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LOS MUSIÚS NOS QUIEREN GOBERNAR

LOS MUSIÚS NOS QUIEREN GOBERNAR

 

Los dos principales factores políticos en pugna en Venezuela le han facilitado a la administración Trump concretar finalmente los viejos planes intervencionistas elaborados por los diferentes gobiernos que le antecedieron. Cada uno a su modo. 


En cuanto al chavismo, vale resaltar que, desde los tiempos iniciales de Chávez, se conoce al detalle la estrategia desarrollada por los gobiernos estadounidenses en su contra. Quizás a la minoría dominante de Estados Unidos no le llegó a molestar tanto la retórica revolucionaria del estamento gobernante venezolano si ésta no tuviera alguna repercusión importante en las naciones de nuestra América, contradiciendo lo que sería conocido posteriormente como el Nuevo Siglo Norteamericano, con un sistema capitalista neoliberal extendido a todo el planeta bajo la égida de los grandes consorcios transnacionales. Esta es una de las razones principales. Además del acercamiento con gobiernos considerados hostiles, como el de Cuba, Rusia y China, por lo que George Bush, Barack Obama y ahora Donald Trump emprendieran acciones de todo orden para doblegar al gobierno chavista y disponer -con una mayor confianza- de los yacimientos de hidrocarburos venezolanos. Cosa que ya no asombra a nadie. Especialmente al tomarse en cuenta los antecedentes de las guerras desatadas, con muy escasas variaciones, contra Irak, Libia y Siria 


Más que una violación del derecho internacional, constituye la ratificación de la antigua tradición gringa de considerar como el patio trasero de Estados Unidos a la vasta región latinoamericana y caribeña, haciendo valer su «destino manifiesto», la doctrina Monroe o el «gran garrote» esgrimido por Theodore Roosevelt. Especulando, posiblemente tal escenario no se habría presentado jamás, o al menos habría sido algo mínimo o remoto, si el conjunto general de la dirigencia chavista no se viera envuelta en evidentes delitos de corrupción administrativa, a lo que se añade su tendencia a obstaculizar y tutelar la organización autónoma de los sectores populares, en detrimento de los postulados de la democracia participativa y protagónica. Nada sorprendente, dada la singularidad que gran parte de esta dirigencia exhibe sin rubor alguno, lo que le ha conducido a lo que algunos vaticinan como una autodestrucción irreversible, con una población expuesta a una crisis económica cada día extrema, en la cual comienzan a percibirse los signos de una desilusión creciente.

 

En la acera contraria, la oposición invoca y hace suya la estrategia intervencionista de Estados Unidos como único modo de lograr su máxima meta de adueñarse del poder constituido. Para ello, cuenta con la audacia de Juan Guaidó, quien -con su autoproclamación como presidente «interino» de este país- cohesionó los factores opositores en torno suyo, instigado y respaldado abiertamente por Trump en reto a la hegemonía ejercida hasta ahora por el chavismo gobernante. Este nuevo «líder» antichavista es, así, luego de largo tiempo, el personaje político que mejor se ha ajustado a las pretensiones hegemónicas del imperialismo gringo. La vieja dirigencia partidista, al igual que aquella representada por Henrique Capriles o Leopoldo López, está siendo reemplazada por una generación de opositores derechistas con mayor vocación y disposición en llevar a cabo lo ordenado desde Washington. 


El nuevo escenario de la confrontación política venezolana trasciende de esta forma el ámbito estrictamente local para convertirse en uno de carácter geopolítico al quedar envueltos en el mismo Rusia, China y Estados Unidos, enfrentados por la hegemonía mundial, lo cual induce a muchos analistas a concluir en que se desencadenaría en territorio venezolano -de no prosperar ninguna iniciativa que haga posible un consenso entre el gobierno de Nicolás Maduro y los factores opositores- un conflicto bélico más directo entre estas tres potencias.


Para Estados Unidos y sus siervos de la región, identificados todos con una postura política que muchos califican de fascistización, es la oportunidad de oro para deshacerse de la influencia alcanzada en las dos últimas décadas por las agrupaciones de izquierda y, de paso, del integracionismo autónomo que éstas fomentaron desde sus respectivas gestiones de gobierno, el cual impide concretar la integración del mercado (tipo ALCA) bajo el control directo de las grandes empresas capitalistas transnacionales. Es, por otra parte, el momento esperado por la clase gobernante estadounidense para contar con una dirigencia política que le abra las puertas de par en par al capital transnacional neoliberal, sin rémoras nacionalistas y, menos, revolucionarias que entorpezcan su avance. En esta jugada de Trump, junto a sus lacayos locales y regionales, lo más claro es su propósito nada disimulado de imponer un nuevo gobierno en Venezuela que responda sin titubear a sus dictados imperiales. Poco faltaría para hacerlo con un ciudadano estadounidense de presidente de Venezuela (como ocurrió con Nicaragua a finales del siglo XIX), de manera que la recolonización resulte indudable. 

