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TEMAS ANTIIMPERIALISTAS

La batalla decisiva de la guerra total

La batalla decisiva de la guerra total

Homar Garcés 

La inesperada resistencia y contraataque de la República Islámica de Irán, así como el hostigamiento del gobierno popular en Yemen, contra la agresión militar iniciada por la dupla yanqui-sionista contra dicha nación, comienza a tener repercusiones más allá del ámbito comercial petrolero para manifestarse como lucha de resistencia en una guerra imperialista de alcance global que tuvo sus inicios prácticamente al día siguiente de la implosión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, o simplemente Unión Soviética, y que se reveló al mundo con la guerra «antiterrorista» emprendida contra Afganistán e Irak por el presidente George W. Bush. Lo que los jerarcas políticos y militares gringos no calcularon, llevados por su arrogancia supremacista, era la reacción del gobierno y del pueblo iraníes ante la agresión sufrida y las cuantiosas pérdidas económicas que la misma ha supuesto en infraestructura y recursos militares destruidos sistemáticamente por las fuerzas armadas persis, por lo que, extrapolando sus circunstancias y resultados, equivale a una batalla decisiva en lo que respecta a la guerra total que estaría dispuesto Estados Unidos a librar para conservar su estatus de única y gran potencia mundial. En este caso, más allá de los prejuicios políticos y religiosos que cada quien albergue, Irán (junto con los hutíes de Yemen) está frenando la expansión estadounidense sobre una región altamente estratégica, con abundancia de recursos energéticos y rutas comerciales vitales para los mercados de Europa y Asia. Y eso es algo muy importante para la preservación de la soberanía del resto de naciones de la Tierra.

En este cuadro de cosas, la ultraderechización de Europa y Latinoamérica es una pieza más del proceso de hegemonización absoluta iniciado desde la Casa Blanca, contando adicionalmente con el respaldo entusiasta del conglomerado industrial-militar tradicional y de las grandes corporaciones transnacionales que controlan la industria digital, en un cruce de intereses que amenaza la libertad humana y el mermado equilibrio ecológico del planeta. No es, por tanto, una cuestión espontánea ni tampoco reciente. Es una amplia reingeniería social en progreso que, entre sus metas, pretende suprimir cualquier vestigio de resistencia democrática y de pluralismo ideológico y cultural que se oponga a los designios de las nuevas minorías capitalistas dominantes, lo que supondrá el auge de la represión social, como ya comienza a verse a propósito de las marchas de protesta que denuncian el genocidio continuo del pueblo palestino. 

La gran pregunta que debería hacerse todo el mundo es, de acuerdo con Andrés Piqueras en su análisis Para entender el desarrollo de la guerra global en curso, «¿cómo es posible que EEUU y su ente sionista no reciban ninguna sanción ni se les excluya de ningún ámbito de participación o foro mundial? En la pregunta va implícita la propia respuesta: porque esas instituciones que "regulan" el orden mundial están controladas por EEUU y forman parte de su poder blando -o no tan blando- mundial. Esto es, son elementos del orden mundial estadounidense, el mismo que hoy ha comenzado a carcomerse (igual que esas instituciones, que cada vez evidencian más lo que son y para qué son)». El contraataque iraní significa un serio revés para la Geoestrategia del Caos que Washington ha implementado para asegurar su presencia e influencia sobre el continente asiático y esto semeja en algo la traumática derrota sufrida por las fuerzas estadounidenses en Vietnam. Como se comprenderá, no se trata de acabar con la guerra sino mantenerla como una situación constante y lucrativa. Quienes obtienen dividendos de la muerte no son monstruos de fantasía.

¿Imperialismo u otra cosa todavía peor?

¿Imperialismo u otra cosa todavía peor?

Homar Garcés 


Es hartamente contradictorio que una civilización -como Occidente-  se jacte de ser moderna y civilizada (valga la redundancia) al mismo tiempo que exhibe de una manera impúdica e impune niveles extremos de barbarie, intolerancia, estupidez y violencia frente a aquellos grupos sociales y naciones que fueron víctimas de su racismo y de su rapiña colonial en el pasado. El persistente anacronismo de la negación de la existencia de una multiplicidad de culturas se ha expresado, principalmente, en contra de personas y religiones provenientes de África y de Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, las cuales son vistas como inferiores y, en consecuencia, rechazadas en su intención de integrarse a las sociedades europeas y estadounidense; convirtiéndolas en parte del discurso y la práctica de muchos políticos, llegando al colmo de plantear públicamente la reposición del colonialismo y de la esclavitud que sufriera África a manos de las principales potencias del viejo continente, como lo manifestado por el pastor cristiano de Estados Unidos Dale Partridge. Con ello no hacen más que ratificar el carácter segregacionista con que surgiera la llamada Modernidad, a pesar de los paradigmas que contemplaban una nueva visión racional de la vida sobre el dogma religioso y el respeto a la individualidad. Pero esto no es aún suficiente.

