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EL ESCLAVISMO, PRIMER PELDAÑO DEL CAPITALISMO

EL ESCLAVISMO,  PRIMER PELDAÑO DEL CAPITALISMO


Según lo explica Eric Williams en su obra Capitalismo y esclavitud, «sin las riquezas de América y sin los esclavos y el comercio africanos, el crecimiento económico, político y militar de los Estados europeos hubiese quedado limitado, sin duda, a una escala menor; quizá definitivamente menor. Con ellos, el primer capitalismo se hizo mundial y con toda razón, en Liverpool y en Bristol se decía que ‘no hay un solo ladrillo en la ciudad que no esté mezclado con la sangre de un esclavo’». Con ello queda establecido, de modo inequívoco, el origen del capitalismo o, por lo menos, su expansión inicial, a costa del despojo de las riquezas existentes en el amplio territorio americano que conquistara y colonizara España, junto con el tráfico inhumano de africanos esclavizados. No es como lo han divulgado los apologistas e ideólogos del sistema capitalista algo que surgió del simple deseo de superación de algunas cuantas personas, de su capacidad de trabajo o de su intelecto; o como se legitimó a través de la religión protestante, el calvinismo, producto de la predestinación. Desafortunadamente, la historia construida desde los grandes centros hegemónicos nos trasmite una versión edulcorada del capitalismo, la que sería unida al patrocinio de grandes avances técnicos y científicos que fueran largamente frenados y condenados por la tradición fanática del medioevo europeo como una prueba irrefutable de su carácter manumisor.


La tragedia social, económica y política de lo que por mucho tiempo se llegó a conocer como el «tercer mundo» tiene así su génesis en el proceso de conquista, colonización, filibusterismo, esclavitud y explotación llevado a cabo por las potencias de Europa, escudándose en la ideología de la raza superior que creó divisiones raciales o étnicas de todo calibre, azuzó persecuciones y asesinatos en nombre de su credo, y que, posteriormente a la independencia política alcanzada en nuestra América, África y Asia, excitó el espíritu nacionalista entre ellos, de manera que existiera un mercado seguro para la adquisición de armas, reservándose para sí su producción y tecnologías. Así que gran parte de las quejas de Europa y Estados Unidos en relación con lo que ocurre a lo interno de nuestras naciones “tercermundistas” se debe en gran parte a esta situación histórica. Los altos niveles de vida material de Europa y Estados Unidos han sido señuelo para atraer a millares de migrantes a sus fronteras, impidiéndoseles continuar su camino ante el temor inculcado entre europeos y estadounidenses de ser desplazados de sus puestos de trabajo, de sufrir el colapso de sus servicios médicos y/o de perder hasta su propia identidad cultural. En ningún momento se han puesto a pensar en cuáles serían las reales causas de esta migración incesante. En vez de ello, atribuyen todo, simplemente, a la corrupción y la indolencia de los gobiernos de este lado (en lo que no estarían alejados de parte de la verdad). Nadie saca cuentas de cómo fue que Europa y Estados Unidos pudieron lograr las enormes cotas de desarrollo que exhiben en la actualidad, lo que constituye un triunfo de su industria ideológica al suprimir de las mentes de sus ciudadanos (como en gran parte del mundo) esta importante circunstancia histórica.


Ciertamente, como lo registrara Adam Smith, el descubrimiento de América y la ruta por el Cabo de Buena Esperanza hacia la India «son los dos acontecimientos más grandes y más importantes registrados en la historia de la humanidad», puesto que ellos facilitaron, no sólo nuevas rutas para la expansión capitalista, sino también la oportunidad de obtener los recursos y los mercados que asegurarían su auge durante los próximos siglos. El comercio triangular establecido así entre Europa, África y América, teniendo a la esclavitud como su principal pivote, dio paso al establecimiento de la división internacional del trabajo, con naciones periféricas, dependientes de los centros hegemónicos, encargadas del suministro de materias primas, mientras que, desde éstos, se importaban productos terminados y se fijaban las normas que regirían durante los últimos cuatros siglos y de forma general al sistema capitalista mundial.


