Los delirios del loco del Sur
Homar Garcés
Sin duda, Simón Bolívar, el Libertador, fue un gran visionario, capaz de liderar una magna epopeya de liberación desde Venezuela hasta adentrarse en la profundidad de los Andes, de una forma completamente distinta a las llevadas a cabo por otros jefes militares de épocas pasadas. Sus actitudes en la laguna de Casacoima y en Pativilca bastarían para comprobar ese don visionario, ya asomado en su juramento del Monte Sacro en Roma, a sus veintidós años, acompañado de su maestro Simón Rodríguez y Fernando Rodríguez del Toro, o en su discurso ante la Sociedad Patriótica en Caracas antes de la declaración de independencia. En el primero de los casos, el 4 de julio de 1817, Bolívar -en medio del cerco que le tienden las fuerzas realistas- sorprende a sus acompañantes al expresarles: «Dentro de pocos días rendiremos a Angostura y, entonces, iremos a liberar la Nueva Granada, y arrojando a los enemigos del resto de Venezuela, constituiremos a Colombia. Enarbolaremos después el pabellón tricolor sobre el Chimborazo e iremos a completar nuestra obra de liberar a la América del Sur y asegurar su independencia, llevando nuestros pendones victoriosos hasta el Perú: el Perú será libre». Los oficiales patriotas creyeron, lógicamente, que el Libertador había enloquecido, puesto que aún no se vislumbraba un cambio de circunstancias a favor de la causa patriota. Un rasgo personal que lo distinguiría por encima de las perspectivas localistas y particulares de sus subalternos civiles y militares.
En Pativilca, Perú, protagonizó otro delirio, hallándose en su centro de operaciones provisional. Estando allí, enfermo, en correspondencia del 7 de enero de 1824 con el vicepresidente de Colombia, el general Francisco de Paula Santander, le confiesa lo siguiente: «Además, me suelen dar, de cuando en cuando, unos ataques de demencia aún cuando estoy bueno, que pierdo enteramente la razón, sin sufrir el más pequeño ataque de enfermedad y de dolor». Por aquellos días de 1824 arribó a Pativilca Joaquín Mosquera, quien era ministro plenipotenciario de Colombia ante los gobiernos del Perú, Chile y Buenos Aires. Al contemplar el penoso estado físico en que se encontraba el Libertador, sentado en una silla de vaqueta, con un pañuelo blanco envolviendo su cabeza, le preguntó: «¿Y qué piensa usted hacer ahora?» Éste le contestó, con tono decidido: «¡Vencer!» En ese entonces, la correlación de fuerzas era, al parecer, en mucho favorable al bando español. La respuesta de Bolívar anticipa la preparación de la logística con que logrará posteriormente las victorias de Junín y Ayacucho, decidiendo la independencia de la América del Sur: «Tengo dadas las ordenes para levantar una fuerte caballería en el Departamento de Trujillo; he ordenado tomar a servicio militar todos los caballos buenos del país, y embargado todos los alfalfales para mantenerlos gordos. Luego que recupere mis fuerzas me iré a Trujillo. Si los españoles bajan de la cordillera a buscarme, infaliblemente los derroto con la caballería; si no bajan, dentro de tres meses tendré una fuerza para atacar. Subiré a la cordillera y derrotaré a los españoles que están en Jauja». La resolución con que hablara Bolívar demuestra hasta qué punto estuvo convencido del éxito de su estrategia.
El 13 de octubre de 1822, tras el triunfo de Pichincha, el Libertador escribió «Mi delirio sobre el Chimborazo», pieza poética donde refleja su itinerario de lucha por la libertad continental y el diálogo que sostiene con el padre tiempo, quien objeta la trascendencia de sus acciones. Sin embargo, al responderle Bolívar, el padre de los siglos reconoce la repercusión de todo lo realizado por él y le comisiona: «dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado: di la verdad a los hombres». En esta prosa poética, Bolívar resalta al dios de Colombia frente a los dioses clásicos de la antigüedad greco-romana, en un contraste con el que hace ver la igualdad histórica de nuestro continente ante la Europa monárquica y colonialista, presentada a sí misma como la cumbre del progreso y de la civilización humana. Otro hito de la vida del Libertador Simón Bolívar que podría corresponder a uno de sus delirios es el Congreso Anfictiónico de Panamá, al cual dedicó mucho esfuerzo político y diplomático para que se concretaran los tratados de Unión, Liga y Confederación Perpetua que garantizarían la independencia absoluta de todas nuestras naciones, desde el norte de México hasta el sur de Argentina y Chile. Posiblemente el de mayores expectativas, tanto en su momento, cuando la España de Fernando VI y las demás monarquías europeas, agrupadas en la Santa Alianza, se mostraron dispuestas a someter a las nuevas repúblicas, como actualmente cuando observamos (de modo pasivo) el despliegue armado, financiero, tecnológico y político del imperialismo gringo sobre nuestro hemisferio, jactándose Donald Trump -cual jefe mafioso- de ejercer control sobre el gobierno y el petróleo venezolanos, de imponer candidatos presidenciales en donde quiera y de amenazar impúdicamente con destruir totalmente a Cuba.
Esta cualidad visionaria y tenaz de nuestro Libertador no pasó inadvertida para sus enemigos. El Teniente General Pablo Morillo reconoció que Bolívar era más peligroso vencido que vencedor. Él mismo llegó, por su parte, a definirse ante el Mariscal Antonio José de Sucre como el hombre de las dificultades. Los venezolanos y las venezolanas, vinculados por nacimiento y por convicción patriótica/nacionalista, estamos llamados ahora a reivindicar ese legado de delirios que marcaron la obra emprendida por Bolívar en su tiempo, pero que no pierde su vigencia. Es hora, por lo tanto, de revivir su ideario emancipatorio, de acuerdo a lo escrito por José Martí, más allá de las loas conmemorativas que poco le dicen a los pueblos que él liberara, en contraste abierto y permanente frente a aquellos que patrocinan la condición neocolonizada de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina en su conjunto.
0 comentarios