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LA HUMANIDAD DE ABAJO Y LA RECIPROCIDAD DE LOS IGUALES

LA HUMANIDAD DE ABAJO Y LA RECIPROCIDAD DE LOS IGUALES

 

 

La más simple posibilidad de una existencia social distinta (o alternativa, como algunos prefieren) para la humanidad de abajo -aquella que es constantemente excluida, discriminada, manipulada, reprimida y explotada, la que no cuenta a la hora de la distribución de los dividendos de la riqueza que ella produce, sobre todo en nuestra América- es motivo de recelo para quienes controlan el poder constituido y para quienes conforman el selecto grupo de propietarios del capital. Para estos últimos, ésta sería una existencia social inaceptable que conspira abiertamente contra su estilo de vida, así como contra las diferencias e identidades establecidas según el patrón de poder extraído del capitalismo.


Por tal motivo, la gran industria ideológica al servicio de los intereses capitalistas se encarga de estimular la disgregación y el comportamiento individualistas entre los sectores populares, Como contrapartida a ello, se impone la mutualidad entre grupos y/o individuos socialmente iguales, tanto en la organización del trabajo y en la repartición de los productos; la redistribución igualitaria de los recursos y productos (materiales e inmateriales) del planeta entre todo el conjunto de la humanidad; y el ejercicio autónomo de una autoridad colectiva que tienda, en todo momento, a erradicar las jerarquías de poder tradicionales.


El nuevo período histórico que vive la especie humana, en un amplio sentido -cuya profundidad, magnitud e implicaciones siguen desarrollándose de modos similares en diversas latitudes del planeta- podría contribuir a despejar coyunturas en favor de las tendencias emancipatorias que han brotado al calor de las luchas populares. Y nos halla, en palabras de Aníbal Quijano, «inmersos en un proceso de completa reconfiguración de la Colonialidad Global del Poder, del patrón de poder hegemónico en el planeta. Se trata, en primer término, de la aceleración y profundización de una tendencia de re-concentración del control del poder».


Frente a dicho proceso, se impone la necesidad de construir otra perspectiva de la historia. Una que le dé sentido histórico a los millones de seres humanos que moran, de una manera marginal y desigual, en las distintas naciones de nuestra América. Una con la cual se pueda enfrentar la distorsión de valores que supone la adopción del patrón rentista, mercantilista y egoísta del capitalismo.


No se debe olvidar, como lo determinó Frantz Fanon en Los condenados de la tierra, que «la lucha contra la burguesía de los países subdesarrollados está lejos de ser una posición teórica. No se trata de descifrar la condenación pronunciada contra ella por el juicio de la historia. No hay que combatir a la burguesía nacional en los países subdesarrollados porque amenaza frenar el desarrollo global y armónico de la nación. Hay que oponerse resueltamente a ella porque literalmente no sirve para nada. Esa burguesía, mediocre en sus ganancias, en sus realizaciones, en su pensamiento, trata de disfrazar esa mediocridad mediante construcciones prestigiosas en el plano individual, por los cromados de los automóviles norteamericanos, vacaciones en la Riviera, fines de semana en los centros nocturnos alumbrados con luz neón». Ni se debe facilitar la expansión capitalista, como lo hace la mayoría de los gobiernos a nivel mundial, ni administrarlo, como lo entienden algunos pseudo revolucionarios. En vez de eso, se deben fomentar relaciones sociales que se caractericen por su carácter más humano, democrático y cooperativo. De lograrse este importante cometido, se anularía el conformismo moral (que es también cotidianidad desmovilizada) propiciado por los sectores dominantes en su beneficio. Quizás entonces puedan disolverse (esperemos que para siempre) las contradicciones, las pugnas y las divisiones existentes entre ricos y pobres, en un nuevo modelo civilizatorio (sin ser un ideal irrealizable) donde prevalezca la libertad y una auténtica reciprocidad de iguales. -

 

LA ECONOMÍA, EL ESTADO Y LA ACTIVIDAD PÚBLICA

LA ECONOMÍA, EL ESTADO Y LA ACTIVIDAD PÚBLICA


 

En un amplio párrafo de “La democracia socialista del siglo XXI”, Claudio Katz afirma que “una democracia sustancial sólo puede construirse erradicando la dominación capitalista, eliminando la desigualdad y dotando a los ciudadanos de poder efectivo en todas las áreas de la vida social”. Seguidamente, pasa a explicar que “este proyecto exige gestar otra democracia y no radicalizar la existente. Requiere partir de caracterizaciones de clase para comprender el constitucionalismo contemporáneo e introducir transformaciones radicales, que no se reducen a expandir un imaginario de igualdad. También presupone retomar la tradición que opuso a las revoluciones democráticas con las revoluciones burguesas. La regulación de los mercados, el ensanchamiento del espacio público y la acción municipal son temas de controversia con la democracia participativa. En ausencia de perspectivas socialistas, las iniciativas democratizadoras en estos campos no modifican el orden vigente”.  