En el mundo contemporáneo se está imponiendo la ideología de los algoritmos, la cual se basa en los intereses económicos y políticos de quienes son propietarios de las grandes corporaciones de la tecnología digital, por lo que nadie debería creer, ingenuamente, que éstos sean, de alguna manera, neutrales y no dirigidos a conformar un bloque de poder excluyente y, por tanto, antidemocrático; como lo han expresado públicamente Alex Karp y Peter Thiel, propietarios principales de la empresa de tecnología digital Palantir. Por eso, para este tipo de corporaciones capitalistas es fundamental inculcar la adicción y la alienación absoluta de sus usuarios, despojándolos de los atributos de conectividad, empatía y solidaridad respecto a sus semejantes, de modo que no existan entre ellos más puntos en común que el uso frecuente de las redes sociales. Mediante la repetición de eslóganes y de retórica se ha entablado una batalla cultural en contra de la diversidad de culturas y pensamientos, enfocándose en tradiciones conservadoras, en rechazo a la existencia de todo lo que es diferente; cuestión que ha derivado en el desencadenamiento de atrocidades, como el genocidio permanente de Palestina, la vulneración de la soberanía nacional de Venezuela y el bloqueo criminal contra Cuba.
El debate en relación con esta nueva realidad podría centrarse en lo que siempre se ha definido como imperialismo, en este caso, el imperialismo yanqui. Algunos estudiosos proponen una definición más allá de la conocida, siendo la más difundida la del tecnofascismo, también identificado como cyberfascismo; lo cual no se presenta como algo bueno, sino peor, similar a las distopías reflejadas en algunos libros y películas de ambientación apocalíptica. En muchos aspectos, se estaría plantando un sistema de mayores controles, de aplicación de una renovada concepción de la seguridad nacional y de cercenamiento de los derechos humanos y de las libertades democráticas. 

Bajo este esquema, la respuesta por parte de quienes controlarán el poder no será el debate sino la coerción. De este modo, se asegurarán de contener y de disipar cualquier tipo de disidencia política que consideren una amenaza al régimen que dirigen, aún cuando ésta surja al amparo de la Constitución establecida y de sus propios discursos. Como ya empezó a observarse en algunas naciones, se ha hecho coincidir los controles sociales con los intereses y las preferencias de muchas personas, haciéndoles creer que responden a una elección propia y una manera de reafirmar su libertad individual. No es difícil imaginar entonces que el mundo capitalista está creando las condiciones para lograr en cada individuo los efectos de una cognición sin acción y una subjetivación sin cuerpo que haga más manipulable su vida.

El efecto Netanyahu

El efecto Netanyahu

 

Homar Garcés 

No sería preciso describir los horrores desatados sobre la población de Palestina por el régimen sionista de Israel sino fuera por las enormes repercusiones que su conducta genocida produce en las demás naciones del mundo. Bastaría simplemente dar un repaso a las distintas informaciones difundidas por algunos medios, a pesar de la censura y de la autocensura existentes, donde se retrata la crueldad con que actúan soldados y colonos en los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania sin hacer ninguna clase de diferencia entre niños, jóvenes, hombres, mujeres o adultos mayores, gran parte de los cuales son físicamente atropellados, encarcelados arbitrariamente, sin leyes que los puedan amparar y, en el peor de los casos, ametrallados o bombardeados sin misericordia alguna, a la vista de todos, como si se tratara de un espectáculo cinematográfico más. Cuando estas acciones genocidas rebasan la sensibilidad de mucha gente en diferentes países, solidarizándose en las calles con el pueblo de Palestina, ocurre que sus gobiernos desatan la represión, golpeando y apresando a sus propios ciudadanos y comportándose como una fuerza de choque de un poder extranjero, en este caso, de Israel. Todo esto en nombre de la democracia y de la tolerancia, salvo que esto último sólo es aplicable respecto a los grupos xenófobos y racistas que apoyan a Israel y acosan a ciudadanos de origen árabe, africano o sudamericano, alimentando una cultura de odio que es estimulada desde los grandes monopolios mediáticos, partidos políticos y esferas gubernamentales de la derecha autoritaria o extremista.

Lo que se deriva, entonces, de estos acontecimientos -hasta cierto punto, normalizados sin mucho escándalo- es el deterioro creciente de las libertades públicas y el ensañamiento desbordado de los funcionarios policiales contra todos aquellos que osaron manifestar su solidaridad con la causa palestina y su repudio al gobierno sionista de Benjamín Netanyahu. Lo peor es que, lejos de hacer valer sus tradiciones de defensa de la democracia y los derechos humanos -como siempre pretendieron presentarse ante la faz de la Tierra-, dichos gobiernos respaldan sin miramientos el genocidio palestino, obviando tercamente los llamados de atención hechos por la Organización de las Naciones Unidas y de otros organismos multilaterales; convirtiéndose Israel en un Estado que viola reiteradamente el derecho internacional y ataca impunemente a sus vecinos regionales, sin sufrir sanción alguna. La parálisis ética que todo esto en conjunto ha ocasionado le ha servido de fundamento al régimen sionista para continuar con su expansión colonialista y despojo territorial a costa de las poblaciones del Líbano y de Palestina, en un alarde de supremacismo y limpieza étnica que ya ni sus representantes se esfuerzan nada por ocultar, proclamándolo abiertamente en todo medio existente.

