EL PODER Y LAS «AMENAZAS» DE UNA CRÍTICA TRANSGRESORA
Homar Garcés
Nos desenvolvemos en medio de una sociedad del entretenimiento y del consumo inducidos por el sistema capitalista, la cual convierte a muchos en individuos narcisistas y materialistas, con escaso (o nulo) apego a valores que entrañen un sentido de comunidad o de solidaridad. Con el impacto exponencial de las llamadas inteligencias artificiales estaríamos adentrándonos en un mundo dominado, contradictoriamente, por la ignorancia y por los prejuicios, algo similar al periodo medieval europeo cuando las monarquías y la iglesia católica le imponían a sus súbditos criterios indiscutibles y se les prohibía pensar con cabeza propia. Las inteligencias artificiales -manipuladas por los grandes capitalistas- contribuirán a afianzar dicha "cultura". La realidad virtual ha creado una ficción de libertad que, de un modo general, es aprovechada, por ejemplo, por quienes difunden mensajes de odio, apelando al derecho que les asiste a la libre expresión. La socialización y la amplitud de criterios que redundarían en la creación de canales de interconexión entre personas y grupos ubicados en puntos distintos del orbe quedó restringida a la difusión de mensajes banales, sin que se admita espacio alguno a la diversidad ni a la libertad del pensamiento. La nueva tendencia que se ha generado en internet es la impuesta por los que son identificados como lectores y editores sensibles, censurando lo que, en su opinión, representan elementos ofensivos, aún cuando estén incluidos en obras artísticas, literarias y cinematográficas reconocidas y producidas en el pasado.
El entramado invisible que se ha creado (contando con nuestra participación inconsciente y, en algunos casos, resignada) apenas ha merecido reflexiones críticas de parte de analistas y profesionales de las ciencias sociales y, de ser conocidas, son pasadas por alto por quienes se hallan inmersos en ella; facilitando el «trabajo» y las millonarias ganancias de aquellos que lo controlan. Los diferentes avances tecnológicos producidos en computación, telecomunicaciones e informática han contribuido a uniformar la opinión pública en muchas áreas de la vida social, sobre todo, en lo político, sin que se dé espacio a la disidencia o a argumentos que no compaginen con lo habitualmente aceptado. Pocos intuyen en ello una amenaza o un peligro para la libertad humana y, más aún, más aún, para la variedad cultural que nos caracteriza como humanidad, al modo de las distopías imaginadas por Aldous Huxley en «Un mundo feliz », George Orwell en «1984», Alan Moore en «V, de Vendetta» o Ray Bradbury en «Farenheit 451», en las cuales se perfila el dominio de una minoría totalitaria, apoyada en la ciencia y la tecnología, que anula el libre albedrío de las personas. Precisamente, Aldous Huxley expresaría que «las personas llegarán a amar su opresión, a adorar las tecnologías que deshacen su capacidad de pensar». Siendo algo factible, la creatividad humana se vería afectada enormemente sólo con que se pulsen algunos botones.
Esta distopía cognitiva limitaría la complejidad intelectual humana a la emisión y la recepción de mensajes simples, sin mucha trascendencia, lo que -ahora- es algo común en las redes sociales, gran parte de ellas con normas «comunitarias» que sólo responden al interés particular de sus dueños y no a la visión multi-diversa y compartida de sus usuarios. Otra realidad que se extrae de ella, es que las grandes corporaciones que controlan el internet son las que perciben ingresos cuantiosos que superan a los obtenidos en conjunto por los sectores industriales y financieros de la economía mundial. Pero esto quizá no causaría mayor alarma si nada más se tratara de dinero porque esa es la lógica capitalista. Lo que advierten muchos analistas y expertos (varios de ellos ex empleados de alto rango de estas grandes corporaciones), es el control que ya se ejerce sobre el comportamiento y la opinión de segmentos importantes de la población mundial, como se ha comprobado durante los procesos electorales de algunos países, más visiblemente en Estados Unidos con Barack Obama y Donald Trump en su ruta a la Casa Blanca, con Mauricio Macri en Argentina o con la rusofobia a propósito de la guerra en Ucrania. Otro tanto ocurrió con la censura al personaje de Looney Tunes, el zorrillo francés Pepe Le Pew, al señalársele de fomentar la “cultura de la violación”, exigiéndose, en consecuencia, su supresión del cine y la televisión.
