Blogia

Homar_mandinga

LA REBELDÍA POPULAR COMO ANTESALA DE UN NUEVO MODELO CIVILIZATORIO

LA REBELDÍA POPULAR COMO ANTESALA DE UN NUEVO MODELO CIVILIZATORIO

Es harto significativo que en el relato inicial de la Biblia la primera reseña sobre la rebeldía humana se asocie a la adquisición de conocimiento. Queda así registrado que la inquietud y la búsqueda del conocimiento del bien y del mal provino, primeramente, de Eva, lo cual es doblemente un elemento relevante por las consecuencias derivadas de su acción, lo que acarreó no únicamente sus dolores de parto sino su subordinación como cónyuge de Adán, sentándose el precedente sagrado y, por consiguiente, totalmente "incuestionable" respecto al rol que les correspondería asumir, desde entonces hasta nuestros días, a las mujeres en la sociedad patriarcal.

En el mismo relato queda en evidencia, por otra parte, que “el Dios de la cristiandad -como lo enuncia José Romero Lossaco en La invención de la exclusión- no dialoga con nadie, no necesita el acuerdo creador, él es uno, es la verdad y la verdad no dialoga, es única”; un rasgo que se extenderá a la colonialidad, desde el arribo de Colón y sus huestes a lo que sería América hasta el siglo presente, conformando un modelo civilizatorio basado en el racismo y el eurocentrismo, lo que, redundando, hará ver como inferior ante Europa la cultura de los demás pueblos del mundo. 

La noción de rebeldía sería entonces algo condenable, si atendemos a tal relato, al igual que el mito griego referido al titán Prometeo, especialmente por lo que ella representa -no sólo en el plano estrictamente teológico- también para las clases gobernantes y el orden establecido. Sean cuales sean las épocas y el espacio geográfico donde ésta se haga sentir y adquiera fisonomía.

El cuestionamiento resultante es reprimido, generalmente de un modo cruento y, en otras ocasiones, de un modo sutil, apenas percibido por la mayoría de las personas. En todo caso, desde las alturas del poder se pretende que los rebeldes reparen y se convenzan por sí mismos de la inutilidad de su esfuerzo por transformar lo existente. De no prosperar tal propósito, se le somete a la misma suerte padecida por Eva y Adán al expulsárseles del Paraíso, sólo que en los tiempos modernos esta medida puede entrañar la persecución y el encarcelamiento de los involucrados (con su respectiva dosis de aislamiento y torturas) y, en situaciones extremas, asesinatos y desapariciones; como acaece de manera cotidiana en nuestra América; sin mucho escándalo de la gente de "bien". Además de tales medidas, las clases dominantes han conseguido que los mismos sectores populares (a favor de los cuales está dirigida la acción liberadora de quienes encarnan la rebeldía, sobre todo, de carácter político) se hagan eco de la condena en contra de todo aquel que intente deslegitimar su régimen de dominación; aún en las circunstancias más inocuas.

Por eso la rebeldía (con causa, dirán algunos) debe entenderse en un plano que supere la mera reivindicación de lo individual. Ella está llamada a generar una reacción general que permita cambiar no sólo el factor que la desencadena sino todo el sistema vigente. Al plantearse tal situación, hay que reflexionar (sin ser cosa nada novedosa) que toda rebeldía tiene un punto de partida. Cada gesto, cada acción y cada pensamiento. No es casual, por tanto, que ésta se manifieste contraria a un orden injusto, ya sea político, económico, social, cultural o religioso; extendiéndose tanto en el ámbito familiar como al resto de los ámbitos en que se desenvuelve cada ser humano. Pero, esta rebeldía carecerá de una base de sustentación sólida si no desentraña a profundidad el dónde, cuándo, cómo, porqué y para qué de todo aquello que llegue a cuestionar.

Ello facilitaría que mucha de esta rebeldía se canalice apropiadamente -sin consentir en la coptación de los poderes fácticos, como ocurre en muchas ocasiones, de forma que su accionar contribuya al logro de una verdadera emancipación social de la humanidad.No fueron los conformistas quienes abrieron, por cierto, los caminos de la evolución social. Tampoco las minorías dominantes (al menos, no de una manera del todo desinteresada). Fueron los rebeldes. Cada uno de un modo distinto, pero efectivo; a pesar del tiempo que pudo mediar entre su momento inicial y el resultado final, como ocurriera con Mahatma Gandhi, Martin Luther King o Nelson Mandela, aplicando métodos de lucha similares.

De igual forma, podrán citarse como ejemplos aquellos que recurrieron al uso de las armas o a quienes -desde el campo científico, artístico e intelectual- contribuyeron a modelar, de uno u otro modo, la sociedad presente. La rebeldía, por tanto, no se limita a un orden, una edad, una nacionalidad, una religión o un grupo social específicos. En la era de la globalización y de la utilización de las tecnologías de la información -con un sujeto de rendimiento, ajustado a los esquemas de explotación favorables al capitalismo neoliberal- es necesario que este tipo de rebeldía se interconecte con otras expresiones válidas de rebeldía, ya no por lo que tienen en común (enfrentando cada una a su modo y según sus visiones particulares las estrategias de dominación que atentan contra la autodeterminación, la paz y la libertad de los pueblos en todo el orbe) sino porque, juntas, harán más factible el logro de sus propias metas.

