Blogia
Homar_mandinga

TEMAS ANTIIMPERIALISTAS

BOLÍVAR Y SU FALSA PATERNIDAD DEL PANAMERICANISMO

BOLÍVAR Y SU FALSA PATERNIDAD DEL PANAMERICANISMO

 

Homar Garcés


Quienes dirigen el proceso de liberación de nuestra América de la corona española orientan sus primeras acciones -como lo señala Ricardo A. Martínez en su obra «De Bolívar a Dulles. El panamericanismo, doctrina y práctica imperialista» al establecimiento de «primero, los tratados de ayuda mutua para mejor conducir la guerra y para la consolidación de las libertades logradas; después las actividades tendientes a constituir un cuerpo federal político hispano americano que les permitiera a dichas naciones enfrentarse a los planes de reconquista española, a las ambiciones colonialistas de las demás monarquías europeas y a los deseos manifiestos de los Estados Unidos de apoderarse de Cuba». Esta actividad diplomática adquiere un nivel de suma importancia en la estrategia de Simón Bolívar para conseguir la independencia absoluta del continente, por lo que idea la convocatoria para el Congreso Anfictiónico de Panamá a realizarse en 1826, al cual sólo asistirían las delegaciones de los gobiernos recién constituidos de las antiguas colonias españolas, con la expresa excepción de Haití, Brasil y Estados Unidos. Más que divergencias se hallan convergencias entre aquellos próceres que, como Francisco de Miranda, José de San Martín, Bernardo O’Higgins, Bernardo Monteagudo o Victoria José Cecilio del Valle (prócer de la independencia centroamericana), entienden la necesidad de la unión para enfrentar exitosamente cualquier tipo de pretensión extranjera de subyugar a los nuevos Estados.


Bolívar no deja de articular acciones tendientes al logro de la “unidad de la América meridional”. Con esto en miras, desde Lima, extiende su Invitación a los gobiernos de Colombia, México, Río dela Plata, Chile y Guatemala a formar el Congreso de Panamá. El pacto de unión, liga y confederación perpetua que allí se originaría tendría como objetivo principal asegurar la independencia conquistada por los ejércitos patriotas frente a la tentativa de reconquista por parte de la corona española, entonces respaldada por las principales potencias europeas agrupadas en la llamada Santa Alianza; como también frente a las apetencias colonialistas e imperialistas poco disimuladas de Inglaterra y Estados Unidos. La gran confederación de repúblicas de nuestra América -en la cual la integración de los Estados independientes no anularía su autodeterminación- no excluía, por otra parte, la posibilidad utópica de crear entre todos ellos una sola gran nación, incrementando sus potencialidades de desarrollo económico, cultural, social y tecno-científico. No obstante, aún habría que superar los prejuicios localistas sembrados por la fragmentación impuesta por el régimen colonial ibérico mediante sus virreinatosgobernaciones, audiencias y capitanías generales (a los que habrá que agregarse la miopía política, la falta de perspectiva histórica y las ambiciones personales de los estamentos gobernantes, de antes y de ahora), muchos de los cuales se mantienen todavía vigentes, entorpeciendo todo intento de integración y de solidaridad continental.


En carta remitida al general Francisco de Paula Santander, desde Ibarra el 23 de diciembre de 1822, Bolívar al referirse a la situación de nuestra América, le advierte que se halla «a la cabeza de su gran continente una poderosísima nación muy rica, muy belicosa y capaz de todo.» El Libertador no ignoraba la tendencia expansionista y hegemónica de los círculos gobernantes de Estados Unidos (como tampoco los planes de Inglaterra por monopolizar el comercio continental), quienes aspiraban -mucho antes de alcanzarse la independencia hispanoamericana- al control directo de las islas de Cuba y Puerto Rico y de los territorios pertenecientes a México como complemento de la extensión que conformaban, inicialmente, las trece ex colonias británicas. Sin embargo, Santander desconoce dicha advertencia y las instrucciones de Bolívar para no invitar al gobierno estadounidense a la cumbre de plenipotenciarios en Panamá. Contrariamente al proyecto integracionista bolivariano, Henry Clay, a nombre de la Cámara de Representantes, expresaba que «deberíamos convertirnos (Estados Unidos) en el centro de un sistema que constituye el foco de reunión de la sabiduría humana contra el despotismo del Viejo Mundo. Seamos real y verdaderamente americanos, y situémonos a la cabeza del sistema americano». De esa manera, quedó establecida la estrategia, gracias a la «doctrina» Monroe, que daría por fruto el surgimiento del panamericanismo, al gusto de los intereses geopolíticos y económicos yanquis, manteniendo y azuzando las divisiones de las naciones de nuestra América bajo su hegemonía imperial. Además de lo antes señalado, flotaba en el ambiente el tema de la esclavitud que se vería seriamente afectado por la resolución de Bolívar y de los nuevos Estados independientes de acabar, definitivamente, con ese flagelo, lo que se reflejaría, de forma «negativa», según sus sostenedores, principalmente, en el sur estadounidense.