En relación con este tema, en su artículo «La Inteligencia Artificial, ¿el nuevo oráculo que le dirá al ser humano cómo vivir?», Juan Pablo Carrillo Hernández formula algunas interrogantes de interés para todos: «¿Es posible confiar en el desarrollo de una empresa inserta de lleno en la mentalidad dominante de nuestra época, no preocupada, particularmente, por la emancipación de la consciencia o del entendimiento humanos? ¿Cómo esperar que una así llamada “inteligencia artificial” se convierta en el vehículo o recurso de la razón, de la formación consciente de una postura o de la elaboración de un saber, si desde su origen está diseñada para nada más que reproducir la información más popular o más autorizada sobre un tema?». Los marcos de referencia informativos que suelen citarse para blindar algún punto de vista no son los más imparciales que se requieren para conocer, con exactitud, los porqué de los acontecimientos que, de una u otra manera, afectan nuestras vidas. Lo que resulta aún más peligroso si ésta obedece a una estrategia con fines militares, como las diseñadas por el Pentágono y sus subordinados de la OTAN desde hace mucho tiempo. Las grandes potencias agrupadas en la Organización del Tratado del Atlántico Norte tienen previsto «sembrar modos de pensar» que «abaratarían» los costos de futuras guerras e influirían en el comportamiento político de sus víctimas u objetivos para desestabilizar los gobiernos considerados como enemigos. Bajo tal orientación, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa de Estados Unidos, mejor conocida por su acrónimo DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency), está a cargo del desarrollo de tecnologías avanzadas para uso militar. Esto incluye la puesta en funcionamiento, entre otras cosas, de un prototipo de satélite espacial espía de nueva generación y la capacidad de acceso a Internet mediante Wi-Fi en cualquier lugar de la Tierra, lo que servirá, según un comunicado oficial de la Fuerza Aérea estadounidense, para "destruir, negar, degradar, interrumpir, engañar, corromper o usurpar a los adversarios que tienen la capacidad de usar el dominio del ciberespacio en su propio beneficio". En otras palabras, se trata de activar lo que, previamente, se ha preparado comunicacionalmente, de manera que los individuos respondan a los estímulos emitidos (lo que los expertos llaman razonamiento motivado o sesgo de confirmación), de acuerdo con sus creencias, sus convicciones o, más sencillamente, sus prejuicios; dando así crédito a las informaciones que reciben y en las cuales confían.
El resultado anticipado de todo esto es la generación de un nihilismo pasivo, lo cual acarrearía delegar nuestro poder de decisión en algoritmos operados por los grandes magnates del capital global a fin de incrementar su hegemonía ideológica. La convivencia con la inteligencia artificial supone, entonces, entablar una lucha de resistencia de nuevo tipo, comprendiendo que ésta sería utilizada para perfeccionar el proceso de neocolonización y dependencia que sufren los países periféricos del capitalismo global. Algunas voces ya han propuesto medidas para la mitigación de riesgos respecto al uso y desarrollo de la inteligencia artificial, lo mismo respecto a los grupos de presión, ya que no solo lesionaría la privacidad y el nivel intelectual de la gente que tiene acceso a internet sino que repercutiría en una posible profundización de la hegemonía capitalista, mermando la libertad y la democracia de la mayoría, independientemente de cuál sea su origen, cultura, condición socioeconómica o filiación religiosa o política.
Homar Garcés /
Durante la última década, la lucha contra el feminismo y la ideología de género se ha convertido en una razón de ser de la política ultraderechista, expuesta sin disimulo alguno en foros públicos y medios de información de toda clase en una gran gama de naciones. Un aspecto a resaltar de este discurso ultraderechista misógino es el constante ataque a los derechos logrados por las mujeres en los planos reproductivo y sociopolítico, y por las minorías sexuales, los que han servido para protegerlas de los prejuicios que en su contra fuera una cuestión secular, incluso legalizada. Ven en estos derechos una aberración al orden jerárquico establecido por la «divinidad» y las leyes naturales; por lo que predican que se deben combatir en todo momento, a fin de evitar la destrucción del orden social existente. No aceptan, por lo tanto, una disminución del rol del varón (entendido como pieza básica del patriarcado) frente a la igualación de la mujer y de quienes integran la comunidad LGBTQ, en una manifestación de hipermasculinidad que les compensa el espacio perdido; por lo que, políticamente, son totalmente contrarios a cualquier novedad revolucionaria que promocione tales derechos.