La utopía alternativa que supone erigir un nuevo orden civilizatorio que reemplace el actualmente dominado por el sistema capitalista debe ser producto de una lucha de resistencia integral de los pueblos. Ella incluye, entre otras cosas, conocer sus orígenes históricos y reivindicar y darle su justo valor al tipo de socialismo comunal que los mismos venían practicando desde tiempos ancestrales, el cual sobrevive hasta el presente, expresado en variadas modalidades; de tal modo que haya la suficiente subjetividad subversiva para iniciar, nutrir y consolidar esta utopía alternativa. -    

EN HONOR A LA MEDIA Y LA FALSA VERDAD

EN HONOR A LA MEDIA Y LA FALSA VERDAD

 

La situación creada con el encarcelamiento en Inglaterra de Julian Assange a pedido de Estados Unidos -acusado de cometer presuntamente 18 delitos estipulados en una ley de dicho país contra el espionaje que data de 1917- pone en la palestra lo que hoy en día representa la vigencia de la libertad de expresión frente a los crímenes de guerra perpetrados por las grandes potencias hegemónicas y sus aliados regionales a nivel mundial. Como es de todos conocido, el fundador de Wikileaks reveló al mundo la existencia de programas destinados a conseguir y analizar información suministrada gratuitamente por los usuarios de internet, a través de Google, Facebook o Apple, en lo que constituye un amplio imperio de vigilancia que haría empalidecer al Big Brother descrito en “1984" por George Orwell. Esto hizo que Estados Unidos y algunos gobiernos europeos emprendieran acciones en su contra al exponer a la opinión pública el carácter inmoral e inhumano de sus guerras humanitarias, lo que ha traído como consecuencia para Assange, en el peor escenario imaginable, el sometimiento a torturas sicológicas y aislamiento total, lo que ha hecho temer a muchos por su vida.

 

Este amplio imperio de vigilancia denunciado por Assange no es otra cosa que la mundialización del miedo y la sumisión, ya anticipado en décadas pasadas por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, de México, cuyo objetivo prioritario es asentar, propagar y defender la ideología y los intereses de los sectores dominantes yanqui-europeos en detrimento de la soberanía, la cultura, la biodiversidad y los intereses de los demás pueblos de la Tierra. En términos simples, esto es la construcción de un poder corporativo global, cuyos intereses y decisiones afectan la vida de millones de seres humanos sin saberse a ciencia cierta quiénes lo constituyen aunque sí a quienes beneficia.

 

En palabras de Juan Pérez Ventura (al referirse al Club Bilderberg), “la idea de un gobierno mundial controlado por una pequeña élite financiera y económica es cada vez más aceptada por la sociedad. Con la última crisis económica se ha puesto en evidencia que no son los gobiernos los que controlan los países, sino organismos de rango superior a los propios ministros y presidentes. Las decisiones que se toman en cualquier país parecen estar continuamente influenciadas (directa o indirectamente) por entidades como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de Comercio, etc. Entidades cuyos líderes no han sido elegidos por la ciudadanía y, por lo tanto, están tomando decisiones decisivas sin legitimidad democrática".

 

A Assange se agregan los nombres de Chelsea Manning y Edward Snowden, acusados por el gobierno estadounidense de delitos similares, lo cual evidencia hasta qué punto el poder oscuro que rige a la nación norteña es capaz de manejar a su antojo el sistema judicial para evitar la erosión de su hegemonía. Mediante su manipulación, la clase hegemónica gringa se ha encargado de silenciar las voces que estima peligrosas, acusándolas de amenazar la seguridad de la nación, lo que se complementa con la acción racista de sus órganos policiales, generalmente dirigida contra la población negra e inmigrante de habla hispana. Para ello, suele recurrir a la difusión de medias y falsas verdades, tanto en lo que respecta al orden interno como también en lo que constituye su política exterior imperialista y neocolonialista cuando se pretende subordinar a sus particulares intereses la soberanía de otros países. -

