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EL MUNDO DEL CAPITALISMO

DEMOCRACIA DE BAJA INTENSIDAD

DEMOCRACIA DE BAJA INTENSIDAD

En uno de sus libros, “Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social" Boaventura de Sousa Santos nos advierte sobre la existencia de un tipo de democracia de baja intensidad en sintonía con el afán de dominación característico del capitalismo neoliberal globalizado; muy distante, por cierto, de la que se aspira de una manera ideal: «estamos entrando en un proceso donde solamente tiene valor lo que tiene precio y, por lo tanto, el mercado económico y el mercado político se confunden. Con eso se naturaliza la corrupción, que es fundamental para mantener esta democracia de baja intensidad, porque naturaliza la distancia de los ciudadanos a la política: ‘todos son corruptos’, ‘los políticos son todos iguales’, etc., lo cual es funcional al sistema para mantener a los ciudadanos apartados. Por ello la naturalización de la corrupción es un aspecto fundamental de este proceso». Uno y otro son aspectos que, aun cuando se quisiera, no podrían obviarse, estando ambos tan estrechamente entrelazados. Esto nos obliga a concluir que una democracia simplemente formal no es suficiente para que ella -la democracia- exista realmente.

En correspondencia con dicho planteamiento, se podría citar también lo afirmado por el historiador, ideólogo y activista ecologista estadounidense Murray Bookchin, en cuanto a que «un pueblo cuya única función política es elegir delegados no es para nada un pueblo, sino una masa, una aglomeración de mónadas. La política, a diferencia de lo social y estatal, implica la recorporalización de las masas en asambleas generosamente articuladas, para formar un cuerpo político reunido en un foro, de racionalidad compartida, de libre expresión y de formas de toma de decisiones radicalmente democráticas». Sin un pueblo capaz de trascender el marco electoral acostumbrado, la democracia decae y termina por ser (igual que la soberanía popular) una mera referencia retórica que favorecerá, en un primer plano, a los políticos profesionales mientras el común de la gente sigue a la espera del cumplimiento de sus promesas electorales. Aparte de esto, se debe considerar también que, henchido con unas herencias ideológicas que adquieren formas y contenidos a través del comportamiento y los procedimientos administrativos habituales de quienes controlan el poder, el Estado, en un amplio sentido, escasamente ha servido para hacer realidad la democracia. Para lograr que ella sea algo menos nebuloso y más concreto, los sectores populares han tenido que enfrentar -muchísimas veces en las calles, con saldos trágicos, como antes en los campos de batalla- a las clases y estamentos que ejercen (en su propio beneficio) el poder constituido; cuestión que se mantiene latente en diversidad de países, en una confrontación de clases que se busca disminuir mediáticamente, presentándola como una elemental lucha reivindicativa y no como una rebelión cuestionadora del orden imperante.

En la actualidad, esta democracia de baja intensidad se manifiesta en la nulidad y/o la escasa influencia y poder de decisión de un verdadero Estado de derecho en favor de la ciudadanía. Quien carezca de suficientes recursos económicos y de relevantes contactos políticos con los cuales sortear algún trámite engorroso, queda a merced de los caprichos y del despotismo de la burocracia que integra dicho Estado, la que sólo se activará si hay una “ayuda” de por medio. Asimismo, cuando el predominio partidista se hace excesivo y abarca todo nivel organizativo de la población, impidiendo en su seno la pluralismo y la autonomía que debieran caracterizarlo; lo que origina el clientelismo político y, en consecuencia, la falta de una práctica extendida de la democracia. Ahora es cosa común que se busque infundir entre los sectores populares la noción respecto a que únicamente bajo los cánones del neoliberalismo económico sería posible vivir en democracia, por lo que las decisiones fundamentales de la sociedad debieran yacer en manos de sus representantes, a pesar de la explotación, la desigualdad y la injusticia que todo ello significa; además de un creciente menoscabo de la libertad y de los derechos ciudadanos. No obstante, también se aprecia en muchas naciones cómo una gran proporción de movimientos populares se opone activamente en las calles a esta especie de fundamentalismo político-económico que, desde hace décadas, pretende arropar y dominar nuestro mundo; despojándolo al mismo tiempo de su vasta diversidad étnico-cultural e imponiéndole un mismo estilo de vida. Gracias a las luchas y a los reclamos que estos protagonizan, todavía es viable lograr que exista una democracia de mayor profundidad, ejercicio y contenido, con paradigmas distintos a los vigentes, en vez de resignarse a una democracia de baja intensidad que nos escarnece en nuestra doble condición de ciudadanos y seres humanos; lo que nos exigirá crear una ética y una moral que estén en plena combinación con esta perspectiva. -            

 

 

 

EL EUROCENTRISMO, EL COMIENZO DE LA EXCLUSIÓN

EL EUROCENTRISMO, EL COMIENZO DE LA EXCLUSIÓN

 