En Venezuela, hace ya cosa de más de treinta años, hubo un escándalo nacional al revelarse las actividades y procedimientos seguidos por una agrupación de laicos católicos proveniente de Brasil denominada Tradición, Familia y Propiedad; lo que obligara al presidente Luis Herrera Campíns a decretar su expulsión del país en 1984. Pero el mal ya estaba hecho. Producto de ésto, germinaron los grupos y los partidos políticos liderados por Leopoldo López, Julio Borges, Henrique Capriles y Alejandro Peña Esclusa, entre otros, que hoy se identifican con el fascismo, teniendo un discurso poco o en nada diferenciado del que pronuncian sus colegas del extranjero, conformando lo que podrá llamarse, con escasa originalidad, red fascista o ultraderechista transnacional. En este país, al iniciarse el proyecto de revolución socialista bolivariana, se hizo visible el odio racial, xenófobo, antiigualitario y anticomunista de la llamada burguesía y de la clase media que la secunda; lo que planteó una polarización política con mensajes de estas clases extraídos de la época de la Guerra Fría. Así, podría rastrearse el vínculo de la extrema derecha interna con la de otros lugares de nuestro planeta, magnificado en la actualidad gracias al auge del internet.
Para los representantes de las «nuevas derechas» (que se presentan a sí mismos como salvadores de la Patria y, comúnmente, cristianos fundamentalistas de derecha) les satisface la idea que las mujeres se conviertan en agentes mantenedoras de su propia subordinación frente a los hombres, anclándose en preceptos religiosos que contradicen los derechos que las amparan y que fueran alcanzados tras una larga lucha en el último siglo. Intuyen, quizá, que estos derechos pueden ampliarse, modificando las estructuras del patriarcado y, junto con él, del modelo civilizatorio en que nos hallamos, propiciando una revolución de mayor alcance a la preconizada por Marx, Engels, Lenin, Mao, Fidel, Che y sus seguidores; pues ésta envolvería no solo su condición de mujer por ser mujer sino que abarca el rol que se le ha asignado en las relaciones sociales y en las relaciones de producción creadas por el sistema capitalista. Se entenderá, por consiguiente, la misoginia, la hipermasculinidad y la nostalgia por las viejas jerarquías que expresan estos representantes de la ultraderecha, aprovechando generalmente la ignorancia de las masas (aunque entre éstas se consiga gente con formación universitaria). Ante semejante cuadro, corresponde a los movimientos revolucionarios profundizar sus principios y objetivos a fin de evitar que coincidan de alguna forma con la actitud y el discurso ultrareaccionarios; y, sobre todo, para que éstos no escalen y alcancen una posición de poder semejante a la alcanzada por sus antecesores históricos hace cien años atrás.
En muchos casos, las diferentes redes de comunicación digitales han sido utilizadas para exponer los discursos de odio de aquellas personas que no logran asimilar la idea de la convivencia, de la diversidad y del respeto mutuo. Su discurso antidemocrático refleja un estado de inferioridad que sólo es compensado de forma anónima, a distancia segura y, a veces, mediante un espíritu de manada, lo que suele ser algo más común. Esto, de alguna manera, refuerza la tendencia de un terrorismo patriarcal, o terrorismo machista, causante de miles de asesinatos de mujeres en varias naciones, los cuales suelen reducirse a lo que generalmente se ha conocido como crímenes pasionales o violencia doméstica, escondiendo la verdadera naturaleza de los mismos; quizás intuyendo que su cuestionamiento abarcaría también a las estructuras sobre las que se sostiene y naturaliza el orden social actual, lo que constituye politizar dicho tema. Esto, hay que recalcarlo, es expresión de la opresión primitiva, estructural e histórica sobre la mujer, por lo que no es extraño que sea parte del discurso misógino de los grupos ultraderechistas, opuestos como lo son a cualquier asomo de cambio que haya. En todo ese discurso se advierte una apología de la violencia con que se hostiliza a todos aquellos que representen ese cambio al cual se le niega espacio y comprensión, se confronta y se teme. Por ello, la misoginia, la hipermasculinidad y la nostalgia por las viejas jerarquías presentes en las creencias y el comportamiento de quienes militan en las agrupaciones políticas conservadoras o ultraderechistas (como aquellas identificadas de izquierda) no pueden catalogarse dentro de los renglones de la pluralidad garantizada por la práctica de la democracia, sino todo lo contrario: como la negación más extrema e inaceptable de lo que es, y deberá ser, justamente, la práctica y la esencia de la democracia.
