Blogia
Homar_mandinga

EL MUNDO DEL CAPITALISMO

EL MODO DE PRODUCCIÓN CAPITALISTA Y LA NUEVA «NORMALIDAD» DEL MUNDO

EL  MODO  DE PRODUCCIÓN  CAPITALISTA Y LA NUEVA «NORMALIDAD» DEL MUNDO

Es harto llamativo que la aparición de la pandemia del  Covid-19 haya coincidido con el auge de una diversidad de movilizaciones sociales como las protagonizadas por los chalecos  amarillos en Francia o aquellas que tuvieron en jaque al gobierno derechista de Chile.  El  desconcierto y el temor provocados por las cientos de muertes reportadas en todos los continentes hizo que las nuevas  formas de resistencia contra el Estado burgués liberal y el sistema capitalista se redujeran a su mínima expresión y cedieran ante el confinamiento ordenado por los gobiernos aunque tiempo después terminaran  autoconvocándose, tal como se vió en Colombia con la minga indígena dirigiéndose hacia Bogotá.

«El problema -señala Víctor M. Toledo en su análisis "Caminando hacia una nueva civilización"- es que estas protestas y resistencias se enfocan en objetivos parciales o secundarios y no llegan a detectar y reconocer las causas profundas de la crisis: la doble explotación, del trabajo de la naturaleza y del trabajo de los seres humanos, que una minoría de minorías realiza cada vez con más amplitud y encono. Se requiere entonces de una doble liberación y emancipación: ecológica y social. Deben, pues, surgir rebeliones ambientales, igualitarias, anticapitalistas, antipatriarcales y capaces de construir una sociedad sustentable y de reformular las relaciones entre los individuos, y entre éstos y la naturaleza. Estamos, por tanto, en un fin de época, en la fase terminal de la civilización moderna, pero aún sin poder visualizar la que la sustituirá». El Covid-19, en este caso, vendría a ser la comprobación de un hecho que ha estado siempre a la vista pero del cual pocos han querido percatarse: la crisis que padece cada nación en el mundo tiene su origen en el tipo de civilización existente, regida en cada uno de sus aspectos fundamentales por la lógica capitalista. La pandemia «reveló» la brecha profunda -derivada del capitalismo neoliberal- entre ricos y pobres (lo que se aplica también a países) al verse obligados estos últimos a la exposición del coronavirus mientras los primeros tendrían la opción de autoprotegerse permaneciendo en sus propiedades. Además de eso, quedó plasmado el desinterés mostrado por gobiernos afines al neoliberalismo capitalista hacia el sistema de salud pública, dando espacio a un sistema de salud privada en el cual no tienen cabida las personas pobres o con escasos recursos económicos.

La nueva «normalidad» del mundo que algunos anuncian como un hecho inminente, descartando la extensión y la posible mutación del Covid-19, así como el estado de explotación al que se halla sometido un grueso porcentaje de la población trabajadora, implicaría un cierto cambio del modo de producción  capitalista, lo que poco afectará su esencia. Sin embargo, sí se prevé que este cambio aumentaría aún más las brechas existentes desde hace ya tres décadas, siendo la mayoría trabajadora, como otras veces a través de la historia, la que sufra las peores consecuencias al verse despojada de muchos de sus derechos en aras de la preservación del mercado.

Ante este eventual panorama, una exigencia que no debería pasarse por alto es entender la realidad en la cual le ha tocado a la humanidad vivir y transformarla de un modo raizal y definitivo. No se puede aspirar a que el modo de producción capitalista cambie por sí mismo, en una operación filantrópica imposible, cuando éste ha demostrado ser opuesto a los intereses de la mayoría, tanto en lo que respecta a la explotación de los trabajadores (independientemente de cuál sea su rango) como en lo que éste representa para la conservación de la vida en general sobre la Tierra al extraerse sus recursos naturales sin ningún tipo de consideración por su agotamiento y los nocivos efectos contaminantes que ello acarrea. En consecuencia, la nueva «normalidad» tendría que ser producto de la acción consciente de los pueblos en lucha por sus derechos e intereses y no el acomodamiento de las grandes corporaciones transnacionales que solo anhelan controlar al mundo a su antojo, todo esto en función de la satisfacción de una insaciable y depredadora sed de ganancias que resulta totalmente incompatible con la autodeterminación y la democracia a que aspiran nuestros pueblos. -