En su libro “La invención de la exclusión”, José Romero Lossaco destaca que “la negación de la condición humana de unos, en cuanto producto de la afirmación de la condición humana de otros, dio origen a proyectos de salvación/colonización de aquellos que fueron definidos como no-humanos. Así, desde finales del siglo xv hasta nuestro siglo XXI el planeta ha sido testigo del despliegue de estrategias de humanización promovidas por la impronta moral de quienes han tenido el poder de definición sobre lo humano. Se cuentan, entre dichas estrategias, la evangelización-cristianización, la civilización-modernización, el desarrollismo y la democratización. En todos los casos encontramos detrás una definición de humanidad que limita la misma a las formas religiosas y/o seculares del mundo euro- norteamericano. La retórica moderna de salvación va acompañada de la lógica sacrificial de la Colonialidad: sacrificar el cuerpo para salvar el alma, desprenderse de la ‘tradición’ mediante ajustes dolorosos que saquen del pasado a las sociedades atrasadas, encaminarlas por la senda del desarrollo, son las formas perversas de este discurso de salvación/sacrificio. En cada uno de los casos, a lo largo de los últimos cinco siglos, la expansión de la Modernidad ha implicado la inclusión del resto dentro del marco de los ‘beneficios’ que esta trae consigo. Sin embargo, la retórica de salvación que ha dado forma al discurso de la inclusión ha sido ciega ante la lógica de la Colonialidad e incluso ha contribuido a hacerla invisible”.

Ello tuvo un cruento precedente en el caso de los antiguos pobladores de nuestra América, a quienes los invasores españoles catalogaron como seres sin historia ni religión, negándoseles así la condición humana por el simple hecho de pertenecer a culturas, con cosmogonías propias, completamente distintas a las existentes entonces en Europa. Siglos después las circunstancias apenas han cambiado. Lo mismo vale para el eurocentrismo llevar a cabo una agresión colonialista e imperialista, como aconteciera contra Argelia o Vietnam, que imponer un sistema segregacionista, tipo Sudáfrica o Israel.  A cada momento y en diversas naciones de nuestro continente, por ejemplo, hay grupos que revalidan con orgullo irracional la ideología eurocentrista, a tal extremo que la vida de las demás personas tiene escasamente algún valor ante sus ojos. Tanto en el ámbito social y político como en el religioso/espiritual.  

Sobre este último elemento, se observa cómo las denominaciones religiosas cristiano-evangélicas (dotadas de una presencia parlamentaria y gubernamental en varias naciones del continente y de una considerable red de radios, canales de televisión y redes sociales que difunden su mensaje a diario) comienzan a ejercer una influencia importante en el electorado latinoamericano. Como se evidenció en el proceso plebiscitario sobre los acuerdos de paz en Colombia, al igual que en Costa Rica durante el veredicto de la Corte Interamericana de Derechos Humanos respecto a la legalidad del matrimonio igualitario y en Brasil con la victoria obtenida por Jair Bolsonaro. Algunos analistas lo definen como evangelismo político mientras otros lo catalogan como teología de la prosperidad, la cual comprende, según sus predicadores, una guerra espiritual contra el mal y quienes estén involucrados en ella (de parte de su dios único, obviamente) podrán ser bendecidos con la salvación de sus almas, la bonanza económica y la salud de sus cuerpos.

No es casual que ello ocurra, tomando en cuenta que el catolicismo estigmatizó a aquellos que, de alguna forma, se oponían a sus designios u objetaban sus reglas y enseñanzas. Una cuestión que tendría también su extensión a lo político, en la actuación y fisonomía del Estado, o en lo que conocemos como relaciones de poder. De este modo, la misión redentora y civilizadora de la civilización europea (traspasada luego a Estados Unidos) tuvo un basamento incuestionable. Europa sería desde entonces el epítome del conocimiento y del progreso humano, por lo que todos los pueblos del mundo estarían obligados a supeditarse a ella a fin de trascender su condición salvaje o aculturada, además de su subdesarrollo tecno-científico y económico.

La diferencia colonial y, junto con ella, de la colonialidad del poder, hizo posible el surgimiento y la consolidación del circuito económico-comercial del Atlántico a manos de las grandes potencias europeas, cuyo desarrollo se debe en gran parte a la extracción y a la explotación de recursos de los territorios americanos, africanos y asiáticos que éstas dominaron por largo tiempo. Ello marcó el abismo existente entre éstas (incluyendo a Estados Unidos) y el resto del mundo. En contraste con tal realidad se impone la búsqueda y el logro de un pensamiento realmente autónomo, oponiendo a la hegemonía eurocentrista una globalización emancipatoria contrahegemónica, plural y pluralista, contraria al pensamiento único que éste representa; lo cual exigirá una alta dosis de creatividad, de innovación, de herejía y de subversión de parte de nuestros pueblos subordinados. -