Tomando en cuenta tal afirmación, es lógico concluir que, a medida que dicho proceso vaya acompañado de un mayor nivel de movilización, participación y de protagonismo populares, la socialización consecutiva del proceso productivo tendrá que manifestarse -indefectiblemente- en cada una de las estructuras de la vida social (incluso en aspectos aparentemente inocuos, como el religioso-espiritual). En resumen, se estaría construyendo una cultura de lo distinto, cuyo eje central sería la emancipación integral de todas las personas.

Esto modificaría sustancialmente la concepción que se tiene respecto al poder y las relaciones por éste generadas. Todos somos testigos de que quienes controlan el poder del Estado generalmente operan al margen de la opinión de la gente, es decir, sin su consenso y sin tomar en cuenta sus decisiones y sus posibles deliberaciones, a la cual asigna un papel siempre secundario y accesorio, sólo útil a la hora de requerir su legitimación a través del voto. La soberanía popular así “delegada” se convierte en un arma a esgrimir en contra de su depositario originario, no importa cuánto se afirme en constituciones y leyes, y cuán grande resulte la reacción negativa de los ciudadanos ante lo que estiman injusto o, en su defecto, necesario. Esto tiende a agudizarse y a generar mayores contradicciones, a medida que la lógica capitalista supera toda expectativa democrática de los sectores subalternos o subordinados.

En este caso, los gobiernos -como elementos visibles de los Estados- terminan adoptando como suyos los intereses y los lineamientos de las corporaciones capitalistas, sobre todo, transnacionales, gran parte de las cuales se han apoderado de territorios ricos en agua, minerales y biodiversidad, sin atender los reclamos legítimos de los pueblos originarios y campesinos que los habitan desde largo tiempo.

La vigencia perpetua y estática de burócratas y de dirigentes políticos en todas las escalas existentes del poder constituido, así como su liderazgo e influencia clientelares ejercidos sobre las masas, representa uno de los obstáculos principales que impiden la organización de ciudadanos autónomos que hagan realidad la democracia participativa y protagónica, sin depender de la acción y las decisiones del Estado. Esta particularidad atenta contra cualquier tipo de iniciativa e intervención populares que en tal sentido se promueva, ya que coarta y castra las transformaciones estructurales que debe protagonizar el pueblo en los ámbitos económico, político, social y cultural, de manera que las diferentes relaciones sociales de producción, de poder y de convivencia ciudadana tengan como objetivo fundamental la emancipación integral de cada persona, en vez de servir de soporte al dominio egoísta de unos pocos.

De no lograrse este último cometido, los valores democráticos liberales que conocemos -extraídos de la Revolución Francesa y amplificados por el socialismo revolucionario y las diversas luchas populares libradas en gran parte del planeta- podrían verse seriamente afectados ante la necesidad de hallar y consolidar fórmulas que le permitan a la gente sortear las dificultades sufridas. Esto tiende a reforzarse aún más ante el engranaje de la violencia y las complicidades que ella causa, lo que se refleja en la impunidad con que actúa la delincuencia organizada, contando con la desidia de las instituciones en cuanto a atacarla y reducirla eficazmente, en beneficio de la ciudadanía desprotegida.

La volátil y compleja realidad del mundo contemporáneo impone como novedades ideológicas discursos y actitudes abiertamente intolerantes, autoritarios e inmorales. Como si ya no importaran el espíritu de convivencia, la ética ciudadana y el respeto a la pluralidad del pensamiento. Esto, por supuesto, no es una simple casualidad. Responde a planes previamente trazados y llevados a cabo sin desmayo por aquellos que dominan el sistema capitalista neoliberal; provocando situaciones que mermen las esperanzas populares y la soberanía de las naciones, de modo que no existan más alternativas que las ya impuestas en Argentina, Brasil o Estados Unidos.       

En “La disputa ideológica por la hegemonía global”, Ricardo Orozco describe que, “en tanto hecho histórico, el mercado se reproduce a partir de los sistemas de normas, los conjuntos de leyes y los conglomerados de instituciones que garantizan, entre otras cosas, los derechos de propiedad, los contratos, las patentes, el cumplimiento de las deudas, la circulación monetaria, las directrices laborales, las facilidades de producción, el abaratamiento de costos, etcétera”. La actividad pública queda así caracterizada como algo intrínseco o inherente al ámbito estricto del mercado capitalista, por lo que su función -bajo cualquier nomenclatura- estará chocando constantemente con las aspiraciones democráticas de las mayorías, lo que ha sido una cuestión constante en el devenir humano desde la institución generalizada del Estado-nación.