EL HARTAZGO PANDÉMICO Y LA «NUEVA REALIDAD»

EL HARTAZGO PANDÉMICO Y LA «NUEVA REALIDAD»

 

Si hay algo que ha revelado (si es que cabe el término, dado que existe desde hace bastante tiempo) el brote y la expansión de la pandemia del Covid-19 a nivel mundial, aparte de la evidente fragilidad de la salud humana y de las deficiencias del sistema público que debiera funcionar adecuadamente en cada nación para garantizar este derecho a todos sus ciudadanos por igual, es la profunda brecha económica y social que divide a ricos y pobres. Una cuestión que es reconocida por economistas y legos en la materia, ya que la misma constituye el resultado visible e inmediato de lo que ha sido, desde finales del siglo XX hasta ahora, la imposición del capitalismo neoliberal.

Para muchos analistas, lo que mucha gente llama la nueva normalidad, en el caso que acabe la pandemia del Covid-19, no será una vuelta atrás sino el establecimiento de nuevas realidades al servicio de los grandes capitales, teniendo como fondo la supresión de los niveles de democracia existentes y, como secuela de ello, la minimización y/o eliminación del Estado de bienestar tradicional. Por lo pronto, estas nuevas realidades han hecho despuntar el trabajo online a distancia (incluyendo la educación formal), lo que se traduce en un enorme ahorro de costos laborales para las grandes empresas al liberarse de la cobertura de protección social a que tienen derecho sus trabajadores. A esto se suma la incidencia grave que produce en las nuevas generaciones las medidas adoptadas en cada nación contra la propagación del coronavirus.  

 
«Los datos -escribe el periodista uruguayo Eduardo Camin en su artículo “COVID-19, el virus del capitalismo y la explosión histórica del desempleo”- van demostrando que serán las y los jóvenes entre 15 y 24 años, quienes serán uno de los rangos etarios más golpeados por el desempleo y la precarización laboral. Ya se comienza a hablar de “generación de confinamiento”, principalmente porque son quienes han visto interrumpidos sus procesos de educación, formación y capacitación, pérdidas de empleo, reducciones de jornadas y remuneración y además tienen mayor dificultad para conseguir un nuevo empleo. Este sector además es el que ha mantenido altas tasas históricas y estructurales de desempleo, previo a la pandemia». Esto último es una cuestión que ha sido escasamente abordada, obviando los cambios que ella entraña, pero que, de una u otra manera, tendrá sus repercusiones históricas en la «nueva normalidad» de la que se habla actualmente.

Las cifras en ascenso de trabajo informal y/o empleo por cuenta propia, sin dejar de mencionar la explotación de miles de trabajadores carentes de derechos laborales en procura de mantener un mínimo de condiciones de vida junto con sus familias, condena a la mayoría de los países a mantenerse en un grado de subdesarrollo quizá mayor al experimentado en el siglo pasado; sin resultados positivos significativos en materia de crecimiento económico y menos aún en la reducción de la desigualdad social. 

Para otros, la «nueva normalidad» post pandemia podría desmontar todo el ensamble de la globalización capitalista al promoverse la tendencia -adelantada por Israel y Estados Unidos- de países amurallados, con restricciones fronterizas estrictas que dejan ver un sesgo xenófobo y racista, lo que implica que el Norte global se encerraría fronteras adentro, limitando incluso su intercambio comercial con el resto del mundo. En otra perspectiva, esta misma situación podría crear condiciones para que haya un autogobierno social, lo que equivaldría asegurar para todos la integralidad y la sostenibilidad de la vida. La presencia cada vez masiva de pueblos y nacionalidades indígenas, de movimientos feministas, de comunidades campesinas y disidentes, y de diversos movimientos populares y ecoambientales en la escena pública hace presagiar que esto último sea factible y no simple utopía. Será preciso que la organización y la autoridad  comunitaria, la reciprocidad, la ayuda mutua y el trabajo colectivo que, vistas y practicadas, son acciones colectivas que cuestionan los valores legitimadores de los sectores dominantes, se conviertan -casi nada- en los pilares de un nuevo tipo de civilización. El hartazgo pandémico de millares de personas en la actualidad sería entonces la señal del comienzo de una «nueva normalidad», no la que importa al mercado capitalista sino la que todos debiéramos anticipar y crear en nuestro común beneficio.-

