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EL MUNDO DEL CAPITALISMO

LAS TICS Y EL DESAFÍO DEL COMERCIO ELECTRÓNICO

LAS TICS Y EL DESAFÍO DEL COMERCIO ELECTRÓNICO

 

 

La acelerada concentración de empresas que brindan servicios en tecnologías de informática y comunicaciones ha obligado a muchos analistas de la economía capitalista a plantearse el estudio respecto a las nuevas realidades que están surgiendo en la actualidad y que, de un u otra manera, cambiarán totalmente el panorama mundial.

Respecto a este tema, algo que escapa a la comprensión de mucha gente alrededor del planeta es que los algoritmos utilizados por las principales corporaciones globales que acaparan la tecnología digital de una forma casi monopólica (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft), están diseñados para alinear y automatizar las decisiones de todos aquellos que recurren a ellas en búsqueda de información, lo que contribuye a cimentar una visión sesgada de la realidad y, por tanto, del conocimiento (lo cual implicaría una limitación enorme de nuestra capacidad de pensar por cuenta propia) en favor de quienes -así suene a ciencia ficción- pretenden ejercer un dominio incuestionable del mundo. En tal caso, los datos suministrados voluntariamente por los usuarios pasan a ser productos de estas grandes corporaciones, las cuales le darán el uso mercantil que sea necesario para incrementar sus elevadas ganancias.

“Estas corporaciones -explica Alfredo Moreno en su artículo ‘Las TICs. El debate: politizar o asumir el colonialismo digital’- cuentan con plataformas tecnológicas basadas en software que han logrado penetrar en la intimidad de cada ciudadano y ser el centro del deseo de pertenecer a la comunidad digital organizada. Las plataformas Uber, Airbnb, WhatsApp, Facebook, Instagram, Alibaba, etc. han empoderado a las empresas más ricas del planeta. Solamente con crear un ámbito para intermediar la conexión de personas y servicios pagos para los usuarios (ciudadanos) de las redes sociales y servicios TICs, nos integraron a un ecosistema donde no tenemos ni voz, ni voto. Si aceptas, perteneces y pasas a ser ‘usuario’, sino te quedas afuera”.

Como muchos ya lo advierten, abriendo una brecha en medio de la cartelización creciente de la información, las tecnologías digitales y la automatización han provocado una serie de realidades que tienen un impacto profundo en la vida íntima de muchas personas, así como en todo el conjunto social. Cuestión que también tendrá sus repercusiones en las estructuras de la gobernabilidad, a tal punto que algunos analistas anticipan (en el mejor de los casos) que éstas podrían caracterizarse por una racionalidad, una transparencia, una efectividad y una democracia mayores a las actualmente existentes; de evitarse el control social que otros perciben mediante el uso de las redes sociales.

En su análisis “Comercio electrónico y la agenda de las transnacionales”, la periodista británica-ecuatoriana Sally Burch previene que “cualquier acuerdo comercial que regule (o desregule) el ‘comercio electrónico’ estaría de hecho sentando las bases globales para el conjunto de la nueva economía digital, hacia la cual estamos transitando velozmente, con enormes implicaciones para el modelo económico, el empleo, el desarrollo, la dependencia o soberanía nacional e incluso los derechos humanos”. El entendimiento de esta nueva realidad bajo el capitalismo debiera incitar el debate, la elaboración y la puesta en práctica de un vasto proyecto transformador y rupturista que abarque todos los elementos que conforman la realidad inmediata del sistema-mundo en que se halla la humanidad entera. Éste es uno de los desafíos ineludibles que nos impone a todos la economía digital. Su superación supone la construcción de un mundo menos desigual donde la autogestión y la independencia de toda dominación (interna y externa) sean sus principales elementos constitutivos. -

 

LA BATALLA MÁS IMPORTANTE DE LOS PUEBLOS POR SU EMANCIPACIÓN

LA BATALLA MÁS IMPORTANTE DE LOS PUEBLOS POR SU EMANCIPACIÓN

 

En el contexto del avance agresivo en el control de mercados y recursos de naciones periféricas por parte de las grandes corporaciones transnacionales y del apuntalamiento político-militar del capitalismo neoliberal a nivel mundial, la primera (y quizá más importante) batalla que les toca librar y ganar a los pueblos que ansían su total autodeterminación y emancipación es de índole cultural.