 

LA SOBERANÍA POPULAR FRENTE A LA CORRUPCIÓN E INEFICIENCIA DEL ESTADO

LA SOBERANÍA POPULAR FRENTE A LA CORRUPCIÓN E INEFICIENCIA DEL ESTADO

La separación del Estado de los sectores populares es un hecho que se evidencia y se repite, independientemente de su designación, a escala planetaria. Entre ambos elementos existe una tirantez constante que, de incrementarse, podría producir una crisis de ingobernabilidad y desembocar en un golpe de Estado o en algo de mayor impacto como lo sería una rebelión popular generalizada. Esto obliga a repensar lo que es y debería ser el Estado liberal burgués a la luz de los diversos eventos suscitados desde finales del siglo pasado hasta el presente en demanda de mayores niveles de participación democrática, lo que ha llevado a hablar, en la mayoría de los casos, de una democracia participativa y protagónica en la cual se manifieste a plenitud y de manera primordial el espíritu emancipatorio de los pueblos. Esta nueva visión y/o concepción de la democracia contrasta, ciertamente, con el modelo de sociedad vigente, siendo éste un sistema generador de desigualdades de toda especie, derivado y legitimador de la lógica capitalista predominante.

Así, se observa que las características, la esencia, el control y la direccionalidad del Estado tradicional -diseñados desde hace siglos en función de la ideología, los privilegios y los intereses de las minorías dominantes- resultan completamente incompatibles con las aspiraciones de emancipación integral que animan las luchas populares. Una cuestión que, de alguna u otra forma, repercute en la vigencia de lo  que habitualmente identificamos como el ineficiente funcionamiento burocrático del Estado -del cual es víctima sempiterna la generalidad de los ciudadanos-, a lo que se suma la corrupción existente en sus diferentes niveles y modalidades (desde aquella que se busca justificar de acuerdo a la necesidad material de quienes se corrompen hasta la que es legitimada producto de una tradición de siglos que se estima ineludible y, por tanto, se acepta como algo normal o corriente), lo que tendrá siempre sus consecuencias en la actitud que asuman estos mismos ciudadanos en lo que respecta a la percepción de sí mismos, de sus semejantes y del país en que residen.

Por ello, quienes controlan el poder del Estado buscan estimular y reforzar el establecimiento de un poder político caracterizado por un ejercicio arbitrario y personalista que poco o nada tiene que ver con el interés y los derechos colectivos; haciéndole ver a las personas que no hay otras alternativas con qué sustituirlo. Evidentemente, su objetivo es generar un comportamiento pasivo común entre sus subordinados, similar al de abejas y hormigas laboriosas, dedicados exclusivamente a satisfacer los gustos, los placeres y las emociones egoístas de quienes se hallan en el vértice de la pirámide social, para lo cual requieren que existan relaciones sociales, educativas y laborales donde predominen actitudes mezquinas, competitivas, represoras y autoritarias; lo que hará más sencillo que éstos se adapten al rol que se les asigna.

La soberanía popular, por tanto, es un serio obstáculo para que persista la corrupción y la ineficiencia del Estado tradicional. En un primer lugar, porque sus acciones se opondrían a la toma de decisiones unilaterales del cuerpo de burócratas y gobernantes, lo que afectaría seriamente su poder y existencia. Luego esto tendrá efectos también en el área económica al impulsar la autogestión de los sectores populares, lo que les hará menos dependientes de la demagogia de políticos, burócratas y gobernantes que requieren sus votos y aprobación para mantenerse en el poder. Por consiguiente, al confrontar la corrupción e ineficiencia del Estado, la soberanía popular debe apuntar simultáneamente a objetivos políticos y económicos, sin obviar la necesidad de manifestarse al cien por ciento en la transformación estructural del tipo de sociedad existente, ya que la sobrevivencia de cualquiera de los elementos que componen el Estado implicaría la deformación y la cooptación de dicha soberanía, desviándose y desvaneciéndose las opciones de crear y de consolidar una nueva concepción social, económica y política centrada en el beneficio -no solo material sino también cultural y espiritual- de todos los ciudadanos, indistintamente de su sexo y de sus credos particulares. -        