En su siempre citada frase, contenida en la correspondencia dirigida el 5 de agosto de 1829 al coronel Patricio Campbell, encargado de negocios de Gran Bretaña, Bolívar no hace más que ratificar sus aprensiones respecto a la actitud egoísta, hegemónica y economicista de quienes integran el poder constituido en Estados Unidos, demostrada durante todo el proceso de liberación que él encabezara cuando dicha nación se proclamara neutral ante los acontecimientos que tenían lugar al sur de su frontera, beneficiando con ello los esfuerzos de la corona española por revertirlos en su favor, recuperando el dominio perdido. En el cruce de cartas con el agente diplomático J. B. Irvine, entre el 29 de julio y el 1° de octubre de 1818, en ocasión del reclamo de éste al procederse a la confiscación de las goletas norteamericanas Tigre y Libertad al haber éstas violado el bloqueo ordenado por el gobierno colombiano, el Libertador le expectorará: «protesto a usted que no permitiré que se ultraje ni desprecie el Gobierno y los derechos de Venezuela. Defendiéndolos contra la España ha desaparecido una gran parte de nuestra población y el resto que queda ansía por merecer igual suerte. Lo mismo es para Venezuela combatir contra España que contra el mundo entero, si todo el mundo la ofende”. Una posición totalmente diferente a la observada entre las clases dirigentes y acaudaladas criollas en relación con la «doctrina» Monroe, la cual les eximiría de ejecutar cualquier acción en el dado caso que España y, con ella, las potencias europeas coaligadas en la Santa Alianza, dirigiera su fuerza militar contra sus antiguas posesiones, dejando todo en manos del entonces incipiente imperialismo gringo; rasgo que se ha mantenido servilmente a lo largo de estos últimos doscientos años de historia.


Venciendo los pormenores de índole geográfica, económica o histórica que pudieran oponerse a su gran propuesta de solidaridad y de complementariedad de nuestra América, Bolívar se apoya en la convicción de que todos los participantes en la lucha por la independencia mantienen un mismo criterio revolucionario sobre lo que deben ser y hacer las nuevas repúblicas, es decir, que habría una homogeneidad de principios políticos y de organización social. La fragmentación que estas sufrirían durante los años siguientes favorecerá a Inglaterra, primero, y a Estados Unidos, después, mientras que el subdesarrollo será la marca distintiva de nuestro destino como periferia dependiente del sistema capitalista global. «Es con ocasión del Congreso de Panamá -refiere en su libro ’Idea y experiencia de América’ el jurista mejicano Antonio Gómez Robledo- cuando la Doctrina Monroe, que acababa, como quien dice, de ser promulgada, irrumpe en la vida de relación interamericana [...] Es entonces cuando se afrontan por primera vez el bolivarismo y el monroísmo, y se inicia un diálogo patético, que habrá de durar por tantos años, entre el Norte y el Sur». A fin de aclarar, la declaración del presidente estadounidense nunca representó, según lo expuso en «Bolivarismo y Monroísmo» el escritor colombiano Indalecio Liévano Aguirre, «un acto de altruismo o de particular amistad para con las repúblicas vecinas del Sur -como lo creerían candorosamente los gobernantes de Latinoamérica-, ni menos aún que ella implicara para los Estados Unidos la obligación de intervenir en defensa de cualquier país del continente que fuera víctima de una agresión externa. Para los estadistas norteamericanos, la Doctrina Monroe se limitaba a anunciar la eventual intervención de la república del norte sólo en aquellos casos y en aquellas zonas del continente en lo que un interés específicamente nacional de los Estados Unidos lo exigiera». Como demostración de ello, habría que recordar el papel cumplido por Estados Unidos en el conflicto de Inglaterra y Argentina por las islas Malvinas en 1982 al apoyar a la potencia anglosajona e incumplir con lo dispuesto en el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (también llamado Tratado de Río) firmado en Brasil el 2 de septiembre de 1947. En ésta, no hay contenida alguna consigna de libertad e independencia a semejanza de las emitidas por Bolívar, muy distintas y distantes de los propósitos que guían a Washington, por lo que no existe nada que sirva para presentar a Bolívar como el padre del panamericanismo y, menos, si se toma en cuenta lo hecho por la Organización de Estados Americanos desde el momento de su constitución.




LA OTAN Y LA GEOESTRATEGIA DE LA INGOBERNABILIDAD PLANETARIA

LA OTAN Y LA GEOESTRATEGIA DE LA INGOBERNABILIDAD PLANETARIA

La cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte realizada el 29 y 30 de junio de 2022 en España determinó que es vital para sus gobiernos la contención de China y de Rusia, a quienes calificaron de amenaza a sus intereses en el escenario global; lo que extiende su papel neocolonial en los demás continentes, de modo que pueda y consiga conservar y reforzar su hegemonía (lo que podría denominarse, en el caso de nuestra América, neomonroísmo, sin ser mucha novedad), por lo que gobiernos como los de Irán, Cuba, Nicaragua y Venezuela son objetivos a ser atacados por todos los medios, a fin de evitar que sus gestiones resulten exitosas y sirvan de ejemplo a las demás naciones. Esto no es simple retórica. Para los grupos dominantes de Estados Unidos y Europa es un asunto de vida o muerte, a sabiendas que, desde hace más de cuatro décadas, el neoliberalismo capitalista proyectó un mundo de progreso infinito y de satisfacción de las necesidades si se seguían sus patrones de destrucción del Estado de bienestar, pérdida de derechos sociales y laborales, control absoluto de recursos naturales estratégicos y consolidación del dominio plutocrático, lo que se tradujo en el ataque sistemático a los gobiernos que no se apegaran a sus dictámenes, guerras violatorias del derecho internacional, imposición unilateral de sanciones y bloqueos económicos y estigmatización de los movimientos y luchas populares; llegándose el momento de hacerlo más descaradamente, sin más justificaciones que las suyas.