 

Mediante ella,podrían despojarse de la falsa conciencia que les ha sido inculcada a través del tiempo por los sectores dominantes, sometiéndolos y haciéndolos ciudadanos de segunda categoría (gran parte de las veces, sin considerarlos siquiera seres humanos, como se acostumbró en nuestra América con los pueblos originarios tras la invasión europea de hace más de quinientos años atrás). Por consiguiente, tiene que afincarse en valores,  tradiciones e historia propios,  aunque éstos se hallen impregnados de la visión e intereses de los sectores dominantes, pues de ellos podrán extraer los pueblos el impulso suficiente para emprender el proceso colectivo de participación y de protagonismo que les permita acceder a la construcción consciente de sus propios destinos; ya no marcados o subordinados por la concepción de la vida de quienes, por ahora, los excluyen del disfrute de mejores condiciones materiales de vida y, en consecuencia, de una vida libre y plena.

 

Una siguiente batalla -poco o nada distinta de la anterior, incluso, sin que sea éste el orden para que ocurra, pudiendo ser anterior o simultánea a ella- es reducir y evitar el silenciamiento de sus luchas, tanto aquellas que son sólo reivindicativas como las que se inscriben en la búsqueda de un mayor y efectivo grado de democracia social, política, cultural y económica. Ésta tiene por escenario cada uno de los medios utilizados para la difusión de opiniones, información y entretenimiento; lo que no será fácil en vista del entramado de capitales e intereses que une a los mismos, vinculados por lo general a las minorías usufructuarias del poder. No es un recetario único ni novedoso, tomando en cuenta que muchas de las grandes experiencias revolucionarias de la historia terminaron en fracasos al no comprenderse la necesidad perentoria de promover estas lides en el seno de los sectores populares, lo que abrió las compuertas a la restauración (inmediata o paulatina) del viejo orden.

 

Otra batalla, posiblemente la mejor percibida y la de mayores expectativas entre los sectores populares, se refiere al poder, a su naturaleza y a su manejo, donde se definen generalmente los pasos a seguir en lo adelante por la población en general. A pesar de su importancia, pocos se preocupan de vislumbrar y estudiar en profundidad su origen, sus mecanismos y los cambios radicales que deben propiciarse con la finalidad de construir colectivamente un modelo civilizatorio de otro tipo.

 

Acá es donde encallan muchas de las experiencias revolucionarias habidas a través de la historia al limitarse a un simple cambio de nombres y personajes, dejando intactas las estructuras y procedimientos administrativos del poder constituido. Así como su burocratismo corporativo. Lo que conspira inevitablemente contra la posibilidad real que el pueblo organizado y consciente asuma el cuestionamiento y extirpación definitiva del Estado burgués liberal imperante. -

 


EL CAPITALISMO Y SU “DEMOCRACIA” SIN OPCIONES

EL CAPITALISMO Y SU “DEMOCRACIA” SIN OPCIONES

Para el sistema capitalista es sumamente esencial -además del control y la explotación de la diversidad de recursos presentes en la naturaleza- la existencia de la especie humana. Sin esta última, lógicamente, no sería nada posible la producción y la reproducción de los medios, los dividendos y las mercancías que contribuyen a darle un perfil definido a tal sistema. Necesita, por tanto, que la existencia humana esté regulada por una sociedad burocráticamente organizada. Una sociedad que responda de manera apropiada a sus vitales intereses y no le dé cabida alguna a cualquier tipo de cuestionamiento, inconformidad y/o rebeldía que haga pensar a muchos que éste pueda trascenderse.