Ahora, en lo que comprende Nuestra América/Abya Yala/Améfrica Ladina, varios presidentes se han inclinado a respaldar ampliamente al régimen de Tel Aviv, procediendo a reprimir cualquier asomo de protesta contra el genocidio que este lleva a cabo en las tierras ocupadas de Gaza y Cisjordania, cuestión que incide en el socavamiento de la soberanía nacional de estas naciones, así como del respeto consagrado a las libertades públicas y, especialmente, de la Declaración universal de los derechos humanos. Podría afirmarse, por consiguiente, que el espectro político de dominación que se posiciona sobre nuestro continente estaría regido por la dupla coimperial yanqui-sionista, cuyo objetivo es -sin mucha duda- mantener fragmentada la posibilidad de unidad geopolítica, económica y social de nuestros pueblos. La presencia del sionismo en naciones del subcontinente americano podría consolidarse a través de la concesión de tierras que pueda explotar o colonizar de forma exclusiva, sin habitantes nativos a la vista ni legislación alguna que limite sus acciones, en algo que recuerda mucho a lo hecho en Palestina al acabar la Segunda Guerra Mundial, comprometiendo, por tanto, la vigencia de la soberanía de las naciones en que éste podría plantearse. 

El pánico rojo se extiende al mundo

El pánico rojo se extiende al mundo


Homar Garcés


A propósito de la reunión ministerial antiizquierdista realizada en Estados Unidos el 16 de julio pasado, el primer elemento que destacó Marco Rubio al mencionar la violencia extremista de la izquierda es que su «amenaza no ha desaparecido... mientras toleremos sistemas de inmigración que introducen estas amenazas directamente en nuestros países». Ésto da a entender que se aplicarán mayores restricciones a los migrantes por parte de los gobiernos convocados a esta cruzada contra la violencia extremista de la izquierda política, de una forma más tecnificada y legalizada que el tétrico Plan Cóndor implementado, bajo la dirección de Washington, por las dictaduras militares del cono sur del continente americano, lo que negará, además, el derecho al asilo de personas perseguidas por profesar sus ideales. Otro elemento es la diferenciación que dicho personaje establece entre militantes de la extrema derecha y lo que se calificará de izquierda, según sus parámetros: «Una bomba colocada por un grupo neonazi era un acto nefasto y asesino. Lo es. Pero una bomba colocada por un revolucionario marxista... bueno, eso es simplemente un trágico exceso de idealismo». Es como admitir que la acción del «revolucionario marxista» es más dañina que la acción de un grupo neonazi porque «es simplemente un trágico exceso de idealismo», acompañada de un cuestionamiento y una propuesta de cambio del sistema capitalista e imperialista establecido. Con los neonazis habría puntos en común, pero con los marxistas nunca. Asimismo, es notable cómo se refiere a que todo esto «es un mal singular y distintivo. Siempre ha estado impulsado por un odio primordial, un odio hacia la civilización misma». Es decir que solo debe reconocerse como legítima y natural la civilización conformada según los valores de Estados Unidos y sus aliados de Europa. Cualquier alusión a culturas autóctonas podrá considerarse como odio hacia la civilización anglosajona. Incluso, el uso de prendas y de toda cosa que las refleje.


De acuerdo con lo declarado por el secretario de Estado yanqui, los viejos ideales de igualdad, justicia y liberación (base de la democracia liberal burguesa) constituyen un resentimiento venenoso que busca «destruir lo que hombres superiores han construido, de arruinar lo bello y lo justo en nombre de personas llenas de fealdad que no tienen nada más que ofrecer al mundo». No es difícil descubrir en sus palabras, cómo relucen el supremacismo y el racismo con que se moldeó la dominación colonial de nuestros pueblos, haciéndolos ver como lo mejor y lo más bello que ha ocurrido y debería existir. Es la configuración de un orden civilizatorio dividido entre aquellos que deben obedecer y quienes deben gobernar, un orden divino que los pobres sometidos no debieran jamás quebrantar. De ningún modo, se cita el historial de persecuciones, violencia y genocidios cometidos por el imperialismo yanqui y las clases dominantes de Occidente y eso se explica por sí solo.