EL APREMIO DE UNA DEMOCRACIA REAL Y DE UNA NUEVA CIVILIZACIÓN

EL APREMIO DE UNA DEMOCRACIA REAL Y DE UNA NUEVA CIVILIZACIÓN

Cuando se trata de analizar lo que ocurre en muchos países frente a la vigencia (para algunos, moribunda) del sistema capitalista se debe tener presente que este genera a lo interno de cada país una multiplicidad de resistencias populares que no encajan (ni debieran encajar, como generalmente se acostumbra) en una clasificación única o universal. Esta heterogeneidad de resistencias, vale afirmar, se ajusta a la realidad creada bajo el influjo del capitalismo neoliberal durante las últimas tres décadas, una realidad que, por otra parte, ha influido notablemente en el desplazamiento masivo de migrantes hacia las naciones más desarrolladas en búsqueda de oportunidades de una vida mejor, sin obviar el agotamiento acelerado de recursos naturales y el estallido de frecuentes protestas callejeras en muchos países frente a la sumisión y la complicidad mostrada por sus gobiernos respecto a los grupos hegemónicos capitalistas.

Esto ha desembocado en la generación y debate de diversas propuestas con que se pudieran resolver los problemas que agobian a un grueso porcentaje de la población mundial. Así, en la perspectiva de Noam Chomsky, «la única esperanza del ser humano de escapar de su extinción es a través de la construcción de una democracia real, en la que una ciudadanía bien informada participe plenamente en el debate del rumbo que han de mantener las políticas que se apliquen, y la acción directa». Este apremio comienza a ser entendido por los sectores populares, algunas veces sin disponer de una base teórica única y detallada con qué crear un nuevo modelo de lo que debiera ser la sociedad. No obstante, sus reclamos y sus iniciativas organizativas, tanto en lo económico como en lo social, definen su objetivo de cambiar de una manera radical el orden vigente, asumiendo al mismo tiempo una posición de mayor beligerancia en el ámbito político tradicional, como ocurre en varias partes de nuestra América desde algún tiempo atrás.

Por eso, visto el neoliberalismo económico como modo de poder, de dominación y desposesión se hace necesario oponer la conformación de redes económicas informales que, de algún modo, siendo gestadas desde abajo por los productores y consumidores, sean ajenas a la lógica y a las relaciones de producción capitalistas. Éstas suponen dar un paso importante en la dirección de acabar con la depredación de la naturaleza (vista equivocadamente como una fuente inagotable de recursos) y la explotación de quienes solo cuentan con su fuerza de trabajo para vivir, habitualmente sumidos en condiciones de sobrevivencia, sin los elementos materiales básicos que requieren; además de permitir crear espacios organizativos populares en los cuales prevalezca la práctica de una democracia participativa, protagónica y directa. Con esto último se impone la transformación estructural del Estado, orientada a lograr una mayor soberanía del pueblo en lugar de privilegiar los intereses de una minoría dominante, cuestión que sólo se plantea, superficialmente, para garantizar las inversiones e intereses de las grandes corporaciones transnacionales y de sus asociados locales.

