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TEMAS ANTIIMPERIALISTAS

EL “TERCER MUNDO” Y LAS QUEJAS EUROPEO-ESTADOUNIDENSES

EL “TERCER MUNDO” Y LAS QUEJAS EUROPEO-ESTADOUNIDENSES

La tragedia social, económica y política de los todavía denominados países del «tercer mundo» tiene su génesis en el proceso de conquista, colonización, filibusterismo, esclavitud y explotación llevado a cabo por las potencias de Europa, escudándose en la ideología de la raza superior, lo que creó divisiones raciales o étnicas de todo calibre, azuzó persecuciones y asesinatos en nombre de un dios aparentemente amoroso. Posteriormente a la independencia política alcanzada en nuestra América, África y Asia, excitó el espíritu nacionalista entre ellos, de manera que existiera un mercado seguro para la adquisición de armas y la explotación de sus recursos estratégicos, reservándose para sí su producción y tecnologías. Así que gran parte de las quejas de Europa y Estados Unidos en relación con lo que ocurre a lo interno de nuestras naciones “tercermundistas” se debe a esta situación histórica. Sus altos niveles de vida material han sido señuelo para atraer a millares de migrantes a sus fronteras, viéndose impedidos de continuar camino ante el temor inculcado entre europeos y estadounidenses de verse desplazados de sus puestos de trabajo, de sufrir el colapso de sus servicios médicos y de perder hasta su propia identidad cultural. En ningún momento se han puesto a pensar en cuáles serían las reales causas de esta migración incesante en vez de atribuirla, simplemente, a la corrupción y a la indolencia de los gobiernos de este lado (en lo que no están muy alejados de la verdad). Nadie saca cuentas de cómo Europa y Estados Unidos pudieron lograr las enormes cotas de desarrollo que exhiben en la actualidad, lo que constituye un triunfo de su industria ideológica al suprimir de las mentes de sus ciudadanos (como en gran parte del mundo) esta importante circunstancia histórica.

Según lo explica Eric Williams en su obra Capitalismo y esclavitud, «sin las riquezas de América y sin los esclavos y el comercio africanos, el crecimiento económico, político y militar de los Estados europeos hubiese quedado limitado, sin duda, a una escala menor; quizá definitivamente menor. Con ellos, el primer capitalismo se hizo mundial y con toda razón, en Liverpool y en Bristol se decía que ‘no hay un solo ladrillo en la ciudad que no esté mezclado con la sangre de un esclavo’». Con ello queda establecido, de modo inequívoco, el origen del capitalismo o, por lo menos, su expansión indisolublemente vinculado al tráfico de esclavizados y los primeros procesos de acumulación a costa del despojo de las riquezas existentes en éste como en los demás continentes. No es como lo han divulgado los apologistas e ideólogos del sistema capitalista que es algo que surgió del simple deseo de superación de algunas cuantas personas, de su capacidad de trabajo o de su intelecto; o como se legitimó a través de la religión protestante, el calvinismo, producto de la predestinación. Desafortunadamente, la historia construida desde los grandes centros hegemónicos nos trasmite una versión edulcorada del capitalismo, unida a los grandes avances tecno-científicos que fueran largamente frenados y condenados por la tradición fanática del medioevo europeo.

Ciertamente, como lo registrara Adam Smith, el descubrimiento de América y la ruta por el Cabo de Buena Esperanza hacia la India «son los dos acontecimientos más grandes y más importantes registrados en la historia de la humanidad», puesto que ellos facilitaron, no sólo nuevas rutas para la expansión capitalista, sino también la oportunidad de obtener los recursos y los mercados que asegurarían su auge durante los próximos siglos. El comercio triangular establecido así entre Europa, África y América, teniendo a la esclavitud como su principal pivote, dio paso al establecimiento de la división internacional del trabajo, con naciones periféricas, dependientes de los centros hegemónicos, encargadas del suministro de materias primas, mientras que, desde éstos, se importaban productos terminados y se fijaban las normas que regirían durante los últimos cuatros siglos, de forma general, al sistema capitalista mundial. En la actualidad, con una exigencia mayor de soluciones puntuales ante los problemas y las necesidades creados bajo la hegemonía capitalista, Estados Unidos y Europa lucen impotentes ante la oleada de inmigrantes y las protestas sociales generadas en muchas naciones; materia que los ha llevado a revelar los rasgos oscuros de una ideología supuestamente democrática y respetuosa de los derechos humanos. A fin de impedir el colapso del sistema/mundo que, en conjunto, erigieran en su beneficio, sus gobiernos no han dudado en asumir discursos y posiciones que se creían exclusivos de la rancia ideología nazi-fascista; sumiendo a nuestros países en un estado de ingobernabilidad, represión y zozobra. -                    

