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¿Deschavización o punto de quiebre?

¿Deschavización o punto de quiebre?

 

Homar Garcés 

 

Luego de los graves sucesos producidos el 3 de enero que vulneraron la soberanía de Venezuela, son variados los señalamientos en contra de quienes le dieron continuidad al gobierno de Nicolás Maduro, acusándolos de sumisión, complicidad y traición. En algunos casos, producto del despecho y de la impotencia. En otros (generalmente desde el bando antichavista, aunque los hay también provenientes de quienes se identifican todavía como chavistas, pero no de acuerdo con el gobierno de Nicolás Maduro) se llega a asegurar la muerte del chavismo como propuesta política de transformación. Para los primeros, es algo inexplicable y criticable la armonización del gobierno de Delcy Rodríguez con el gobierno de Donald Trump, lo que se percibe como un sometimiento neocolonial de Venezuela a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos, contradiciendo por completo la posición antiimperialista que antes se exhibía con cierto orgullo revolucionario. Esto ha hecho que algunas figuras destacadas del chavismo (y otras no tan destacadas) vean con escándalo lo que viene ocurriendo, a pesar de las explicaciones que se han vertido para legitimar las decisiones tomadas, citando, incluso, la posición de Wladimir Lenin frente a la Alemania imperial durante la Primera Guerra Mundial como estrategia para preservar la Revolución Bolchevique.

 

El factor clave en toda esta batalla de diferentes frentes es la coherencia entre pensamiento y práctica de la dirigencia política. Si ésta se encuentra satisfecha meramente con el usufructo del poder, se estará contribuyendo a socavar las bases que hacen posible la continuidad y la expansión de la democracia, como fuera ésta promovida por Chávez, comenzando por la anulación de la participación, la organización autónoma y el protagonismo sin cooptación del pueblo. Otro paso decisivo tendría que ver con las relaciones de producción (aún siendo capitalistas), las que deberían asegurar el delicado equilibrio de la naturaleza y estar orientadas al beneficio colectivo en vez de al beneficio individual, como ha sido siempre; evitándose la conformación de nuevos círculos económicos, excluyentes, corruptos y explotadores como los actuales, ahora asociados al capital transnacional. De ahí que estén en juego ciertos elementos que podrían apuntar a una deschavización del gobierno y de todo aquello que lo sostiene o, simplemente, a un punto de quiebre en la realidad venezolana, marcando con ello la necesidad de trascender los límites políticos, económicos, sociales y culturales que se han impuesto en las últimas décadas y, al mismo tiempo, reconfigurar todo aquello que se había entendido como Revolución Bolivariana.

 

Ramón Grosfoguel, sociólogo portorriqueño, durante su participación en la octava edición de la Escuela de Pensamiento Crítico Descolonial Juan José Bautista en la sede del Centro de Estudios Latinoamericanos y del Caribe Rómulo Gallegos, en Caracas, resaltó que el gobierno venezolano tendrá que actuar con flexibilidad táctica, pero sin ingenuidad estratégica; recordando lo que ocurrió con Muamar el Gadafi, el líder de Libia, quien creyó que cediendo a las apetencias petroleras de las potencias occidentales nada malo habría de pasarle ni a él ni a su país. Esta advertencia no está de más, tomando en cuenta que el presidente estadounidense no ha dejado de destacar que mantiene relaciones excelentes con la presidenta encargada venezolana (hasta el colmo de anunciar públicamente su intención de declarar a Venezuela como el estado 51 de la unión estadounidense), lo que supone una velada amenaza si se sale del carril por donde debe transitar diligentemente el gobierno venezolano. Algunos rememoran la última proclama de Hugo Chávez como el paradigma que debe motivar la adhesión de los chavistas al actual gobierno. Otros mantienen un silencio expectante ante lo que no saben interpretar o justificar. En medio de todo esto, no deja de ser pertinente interrogarse si se está presente frente a una táctica para ganar tiempo y recomponer fuerzas para enfrentar, en condiciones ideales, como algunos llegan a afirmarlo con la fe de un creyente, al imperialismo gringo o, en su defecto, las acciones del gobierno no serán más bien un «acomodamiento» hacia la «normalización» dentro del sistema capitalista global; lo que no debiera ser motivo para emprender una persecución y un ostracismo contra quien así lo llegue a expresar. A todo lo anterior, se agrega la difícil situación creada por los terremotos del 24 de junio, la cual agravará el complicado proceso de recuperación económica al tener que recurrir el gobierno al endeudamiento externo para solventar los distintos problemas causados por esta catástrofe.

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