 

EL MUNDO CONTEMPORÁNEO Y LO POLÍTICAMENTE «CORRECTO»

EL MUNDO CONTEMPORÁNEO Y LO POLÍTICAMENTE «CORRECTO»

La indiferencia absoluta ante el dolor ajeno ha reemplazado -sin mucho escándalo y/o vergüenza entre aquellos que lo presencian, aun en medio de la pandemia del Covid 19- la solidaridad o la empatía que debiera generarse entre la humanidad, ya sea que ésta se origine por causa de las distintas religiones que se profesen (caracterizadas e inspiradas, en apariencia, por el amor al prójimo), o por el tipo de educación recibida (donde destacarían la importancia y la necesidad de los valores éticos y morales). Esto se pone de manifiesto mayormente en el área económica, con un capitalismo neoliberal autocomplaciente, en búsqueda constante de mayores ganancias, cuyos apologistas consideran que la asistencia social prestada por el Estado es una traba dispendiosa que hace insostenible cualquier grado de crecimiento económico que se plantee.

A grandes rasgos, el mundo contemporáneo se encuentra saturado de opciones individualistas y/o individualizadas que merman la posibilidad real de alcanzar el bien común. Zigmunt Bauman en “Trabajo, consumismo y nuevos pobres” sentencia: “En otras épocas, la apología del trabajo como el más elevado de los deberes -condición ineludible para una vida honesta, garantía de la ley y el orden y solución al flagelo de la pobreza- coincidía con las necesidades de la industria, que buscaba el aumento de la mano de obra para incrementar su producción. Pero la industria de hoy, racionalizada, reducida, con mayores capitales y un conocimiento profundo de su negocio, considera que el aumento de la mano de obra limita la productividad. En abierto desafío a las ayer indiscutibles teorías del valor -enunciadas por Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx-, el exceso de personal es visto como una maldición, y cualquier intento racionalizador (esto es, cualquier búsqueda de mayores ganancias con el capital invertido) se dirige, en primer lugar, hacia nuevos recortes en el número de empleados”. Tal situación convierte a los mercados en objeto prioritario de los gobiernos, indiferentemente de cuál sea su orientación político-ideológica, relegando el bienestar colectivo a un segundo plano, sometido en todo caso a los dividendos que obtendrían los dueños del capital (sea exógeno o endógeno).

Bajo tal perspectiva, no extrañaría que la conducta social e individual carezca de una moral de responsabilidad pública. Tal como se evidencia con el manejo imprudente del coronavirus que diezma millones de almas en todos los continentes, los desastres ecológicos, la niñez abandonada y esclavizada o la corrupción política, entre otros flagelos de los cuales todos tienen una opinión negativa pero que no los motiva suficientemente para generar una voluntad de acción conjunta en pro de su erradicación. Algo que se refleja en la industria del entretenimiento, la cual -aparte de traer ingentes cantidades de dinero a sus promotores- produce una transferencia ideológica a quienes está orientada, induciendo en éstos una sumisión dirigida que les hace resignarse ante las decisiones e intereses de las clases dominantes y el orden establecido y a desconfiar de sus propias potencialidades. Esto obliga a los seres humanos a proponerse una redefinición de los valores imperantes y la conjugación de iniciativas populares que propicien en todo momento el bienestar colectivo, la emancipación integral de cada uno (sin menoscabo de sus prójimos y de la naturaleza) y la instauración de un orden social, político y económico más justo. Sería una revolución de otro tipo, una más profunda y más humana en franca oposición a lo que habitualmente se concibe como lo políticamente “correcto”. -                

 

¿ES POSIBLE TRANSFORMAR LA SOCIEDAD EXISTENTE A TRAVÉS DEL ESTADO?

¿ES POSIBLE TRANSFORMAR LA SOCIEDAD EXISTENTE A TRAVÉS DEL ESTADO?