 

Sin el soporte de esta sociedad ajustada a su lógica, el capitalismo sucumbiría irremediablemente. En este caso, las personas (asumidas como fuerza de trabajo) cumplen un doble propósito, enormemente beneficioso para la clase capitalista: como generadoras de plusvalía y como consumidoras. Gracias a la cultura de masas -fomentada en una gran parte por la industria ideológica a su servicio- el capitalismo dispone de un amplio contingente de compradores, logrando en muchos de ellos una compulsión consumista de la cual pocos adquieren conciencia.

 

Frente a ello, la pretensión de cambiar radicalmente el tipo de sociedad predominante a nivel mundial, sin plantearse con seriedad lo mismo respecto al sistema económico, resulta un enorme contrasentido. Ambos elementos se hallan consustanciados y no deberían aislarse uno en relación con el otro. Esto implica comprender, de una manera amplia, los rasgos y los mecanismos que legitiman y mantienen vigente al capitalismo. No bastará, por consiguiente, intentar alguna reforma, en uno u otro sentido, si éstos son desconocidos y se dejan intactos. Tampoco bastará con enunciar y legalizar los reclamos de justicia e igualdad sociales enarbolados por los sectores populares en sus luchas diarias.

 

“El nuevo proyecto conservador -explica Pablo González Casanova en su libro ‘De la sociología del poder a la sociología de la explotación. Pensar América Latina en el siglo XXI’- llega a plantear un sistema democrático en que no hay derecho a escoger una política económica distinta de la neoliberal, ni un gobierno democrático con fuerte apoyo popular. Propone una democracia ‘gobernable’ en que las elecciones se limiten a elegir a los grupos de las clases dominantes (o cooptadas por ellas) que muestren tener mayor apoyo en las urnas semivacías. Propone una democracia sin opciones en la que vote la minoría de los ciudadanos para escoger entre un pequeño grupo de políticos profesionales, cuyas diferencias ideológicas y programas son insignificantes”. Esto hace necesario explorar las potencialidades de los diferentes movimientos antisistémicos que se oponen a tal eventualidad. Aun de aquellos que no se han trazado la toma del poder como una de sus metas principales de lucha. En todo ello es fundamental la autonomía con que cada uno de estos movimientos puedan (y deban) manejarse, de modo que propicien en todo momento -sin dogmatismos ni exclusiones- una construcción social, económica y política por fuera de la lógica y la ideología dominantes.

 

La Comuna de París de 1871, los Soviets surgidos con la Revolución Bolchevique de 1917, los Consejos de fábrica constituidos en Turín (Italia) a comienzos del siglo XX, a semejanza de lo hecho en Rusia; la Revolución Cultural impulsada por Mao Tse-Tung en China y, más cercanamente en el tiempo y el espacio, los Caracoles Zapatistas en el estado de Chiapas en México, pudieran servir -en algún sentido práctico y teórico- de guías para el logro de dicha meta. Cada uno de estos importantes hechos históricos fueron destellos de una nueva forma de gestionar los asuntos públicos y de entender y ejercer la soberanía popular. Todos ellos supusieron -dentro de su contexto específico- la subversión y la desestructuración del Estado burgués liberal, impuesto (de cualquier modo) por el eurocentrismo extendido a todo el mundo.

 

La democracia (entendida ahora como una construcción colectiva desde abajo) es, en términos definitivos y definitorios, el autogobierno, razón por la cual los sectores populares están llamados a abrir paso a un modelo civilizatorio de nuevo tipo, donde las relaciones sociales y sus paradigmas sean algo absolutamente diferente a las imperantes. La autonomía, el autogobierno, el reconocimiento de la diferencia, la interculturalidad y las prácticas intercomunitarias tendrían que ser, entre otros, los rasgos distintivos de este nuevo modelo civilizatorio. Este, asimismo, tendrá que asentarse en un proceso permanente de reapropiación de los símbolos y los diversos tópicos que dieron origen a las luchas populares a través de la historia. -                