Lo risible -como lo ha sido desde hace cien años o más- es que el comunismo es un mundo sin Dios. Una cosa del Diablo. Y, por supuesto, no podría dejar de mencionar a Cuba en los mismos términos de las décadas de los 60 y los 70; justificando lo que tiene planeado hacer Estados Unidos contra la Isla, objetivo particular de Rubio. Su «argumento», al acusar al gobierno cubano de seguir «inextricablemente ligada a los grupos y movimientos de extrema izquierda dentro y fuera de Occidente», a pesar de padecer un bloqueo de más de 60 de parte de Estados Unidos que se ha recrudecido en el último año hasta producir un grave estado de penurias económicas hasta alcanzar los límites de la sobrevivencia.


Algo que dijo Stephen Miller, el subsecretario de Gabinete de la Casa Blanca y asesor de Seguridad Nacional («Nada de lo que hagamos funcionará si la amenaza de violencia y terror queda impune. Nuestros sistemas políticos no funcionan. Nuestros sistemas judiciales no funcionan.Nuestros sistemas legales no funcionan. Nuestros juicios con jurado no funcionan»), podría interpretarse como que no se aplicará ninguna ley que proteja los derechos humanos a quienes tengan la desgracia de ser acusados de terroristas de izquierda. La deshumanización con que acusa a la gente de izquierdas está demasiado cercana a la visión de nazis y sionistas, por lo que esta no debería ser tratada con compasión alguna ni remordimiento de conciencia. Y es un llamado a los demás gobiernos para que lo hagan también. Pobres de aquellos que han «marcado su cuerpo y su apariencia de diversas maneras, hasta el punto de que su aspecto exterior se convierte en una manifestación de su odio interior». Obviamente, Miller no está señalando al secretario de guerra de Trump.


Está por iniciarse, entonces, una coordinación internacional de estigmatización, persecución y aniquilamiento de todos aquellos elementos e individuos que entren en la categoría de izquierda, incluso de personas y grupos que no tienen ninguna afinidad ideológica con el marxismo, pero que se oponen a la explotación y a la hegemonía del sistema capitalista en general. Adicionalmente, habría, en consecuencia, una vigilancia y una represión selectiva sobre quienes estén en contra del orden político establecido; es decir, de todos los que parezcan políticamente peligrosos. Tras bambalinas, esta nueva lucha contra el «terrorismo de izquierda» representaría también un pingüe negocio en lo concerniente con el espionaje, la persecución y la represión de estos individuo; aparte de contribuir al aseguramiento del control de los mercados y de los recursos estratégicos indispensables para el imperialismo gringo en un amplio sentido.

La urgencia de los elegidos de Dios

La urgencia de los elegidos de Dios


Homar Garcés 


El acoso, la burla, la deshumanización y la constante violencia física y psicológica ejecutada en diferentes escalas, sumadas a la sobresaturación de noticias falsas divulgadas en prensa y redes sociales, han hecho del genocidio de Palestina una de las mayores atrocidades que se haya atrevido a cometer alguna vez un grupo humano. La impunidad que le rodea es muestra más que evidente de la complicidad de los distintos gobiernos y corporaciones económicas del mundo, a pesar de las fallidas resoluciones emitidas desde el seno de la Organización de las Naciones Unidas y de las exigencias populares en diversos países para que éste cese por completo y se reconozcan los derechos del pueblo palestino a existir también como nación soberana. Pero todo esto es ignorado deliberadamente desde hace más de medio siglo, aupado por intereses geopolíticos y económicos que buscan controlar y reconfigurar el amplio territorio de Asia occidental y, con éste, los grandes yacimientos petroleros que allí se hallan. De ahí que, a la par de los crímenes de lesa humanidad contra la población palestina, se producen los ataques militares contra Irán y el Líbano, conformando así una estrategia de mayores dimensiones que las admitidas mediáticamente.


La maldad organizada del Estado de Israel ha derivado en la producción de un proceso de desensibilización que se ha hecho una cuestión común alrededor del planeta, sin que exista hasta ahora una fórmula efectiva, a nivel internacional, que le impida por completo continuar devastando más vidas gazatíes. Esto se observa en una mayoría de naciones europeas y en Estados Unidos donde cualquier mención crítica o protesta pública pacífica es reprimida inmediatamente, sin miramientos, y sus promotores son encarcelados y condenados a una condición de parias, sin garantías constitucionales. El silenciamiento y la distorsión de la realidad en favor de los intereses del sionismo son abrumadores, a tales extremos que podría afirmarse que el Estado de Israel gobierna al resto de las naciones de la Tierra. Gracias a ello, Israel ha podido hacer de las suyas en Gaza, Cisjordania, Líbano y Siria, en pos de la concreción de sus aspiraciones de «revivir» las fronteras del reinado bíblico de David y de su hijo Salomón; matizado con la manipulación de las religiones cristianas, haciendo creer a muchos que sus acciones (por terribles que puedan parecer) obedecen al cumplimiento de la profecía apocalíptica del juicio final y a su condición de elegidos de Dios.