 

Por tal motivo, a fin de asegurarse la ampliación del apoyo gringo, más allá de lo que es un pronunciamiento oficial agresivo de la Casa Blanca, quienes adversan al chavismo gobernante hacen a un lado todo aquello que pudiera asociarlos con la simbología nacionalista manejada por este último, como la bandera tricolor o la imagen de Simón Bolívar. Quizás aspiren, como rasgo íntimo de la colonialidad de su pensamiento, parecerse físicamente a sus patrones del norte, lo que evidenciaría que los musiús -por encima de la mayoría étnicamente entremezclada- gobiernan a Venezuela. 

RASGOS DE UNA DERECHA SIN BRÚJULA PROPIA

RASGOS DE UNA DERECHA SIN BRÚJULA PROPIA


La derecha -vale más bien decir, la oposición al gobierno de Nicolás Maduro, puesto que muchos de sus integrantes no sabrían definir tal concepto ideológico sino sólo en cuanto a lo que no aceptan de éste, lo mismo que antes de Hugo Chávez- asume el vergonzoso y servil papel que sus congéneres de otras naciones latinoamericanas y caribeñas han hecho desde algo más de cien años en reconocer tácitamente el derecho auto-atribuido de Estados Unidos de determinar (según sus particulares intereses) el destino de nuestras naciones.

Esta actitud antinacionalista recuerda mucho la disposición asumida por los grupos oligarcas de finales de 1861 de entregarle al Imperio Británico parte del territorio venezolano (en todo lo que comprendería el sur del río Orinoco y el Esequibo) a cambio de su respaldo militar para contener el avance de la lucha revolucionaria popular que amenazaba su hegemonía política y económica. Éso por una parte. Lo otro (y más resaltante) es su constante negativa en reconocer el protagonismo y la participación democrática de los sectores populares en las decisiones de Estado, con expresiones superlativas de odio y de discriminación como nunca antes, desde la era colonial, se habían hecho sentir en este país; lo que tuvo su extensión e influencia, además, en los países donde afloró la actual xenofobia homicida e injustificable contra todo venezolano que en ellos se encuentre. 

No está demás rememorar que con la importación de comandos paramilitares colombianos y el desencadenamiento de las güarimbas, la derecha mostró el carácter violento, terrorista y fascistoide de su estrategia general para adueñarse del poder político. No le importó entonces, ni ahora, que su odio ocasionara muertes en su propio bando, como ocurrió con el joven quemado vivo al confundirlo con un chavista solo por el color oscuro de su piel y tener el aspecto de gente pobre. Pero donde se ha expresado con mayor furor este odio irracional es a través de las redes sociales, a tal punto que los insultos de toda índole y las amenazas de agresión física y de muerte son cosas cotidianas ante las cuales se sacrifican sin remordimiento toda noción de sensatez, pluralismo democrático y la más elemental tolerancia que debiera demostrar cualquier ser humano respecto a sus semejantes.

Ahora, instigada por el gobierno supremacista de Estados Unidos y sus siervos del continente, esta derecha se anima a dar un paso más audaz en sus aspiraciones por eliminar al chavismo del escenario político venezolano. Esta vez, invocando sin disimulo un golpe de Estado, así como la invasión de las tropas estadounidenses. Con ello, sus dirigentes buscan precipitar una respuesta represiva a gran escala del gobierno de Maduro, lo que tendría un gran impacto en la opinión pública interna, lo que sería replicado de inmediato en las cadenas noticias internacionales, de tal manera que se justificaría toda acción para «restaurar la paz y la democracia» en Venezuela, a semejanza de Libia.

El momento no podría ser más propicio cuando las medidas implementadas por Maduro han fracasado, generando desesperanza más que todo entre la población de menores recursos económicos, la más golpeada por los precios descontrolados de alimentos y otros productos, lo mismo que por la corrupción impune y la desidia existente en todas las estructuras del Estado. 

Esto último abona el terreno para que la derecha se decida a repetir su ya conocido guión desestabilizador, esperando que algo similar suceda en el ámbito castrense; cuestión que parece cuesta arriba si se considera que dicho sector se halla minado también por este mismo flagelo, aparte de ser víctima de constantes ataques y descalificativos por parte de la oposición. Así que, hasta cierto punto, observando el presente, se podrá responsabilizar también a la misma dirigencia chavista por las circunstancias actuales de confrontación política, absorta como se halla en su zona de confort y confiando con excesiva ingenuidad en la dependencia clientelar de los sectores populares del país.

Como corolario, al carecer la derecha de una brújula propia (influenciada en gran parte por una propaganda anticomunista remozada y descontextualizada de la era de la Guerra Fría) no contribuye en nada al logro de un consenso mínimo que sea plenamente respetado por todos los factores en conflicto, en función de la democracia y la soberanía del país. Su principal ventaja estriba en la corrupción, las contradicciones, los errores y la ineficiencia del chavismo gobernante mientras que su mayor desventaja se encuentra en su total falta de sintonía con los intereses de los sectores populares, los que no se arriesgarán a padecer las mismas circunstancias que tienen lugar en Argentina, Brasil o Colombia sólo para complacer las apetencias de poder de una minoría que siempre los desprecia. 