TRUMP Y EL TERRORISMO RACIAL GRINGO

TRUMP Y EL TERRORISMO RACIAL GRINGO

 

El belicismo que caracteriza su historia y la venta de armas de distintos calibres, sin muchas limitaciones en varios estados de la unión estadounidense explicarían en gran parte las causas de las masacres perpetradas en Texas y Ohio, como antes con las escenificadas en diversas localidades de este país. Con Donald Trump de presidente, esto parece incrementarse. Los ciudadanos provenientes de otras nacionalidades y grupos étnicos han visto resurgir con fuerza el odio visceral de aquellos que proclaman que la identidad nacional estadounidense debe definirse a partir de la población blanca y de lo que ésta representa, por lo que a ella le corresponde -cual mandato divino- mantener una presencia demográfica hegemónica y el dominio absoluto de la cultura y de la vida pública de su país.

A este nacionalismo blanco (sentido y visto como patriotismo por sus partidarios) se une, con poca diferencia, la acción de los supremacistas blancos quienes, por su parte, proclaman la creencia racista de que las personas blancas son superiores al resto de la humanidad. Entre unos y otros, el discurso extremista del actual inquilino de la Casa Blanca ha tenido buena receptividad, estimulándolos a actuar. De hecho, su discurso (insensato para muchos, deliberado para otros) ha contribuido a generar temores de todo tipo y a reforzar la matriz de opinión referente a la necesidad de muros infranqueables que contengan el flujo de inmigrantes que osen presentarse en las fronteras gringas, sobre todo si son gentes oriundas del Sur atraídas por la perspectiva de vivir el «sueño americano».

Siendo una nación con un amplio mosaico de inmigrantes, Estados Unidos implementa medidas que restrinjan el acceso y la permanencia de aquellas personas que, por diversos motivos, abandonan sus países de origen, a riesgo de perder la vida, en búsqueda de un mejor porvenir en la tierra del Tío Sam. Trump los tilda de criminales que no merecen vivir en este país, llegándose al caso de ordenar la movilización de tropas en los pasos fronterizos con Méxic, encerrar a niños en jaulas y separar familias, con desenlperdítales que son reseñados por la prensa sin mucho escándalo. Este comportamiento se halla en sintonía con el trato discriminatorio dado a las poblaciones autóctonas de lo que hoy comprende el territorio estadounidense, tanto como al dispensado a la población negra, aún en tiempos modernos, lo que se extendió al amplio territorio arrebatado a México (como lo prueba la masacre en El Paso, Texas).

Aún más: se podría razonar que ello obedece a la convicción teológica de cumplir un «destino manifiesto», como nuevo pueblo elegido del dios de Israel, al cual le toca el rol de llevar la civilización a todos los rincones de la Tierra, según sus propios patrones culturales. Quizás por esto mismo no les es aceptable la coexistencia con otros modelos culturales en desmedro de lo particularmente estadounidense, lo que se reitera en series televisivas donde familias negras, hispanas y asiáticas sólo conservan sus rasgos físicos, pero en todo lo demás actúan igual que sus pares blancos, en un proceso de asimilación total que apenas deja espacio a un mínimo grado de diferenciación.