No obstante la diversidad de hechos y luchas distantes y distintas, se puede concluir que éstas apuntan al desmontaje y/o la reestructuración de todo el modelo civilizatorio contemporáneo, marcado y sustentado de una forma general por la lógica capitalista. Una muestra de ello es la rebeldía popular protagonizada, desde finales de 2018, por los chalecos amarillos en Francia. Una rebeldía generalizada que derrumbaría, de proponérselo, toda la armazón del orden vigente de la nación francesa, el cual -básicamente, como pasa en casi la totalidad de la geografía terrestre- impide el reconocimiento del "otro" como ser humano que es, al que le es lícito, además, reconocerle sus aspiraciones de vivir en unas condiciones plenamente garantizadas de igualdad, fraternidad y libertad. -

LA DIVERSIDAD SOCIOCULTURAL Y EL DECLIVE DEL SISTEMA-MUNDO

LA DIVERSIDAD SOCIOCULTURAL Y EL DECLIVE DEL SISTEMA-MUNDO

En «Ernesto Che Guevara y las fuerzas morales de la historia. Prólogo a la edición boliviana de En la selva. Los estudios desconocidos del Che Guevara (A propósito de sus Cuadernos de lectura de Bolivia)», Néstor Kohan nos descubre que «en la tradición de la memoria popular, se encuentra resumido “el ADN” de las luchas presentes y futuras. No son slogans ni imágenes publicitarias retocadas con los programas de computación Photoshop o Affter Effects, videoclips de marketing electoral, consignas de ocasión o discursos fabricados en serie para medir en las volátiles encuestas de opinión. No tiene que ver con un corto número de caracteres de Twitter, dos fotos de Instagram, tres mensajes de Whatsapp ni cualquier recurso de la última red social de moda. No. Se trata de algo infinitamente más simple e inconmensurable: ejemplos de vida que marcan al rojo vivo las decisiones vitales de millones de personas cada mañana, cada mes, cada año. Coherencia entre el sentir, el pensar, el decir y el ser. Unidad viviente de proyectos imaginados, objetivos propuestos y planes terrenales para llevarlos a la práctica jugándose el pellejo en lo que se predica, se escribe y se dice».

 

Una cadena de eventos suscitados en, por lo menos, los últimos treinta años de historia de la humanidad corroboran dicha afirmación; en el caso de nuestra América, la insurgencia popular del «Caracazo» en Venezuela en 1989 que hizo añicos la ilusión de armonía creada por las minorías dominantes gracias a la renta petrolera y la protagonizada, a su vez, a comienzos de 1994 por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en México, lo que supuso el abordaje de la realidad política, económica, cultural y social de este país de un modo novedoso, según la perspectiva de aquellos que, desde la época colonial, siempre fueran invisibilizados por las minorías hegemónicas de la sociedad mexicana. Igual podrá citarse la larga lucha emprendida por los movimientos campesinos y ambientalistas por la posesión de las tierras y la preservación de la naturaleza frente a la insaciable voracidad mercantilista de los grandes consorcios transnacionales, responsables en gran parte de la catástrofe climática que se cierne sobre todo nuestro planeta. A ellos se suman, en un sentido más general, las organizaciones feministas, sexo-diversas, estudiantiles, gremiales y, más recientemente, los «chalecos amarillos» en Francia, entre otras más que pudieran resaltarse, en constante defensa de sus derechos.

 

Todas ellas coincidentes en cuanto al principal enemigo a atacar: el viejo Estado burgués liberal como soporte visible del sistema capitalista mundial. O lo que otros, sin carecer de razón, denominan el sistema-mundo.Tal cadena de eventos, también pone sobre el tapete un rasgo común aunque se trate de soslayar, convirtiéndolo en algo meramente circunstancial y, en algunos casos, simplemente emocional: El temperamento revolucionario de los sectores populares aflora y se somete a prueba toda vez que las distintas instituciones del Estado fallan en el cumplimiento de sus deberes y dejan de ser, así, garantes confiables de sus derechos constitucionales.

 

Por otra parte, vale resaltar que, debido a la lógica del capitalismo neoliberal, la cual tiende a imponer la preeminencia del éxito individual frente a las necesidades y los intereses colectivos, estos movimientos y grupos se han visto obligados a confrontar igualmente la creciente depreciación de los valores de la convivencia que han sido patrimonio intangible de los pueblos. Esto concuerda con la conclusión a que llegara Murray Bookchin, historiador, profesor universitario, investigador, ideólogo y activista ecologista de origen estadounidense, respecto a que «la vida urbana en la metrópolis moderna vive una situación de anonimato, de atomización social y de aislamiento espiritual que prácticamente no tiene precedente en la historia humana. Hoy en día, la alienación humana es casi total. En el espacio urbano, las prácticas de cooperación, de ayuda mutua, de simple hospitalidad y de decencia se han reducido de manera alarmante». Toda esta descomposición no parece casual. Ella le conviene hartamente a quienes controlan el mercado capitalista global por lo que la diversidad sociocultural de nuestros pueblos es vista como una seria amenaza que debe conjurarse a corto o mediano plazo, con cualquier recurso, incluyendo el asesinato selectivo de dirigentes populares (como sucede de un modo habitual en México, Centroámerica y Colombia) y la promoción sistemática de noticias falsas que desencadenen revueltas y atentados terroristas que deslegitimen a cualquier régimen que se oponga a sus pretensiones hegemónicas.

