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Páez, el incómodo caudillo

Páez, el incómodo caudillo

 

Homar Garcés

José Antonio Páez ha sido calificado, de un modo u otro, como el caudillo fundador de una forma de ejercicio del poder basado en el personalismo, el control del poder y la repetición de viejas mañas políticas. El Motín de Arichuna, ocurrido el 16 de septiembre de 1816, es una demostración del liderazgo ejercido por José Antonio Páez, un evento clave donde las tropas llaneras lideradas por el Taita se negaron a aceptar a Francisco de Paula Santander como su nuevo comandante y deja entrever cuál sería su conducta durante los años de guerra por la independencia venezolana y una vez constituida la República. Sin embargo, no se podrá negar el gran apoyo brindado al Libertador Simón Bolívar en los momentos en que se hacía dificultoso el triunfo de las armas patriotas hasta la Batalla de Carabobo y la toma de Puerto Cabello con lo que el dominio español quedaba eliminado en territorio venezolano. Ese mérito es innegable. La situación cambia y produce polémicas al referirse al modo como se desenvolverá en la escena política a partir de 1826, convirtiéndose en el eje principal del llamado movimiento de la Cosiata.

En relación con este movimiento, dice el mismo Páez en su Autobiografía: «Nada tienen de común la teoría de las revoluciones y la delicada ciencia de la política con las sencillas ocupaciones del pastor”. También escribe una suerte de justificación sobre la decisión asumida: «En hora menguada para mí, reasumí el mando de que se me había suspendido tan injustamente y, ya dado el primer paso, era necesario ser consecuente con el error cometido». Adicionalmente, expresa: «El mando me lo habían arrancado mis enemigos individuales y hombres que nada han sacrificado por la patria». No obstante, en opinión de algunos historiadores, la Cosiata fue un motín descabellado, presidido por un militar inconsciente, ciego instrumento de apasionados directores. Y ése sería entonces el mayor pecado cometido por el general llanero, pero pocos hacen alusión al contexto en que se formó el futuro caudillo de Venezuela donde se tenía que domar, prácticamente, la vida en el llano y donde las formas republicanas no existían y había muy poco apego por las leyes coloniales.

En torno a este tema, Eloy González, en 1907, escribió que «el General se dirigía... a los habitantes de Venezuela, titulándose Jefe Civil y Militar, denominación que se dio él mismo, porque la proclama es del 3 de mayo y la municipalidad de Valencia— pobre fuente de esa autoridad dictatorial, —no se la concedió sino el once del mismo mes». El 30 de abril de 1826, la municipalidad de Valencia desconoce el mandato de Bogotá y proclama a Páez como jefe supremo del departamento de Venezuela, a lo que se sumarán las demás municipalidades el 29 de junio del mismo año. Ante los hechos suscitados, Simón Bolívar no sólo cede ante el general Páez para evitar mayores males, sino que se empeña en hacerlo árbitro de Venezuela y llega hasta escribirle a su sobrino político el General Briceño Méndez: “Más vale estar con él que conmigo, porque yo tengo enemigos y Páez goza de opinión popular”, consejo que repite a muchos otros bajo formas análogas.

Para el vicepresidente de Colombia, el general Francisco de Paula Santander (a quien también se le responsabiliza por la desintegración de Colombia), en correspondencia a Bolívar del 9 de junio de 1826, la tensa situación con Páez se explica por el hecho de que «el doctor (Miguel) Peña y los antiguos facciosos de Caracas son los motores de este movimiento, en que Páez y Mariño hacen el papel de instrumento”. Por su parte, el general Rafael Urdaneta le hace a Páez un llamamiento a la sensatez y al honor: «¿Cómo sufre Ud., compañero, que hombres criminales llamados ante la ley. . . se asocien a Ud., para guiarle en una empresa cuyo mal resultado Ud. debió prever... ¿Cómo puede Ud. concebir que el pueblo de Venezuela se sacrifique, corra a las armas y se maten unos con otros para que el doctor Peña no satisfaga 25.000 pesos que defraudó al Estado...?». Y esto último era cierto. Desde Chuquisaca, el 12 de agosto de 1826, el Gran Mariscal Antonio José de Sucre le escribió al Libertador: «Yo no tengo suficientes datos para juzgar quién tenga verdaderamente la razón; pero veo que el general Páez ha procedido violentamente en el modo con que se ha conducido en el alboroto de Valencia. Si él tenía quejas del congreso, no debía tomar un partido para vengarse que dañaba el cré­dito y aun la existencia de la nación... Aun suponiendo que él haya querido aprovechar esta ocasión para descubrir y plantificar sus ideas de que se proclame un Imperio en Colombia, es peor todavía haber aceptado ninguna investidura de la municipalidad de Valencia. ¿Qué es la municipalidad de un cantón para conferir a nadie una autoridad, y menos una autoridad militar?...». De igual parecer son los generales José Tadeo Monagas, José Laurencio Silva y José Francisco Bermúdez.

En todo esto cabe incluir lo que Páez opinaba respecto de sí mismo y de la gente armada que comandó: «No tenía mucha fe en el patriotismo de aquellos hombres que sólo me acompañaban y habían tomado servicio por simpatías hacia mí». Es entendible que se creyera merecedor de ejercer el poder, idea que compartían otros militares surgidos del fragor de las batallas frente al ala civil que controlaba el gobierno desde Bogotá y que tendrá un episodio decisivo con la revolución de las reformas, al derrocarse al presidente José María Vargas, donde tendrá un papel protagónico el general José Antonio Páez. Así, a la ambición de poder y a la concepción regionalista de Páez se deben sumar y tomar en cuenta los diversos factores y personajes que le envolvieron para convertirlo en uno de los artífices principales del final de la República de Colombia, la grande.

 

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