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EL MUNDO DEL CAPITALISMO

LA REBELIÓN PLEBEYA ANTE EL CAPITALISMO GLOBAL

LA REBELIÓN PLEBEYA ANTE EL CAPITALISMO GLOBAL

El orden de dominación (el régimen hegemónico del capital, para una mayor precisión) confronta sin un éxito total el desorden causado por la rebelión plebeya (protagonizada por los excluidos, política, económica, social y culturalmente) alrededor del planeta. Esta -a pesar de la dispersión de las luchas- es una amenaza que frecuentemente le impone reacomodos a las clases dominantes con que conjurarla, producto, entre otras cosas, de las crisis cíclicas que sufre el capitalismo, las cuales suelen arrastrar consigo a los países periféricos y dependientes, cargando éstos con el mayor peso de tales crisis. Sobre esta base, el profesor Diego Guerrero, al prologar el libro “Valor, mercado mundial y globalización” de Rolando Astarita, opina que “los problemas que tiene la humanidad no derivan de la violencia y el poder políticos, sino de su base económica: el capitalismo”. Una certeza que, poco a poco, se ha extendido a un contingente creciente de personas ante el carácter excluyente y destructivo de semejante sistema.   

Lejos de manifestarse en beneficio de la satisfacción de las necesidades colectivas, el crecimiento capitalista global se orientó al enriquecimiento superlativo de unos pocos, a tal grado que sus fortunas particulares superan en mucho los presupuestos juntos de varias naciones. La expansión ilimitada del capital -en su acepción y praxis neoliberales- ha marcado también una profunda diferenciación en relación con la soberanía de muchos países, especialmente los ubicados en el rango de países subdesarrollados y dependientes, que se ven obligados a acatar las “recomendaciones” del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, las cuales, generalmente, obedecen a los intereses de las grandes corporaciones transnacionales antes que a un deseo humanitario por solventar las crisis económicas por las que éstos atraviesan; lo que -al final de cuentas- contribuye a una mayor dominación monopólica de economías, recursos naturales, bienes y servicios contra la que, dicho sea de paso, poco o nada lograrían hacer, de manera aislada, dichos países al estar obligados a minimizar sus problemas de producción, de miseria y de desempleo.

De todos es conocido que la vacua esperanza sembrada hace más de tres décadas atrás por los apologistas del capitalismo neoliberal supuso la posibilidad, en un corto plazo y a manos llenas, de alcanzar el mismo grado de desarrollo de Europa occidental, Japón, Canadá y Estados Unidos. Nada de esto ocurrió. La pobreza, el desempleo, la carencia y el encarecimiento de servicios públicos (en manos del sector privado) y, por añadidura, la incapacidad del Estado para resolver la acuciante problemática social fueron el resultado de la implementación de este capitalismo neoliberal. Entonces, como ahora, se obvió que la reproducción de tal capitalismo es factible mediante la explotación indiscriminada de la plusvalía producida por trabajadoras y trabajadores, además de los recursos naturales, sin que en ello medie un atisbo de moralidad, ni la pretensión real de una distribución más equitativa. De esta forma, el capital pasó a tener una preponderancia aún mayor que en el pasado respecto a lo que representan la naturaleza y los seres humanos. Sin embargo, muchos lo consideran un mal necesario e insalvable, sin el cual el desarrollo anhelado seguirá siendo una quimera. A estos se agregan quienes, aparentemente, desde la acera de enfrente, comparten los ideales socialistas, dispuestos a secundar, bajo control estatal, toda media en esta dirección, cuestión que sólo ha servido para ensanchar también las brechas socio-económicas existentes.

Algo que suele pasarse por alto es el hecho que el interés que mueve al capital es su propia expansión. En palabras del filósofo italiano Giordano Amgaben, “la separación entre lo humano y lo político que estamos viviendo en la actualidad es la fase extrema de la escisión entre los derechos del hombre y los derechos del ciudadano”, que se expresa en que todo lo colectivo tenga que claudicar ante el interés individual del capital, imponiéndose, en consecuencia, que una minoría decida por su cuenta, prácticamente, el destino de la humanidad entera. A la falta de un modelo económico coherente que permita superar las crisis recurrentes del sistema capitalista y resarcir las necesidades y las dificultades sufridas por los sectores populares, se impone que éstos tiendan a su autogestión, a través de formas organizativas propias y articuladas entre sí, cuyas relaciones -obviamente- se diferencien de las relaciones sociales de producción y de las estructuras de poder y de explotación generadas por dicho sistema. En otras palabras: definición y construcción de un verdadero poder popular. -        

EL GÓLEM CAPITALISTA Y LA HEREJÍA DE LOS PUEBLOS

EL GÓLEM CAPITALISTA Y LA HEREJÍA DE LOS PUEBLOS

 

Como una especie de dios engendrado y reverenciado por los seres humanos, el capital acaba por subyugar la voluntad de éstos, independizándose cual Gólem de su control. Es un fetiche que “ha cobrado vida y alma, se crea, alimenta y crece a partir de sí mismo de manera completamente autosuficiente, transformándose en causa y consecuencia, supuesto y producto, premisa y resultado de sí mismo, aparentemente sin ninguna mediación intermedia y ninguna molesta dependencia del trabajo humano vivo”, en consideración de Néstor Kohan en su libro “Nuestro Marx”, al referirse a la génesis del capital dinero explicada por Karl Marx. En la continuación de tal explicación, según este último, “de esta manera se convierte por completo en atributo del dinero el de crear valor, de arrojar interés, tal como el atributo de un peral es el de producir peras. Y el prestamista del dinero vende su dinero en su carácter de semejante cosa que devenga interés (…) Aquí queda consumada la figura fetichista del capital y la idea del fetiche capital”.