Pero hay algo más que referir: La proyectada construcción del canal Ben Gurión como alternativa al canal de Suez. Este representaría la construcción de una ruta marítima  que enlazaría el mar Mediterráneo con el golfo de Aqaba (Mar Rojo) a través del desierto del Néguev bajo el control del Estado de Israel; lo cual modificaría enormemente el comercio marítimo en la región del Asia occidental. Aunque se descarta su construcción, en vista del alto costo que el mismo supondría, Gaza seguirá siendo materia de atención para el Estado de Israel, ahora con el acompañamiento de Estados Unidos, a través de Donald Trump, quien ya anunciara no hace mucho tiempo su proyecto de convertir dicho territorio en una riviera del Asia occidental, con rascacielos y rutas turísticas, para lo cual sería indispensable desalojar por completo a la población gazatí en éste residente y crear las condiciones para una cuantiosa inversión extranjera. La urgencia de los llamados elegidos de Dios por exterminar a los palestinos tiene, por tanto, una gama de intereses geopolíticos y económicos que no ocultan del todo la macabra realidad que éstos sufren a diario, pero que podría revertirse si algún día los diferentes gobiernos del mundo así lo decidieran. A pesar de la gran influencia de los cristianos sionistas sobre Washington. 

El hiperimperialismo y el Sur Global

El hiperimperialismo y el Sur Global

 

 

Homar Garcés 

 

El entramado de plataformas digitales y militares (bases de datos, sistemas administrativos, telecomunicaciones y flujos de información, entre otras nuevas tecnologías utilizadas) explicaría cómo las tropas yanquis pudieron invadir el territorio venezolano y secuestrar al presidente Nicolás Maduro sin que hubiera una respuesta contundente, un contraataque efectivo masivo, por parte de las fuerzas armadas venezolanas (equipadas éstas con armamento moderno provisto por Rusia y China) que lo pudiera impedir, más allá de las lamentables bajas sufridas. Respecto a ello, en el caso de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana pudo haber, quizás, una subestimación del enemigo, calculando una invasión de tipo convencional y no de la manera como ocurrieron los hechos. Esto supuso una desventaja grande para Venezuela. Este episodio amargo corrobora, además, que la guerra ya no se hará del modo tradicional, como siempre se ha conocido en la historia, abarcando un escenario donde la posesión y el uso de las tecnologías más avanzadas en materia militar decidirán su curso y desenlace; sometiendo, en muchos casos, a las naciones que carezcan de éstas al dominio neocolonial del más fuerte. Según el historiador brasileño Fernando Horta, «la operación no fue ganada con misiles, helicópteros o por la cantidad de metal que EEUU pueda lanzar sobre un país. Una batalla crucial se libró y ganó en las capas invisibles del espectro electromagnético y en los flujos de datos que cruzan nuestro continente cada milisegundo. Antes de los primeros disparos, los aviones de guerra electrónica EA-18G Growler ya habían ‘borrado’ Caracas». Con esto, el imperialismo yanqui inauguraba una nueva manera de imponer su voluntad a los países disidentes y reacios a acatarla incondicionalmente, rompiendo con todos los esquemas conocidos respecto a agresiones militares e injerecismo político.

 

Al referirse a las diferentes acciones de Estados Unidos en contra de Irán y Venezuela, en su artículo «La guerra que no se declara», Javier F. Ferrero explica lo siguiente: «En Venezuela, la presión no comenzó ayer ni con Trump. Décadas de sanciones han estrangulado el corazón económico del país, atacando directamente su capacidad de sostener servicios públicos, salarios y estabilidad social. El objetivo nunca fue “restaurar la democracia”, sino hacer inviable cualquier proyecto político que no se alinee con los intereses estratégicos de Estados Unidos. El deterioro social no es un daño colateral. Es el mensaje. Cuando la vida cotidiana se vuelve insoportable, cualquier alternativa parece aceptable, incluso aquellas tuteladas desde el exterior. Irán lleva años siendo laboratorio de esa misma lógica. Sanciones acumulativas, sabotajes industriales, ciberataques, asesinatos selectivos, aislamiento financiero y una presión constante para provocar fracturas internas. Cada protesta es amplificada cuando conviene, silenciada cuando no. Cada gesto de distensión es respondido con nuevas exigencias imposibles de cumplir. La paz que se ofrece nunca es real: es condicional, reversible y diseñada para fracasar. No busca acuerdos, busca rendiciones». Todo eso, en conjunto, genera poder, control y desorientación masiva que, al final, termina por beneficiar a la clase capitalista transnacional que dirige el gobierno imperialista de Estados Unidos. Son los rasgos más distintivos del actual aparato industrial-militar-digital del hiperimperialismo 3.0, cuya ambición no se limita a mantener una hegemonía basada en el control del dólar sino que se extiende a una recolonización de territorios, como se pretende hacer con Gaza, Venezuela, Groenlandia, Cuba y todo el continente americano.