CHAVISTAS, ANTICHAVISTAS Y LAS OTRAS OPCIONES

CHAVISTAS, ANTICHAVISTAS Y LAS OTRAS OPCIONES

Gracias, sobre todo, a la influencia de los diferentes medios de información, incluidas las llamadas redes sociales, dentro y fuera de Venezuela se tiende a percibir y a calificar la lucha por el poder entre el chavismo gobernante y la oposición de derecha como una simple confrontación de estirpe político-ideológica, obviando, como es de suponer, las características y los antecedentes históricos que hicieron posible la actual situación. Algo que, si profundizáramos sobre este tema, sabríamos que ella se remonta a los albores de la república cuando, en medio de la liberación de España, se desarrollaba -quizás con un mayor ahínco- una lucha social que igual asustaba, por sus consecuencias igualitarias, a los seguidores del antiguo régimen como a los mantuanos ahora convertidos en los nuevos gobernantes del ancho territorio venezolano. Tal simplificación cumple un claro objetivo: la polarización de las fuerzas políticas enfrentadas. De esta manera, no habría, en apariencia, ninguna otra opción, salvo las existentes, lo que, de triunfar una sobre la otra, significaría la extinción de toda expresión de disidencia y de pluralismo democrático.

 

No obstante, en medio de todo esto se observa que muchos opositores al régimen chavista no comparten las estrategias y los métodos empleados por su alta dirigencia política, la cual ha llegado al extremo de incitar a una violencia de corte racista y clasista que la iguala a la del Klu Klux Klan y los supremacistas blancos estadounidenses; pero que no condenan abierta y contundentemente, haciéndose así en cómplices implícitos de lo que aquella diga, haga y decida. Lo que se extiende al apoyo interesado de gobiernos y de sectores explícitamente derechistas, con Estados Unidos presidiéndolos, lo que desembocaría eventualmente -de acuerdo a las amenazas proferidas reiteradamente- en una invasión militar para echar del poder a la cúpula chavista.

 

Otro tanto les ocurre a quienes, sea por profundas diferencias de todo orden con la clase gobernante, desafían a su modo la hegemonía ejercida hasta ahora por el chavismo. Entre éstos se ubicarían militantes de organizaciones de la izquierda revolucionaria, participantes de las dos insurrecciones producidas en 1992 y ciudadanos que comparten los postulados de la democracia participativa y la igualdad social, pero que no gustan de las referencias a Marx o de cualquiera de sus seguidores teóricos por considerarlos ajenos a la idiosincrasia venezolana y por responsabilizarlos (sin mucho argumento) de la nefasta experiencia sufrida por algunos pueblos bajo gobiernos aparentemente comunistas. Entre los primeros, se distinguen a los que secundaron en sus aspiraciones presidenciales a Hugo Chávez como fórmula para allanar la vía de la construcción del socialismo en el país y se desplazara a los sectores políticos, económicos y sociales que surgieron al amparo del pacto de Punto Fijo. Algunos de éstos migraron de sus partidos políticos de origen, quizás con la ingenua esperanza de contribuir a darle un perfil realmente revolucionario y socialista a la nueva organización creada y liderada por Chávez.

 

Igualmente, muchos chavistas, aún adheridos al gobierno y al PSUV, pero sin ostentar cargo alguno en sus distintas estructuras, mantienen cierta beligerancia con aquellos que se hallan en las esferas del poder locales y regionales, especialmente notoria en época electoral, a los cuales cuestionan su corrupción, ineficiencia, nepotismo y demagogia, sin que ello tenga mayores repercusiones en lo que sería un cambio de percepción entre los sectores populares que obligue al chavismo gobernante a recapacitar y a producir la transformación política, económica, cultural y social esperada. Dentro de esta gama, es difícil precisar una diferencia entre unos y otros, utilizando éstos un mismo lenguaje y la misma simbología encarnada en Hugo Chávez en su propósito común de ganar y conservar la simpatía mayoritaria del pueblo.

 

Sin embargo, pese a su aparente marginalidad, existen grupos sociales y políticos con una serie de planteamientos sólidos y propios que podrían remontar la dicotomía chavismo/antichavismo. Aunque ellos se ubican en contextos de lucha que, a simple vista, son disímiles, sus objetivos primordiales son coincidentes. Varios lo hacen desde un plano abiertamente electoral mientras otros prefieren hacerlo desde la organización y el combate populares, de modo que se concrete verdaderamente la soberanía del pueblo y éste provoque el cambio estructural del Estado burgués liberal todavía vigente. Su desventaja principal consiste en la falta de una articulación efectiva con el resto de organizaciones, a veces ocasionada por la actitud personalista y sectaria de sus integrantes; en otras porque no se comprende la necesidad estratégica de dicha articulación y se contentan con el pequeño espacio que puedan ocupar.

