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EL ODIO COMO LEGITIMACIÓN RACIAL Y POLÍTICA

EL ODIO COMO LEGITIMACIÓN RACIAL Y POLÍTICA

Los focos de violencia ocurridos durante las últimas semanas en suelo estadounidense a propósito del asesinato de otro ciudadano afrodescendiente a manos de la policía tienden a ser interpretados como una reacción popular legítima en contra del racismo que, desde hace siglos, es un signo social característico del país norteño. Aun cuando se tenga razón en este sentido, habría causas o motivos más profundos que el racismo para entender tal explosión social, lo que implicaría la realización de un estudio sociológico y/o antropológico que escudriñe la sociedad estadounidense desde sus mismos orígenes.

Esto nos remite a las situaciones que han tenido lugar en el ámbito político al sur de nuestro continente, resaltando las escenificadas en Venezuela, Brasil y Bolivia donde grupos autocalificados de derecha, cristianos y democráticos trazaron una línea divisoria abiertamente racista respecto a los sectores populares, descalificando su capacidad para autogobernarse y para ejercer sus derechos constitucionales. Lo mismo podrá afirmarse en relación con los migrantes venezolanos quienes han sido víctimas de la xenofobia alentada por sectores políticos y medios informativos en su empeño por achacarles la culpa de todos los males que se producen en cada uno de estas naciones de nuestra América; buscando así fortalecer y recuperar sus posiciones e influencias internas. Es una regresión histórica que busca expandirse en nuestra América luego de vivirse una etapa importante de esfuerzos integracionistas que servirían de herramientas para deslastrarse de la dominación imperialista ejercida secularmente por Estados Unidos. No es casualidad notar que los sectores reaccionarios de la potencia norteamericana y de sus pares al sur de su frontera coincidan en retórica, acciones e, incluso, en el uso fanático de la Biblia para impedir el avance y el acceso al poder constituido de los sectores populares, en una diferenciación que rememora la clasificación racial impuesta por el colonialismo español en estas tierras.

Esto es, en resumen, la puesta en práctica de una política del odio como legitimación racial y política, cuyo objetivo principal es coartar cualquier posibilidad de emancipación que tenga como eje central la soberanía plena del pueblo. A nuestros pueblos les corresponde, por tanto, trascender el marco de referencia eurocéntrico que ha regido su existencia, de un modo totalmente radical, recuperando así sus raíces históricas y culturales, lo que supone dejar atrás los cánones impuestos por el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado a través de la educación y el  adoctrinamiento constantes, puesto que tales elementos representan por igual la dominación, la desigualdad y la violencia que les ha tocado enfrentar para asegurar sus derechos, lo que incide -directa e indirectamente- en la percepción que se tiene del mundo en general.

Bajo tal orientación, lo que debiera constituir el deber ético humanitario de todas las personas (que, incluso, podría derivarse en buena parte de las enseñanzas religiosas que profesa una mayoría, independientemente de cuál sea su denominación), cuya orientación básica habrá de expresarse siempre en el logro del bien común, la solidaridad, la cooperación y el sentido de comunidad en lugar de los antivalores que caracterizan al tipo de civilización vigente, dominado como está por la lógica depredadora, excluyente y competitiva del sistema capitalista neoliberal.

Ello nos obliga a comprender que los auspiciadores de este modelo civilizatorio son los ejecutantes de una larga trama perversa mediante la cual se trata de doblegar y derogar la voluntad soberana de los pueblos que aspiran vivir en paz y democracia, sin las imposiciones neocolonialistas e imperialistas de las grandes empresas transnacionales de las naciones desarrolladas. Para ello, es preciso descubrir el discurso seudo democrático y nacionalista -replicado sin pudor por las cadenas noticiosas a su servicio- con el cual ocultan su verdadero objetivo: la instauración de un régimen a imagen y semejanza del existente en Estados Unidos, creyéndolo el mejor y más idóneo del mundo. No obstante, se han visto enfrentados a una resistencia popular inaudita que, pese a las inconsistencias ideológicas e, incluso, corrupciones de la dirección política (sin distinción de derecha o de izquierda) les dice que se requiere transformar el orden establecido, ya que éste no admite más reformas.

Como elemento esencial de su estrategia para que los sectores populares terminen por aceptar su condición subalterna y neocolonial, los sectores derechistas no ocultan su intención de asesinar a aquellos que considera inferiores, por lo que estarían exentos de cualquier acción legal en su contra. El odio como legitimación racial y política es, a grandes rasgos, una realidad condenable. Por consiguiente, resulta vital y necesario confrontarlo desde todo punto de vista aunque ello represente emprender una guerra asimétrica contra aquellos que poco o nada les importa la vida ajena.