No es difícil sustraerse a la idea que lo acaecido en Texas y Ohio responde a una manipulación emocional de los ciudadanos estadounidenses, identificando enemigos que atentan contra la estabilidad y continuidad de su modo de vida, lo que obligaría a muchos a respaldar cualquier medida que se implemente para preservar, incluyendo la pérdida de sus derechos constitucionales, como se aceptó con la Ley Patriota tras el derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York. En este contexto, no podrían resultar más oportunos los sucesos de Texas y Ohio, dada la urgencia de Donald Trump de convencer a los electores de la necesidad de mantenerlo en la Casa Blanca para librarlos de estos y otros enemigos, declarados o potenciales, incrementado sus prejuicios y temores, como lo hace su gran industria ideológica a través de los diversos medios audiovisuales a su disposición.-

 

PALESTINA Y LA NUEVA VERDAD DEVELADA DEL SIONISMO

PALESTINA Y LA NUEVA VERDAD DEVELADA DEL SIONISMO

Shlomo Sand, profesor de Historia de Europa en la Universidad de Tel Aviv y autor, además, del libro "La invención del pueblo judío", ha cuestionado algunos principios de la historia sionista oficial, lo que -aparte de los ataques de quienes se sienten afectados por sus afirmaciones- ha generado polémicas de diversos tonos en torno a lo que constituye el soporte principal de esta ideología supremacista; ganándose descalificaciones que, incluso, lo equiparan con un nazi.

El controvertido profesor no solo osa expresar públicamente que «el Estado de Israel dice que es el Estado del pueblo judío y que es un Estado democrático y judío, y eso es un oxímoron, una contradicción. Un Estado democrático pertenece a todos sus ciudadanos. Una cuarta parte de los ciudadanos de Israel no son judíos, pero el Estado dice que pertenece sólo a los judíos. Hay leyes que dicen que el Estado es judío, y que el Estado no está abierto a los demás». También ha sido capaz de establecer una raíz común que uniría al judaísmo con el pasado del pueblo palestino, siendo éste descendiente de los judíos (hebreos o israelíes) originarios, y rebate la historia difundida  de que haya se producido un exilio forzado por el Imperio romano que dispersó a éstos por gran parte del mar Mediterráneo, como aparente castigo por la crucifixión sufrida por Jesús de Nazaret.

Tales elementos socavan las bases presuntamente históricas del sionismo. Incluso permite establecer el origen del judaísmo en Europa, en los tiempos iniciales de la cristiandad, luego que el emperador Constantino percibió la ventaja política que obtendría al decretarla religión oficial. Ello sirvió de base para establecer que los judíos conforman un pueblo y no simplemente profesan una religión (el judaísmo), por lo que, en una vasta parte de Europa se les segregó, expulsó y masacró hasta llegar al nefasto capítulo de la Segunda Guerra Mundial cuando Hitler y sus seguidores pretendieron borrarlos definitivamente de la faz del planeta; lo que motivó su asentamiento (por convenio del imperio británico con banqueros de origen judío) en territorios ancestralmente ocupados por el pueblo de Palestina, convirtiendo, de paso, la región del Medio Oriente en un polvorín con pocas opciones de paz.

Si se consideraran válidas tales afirmaciones, quizás cambiara la percepción de mucha gente en relación con el conflicto palestino-israelí, enfocándose en lo que es su raíz política y cultural más que en el aditivo seudo religioso con que se pretende disminuir y obviar, atribuyéndose a un dios que, aparentemente, no discrimina a ninguna persona por su color de piel u origen étnico, pero que mantiene una relación muy especial con los descendientes de Abraham y de sus hijos. Más aún al determinarse que una parte significativa de quienes han ocupado a sangre y fuego, con la complicidad tácita y directa de los gobiernos de Occidente, provienen de naciones diversas de Europa oriental y Estados Unidos, de donde aprendieron y asimilaron los principios racistas y colonialistas insertados en el eurocentrismo.

De todo esto se puede extraer que los teóricos del sionismo manipularon la historia a su conveniencia, así como supieron aprovechar las conexiones políticas con gobiernos que quisieron, en apariencia, resarcir el daño cometido por los nazis. Su propaganda ha sido tan efectiva que muchas personas creen que la maquinaria de guerra impulsada por Hitler tuvo como único objetivo la liquidación física y cultural del judaísmo, pasando por alto lo sufrido por los pueblos eslavos (incluida la URSS), los militantes comunistas, los gitanos, los homosexuales y otras personas que no suelen figurar de modo protagónico en la cinematografía hollywoodense; logrando simultáneamente que toda alusión crítica o condenatoria respecto a esta realidad sea tildada de antisemita y se legitime el derecho invocado por el sionismo desde hace más de medio siglo de tomar posesión total del territorio palestino aunque esto suponga desplazar a familias enteras de sus legítimos hogares y el hostigamiento criminal contra éstas, sin que la comunidad internacional intervenga de forma efectiva y permanente para impedir este constante atropello.