Con ello, estando al frente de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, Estados Unidos está aplicando la estrategia de la militarización de la producción, la distribución, el comercio y la comunicación, dejando a un lado cualquier atisbo de consideración legal y moral; lo cual quedó reflejado en el Nuevo Concepto Estratégico de Madrid, documento en el cual se plantea combatir todas las amenazas y desafíos que existan o puedan surgir, recurriendo a una mayor “cooperación civil-militar”, en asociación con la industria y donde se articulen “los gobiernos, el sector privado, y la academia para reforzar nuestra ventaja tecnológica”. Es la conformación de una estrecha alianza entre las grandes corporaciones transnacionales, los centros financieros mundiales y el complejo militar-industrial que domina Estados Unidos, con una perspectiva claramente belicista bajo la cual quedaría subordinada toda soberanía. Para la OTAN (lo que es decir, Estados Unidos), aunque no haya amenazas probables, cercanas e inminentes a la seguridad atlántica, es indispensable tener a la vista un enemigo que confrontar, como ocurre con China, Rusia y toda otra potencia que desafíe el status quo internacional. 

Como lo reseña Andrés Piqueras en su artículo «La OTAN se hace global», “desde la caída de la URSS, EE.UU., al sentirse única potencia mundial, viene pergeñando distintos documentos en los que ha ido diseñando su estrategia global. Así, por ejemplo, la Doctrina de la ‘Dominación Permanente’, en la que contemplaba la reestructuración del dominio mundial estadounidense, la adaptación a un nuevo tipo de guerra o un nuevo America Way of War. También, en el que se conoció como ‘Plan Rumsfeld-Cebrowski’ (salido de la al parecer recién creada Oficina para la Transformación de la Fuerza), en el que se concebía la reestructuración total del ‘Medio Oriente Ampliado’ (toda la región de Asia Occidental y África Nororiental). Una vez que comenzó a identificar a China como enemigo a batir, cobraría existencia la Doctrina del ‘Pivote asiático’ y el Documento ‘Ventaja en el mar’, que apuntan a rodear al gigante asiático mediante un despliegue de instalaciones militares y medios de combate para impedir y/o limitar el abastecimiento energético de China por vía marítima». Sus objetivos son bastantes amplios y ambiciosos, ya que abarca la totalidad de las distintas regiones del planeta, incluyendo a Europa (con Israel a la distancia, en el Oriente Medio) que vendría a constituirse en un apéndice del imperio gringo, despojada de cualquier gesto de autonomía, como pudo ser la Unión Europea.

La OTAN y su geoestrategia del ingobernabilidad planetaria es lo más opuesto a la idea democrática de universalismo pregonado por el pensamiento liberal o eurocentrista como ideología dominante, el único racional y dotado de vigencia absoluta. Aunque no debiera causar extrañeza alguna, puesto que éste siempre se impuso al resto de la humanidad sobre la creencia de la superioridad racial de Europa; de otro modo, sus monarquías no habrían subyugado América, África y Asia durante algunos siglos, y menos se habría consolidado el capitalismo como sistema económico. El alfa y omega de este paradigma no es otra cosa que acaparar y controlar riquezas y poder sin límites a una escala global. Por ello, a Estados Unidos y sus subordinados les preocupa y aterroriza la idea del surgimiento de un mundo multipolar y multicéntrico donde su dominio quedaría completamente reducido, igualándose a las demás naciones de la Tierra. La incompatibilidad que esto supone frente a una realidad humana que demanda mayores niveles de igualdad social, de distribución equitativa de la riqueza y de mayores espacios de participación democrática debiera motivar en toda persona el compromiso solidario con todas las causas justas, las que defienden la democracia y los derechos humanos y ambientales ante la voracidad de poder del capitalismo y de su fase superior, el imperialismo, ahora yanqui-otanista. Sin embargo, esta gran tarea histórica demanda un combate continuo contra los paradigmas vigentes, gran parte de los cuales representan la legitimación del sistema-mundo que debiera cambiarse, en función de la vida en nuestro planeta.