 

Por largo tiempo se ha planteado la interrogante de si existe la posibilidad de transformar efectivamente el modelo de sociedad existente a través del Estado liberal burgués. En esto han coincidido quienes -sin desdeñar por completo el pasado- aspiran a que el tipo de sociedad en que viven evolucione de alguna forma a un estadio superior de convivencia, garantizándoseles a todos las mismas oportunidades de progresar; mientras otros, más revolucionarios, tienen como objetivo central de su pensamiento y de sus acciones la erradicación del orden establecido, sustituyéndolo por uno donde existan mayores niveles de equidad, de democracia y de autogestión económica.

En la práctica, entre finales del siglo pasado e inicios del presente, muchos de los gobernantes progresistas y/o izquierdistas de nuestra América apostaron a que se abría en el horizonte un nuevo grado de madurez de la democracia, unido a la posibilidad de alcanzar un desarrollo económico compartido mediante la implementación de acuerdos y la creación de organismos de integración regionales. Gran parte de los mismos comenzaron a divulgar la tesis gracias a la cual habría una mayor inclusión social, elevando los niveles de bienestar material de vastos sectores de la sociedad que hasta entonces permanecieron largamente excluidos, al mismo tiempo que se les garantizaba una participación más efectiva en el ámbito político; lo que les estimuló a constituir estructuras de carácter comunitario con alguna incidencia de importancia en el orden económico (buscando crear alternativas al capitalismo), pero más -básicamente- en lo político (adquiriendo así un papel más activo y protagónico) y en lo social (organizándose de forma suficientemente autónoma).

Sin embargo, los acontecimientos ocurridos posteriormente en Ecuador, Brasil y Bolivia (tres de las naciones, cuyos gobiernos marcaron huella en esta dirección, a las que se suma Argentina con el paréntesis del régimen derechista último) obligaron a muchos teóricos y analistas a hacer un alto en sus reflexiones acerca de lo que sería en nuestra América una revolución de carácter altamente democrático, inclusiva, anticapitalista y antiimperialista; dada la nueva situación creada por los gobiernos de estas naciones al actuar en estrecha relación con el gobierno de Estados Unidos para desmantelar de forma absoluta lo logrado por los sectores populares durante esta etapa histórica. En estas reflexiones, pocos han admitido el limitado o nulo avance en cuanto a los cambios estructurales que debió sufrir el Estado, lo que facilitara que se produjera el golpe de Estado contra Evo Morales y, bajo una modalidad legalista ya aplicada en Honduras y Paraguay, contra Dilma Vana Rousseff en Brasil; sin excluir los procedimientos judiciales aplicados a Luiz Inácio Lula Da Silva, en el mismo Brasil, y a Rafael Correa, en Ecuador, con la finalidad de excluirlos definitivamente del ámbito político. Otro tanto podría decirse respecto a Venezuela donde, a pesar del control del estamento gubernamental e institucional ejercido consecutivamente por el chavismo desde hace veinte años, aún se mantienen intactas las viejas prácticas clientelares y la corrupción administrativa en diversos niveles, afectando significativamente lo referente a la constitución de un verdadero poder popular, cuyas decisiones y acciones sean plenamente soberanas frente a los cinco poderes públicos constituidos. En este último caso, los sectores de la derecha, tanto la tradicional como la emergente -apadrinados por el imperialismo gringo junto con regímenes de la región y de Europa occidental- han tratado de aprovecharse, sin mucho éxito, de los desaciertos, del descontento y de las fisuras dentro del chavismo, creando falsas o ilusorias expectativas en relación con la inminente caída de Nicolás Maduro; evidenciando de este modo un vasto desconocimiento de la idiosincrasia y de la historia de luchas del pueblo venezolano al aplicar las estrategias y las tácticas diseñadas por Estados Unidos para desestabilizar el gobierno de este país.