LAS OLIGARQUÍAS “OPRIMIDAS” Y SU DERECHO A “VIVIR” EN PAZ

LAS OLIGARQUÍAS “OPRIMIDAS” Y SU DERECHO A “VIVIR” EN PAZ

 

 

La diversidad étnico-cultural, tal como se ha evidenciado en diferentes regiones de la Tierra desde mucho tiempo atrás, no es funcional a la ideología, al Estado y al  patrón capitalistas que, determinan la civilización moderna, en tanto dicha diversidad busque defender y mantener intactos sus valores esenciales de identidad; así como el derecho invocado y defendido por las mayorías de acceder a un nivel más amplio de participación y de protagonismo democrático, lo cual suele ser visto como una herejía intolerable por parte de aquellos que ocupan el pináculo de la escala social, política y económica.    

Esta situación ha sobrepasado en la actualidad el respeto a las normas formales de la democracia y de la convivencia humana, elevándose a un grado tal de violencia y de intolerancia que los nazi-fascistas de antaño no podrían haberlo hecho en su momento sin escándalo ni repudio de las gentes consideradas civilizadas o conscientes. Ahora -como viene ocurriendo desde hace tiempo en Venezuela, Nicaragua y Bolivia- sectores de la ultraderecha se han dado a la tarea de reclamar el poder para sí, de causar disturbios y de agredir, con pretensiones ostensiblemente homicidas, a quienes disientan de su reducido “ideario” político; todo ello con la bendición, los recursos económicos y la asesoría de la clase gobernante de Estados Unidos, la cual, por su parte, recurre a los atávicos prejuicios esgrimidos por sus antecesores en su enfrentamiento global contra el comunismo y la Unión Soviética. En medio de todo ello, surge un nuevo elemento, apenas analizado, que tiende a reforzar la influencia de la derecha en el escenario político continental: el fundamentalismo religioso representado por denominaciones eclesiásticas enlazadas con aquellas existentes en territorio estadounidense, asumiendo un papel de sectarismo extremista como jamás se observó en nuestra América, bajo la tutela de la iglesia católica, desde los tiempos del coloniaje español.

En el mismo contexto, la irrupción de una fuerza popular espontánea en algunas de estas naciones puso en jaque la hegemonía de los sectores dominantes. En estas, a fuerza de una coerción apenas disimulada, reforzada además a través de la ideología y algunas leyes que le sirven para preservar la estabilidad del orden establecido, el estamento gobernante siempre impuso un consenso entre las clases subordinadas en beneficio de sus exclusivos intereses políticos y económicos, haciéndoseles creer a estas que dichos intereses son comunes para todos, en la misma proporción y disfrute, a los cuales, por lo menos, accederían si solo aceptan las reglas del juego.

Como lo refiriera Paulo Freire, “en la experiencia de los opresores, todo lo que no sea su derecho antiguo de oprimir, significa la opresión. Se sentirán en la nueva situación como oprimidos, ya que si antes podían comer, vestirse, calzarse, educarse, pasear, escuchar a Beethoven, mientras millones no comían, no se calzaban, no se vestían, no estudiaban, ni tampoco paseaban, y mucho menos podían escuchar a Beethoven, cualquier restricción a todo esto, en nombre del derecho de todos, les parece una profunda violencia a su derecho de vivir. Derecho que, en la situación anterior, no respetaban en los millones de personas que sufrían y morían de hambre, de dolor, de tristeza, de desesperanza. Es que para los opresores, la persona humana son sólo ellos. Los otros son ‘objetos’, ‘cosas’. Para ellos, solamente hay un derecho, su derecho a vivir en paz, frente al derecho de sobrevivir que tal vez ni siquiera reconocen, sino solamente admiten a los oprimidos”. De ahí que en el radio de acción de la democracia (de “su” democracia) no quepan los de abajo, en lo que coinciden con los racistas y los supremacistas blancos gringos; pues en el imaginario, la autodescripción o la autoimagen (ideológica y hegemónica) de los sectores oligárquicos de esta porción del planeta es muy común que los mismos calquen todo aquello que muestran sus pares de Europa y Estados Unidos; lo que se revela en su actitud violenta y racista en relación con los sectores populares. En oposición a todo esto, como afirma John Holloway, “el reto revolucionario es más bien promover la confluencia de las rebeldías que existen dentro de todos nosotros”. Un paso previo para ello es saber y tomar conciencia que la realidad de las oligarquías “oprimidas” y su derecho a “vivir” en paz es aquella que, justamente, le es negada a los sectores populares que se rebelan, de un modo u otro, contra el sistema que los veja. -           

 