ACTUALIDAD Y SIGNIFICADO DEL IMPERIALISMO

ACTUALIDAD Y SIGNIFICADO DEL IMPERIALISMO

El sistema mundial capitalista se sigue caracterizando por la existencia de una jerarquía de países, esta vez con la participación de potencias que fueran concebidas bajo la ideología marxista-leninista (en el caso de Rusia, luego de la implosión de la Unión Soviética) o marxista-maoista (en el caso de China), que ahora le disputan la hegemonía a Estados Unidos en el terreno económico, tecnológico y militar. Las asimetrías económicas que ésto ha provocado se expresan en un desarrollo desigual en todos los continentes que obligan a uno u otro gobierno a tratar de llegar a acuerdos con los gobiernos de tales potencias que no impliquen la pérdida o la reducción de sus respectivas soberanías, especialmente en el ámbito económico. Sin embargo, éstas son afectadas por las transformaciones estructurales del capitalismo y por el dominio tradicionalmente ejercido sobre una economía mundial, sometida a la lógica de la valorización; lo que explica, en parte, el enfrentamiento actual de Estados Unidos contra China y Rusia.

Estos centros de poder geográficamente distinguibles no han impedido el surgimiento de otros, quizá con una influencia menos visible o determinante pero igualmente importante, ya que, en conjunto, podrían inclinar la balanza geopolítica hacia uno u otro polo, conformando áreas específicas en cada continente que trastocarían la historia de subdesarrollo económico a que fuera sometida la mayoría de las naciones. La expoliación del conjunto del planeta llevada a cabo por las empresas transnacionales y las finanzas globales tendría así su punto culminante. No obstante, todavía habrá que emprender una lucha revolucionaria contra el capitalismo y el imperialismo, si se aspira a un nuevo orden mundial centrado en el respeto a la soberanía de cada nación y demás derechos y garantías proclamadas desde hace casi cien años por la Organización de las Naciones Unidas. Y esto no es simple capricho ni una vuelta al pasado.

Cualquier ascenso de los sectores populares que cuestione y ponga en crisis los regímenes políticos de cualquier país dependiente tendrá que confrontar no solo a la clase dominante local y a las fuerzas represivas que integran el Estado, sino también enfrentar la estrategia militar, económica y financiera que pondrá en marcha el viejo imperialismo para conservar su hegemonía. En la actualidad, según el criterio de muchos analistas, estaríamos en presencia de avances hacia la conformación de una clase capitalista y un Estado transnacionales que terminarían por extender su dominio a todos los países del planeta. Algo que se deja ver a medida que la reorganización del sistema mundial capitalista impone nuevos paradigmas, por lo que, siguiendo lo iniciado por el capitalismo neoliberal a finales del siglo pasado, se requiere que exista una fuerza laboral más barata y con menos derechos que exigir, menores impuestos, y flexibilidad en requisitos en materia del cuidado de la naturaleza, entre los elementos más comunes al momento de ponerse en práctica cualquier programa económico.

Durante un siglo, EE. UU. no afrontó desafíos considerables a su poderío. La situación, desde el inicio del nuevo milenio, cambió. Ahora la disputa por áreas de influencia, hace que muchas personas anticipen una confrontación mayor con Rusia y China, lo que implicaría una destrucción que abarcaría un escenario más extenso que el de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Por ello mismo, la actualidad y el significado del imperialismo quizá no tengan la misma connotación de la otorgada en su momento por Marx, Lenin o Mao, por citar algunos de los teóricos del comunismo que se dedicaron a su estudio. Esto no significa que sus aportes teóricos estén en desuso pero sí pueden contribuir a la comprensión de lo que es la realidad presente.
 

VIENTOS DE GUERRA SOPLAN SOBRE CHINA Y VENEZUELA

VIENTOS DE GUERRA SOPLAN SOBRE CHINA Y VENEZUELA

El conflicto inducido por el imperialismo gringo y sus subalternos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte entre Ucrania y Rusia, a pesar que apunta al desgaste militar, económico y político ruso (en búsqueda de controlar tan vasta región estratégica, así como sus recursos minerales), podrá verse como un punto de partida para hacer lo propio respecto al coloso asiático que es China, algo nada improbable en vista que en su geografía cercana se hallan Taiwán y Japón, dos aliados con los que cuentan aquellos del lado del océano Pacífico, a quienes dan la garantía de defenderlos, incluso apelando al uso de su arsenal nuclear; anticipando una destrucción de grandes proporciones. Teniendo esto como fondo, definir el estado de situación del imperialismo resulta, para quien se ubique en el lado de la Revolución, un asunto de primer orden. En una primera instancia, habría que revisar cuánto de los aportes teóricos históricos sobre este tema mantiene su vigencia. Luego está el hecho cierto que el imperialismo ya no se expresa únicamente por la vía de las armas u ordenando golpes de Estado, de lo cual nuestra América tiene un extenso historial. Ahora practica otros métodos con la misma finalidad: subordinar las soberanías nacionales a su influjo y normas. Sin embargo, el surgimiento de un mundo multipolar, con Rusia y China convertidas en indiscutibles potencias económicas rivales de Estados Unidos, requiere de algo más que una simple definición de lo que es y representa el imperialismo. Asociado a ello, debe considerarse el impacto causado por el capitalismo neoliberal en las diversas naciones donde actúa; sin que tal nomenclatura sea una exclusividad de Estados Unidos o Europa occidental, lo que podría aplicarse, con sus variantes, a China y Rusia. Así, la situación de guerra creada en Ucrania podría responder a estas dos realidades más que a una simple defensa de la soberanía de este país o de quienes se identifican cultural y étnicamente con los rusos. Hay que ver, en principio, un choque de potencias en que, cada una a su modo, buscan prevalecer en el escenario mundial. Y esto, en último caso, se relaciona con el afán capitalista de controlar territorios, mercados y economías, al igual que sucediera durante las primeras décadas del siglo pasado, desencadenándose los dos conocidos grandes conflictos bélicos que sacudieron a la humanidad de entonces.