En todos los casos que puedan evaluarse no ha bastado con arrebatar a los sectores dominantes la maquinaria del Estado y tratar de servirse de ella para cumplir los objetivos trazados en beneficio de los pueblos si la justicia social y la democracia participativa no se hacen elementos sustantivos de la mano del pueblo, lo necesario para producir y protagonizar las transformaciones estructurales que aseguren su emancipación integral en una sociedad de nuevo tipo, más equitativa que la presente. La transformación de la sociedad tendría que producirse al mismo tiempo que la total transformación del Estado, de otro modo se repetirá el ciclo de experiencias fracasadas que registra la historia. - 

 

REDEFINIR LA DEMOCRACIA EN EL SIGLO 21

REDEFINIR LA DEMOCRACIA EN EL SIGLO 21

Pocos ponen en entredicho que la democracia es, en esencia, soberanía popular. En razón de ello, resulta paradójico que una minoría -aun aquella en que ésta es delegada a través del voto- pueda y quiera asumir dicha soberanía como algo propio y exclusivo sobre la cual no habría control alguno por parte de los sectores populares, de quienes, justamente, ella se origina. En este caso, la célebre frase con que Abraham Lincoln definiera la democracia tendría que reinterpretarse a profundidad, a la vista de las diversas transformaciones vividas en muchos aspectos por el género humano durante los dos últimos siglos de historia; obligando a la generalidad de los hombres y las mujeres de este tiempo a plantearse reivindicaciones que, a pesar de su carácter local, tienen connotaciones universales. Lo que debiera verse como una reacción legítima que cuestiona los cimientos sobre los cuales se erige el modelo civilizatorio imperante en el mundo.   

Producto de sus reflexiones, el nacionalista kurdo Abdullah Öcalan determinó que "los procesos de toma de decisión democráticos no deben ser confundidos con los procesos conocidos de la administración pública. Los Estados sólo administran mientras que las democracias gobiernan. Los Estados están fundados en el poder, las democracias están basadas en el consenso colectivo. El mandato en el Estado está determinado por decreto, aunque puede en parte ser legitimado a través de elecciones. Las democracias usan elecciones directas. El Estado usa la coerción como medio legítimo. Las democracias se apoyan sobre la participación voluntaria". En concordancia con esta sentencia, los diversos Estados y/o gobiernos están -en su gran mayoría- regidos por dicha concepción, lo que supone una limitación a la participación organizada y efectiva del pueblo en su toma de decisiones, dando por descontado, de acuerdo al discurso oficial, que ellos lo hacen (siempre) en interés del bien colectivo.

En este orden de ideas, los sectores populares están llamados a superar la ausencia de organización y de dirección colectiva que presentan muchas veces. Deben activar, al mismo tiempo, de un modo determinante y permanente, un proceso de movilización que incida realmente en la desburocratización de las funciones públicas, lo que habrá de lograrse a través de una participación total y vinculante frente a la gobernabilidad burgués-liberal tradicional. Ello contribuiría a hacer de la democracia el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo pero esta vez con el pueblo. Sin embargo, no bastará exigir un mayor ejercicio de la democracia sino se extiende ésta también al ámbito económico, transformando y/o erradicando de raíz el sistema capitalista dominante.

El destino de la humanidad, como muchos lo deducen, se halla en una situación de bifurcación muy importante. En todos los niveles de su existencia. Las demandas populares que se hacen sentir en cada nación del planeta -en medio de las graves y profundas desigualdades, injusticias, guerras y, ahora, pandemias generadas por el individualismo posesivo que caracteriza al capitalismo en un sentido general-  son demandas incompatibles con el predominio capitalista neoliberal y el tipo de Estado que lo justifica, por lo que adoptan características subversivas y revolucionarias, combatiendo simultáneamente las condiciones de opresión política, de explotación económica y de discriminación social.