 

LAS VÍCTIMAS COLATERALES DEL “PROGRESO” ECONÓMICO

LAS VÍCTIMAS COLATERALES DEL “PROGRESO” ECONÓMICO

Como parte del sentido común y de la vida cotidiana, la realidad ilusoria y deformada de las ventajas materiales individuales -propiciada por la gran industria ideológica que resalta los valores capitalistas- impulsa a mucha gente alrededor del mundo a emigrar de sus países natales en búsqueda de unas mejores y más seguras condiciones de vida. Esto se ve año tras año en la frontera que separa a Europa de África o en la que separa a Estados Unidos de nuestra América, lugares donde comúnmente acontece una infinidad de situaciones que condenan a los inmigrantes (indocumentados, para mayor precisión) a la detención, la deportación y, en el peor de los casos, la muerte sin dolientes, incluyendo a niños, como se pudo apreciar mediante las imágenes difundidas a nivel global en relación con el trato dispensado a los hijos de inmigrantes retenidos por las autoridades de Estados Unidos, siendo colocados en jaulas cual si se tratara de animales.

Esto comprueba, además, el grado en que el modo de producción -como régimen de producción y reproducción de la vida social- ha marcado, cual hierro candente, la mentalidad de muchas personas (hasta podrá afirmarse que al cien por ciento de la humanidad), por lo cual se esmeran en hallar un trabajo asalariado de mejor remuneración, al margen de cualquiera otra consideración que supondría despojarse de la falsa conciencia que poseen. Ello está acompañado por el comportamiento asumido en la actualidad por el Estado en muchas naciones del mundo al privilegiar la protección de los intereses supremos de las grandes corporaciones transnacionales más que la de sus propios ciudadanos, a quienes les reserva una situación de represión y militarización en previsión de exigencias económicas y políticas que hostilicen su nuevo rol al servicio del capital. Algo, por cierto, nada excepcional, en vista de sus antecedentes históricos, pero que ahora se cumple con una mayor notoriedad y desparpajo.

Como se extrae de la afirmación hecha por Zygmunt Bauman en el libro ‘Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias’, “refugiados, desplazados, solicitantes de asilo, emigrantes, sin papeles, son todos ellos los residuos de la globalización. No obstante, no se trata de los únicos residuos arrojados en cantidades crecientes en nuestros tiempos. Están también los residuos industriales ‘tradicionales’, que acompañaron desde el principio a la producción moderna. Su destrucción presenta problemas no menos formidables que la eliminación de residuos humanos, cada vez más horrorosos, y por razones muy similares: el progreso económico que se propaga por los rincones más remotos del ‘saturado’ planeta, pisoteando a su paso todas las formas restantes de vida alternativas a la sociedad de consumo”.

Para los dueños del capital, estas víctimas colaterales del “progreso” económico, en un sentido amplio, solo tendrían algún derecho a existir siempre y cuando estén impregnados (y así lo hagan ver, sin disidencia alguna) de la visión e intereses de los sectores dominantes. Es lo que ocurre en diversas naciones, incluyendo las periféricas, con gentes de toda edad, deambulando en las calles, sin atención social. Así, junto a los graves efectos de la depredación sufrida año tras año por la naturaleza a nivel mundial, hay que considerar también lo equivalente respecto a las personas excluidas por este “progreso”. A fin de evitar su multiplicación negativa, la misma dinámica socioeconómica del sistema capitalista globalizado impone la necesidad de construir unas nuevas formas de vivir y de comprender la vida, además de nuevas institucionalidades que tengan por fundamento una mayor expresión de democracia; todas las cuales, en conjunto, representarían abrir caminos a una nueva clase de sociedad. -

 

LA DEMOCRACIA LLEVADA A UNA MÁXIMA EXPRESIÓN

LA DEMOCRACIA LLEVADA A UNA MÁXIMA EXPRESIÓN

La democracia -llevada a una máxima expresión conceptual, práctica y organizativa- debiera tener como objetivo primordial el establecimiento de una horizontalidad del poder colectivo que ella supone y, por consiguiente, como efecto directo de esta nueva expresión o contexto, la sustitución de las clásicas relaciones de poder instituidas a través del Estado burgués liberal.