 

MERCENARIOS, CIPAYOS Y AFINES

MERCENARIOS, CIPAYOS Y AFINES

 

Venezuela ha sido víctima de diversas formas de agresión por parte de Estados Unidos, indistintamente de quién se halle ocupando la Casa Blanca, en una estrategia combinada de acciones que incluye la puesta en marcha de una diplomacia siempre amenazante y el respaldo abierto a bandas armadas (con captación de delincuentes comunes, ligados al narcotráfico colombiano) que, de una u otra forma, contribuyan a la sustitución del gobierno de Nicolás Maduro por uno más acorde a sus intereses. Ahora, en medio de la pandemia del Covid 19, Venezuela se ve acosada por grupos de mercenarios, entrenados, equipados y financiados por el régimen imperialista estadounidense y sus gobiernos satélites de este continente, creando una situación similar a la experimentada décadas atrás por Cuba y Nicaragua, sólo por el hecho de no compartir la ideología que profesan sus líderes.

Asimismo, la utilización de mercenarios recuerda lo acaecido en Libia. Sin embargo, a diferencia de aquel escenario, las tácticas de los cipayos de este país se han caracterizado por un reiterado fracaso, teniendo a su favor que sus principales representantes se mantienen en libertad, en una inexplicable impunidad que es acremente cuestionada desde hace tiempo por la mayoría de la población venezolana. Todo ello en el marco de los planes estadounidenses para derrocar, primero al gobierno de Hugo Chávez y, actualmente, a Maduro, teniendo como clímax el golpe de Estado propiciado el 11 de abril de 2002, gracias a la acción concertada de los medios televisivos al servicio del  antichavismo que le hicieron ver al país y al resto del mundo una realidad distorsionada, pero ajustada a su objetivo de tomar el poder. 

Como ingrediente adicional, el régimen de Donald Trump ha endurecido y extendido las sanciones económicas que iniciara Barack Obama al calificar a Venezuela como una amenaza contra la seguridad de Estados Unidos, lo que se ha manifestado en dificultades para acceder a diferentes rubros e insumos necesarios para la actividad económica venezolana, pretendiendo de esta forma ahogar la economía nacional y estimular el descontento popular, de manera que este sea el caldo de cultivo para un alzamiento general que permita a Estados Unidos y a sus gobiernos satélites intervenir sin pudor alguno en los asuntos internos de Venezuela, tal como ya lo hacen ver cada vez a través de todos los medios de información. Esto último hizo que mucha gente migrara, atraída por las ofertas de bienestar y de apoyo de los gobiernos del continente, en una jugada que buscaba estimular un éxodo masivo de familias venezolanas que sirviera de excusa para condenar internacionalmente a Maduro y, finalmente, desalojarlo de la presidencia.
 
Con lo que no han contado (ni medianamente entendido) la cúpula política imperialista y los cipayos dentro y fuera del país es que la mayoría del pueblo venezolano tiene tras de sí una larga historia de luchas por su emancipación integral, lo que terminó de confirmarse al producirse la rebelión popular del 27 de febrero de 1989 cuando se le quiso imponer el paquete de medidas económicas neoliberales del Fondo Monetario Internacional como también al votar masivamente por Chávez en cada elección presidencial.
 
Aún arrastrando todas las penalidades creadas por el resentimiento y la ambición de poder de la oposición derechista, esta mayoría sabe que bajo un gobierno dirigido desde Washington no serán respetadas las diferentes conquistas sociales, políticas, culturales y económicas alcanzadas al amparo de la Constitución bolivariana y la democracia participativa. Y no porque exista un adoctrinamiento efectivo de parte del chavismo sino porque ha sido la misma derecha cipaya quien lo expresa con su discurso y su violencia racista, adosados a un repudio pertinaz de la Constitución vigente. Ante un panorama donde se deroguen todos los logros (aún limitados) de la democracia participativa, los sectores populares optan por mantener su amplio respaldo a Maduro y al chavismo. Quienes ignoran, a propósito e inconscientemente, la historia de luchas del pueblo venezolano no sabrán explicarse a sí mismos y a los inquilinos de la Casa Blanca el por qué de su continuo fracaso. Incluso, habría que advertir que otro tanto ocurre con un porcentaje de "líderes" chavistas que se mantienen aferrados a las viejas estructuras del Estado burgués liberal, pero esto ya sería otro tema pendiente por abordar. Mientras tanto, la realidad que confrontan mercenarios, cipayos y afines, bajo la tutela directa del régimen imperialista gringo, no es otra que la de un pueblo consciente de los pasos necesarios para alcanzar sus ideales de democracia participativa y protagónica, de autodeterminación y de soberanía; al contrario de aquellos que anhelan su total sumisión y exclusión del escenario público. Materia que les cuesta mucho asimilar a sus contrarios.

