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EL MUNDO DEL CAPITALISMO

EL MUNDO CONTEMPORÁNEO Y LO POLÍTICAMENTE «CORRECTO»

EL MUNDO CONTEMPORÁNEO Y LO POLÍTICAMENTE «CORRECTO»

La indiferencia absoluta ante el dolor ajeno ha reemplazado -sin mucho escándalo y/o vergüenza entre aquellos que lo presencian, aun en medio de la pandemia del Covid 19- la solidaridad o la empatía que debiera generarse entre la humanidad, ya sea que ésta se origine por causa de las distintas religiones que se profesen (caracterizadas e inspiradas, en apariencia, por el amor al prójimo), o por el tipo de educación recibida (donde destacarían la importancia y la necesidad de los valores éticos y morales). Esto se pone de manifiesto mayormente en el área económica, con un capitalismo neoliberal autocomplaciente, en búsqueda constante de mayores ganancias, cuyos apologistas consideran que la asistencia social prestada por el Estado es una traba dispendiosa que hace insostenible cualquier grado de crecimiento económico que se plantee.

A grandes rasgos, el mundo contemporáneo se encuentra saturado de opciones individualistas y/o individualizadas que merman la posibilidad real de alcanzar el bien común. Zigmunt Bauman en “Trabajo, consumismo y nuevos pobres” sentencia: “En otras épocas, la apología del trabajo como el más elevado de los deberes -condición ineludible para una vida honesta, garantía de la ley y el orden y solución al flagelo de la pobreza- coincidía con las necesidades de la industria, que buscaba el aumento de la mano de obra para incrementar su producción. Pero la industria de hoy, racionalizada, reducida, con mayores capitales y un conocimiento profundo de su negocio, considera que el aumento de la mano de obra limita la productividad. En abierto desafío a las ayer indiscutibles teorías del valor -enunciadas por Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx-, el exceso de personal es visto como una maldición, y cualquier intento racionalizador (esto es, cualquier búsqueda de mayores ganancias con el capital invertido) se dirige, en primer lugar, hacia nuevos recortes en el número de empleados”. Tal situación convierte a los mercados en objeto prioritario de los gobiernos, indiferentemente de cuál sea su orientación político-ideológica, relegando el bienestar colectivo a un segundo plano, sometido en todo caso a los dividendos que obtendrían los dueños del capital (sea exógeno o endógeno).

Bajo tal perspectiva, no extrañaría que la conducta social e individual carezca de una moral de responsabilidad pública. Tal como se evidencia con el manejo imprudente del coronavirus que diezma millones de almas en todos los continentes, los desastres ecológicos, la niñez abandonada y esclavizada o la corrupción política, entre otros flagelos de los cuales todos tienen una opinión negativa pero que no los motiva suficientemente para generar una voluntad de acción conjunta en pro de su erradicación. Algo que se refleja en la industria del entretenimiento, la cual -aparte de traer ingentes cantidades de dinero a sus promotores- produce una transferencia ideológica a quienes está orientada, induciendo en éstos una sumisión dirigida que les hace resignarse ante las decisiones e intereses de las clases dominantes y el orden establecido y a desconfiar de sus propias potencialidades. Esto obliga a los seres humanos a proponerse una redefinición de los valores imperantes y la conjugación de iniciativas populares que propicien en todo momento el bienestar colectivo, la emancipación integral de cada uno (sin menoscabo de sus prójimos y de la naturaleza) y la instauración de un orden social, político y económico más justo. Sería una revolución de otro tipo, una más profunda y más humana en franca oposición a lo que habitualmente se concibe como lo políticamente “correcto”. -                

 

¿ES POSIBLE TRANSFORMAR LA SOCIEDAD EXISTENTE A TRAVÉS DEL ESTADO?

¿ES POSIBLE TRANSFORMAR LA SOCIEDAD EXISTENTE A TRAVÉS DEL ESTADO?

 

Por largo tiempo se ha planteado la interrogante de si existe la posibilidad de transformar efectivamente el modelo de sociedad existente a través del Estado liberal burgués. En esto han coincidido quienes -sin desdeñar por completo el pasado- aspiran a que el tipo de sociedad en que viven evolucione de alguna forma a un estadio superior de convivencia, garantizándoseles a todos las mismas oportunidades de progresar; mientras otros, más revolucionarios, tienen como objetivo central de su pensamiento y de sus acciones la erradicación del orden establecido, sustituyéndolo por uno donde existan mayores niveles de equidad, de democracia y de autogestión económica.