 

Mediante dicho hiperimperialismo, el plan del magnate Trump es simple, nocivo y obvio: Se trata de gobernar desde el caos, teniendo, adicionalmente, la crueldad como atributo político como se deja entrever con la situación de exterminio a que son sometidos los palestinos y la amenaza de cerco total contra Cuba. En lugar de consensos, Trump se ha trazado gobernar al mundo desde el miedo. Para lograrlo, requiere crear una situación de conflicto internacional que justifique el despliegue militar, como en los casos de Venezuela e Irán, la aplicación de sanciones unilateralmente y la criminalización y satanización de los gobiernos y países que no se sometan a la voluntad imperial de Estados Unidos. No es una anomalía del sistema, como algunos suponen. Ni algo circunstancial, debido al capricho narcisista de Trump. Como lo señala un análisis publicado por la revista Foreign Affairs, «Al prescindir de cualquier pretensión de legalidad, Trump envía la señal de que EEUU ya no se considera vinculado por normas o tratados globales». Y ello es sumamente peligroso para el mantenimiento de la paz a nivel global. Así , los compromisos formales de no agresión, autodeterminación, obligaciones multilaterales y protección de los derechos humanos representados por la Organización de las Naciones Unidas, han sido, más que ignorados, violentados deliberadamente por el ocupante de la Casa Blanca ante la impavidez y la pasividad de dicho organismo multilateral y de la mayoría de los diferentes gobiernos del mundo.

 

Como lo señala Silvia Ribeiro, «el tema de la soberanía digital en América Latina es tan urgente como inexistente. No se trata solamente de no permitir ciertas empresas, algo en lo que la mayoría de los gobiernos latinoamericanos van en sentido opuesto. Tenemos que entender y cuestionar todas las aristas del uso de estas tecnologías y redes en las que diariamente personas, instituciones y gobiernos vertemos innumerable información sobre lo que hacemos, consumimos, pensamos, con quién y dónde». Se impone la necesidad, entonces, de articular conciencia y organización, pensamiento crítico y acción colectiva, ética, moral y política, con la finalidad de poder enfrentar exitosamente los nuevos mecanismos hegemónicos con que Estados Unidos y sus aliados quieren dominar al mundo. Esto, a grandes rasgos, exige disponer de una claridad crítica y de una voluntad organizada que nos permita contrarrestar los efectos perversos de la utilización de la tecnología digital y, por supuesto, la estrategia de dominación que estaría desarrollando el imperialismo gringo (sionizado) en contra de la soberanía y de la autodeterminación de nuestras naciones.

EL TRIUNFO DEL DIABLO, O COMO ESTADOS UNIDOS IMPONE SU FE AL MUNDO

EL TRIUNFO DEL DIABLO, O COMO ESTADOS UNIDOS IMPONE SU FE AL MUNDO

 

Homar Garcés

 

En su libro «El Monstruo y sus Entrañas», Vladimir Acosta nos hace ver que «los Estados Unidos son una sociedad profundamente religiosa en la que la religión se manifiesta en todas partes y a cada paso; una sociedad atada al cristianismo y a la Biblia, tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento (y en buena medida, como sociedad dominada por el protestantismo, puede decirse que en ella el peso del Antiguo Testamento es incluso mayor que el del Nuevo, que, por supuesto, no es pequeño). Además, ese protestantismo, activo y creativo, se ha reproducido sin parar y también se ha diversificado en una multitud de iglesias y grupos religiosos, de modo que esa presencia y esa dominación se ejercen por medio de una serie de grandes corrientes y una infinidad de sectas medianas y pequeñas de todo tipo y de variados y curiosos nombres; sectas y corrientes que penetran toda la vida cotidiana de los estadounidenses». Gracias a este fundamentalismo cristiano, Estados Unidos se autoglorifica como el garante del equilibrio internacional, en un combate universal del bien (representado por ellos) contra el mal (representado por el resto del mundo en oposición a sus dictados imperiales); lo que algunos, siguiendo lo expuesto en 1996 por Samuel Huntington, han llegado a calificar como un choque de civilizaciones.

 

Aquí cabe una reflexión, si se quiere, estúpida, dependiendo de quien así la vea: Si «Dios» (en el caso de la cristiandad, Jesucristo; en el de los judíos, Yahvéh; y en el de los musulmanes, Alá, por no incluir los cientos de dioses esparcidos por Asia, África y América) es uno solo y ama a toda la humanidad, ¿por qué debe morir un pueblo a manos de otro para que se crea que su dios es el único y verdadero y quien sí bendice a sus creyentes? Ésta es, en cierta forma, la justificación filosófico-religiosa del destino manifiesto con la cual ha actuado la clase gobernante estadounidense, presentando a Estados Unidos como el segundo pueblo elegido de «Dios», por lo que le es permitido atacar, someter y/o exterminar a cualquier otro pueblo del mundo que no comulgue con sus valores fundamentales. Para lograr implantar esta convicción excepcionalista en el resto de la gente alrededor del planeta, el imperialismo gringo se ha valido, entre otros instrumentos de penetración cultural, de su sofisticada industria cinematográfica, cuyos íconos definen el denominado american way of life, lo que incide en la aculturación presente, en grado creciente, en muchas de nuestras naciones.