 

Entretanto, gobierno y oposición se aprovechan de estas circunstancias; haciéndoles ver a venezolanas y venezolanos que, fuera de ellos, no existirían terceras opciones, portadoras de propuestas válidas que trasciendan sus ofertas conocidas. Su mayor ventaja estriba en que han acaparado a lo largo de casi veinte años todos los medios de información disponibles, incrementada, además, por las cadenas noticiosas internacionales, empeñadas en influir en la opinión pública (interna y externa), en favor o en contra de la posición ideológica que cada una defiende. Frente a este escenario, los grupos disidentes del chavismo y de la oposición derechista tendrían que hacer acopio de esfuerzos, sintetizar sus objetivos en una misma plataforma de lucha y proponerse -con la seriedad que esto amerita- la conformación de un amplio frente de ciudadanos, capaces de asumir el reto que supone una radical transformación democrática del país. -

 

 

LA LIBERTAD PARADÓJICA Y EL DECHADO DE LA AUTOEXPLOTACIÓN

LA LIBERTAD PARADÓJICA Y EL DECHADO DE LA AUTOEXPLOTACIÓN

La concepción de hombres-cosa-mercancía impuesta por el sistema capitalista fue algo que supo vislumbrar Carlos Marx en su obra maestra El Capital. La conquista, anexión y colonización de la vida por parte de los mercados, parafraseando al sociólogo, filósofo y ensayista polaco Zygmunt Bauman, es un hecho tan cierto y tan cotidiano como la luz del sol. Cuestión que no sorprende al común de la gente; sin que esta misma gente, además, sepa explicarse a cabalidad el cómo y el por qué ocurren las diferentes circunstancias que le afectan a diario.

 

En una sociedad que tiende cada día a ser más fragmentada y dispersa, en lo que configura un desarrollo social absolutamente negativo bajo el imperio de la lógica capitalista, esta concepción de hombres-cosa-mercancía (lo que incluye, obviamente, a las mujeres) consigue que la heterogeneidad cultural ceda paso, sin mucha resistencia, a una uniformidad inspirada en los rasgos que caracterizan a la sociedad de consumo estadounidense; lo cual, además, refuerza la concepción eurocentrista, gracias a la cual el mundo se divide entre pueblos salvajes y pueblos civilizados. De este modo, en un mundo subordinado a la lógica preeminente del capitalismo neoliberal, toda ética y toda moral opuesta a la explotación, la desigualdad y la discriminación de las personas estará sobrando, por lo que se procura exaltar la individualización de las mismas en vez de exaltar todo aquello que enaltezca el sentido de justicia social, de solidaridad, de apoyo mutuo y de comunidad. 

 

Esta situación ha creado, en consecuencia, un nuevo tipo de sujeto. Uno que se adapta, a expensas de sí mismo, a las exigencias de rendimiento máximo del mercado capitalista; volviéndose prácticamente un esclavizado voluntario, a fin de encajar en el mundo competitivo de hoy. En su obra «La sociedad del cansancio», el profesor de estudios de filosofía y estudios culturales en la Universidad de las Artes de Berlín, Byung-Chul Han, revela que «el sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse”. En muchas personas insertas en este nuevo paradigma, afirma Byung-Chul Han, «la preocupación por la buena vida, que implica también una convivencia exitosa, cede progresivamente a una preocupación por la supervivencia».

 

La imposición de esta nueva realidad (absolutamente contrapuesta a los ideales democráticos que enarbolaran pueblos e individuos a lo largo de la historia) ha sido astutamente perfilada desde mediados del siglo pasado, sobre todo durante las dos últimas décadas del presente. Así, la socialización creada por el capitalismo neoliberal, gracias a las tecnologías que han «democratizado» la información y la comunicación en todo el orbe, tiene matices impersonales que tienden a expresarse y a multiplicarse en los demás ámbitos de la existencia humana. De este modo, se contribuye a fragmentar el espíritu gregario de personas y comunidades en función de la satisfacción egoísta de deseos y necesidades particulares. Esto, además, tiende a ampliarse a medida que mucha gente se convence a sí misma de hacer lo correcto, en un nuevo tipo de sociedad que Byung-Chul Han define como la sociedad neoliberal del rendimiento.

 

En ésta, como lo establece Han, «el imperativo neoliberal de la optimización personal sirve únicamente para el funcionamiento perfecto dentro del sistema. Bloqueos, debilidades y errores tienen que ser eliminados terapéuticamente con el fin de incrementar la eficiencia y el rendimiento. Todo se hace comparable y mensurable, y se somete a la lógica del mercado. En ningún caso, el cuidado de la vida buena impulsa a la optimización personal. Su necesidad es sólo el resultado de coacciones sistémicas, de la lógica del cuantificable éxito mercantil». Dicho en breves palabras: la autoexplotación total. Con ello, el régimen capitalista neoliberal se asegura de generar un mayor rendimiento de forma incesante de cada persona subordinada a su lógica, instalada «en un campo de trabajo en el que es al mismo tiempo víctima y verdugo. En cuanto sujeto que se ilumina y vigila a sí mismo, está aislado en un panóptico en el que es simultáneamente recluso y guardián. El sujeto en red, digitalizado, es un panóptico de sí mismo. Así, pues, se delega a cada uno la vigilancia».