LA VERDADERA «PREOCUPACIÓN» DEL IMPERIALISMO GRINGO POR VENEZUELA

LA VERDADERA «PREOCUPACIÓN» DEL IMPERIALISMO GRINGO POR VENEZUELA


En el presente, Brasil y Colombia juegan, por razones geopolíticas similares (serían una especie de sub imperialismos regionales) y, en una menor medida, por razones político-ideológicas, un rol relevante en la estrategia prevista por Estados Unidos de una guerra por delegación contra Venezuela. Para alcanzar este propósito, los falsos positivos (o noticias falsas) que se crearían en la frontera común de estas naciones servirán de excusa apropiada para iniciar un conflicto armado al cual se unirán, posiblemente, -en una fuerza multinacional, avalada o no por la Organización de Estados Americanos- tropas latinoamericanas, instigadas y dirigidas por Washington. En ésta no se descarta la posibilidad que participen también fuerzas pertenecientes a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, dada la predisposición notoria de algunos regímenes europeos en hostilizar y pretender el derrocamiento de Nicolás Maduro.

En este contexto, de concretarse tal cometido, la fuente del derecho internacional ya no estará sustentado en lo que dictamine la Organización de las Naciones Unidas, ni otra semejante, sino -como se vió en años anteriores- en lo que convenga Estados Unidos. Ello supone una etapa de gran envergadura en los asuntos internos del resto de países en nombre de la libertad y de la democracia.

Es bien conocido que la guerra es el negocio más rentable del complejo industrial-militar que domina Estados Unidos. La guerra y el caos generados en contra de naciones y gobiernos «hostiles» a los intereses y la seguridad estadounidenses apuntalan, por tanto, una nueva concepción, adecuación y/o redefinición imperialista. No es casual, en consecuencia, que el actual inquilino de la Casa Blanca exhiba impúdicamente un comportamiento disparatado y al margen de todo respeto por el derecho internacional y por la autodeterminación de los pueblos, decretando sanciones a diestra y siniestra, y profiriendo amenazas explícitas de agresión militar. Todo ello, conduciendo al planeta a un estado generalizado de guerra.

No se puede pasar por alto que, independientemente de la sumisión e incondicionalidad obtenidas de los regímenes que estarían dentro del círculo de su dominación imperial, a la clase gobernante gringa le importa sobremanera asegurarse disuadir y extinguir todo movimiento político y social que represente (o pueda representar) potencialmente un obstáculo inconveniente para el logro total de sus metas; especialmente si éste es inspirado por ideales de raigambre cultural, patriótica y/o nacionalista. Como lo enunciara el General James T. Hill, jefe del Comando Sur, en 2004 ante el Congreso de su país, estos movimientos y gobiernos son considerados populismos radicales. Una «amenaza emergente», según lo sentenció este centurión yanqui, enmarcada en lo que Estados Unidos concibe como su particular lucha antiterrorista; de una forma más amplia y prolongada que la lucha anticomunista llevada a cabo en suelo latinoamericano tras el triunfo de la Revolución Cubana. A fin de disipar dicha «amenaza», el imperialismo gringo dispone de un ejército de medios de información y operadores políticos encargado de convencer a nuestros pueblos de lo desastroso que sería confiar en las acciones y gestos de buena voluntad de estos populismos radicales.

La política imperialista de Donald Trump no es un hecho circunstancial y únicamente enfocado en el caso de Venezuela. Desde la década de los 80 del siglo pasado hasta el presente, los sucesivos gobiernos estadounidenses fueron diseñando y rediseñando su doctrina expansionista, dándole solidez a lo que John O’Sullivan proclamaba en 1845 respecto a que «la nación americana ha recibido de la Providencia divina el destino manifiesto de apoderarse de todo el continente americano a fin de iniciar y desarrollar la libertad y la democracia. Luego, debe llevar la luz del progreso al resto del mundo y garantizar su liderazgo, dado que es la única nación libre de la Tierra». Dicha tendencia está marcada ahora por la necesidad de desnacionalizar las economías de nuestra América en su beneficio (lo que ya se trató de hacer con la iniciativa del ALCA). Estados Unidos requiere de los mercados y de los recursos naturales estratégicos del continente, de modo que pueda asegurarse su recomposición económica en un mundo capitalista que tiende a orbitar cada día alrededor de la economía de China. Con la finalidad de concretar este asunto de vida o muerte para su economía interna, Estados Unidos debe entroncar a las burguesías locales al sistema capitalista global bajo su control directo. Acá radica la razón principal de la agresión yanqui contra el gobierno de Maduro. La alusión a la crisis humanitaria y a la defensa de los derechos democráticos nada más sirven para ocultar la verdadera «preocupación» del imperialismo gringo por Venezuela. -