LA EMPATÍA POPULAR VS EL DOMINIO GLOBAL

LA EMPATÍA POPULAR VS EL DOMINIO GLOBAL

A diferencia de lo que representa la empatía a nivel general, el sistema capitalista globalizado prioriza la satisfacción compulsiva del individuo a costa del interés y de las necesidades colectivas. De ahí que poco les importa a sus principales beneficiarios y auspiciadores que exista una asimetría social y económica que pone en entredicho las supuestas bondades que se generarán para todos de implementarse y acatarse sin ninguna oposición sus postulados fundamentales. Por ello, cualquier referencia a la justicia social, a la emancipación de los pueblos, a la democracia participativa y a la transformación estructural del Estado (esto último, orientado a asegurar de manera efectiva el ejercicio de la soberanía de las mayorías populares) es percibido como un atentado a la estabilidad, a la libertad y a la paz que defienden las clases dominantes de la sociedad, enlazadas éstas en un extenso conglomerado empresarial, cuyo objetivo primordial es la obtención de cuantiosas ganancias cada día.
Para el neoliberalismo económico globalizado es vital que la humanidad se envuelva en un proceso creciente de hiperconsumismo, incluso a riesgo de agotar por completo los recursos naturales y poner al borde de la extinción total a cualquier forma de vida existente sobre la Tierra. También estimula la autoexplotación entre las personas, independientemente de cuál sea su profesión u oficio, lo que le garantiza al capitalismo globalizado un nuevo ciclo de existencia, dando la impresión que evoluciona;  permitiéndose al mismo tiempo deshacerse de los derechos laborales que fueran conquistados a sangre y fuego por las masas trabajadoras desde hace más de un siglo. A ambas realidades se suma (ahora con mejor justificación, gracias a la pandemia del Covid 19) el miedo al otro, expresado en el rechazo (empapado de innegable racismo) de europeos y norteamericanos al ingreso de inmigrantes a sus respectivas naciones, al margen de cualquier noción y respeto del derecho internacional y de los derechos humanos; cosa que se ha extendido y manifestado con inusual virulencia en contra de la diáspora de venezolanos y venezolanas que buscaron mejores horizontes al sur de nuestra América, víctimas de un endoracismo inculcado por políticos y medios de información interesados en desviar la atención de sus conciudadanos hacia problemas locales acuciantes y explosivos. 
En un sentido amplio, de acuerdo con lo determinado por el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en sus estudios respecto al tipo de sociedad en que vivimos, en la actualidad se está instaurando una estrategia de dominio global que se basa en la separación de lo público de lo privado, lo que ha logrado que mucha gente esté más motivada a elevar su desempeño y potencialidades particulares a fin de disfrutar al máximo el éxito y el reconocimiento que le augura el capitalismo globalizado, pero sin llegar a involucrarse en las luchas reivindicativas de nuestros pueblos, excusándose de obedecer a cualquier moralidad opuesta que lo impida. Esto explicaría el por qué muchas personas le presten escasa atención a los problemas sociales, por muy simples que sean, adoptando posiciones que contradicen en un gran porcentaje la ideología que defienden (aunque éstas no sepan definirla como tal ni les importe hacerlo). Así, situaciones trágicas como las padecidas cotidianamente por las poblaciones de Yemen, Haití o Palestina no merecerán la misma atención que el atuendo o la extravagancia pública de algún cantante o estrella de cine de moda. Igual sucede con las afirmaciones y las negaciones extremas que se filtran por medio de las diferentes aplicaciones de internet, lo que conspira contra toda posibilidad de crear espacios y actitudes de sociabilidad, es decir, la posibilidad de emprender una mejor comprensión del mundo que nos rodea, de modo que éste sea transformado colectivamente. 
Queda concluir entonces que, frente a esta estrategia de dominio global (para muchos, todavía imperceptible) se debe erigir y defender la empatía popular. Ésta es parte de la historia común de las luchas y las resistencias protagonizada por nuestros pueblos, cuya trascendencia es minimizada por quienes pretenden sojuzgarlos en provecho propio, haciéndoles creer -gracias a su influyente industria ideológica- que sus acciones benefician a todos y fortalecen la estabilidad democrática en cada uno de nuestros países.