En la práctica, entre finales del siglo pasado e inicios del presente, muchos de los gobernantes progresistas y/o izquierdistas de nuestra América apostaron a que se abría en el horizonte un nuevo grado de madurez de la democracia, unido a la posibilidad de alcanzar un desarrollo económico compartido mediante la implementación de acuerdos y la creación de organismos de integración regionales. Gran parte de los mismos comenzaron a divulgar la tesis gracias a la cual habría una mayor inclusión social, elevando los niveles de bienestar material de vastos sectores de la sociedad que hasta entonces permanecieron largamente excluidos, al mismo tiempo que se les garantizaba una participación más efectiva en el ámbito político; lo que les estimuló a constituir estructuras de carácter comunitario con alguna incidencia de importancia en el orden económico (buscando crear alternativas al capitalismo), pero más -básicamente- en lo político (adquiriendo así un papel más activo y protagónico) y en lo social (organizándose de forma suficientemente autónoma).

Sin embargo, los acontecimientos ocurridos posteriormente en Ecuador, Brasil y Bolivia (tres de las naciones, cuyos gobiernos marcaron huella en esta dirección, a las que se suma Argentina con el paréntesis del régimen derechista último) obligaron a muchos teóricos y analistas a hacer un alto en sus reflexiones acerca de lo que sería en nuestra América una revolución de carácter altamente democrático, inclusiva, anticapitalista y antiimperialista; dada la nueva situación creada por los gobiernos de estas naciones al actuar en estrecha relación con el gobierno de Estados Unidos para desmantelar de forma absoluta lo logrado por los sectores populares durante esta etapa histórica. En estas reflexiones, pocos han admitido el limitado o nulo avance en cuanto a los cambios estructurales que debió sufrir el Estado, lo que facilitara que se produjera el golpe de Estado contra Evo Morales y, bajo una modalidad legalista ya aplicada en Honduras y Paraguay, contra Dilma Vana Rousseff en Brasil; sin excluir los procedimientos judiciales aplicados a Luiz Inácio Lula Da Silva, en el mismo Brasil, y a Rafael Correa, en Ecuador, con la finalidad de excluirlos definitivamente del ámbito político. Otro tanto podría decirse respecto a Venezuela donde, a pesar del control del estamento gubernamental e institucional ejercido consecutivamente por el chavismo desde hace veinte años, aún se mantienen intactas las viejas prácticas clientelares y la corrupción administrativa en diversos niveles, afectando significativamente lo referente a la constitución de un verdadero poder popular, cuyas decisiones y acciones sean plenamente soberanas frente a los cinco poderes públicos constituidos. En este último caso, los sectores de la derecha, tanto la tradicional como la emergente -apadrinados por el imperialismo gringo junto con regímenes de la región y de Europa occidental- han tratado de aprovecharse, sin mucho éxito, de los desaciertos, del descontento y de las fisuras dentro del chavismo, creando falsas o ilusorias expectativas en relación con la inminente caída de Nicolás Maduro; evidenciando de este modo un vasto desconocimiento de la idiosincrasia y de la historia de luchas del pueblo venezolano al aplicar las estrategias y las tácticas diseñadas por Estados Unidos para desestabilizar el gobierno de este país.

En todos los casos que puedan evaluarse no ha bastado con arrebatar a los sectores dominantes la maquinaria del Estado y tratar de servirse de ella para cumplir los objetivos trazados en beneficio de los pueblos si la justicia social y la democracia participativa no se hacen elementos sustantivos de la mano del pueblo, lo necesario para producir y protagonizar las transformaciones estructurales que aseguren su emancipación integral en una sociedad de nuevo tipo, más equitativa que la presente. La transformación de la sociedad tendría que producirse al mismo tiempo que la total transformación del Estado, de otro modo se repetirá el ciclo de experiencias fracasadas que registra la historia. - 

 