 

Cuestionadas y puestas en tensión, las estructuras de dominación establecidas(siendo, en su mayoría, muy similares entre sí) tienden a vincularse y a reforzarse bajo el pretexto permanente de una lucha interminable contra factores que van cambiando, incluso, de fisonomía, pero casi siempre externos, a los cuales es preciso erradicar para devolverles la paz y la seguridad a los ciudadanos, aun cuando ello suponga violar todo precepto y todo derecho conocidos. Esto complica el accionar de los distintos movimientos que, en un grado menor o mayor, son estigmatizados como subversivos y/o terroristas (como sucede de forma habitual con los mapuches en Chile y, extremando el ejemplo, con los palestinos), aprovechándose de los mecanismos de control y represión a disposición del Estado. Ya esto no se limita a acciones encubiertas, al estilo del Plan Cóndor ejecutado durante los años setenta por las dictaduras del cono sur latinoamericano bajo el patrocinio y la asesoría de la CIA estadounidense. 

 

Ahora se configura de una manera pública y abierta una internacional autoritaria pro fascista (otros la definen con términos diferentes, pero todos coincidentes en cuanto a lo que ésta representa), con Estados Unidos al frente, que podría precipitar situaciones graves en el terreno interno y externo de cada país al acordar y ejecutar acciones extraterritoriales y extralegales en beneficio de sus objetivos e intereses (del modo como se hace con Cuba, Nicaragua y Venezuela, por decisión unilateral de Donald Trump y su equipo de gobierno ultra reaccionario); conformando un gobierno corporativo que abarque toda la extensión de la Tierra. Esta última amenaza pudiera contenerse de una manera más efectiva que el poder de disuasión militar conjunto de China y Rusia si la diversidad de grupos, movimientos y organizaciones sociales armaran una estrategia común, extraída de lo que hasta ahora se les niega y del conocimiento adquirido respecto a lo que son, principalmente, el Estado burgués liberal y la economía capitalista, dada su estrecha conexión e historia. 

EL SOCIALISMO "CON CARACTERÍSTICAS CHINAS": ¿SOCIALISMO DE MERCADO O RESTAURACIÓN CAPITALISTA?

EL SOCIALISMO "CON CARACTERÍSTICAS CHINAS": ¿SOCIALISMO DE MERCADO O RESTAURACIÓN CAPITALISTA?

Tras la muerte de Mao Tse-Tung, en China se fue instaurando lo que sus gobernantes comenzaron a denominar un modelo de “socialismo de mercado”, lo que ha obligado a muchos economistas y analistas políticos de todo el mundo a dilucidar en qué consiste y cómo éste le ha permitido al gigante asiático erigirse como la mayor potencia económica, por encima de aquellas que, como Estados Unidos, ocuparan desde mucho tiempo atrás los primeros lugares en el sistema económico capitalista mundial, amenazando su hegemonía.

En apariencia, este “socialismo de mercado” no estaría contraviniendo los principios fundamentales del marxismo aunque se evidencien al mismo tiempo unos crecientes grados de explotación, plusvalía y desigualdad social que lo equiparan con el neoliberalismo capitalista. A ello se añade el surgimiento de una clase privilegiada, integrada por la alta burocracia del Estado y del Partido Comunista, lo que -a la luz de los teóricos clásicos del socialismo- constituiría una desviación de los parámetros revolucionarios tradicionales.

Como destaca Claudio Katz en su artículo China: Un socio para no imitar, “toda la generación de ahijados del viejo liderazgo comunista maneja las grandes compañías. Allí se concentra la nueva élite. Basta observar que un tercio de los 800 individuos más ricos del país son miembros del PCCH (Partido Comunista de China)”. Este último elemento es lo que hace conjeturar a muchos analistas económicos que en la República Popular China se produjo un renuevo capitalista, pero con unos ribetes propios, dada la singularidad de su historia política o lo que algunos también llaman “socialismo con características chinas”.

Este socialismo "con características chinas" no deja de llamar la atención a nivel mundial gracias al extraordinario desarrollo económico alcanzado desde 1978 cuando comenzaran las reformas impulsadas bajo el liderazgo pragmático de Den Xiaoping, cuya frase emblemática “no importa que el gato sea blanco o negro, mientras pueda cazar es un buen gato” marcó el ascenso de su país como nueva potencia en el panorama mundial. Si bien es cierto que el conjunto de reformas adoptadas en el terreno de la economía auguraba una expansión del capitalismo neoliberal en el inmenso territorio chino, facilitándole condiciones más lucrativas a las empresas que allí funcionaran, el Estado mantuvo un control indiscutible de elementos económicos fundamentales; diferenciándose en este aspecto de la ortodoxia aplicada en la extinta Unión Soviética y las naciones bajo su órbita.

Sin embargo, en su artículo El “socialismo de mercado” chino, Alejandro Teitelbaum refiere que “China, no constituye una alternativa al neocolonialismo -económico, político y militar- practicado por las grandes potencias occidentales, con USA a la cabeza, y sufrido por numerosos países de todas las regiones del mundo, sino que es un relativamente nuevo y poderoso actor -con características y estrategias específicas- en el bando de las potencias neocoloniales. Dentro del cual se disputan zonas de influencia y ámbitos económicos y financieros sobre el fondo de una cierta convivencia pacífica basada en la necesidad de preservar el statu quo capitalista a escala mundial”.