EL VIEJO MITO DE LA PROSPERIDAD PERMANENTE

EL VIEJO MITO DE LA PROSPERIDAD PERMANENTE

El pago de la deuda externa, el ajuste estructural de la economía, el control del déficit público y de la inflación, la flexibilización laboral, la privatización de las empresas y de los servicios públicos, la desestabilización financiera, la desregulación, la eventual e inminente quiebra del Estado de bienestar y del sistema de seguridad social, teniendo como subsiguiente efecto la reducción del consumo colectivo de protección social que afectará -de modo inevitable- a una considerable porción de la masa trabajadora, han sido pretextos y mecanismos utilizados para cimentar las bases del capitalismo neoliberal globalizado. Sobre todo, en lo que respecta a los países de nuestra América, dando por sentado que los mismos son inevitables y necesarios si se quiere transitar el camino de una prosperidad permanente. Al seguirse tal esquema (recomendado sin mucha variación por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional a los gobiernos que requieren su auxilio), no se hace otra cosa que reproducir y ampliar los niveles de desigualdad generados desde hace largo tiempo por el sistema capitalista. Tanto en el ámbito nacional como internacional, lo cual tiende a agudizarse cada día, con su secuela de incertidumbres e impotencia entre quienes la sufren, con poca resistencia de su parte.

En su libro «Capital e ideología», el catedrático francés Thomas Piketty, determina que «la desigualdad es ideológica y política». Refiere, además, que en ningún caso esta es una cuestión «económica o tecnológica», como muchos la hacen ver, atribuyéndole el éxito o el fracaso que algunos individuos puedan lograr en sus vidas a su empeño o a su desidia particular; lo que es extensivo, obviamente, a las naciones empobrecidas o subdesarrolladas. Concluye que dicha desigualdad no se debe a causas «naturales», como suele declararlo la derecha liberal, tan en boga en los últimos tiempos, justificando el darwinismo social que esto supondría, incluyendo una supuesta predisposición cultural, racial o étnica de parte de pueblos e individuos. Piketty describe que «cada régimen desigual reposa, en el fondo, sobre una teoría de la justicia. Las desigualdades deben estar justificadas y apoyarse sobre una visión plausible y coherente de la organización social y política ideales». En este contexto, «cada época produce así un conjunto de discursos e ideologías contradictorias que apuntan a legitimar la desigualdad».

La inserción internacional subordinada de las naciones de nuestra América al sistema capitalista internacional, desde los albores de su invasión y su conversión a colonias regentadas por España y Portugal, apenas significó un grado de superación de sus economías, reducidas al simple papel de naciones exportadoras de productos agrícolas, mineros y combustibles; cuestión que les hizo depender también de lo que decidieran las grandes potencias en materia de precios. De esta forma, éstas sufrieron un prolongado y aún no superado estancamiento estructural en relación con las industrias, los servicios y el crecimiento que debieron exhibir sus respectivas economías nacionales.

Hoy el desempleo, la informalidad laboral y la pauperización de la clase media son elementos comunes de la realidad de nuestra región, fruto de la inequidad social derivada del capitalismo. No obstante, la posibilidad de negar y de eliminar cualquier racionalidad alternativa a la existente o prevaleciente en nuestros países sigue estando ligada, de uno u otro modo, a la lógica capitalista, consintiendo el asomo de reformas que apenas minimizan su impacto negativo cuando lo que se impone es revertir el proceso de producción que domina al ser humano en general. A éste le compete ser quien controle dicho proceso, de modo que en el mismo prevalezca un nivel de conciencia totalmente diferente al que muestra en la actualidad. En tal caso, la producción estaría orientada a la satisfacción de las necesidades materiales de toda la población en lugar de satisfacer el insaciable afán de ganancias de las minorías capitalistas.

El viejo mito de la prosperidad permanente, como podrá inferirse, únicamente se ha manifestado a favor de los centros hegemónicos del capitalismo y de quienes, a lo interno de nuestros países, tratan de imitarlos y les siguen igual que corderitos al pastor que las trasquila de vez en cuando. Algo que, de darse en algún momento, representaría el fin del mundo que conocemos, al agotarse todos los recursos de la naturaleza y expandirse a un grado inimaginable la miseria en todos los continentes. En un sentido menos dramático, significaría que nuestros países continuarían accediendo a los horizontes que ahora aspiran, pero manteniendo el mismo perfil de dependencia y de atraso tecnológico, científico e industrial respecto a los países desarrollados. -          


DEMOCRACIA: SIN INJUSTICIAS NI CLASES DOMINANTES

DEMOCRACIA: SIN INJUSTICIAS NI CLASES DOMINANTES

 

La democracia representativa burguesa (y su expresión más pura, el fascismo) siempre ha utilizado el aparato político y estatal a su disposición para mantener a raya las aspiraciones igualitarias, emancipatorias y de justicia social de los sectores populares. Al contrario de lo que sus mentores y propagandistas (asidos, de una u otra manera, a la icónica consigna heredada de la Revolución Francesa de libertad, igualdad y fraternidad), la democracia burguesa responde, de forma especial, a los intereses de las clases económicamente dominantes, por lo que uno de sus objetivos primordiales será lograr la vigencia inalterada de un orden de cosas “consensuado”, vigilado, controlado y garantizado por la violencia institucionalizada, diligentemente ejecutada por las fuerzas represivas. Para esto se sirve de herramientas ideológicas esenciales, algunas más sutiles que otras, tales como la educación, la religión y las cadenas de medios de comunicación. Todas orientadas a su legitimación incuestionable y permanente.