Todo esto, en conjunto, de comprenderse a cabalidad, podría servir de base para emprender realmente un amplio proyecto de transformación estructural del actual modelo civilizatorio. Ello exige un proceso de descolonización del pensamiento y una revalorización seria del legado cultural de nuestros pueblos y de sus luchas por lograr su genuina emancipación. -  

 

 

MIGRAR ENTRE LA ESPERANZA Y EL DESPRECIO

MIGRAR ENTRE LA ESPERANZA Y EL DESPRECIO


 

Carolina Vásquez Araya, en su artículo “Ola migratoria latinoamericana: El barniz se descascara”, nos expone que “en esta era de la comunicación instantánea y ante el desarrollo de los procesos migratorios masivos en algunos países de la región, llama la atención la abundancia de comentarios xenófobos y racistas contra quienes arriesgan su vida y la de sus hijos en la búsqueda de una vida mejor. Al parecer, olvidan su propio origen -producto de otras migraciones con similares motivos-, reniegan de sus ancestros y con ello hacen evidente que el lustre de barniz de solidaridad y empatía se descascara ante la menor amenaza a su marco de valores y estilo de vida”.


Salvo algunos pueblos nativos que aún permanecen en sus territorios ancestrales, toda persona es migrante. Los actuales Estados nacionales de Europa se conformaron gracias a las migraciones de los llamados pueblos bárbaros que asolaban regularmente las fronteras del viejo Imperio Romano. Estados Unidos se levantó sobre el exterminio de los pueblos originarios y la usurpación de sus tierras, en lo que posteriormente llamarían Destino manifiesto; lo que fue iniciado en nuestra América por el imperio español, siendo esto repetido, durante el último siglo, en Palestina. Así, sin escudriñar mucho en la historia, la conclusión es una: ninguna nación contemporánea puede reclamar cierta pureza en cuanto a su población y, por tanto, no se justifica el repudio que hace de ciudadanos provenientes de otras regiones del planeta.


Lo otro que se debe tomar en cuenta es el hecho cierto que los migrantes que rechazan Europa y Estados Unidos (y en una escala menor, algunos países latinoamericanos) parten de sus respectivos lugares de origen, básicamente, por motivos de sobrevivencia ante la falta de oportunidades en éstos. Sin embargo, pocos se animan a expresarlo, sin ahondar en sus verdaderas causas. Muchos de estos migrantes salieron del campo a la ciudad, buscando un mejor porvenir, pero acabaron engrosando las cifras de desempleo, del sector informal de la economía, de la pobreza urbana y de la desigualdad social y económica. En el caso de los migrantes centroamericanos, producto de los conflictos internos y de la represión sostenida de regímenes patrocinados por Estados Unidos. En términos más sencillos, habría que concluir que el capitalismo neoliberal es el principal responsable de la miseria de la cual huyen estos migrantes; especialmente, los latinoamericanos.


A éstos se agregan quienes se han marchado de Venezuela, los más publicitados por las empresas de información internacionales, ante la ineficacia mostrada por el gobierno frente a los embates de una crisis económica en la que convergen la estrategia de la oposición política (interna y externa) para derrocar a Nicolás Maduro, la corrupción extendida a todas las instituciones públicas, la falta de inversiones y de productividad de un estamento empresarial que sea independiente del Estado, y el asistencialismo que éste mismo promoviera y al cual se acostumbró una gran porción de venezolanos en las últimas décadas, haciéndolos dependientes de las dádivas gubernamentales, sin plantearse seriamente la generación de soluciones estructurales que transformen realmente el modelo rentista existente desde hace un siglo.

       

A propósito de esta inquietante nueva realidad mundial, en “La exclusión en el capitalismo contemporáneo”, Juan Grabois, abogado de origen argentino, expone que “el desacople entre variables poblacionales (crecimiento demográfico, flujos migratorios) y socio-territoriales (distribución poblacional, posibilidades de empleo) llegó tan lejos que sus causantes lo ven hoy como principal amenaza para la ‘estabilidad’ social. Es que la multitud de excluidos ejerce una constante presión sobre el muro. Tal vez por eso hoy reverdece una amplia variedad de teorías neo-maltusianas, algunas más sutiles, otras más explícitas, que en última instancia pretenden responsabilizar a los pobres de su propia situación y hasta planificar científicamente su exterminio. No es osado decir que el hambre, el narcotráfico, la muerte de miles de migrantes, las pandemias evitables, los ‘espontáneos’ brotes de violencia tribal, la indiferencia frente al sufrimiento humano más descarnado, son formas de terrorismo de Estado por omisión, plagas que se permiten, se promueven e, incluso, se planifican”.


Las migraciones han puesto a prueba, por otra parte, el respeto a la heterogeneidad cultural de parte de quienes -se suponía- estarían mejor dispuestos en defender los ideales democráticos representados por sus respectivas naciones. La experiencia observada es la difusión desmandada de discursos de odio, ahora utilizados como fórmulas políticas para asegurar votos y desviar la atención de la gente en relación con algunos problemas puntuales.

 

En el caso de los sectores populares, ello plantea la necesidad de una reelaboración de experiencias compartidas y protagonizadas desde abajo en oposición al sistema capitalista imperante. Esto implica sumergirse en un proceso emancipatorio en el cual entrarán en juego elementos de resistencia, de adaptación o de sujeción frente a los sectores dominantes, dando lugar a unas nuevas relaciones de poder, sujetas al interés colectivo, en el caso de prevalecer los sectores populares; o de sojuzgamiento abierto, en el caso de resultar victoriosos los sectores dominantes.