Según la define el escritor, antropólogo y abogado argentino Adolfo Colombres en su obra “América latina como civilización emergente”, la democracia “es el gobierno del pueblo, no del hombre-masa. Del pueblo, que es el hombre organizado, pensante, creativo, que defiende como algo muy valioso los lazos morales y de solidaridad”. No basta, entonces, con proclamar y estampar en constituciones y leyes los derechos y la soberanía del pueblo, si éste permanece en una situación pasiva y carente de un proyecto de carácter colectivo que lo motive a actuar en total correspondencia creativa con tales postulados.


Siendo ésta la norma común en nuestras naciones, planear el simple reemplazo (constitucional o por la fuerza) de un régimen por otro, no garantiza que no se dejen vivas las raíces y las razones que detonan cada cierto tiempo la diversidad de conflictos, crisis y contradicciones que envuelven al sistema político, económico, social y cultural en que está sumida la mayor parte de la humanidad. Esto exige un esfuerzo mayor y continuo, acompañado, necesariamente, de un cambio de conciencia. Sin embargo, de seguidas se ha de advertir que dicho cambio de conciencia no se limita (ni debe limitarse) a una fatua acumulación de conocimientos teóricos y a un discurso que así lo certifique. Con ello, hay que enfatizar que no es suficiente enfocarse sólo en el aspecto político y/o económico, como es habitual en cada nación del planeta, lo que limita y, en la mayoría de las veces, obvia la necesidad histórica de trascender, de una manera integral, el sistema por largo tiempo instaurado.


Como se deducirá, el poder popular que emane de este importante y revolucionario hecho histórico tendrá que asumirse con absoluta independencia de las clases dominantes tradicionales, lo que es decir del Estado que las legitima; así como respecto a las lógicas productivas y reproductivas que hasta ahora han sustentado el funcionamiento del régimen capitalista. En este caso, mal que le pese a algunos que se niegan todavía en admitirlo, al unificarse la lucha política (en demanda de un mayor grado de democracia) y la lucha anticapitalista en un mismo frente, habrá que plantearse, simultáneamente, la lucha de clases, lo que se traducirá en la construcción de una nueva hegemonía, en esta oportunidad, de índole realmente popular.

 

No obstante, la misma podría verse entorpecida sino se produce una insurgencia cultural-ideológica permanente y, por extensión, una nueva subjetividad, tanto individual como colectiva. Todo ello implica, a grandes rasgos, darle forma y contenido a una teoría de la democracia que sume los elementos de resistencia y soberanía contenidos en la acción de mandar-obedeciendo, tan lisonjeada en nuestra América, de modo que ella respalde en todo momento la autoridad política del pueblo.         

EL ARCA DE NOÉ DEL CAPITALISMO GLOBAL

EL ARCA DE NOÉ DEL CAPITALISMO GLOBAL

Si se estableciera un símil entre la realidad del mundo contemporáneo y los tiempos del patriarca bíblico Noé quizás el mismo fuera catalogado de incongruente y poco convincente. Exagerado. Sin embargo, salvando las referencias teológicas de los cuales algunos estarán más pendientes, se podrá afirmar que el capitalismo global pretende algo parecido a la decisión de Noé que permita sobrevivir a una catástrofe de iguales o mayores efectos que el mítico diluvio universal.