 

Aparte de lo ya anteriormente referido, el mundo contempla actualmente sin mucho aspaviento cómo las minorías hegemónicas hacen gala de sus artilugios de manipulación masiva en función de sus propios intereses, tanto dentro como fuera de sus fronteras, haciéndole ver a muchos que todo ello se hace para lograr un bienestar colectivo seguro y sin complicaciones. Gracias a tales artilugios, pocas personas se conmueven ante la represión sufrida por algún sector social o pueblo a manos de policías o militares, evadiéndose de tal asunto con sólo admitir que nada de lo sucedido les afecta directamente o, sencillamente, que nada pasaría si todos nos comportáramos del modo «correcto», es decir, sin ir en contra del orden establecido. El error está en que semejantes personas no quieren (o no saben) advertir, precisamente, que su conducta responde al interés fundamental de estas minorías de perpetuar su hegemonía y, en consecuencia, alcanzar mejores resultados que sus antecesores de siglos anteriores: una libertad paradójica (prefigurada por Mussolini, Hitler y Stalin) y un dechado de autoexplotación, del cual no tengan conciencia y se sientan orgullosos quienes resulten ser sus víctimas, sean pueblos o individuos. -

DUQUE Y LA OTRA HISTORIA DE LA INDEPENDENCIA COLOMBIANA

DUQUE Y LA OTRA HISTORIA DE LA INDEPENDENCIA COLOMBIANA

Según lo expresado por el presidente Iván Duque al Secretario de Estado del gobierno de Donald Trump, Mike Pompeo, Colombia cumplirá el 200° aniversario de haber sido liberada de España por los padres fundadores de Estados Unidos y no gracias al esfuerzo conjunto de venezolanos y neogranadinos bajo la conducción del Libertador Simón Bolívar.

 

A este paso, poco faltará para que renueve el decreto de proscripción emanado en 1830 contra Bolívar, de modo que las nuevas generaciones colombianas desconozcan su historia y griten loas al Tío Sam, como lo hace extasiada la clase gobernante pitiyanqui, demostrando así el servilismo y la colonialidad de pensamiento que la caracteriza desde hace largo tiempo. Una cuestión muy a propósito de los intereses de quienes pretenden imponer una hegemonía capitalista planetaria, sin que se los impida cualquier tipo de expresión de soberanía, de identidad étnica o cultural, y, menos, de memoria histórica; lo que resulta, además de inconveniente, algo sumamente subversivo.

 

Para la clase gobernante estadounidense es fundamental exacerbar y mantener vivo el fraccionalismo nacionalista entre los países de nuestra América, tanto o más cuando Bolívar ideó una anfictionía que sirviera de contrapeso a la Santa Alianza conformada por las monarquías europeas y al poder emergente del nuevo coloso del norte. No es casual, por ende, que los nuevos regímenes instaurados en época reciente en Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador y Perú se muestren harto dispuestos a secundar los planes injerencistas y hegemónicos del viejo imperialismo gringo; aun cuando sus decisiones supongan una merma de la soberanía de sus naciones y el desencadenamiento de enfrentamiento con sus respectivos pueblos.

 

Volviendo a la afirmación de Duque, éste elimina de un plumazo la historia de indiferencia y «neutralidad» mostrada por Estados Unidos ante las solicitudes de respaldo y reconocimiento enviadas a Washington por los diferentes gobiernos constituidos en esta amplia región, luego de su proclamación de independencia en 1810. Es significativo que el entonces Secretario de Estado, James Monroe -el mismo de la doctrina que lleva su nombre- enunciara en 1812 que «los Estados Unidos se encuentran en paz con España y no pueden, con ocasión de la lucha que ésta mantiene con sus diferentes posesiones, dar ningún paso que comprometa su neutralidad». Actitud totalmente opuesta al internacionalismo mostrado por Bolívar en todo momento, incluso cuando ideó la ocupación de la isla Amelia y la instauración de la República de la Florida en 1817 (aún bajo la jurisdicción de México), tentativa que fue frustrada por la intervención armada de los estadounidenses (como será típico de ellos en épocas posteriores), acusando a los patriotas allí establecidos de ser contrabandistas, aventureros y saqueadores; al igual que cuando el Libertador planeara libertar a los últimos reductos coloniales hispanos en el continente, Cuba y Puerto Rico, una vez obtenida la victoria en la batalla de Ayacucho.  

 

Esta no será la única ocasión en que se pondrían en evidencia los intereses contrapuestos de Bolívar y Estados Unidos. En 1818, al ordenar la confiscación de goletas pertenecientes a contrabandistas estadounidenses y recibir amenazas de parte del agente diplomático J. B. Irvine, le replica: «protesto a usted que no permitiré que se ultraje ni desprecie el gobierno y los derechos de Venezuela. Defendiéndolos contra la España ha desaparecido una gran parte de nuestra población y el resto que queda ansía por merecer igual suerte. Lo mismo es para Venezuela combatir contra España que contra el mundo entero, si todo el mundo la ofende».

 

En conclusión, la desvalorización del sentimiento y la conciencia de pertenencia a una misma patria es uno de los tantos objetivos trazados por las clases dominantes para conseguir que los sectores subalternos o populares se vean a sí mismos convertidos en simples espectadores de un tipo de historia (heredera del eurocentrismo) que los margina y que solamente podría ser protagonizada por aquellos que los explotan y oprimen, conformando éstos una aristocracia del dinero y la política, apoyada en una burocracia antinacional y antidemocrática. Esto no ocurrirá mientras el pueblo mantenga viva su memoria histórica, lo que es parte vital de sus luchas por asumir el papel que le corresponde en la construcción de una democracia más avanzada y un mejor modelo civilizatorio, por el bien de todos. -