Contra la pretendida democracia del Estado burgués-liberal (la cual permite y exige una conducta pasiva y, en algunos casos, servil de los ciudadanos) se hace imperativa la búsqueda y el establecimiento de una nueva concepción y de una nueva práctica política (dando preeminencia a la soberanía popular), de una nueva economía (centrada en el respeto a la dignidad humana y a la naturaleza) y de unas nuevas maneras de comprensión de lo que representa el tipo de sociedad vigente sobre la base de valores libertarios, democráticos y comunitarios. En esta perspectiva, se produciría una mejor redefinición de la democracia en el presente siglo, desde abajo, logrando los sectores populares organizados la participación y el protagonismo que reivindican y merecen. -              

LA TOMA DEL PODER ESTATAL Y EL SUJETO HISTÓRICO

LA TOMA DEL PODER ESTATAL Y EL SUJETO HISTÓRICO

 

Desde finales del siglo pasado se han visto y experimentado diversos cambios en el ámbito político que desafían el sentido y los procedimientos existentes en el pasado, con unas estructuras de Estado concebidas para legitimar la hegemonía de sectores minoritarios (normalmente económicos) y unas relaciones de poder que excluyen a la mayoría, segregada de acuerdo a la edad, sexo, condición social, credo y origen étnico, entre otros elementos. Sin embargo, pese a su contundencia y a su inminente arraigo, muchos de estos cambios sufren el embate de quienes ejercen el poder, incluso de aquellos que predican un discurso aparentemente revolucionario y/o innovador sin proponerse llevarlo a cabo, menos a profundizarlo, en beneficio del interés colectivo. Los muchos movimientos sociales y/o populares que irrumpieran contra la burocracia soviética en la Europa del Este, lo mismo que aquellos que se deslumbraran con las ofertas engañosas del neoliberalismo económico (especialmente en las naciones de nuestra América), tienen en común la exigencia de un papel más visible y, en alguna escala mínima, de un protagonismo en los asuntos de Estado; lo que incidió en la búsqueda de una mejor definición de cuál sería el nuevo sujeto histórico llamado a transformar el modelo de sociedad imperante.

La democracia evolucionó a un nivel mayor. Ya no se denominaría representativa sino participativa, siendo ello una consecuencia directa del discurso de izquierda, no obstante el colapso de la URSS y la campaña de descrédito sobre el socialismo revolucionario que se extendió a partir de ese momento hasta compartir la afirmación de Francis Fukuyama respecto al fin de la historia y al triunfo del sistema capitalista. De este lado del planeta, fue usual que se consagrara la democracia participativa y protagónica como un logro revolucionario supremo mediante la cual los sectores populares subyugados, excluidos y explotados podrían asumir la construcción compartida de su propio destino, eliminando todo aquello que sólo favorecía a las minorías gobernantes.               

En esta perspectiva, el nuevo sujeto histórico que comenzó a delinearse y a luchar desde diferentes trincheras, muchos teóricos coinciden en que éste comprende un sujeto transversal e, incluso, multifactorial. No al modo habitual como lo conciben los militantes de izquierda, determinándolo -como clase social antagónica de la burguesía- en los trabajadores asalariados. Para que éste surja y se consolide tiene que trabajarse activamente en la promoción de un amplio tejido organizacional de los sectores populares autónomos que, desde sus particulares intereses y reivindicaciones, confrontan el mismo sistema de dominación. No es, en modo alguno, una tarea simple. No obstante, la conformación y las funciones del poder popular soberano que se origine de tal tejido tendrán que basarse, ineludiblemente, en las premisas de una verdadera democracia participativa y protagónica, además de aquellas que ésta origine, a medida que se consolide y sea una realidad diaria, en pro del buen vivir y de los derechos de todos y de todas.