 

Sólo hay un detalle: las intenciones de los representantes de este capitalismo global no están demasiado orientadas en salvar la vida de toda especie existente sobre nuestro planeta. Sólo la de quienes conforman su círculo exclusivo. Ya no sería al modo de los muros con que protegen sus propiedades del resto del mundo. Se trata de hacer de países enteros un coto cerrado al tránsito y sobrevivencia de personas “indeseables”, ajenas a su “cultura” y estilo de vida. Como ya ocurre en la frontera entre Estados Unidos y México, entre Israel y lo que queda de Palestina o entre Europa y África (además de otras regiones menos publicitadas, pero con igual impacto). O con las legislaciones que restringen y condenan todo flujo migratorio, aduciéndose para ello los más disparatados argumentos, pero todos coincidentes en propósitos. Entre éstos la calificación de terroristas y delincuentes que se les endilga a quienes se ven forzados a expatriarse, ya sea por causa de las guerras que, precisamente, propician los Estados que les impiden el acceso a sus territorios, o por necesidades económicas. Todo ello bajo unas condiciones que degradan considerablemente la condición humana. Incluso, con actitudes y procederes que recuerdan en mucho lo hecho por el nazi-fascismo durante su apogeo en Europa.

 

Esta arca de Noé capitalista no carece de visos de realidad. Se dispone de un gran depósito de semillas extraídas de todas las latitudes con el presunto objetivo de dotar de alimentos a la humanidad de producirse una hambruna de magnitud apocalíptica. Lo que no se dice y es muy poco difundido por la opinión pública es que tal banco de semillas, también conocido como Bóveda del Fin del Mundo o del Juicio Final, existe y se encuentra en Noruega, a 1.300 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico. Entre sus principales patrocinadores se incluyen no sólo gobiernos sino también empresas privadas, lo que hace presumir que su provisión no será en modo alguno gratuito y altruista. Sería una forma más de asegurar el estado de sumisión e incondicionalidad que, desde hace décadas, persiguen con afán las clases dominantes gringas y europeas, constituidas en un frente común contra cualquier pretensión de soberanía que amenace sus intereses capitalistas.

 

No es descabellada la realidad que se desprende de todo esto. Un imperio o dictadura corporativa mundial donde “convivan” una minoría gobernante (con disfrute de muchos privilegios) y una mayoría subordinada (sobre la cual recaerá la exigencia del sacrificio total de sus derechos civiles a cambio de la posibilidad incierta de sobrevivir). Lo que se obvia (y se debe divulgar) es que las desigualdades sociales y económicas, sin omitir lo referente a la catástrofe ambiental que se cierne sobre nuestro planeta y, por consiguiente, sobre el destino humano, tiene sus causas u origen en las estructuras que sostienen y caracterizan el modelo civilizatorio capitalista contemporáneo.  Se debe comprender -como concluye Albert Recio Andreu en su artículo “Imperialismo defensivo: de populismos y migraciones”- que “luchar contra el capitalismo hoy, responder a su modelo explotador y depredador, requiere más que nunca de un pensamiento cosmopolita, orientado a elaborar propuestas de desarrollo viable, justo y deseable para el conjunto de la sociedad. Si algo bueno nos debería dejar la fase neoliberal debería ser que nos sitúa inevitablemente frente a la necesidad de pensar una economía en clave planetaria, de humanidad. A volver a la senda que trataba de esbozar el ‘proletarios de todo el mundo, uníos’ pero sin caer en su optimismo ingenuo”. Esto no significa cerrarse a cualquier posibilidad que entrañe diluir por completo las pretensiones hegemónicas del capitalismo global sino sumarse al esfuerzo común de evitar la calamidad que ellas representan para el género humano y todo vestigio de vida. -

LA AUTORIDAD POLÍTICA GLOBAL DEL CAPITALISMO TRANSNACIONAL

LA AUTORIDAD POLÍTICA GLOBAL DEL CAPITALISMO TRANSNACIONAL

La humanidad se halla en una situación en que los niveles de precariedad, pobreza y desempleo se han incrementado considerablemente, causando, entre otros efectos negativos, que el trabajo asalariado ya no sea considerado como un medio de subsistencia para cualquier persona o familia que no posea recursos. De manera simultánea, en muchas regiones del planeta se observa cómo el capital tiende a concentrarse y a centralizarse en unos pocos millonarios y cómo esto conduce a elevar la tasa de desempleo y a una mengua sin pausa de los salarios de los trabajadores.