Esto, a pesar de los muchos estudios que demuestran su incongruencia, es comúnmente asumido como algo normal e inevitable. Así, con una poderosa y omnímoda industria ideológica que ha moldeado la opinión pública a su gusto, los dueños del capital deforman la realidad objetiva del mundo, por lo cual muchas personas -en contra de lo que debiera ser la defensa de sus propios derechos e intereses- acaban convenciéndose de que resulta inútil cualquier cambio significativo en sus vidas, especialmente si éstos entran en confrontación abierta con las normas impuestas; lo que tiene, indudablemente, un impacto negativo respecto al ser social y a la conciencia social de cada una de tales personas. La subjetividad alienada y domesticada de muchas de ellas responderá, parcial o totalmente, de una manera automática a los estímulos que accionen las clases dominantes, reflejándose ella en prejuicios y convicciones de carácter político, social, económico, cultural, nacionalista y religioso; entrecruzándose hasta formar un todo autodefensivo frente a cualquier asomo posible de herejía popular.


En su perenne propósito de maximizar ganancias, quienes rigen el sistema capitalista global han conseguido imponer un modelo de desarrollo basado en el extractivismo (lo que repercute de manera negativa en la conservación de la naturaleza), la flexibilidad laboral, la privatización de empresas y servicios públicos, la apertura incondicional de fronteras y mercados a productos y capitales transnacionales, la reducción de salarios, y el aumento de la deuda externa; conformando, en la práctica, una corporocracia, un gobierno supranacional, que desdibuja e irrespeta toda noción de soberanía y leyes. Con esto, se trata de convencer al resto de los seres humanos de las bondades de tales medidas. Sin embargo, los resultados están a la vista y desmienten contundentemente las ilusiones forjadas por el capitalismo, especialmente el de los últimos tiempos, el capitalismo neoliberal. Como se sabe, la materialización del capitalismo neoliberal coincidió con el desplome algo inesperado del Muro de Berlín y, junto con él, del hasta entonces denominado bloque soviético, lo que pudo permitir alcanzar -para todos en la Tierra- el estado de progreso, democracia y bienestar material que estuvieron vaticinando sus apologistas durante el apogeo de la Guerra Fría.


Adentrado el siglo 21, el estatismo autoritario y corporativo, cuyos rasgos rememoran la ideología nazi-fascista, representa la alineación y consolidación de un tipo de régimen malévolo y pernicioso que amenaza seriamente la posibilidad de una verdadera democracia participativa y protagónica, ejercida directa y permanentemente por el pueblo. Pese a ello, las múltiples organizaciones populares que se mantienen en lucha por sus derechos y la instauración de un mundo mejor develan que sus objetivos no tienen conexión con la vida colectiva como sí lo están con las ambiciones de las grandes corporaciones transnacionales; reflejando sus grandes contradicciones. En contraste con el nihilismo caotizante derivado de esta nueva realidad (en muchos casos, promovido deliberadamente por sus mayores beneficiarios políticos y económicos, hermanados en un solo propósito de dominación), estos movimientos populares apuntan al establecimiento de un nuevo patrón de civilización. Gracias a sus herejías emancipatorias, quedan al desnudo el falso dios del capital y el culto ciego a las bondades del mercado, al mismo tiempo que contribuyen a recuperar la tradición de luchas que dieran origen a la democracia y a todo lo que ella entraña para concretar una verdadera emancipación integral de todas las personas. -        

 

LA DIVERSIDAD SOCIOCULTURAL Y EL DECLIVE DEL SISTEMA-MUNDO

LA DIVERSIDAD SOCIOCULTURAL Y EL DECLIVE DEL SISTEMA-MUNDO

En «Ernesto Che Guevara y las fuerzas morales de la historia. Prólogo a la edición boliviana de En la selva. Los estudios desconocidos del Che Guevara (A propósito de sus Cuadernos de lectura de Bolivia)», Néstor Kohan nos descubre que «en la tradición de la memoria popular, se encuentra resumido “el ADN” de las luchas presentes y futuras. No son slogans ni imágenes publicitarias retocadas con los programas de computación Photoshop o Affter Effects, videoclips de marketing electoral, consignas de ocasión o discursos fabricados en serie para medir en las volátiles encuestas de opinión. No tiene que ver con un corto número de caracteres de Twitter, dos fotos de Instagram, tres mensajes de Whatsapp ni cualquier recurso de la última red social de moda. No. Se trata de algo infinitamente más simple e inconmensurable: ejemplos de vida que marcan al rojo vivo las decisiones vitales de millones de personas cada mañana, cada mes, cada año. Coherencia entre el sentir, el pensar, el decir y el ser. Unidad viviente de proyectos imaginados, objetivos propuestos y planes terrenales para llevarlos a la práctica jugándose el pellejo en lo que se predica, se escribe y se dice».