En medio de este orden de cosas pueden apreciarse cinco formas de dominación: 1) la explotación económica y la exclusión social de un porcentaje mayoritario de la población subordinada; 2) la opresión política, ejercida desde las instancias de poder en contra de una verdadera soberanía popular; 3) la discriminación socio-cultural (étnica, racial, etaria, sexual, de género y por diferencias regionales); 4) la enajenación mediático-cultural, la cual contribuye a ver en minusvalía los valores propios o nacionales; y 5) la depredación ecológica, evidenciada a grandes rasgos en la aniquilación de especies animales, la deforestación de grandes extensiones boscosas y la continua contaminación del aire, las aguas y los suelos, lo que ha tenido como consecuencia gravísima la crisis climática que padece, de modo general, nuestro planeta. Como derivación de esta realidad innegable, todos somos afectados por una conciencia opresora, definida por Paulo Freire como “una conciencia fuertemente posesiva” que “tiende a transformar en objeto de su dominio todo aquello que le es cercano: la tierra, los bienes, la producción, la creación de los hombres, los hombres mismos, el tiempo en que se encuentran los hombres”; reducidos al poder de compra. Todos estos elementos dan forma, en conjunto, a una crisis estructural que tiende a profundizarse, obligando a los sectores dominantes a adoptar medidas que remocen e impidan el colapso total del sistema imperante, producto del empuje creciente de personas que lo cuestionan y demandan del mismo un mayor nivel de justicia social.  

En razón de esto último, se requiere el surgimiento de movimientos populares que sean la expresión de la diversidad ideológica que conforma la contestación anticapitalista y ecologista del presente siglo. Como uno de sus rasgos distintivos, éstos deben abrir y sostener espacios auto-organizativos, de discusión y de convergencia político-ideológicas. Con ello se impedirá a todo trance la imposición de cualquier tipo de exclusión y de dogmatismo contrarios al principio universalista de la libre determinación de los pueblos y, como una derivación de éste, de la distribución democrática de la autoridad, extendida también al ámbito económico-productivo; transformando radicalmente las estructuras políticas, sociales, económicas y culturales que distinguen al modelo societario actual. Es una ardua tarea histórica aun por cumplirse, vista a largo plazo, pero ineluctable. Para superar el caos en aumento fomentado por quienes dirigen el Estado burgués liberal y el sistema capitalista global se necesitan, por tanto, nuevas bases teóricas, nuevas normas, nuevas prácticas sociales y un nuevo discurso ético-político; todos adecuados -obviamente- al nuevo tipo de civilización por erigirse (opuesto en todo sentido al modelo cincelado según la lógica capitalista). De otro modo, su institucionalización y, eventualmente, su estancamiento se convertirán en una nueva camisa de fuerza para los sectores populares que será legítimo cuestionar, romper y subvertir para que la práctica de la democracia siga manteniendo su atractivo entre los mismos y marque cada día el camino a seguir hacia la emancipación de todos (individual y colectivamente), sin injusticias sociales, sin clases dominantes y sin explotadores que combatir. -           

LA REBELIÓN PLEBEYA ANTE EL CAPITALISMO GLOBAL

LA REBELIÓN PLEBEYA ANTE EL CAPITALISMO GLOBAL

El orden de dominación (el régimen hegemónico del capital, para una mayor precisión) confronta sin un éxito total el desorden causado por la rebelión plebeya (protagonizada por los excluidos, política, económica, social y culturalmente) alrededor del planeta. Esta -a pesar de la dispersión de las luchas- es una amenaza que frecuentemente le impone reacomodos a las clases dominantes con que conjurarla, producto, entre otras cosas, de las crisis cíclicas que sufre el capitalismo, las cuales suelen arrastrar consigo a los países periféricos y dependientes, cargando éstos con el mayor peso de tales crisis. Sobre esta base, el profesor Diego Guerrero, al prologar el libro “Valor, mercado mundial y globalización” de Rolando Astarita, opina que “los problemas que tiene la humanidad no derivan de la violencia y el poder políticos, sino de su base económica: el capitalismo”. Una certeza que, poco a poco, se ha extendido a un contingente creciente de personas ante el carácter excluyente y destructivo de semejante sistema.   