REDEFINIR LA DEMOCRACIA EN EL SIGLO 21

REDEFINIR LA DEMOCRACIA EN EL SIGLO 21

Pocos ponen en entredicho que la democracia es, en esencia, soberanía popular. En razón de ello, resulta paradójico que una minoría -aun aquella en que ésta es delegada a través del voto- pueda y quiera asumir dicha soberanía como algo propio y exclusivo sobre la cual no habría control alguno por parte de los sectores populares, de quienes, justamente, ella se origina. En este caso, la célebre frase con que Abraham Lincoln definiera la democracia tendría que reinterpretarse a profundidad, a la vista de las diversas transformaciones vividas en muchos aspectos por el género humano durante los dos últimos siglos de historia; obligando a la generalidad de los hombres y las mujeres de este tiempo a plantearse reivindicaciones que, a pesar de su carácter local, tienen connotaciones universales. Lo que debiera verse como una reacción legítima que cuestiona los cimientos sobre los cuales se erige el modelo civilizatorio imperante en el mundo.   

Producto de sus reflexiones, el nacionalista kurdo Abdullah Öcalan determinó que "los procesos de toma de decisión democráticos no deben ser confundidos con los procesos conocidos de la administración pública. Los Estados sólo administran mientras que las democracias gobiernan. Los Estados están fundados en el poder, las democracias están basadas en el consenso colectivo. El mandato en el Estado está determinado por decreto, aunque puede en parte ser legitimado a través de elecciones. Las democracias usan elecciones directas. El Estado usa la coerción como medio legítimo. Las democracias se apoyan sobre la participación voluntaria". En concordancia con esta sentencia, los diversos Estados y/o gobiernos están -en su gran mayoría- regidos por dicha concepción, lo que supone una limitación a la participación organizada y efectiva del pueblo en su toma de decisiones, dando por descontado, de acuerdo al discurso oficial, que ellos lo hacen (siempre) en interés del bien colectivo.

En este orden de ideas, los sectores populares están llamados a superar la ausencia de organización y de dirección colectiva que presentan muchas veces. Deben activar, al mismo tiempo, de un modo determinante y permanente, un proceso de movilización que incida realmente en la desburocratización de las funciones públicas, lo que habrá de lograrse a través de una participación total y vinculante frente a la gobernabilidad burgués-liberal tradicional. Ello contribuiría a hacer de la democracia el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo pero esta vez con el pueblo. Sin embargo, no bastará exigir un mayor ejercicio de la democracia sino se extiende ésta también al ámbito económico, transformando y/o erradicando de raíz el sistema capitalista dominante.

El destino de la humanidad, como muchos lo deducen, se halla en una situación de bifurcación muy importante. En todos los niveles de su existencia. Las demandas populares que se hacen sentir en cada nación del planeta -en medio de las graves y profundas desigualdades, injusticias, guerras y, ahora, pandemias generadas por el individualismo posesivo que caracteriza al capitalismo en un sentido general-  son demandas incompatibles con el predominio capitalista neoliberal y el tipo de Estado que lo justifica, por lo que adoptan características subversivas y revolucionarias, combatiendo simultáneamente las condiciones de opresión política, de explotación económica y de discriminación social.

Contra la pretendida democracia del Estado burgués-liberal (la cual permite y exige una conducta pasiva y, en algunos casos, servil de los ciudadanos) se hace imperativa la búsqueda y el establecimiento de una nueva concepción y de una nueva práctica política (dando preeminencia a la soberanía popular), de una nueva economía (centrada en el respeto a la dignidad humana y a la naturaleza) y de unas nuevas maneras de comprensión de lo que representa el tipo de sociedad vigente sobre la base de valores libertarios, democráticos y comunitarios. En esta perspectiva, se produciría una mejor redefinición de la democracia en el presente siglo, desde abajo, logrando los sectores populares organizados la participación y el protagonismo que reivindican y merecen. -              

LUCHA FEMENINA Y RELACIONES DE PODER

LUCHA FEMENINA Y RELACIONES DE PODER

 

De acuerdo con Abdullah Öcalan, muchos sistemas civilizados han empleado el sexismo para preservar su poder. Reforzaron la explotación de las mujeres y las utilizaron como una valiosa reserva de mano de obra barata. Las mujeres también son consideradas como un recurso valioso en tanto y en cuanto producen descendencia y proveen a la reproducción del hombre. De esta forma, la mujer es tanto un objeto sexual como una mercancía. Ella es una herramienta para la preservación del poder masculino y puede progresar, en el mejor de los casos, para convertirse en un accesorio de la sociedad masculina patriarcal”. Si bien es cierto que, desde la época en que esta reflexión se hizo conocer hasta el tiempo presente, las mujeres han alcanzado diversos grados de reconocimiento y de inclusión, desde su participación política e igualdad de derechos hasta el mando militar y poder económico, en la generalidad de los casos se observa que la discriminación, la explotación y la violencia respecto a las mismas es parte de la lucha que aún les toca librar.