 

La mistificación del imperialismo yanqui como paladín de las causas justas alrededor del mundo es tan similar a la creada por la cinematografía en torno a sus héroes metahumanos, defendiendo a la Tierra de cualquier agresión, dominación e intento de destrucción de parte de invasores alienígenas que, cosa curiosa, no arriban a otro lugar que no sea europeo o estadounidense, reafirmando lo impuesto ya por la modernidad hegemónica, es decir, la ideología eurocentrista y colonialista que los presenta como los únicos seres humanos civilizados de este mundo. Esto repercute, de una u otra manera, en la percepción que se pueda tener en relación con lo que ocurre en aquella lejana región de Europa, respaldando sin mucha base a uno u otro contendiente. Unos porque consideran que ya debiera cesar, por completo, el papel de gendarme mundial ejercido por voluntad propia por Estados Unidos; favoreciendo el establecimiento de un mundo multipolar y/o multicéntrico. Otros porque recuerdan a Rusia como el núcleo principal de lo que fuera la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, intimidados por un comunismo que nunca existió; lo que se hace extensivo a todo régimen (como el de Venezuela) que se identifique con dicha alternativa, así sea de una forma meramente nominal.  

 

Según lo referido por Boaventura de Sousa Santos en uno de sus más recientes análisis, a propósito del enfrentamiento ruso-ucraniano, «la dinámica del imperialismo estadounidense parece imparable, siempre alimentada por la creencia de que la destrucción que provoca o incita tendrá lugar lejos de sus fronteras protegidas por dos vastos océanos. Por lo tanto, tienen un desprecio casi genético por otros pueblos. Estados Unidos siempre dice que interviene por el bien de la democracia y sólo deja destrucción y dictadura o caos tras su paso». El sistema de alianzas subalternas que logró establecer Estados Unidos por más de cincuenta años está siendo sometido a prueba frente a Rusia, lo que también podría suceder frente a China y, en un caso hipotético, frente a Venezuela, el mayor aliado de ambas potencias en lo que corresponde al territorio de nuestra América. Las medidas comerciales, tecnológicas y monetarias, a las que se agregan las militares, están creando más problemas que soluciones. En tal sentido, los últimos gobiernos gringos dejan asomar sin disimulo sus planes de activar un ataque militar contra Venezuela, lo que es secundado por sus subalternos de la derecha opositora, en la esperanza de contar con un suministro seguro y exclusivo de hidrocarburos y todo mineral estratégico que se halle en el subsuelo venezolano; una amenaza potencial que luciría  cuesta arriba, en vista de la correlación de fuerzas existente ahora con algunos gobiernos, entre éstos los de Brasil y Colombia, aparentemente alejados de la órbita estadounidense. Sin embargo, se tiene a Guyana como el peón apropiado en este ajedrez geopolítico, azuzando a su gobierno para que se desconozca por completo los protocolos establecidos para determinar la soberanía sobre el territorio del Esequibo, en cuya plataforma marítima se hallan empresas estadounidenses explotando gas y petróleo, a pesar de la protesta venezolana; lo que detonaría un conflicto armado entre estas dos naciones.

 

Debido al empeño de los jerarcas políticos y militares gringos y europeos en atizar más el fuego entre Rusia y Ucrania, no resulta inverosímil que los vientos de guerra se propaguen a otras regiones de vital interés económico y geopolítico para Estados Unidos y sus fuerzas auxiliares de la OTAN. En los últimos años, el Pentágono (por medio del Comando Sur de EE. UU.) ha intensificado el nivel de intervención agresiva de Washington con el establecimiento de bases y ejercicios militares en distintos lugares de este continente; lo mismo que Francia e Inglaterra, ésta última al sur de las islas Malvinas, usurpadas a la República Argentina. La hipótesis de guerra que esto supone recuerda lo sucedido durante el inicio de las dos conflagraciones mundiales que tuvieron lugar en el siglo XX, de lo cual no estuvo ausente Venezuela por sus yacimientos petroleros. Cuando en la actualidad el imperialismo yanqui busca asegurar su hegemonía continental, enfrentando en una guerra asimétrica al gobierno chavista, tal hipótesis de guerra no deja de tener algún fundamento real, sino inmediato sí de una forma que no se debe descartar; lo que exige mantener una claridad de criterios respecto a los móviles de las guerras trazadas por el complejo industrial-militar que controla el poder en Estado Unidos y su brazo ejecutor, la OTAN, y no dejarse guiar simplemente por la propaganda difundida a través de todos los medios.