Lejos de manifestarse en beneficio de la satisfacción de las necesidades colectivas, el crecimiento capitalista global se orientó al enriquecimiento superlativo de unos pocos, a tal grado que sus fortunas particulares superan en mucho los presupuestos juntos de varias naciones. La expansión ilimitada del capital -en su acepción y praxis neoliberales- ha marcado también una profunda diferenciación en relación con la soberanía de muchos países, especialmente los ubicados en el rango de países subdesarrollados y dependientes, que se ven obligados a acatar las “recomendaciones” del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, las cuales, generalmente, obedecen a los intereses de las grandes corporaciones transnacionales antes que a un deseo humanitario por solventar las crisis económicas por las que éstos atraviesan; lo que -al final de cuentas- contribuye a una mayor dominación monopólica de economías, recursos naturales, bienes y servicios contra la que, dicho sea de paso, poco o nada lograrían hacer, de manera aislada, dichos países al estar obligados a minimizar sus problemas de producción, de miseria y de desempleo.

De todos es conocido que la vacua esperanza sembrada hace más de tres décadas atrás por los apologistas del capitalismo neoliberal supuso la posibilidad, en un corto plazo y a manos llenas, de alcanzar el mismo grado de desarrollo de Europa occidental, Japón, Canadá y Estados Unidos. Nada de esto ocurrió. La pobreza, el desempleo, la carencia y el encarecimiento de servicios públicos (en manos del sector privado) y, por añadidura, la incapacidad del Estado para resolver la acuciante problemática social fueron el resultado de la implementación de este capitalismo neoliberal. Entonces, como ahora, se obvió que la reproducción de tal capitalismo es factible mediante la explotación indiscriminada de la plusvalía producida por trabajadoras y trabajadores, además de los recursos naturales, sin que en ello medie un atisbo de moralidad, ni la pretensión real de una distribución más equitativa. De esta forma, el capital pasó a tener una preponderancia aún mayor que en el pasado respecto a lo que representan la naturaleza y los seres humanos. Sin embargo, muchos lo consideran un mal necesario e insalvable, sin el cual el desarrollo anhelado seguirá siendo una quimera. A estos se agregan quienes, aparentemente, desde la acera de enfrente, comparten los ideales socialistas, dispuestos a secundar, bajo control estatal, toda media en esta dirección, cuestión que sólo ha servido para ensanchar también las brechas socio-económicas existentes.

Algo que suele pasarse por alto es el hecho que el interés que mueve al capital es su propia expansión. En palabras del filósofo italiano Giordano Amgaben, “la separación entre lo humano y lo político que estamos viviendo en la actualidad es la fase extrema de la escisión entre los derechos del hombre y los derechos del ciudadano”, que se expresa en que todo lo colectivo tenga que claudicar ante el interés individual del capital, imponiéndose, en consecuencia, que una minoría decida por su cuenta, prácticamente, el destino de la humanidad entera. A la falta de un modelo económico coherente que permita superar las crisis recurrentes del sistema capitalista y resarcir las necesidades y las dificultades sufridas por los sectores populares, se impone que éstos tiendan a su autogestión, a través de formas organizativas propias y articuladas entre sí, cuyas relaciones -obviamente- se diferencien de las relaciones sociales de producción y de las estructuras de poder y de explotación generadas por dicho sistema. En otras palabras: definición y construcción de un verdadero poder popular. -        

EL GÓLEM CAPITALISTA Y LA HEREJÍA DE LOS PUEBLOS

EL GÓLEM CAPITALISTA Y LA HEREJÍA DE LOS PUEBLOS

 

Como una especie de dios engendrado y reverenciado por los seres humanos, el capital acaba por subyugar la voluntad de éstos, independizándose cual Gólem de su control. Es un fetiche que “ha cobrado vida y alma, se crea, alimenta y crece a partir de sí mismo de manera completamente autosuficiente, transformándose en causa y consecuencia, supuesto y producto, premisa y resultado de sí mismo, aparentemente sin ninguna mediación intermedia y ninguna molesta dependencia del trabajo humano vivo”, en consideración de Néstor Kohan en su libro “Nuestro Marx”, al referirse a la génesis del capital dinero explicada por Karl Marx. En la continuación de tal explicación, según este último, “de esta manera se convierte por completo en atributo del dinero el de crear valor, de arrojar interés, tal como el atributo de un peral es el de producir peras. Y el prestamista del dinero vende su dinero en su carácter de semejante cosa que devenga interés (…) Aquí queda consumada la figura fetichista del capital y la idea del fetiche capital”.