 

Por eso, en «El libro de los abrazos», Eduardo Galeano advirtió que «el sistema nos vacía la memoria, o nos llena de basura la memoria, y así nos enseña a repetir la historia en lugar de hacerla». De ese modo, se crea e impone una historia alternativa donde se invierten los roles, haciendo de los defensores del sistema seres imbuidos siempre de justicia y buenas intenciones frente a sus enemigos, rebeldes y revolucionarios, que encarnan el mal, por lo que es legítimo plantearse y llevar a cabo su eliminación. Sin nada de remordimiento. Esta simpleza ha servido de base para atacar y destruir cualquier tentativa de reclamar los derechos que le asisten a naciones, pueblos, sectores populares y grupos sociales diversos, a pesar de estar plasmados en constituciones y leyes específicas. Tal excepcionalismo lo resumió Jhon Foster Dulles, Secretario de Estado de 1953 a 1959, al expresar: «Para nosotros hay dos clases de personas: los que son cristianos y apoyan la libertad de empresa… y los demás». Para el imperialismo gringo, paladin del sistema capitalista mundial, lo que verdaderamente importa es el funcionamiento y control del mercado y la extracción de plusvalía. Bajo tal esquema, los dictadores tipo Augusto Pinochet serían los de mayor aceptación y respaldo, sin importar mucho los crímenes de lesa humanidad que cometan, en tanto éstos garanticen la protección de los capitales invertidos por sus grandes corporaciones transnacionales.

 

La horizontalidad desorganizada que pudo generar la globalización económica auspiciada por Estados Unidos y las grandes corporaciones transnacionales, especialmente en las áreas financieras y tecnológicas, hizo que surgieran distintos polos de desarrollo capitalista, siendo Rusia y China los más descollantes, seguidos por Bharat (antigüamente, India), Brasil Sudáfrica, conformando el grupo BRICS y haciendo factible una multipolaridad y un multicentrismo que los capitalistas estadounidenses y europeos, al parecer, no habían anticipado dentro de sus planes hegemónicos.

 

Vale la pena recalcar, esta vez con Claudio Katz, quien en su libro «La crisis del sistema imperial» expone que «la primera potencia ha perdido autoridad y capacidad de intervención. Busca contrarrestar la diseminación del poder mundial y la sistemática erosión de su liderazgo. En las últimas décadas ensayó varios cursos infructuosos para revertir su declive y continúa tanteando esa resurrección. Todas sus acciones se cimentan en el uso de la fuerza. Estados Unidos perdió el control de la política internacional que exhibía en el pasado, pero mantiene un gran poder de fuego. Expande un destructivo arsenal para forzar su propia recomposición. Esa conducta confirma la aterradora dinámica del imperialismo como mecanismo de dominación». Del mismo modo que se nos impone vencer la actitud autodegradante que, de una u otra forma, hemos arrastrado a través de toda nuestra historia común y que ha permitido y legitimado el papel tutelar asumido por Estados Unidos respecto a los países de nuestra América, pisoteando su soberanía y subordinándola a sus intereses geopolíticos y económicos; se impone vencer también la exaltación ultranacionalista (o chovinismo) con que se pretende mantener y profundizar la división de nuestros pueblos, expresada en la xenofobia alimentada por las clases dominantes. Es una lucha que debe abarcar, por igual, los factores políticos, económicos, sociales, culturales y religiosos que han dado fundamento, por más de un siglo, al dominio imperialista de Estados Unidos sobre nuestras naciones, descubriendo sus raíces y sus efectos en nuestro devenir y nuestras psiques.

ESTADOS UNIDOS Y EL PARADIGMA ENGAÑOSO DE LA DEMOCRACIA

ESTADOS UNIDOS Y EL PARADIGMA ENGAÑOSO DE LA DEMOCRACIA

 