 

El mundo contemporáneo se halla sometido, por consiguiente, a una lucha donde la diversidad del género humano entra en contradicción con los planes e iniciativas de aquellos que, validos de su alta posición económica, pretenden ensanchar el abismo que los separa de las personas menos favorecidas, cosa que se pone de manifiesta a lo interno y externo de cada país mediante muros que hacen más ostensible la desigualdad y la discriminación generadas por el capitalismo en todo el planeta. -

SIN EL ESTADO, CONTRA EL ESTADO Y DESDE EL ESTADO

SIN EL ESTADO, CONTRA EL ESTADO Y DESDE EL ESTADO

En el primer escenario (sin el Estado), los sectores populares logran su autonomía y autogestión; esta última generando una fuerza productiva autosuficiente y enmarcada en el respeto y la preservación de la naturaleza, que le permitirá satisfacer sus necesidades, pero sin que prevalezcan los intereses y la lógica capitalistas. Algo que, sin duda, suena ilusorio, mas no imposible de alcanzar. En el segundo (contra el Estado), los ciudadanos confrontan la represión y las razones del Estado que coartan sus derechos y reivindicaciones; especialmente cuando tales razones responden a los intereses supuestamente superiores del capitalismo, local y global. Mientras en el último de estos escenarios (desde el Estado), el Estado es objeto del control popular, lo cual podrá concretarse mediante la conquista de los espacios institucionales, nacionales o locales (haciendo uso, inclusive, de las reglas de juego que han servido para legitimar la hegemonía de las élites dominantes), instaurando, en consecuencia, unas nuevas relaciones sociales de poder, alcanzadas a través del ejercicio de una democracia directa.

 

Puede ocurrir que los tres escenarios tengan lugar simultáneamente, solo que con niveles de intensidad distintos y de maneras que pocos logran determinar con claros detalles, lo que -al carecer de objetivos precisos y concebidos a mediano o largo plazo- hace que en la mayoría de las circunstancias suscitadas se vuelva al punto de partida, sin mucha trascendencia, haciendo que los sectores populares se convenzan amargamente de una fatalidad aparentemente insuperable que, a pesar de todo, se yergue siempre sobre sus luchas.

 

No obstante, en medio de todo esto, hay que considerar que el sistema económico imperante, en su variante de capitalismo neoliberal, se ha apropiado abiertamente de espacios políticos importantes que dificultan la influencia, el protagonismo y la participación de los sectores populares. Al respecto, Roberto Regalado nos ilustra que «el neoliberalismo es una doctrina concebida para imponer y legitimar la desigualdad social extrema. En los años setenta, ochenta y noventa del siglo XX, los ideólogos neoliberales decían públicamente lo que pensaban, entre otras cosas, que la desigualdad social, llevada a sus extremos más atroces, era buena y necesaria y, por tanto, debía ser fomentada por el Estado. Así repetían lo que habían aprendido de su maestro: en el pequeño libro considerado como obra fundacional del neoliberalismo, Camino de Servidumbre, impreso en 1944, el padre de esa doctrina, Friedrich Hayek, afirmaba: «toda política directamente dirigida a un ideal sustantivo de justicia distributiva tiene que conducir a la destrucción del Estado de Derecho». Repárese en que Hayek planteaba que la justa distribución de la riqueza conduce a la destrucción del Estado de Derecho, es decir, que la justicia social es incompatible con la democracia liberal burguesa o, dicho a la inversa, que la democracia liberal burguesa es incompatible con la justicia social».

 

No está demás aseverar, por tanto, que el patrón de producción y reproducción social presente en la mayoría de los países existe y subsiste gracias al modelo de Estado moderno. Por ello mismo, el Estado no puede ser un elemento ajeno al debate teórico y a las luchas populares relacionadas con la construcción de un nuevo modelo civilizatorio que erradique la tradicional división de clases y sea alternativo al impuesto por la lógica del capitalismo. Algo en lo que, durante el largo transcurso de la historia, se enfrascara una diversidad de luchadores y de teóricos revolucionarios del socialismo/comunismo sin obtener resultados concretos que hicieran de ello una realidad posible.

Como colofón, habría que decir que sólo a través de un continuo y radical proceso de descolonización política y cultural podrá iniciarse y asegurarse, a su vez, un proceso de descolonización económica y material de la ciudadanía; lo que, a largo plazo, tendrá que plasmarse en la construcción colectiva de un nuevo modelo civilizatorio. Esto, de uno u otro modo, afectará la concepción, las estructuras y el funcionamiento del Estado tal como se conoce actualmente.  