 

Una cadena de eventos suscitados en, por lo menos, los últimos treinta años de historia de la humanidad corroboran dicha afirmación; en el caso de nuestra América, la insurgencia popular del «Caracazo» en Venezuela en 1989 que hizo añicos la ilusión de armonía creada por las minorías dominantes gracias a la renta petrolera y la protagonizada, a su vez, a comienzos de 1994 por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en México, lo que supuso el abordaje de la realidad política, económica, cultural y social de este país de un modo novedoso, según la perspectiva de aquellos que, desde la época colonial, siempre fueran invisibilizados por las minorías hegemónicas de la sociedad mexicana. Igual podrá citarse la larga lucha emprendida por los movimientos campesinos y ambientalistas por la posesión de las tierras y la preservación de la naturaleza frente a la insaciable voracidad mercantilista de los grandes consorcios transnacionales, responsables en gran parte de la catástrofe climática que se cierne sobre todo nuestro planeta. A ellos se suman, en un sentido más general, las organizaciones feministas, sexo-diversas, estudiantiles, gremiales y, más recientemente, los «chalecos amarillos» en Francia, entre otras más que pudieran resaltarse, en constante defensa de sus derechos.

 

Todas ellas coincidentes en cuanto al principal enemigo a atacar: el viejo Estado burgués liberal como soporte visible del sistema capitalista mundial. O lo que otros, sin carecer de razón, denominan el sistema-mundo.Tal cadena de eventos, también pone sobre el tapete un rasgo común aunque se trate de soslayar, convirtiéndolo en algo meramente circunstancial y, en algunos casos, simplemente emocional: El temperamento revolucionario de los sectores populares aflora y se somete a prueba toda vez que las distintas instituciones del Estado fallan en el cumplimiento de sus deberes y dejan de ser, así, garantes confiables de sus derechos constitucionales.

 

Por otra parte, vale resaltar que, debido a la lógica del capitalismo neoliberal, la cual tiende a imponer la preeminencia del éxito individual frente a las necesidades y los intereses colectivos, estos movimientos y grupos se han visto obligados a confrontar igualmente la creciente depreciación de los valores de la convivencia que han sido patrimonio intangible de los pueblos. Esto concuerda con la conclusión a que llegara Murray Bookchin, historiador, profesor universitario, investigador, ideólogo y activista ecologista de origen estadounidense, respecto a que «la vida urbana en la metrópolis moderna vive una situación de anonimato, de atomización social y de aislamiento espiritual que prácticamente no tiene precedente en la historia humana. Hoy en día, la alienación humana es casi total. En el espacio urbano, las prácticas de cooperación, de ayuda mutua, de simple hospitalidad y de decencia se han reducido de manera alarmante». Toda esta descomposición no parece casual. Ella le conviene hartamente a quienes controlan el mercado capitalista global por lo que la diversidad sociocultural de nuestros pueblos es vista como una seria amenaza que debe conjurarse a corto o mediano plazo, con cualquier recurso, incluyendo el asesinato selectivo de dirigentes populares (como sucede de un modo habitual en México, Centroámerica y Colombia) y la promoción sistemática de noticias falsas que desencadenen revueltas y atentados terroristas que deslegitimen a cualquier régimen que se oponga a sus pretensiones hegemónicas.

 

Cuestionadas y puestas en tensión, las estructuras de dominación establecidas(siendo, en su mayoría, muy similares entre sí) tienden a vincularse y a reforzarse bajo el pretexto permanente de una lucha interminable contra factores que van cambiando, incluso, de fisonomía, pero casi siempre externos, a los cuales es preciso erradicar para devolverles la paz y la seguridad a los ciudadanos, aun cuando ello suponga violar todo precepto y todo derecho conocidos. Esto complica el accionar de los distintos movimientos que, en un grado menor o mayor, son estigmatizados como subversivos y/o terroristas (como sucede de forma habitual con los mapuches en Chile y, extremando el ejemplo, con los palestinos), aprovechándose de los mecanismos de control y represión a disposición del Estado. Ya esto no se limita a acciones encubiertas, al estilo del Plan Cóndor ejecutado durante los años setenta por las dictaduras del cono sur latinoamericano bajo el patrocinio y la asesoría de la CIA estadounidense. 

 

Ahora se configura de una manera pública y abierta una internacional autoritaria pro fascista (otros la definen con términos diferentes, pero todos coincidentes en cuanto a lo que ésta representa), con Estados Unidos al frente, que podría precipitar situaciones graves en el terreno interno y externo de cada país al acordar y ejecutar acciones extraterritoriales y extralegales en beneficio de sus objetivos e intereses (del modo como se hace con Cuba, Nicaragua y Venezuela, por decisión unilateral de Donald Trump y su equipo de gobierno ultra reaccionario); conformando un gobierno corporativo que abarque toda la extensión de la Tierra. Esta última amenaza pudiera contenerse de una manera más efectiva que el poder de disuasión militar conjunto de China y Rusia si la diversidad de grupos, movimientos y organizaciones sociales armaran una estrategia común, extraída de lo que hasta ahora se les niega y del conocimiento adquirido respecto a lo que son, principalmente, el Estado burgués liberal y la economía capitalista, dada su estrecha conexión e historia. 