Como contrapartida, algunos economistas recomiendan la dolarización de las economías depauperadas -especialmente en los países de nuestra América- como una opción válida y prácticamente única para salir de la situación crítica en que éstas se hallan, lo cual, aparte de ser inconstitucional en algunas de estas naciones, vulnera la soberanía monetaria e involucraría la desnacionalización de las principales actividades económicas generadoras de divisas, así como un endeudamiento externo, lo que -en perspectiva- avalaría la inversión extranjera privada y, con ella, la salida a la crisis.

Esto no obvia la autoridad política global ejercida por el capitalismo transnacional, a pesar de enfrentar circunstancias que escapan a su control, como la creciente influencia de China y Rusia en el mercado mundial. Por ello se recurre a “golpes blandos”, “rebeliones de colores”, asesinatos selectivos, imposición de bloqueos, sanciones extraterritoriales, campañas de desinformación masivas, sabotaje de las líneas de telecomunicaciones y formas abiertas y encubiertas de intervención que, con la complicidad de grupos internos afines, terminen por doblegar a las naciones que osen manejarse en un sentido contrario a sus intereses, en una guerra no convencional o asimétrica que escasamente merece la atención de los organismos multilaterales encargados de velar por que ello no ocurra. Elementos constitutivos -a gran escala- de la guerra irrestricta en fase de desarrollo que tiene como principal propulsor al gobierno de Estados Unidos, a fin de asegurar así su hegemonía total e indiscutible en el mundo.

En el libro “10 años de crisis. Hacia un control ciudadano de las finanzas” de ATTAC España, se resume que, al presente, “vivimos en una sociedad donde interactúan muchos actores: Ciudadanía, Mercado, Empresas, Finanzas, Comercio Internacional, Estados, Familias, Comunes y Tierra, todos ellos conformando un complejo escenario en el que el papel que se le asigna a cada uno de ellos condiciona y puede condicionar nuestra vida presente y futura. La sociedad se ve amenazada cuando uno de sus componentes, que se ha convertido en hegemónico, domina y esclaviza a todos los demás, impone sus demandas y puede subordinarlo todo a su expansión indefinida. La sociedad actual, por más democrática que se imagine a sí misma, está experimentando también el yugo de un sector poderoso dispuesto a llevar su ventaja tan lejos como le parezca. Esta fuerza, que ignora los límites, son las finanzas globalizadas, a las que llamamos ‘casino’ en el sentido de que la gestión del riesgo y el juego tienen algunos puntos en común”.

En medio de semejante panorama, nuestra América (considerada desde hace dos siglos por Estados Unidos como su “legítimo” patio trasero) es foco de la atención de los grandes consorcios transnacionales, seducidos por la posibilidad nada remota de poder controlar no solamente las economías dependientes de estos países sino también su biodiversidad y demás recursos estratégicos. Tratar de neutralizar este unilateralismo globalizador, exige una reelaboración consciente de experiencias compartidas y protagonizadas desde abajo por los sectores populares, evitando que éstos continúen catequizados como agentes involuntarios de la reproducción del sistema de valores de su propia dominación, discriminación y explotación; condicionados a existir en un estado de resignación permanente. -

 

EL NEOLIBERALISMO Y EL CAMBIO RAIGAL DEL PODER ESTATAL

EL NEOLIBERALISMO Y EL CAMBIO RAIGAL DEL PODER ESTATAL

A partir de la década de los ochenta, la ideología neoliberal vino a imponer la “necesidad” de desmontar los diferentes aparatos del Estado, así como las leyes restrictivas del mercado, en función de los intereses corporativos de los grandes capitales transnacionales. Esto fue acometido en gran parte del globo terráqueo, incluyendo algunas de las naciones de nuestra América, procediéndose a la privatización de aquellos servicios y empresas básicos cuyo control estaba en manos del Estado. Dicho proceso hizo que la situación social y económica de una gran mayoría de ciudadanos empeorara en lugar de concretarse e incrementarse los niveles de bienestar que los apologistas de esta corriente capitalista prometían, en una proporción similar o cercana a los disfrutados en los países altamente industrializados. De tal suerte, el Estado pasó a ser controlado por los intereses del mercado. El Estado de bienestar que proliferó luego de acabada la Segunda Guerra Mundial quedó relegado a un segundo plano.