 

 

EL HAMBRE A NIVEL MUNDIAL Y LA RACIONALIDAD PERVERSA DE LAS MINORÍAS

EL HAMBRE A NIVEL MUNDIAL Y LA RACIONALIDAD PERVERSA DE LAS MINORÍAS

En cualquier contexto que se produzca -principalmente a causa de las guerras, los desplazamientos forzados de poblaciones, las crisis económicas y/o los grandes porcentajes de pobreza extrema existentes en diversidad de naciones- el hambre siempre ha constituido un grave problema por resolver para la humanidad. A éste se agregan ahora los efectos del grave y, al parecer, inexorable deterioro climático que comienza a hacer estragos en una vasta porción de regiones de la Tierra, lo que acentúa gravemente aún más las complicaciones en la producción de rubros agrícolas y pecuarios necesarios.


En medio de este sombrío panorama, las grandes corporaciones del capital neoliberal global continúan actuando en resguardo de sus exclusivos intereses, con respaldo de gobiernos en manos de la derecha conservadora. De este modo, aceleran y aseguran el control directo de recursos y de territorios en desmedro de los derechos de los pueblos aborígenes y campesinos que los habitan, cuyos líderes son generalmente masacrados a fin de silenciar sus voces de protesta y acabar con las luchas en defensa de sus hábitats. Para estas grandes corporaciones transnacionales no es nada alarmante ni debatible el alto grado de contaminación ambiental que ocasionan, ni la vida o la cultura de los pueblos, menos el cuidado que pudieran prestarle a la naturaleza que explotan, sino los cuantiosos dividendos que obtendrían de ésta.


En el libro «Teología profana y pensamiento crítico. Conversaciones con Franz Hinkelammert», de Estela Fernández, este afamado economista, filósofo y teólogo alemán expresa que «la exclusión de la población, la subversión de las relaciones sociales y la destrucción de la naturaleza, todo esto no es producto de una maldad, sino de una racionalidad perversa. Un malvado es capaz de matar a mil personas, pero termina fastidiado, y muchas veces, se suicida. Pero alguien que opera con una razón instrumental, mata a millones y no tiene problemas. Tiene capacidad infinita de matar. Es la racionalidad de nuestra sociedad la que produce las irracionalidades». Vistas la actuación de dichas corporaciones y la manera como se desencadenan diversos sucesos actualmente en el mundo (en apariencia, aleatorios y desconectados entre sí) no es desproporcionado suponer que éstos obedecen a una lógica de poder ajena a la percepción de la mayoría de la gente. Pocos concordarán con tal punto de vista, habituados como están a ver la realidad como algo normal, inevitable e inalterable, apenas afectado por el azar; pero, la realidad de las cosas les revela cuán equivocados están.


Según lo revelan algunas estadísticas, durante estos últimos años se incrementó el número de personas subalimentadas o que padecen una falta crónica de alimentos, lo que hace más difíciles las condiciones en que subsisten. Más concretamente, en países de África y América del sur. Algo que pudiera erradicarse por completo gracias a la ciencia y a la tecnología aplicadas a la producción de alimentos, incrementándola de forma masiva e intensiva, como nunca se vio antes en la historia humana. Sin embargo, esta producción masiva de alimentos está cruzada por el afán insaciable de ganancias de quienes controlan el mercado capitalista en todo nuestro planeta, lo que obstaculiza enormemente una distribución más equitativa entre los pueblos que adolecen de ellos.


Así, Boaventura de Sousa Santos, en su libro «Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social (encuentros en Buenos Aires)», nos revela que «la utopía del neoliberalismo es conservadora, porque lo que hay que hacer para resolver todos los problemas es radicalizar el presente. Esa es la teoría que está por detrás del neoliberalismo. O sea: hay hambre en el mundo, hay desnutrición, hay desastre ecológico; la razón de todo esto es que el mercado no ha logrado expandirse totalmente. Cuando lo haga, el problema estará resuelto. Tenemos que cambiar esta utopía conservadora por una utopía crítica, porque aún las utopías críticas de la Modernidad -como el socialismo centralizado- se convirtieron, con el tiempo,  en una utopía conservadora». Desentrañar, explicar y combatir las causas que originan el hambre entre muchos pueblos (principalmente de tipo económico) es parte de la solución que podría lograrse, especialmente si ésta es respaldada y proseguida por los mismos pueblos que ahora son víctimas de sus estragos; lo que habría de plasmarse en un amplio proyecto de emancipación colectiva que trascienda el marco de la realidad actual en todos sus aspectos y renglones. -

 

LAS TICS Y EL DESAFÍO DEL COMERCIO ELECTRÓNICO

LAS TICS Y EL DESAFÍO DEL COMERCIO ELECTRÓNICO

 

 

La acelerada concentración de empresas que brindan servicios en tecnologías de informática y comunicaciones ha obligado a muchos analistas de la economía capitalista a plantearse el estudio respecto a las nuevas realidades que están surgiendo en la actualidad y que, de un u otra manera, cambiarán totalmente el panorama mundial.