LA CONCIENCIA HUMANA FRENTE A LA PACHAMAMA

LA CONCIENCIA HUMANA FRENTE A LA PACHAMAMA

La pandemia del Covid 19 ha destapado (o puesto de relieve) lo que es, aunque se niegue o se minimice, una realidad incuestionable: la destrucción de la naturaleza a manos de los seres humanos guiados por la lógica irracional del capitalismo. No hace falta recurrir a Karl Marx u otro destacado teórico del comunismo para detectar y denunciar los estragos causados por el sistema capitalista en todo el orbe. Es algo que cada persona sensata puede confirmar solo con observar las consecuencias del extractivismo y de la industrialización que impulsa la mayoría de los gobiernos del mundo, anhelando alcanzar los mismos niveles de desarrollo de Estados Unidos y demás naciones capitalistas, afectando grandes extensiones de territorios, generalmente ocupados por campesinos y pueblos originarios que son desplazados a la fuerza por grupos paramilitares al servicio de terratenientes y empresarios interesados en conseguir su control.

Ahora, al margen del resurgimiento de algunas antiguas supersticiones europeas, muchas personas perciben que la aparición y extensión del Covid 19 obedece a la ruptura existente respecto a la naturaleza.


«Estamos -como lo advierte Alberto Acosta en su artículo 'Reecuentro con la Madre Tierra: Tarea urgente para enfrentar las pandemias'- en medio de un colapso climático: No podemos olvidar que los cambios en el clima han sido parte consustancial en la historia de la Tierra. Y este colapso lo hemos fraguado los seres humanos en el marco de lo que se conoce superficialmente como el 'antropoceno'; en términos correctos corresponde al 'capitaloceno'». La conciencia que adquieran en este contexto nuestros pueblos podría contribuir a revertir sus efectos negativos, al modo de la cosmovisión de los pueblos indígenas, sintiéndose cada quien como parte de esa misma naturaleza que nos sirve de base para nuestra sobrevivencia, pero sin la separación aportada por la visión eurocéntrica que tanto ha generado a través de los siglos.

En este caso, la Pachamama, nuestra Madre Tierra, tendrá que ser reivindicada. Es una misión que debe motivar a todos al cambio radical del tipo de sociedad vigente. No es creer que, superada la pandemia, todo volverá a la normalidad cuando dicha 'normalidad' es la raíz del problema. Es un cambio de índole cultural necesario. Esto supone desprenderse de los conceptos y de los paradigmas que sustentan este tipo de sociedad, de modo que puedan concretarse, realmente, los ideales de la democracia, la libertad, la igualdad, la soberanía de los pueblos y, por supuesto, esa armonía que debiera existir entre la humanidad y la naturaleza. Algo que no debe limitarse a una simple enunciación idealista o utópica sino a una práctica social que se extienda a todos los ámbitos aunque ella implique mantener una lucha constante, asimétrica y, a veces, agotadora contra quienes (desde las grandes empresas capitalistas transnacionales) pretenden ejercer una hegemonía absoluta sobre los seres humanos y la naturaleza en beneficio exclusivo de sus intereses económicos. Esto exige una nueva conciencia, orientada al establecimiento de unas nuevas relaciones de poder, de unas nuevas relaciones de producción, de unas nuevas relaciones humanas y, básicamente, de unas nuevas relaciones respecto a nuestra Pachamama, nuestra Madre Tierra.

EL MUNDO DEL SIGLO XXI Y LA POLÍTICA DE LA SUPREMACÍA YANQUI


Quienes delinearon lo que habría de ser el “Proyecto para un nuevo siglo americano” (es decir, estadounidense, gringo, yanqui o norteamericano), dado a conocer a finales de la última década del siglo XX, concluyeron que «Estados Unidos no tiene rival a escala global. La gran estrategia de Estados Unidos debe perseguir la preservación y la extensión de esta ventajosa posición durante tanto tiempo como sea posible. Nuevos métodos de ataque electrónicos, no letales, biológicos serán más extensamente posibles; los combates igualmente tendrán lugar en nuevas dimensiones: por el espacio, por el ciberespacio y quizás a través de los microbios; formas avanzadas de guerra biológica que puedan atacar a genotipos concretos pueden hacer del terror de la guerra biológica una herramienta política útil».

Bajo esta orientación, los sucesivos gobiernos estadounidenses que el mundo ha conocido en estas tres últimas décadas, activaron diversas medidas a fin de impedir, bajo cualquier aspecto, el surgimiento de alguna otra potencia -aliada o enemiga- que opaque o frustre el papel que asumiría Estados Unidos como imperio mundial dotado de una supremacía militar presente en todos los continentes, en áreas vitales para el sistema capitalista globalizado, lo que le aseguraría ejercer un control directo de las soberanías del resto de las naciones. Con base en esta directriz, Washington se permitirá intervenir en los asuntos internos de toda nación donde considere amenazados sus intereses o, sencillamente, ambicione sus recursos naturales estratégicos. Todo ello en el marco de un proceso de reestructuración global, iniciado en la convulsiva región del Medio Oriente, cuya máxima expresión es lo aplicado a Irak y a Libia, cuestión se proyectará, con un mayor énfasis, como una guerra justa contra el terrorismo y el narcotráfico internacionales, al modo de las viejas cruzadas medievales europeas. 