ESTADOS UNIDOS Y LAS MÁSCARAS NUEVAS DEL NEOFASCISMO

ESTADOS UNIDOS Y LAS MÁSCARAS NUEVAS DEL NEOFASCISMO

 

El asalto al Capitolio, sede del poder legislativo estadounidense, protagonizado sin oposición de los organismos de seguridad por grupos disfrazados de superhéroes y otros personajes que portaban banderas sudistas de la guerra de secesión, en lo que algunos analistas han calificado como un intento fallido de autogolpe incitado por Donald Trump para permanecer en la Casa Blanca, alegando ser víctima de un fraude electoral (gestado aparentemente desde Caracas por Hugo Chávez), da cuenta de la severa crisis política y social que, desde hace algunos años, se ha hecho presente en Estados Unidos y que los supremacistas blancos aprovechan para desacreditar y deslegitimar la democracia, acusando que su país es amenazado por una malévola conspiración comunista internacional.

Este tipo de conducta, según lo describe Orlando Ochoa en un artículo, fue denominado por Morris Lamar Keene como síndrome del verdadero creyente (o fanático sincero), «un desorden cognoscitivo que compele a un individuo, de otra manera normal, a creer lo increíble más allá de toda razón y que deviene enamorado de una fantasía, una ficción o una impostura que, mientras más se le demuestra su ausencia de fundamentos o de lógica, más se aferra a su creencia. Este autoengaño no significa mentirse a sí mismo, pues esto implicaría que sabe que es mentira. El “fanático sincero” está persuadido de que lo que cree es real, independientemente que abundantes hechos le demuestren lo contrario». Algo que, de una manera u otra, tiene sus manifestaciones ya no simplemente en el plano religioso sino que abarca lo político, como se ha visto en países disímiles entre sí como Venezuela y Estados Unidos.

Para el caso estadounidense, esto supone una prueba de fuerza para el nuevo gobierno que presidirá Joe Biden al no tener éste un consenso mayoritario de la población estadounidense en torno suyo, producto, básicamente, de la desvalorización moral que roe al sistema político vigente, evidenciada con el ascenso a la Casa Blanca de George W. Bush, Barack Obama y Donald Trump. Así, el auge alcanzado en Estados Unidos por grupos abiertamente violentos, xenófobos y racistas busca imponerse como la tendencia única que debe guiar el destino de este país, incluso al margen de la globalización neoliberal que éste lidera, en una mezcla discordante de preceptos bíblicos y políticos aparentemente democráticos que excluye a todos aquellos que no pertenezcan a lo que ellos definen y defienden como auténticamente estadounidense. Cuestión que no resulta nada novedosa y que podría rastrearse sin dificultad alguna hasta los orígenes de dicha nación, incluyendo su etapa como colonia británica, pero que ahora parece escandalizar a no pocos propios y extraños dada la contundencia con que actúan y la creciente influencia ejercida en el campo mediático y político. Sin embargo, hay que acotar -revisando la historia- que la imposición del nazi-fascismo no fue posible únicamente por la acción intimidante de sus fanatizados militantes sino también por el apoyo económico de los grupos oligárquicos que vieron en éste una barrera que le impidiera a los sectores populares avanzar hacia mayores conquistas económicas, políticas y sociales en detrimento de su hegemonía habitual.

Aunque ello quizá no ocurra del mismo modo que en Europa, sí es factible que el sistema gringo se haga cada vez menos permeable a los cambios y profundice sus raíces de dominio de élites capitalistas, imperialistas, excluyentes y racistas, con repercusiones negativas dentro y fuera de sus fronteras; lo que podría afectar también la paz mundial al señalar, entre otros, a China, Rusia e Irán (de paso, a Venezuela) como los enemigos que amenazan su seguridad nacional y, de este modo, reagrupar a su población bajo un mismo esquema de conducta y de pensamiento. Como ocurriera luego de la implosión de las Torres Gemelas de Nueva York. 

 

EL FUNDAMENTALISMO RELIGIOSO COMO RASGO DEL ESTILO DE VIDA GRINGO

EL FUNDAMENTALISMO RELIGIOSO COMO RASGO DEL ESTILO DE VIDA GRINGO

La mayoría, si no todos, los fundamentalistas religiosos de Estados Unidos coinciden en algo: unas mismas ideas xenófobas, racistas y anticomunistas, las cuales, por cierto, marcan -indiferentemente de quien esté ocupando la Casa Blanca-  la conducta imperialista de sus gobernantes. Tales ideas impregnan cada aspecto de su sociedad y le da la razón de ser a todas las acciones llevadas a cabo en cada rincón del planeta, todo en nombre de la libertad y la democracia; es decir, de su libertad y de su democracia, las que sostienen la libertad de empresa sin límites, la propiedad privada y, en consecuencia, la hegemonía del capitalismo.