Respecto a este tema, algo que escapa a la comprensión de mucha gente alrededor del planeta es que los algoritmos utilizados por las principales corporaciones globales que acaparan la tecnología digital de una forma casi monopólica (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft), están diseñados para alinear y automatizar las decisiones de todos aquellos que recurren a ellas en búsqueda de información, lo que contribuye a cimentar una visión sesgada de la realidad y, por tanto, del conocimiento (lo cual implicaría una limitación enorme de nuestra capacidad de pensar por cuenta propia) en favor de quienes -así suene a ciencia ficción- pretenden ejercer un dominio incuestionable del mundo. En tal caso, los datos suministrados voluntariamente por los usuarios pasan a ser productos de estas grandes corporaciones, las cuales le darán el uso mercantil que sea necesario para incrementar sus elevadas ganancias.

“Estas corporaciones -explica Alfredo Moreno en su artículo ‘Las TICs. El debate: politizar o asumir el colonialismo digital’- cuentan con plataformas tecnológicas basadas en software que han logrado penetrar en la intimidad de cada ciudadano y ser el centro del deseo de pertenecer a la comunidad digital organizada. Las plataformas Uber, Airbnb, WhatsApp, Facebook, Instagram, Alibaba, etc. han empoderado a las empresas más ricas del planeta. Solamente con crear un ámbito para intermediar la conexión de personas y servicios pagos para los usuarios (ciudadanos) de las redes sociales y servicios TICs, nos integraron a un ecosistema donde no tenemos ni voz, ni voto. Si aceptas, perteneces y pasas a ser ‘usuario’, sino te quedas afuera”.

Como muchos ya lo advierten, abriendo una brecha en medio de la cartelización creciente de la información, las tecnologías digitales y la automatización han provocado una serie de realidades que tienen un impacto profundo en la vida íntima de muchas personas, así como en todo el conjunto social. Cuestión que también tendrá sus repercusiones en las estructuras de la gobernabilidad, a tal punto que algunos analistas anticipan (en el mejor de los casos) que éstas podrían caracterizarse por una racionalidad, una transparencia, una efectividad y una democracia mayores a las actualmente existentes; de evitarse el control social que otros perciben mediante el uso de las redes sociales.

En su análisis “Comercio electrónico y la agenda de las transnacionales”, la periodista británica-ecuatoriana Sally Burch previene que “cualquier acuerdo comercial que regule (o desregule) el ‘comercio electrónico’ estaría de hecho sentando las bases globales para el conjunto de la nueva economía digital, hacia la cual estamos transitando velozmente, con enormes implicaciones para el modelo económico, el empleo, el desarrollo, la dependencia o soberanía nacional e incluso los derechos humanos”. El entendimiento de esta nueva realidad bajo el capitalismo debiera incitar el debate, la elaboración y la puesta en práctica de un vasto proyecto transformador y rupturista que abarque todos los elementos que conforman la realidad inmediata del sistema-mundo en que se halla la humanidad entera. Éste es uno de los desafíos ineludibles que nos impone a todos la economía digital. Su superación supone la construcción de un mundo menos desigual donde la autogestión y la independencia de toda dominación (interna y externa) sean sus principales elementos constitutivos. -

 

¿CUÁNTO ACERTÓ MARX RESPECTO AL OPIO DEL PUEBLO?

¿CUÁNTO ACERTÓ MARX RESPECTO AL OPIO DEL PUEBLO?

Hasta qué punto puede admitirse como cierta la sentencia de Steven Weinberg, galardonado en 1979 con el premio Nobel de física, al aseverar que «la religión es un insulto para la dignidad humana. Con o sin ella, habría buena gente haciendo cosas buenas, y gente malvada haciendo cosas malas, pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta religión». Dependerá básicamente de la visión particular de cada persona y lo que ésta representa en su vida (sea cual su denominación y su dios particular); lo que determina su actitud ante el resto de sus semejantes, tanto en su forma individual como en su forma colectiva (social, cultural y/o étnica). Una posición que podría estar hincada en el prejuicio, el estereotipo y la ignorancia. O, contrariamente, fruto de un libre raciocinio y de una convicción propia de la necesidad de un respeto mutuo sincero que nos haga ver a todos los seres humanos dotados con los mismos derechos.

 

Quizás lo más difícil y más terrible que puede hacer cualquier ser humano en este mundo es defender y hacer valer su derecho a creer o no en una deidad determinada. Desde los tiempos más antiguos de la historia de la humanidad, la intolerancia religiosa ha sido uno de los detonantes principales de persecuciones, agresiones y muchos conflictos bélicos. Incluso entre personas y naciones que profesan la misma fe. Unos quinientos años atrás, el fanatismo religioso sirvió de motor para impulsar la invasión, el saqueo y el sometimiento colonial a manos de las monarquías cristianas europeas mediante las cruzadas sobre «Tierra Santa». A fin de propiciarlas con éxito, la iglesia católica difundió la promesa que sus participantes serían redimidos de sus pecados y, de este modo, contribuirían a la recuperación de Jerusalén del dominio de los infieles, esto es, de los pueblos musulmanes que aún pueblan este amplio territorio, devastado y sacudido por la guerra. Fue el antecedente histórico de la beligerancia cotidiana que ahora tiene lugar en todo el Oriente Medio, lo que se pretende encubrir nuevamente con el ropaje religioso, magnificando un presunto enfrentamiento entre el Islam y el Cristianismo (entre Oriente y Occidente, como algunos gustan presentarlo) que sólo sirve para satisfacer los intereses de las grandes corporaciones transnacionales capitalistas que obtienen de la guerra, justamente, sus mayores dividendos.