Así, al conjunto de las reivindicaciones específicas de los diferentes movimientos feministas alrededor del mundo, así como la igualdad real de género, se suman aspectos que deben también ser tomados en cuenta como la feminización de la pobreza, considerando (especialmente en naciones de África y de nuestra América) que la mujer tiene el rol principal -como madre- en el sostenimiento de la familia, en lo que algunos antropólogos identifican como familia matricentrada, con escasas posibilidades de superar las deficiencias materiales que padece. Todo lo anterior supone determinar las relaciones de poder existentes en el modelo civilizatorio vigente, sean estas de clase, de origen étnico y/o geopolíticas, todas las cuales han hecho de las mujeres sujetos secundarios y/o subordinados. Para ello, es importante la promoción y el uso cotidiano de un lenguaje inclusivo que permita el reconocimiento de la mujer en su condición de ser humano, persona y ciudadana, sin menoscabo de su feminidad.

Se debe entender que el género no es simple cuestión de mujeres. Es un concepto relacional que se extiende a todos los ámbitos de la vida social en lo que sería una revolución más amplia que alguna en el terreno político o en la economía; siendo éste un elemento importante que no podrá obviarse si se pretende obtener y consolidar una emancipación integral real de todos los seres humanos. Esto nos llevaría a la producción y conformación de una contracultura femenina a manos de mujeres diversas, pensantes y actuantes que puedan contribuir efectivamente a la construcción de un nuevo tipo de sociedad y, obviamente, de una nueva política. Para esto es requisito el cuestionamiento radical de las bases mismas de todo el sistema-mundo vigente, de otro modo sólo será posible una igualdad inclusiva que poco afectaría las relaciones de poder usuales.

La lucha femenina enfrenta, desde todo ángulo, la ideología patriarcal que fue cimentándose a través de los siglos, generando leyes, normas y sanciones que terminaron por reprimir las características femeninas de nuestras sociedades, normalmente basadas en preceptos religiosos que hicieron de la mujer la gran culpable de nuestros males como especie. Sin embargo, no se puede pasar por alto la íntima conexión existente entre patriarcado y capitalismo, por lo que los objetivos de la lucha de las mujeres no podrían alcanzarse sin afectar o transformar, de manera simultánea, las estructuras que los hacen posibles. -          

 

EL TSUNAMI TECNOLÓGICO Y EL VIEJO SUEÑO HUMANO

EL TSUNAMI TECNOLÓGICO Y EL VIEJO SUEÑO HUMANO

Con escasa o nula conciencia de lo que ocurre con los datos que, de una forma espontánea y hasta ingenua, proporcionan toda vez los millones de usuarios que acceden a una red o servicio de internet, éstos componen un recurso económico extraordinario, prácticamente inagotable, del cual las grandes corporaciones transnacionales obtienen formidables réditos, sin que se vean obligadas a retribuirle a aquellos el aporte que realizan a diario. En vista de esta nueva situación creada por la lógica del capitalismo, a nivel mundial se levantan voces exigiendo la imposición de mecanismos legales que controlen y restrinjan este derecho de facto por parte de las grandes corporaciones transnacionales, de modo que se protejan los derechos y la potestad de las personas sobre sus datos, tanto en lo que concierne a su condición individual como colectiva.

Todo esto indujo a Just Net Coalition a presentar el 25 de noviembre de 2019 un Manifiesto por la Justicia Digital durante la realización del  Foro de Gobernanza de Internet, en la ciudad alemana de Berlín, sintetizado en la frase “Un llamado para que nuestro futuro digital nos pertenezca”. Sus Principios clave comprenden lo siguiente: 1. Todas las personas deben tener potestad sobre sus datos, `ya sea individual o colectiva. 2. Nuestros datos requieren protección contra el abuso. 3. Necesitamos las herramientas para controlar nuestros datos. 4. Los bienes comunes de datos requieren marcos de gobernanza adecuados. 5. La protección, el intercambio y la utilización de datos requieren nuevas instituciones. 6. El trabajo que genera datos debe ir acompañado de derechos digitales. 7. Los datos deben procesarse cerca del punto de su origen. 8. Los flujos transfronterizos de datos deben regirse a nivel nacional. 9. Es necesario reivindicar las tecno-estructuras como espacios personales y públicos. 10. Deberíamos tener potestad sobre el software que utilizamos y poder controlarlo. 11. Las infraestructuras digitales clave deben ser administradas como servicios públicos. 12. Las tecno-estructuras deben ser descentralizadas para un uso abierto, con interoperabilidad. 13. Los monopolios digitales globales deben desarticularse. 14. La datificación de las sociedades debe gestionarse democráticamente. 15. El desarrollo de los estándares digitales debe ser la responsabilidad de organismos de interés público. 16. La esfera digital debe ser gobernada de lo local a lo global.