Al considerarse un nuevo pueblo en alianza con el Dios bíblico (al modo del antiguo Israel), Estados Unidos asume para sí la titánica labor de «civilizar» al mundo entero, transmitiéndole e imponiéndole sus valores, valores que tienen su génesis en territorio europeo y son vistos como universales, independientemente de cuál sea la cosmogonía y la cultura que caractericen a los demás pueblos. Esto le permitió a sus pobladores iniciales desestimar cualquier derecho preexistente de los pueblos originarios sobre las tierras por ellos ocupadas desde tiempos inmemoriales, al igual que lo hecho respecto a los hombres y las mujeres que fueran secuestrados en África para esclavizarlos, sin reconocérseles bajo ninguna circunstancia su condición humana, lo que explica en buena parte la permanente actitud racista de la policía estadounidense y, por ende, de las demás instituciones del Estado. Esto, al margen de la historia transcurrida y de los derechos alcanzados por la población negra y amerindia (a quienes habría que agregar los inmigrantes provenientes de distintas latitudes) es lo más característico del ser estadounidense. Porque hay que entender que lo que en Estados Unidos se pregona como libertad y democracia no son otra cosa que el disfrute del poder y de un cúmulo de privilegios por parte de una clase dominante que, de acuerdo a la lógica calvinista heredada de los denominados padres fundadores, se juzga a si misma siempre bendecida y protegida por la providencia, lo que es evidenciado por el alto éxito económico que le acompaña.

Con esta ideología dominando su existencia, es difícil que la mayoría de los ciudadanos estadounidenses lleguen a aceptar como algo natural que existan otras culturas y otros dioses tan legítimos y verdaderos como los suyos; cuestión que los empuja a entablar guerras y confrontaciones con aquellos que consideran inferiores culturalmente y cuyas religiones no son más que productos de Satanás, el eterno oponente de su dios al cual deben ayudar a derrotar, en un escenario apocalíptico, impidiendo a sus seguidores cualquier posibilidad de divulgar y consolidar sus creencias. Con tal convicción, etiquetan de comunistas a sus «enemigos», siendo éstos parte de lo que el presidente Ronald Reagan catalogó de eje del mal, correspondiéndole al país del norte la defensa del bien, sin importar los métodos empleados para lograrlo ni el saldo de muertes que esto causare en vista que sólo a Dios le compete juzgarlo, otorgándoles a sus ciudadanos el Paraíso como morada definitiva. Este plan «sagrado» ha dado por resultado la conformación de un imperio amplio que se extiende a todos los continentes, subyugando diversidad de naciones mediante el poder militar y el poder económico (sin obviar su influencia ideológica a través de la industria cinematográfica y del entretenimiento) y que, en el presente siglo, les empuja a mantener una peligrosa confrontación con Rusia y China al verse desplazado en su condición de potencia unipolar.

Estados Unidos es manifestación innegable de una estructura de clases en la que una minoría corporativa, basándose en su insaciable poder económico, impone sus intereses a una mayoría excluida, lo que deja ver una sociedad donde imperan la injusticia social y la discriminación racial y no precisamente una democracia real, al modo como se le presenta al mundo. Luego de tanto tiempo y del paréntesis retrógrado que significó la presidencia de Donald Trump, a Estados Unidos se le augura un mayor resquebrajamiento de sus estructuras internas, lo que, sin duda, tendrá sus repercusiones en el ámbito externo, debilitando el fundamentalismo religioso con que fuera arropado su nacimiento como república hace más de doscientos años. -

EN HONOR A LA MEDIA Y LA FALSA VERDAD

EN HONOR A LA MEDIA Y LA FALSA VERDAD

 

La situación creada con el encarcelamiento en Inglaterra de Julian Assange a pedido de Estados Unidos -acusado de cometer presuntamente 18 delitos estipulados en una ley de dicho país contra el espionaje que data de 1917- pone en la palestra lo que hoy en día representa la vigencia de la libertad de expresión frente a los crímenes de guerra perpetrados por las grandes potencias hegemónicas y sus aliados regionales a nivel mundial. Como es de todos conocido, el fundador de Wikileaks reveló al mundo la existencia de programas destinados a conseguir y analizar información suministrada gratuitamente por los usuarios de internet, a través de Google, Facebook o Apple, en lo que constituye un amplio imperio de vigilancia que haría empalidecer al Big Brother descrito en “1984" por George Orwell. Esto hizo que Estados Unidos y algunos gobiernos europeos emprendieran acciones en su contra al exponer a la opinión pública el carácter inmoral e inhumano de sus guerras humanitarias, lo que ha traído como consecuencia para Assange, en el peor escenario imaginable, el sometimiento a torturas sicológicas y aislamiento total, lo que ha hecho temer a muchos por su vida.

 

Este amplio imperio de vigilancia denunciado por Assange no es otra cosa que la mundialización del miedo y la sumisión, ya anticipado en décadas pasadas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, de México, cuyo objetivo prioritario es asentar, propagar y defender la ideología y los intereses de los sectores dominantes yanqui-europeos en detrimento de la soberanía, la cultura, la biodiversidad y los intereses de los demás pueblos de la Tierra. En términos simples, esto es la construcción de un poder corporativo global, cuyos intereses y decisiones afectan la vida de millones de seres humanos sin saberse a ciencia cierta quiénes lo constituyen aunque sí a quienes beneficia.

 

En palabras de Juan Pérez Ventura (al referirse al Club Bilderberg), “la idea de un gobierno mundial controlado por una pequeña élite financiera y económica es cada vez más aceptada por la sociedad. Con la última crisis económica se ha puesto en evidencia que no son los gobiernos los que controlan los países, sino organismos de rango superior a los propios ministros y presidentes. Las decisiones que se toman en cualquier país parecen estar continuamente influenciadas (directa o indirectamente) por entidades como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de Comercio, etc. Entidades cuyos líderes no han sido elegidos por la ciudadanía y, por lo tanto, están tomando decisiones decisivas sin legitimidad democrática".