Es harto revelador que el nombre de Caín, cuya acción más recordada, según lo recoge la Biblia, haya sido asesinar a su hermano Abel, esté asociado a los términos adquisición o posesión, en lo que éste sería el primer propietario conocido sobre la faz de la Tierra. En esta línea, la propiedad privada tendría un trasfondo delictuoso, con lo que quedaría corroborada la clásica afirmación de Pierre Joseph Proudhom respecto a que “la propiedad es un robo”. De esta forma, tanto el sistema jurídico como los valores que lo avalan terminan por darle al sistema de propiedad privada visos de legalidad y de moral en lo que constituiría un delito contra la sociedad.
Básicamente, la falta de oportunidades sería la causa principal de la pobreza en cualquier latitud del mundo. Sin embargo, suele pasarse por alto la existencia de las grandes disparidades económicas, culturales, sociales y, hasta, políticas que separan a ricos y pobres, lo que tiende a crear el mito que le atribuye a estos últimos la responsabilidad total de su vida menesterosa o, cuando menos, a un designio inapelable de la Providencia, salvando así cualquier cuestionamiento que pudiera hacerse en contra del orden establecido.
Aferradas a esta convicción, muchas personas -sin admitirlo abiertamente- justifican el hecho que haya una división de clases en nuestro modelo de sociedad. Como mantra, repiten que la igualdad de oportunidades nos permite a todos, si trabajamos con ahínco, escalar hasta la cúspide mientras los fracasados (empobrecidos) sólo son víctimas de su propia incapacidad y flojera. Olvidan el detalle de que los exitosos económicamente alcanzan este nivel gracias a la plusvalía obtenida de la explotación de quienes trabajan a diario para ellos, incluso indirectamente, obteniendo a cambio una remuneración que apenas cubre sus necesidades básicas para vivir junto con sus familias. Bajo la óptica del capitalismo, los pobres encarnan, por otra parte, a los enemigos de la población -considerándoseles, incluso, simples delincuentes contra quienes no resultaría suficiente la aplicación rigurosa de las leyes- por lo que debieran excluirse del radar de atención moral del Estado y, en consecuencia, de toda la sociedad, en lo que sería una práctica de darwinismo social convertida, ahora, en una doctrina económica en beneficio de la preservación del mercado. A los pobres se les acusa de ser pobres porque quieren y de no pensar en el futuro, de solo buscar satisfacciones lúdicas diarias e inmediatas, lo que traba el normal desenvolvimiento y la consolidación del progreso económico de las naciones en que residen. Este aspecto criticable entre los pobres es, sin embargo, destacado y reforzado entre aquellos que mejor se adaptan a la lógica capitalista, preocupándose por vivir, también, el presente y por convertirse en herramientas eficaces de su propia esclavitud al procurar ser unos emprendedores altamente competitivos y productivos.