Sin embargo, la unipolaridad económica y militar gringa subestimó, o no previó con suficiente sentido de realismo, la posibilidad que Rusia y, luego, China pudieran restarle espacio en la escena mundial, habiendo centrado su atención principal en la destrucción de la República Islámica de Irán, su piedra de contención en el vasto plan de reconfiguración del Oriente Medio; contando para ello con el rol neocolonialista de Israel. 

Otra eventualidad no anticipada por los ideólogos del hegemonismo yanqui fue la situación política creada en Venezuela por Hugo Chávez, a la cual sucedieron y se sumaron procesos similares en Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador y Nicaragua, los que, en conjunto, derrotaron la imposición del Área de Libre Comercio de las Américas y darían vida a organismos multilaterales de integración regional, con la expresa exclusión de Estados Unidos y Canadá. El teatro de operaciones global diseñado por los estrategas del Pentágono y del Departamento de Estado gringos se vería afectado así por tales situaciones, lo que impulsó a los gobiernos de George W. Bush, de Barack Obama y, ahora, de Donald Trump a emprender una política exterior agresiva y a desatar intervenciones militares de distintos rangos en algunos países, en abierta violación a lo estipulado en el derecho internacional con el aval de la Organización de las Naciones Unidas y en aparente defensa de la paz, la libertad y la democracia.  

El reto geopolítico, cultural y socioeconómico que todo lo anterior significa para el complejo industrial-financiero-militar que rige a Estados Unidos, a lo cual se agrega la presencia innumerable de inmigrantes en su frontera sur, ha permitido (o legitimado) que Donald Trump asuma un belicismo más frontal y peligroso que el de todos sus antecesores al frente de la Casa Blanca. La reestructuración del capitalismo globalizado en beneficio directo de un reducido grupo de grandes corporaciones transnacionales requiere disminuir y eliminar cuanto antes semejante reto. Así, la militarización progresiva estadounidense de diferentes regiones estratégicas del planeta, iniciada por James Carter y reforzada por sus sucesores, es complementada por las acciones desestabilizadoras de grupos opositores a los regímenes hostiles a Estados Unidos (como en el caso de Venezuela), alentados, dentro y fuera de sus países, por medios de información encargados de tergiversar y magnificar los hechos que desemboquen en una eventual caída de los gobiernos que afectan (directa e indirectamente, real o aparentemente) los intereses geopolíticos, económicos y de seguridad nacional estadounidenses. 

En un sentido estricto, lo que llamara el entonces presidente George Bush padre el nuevo orden mundial, tras la implosión de la Unión Soviética, exige la puesta en práctica de tácticas y estrategias que contribuyan a asegurarle a su nación una hegemonía global infinita, indisputable e indiscutible. Esto supone la subordinación y eventual erradicación de las autonomías e identidades nacionales y culturales en un mundo dominado por la lógica capitalista neoliberal y, obviamente, por el american way of life. Quien se oponga a este designio imperial será automáticamente calificado como enemigo, lo que justificaría cualquier iniciativa tomada en su contra: elaboración y difusión de noticias falsas, atribución de delitos diversos, sanciones y bloqueos económicos, actividades terroristas, propaganda de guerra y asesinatos selectivos de líderes políticos y sociales, en lo que, sin duda, encaja en la definición de terrorismo de Estado y de crímenes de lesa humanidad, sobre todo cuando se miden sus impactos negativos en los niveles de sobrevivencia de poblaciones enteras. En el status quo pretendido por los jerarcas de Estados Unidos nada que contradiga su visión y misión “civilizadoras” imperiales (imbuida de eurocentrismo al extremo) tiene cabida. 

Como lo refleja Miguel Ángel Contreras Natera en el libro “Una geopolítica del Espíritu. Leo Strauss: La filosofía política como retorno y el imperialismo estadounidense”, a propósito del guerrerismo encarnado por George W. Bush, “la política de la supremacía intenta consolidar, explotar y expandir las ventajas estadounidenses desde una perspectiva nacionalista y unilateral enfatizando el uso preventivo del poder militar y la coerción. Esta fórmula se refiere al peligro representado por el terrorismo transnacional y los Estados canallas”. Los elementos esenciales de la política exterior yanqui siguen siendo los mismos de siempre, ahora extendidos en un contexto internacional dinámico y cambiante donde sus competidores (reales o ficticios), Rusia, China o Irán, tienen también sus respectivas áreas de influencia, a tal punto que se han hecho presentes en el ancho territorio de nuestra América, habitualmente considerado como el patio trasero de Estados Unidos. La paz, la libertad y la democracia que dicha política defiende y proclama no son otra cosa que la mercantilización de cada espacio de vida existente sobre la Tierra, según los principios del neoliberalismo económico globalizado, en lo que constituiría entonces un meta Estado, de alcance transnacional, cuya característica fundamental será la máxima productividad a obtener de todo pueblo subordinado. 