Esto, a pesar de los muchos estudios que demuestran su incongruencia, es comúnmente asumido como algo normal e inevitable. Así, con una poderosa y omnímoda industria ideológica que ha moldeado la opinión pública a su gusto, los dueños del capital deforman la realidad objetiva del mundo, por lo cual muchas personas -en contra de lo que debiera ser la defensa de sus propios derechos e intereses- acaban convenciéndose de que resulta inútil cualquier cambio significativo en sus vidas, especialmente si éstos entran en confrontación abierta con las normas impuestas; lo que tiene, indudablemente, un impacto negativo respecto al ser social y a la conciencia social de cada una de tales personas. La subjetividad alienada y domesticada de muchas de ellas responderá, parcial o totalmente, de una manera automática a los estímulos que accionen las clases dominantes, reflejándose ella en prejuicios y convicciones de carácter político, social, económico, cultural, nacionalista y religioso; entrecruzándose hasta formar un todo autodefensivo frente a cualquier asomo posible de herejía popular.


En su perenne propósito de maximizar ganancias, quienes rigen el sistema capitalista global han conseguido imponer un modelo de desarrollo basado en el extractivismo (lo que repercute de manera negativa en la conservación de la naturaleza), la flexibilidad laboral, la privatización de empresas y servicios públicos, la apertura incondicional de fronteras y mercados a productos y capitales transnacionales, la reducción de salarios, y el aumento de la deuda externa; conformando, en la práctica, una corporocracia, un gobierno supranacional, que desdibuja e irrespeta toda noción de soberanía y leyes. Con esto, se trata de convencer al resto de los seres humanos de las bondades de tales medidas. Sin embargo, los resultados están a la vista y desmienten contundentemente las ilusiones forjadas por el capitalismo, especialmente el de los últimos tiempos, el capitalismo neoliberal. Como se sabe, la materialización del capitalismo neoliberal coincidió con el desplome algo inesperado del Muro de Berlín y, junto con él, del hasta entonces denominado bloque soviético, lo que pudo permitir alcanzar -para todos en la Tierra- el estado de progreso, democracia y bienestar material que estuvieron vaticinando sus apologistas durante el apogeo de la Guerra Fría.


Adentrado el siglo 21, el estatismo autoritario y corporativo, cuyos rasgos rememoran la ideología nazi-fascista, representa la alineación y consolidación de un tipo de régimen malévolo y pernicioso que amenaza seriamente la posibilidad de una verdadera democracia participativa y protagónica, ejercida directa y permanentemente por el pueblo. Pese a ello, las múltiples organizaciones populares que se mantienen en lucha por sus derechos y la instauración de un mundo mejor develan que sus objetivos no tienen conexión con la vida colectiva como sí lo están con las ambiciones de las grandes corporaciones transnacionales; reflejando sus grandes contradicciones. En contraste con el nihilismo caotizante derivado de esta nueva realidad (en muchos casos, promovido deliberadamente por sus mayores beneficiarios políticos y económicos, hermanados en un solo propósito de dominación), estos movimientos populares apuntan al establecimiento de un nuevo patrón de civilización. Gracias a sus herejías emancipatorias, quedan al desnudo el falso dios del capital y el culto ciego a las bondades del mercado, al mismo tiempo que contribuyen a recuperar la tradición de luchas que dieran origen a la democracia y a todo lo que ella entraña para concretar una verdadera emancipación integral de todas las personas. -        

 

LA DIVERSIDAD SOCIOCULTURAL Y EL DECLIVE DEL SISTEMA-MUNDO

LA DIVERSIDAD SOCIOCULTURAL Y EL DECLIVE DEL SISTEMA-MUNDO

En «Ernesto Che Guevara y las fuerzas morales de la historia. Prólogo a la edición boliviana de En la selva. Los estudios desconocidos del Che Guevara (A propósito de sus Cuadernos de lectura de Bolivia)», Néstor Kohan nos descubre que «en la tradición de la memoria popular, se encuentra resumido “el ADN” de las luchas presentes y futuras. No son slogans ni imágenes publicitarias retocadas con los programas de computación Photoshop o Affter Effects, videoclips de marketing electoral, consignas de ocasión o discursos fabricados en serie para medir en las volátiles encuestas de opinión. No tiene que ver con un corto número de caracteres de Twitter, dos fotos de Instagram, tres mensajes de Whatsapp ni cualquier recurso de la última red social de moda. No. Se trata de algo infinitamente más simple e inconmensurable: ejemplos de vida que marcan al rojo vivo las decisiones vitales de millones de personas cada mañana, cada mes, cada año. Coherencia entre el sentir, el pensar, el decir y el ser. Unidad viviente de proyectos imaginados, objetivos propuestos y planes terrenales para llevarlos a la práctica jugándose el pellejo en lo que se predica, se escribe y se dice».