De acuerdo con lo anterior, es muy importante -de acuerdo con Win Dierckxsens en “Política y mercado”- comprender una cosa: “La democracia participativa no se puede decretar desde arriba. En efecto, si se quiere instaurar la democracia participativa, es necesario que el pueblo se convierta en el sujeto del poder. Para eso es necesario luchar por un nuevo tipo de democracia, construido desde abajo, para los de abajo, a través de los gobiernos y las comunidades de comunidades”. Esto implica que la toma del poder estatal y su objetivo máximo, la transformación estructural del Estado, deben responder a una visión biocéntrica y policéntrica de la política. Se debe apuntar a la edificación colectiva de una nueva diversidad y de una nueva identidad, sin que esto implique que sean sacrificadas las diferencias que podrían existir en algún momento, a pesar dársele preeminencia a los intereses generales de la sociedad. Ello no solamente representa una meta eminentemente política sino que debe extenderse a todos los aspectos y órdenes sobre los que se sustenta el modelo civilizatorio actual, con un sujeto histórico diversificado y diferente, capaz de innovar y de crear una nueva hegemonía, esta vez de una profunda raigambre democrática y popular. -      

 

LUCHA FEMENINA Y RELACIONES DE PODER

LUCHA FEMENINA Y RELACIONES DE PODER

 

De acuerdo con Abdullah Öcalan, muchos sistemas civilizados han empleado el sexismo para preservar su poder. Reforzaron la explotación de las mujeres y las utilizaron como una valiosa reserva de mano de obra barata. Las mujeres también son consideradas como un recurso valioso en tanto y en cuanto producen descendencia y proveen a la reproducción del hombre. De esta forma, la mujer es tanto un objeto sexual como una mercancía. Ella es una herramienta para la preservación del poder masculino y puede progresar, en el mejor de los casos, para convertirse en un accesorio de la sociedad masculina patriarcal”. Si bien es cierto que, desde la época en que esta reflexión se hizo conocer hasta el tiempo presente, las mujeres han alcanzado diversos grados de reconocimiento y de inclusión, desde su participación política e igualdad de derechos hasta el mando militar y poder económico, en la generalidad de los casos se observa que la discriminación, la explotación y la violencia respecto a las mismas es parte de la lucha que aún les toca librar.

Así, al conjunto de las reivindicaciones específicas de los diferentes movimientos feministas alrededor del mundo, así como la igualdad real de género, se suman aspectos que deben también ser tomados en cuenta como la feminización de la pobreza, considerando (especialmente en naciones de África y de nuestra América) que la mujer tiene el rol principal -como madre- en el sostenimiento de la familia, en lo que algunos antropólogos identifican como familia matricentrada, con escasas posibilidades de superar las deficiencias materiales que padece. Todo lo anterior supone determinar las relaciones de poder existentes en el modelo civilizatorio vigente, sean estas de clase, de origen étnico y/o geopolíticas, todas las cuales han hecho de las mujeres sujetos secundarios y/o subordinados. Para ello, es importante la promoción y el uso cotidiano de un lenguaje inclusivo que permita el reconocimiento de la mujer en su condición de ser humano, persona y ciudadana, sin menoscabo de su feminidad.

Se debe entender que el género no es simple cuestión de mujeres. Es un concepto relacional que se extiende a todos los ámbitos de la vida social en lo que sería una revolución más amplia que alguna en el terreno político o en la economía; siendo éste un elemento importante que no podrá obviarse si se pretende obtener y consolidar una emancipación integral real de todos los seres humanos. Esto nos llevaría a la producción y conformación de una contracultura femenina a manos de mujeres diversas, pensantes y actuantes que puedan contribuir efectivamente a la construcción de un nuevo tipo de sociedad y, obviamente, de una nueva política. Para esto es requisito el cuestionamiento radical de las bases mismas de todo el sistema-mundo vigente, de otro modo sólo será posible una igualdad inclusiva que poco afectaría las relaciones de poder usuales.

La lucha femenina enfrenta, desde todo ángulo, la ideología patriarcal que fue cimentándose a través de los siglos, generando leyes, normas y sanciones que terminaron por reprimir las características femeninas de nuestras sociedades, normalmente basadas en preceptos religiosos que hicieron de la mujer la gran culpable de nuestros males como especie. Sin embargo, no se puede pasar por alto la íntima conexión existente entre patriarcado y capitalismo, por lo que los objetivos de la lucha de las mujeres no podrían alcanzarse sin afectar o transformar, de manera simultánea, las estructuras que los hacen posibles. -