LA NUEVA FÓRMULA HITLER-MUSSOLINI PARA EL SIGLO XXI

LA NUEVA FÓRMULA HITLER-MUSSOLINI PARA EL SIGLO XXI

El fundador de WikiLeaks, Julian Assange (asilado desde 2012 en la embajada de Ecuador en Londres) afirmó en fecha reciente que la generación que nacería sería la última libre a nivel mundial. Para una mayoría de personas, una afirmación de este calibre quizá no llame para nada su atención, envueltas como se hallan en la cotidianidad de su mera existencia. A otras, tal vez les alarme tal posibilidad; especialmente, si avizoran un mundo donde el libre conocimiento alcanzado en los últimos doscientos años termine subordinado al dogma de aquellos que aspiran mantener a la humanidad en un estado permanente de minoridad, domesticándola y haciéndola, en consecuencia, menos rebelde de lo habitualmente permitido. Una situación similar que ya fuera expuesta, en uno u otro sentido, por una extensa lista de escritores -en distintas épocas, como Franz Kafka (El proceso), Aldous Husley (Un mundo feliz), George Orwell (1984), Ray Bradbury (Fahrenheit 451) y Phillip K. Dick (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?)- que da cuenta de las acciones absurdas y extremas de poderes absolutos, muchas veces invisibles y de larga data, cuyo objetivo central es la erradicación de todo rasgo de individualidad y de raciocinio propio de los seres humanos sometidos.

 

En el mundo contemporáneo, no son pocos los analistas que advierten que se está viviendo el advenimiento de una nueva época oscurantista e inquisitorial que tiende a uniformar la opinión pública y a borrar las opciones opuestas a los intereses de los factores de poder, aglutinados, en primera instancia, en las grandes corporaciones transnacionales que controlan la economía global. Algunos de ellos, al revisar los acontecimientos políticos suscitados, principalmente, en Estados Unidos, Brasil y Argentina, hablan de fascismo, aunque diferenciándolo del implantado en Italia, Alemania y España hace casi un siglo atrás.

 

Todos conocemos la fórmula con que Benito Mussolini cimentó las bases de su régimen fascista en Italia, «Todo por el Estado; nada fuera del Estado; nada contra el Estado», cuyos rasgos esenciales (nacionalismo, militarismo, corporativismo y totalitarismo) fusionaron orgánicamente Estado y partido, de una manera omnímoda que muchos ciudadanos evitaron enfrentar por temor a sufrir desenlaces negativos para sí y sus familias. Igual senda seguiría Adolf Hitler en Alemania, impidiendo toda manifestación de disidencia.

 

Esto también corresponde a lo seguido, con escasas o nulas excepciones, por los distintos regímenes existentes en todo el planeta, apenas diferenciados en cuanto a discursos, símbolos, nomenclaturas y modalidades, pero demasiado semejantes en cuanto a procedimientos y justificaciones; ahora en función de la preservación de los «sagrados» intereses del mercado global. Dicha fórmula, como se puede intuir, no requiere la existencia o vigencia de derechos colectivos e individuales que puedan eventualmente oponérsele, así que -simplemente- se desechan. Es lo que ha comenzado a hacer el capitalismo neoliberal global. A la vista de todos y a pesar de todos, supeditando así la vida social en general a la lógica e intereses capitalistas; tal como ocurre en la actualidad en nuestra América, más específicamente en Argentina y Brasil.

 

En esta categoría, el neoliberalismo capitalista requiere crear las condiciones adecuadas que le permitan imponer su fundamentalismo (anti)ideológico y su totalitarismo de mercado en la totalidad de los países; incluso recurriendo al uso de los ejércitos a su disposición y las amenazas de guerra.

 

Así, las diversas expresiones chauvinistas, xenófobas y reaccionarias que ahora conforman el discurso de odio de muchos dirigentes políticos, sobre todo, ultraderechistas -ampliamente divulgadas, además, a través de redes sociales y distintos medios de información- han ocasionado una depreciación creciente de los valores de la convivencia.

 

El elitismo económico dominante -delineado a partir de la década de los 80 de la mano del binomio derechista representado por Margareth Thatcher y Ronald Reagan, imponiéndose en algunos casos a sangre y fuego- creó en muchas personas la ilusión de un mundo próspero en constante expansión, al cual, luego de atravesar la senda de unos sacrificios individuales y colectivos -vistos y entendidos como algo forzosamente necesario e inevitable- se podría acceder finalmente en igualdad de oportunidades. Sin embargo, la realidad resultaría ser otra tras el colapso producido por el sector financiero internacional, lo que indujo a varios gobiernos -mayormente en las naciones al sur de nuestra Abya Yala, algunos considerados como progresistas y/o izquierdistas- a adoptar medidas que contrariaban en casi todo las recomendaciones ortodoxas del Fondo Monetario Internacional; permitiendo reenrumbar las economías hacia un horizonte un poco más diversificado y menos dependiente que el tradicional. Esto se plasmó, a contracorriente, en mayores posibilidades de mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores populares, resaltando en ello, inicialmente, Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador y Venezuela, cuestión que permitió también que sus respectivos gobiernos consiguieran, a lo interno, un amplio respaldo popular.