 

A Assange se agregan los nombres de Chelsea Manning y Edward Snowden, acusados por el gobierno estadounidense de delitos similares, lo cual evidencia hasta qué punto el poder oscuro que rige a la nación norteña es capaz de manejar a su antojo el sistema judicial para evitar la erosión de su hegemonía. Mediante su manipulación, la clase hegemónica gringa se ha encargado de silenciar las voces que estima peligrosas, acusándolas de amenazar la seguridad de la nación, lo que se complementa con la acción racista de sus órganos policiales, generalmente dirigida contra la población negra e inmigrante de habla hispana. Para ello, suele recurrir a la difusión de medias y falsas verdades, tanto en lo que respecta al orden interno como también en lo que constituye su política exterior imperialista y neocolonialista cuando se pretende subordinar a sus particulares intereses la soberanía de otros países. -

 

LA EMPATÍA POPULAR VS EL DOMINIO GLOBAL

LA EMPATÍA POPULAR VS EL DOMINIO GLOBAL

A diferencia de lo que representa la empatía a nivel general, el sistema capitalista globalizado prioriza la satisfacción compulsiva del individuo a costa del interés y de las necesidades colectivas. De ahí que poco les importa a sus principales beneficiarios y auspiciadores que exista una asimetría social y económica que pone en entredicho las supuestas bondades que se generarán para todos de implementarse y acatarse sin ninguna oposición sus postulados fundamentales. Por ello, cualquier referencia a la justicia social, a la emancipación de los pueblos, a la democracia participativa y a la transformación estructural del Estado (esto último, orientado a asegurar de manera efectiva el ejercicio de la soberanía de las mayorías populares) es percibido como un atentado a la estabilidad, a la libertad y a la paz que defienden las clases dominantes de la sociedad, enlazadas éstas en un extenso conglomerado empresarial, cuyo objetivo primordial es la obtención de cuantiosas ganancias cada día.
Para el neoliberalismo económico globalizado es vital que la humanidad se envuelva en un proceso creciente de hiperconsumismo, incluso a riesgo de agotar por completo los recursos naturales y poner al borde de la extinción total a cualquier forma de vida existente sobre la Tierra. También estimula la autoexplotación entre las personas, independientemente de cuál sea su profesión u oficio, lo que le garantiza al capitalismo globalizado un nuevo ciclo de existencia, dando la impresión que evoluciona;  permitiéndose al mismo tiempo deshacerse de los derechos laborales que fueran conquistados a sangre y fuego por las masas trabajadoras desde hace más de un siglo. A ambas realidades se suma (ahora con mejor justificación, gracias a la pandemia del Covid 19) el miedo al otro, expresado en el rechazo (empapado de innegable racismo) de europeos y norteamericanos al ingreso de inmigrantes a sus respectivas naciones, al margen de cualquier noción y respeto del derecho internacional y de los derechos humanos; cosa que se ha extendido y manifestado con inusual virulencia en contra de la diáspora de venezolanos y venezolanas que buscaron mejores horizontes al sur de nuestra América, víctimas de un endoracismo inculcado por políticos y medios de información interesados en desviar la atención de sus conciudadanos hacia problemas locales acuciantes y explosivos. 
En un sentido amplio, de acuerdo con lo determinado por el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en sus estudios respecto al tipo de sociedad en que vivimos, en la actualidad se está instaurando una estrategia de dominio global que se basa en la separación de lo público de lo privado, lo que ha logrado que mucha gente esté más motivada a elevar su desempeño y potencialidades particulares a fin de disfrutar al máximo el éxito y el reconocimiento que le augura el capitalismo globalizado, pero sin llegar a involucrarse en las luchas reivindicativas de nuestros pueblos, excusándose de obedecer a cualquier moralidad opuesta que lo impida. Esto explicaría el por qué muchas personas le presten escasa atención a los problemas sociales, por muy simples que sean, adoptando posiciones que contradicen en un gran porcentaje la ideología que defienden (aunque éstas no sepan definirla como tal ni les importe hacerlo). Así, situaciones trágicas como las padecidas cotidianamente por las poblaciones de Yemen, Haití o Palestina no merecerán la misma atención que el atuendo o la extravagancia pública de algún cantante o estrella de cine de moda. Igual sucede con las afirmaciones y las negaciones extremas que se filtran por medio de las diferentes aplicaciones de internet, lo que conspira contra toda posibilidad de crear espacios y actitudes de sociabilidad, es decir, la posibilidad de emprender una mejor comprensión del mundo que nos rodea, de modo que éste sea transformado colectivamente. 
Queda concluir entonces que, frente a esta estrategia de dominio global (para muchos, todavía imperceptible) se debe erigir y defender la empatía popular. Ésta es parte de la historia común de las luchas y las resistencias protagonizada por nuestros pueblos, cuya trascendencia es minimizada por quienes pretenden sojuzgarlos en provecho propio, haciéndoles creer -gracias a su influyente industria ideológica- que sus acciones benefician a todos y fortalecen la estabilidad democrática en cada uno de nuestros países.