EL CAPITALISMO NEOLIBERAL Y EL SUJETO DE RENDIMIENTO

EL CAPITALISMO NEOLIBERAL Y EL SUJETO DE RENDIMIENTO

El antiguo concepto que catalogó por mucho tiempo a la economía como la ciencia encargada  del estudio de la producción de los medios de vida para satisfacer las necesidades de toda la sociedad pasó a ser, bajo la influencia del neoliberalismo capitalista, en la ciencia dedicada al estudiode los mercados y de la minimización de costos y maximización de ganancias; lo cual se traduce en la imposición de un individualismo economicista que descarta cualquier medida favorable a la mayoría de los seres humanos que no sea vista como una inversión redituable. Esto influye en el surgimiento de una progresiva eliminación de la empatía que debiera existir entre las personas (incluso a nivel familiar), lo que dificulta la factibilidad de algún tipo de lucha mínima para la satisfacción de objetivos y necesidades comunes.

Así, sin echar mano a un análisis demasiado complicado, se observa cómo la humanidad se halla subordinada, de un modo u otro, directa e indirectamente, a la lógica de la acumulación y reproducción de capitales manejados (sin control efectivo de muchos gobiernos) por las grandes corporaciones transnacionales, principalmente aquellas de origen estadounidense. Esto hace que mucha gente alrededor del planeta estime que, fuera del sistema capitalista, no existe opción alguna, por lo que cualquier esfuerzo debe orientarse a la regulación de su funcionamiento, con mejoras o reformas que le den un cariz más humano y equitativo, de manera que faciliten reducir los escandalosos abismos existentes entre ricos y pobres; cuestión ésta que ha resultado infructuosa en cada nación donde se pretendió hacerse, como ocurriera en Chile en el siglo pasado bajo la presidencia de Salvador Allende o en la actualidad con Venezuela. Gran parte de quienes comparten esta visión del capitalismo con "rostro humano" olvidan que «las relaciones socialistas capitalistas no son precisamente -como lo afirma Miguel Mazzeo en su libro “¿Qué (no) hacer?”- las más adecuadas para el desarrollo espontáneo de la horizontalidad y la autonomía»; es decir, el fomento y la práctica de la democracia (o soberanía popular) no encajan en lo que es el sistema capitalista, sobre todo neoliberal, por lo que generalmente éste actúa en su contra si percibe que puedan afectar gravemente sus intereses.

Para alcanzar sus propósitos, el capitalismo neoliberal requiere de una nueva clase de sujetos que se adapten sin coacción de por medio al mundo modelado a su gusto. En «Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder», el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han los llama sujetos de rendimiento y explica que «el neoliberalismo, como una forma de mutación del capitalismo, convierte al trabajador en empresario. El neoliberalismo, y no la revolución comunista, elimina la clase trabajadora sometida a la explotación ajena. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se transforma en una lucha interna consigo mismo». Esto ocasiona que «el sujeto neoliberal como empresario de sí mismo no es capaz de establecer con los otros relaciones que sean libres de cualquier finalidad. Entre empresarios no surge una amistad sin fin alguno»; de ahí que no muestre mucho interés en sumarse a iniciativas de lucha que promuevan la profundización de la democracia (expresada en la vigencia del Estado de Bienestar con que se buscó disminuir la atracción por el comunismo entre los trabajadores y cuyo desmantelamiento operativo, además de su total control, es un requisito indispensable para la consolidación del capitalismo neoliberal), así ello signifique disminuir, sacrificar o perder todos los derechos sociales y políticos hasta ahora consagrados por vía constitucional.

A pesar de la existencia de este sujeto de rendimiento del capitalismo neoliberal, han surgido en el horizonte unos nuevos paradigmas y unas nuevas relaciones sociales, así como la necesidad de reorientar la producción hacia el bien común. Estos son los elementos distintivos de la diversidad de grupos y movimientos que se han organizado de forma autónoma frente a la hegemonía neoliberal, mostrándose capaces de prefigurar un orden social hasta ahora diferente y, por consiguiente, inaudito. Entre sus características más resaltantes se encuentran la cooperación, la complementariedad, la utilidad social y la reciprocidad que, de llevarse a una expresión de alto grado, le otorgará a la democracia un mejor sentido del que posee en la actualidad, al hacer realidad la participación y el protagonismo de los sectores populares sin que exista algún factor de poder que pueda coartarlos bajo ningún concepto o excusa.

Esta herejía, interiorizada por los sectores subordinados, rompe -si no de una manera absoluta, como se quisiera, sí en alguna proporción significativa- con la lógica impuesta por los sectores dominantes. A diferencia del sujeto de rendimiento, tan acorde con el capitalismo neoliberal, quienes participan en este proceso de organización, sobrevivencia y resistencia colectiva comparten la necesidad de avanzar hacia nuevos derroteros de desarrollo integral de todo el conglomerado social (no simplemente de una minoría) y se convierten -de modo consciente o no- en los precursores del establecimiento de un modelo civilizatorio que bien podríamos llamar postcapitalista, con gobiernos de bienes comunes, que respondan al interés general (incluido en éste la naturaleza) y no en beneficio exclusivo (como viene ocurriendo) de las grandes corporaciones monopólicas capitalistas. - 

LA LIBERTAD PARADÓJICA Y EL DECHADO DE LA AUTOEXPLOTACIÓN

LA LIBERTAD PARADÓJICA Y EL DECHADO DE LA AUTOEXPLOTACIÓN

La concepción de hombres-cosa-mercancía impuesta por el sistema capitalista fue algo que supo vislumbrar Carlos Marx en su obra maestra El Capital. La conquista, anexión y colonización de la vida por parte de los mercados, parafraseando al sociólogo, filósofo y ensayista polaco Zygmunt Bauman, es un hecho tan cierto y tan cotidiano como la luz del sol. Cuestión que no sorprende al común de la gente; sin que esta misma gente, además, sepa explicarse a cabalidad el cómo y el por qué ocurren las diferentes circunstancias que le afectan a diario.