ANTES DE QUE DESAPAREZCA PALESTINA

ANTES DE QUE DESAPAREZCA PALESTINA


Aunque sea algo que se niegue de manera reiterada, la desinformación, la estigmatización y la agresión han sido -desde hace 70 años- unos elementos constantes en la historia de despojo del pueblo palestino. Esto lo omite alguna gente de modo deliberado, temerosa de ser acusada de antisemita, dando así la excusa perfecta para no «preocuparse» demasiado por la suerte (o muerte) de millares de seres humanos que sólo defienden su derecho a la tierra y la cultura heredadas de sus ancestros, tal cual le correspondería a cualquier otro pueblo del mundo. Esta actitud es compartida, incluso, por quienes se identifican contrarios a los sectores más conservadores de sus respectivos países, lo que contribuye a mantener en un estado de incomprensión e indiferencia los sucesos que tienen lugar en el escaso territorio que todavía ocupan los palestinos; los cuales -por cierto- apenas merecen la atención de la industria mediática cuando éstos superan el marco «normal» de violencia aceptada.

Vista así, sin prejuicios ni animadversión algunos de por medio, la situación presente de Palestina merece la atención, la justicia y la solidaridad de cada persona sensata. Antes de que desaparezca por completo de la faz de la Tierra. No por simple demagogia o por fanatismo antisionista, sino porque son seres humanos a los cuales se les niega la vida, de manera sistemática y cruel, lo que hace rememorar la historia de persecución, sadismo y exterminio protagonizada por los nazis en Europa en su loco afán de preservar la «raza» aria.

De un modo similar, pero con una mayor impunidad, se condena a los palestinos a una extinción absoluta, en medio de intereses geopolíticos que enrarecen y dificultan cada día una posible solución. En vez de permitírseles esto último, sufren a la vista de todos el desalojo y destrucción de sus casas, la destrucción de sus olivares antiguos, el encarcelamiento injusto e inhumano de niños, y, más escandaloso aún, el asesinato impune (e inducido) de cientos de ellos.

Víctimas de lo que empezó a ser “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, borrando así sus derechos, los palestinos han tenido que padecer igualmente los efectos de la inversión de la verdad, cuestión que ha facultado que, bajo ninguna circunstancia, la muerte de cualquiera de ellos sea cual sea su edad y estado físico, se llegue a considerar como un asesinato, en un claro ejemplo del desprecio a su condición humana, así como la práctica de oscurecer responsabilidades al respecto.

“Gaza se está hundiendo lentamente en el mar, pero ¿a quién le importa?”, expresa sin ironía Jonathan Cook en su artículo “Los medios corporativos nos convierten en esclavos de un mundo de engaños”, lo cual refleja la actitud creada a nivel mundial por lo que él denomina la Gran Narrativa Occidental, la misma que ha impuesto una cartelización global de la información. Mediante ésta, la limpieza étnica que tiene lugar en lo que resta de Palestina se asume como un incidente normal e inquebrantable. Incluso, justificado como un castigo divino contra el cual no cabría apelación alguna. -

 