 

Una cadena de eventos suscitados en, por lo menos, los últimos treinta años de historia de la humanidad corroboran dicha afirmación; en el caso de nuestra América, la insurgencia popular del «Caracazo» en Venezuela en 1989 que hizo añicos la ilusión de armonía creada por las minorías dominantes gracias a la renta petrolera y la protagonizada, a su vez, a comienzos de 1994 por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en México, lo que supuso el abordaje de la realidad política, económica, cultural y social de este país de un modo novedoso, según la perspectiva de aquellos que, desde la época colonial, siempre fueran invisibilizados por las minorías hegemónicas de la sociedad mexicana. Igual podrá citarse la larga lucha emprendida por los movimientos campesinos y ambientalistas por la posesión de las tierras y la preservación de la naturaleza frente a la insaciable voracidad mercantilista de los grandes consorcios transnacionales, responsables en gran parte de la catástrofe climática que se cierne sobre todo nuestro planeta. A ellos se suman, en un sentido más general, las organizaciones feministas, sexo-diversas, estudiantiles, gremiales y, más recientemente, los «chalecos amarillos» en Francia, entre otras más que pudieran resaltarse, en constante defensa de sus derechos.

 

Todas ellas coincidentes en cuanto al principal enemigo a atacar: el viejo Estado burgués liberal como soporte visible del sistema capitalista mundial. O lo que otros, sin carecer de razón, denominan el sistema-mundo.Tal cadena de eventos, también pone sobre el tapete un rasgo común aunque se trate de soslayar, convirtiéndolo en algo meramente circunstancial y, en algunos casos, simplemente emocional: El temperamento revolucionario de los sectores populares aflora y se somete a prueba toda vez que las distintas instituciones del Estado fallan en el cumplimiento de sus deberes y dejan de ser, así, garantes confiables de sus derechos constitucionales.

 

Por otra parte, vale resaltar que, debido a la lógica del capitalismo neoliberal, la cual tiende a imponer la preeminencia del éxito individual frente a las necesidades y los intereses colectivos, estos movimientos y grupos se han visto obligados a confrontar igualmente la creciente depreciación de los valores de la convivencia que han sido patrimonio intangible de los pueblos. Esto concuerda con la conclusión a que llegara Murray Bookchin, historiador, profesor universitario, investigador, ideólogo y activista ecologista de origen estadounidense, respecto a que «la vida urbana en la metrópolis moderna vive una situación de anonimato, de atomización social y de aislamiento espiritual que prácticamente no tiene precedente en la historia humana. Hoy en día, la alienación humana es casi total. En el espacio urbano, las prácticas de cooperación, de ayuda mutua, de simple hospitalidad y de decencia se han reducido de manera alarmante». Toda esta descomposición no parece casual. Ella le conviene hartamente a quienes controlan el mercado capitalista global por lo que la diversidad sociocultural de nuestros pueblos es vista como una seria amenaza que debe conjurarse a corto o mediano plazo, con cualquier recurso, incluyendo el asesinato selectivo de dirigentes populares (como sucede de un modo habitual en México, Centroámerica y Colombia) y la promoción sistemática de noticias falsas que desencadenen revueltas y atentados terroristas que deslegitimen a cualquier régimen que se oponga a sus pretensiones hegemónicas.

 

Cuestionadas y puestas en tensión, las estructuras de dominación establecidas(siendo, en su mayoría, muy similares entre sí) tienden a vincularse y a reforzarse bajo el pretexto permanente de una lucha interminable contra factores que van cambiando, incluso, de fisonomía, pero casi siempre externos, a los cuales es preciso erradicar para devolverles la paz y la seguridad a los ciudadanos, aun cuando ello suponga violar todo precepto y todo derecho conocidos. Esto complica el accionar de los distintos movimientos que, en un grado menor o mayor, son estigmatizados como subversivos y/o terroristas (como sucede de forma habitual con los mapuches en Chile y, extremando el ejemplo, con los palestinos), aprovechándose de los mecanismos de control y represión a disposición del Estado. Ya esto no se limita a acciones encubiertas, al estilo del Plan Cóndor ejecutado durante los años setenta por las dictaduras del cono sur latinoamericano bajo el patrocinio y la asesoría de la CIA estadounidense. 

 

Ahora se configura de una manera pública y abierta una internacional autoritaria pro fascista (otros la definen con términos diferentes, pero todos coincidentes en cuanto a lo que ésta representa), con Estados Unidos al frente, que podría precipitar situaciones graves en el terreno interno y externo de cada país al acordar y ejecutar acciones extraterritoriales y extralegales en beneficio de sus objetivos e intereses (del modo como se hace con Cuba, Nicaragua y Venezuela, por decisión unilateral de Donald Trump y su equipo de gobierno ultra reaccionario); conformando un gobierno corporativo que abarque toda la extensión de la Tierra. Esta última amenaza pudiera contenerse de una manera más efectiva que el poder de disuasión militar conjunto de China y Rusia si la diversidad de grupos, movimientos y organizaciones sociales armaran una estrategia común, extraída de lo que hasta ahora se les niega y del conocimiento adquirido respecto a lo que son, principalmente, el Estado burgués liberal y la economía capitalista, dada su estrecha conexión e historia.