¿Imperialismo u otra cosa todavía peor?
Homar Garcés
Es hartamente contradictorio que una civilización -como Occidente- se jacte de ser moderna y civilizada (valga la redundancia) al mismo tiempo que exhibe de una manera impúdica e impune niveles extremos de barbarie, intolerancia, estupidez y violencia frente a aquellos grupos sociales y naciones que fueron víctimas de su racismo y de su rapiña colonial en el pasado. El persistente anacronismo de la negación de la existencia de una multiplicidad de culturas se ha expresado, principalmente, en contra de personas y religiones provenientes de África y de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, las cuales son vistas como inferiores y, en consecuencia, rechazadas en su intención de integrarse a las sociedades europeas y estadounidense; convirtiéndolas en parte del discurso y la práctica de muchos políticos, llegando al colmo de plantear públicamente la reposición del colonialismo y de la esclavitud que sufriera África a manos de las principales potencias del viejo continente, como lo manifestado por el pastor cristiano de Estados Unidos Dale Partridge. Con ello no hacen más que ratificar el carácter segregacionista con que surgiera la llamada Modernidad, a pesar de los paradigmas que contemplaban una nueva visión racional de la vida sobre el dogma religioso y el respeto a la individualidad. Pero esto no es aún suficiente.
En el mundo contemporáneo se está imponiendo la ideología de los algoritmos, la cual se basa en los intereses económicos y políticos de quienes son propietarios de las grandes corporaciones de la tecnología digital, por lo que nadie debería creer, ingenuamente, que éstos sean, de alguna manera, neutrales y no dirigidos a conformar un bloque de poder excluyente y, por tanto, antidemocrático; como lo han expresado públicamente Alex Karp y Peter Thiel, propietarios principales de la empresa de tecnología digital Palantir. Por eso, para este tipo de corporaciones capitalistas es fundamental inculcar la adicción y la alienación absoluta de sus usuarios, despojándolos de los atributos de conectividad, empatía y solidaridad respecto a sus semejantes, de modo que no existan entre ellos más puntos en común que el uso frecuente de las redes sociales. Mediante la repetición de eslóganes y de retórica se ha entablado una batalla cultural en contra de la diversidad de culturas y pensamientos, enfocándose en tradiciones conservadoras, en rechazo a la existencia de todo lo que es diferente; cuestión que ha derivado en el desencadenamiento de atrocidades, como el genocidio permanente de Palestina, la vulneración de la soberanía nacional de Venezuela y el bloqueo criminal contra Cuba.
El debate en relación con esta nueva realidad podría centrarse en lo que siempre se ha definido como imperialismo, en este caso, el imperialismo yanqui. Algunos estudiosos proponen una definición más allá de la conocida, siendo la más difundida la del tecnofascismo, también identificado como cyberfascismo; lo cual no se presenta como algo bueno, sino peor, similar a las distopías reflejadas en algunos libros y películas de ambientación apocalíptica. En muchos aspectos, se estaría plantando un sistema de mayores controles, de aplicación de una renovada concepción de la seguridad nacional y de cercenamiento de los derechos humanos y de las libertades democráticas.
Bajo este esquema, la respuesta por parte de quienes controlarán el poder no será el debate sino la coerción. De este modo, se asegurarán de contener y de disipar cualquier tipo de disidencia política que consideren una amenaza al régimen que dirigen, aún cuando ésta surja al amparo de la Constitución establecida y de sus propios discursos. Como ya empezó a observarse en algunas naciones, se ha hecho coincidir los controles sociales con los intereses y las preferencias de muchas personas, haciéndoles creer que responden a una elección propia y una manera de reafirmar su libertad individual. No es difícil imaginar entonces que el mundo capitalista está creando las condiciones para lograr en cada individuo los efectos de una cognición sin acción y una subjetivación sin cuerpo que haga más manipulable su vida.
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