Como se pone de relieve cada día, las tecnologías de información y comunicación (TIC) han constituido un gran avance en los últimos treinta años. Computadoras, teléfonos móviles y otros elementos similares les han permitido a muchas personas acceder a una conexión global, en tiempo real, conocer noticias ocurridas a miles de kilómetros de distancia, y compartir datos de su particular interés desde la comodidad del hogar. Algunos califican dicho avance de tsunami tecnológico, del cual pocos perciben las posibles consecuencias que este tendría respecto a la concepción y el funcionamiento de las estructuras del modelo civilizatorio actual, a pesar de estar presente en la actividad cotidiana de la banca y de los mercados financieros; las transacciones con monedas digitales; y la utilización, entre otras cosas, de drones, satélites, big data, cámaras de vigilancia, aparatos de reconocimiento facial y diversos sensores acoplados con inimaginables bases de datos en manos de empresas y gobiernos, que hacen de la vida de cada ser humano un libro abierto, carente, prácticamente, de privacidad. Apenas comienzan a analizarse sus impactos e implicaciones, cuestión que se extiende a la infraestructura digital que debiera existir en todo país, sobre todo en lo que respecta a África y nuestra América, donde la mayoría de sus poblaciones escasamente cuenta con servicios de internet; todo ello sin considerar el efecto de la radiación electromagnética en la salud de las personas, a lo que se añade el hecho de que se requiere extraer grandes cantidades de minerales necesarios para fabricar teléfonos celulares y demás artefactos de trasmisión y recepción, presentes en ambos continentes, lo que incrementa la destrucción creciente de ecosistemas, suscitando conflictos de intereses políticos y comerciales diversos.

Para muchos, la infinidad de posibilidades creativas, recreativas y utilitarias que podría derivarse de las tecnologías de información y comunicación les anima a creer que el futuro podría ser algo mejor que el presente. No obstante, también suscita el temor reflejado en las distopías creadas por los autores de ciencia ficción con un mundo dominado por minorías despóticas que uniforman al extremo el pensamiento y el estilo de vida del resto de la humanidad, dándole la sensación y la convicción que no tienen otras opciones factibles, resignados a su condición y destino. Tal dualidad de criterios obliga, sin embargo, a fijar posiciones respecto a lo que ello significa. La larga historia del sistema capitalista y de los usos dados a la ciencia y la tecnología en materia militar nos debiera prevenir respecto a sus efectos negativos, lo que impondría la necesidad de ejercer un mejor control. Lo que quedaría pendiente es saber hasta qué límite y cómo se haría. Lo segundo sería lograr que todos estos avances sirvan realmente para dotar a los seres humanos de unas mejores condiciones materiales de vida, en armonía con su entorno natural, las que, eventualmente, contribuirían a consolidar el viejo sueño humano de una emancipación integral. -     

 

EL ODIO COMO LEGITIMACIÓN RACIAL Y POLÍTICA

EL ODIO COMO LEGITIMACIÓN RACIAL Y POLÍTICA

Los focos de violencia ocurridos durante las últimas semanas en suelo estadounidense a propósito del asesinato de otro ciudadano afrodescendiente a manos de la policía tienden a ser interpretados como una reacción popular legítima en contra del racismo que, desde hace siglos, es un signo social característico del país norteño. Aun cuando se tenga razón en este sentido, habría causas o motivos más profundos que el racismo para entender tal explosión social, lo que implicaría la realización de un estudio sociológico y/o antropológico que escudriñe la sociedad estadounidense desde sus mismos orígenes.