 

La construcción de una sociedad postcapitalista y, en todos los aspectos, una que esté especialmente caracterizada por la hegemonía y la cotidianidad democrática de parte de los sectores populares (al mismo tiempo que ellas sirvan para reafirmar su soberanía por encima de cualquier razón de Estado u oligarquía gobernante) siempre ha sido una aspiración revolucionaria postergada. Por diversos motivos. Básicamente por la realidad histórica -común en diversas regiones del planeta- de unas relaciones de poder, engendradas (o derivadas) del modelo de Estado burgués liberal vigente y de los valores excluyentes heredados de la cultura eurocentrista. Esto podría cambiar y acelerarse, a medida que el capitalismo neoliberal confíe en que logrará, sin resistencia alguna, la sumisión total de los pueblos. - 

 

 

 

 

COLONIALISMO Y COLONIALIDAD DE NUESTRA AMÉRICA

COLONIALISMO Y COLONIALIDAD DE NUESTRA AMÉRICA

 

 

Desde hace ya largo tiempo, en el ámbito sociológico de Nuestra América diversas voces han contribuido a la gestación de una racionalidad no-eurocéntrica, especialmente centrada en lo que ha sido la realidad dependiente y colonizada de nuestros países (sin dejar de extender sus miradas al conjunto general que conformamos como territorio frente al mundo). No escasean quienes, antes y luego de la lucha inicial por la independencia, plantearon la necesidad de alcanzar plenamente la independencia intelectual de las naciones de nuestra América. Pensadores de índole diversa, como Simón Rodríguez, José Martí o José Carlos Mariátegui, cada uno en su momento y desde perspectivas particulares, juzgaron harto necesaria esta otra independencia, especialmente cuando en el horizonte comenzó a perfilarse un nuevo tipo de dominación imperial, distinto en métodos y doctrina, pero igual en intereses al de España.

 

Este ha sido un proceso no carente de ciertas dificultades, sobre todo si se considera la fuerte influencia ejercida por el eurocentrismo sobre el mundo académico y las relaciones de poder derivadas del modelo de Estado burgués liberal vigente.

 

Al respecto, vale aclarar, de acuerdo a lo escrito en «Colonialidad del Poder y Clasificación Social» por Aníbal Quijano, que el eurocentrismo «no es la perspectiva cognitiva de los europeos exclusivamente, o sólo de los dominantes del capitalismo mundial, sino del conjunto de los educados bajo su hegemonía. Y aunque implica un componente etnocéntrico, éste no lo explica, ni es su fuente principal de sentido. Se trata de la perspectiva cognitiva producida en el largo tiempo del conjunto del mundo eurocentrado del capitalismo colonial/moderno, y que naturaliza la experiencia de las gentes  en este patrón de poder. Esto es, la hace percibir como  natural, en consecuencia, como dada, no susceptible de ser cuestionada. Desde  el siglo XVIII, sobre todo con  el Iluminismo, en el  eurocentrismo se fue  afirmando la mitológica idea  de que Europa era preexistente a ese patrón de poder; que ya era antes un centro mundial del capitalismo que colonizó al resto del mundo y elaboró por su cuenta y desde dentro la modernidad y la racionalidad. En este orden de ideas, Europa y los europeos eran el momento y el nivel más avanzados en el camino lineal, unidireccional y continuo de la especie. Se consolidó así, junto con esa idea, otro de los núcleos principales de la colonialidad/modernidad eurocéntrica: una concepción de humanidad, según la cual la población del mundo se diferencia en inferiores y superiores, irracionales y racionales, primitivos y civilizados, tradicionales  y modernos».

 

Gracias a la influencia ideológica-cultural de la Ilustración, en nuestra América se dio por sentado que la historia y el progreso humanos seguían un curso ineludible, una línea recta, que desembocaría en el establecimiento de un modelo de sociedad universal que estaría, por supuesto, bajo la sacra tutela civilizatoria de Europa, al que era preciso incorporar (de ser preciso, a la fuerza) al resto de los continentes que se hallaban, según la óptica eurocentrista, en estado salvaje. Así, América vino a ser descubierta y «sumada» a la historia, a pesar de los miles de años transcurridos del poblamiento de su ancho territorio. No se hizo lo mismo con África y Asia, dados los antecedentes de contactos -en uno u otro sentido- con sus habitantes, especialmente de índole comercial.

 

Abya Yala (nuestra América) vendría a conjugar la fantasía y el afán de riquezas de los aventureros europeos, a tal grado que su búsqueda incesante de la ciudad de El Dorado marcaría el objetivo de sus incursiones en el territorio desconocido que reclamaron como propio, en nombre de su monarca. Desde entonces, el suelo de nuestra América se convirtió en escenario propicio para hacer realidad las fantasías del Paraíso en la Tierra. Tomás Moro habría de hablar respecto a Utopía, un lugar sin ubicación precisa donde sus moradores vivían según el ideal cristiano, aún sin tener conocimiento alguno de la doctrina religiosa que tiene como su base las enseñanzas de un humilde carpintero de Galilea.

 

Esta marca de nacimiento del colonialismo y la colonialidad de Nuestra América (lo cual podría aplicarse igualmente al conjunto de África y Asia, sin mucha complicación) explica en gran parte -si no todo- la serie de conflictos suscitados en relación con los derechos democráticos y humanos reclamados por los sectores populares y la renuencia y represión mostradas, al mismo tiempo, por los sectores oligárquicos dominantes; en una lucha que muchas veces no se puede circunscribir meramente a una lucha de clases sino que la trasciende y abarca un mayor nivel.