 

Pero a medida que el avance y la consolidación del neoliberalismo globalizado parecían indetenibles, se perfiló, al mismo tiempo, una corriente ascendente de resistencia popular en su contra, movilizada de una manera espontánea y generalmente carente de una dirección política reconocida (como aconteciera en el caso de Venezuela el 27 de febrero de 1989). En un comienzo, como focos aislados, centrados cada uno en sus reivindicaciones particulares, pero luego articulándose entre sí, local e internacionalmente, conformando -más allá de sus fronteras naturales- una gama de movimientos y de propuestas que convergían en iguales causas. Un vasto movimiento heterogéneo de lucha contra el capitalismo neoliberal que, en ciertas naciones de nuestra América, adquirió un matiz abiertamente político y antimperialista hasta llegar a manifestarse como política de Estado de algunos de los gobiernos surgidos en este período histórico, los cuales se identificaron a sí mismos como progresistas, socialistas y/o revolucionarios.

 

Aun con este leve, pero significativo, declive del recetario neoliberal, las estructuras del viejo Estado liberal burgués continuaron funcionando en nuestros países del mismo modo que antes, a pesar del compromiso aparentemente revolucionario de algunos gobernantes de promover y de contribuir a asentar cambios estructurales que dieran cabida al ejercicio real de una democracia participativa y protagónica (con posibilidades no descartables de transformarse en una democracia directa). La voluntad política -expresada en discursos, medidas gubernamentales y algunas leyes- no resultó suficiente para trascender audazmente el marco tradicional de las funciones estatales. Ahora, ante la recuperación progresiva del poder en algunos países de nuestra región por parte de los sectores políticos conservadores (Brasil, Argentina, Ecuador) en conexión con los intereses hegemónicos estadounidenses, es una exigencia abordar el problema del poder de una forma menos simplista que la aspiración de reemplazar a personajes y partidos políticos. Hace falta sistematizar su horizontalidad, lo que haría copartícipe al pueblo revolucionario organizado -en una primera etapa- en el diseño y la construcción de un nuevo modelo civilizatorio hasta que, dependiendo de la evolución y el dinamismo de su nueva conciencia social, éste se halle en capacidad de asumir directamente las diferentes funciones del Estado. Ése sería el objetivo básico por trazarse.

 

Complementando esto último, como lo apuntó Kléber Ramírez en su libro “Venezuela: La IV República (o la total transformación del Estado)”, publicado en 1991, “el nuevo Estado debe dirigir el desarrollo de la democracia de abajo a arriba, comenzando por hacer que todas las comunidades se hagan responsables de su propia gestión, eligiendo ellas mismas sus autoridades administrativas, elaborando y jerarquizando sus planes autogestionarios, en fin, desarrollando todo su potencial de responsabilidad”. De plasmarse esta revolucionaria realidad, se produciría entonces el cambio del poder estatal por un poder político de raíces comunales. Ya no tendría razón de ser el orden social competitivo y desigual establecido según la lógica capitalista sino una lógica comunal de responsabilidad pública rotativa, dando forma a un compromiso ético-social como elemento fundamental de una propuesta de transformación raigalmente democrático. En conjunto, recurriendo a Florestán Fernandes, político y sociólogo brasileño, tendría lugar una regeneración de la vida democrática y plebeya en vez de darle continuidad a un tipo de sociedad en el cual prevalece la desigualdad y la explotación social y económica a manos de una minoría.-