Esto nos remite a las situaciones que han tenido lugar en el ámbito político al sur de nuestro continente, resaltando las escenificadas en Venezuela, Brasil y Bolivia donde grupos autocalificados de derecha, cristianos y democráticos trazaron una línea divisoria abiertamente racista respecto a los sectores populares, descalificando su capacidad para autogobernarse y para ejercer sus derechos constitucionales. Lo mismo podrá afirmarse en relación con los migrantes venezolanos quienes han sido víctimas de la xenofobia alentada por sectores políticos y medios informativos en su empeño por achacarles la culpa de todos los males que se producen en cada uno de estas naciones de nuestra América; buscando así fortalecer y recuperar sus posiciones e influencias internas. Es una regresión histórica que busca expandirse en nuestra América luego de vivirse una etapa importante de esfuerzos integracionistas que servirían de herramientas para deslastrarse de la dominación imperialista ejercida secularmente por Estados Unidos. No es casualidad notar que los sectores reaccionarios de la potencia norteamericana y de sus pares al sur de su frontera coincidan en retórica, acciones e, incluso, en el uso fanático de la Biblia para impedir el avance y el acceso al poder constituido de los sectores populares, en una diferenciación que rememora la clasificación racial impuesta por el colonialismo español en estas tierras.

Esto es, en resumen, la puesta en práctica de una política del odio como legitimación racial y política, cuyo objetivo principal es coartar cualquier posibilidad de emancipación que tenga como eje central la soberanía plena del pueblo. A nuestros pueblos les corresponde, por tanto, trascender el marco de referencia eurocéntrico que ha regido su existencia, de un modo totalmente radical, recuperando así sus raíces históricas y culturales, lo que supone dejar atrás los cánones impuestos por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado a través de la educación y el  adoctrinamiento constantes, puesto que tales elementos representan por igual la dominación, la desigualdad y la violencia que les ha tocado enfrentar para asegurar sus derechos, lo que incide -directa e indirectamente- en la percepción que se tiene del mundo en general.

Bajo tal orientación, lo que debiera constituir el deber ético humanitario de todas las personas (que, incluso, podría derivarse en buena parte de las enseñanzas religiosas que profesa una mayoría, independientemente de cuál sea su denominación), cuya orientación básica habrá de expresarse siempre en el logro del bien común, la solidaridad, la cooperación y el sentido de comunidad en lugar de los antivalores que caracterizan al tipo de civilización vigente, dominado como está por la lógica depredadora, excluyente y competitiva del sistema capitalista neoliberal.

Ello nos obliga a comprender que los auspiciadores de este modelo civilizatorio son los ejecutantes de una larga trama perversa mediante la cual se trata de doblegar y derogar la voluntad soberana de los pueblos que aspiran vivir en paz y democracia, sin las imposiciones neocolonialistas e imperialistas de las grandes empresas transnacionales de las naciones desarrolladas. Para ello, es preciso descubrir el discurso seudo democrático y nacionalista -replicado sin pudor por las cadenas noticiosas a su servicio- con el cual ocultan su verdadero objetivo: la instauración de un régimen a imagen y semejanza del existente en Estados Unidos, creyéndolo el mejor y más idóneo del mundo. No obstante, se han visto enfrentados a una resistencia popular inaudita que, pese a las inconsistencias ideológicas e, incluso, corrupciones de la dirección política (sin distinción de derecha o de izquierda) les dice que se requiere transformar el orden establecido, ya que éste no admite más reformas.

Como elemento esencial de su estrategia para que los sectores populares terminen por aceptar su condición subalterna y neocolonial, los sectores derechistas no ocultan su intención de asesinar a aquellos que considera inferiores, por lo que estarían exentos de cualquier acción legal en su contra. El odio como legitimación racial y política es, a grandes rasgos, una realidad condenable. Por consiguiente, resulta vital y necesario confrontarlo desde todo punto de vista aunque ello represente emprender una guerra asimétrica contra aquellos que poco o nada les importa la vida ajena.