En el presente, con Xi Jinping se estableció oficialmente adecuar los aportes teóricos de Karl Marx al contexto chino. Con tal propósito, se impone el cumplimiento de una agenda durante los próximos años, cuyo contenido, entre otras cosas, resalta el papel preponderante del Partido Comunista de China sobre las fuerzas armadas y todo el proceso del trabajo; así como la garantía que cada dimensión de la gobernanza esté basada en la ley; un enfoque centrado en el pueblo, de modo que éste sea quien administre la nación; la profundización de la reforma de una manera integral, aumentando la calidad de vida, acompañada de una nueva visión para el desarrollo, y la defensa del principio de "un país, dos sistemas", tendente al logro de la reunificación nacional. En el plano internacional, China promovería la construcción de una comunidad de destino en la cual se inserte toda la humanidad, sin que signifique asumir el rol imperialista de otras potencias, cosa que la clase política de Estados Unidos ve con mucho recelo, desatando una guerra comercial contra ésta a fin de contener su auge económico y preservar su habitual hegemonía.

Según la visión de los gobernantes chinos, la economía de mercado sería un instrumento, no un fin en sí mismo, dotado de autonomía o independencia frente al resto del conjunto social, como ocurre regularmente en las naciones situadas en Occidente. Esto, sin embargo, no terminaría de explicar el gran auge económico, tecnológico y militar que se observa en China y que mantiene en expectativa a sus mayores competidores, resaltando Estados Unidos entre los más destacados, mientras en algunas naciones de nuestra América (entre ellas, Venezuela) se busca adoptar sus esquemas de crecimiento, obviando todo lo referente al acervo cultural acumulado por dicho país, el cual ha resultado ser un elemento primordial a la hora de colocarlo en el sitial que ahora éste ocupa en el escenario internacional, incluyendo lo iniciado por Mao Tse-Tung.

CRISIS ECONÓMICA Y CRISIS ECOLÓGICA: MANIFESTACIONES DE UNA CRISIS CIVILIZATORIA GLOBAL

CRISIS ECONÓMICA Y CRISIS ECOLÓGICA: MANIFESTACIONES DE UNA CRISIS CIVILIZATORIA GLOBAL

Expuesta a una vulnerabilidad ascendente y extrema, a la humanidad entera se le plantea actualmente resolver con diligencia y sensatez los graves problemas de contaminación ambiental causados -principalmente- por el sistema capitalista. Algo que no se podrá obviar aunque sus apologistas afirmen todo lo contrario. La prueba es el cambio climático (más bien, la catástrofe climática) que amenaza con barrer todo vestigio de vida sobre la Tierra. Esto, no obstante, es reiteradamente negado por sus principales beneficiarios -representados por las grandes corporaciones transnacionales que explotan recursos naturales de una diversidad de naciones y controlan a su antojo el mercado internacional capitalista- haciendo creer que todo ello es normal y es el precio que se ha de pagar para alcanzar y disfrutar las bondades del progreso.Mientras algunos dirigentes políticos, algo más conscientes que otros, probablemente presionados por la opinión pública, consideran que sólo bastan algunas regulaciones acordadas por los gobiernos, al estilo del Protocolo de Kioto o la Convención sobre Cambio Climático, otros hacen gala de una completa ignorancia respecto a dicho tema, cuyo ejemplo más inmediato es el presidente Donald Trump.

Posiciones que no ayudan a definir con mayor claridad el meollo de este delicado asunto, dejándolo en un segundo plano. En este caso, la solución implica una revolución en términos absolutos que transforme por completo el modelo civilizatorio actual, el cual -no está de más recordarlo- se basa en la lógica capitalista y crea un cúmulo de contradicciones y de relaciones de poder que pone en constante tensión a la mayoría de los ciudadanos, afectados, directa e indirectamente, por éste. 

Tal como lo denota Win Direckxsens en La transición hacia el postcapitalismo: el socialismo del siglo XXI, “el incremento en la velocidad de la rotación del capital significa una intensificación en la explotación de recursos naturales. El ritmo de reproducción de capital supera cada vez más el ritmo de reproducción en la naturaleza. Esta tendencia se desarrolla a costa de la naturaleza y en detrimento del medio ambiente, algo que ya se manifiesta a gritos a partir de los años setenta”. Como se ve comúnmente en el caso de las naciones sudamericanas que comparten la variada y rica extensión territorial de la Amazonía (preservada desde hace siglos por los pueblos originarios que la habitan), la cual es blanco de la mirada codiciosa de las grandes corporaciones transnacionales por la biodiversidad y la gran porción de recursos minerales estratégicos que alberga, todos indispensables para la continuidad del estilo de vida consumista de Occidente, causante principal del alarmante deterioro medioambiental sufrido a escala mundial.

Para muchos analistas, la crisis económica a nivel global se revela paralelamente con la crisis ecológica suscitada, de un modo general y constante, por el capitalismo, lo que conduciría, a su vez, a entablar un serio cuestionamiento de lo que representa el modelo civilizatorio actual para la sobrevivencia de todo género de vida en la Tierra. Es vital comprender que el     sistema capitalista es víctima de la paradoja de no poder no expandirse; es decir, si éste permanece estable, se estanca y muere, cuestión que no importara mucho si la misma no representara un holocausto general, de incalculables proporciones. Es imperativo que se geste cuanto antes una justicia social y ambiental en armonía con la naturaleza. No sólo en interés del beneficio humano.