Aunque no se crea posible, la humanidad estará obligada a construir alternativas que profundicen la práctica democrática. Junto con esta, es imperativo transformar de raíz las relaciones de producción, manteniendo el cuidado de no repetir la historia de explotación que hasta ahora ha caracterizado al sistema capitalista. La meta principal de todas estas alternativas no podría ser otro que la emancipación integral de todos. - 

 

EL "SACROSANTO" DERECHO DE PROPIEDAD PRIVADA

EL "SACROSANTO" DERECHO DE PROPIEDAD PRIVADA

Es harto revelador que el nombre de Caín, cuya acción más recordada, según lo recoge la Biblia, haya sido asesinar a su hermano Abel, esté asociado a los términos adquisición o posesión, en lo que éste sería el primer propietario conocido sobre la faz de la Tierra. En esta línea, la propiedad privada tendría un trasfondo delictuoso, con lo que quedaría corroborada la clásica afirmación de Pierre Joseph Proudhom respecto a que “la propiedad es un robo”. De esta forma, tanto el sistema jurídico como los valores que lo avalan terminan por darle al sistema de propiedad privada visos de legalidad y de moral en lo que constituiría un delito contra la sociedad.

En la actualidad, el sacrosanto derecho de la propiedad privada que sustenta al sistema capitalista (ahora neoliberal) se ha convertido -gracias a la complicidad de gobiernos solícitos y motivados, aparentemente, por el común deseo de conseguir el progreso material de sus respectivas naciones- en una privatización masiva de recursos colectivos, independientemente del derecho consuetudinario que podrían invocar pueblos y comunidades, principalmente indígenas y campesinos. Vista la historia de nuestro continente, la expropiación de la tierra a los pueblos originarios colonizados sirvió para enriquecer a la metrópoli española. Desde entonces, la lucha por la tierra ha seguido un curso invariable, apenas disminuido por el asesinato sistemático de sus dirigentes más emblemáticos o combativos.

Karl Marx condensó las lecciones de los pueblos sobre el problema de la tierra al escribir: “Al igual que en la industria urbana, en la moderna agricultura la intensificación de la fuerza productiva y la más rápida movilización del trabajo se consiguen a costa de devastar y agotar la fuerza de trabajo del obrero. Además, todo progreso, realizado en la agricultura capitalista, no es solamente un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar la tierra, y cada paso que se da en la intensificación de su fertilidad dentro de un período de tiempo determinado, es a la vez un paso dado en el agotamiento de las fuentes perennes que alimentan dicha fertilidad. Este proceso de aniquilación es tanto más rápido cuanto más se apoya en un país, como ocurre por ejemplo con los Estados Unidos de América, sobre la gran industria, como base de su desarrollo. Por tanto, la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre”.

La predisposición al control total de las principales esferas de la coexistencia social -expresada, por ejemplo, en el manejo autocrático del Estado mediante el fascismo- no es un asunto extraño al darwinismo social que muchos promulgan como solución única a los diferentes problemas existentes en sus países, obstaculizando así cualquier espacio a la pluralidad democrática, a la tolerancia y a la interculturalidad que debiera definir al mundo contemporáneo. Ella ha llevado a los sectores dominantes conservadores a imponer entre personas de disímiles condiciones sociales y económicas una visión sumamente personalista y sesgada del mundo, gracias a la hegemonía ideológica ejercida desde sus grandes emporios de información y de entretenimiento; asegurando de esta manera la estabilidad del espacio privilegiado que ocupan en la pirámide de la sociedad. A pesar de esta circunstancia, no puede pasarse por alto la crisis de hegemonía que corroe al Estado burgués liberal desde hace largo tiempo, gracias, en gran medida, a las luchas protagonizadas por una amplia gama de grupos que cuestionan sus estructuras, lo mismo que al capitalismo global, responsabilizándolos a ambos de las desigualdades, de las injusticias y del cambio climático sufridos por la mayoría de la humanidad. 

Esto último conforma la simiente necesaria de nuevos horizontes históricos que podrían contribuir a la desacralización del poder (el mismo que consagra el derecho de dominio que tendrían unos individuos sobre sus semejantes; generalmente vistos como seres inferiores) y la desacralización de las relaciones mercantiles (el cual consagra el derecho de explotación de unos sobre otros; legitimándolo como algo natural e inalterable), lo que ya sería el preludio de un nuevo tipo de civilización, esta vez marcado por verdaderos valores humanos que incluyan el respeto a la naturaleza que nos sustenta a todos. -

 

LOS POBRES NO SON POBRES PORQUE QUIEREN

LOS POBRES NO SON POBRES PORQUE QUIEREN

 

Básicamente, la falta de oportunidades sería la causa principal de la pobreza en cualquier latitud del mundo. Sin embargo, suele pasarse por alto la existencia de las grandes disparidades económicas, culturales, sociales y, hasta, políticas que separan a ricos y pobres, lo que tiende a crear el mito que le atribuye a estos últimos la responsabilidad total de su vida menesterosa o, cuando menos, a un designio inapelable de la Providencia, salvando así cualquier cuestionamiento que pudiera hacerse en contra del orden establecido.