 

También vale afirmar que ello es producto de la herencia cultural, eurocentrista en este caso, marcada -como se puede rastrear fácilmente en el resto del planeta- por una concepción racista que le hace creer a sus partidarios que están predestinados por la Providencia a doblegar a los pueblos considerados salvajes, incultos y supersticiosos con el sublime propósito de “civilizarlos”. En ello se debe incluir lo relativo al irrespeto, incluso las agresiones irracionales de todo tipo, que sufren quienes tienen la «osadía» de manifestarse ateos o, simplemente, que no comulgan con religión alguna, sea cual sea el territorio en que moren; dándose por sentado la existencia de un solo dios y, por tanto, la obligatoriedad de una adoración común para todos los seres humanos.

 

En «Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel», Karl Marx consideró la religión como una expresión alienada de la humanidad y dijo de ella que era «el opio del pueblo». Así, él escribió: «la miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella. La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo. La eliminación de la religión como ilusoria felicidad del pueblo, es la condición para su felicidad real. El estímulo para disipar las ilusiones de la propia condición es el impulso que ha de eliminar un estado que tiene necesidad de las ilusiones. La crítica de la religión, por lo tanto, significa en germen, la crítica del valle de lágrimas del cual la religión es el reflejo sagrado».

 

Pero no ésta no sería su única alusión a tan controversial tema. Para el autor de El Capital, la crítica de la religión no era un fin en sí misma: «La crítica del cielo se convierte así en una crítica de la tierra; la crítica de la religión, en la crítica de la ley; la crítica de la teología, en la crítica de la política». En otra de sus obras, "Sobre la cuestión judía», atacada a veces, injustamente, de antisemitismo, enunció por primera vez la idea de que la emancipación humana estaba ligada al fin del capitalismo. En ella, establece que «la dignidad humana carece de ideologías y credos religiosos específicos. No es exclusividad de un grupo étnico o de una clase social. Ni está determinada por la subordinación o por la preeminencia de los otros valores que puedan regir los destinos y la vida en sociedad». No obstante, la historia nos revela que una gran parte de los conflictos humanos ha tenido su detonante en estas ideologías y credos, dando lugar a conclusiones sesgadas respecto al carácter belicoso que incubaría cada persona, independientemente de su extracción social y étnica; cuestión que es alimentada de forma interesada por los sectores dominantes, induciendo a las clases subordinadas a aceptarla como una fatalidad infranqueable.

 

En la actualidad, los fundamentalismos religiosos se han hecho notorios en la actividad política de una gran parte de nuestra América. Su influencia en ascenso (junto a la onda expansiva del fascismo que comienza a percibirse, sobre todo, en el escenario electoral brasileño) es, sin duda, una amenaza cierta para todas las libertades democráticas de nuestros pueblos; encubierta por aparentes llamados al rescate de sus valores tradicionales, del sagrado ámbito familiar y de la moral frente a la decadencia encarnada por los librepensantes, los diferentes defensores de los derechos humanos, los pobres que luchan por mayores condiciones de igualdad social y la comunidad LGTB (ésta última, blanco preferido de sus ataques). Sus acciones apuntan a la eliminación del libre albedrío como rasgo común de la gente; explotando atavismos que parecían superados y ya olvidados, pero que ahora han aflorado y dan forma a una estrategia de miedo, rechazo y desprecio que hace ver al otro, al diferente, como un elemento prescindible al cual no le asiste ninguna clase de derechos.

Este opio «renovado» no difiere en mucho de la conclusión expuesta hace miles de años por el filósofo romano Séneca: «la religión es verdad para la gente común, falsa para los sabios y útil para los poderosos». Por ello, la comunión entre política y religión es, sin duda, liberticida. La división que ella fomenta en el seno de las clases populares es ganancia para los sectores dominantes (locales o no). Esta ha permitido, además, que el número cuantioso de víctimas causadas por las guerras imperialistas de las últimas décadas no cause demasiada indignación entre mucha gente; en especial si éstas son palestinos, africanos, asiáticos o latinoamericanos considerados inferiores, lo cual conduciría a la “normalización” de unas relaciones sociales marcadas por una violencia “justificada”. Todo esto no hace más que reforzar lo ya expresado hace más de un siglo por Karl Marx. -   

LOS CONSEJOS DE UN MAESTRO MAL PAGADO Y TRANSGRESIVO

LOS CONSEJOS DE UN MAESTRO MAL PAGADO Y TRANSGRESIVO

 

Ahora, cuando se impone la necesidad de elaborar y de poner en práctica proyectos descoloniales y pluriversales concretos en nuestra América (sin que éstos desmerezcan calificarse simplemente como “utópicos”, obviando y relegando así su carga subversiva), los cuales coadyuven a desbloquear la tendencia general a considerar cualquier asomo emancipatorio como una infracción imperdonable del orden establecido, más aún frente a la crisis civilizatoria que envuelve por entero a la humanidad, el pensamiento del Maestro Simón Rodríguez no deja de presentarse como una opción válida a la cual recurrir en todo momento.