A PESAR DE TRUMP, PALESTINA SOBREVIVE

A PESAR DE TRUMP, PALESTINA SOBREVIVE

La decisión de Donald Trump de establecer la embajada de Estados Unidos en Jerusalén, reconociéndola como capital del Estado de Israel, suscitó la protesta legítima del pueblo árabe de Palestina, en lo que muchos analistas estiman el inicio de una escalada de enfrentamientos que terminarán por envolver a toda la región de Oriente Medio. Según reseñan algunos medios informativos, el ejército israelí ha matado una cantidad elevada de palestinos en Gaza durante las grandes protestas no violentas en contra del traslado de la embajada estadounidense. Pero todo esto parece no motivar mucha solidaridad entre las naciones occidentales, cuyos gobiernos -contrario a ello- se manifiestan a favor de lo hecho por Trump y se preparan a secundarlo no sólo en cuanto a la instalación de sus respectivas embajadas en Jerusalén sino también en la guerra que estaría desencadenándose, con la cual se perseguiría acabar con el régimen teocrático de Irán, al mismo tiempo que asegurar el control geopolítico de Siria y los yacimientos petroleros de todo este amplio territorio, en lo que ya muchos reconocen como neocolonialismo.      

La tragedia de más de medio siglo que sufre el pueblo de Palestina podría hacernos concluir que son seres humanos sin dolor de nadie. La pregunta lógica es: ¿por qué no se apoya decididamente el derecho a la autodeterminación de Palestina y se zanja definitivamente el conflicto árabe-israelí, creado y fomentado hace más de cien años atrás por las potencias de Occidente?

Es dificultoso defender o apoyar la lucha de un pueblo por aspirar a disfrutar de los mismos derechos que tienen y le han sido reconocidos a otros pueblos para afianzar su cultura, su soberanía y su autodeterminación cuando es víctima de prejuicios y de una incesante campaña de desinformación y de manipulación de la realidad como acontece en diversos contextos con Palestina. A tal grado se extiende la influencia de esta campaña que muchas personas terminan por creer, sin discusión alguna, que a los palestinos no les asiste ningún derecho sobre el territorio que vienen ocupando desde hace siglos; tal como sucediera en Europa con los antepasados de quienes lo propician cuando fueran víctimas indefensas de la oprobiosa política racista del Tercer Reich nazi alemán.

Al escribir sobre este tema en La ocultación política y mediática de las causas del atentado contra "Charlie Hebdo", sus consecuencias y retos, Said Bouamama concluye: “el discurso mediático y político de legitimación de este apoyo (por parte de Europa y Estados Unidos) se construye sobre la base de una representación del grupo Hamás palestino, pero también de la resistencia palestina en su conjunto (a través de recurrentes imprecisiones verbales), de la población palestina en su conjunto y de sus apoyos políticos internacionales, como portadores de un peligro «islamista». La lógica del «doble rasero» se impone una vez más a partir de un enfoque islamófobo adoptado por las esferas más altas del Estado y que retoman la gran mayoría de los medios de comunicación y de actores políticos”.

Así, cualquier rasgo de historicidad que puedan exhibir y confirmar los palestinos (como el reconocimiento de la ciudad de Hebrón por parte de la UNESCO), es sistemáticamente por la dirigencia sionista de Israel, de manera que estos carezcan de la identidad y de los argumentos suficientes para contrarrestar sus pretensiones de desarraigarlos por completo de sus hogares ancestrales.

Adicionalmente, la política expansionista, con asentamientos ilegales condenados recurrentemente por la Organización de las Naciones Unidas, viola todo derecho humano, sin que exista una mejor disposición de la comunidad internacional para impedirlo de un modo definitivo. Esto último se obvia en los distintos canales informativos, pasando a ser un elemento accesorio en medio de la situación explosiva existente en el Oriente Medio donde, justamente, se ponen en constante tensión los intereses de las potencias europeas y de Estados Unidos, que -afanados en ejercer un control directo sobre sus respectivos yacimientos petrolíferos- no escatiman recursos de toda clase para ocasionar en esta región una guerra general, similar o mayor a la de los Balcanes. Algo que ha sabido explotar en su beneficio la clase gobernante sionista, la cual, por otra parte, no ha dudado en respaldar sin disimulo al ejército mercenario del Daesh y en vincularse con los regímenes más reaccionarios de esas latitudes (o petromonarquías), como Arabia Saudita. No obstante, el pueblo de Palestina insiste en sobrevivir. A pesar de que el régimen sionista ha convertido el escaso territorio que aún ocupa en la mayor cárcel a cielo abierto existente en la Tierra y somete a toda su población, sin importar la edad ni las condiciones físicas de quienes las padecen, a las más insólitas y crueles prácticas de un terrorismo de Estado. -

