republicanas. Es, sin querer ser trágicos ni pesimistas, un destino inevitable, enraizado a la visión del eurocentrismo que muchos comparten, sin mucha conciencia del mismo, lo cual explica las expresiones de supremacismo, racismo, xenofobia, aporofobia, homofobia y misoginia afloradas por la extrema derecha en estos últimos años. No es cuestión forzada equiparar entonces cada ejemplo señalado en El Príncipe con Donald Trump, Benjamin Netanyahu, Javier Milei, Nayib Bukele o Daniel Noboa (lo mismo se aplicaría en relación con aquellos que, ideológicamente, serían sus contrarios); lo que contribuiría a resaltar la vigencia de los aportes maquiavelianos a la teoría política en un sentido amplio y realista.

LA RELIGIÓN Y LA AMENAZA A LA LIBERTAD HUMANA

LA RELIGIÓN Y LA AMENAZA A LA LIBERTAD HUMANA

 

Homar Garcés
La religión es, sin lugar a dudas, la forma más extendida de superstición alrededor de todo nuestro planeta. La causa primera de todas las guerras de conquista. Incluso, de aquellas que son justificadas bajo argumentos más «plausibles», como la defensa del «mundo libre» frente a las acechanzas del comunismo. Para muchos, el significado de la religión se traduce en consuelo, bienestar, reducción de estrés y de culpas (ciertas o inducidas), además de la identidad particular que proporciona a cada individuo o comunidad respecto al resto de sus congéneres, diferenciándolos en muchos aspectos y ubicándolos, generalmente, en una posición de primacía al proclamar que su «Dios» es el único verdadero y, frente al cual, no hay otros dioses que adorar. En su libro «El espejismo de Dios», el biólogo británico Richard Dawkins plantea que «las personas devotas han muerto por sus dioses y han matado por ellos; han azotado sus espaldas hasta sangrar, se han jurado así mismas una vida de celibato o de silencio, todo al servicio de la religión. ¿Para qué sirve todo esto? ¿Cuál es el beneficio de la religión?». Aparte de esta descripción, la religión está ahíta de creencias que contradicen categóricamente la razón y los hechos científicos que la sustentan; incluso sostenidas por personas que, por su profesión o grado académico, debieran ser las primeras en mostrarse escépticas ante las mismas. Esto hace que la credulidad humana (creer sin evidencias) normalmente se halle saturada de fantasías religiosas que desafían cualquier noción de racionalidad y bordee los límites del fanatismo y de la locura. A tal efecto, es conocida la tradición de los presidentes de Estados Unidos que han recibido mensajes de «Dios», ordenándoles, por ejemplo, la invasión de Irak, en el caso de George W. Bush. Esto produce una credulidad servil que es aprovechada, en muchas ocasiones, en términos de nacionalismo o patriotismo (estimado como virtud absoluta), por quienes están al frente del Estado y de la política en su propio beneficio; una cuestión que se ha hecho común en las últimas décadas, en busca de capital electoral.
Las masacres genocidas perpetradas en nombre de la religión son los episodios de las acciones humanas que más resalta la historia. Principalmente en lo que se conoce como civilización occidental y cristiana. Sobre este punto, John Hartung señala que «la Biblia es una guía para la moralidad de grupo, completada con instrucciones para el genocidio, para la esclavización de los grupos ajenos y para la dominación del mundo». La religión amplifica y exacerba la división histórica entre muchas naciones, como ha ocurrido en Bharat (India), Medio Oriente y Kosovo, por citar aquellos escenarios donde la violencia ha sido extrema. Para aquellas personas (religiosas o no) que ven en este cuestionamiento a la influencia de la religión en la realidad diaria del mundo un ataque desconsiderado y, por tanto, inaceptable, habrá que citarles lo escrito en «Por qué no podemos ser cristianos (Y menos aún católicos)» por Piergiorgio Odifreddi: «el anticlericalismo constituye más una defensa de la laicidad del Estado que un ataque a la religión de la Iglesia». Todo ciudadano puede profesar el credo que mejor se avenga con sus gustos e inteligencia. Lo que no puede, ni debe, admitirse es que, en nombre de sus dioses y de la libertad religiosa, omitan y coaccionen el derecho de los demás a tener su fe o, en sentido contrario, a proclamarse ateos o agnósticos, sin que esto suponga la justificación para impedírselo o, en el caso extremo, para decretar su eliminación física, como podría ocurrir en los países de raigambre islámica.
Karl Marx, en su obra «Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel», ataca los efectos perniciosos y alienantes de la religión como institución entre los sectores populares. En ella expone: «La miseria religiosa es, a la vez, la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el sentimiento de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación sin alma. Es el opio del pueblo. Se necesita la abolición de la religión entendida como felicidad ilusoria del pueblo para que pueda darse su felicidad real. La exigencia de renunciar a las ilusiones sobre su condición es la exigencia de renunciar a una condición que necesita de ilusiones. La crítica a la religión es, por tanto, en germen, la crítica del valle de lágrimas, cuyo halo lo constituye la religión». Para muchos, es prueba fehaciente del ateísmo que carcomería el alma de Marx y de aquellos que lo secundan en el propósito de abolir la división de clases sociales y la explotación del proletariado por los dueños de los medios de producción; reflejada en la acusación de ser la religión «el opio del pueblo», pasando por alto todo lo referente a que ésta es «la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real». No hay más que releer en los Evangelios lo dicho, supuestamente, por Jesús de Nazareth para darse cuenta de que hay una profunda diferencia o contradicción entre lo que representa su mensaje de redención y el predicado por los representantes de la cristiandad (católicos, protestantes y demás derivados), sirviendo éstos de soporte al modelo civilizatorio creado según los intereses y la ideología burguesa capitalista.
Como lo expone Gore Vidal, ensayista y periodista estadounidense, «el gran mal inmencionable del centro de nuestra cultura es el monoteísmo. Surgidas de la bárbara Edad de Bronce, conocida como Antiguo Testamento, han evolucionado tres religiones antihumanas: el judaísmo, el cristianismo y el islam. Son religiones con dioses en el cielo. Son, literalmente, patriarcales —Dios es el Padre omnipotente— , y de ahí el aborrecimiento de las mujeres durante dos mil años en aquellos países afligidos por el Dios celestial y sus terrestres delegados masculinos». Aparte de su dosis de superstición, la religión genera intolerancia y persecución, siendo estos dos de sus rasgos más evidentes que se tratan de imponer  en nombre de la libertad religiosa, aún cuando muchos Estados se proclaman laicos constitucionalmente. La explotación política del celo religioso mostrado por alguna gente ha conducido a los gobernantes más recientes de Estados Unidos, Brasil y Perú, entre otros, a actuar de una manera intolerante e irracional, desconociendo los principios que sostienen la democracia; predisponiendo a las masas crédulas o fanatizadas a aceptar abiertamente el establecimiento de una teocracia. En todo ello se evidencia la tendencia de pervertir el sentido común de la democracia y de la moral, amenazando todo lo que implica la libertad humana.
 