Hacen falta, por tanto, unas nuevas o renovadas cosmovisiones que hagan parte a los seres humanos de la naturaleza, de un modo similar a las observadas en todos los pueblos originarios que han mantenido un estrecho vínculo con su entorno, sin que ello se interprete como una regresión utópica automática sino como la necesidad de emprender un nuevo rumbo civilizatorio, diferente en mucho (o en todo) al existente. 

EL GUAIDONISMO, ELEMENTOS DE UNA «DOCTRINA» SERVIL

EL GUAIDONISMO, ELEMENTOS DE UNA «DOCTRINA» SERVIL

Sea o no un producto de las escuelas o agencias de adoctrinamiento proimperialista (tipo USAID o NED), el autoproclamado presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó, inició lo que sería en lo adelante un elemento importante de las estrategias injerencistas diseñadas por el imperialismo gringo para preservar su hegemonía en la amplia región de nuestra América; mostrando así, sin ningún disimulo, el alto grado de servilismo, dependencia y/o identidad ideológica de la derecha local con respecto a la clase dominante de Estados Unidos.

En consecuencia, la "doctrina" guaidonista está orientada, fundamentalmente, en reivindicar la política permanente de agresión y de tutelaje del imperialismo gringo en cuanto al derecho a la autodeterminación de nuestros pueblos, sintetizada en el monroísmo y el corolario Roosevelt. Gracias a ello, el gobierno de Donald Trump ha podido mantener y extender los planes de desestabilización contra el gobierno de Venezuela, contando esta vez con la incondicionalidad de los sectores derechistas internos, así como con la complicidad de los gobiernos de naciones vecinas, interesados como están en destruir cualquier referencia de origen izquierdista que pueda afectar el curso de sus respectivas gestiones. Además, esta parcialidad de los grupos opositores puso sobre el tapete su falta de conciencia patriótica y/o nacionalista y su completa disposición en ejercer el poder en Venezuela de una manera excluyente y totalmente subordinada a los dictados y a los intereses geopolíticos y económicos estadounidenses, como nunca se mostraran antes las clases dominantes de este país. 

El "guaidonismo" vendría a ser, por consiguiente, una negación abierta a todo lo que es el bolivarianismo, aún más que el rechazo visceral a lo simbolizado por el chavismo. De ser lo contrario, sus principales personeros no habrían concordado, de ningún modo, en avalar, al precio que fuera, las intenciones belicistas del inquilino de la Casa Blanca, dadas las graves repercusiones que éstas tendrían para la población venezolana como también para la paz del  hemisferio. En lugar de ello, habrían hecho valer en todo momento el Estado de derecho y de justicia social contemplado en la Constitución venezolana, pero prefirieron -como siempre lo han hecho, desde 1999, incluyendo la ejecución de un golpe de Estado mediático de escasa duración- saltarse los mecanismos tradicionales de la democracia e interpretar a su modo aquellos que puedan servirles para derrocar al gobierno de Nicolás Maduro.

Otros de sus elementos característicos son la constante negación de la democracia ejercida por los sectores populares y la justificación de la violencia como herramienta política. Según sus representantes, la división y la violencia sociales provendrían de quienes respaldan a Maduro (como antes con Hugo Chávez), por lo que las acciones terroristas emprendidas por los grupos extremistas opositores serían una respuesta lógica (y hasta plausible) ante un régimen dictatorial que no tiene contemplaciones a la hora de impedir cualquier asomo de disidencia y de reclamo de los derechos constitucionales vigentes. Una tramoya que tiene su base de sustentación en la generación y repetición de noticias falsas a través de redes sociales y medios informativos de toda índole, nacionales e internacionales, que superan lo logrado hace casi un siglo atrás por el ministro de propaganda del régimen nazi de Alemania. Su continuidad y sistematización, sin embargo, no han logrado convencer a la mayoría de la población sobre la bondad de sus acciones, pese a las quejas legítimas que ella expresa ante los innegables niveles de corrupción y de desabastecimiento existentes en el país; cuestión que Guaidó y su gente buscan precipitar valiéndose de las amenazas de intervención militar proferidas de manera reiterada por la administración Trump. 

Como un común denominador, entre los guaidonistas existe la convicción que la situación de crisis económica en que se encuentra Venezuela (causada, precisamente, por los sectores de la derecha que decretaron el sabotaje de PDVSA y el paro empresarial contra Chávez, entre otras iniciativas de igual propósito) se podrá superar mediante la aplicación de las medidas económicas recomendadas, tan a su gusto, por el capitalismo neoliberal globalizado. Su efecto propagandístico ha permeado con más eficacia la mentalidad de las capas medias, las cuales, por cierto, reproducen sin mucho empacho el discurso racista y anticomunista de quienes secundan el intervencionismo imperialista en este país. Su apuesta al capitalismo neoliberal es, por demás, notoria, negando de plano las diversas medidas de inclusión y justicia social, de redistribución de la renta petrolera a favor de los sectores sociales más necesitados, de soberanía nacional y de transformación del aparato productivo, entre otros elementos que contradicen la política de ajustes auspiciada por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, de acuerdo a los parámetros neoliberales. Quizás éste sea el elemento aglutinador de mayor relevancia del guaidonismo: la ilusión de vivir el "american way life" en suelo venezolano, así ello signifique eliminar la democracia y la soberanía del país en beneficio del mercado, como lo dejan entrever la dirigencia opositora y sus patrocinadores extranjeros en sus declaraciones a los diferentes medios de información. -