LOS GRINGOS NO TIENEN AMIGOS

LOS GRINGOS NO TIENEN AMIGOS


 

Muchos analistas han anticipado -desde hace aproximadamente 30 años- las perspectivas de un orden internacional enteramente dominado por el complejo industrial-militar estadounidense, como lo denominara el presidente Dwight “Ike” Eisenhower. Actualmente, nadie niega que Estados Unidos abandera -junto con sus subordinados europeos y, un “poco” al margen, Israel- un proceso que pretende reencauzar y asentar sólidamente una política neoliberal y neocolonialista a escala mundial en beneficio de su predominio y de sus grandes corporaciones capitalistas transnacionales. Así, la clase gobernante gringa tiene como un asunto vital y de la máxima importancia para sus intereses la recuperación y el fortalecimiento de la situación hegemónica y dependiente que ha marcado la historia común de las naciones de nuestra América.

Para los gringos, la prédica de soberanía y pluralismo democrático que se forjó colectivamente en diferentes naciones al sur de sus fronteras en los últimos decenios resulta absolutamente amenazante, absurda e intolerable. Sobre todo, cuando ve en su horizonte la presencia, las inversiones y la influencia de otros poderes extraterritoriales (China y Rusia) minan esta situación histórica. Aunado, como secuela de ello, a lo que pudieran hacer algunos gobiernos “díscolos” o “forajidos” que actuarían en su contra, animados por un espíritu nacionalista y/o izquierdista.

Si revisamos con mayores detalles esta historia, a fin de no soltar la preciada presa que le correspondería de acuerdo a su “destino manifiesto”, Estados Unidos recurrió a lo largo de doscientos años a una diversidad de acciones. Algunas cruentas, otras más sutiles, pero todas orientadas a una misma y única meta. De este modo, la doctrina Monroe (1823), el corolario Roosevelt (1904), la Unión Panamericana (1910), la política del “buen vecino” bajo la presidencia de Franklin Delano Roosevelt, la doctrina Truman (1948), que dio forma a la Organización de Estados Americanos y al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca mediante la cual Estados Unidos brindó apoyo financiero, político y logístico a regímenes que fueran abiertamente anticomunistas y, por lo tanto, enemigos de la URSS; la Alianza para el Progreso, promovida por el malogrado Jhon Fitzgerald Kennedy; el Consenso de Washington, aupado por William Clinton; y la propuesta fallida del Área de Libre Comercio de las Américas y la “guerra preventiva” (o “infinita”) contra el terrorismo internacional de George Walker Bush -pasando por lo propio de Barack Obama y Donald Trump, con su Estrategia de Defensa Nacional- han conformado los hitos principales de la sempiterna política estadounidense de dominación territorial de Nuestra América. A la par de ello, Estados Unidos patrocinó una serie de intervenciones militares (México, Cuba, República Dominicana, Haití, Panamá, Nicaragua y Grenada), golpes de Estado (Chile, Argentina, Perú, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Venezuela), asesinatos selectivos de líderes populares (Augusto César Sandino, Jorge Eliécer Gaitán, Omar Torrijos, Arnulfo Romero), y el respaldo logístico y entrenamiento militar a grupos contrarrevolucionarios (mercenarios en Guatemala, anticastristas en Playa Girón, “Contras” en Nicaragua, escuadrones de la muerte en El Salvador); condicionados a la voluntad estadounidense.

Esto le facilitó Estados Unidos “convencer” a nuestros pueblos de la fatalidad que pendía sobre ellos: convertirse en colonias o en Estados tutelados del imperio del Norte. A tal grado llega esta convicción inducida que existen grupos que se atribuyen la representación nacional (como acaeciera con Panamá antes de “independizarse” de Colombia o, en la actualidad, con la oposición de derecha en Venezuela) que merodean por los pasillos de la Casa Blanca, el Departamento de Estado o el Congreso gringos, vendiéndose como las mejores garantías para preservar el orden establecido; en tanto ellos sean quienes controlen el poder. Algunos ya no tienen necesidad de hacerlo, instalados como están en los palacios de gobierno (México, Colombia, Brasil, Perú, Argentina), pero igualmente comprometidos con este objetivo imperial. Olvidan, sin embargo, que para Estados Unidos lo esencial no es tener amigos (recuérdese la experiencia sufrida por el General Marcos Pérez Jiménez en Venezuela, luego de reconocérsele como el mejor gobernante de Latinoamérica, o por la Junta militar que rigió Argentina cuando ésta desencadenara la guerra con Inglaterra por la posesión de las islas Malvinas), sólo intereses. -     