Una verdad poco apreciada y difundida es que las personas religiosas no difieren mucho en sus intuiciones morales de aquellas que se consideran ateas y agnósticas. Sin embargo, entre ambos grupos se han erigido barreras que hacen ver que entre estos y quienes son religiosos (más propensos, aparentemente, a tener una conducta moral mayor que aquellos que no lo son), por lo que es lícito segregar y atacar a los primeros, obligándolos a su conversión, de forma parecida a la lograda en España con judíos y musulmanes y, tiempo más tarde, contra los pueblos originarios en toda la gran extensión geográfica de nuestra América. Bien lo dijo el reformador religioso Martin Lutero: «La razón es el mayor enemigo que tiene la fe; nunca viene en ayuda de las cosas espirituales, aunque más frecuentemente lucha contra la Palabra Divina, tratando con desprecio todo lo que emana de Dios». Quienes se comportan de acuerdo con este tipo de fe imperialista y absolutista -interpretando de forma literal el contenido de sus libros sagrados, sin posibilidad de error- no muestran un ápice de aceptación de pluralismo en la sociedad o país que aspiran dirigir; lo que los empareja, sin duda, con quienes quisieron hacer del fascismo la nueva religión de Europa y, por consiguiente, del mundo conocido.

 

ÉTICA Y POLÍTICA: UN CONFLICTO ENTRE BANDOS OPUESTOS

ÉTICA Y POLÍTICA: UN CONFLICTO ENTRE BANDOS OPUESTOS

Homar Garcés

 