EL CAPITALISMO NEOLIBERAL Y EL SUJETO DE RENDIMIENTO

EL CAPITALISMO NEOLIBERAL Y EL SUJETO DE RENDIMIENTO

El antiguo concepto que catalogó por mucho tiempo a la economía como la ciencia encargada  del estudio de la producción de los medios de vida para satisfacer las necesidades de toda la sociedad pasó a ser, bajo la influencia del neoliberalismo capitalista, en la ciencia dedicada al estudiode los mercados y de la minimización de costos y maximización de ganancias; lo cual se traduce en la imposición de un individualismo economicista que descarta cualquier medida favorable a la mayoría de los seres humanos que no sea vista como una inversión redituable. Esto influye en el surgimiento de una progresiva eliminación de la empatía que debiera existir entre las personas (incluso a nivel familiar), lo que dificulta la factibilidad de algún tipo de lucha mínima para la satisfacción de objetivos y necesidades comunes.

Así, sin echar mano a un análisis demasiado complicado, se observa cómo la humanidad se halla subordinada, de un modo u otro, directa e indirectamente, a la lógica de la acumulación y reproducción de capitales manejados (sin control efectivo de muchos gobiernos) por las grandes corporaciones transnacionales, principalmente aquellas de origen estadounidense. Esto hace que mucha gente alrededor del planeta estime que, fuera del sistema capitalista, no existe opción alguna, por lo que cualquier esfuerzo debe orientarse a la regulación de su funcionamiento, con mejoras o reformas que le den un cariz más humano y equitativo, de manera que faciliten reducir los escandalosos abismos existentes entre ricos y pobres; cuestión ésta que ha resultado infructuosa en cada nación donde se pretendió hacerse, como ocurriera en Chile en el siglo pasado bajo la presidencia de Salvador Allende o en la actualidad con Venezuela. Gran parte de quienes comparten esta visión del capitalismo con "rostro humano" olvidan que «las relaciones socialistas capitalistas no son precisamente -como lo afirma Miguel Mazzeo en su libro “¿Qué (no) hacer?”- las más adecuadas para el desarrollo espontáneo de la horizontalidad y la autonomía»; es decir, el fomento y la práctica de la democracia (o soberanía popular) no encajan en lo que es el sistema capitalista, sobre todo neoliberal, por lo que generalmente éste actúa en su contra si percibe que puedan afectar gravemente sus intereses.

Para alcanzar sus propósitos, el capitalismo neoliberal requiere de una nueva clase de sujetos que se adapten sin coacción de por medio al mundo modelado a su gusto. En «Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder», el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han los llama sujetos de rendimiento y explica que «el neoliberalismo, como una forma de mutación del capitalismo, convierte al trabajador en empresario. El neoliberalismo, y no la revolución comunista, elimina la clase trabajadora sometida a la explotación ajena. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la lucha de clases se transforma en una lucha interna consigo mismo». Esto ocasiona que «el sujeto neoliberal como empresario de sí mismo no es capaz de establecer con los otros relaciones que sean libres de cualquier finalidad. Entre empresarios no surge una amistad sin fin alguno»; de ahí que no muestre mucho interés en sumarse a iniciativas de lucha que promuevan la profundización de la democracia (expresada en la vigencia del Estado de Bienestar con que se buscó disminuir la atracción por el comunismo entre los trabajadores y cuyo desmantelamiento operativo, además de su total control, es un requisito indispensable para la consolidación del capitalismo neoliberal), así ello signifique disminuir, sacrificar o perder todos los derechos sociales y políticos hasta ahora consagrados por vía constitucional.

A pesar de la existencia de este sujeto de rendimiento del capitalismo neoliberal, han surgido en el horizonte unos nuevos paradigmas y unas nuevas relaciones sociales, así como la necesidad de reorientar la producción hacia el bien común. Estos son los elementos distintivos de la diversidad de grupos y movimientos que se han organizado de forma autónoma frente a la hegemonía neoliberal, mostrándose capaces de prefigurar un orden social hasta ahora diferente y, por consiguiente, inaudito. Entre sus características más resaltantes se encuentran la cooperación, la complementariedad, la utilidad social y la reciprocidad que, de llevarse a una expresión de alto grado, le otorgará a la democracia un mejor sentido del que posee en la actualidad, al hacer realidad la participación y el protagonismo de los sectores populares sin que exista algún factor de poder que pueda coartarlos bajo ningún concepto o excusa.

Esta herejía, interiorizada por los sectores subordinados, rompe -si no de una manera absoluta, como se quisiera, sí en alguna proporción significativa- con la lógica impuesta por los sectores dominantes. A diferencia del sujeto de rendimiento, tan acorde con el capitalismo neoliberal, quienes participan en este proceso de organización, sobrevivencia y resistencia colectiva comparten la necesidad de avanzar hacia nuevos derroteros de desarrollo integral de todo el conglomerado social (no simplemente de una minoría) y se convierten -de modo consciente o no- en los precursores del establecimiento de un modelo civilizatorio que bien podríamos llamar postcapitalista, con gobiernos de bienes comunes, que respondan al interés general (incluido en éste la naturaleza) y no en beneficio exclusivo (como viene ocurriendo) de las grandes corporaciones monopólicas capitalistas. - 

MÁS QUE UNA BURGUESÍA “REVOLUCIONARIA” O UNA BURGUESÍA PARAESTATAL

MÁS QUE UNA BURGUESÍA “REVOLUCIONARIA” O UNA BURGUESÍA PARAESTATAL

Más que una "burguesía revolucionaria" (al decir de Wilmar Castro Soteldo) lo que existe en u sería una "burguesía paraestatal (al decir de Douglas Bravo), no como una clase social propietaria, pero sí usufructuaria de los beneficios de la renta petrolera e incapaz de toda inversión independiente, sin contar con el amparo y las divisas que pueda obtener del Estado.