Aferradas a esta convicción, muchas personas -sin admitirlo abiertamente- justifican el hecho que haya  una división de clases en nuestro modelo de sociedad. Como mantra, repiten que la igualdad de oportunidades nos permite a todos, si trabajamos con ahínco, escalar hasta la cúspide mientras los fracasados (empobrecidos) sólo son víctimas de su propia incapacidad y flojera. Olvidan el detalle de que los exitosos económicamente alcanzan este nivel gracias a la plusvalía obtenida de la explotación de quienes trabajan a diario para ellos, incluso indirectamente, obteniendo a cambio una remuneración que apenas cubre sus necesidades básicas para vivir junto con sus familias. Bajo la óptica del capitalismo, los pobres encarnan, por otra parte, a los enemigos de la población -considerándoseles, incluso, simples delincuentes contra quienes no resultaría suficiente la aplicación rigurosa de las leyes- por lo que debieran excluirse del radar de atención moral del Estado y, en consecuencia, de toda la sociedad, en lo que sería una práctica de darwinismo social convertida, ahora, en una doctrina económica en beneficio de la preservación del mercado. A los pobres se les acusa de ser pobres porque quieren y de no pensar en el futuro, de solo buscar satisfacciones lúdicas diarias e inmediatas, lo que traba el normal desenvolvimiento y la consolidación del progreso económico de las naciones en que residen. Este aspecto criticable entre los pobres es, sin embargo, destacado y reforzado entre aquellos que mejor se adaptan a la lógica capitalista, preocupándose por vivir, también, el presente y por convertirse en herramientas eficaces de su propia esclavitud al procurar ser unos emprendedores altamente competitivos y productivos.

Como parte de una estrategia que pueda contribuir efectivamente a la reducción y la erradicación de la pobreza, algunos estudiosos de esta realidad social proponen que debe estimularse entre la gente pobre, o empobrecida, la convicción de la autosuficiencia, lo que equivale a emprender la eliminación de los hábitos de dependencia que les impiden darse cuenta de cuáles son sus potencialidades. Equivale igualmente a desprenderse de los viejos prejuicios existentes en torno suyo. En la situación específica de Venezuela estos han sido creados y reforzados ideológicamente por los sectores dominantes, imponiendo lo que Franco Vielma llama una “cultura de elite extrapolada a la sociedad en su conjunto, que da cuenta de nuestras relaciones culturales parasitarias y dependientes de la renta petrolera. Es la explicación de la inconformidad venezolana que empuja a los pobres a aspirar a ser clase media y los clases medias a aspirar a ser ricos de manera fácil y rápida”. Esta es, dicho sea de paso, una cultura heredada de cuando la España monárquica dominaba este ancho territorio, que, en muchos aspectos, sobrevivió a la era republicana y terminó por expandirse hasta el sol de hoy, gracias, precisamente, a los ingentes dividendos obtenidos desde hace cien años del extractivismo petrolero. La fatalidad que ella transmite no estaría representada, no tanto en la falta de disciplina para el trabajo (algo que muchos vienen haciendo desde su más temprana edad y en condiciones inhumanas de explotación) o de aspiraciones personales sino en los antivalores de dicha cultura, los que les facilitan a unos cuantos disfrutar, al margen de cualquier miramiento legal y moral, del bienestar derivado del capitalismo.  Por ello, la opción es obvia: la construcción necesaria de una identidad sociocultural propia que estimule la autoestima y la autogestión entre quienes se hallan en el rango oprobioso de la pobreza. Ella representa, asimismo, la ruptura de la dependencia en relación con quienes controlan el poder y, de profundizarse, la constitución de un nuevo orden civilizatorio, más justo, democrático y emancipatorio. -   