 

En una sociedad que tiende cada día a ser más fragmentada y dispersa, en lo que configura un desarrollo social absolutamente negativo bajo el imperio de la lógica capitalista, esta concepción de hombres-cosa-mercancía (lo que incluye, obviamente, a las mujeres) consigue que la heterogeneidad cultural ceda paso, sin mucha resistencia, a una uniformidad inspirada en los rasgos que caracterizan a la sociedad de consumo estadounidense; lo cual, además, refuerza la concepción eurocentrista, gracias a la cual el mundo se divide entre pueblos salvajes y pueblos civilizados. De este modo, en un mundo subordinado a la lógica preeminente del capitalismo neoliberal, toda ética y toda moral opuesta a la explotación, la desigualdad y la discriminación de las personas estará sobrando, por lo que se procura exaltar la individualización de las mismas en vez de exaltar todo aquello que enaltezca el sentido de justicia social, de solidaridad, de apoyo mutuo y de comunidad. 

 

Esta situación ha creado, en consecuencia, un nuevo tipo de sujeto. Uno que se adapta, a expensas de sí mismo, a las exigencias de rendimiento máximo del mercado capitalista; volviéndose prácticamente un esclavizado voluntario, a fin de encajar en el mundo competitivo de hoy. En su obra «La sociedad del cansancio», el profesor de estudios de filosofía y estudios culturales en la Universidad de las Artes de Berlín, Byung-Chul Han, revela que «el sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse”. En muchas personas insertas en este nuevo paradigma, afirma Byung-Chul Han, «la preocupación por la buena vida, que implica también una convivencia exitosa, cede progresivamente a una preocupación por la supervivencia».

 

La imposición de esta nueva realidad (absolutamente contrapuesta a los ideales democráticos que enarbolaran pueblos e individuos a lo largo de la historia) ha sido astutamente perfilada desde mediados del siglo pasado, sobre todo durante las dos últimas décadas del presente. Así, la socialización creada por el capitalismo neoliberal, gracias a las tecnologías que han «democratizado» la información y la comunicación en todo el orbe, tiene matices impersonales que tienden a expresarse y a multiplicarse en los demás ámbitos de la existencia humana. De este modo, se contribuye a fragmentar el espíritu gregario de personas y comunidades en función de la satisfacción egoísta de deseos y necesidades particulares. Esto, además, tiende a ampliarse a medida que mucha gente se convence a sí misma de hacer lo correcto, en un nuevo tipo de sociedad que Byung-Chul Han define como la sociedad neoliberal del rendimiento.

 

En ésta, como lo establece Han, «el imperativo neoliberal de la optimización personal sirve únicamente para el funcionamiento perfecto dentro del sistema. Bloqueos, debilidades y errores tienen que ser eliminados terapéuticamente con el fin de incrementar la eficiencia y el rendimiento. Todo se hace comparable y mensurable, y se somete a la lógica del mercado. En ningún caso, el cuidado de la vida buena impulsa a la optimización personal. Su necesidad es sólo el resultado de coacciones sistémicas, de la lógica del cuantificable éxito mercantil». Dicho en breves palabras: la autoexplotación total. Con ello, el régimen capitalista neoliberal se asegura de generar un mayor rendimiento de forma incesante de cada persona subordinada a su lógica, instalada «en un campo de trabajo en el que es al mismo tiempo víctima y verdugo. En cuanto sujeto que se ilumina y vigila a sí mismo, está aislado en un panóptico en el que es simultáneamente recluso y guardián. El sujeto en red, digitalizado, es un panóptico de sí mismo. Así, pues, se delega a cada uno la vigilancia».

 

Aparte de lo ya anteriormente referido, el mundo contempla actualmente sin mucho aspaviento cómo las minorías hegemónicas hacen gala de sus artilugios de manipulación masiva en función de sus propios intereses, tanto dentro como fuera de sus fronteras, haciéndole ver a muchos que todo ello se hace para lograr un bienestar colectivo seguro y sin complicaciones. Gracias a tales artilugios, pocas personas se conmueven ante la represión sufrida por algún sector social o pueblo a manos de policías o militares, evadiéndose de tal asunto con sólo admitir que nada de lo sucedido les afecta directamente o, sencillamente, que nada pasaría si todos nos comportáramos del modo «correcto», es decir, sin ir en contra del orden establecido. El error está en que semejantes personas no quieren (o no saben) advertir, precisamente, que su conducta responde al interés fundamental de estas minorías de perpetuar su hegemonía y, en consecuencia, alcanzar mejores resultados que sus antecesores de siglos anteriores: una libertad paradójica (prefigurada por Mussolini, Hitler y Stalin) y un dechado de autoexplotación, del cual no tengan conciencia y se sientan orgullosos quienes resulten ser sus víctimas, sean pueblos o individuos. -