Dado que ambas posiciones parecieran partir de una misma realidad, sería necesario precisar que ésta responde, sencillamente, a la preservación de sus propios intereses en lugar de contribuir, de buena gana, con una redistribución social de la riqueza nacional como bien común, lo que le permitiría a la mayoría de la población nacional disfutar de unas mejores condiciones materiales de vida. En consecuencia, aun cuando en algún momento los intereses burgueses lleguen a coincidir en algún grado con los intereses populares (como ocurriera al estallar la Revolución Francesa de 1789 o el 23 de enero de 1958 al derrocarse al gobierno de facto del general Marcos Pérez Jiménez) sería ingenuo pensar que aquellos terminen por supeditarse a estos últimos; reduciéndose o eliminándose en alguna medida la lógica capitalista. Posiblemente se esté pensando en China y su alto desarrollo económico, lo cual no podría explicarse bajo la óptica eurocentrista u obviando su historia milenaria, dada su singularidad.

No obstante, podría afirmarse que la originalidad china (al reivindicar de manera oficial el legado teórico de Marx en el terreno político y la aplicación de las fórmulas capitalistas en el terreno econḿico) no es una cuestión que se pueda imitar mecánicamente, como lo pretenden y dejan entrever algunos personeros gubernamentales. Habría que propiciar una revolución cultural radical que revierta de manera profunda la tendencia general -inculcada desde hace casi cien años por los partidos políticos tradicionales- de esperar casi todo del gobierno, al igual que las relaciones de poder generadas por el modelo de Estado vigente; algo que se percibe lejano y, más todavía, ausente en la agenda de quienes gobiernan y de aquellos que aspiran sustituirlos, tal vez al intuir que su puesta en práctica significará sufrir un completo desplazamiento del escenario político.     

En su libro El laberinto de los tres minotauros, José Manuel Briceño Guerrero caracteriza a quienes "no habiendo gobernado antes, entienden más de los privilegios que de la responsabilidad; no habiendo interiorizado el bien común, se interesan sobre todo por las ventajas personales y clánicas, por el tener y el disfrutar, por el derecho al desmán y al desplante". Un mal de familia, diría alguien, tomando en cuenta que tal comportamiento se repite en cada generación que accede al poder, desde mucho antes, incluso, de lograrse la independencia en los campos de batalla, pues su génesis se produjo en la vieja España y, por extensión, en la vieja Europa, al constituirse los Estados-nación y la concepción "universalista" del eurocentrismo.

Esto hace dificultoso que se conforme una burguesía "revolucionaria", como lo enunciara en su momento Castro Soteldo, por mucho bagaje socialista que ella exhiba, cosa de la que está consciente el pueblo al percibir las enormes contradicciones que esto implica. Aquellos que lo creen posible olvidan y/o desestiman la advertencia de su principal mentor, Hugo Chávez, en referencia a que "no se es socialista por decreto", como tampoco por citar una amplia biblioteca de los teóricos del socialismo revolucionario mundial. En dicho caso, lo más honesto y recomendable que éstos debieran hacer -desde el máximo hasta el mínimo nivel- es dejar de proclamar una revolución y un socialismo que sólo comparten los sectores populares, suponiendo que dichos conceptos tengan un propósito positivo de transformación de la realidad contemporánea venezolana.

Volviendo al señalamiento de Douglas Bravo, éste resulta más acertado, ya que define a quienes ascendieron a un nivel económico que, de seguir una vía distinta y honesta, se les habría antojado imposible de alcanzar; lo cual les ubica en el mismo rango de aquellos que integraron la burguesía parasitaria al amparo del pacto de Punto Fijo.

En consecuencia, lo que debiera propiciarse es la autonomía de los sectores populares más que la imposición y consolidación de cualquier denominación de burguesía ("revolucionaria", paraestatal y/o parasitaria), ya que esto tiende a acentuar y a ampliar las jerarquías establecidas en lugar de abolirlas, de acuerdo a lo que sería un verdadero ejercicio de la democracia participativa y protagónica. Ella tendría como consecuencia la necesidad de una racionalidad práctica que haga realmente factible la vida en comunidad, el forjamiento de un mismo bien común y el desarrollo de capacidades propias en función de las necesidades colectivas; todo lo cual escapa a las intenciones de cualquier burguesía que exista o se presente. Sea acá o en otra nación del planeta. Esto, además, dotaría a los sectores populares de una perspectiva diferente a la derivada del capitalismo, que es donde debe (sin ortodoxia alguna) iniciarse y basarse todo proyecto transformador de la realidad vigente. -   

EL COMUNISMO Y EL MIEDO A LA DEMOCRACIA DE LAS MINORÍAS

EL COMUNISMO Y EL MIEDO A LA DEMOCRACIA DE LAS MINORÍAS

 

Quienes se han afanado inútilmente en anatemizar desde siempre los ideales revolucionarios del socialismo (vale decir, del comunismo) parten de un razonamiento (si cabe aceptar que cualquier razonamiento de los sectores reaccionarios o conservadores sea, de alguna manera, un producto realmente racional) absolutamente equivocado y, por añadidura, forjado. Acusan al comunismo (para efectos prácticos y entendibles, el socialismo revolucionario) de ser una ideología fracasada a nivel mundial. Olvidan adrede que nada de lo previsto por los teóricos comunistas -con Marx y Engels en primera fila- pudo concretarse debido a una multiplicidad de causas, pero preeminentemente por la alienación y la fetichización del poder de las cuales ha sido víctima, desde hace siglos, la humanidad. Sobre todo, luego de producirse la Revolución Francesa de 1789 cuando, a partir de este trascendental hecho histórico, la burguesía se convierte en la clase social dominante.
 