 

EL ESCLAVISMO, PRIMER PELDAÑO DEL CAPITALISMO

EL ESCLAVISMO,  PRIMER PELDAÑO DEL CAPITALISMO


Según lo explica Eric Williams en su obra Capitalismo y esclavitud, «sin las riquezas de América y sin los esclavos y el comercio africanos, el crecimiento económico, político y militar de los Estados europeos hubiese quedado limitado, sin duda, a una escala menor; quizá definitivamente menor. Con ellos, el primer capitalismo se hizo mundial y con toda razón, en Liverpool y en Bristol se decía que ‘no hay un solo ladrillo en la ciudad que no esté mezclado con la sangre de un esclavo’». Con ello queda establecido, de modo inequívoco, el origen del capitalismo o, por lo menos, su expansión inicial, a costa del despojo de las riquezas existentes en el amplio territorio americano que conquistara y colonizara España, junto con el tráfico inhumano de africanos esclavizados. No es como lo han divulgado los apologistas e ideólogos del sistema capitalista algo que surgió del simple deseo de superación de algunas cuantas personas, de su capacidad de trabajo o de su intelecto; o como se legitimó a través de la religión protestante, el calvinismo, producto de la predestinación. Desafortunadamente, la historia construida desde los grandes centros hegemónicos nos trasmite una versión edulcorada del capitalismo, la que sería unida al patrocinio de grandes avances técnicos y científicos que fueran largamente frenados y condenados por la tradición fanática del medioevo europeo como una prueba irrefutable de su carácter manumisor.


La tragedia social, económica y política de lo que por mucho tiempo se llegó a conocer como el «tercer mundo» tiene así su génesis en el proceso de conquista, colonización, filibusterismo, esclavitud y explotación llevado a cabo por las potencias de Europa, escudándose en la ideología de la raza superior que creó divisiones raciales o étnicas de todo calibre, azuzó persecuciones y asesinatos en nombre de su credo, y que, posteriormente a la independencia política alcanzada en nuestra América, África y Asia, excitó el espíritu nacionalista entre ellos, de manera que existiera un mercado seguro para la adquisición de armas, reservándose para sí su producción y tecnologías. Así que gran parte de las quejas de Europa y Estados Unidos en relación con lo que ocurre a lo interno de nuestras naciones “tercermundistas” se debe en gran parte a esta situación histórica. Los altos niveles de vida material de Europa y Estados Unidos han sido señuelo para atraer a millares de migrantes a sus fronteras, impidiéndoseles continuar su camino ante el temor inculcado entre europeos y estadounidenses de ser desplazados de sus puestos de trabajo, de sufrir el colapso de sus servicios médicos y/o de perder hasta su propia identidad cultural. En ningún momento se han puesto a pensar en cuáles serían las reales causas de esta migración incesante. En vez de ello, atribuyen todo, simplemente, a la corrupción y la indolencia de los gobiernos de este lado (en lo que no estarían alejados de parte de la verdad). Nadie saca cuentas de cómo fue que Europa y Estados Unidos pudieron lograr las enormes cotas de desarrollo que exhiben en la actualidad, lo que constituye un triunfo de su industria ideológica al suprimir de las mentes de sus ciudadanos (como en gran parte del mundo) esta importante circunstancia histórica.


Ciertamente, como lo registrara Adam Smith, el descubrimiento de América y la ruta por el Cabo de Buena Esperanza hacia la India «son los dos acontecimientos más grandes y más importantes registrados en la historia de la humanidad», puesto que ellos facilitaron, no sólo nuevas rutas para la expansión capitalista, sino también la oportunidad de obtener los recursos y los mercados que asegurarían su auge durante los próximos siglos. El comercio triangular establecido así entre Europa, África y América, teniendo a la esclavitud como su principal pivote, dio paso al establecimiento de la división internacional del trabajo, con naciones periféricas, dependientes de los centros hegemónicos, encargadas del suministro de materias primas, mientras que, desde éstos, se importaban productos terminados y se fijaban las normas que regirían durante los últimos cuatros siglos y de forma general al sistema capitalista mundial.