 

Se podría responder que «no es simplemente un conocimiento nuevo lo que  necesitamos; necesitamos un nuevo modo de  producción de conocimiento. No necesitamos  alternativas, necesitamos un pensamiento  alternativo», tal como lo expone Boaventura de Sousa Santos en su libro «Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social (encuentros en Buenos Aires)», hablando de la necesidad revolucionaria que tienen los pueblos de los países periféricos del sistema capitalista global de emprender nuevos caminos hacia su emancipación integral, prescindiendo en la medida de lo posible del cúmulo filosófico heredado del eurocentrismo, habida cuenta de lo que éste ha representado en la historia de represiones, explotación y fascismo social que los mismos tienen en común a manos del Estado burgués liberal. Esto nos lleva a citar del mismo autor lo que él denomina monocultura del tiempo lineal, esto es, «la idea de que la historia tiene un sentido, una  dirección, y de que los países desarrollados van  adelante. Y como van adelante, todo lo que existe en los países desarrollados es, por definición, más progresista que lo que existe en los  países subdesarrollados: sus instituciones, sus formas de sociabilidad, sus maneras de estar en el  mundo. Este concepto de monocultura del tiempo  lineal incluye el concepto de progreso, modernización, desarrollo, y, ahora, globalización. Son términos que dan idea de un tiempo lineal,  donde los más avanzados siempre van adelante, y todos los países que son asimétricos con la realidad de los países más desarrollados son considerados retrasados o residuales».

 

 

Hará falta entonces emprender una sostenida ruptura teórica, política, cultural y académica contra toda forma de poder que tenga por base la colonialidad. Esto implica la reelaboración de experiencias compartidas y protagonizadas desde abajo por los sectores populares, lo cual se convierte en un elemento clave para lograr una emancipación realmente integral de pueblos y personas; al mismo tiempo que se confronta la coyuntura política generada por los intereses de las grandes corporaciones transnacionales, a nivel de nuestra América y el resto del mundo. -

 

DEMOCRACIA DIRECTA, EN FAVOR DE LA VIDA

DEMOCRACIA DIRECTA, EN FAVOR DE LA VIDA

 

La factibilidad de la democracia directa es obstruida, principalmente, por la tradición y el principio de representación, entendida ésta como la máxima norma del hecho democrático al cual se pudiera aspirar y concretar. Éste -como se puede verificar a través de la historia- da paso a una «tecnocratización de la política», donde sólo un conglomerado de políticos profesionales puede asumir la administración del Estado en nombre de la mayoría; siendo ésta relegada a la condición general de gobernados.

 

Contrariamente a lo que ocurre de manera habitual bajo un régimen representativo, en una democracia directa todo ciudadano tendría que participar, aunque sea de un modo indirecto e inconstante (según sea su capacidad y su disposición para ocuparse de ello), en un ámbito comunitario compartido organizado, sólo por el hecho de residir en la misma área que sus vecinos, lo cual le obliga -así se niegue en aceptarlo de forma consciente- a asumir cierto grado de responsabilidad respecto al devenir, la convivencia y las necesidades colectivas.

 

Por consiguiente, la participación política amplia, general y continua de los ciudadanos -en oposición a los rasgos representativos, burocráticos, elitescos, paternalistas y coercitivos que, desde siempre, han caracterizado al Estado, sea cual la denominación con que se conozca- tiene que ser un elemento clave a la hora de definir un proyecto de transformación político, social, cultural y económico totalmente distinto a lo existente.

 

Para que tal cosa llegue a ocurrir, haciéndose entre todos una práctica permanente, es vital impulsar la autovalorización de los sectores populares. Con ella se hará factible el surgimiento de múltiples espacios autogestionarios, los cuales, no está demás repetirlo, deben ser altamente diferenciados de lo que es y ha sido la configuración representativa del Estado. Espacios que sean capaces de asegurar en el tiempo, desde su embrión comunitario, la autonomía social que se requiere para alcanzar una completa emancipación de pueblos e individuos por igual. La democracia directa, en este caso, tiende al logro de una reciprocidad entre iguales, (donde resalte el apoyo mutuo de todos sus participantes) y a un proyecto común que no pueda ser expropiado por la influencia e intereses particulares de una minoría gobernante y/o dominante.

 

Citando a Boaventura de Sousa Santos («Conocer desde el Sur. Para una cultura política emancipatoria») hay que asimilar la idea de que «no existe un principio único de transformación social; incluso aquellos que continúan creyendo en un futuro socialista lo conciben como un futuro posible que compite con otro tipo de alternativas futuras». Lo mismo cabe decir en referencia a la determinación de los factores de dominación y de opresión contra los cuales se enfrenta una multiplicidad de grupos, sectores y movimientos de resistencia en diferentes regiones del planeta que, pese a sus demandas, sus visiones y sus métodos específicos de lucha, son coincidentes en cuanto al cuestionamiento al modelo de sociedad imperante. Ello permitiría el principio de una nueva cultura política emancipatoria, cimentada en un tipo de democracia más avanzada, (o «democracia de alta intensidad», como la llama Sousa Santos), es decir, directa. En favor de la libertad y los demás derechos democráticos de todos, así como de la vida en general, en este mundo.