EL CORONAVIRUS Y LA DESHUMANIZACIÓN HUMANA

EL CORONAVIRUS Y LA DESHUMANIZACIÓN  HUMANA


Aparte de disminuir significativamente el turismo internacional, los servicios y el consumo de productos no esenciales en todo el orbe, de una u otra forma, la pandemia del Covid-19 pone de manifiesto la desigualdad de clases existente en la sociedad contemporánea. Lo que resalta a primera vista es que no todas las personas podrán acogerse a la cuarentena social recomendada por los gobiernos y la Organización Mundial de Salud, entre ellos, los indigentes, los trabajadores independientes y los pequeños empresarios; en general, quienes no disponen de un mínimo aceptable de recursos económicos con los cuales sobrevivir holgadamente día a día. De esta manera, extremando esta conclusión, se estarán beneficiando, en un primer lugar, las grandes corporaciones y, en un segundo lugar, se estaría prescindiendo de un porcentaje de la población que, bajo la lógica capitalista, no genera dividendos y representa, según sus cálculos, una carga onerosa para el Estado.
Todo esto demuestra asimismo que el nivel material de existencia humana, la esperanza de vida de la población en general y la bonanza económica infinitos son meras ilusiones creadas  por el capitalismo globalizado, dando paso a unas mayores e injustas condiciones de desigualdad socioeconómica, lo que ha aumentado de modo exagerado y dramático la tradicional brecha que separa a ricos y pobres.


Al referirse a este tema de actualidad, son varios los analistas a nivel internacional que coinciden en afirmar que, más allá del ámbito sanitario, ésto sería el preámbulo de la descomposición irreversible que sufriría el sistema capitalista. Otros hablan de la puesta en marcha de un proceso malthusiano de reingeniería social a fin de adecuar a los seres humanos a las nuevas exigencias e intereses del capital corporativo-financiero  transnacional, lo cual incluye un despoblamiento programado (afectando especialmente a aquellas naciones que son consideradas inútiles u hostiles al régimen de explotación capitalista) y el establecimiento de un Estado militar-policíaco a escala planetaria, encargado de velar por la uniformidad del pensamiento y de mantener a la humanidad bajo una misma disciplina. El horror al contacto humano (entendido como distanciamiento social) cumpliría con este propósito inicial, convenciendo a una mayoría de la necesidad de establecer oficialmente estados de excepción en las naciones afectadas, lo que, al mismo tiempo, contribuiría a modificar los estándares de consumo habituales.Sin embargo, lejos de este efecto, entre mucha gente, el Covid 19 suscitó la necesidad -extrema, en alguna porción- de transformar de modo radical las bases que sostienen la economía y el tipo de sociedad imperantes; lo cual implica poner en marcha un conjunto de acciones que culmine en el desarrollo de una revolución social, política y económica de largo alcance.

 
Como lo refleja François Chesnais, “que el capitalismo encuentre límites que no puede franquear no significa en modo alguno el fin de la dominación política y social de la burguesía, menos aún su muerte, pero abre la perspectiva de que arrastre a la humanidad a la barbarie. El reto está en que quienes son explotados por la burguesía o no están atados a ella encuentren los medios para separarse de su mortífero recorrido”. Esto se ha repetido innumerables veces en el transcurso de la historia. No obstante, en medio de la situación mundial actual existen las condiciones propicias para revisar y revertir por completo el dominio capitalista. El mismo hecho que a los dueños del capital solo les interese pensar en la disminución de sus ganancias antes que en la vida de millones de seres humanos sería suficiente motivo para emprender esta tarea impostergable.

Para lograrla, se requiere confrontar, de manera racional, el resurgimiento de las absurdas supersticiones apocalípticas de la Europa medieval, así como la excusa política de atribuirle el origen de esta pandemia a un vasto plan de dominación diseñado por el gobierno de China -enfrentado al de Estados Unidos por la competencia comercial- lo mismo que a los migrantes que, desde las últimas décadas, han traspasado, principalmente, las barreras fronterizas de Europa y de Estados Unidos, lo que ahora justificaría la necesidad de implementar una cuarentena social absoluta que impida por completo su acceso a estos territorios. Como se puede deducir, el Covid 19 cumple un doble propósito político y económico que, en todo caso, afecta a los países periféricos del sistema capitalista global, desacelerando sus economías y exponiendo su autodeterminación a las conveniencias de quienes controlan dicho sistema, gracias a la posesión de las vacunas y demás insumos utilizados para la contención y erradicación de este flagelo. 