 

EL CORONAVIRUS Y LA DESHUMANIZACIÓN HUMANA

EL CORONAVIRUS Y LA DESHUMANIZACIÓN  HUMANA


Aparte de disminuir significativamente el turismo internacional, los servicios y el consumo de productos no esenciales en todo el orbe, de una u otra forma, la pandemia del Covid-19 pone de manifiesto la desigualdad de clases existente en la sociedad contemporánea. Lo que resalta a primera vista es que no todas las personas podrán acogerse a la cuarentena social recomendada por los gobiernos y la Organización Mundial de Salud, entre ellos, los indigentes, los trabajadores independientes y los pequeños empresarios; en general, quienes no disponen de un mínimo aceptable de recursos económicos con los cuales sobrevivir holgadamente día a día. De esta manera, extremando esta conclusión, se estarán beneficiando, en un primer lugar, las grandes corporaciones y, en un segundo lugar, se estaría prescindiendo de un porcentaje de la población que, bajo la lógica capitalista, no genera dividendos y representa, según sus cálculos, una carga onerosa para el Estado.
Todo esto demuestra asimismo que el nivel material de existencia humana, la esperanza de vida de la población en general y la bonanza económica infinitos son meras ilusiones creadas  por el capitalismo globalizado, dando paso a unas mayores e injustas condiciones de desigualdad socioeconómica, lo que ha aumentado de modo exagerado y dramático la tradicional brecha que separa a ricos y pobres.


Al referirse a este tema de actualidad, son varios los analistas a nivel internacional que coinciden en afirmar que, más allá del ámbito sanitario, ésto sería el preámbulo de la descomposición irreversible que sufriría el sistema capitalista. Otros hablan de la puesta en marcha de un proceso malthusiano de reingeniería social a fin de adecuar a los seres humanos a las nuevas exigencias e intereses del capital corporativo-financiero  transnacional, lo cual incluye un despoblamiento programado (afectando especialmente a aquellas naciones que son consideradas inútiles u hostiles al régimen de explotación capitalista) y el establecimiento de un Estado militar-policíaco a escala planetaria, encargado de velar por la uniformidad del pensamiento y de mantener a la humanidad bajo una misma disciplina. El horror al contacto humano (entendido como distanciamiento social) cumpliría con este propósito inicial, convenciendo a una mayoría de la necesidad de establecer oficialmente estados de excepción en las naciones afectadas, lo que, al mismo tiempo, contribuiría a modificar los estándares de consumo habituales.Sin embargo, lejos de este efecto, entre mucha gente, el Covid 19 suscitó la necesidad -extrema, en alguna porción- de transformar de modo radical las bases que sostienen la economía y el tipo de sociedad imperantes; lo cual implica poner en marcha un conjunto de acciones que culmine en el desarrollo de una revolución social, política y económica de largo alcance.

 
Como lo refleja François Chesnais, “que el capitalismo encuentre límites que no puede franquear no significa en modo alguno el fin de la dominación política y social de la burguesía, menos aún su muerte, pero abre la perspectiva de que arrastre a la humanidad a la barbarie. El reto está en que quienes son explotados por la burguesía o no están atados a ella encuentren los medios para separarse de su mortífero recorrido”. Esto se ha repetido innumerables veces en el transcurso de la historia. No obstante, en medio de la situación mundial actual existen las condiciones propicias para revisar y revertir por completo el dominio capitalista. El mismo hecho que a los dueños del capital solo les interese pensar en la disminución de sus ganancias antes que en la vida de millones de seres humanos sería suficiente motivo para emprender esta tarea impostergable.

Para lograrla, se requiere confrontar, de manera racional, el resurgimiento de las absurdas supersticiones apocalípticas de la Europa medieval, así como la excusa política de atribuirle el origen de esta pandemia a un vasto plan de dominación diseñado por el gobierno de China -enfrentado al de Estados Unidos por la competencia comercial- lo mismo que a los migrantes que, desde las últimas décadas, han traspasado, principalmente, las barreras fronterizas de Europa y de Estados Unidos, lo que ahora justificaría la necesidad de implementar una cuarentena social absoluta que impida por completo su acceso a estos territorios. Como se puede deducir, el Covid 19 cumple un doble propósito político y económico que, en todo caso, afecta a los países periféricos del sistema capitalista global, desacelerando sus economías y exponiendo su autodeterminación a las conveniencias de quienes controlan dicho sistema, gracias a la posesión de las vacunas y demás insumos utilizados para la contención y erradicación de este flagelo. 