LA NUEVA FÓRMULA HITLER-MUSSOLINI PARA EL SIGLO XXI

LA NUEVA FÓRMULA HITLER-MUSSOLINI PARA EL SIGLO XXI

El fundador de WikiLeaks, Julian Assange (asilado desde 2012 en la embajada de Ecuador en Londres) afirmó en fecha reciente que la generación que nacería sería la última libre a nivel mundial. Para una mayoría de personas, una afirmación de este calibre quizá no llame para nada su atención, envueltas como se hallan en la cotidianidad de su mera existencia. A otras, tal vez les alarme tal posibilidad; especialmente, si avizoran un mundo donde el libre conocimiento alcanzado en los últimos doscientos años termine subordinado al dogma de aquellos que aspiran mantener a la humanidad en un estado permanente de minoridad, domesticándola y haciéndola, en consecuencia, menos rebelde de lo habitualmente permitido. Una situación similar que ya fuera expuesta, en uno u otro sentido, por una extensa lista de escritores -en distintas épocas, como Franz Kafka (El proceso), Aldous Husley (Un mundo feliz), George Orwell (1984), Ray Bradbury (Fahrenheit 451) y Phillip K. Dick (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?)- que da cuenta de las acciones absurdas y extremas de poderes absolutos, muchas veces invisibles y de larga data, cuyo objetivo central es la erradicación de todo rasgo de individualidad y de raciocinio propio de los seres humanos sometidos.

 

En el mundo contemporáneo, no son pocos los analistas que advierten que se está viviendo el advenimiento de una nueva época oscurantista e inquisitorial que tiende a uniformar la opinión pública y a borrar las opciones opuestas a los intereses de los factores de poder, aglutinados, en primera instancia, en las grandes corporaciones transnacionales que controlan la economía global. Algunos de ellos, al revisar los acontecimientos políticos suscitados, principalmente, en Estados Unidos, Brasil y Argentina, hablan de fascismo, aunque diferenciándolo del implantado en Italia, Alemania y España hace casi un siglo atrás.

 

Todos conocemos la fórmula con que Benito Mussolini cimentó las bases de su régimen fascista en Italia, «Todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado», cuyos rasgos esenciales (nacionalismo, militarismo, corporativismo y totalitarismo) fusionaron orgánicamente Estado y partido, de una manera omnímoda que muchos ciudadanos evitaron enfrentar por temor a sufrir desenlaces negativos para sí y sus familias. Igual senda seguiría Adolf Hitler en Alemania, impidiendo toda manifestación de disidencia.

 

Esto también corresponde a lo seguido, con escasas o nulas excepciones, por los distintos regímenes existentes en todo el planeta, apenas diferenciados en cuanto a discursos, símbolos, nomenclaturas y modalidades, pero demasiado semejantes en cuanto a procedimientos y justificaciones; ahora en función de la preservación de los «sagrados» intereses del mercado global. Dicha fórmula, como se puede intuir, no requiere la existencia o vigencia de derechos colectivos e individuales que puedan eventualmente oponérsele, así que -simplemente- se desechan. Es lo que ha comenzado a hacer el capitalismo neoliberal global. A la vista de todos y a pesar de todos, supeditando así la vida social en general a la lógica e intereses capitalistas; tal como ocurre en la actualidad en nuestra América, más específicamente en Argentina y Brasil.

 

En esta categoría, el neoliberalismo capitalista requiere crear las condiciones adecuadas que le permitan imponer su fundamentalismo (anti)ideológico y su totalitarismo de mercado en la totalidad de los países; incluso recurriendo al uso de los ejércitos a su disposición y las amenazas de guerra.

 

Así, las diversas expresiones chauvinistas, xenófobas y reaccionarias que ahora conforman el discurso de odio de muchos dirigentes políticos, sobre todo, ultraderechistas -ampliamente divulgadas, además, a través de redes sociales y distintos medios de información- han ocasionado una depreciación creciente de los valores de la convivencia.

 

El elitismo económico dominante -delineado a partir de la década de los 80 de la mano del binomio derechista representado por Margareth Thatcher y Ronald Reagan, imponiéndose en algunos casos a sangre y fuego- creó en muchas personas la ilusión de un mundo próspero en constante expansión, al cual, luego de atravesar la senda de unos sacrificios individuales y colectivos -vistos y entendidos como algo forzosamente necesario e inevitable- se podría acceder finalmente en igualdad de oportunidades. Sin embargo, la realidad resultaría ser otra tras el colapso producido por el sector financiero internacional, lo que indujo a varios gobiernos -mayormente en las naciones al sur de nuestra Abya Yala, algunos considerados como progresistas y/o izquierdistas- a adoptar medidas que contrariaban en casi todo las recomendaciones ortodoxas del Fondo Monetario Internacional; permitiendo reenrumbar las economías hacia un horizonte un poco más diversificado y menos dependiente que el tradicional. Esto se plasmó, a contracorriente, en mayores posibilidades de mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores populares, resaltando en ello, inicialmente, Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador y Venezuela, cuestión que permitió también que sus respectivos gobiernos consiguieran, a lo interno, un amplio respaldo popular.