La deshumanización humana (más allá del simple juego de palabras) representa una seria amenaza para todos. El hecho que ella esté destacándose en medio del horror desatado por el Covid 19 exige librar una batalla quizá más exigente que las protagonizadas por pueblos y grupos sociales en lucha por su emancipación y el reconocimiento de sus derechos. Demanda una nueva conciencia ciudadana, unas nuevas relaciones de producción, y una nueva práctica social y política, cuyos ejes principales sean la dignidad, la libertad y el interés colectivos, en plena armonía con el resto de la humanidad y con la naturaleza. Este sería el mejor colofón a lo que enfrentamos y pone en serio riesgo nuestra existencia. 

LA IRRACIONALIDAD LUCIFERINA DEL CAPITALISMO

LA IRRACIONALIDAD LUCIFERINA DEL CAPITALISMO

El capitalismo neoliberal niega la posibilidad de alternativas. Esta es una verdad de Perogrullo. La experiencia vivida en una gran parte de las naciones de nuestra América (muchas de ellas convulsionadas por protestas populares) demuestra que su aplicación está dirigida a fortalecer los grandes capitales, especialmente foráneos, frente a lo cual no sólo quedan desguarnecidos los intereses colectivos sino también los capitales nacionales, en el caso que no se subordinen a aquellos. Dentro de este orden de ideas, se observa el surgimiento de un nuevo eje de desigualdad, con un proletariado nómada expuesto a todo tipo de explotación y penurias, cuya situación se agrava, principalmente, a las puertas de Europa y Estados Unidos, impidiéndoseles sistemáticamente su ingreso; sin excluir lo que viene ocurriendo en el sur de nuestra América con una migración venezolana constantemente acosada por sectores chovinistas que la inculpan de los males sociales y económicos presentes, desde hace mucho tiempo, en sus respectivos países. A toda esta realidad se agrega el alto grado de extractivismo y de contaminación sufrido por la naturaleza en diferentes latitudes, con exiguas e ineficaces medidas aplicadas para reducirlo en función de la preservación de todo género de vida existente en la Tierra; cosa que ha provocado el asesinato de dirigentes campesinos, indígenas y ecologistas que luchan por proteger el entorno natural de la voracidad de terratenientes y empresarios, afanados en solo incrementar sus grandes capitales.      

Dicho de otro modo, como lo señalara Karl Marx, «el capitalismo tiende a destruir sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y los seres humanos». En consecuencia, la irracionalidad luciferina del capitalismo ha conducido a la raza humana -si no se resuelve en un corto tiempo con suficiente sentido de prioridad- a un progresivo estado de destrucción, cuya causa y sintomatología comienzan a ser percibidos a nivel mundial. Esto les ha permitido comprender a numerosas personas, por ejemplo, que la crisis financiera y la crisis migratoria que agitan al mundo contemporáneo se hallan intrínsecamente relacionadas. No son hechos aislados. Esta percepción les incita a organizarse de manera alternativa y a buscar nuevos modos de entender la política y la economía, lo que es visto -como es habitual- como una seria amenaza por los sectores dominantes tradicionales, enlazados en una inseparable red de poder político y de poder económico que se extiende por encima de cualquier precepto preexistente de respeto a la vida, a la democracia y a la soberanía nacional, en una especie de dictadura supranacional o imperio del capital, cuyas decisiones e intereses nos afectan a todos.

Sobre esa base, no se puede soslayar que la realidad económica neoliberal de los últimos tiempos puso en evidencia la inexistencia de la mano invisible del mercado con que los economistas justificaran la usura, las desigualdades y la explotación sin cesar de los trabajadores que caracterizan al capitalismo. Hoy está más claro que nunca que tal mano invisible no es tan invisible como se pregonó desde hace muchos siglos atrás. Ella pertenece (sin disimulo alguno) a los grandes conglomerados que rigen el sistema capitalista global y a las clases gobernantes que lo respaldan, con sus medidas, conflictos bélicos y legislaciones, en desmedro de los derechos y de los intereses de la mayoría. Por ello, no deben causar extrañeza alguna las convulsiones sociales que tienen lugar en disímiles países. Como tampoco las guerras que desangran pueblos enteros en diferentes latitudes del planeta; impulsadas, en su mayor parte, por Estados Unidos y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, a lo que se agregan las políticas de ajuste estructural impuestas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Todo ello forma una contrarrevolución programada, cuya resultado visible es una pauperización masiva de la humanidad, obligando a quienes la integran a adoptar un enfoque esencialista que les hace prescindir de todo sentido de solidaridad al mismo tiempo que son sobreexplotados (sin derechos) por los propietarios de los grandes capitales. -        