Su clara, muy citada, escasamente entendida y nada aplicada advertencia a las jóvenes repúblicas de nuestro continente, «La América no debe imitar servilmente, sino ser original», adquiere rasgos ciertamente subversivos. Lo que es una cuestión imprescindible, si aún se aspira a concretar una verdadera revolución emancipatoria en estas latitudes, capaz de trascender el proceso inducido de transculturación y el papel subalterno de economías dependientes y proveedoras de materia prima del capital global asignado a nuestras naciones.

Las palabras del Robinson de nuestra historia irrealizada señalan la forzosa tarea de producir una completa e irreversible ruptura creadora respecto a los paradigmas de la colonialidad, originados en Europa y continuados por Estados Unidos. Nuestra América habrá de irrumpir de esta forma en el escenario planetario mediante una praxis y una teoría sociales harto diferentes a las habituales o conocidas. De ahí que, en una de sus pocas obras publicadas en vida, “Sociedades Americanas”, llegue a concluir tempranamente, no por simple prejuicio, que «la sabiduría de la Europa y la prosperidad de los Estados Unidos son, en América, dos enemigos de la libertad de pensar. Nada quieren las nuevas repúblicas admitir que no traiga el pase».   

Por ello, ante la crisis generalizada provocada por el sistema neoliberal globalizado en diversidad de naciones, bien cabría citar también su certero consejo respecto al tipo de revolución que éstas requieren para el logro de su total soberanía: “Una revolución política pide una revolución económica. Si los americanos quieren que la revolución política que el curso de las cosas ha hecho, y que las circunstancias han protegido, les traiga verdaderas bienes, hagan una revolución económica y empiecen por los campos -de ellos pasarán a los talleres de las pocas artes que tienen- y diariamente notarán mejoras, que nunca habrían conseguido empezando por las ciudades”. 

Para su logro, será necesario un modelo educativo, cuyas bases estén en plena correspondencia con ambas fases de revolución. En su afán liberador, Rodríguez concebía la educación como el instrumento más conveniente con el cual se aseguraría definitivamente la independencia lograda mediante las armas. Los ciudadanos de las recién nacidas repúblicas de nuestra América tendrían el reto de formarse adecuadamente y de establecer sistemas de convivencia y moralidad democráticos, inexistentes por demás en Europa y Estados Unidos; siendo útiles a la comunidad y a sí mismos . De ahí que concluyera que “adquirir luces sociales significa rectificar las ideas inculcadas o malformadas mediante el trato con la realidad, en una conjugación insuperable de pensar y de actuar, bajo el conocimiento de los principios de interdependencia y de generalización absoluta. Adquirir virtudes sociales significa moderar con el amor propio, en una inseparable de sentir y pensar, sobre el suelo moral de la máxima ‘piensa en todos para que todos piensen en ti’ que persiguen simultáneamente el beneficio de toda la sociedad y de cada individuo”.    

Con ello en mente, uno de los principales objetivos a alcanzarse a través de esta nueva educación es la emancipación cultural de nuestros países, indiferentemente del rango social, económico y político de sus habitantes. En ésta resaltan tres rasgos particulares: 1.- La ruptura creadora respecto al discurso colonial, el cual reafirma una concepción del mundo dominadora, racista, discriminadora, obsoleta y conservadora, contrapuesta por completo a los ideales de la emancipación, la justicia social y la igualdad de las personas; 2.- la necesaria formación política e ideológica republicana de cada ciudadano, complementada por una vocación conscientemente fomentada de servicio en relación con la nación y sus semejantes, sin los prejuicios, los vicios y los convencionalismos que caracterizan a los grupos gobernantes tradicionales; y 3.- la búsqueda inacabada de lo siempre original, evitándose que lo moderno esté contaminado de lo antiguo, especialmente en lo concerniente a las fuerzas productivas, las relaciones sociales y las relaciones de poder.

Los consejos transgresores, irreverentes, incesantes y liberadores del Maestro Simón Rodríguez se enmarcan, así, en un período de nuestra historia común de naciones que exigía fórmulas de convivencia y de creación democráticas a fin de asegurar la autodeterminación frente a las apetencias neocolonialistas de las potencias que apetecían despojar de este amplio territorio a la corona española. Lo mismo que ahora. Esta vez con un propósito más inmediato: hacerle frente a quienes, desde adentro y desde afuera, quieren establecer el dominio total de una minoría sobre los sectores populares mayoritarios de todas las naciones de nuestra América. -