Como parte de una estrategia que pueda contribuir efectivamente a la reducción y la erradicación de la pobreza, algunos estudiosos de esta realidad social proponen que debe estimularse entre la gente pobre, o empobrecida, la convicción de la autosuficiencia, lo que equivale a emprender la eliminación de los hábitos de dependencia que les impiden darse cuenta de cuáles son sus potencialidades. Equivale igualmente a desprenderse de los viejos prejuicios existentes en torno suyo. En la situación específica de Venezuela estos han sido creados y reforzados ideológicamente por los sectores dominantes, imponiendo lo que Franco Vielma llama una “cultura de élite extrapolada a la sociedad en su conjunto, que da cuenta de nuestras relaciones culturales parasitarias y dependientes de la renta petrolera. Es la explicación de la inconformidad venezolana que empuja a los pobres a aspirar a ser clase media y los clases medias a aspirar a ser ricos de manera fácil y rápida”. Esta es, dicho sea de paso, una cultura heredada de cuando la España monárquica dominaba este ancho territorio, que, en muchos aspectos, sobrevivió a la era republicana y terminó por expandirse hasta el sol de hoy, gracias, precisamente, a los ingentes dividendos obtenidos desde hace cien años del extractivismo petrolero. La fatalidad que ella transmite no estaría representada, no tanto en la falta de disciplina para el trabajo (algo que muchos vienen haciendo desde su más temprana edad y en condiciones inhumanas de explotación) o de aspiraciones personales sino en los antivalores de dicha cultura, los que les facilitan a unos cuantos disfrutar, al margen de cualquier miramiento legal y moral, del bienestar derivado del capitalismo. Por ello, la opción es obvia: la construcción necesaria de una identidad sociocultural propia que estimule la autoestima y la autogestión entre quienes se hallan en el rango oprobioso de la pobreza. Ella representa, asimismo, la ruptura de la dependencia en relación con quienes controlan el poder y, de profundizarse, la constitución de un nuevo orden civilizatorio, más justo, democrático y emancipatorio. -
Para el capitalismo (o liberalismo, como muchos también lo definen), los únicos balances válidos son los contables. Más allá de eso poco importa si la extracción intensiva de minerales, los desechos industriales vertidos en mares y ríos y la emanación descontrolada de dióxido y monóxido de carbono dañan el ecosistema y la salud de los seres humanos alrededor del planeta; además de otras desastrosas consecuencias sociales. Las mega corporaciones transnacionales, especialmente las financieras, están motivadas sólo por el logro ambicioso de grandes ganancias en el más corto plazo posible. No estará demás afirmar que las bases de tales ganancias son la plusvalía generada por los trabajadores asalariados (indistintamente de su nivel profesional o no) y la desposesión de territorios ocupados ancestralmente por pueblos originarios y campesinos, contando para ello con la complicidad de gobiernos corruptos y complacientes. Entre las últimas décadas del siglo pasado y las primeras décadas del siglo presente, las grandes compañías europeas y norteamericanas han obtenido beneficios económicos que superan con creces el presupuesto anual de varias naciones, lo que ha incrementado la brecha existente entre ricos y pobres, tanto en lo que respecta a clases sociales como a la división Norte-Sur.
En medio de esto, la guerra ha cumplido una función fundamental en el crecimiento y la vigencia del capitalismo. Ningún conflicto entre naciones, por muy justificado que parezca, está al margen de los intereses de los grandes consorcios que dominan el mercado capitalista. Son estos quienes están detrás de la carrera armamentista, generándoles pingües ganancias, armando por igual a gobiernos y grupos terroristas o irregulares, sin reparar en cuestiones éticas y morales. Además de esto, se benefician con la usurpación y explotación de los territorios que son escenarios de estas guerras, como sucedió con Iraq, Libia y algunas naciones africanas, ricas en recursos energéticos y minerales estratégicos; en muchas ocasiones, generadas por la industria ideológica a su servicio.
Las grandes corporaciones transnacionales tienen como objetivo regentar enclaves estratégicos en todo el mundo. Su pretensión de dominio absoluto contempla el monopolio de las nuevas tecnologías; de los flujos financieros; del acceso a los recursos naturales de cada continente; de los medios de comunicación, tradicionales y emergentes; y de las armas de destrucción masiva, las cuales son negadas al resto de los países, pero que se mantienen en manos de aquellos que sí han provocado guerras y destrucción para conservar su estatus imperial o hegemónico. Todo esto no sería, entonces, más que un totalitarismo global frente al cual cualquier derecho de los pueblos representaría una grave amenaza que tendría que ser erradicada, apelando a toda estrategia, sin importar la legalidad, la ética y la moral con que debiera actuarse. Al respecto, sobran los ejemplos. Ahora más cuando cuenta con un poder militar de alcance mundial, poseedora de adelantos tecnológicos que, salvo Rusia, China e Irán, no poseen las demás naciones: la OTAN. Además de la fuerza militar, se impone una extraterritorialidad de medidas que persiguen obligar a los gobiernos considerados hostiles o forajidos a ajustarse a sus intereses y a su concepción particular de «democracia».