Este detalle es muy importante destacarlo, ya que el poder de la burguesía no se basaría -como lo hicieran reyes, papas y "nobles"- en la sacra voluntad de un dios sino a través del capital acumulado y las relaciones sociales y productivas que de éste se derivan. A fin de asegurar esta posición privilegiada en la cúspide de la pirámide social, la burguesía le inculcó a los sectores populares subordinados la ilusión de armonía de una democracia que garantiza a todos una igualdad de derechos y oportunidades. Sin embargo, la irrupción del ideario comunista develó la verdadera realidad de las cosas, atizando el miedo a la democracia de las minorías gobernantes; convirtiéndose en la opción revolucionaria frente al capitalismo, de un modo similar a como éste lo fuera frente al feudalismo europeo.
 
Con esta carga histórica a cuestas, los regímenes que adoptaron esta opción revolucionaria confrontaron de inmediato las arremetidas de los dueños del capital, lo que se expresó en guerras intestinas y en agresiones externas de todo tipo. Un ejemplo de ello fue la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y, más cercanamente en el tiempo, la República de Cuba; evitándose que estas naciones llegaran a desarrollar el socialismo (vale repetir, el comunismo) como lo anticiparan sus teóricos originales y quienes continuaron la tarea de definir lo que este resultaría. Otro factor que contribuyó con su aparente fracaso fue el no eliminar del todo las viejas estructuras del Estado burgués liberal, así como las relaciones de reproducción del sistema capitalista, además, de la propaganda largamente extendida y difundida en relación con las grandes bondades del capitalismo (resaltando el éxito como un asunto estrictamente personal al cual debe aspirar toda persona a fin de sentirse plenamente realizada, ahora con un mayor énfasis bajo el capitalismo neoliberal); cosa que, a pesar de las medidas adoptadas para garantizar la inclusión y la propiedad social de los medios de producción, ocasionó que mucha gente percibiera al capitalismo como el sistema ideal para alcanzar un mejor bienestar material y se pasaran por alto sus bases y origen. Como efecto de las acciones de la burguesía (local y extranjera) en su contra, las experiencias germinales del socialismo en diferentes latitudes del planeta se vieron seriamente afectadas y truncadas; lo que sirvió para acentuar la propaganda respecto a su presunto fracaso.

Por otra parte, el verticalismo, el dogmatismo y el burocratismo -generados a partir de las relaciones de poder por el Estado burgués liberal- hicieron de la revolución socialista una realidad estancada y despojada de la influencia y del ímpetu de los sectores populares como agentes sociales de primera línea de la transformación estructural anhelada. Sumado a estos factores, la represión de la disidencia ayudó a la industria ideológica capitalista a aumentar los temores de muchas personas en cuanto a lo que sería el socialismo revolucionario, sin indagar mucho en su verdadera esencia, conocimiento y propósito.
 
"Se mire como se mire, -escriben Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero en su libro ’Comprender Venezuela, pensar la democracia’, refiriéndose a la compatibilidad entre socialismo y democracia- lo que la historia del siglo XX demostró con contundencia no fue, como tantas veces se repitió y se sigue repitiendo, que el comunismo se copertenecía naturalmente con formas políticas dictatoriales: lo que más bien quedó demostrado es que el mundo capitalista no podía permitirse ni una sola vez el mal ejemplo de un comunismo compatible con la democracia, el parlamentarismo o el Estado de Derecho. Mientras se clamaba contra las dictaduras comunistas, supuestamente porque eran dictaduras, se justificaban, alentaban, financiaban, entrenaban e imponían las dictaduras más sanguinarias contra las posibilidades democráticas del comunismo (...) Un comunismo democrático habría sido un ejemplo demasiado peligroso para el mundo". 
En el presente, el fracaso y la maldad implícita que se le atribuye a la teoría-matríz del socialismo revolucionario tiene sus ecos en las redes sociales y demás medios de información a nivel mundial. Sin embargo, la aparente victoria de los sectores reaccionarios resulta insuficiente para ocultar -pese al manejo de un vasto imperio mediático a su servicio- la cruda realidad de desigualdad, discriminación e injusticia del modelo civilizatorio que éstos defienden. La variedad y simultaneidad de movimientos opuestos a la hegemonía capitalista neoliberal dan cuenta de qué es lo que ha fracasado realmente respecto a la factibilidad de vivir en un mundo regido con justicia, libertad y democracia, lo que sería la aspiración común de una gran mayoría por ahora doblegada. No ha sido precisamente el comunismo y/o socialismo revolucionario el modelo fracasado aunque sus detractores continúen diciendo todo lo contrario . -