 

La construcción de una sociedad postcapitalista y, en todos los aspectos, una que esté especialmente caracterizada por la hegemonía y la cotidianidad democrática de parte de los sectores populares (al mismo tiempo que ellas sirvan para reafirmar su soberanía por encima de cualquier razón de Estado u oligarquía gobernante) siempre ha sido una aspiración revolucionaria postergada. Por diversos motivos. Básicamente por la realidad histórica -común en diversas regiones del planeta- de unas relaciones de poder, engendradas (o derivadas) del modelo de Estado burgués liberal vigente y de los valores excluyentes heredados de la cultura eurocentrista. Esto podría cambiar y acelerarse, a medida que el capitalismo neoliberal confíe en que logrará, sin resistencia alguna, la sumisión total de los pueblos. - 

 

 

 

 

MIGRAR ENTRE LA ESPERANZA Y EL DESPRECIO

MIGRAR ENTRE LA ESPERANZA Y EL DESPRECIO


 

Carolina Vásquez Araya, en su artículo “Ola migratoria latinoamericana: El barniz se descascara”, nos expone que “en esta era de la comunicación instantánea y ante el desarrollo de los procesos migratorios masivos en algunos países de la región, llama la atención la abundancia de comentarios xenófobos y racistas contra quienes arriesgan su vida y la de sus hijos en la búsqueda de una vida mejor. Al parecer, olvidan su propio origen -producto de otras migraciones con similares motivos-, reniegan de sus ancestros y con ello hacen evidente que el lustre de barniz de solidaridad y empatía se descascara ante la menor amenaza a su marco de valores y estilo de vida”.


Salvo algunos pueblos nativos que aún permanecen en sus territorios ancestrales, toda persona es migrante. Los actuales Estados nacionales de Europa se conformaron gracias a las migraciones de los llamados pueblos bárbaros que asolaban regularmente las fronteras del viejo Imperio Romano. Estados Unidos se levantó sobre el exterminio de los pueblos originarios y la usurpación de sus tierras, en lo que posteriormente llamarían Destino manifiesto; lo que fue iniciado en nuestra América por el imperio español, siendo esto repetido, durante el último siglo, en Palestina. Así, sin escudriñar mucho en la historia, la conclusión es una: ninguna nación contemporánea puede reclamar cierta pureza en cuanto a su población y, por tanto, no se justifica el repudio que hace de ciudadanos provenientes de otras regiones del planeta.


Lo otro que se debe tomar en cuenta es el hecho cierto que los migrantes que rechazan Europa y Estados Unidos (y en una escala menor, algunos países latinoamericanos) parten de sus respectivos lugares de origen, básicamente, por motivos de sobrevivencia ante la falta de oportunidades en éstos. Sin embargo, pocos se animan a expresarlo, sin ahondar en sus verdaderas causas. Muchos de estos migrantes salieron del campo a la ciudad, buscando un mejor porvenir, pero acabaron engrosando las cifras de desempleo, del sector informal de la economía, de la pobreza urbana y de la desigualdad social y económica. En el caso de los migrantes centroamericanos, producto de los conflictos internos y de la represión sostenida de regímenes patrocinados por Estados Unidos. En términos más sencillos, habría que concluir que el capitalismo neoliberal es el principal responsable de la miseria de la cual huyen estos migrantes; especialmente, los latinoamericanos.


A éstos se agregan quienes se han marchado de Venezuela, los más publicitados por las empresas de información internacionales, ante la ineficacia mostrada por el gobierno frente a los embates de una crisis económica en la que convergen la estrategia de la oposición política (interna y externa) para derrocar a Nicolás Maduro, la corrupción extendida a todas las instituciones públicas, la falta de inversiones y de productividad de un estamento empresarial que sea independiente del Estado, y el asistencialismo que éste mismo promoviera y al cual se acostumbró una gran porción de venezolanos en las últimas décadas, haciéndolos dependientes de las dádivas gubernamentales, sin plantearse seriamente la generación de soluciones estructurales que transformen realmente el modelo rentista existente desde hace un siglo.

       

A propósito de esta inquietante nueva realidad mundial, en “La exclusión en el capitalismo contemporáneo”, Juan Grabois, abogado de origen argentino, expone que “el desacople entre variables poblacionales (crecimiento demográfico, flujos migratorios) y socio-territoriales (distribución poblacional, posibilidades de empleo) llegó tan lejos que sus causantes lo ven hoy como principal amenaza para la ‘estabilidad’ social. Es que la multitud de excluidos ejerce una constante presión sobre el muro. Tal vez por eso hoy reverdece una amplia variedad de teorías neo-maltusianas, algunas más sutiles, otras más explícitas, que en última instancia pretenden responsabilizar a los pobres de su propia situación y hasta planificar científicamente su exterminio. No es osado decir que el hambre, el narcotráfico, la muerte de miles de migrantes, las pandemias evitables, los ‘espontáneos’ brotes de violencia tribal, la indiferencia frente al sufrimiento humano más descarnado, son formas de terrorismo de Estado por omisión, plagas que se permiten, se promueven e, incluso, se planifican”.


Las migraciones han puesto a prueba, por otra parte, el respeto a la heterogeneidad cultural de parte de quienes -se suponía- estarían mejor dispuestos en defender los ideales democráticos representados por sus respectivas naciones. La experiencia observada es la difusión desmandada de discursos de odio, ahora utilizados como fórmulas políticas para asegurar votos y desviar la atención de la gente en relación con algunos problemas puntuales.