La utopía alternativa que supone erigir un nuevo orden civilizatorio que reemplace el actualmente dominado por el sistema capitalista debe ser producto de una lucha de resistencia integral de los pueblos. Ella incluye, entre otras cosas, conocer sus orígenes históricos y reivindicar y darle su justo valor al tipo de socialismo comunal que los mismos venían practicando desde tiempos ancestrales, el cual sobrevive hasta el presente, expresado en variadas modalidades; de tal modo que haya la suficiente subjetividad subversiva para iniciar, nutrir y consolidar esta utopía alternativa. -    

LA SOBERANÍA POPULAR FRENTE A LA CORRUPCIÓN E INEFICIENCIA DEL ESTADO

LA SOBERANÍA POPULAR FRENTE A LA CORRUPCIÓN E INEFICIENCIA DEL ESTADO

La separación del Estado de los sectores populares es un hecho que se evidencia y se repite, independientemente de su designación, a escala planetaria. Entre ambos elementos existe una tirantez constante que, de incrementarse, podría producir una crisis de ingobernabilidad y desembocar en un golpe de Estado o en algo de mayor impacto como lo sería una rebelión popular generalizada. Esto obliga a repensar lo que es y debería ser el Estado liberal burgués a la luz de los diversos eventos suscitados desde finales del siglo pasado hasta el presente en demanda de mayores niveles de participación democrática, lo que ha llevado a hablar, en la mayoría de los casos, de una democracia participativa y protagónica en la cual se manifieste a plenitud y de manera primordial el espíritu emancipatorio de los pueblos. Esta nueva visión y/o concepción de la democracia contrasta, ciertamente, con el modelo de sociedad vigente, siendo éste un sistema generador de desigualdades de toda especie, derivado y legitimador de la lógica capitalista predominante.

Así, se observa que las características, la esencia, el control y la direccionalidad del Estado tradicional -diseñados desde hace siglos en función de la ideología, los privilegios y los intereses de las minorías dominantes- resultan completamente incompatibles con las aspiraciones de emancipación integral que animan las luchas populares. Una cuestión que, de alguna u otra forma, repercute en la vigencia de lo  que habitualmente identificamos como el ineficiente funcionamiento burocrático del Estado -del cual es víctima sempiterna la generalidad de los ciudadanos-, a lo que se suma la corrupción existente en sus diferentes niveles y modalidades (desde aquella que se busca justificar de acuerdo a la necesidad material de quienes se corrompen hasta la que es legitimada producto de una tradición de siglos que se estima ineludible y, por tanto, se acepta como algo normal o corriente), lo que tendrá siempre sus consecuencias en la actitud que asuman estos mismos ciudadanos en lo que respecta a la percepción de sí mismos, de sus semejantes y del país en que residen.

Por ello, quienes controlan el poder del Estado buscan estimular y reforzar el establecimiento de un poder político caracterizado por un ejercicio arbitrario y personalista que poco o nada tiene que ver con el interés y los derechos colectivos; haciéndole ver a las personas que no hay otras alternativas con qué sustituirlo. Evidentemente, su objetivo es generar un comportamiento pasivo común entre sus subordinados, similar al de abejas y hormigas laboriosas, dedicados exclusivamente a satisfacer los gustos, los placeres y las emociones egoístas de quienes se hallan en el vértice de la pirámide social, para lo cual requieren que existan relaciones sociales, educativas y laborales donde predominen actitudes mezquinas, competitivas, represoras y autoritarias; lo que hará más sencillo que éstos se adapten al rol que se les asigna.