Ana Esther Ceceña, coordinadora del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica, sostiene que, a pesar del nivel de guerra, opresión y de represión que se observa a escala global, surgen cada día nuevas y diversas formas de resistencia al capitalismo y su régimen disciplinador. «Es por esa obscena concentración de riqueza y poder que los desposeídos del mundo multiplican sus estrategias de escape y resistencia. Es decir, las condiciones actuales pueden ser percibidas como de guerra total contra la totalidad del mundo, pero simultáneamente como de insustentabilidad e ilegitimidad sistémica, de insubordinación». En tal contexto, la guerra es, actualmente, como lo fue en el siglo XX, uno de los soportes principales, de la economía globalizada. Ella garantiza que las grandes corporaciones transnacionales obtengan y conserven la acumulación y altos márgenes de ganancia, las posibilidades de inversión en cada nación y el necesario control de los mercados y materias primas; lo cual debe cuestionarse en todo momento, al margen de cualquier prejuicio o argumento que se esgrima para justificar sus acciones en contra de los pueblos del mundo.
El auge y la extensión del capitalismo de vigilancia conforman una realidad totalizadora que no habría, prácticamente, ningún ser humano ajeno a ella. Éste explota un mercado donde las personas somos el producto a vender. La gran mayoría ignora, o prefiere ignorar, lo que es este capitalismo de vigilancia, envuelta en una nueva adicción que ha llamado la atención de quienes estudian el comportamiento individual y colectivo de la sociedad del siglo XXI. En la actualidad, las grandes corporaciones que controlan el internet son las que perciben ingresos cuantiosos que superan a los obtenidos por los sectores industriales y financieros. Pero esto quizá no causaría mayor alarma si solo se tratara de dinero porque eso es la lógica capitalista. Lo que advierten muchos analistas y expertos, varios ex empleados de alto rango de estas grandes corporaciones, es el control que ya se ejerce sobre segmentos importantes de la población mundial, amenazando su libertad.
Es conocido que todo lo que se hace en internet pasa a ser patrimonio de las empresas, siendo monitoreado cada vez que se accede a cualquier tipo de información o publicación, sin que los usuarios sepan a ciencia cierta qué es lo que se hace con ello y en qué medida podrá afectar la vida de cada quien. Lo que podría ser escalofriante es que todo esto lo hacen máquinas dotadas con algoritmos que funcionan para cotejar y anticipar estados de ánimo, preferencias, tendencias políticas o religiosas, y un sinfín de cosas que suministramos a diario gratuitamente a través de las llamadas redes sociales, pensando que ahora disponemos de un mayor grado de libertad y de objetividad al disfrutado por nuestros antepasados; incluyendo en ello lo que entendemos por democracia y libre expresión de nuestras opiniones.
La desinformación (o fakes news, para quienes gusta el inglés) provee a las corporaciones del capitalismo de vigilancia el grueso de sus ganancias y su proliferación es, en gran medida, perjudicial y desestabilizadora en un vasto sentido. Mediante la difusión de desinformación tales corporaciones han convertido a las redes sociales en las mejores herramientas de persuasión que se hayan creado, con un efecto casi instantáneo, predecible y masivo. Aplicadas al ámbito político han desencadenado acciones de grupos extremistas y el desprestigio y derrumbamiento de regímenes de toda clase alrededor del planeta. Igual pasa con personas a las que se les atribuyen hechos y conductas reprobables, sin proponerse descubrir la verdad, con el saldo de crímenes de odio hacia un grupo étnico, religioso, social o nacional, como ocurre, por ejemplo, con los árabes musulmanes en Europa occidental y Estados Unidos o con los migrantes venezolanos en Sudamérica.
Fidel Castro sentenció: “No es lo mismo estar desinformado que perder la capacidad de pensar”. Para evitar esta realidad catastrófica es necesario que exista y prolifere un pensamiento crítico colectivo que resulte suficientemente fuerte e influyente para que los gobiernos dicten medidas eficaces contra la mercantilización de los datos obtenidos de los usuarios de las distintas redes sociales. Para el capitalismo y sus modelos de hegemonía imperial es algo preeminente el control y moldeado de las subjetividades de quienes debe dominar y colonizar. Eso se ha hecho en cada continente desde hace más de quinientos años, borrándoles la identidad cultural a aquellos que subyuga y les impone su lógica y sus valores. Cabe entender y comprender que, lejos del carácter inocente y gratuito de estas corporaciones, se halla una intención bien calculada de dominación que haría de los propagandistas nazis simples aficionados.