 

NUESTRA AMÉRICA, TERRITORIO PERENNE DE LA UTOPÍA

NUESTRA AMÉRICA, TERRITORIO PERENNE DE LA UTOPÍA

Nos ha correspondido como continente (desde los albores de la invasión europea a estas tierras) el destino de ser el escenario propicio de la Utopía imaginada por el inglés Tomás Moro. Cuestión que fue recreada primeramente (con pocas variaciones) por los teóricos de la independencia de las colonias hispanoamericanas, y luego, bajo la influencia de Marx, Engels y Lenin, por quienes enarbolaran las banderas de la lucha por el socialismo revolucionario. Un elemento que ha dejado su huella en los pueblos de nuestra América, los cuales (a pesar de la gran influencia ejercida desde hace siglos por el eurocentrismo) no dejan de luchar por hacer realidad esta particular utopía. Así sea -en algunos casos- por simple instinto político, como acaeciera luego de la liberación política de la vieja España cuando un importante porcentaje de la población marginada acompañara a caudillos providenciales que prometieron cambios que sólo se plasmaron a nivel retórico.

Sin embargo, el esquematismo y el dogmatismo con que fuera abordada esta Utopía en la etapa histórica del siglo XX a través del socialismo revolucionario -siguiendo el patrón impuesto por el burocratismo soviético tras la desaparición física de Lenin- impidieron que la misma se desarrollara de una forma totalmente amplia, crítica y creadora. Las convergencias y las divergencias que esto produjera entre muchas organizaciones políticas de la izquierda no contribuyeron a disipar la desconfianza creada entre nuestros pueblos por los sectores dominantes, sobre todo cuando los debates no pasaban de ser meras adhesiones a uno u otro de los teóricos de la revolución socialista que poco tenían que ver con las necesidades y las condiciones específicas de estas naciones. La simple enunciación escolástica que se acostumbró entre varios de estos movimientos políticos (persistentes en la actualidad) entorpeció la realización práctica y coherente de un verdadero socialismo revolucionario, impulsado por una conciencia política revolucionaria que fuera capaz de superar las contradicciones socioeconómicas del orden establecido en vez de suavizarlas o de tratar de coexistir con ellas. Simultáneamente, se obstaculizó el disfrute y el acceso a los grandes y múltiples avances científicos y tecnológicos ocurridos en medio siglo, a la cultura y a los bienes materiales que podrían redundar en el desarrollo y la emancipación integral de los pueblos de nuestra América; dejando todo en manos de una minoría persistentemente insatisfecha con su avaricia.  A ello se agregó también la visión mecanicista de la historia -tan al gusto de sus representantes y apologistas-, así como la anulación de la individualidad y la disolución del individuo en la masa absorbida y alienada por el consumismo, según los patrones establecidos por el capitalismo.

En este contexto, la necesidad histórica de erigir una opción realmente revolucionaria no hace sino imponerse. La implantación del modelo económico neoliberal capitalista ayudó a crear un fermento favorable para crearla y hacerla viable. La realidad económica neoliberal de los últimos tiempos puso en evidencia la inexistencia de la mano invisible del mercado con que los economistas justificaran la usura, las desigualdades y la explotación sin cesar de los trabajadores que caracterizan al capitalismo. Hoy está más claro que esa mano invisible no es tan invisible como se pregonó desde mucho tiempo atrás. Ella pertenece a los grandes conglomerados que rigen el sistema capitalista global y a las clases gobernantes que respaldan, con sus medidas, conflictos bélicos y legislaciones, los intereses de tales conglomerados, en desmedro de los derechos y los intereses de la mayoría.  

Vale concluir que “esta vez no tenemos oportunidad de volver a equivocarnos, lo que antes fue ingenuidad o desconocimiento, hoy sería mera estupidez, que la historia no va a perdonarnos”, como afirmara Celia Hart Santamaría en el prólogo de la obra de Carlos Tablada, “El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara”. Nuestra América (vistas todas sus potencialidades, en especial aquellas que se derivan de su legado multiétnico) podría, entonces, cumplir con ese destino de ser el escenario propicio de la Utopía. Sería el  territorio perenne donde (sin pecar de ilusos) todo individuo hallaría, en definitiva, su verdadera emancipación, aquella que le restituya su condición humana, en armonía con sus semejantes y la naturaleza. -