La deshumanización humana (más allá del simple juego de palabras) representa una seria amenaza para todos. El hecho que ella esté destacándose en medio del horror desatado por el Covid 19 exige librar una batalla quizá más exigente que las protagonizadas por pueblos y grupos sociales en lucha por su emancipación y el reconocimiento de sus derechos. Demanda una nueva conciencia ciudadana, unas nuevas relaciones de producción, y una nueva práctica social y política, cuyos ejes principales sean la dignidad, la libertad y el interés colectivos, en plena armonía con el resto de la humanidad y con la naturaleza. Este sería el mejor colofón a lo que enfrentamos y pone en serio riesgo nuestra existencia. 

LA IRRACIONALIDAD LUCIFERINA DEL CAPITALISMO

LA IRRACIONALIDAD LUCIFERINA DEL CAPITALISMO

El capitalismo neoliberal niega la posibilidad de alternativas. Esta es una verdad de Perogrullo. La experiencia vivida en una gran parte de las naciones de nuestra América (muchas de ellas convulsionadas por protestas populares) demuestra que su aplicación está dirigida a fortalecer los grandes capitales, especialmente foráneos, frente a lo cual no sólo quedan desguarnecidos los intereses colectivos sino también los capitales nacionales, en el caso que no se subordinen a aquellos. Dentro de este orden de ideas, se observa el surgimiento de un nuevo eje de desigualdad, con un proletariado nómada expuesto a todo tipo de explotación y penurias, cuya situación se agrava, principalmente, a las puertas de Europa y Estados Unidos, impidiéndoseles sistemáticamente su ingreso; sin excluir lo que viene ocurriendo en el sur de nuestra América con una migración venezolana constantemente acosada por sectores chovinistas que la inculpan de los males sociales y económicos presentes, desde hace mucho tiempo, en sus respectivos países. A toda esta realidad se agrega el alto grado de extractivismo y de contaminación sufrido por la naturaleza en diferentes latitudes, con exiguas e ineficaces medidas aplicadas para reducirlo en función de la preservación de todo género de vida existente en la Tierra; cosa que ha provocado el asesinato de dirigentes campesinos, indígenas y ecologistas que luchan por proteger el entorno natural de la voracidad de terratenientes y empresarios, afanados en solo incrementar sus grandes capitales.      

Dicho de otro modo, como lo señalara Karl Marx, «el capitalismo tiende a destruir sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y los seres humanos». En consecuencia, la irracionalidad luciferina del capitalismo ha conducido a la raza humana -si no se resuelve en un corto tiempo con suficiente sentido de prioridad- a un progresivo estado de destrucción, cuya causa y sintomatología comienzan a ser percibidos a nivel mundial. Esto les ha permitido comprender a numerosas personas, por ejemplo, que la crisis financiera y la crisis migratoria que agitan al mundo contemporáneo se hallan intrínsecamente relacionadas. No son hechos aislados. Esta percepción les incita a organizarse de manera alternativa y a buscar nuevos modos de entender la política y la economía, lo que es visto -como es habitual- como una seria amenaza por los sectores dominantes tradicionales, enlazados en una inseparable red de poder político y de poder económico que se extiende por encima de cualquier precepto preexistente de respeto a la vida, a la democracia y a la soberanía nacional, en una especie de dictadura supranacional o imperio del capital, cuyas decisiones e intereses nos afectan a todos.

Sobre esa base, no se puede soslayar que la realidad económica neoliberal de los últimos tiempos puso en evidencia la inexistencia de la mano invisible del mercado con que los economistas justificaran la usura, las desigualdades y la explotación sin cesar de los trabajadores que caracterizan al capitalismo. Hoy está más claro que nunca que tal mano invisible no es tan invisible como se pregonó desde hace muchos siglos atrás. Ella pertenece (sin disimulo alguno) a los grandes conglomerados que rigen el sistema capitalista global y a las clases gobernantes que lo respaldan, con sus medidas, conflictos bélicos y legislaciones, en desmedro de los derechos y de los intereses de la mayoría. Por ello, no deben causar extrañeza alguna las convulsiones sociales que tienen lugar en disímiles países. Como tampoco las guerras que desangran pueblos enteros en diferentes latitudes del planeta; impulsadas, en su mayor parte, por Estados Unidos y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, a lo que se agregan las políticas de ajuste estructural impuestas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Todo ello forma una contrarrevolución programada, cuya resultado visible es una pauperización masiva de la humanidad, obligando a quienes la integran a adoptar un enfoque esencialista que les hace prescindir de todo sentido de solidaridad al mismo tiempo que son sobreexplotados (sin derechos) por los propietarios de los grandes capitales. -