NEOIMPERIALISMO Y RECONFIGURACIÓN ESPACIAL

NEOIMPERIALISMO Y RECONFIGURACIÓN ESPACIAL


Theodore Roosevelt en su mensaje al Congreso en 1904, definió lo que sería conocido en adelante como el corolario Roosevelt a la doctrina Monroe, al referir que una mala conducta crónica o la ausencia de orden en las naciones ubicadas al sur de sus fronteras obligaría al gobierno de Estados Unidos a llevar a efecto una intervención directa de su parte en dichas naciones. «En el Hemisferio Occidental, -diría- nuestra adhesión a la Doctrina de Monroe podría obligarnos, contra nuestras inclinaciones, en casos flagrantes de tal mala conducta o de impotencia (de los gobiernos), al ejercicio de un poder policial internacional». Una cuestión que se concretaría, básicamente, en la región del mar Caribe, teniendo como enclaves destacados la base de Guantánamo en Cuba y la zona del canal de Panamá, lo que le permitiría a Estados Unidos reeditar, de alguna forma, lo hecho por la antigua Roma en las aguas del mar Mediterráneo.


El imperialismo gringo ha tenido en la guerra su mejor (por no decir la única) opción para perpetuarse y extender su supremacía a, prácticamente, todos los confines de la Tierra. Así, en su artículo `La militarización del neoliberalismo´, Antonio Maira detalla que “el estado de guerra permanente en el que vivimos tiene su causa en la determinación de los Estados Unidos de imponer un orden planetario en el que va impresa su hegemonía. Responde a la necesidad de mantener el control de un mundo como mercado abierto para las multinacionales y los grupos financieros. Tal mundo presenta elementos crecientes de una desestabilización provocada por el enorme crecimiento de las desigualdades y la pobreza, la ruina irremediable de países explotados inclementemente por la deuda, y la creciente movilización política de las multitudes condenadas irremisiblemente a la miseria”. En atención a tales conclusiones, el expansionismo gringo en lo adelante no tendrá -según sus patrocinadores- por qué someterse a consideraciones de naturaleza ética o jurídica.

 
A fin de concretar sus ambiciosas metas, el imperialismo -en esta nueva fase de su existencia- ha previsto la puesta en marcha de mecanismos represivos a escala global que, en un primer momento, serán asumidos por los ejércitos y policías de las naciones bajo su órbita y, en un escenario mayor, por las propias tropas estadounidenses. Esto en combinación con la situación de subdesarrollo permanente a que serían sometidos los países periféricos del sistema capitalista, lo cual no excluiría (aunque parezca inverosímil) la oportunidad de provocar una hambruna y un genocidio cuidadosamente planificados y ejecutados, sin que a sus promovedores les perturbe alguna especie de remordimiento.

En correspondencia con esta perspectiva, de instaurarse un orden mundial análogo, los mercados acabarán por reemplazar definitivamente la existencia de naciones y culturas que, de algún modo, contraríen y obstaculicen la sacra voluntad de las grandes corporaciones transnacionales, convertidas éstas en un Estado paralelo, de características supranacionales. En éste, los seres humanos serían vistos como clientes y cosas (valorados y subvalorados, según su utilidad), condenados a laborar cual nuevos esclavos, a fin de poder sobrevivir.

Este neoimperialismo procura, lógicamente, la imposición de una homogeneización no solamente en los planos económico, militar, político, ideológico y cultural sino igualmente -y con un mayor énfasis- a una reconfiguración espacial, en un proceso de recolonización, cuyos inicios pueden rastrearse con facilidad en los diversos acontecimientos suscitados en la extinta Yugoslavia y en Medio Oriente (incluyendo las asiduas agresiones militares de Israel contra el pueblo ancestral de Palestina); lo que daría a la concepción del Estado-nación un matiz totalmente diferente al que hasta ahora éste ha tenido.-