A través de la historia no ha habido ningún personaje que haya sido del todo justo y bueno aunque su imagen actual sea la de un santo o la de un héroe digno de emular por todos. En el pasado, los sectores populares solían exigir, generalmente, de quienes les gobiernan (especialmente en regímenes que proclaman la soberanía popular como el eje central de sus actuaciones e intereses) formas ejemplares de ser y de comportarse. Sin embargo, todo eso empezó a relativizarse y relajarse, dependiendo del momento y del tipo de dirigentes o gobernantes cuestionados y hallados culpables de cometer alguna clase de inmoralidad. En Estados Unidos, «paradigma» de la democracia mundial, por citar solo dos ejemplos, el presidente Richard Nixon tuvo que renunciar al cargo luego que se demostrara su responsabilidad al ordenar a funcionarios de seguridad espiar en las oficinas del comando nacional de campaña del Partido Demócrata, en lo que se llamó el escándalo de Watergate; mientras que al presidente Bill Clinton se le eximió de ser condenado por los tribunales que lo investigaron por mantener una relación sexual con Mónica Lewinsky. Otros casos podrían citarse, algunos vinculados con el crimen organizado, como en Colombia con el narcotráfico y el paramilitarismo durante las presidencias de Álvaro Uribe Vélez e Iván Duque Márquez. O en la vieja Italia con Silvio Berlusconi. En conjunto, la desafección y la deslegitimación de la actividad política viene aparejada por el relajamiento producido en la conducta de aquellos que acceden a las cúpulas del poder, aprovechándose de la buena fe y de las necesidades de quienes les otorgan, confiados, su voto.

 

Hay que entender que en cualquier latitud del planeta, el fin primordial de la política sigue siendo, sencillamente, la conquista del poder. No entenderlo así sería pecar de ingenuo, creyendo en el paraíso prometido, pero bajo parámetros terrestres. En síntesis, la conquista del poder supone la existencia de un conflicto entre bandos opuestos, ya sean organizaciones político-partidistas o clases sociales, que, normal y aparentemente, se fundamenta en el logro supremo del bien común. Aristóteles, uno de los padres de la filosofía occidental europea, al vincular la ética con la política, expresaba que “conducirse éticamente significa querer el bien por sí mismo. El bien es ciertamente deseable cuando interesa a un individuo, pero se reviste de un carácter más bello y más divino cuando interesa a un pueblo y a un Estado”. Una concepción de virtud y vida buena que se ha visto rebasada y, hasta, ridiculizada por la moral imperante en el mundo político contemporáneo, haciéndola ver como algo arcaico e innecesario; todo lo cual incide en el comportamiento observado entre gobernados y gobernantes, tocados todos por el deseo de acceder a una existencia fácil y confortable, al alcance de la mano.

 

Como ya lo anotáramos, la política -entendida como el arte de un buen gobierno republicano- ha sido trastocada por intereses particulares, unidos a intereses comerciales usualmente extranjeros, pero que también pueden asociarse a conglomerados internos; lo que ha hecho de la misma un trampolín seguro para alcanzar un statu de riqueza que, de otra forma, resultaría difícil de disfrutar. Por eso, la justificación de la utilización de medios moralmente dudosos en la política no solo halla espacio en la mentalidad de los gobernantes y demás dirigentes políticos sino también (y es lo más preocupante) entre sus seguidores, soñando emularlos aunque únicamente les toquen algunas migajas. Esto ocasiona la erosión del principio político de isonomía o, lo que es lo mismo, la igualdad de todos ante la ley, respecto a derechos y deberes, en lo que debiera constituir una verdadera democracia. En vez de ello, pululan los políticos que ven al resto de individuos como meros instrumentos para alcanzar y usufructuar el poder, lo que influye, de una u otra manera, en la corrupción extendida de los funcionarios. 

 

No obstante, aún prevalece la convicción sobre el justo empleo de ese poder. Aunque no se pueda esperar una intervención divina en el curso de los acontecimientos humanos, sobre todo en los relacionados con la política. Por eso se requieren ciertas líneas de acción que permitan conjurar los riesgos que provienen de la ambición que corroe el escenario político. Como bien lo expusiera Nicolás de Maquiavelo en su época, la humildad (con el agregado de la inteligencia) no necesariamente le ganará a la soberbia por el mero hecho de que una es buena y la otra mala. Sería lo ideal. «Pero tan exigente empresa -afirmará en su más famoso libro- requiere la generación de ciudadanos virtuosos, políticamente capaces, obedientes a leyes que se dan a sí mismos, servidores del bien público, dispuestos a aprender, participando en política, cuáles son los costes de generar, conservar y desarrollar la libertad que comparten. Ciudadanos entregados a la acción y a la lucha pública por sus libertades». Esto nos obliga a entender y a comprender que la ética y la política se rigen por lógicas que se muestran contrarias entre sí, lo que hace que su estudio y su explicación tengan una complejidad aún mayor de la que pudiera inferirse, dado el sentido común predominante que es, básicamente, aquel que conviene a los intereses de las clases sociales dominantes.