La soberanía popular, por tanto, es un serio obstáculo para que persista la corrupción y la ineficiencia del Estado tradicional. En un primer lugar, porque sus acciones se opondrían a la toma de decisiones unilaterales del cuerpo de burócratas y gobernantes, lo que afectaría seriamente su poder y existencia. Luego esto tendrá efectos también en el área económica al impulsar la autogestión de los sectores populares, lo que les hará menos dependientes de la demagogia de políticos, burócratas y gobernantes que requieren sus votos y aprobación para mantenerse en el poder. Por consiguiente, al confrontar la corrupción e ineficiencia del Estado, la soberanía popular debe apuntar simultáneamente a objetivos políticos y económicos, sin obviar la necesidad de manifestarse al cien por ciento en la transformación estructural del tipo de sociedad existente, ya que la sobrevivencia de cualquiera de los elementos que componen el Estado implicaría la deformación y la cooptación de dicha soberanía, desviándose y desvaneciéndose las opciones de crear y de consolidar una nueva concepción social, económica y política centrada en el beneficio -no solo material sino también cultural y espiritual- de todos los ciudadanos, indistintamente de su sexo y de sus credos particulares. -        

 

EL MUNDO CONTEMPORÁNEO Y LO POLÍTICAMENTE «CORRECTO»

EL MUNDO CONTEMPORÁNEO Y LO POLÍTICAMENTE «CORRECTO»

La indiferencia absoluta ante el dolor ajeno ha reemplazado -sin mucho escándalo y/o vergüenza entre aquellos que lo presencian, aun en medio de la pandemia del Covid 19- la solidaridad o la empatía que debiera generarse entre la humanidad, ya sea que ésta se origine por causa de las distintas religiones que se profesen (caracterizadas e inspiradas, en apariencia, por el amor al prójimo), o por el tipo de educación recibida (donde destacarían la importancia y la necesidad de los valores éticos y morales). Esto se pone de manifiesto mayormente en el área económica, con un capitalismo neoliberal autocomplaciente, en búsqueda constante de mayores ganancias, cuyos apologistas consideran que la asistencia social prestada por el Estado es una traba dispendiosa que hace insostenible cualquier grado de crecimiento económico que se plantee.

A grandes rasgos, el mundo contemporáneo se encuentra saturado de opciones individualistas y/o individualizadas que merman la posibilidad real de alcanzar el bien común. Zigmunt Bauman en “Trabajo, consumismo y nuevos pobres” sentencia: “En otras épocas, la apología del trabajo como el más elevado de los deberes -condición ineludible para una vida honesta, garantía de la ley y el orden y solución al flagelo de la pobreza- coincidía con las necesidades de la industria, que buscaba el aumento de la mano de obra para incrementar su producción. Pero la industria de hoy, racionalizada, reducida, con mayores capitales y un conocimiento profundo de su negocio, considera que el aumento de la mano de obra limita la productividad. En abierto desafío a las ayer indiscutibles teorías del valor -enunciadas por Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx-, el exceso de personal es visto como una maldición, y cualquier intento racionalizador (esto es, cualquier búsqueda de mayores ganancias con el capital invertido) se dirige, en primer lugar, hacia nuevos recortes en el número de empleados”. Tal situación convierte a los mercados en objeto prioritario de los gobiernos, indiferentemente de cuál sea su orientación político-ideológica, relegando el bienestar colectivo a un segundo plano, sometido en todo caso a los dividendos que obtendrían los dueños del capital (sea exógeno o endógeno).

Bajo tal perspectiva, no extrañaría que la conducta social e individual carezca de una moral de responsabilidad pública. Tal como se evidencia con el manejo imprudente del coronavirus que diezma millones de almas en todos los continentes, los desastres ecológicos, la niñez abandonada y esclavizada o la corrupción política, entre otros flagelos de los cuales todos tienen una opinión negativa pero que no los motiva suficientemente para generar una voluntad de acción conjunta en pro de su erradicación. Algo que se refleja en la industria del entretenimiento, la cual -aparte de traer ingentes cantidades de dinero a sus promotores- produce una transferencia ideológica a quienes está orientada, induciendo en éstos una sumisión dirigida que les hace resignarse ante las decisiones e intereses de las clases dominantes y el orden establecido y a desconfiar de sus propias potencialidades. Esto obliga a los seres humanos a proponerse una redefinición de los valores imperantes y la conjugación de iniciativas populares que propicien en todo momento el bienestar colectivo, la emancipación integral de cada uno (sin menoscabo de sus prójimos y de la naturaleza) y la instauración de un orden social, político y económico más justo. Sería una revolución de otro tipo, una más profunda y más humana en franca oposición a lo que habitualmente se concibe como lo políticamente “correcto”. -