Homar Garcés
La brutalidad policial y la violencia estructural son acciones legitimadas por el Estado yanqui. Ellas develan los antagonismos de clase y el discurso liberal autoritario que ha privado desde hace más de dos siglos en Estados Unidos. Esto ha tenido su reflejo en la marginalización y la violencia racial histórica aplicadas respecto a los descendientes de los pueblos indígenas, afros, latinos y asiáticos que residen en su suelo, cuya condición de ciudadanos es desconocida por los llamados supremacistas blancos, aun cuando hayan nacido en el mismo territorio que ellos. El asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, instigado por el presidente Donald Trump, terminó por revelar que el paradigma del cual se jacta Estados Unidos como la más antigua y única democracia existente en el mundo, sólo está orientada a velar por la hegemonía y los intereses de la clase plutocrática que domina dicho país, al mismo tiempo que devela la polarización social, con la tendencia de incrementarse con el tiempo, en un ambiente donde destacan el extremismo, el autoritarismo, la vigilancia gubernamental y la más desvergonzada desinformación.
En resumen hecho por el periodista y comunicólogo uruguayo Aram Aharonian, “la realidad del modelo estadounidense es el enorme poder de los grandes capitales y de sus medios de información dominantes para influir sobre las decisiones políticas e imponer su agenda por encima de la voluntad popular, que en la práctica anula la pretendida igualdad de derechos de los ciudadanos. Y a ello se suma un racismo estructural que mantiene a millones de personas fuera del cuerpo político, condenados a ser carne de cañón para las aventuras imperiales y el negocio de las transnacionales de la guerra y los armamentos”. Estados Unidos le ha presentado al mundo, así, una historia falsamente democrática e igualitaria que busca esconder la realidad de ese racismo estructural que sobresale en su superficie cuando la policía hace uso de una violencia extrema contra aquellas personas que no encajan con el fenotipo del wasp (white, anglo-saxon y protestant — ’blanco, anglosajón y protestante’); lo que, gracias a su gran industria ideológica, repercute en la percepción de muchas personas en relación con su propia realidad y la de su país, ilusionados con disfrutar del bienestar material que allí, en igualdad de condiciones y oportunidades, pareciera existir para todos.
La autoglorificación de Estados Unidos como el garante del equilibrio internacional ha repercutido, además, de una manera negativa en los destinos de muchas naciones alrededor del mundo. Esto se expresa en lo que Claudio Katz define como «sistema imperial» que «es la principal estructura de expropiación, coerción y competencia, que apuntalan los grandes capitalistas para preservar sus privilegios». El aparato de coerción internacional que lidera Estados Unidos se basa, más que todo, en la supremacía militar que aún mantiene, sólo que ya no al mismo nivel que antes cuando desembarcaba sus tropas en cualquier región del mundo y hacía alarde de sus ataques con misiles de un modo impune; no como ahora que requiere de la participación de sus socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte o de algún Estado vasallo como Ucrania para confrontar a las potencias que califica de rivales y enemigas. 
A partir del 11 de septiembre de 2001, la clase dominante de Estados Unidos logró hacer desaparecer -de un modo casi por completo- la ruptura del consenso interno adverso que ocasionó en su momento la guerra emprendida contra Vietnam. Desde entonces, los jerarcas del Pentágono -como factor imprescindible del imperialismo gringo - asumieron la tarea del reposicionamiento de sus fuerzas militares en todo el espectro mundial. En un primer lugar, en el amplio territorio de nuestra América, y, en un segundo lugar, pero no menos importante, la puesta en marcha de un vasto plan de dominación geopolítica caracterizado por el rediseño de las fronteras existentes, con un énfasis especial en aquellas regiones que contengan en abundancia los recursos naturales necesarios para el sostenimiento del «american way of life». Como una mejor justificación para su implementación, se esgrimió la lucha contra el tráfico internacional de estupefacientes y el terrorismo, en lo que otros, siguiendo lo expuesto en 1996 por Samuel Huntington, han terminado por calificar como choque de civilizaciones.
Como aliciente de su política imperial, las acciones de un terrorismo marginal, generalmente atribuido a grupos de inspiración, aparentemente, islámica, pero que son armados y financiados por sus propios órganos militares y de inteligencia, han contribuido a mantener viva la paranoia desatada a raíz del derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York. Es lo que explica la razón por la cual Israel (una subpotencia imperialista en la región de Oriente Medio) ataca inmisericordemente a las poblaciones palestinas ante la mirada impávida (y cómplice) del resto de naciones. Esto también le sirve para mantener a raya a individuos y agrupaciones que tiendan a desestabilizar el orden constituido, cuyos historiales suelen compartirse en una serie de agencias de seguridad e inteligencia de carácter interno, de una manera más detallados que los elaborados por el Buró Federal de Investigaciones (o FBI) cuando personajes como Charles Chaplin, Malcolm X y Martin Luther King ocupaban la primera plana de las preocupaciones de los gobiernos estadounidenses.
No resulta nada inédito que, como lo afirmó el poeta Rafael Alberti, «Estados Unidos planta por la paz sus pabellones y pide por la paz la Tierra entera» La agenda militarista estadounidense -ahora compartida y ejecutada por la OTAN- está dirigida a este propósito, por lo que le es altamente necesario deshacerse de todo otro poder que pueda entrar en competencia con su hegemonía. Así ello cause una hecatombe de proporciones mundiales, tal como se desprende de las conclusiones de algunos analistas que entreven en la conflictividad y las tensiones generadas en la península de Crimea, el mar de China y, más cercana, geográficamente hablando, en el territorio del Esequibo, donde confluirían las tres potencias principales del planeta junto con sus aliados militares; en un escenario semejante al presentado en los días previos al estallido de la Primera Guerra Mundial.