 

En el caso de los sectores populares, ello plantea la necesidad de una reelaboración de experiencias compartidas y protagonizadas desde abajo en oposición al sistema capitalista imperante. Esto implica sumergirse en un proceso emancipatorio en el cual entrarán en juego elementos de resistencia, de adaptación o de sujeción frente a los sectores dominantes, dando lugar a unas nuevas relaciones de poder, sujetas al interés colectivo, en el caso de prevalecer los sectores populares; o de sojuzgamiento abierto, en el caso de resultar victoriosos los sectores dominantes.

 

El mundo contemporáneo se halla sometido, por consiguiente, a una lucha donde la diversidad del género humano entra en contradicción con los planes e iniciativas de aquellos que, validos de su alta posición económica, pretenden ensanchar el abismo que los separa de las personas menos favorecidas, cosa que se pone de manifiesta a lo interno y externo de cada país mediante muros que hacen más ostensible la desigualdad y la discriminación generadas por el capitalismo en todo el planeta. -

EL HAMBRE A NIVEL MUNDIAL Y LA RACIONALIDAD PERVERSA DE LAS MINORÍAS

EL HAMBRE A NIVEL MUNDIAL Y LA RACIONALIDAD PERVERSA DE LAS MINORÍAS

En cualquier contexto que se produzca -principalmente a causa de las guerras, los desplazamientos forzados de poblaciones, las crisis económicas y/o los grandes porcentajes de pobreza extrema existentes en diversidad de naciones- el hambre siempre ha constituido un grave problema por resolver para la humanidad. A éste se agregan ahora los efectos del grave y, al parecer, inexorable deterioro climático que comienza a hacer estragos en una vasta porción de regiones de la Tierra, lo que acentúa gravemente aún más las complicaciones en la producción de rubros agrícolas y pecuarios necesarios.


En medio de este sombrío panorama, las grandes corporaciones del capital neoliberal global continúan actuando en resguardo de sus exclusivos intereses, con respaldo de gobiernos en manos de la derecha conservadora. De este modo, aceleran y aseguran el control directo de recursos y de territorios en desmedro de los derechos de los pueblos aborígenes y campesinos que los habitan, cuyos líderes son generalmente masacrados a fin de silenciar sus voces de protesta y acabar con las luchas en defensa de sus hábitats. Para estas grandes corporaciones transnacionales no es nada alarmante ni debatible el alto grado de contaminación ambiental que ocasionan, ni la vida o la cultura de los pueblos, menos el cuidado que pudieran prestarle a la naturaleza que explotan, sino los cuantiosos dividendos que obtendrían de ésta.


En el libro «Teología profana y pensamiento crítico. Conversaciones con Franz Hinkelammert», de Estela Fernández, este afamado economista, filósofo y teólogo alemán expresa que «la exclusión de la población, la subversión de las relaciones sociales y la destrucción de la naturaleza, todo esto no es producto de una maldad, sino de una racionalidad perversa. Un malvado es capaz de matar a mil personas, pero termina fastidiado, y muchas veces, se suicida. Pero alguien que opera con una razón instrumental, mata a millones y no tiene problemas. Tiene capacidad infinita de matar. Es la racionalidad de nuestra sociedad la que produce las irracionalidades». Vistas la actuación de dichas corporaciones y la manera como se desencadenan diversos sucesos actualmente en el mundo (en apariencia, aleatorios y desconectados entre sí) no es desproporcionado suponer que éstos obedecen a una lógica de poder ajena a la percepción de la mayoría de la gente. Pocos concordarán con tal punto de vista, habituados como están a ver la realidad como algo normal, inevitable e inalterable, apenas afectado por el azar; pero, la realidad de las cosas les revela cuán equivocados están.


Según lo revelan algunas estadísticas, durante estos últimos años se incrementó el número de personas subalimentadas o que padecen una falta crónica de alimentos, lo que hace más difíciles las condiciones en que subsisten. Más concretamente, en países de África y América del sur. Algo que pudiera erradicarse por completo gracias a la ciencia y a la tecnología aplicadas a la producción de alimentos, incrementándola de forma masiva e intensiva, como nunca se vio antes en la historia humana. Sin embargo, esta producción masiva de alimentos está cruzada por el afán insaciable de ganancias de quienes controlan el mercado capitalista en todo nuestro planeta, lo que obstaculiza enormemente una distribución más equitativa entre los pueblos que adolecen de ellos.


Así, Boaventura de Sousa Santos, en su libro «Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social (encuentros en Buenos Aires)», nos revela que «la utopía del neoliberalismo es conservadora, porque lo que hay que hacer para resolver todos los problemas es radicalizar el presente. Esa es la teoría que está por detrás del neoliberalismo. O sea: hay hambre en el mundo, hay desnutrición, hay desastre ecológico; la razón de todo esto es que el mercado no ha logrado expandirse totalmente. Cuando lo haga, el problema estará resuelto. Tenemos que cambiar esta utopía conservadora por una utopía crítica, porque aún las utopías críticas de la Modernidad -como el socialismo centralizado- se convirtieron, con el tiempo,  en una utopía conservadora». Desentrañar, explicar y combatir las causas que originan el hambre entre muchos pueblos (principalmente de tipo económico) es parte de la solución que podría lograrse, especialmente si ésta es respaldada y proseguida por los mismos pueblos que ahora son víctimas de sus estragos; lo que habría de plasmarse en un amplio proyecto de emancipación colectiva que trascienda el marco de la realidad actual en todos sus aspectos y renglones. -